« El aprendiz »

November 8, 2026

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Herencia — Ricardo F. Morín
Imagen generada por ordenador, 2026.

Primera parte:  La mano

1. La sala de copias

La sala de copias de la Oficina de Agrimensura ocupaba todo el costado norte del edificio, donde la luz era pareja y nada en ella favorecía una línea.  A Teodor Ness le habían asignado la tercera mesa contando desde la puerta en la primavera de sus diecinueve años, y para el otoño ya sabía que la sala obedecía a una jerarquía tan exacta como cualquiera de las colgadas en sus paredes:  las mesas junto a las ventanas eran para los hombres con más años en ella, las mesas junto a la estufa para los que llevaban más años que nadie, y las mesas junto a la puerta para aquellos cuyo trabajo nadie tenía aún motivo de examinar.  El suyo era el oficio de la reproducción.  La Oficina guardaba sus originales en cajoneras planas en el sótano, adonde la humedad del delta llegaba despacio pero llegaba al fin, y desde hacía veinte años era norma de la Mancomunidad que cada hoja de las Marismas Bajas se copiara antes de que el papel cediera.  Teodor calcaba litorales, lindes de parcelas, el achurado de la tierra desecada y el punteado de la marisma, y no firmaba nada, porque una copia llevaba el nombre de la mano que había medido la tierra por primera vez y no el de la mano que la conservaba.

No le molestaba el anonimato.  Venía de una casa donde el papel servía para llevar cuentas, pues su padre había llevado durante treinta años los libros de carga de una compañía fluvial, y el placer que hallaba en la sala de copias consistía en su exigencia de ver lo que otro hombre había visto y de devolverlo sin pérdida.  Había aprendido a dibujar por su cuenta en los márgenes de esos mismos libros de carga, y traía a la mesa de calco una paciencia que no supo inusual hasta que advirtió que los hombres de las ventanas conversaban mientras trabajaban y él no.  Piet Larue, en la segunda mesa, era el que más conversaba.  Le llevaba un año a Teodor y ya tenía un compromiso con la hija de un ingeniero, un padrino en la Oficina y una fecha para el examen de licencia, y hablaba de las tres cosas en el mismo tono, como de asuntos ya dispuestos que sólo faltaba que llegaran.

La hoja que alteró el orden de las cosas era una hoja cualquiera.  Representaba una parroquia en el borde occidental de las Marismas, levantada unos cuarenta años atrás por un hombre cuyo nombre nada le decía a Teodor, y estaba dibujada con la seguridad de una época que aún no había desecado la tierra que registraba.  Teodor copió el lindero parroquial, los dos caminos, la iglesia y la larga línea sinuosa del dique que contenía el río, y llegó entonces a las cotas, las pequeñas cifras que daban la altura del terreno sobre el nivel medio de la marea.  Una de ellas estaba dentro de una curva de nivel cerrada que, a juzgar por todas las cifras de alrededor, debía señalar una hondonada.  El número declaraba una loma.  La miró un buen rato.  Recorrió las curvas que la rodeaban, siguiéndolas con el revés de la pluma como si fueran cauces y él una gota de agua puesta sobre el papel, y dondequiera que dejaba la gota, ésta corría hacia adentro y se detenía en el punto donde la cifra reclamaba tierra alta.  El agua, pensó, no estaba de acuerdo con el número.

No la corrigió.  Un copista no corregía.  Copió la cifra tal como estaba, y luego, con un cuidado que le pareció a la vez obediente y un tanto audaz, anotó a su lado, en el margen, una sola interrogación a lápiz y la altura que, a su juicio, exigían las curvas.  Era la clase de marca que podía borrarse en un instante.  Se dijo que ése era su mérito.

Anselm Varrick cruzaba la sala de copias dos veces por semana, camino de las oficinas del director al sótano, y los hombres de las ventanas callaban a su paso.  Teodor lo había visto tal vez una docena de veces, y Varrick nunca le había dirigido la palabra.  Lo conocía como lo conocía en Lennach todo el que tuviera algo que ver con la tierra:  como el autor del levantamiento oficial de las Marismas Bajas, las hojas contra las cuales se medía en última instancia cada linde del delta, y como un hombre que se había negado, más de una vez según decían, a firmar una hoja que no hubiera recorrido a pie.  Pasaba de los sesenta, era alto, algo encorvado de hombros a la manera de quienes han pasado la vida inclinados sobre mesas, y llevaba su autoridad con tanta discreción que se percibía sobre todo en el efecto que causaba en los demás.

Aquella tarde se detuvo ante la tercera mesa contando desde la puerta.  Teodor no levantó la vista al principio, pues había aprendido que la respuesta más prudente a la atención, en aquella sala, era seguir trabajando, y sólo cuando la sombra sobre la hoja no se movió comprendió que no iba de paso.  Varrick miraba el margen.

«¿Quién le pidió que hiciera esto?»

La pregunta no era áspera.  Se formuló en el tono de quien establece un hecho, y Teodor, que no tenía respuesta preparada porque no había imaginado que se la pidieran, dijo lo único verdadero de que disponía:  nadie.  Varrick no respondió a eso.  Dejó el legajo que llevaba, atrajo hacia sí la hoja original, puso un largo índice sobre la cifra, y luego hizo lo que había hecho Teodor:  siguió las curvas desde la hondonada hacia afuera y de vuelta, despacio, como si catara cada línea.  Teodor miró el dedo y no el rostro.  Le pareció lo más honesto que podía mirar.

«¿Cómo llegó usted a su número?»

Teodor lo explicó, a tropezones al principio y luego con menos dificultad, porque la explicación no era más que la descripción de lo que había visto.  Habló del agua.  Dijo que las curvas formaban una cuenca, y que una cuenca no podía elevarse en su centro, y que la cifra anotada a lápiz era sólo la que permitían las líneas circundantes.  No dijo que se había imaginado gota de agua sobre el papel.  Mientras hablaba sabía que lo estaba omitiendo, y sabía también que en eso había consistido todo su método.

Varrick escuchó sin interrumpir.  Cuando Teodor terminó, miró la cifra a lápiz un momento más y luego al joven, y en su mirada había algo que Teodor no supo nombrar y que pasaría mucho tiempo después intentando nombrar.  No era aprobación exactamente.  Se parecía a la atención que un hombre presta a una herramienta que no sabía que tenía.

«El original está equivocado», dijo Varrick.  «Su cifra se acerca más.  Tampoco es correcta; usted no tiene levantamiento que le diga la profundidad, sólo la forma.  Pero se acerca más».  Volvió a meterse el legajo bajo el brazo.  «Un copista copia.  Usted lo sabe».

«Sí, señor».

«Deje la interrogación.  Borre su cifra.  La interrogación es una pregunta; la cifra, una afirmación».  Ya se volvía hacia la escalera del sótano cuando se detuvo, como si un segundo pensamiento hubiera alcanzado al primero.  «Tengo un estudio en el Muelle de los Tejedores.  El jueves, al cerrar la Oficina, si no tiene otro compromiso.  No traiga nada».

Bajó la escalera.  La sala recobró sus conversaciones poco a poco, y Piet Larue, echándose hacia atrás en la silla, le alzó las cejas a Teodor con una expresión que reunía diversión, curiosidad y algo más frío que Teodor no se detuvo a examinar.  Borró su cifra con sumo cuidado, de modo que no quedara ni la huella del lápiz, y dejó la interrogación sola en el margen, una marca diminuta que le hacía una pregunta a un hombre muerto hacía cuarenta años.

Pensó en aquella tarde el resto de la semana, y lo que pensó sobre todo fue la distinción que Varrick había trazado.  En el momento le había parecido una lección de modestia, la clase de corrección que un maestro le debe a un principiante.  De regreso a casa por la ribera, al caer la tarde, le costó mantenerla en esa forma.  La interrogación estaba permitida y la cifra no, y sin embargo la cifra era la más cercana; el propio Varrick lo había dicho.  Teodor le dio vueltas sin lograr que las cuentas cuadraran, y resolvió, con la prontitud de sus años, que algo había entendido mal y que el jueves se lo aclararía.

2. La leyenda

La casa del Muelle de los Tejedores era estrecha y alta, una de una hilera construida para mercaderes de paños cuando el río todavía llevaba paños, y el estudio ocupaba todo el segundo piso.  Aquel primer jueves le abrió la puerta una mujer vestida de gris, le dijo que su hermano lo esperaba y volvió a subir la escalera delante de él sin una palabra más, de modo que Teodor llegó al estudio con la impresión de haber sido entregado más que recibido.  Varrick estaba sentado a una mesa bajo dos lámparas.  No se levantó.  Señaló una segunda mesa, dispuesta en ángulo recto con la suya, sobre la que había una hoja en blanco, una regla, un juego de plumas y nada más.

«Dibújeme una leyenda», dijo, «para la parroquia que usted corrigió».

Teodor la dibujó de memoria.  Había copiado la parroquia apenas una semana antes y se sabía de memoria sus rasgos:  el lindero, los caminos, la iglesia, el dique, la tierra desecada y la marisma.  Dio a cada uno un signo, los dispuso en columna al pie de la hoja con sus nombres al lado, y la entregó con el pequeño orgullo de una tarea cumplida sin error.  Varrick tomó una pluma en la que Teodor no había reparado entre las demás, una pluma cargada de rojo, y al cabo de un minuto le devolvió la hoja con cuatro marcas.

Las marcas no eran correcciones en el sentido que Teodor conocía.  Eran preguntas formuladas como líneas.  Un trazo rojo unía el signo de una senda con el signo de un lindero parroquial, porque los dos se distinguían sólo por la separación de sus guiones, y a la escala de la hoja esa diferencia no sobreviviría a un impresor descuidado.  Un círculo rojo encerraba el signo de tierra desecada, porque Teodor había empleado el mismo achurado ligero para la tierra desecada por la parroquia y la desecada por una hacienda, y la leyenda no podía decir cuál era cuál.  Una tercera marca subrayaba la palabra «marisma», y a su lado Varrick había escrito una sola palabra:  «¿Cuándo?».

«En primavera la marisma es más grande», dijo Varrick, cuando Teodor alzó la vista.  «En agosto se reduce a la mitad.  Su signo dice marisma.  No dice en qué estación se midió la marisma, y así el que lea su hoja en agosto pensará que usted se equivoca, y el que la lea en abril pensará que acierta, y los dos estarán leyendo el signo y no la tierra».  Dejó la pluma roja.  «Un signo que puede leerse de dos maneras será leído de la manera que convenga al lector.  Eso es todo lo que tengo que enseñarle.  Lo demás es método».

Trabajaron hasta que hubo que despabilar las lámparas.  Teodor volvió a dibujar la leyenda una y otra vez, y para la cuarta versión las marcas rojas se habían reducido a una, y esa una era una pregunta sobre el grosor de una línea que una hora antes no habría creído que pudiera importarle a nadie.  Volvió a casa por la ribera con la cabeza llena de distinciones.  Había ido al estudio esperando que le enseñaran a dibujar, y le habían enseñado en cambio que el dibujo era lo de menos:  que un mapa era una promesa hecha a un desconocido, que cada signo era una cláusula de esa promesa, y que el desconocido le exigiría al cartógrafo la cláusula y no sus intenciones.

Los jueves continuaron durante el invierno.  La mujer de gris, que según supo se llamaba la señora Orme, abría la puerta cada vez y subía la escalera delante de él, y una vez, en enero, subió una bandeja con dos tazas y la dejó entre las mesas sin mirar a ninguno de los dos, como se deja algo en un cuarto donde se trabaja y el trabajo no debe enterarse.  Varrick no dio señal de advertir la bandeja, y Teodor, siguiendo su ejemplo, tampoco, aunque después pensó en ello con una vaga incomodidad que no supo explicarse.

La pluma roja se le hizo familiar.  Aprendió a anticipar sus preguntas y luego, ya en febrero, a hacérselas él mismo antes de que la hoja cruzara el espacio entre las dos mesas.  Aprendió que un lindero debía trazarse continuo donde la medición había sido continua y discontinuo donde había sido inferida; que un camino y una vereda no se distinguían por su anchura sobre el terreno sino por si un carro podía usarlos en invierno; que una leyenda era un contrato entre la hoja y cada hoja que alguna vez se colocara a su lado, y que el cartógrafo que inventaba un signo para su conveniencia rompía el contrato para todos.  Descubrió que esto le encantaba.  No sabía que el rigor pudiera ser un placer, y menos aún el placer particular de ser entendido sin residuo, de asentar una marca que nadie, por hostil o descuidado que fuera, pudiera leer como otra cosa que lo que era.  En la sala de copias empezó a ver de otro modo las hojas de las demás mesas.  Vio lindes trazados continuos sobre terreno que a todas luces nadie había recorrido.  Vio un signo de «baldío» en una hoja de las parroquias orientales que abarcaba a la vez salinas y pastos comunales.  No dijo nada de todo ello, pero lo vio, y el verlo era una forma de posesión.

Sólo una vez aquel invierno sacó a relucir lo ocurrido aquella tarde en la sala de copias.  Era tarde, la lección había terminado y Varrick limpiaba sus plumas, y Teodor preguntó, con lo que esperaba fuera el desapego de un erudito, por qué se había permitido que quedara la interrogación y no la cifra, si la cifra había sido la más cercana de las dos.

Varrick no levantó la vista de las plumas.  «Porque la leyenda tiene un signo para la interrogación», dijo, «y no tiene ninguno para la conjetura.  Una cifra en una hoja dice:  esto se midió.  La suya no se midió.  Se razonó.  El razonamiento tiene su lugar, y su lugar es el margen, bajo una marca que le advierta al lector que está leyendo un razonamiento».  Limpió un plumín y lo dejó en su bandeja.  «La leyenda la acuerda la Oficina.  Un cartógrafo no inventa signos».

Teodor lo aceptó.  Era coherente con todo lo demás que le habían enseñado, y en esa coherencia residía buena parte de su autoridad; no encontraba el punto donde fallara.  Y sin embargo, camino de casa aquella noche, se sorprendió pensando, sin habérselo propuesto, en la leyenda que había dibujado el primer jueves, en su columna de signos, y en las cosas de la parroquia para las que la leyenda no tenía signo alguno.  Había un signo para la tierra desecada y otro para la marisma.  No lo había para la tierra que se había desecado y volvía a ser marisma cada abril, aunque la parroquia estaba llena de ella y cada labrador sabía con exactitud dónde quedaba.  Podía medirse.  En cierto sentido el agua la había medido cada primavera durante cuarenta años.  Dejó ir el pensamiento, porque no sabía qué hacer con él, y porque le pareció, en su gratitud, una pequeña deslealtad.

En la primera semana de marzo presentó una hoja en la que la pluma roja no encontró nada.  Varrick la sostuvo bajo la lámpara largo rato, más que ninguna hoja anterior, y Teodor aguardó en un suspenso tan agudo que lo avergonzaba.  Por fin Varrick dijo «Bien», y nada más, y esa sola palabra lo llenó de una felicidad desproporcionada a su brevedad.  Luego Varrick abrió una gaveta poco profunda bajo su mesa y dejó la hoja en ella.

