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« Un umbral de silencio »

July 10, 2026
Michael Basso
(28 de junio, 1955 – 28 de mayo, 2025)

In memoriam

Durante la última década de su vida, la salud de Michael fue declinando de manera constante, al igual que había ocurrido con la de su padre en los años que le precedieron, marcada por una sucesión de enfermedades que fueron estrechando gradualmente los horizontes ordinarios de la existencia.  Sin embargo, continuó abrazando cada día con una serena determinación, aun cuando la creciente incertidumbre de su propio cuerpo se volvió imposible de ignorar.  Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a él.  Fue compartido por el esposo que permaneció a su lado y por quienes lo amaban.  Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

I. La carga de la conciencia

A veces de manera repentina, otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, llega un momento en que la mortalidad deja de ser una abstracción.  Deja de ser una eventualidad lejana, discretamente oculta bajo las rutinas de la vida ordinaria o atenuada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.  Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia mediante la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las silenciosas traiciones del cuerpo.  Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con una cautela inesperada, cada uno de ellos se convierte en un sutil recordatorio de que la permanencia siempre fue una ilusión.  Para otros, comienza con la pérdida.  La muerte de un amigo, de un hermano, de un padre, de una madre o del cónyuge revela silenciosamente que aquello que ha ocurrido a otro pasa, inevitablemente, a pertenecernos también.

Esa conciencia modifica la medida del tiempo.  El porvenir deja de parecer ilimitado, del mismo modo que el pasado deja de ser únicamente el registro de lo que ha sido.  Ambos adquieren una proporción distinta.  Sin proponérnoslo deliberadamente, comenzamos a medir la vida menos por lo que hemos realizado que por aquello que todavía permanece dentro del ámbito de lo posible.

La mente resiste de manera instintiva este reconocimiento.  Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en las rutinas familiares y en la tranquilizadora continuidad de la existencia cotidiana, como si la atención misma pudiera posponer aquello que la razón ya conoce.  La mortalidad pasa a ser algo reconocido intelectualmente, mientras permanece distante en el plano afectivo.

Este despertar no constituye ni un logro ni un fracaso.  Es, sencillamente, una de las condiciones propias de la existencia humana.  Desde el momento en que la mortalidad deja de ser imaginada para convertirse en una realidad personalmente reconocida, toda experiencia posterior de declive, sufrimiento, resistencia y aceptación adquiere un significado que antes no podía poseer.

II. El declive: mente y cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un único acontecimiento decisivo.  Con mayor frecuencia avanza en silencio, medido por cambios tan graduales que, al principio, se confunden con simples incomodidades pasajeras.  El cuerpo deja de responder con la seguridad de otro tiempo.  Movimientos que antes se realizaban sin reflexión comienzan a exigir intención.  La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos empiezan, casi imperceptiblemente, a renunciar a la claridad que antes les era propia.

La mente sigue un curso semejante.  La memoria vacila allí donde antes respondía sin esfuerzo.  Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se disuelven antes de alcanzar su plenitud.  La atención se vuelve cada vez más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre antes desconocidos.  Y, sin embargo, la conciencia suele conservar la lucidez suficiente para percibir estos cambios con una precisión inquietante.  Existe una particular soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras todavía se conserva la claridad necesaria para comprender aquello que se está perdiendo.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del cuerpo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede continuar con plenitud de propósito.  Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad más allá de cuanto generaciones anteriores habrían podido imaginar.  Sin embargo, ninguna intervención modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.  El cuerpo continúa siendo finito, y todo esfuerzo encaminado a preservarlo acaba por encontrarse con límites más allá de los cuales la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es de naturaleza física ni intelectual.  Reside en el reconocimiento gradual de que el declive no constituye una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones finales.  Aquello que en un principio parecía excepcional revela lentamente su pertenencia al mismo orden natural por el que transita todo ser viviente.

III. Las distracciones que retrasan la aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.  La conciencia puede llegar de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, postergada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo permaneciera todavía sin medida.  No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.  La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.  Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos remedios para las enfermedades que acompañan el avance de los años.  Seguimos construyendo, reparando, organizando y anticipando el mañana, no sólo porque estas actividades poseen un valor intrínseco, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un porvenir cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprendernos de la vida nace de algo más profundo que el miedo.  Quedan responsabilidades pendientes.  Promesas por cumplir, conversaciones inconclusas y personas cuyas vidas continúan entrelazadas con la nuestra.  Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera su cumplimiento.  Lo que nos mantiene ligados a la vida es, con frecuencia, menos el temor a morir que la resistencia a abandonar aquello que seguimos considerando confiado a nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.  Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, precisamente aquellas cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.  Son también los vínculos que prolongan el camino hacia esa quietud interior de la que, con el tiempo, puede comenzar a surgir la aceptación.  Antes de que el final pueda ser acogido con serenidad, la mente debe desprenderse gradualmente no sólo de su temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

