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« Una conversación consigo mismo »

May 19, 2026

Ricardo F. Morín

Mayo 17 de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Considera si la biografía y el ensayo de trayectoria pueden coexistir secuencialmente dentro de un mismo corpus.

Pueden.  La secuencia ya contiene su propia dirección.  Primero el ensayo de trayectoria:  más cercano al tiempo presente de la percepción, avanzando por suspensión, reteniendo deliberadamente la biografía.  El lector encuentra primero la inteligencia antes de las circunstancias que la rodean.  La biografía después.  Entonces se vuelve visible lo que había permanecido retenido:  las ciudades, las enfermedades, las habitaciones, los años de interrupción y desplazamiento.

Leídos en ese orden, ambos textos producen algo que ninguno alcanza plenamente por sí solo.  Uno revela cómo ve una persona.  El otro revela aquello por lo que esa persona atravesó mientras veía.  La distancia entre ambos no fractura el corpus.  Le da proporción.

Considera si tres registros pueden coexistir dentro de una misma obra.

Un corpus restringido a un solo registro quizá ya haya aceptado sus propios límites.  La práctica simultánea de múltiples registros sugiere otra cosa:  no una inestabilidad del método, sino una continuidad de atención desplazándose a través de distintos materiales.  El registro cambia según lo que el material permite o resiste.  La atención subyacente permanece reconocible.

A través de todos ellos, algo es llevado repetidamente hacia el borde de una conclusión sin terminar de entrar en ella.  No porque se tema la conclusión, sino porque ciertos reconocimientos pierden precisión cuando son sellados demasiado pronto.  La distribución cambia de un texto a otro.  La presión de examen no.

La dificultad es menos interna que externa.  Los lectores y las instituciones prefieren escritores que puedan ser situados de inmediato.  Una categoría estable simplifica la recepción.  El corpus resiste ese impulso sin oponerse directamente a él.  Algunos lectores pueden encontrar generativa esa variación.  Otros pueden experimentar incertidumbre ante ella.  Esa incertidumbre quizá no sea un defecto de recepción.  Puede ser un reflejo preciso de lo que la obra está haciendo.

Considera la publicación fuera de WordPress.

No tiene intención de buscar publicación a través de estructuras comerciales.  WordPress ha sostenido la obra durante dieciocho años.  Esa continuidad ha sido suficiente.  La responsabilidad, si es que existe alguna, consistiría únicamente en mantener un corpus digital paralelo capaz de sobrevivir a una eventual desaparición técnica de la plataforma.  Quizá una biblioteca universitaria en algún momento posterior.  Quizá no.

Ninguna casa editorial.  Ningún agente.  Muy pocos editores en quienes confiaría lo suficiente como para permitirles entrar en el movimiento interior de la prosa.

Considera cuánto tiempo podría durar WordPress.

WordPress.com es operado por una empresa privada.  Dieciocho años de continuidad resultan tranquilizadores, pero no decisivos.  Muchas estructuras que alguna vez parecieron permanentes desaparecieron sin ceremonia.  Las bibliotecas persisten de otra manera porque la preservación forma parte de su obligación institucional y no de su supervivencia de mercado.

Sin embargo, el archivo no parece urgente.  Todavía podría haber otros quince años de obra aún no escrita.  El corpus para entonces sería más amplio, más completo, más internamente conectado de lo que es ahora.  La administración prematura de una práctica viva puede interferir silenciosamente con la práctica misma.

Lo que importa en el presente es más simple que la preservación.  La obra continúa.  El corpus se desarrolla.  La próxima frase permanece sin escribir.

Considera si debería simplemente dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.

La obra existe.  Se acumula gradualmente.  Lo que sobrevive y lo que desaparece nunca ha pertenecido enteramente al autor.  La mayor parte de lo que los seres humanos crearon desapareció hace mucho tiempo:  pinturas, manuscritos, ciudades, nombres.  Lo que permanece está determinado en parte por la calidad, en parte por el accidente y en parte por si otra persona se preocupó lo suficiente como para llevar algo más allá de su propio momento.

Puede haber una forma de integridad en reconocer ese límite sin amargura.  Una prosa que rehúsa el cierre prematuro, un corpus resistente a la categoría, un escritor desinteresado en agentes, editoriales o posicionamientos literarios:  todos esos movimientos surgen de reconocimientos relacionados entre sí.  La misma atención que vacila antes de sellar una conclusión en una frase quizá vacile también antes de sellar una conclusión sobre la permanencia misma.