Era la primera vez que Teodor veía abierta la gaveta.  Había ya otras hojas dentro, bastantes, tendidas una sobre otra, y en el instante antes de que se cerrara vio que eran leyendas, y que estaban dibujadas por manos que no eran la suya ni la de Varrick:  una apretada y erguida, otra con una leve inclinación hacia atrás, otra tan fina que parecía grabada.  No preguntó de quién eran.  Se dijo que no era asunto suyo, y lo creyó, y volvió a casa en la oscuridad de marzo con la palabra «Bien» todavía tibia dentro de él, y debajo de ella un pequeño lugar frío que no examinó, allí donde la gaveta se había abierto y cerrado.

3. La base

Salieron a las Marismas en la segunda semana de abril, en el barco de la mañana a Hollin y luego a pie por la cresta del dique occidental, con un peón detrás que cargaba la cadena, los jalones y el teodolito en su caja.  Varrick había obtenido el permiso de la Oficina con una sola frase dirigida al director, y la sala de copias había recibido la noticia con un silencio más elocuente que cualquier comentario.  Piet Larue le había deseado a Teodor buen tiempo en un tono que daba a entender que no lo esperaba.

El tiempo, en efecto, fue claro.  El delta se extendía bajo un cielo alto y pálido que no parecía tener una fuente precisa de luz, y desde lo alto del dique la tierra del lado de adentro se alejaba en franjas de un verde tan parejo que parecía trazado con regla.  Teodor se había criado junto al río sin haber estado nunca por encima del país que el río formaba, y durante la primera hora apenas pudo hacer otra cosa que mirar.  Varrick lo dejó.  Caminaba unos pasos adelante con las manos a la espalda, deteniéndose de vez en cuando a considerar una zanja o una tranquera, y hablaba menos que en el estudio y parecía, para sorpresa de Teodor, menos severo por ello, como si el campo abierto lo eximiera de una obligación que imponían las lámparas.

El trabajo de los dos primeros días fue la base.  Todo lo demás en un levantamiento, explicó Varrick mientras recorrían a pasos el terreno por donde iría, dependía de una sola línea medida con más cuidado que cualquiera de las que vinieran después.  Desde sus dos extremos se tomarían los ángulos hacia cada campanario y cada mojón de la parroquia, y los triángulos construidos sobre esos ángulos llevarían la medición hacia afuera, a través de millas de campo que la cadena nunca tocaría.  La base era la única distancia de la hoja que se mediría directamente.  Todas las demás se derivarían de ella.  «Un error aquí», dijo, tendiendo el bastón sobre la hierba, «no es un error en un lugar.  Es un error en todos los lugares.  Viaja hacia afuera con cada triángulo y crece con cada milla, y cuando llega al borde de la hoja es lo bastante grande para mover una aldea».

La midieron la segunda mañana.  Desde el dique el terreno había parecido llano, pero no lo era al caminarlo.  Había depresiones leves donde el drenaje se había asentado de manera desigual, y en varias de ellas el agua estancada cubría la hierba hasta la altura de una mano, luminosa y quieta, con el cielo adentro.  Teodor sostenía el extremo delantero de la cadena.  Aprendió a tensarla con el peso exacto que Varrick indicaba, ni más ni menos, a clavar derecha la aguja de su extremo en suelo blando, a leer la pendiente de una depresión y corregirla para que la distancia anotada fuera la que mediaba sobre la faz de la tierra y no a lo largo de sus arrugas.  Era un trabajo lento y frío.  Se le llenaron las botas.  Al mediodía habían medido la línea una vez, de punta a punta, y Varrick, leyendo los dos totales en su libreta, dijo en voz baja que la segunda mitad no concordaba con la primera por el largo de una mano.

La midieron de nuevo.  El segundo total discrepaba del primero y de sí mismo, y Teodor, que para entonces ya no sentía los pies, sintió en cambio una desdicha tan completa que habría cambiado con gusto la cartografía por los libros de carga en ese mismo instante.  Estaba seguro de que el error era suyo.  Lo dijo.  Varrick lo miró un momento y luego miró la fila de agujas clavadas en la hierba a sus espaldas, con el agua tendida entre ellas en sus manchas luminosas, y sólo dijo:  «Es posible.  Busquémoslo».

Lo encontraron en la tercera depresión desde el extremo oriental, donde el agua era más honda.  Teodor había clavado la aguja en lo que tomó por suelo firme bajo la superficie, y el suelo no lo era; había cedido bajo el peso de la cadena, de modo que cada vez que tensaba la cadena la aguja se inclinaba una fracción hacia él y acortaba la medida.  Era poca cosa.  Varrick se arrodilló en el agua para mostrárselo, sin aparente consideración por sus pantalones, y hundió la aguja con dos dedos hasta que encontró resistencia un palmo más abajo, y luego alzó la vista hacia Teodor desde el agua con una expresión de franca satisfacción, como la de un hombre que ha encontrado lo que buscaba y se conforma con ello, sea lo que fuere.

«La tierra se desecó», dijo, poniéndose de pie.  «No lo bastante.  Aquí nunca lo es».  Miró a lo largo de la franja de hierba hacia la siguiente depresión y la que seguía, y Teodor esperó que dijera algo más, sobre el agua, sobre la parroquia, sobre lo que mostraría la hoja.  No lo hizo.  Se limpió las manos con un trapo que sacó del bolsillo y dijo que medirían la línea por tercera vez después de comer.

La tercera medición concordó consigo misma dentro de la tolerancia que admitía la Oficina.  Varrick la anotó en la libreta con sus cifras pequeñas y erguidas y cerró la libreta, y se quedaron un rato sentados en el talud del dique al sol de la tarde, mirando al peón recoger la cadena.  Teodor estaba cansado como nunca lo había estado, en los brazos y en la espalda y también en algún lugar detrás de los ojos, y el cansancio tenía una dulzura que no asociaba con nada de su vida hasta entonces.  Había cometido un error y el error se había hallado.  No se le había perdonado, porque no había nada que perdonar; simplemente se había localizado, medido y enmendado, y la línea yacía ahora sobre la parroquia tan exacta como podía hacerse, y todo lo que se construyera sobre ella se construiría sobre algo firme.  Pensó que nunca había estado tan cerca de otra persona como aquella tarde, arrodillado sobre la tercera depresión con los dos dedos del maestro sobre la aguja, y no le pareció extraño sentir eso por un hombre que le había dirigido quizá cuarenta frases en todo el día.

Sólo en el barco de regreso, al anochecer, con el dique deslizándose negro contra un cielo verde, se acordó del agua.  La base estaba medida, y su medida era correcta, y las depresiones donde se estancaba el agua aparecerían en la hoja terminada como lo que la leyenda llamaba tierra desecada, porque eso eran según la escritura y según el registro de la Oficina.  El agua no estaba en la medición.  Había sido un obstáculo para la medición, y vencido el obstáculo ya no tenía más entidad.  Se volvió para decirle algo de esto a Varrick, que iba sentado a su lado con los ojos cerrados, y descubrió que no sabía decirlo sin que sonara a queja, de modo que no dijo nada, y el dique siguió pasando.

Eran más de las nueve cuando llegaron al Muelle de los Tejedores.  La señora Orme había mantenido el fuego en la cocina y comida en el fogón, y les sirvió sopa a los dos en la mesa de la cocina, que Teodor nunca había visto, sin preguntarles si la querían.  Varrick comió deprisa y subió al estudio a pasar en limpio las cifras del día.  Teodor se quedó junto al fuego, demasiado cansado para irse, y la señora Orme se sentó frente a él con una cesta de zurcidos y durante unos minutos no dijo nada.

«Lo encontraron mojado», dijo al fin.

Él dijo que sí, y que la base había costado tres intentos, y que la culpa había sido suya.  No supo por qué le contaba esto último; era la clase de confesión que no le habría hecho a nadie en la Oficina.  Ella asintió sin levantar la vista del zurcido.

«Siempre empieza en abril», dijo.  «Dice que en abril el terreno dice la verdad».  Cortó un hilo con los dientes.  «Nunca he entendido por qué prefiere medirlo en la estación en que menos se presta a ser medido.  Claro que yo nunca he tenido que sostener la cadena».

Teodor le agradeció la sopa y volvió a casa.  Era un largo trecho, y tuvo tiempo de repasar la velada, y descubrió que de todo cuanto ella había dicho la palabra que le quedaba era «siempre».  Era una palabra pequeña, y natural; Varrick llevaba treinta años levantando las Marismas y habría empezado muchísimas temporadas.  Pero encajaba, con una exactitud que no le gustó a Teodor, junto a la gaveta poco profunda y las leyendas que yacían en ella, dibujadas por manos que no eran la suya.

4. Proyección

La hoja de la parroquia occidental le llevó el verano entero.  Teodor trabajó en ella los jueves por la noche en el estudio y, por un arreglo que Varrick hizo con el director y que nadie le explicó, dos tardes por semana en una mesa de la sala de dibujo de la Oficina, que estaba en el piso de arriba de la sala de copias y tenía una claraboya en lugar de ventanas, de modo que la luz caía sobre el trabajo desde lo alto y la mano no proyectaba sombra.  Redujo la libreta de campo a cifras, las cifras a triángulos y los triángulos a puntos sobre el papel, y a fines de junio la parroquia yacía ante él como una dispersión de pinchazos finos unidos por líneas a lápiz, que en julio empezó a llenar.

Fue en julio cuando llegó al borde de la hoja y descubrió que no encajaba.

La parroquia debía unirse a la cuadrícula provincial por su margen oriental, donde lindaba con una hoja de la parroquia vecina dibujada once años antes por otra mano.  Teodor había puesto las dos lado a lado para prolongar su lindero, y el lindero no se encontraba consigo mismo.  Llegaba al margen de su hoja un poco al norte del punto donde salía del margen de la otra.  La discrepancia era pequeña, menos que el ancho del dique tal como estaba dibujado, y pasó tres tardes buscando el error en su propio trabajo antes de atreverse a pensar que tal vez no estaba allí.

Llevó ambas hojas al estudio el jueves siguiente y las puso sobre la mesa de Varrick sin decir palabra.  Varrick miró el margen y luego, inesperadamente, sonrió, cosa que Teodor le había visto hacer quizá dos veces.

«Ha encontrado usted la Tierra», dijo.

No lo explicó enseguida.  Bajó de un estante un globo no mayor que la cabeza de un hombre, muy viejo, con el barniz amarillento de modo que los mares tenían el color del té flojo, y lo puso sobre la mesa entre las dos hojas.  Luego tomó un pliego de papel de seda, lo extendió sobre el globo y lo apretó con ambas manos, y el papel se arrugó y se rasgó por los bordes y no quiso asentarse.

«La Tierra es redonda», dijo, «y la hoja es plana.  Todo mapa que se ha dibujado es el registro de una decisión acerca de qué sacrificar al convertir la una en la otra.  Puede usted conservar verdaderas las formas de las cosas, y entonces sus áreas son falsas.  Puede conservar verdaderas sus áreas, y entonces sus formas son falsas.  Puede conservar verdaderas las distancias a lo largo de una línea y falsas a lo largo de todas las demás.  No puede conservarlas todas.  No hay hoja sin deformación».  Levantó el papel de seda del globo y lo alisó sobre la mesa, arrugado y roto.  «La Oficina ha optado por conservar verdaderos los ángulos, para que los linderos se encuentren en las esquinas donde deben encontrarse y un agrimensor pueda llevar un rumbo de una hoja a la siguiente.  El precio se paga en área, y se paga más caro cuanto más se aleja uno del meridiano de Lennach.  La hoja de su vecino se dibujó en una proyección más antigua, antes de que la Oficina fijara su práctica.  Ésa es su discrepancia.  Ninguno de los dos se equivoca.  Se equivocan en direcciones distintas».

Teodor miró los dos márgenes, y el lindero que llegaba y partía en lugares ligeramente distintos, y sintió que la discrepancia se reacomodaba en su mente, de falta a hecho.  Era una sensación que recordaría:  la súbita transformación de algo que lo había avergonzado en algo que comprendía.

«Entonces, ¿cómo puede uno fiarse de un mapa?», dijo.

«Leyendo su margen».  Varrick dio vuelta a la hoja más antigua y le mostró, en el ángulo inferior, una línea de letra diminuta que Teodor había copiado cien veces en cien hojas sin leerla jamás por su sentido:  el nombre de la proyección, el meridiano, la fecha.  «El cartógrafo honesto elige su deformación y la declara.  Dice:  esto es lo que he conservado y esto es lo que he cedido, y lo dice donde el lector pueda encontrarlo.  El deshonesto oculta su elección, o no sabe que la ha hecho, lo cual para el lector viene a ser lo mismo.  Un mapa no es veraz porque carezca de deformación.  Nada carece de deformación.  Un mapa es veraz porque le dice a usted cómo miente».

Lo dijo con evidente placer, como quien repite una fórmula que ha examinado durante muchos años y aún encuentra sólida, y Teodor la recibió como había recibido la lección de la leyenda, con una gratitud tan entera que no dejaba lugar a nada más.  Pasaron el resto de la velada ajustando el margen.  Varrick le enseñó a prolongar el lindero por cálculo y no a ojo, y a anotar el ajuste en el margen de su propia hoja, para que un lector, dentro de once años, supiera que la línea se había doblado allí y por qué.

Era tarde cuando terminaron.  Varrick fue al estante a devolver el globo, y Teodor, secando sus plumas, dejó que la vista descansara en las hojas clavadas a lo largo de la pared del fondo, donde colgaban desde su primer jueves y donde hacía tiempo que había dejado de verlas.  Eran el levantamiento oficial, o parte de él:  seis hojas de las Marismas centrales, las hojas contra las que se medía cada linde del delta, de mano de Varrick.  Las había admirado cien veces como dibujos.  Ahora, con la lección todavía tibia, cruzó el cuarto y leyó el margen de la más cercana.

Declaraba su proyección, el meridiano de Lennach y los años del levantamiento, como sabía que lo haría.  Declaraba además, debajo, con las mismas cifras pequeñas y erguidas, que las mediciones de campo se habían tomado en los veranos de esos años, entre junio y septiembre, cuando el suelo estaba lo bastante firme para soportar la cadena.  La leyó dos veces.  Le pareció admirable, un ejemplo de la honestidad misma que Varrick acababa de describir:  la estación nombrada, la condición declarada, nada oculto.  Se apartó de la pared con la sensación de haber visto la lección hecha acto, y dio las buenas noches.

Pensó en la proyección durante días.  Pensó en ella en la sala de dibujo bajo la claraboya y en su vieja mesa de la sala de copias, donde todavía pasaba tres mañanas por semana, y descubrió que había aflojado en él algo que la leyenda había apretado.  La leyenda le había enseñado que un signo debía significar una sola cosa.  La proyección le enseñaba que la hoja entera significaba algo elegido, y que la elección no era una falla del rigor sino su condición, con tal de que se declarara.  De ahí parecía seguirse que un cartógrafo tenía permiso, incluso obligación, de decidir qué conservaría verdadero su hoja, siempre que lo dijera en el margen.  Entonces una hoja podría ser fiel al agua.  Podría dibujarse en abril, y decir que se había dibujado en abril, y mostrar el terreno que retenía el agua de abril.  No estaría más deformada que cualquier otra hoja.  Simplemente habría elegido de otro modo su deformación, y la habría declarado.