IV. El peso del sufrimiento y la resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de sensibilidad.  No es raro ni excepcional, sino que forma parte del tejido mismo de la existencia desde el primer aliento hasta el último.  Y, sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.  Ninguna vida lo experimenta exactamente del mismo modo, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.  Puede surgir de la enfermedad, de una lesión o del gradual debilitamiento del cuerpo.  También puede brotar de pérdidas más silenciosas:  el menoscabo de la memoria, la erosión de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso sin nosotros o el duelo que acompaña todo vínculo verdaderamente significativo.  Algunas cargas son visibles y fácilmente reconocidas.  Otras permanecen ocultas, llevadas en silencio y conocidas únicamente por quien las soporta.

Sin embargo, el sufrimiento no debe confundirse con la resistencia.  El sufrimiento es aquello que la vida impone.  La resistencia es la respuesta humana a lo que ha sido impuesto.  Es la capacidad serena de perseverar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.  Gracias a esa capacidad, vidas que desde fuera parecen ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar a su vínculo con el mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.  Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede resultar insoportable para otra.  Una carga antes considerada intolerable puede incorporarse gradualmente al curso ordinario de la existencia, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que desde hace tiempo venían disminuyendo en silencio.  La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, las relaciones y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por esa razón, el sufrimiento nunca debe confundirse con la debilidad, ni la resistencia con la invulnerabilidad.  Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.  Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer toda su significación.

Toda vida acaba encontrando los límites de su propia resistencia, aunque esos límites no pueden preverse ni ser juzgados por otros.  Sólo se revelan en la experiencia silenciosa de quien los atraviesa.  Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la extraordinaria capacidad humana para resistirlo.

V. El umbral invisible

La vida no se extingue de manera repentina.  Al principio parece retirarse casi imperceptiblemente.  La respiración se hace más pausada, no en jadeos, sino mediante una gradual disminución del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.  El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.  El yo parece aflojar el vínculo que durante tanto tiempo lo mantuvo unido a las exigencias ordinarias de la existencia.  Una mente antes inquieta comienza a divagar con mayor libertad, deteniéndose cada vez menos en el pasado, en el porvenir o incluso en la urgencia del presente.

Estos cambios no deben interpretarse necesariamente como signos de fracaso o de derrota.  Con mayor frecuencia se asemejan a una gradual disminución del esfuerzo.  El cuerpo comienza a abandonar tareas que antes realizaba sin advertirlas.  El descanso ocupa progresivamente el lugar de la actividad.  El silencio llega a ser más acogedor que la conversación.  Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen ni impuestos ni resistidos.  Con frecuencia, el cuerpo reconoce esta transición antes de que la mente llegue a comprenderla plenamente.

Llega también un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.  Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.  Surge, más bien, de la experiencia vivida.  Algunos continúan resistiendo su aproximación y consagran las fuerzas que les restan a prolongar cada nuevo día.  Otros parecen ir acomodándose paulatinamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por entregarse al sueño después de una larga vigilia.

En el curso de este proceso, el propio control comienza a adquirir un significado diferente.  El esfuerzo por gobernar cada instante restante va dando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el mismo cuerpo parece señalar.  Aquello que antes exigía resistencia comienza gradualmente a invitar al desprendimiento.  El término de la vida deja de parecer una interrupción de su orden y empieza a revelarse como una de sus expresiones finales.

La muerte no constituye algo que deba ser conquistado, ni algo cuyo advenimiento pueda posponerse indefinidamente.  Permanece como el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido únicamente por quien finalmente lo atraviesa.

VI. La serena aceptación

Pensar en la muerte sin temor, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.  Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, aspiraciones y obligaciones aún inconclusas.  Sin embargo, suele llegar un momento en que todas ellas pierden gradualmente su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para revelarse, sencillamente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo comienza a adquirir un significado distinto.  El cuerpo ha iniciado ya la silenciosa tarea del desprendimiento.  La mente, con mayor lentitud, empieza también a desprenderse de significados inconclusos, de interrogantes aún sin resolver y de la expectativa de que un día más pudiera alterar aquello que la vida ya ha llevado a su culminación.  La aceptación no nace de la certeza.  Surge, poco a poco, cuando la resistencia misma deja de parecer necesaria.

