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In Tenebris

enero 24, 2021

Coautor Billy B Thompson

In memoriam Jose Galdino: mi padre.

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RECONOCIMIENTOS:

Comparto con el lector mi más sincero agradecimiento a Billy Bussell Thompson, PhD en Lingüística, Profesor Emeritus de la Universidad de Hofstra, quien ha sido mi mentor, editor y amigo más cercano de toda la vida. También doy mi profundo agradecimiento por la sutileza y percepción editorial contribuida por ambas, mi perspicaz hermana Bonnie Morín (https://www.metodomadrid.es/), dramaturga, productora y directora del Taller del Método de Madrid, y por su hija, la talentosa sobrina Natalia Velarde (@nix.conbotas), artista gráfica y autora de fanzines. También doy gracias por un muy esperado reencuentro con su otra hija, la sin-igual sobrina Camila Velarde, Lic. en filosofía y letras, y coreógrafo. Por último doy gracias a mi adorable esposo David Lowenberger, a quien considero más influyente en todo aspecto de mi vida. Sus sabidurías y percepciones sirvieron de inspiración y guía para la realización de este cuento.

Ricardo F. Morin T., 21 de Febrero, 2021

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PREFACIO:

Ahogarse con la propia saliva

Mi padre me dijo una vez lo deprimente que sería su vida si su identidad se perdiera ante la ortodoxia de la religión. No fue una coincidencia que, como reacción a la religiosidad de cinco generaciones, mi padre se convirtiera en criminólogo. Durante la mayor parte de su vida, creyó que las historias tradicionales sobre la retribución complementaria, la creencia binaria entre la recompensa y la condena, eran fantasías inofensivas hasta que se radicalizaran como reemplazos de toda investigación. De joven basó su propia tesis doctoral en dichos principios. Desafortunadamente, esas convicciones que consideró delirantes fueron en última instancia las suyas propias al final de su vida.

Pienso que, a excepción de la instigación de la violencia a través de la búsqueda de significado y su apego a la ficción, ya sea que la violencia surja de la retribución o de la auto-preservación, una persona no tiene por qué volverse temerosa o destructiva. El único remedio a la violencia es conocer la diferencia entre la fantasía y la realidad.

Al reflexionar sobre las contradicciones de mi padre, recuerdo lo que me había dicho cuando era niño, que mentir era una habilidad para sobrevivir. Permitía, a una persona esconderse en secreto, no necesariamente por incompetencia moral. La mentira podría surgir de la caridad o del miedo a ser juzgado. Para él, mentir era parte de convertirse en un adulto competente. Era una forma de ocultar imperfecciones y vulnerabilidades. Sin embargo, si la sinceridad o la honestidad amenazaran la supervivencia de mi padre, sería porque prefería inventar una historia en lugar de investigar su ignorancia y la comprensión disminuida de su propia importancia. ¿Era natural para él esconderse detrás de las mentiras o era su propia arrogancia? Quizás se ahogaba con su propia saliva durante toda su vida. Sufría de la ilusión de que podía evitar la verdad, o que podía controlar el no enfrentarse a ella. ¿Era esto un miedo a perder el control? ¿Era ésa una de las razones por las que no podía comprenderse a sí mismo? El misterio no se centró en su auto-cuestionamiento, sino en la ficcionalización de su propia vida, no de manera diferente a la de nuestros antepasados.

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PANDILLAS DE WEST HARLEM

1

El proceso

Por tercera vez estaba sirviendo como jurado. Como en ocasiones anteriores, me presenté como artista visual durante el voir dire. Esta vez el abogado defensor me preguntó si yo era retratista. Razoné para mí mismo que la pregunta tenía la intención de sondear los grados de observación a los que aspiraba un pintor. Respondí que mi interés como artista visual estaba en los procesos conceptuales del arte abstracto, no diferente al de un retratista o cualquier otro pintor representacional, buscando observar e interpretar la esencia de un tema. Lo que elegía representar a través de la abstracción o la concepción fue tan concreto como el de un modelo para un retratista.

2

Las normas

El juicio se refería al asesinato de un joven de catorce años y fui elegido miembro del jurado número 12. Anteriormente, me desempeñé en casos civiles. En los casos civiles, la preponderancia de la prueba es el principio determinante. En un juicio penal, el principio rector es la medida de la duda razonable. Las reglas eran admonitorias y tenían como objetivo evitar sesgos por parte del jurado. En sus deliberaciones, los jurados debían concentrarse en las pruebas presentadas y no en los antecedentes. Además, los miembros del jurado no debían compartir información con otras personas fuera de su propio foro. No sabía cómo me afectaría mi participación en un juicio por asesinato. El día después de que comenzara el juicio, el jurado número 11 fue reemplazado por un suplente.