No se lo planteó a Varrick.  Se dijo que esperaba a haberlo pensado bien, y era cierto; pero también era cierto, aunque no se lo dijera, que una parte de él ya sabía cuál sería la respuesta, y prefería por el momento conservar la idea tal como estaba, sin rechazo.

En la sala de copias, a fines de julio, Piet Larue se inclinó sobre el espacio entre sus mesas mientras los hombres de las ventanas habían salido a almorzar.

«Sabrás que él no apadrina a nadie», dijo Piet.  Lo dijo con amabilidad, como quien comunica un dato útil.  «Para la licencia.  Treinta años, y ni una sola carta.  Todo el mundo lo sabe.  Me pareció que debías saberlo».

Teodor dijo que no había pedido que lo apadrinaran, lo cual era cierto, y que estaba aprendiendo mucho, lo cual también lo era.  Piet asintió como si ambas cosas confirmaran lo que había dicho, y volvió a su calco.  Teodor se quedó un rato sin tomar la pluma.  No creía que Piet le deseara mal.  Creía más bien que Piet le había dicho algo que consideraba una gentileza, y le resultó más difícil de apartar que la malicia, puesto que no había en ello nada que resentir y, por tanto, nada a qué oponerse.  Pensó en la gaveta, en la palabra que había usado la señora Orme, y en las seis hojas de la pared del estudio que declaraban con tanta honestidad la estación en que habían sido medidas.  Luego tomó la pluma y siguió con el litoral que copiaba, que pertenecía a un hombre muerto hacía mucho y no le pedía nada salvo fidelidad.

5. El encargo

El encargo llegó en invierno, en una carta en papel grueso que Varrick leyó una vez en su mesa y luego le pasó a Teodor sin comentario, lo que Teodor entendió que era el comentario.  El concejal Aubrey Stell, de la Hacienda Stell en la parroquia de Hollin, solicitaba el levantamiento del lindero oriental de su finca, donde lindaba con el prado comunal de la parroquia, línea disputada desde hacía algunos años por la junta parroquial y cuyo asunto pasaba ahora al tribunal del condado.  El concejal escribía que agradecería los servicios del cartógrafo cuyo levantamiento había fijado la línea de su difunto padre treinta años antes, y que estaría a disposición del cartógrafo en cualquier estación que a éste le resultara conveniente.  Añadía, en una posdata, que esperaba con gusto renovar su trato en la sesión de primavera de la Junta de Agrimensura, de la que ambos eran miembros.

«Abril», dijo Varrick.

Salieron en la tercera semana.  El camino a la Hacienda Stell corría por el dique oriental y luego doblaba tierra adentro entre hileras de álamos plantados, supuso Teodor, por el difunto padre, pues eran lo bastante viejos para haber presenciado su línea y lo bastante jóvenes para ser suyos.  La casa era grande y sencilla y se alzaba en la única elevación en una milla a la redonda.  El concejal Stell los recibió en la escalinata.  Era un hombre de unos cincuenta años, corpulento y rubio, con el desahogo de quien nunca ha necesitado alzar la voz para que lo oigan, y estrechó la mano de Varrick con verdadera calidez y la de Teodor con una cortesía apenas menor.  Los llevó él mismo al lindero oriental, caminando entre ambos a través de la granja, hablando del drenaje, de los arriendos y de la junta parroquial, cuyos miembros describió sin rencor como hombres que habían confundido un agravio con un título.

El lindero, cuando llegaron, era una zanja.  Del lado de la finca estaba limpiamente cavada y con su terraplén, y una hilera de estacas de sauce clavadas a lo largo del borde; del lado de la parroquia simplemente terminaba, como termina una zanja en un campo, entre juncos.  Más allá de los juncos estaba el prado comunal, que en abril no era un prado en absoluto sino una lámina de agua estancada de un cuarto de milla de ancho, gris bajo un cielo gris, con las puntas de la hierba del año anterior asomando en matas pálidas y algunas reses de la parroquia metidas en ella hasta los corvejones.  Del lado de la finca, a lo largo de unas doscientas yardas, el terreno era igual.  Era tierra desecada según el registro.  La había desecado el difunto padre, figuraba en los libros de la Oficina como desecada, y en el levantamiento oficial de Varrick aparecía bajo el achurado ligero que significaba que se cultivaba.  Estaba bajo el agua.  Las reses estaban en ella con la misma comodidad que en el prado comunal.

«Obra de mi padre», dijo el concejal, con un gesto que abarcaba la zanja y el agua.  «Aguanta muy bien, ¿sabe usted?, a partir de junio.  La junta sostiene que aquí rige la vieja costumbre de las Marismas:  que la tierra que el río recupera cada primavera nunca estuvo de veras desecada, por mucho que cavara mi padre, y sigue siendo común, para que la parroquia apaciente en ella.  Lo cual sería una propiedad bien curiosa».  Se rió.  «Yo les digo que un lindero no es una marea».

Varrick no se rió, pero tampoco lo contradijo.  Pidió ver la escritura, y el administrador del concejal, que los había seguido a través de la granja a una distancia respetuosa, la sacó de un estuche de cuero.  Describía la línea por la zanja y por dos mojones, uno en cada extremo, que encontraron tras alguna búsqueda, uno hundido entre juncos y otro ladeado en un seto.  La línea corría entre ambos recta como una regla.  Corría, vio Teodor, a través del agua a lo largo de doscientas yardas del lado de la finca, de modo que la mitad del terreno que encerraba para la finca era, en esa estación, indistinguible del terreno que dejaba a la parroquia.

Midieron durante tres días.  Era otra vez el trabajo de la base, más lento y más mojado, y Teodor lo hizo mejor, y sabía que lo hacía mejor, y sabía también que esa destreza no le daba ningún placer.  La segunda tarde estaba con el extremo delantero de la cadena, con el agua hasta las canillas, en el punto medio de la línea, y miró hacia atrás a lo largo de ella, a Varrick, que se había detenido con la libreta abierta y el lápiz en alto.  A Teodor le pareció que miraba el agua.  Se quedó así tanto rato que el peón miró a Teodor, y Teodor al peón.  Luego Varrick anotó algo, brevemente, cantó el rumbo siguiente, y el trabajo continuó.

La noche del tercer día, en el cuarto que el concejal les había cedido para sus papeles, Varrick expuso el plan de la línea y el orden en que se dibujaría la hoja.  El lindero se trazaría según la escritura, entre los dos mojones, como línea continua, puesto que se había medido de manera continua.  El terreno del lado de la finca se dibujaría bajo el signo de tierra desecada, tal como lo consignaba el registro.  El prado comunal se dibujaría como prado.  La hoja declararía en su margen la proyección, el meridiano y las fechas del levantamiento.

Teodor escuchó con las manos extendidas sobre la mesa.  Sabía desde la primera mañana que eso era lo que mostraría la hoja; no había en la leyenda signo para otra cosa.  Cuando Varrick terminó, dijo:  «La línea pasa por el agua».

Varrick lo miró.  «Pasa por donde la pone la escritura».

«Sí, señor».

«El agua no es un lindero.  En eso el concejal tiene razón, en lo demás no sé».  Varrick volvió al plan.  «El tribunal querrá la línea.  La línea es lo que se nos pidió medir, y la línea es lo que medimos.  Lo que diga la junta acerca del agua es asunto de la junta, que lo presente ante el tribunal, y del tribunal, que lo pondere.  No es asunto de la hoja».

Teodor no dijo nada.  No dijo que la hoja llevaría fecha de abril y mostraría, bajo el achurado ligero de la tierra desecada, doscientas yardas que en abril eran agua; que el margen declararía la estación y el signo la contradiría; que el tribunal, al ponderar la costumbre de la junta, sabría lo que era el terreno en abril por ese signo y por nada más; que el cartógrafo honesto, según el propio Varrick, decía qué había conservado y qué había cedido.  Descubrió que cada una de esas frases, a medida que se formaba, le sonaba o a ingenio de colegial o a acusación, y no lograba hallar la versión de ninguna que no fuera ni lo uno ni lo otro.  De modo que calló, y Varrick, tras un momento, prosiguió con el plan.

Pensó, después, que el silencio había sido comprendido.  Pensó que Varrick, que se había quedado tanto rato con el lápiz en alto sobre el agua la segunda tarde, veía lo que él veía, y que el hecho de que el maestro volviera al plan sin preguntar nada más era un reconocimiento entre ambos:  la admisión de que la hoja no podía decirlo, y de que los dos sabían que no podía, y de que ese saber era en sí mismo una forma de honestidad.  Sostuvo ese pensamiento mientras dibujaba la hoja en mayo, y lo consoló.  Le permitió trazar el achurado ligero sobre las doscientas yardas con mano firme.

La línea del concejal se presentó ante el tribunal del condado en junio.  La junta parroquial perdió.  Teodor leyó la noticia en el periódico en su mesa de la sala de copias y advirtió que su mano, al dejar el periódico, no estaba del todo firme, y no supo si era de vergüenza o de algo más parecido a la ira, ni contra quién iba dirigida una u otra.

6. La hoja privada

No había sabido, en abril, por qué lo anotaba.

Durante los tres días en la Hacienda Stell, en el alto del mediodía, mientras Varrick comía su pan en el borde de la zanja y el peón dormía, Teodor había recorrido la línea con una cinta de bolsillo que había sido de su padre y tomado normales desde las estaciones de cadena hasta el borde del agua.  Era la clase de cosa que hacía con las manos cuando tenía la mente en otra parte, un hábito de la sala de copias, donde la fidelidad había dejado hacía tiempo de ser una decisión para volverse un reflejo.  Había anotado las cifras al final de su propia libreta, a lápiz, sin encabezamiento.  Veintidós estaciones, veintidós distancias al borde del agua, cada una tomada al eslabón más próximo.  No había vuelto a mirarlas hasta la noche de junio en que leyó la derrota de la junta y no pudo dormir.

Se alojaba en dos cuartos encima de una cordelería del Muelle Bajo, y el mayor tenía una mesa junto a la ventana que recibía la luz de la mañana y, de noche, la del farol de la esquina, suficiente para leer cifras aunque no para dibujar.  En la tercera semana de junio se compró una lámpara, papel de la calidad que usaba la Oficina y un frasco de la tinta de la Oficina a un papelero que la suministraba, y luego, durante una semana, no hizo nada con ninguna de esas cosas.  Se sentaba a la mesa por las noches con la libreta abierta en las últimas páginas, miraba las veintidós cifras a lápiz y no empezaba.

Lo que lo detenía no era la duda acerca de las cifras.  Las había tomado con cuidado, con más cuidado, sospechaba, que nada en su vida, precisamente porque nadie se lo había pedido, y podía reconstruir a partir de ellas, contra las estaciones de la línea del maestro, el borde del agua del lado de la finca tal como había estado al mediodía de tres días de abril, con un margen de pocos eslabones.  Lo que lo detenía era saber lo que Varrick había dicho en el cuarto de la Hacienda Stell, y saber que una hoja no era un pensamiento.  Un pensamiento podía conservarse sin rechazo.  Una hoja, una vez dibujada, existiría, y podría mostrarse o no mostrarse, y cualquiera de las dos cosas sería una elección.

Empezó el primero de julio.  Se dijo que hacía un ejercicio, la clase de cosa que hace un discípulo para poner a prueba una lección, y que iría a parar a su propia gaveta y a ningún otro sitio.  Trazó las estaciones del maestro de memoria y a partir de la copia en limpio de la hoja del concejal, que él mismo había dibujado y conocía línea por línea; trazó los dos mojones y la línea de la escritura entre ellos; y luego trazó, estación por estación según sus propias cifras, el borde del agua de abril.  Dibujó el lindero exactamente donde lo situaba la escritura, continuo, inalterado.  No lo movió ni un eslabón.  Dibujó el prado comunal como prado.  Y sobre las doscientas yardas del lado de la finca que el registro llamaba desecadas puso no el achurado ligero de la tierra desecada sino el signo de marisma, el signo de la leyenda, el de la propia Oficina, acordado y no inventado por nadie, limitado por el lado de tierra adentro con la línea que formaban sus veintidós cifras.

En el margen, con letras tan pequeñas y erguidas como pudo trazarlas, declaró lo que había hecho.  La proyección y el meridiano de Lennach.  El levantamiento de la línea del concejal, por A. Varrick, en la tercera semana de abril de ese año.  El borde del agua estancada, tomado por normales desde las estaciones de ese levantamiento en los mismos días, por T. Ness.  Dibujado tal como estaba el terreno en esa estación.

Le llevó todo julio, trabajando de noche, y lo dibujó con el rigor que le habían enseñado en el Muelle de los Tejedores, haciéndole a cada línea las preguntas de la pluma roja antes de asentarla.  Descubrió que el rigor se sostenía.  No era un rigor que perteneciera a la escritura ni al registro.  Pertenecía a la medición, y la medición era sólida.  Cuando terminó, a fines de mes, y se echó hacia atrás a la luz de la lámpara, miró la hoja largo rato con un sentimiento que nunca había tenido ante nada de lo que había hecho.  No era orgullo, o no sólo orgullo.  Era la sensación de haber dicho algo con exactitud, en una lengua que no podía malinterpretarse, acerca de algo que era verdad.

Se había dicho que iría a su propia gaveta.  La tuvo allí una semana.  El segundo jueves de agosto la enrolló dentro de un tubo de papel rígido y la llevó al Muelle de los Tejedores.

No la mostró enseguida.  Trabajaron una hora en una hoja de las parroquias del norte que Varrick le había asignado en junio, y el trabajo fue bien, y la pluma roja de Varrick sólo encontró en él una pregunta, sobre el espaciado de una curva de nivel.  Cuando terminaron, y Varrick limpiaba sus plumas, Teodor tomó el tubo de donde lo había apoyado junto a la puerta, desenrolló la hoja sobre su propia mesa, en ángulo recto con la del maestro, sujetó las esquinas con el tintero y las reglas, y dijo que había hecho algo que le agradaría que el señor Varrick mirara, si tenía un momento.

Varrick se acercó y se quedó de pie ante ella.  Teodor, a su lado.  Había imaginado ese momento muchísimas veces en el curso de julio, y en ninguna versión había logrado imaginar el rostro de Varrick; sólo había visto el largo índice recorriendo las líneas, como había recorrido las curvas aquella tarde en la sala de copias, catando cada una.  Ahora se movía.  Fue primero al margen, como Teodor sabía que haría, y se quedó allí mientras Varrick leía la declaración entera, luego fue a la línea de la escritura y la siguió de mojón a mojón, luego al borde del signo de marisma, estación por estación, y luego volvió al margen.

Teodor esperó.  Descubrió que esperaba la palabra «Bien», y que le avergonzaba esperarla, y que la vergüenza no le impedía esperarla.  Vio el índice detenerse en la línea de letras diminutas que decía «por T. Ness».  Se detuvo allí largo rato.

Las lámparas siseaban.  Abajo, en la casa, se cerró una puerta, y oyó el paso de la señora Orme sobre las losas de la cocina, y luego nada.