Considera si vale la pena anticipar la condición futura del corpus.

Probablemente no.

La obra comprendió esto mucho antes de que la prosa lo articulara directamente.  La comprensión no llegó como filosofía.  Surgió gradualmente a través de la repetición:  pinturas retrasadas, enfermedades prolongadas, habitaciones abandonadas, planes interrumpidos, lienzos apoyados contra paredes durante semanas mientras nada visible avanzaba y, sin embargo, algo continuaba silenciosamente debajo de la percepción misma.

Los pergaminos colgantes ya contenían ese movimiento.  También Paradise.  También los largos períodos de quietud en Valencia.  El reconocimiento de que la anticipación se convierte fácilmente en una forma de ruido interior no surgió de una teoría.  Surgió de observar cuán rápidamente la proyección interfiere con la atención.

Aplicar un estándar diferente al corpus mismo, preocupándose por su supervivencia, su categorización o su ubicación institucional, introduciría una inconsistencia que la obra ha pasado décadas intentando reducir.

El momento presente contiene el próximo ensayo.  Eso ya es suficientemente difícil.  Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en administración de aquello que todavía no existe.

Considera si debería compartir formalmente el corpus con alguna institución.

Quizá no del todo.

Esa posibilidad ya no produce ansiedad.  Surge naturalmente de las otras negativas ya presentes a lo largo de la obra:  negativa a la categoría fija, negativa al posicionamiento literario, negativa al cierre prematuro, negativa a tratar la visibilidad como prueba de valor.

El archivo puede sobrevivir.  O desaparecer.  Ninguna de las dos posibilidades altera la necesidad de la obra mientras está siendo escrita.

Considera la propiedad.

Nunca sintió demasiado orgullo por poseer cosas.  El loft en Tribeca fue abandonado.  El taller en Venezuela fue abandonado.  Las identidades profesionales fueron abandonadas más de una vez.  Cada desprendimiento alteró la percepción después.  Algo se volvió visible que la posesión misma había oscurecido parcialmente.

Un corpus quizá no difiera demasiado de esa condición.

Los ensayos existen.  Lo que ocurra con ellos después no puede pertenecerle enteramente, del mismo modo que la luz cambiante sobre aquellos lienzos suspendidos no pertenecía a nadie que se detuviera frente a ellos.  La obra nunca fue construida como propiedad.  Los pergaminos no fueron realizados como objetos destinados a dominar el espacio.  Emergían temporalmente de la quietud y regresaban después a ella.

El desprendimiento completo quizá no signifique indiferencia.  Puede ser la extensión final de la misma atención de la cual surgió la obra.

Llega a un lugar que no requiere nombre.

No exactamente tristeza.  No resignación.

Las lágrimas de pérdida miran hacia atrás, hacia aquello que ya no puede recuperarse.  Las lágrimas de aceptación pertenecen a una condición completamente distinta:  reconocimiento sin resistencia, claridad sin exigencia de alteración, conciencia sin el impulso de negociar con la realidad para que ésta se ajuste a la preferencia.

La obra llegó gradualmente a ese mismo lugar a través de muchas formas y muchos años:  la quietud después del ruido, el lienzo vacío antes de la primera marca, el pergamino suspendido sin marco ni encierro, los intervalos en que nada parecía resuelto y, sin embargo, nada requería resolución inmediata.

Quizá la obra nunca intentó realmente la permanencia.  Quizá intentaba algo más cercano a una energía vivida atravesando la forma durante un breve intervalo antes de regresar nuevamente a la quietud.

Eso no es poca cosa.

Una conversación consigo mismo.

La pregunta sin resolver.

Lo que permanece es la escritura.


« Ricardo F. Morín »

May 18, 2026

Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores.  En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas.  El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela.  En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas.  El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.

Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad.  El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país.  También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples:  el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.

Antes de Buffalo había existido Valencia.  La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena.  Las primeras horas de dibujo durante la infancia.  Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel.  Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención.  Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.

Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente.  Algunas eran destruidas.  Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura.  El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización.  Pintar no seguía todavía una teoría precisa.  Había más bien una insistencia física:  regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.