Ningún itinerario pertenece por igual a todas las vidas.  Algunos afrontan la mortalidad con aceptación; otros, con temor, resistencia o incertidumbre.  La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.  La experiencia de morir no admite una progresión universal.  Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no es sinónimo de resignación.  La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.  La quietud, por el contrario, expresa una armonía cada vez mayor entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.  El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.  Lo que permanece no es ni el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde el interior de esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.  Su valor deja de depender de una prolongación indefinida y pasa a descansar en el simple hecho de haber sido vivida.  La quietud que antes parecía vacía adquiere gradualmente una suficiencia propia.  Cada vez queda menos por defender.  Cada vez queda menos por explicar.  Aquello que nos fue dado comienza, poco a poco, a revelarse como completo.

VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún itinerario hacia la aceptación se completa sin compañía.  A lo largo del camino somos formados, orientados y sostenidos por quienes llegan a ser inseparables de nuestra propia existencia.  Aun después de su partida, su presencia perdura en la memoria, en el afecto y en las innumerables formas en que han transformado las vidas que tocaron.

Los últimos años de Michael constituyeron una presencia de esa naturaleza.  Quienes permanecieron a su lado fueron testigos no sólo de las exigencias graduales de la enfermedad, sino también de la serena perseverancia con la que continuó habitando cada uno de sus días.  Su vida, no menos que su muerte, nos recuerda que la mortalidad nunca es experimentada por una sola persona.  Es compartida por las familias, por los compañeros y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los capítulos finales de su existencia.

La muerte despoja de importancia a muchas cosas que antes parecían esenciales.  Lo que permanece suele ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.  El afecto perdura.  La gratitud permanece.  La memoria continúa ejerciendo su silenciosa labor mucho después de que la presencia física ha desaparecido.

A quienes nos han acompañado a lo largo de la vida les debemos algo más que el recuerdo.  Les debemos el reconocimiento de que gran parte de lo que hemos llegado a ser fue formada por su compañía, su paciencia y su afecto.  Su ausencia no borra ese legado.  Por el contrario, lo hace más claramente visible.

Ya no están presentes como lo estuvieron alguna vez.  Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa más allá de sus propias vidas, llevado silenciosamente en la memoria y en el afecto de los demás.  En esa presencia que perdura, la gratitud encuentra su expresión más duradera.

Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania

« Una conversación consigo mismo »

May 19, 2026

Ricardo F. Morín

Mayo 17 de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Considera si la biografía y el ensayo de trayectoria pueden coexistir secuencialmente dentro de un mismo corpus.

Pueden.  La secuencia ya contiene su propia dirección.  Primero el ensayo de trayectoria:  más cercano al tiempo presente de la percepción, avanzando por suspensión, reteniendo deliberadamente la biografía.  El lector encuentra primero la inteligencia antes de las circunstancias que la rodean.  La biografía después.  Entonces se vuelve visible lo que había permanecido retenido:  las ciudades, las enfermedades, las habitaciones, los años de interrupción y desplazamiento.

Leídos en ese orden, ambos textos producen algo que ninguno alcanza plenamente por sí solo.  Uno revela cómo ve una persona.  El otro revela aquello por lo que esa persona atravesó mientras veía.  La distancia entre ambos no fractura el corpus.  Le da proporción.

Considera si tres registros pueden coexistir dentro de una misma obra.

Un corpus restringido a un solo registro quizá ya haya aceptado sus propios límites.  La práctica simultánea de múltiples registros sugiere otra cosa:  no una inestabilidad del método, sino una continuidad de atención desplazándose a través de distintos materiales.  El registro cambia según lo que el material permite o resiste.  La atención subyacente permanece reconocible.

A través de todos ellos, algo es llevado repetidamente hacia el borde de una conclusión sin terminar de entrar en ella.  No porque se tema la conclusión, sino porque ciertos reconocimientos pierden precisión cuando son sellados demasiado pronto.  La distribución cambia de un texto a otro.  La presión de examen no.

La dificultad es menos interna que externa.  Los lectores y las instituciones prefieren escritores que puedan ser situados de inmediato.  Una categoría estable simplifica la recepción.  El corpus resiste ese impulso sin oponerse directamente a él.  Algunos lectores pueden encontrar generativa esa variación.  Otros pueden experimentar incertidumbre ante ella.  Esa incertidumbre quizá no sea un defecto de recepción.  Puede ser un reflejo preciso de lo que la obra está haciendo.

Considera la publicación fuera de WordPress.