Varrick retiró la mano de la hoja.  No miró a Teodor.  Miró la hoja entera, desde cierta distancia, como se mira algo que uno ha decidido no volver a tocar, y su rostro, que Teodor por fin podía ver, no mostraba nada que le hubiera visto antes.  No era ira.  No era la atención que había visto en la sala de copias, la que un hombre presta a una herramienta que no sabía que tenía.  Se acercaba más, si a algo se parecía, a la mirada que le había dirigido al agua desde el punto medio de la línea del concejal, con el lápiz en alto.

«¿Quién le pidió esto?», dijo.

Era la pregunta de la sala de copias.  La formuló en el mismo tono, el tono de quien establece un hecho, y por un instante Teodor la oyó como la había oído entonces, como una puerta que se abría; y luego, en el mismo instante, oyó que no lo era, que las palabras eran las mismas y la pregunta no, y que nada de lo que había preparado en julio le serviría de respuesta.

Segunda parte:  La hoja

7. La licencia

Aquella noche había respondido:  «Nadie».  Era la única respuesta disponible, y era la misma que había dado en la sala de copias, y al darla oyó que ahora significaba otra cosa:  entonces había sido una confesión de inocencia, y ahora era una confesión de algo distinto, aunque no habría sabido decir de qué.  Varrick había asentido.  Había enrollado la hoja él mismo, con cuidado, como enrollaba las suyas, la había devuelto al tubo, le había entregado el tubo a Teodor, y había dicho:  «Entonces nadie tiene por qué leerla», y había vuelto a sus plumas.  Eso fue todo.  No hubo sermón, ni marca roja, ni mención del concejal o del tribunal.  El jueves siguiente el estudio estaba como siempre, las lámparas despabiladas, la hoja de las parroquias del norte esperando en la mesa de Teodor, y Varrick retomó la lección en la curva de nivel donde la habían dejado.

Lo que más le costó a Teodor fue la ausencia de consecuencias.  En los días siguientes se había preparado para un ajuste de cuentas:  para el disgusto del maestro, que habría soportado, o para una discusión, que había ensayado tantas veces en sus cuartos encima de la cordelería que habría podido sostener los dos bandos.  Para lo que no se había preparado era para que no ocurriera nada.  Las lecciones siguieron durante el otoño, y eran buenas lecciones, tan exactas y generosas como cualquiera del primer año, y Teodor aprendió de ellas tanto como había aprendido nunca.  Pero algo en el cuarto había cambiado de ángulo.  La atención de Varrick, que antes le había parecido posarse en él como en algo que se está modelando, parecía ahora posarse en el trabajo, en la hoja que había entre ambos, y pasar por encima de él en su camino hacia ella.  La pluma roja les hacía sus preguntas a las líneas.  No parecía preguntarle nada a la mano.

La hoja del terreno del concejal se quedó en su tubo, al fondo del armario del cuarto mayor de Teodor.  No la sacó.

Los exámenes de licencia se celebraban cada año en la segunda semana de marzo, en la sala de juntas del último piso de la Oficina, bajo los retratos de los antiguos directores.  El aspirante presentaba sus libretas de campo, tres hojas de su propio dibujo y una carta de un cartógrafo licenciado que diera fe de su competencia y su carácter.  Piet Larue tenía padrino desde la primavera anterior, un ingeniero de la comisión de drenaje que era también, para entonces, su futuro suegro, y durante todo el invierno habló del examen con la impaciencia cómoda de quien espera un tren que llegará sin falta.  Teodor no habló de él en absoluto.  Tenía sus libretas y sus tres hojas.  No tenía carta, y no veía cómo pedirla.

Al final no tuvo que pedirla.  El último jueves de enero, al terminar la lección, Varrick dijo, sin levantar la vista:  «Se presentará en marzo».  No era una pregunta.  Teodor dijo que tenía la esperanza de hacerlo, si encontraba padrino.  Varrick dijo:  «Yo la escribiré», y siguió limpiando sus plumas, y Teodor se quedó un momento junto a la puerta con el abrigo en el brazo, incapaz de hallar una sola palabra a la altura de lo que acababa de decirse con tanta sencillez, y luego dio las buenas noches y bajó la escalera, pasando junto a la señora Orme, que estaba en el vestíbulo con una lámpara en la mano como si se dispusiera a subir, y que le miró la cara y no dijo nada.

La carta llegó a su alojamiento una semana antes del examen, sin sellar, en un sobre dirigido con la letra pequeña y erguida de Varrick.  Una nota adjunta decía sólo que la carta debía presentarse sellada y que Teodor podía leerla antes si lo deseaba.  La leyó de pie junto a la ventana, a la luz de la mañana.

Ocupaba una página.  Daba fe de que Teodor Ness había estudiado con quien suscribía durante dos años; de que lo había asistido en el campo en dos levantamientos de las Marismas Bajas, incluidas la medición de una base y un levantamiento de lindero encargado para el tribunal del condado; de que su encadenado se ajustaba a la tolerancia de la Oficina y sus reducciones eran sólidas; de que su dibujo era de una calidad que quien suscribía rara vez había visto en un aspirante; de que su dominio de la leyenda era completo.  Daba fe de que era sobrio, diligente y puntual.  Lo recomendaba para la licencia sin reserva en cuanto a su competencia en medición y dibujo.  Estaba firmada y fechada, y no decía nada más.

La leyó tres veces.  Cada frase era verdadera, y cada una era generosa dentro de sus límites, y la frase sobre su dibujo era lo más cálido que nadie había escrito jamás sobre él.  Y sin embargo descubrió, a la tercera lectura, que no leía las frases sino los espacios entre ellas, como había aprendido a leer una hoja por lo que la leyenda dejaba fuera.  La carta hablaba de su cadena, de sus reducciones, de su pluma, de su leyenda.  Hablaba de su sobriedad.  No hablaba de su ojo.  No empleaba la palabra juicio, ni ninguna de las palabras con que el propio reglamento de la Oficina designaba las cualidades que debía poseer un cartógrafo licenciado:  discernimiento, discreción, solvencia en la interpretación del terreno.  «Sin reserva en cuanto a su competencia en medición y dibujo».  Volvió a leer la cláusula, y la salvedad que había pasado por alto dos veces se destacó de ella con la nitidez de un lindero trazado continuo sobre un terreno que nadie había recorrido.

Selló la carta y la presentó.

Aprobó.  El tribunal examinó sus libretas durante una hora y sus hojas durante dos; uno de los examinadores, un anciano con lupa, pasó un cuarto de hora sobre una sola curva de nivel de las parroquias del norte y luego lo miró por encima de la lupa y le preguntó quién le había enseñado a dibujar así una hondonada, y cuando Teodor se lo dijo, dijo «Ah» en un tono que parecía explicarlo todo.  Piet aprobó esa misma tarde.  Les entregaron sus licencias juntos, en el rellano a la salida de la sala de juntas, de manos del secretario de la Junta, cada una un solo pliego de pergamino con el sello de la Mancomunidad y un espacio para la firma del titular, y Piet firmó la suya enseguida contra la pared, sopló la tinta y se rió.

A la mañana siguiente la sala de copias sabía lo de la carta.  Teodor no supo cómo; quizá el secretario lo había comentado, quizá alguno de los examinadores.  Los hombres de las ventanas, que no le habían dirigido seis frases en dos años, se acercaron a su mesa uno por uno a estrecharle la mano, y cada uno dijo alguna variante de lo mismo:  que Varrick no había escrito para nadie en treinta años, que era algo inaudito, que debía de estar muy orgulloso.  Uno de ellos, un copista anciano que llevaba en la Oficina más tiempo que ninguno, le retuvo la mano un momento más que los demás y le dijo, con verdadera emoción, que la carta de Anselm Varrick valía más que la licencia misma, y que gracias a ella encontraría puertas abiertas el resto de su vida.

Teodor les dio las gracias a todos.  Le creyó al viejo copista; creyó que las puertas se abrirían.  Esa noche firmó su licencia en la mesa junto a la ventana, con la tinta de la Oficina, con la letra que le habían enseñado, y se quedó un rato mirándola a la luz de la lámpara.  Era cartógrafo licenciado de la Mancomunidad.  Podía firmar una hoja.  Le había dado los medios un hombre que no se los había dado a nadie más en treinta años, y el don era real, y él lo agradecía con una gratitud que dolía.

Y había leído la carta tres veces, y sabía lo que atestiguaba, y sabía lo que había tenido cuidado, en cada pormenor, de no atestiguar.  No sabía cuál de las dos cosas le tocaba sostener.  No sabía si Varrick sabía que él la había leído así.  Pensó en el tubo al fondo del armario, y no lo sacó, y al cabo de un rato bajó la llama de la lámpara.

8. Las Marismas Bajas

La primera puerta que abrió la carta fue una que Teodor no sabía que existía.

La semana después del examen, Piet Larue le trajo una invitación a cenar en casa de su futuro suegro, el señor Joost Danner, ingeniero de la comisión de drenaje de las Marismas Bajas.  Teodor fue esperando que lo trataran con condescendencia, y en cambio lo interrogó durante dos horas, durante la sopa y el pescado y bien entrado el oporto, un hombre grande, desaliñado, de ojos vivos, que quería saberlo todo acerca de la parroquia occidental, de la base y de la hondonada que había admirado el viejo examinador.  Danner había visto las hojas en la Junta.  Había oído hablar de la carta.  Hacia el final de la velada, cuando Piet y su prometida se habían retirado al piano, se echó hacia atrás y dijo que tenía una dificultad, y que creía que Teodor podía ser el hombre que lo ayudara con ella.

La dificultad era el registro.  La comisión de drenaje tenía a su cargo el mantenimiento de los diques y las compuertas de las Marismas, y obtenía sus fondos de una contribución sobre la tierra desecada, tasada según el registro de la Oficina.  Cada año, dijo Danner, la comisión gastaba más en bombeo y reparaciones, y cada año la contribución rendía lo mismo, y cada año los hombres del campo le decían lo mismo:  que la mitad del terreno que el registro llamaba desecado estaba bajo el agua de febrero a mayo y lo estaba desde hacía una generación, y que las bombas se afanaban en contener el agua de una tierra que pagaba como si estuviera seca.  No podía probarlo.  El registro era el registro.  Las hojas de la Oficina mostraban como desecada la tierra desecada, y las hojas de la Oficina se medían en verano.  «Lo que necesito», dijo Danner, «es una hoja que muestre el terreno en la estación en que me cuesta dinero.  Medida con el rigor de la Oficina.  Firmada por una mano licenciada.  No puedo pedírsela a la Oficina.  Se la pido a usted».

Teodor volvió a casa esa noche por la ribera con las palabras «se la pido a usted» resonándole dentro como una campana.  Alguien lo había pedido.  La pregunta que le habían hecho dos veces en el Muelle de los Tejedores, y que dos veces no había sabido responder, se había respondido sola en un comedor del Muelle Alto, ante una copa de oporto, por boca de un hombre que formaba parte de una comisión pública y que necesitaba lo que Teodor sabía hacer.

Pidió licencia en la sala de copias en abril.  La comisión de Danner pagó un cadenero y una barca, y Teodor pasó todo ese mes y parte de mayo en las parroquias orientales de las Marismas, midiendo bases en el agua, llevando triángulos a través de terreno anegado, tomando normales hasta el borde del agua en cada estación como las había tomado en la línea del concejal con la cinta de su padre, pero ahora abiertamente, en su libreta de campo, bajo un encabezamiento.  Trabajaba desde el alba.  Nunca había sido tan feliz.  En junio y julio dibujó en sus cuartos encima de la cordelería, en la mesa junto a la ventana, cinco hojas de cinco parroquias, cada una con sus líneas de escritura y sus líneas de registro tal como las dibujaba la Oficina, y cada una con el agua de abril superpuesta bajo el signo de marisma de la leyenda, y cada una con su margen declarando la proyección, el meridiano, las fechas del levantamiento, y las palabras que había escrito por primera vez para nadie:  Dibujado tal como estaba el terreno en esa estación.

No levantó Hollin.  Danner lo había querido; Hollin era de las peores parroquias para las bombas.  Teodor había dicho que la parroquia se había levantado hacía poco, para el tribunal del condado, y que no creía que fuera correcto un segundo levantamiento, y Danner, tras una mirada que Teodor prefirió no interpretar, no insistió.  Teodor se dijo que aquello era lealtad.  Lo creyó.  Dibujó las cinco hojas con el borde occidental de la sexta parroquia asomando en el margen de la más cercana, como exigía la cuadrícula, y dibujó allí la zanja del concejal tal como la dibujaba la Oficina, y el achurado más allá tal como lo consignaba el registro, y no miró ese ángulo de la hoja más de lo indispensable.

Danner recibió las hojas en agosto, las extendió sobre la mesa larga de las oficinas de la comisión y se paseó junto a ellas un cuarto de hora sin hablar.  Luego estrechó la mano de Teodor entre las suyas y dijo que cambiarían la contribución de las Marismas por una generación.  En septiembre las presentó a la comisión.  En octubre un corresponsal del Correo de Lennach, a quien alguien de la comisión le había hablado de ellas, se presentó en la cordelería y pidió ver los originales, y Teodor, que jamás había hablado con un periodista, se los mostró, le explicó el margen, y descubrió que el hombre lo entendía de inmediato, más deprisa que nadie en la Oficina.  El artículo apareció una semana después con el título «El registro anegado».  Reproducía una parte de una hoja en un grabado en madera que embrutecía cada línea y que Teodor apenas podía mirar.  Lo citaba con exactitud.  Decía que las hojas eran obra de un joven cartógrafo licenciado esa primavera por recomendación del señor Anselm Varrick, autor del levantamiento oficial, y decía, en su último párrafo, que la pauta que las hojas revelaban en las parroquias orientales planteaba una pregunta acerca de la parroquia occidental de Hollin, cuyo lindero oriental había fijado el tribunal del condado apenas el año anterior, sobre un levantamiento dibujado en la misma estación, que el tribunal había aceptado como prueba de tierra desecada.

Teodor leyó ese último párrafo dos veces en su mesa, la segunda con la mano extendida sobre la página como para mantenerla quieta.  Lo primero que sintió fue alarma.  Debajo de la alarma, y sin que ésta la menguara en nada, había una especie de exaltación tan aguda que era casi física:  la sensación de haber dicho algo con exactitud y de oírlo repetido por un desconocido, en público, a la ciudad entera.  Él no había levantado Hollin.  Él no había escrito ese párrafo.  El periodista había trazado la línea por su cuenta, a partir de las cinco hojas y la fecha del fallo del tribunal, como podía haberla trazado cualquiera que supiera leer un margen.  Teodor sólo había hecho posible la lectura.

Las cartas empezaron en noviembre.  Un ingeniero de los diques del norte quería el mismo levantamiento de su distrito.  Un diputado de la Asamblea por un distrito oriental escribió para preguntar si Teodor declararía, llegado el caso, ante una comisión sobre el registro.  La sociedad de ingenieros le pidió que hablara, y habló, en un salón alumbrado a gas, ante sesenta hombres que habían leído el Correo, y explicó la proyección y la declaración de un margen con una soltura que no sabía que poseía, y cuando terminó lo aplaudieron más tiempo del que podía soportar, y un anciano de la primera fila se puso de pie y dijo que lo que aquel joven había descrito era nada menos que una nueva honestidad en la cartografía, y Teodor, que sabía con exactitud de quién era esa honestidad, sintió que le ardía la cara y no pudo decirlo.