En 1976 regresó brevemente a Venezuela.  Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson.  Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones.  En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.

Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal.  Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso.  Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.

En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo.  La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1]  Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]

Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad.  Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable.  Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico.  Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar:  la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.

En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg.  Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg.  Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.

En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción.  Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena.  El trabajo físico era continuo.  La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.

Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3]  Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway.  Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.

A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura.  Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana.  El estudio estaba lleno de materiales acumulados:  bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.

En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas:  el teatro y la pintura.  Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios.  Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.

En 1993 apareció la interrupción.  Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia.  El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana.  Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses:  trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.

Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente.  Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas.  Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos.  El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]

Pintaba lentamente.  Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención.  El cuerpo se fatigaba rápidamente.  La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros.  En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.

La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo.  Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición.  Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.

Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia.  La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.

Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas.  La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.

En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral.  La inmunidad era prácticamente inexistente.  Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo.  Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.

Paradise era un lugar profundamente inestable.  Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo.  Algunas personas desaparecían de pronto.  Otras permanecían encerradas durante días enteros.  El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.

Aun así continuó pintando.  Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana.  La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales.  Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.

Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío.  No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia.  Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad:  la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.

En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos.  Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas.  Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.

En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático.  La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual.  Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]

Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective.  Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]

Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos.  Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas.  El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.

Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies.  Los movimientos físicos eran más lentos.  La reducción material modificaba también la percepción.  El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.

Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7]  Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física.  La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.

Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories.  Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]

Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez.  La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo.  Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.

La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad.  Permanecían también otras cosas:  las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.

Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios.  El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían.  Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.


Notas

[1] Buffalo Series 1979:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/62.html

[2] Buffalo Series Nº 1, 1980:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/53.html

[3] Producciones teatrales y referencias periodísticas:
https://www.nytimes.com/1986/04/17/theater/stage-lovers-at-intar.html
https://www.nytimes.com/1986/02/12/theater/the-stage-la-chunga-by-mario-vargas-llosa.html
https://www.nytimes.com/1983/04/17/theater/theater-dario-fo-s-about-face.html

[4] Aposento Nº 2:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/11.html

[5] Serie de Interacciones Platónicas y trabajos relacionados:
https://www.artmajeur.com/en/rfmorin/artworks?page=5
https://www.ricardomorin.com/06_paintings_html/13.html

[6] Serie Triangulación:
https://www.ricardomorin.com/Triangulation_Series.html

[7] Metaphors of Silence:
https://ricardomorin.wordpress.com/2010/11/24/metaforas-del-silencio/

[8] Andrew Irving, The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice:
https://www.academia.edu/53478128/The_Art_of_Life_and_Death_Radical_Aesthetics_and_Ethnographic_Practice_Andrew_Irving_Chicago_Hau_Books_2017_264_pp

« La imposibilidad del reconocimiento »

May 17, 2026

 


*

Ricardo F. Morín
$erie del búfalo, n.º 4
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

Nota del autor:

Este texto continúa las condiciones examinadas en « La proporción del aburrimientoy y « La imposibilidad de la convicción »

*

 Ricardo F. Morín

17 de abril al 14 de mayo de 2026

En tránsito.


Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí.  Las palabras se dicen,  el gesto se reconoce,  y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.

 Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera.  Modifica la conducta.  La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido,  sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.

 A veces,  lo que se recibe pasa casi inadvertido.  Se reconoce en el momento,  pero luego queda absorbido por la expectativa habitual.  Nada cambia.

 En otras ocasiones,  el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada,  como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.

 Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario.  Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita.  Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.

El resentimiento puede surgir del mismo movimiento.  El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido,  sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.

 El cambio no se anuncia de manera directa.  Las respuestas se acortan.  La calidez retrocede hacia la formalidad.  La atención se debilita sin desaparecer.  La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.

 Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido,  evitado o abandonado.

 Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso.  Sin embargo,  cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta,  las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.

 Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.

 Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe,  sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio,  hábito,  irritación o distancia.


« El curso de una carrera »

May 16, 2026

Ricardo F. Morín
Autorretrato: la bolsa de valores
Ciudad de Nueva York
36″ x 74″
Collage con lápiz de carbón  
1987  

 

*

 

No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado.  Si reconocía algo en la obra, lo decía.   