No tiene intención de buscar publicación a través de estructuras comerciales.  WordPress ha sostenido la obra durante dieciocho años.  Esa continuidad ha sido suficiente.  La responsabilidad, si es que existe alguna, consistiría únicamente en mantener un corpus digital paralelo capaz de sobrevivir a una eventual desaparición técnica de la plataforma.  Quizá una biblioteca universitaria en algún momento posterior.  Quizá no.

Ninguna casa editorial.  Ningún agente.  Muy pocos editores en quienes confiaría lo suficiente como para permitirles entrar en el movimiento interior de la prosa.

Considera cuánto tiempo podría durar WordPress.

WordPress.com es operado por una empresa privada.  Dieciocho años de continuidad resultan tranquilizadores, pero no decisivos.  Muchas estructuras que alguna vez parecieron permanentes desaparecieron sin ceremonia.  Las bibliotecas persisten de otra manera porque la preservación forma parte de su obligación institucional y no de su supervivencia de mercado.

Sin embargo, el archivo no parece urgente.  Todavía podría haber otros quince años de obra aún no escrita.  El corpus para entonces sería más amplio, más completo, más internamente conectado de lo que es ahora.  La administración prematura de una práctica viva puede interferir silenciosamente con la práctica misma.

Lo que importa en el presente es más simple que la preservación.  La obra continúa.  El corpus se desarrolla.  La próxima frase permanece sin escribir.

Considera si debería simplemente dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.

La obra existe.  Se acumula gradualmente.  Lo que sobrevive y lo que desaparece nunca ha pertenecido enteramente al autor.  La mayor parte de lo que los seres humanos crearon desapareció hace mucho tiempo:  pinturas, manuscritos, ciudades, nombres.  Lo que permanece está determinado en parte por la calidad, en parte por el accidente y en parte por si otra persona se preocupó lo suficiente como para llevar algo más allá de su propio momento.

Puede haber una forma de integridad en reconocer ese límite sin amargura.  Una prosa que rehúsa el cierre prematuro, un corpus resistente a la categoría, un escritor desinteresado en agentes, editoriales o posicionamientos literarios:  todos esos movimientos surgen de reconocimientos relacionados entre sí.  La misma atención que vacila antes de sellar una conclusión en una frase quizá vacile también antes de sellar una conclusión sobre la permanencia misma.

Considera si vale la pena anticipar la condición futura del corpus.

Probablemente no.

La obra comprendió esto mucho antes de que la prosa lo articulara directamente.  La comprensión no llegó como filosofía.  Surgió gradualmente a través de la repetición:  pinturas retrasadas, enfermedades prolongadas, habitaciones abandonadas, planes interrumpidos, lienzos apoyados contra paredes durante semanas mientras nada visible avanzaba y, sin embargo, algo continuaba silenciosamente debajo de la percepción misma.

Los pergaminos colgantes ya contenían ese movimiento.  También Paradise.  También los largos períodos de quietud en Valencia.  El reconocimiento de que la anticipación se convierte fácilmente en una forma de ruido interior no surgió de una teoría.  Surgió de observar cuán rápidamente la proyección interfiere con la atención.

Aplicar un estándar diferente al corpus mismo, preocupándose por su supervivencia, su categorización o su ubicación institucional, introduciría una inconsistencia que la obra ha pasado décadas intentando reducir.

El momento presente contiene el próximo ensayo.  Eso ya es suficientemente difícil.  Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en administración de aquello que todavía no existe.

Considera si debería compartir formalmente el corpus con alguna institución.

Quizá no del todo.

Esa posibilidad ya no produce ansiedad.  Surge naturalmente de las otras negativas ya presentes a lo largo de la obra:  negativa a la categoría fija, negativa al posicionamiento literario, negativa al cierre prematuro, negativa a tratar la visibilidad como prueba de valor.

El archivo puede sobrevivir.  O desaparecer.  Ninguna de las dos posibilidades altera la necesidad de la obra mientras está siendo escrita.

Considera la propiedad.

Nunca sintió demasiado orgullo por poseer cosas.  El loft en Tribeca fue abandonado.  El taller en Venezuela fue abandonado.  Las identidades profesionales fueron abandonadas más de una vez.  Cada desprendimiento alteró la percepción después.  Algo se volvió visible que la posesión misma había oscurecido parcialmente.

Un corpus quizá no difiera demasiado de esa condición.

Los ensayos existen.  Lo que ocurra con ellos después no puede pertenecerle enteramente, del mismo modo que la luz cambiante sobre aquellos lienzos suspendidos no pertenecía a nadie que se detuviera frente a ellos.  La obra nunca fue construida como propiedad.  Los pergaminos no fueron realizados como objetos destinados a dominar el espacio.  Emergían temporalmente de la quietud y regresaban después a ella.