En diciembre la Asamblea votó la creación de una comisión investigadora sobre el registro de drenaje de las Marismas Bajas.  La resolución mencionaba, entre los materiales que debían presentársele, «las hojas de abril del señor T. Ness».

Leyó la resolución en el Correo un jueves por la mañana, en su mesa junto a la ventana, y sólo al dejar el periódico y ver la fecha en el encabezado contó hacia atrás y descubrió que no había ido al Muelle de los Tejedores desde marzo.  En abril había escrito para decir que la temporada de campo lo mantendría alejado del estudio.  Varrick había contestado en una línea:  lo entendía, y el estudio estaría allí.  Teodor había tenido intención de ir en agosto, y luego en septiembre, y después había llegado el Correo, y la sociedad, y las cartas, y cada semana se había dicho que iría cuando tuviera algo que mostrar.

Tenía algo que mostrar desde agosto.  Se quedó junto a la ventana con el periódico en el regazo y comprendió, sin quererlo, que no había ido precisamente por lo que tenía que mostrar, y que ahora no sabía cómo iría en absoluto.

9. La objeción

Lo oyó primero de boca de Danner, a fines de enero, en las oficinas de la comisión, con las cinco hojas todavía extendidas sobre la mesa larga donde reposaban desde agosto bajo un paño.

La Junta de Agrimensura había celebrado su sesión de invierno la semana anterior.  Danner había asistido como miembro por la comisión de drenaje, y contaba lo ocurrido con el gusto inquieto de quien relata una disputa en la que nada le va pero sobre la que tiene opinión firme.  La comisión investigadora había escrito a la Junta preguntando si la Oficina proporcionaría, para uso de la comisión, una exposición de su práctica en la medición de tierras desecadas.  El director había leído la carta en voz alta.  Hubo un silencio.  Luego el señor Varrick pidió la palabra.

«No impugnó las hojas», dijo Danner.  «Quiero que entienda eso.  Dijo que las había examinado, y dijo que estaban medidas con exactitud y dibujadas con exactitud, y que no habría esperado menos de la mano que las dibujó.  Lo dijo más de una vez».  Danner se frotó la mandíbula.  «Luego dijo que la exactitud no era la cuestión.  Dijo que el registro era un instrumento de la Mancomunidad, fijado por la Oficina y del que dependían los tribunales, y que una hoja que se oponía al registro, estación contra estación, no era un levantamiento sino un juicio; y que el juicio sobre el registro correspondía a la Oficina, a los tribunales y ahora a la Asamblea, y no a un cartógrafo que tenía su licencia desde hacía diez meses.  Dijo que las hojas se arrogaban una autoridad que ningún joven tenía derecho a arrogarse, cualesquiera que fueran sus méritos.  Dijo que el margen era un recurso muy ingenioso».  Danner hizo una pausa.  «No lo dijo como elogio».

Teodor preguntó si el concejal Stell había estado presente.

«Estaba.  No dijo nada.  No le hizo falta».  Danner lo miró.  «Se lo cuento porque lo oirá de otros, y peor contado.  No estoy de acuerdo con él.  Creo que se equivoca.  Pero llevo once años en esa Junta, y nunca había oído a Anselm Varrick hablar contra el trabajo de otro, y la sala lo sabía».

Teodor le dio las gracias y salió a la calle, y se quedó un buen rato en la escalinata del edificio de la comisión sin saber hacia dónde pensaba ir.  Hacía mucho frío.  El río, más allá del muro del muelle, corría gris y rápido con el deshielo de las tierras altas, y lo miró y descubrió que las palabras a las que volvía una y otra vez no eran las que Danner había referido con más énfasis.  Eran «un recurso muy ingenioso».  Él no había inventado nada.  El margen era el margen del maestro.  La declaración era la declaración del maestro, las palabras casi las del maestro.  Se lo habían enseñado en el Muelle de los Tejedores una noche de julio con un globo viejo y un pliego de papel de seda roto, y lo había creído como no había creído nada en su vida, y había hecho con ello exactamente aquello para lo que le dijeron que servía.

Fue al Muelle de los Tejedores ese jueves.  No lo había decidido; se encontró con que se había puesto el abrigo a la hora en que se lo había puesto durante dos años y había caminado por donde siempre caminaba, y que estaba ante la puerta antes de haber resuelto qué diría allí.  Le abrió la señora Orme.  Lo miró un instante más de lo que nunca lo había mirado, luego se hizo a un lado, dijo que su hermano estaba en el estudio, y no subió la escalera delante de él.

Varrick estaba en su mesa bajo las dos lámparas.  La segunda mesa, la del ángulo recto, estaba despejada:  ni hoja, ni plumas, ni regla.  No se levantó, como nunca se había levantado, ni señaló la segunda mesa, y Teodor se quedó de pie entre ambas con el abrigo puesto.

«El señor Danner se lo ha contado», dijo Varrick.

«Sí, señor».

«Entonces sabe lo que dije.  No se lo diré a usted de otro modo que como se lo dije a la Junta».  Apoyó las manos sobre la mesa.  «Las hojas son buenas.  Son más que buenas.  Lo dije, y lo dije en serio, y puede repetirlo a quien quiera.  Eso no está en cuestión y nunca lo estuvo».

«Entonces, ¿qué lo está?».

Varrick guardó silencio un momento.  Cuando habló lo hizo en el tono del estudio, el tono de la enseñanza, mesurado y sin prisa, como si aquello fuera una lección más, y Teodor no supo decidir si eso lo hacía más fácil de oír o más difícil.

«Un cartógrafo registra lo que mide», dijo Varrick.  «No registra lo que significa.  No le dice al tribunal que su línea está equivocada, ni a la Oficina que su registro está equivocado, ni a la Asamblea lo que debe hacer con lo uno ni con lo otro.  Ésos son oficios de otros hombres.  Tienen su propia potestad, que ganaron a su modo, y la Mancomunidad depende de que cada uno se atenga a la suya.  Usted ha medido el agua.  Muy bien.  Ha opuesto luego el agua al registro, en una hoja firmada, y ha declarado en su margen que lo uno contradice lo otro, y ha dejado que esa hoja llegue a un periódico y a la Asamblea como una acusación.  Ha usado los instrumentos que yo le di para juzgar el trabajo de la Oficina que le otorgó la licencia, antes de que se secara la tinta de esa licencia.  A eso me opongo.  Ha pecado usted de presunción».

La palabra se quedó en el cuarto como una piedra arrojada a un agua quieta.  Teodor la oyó y la sintió hundirse en él.

«Usted me enseñó a declarar», dijo.  «Usted me dijo que un mapa es veraz porque dice cómo miente.  Yo declaré.  Dije lo que había conservado y lo que había cedido.  No hice nada que usted no me enseñara».

«Le enseñé a declarar su deformación», dijo Varrick.  «No a declarar los errores de otros».  Miró a Teodor de frente por primera vez.  «Y usted hizo una cosa que yo no le enseñé.  Permitió que su entusiasmo ocupara un lugar que todavía no se había ganado.  Es usted un joven de mucho talento.  No es usted la Oficina.  No es usted el tribunal.  No se lo pidió ninguno de los dos».

«Me lo pidió la comisión de drenaje».

«Se lo pidió Joost Danner, que quiere que le cambien la contribución.  Usted lo sabe tan bien como yo».  Varrick no alzó la voz.  «El Correo ha impreso mi nombre encima del suyo.  Ahora soy, según me dicen, el padrino de una nueva honestidad en la cartografía, y el autor de un levantamiento de Hollin que los periódicos tienen la bondad de poner en duda.  No pedí ninguna de las dos distinciones.  Lo menciono sólo para que comprenda que sus hojas no son sólo suyas».

Teodor abrió la boca y descubrió que no podía decir lo que le subía a ella:  que no había levantado Hollin, que se había negado a levantar Hollin, que había dibujado la zanja del concejal en el margen de su hoja exactamente como la dibujaba la Oficina y había apartado la vista.  Le pareció, allí de pie, que decirlo sería atribuirse el mérito de una lealtad que el maestro no había percibido y que ahora no creería; y le pareció también, con una claridad pequeña y fría que no le fue grata, que la negativa a levantar Hollin no había sido sólo lealtad.  No había querido ver la línea del concejal bajo el agua de abril por segunda vez, en su propia libreta, con su propio nombre en el margen.  Ya no sabía cuál de las dos razones había pesado más.

No dijo nada.  Varrick esperó, y como nada llegaba, tomó una pluma de la bandeja, la hizo girar entre los dedos y volvió a dejarla.

«He dicho lo que fui a decir a la Junta», dijo.  «No volveré a decirlo, ni ante la comisión ni ante nadie.  Puede usted seguir como le parezca.  Tiene una licencia; es suya».

Teodor comprendió que lo despedían, y también que no le habían prohibido nada, y que lo segundo era de algún modo lo más definitivo.  Dio las buenas noches.  La señora Orme no estaba en el vestíbulo.  Salió solo al frío, caminó por el Muelle de los Tejedores hasta el puente, y se quedó en el puente con el agua gris y rápida pasando debajo, y volvió a oír la palabra, presunción, en la voz pareja del maestro, y supo que era la palabra que había estado esperando oír, sin saberlo, desde la noche de agosto en que el índice se detuvo sobre su nombre en el margen de la hoja del concejal.  Había creído, durante todo el otoño, a través del Correo y de la sociedad y del salón alumbrado a gas, que lo que sentía era entusiasmo:  la llana alegría de haber dicho con exactitud algo verdadero.  No creía que hubiera sido otra cosa.  Pero ahora lo había oído nombrar por el único hombre cuyo nombrar no podía desechar, y descubrió que ya no podía oírlo en su propia voz sin oírlo, también, en la de Varrick.

10. El levantamiento antiguo

Los originales del levantamiento oficial se guardaban en el sótano de la Oficina, en las cajoneras planas a lo largo del muro del río, adonde la humedad del delta llegaba despacio.  Un cartógrafo licenciado podía pedir cualquier hoja que custodiara la Oficina, y en la segunda semana de febrero Teodor pidió las seis hojas de las Marismas centrales y las dos de las parroquias occidentales, y el guardián de las cajoneras, un anciano que le había entregado originales para copiar durante dos años sin mirarle nunca la cara, se la miró ahora, y se las trajo.

Había querido mirar Hollin.  Se lo dijo en la escalera, y era cierto; desde la noche del puente quería ver el terreno del concejal tal como Varrick lo había dibujado por primera vez, treinta años antes, cuando se fijó la línea del difunto padre.  Extendió la hoja occidental sobre la mesa bajo la lámpara del sótano y encontró la parroquia, la zanja, los dos mojones y el achurado ligero de la tierra desecada que llegaba hasta la zanja del lado de la finca; y puso a su lado, sacándola del tubo que había bajado bajo el abrigo, la hoja privada que había dibujado dos veranos atrás y que no había vuelto a desenrollar.  La línea de la escritura era la misma en ambas.  El achurado era el mismo en la hoja antigua que en la del tribunal.  Donde su propia hoja mostraba el agua de abril, doscientas yardas, el levantamiento antiguo mostraba tierra de labranza.

Sabía que así sería.  Él mismo había dibujado la hoja del tribunal, a partir de la línea de Varrick, bajo el mismo achurado.  Lo que no había hecho, hasta encontrarse en el sótano con las dos hojas lado a lado bajo una misma lámpara, era mirar el margen de la antigua con los ojos que le había dado el último año.  Declaraba la proyección, el meridiano, los años.  Declaraba, con las cifras pequeñas y erguidas que había leído en la pared del estudio el verano del globo, que las mediciones de campo se habían tomado entre junio y septiembre, cuando el suelo estaba lo bastante firme para soportar la cadena.

¿Cuándo?

Oyó la palabra tal como había sido escrita, en rojo, junto al signo de marisma de su primera leyenda, su primer jueves.  En primavera la marisma es más grande.  En agosto se reduce a la mitad.  El que lea su hoja en agosto pensará que usted se equivoca, y el que la lea en abril pensará que acierta, y los dos estarán leyendo el signo y no la tierra.

Se quedó muy quieto.  Luego sacó una por una las seis hojas de las Marismas centrales, puso cada una junto a la hoja correspondiente de su propia serie oriental donde se encontraban las cuadrículas, leyó sus márgenes, y halló en todas la misma declaración:  de junio a septiembre.  El levantamiento oficial de las Marismas Bajas, contra el cual se medía cada linde del delta, sobre el cual se llevaba el registro, se tasaba la contribución y fallaban los tribunales, se había medido, cada cadena de él, en la estación en que la marisma era más pequeña y la tierra desecada más seca.  Y lo decía.  Lo decía en cada margen, de mano de su autor, con la misma llaneza con que su autor le había enseñado a decir esas cosas.  No ocultaba nada.  Sencillamente había elegido su estación, como todo levantamiento debe elegir algo, y había declarado la elección, y durante treinta años la Oficina, los tribunales y la comisión de drenaje habían leído el signo y no el margen.

Sus hojas no se oponían sólo al registro.  Se oponían al levantamiento sobre el que descansaba el registro, y el levantamiento era de Varrick.  Cada hoja de abril que había dibujado quedaba, por la misma cuadrícula que exigía la Oficina, borde con borde junto a una del maestro, y mostraba el mismo terreno en la otra estación, y declaraba así, sin una palabra de acusación, que la hoja del maestro mostraba menos de la mitad de lo que mostraba la tierra.  Había creído que corregía el registro.  Había estado corrigiendo el levantamiento oficial de las Marismas Bajas, en público, ante la Asamblea, con los instrumentos del propio maestro, bajo el nombre del propio maestro en los periódicos.  Y el maestro lo había sabido desde la primera noche, cuando el índice se detuvo sobre el margen de la hoja privada.  Lo había sabido antes que Teodor.

Tampoco Varrick había mentido, treinta años atrás.  Teodor había bajado la escalera, lo veía ahora, con la esperanza a medias de encontrar ocultamiento:  un margen que omitiera la estación, un achurado que contradijera una libreta de campo, alguna prueba de que la honestidad del maestro había sido una lección para los demás.  Había encontrado lo contrario.  Varrick había hecho exactamente lo que enseñaba.  Había elegido su deformación y la había declarado, treinta años atrás, cuando Teodor no había nacido, y la declaración había estado a la vista en la pared del estudio durante todo su aprendizaje.  Era Teodor quien la había leído como admirable y había seguido de largo.  Eran la Oficina y los tribunales quienes habían leído el achurado y no las cifras de abajo.  Si alguien había dejado de leer el margen, habían sido todos, y Teodor entre ellos, más tiempo que nadie.

Pero la hoja del tribunal no tenía treinta años.  Se había medido en abril, llevaba abril en su margen, y mostraba bajo el achurado de la tierra desecada doscientas yardas en las que Teodor había estado metido hasta las canillas mientras el maestro miraba desde la línea; y el tribunal, al ponderar la costumbre de la junta, había leído el achurado.  Los márgenes de verano no respondían por esa hoja.  Nada en la pared del estudio respondía por ella.  Varrick había sido honesto en lo que hizo, y no había querido ver completado lo que hizo, y las dos cosas eran ciertas, y la primera no disculpaba la segunda.  Y la hoja en que estaba escrita la segunda la había dibujado, línea por línea, la mano de Teodor.