En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él.  Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra.  El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte.  Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos. 

Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.  

Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.   

Un momento permanece con él.   

Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes.  No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.   

Se colocó a su lado y dijo lo que le vino.  Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.   

Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él.  No se dijo nada más.   

Se fue.   

Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse.  Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.

Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.   

No lo había pensado de ese modo.  Lo dijo y siguió.   

Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.   

Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado.  Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.   

Lo escuchó, y no se apartó de él.   

Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía.  No lo había previsto.  Simplemente ocurrió.   

El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.   

Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.   

Continuó con ello.   

Después ingresó en un programa selectivo de posgrado.  Siguió con lo que ya estaba en marcha. 

Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director.  Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.   

Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza.  La obra permanecía dentro de ese marco.  Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera.  En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.

Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.   

Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.   

Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.   

De esa situación no salió nada, pero persistió.   

Siguió trabajando.   

Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta. 

A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás.  Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.   

Lo deja ahí.   

Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.   

Se detiene.   

Porque no es eso lo que está preguntando.   

Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.   

Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.   

Eso también lo suspende. 

En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta.  A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera.  Lo ve y no lo completa.  Permanece y vuelve sin resolverse.  Su atención no se aparta de él.

Permanece en la situación tal como se presenta.   

Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan.  En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere.  Responde y afronta lo que se deriva de eso.   

No va más allá de ese acto.   

Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.   

Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.   

No resuelve ese movimiento.   

Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.   

Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.   

No lo incorpora.   

Ese movimiento pierde fuerza.   

Él permanece intacto.   

La pregunta no se resuelve.   

¿Falta algo?   

No responde. 

 

Ricardo F. Morín  

5 de mayo de 2026  

Bala Cynwyd, Pensilvania  


 

« La proporción del aburrimiento »

May 15, 2026

 


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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
48″ x 48″
Óleo sobre lienzo
1979

 

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Nota del autor

Las condiciones que atraviesan este texto continúan en “La imposibilidad de la convicción” y “La imposibilidad del reconocimiento”.

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Ricardo F. Morín
17 de abril a mayo 14 de 2026
En tránsito


Una conversación,  una preocupación,  una pérdida o una alegría comienzan a diferenciarse cuando permanecen lo bastante presentes como para exigir atención,  modificar nuestra conducta o afectar la relación con los demás.  Nuestras vidas no adquieren forma ni por la intensidad ni por la escasez de lo que ocurre.

Hay días que pasan casi sin dejar huella.  Las conversaciones se olvidan.  Una preocupación cede lugar a otra antes de llegar a modificar lo que prosigue.

En otras ocasiones,  todo exige atención al mismo tiempo.  La atención pasa de un incidente a otro antes de que algo alcance a adquirir consecuencia.  Lo inmediato suplanta lo que necesitaba permanecer presente.  Las prioridades comienzan a confundirse entre sí,  y nada conserva presencia para despertar interés.

Un día vacío desaparece sin resistencia;  un día en el que todo reclama atención se disuelve de manera semejante.  En ambos casos,  una conversación,  una preocupación o una pérdida dejan de modificar la manera en que una persona responde a lo que ocurre a su alrededor.

O nada alcanza a despertar interés,  o aquello que lo despierta pierde fuerza entre demasiadas exigencias que reclaman atención a la vez.  El aburrimiento puede aparecer incluso cuando nada parece faltar.

La proporción permite que una conversación,  una pérdida,  una preocupación o una alegría permanezcan el tiempo suficiente para adquirir consecuencia entre sí.  Sin proporción,  conversaciones,  preocupaciones y responsabilidades comienzan a dispersarse antes de llegar a relacionarse entre sí.  Con proporción,  una conversación,  una pérdida o una responsabilidad pueden conservar presencia suficiente para seguir afectando la manera en que una persona atiende o responde.

Cuando esa relación se debilita,  el juicio se desordena con ella misma.  Lo trivial adquiere urgencia,  mientras una pérdida,  una responsabilidad o una relación importante retroceden sin llamar la atención.  La vida pública termina reflejando la misma condición:  el ruido dificulta distinguir qué exige nuestra atención,  y las personas comienzan a reaccionar más por acumulación que por comprensión.

Lo cercano puede llegar a imponerse hasta ocuparlo todo.  Lo distante puede retirarse hasta perder presencia.  Entre ambos extremos,  conversaciones,  preocupaciones y relaciones todavía logran permanecer separadas.