Los testimonios duraron 17 días. Durante ese tiempo, se permitían nuestros dispositivos electrónicos, teléfonos móviles, computadoras portátiles y tabletas. A partir del día 18, cuando comenzaron las deliberaciones del jurado, nos quitaron estos dispositivos. Antes de esto, se nos había permitido hablar sobre asuntos no relacionados con el juicio. Éramos un grupo diverso y teníamos muy poco en común. Durante las audiencias judiciales, se nos permitió tomar notas mientras estábamos sentados en el estrado del jurado. Después de los procedimientos del día, nuestros blocs de notas permanecían en nuestros respectivos asientos. Cuando comenzaron las deliberaciones, podíamos llevar nuestros blocs entre el palco del jurado y la sala del jurado. Sólo entonces pudimos estudiar nuestras notas y referirnos a nuestras observaciones. Sólo entonces, pudimos empezar a hablar del caso entre nosotros.

3

Los jurados

El presidente del jurado elegido fue un director de oficina, que se sentía cómodo en su papel de moderador. Sus habilidades de comunicación fueron excelentes; incluso cuando no estaba de acuerdo, sus modales nunca expresaron condescendencia. Algunos miembros del jurado se mostraron reticentes y nunca emitieron un juicio de una forma u otra. El miembro más joven del jurado no consideró que el testigo del crimen fuera poco confiable. Otros miembros del jurado tenían la mente abierta. Un profesor permaneció tranquilo durante todo el tiempo; escuchó a los demás antes de expresar sus propias opiniones. Otro miembro del jurado estaba impaciente por la duración del juicio. Se quejaba de que tenía un niño pequeño que cuidar en casa. Aparte de mí, habían otros dos jubilados, uno de los cuales era un abogado corporativo, que nos recordó la distinción entre casos civiles y penales. Existían dudas razonables en diversos grados para cada miembro del jurado, excepto con respecto al más joven.

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El acusado: In dubio pro reo.

La abogada defensora hizo que su cliente alegara la quinta enmienda constitucional. El acusado miró solícito, con ansias de desespero. Parecía siete años más joven con su corbata y camisa blanca recién almidonada. En su labio superior tenía un bigote recto y su cabello era un afro recién rapado. Se presentaba obviamente para dar fe de salubridad. Desde el momento del asesinato, era reo de Rikers Island. Sentado a apenas a 10 metros del jurado, el acusado mostraba una sonrisa en su rostro cada vez que nos miraba. Algunos miembros del jurado interpretaban su semblante como un regodeo. Otros veían su expresión como auto-compasión o abyección, incluso como un intento de conquistarnos. Su sonrisa, una especie de mueca retorcida, fue imperturbable, razón por la cual nos inquietaba. Sin embargo, resolvimos descartar nuestras aprehensiones. Era imposible saber si el acusado estaba arrepentido o simplemente intentaba engañarnos. Más importante aún fue la cuestión de la coherencia. Si la duda nos habría de servir de algo, tendría que surgir de la evidencia. La clave fue saber si el acusado era un agresor solitario o si había alguien más involucrado. Nuestra certeza tendría que provenir de la valoración de los hechos y no de las apariencias.

5

El enjuiciamiento

La fiscalía cargó al acusado de asesinato en «primer grado». Esto implicaba premeditación con alevosía. La fiscalía agregó otros dos cargos: asesinato en «segundo grado», lo que sugería falta de premeditación. El tercer cargo fue por delito de homicidio: muerte causada durante la comisión de un delito con arma ilegal y con extrema indiferencia hacia la vida humana. Emitir un juicio sobre estos cargos se basó en la intención. Cada miembro del jurado tendría que llegar a una aproximación de la verdad, y ninguna otra explicación razonable podría explicar la evidencia presentada en el juicio. El veredicto, por supuesto, tendría que ser unánime. La prueba de la participación directa del acusado era fundamental. La evidencia tenía que demostrar que el acusado había cometido el crimen. ¿Fue la muerte de la víctima el resultado de una legítima defensa o fue deliberada? La pregunta ante el jurado era si existían circunstancias fuera del control del acusado. ¿Cómo entraron en juego sus instintos y miedos con sus propias acciones? ¿Podrían los jurados diferenciar todos estos aspectos?