Lo más difícil de sostener fue lo que quedaba.  Había creído, a través de todo, de la hoja privada y del comedor de Danner y del Correo y del salón alumbrado a gas, que cumplía la lección del maestro.  Había creído que la objeción del Muelle de los Tejedores era una traición a esa lección por parte de quien la había enseñado.  Y no era falso.  Pero veía ahora que había tomado el método del maestro y lo había vuelto, sin detenerse una sola vez a considerar lo que hacía, contra la obra de toda la vida del maestro; y que lo había hecho con un entusiasmo tan entero que nunca se le ocurrió preguntarse qué significaría para el hombre cuyo margen estaba respondiendo.  Había querido que Varrick lo reconociera por hacer lo que Varrick había enseñado.  No había imaginado que lo que Varrick había enseñado, llevado lo bastante lejos, llegaría a la puerta del propio Varrick.

Devolvió a su orden las hojas del maestro y estaba enrollando la suya cuando advirtió que la cajonera de las parroquias occidentales guardaba, debajo de sus originales, un delgado fajo de copias, de las que la Oficina hacía para su propio uso de trabajo, gastadas en las esquinas.  Una de ellas era copia de la hoja misma donde estaba Hollin.  Se había hecho hacía mucho, con una letra que él no conocía; no era una copia fina.  Pero en su margen, junto al signo de tierra desecada del lado de la zanja que correspondía al concejal, alguien había escrito a lápiz una sola palabra entre signos de interrogación.

¿Abril?

La letra se inclinaba levemente hacia atrás.  La conocía.  La había visto un instante, una noche de invierno, en una gaveta poco profunda bajo la mesa del maestro, en una leyenda que no era la suya.

Se sentó en el taburete del guardián con la copia en las manos.  Era una interrogación, no una cifra.  Quien la había hecho había hecho exactamente lo que a Teodor le dijeron que hiciera su primera tarde en la sala de copias:  había advertido algo, había dejado una pregunta en el margen, bajo una marca que le advertía al lector que estaba leyendo una pregunta, y no había ido más lejos.  No había ninguna hoja de abril en el fajo.  No había ningún nombre.  Sólo estaba la palabra, tenue en el lápiz de unos veinte años atrás, y la inclinación hacia atrás, y el hecho de que esa mano no estaba ahora en la Oficina, hasta donde Teodor sabía; de que él nunca había oído hablar de ella; de que había llegado al estudio del Muelle de los Tejedores, había dibujado una leyenda que fue a parar a una gaveta, había hecho su pregunta una vez, en voz baja, y luego, respondida o no, se había ido.  Pensó entonces en la señora Orme junto al fuego de la cocina la noche de la base, y en lo que había dicho:  que su hermano siempre empezaba en abril, porque en abril el terreno decía la verdad.  El levantamiento oficial se había medido en los veranos, treinta años atrás, y así lo declaraba en cada margen.  El hombre que lo había medido empezaba ahora cada temporada en abril, y no declaraba nada de ello, puesto que no había hoja en la cual declararlo; las cifras de abril yacían en sus libretas de campo en el Muelle de los Tejedores, donde ningún tribunal ni ningún registro las leería.  Teodor no sabía cuándo había comenzado esa costumbre.  No sabía si había comenzado con una palabra a lápiz, en una letra inclinada hacia atrás.

No sabía qué había ocurrido.  Nunca lo sabría, sospechaba.  Pero comprendió, sentado en el frío del sótano con el muro del río a la espalda, que no había sido el primero, que el maestro había estado antes ante una mesa con la pregunta de otro joven delante de sí y había visto adónde conducía; y que cuando Varrick miró la hoja privada tanto tiempo, con aquel rostro que Teodor no había logrado leer, quizá miraba más de una hoja.  Quizá miraba la gaveta.

Devolvió la copia adonde la había encontrado, exactamente, debajo de las demás.  Devolvió los originales al guardián, que los recibió sin una palabra, y subió la escalera hacia la luz gris de febrero de la sala de copias, donde los hombres de las ventanas alzaron la vista hacia él y luego la bajaron.

11. La última visita

La citación de la comisión investigadora llegó a fines de marzo.  Pedía al señor T. Ness que compareciera el veinte de abril, con sus libretas de campo y los originales de sus hojas, para responder a las preguntas que los comisionados quisieran hacerle acerca de la medición de tierras desecadas en las Marismas Bajas.  Era un impreso, con su nombre escrito a mano por un escribiente, y estuvo cuatro días sobre la mesa junto a la ventana antes de que Teodor comprendiera que tendría que ir al Muelle de los Tejedores antes del veinte, y que no sabía por qué.

No era para pedir permiso; le habían dicho que no lo necesitaba.  No era para disculparse, o no sólo, pues no habría sabido decir por cuál de varias cosas se disculpaba, y sospechaba que cualquier disculpa suya se oiría como un reclamo de algo.  Pensó, al final, que iba porque había un margen que aún no había declarado, y no sabía cómo declararlo sobre el papel.

Fue un jueves, a la hora de siempre.  Le abrió la señora Orme, y esta vez no dijo que su hermano estaba en el estudio.  Dijo que estaba en la cocina, que más valía que Teodor bajara, y bajó delante de él por la estrecha escalera de servicio en lugar de subir por la principal.

Varrick estaba sentado a la mesa de la cocina donde Teodor había tomado sopa la noche de la base, con una taza delante y ningún papel a la vista.  Parecía más viejo que en enero, o quizá sólo más cansado, y no se levantó, y señaló la silla de enfrente con un leve movimiento de la mano, como antes había señalado la segunda mesa.  La señora Orme llevó su cesta de zurcidos a la silla junto al fuego.  No se fue.  Teodor comprendió que no le habían pedido que se fuera y que no se habría ido aunque se lo hubieran pedido.

Se sentó.  Durante un rato nadie dijo nada.  El fuego chasqueaba.  En algún lugar de arriba había una ventana floja en su marco que golpeaba cuando el viento subía del río.

«Me citan ante la comisión», dijo Teodor al fin.  «El veinte».

«Lo sé.  Escribieron a la Oficina pidiendo sus libretas.  El director me lo dijo».  Varrick giró la taza un cuarto de vuelta sobre la mesa.  «Responderá usted a lo que le pregunten».

«Sí».

«Entonces no hay nada que discutir».

Lo dijo sin hostilidad, casi con suavidad, y Teodor oyó en ello lo mismo que había oído en la ausencia de consecuencias tras la hoja privada:  una puerta que no se cerraba sino que se dejaba exactamente como estaba, de modo que quien quisiera cruzarla tendría que hacerlo por su cuenta.

«Fui a las cajoneras», dijo.  «En febrero.  Leí los márgenes del levantamiento oficial».

Varrick alzó la vista.

«De junio a septiembre», dijo Teodor.  «Todas las hojas.  Usted lo declaró».

«Lo dicen desde hace treinta años».

«Lo sé.  Lo leí en su pared el verano en que me mostró el globo, y me pareció admirable, y me fui a casa.  No lo leí».  Se detuvo, encontró la frase siguiente y la dijo.  «Lamento haberlo leído tan tarde».

No sabía, al decirlo, qué lamentaba.  Quizá no haber visto a tiempo lo que sus hojas harían a las del maestro; quizá haberlo visto ahora, y no poder dejar de verlo; quizá sólo haber llegado tan tarde a lo que el maestro siempre había puesto a la vista.  Observó el rostro de Varrick para ver cuál de esas cosas había oído, y vio que el rostro atendía a todas, y se abstenía, con gran cuidado, de elegir.

«Lo leyó», dijo Varrick al cabo de un rato.  «Para eso está un margen».

La aguja de la señora Orme se había detenido.  Teodor no la miró, pero supo que se había detenido, como se sabe que un reloj se ha parado en un cuarto donde nadie lo escuchaba.

Quiso entonces decir lo otro.  Lo tenía en la punta de la lengua:  el fajo de copias de trabajo, la palabra a lápiz junto a la zanja del concejal, la inclinación hacia atrás de la letra.  Quiso preguntar quién la había escrito y qué había sido de él, y si también él se había sentado a esta mesa, y si el maestro le había dicho también a él que no había nada que discutir.  Miró a Varrick, y Varrick miraba el fuego, y Teodor vio que las manos del maestro, en torno a la taza, no estaban del todo quietas.  Y vio además, con una exactitud que no le dejó lugar para fingir otra cosa, que preguntar sería poner al hombre anterior junto a sí mismo, y pedirle al maestro que declarara, en su propia cocina, delante de su hermana, una elección que había hecho veinte años atrás y que había guardado todo ese tiempo en una gaveta poco profunda.  Sería una interrogación.  Sería también una cifra.  No preguntó.

La aguja de la señora Orme volvió a moverse.

Hablaron un poco después de eso, de nada:  del deshielo, que había sido copioso, de las bombas de Hollin, que según decían funcionaban día y noche, y del viejo examinador de la lupa, que había muerto en marzo.  Varrick dijo que había sido muy buen juez de una hondonada.  Teodor dijo que le había preguntado quién le había enseñado.  Varrick dijo «Sí», y nada más, pero lo dijo con una voz que Teodor no le había oído nunca, y volvieron a callar.

Cuando Teodor se levantó para irse, Varrick también se levantó, por primera vez en tres años, y dijo que lo acompañaría a la puerta, y subió delante de él por la escalera de servicio y recorrió el vestíbulo.  Al pie de la escalera principal se detuvo y dijo «Espere», y subió, y Teodor se quedó en el vestíbulo con el abrigo en el brazo y lo oyó cruzar el estudio allá arriba, y oyó abrirse una gaveta, y cerrarse.

Bajó con una sola hoja en la mano y se la tendió.  Teodor la tomó.  Era una leyenda.  Era la suya, la de la primera semana de marzo de su primer invierno, aquella en que la pluma roja no había encontrado nada, la que se había ganado la única palabra.  Estaba exactamente como la había visto por última vez, al entrar en la gaveta, salvo que el borde que había alcanzado la lámpara estaba un poco amarillento, y salvo que ahora la sostenía él.

«Es suya», dijo Varrick.

Teodor la miró y luego lo miró a él.  No sabía qué se le estaba dando.  Pensó, por primera vez en tres años, que tal vez el maestro tampoco lo sabía:  que el hombre que tenía delante podía estar de pie en su propio vestíbulo, con una gaveta recién cerrada encima de él, sin saberlo.

«Gracias», dijo.

Varrick asintió.  Abrió la puerta él mismo.  Entró el viento del río, frío y con olor a deshielo, y Teodor salió a él, y la puerta se cerró a su espalda, ni con fuerza ni con suavidad, como se cierra una puerta cuando alguien sencillamente ha terminado con ella.

Había dado una docena de pasos por el muelle cuando la oyó abrirse de nuevo, y se volvió.  Era la señora Orme, con un chal sobre la cabeza, de pie en el umbral.  No lo llamó.  Lo miró un momento a través de la oscuridad, y luego miró la leyenda que tenía en la mano, y él pensó que diría algo, y lo dijo.

«Nunca antes había sacado ninguna», dijo.

Entró.  Teodor se quedó en el muelle con la hoja en la mano, y el viento levantándole el borde, hasta que comprendió que le habían dicho algo y que no le dirían nada más; y entonces enrolló la leyenda con cuidado, como le habían enseñado a enrollar una hoja, se la guardó dentro del abrigo y volvió a casa.

12. Los instrumentos

La sala de dibujo de la comisión de drenaje estaba en el segundo piso de su edificio del Muelle Alto, y daba al norte, porque Teodor lo había pedido así, y la luz que entraba era pareja y no favorecía nada.  Llevaba once años trabajando en ella.  Había allí tres mesas además de la suya, y en la pared detrás de la suya, en un marco sencillo que le había costado más de lo que hubiera querido gastar, colgaba una leyenda de una parroquia del borde occidental de las Marismas, dibujada por un joven en su primer invierno y levemente amarillenta en un borde, donde alguna vez la había alcanzado una lámpara.

La comisión investigadora había sesionado dos años.  Él había respondido a lo que le preguntaron.  Había extendido sus libretas y sus hojas sobre una mesa larga ante cinco comisionados, y les había explicado el margen como se lo había explicado al periodista y a la sociedad, y uno de ellos, un abogado, le preguntó si las hojas del levantamiento oficial estaban equivocadas, y él dijo que no; que declaraban su estación, y eran correctas para ella; y que las suyas declaraban otra estación, y eran correctas para ésa.  El abogado lo miró por encima de los lentes y dijo que aquella era una distinción muy sutil, y Teodor dijo que era la única distinción que le habían enseñado a hacer, y el abogado anotó algo.  En su informe, la comisión recomendó que el registro consignara, para la tierra desecada de las Marismas Bajas, el estado del terreno en ambas estaciones.  La Asamblea adoptó la mitad de la recomendación, la mitad que concernía a la contribución.  Las bombas de las parroquias orientales quedaron pagadas.  La línea de Hollin quedó como la había fijado el tribunal.  Nadie le preguntó por la hoja de Hollin, que llevaba fecha de abril y era de su mano, y él no la ofreció.  Nadie volvió a levantar Hollin en abril, y Teodor no pidió hacerlo.

Varrick había muerto en el cuarto año después de que la comisión cerrara sus trabajos, en invierno, en la casa del Muelle de los Tejedores.  Teodor leyó la noticia en el Correo en esta misma mesa.  Fue al entierro, y se quedó al fondo, entre los hombres de la Oficina, y cuando terminó la señora Orme pasó junto a él por el sendero del brazo del director y lo miró e inclinó la cabeza, una vez, y siguió.  Hasta ese momento no había sabido que esperaba que ella se detuviera.  No sabía qué podría haberle dicho.  Ese mismo año la Oficina anunció que la hermana del difunto señor Varrick le había confiado sus papeles, y que se guardarían en las cajoneras junto al levantamiento oficial, y Teodor no fue a verlos.  Se dijo que iría cuando hubiera ocasión.  En cinco años no había habido ocasión que él se permitiera considerar tal.

El levantamiento oficial seguía colgado en la Oficina, ahora en las oficinas del director, las seis hojas de las Marismas centrales en sus marcos antiguos.  A veces pasaba junto a ellas cuando la comisión tenía asuntos en el piso de arriba.  Sus márgenes no habían cambiado.  No necesitaba detenerse a leerlos.

Había hecho, en once años, unas sesenta hojas de las Marismas, en ambas estaciones, y las había hecho como le habían enseñado:  cada línea sometida a su pregunta antes de asentarla, cada signo con un solo significado, cada deformación elegida y declarada.  Usaba una pluma roja.  La había comprado él mismo, en su primer mes en la comisión, al papelero que suministraba la tinta de la Oficina, y se había quedado largo rato en la tienda con ella en la mano antes de pagarla, consciente de lo que compraba e incapaz de comprar otra cosa.  Se decía que sus hojas eran las mejores del delta.  Cuando venían ingenieros de las tierras altas a verlas, miraban primero los márgenes, que se habían ganado una pequeña reputación propia; y Teodor, de pie junto a ellos, veía sus ojos ir a la letra pequeña y erguida del ángulo inferior, y sabía, cada vez, de quién era esa letra, aunque el nombre debajo fuera el suyo.