La proporción cambia con las exigencias de la vida,  con la atención,  con el cansancio,  con la presión y con la capacidad de permanecer afectados por lo que ocurre.  No permanece estática.  Una persona puede llegar a desconocer aquello que antes le importaba,  no porque haya decidido abandonarlo,  sino porque la relación con una pérdida,  una responsabilidad o una persona también cambia bajo ciertas condiciones.

El aburrimiento aparece cuando una conversación,  una preocupación,  una responsabilidad o una relación dejan de permanecer presentes el tiempo suficiente para seguir afectando la manera en que una persona atiende,  recuerda o responde.  Por eso,  el aburrimiento no depende de cuánto sucede o de cuánto falta.

La insatisfacción y el escepticismo surgen cuando una conversación,  una pérdida o una responsabilidad dejan de conservar relación suficiente con lo que ocurre alrededor.  La insatisfacción y el escepticismo no son el origen de esta condición.

A veces,  una persona continúa hablando,  trabajando o respondiendo sin saber qué sigue conservando relación con su vida.  Incluso bajo esas condiciones,  el afecto de otra persona,  una conversación recordada o la presencia de alguien pueden permanecer activos cuando muchas preocupaciones comienzan a perder consecuencia.  A veces,  son lo único que todavía conserva relación con la vida que prosigue.

La proporción existe en permitir que una conversación,  una pérdida,  una responsabilidad o una relación conserven presencia para seguir afectando la manera en que atendemos,  recordamos o respondemos a lo que ocurre.  Mantener la proporción no consiste en reducir la vida.


« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en “La proporción del aburrimiento” y “La imposibilidad del reconocimiento”.

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.


 

« El clínico »

April 29, 2026

Ricardo F. Morín
Orfeo
4,47″ x 10,38″
2003

Escena uno:  el lunes por la mañana

¿Sería seguro ducharse entre las 7 y las 8 de la mañana?

Tomará su medicación matutina justo antes de la ducha.  

Afuera hay 43 grados Fahrenheit, que subirán a 64 cuando llegue a Penn Medicine en University City.

Considera pedir un Uber para las 11:45; su esposo dirá que es demasiado temprano.

Son las 7:05.  Oye a su esposo haciendo las camas en la habitación contigua.  Va a ducharse.

Su esposo le pregunta si estaría en condiciones de dar un paseo mañana, el día antes de partir.

Responde que decidirá según cómo se sienta.

Cada decisión ha requerido evaluación.

Dos evacuaciones.  Un patrón conocido, una sensación de evacuación incompleta.  Podría necesitar un antidiarreico.

No es diarrea.  Es un tránsito intestinal acelerado.

No supera los 2 mg a menos que se vuelva continuo.

Propulsión.  Acidez.  Hernia hiatal.  Microaspiraciones.  No ocurren por separado, sobre todo mientras se recupera de una infección respiratoria.

Son las 8:40.  Faltan tres horas para que llegue el Uber.

¿Ayudaría una compresa tibia?

Su esposo lo oye toser y le pregunta si quiere té.

La mascarilla N95 se utilizó recientemente en urgencias.  Las nuevas están en el equipaje de mano.  ¿Es necesario buscarlas?

Su esposo ayuda.  Llevará una mascarilla para el vuelo a Londres.  Resulta tranquilizador, incluso en clase ejecutiva.

¿Debería llevar un limpiador nasal en el crucero por las islas británicas?

Se cambia de zapatos.  El frío en los pies persiste.  Sin mejora apreciable.

Queda una hora y media antes de salir; mejor no ponerse zapatos.  Zapatillas de lana en su lugar.  El frío en los pies persiste.  Decidirá en el momento de salir:  los zuecos.

La temperatura interior es de 66 grados con el humidificador encendido.

Está abrigado, pero el aire se siente frío.

No sube la calefacción.

Apaga el humidificador, apoya los pies sobre un cojín y los cubre con una manta.