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Testimonios

I

El clima de aquel julio fue abrumadoramente caluroso. El aire acondicionado en la sala del jurado era viejo y tan ineficaz como la del tribunal; la sala del jurado era aún más sofocante, particularmente entre los largos intervalos de los procedimientos de cada día. La habitación era apenas lo suficientemente grande para la mesa larga y sus 12 incómodas sillas. En este espacio reducido, era casi imposible para nosotros caminar, ir a la fuente de agua o incluso al único servicio disponible. Los recesos para el almuerzo eran muy anticipados. En los pocos días de brisa refrescante, pudimos abrir las ventanas, pero teníamos que aguantar el ruido callejero. En la sala del tribunal, no se permitían tales libertades.

II

A la tercera semana del proceso, el juez comenzó a ponerse de pie con los brazos cruzados sobre las caderas. Con cara de desconcierto, se daba la vuelta y se ponía de pie detrás de su silla, con la túnica negra medio desplegada y la corbata suelta. A veces, asumía lo que parecía ser una expresión meditativa con ambos brazos apoyados sobre el respaldo de la silla. Otras veces, se apoyaba con uno de sus codos sobre el respaldo de la silla. Una de sus manos sostenía su barbilla, dándole una cierta mirada de abandono. Para mí, semejante informalidad rompía con la monotonía del caso, como si lo ayudara a mantenerse despierto, apaciguándosele del calor embrutecedor.

III

El caso había estado bajo investigación durante siete años. Nosotros, los miembros del jurado, quedamos asombrados por la falta de cohesión de las acusaciones. Las declaraciones de los testigos no se correspondían en modo alguno con los alegatos del fiscal. De hecho, el caso de la fiscalía parecía estancado. Uno se preguntaba si había alguna justificación para dicho juicio. El único mérito del caso aparentemente fue el uso de la autoridad de un jurado para emitir un veredicto, ya fuese para descargo o condena.

IV

Según testimonio de la policía, el crimen fue el resultado del enfrentamiento de dos bandas rivales. Las edades de los pandilleros oscilaban entre los 12 y 40 años. La abogada del acusado proporcionó sus fotografías al jurado. Las fotos les mostraban en ropa costosa. Ambos grupos parecían lucirse, como si fuesen la fuente de orgullo del barrio. Cada grupo tenía sus propios signos de mano como lemas. Según la policía, la noche del asesinato las dos bandas se peleaban por su territorio en el tráfico de drogas. El acusado llegó a convertirse en el principal sospechoso dos años después de iniciada la investigación. Según uno de los detectives, el acusado buscó “joder” a los miembros más jóvenes de la pandilla adversaria, como una forma de establecer su propia autoridad sobre ellos. Se dijo que el motivo del acusado era también satisfacer la sed de venganza por haber sido «rallado» (desprestigiado) por ellos. El jurado consideró, sin embargo, que dichas intervenciones eran meramente subjetivas. Para nosotros los únicos hechos creíbles eran los de la lucha territorial entre ellos.

V

El primer testigo, quien tenía 13 años en el momento del asesinato, fue el eje de la defensa de la acusación. Había sido un amigo íntimo de la víctima y su proximidad al hecho le hacía valioso. Durante el transcurso de varios días de testimonio, dos oficiales le escoltaban vestido con un mono naranja, con grilletes en ambas manos y tobillos. Sólo le quitaban las manillas cuando se sentaba en el estrado. Por el abogado del acusado, supimos que el testigo había estado detenido durante dos años por un cargo de asesinato distinto. La abogada defensora le preguntó: ¿Está aquí hoy a cambio de indulgencia por la acusación que enfrenta? En desafío empujó los brazos y los hombros hacia adelante. Su actitud parecía evasiva, mientras la fiscalía se oponía a que respondiera. La pregunta fue retirada, pero el jurado no la olvidó. Su mano cubría parcialmente su rostro, especialmente sus ojos y nariz. Su cabeza se movía de un lado al otro. Señaló este al acusado mientras se frotaba la barbilla y le acusó de asesino. Sus declaraciones nos confundían al parecer mas bien manipuladoras. Se evidenciaba que él no había visto de dónde había provenido la bala. Sus acusaciones sonaban inverosímiles, como si hubieran sido ensayadas. Tenía un aire prepotente, exudando odio. Durante el examen de la fiscalía, reveló su conversión al Islam y afirmó que había llegado a ser mejor persona a través de las enseñanzas del Profeta. Para nosotros, sin embargo, su comportamiento era el de un malhechor impenitente. Su falta de sensibilidad insinuaba una vida delictiva e inmoral.