Ahora había tres jóvenes en las mesas detrás de él.  La comisión los empleaba para copiar y reducir y, en su segundo y tercer año, para asistir en el campo.  El más joven, un muchacho llamado Aldo Fenn que había llegado a la comisión la primavera anterior desde una familia de gabarreros del Muelle Bajo, ocupaba la mesa más cercana a la puerta.  Trabajaba en silencio.  Tenía ante la mesa de calco una paciencia que Teodor había advertido su primera semana y sobre la que no había dicho nada, y en otoño Teodor había empezado, los jueves por la noche, cuando los demás se habían ido, a ponerle pequeños ejercicios en la mesa dispuesta en ángulo recto con la suya.

Era abril.  La ventana detrás de la mesa de Teodor miraba por encima de los tejados del Muelle Alto hacia el río y, más allá del río, hacia las primeras franjas de las Marismas, que en esa estación yacían bajo un pálido brillo de agua estancada hasta donde alcanzaba la vista, con el cielo adentro.

El tercer jueves del mes, el muchacho le trajo una hoja.

Era una copia.  Teodor mismo se la había asignado:  una parroquia del lado oriental, a partir de un original antiguo que custodiaba la comisión, una hoja sin gracia de diques y tierra desecada.  El muchacho la había copiado con fidelidad; Teodor vio enseguida que la fidelidad era exacta, línea por línea.  Y en el margen, junto a un bloque del achurado ligero que la hoja antigua usaba para la tierra desecada, el muchacho había escrito, con una letra cuidadosa, erguida, algo insegura, no una interrogación sino una cifra:  la extensión del agua estancada sobre ese terreno, tal como la había visto desde la gabarra camino de la comisión cada mañana durante tres semanas, estimada en cadenas, y la fecha.

El muchacho se quedó de pie junto a la mesa, esperando.  No miraba la cara de Teodor.  Miraba la hoja, su propia cifra en el margen, con una expresión que Teodor reconoció en cada pormenor, porque la había llevado él mismo, en la tercera mesa contando desde la puerta de una sala de copias, una tarde en que una sombra cayó sobre su trabajo y no siguió de largo.

Teodor miró la cifra largo rato.

No era una medición.  Era una estimación desde una barca.  No tenía nada que hacer en una hoja, y el muchacho debió poner una interrogación, y Teodor oía, con tanta claridad como si se lo dijeran al oído, la distinción que la corregiría:  la interrogación es una pregunta; la cifra, una afirmación.  Oía el tono en que se diría, parejo, sin prisa, el tono de la enseñanza.  Descubrió que era su propio tono.  Sabía que las mismas palabras podían decirse como lección de rigor o como lindero trazado para mantener al muchacho dentro del margen, y que el muchacho sólo oiría las palabras.  Y sabía, porque se lo habían mostrado una vez, arrodillado junto a una depresión de tierra desecada con las botas llenas de agua, que había otra manera de salir al encuentro de un error:  dos dedos sobre la aguja, y una voz que decía:  «Es posible.  Busquémoslo».  Había recibido ambas del mismo hombre.  No sabía cuál de ellas elegiría su propia voz.

La cifra, pensó, era casi exacta.  Él conocía ese terreno.

Alargó la mano hacia una pluma.  La mano fue, sin que él la guiara, a la roja, y se detuvo allí, sobre la bandeja, y él se quedó con los dedos apoyados en ella y el muchacho esperando a su lado y la luz de abril tendida sobre la hoja.  Le subía una pregunta.  Conocía sus palabras.  Se la habían hecho dos veces, y había pasado la mayor parte de su vida respondiéndola, y oía ahora que podía abrir una puerta o cerrarla, y que el muchacho recordaría cuál de las dos.

Detrás de él, en su marco, la leyenda colgaba de la pared, un poco amarillenta en un borde.  Más allá de la ventana el agua yacía sobre la tierra desecada de las Marismas, como yacía cada abril, medida o no, declarada o no, en la estación en que, según le habían dicho, el terreno dice la verdad.

Ricardo F. Morín

26 de octubre de 2026

Oakland Park, Fl

« Lleno de luz »

November 7, 2026

La puja inicial. Ricardo F. Morín. CGI, 2026.

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Quien escribió aquella página la escribió al cerrar la novela, con la gratitud que despiertan ciertos libros cuando parecen haber esperado a su lector, y con una admiración que llevaba sus frases más lejos de lo que su saber alcanzaba.  Afirmaba en ella que Invisible Man, publicada en 1952, era la primera novela norteamericana que se ocupaba del racismo, y que lo hacía en tiempos en que el asunto no admitía nombre.  Trece años después, al releerla, ninguna de las dos afirmaciones resiste el cotejo con lo que ya estaba escrito.  Un siglo antes, Harriet Beecher Stowe había puesto la crueldad de la esclavitud ante los ojos de una nación que prefería no verla; en los albores del siglo XX, Charles Chesnutt, desde el otro lado de la línea de color, había narrado la matanza con que se arrebató el poder en una ciudad portuaria de Carolina del Norte; Faulkner había dado al Sur un hombre incierto de su propia raza, destruido por la certeza ajena; y Wright, en 1940, había llevado a miles de lectores la historia de un joven moldeado por las condiciones de su nacimiento y condenado luego por lo que ellas habían hecho de él.  De aquello se venía hablando, largamente y desde distintas orillas, desde hacía cien años.

Ellison conocía de cerca esa tradición.  Wright había alentado sus primeros escritos en Nueva York, y años más tarde Ellison rehusó que se lo leyera como heredero suyo, alegando que un artista no elige a sus parientes pero sí a sus antepasados.  Su novela nació, pues, dentro de un linaje y en discusión con él, y desplazó la mirada desde el peso de las condiciones hacia el problema de la percepción:  quién es visto, y por quién.  Lo que la página de entonces tomó por primicia era la impresión de que una puerta se había abierto para su autor, impresión que luego fechó como si la puerta se hubiera abierto para todos.  Un entusiasmo así rara vez yerra sólo por descuido:  a la ignorancia de lo que otros escribieron y a la natural largueza del elogio suele sumarse la necesidad de que lo admirado carezca de precedentes, para que también carezca de ellos el acto de admirarlo.  Despojada de su linaje, la novela pierde la querella que le da su forma.

Tampoco el prólogo lo citó del libro, sino de lo que la memoria retenía de él.  Las palabras de Ellison sufrieron allí pequeños desplazamientos que no mitigaron la exclusión, pues el sótano que en la novela queda clausurado aparecía en la página tapiado, que es un modo más duro todavía de cerrar.  El cambio de mayor alcance ocurrió en otro lugar.  Donde Ellison había escrito hole, agujero, la página decía den, voz que en inglés designa la guarida del animal y que el propio narrador, al llamarse a sí mismo oso en hibernación, parece autorizar.  Pero el narrador no abandona la palabra agujero:  la sostiene aun cuando advierte, contra cualquier imagen sepulcral, que los hay fríos y los hay cálidos, y que el suyo es cálido y está lleno de luz, de modo que en la novela el lugar es a la vez abrigo y agujero.  Al decir guarida, la memoria conservó el abrigo y dejó caer el agujero.  El mobiliario era de Ellison; lo que el lector de entonces puso de su parte fue permitir que el mobiliario ocupara el lugar entero.

La luz, por su parte, no es una figura:  son 1369 bombillas, y el narrador explica que las necesita porque la luz le confirma su realidad y alumbra su forma.  Cuando proclama que la verdad es luz y la luz es verdad, la página de entonces juzgó encomiable esa perspectiva y dejó que en ella concluyera todo, cuando la novela no concluye ahí.  La corriente que alimenta esas bombillas se sustrae sin pago a la compañía que abastece a la ciudad, de suerte que el sustento del narrador procede del mismo orden que se niega a verlo, y su hibernación, según él mismo la define, es la preparación encubierta de una acción más manifiesta.  La luz lo sostiene, pero no obtiene para él la mirada de nadie en la superficie; entre sostenerse y vencer las condiciones que obligan a sostenerse media una distancia que la novela no salva, y en cuya orilla próxima deja al narrador, iluminado, preparándose, invisible todavía.  Acaso el lector de entonces vio la luz y supuso salvada la distancia, como si un libro que conmueve quedara en deuda de consuelo con quien lo lee y la habitación más luminosa de Nueva York pudiera saldar esa deuda.

No todo en aquella página procedía del lector.  Había visto que la sociedad reduce al narrador a un estereotipo antes de que él mismo se tenga por anónimo, y había situado su invisibilidad donde Ellison la sitúa, en la mirada ajena; había advertido que el libro está construido para asemejarse a la vida de su autor sin confundirse con ella, y que un narrador sin nombre no es el hombre que se lo negó.  Había visto la battle royal, donde muchachos negros, con los ojos vendados, son obligados a golpearse entre sí para diversión de los blancos principales del pueblo, y había seguido al narrador por una organización a la que la novela nunca llama comunista, aunque el parecido salte a la vista, y que lo exhibe como orador mientras decide de antemano lo que habrá de decir.  Había comprendido, en fin, que la intolerancia que la novela expone deforma tanto a quien la ejerce como a quien la padece, y que esa condición desborda las fronteras de un país, aun cuando la novela la examine a través de la historia de uno solo, desde el cual únicamente pudo haberse escrito.  En todo esto, la página de entonces leyó con acierto.

Lo que no resistió la relectura procedía del lector, y acaso surgió allí donde la página buscaba reposo:  en el agujero rebautizado por su calidez, en la luz tomada por respuesta.  Toda lectura deposita en el texto las necesidades de quien lee, y queda por saber si al texto se le consiente replicar.  El de Ellison replica en su última línea, cuando el narrador, desde abajo todavía, deja su propio relato para dirigirse a quien sostiene el libro y preguntarle si, en las frecuencias más bajas, no habla por él.  La pregunta no promete que alguien en la superficie vaya a verlo; sugiere, más bien, que quien lee pudo haber sido visto primero, y deja en sus manos sopesar lo que ese reconocimiento le exige una vez cerrado el libro.

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« La atribución de la capacidad de obrar »

November 6, 2026


Correspondencia.  Ricardo F. Morín.  CGI, 2026.

Ricardo F. Morín

2 de noviembre de 2026

Oakland Park, Fl

Un espectador puede tomar una indicación sobre el procedimiento empleado como prueba suficiente de la competencia de quien realizó la obra.  Al hacerlo, sustituye el examen de las decisiones de esa persona por información acerca de una herramienta.  La plataforma describe un procedimiento; el espectador deduce qué parte de la elaboración delegó quien produjo la obra, juzga el valor de esa delegación y, conforme a ese juicio, le reconoce o le resta mérito.  El juicio del espectador incluye, por tanto, suposiciones sobre la conducta humana que la descripción de la plataforma no aporta.

Una diseñadora relata que compuso en Canva una imagen para la cuenta de redes sociales de su empleador, sin recurrir a plantillas ni a la inteligencia artificial.  Tras publicarla, advierte un rótulo relativo a la IA e interpreta que la plataforma atribuye a una máquina la totalidad del trabajo.  Sostiene que la composición es obra suya y describe su situación como la necesidad de convencer a un robot de que ella no lo es.  Asocia entonces la comodidad de la IA con la pereza, sostiene que su empleo por las empresas denota escasa calidad y desidia, y afirma que los diseñadores gráficos poseen una autenticidad que la IA no puede aportar.  Pide a los lectores que recurran a los servicios de diseñadores gráficos y recomienda Canva Pro.  También propone realizar una captura de pantalla antes de publicar la imagen, para impedir que la plataforma lea los metadatos que indicarían cómo se elaboró.1

La diseñadora impugna la descripción que la plataforma ofrece del procedimiento empleado y entiende el aviso como una negación de su aportación.  Para comprobar su objeción a esa descripción harían falta un registro de las operaciones ejecutadas y el texto del aviso.  Para valorar su aportación habría que examinar las decisiones que tomó durante la elaboración.  Una plataforma puede identificar correctamente una operación de IA y omitir los propósitos y las elecciones de la persona que la dirigió.  El lector puede tomar esa descripción parcial como una explicación completa de la composición y atribuir al sistema decisiones que el aviso no documenta.

El diseñador ejerce su capacidad de obrar cuando dirige un trabajo y decide cómo proceder ante los resultados.  Reivindica la autoría de lo que sus decisiones aportan a la obra.  Los proveedores de programas informáticos determinan las operaciones que permite una interfaz, incluidas las que se ejecutan mediante IA.  Dentro de esos límites, el diseñador puede examinar una composición propuesta, rechazarla o indicar cómo debe modificarse.  El diseñador ejerce su autonomía mediante esas elecciones, aunque recurra al instrumento para ejecutarlas.  Quien valora la autoría necesita distinguir las decisiones del diseñador de las operaciones que este delegó en el instrumento.

Quien trabaja con un programa que conoce bien puede describir el proceso a partir de las acciones que recuerda haber realizado:  seleccionar un elemento, cambiarlo de posición o rechazar una disposición.  El relato destaca las intervenciones del usuario y presta menos atención a las operaciones que ejecutó el programa.  Al leer un rótulo de IA, un espectador puede invertir ese énfasis y atribuir al sistema el resultado, sin reparar en las intervenciones del usuario.  Los dos relatos dirigen la atención hacia distintos participantes en una misma actividad.  La familiaridad con una interfaz ayuda a explicar el relato de un usuario, pero no le permite medir la aportación de otra persona que utiliza una interfaz que el primer usuario desconoce.

La diseñadora identifica Canva como la plataforma en la que trabaja y afirma que no utilizó IA.  Canva declara que su función Quitafondos, destinada a eliminar fondos, emplea IA; la clasifica como una herramienta de edición que no añade al diseño los metadatos con los que la empresa identifica el contenido generado con IA.2 El proveedor distingue así la tecnología de una función de la categoría consignada en el archivo resultante.  Un usuario puede entender una operación como una edición ordinaria, aunque el proveedor señale la intervención de la IA en ese procedimiento.  Al mencionar Canva, la diseñadora identifica la plataforma; al reivindicar la autoría, se refiere a las decisiones que tomó al utilizarla.

La diseñadora pide a los lectores que reconozcan las decisiones que ella tomó.  La diseñadora atribuye escasa calidad y desidia al uso de la IA y descalifica con ello a sus usuarios, cuyas decisiones no examina.  Reclama atención a una aportación concreta cuando defiende su trabajo y sustituye ese examen por un juicio general sobre una herramienta cuando valora el trabajo ajeno.  El posible error de hecho de la plataforma y el juicio desfavorable de la diseñadora exigen, aun así, correcciones distintas:  la plataforma tendría que rectificar una descripción inexacta del procedimiento, mientras que la diseñadora tendría que aportar razones para juzgar a las personas que lo emplean.

Una empresa podría encargar un aviso que indicara que, mientras duren las obras del edificio, la entrada se encuentra en una calle lateral.  Un diseñador podría obtener una imagen atractiva mediante un procedimiento automatizado, advertir que la imagen dirige a los clientes hacia la entrada cerrada y exigir una corrección.  Otro diseñador podría componer cada elemento visible mediante operaciones controladas por separado y, sin embargo, conservar la indicación equivocada de la entrada.  El primer diseñador ha tenido en cuenta información esencial para el encargo.  El segundo ha pasado por alto esa información, pese a controlar cada operación.