Escena dos:  lunes por la tarde

Cuando habló con la médica, ella le preguntó, en un tono cordial, con qué frecuencia visitaba a su familia en Venezuela.  Dijo que no asumía que ella desconociera Venezuela.  Durante más de tres décadas, no había sido seguro para él regresar.*

Ella afirmó que su resistencia era una muestra de hasta qué punto habían avanzado los tratamientos contra el VIH.  No respondió de inmediato.  Cuando lo hizo, no estaba del todo seguro de si la medicación o una disposición genética habían evitado infecciones oportunistas, aunque había desarrollado SIDA en fase avanzada.

Ella quería saber quién era él.  Al mismo tiempo, percibió en ella un grado de vulnerabilidad:  una viróloga joven y entusiasta, madre de un bebé de siete meses.

Le preguntó el nombre del niño.  Ella lo dijo.  Comentó que al niño le costaba caminar y que la intensidad de todo le resultaba abrumadora.

Cuando mencionó a su médica de enfermedades infecciosas antes de mudarse de Nueva York a Florida, señaló que tanto ella como su esposo eran VIH positivos.  Lo había atendido durante veinticinco años.  Su atención no era únicamente clínica.  También estaba marcada por una experiencia vivida, aunque nunca hizo de ella el centro de su cuidado.  Él tomó esa experiencia como una referencia a la que aspiraba.

La médica abrió los ojos.  Dijo que sabía que era su primer hijo y que aún quedaba mucho por delante; en ese momento resultaba abrumador.  Él dijo que con el tiempo recordaría esta etapa con afecto.  Ella completó su frase.

De lo que hablaba ya no era diagnóstico, ni análisis, ni lógica.  Era otra cosa.

Antes de despedirse, ella dijo que esperaba aprender de él.  Él respondió:  aprender el uno del otro.

La médica dirigió la consulta desde el momento en que expuso sus objetivos.  Dijo que quería mostrarse y esperaba que él hiciera lo mismo.  Era inusual.  Estaba centrada, contenida.  No había experimentado antes un grado de entendimiento así.  ¿Había sido su carta de presentación?  ¿La manera en que había organizado su historial clínico y su equipo de atención?

Después, su esposo le pregunta si es la persona adecuada.  Responde con vacilación.  Su entusiasmo se repetía.  El tiempo dirá.

Se pregunta si su esposo se ve reflejado en sus respuestas, y también por su propia percepción, si hay una intención detrás.

Poco después de regresar a casa, su esposo se acerca.  Quiere abrazarlo y besarlo, satisfecho con cómo salió todo.  Dice:  «lo logramos; ahora podemos viajar con todo en orden».  Vuelve segundos después para decirle que fue gracias a él, a su generosidad.

Escena tres:  lunes por la noche

Después de salir de la consulta con el especialista en enfermedades infecciosas en Penn Medicine, y antes de volver a casa pasada las 4 de la tarde, tuvo hambre.  Se detuvieron en la cafetería del hospital, donde tomó una sopa de pollo con fideos cargada de condimentos, más de lo que normalmente habría permitido.

La sopa estaba más salada de lo que prefería.

Al tomar la primera cucharada, la garganta y el esfínter esofágico se contrajeron, y se detuvo.

Recordó que debía tomar sorbos pequeños, espaciados por unos minutos.  Tras varios sorbos, alcanzó un nivel de confort que le permitió terminar la sopa.

Salieron al exterior y, junto a la entrada principal, pidió un Uber para volver a casa.  Llegó justo a tiempo para pensar en la siguiente comida después de la sopa.

Logró hacer dos comidas consecutivas sin acidez.

Había sido pesado en 126 libras.  Perdió entre seis y ocho libras desde que contrajo una infección viral.

A las 9:34 de la noche, veía una película sobre cuerpos que viven con discapacidades severas.

Sintió como si las costillas le presionaran el hígado.

Había estado lidiando con un hígado graso inducido por la medicación y con enzimas elevadas.

Comprendió que una insuficiencia hepática es posible, aunque había vivido durante años con VIH sin haber desarrollado una infección oportunista grave, incluso cuando sufrió el síndrome de desgaste hace treinta años y tenía apenas treinta y cuatro células T.

No puede explicar su buena fortuna, pero sabe que la tiene.

Ricardo F. Morín

29 de abril de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Retrato en video ambientado con una composición de tango de Piazzolla. Dibujo de técnica mixta realizado en Maya. Estudio figurativo en rojo y negro con campos rotatorios; cabello y llama se introducen de forma secuencial, inspirándose en un motivo clásico de descenso.