El desprendimiento completo quizá no signifique indiferencia.  Puede ser la extensión final de la misma atención de la cual surgió la obra.

Llega a un lugar que no requiere nombre.

No exactamente tristeza.  No resignación.

Las lágrimas de pérdida miran hacia atrás, hacia aquello que ya no puede recuperarse.  Las lágrimas de aceptación pertenecen a una condición completamente distinta:  reconocimiento sin resistencia, claridad sin exigencia de alteración, conciencia sin el impulso de negociar con la realidad para que ésta se ajuste a la preferencia.

La obra llegó gradualmente a ese mismo lugar a través de muchas formas y muchos años:  la quietud después del ruido, el lienzo vacío antes de la primera marca, el pergamino suspendido sin marco ni encierro, los intervalos en que nada parecía resuelto y, sin embargo, nada requería resolución inmediata.

Quizá la obra nunca intentó realmente la permanencia.  Quizá intentaba algo más cercano a una energía vivida atravesando la forma durante un breve intervalo antes de regresar nuevamente a la quietud.

Eso no es poca cosa.

Una conversación consigo mismo.

La pregunta sin resolver.

Lo que permanece es la escritura.


« Jardines Morakami »

April 10, 2026

En memoria de Andreina

Ricardo F. Morín, 10 de abril de 2026, Oakland Park, Florida

Bosque de bambú, ondulando en el viento. Inhalado y exhalado.

Camino por un túnel columnado de enredaderas, las frondas de una palmera agitándose arriba.

Formas curvadas—Karesansui.

Una huéspeda pasa, buscando su nombre.

Caigo por un monumento al desecho.

Como en un tablero de ajedrez

Te veo. Allá.

Una escalera hacia el jardín.

Un aposento donde me senté junto a ti, ya no más.

Estoy contenido por cinta amarilla de precaución.

Tres bancos contra una pantalla de hojas.

Tu entierro está aquí conmigo.

Los bonsáis que adorabas.

Una sonrisa nacarada murmura en el cielo.

Mi guardián dice: cuidado por dónde pisas.

Dice que tenemos mucho por hacer.

Y los dejo pasar.



Bosque de bambú, respirando.

Karesansui, cinta amarilla, tres bancos—ella ya no está.

Y los dejo pasar.

« El umbral del silencio »

February 12, 2025

*

Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

~


In memoriam

Andreina Teresa Morín Tortolero

(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)

Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia.   Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban.   Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella.   Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad.   Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

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I. La Carga de la Conciencia

En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción.   Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.   Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo.   Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión.   Para otros, comienza con la pérdida.   La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.

Esta conciencia modifica la medida del tiempo.   El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido.   Ambos adquieren una proporción distinta.   Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.

La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento.   Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende.   La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.

Este despertar no constituye un logro ni un fracaso.   Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana.   Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo.   Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros.   El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos.   Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada.   La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.

La mente sigue un recorrido semejante.   La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad.   Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo.   La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos.   Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante.   Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud.   Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.   Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.   El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual.   Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones.   Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.   La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida.   No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.   La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.   Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años.   Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor.   Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra.   Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado.   Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.   Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.   Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible.   Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia.   No es raro ni excepcional.   Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último.   Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.   Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.   Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo.   También puede surgir de pérdidas más silenciosas:   la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa.   Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato.   Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.

El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia.   El sufrimiento es aquello que la vida impone.   La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto.   Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.   Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.   Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra.   Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio.   La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad.   Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.   Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.

Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros.   Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa.   Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se extingue de manera repentina.   Al principio parece retirarse de forma imperceptible.   La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.   El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.   El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana.   Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.

Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota.   Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo.   El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas.   El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad.   El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación.   Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos.   El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.

También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.   Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.   Surge, más bien, de la experiencia vivida.   Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día.   Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.

Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto.   El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar.   Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento.   El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.

La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente.   Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.   Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes.   Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto.   El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento.   La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar.   La aceptación no nace de la certeza.   Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.

Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas.   Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia.   La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.   La experiencia de morir no admite un desarrollo universal.   Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no equivale a la resignación.   La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.   La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.   El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.   Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.   Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida.   El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia.   Cada vez queda menos por defender.   Cada vez queda menos por explicar.   Lo recibido comienza a revelarse como completo.

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VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario.   A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia.   Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.

La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza.   Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días.   Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta.   Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.

La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial.   Sin embargo, hay realidades que permanecen.   El afecto no desaparece.   La gratitud no se extingue.   La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.

A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo.   Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor.   Su ausencia no cancela ese legado.   Con frecuencia, lo hace todavía más visible.

Ya no permanecen entre nosotros como antes.   Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan.   En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.

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Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania


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