VI

El segundo testigo del fiscal hablaba en voz baja, pero su testimonio parecía vacilante. Según él mismo, había estado al filo de una horda. Se había formado un círculo alrededor de un encapuchado y la víctima. Cuando fue interrogado por la defensa, titubeó antes de admitir haber visto a otro compañero armado. Pero al final cedió. Recordó que otros pandilleros habían disparado al aire. Su reconocimiento del uso de otras armas explicaba los múltiples proyectiles de balas encontrados por la policía. Sin embargo, el origen de la bala que penetró el corazón de la víctima continuó siendo un misterio. No sabíamos qué había pasado. ¿Fue una represalia? ¿Estaba el tirador incitando a otros cómplices? No hubo respuesta, ni de este testigo ni del anterior.

VII

A pesar de que la abogada defensora trató de desentrañar la credibilidad de los dos testigos presenciales del fiscal, ella tropezó con sus propias palabras. No pasó desapercibida su afirmación de que el encapuchado podría haber llevado una pistola dentro del bolsillo de su sudadera. Pero, como nadie había afirmado todavía haberlo visto sacar un arma, su atención a este asunto parecía fuera de lugar. ¿Estaba tratando de negar la inocencia del hombre encubierto, mientras que al mismo tiempo parecía implicar a su propio cliente? No podíamos entender su propósito, ya que la identidad del encapuchado nunca se había aclarado. Para el acusado, su digresión fue intrascendente. Pero para nosotros, el jurado, dicho desliz aumentó la duda. Aún así, al final, la defensora logró refutar las pruebas reunidas por la policía.

VIII

La noche del asesinato, un peatón llamó la atención de un velador de vecindario sobre una conmoción callejera. El velador no hizo nada hasta que la policía llegó en sus autos encontrando el cuerpo del asesinado. La multitud alrededor de la víctima ya se había dispersado y ninguno de los vecinos hablaba de buena gana de lo que habían visto. El jurado se mostró consternado porque la orden de arresto se emitió dos años después del hecho. El abogado defensor enfatizó que, en el transcurso de esos dos años, la memoria del suceso en cualquier testigo seguramente se hubiera opacado. El abogado defensor argumentó: «… sólo señalar con el dedo a un presunto culpable, por el simple deseo de cerrar el caso, no debe considerarse probatorio en sí mismo».

7

La evidencia

Como parte de nuestras deliberaciones solicitamos ver la evidencia en vídeo antes y después del tiroteo. Testigos habían afirmado que en la noche del asesinato el acusado fue a una casa de vecindad en busca de un arma, la cual compartían los miembros. Había dos cámaras, ambas con ángulos de visión bastante restrictivos. El vídeo era granulado: producto de cámaras de seguridad de baja resolución. No se incluía sonido alguno y las imágenes estaban entrecortadas. La cámara del vestíbulo mostraba a alguien bajando las escaleras para salir, vestido con una gorra de béisbol debajo de una sudadera con capucha. Sólo sus labios y barbilla eran visibles. Para nosotros el dilema fue cómo identificar a la persona. La mujer del jurado con el niño en casa enfatizó: «… esas facciones no eran de gran particularidad, podrían haber sido las de cualquiera».

El crimen tuvo lugar a la medianoche. No había tráfico y la calle estaba mal iluminada. Por segunda vez, examinamos la cinta de la cámara exterior. Nos concentramos en el rodaje justo antes del suceso. La imagen era turbia y nos mostraba a la persona encapuchada saliendo del edificio. La espalda de la víctima era visible y su amigo estaba detrás de él. De pronto hubieron varios destellos de disparos, uno de los cuales ocurrió justo al lado de la víctima. El encapuchado estaba frente a la cámara claramente empuñando un revólver.

La evidencia balística mostró que la trayectoria de la bala provino de una distancia corta antes de ingresar al cuerpo de la víctima. Quizás el disparo vino de la posición del encapuchado, pero esto era tan sólo una suposición, y no sabíamos quien era él. Más importante aún, la policía no halló arma alguna. En resumen, los testimonios, el análisis y los relatos escritos nos resultaron inútiles.