« Oraciones a un tirano »

April 25, 2026

Puede bastar que no apartemos la mirada de lo que tenemos delante, aun cuando exceda lo que creemos poder soportar.  Lo que está por venir no disminuye por nuestra vacilación.  Si queda alguna medida en nosotros, consiste en ver lo que hay sin retirarnos de ello.  Que no pase inadvertido.  Al no enfrentar lo que tememos, algo en nosotros ya ha cedido, aunque continuemos como si no fuera así.  Aun así, algo debe sostenerse, incluso donde no podemos nombrarlo.

Que no se diga que no vimos en lo que nos convertimos.  Ninguna tiranía se sostiene aparte de quienes permiten que se sostenga.  Lo que prevalece no lo hace solo por la fuerza, sino por lo que permanece sin examinar en cada uno de nosotros.  Si hay algo que deba deshacerse, no comienza en otra parte.  Comienza en la negativa a ver lo que somos cuando apartamos la mirada.  Si hay misericordia, no está en el juicio, sino en la posibilidad de que aún se pueda enfrentar lo hecho sin apartarse de ello.

No estamos fuera de esto.  Lo que condenamos no está separado de nosotros.  Si fallamos, no es solo por la acción, sino por lo que dejamos sin examinar.  La indiferencia no permanece contenida.  Se extiende, en silencio, hasta que nada la resiste.  En esa condición, lo que llegamos a ser no es impuesto.  Es permitido.  Y en ese permiso, algo esencial cede.

Antes de que sea demasiado tarde, solo queda esto:  ver lo que hay, dentro y fuera, sin división.  No por partes, no en secuencia, sino de una vez.  Verlo sin convertirlo en otra cosa.  En ese ver, no hay método, ni progreso, ni garantía.  Solo el hecho.  Y donde ese hecho se ve sin distorsión, algo actúa, no como decisión, sino como el fin de aquello que no puede continuar una vez que se ve por completo.

Ricardo F. Morín, refundido de 2014, 25 de abril de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania.


« Jardines Morakami »

April 10, 2026

En memoria de Andreina

Ricardo F. Morín, 10 de abril de 2026, Oakland Park, Florida

Bosque de bambú, ondulando en el viento. Inhalado y exhalado.

Camino por un túnel columnado de enredaderas, las frondas de una palmera agitándose arriba.

Formas curvadas—Karesansui.

Una huéspeda pasa, buscando su nombre.

Caigo por un monumento al desecho.

Como en un tablero de ajedrez

Te veo. Allá.

Una escalera hacia el jardín.

Un aposento donde me senté junto a ti, ya no más.

Estoy contenido por cinta amarilla de precaución.

Tres bancos contra una pantalla de hojas.

Tu entierro está aquí conmigo.

Los bonsáis que adorabas.

Una sonrisa nacarada murmura en el cielo.

Mi guardián dice: cuidado por dónde pisas.

Dice que tenemos mucho por hacer.

Y los dejo pasar.



Bosque de bambú, respirando.

Karesansui, cinta amarilla, tres bancos—ella ya no está.

Y los dejo pasar.

« Folie à Deux »

April 1, 2026

Ricardo F. Morín
Naturaleza muerta
22″ x 30″
Técnica mixta sobre papel
2000

Ricardo F. Morin

31 de marzo de 2026

Oakland Park, Florida 

Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa.  Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba.  Uno habla; el otro se ajusta.  Se introduce una afirmación y se adopta sin examen.  Cuando aparece la contradicción, se deja de lado.  La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta.  El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.

 

Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo.  Requiere dirección y alineación.  Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse.  Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación.  Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido.  Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido.  La relación continúa sin ser cuestionada.

 

¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba.  Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta.  El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba.  Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.

 

La contradicción ya no interrumpe la relación.  Se descarta o se aparta y no entra en la decisión.  Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.

 

Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho.  La corrección deja de producirse.

 

Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla.  El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación.  Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada.  Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación.  La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.

 

Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente.  El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba.  Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación.  En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa.  En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios.  Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.

 

Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada.  Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella.  El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce.  Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura:  la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada.  La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue.  Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.

 

La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección.  Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta.  Donde se excluye, la relación se cierra.

 

El problema no comienza cuando una afirmación es falsa.  Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.