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Serie del búfalo, n.º 2
48″ x 48″
Óleo sobre lienzo
1978
Durante una conversación, uno de los participantes afirma: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ». De inmediato, otro lo defiende: « Eso es libertad de expresión ». Sin embargo, nadie pregunta a quién se refiere « ellos », ni qué valores están en juego. En ese momento, la conversación cambia de dirección y la respuesta pasa a ocupar el centro.
Entonces, un participante, situado a un lado, lo refuerza: « Puede decirlo ». Al otro extremo de la mesa, otro replica: « No debería decirlo ». Un tercero interviene y repite: « Es libertad de expresión ». Pero nadie vuelve a enunciar la frase completa, ni pide al hablante que nombre los valores, ni que identifique a quién incluye « ellos ». Así, las palabras que dieron origen al intercambio dejan de orientar lo que sigue.
A continuación, alguien intenta volver a la frase y pregunta: « ¿A quién te refieres con “ellos”? ». El hablante no responde. En cambio, otra voz irrumpe y repite: « Eso es libertad de expresión ». La pregunta no se sostiene y el intercambio retoma el curso fijado por la respuesta.
Entonces, un participante restituye la frase: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ». Otro responde: « Eso es libertad de expresión ». Por un momento, la frase y la respuesta quedan juntas. Nadie determina si la respuesta responde a lo dicho. Nadie pregunta si la afirmación puede examinarse. El momento pasa.
Desde ese punto, cada intervención se dirige a la respuesta y no a la frase inicial. Uno insiste en el derecho a decirlo, mientras otro rechaza esa defensa. Sin embargo, nadie exige que el hablante defina « nuestros valores », ni que precise en qué consiste la supuesta falta de correspondencia. La frase deja de regir el intercambio. Aquellos a quienes se designa como « ellos » no son identificados; quedan separados sin ser nombrados. La frase los excluye sin precisar quiénes son.
A partir de entonces, la expresión se repite. Se emplea tanto para amparar al hablante como para oponerse a esa defensa. Pero no remite a la frase. Permite que cada participante adopte una posición sin esclarecer lo dicho. La expresión pasa a funcionar como señal de alineamiento, no como una instancia de examen.
Al final, la frase queda sin resolverse: no se examina, no se sostiene, no se retira. Se deja atrás. El rechazo se mantiene. La expresión permanece en uso y el intercambio continúa a partir de ella.
Ricardo F. Morín
Abril de 2026
En tránsito