8

La comunidad

Los miembros del jurado estuvieron de acuerdo en que no se podía confiar en los relatos de las bandas ni de los de la comunidad. Las dos bandas vivían en manzanas adyacentes. Plagada de drogas, la comunidad se había convertido en su propia víctima. La solidaridad se manifestaba como hostilidad, en mutua convivencia. Los asaltos eran generalizados, tanto en las calles como en los hogares. Madres, hermanos y hermanas se atacaban entre sí. La tasa de mortalidad era alta, lo que en sí mismo evidenciaba que la comunidad estaba sembrando las semillas de su propia destrucción. Rara vez algún adolescente estaba exento de robar o asesinar. Ningún programa social era de ayuda. Nos preguntábamos si sólo servíamos como agentes de retribución y venganza.

9

Justicia ciega

Desde los primeros días de deliberación, no estábamos seguros de si el acusado había tomado parte. En nuestro cuarto día, la joven que se había mostrado inflexible sobre la culpabilidad del acusado comenzó a vacilar. La mayoría de los miembros del jurado todavía pensaban que era inocente, pero cuatro insistían no estar convencidos. Cuanto más aceptaban los jurados sus propias limitaciones, más difícil resultaba formarse una opinión. La frase justicia ciega nos parecía más bien hiriente.

10

Unanimidad

La mayoría discutió con los cuatro opositores. Las tensiones escalaron con el termómetro. El calor del mediodía, la humedad y el ruido de calle se volvían cada vez más insoportables. Con las ventanas cerradas, encendimos el anémico aire acondicionado y nos asustaba más que nunca el no estar a la altura de la tarea. Nuestros desacuerdos nos llevaron al límite y nos pusieron los nervios de punta. Lentamente avanzamos hacia el acuerdo. Paso a paso, se hicieron concesiones. En el momento de la tercera encuesta, el moderador votó con reserva en contra de la condena. Mas, todavía habían tres miembros del jurado defendiendo con firmeza la condena. Nos dimos un minuto de silencio antes de emitir un nuevo voto. La decisión fue unánime por la inocencia. Nos preguntábamos estupefactos si habíamos presentado un veredicto injusto o si habíamos descarrilado el caso.

11

Anunciando el veredicto

Convocamos al guardia y le entregamos la funda oficial con el veredicto. Después de regresar a la sala, el juez nos encuestó individualmente. Impreso indeleble en nosotros estaba el rostro de la madre del niño asesinado. Desde el principio se había sentado sola en la esquina trasera izquierda al fondo de la sala. Su dolor contrastaba con el de la familia del acusado. Cuestioné las reacciones de los familiares. Me sentía inepto, e incluso de hecho insignificante. A partir de ese instante, mi entendimiento se evaporaba.

Anunciado el veredicto, un clamor estridente irrumpió en el tribunal. Los gritos de la madre del niño asesinado se disputaban con el regocijo de los del acusado. A fuerza de percutir su martillo, el juez exhortó a la sala que guardara silencio. Y clausuró agradecido por el servicio de los miembros del jurado. ¿Teníamos o no razón?, me preguntaba.

12

El azar de la verdad

La aleatoridad dominó a cada incursión del jurado. Recordé con temor el imperativo de mi padre de esconderse detrás de la ficción como si ello fuese instrumento de suficiencia.

El jurado inició el desalojo de la tribuna. Observé que el juez nos miraba con una leve sonrisa de comprensión, mientras nos dirigíamos hacia la salida. Caminamos hasta la sala de deliberaciones donde recogimos nuestras pertenencias por última vez. Nos trasladamos al ascensor en el extremo opuesto del palacio de justicia. Abajo nos esperaba la familia del exculpado quienes al acercarnos exultaban sus gracias a gritos ensordecedores. Su influencia había pervertido toda una vida, mas hecho triunfante, era una corrupción sin acabar.

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Epílogo

Terminado el teatro de confrontación, jurados, abogados, y testigos se convirtieron en actores de lo absurdo. Nuestro veredicto fue tétrico. Sin opciones, las ventajas y desventajas se habían enfrentado dejándonos vacíos. ¿Qué papel hacen el abandono y la oscuridad en la condición humana?, me preguntaba. Tal parece que la indiferencia a la verdad se convierte en la coraza de no ser juzgado.

Ricardo F Morín T