El cliente puede examinar cómo empleó cada diseñador la información sobre la entrada y si el aviso terminado conduce a los clientes del negocio a la puerta correcta.  También puede juzgar la disposición de la imagen y del texto, una cuestión distinta de la exactitud de las indicaciones.  Un diseñador podría ofrecer información correcta en una composición torpe; otro podría ordenar los elementos con inventiva y omitir una instrucción esencial.  Los dos juicios conciernen a decisiones diferentes del diseñador:  qué indicaciones ofrecer y cómo disponer los elementos visibles.

Los bocetos y la correspondencia pueden dejar constancia de decisiones que la obra terminada no muestra.  Una imagen descartada puede documentar un error que el diseñador detectó antes de entregar el trabajo.  La explicación de una modificación puede vincular el cambio con una inquietud expresada por el cliente.  Esos documentos permiten al cliente contrastar el relato del diseñador con el desarrollo del trabajo.  Una explicación persuasiva puede exagerar la aportación, mientras que un profesional competente puede tener dificultad para explicar los juicios que formó por hábito o experiencia.  Ni la facilidad de palabra ni la dificultad para explicarse bastan para dar cuenta del trabajo.

Un observador que desconoce el procedimiento de elaboración puede pasar por alto decisiones que otro profesional reconocería.  Cuando el observador afirma que no ha encontrado indicios de discernimiento, esa afirmación no basta para determinar si el observador pasó por alto decisiones pertinentes o si quien realizó la obra no ejerció su juicio sobre el aspecto examinado.  El prestigio profesional tampoco da cuenta de las decisiones concretas que se juzgan; una reputación favorable puede inspirar confianza sin resolver una cuestión relativa al trabajo.

La diseñadora relata que publicó la imagen a través de la cuenta de su empleador.  El empleador cuenta con el trabajo que la diseñadora entrega, mientras que la plataforma presenta al público su propia clasificación.  La diseñadora puede controlar la composición sin controlar el aviso que acompaña a su publicación.  Los espectadores pueden utilizar después la descripción de la plataforma para valorar una aportación cuya elaboración no presenciaron.  La autoridad de la diseñadora sobre el trabajo y la autoridad de la plataforma sobre su presentación conciernen, por tanto, a aspectos distintos de una misma relación profesional.

En un encargo, el cliente solicita una imagen, el diseñador elabora la composición y quien la publica decide si la muestra y de qué manera.  Cada participante determina un aspecto distinto de lo que llega al público.  La aprobación de una imagen terminada deja constancia de la conformidad del cliente; esa aprobación no documenta por sí sola quién dispuso los elementos de la composición.  Un espectador puede atribuir a un solo autor todas las decisiones que influyeron en la obra, incluidas las que tomaron el cliente o el responsable de la publicación.

Un cliente podría leer un rótulo de IA y deducir que un programa determinó toda la composición.  Si después equipara esa supuesta delegación con un esfuerzo insignificante, podría cuestionar los honorarios o valorar en menos la competencia del diseñador.  El rótulo identifica un procedimiento de elaboración.  El cliente añade conclusiones sobre el alcance de la delegación, el esfuerzo realizado y el valor del servicio.  Mientras no examine las decisiones efectivas del diseñador, el cliente funda su valoración en esas suposiciones añadidas.

En julio de 2024, Meta reconoció que sus sistemas habían añadido el rótulo «Creado con IA» a algunas imágenes cuyos autores solo habían realizado modificaciones menores mediante IA, incluidos algunos retoques.  Meta atribuyó los rótulos a indicadores presentes en los archivos, reconoció que la redacción del aviso no siempre ofrecía contexto suficiente y anunció el cambio a «Información de IA».3 La empresa había identificado la intervención de una tecnología, pero el aviso no había precisado debidamente el alcance de esa intervención.

La Coalición para la Procedencia y la Autenticidad del Contenido (C2PA) describe las credenciales de contenido como registros de declaraciones sobre el origen de un archivo digital y el tratamiento que ha recibido.  Las especificaciones de la coalición distinguen la verificación de esos registros del examen de si el contenido representado es verdadero, exacto o fiel a los hechos.  La coalición también advierte a los lectores que la presencia o ausencia de credenciales no basta para juzgar la fiabilidad del contenido.4 Un espectador puede tomar la verificación como motivo para confiar en quien realizó la obra.  Los procedimientos de verificación comprueban la integridad del registro; el espectador añade el juicio sobre la sinceridad de esa persona o su valía como autor.

Un empleador puede consultar un registro de elaboración para comprobar que se respetó un método estipulado.  Un crítico puede examinar la composición para valorar cómo la disposición de los elementos presenta el asunto de la obra.  El empleador y el crítico mantienen la coherencia relacional cuando cada uno sustenta su juicio en pruebas adecuadas a la responsabilidad asumida:  hacer cumplir una condición expresa del trabajo o interpretar la composición.

Cuando una plataforma coloca un aviso junto a una imagen, presenta la clasificación en el momento en que el espectador ve la obra.  La explicación posterior de quien realizó la imagen puede llegar al espectador solo si este la busca o vuelve a la conversación.  Al decidir dónde sitúa el aviso, la plataforma puede dar precedencia a su versión sobre la de quien realizó la imagen antes de que nadie haya comparado ambas.  Quien realizó la obra ha de conseguir entonces que se atienda a su rectificación y ofrecer razones para reconsiderar la primera impresión.

Los responsables de una plataforma eligen las categorías que aplican sus sistemas y los procedimientos mediante los cuales quienes elaboraron las imágenes pueden impugnar una clasificación.  Los programadores incorporan esas decisiones a los programas.  Un aviso automático puede, por tanto, aplicar a una imagen una decisión institucional sin que ningún responsable haya examinado esa imagen en particular.  Los espectadores deciden qué autoridad conceden al aviso al valorar la aportación de quien realizó la imagen.

Al proponer una captura de pantalla, la diseñadora intenta evitar el aviso mediante la supresión de la información que podría activarlo.  Si la propuesta surtiera efecto, la plataforma omitiría el rótulo y presentaría una composición sustancialmente igual.  La diseñadora habría alterado las condiciones en que los espectadores ven la obra sin modificar las decisiones que determinaron la disposición de sus elementos.  Los espectadores podrían atribuirle mayor discernimiento tras la desaparición del rótulo, aunque ella no hubiera tomado ninguna decisión adicional sobre la composición original.

En otro supuesto, alguien podría presentar una imagen como testimonio de un suceso.  Aplicar el recurso que propone la diseñadora podría eliminar de esa imagen información pertinente para comprobar si documenta el suceso.  Los espectadores dispondrían entonces de menos información para comprobar si la persona que presenta la imagen generó la escena que les pide aceptar como testimonio de algo ocurrido.

La diseñadora pide también a los lectores que paguen a diseñadores gráficos por la elaboración de folletos, logotipos y publicaciones para las redes sociales.  Invoca la autenticidad como razón para contratar esos servicios.  Un posible cliente puede interpretar esa afirmación como una promesa de conocimiento de la empresa, de una composición singular, de un método determinado o de la posibilidad de acudir a alguien que corrija los errores.  La palabra «auténtico» no precisa cuál de esas aportaciones promete la diseñadora.  El cliente podría, por tanto, contratar el servicio con una interpretación de lo ofrecido que la diseñadora no haya confirmado expresamente.

Si un cliente encarga un dibujo ejecutado a lápiz sobre papel y el diseñador entrega en su lugar una imagen generada por medios informáticos, el diseñador altera una condición convenida.  El cliente puede admirar la imagen recibida y aun así objetar la sustitución.  Con esa objeción, el cliente se remite a la técnica y al soporte convenidos; la objeción no da cuenta del valor artístico de imágenes producidas conforme a otros acuerdos.

Cuando un cliente deja al diseñador elegir las herramientas, el diseñador sigue obligado a cumplir la finalidad y las condiciones convenidas.  Si el procedimiento elegido impide una modificación prometida, la elección del método ha limitado el servicio aunque nadie haya estipulado qué herramientas debían emplearse.  Al describir el procedimiento, el diseñador permite que el cliente contraste las limitaciones del procedimiento con el servicio que espera recibir.  Los participantes preservan la coherencia transaccional cuando se corresponden lo que el diseñador declara, lo que entiende el cliente y el servicio prestado.  Una objeción posterior a una herramienta puede señalar un incumplimiento del acuerdo o introducir una condición que el diseñador nunca aceptó.

Un diseñador que conoce una empresa puede advertir una referencia que confundiría a los clientes de la empresa o comprender por qué la empresa conserva un elemento visual conocido.  También puede atender una solicitud de corrección antes de un acto público.  El cliente puede valorar lo que el diseñador sabe de la empresa y cómo el diseñador atiende las solicitudes, y aceptar al mismo tiempo que el diseñador utilice IA u otros programas informáticos.

Un cliente puede reconocer el esmero de un diseñador y, aun así, elegir un servicio más barato que considere suficiente.  El diseñador dirige la ejecución del trabajo, mientras que el cliente decide si volverá a contratar ese servicio.  El cliente también puede aceptar la rectificación de un rótulo sobre el procedimiento empleado y reconocer la aportación del diseñador, aunque decida no hacerle otro encargo.

La preocupación de la diseñadora por la sustitución de su trabajo abarca, por tanto, algo más que el reconocimiento de su aportación.  Si la diseñadora fundamenta su petición de apoyo en la inferioridad de todo trabajo realizado con ayuda de IA, un cliente que encuentre un trabajo bien resuelto puede rechazar ese fundamento sin atender a la pérdida de ingresos de la diseñadora.  En tal caso, el cliente ha respondido a la afirmación de la diseñadora acerca de un método alternativo de elaboración; la diseñadora aún tiene que procurarse el sustento ante una demanda distinta.

Una plataforma puede automatizar la clasificación de un archivo.  Un lector puede aceptar después esa clasificación como una explicación completa de la aportación de quien realizó la obra y usar esa clasificación para juzgar la competencia o el valor profesional de esa persona.  El lector ha vinculado el procedimiento descrito con el juicio sobre la persona.  La plataforma responde de su descripción; el lector responde de las conclusiones que extrae de esa descripción.

Notas

1.  «AI killed the local creative», publicación en una red social reproducida en una captura de pantalla que conserva el autor.  La diseñadora relata la publicación que suscitó la controversia; la captura no reproduce la imagen ni el aviso de la plataforma.  La fuente documenta sus afirmaciones, no las operaciones a las que recurrió ni la causa de la clasificación.

2.  Canva, «Quitar fondos de fotos y vídeos», Centro de ayuda.  La página indica que Quitafondos es una función de edición que utiliza IA y declara que esa función no añade los metadatos con los que Canva identifica el contenido generado con IA.  La descripción se refiere a la función; el relato de la diseñadora no identifica todas las operaciones a las que recurrió.  Consulta:  2 de noviembre de 2026.
https://www.canva.com/es_es/help/background-remover-variantb/

3.  Meta, «Nuestro enfoque para etiquetar el contenido generado por IA y el contenido manipulado», publicado el 5 de abril de 2024, con la actualización del 1 de julio de 2024 que explica el cambio de «Creado con IA» a «Información de IA».  El reconocimiento que Meta hizo entonces documenta una limitación en el uso de esos rótulos; no determina qué desencadenó el aviso que la diseñadora impugna.  Consulta:  2 de noviembre de 2026.
https://about.fb.com/ltam/news/2024/04/nuestro-enfoque-para-etiquetar-el-contenido-generado-por-ia-y-el-contenido-manipulado/

4.  Coalition for Content Provenance and Authenticity, «C2PA and Content Credentials Explainer», versión 2.2.  El apartado 2 describe el alcance de la verificación de procedencia; el apartado 7.1.2 trata de la confianza y la ausencia de credenciales; el apartado 7.2.2 distingue la procedencia de la veracidad del contenido.  Consulta:  2 de noviembre de 2026.
https://spec.c2pa.org/specifications/specifications/2.2/explainer/Explainer.html

« La carga de la reparación »

November 5, 2026

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Una nación obligada a pagar. Ricardo F. Morín. Imagen digital, 2026.

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Ricardo F. Morín

4 de Noviembre de 2026

Rohnert, Ca

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En 2025, la Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida registró en Venezuela un descenso de la pobreza de ingresos de los hogares, que pasó del 73,2 al 68,5 por ciento, mientras la pobreza extrema bajaba del 36,5 al 31,7 por ciento.  La mejoría fue real.  También fue real la privación que persistía.  Casi un tercio de los hogares venezolanos seguía careciendo de ingresos suficientes para cubrir sus necesidades alimentarias básicas.  Entre los hogares abastecidos por acueductos públicos, apenas el 29 por ciento recibía agua a diario, y sólo uno de cada diez hogares conectados a la red eléctrica declaraba un servicio ininterrumpido.  La encuesta identificó además a cerca de 1,2 millones de niños, niñas y adolescentes fuera del sistema educativo.  El aumento del ingreso no había traído consigo un restablecimiento equivalente de los servicios públicos ni de la seguridad de la vida cotidiana.  Para las familias obligadas a comprar lo que las instituciones públicas dejaban de proveer, una reducción de la pobreza medida no significaba necesariamente una mejora comparable de sus condiciones de vida.[1]

La severidad de la situación actual debe mucho a las decisiones de los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, pero el origen de esa situación es anterior a ambos gobiernos.  La historia de Venezuela registra reiterados casos en que las autoridades políticas comprometieron territorio, rentas públicas, derechos mineros y obligaciones económicas futuras mediante arreglos cuyas consecuencias perduraron después de la salida de los gobiernos que los habían concertado.  Algunos de esos arreglos fueron soluciones lícitas de controversias; otros fueron actos de discrecionalidad gubernamental, y otros más nacieron de la coacción o del abuso de la autoridad pública.  El carácter jurídico y las consecuencias inmediatas de esos arreglos fueron distintos.  La carga que esos arreglos impusieron a las generaciones posteriores revela, sin embargo, una separación persistente entre quienes tienen la facultad de gobernar y quienes deben vivir bajo las decisiones de los gobernantes.

La formación de la República no estableció una correspondencia duradera entre la autoridad política y la rendición de cuentas ante la ciudadanía.  La Independencia aseguró la existencia de un Estado soberano sin extender de inmediato la participación política a todos los habitantes del territorio ni establecer instituciones capaces de contener el ejercicio personal del poder.  Los jefes militares intervinieron repetidamente en el gobierno civil, y los cargos públicos y los privilegios económicos se distribuían según la lealtad política.  Esas prácticas fueron combatidas a lo largo de la historia venezolana, y diversas reformas constitucionales las restringieron periódicamente.  La sucesión de gobiernos, sin embargo, no siempre alteró la relación mediante la cual la autoridad política disponía de recursos y obligaciones que afectaban a personas excluidas de las decisiones mismas.

Las controversias territoriales de la Guayana Esequiba y de La Guajira surgieron en circunstancias históricas y jurídicas distintas.  El laudo arbitral de 1899 fijó una frontera entre Venezuela y la Guayana Británica que Venezuela impugnó después.  El Acuerdo de Ginebra de 1966 estableció un marco para resolver la controversia, y la controversia llegó con el tiempo a la Corte Internacional de Justicia.  La Corte escuchó los alegatos sobre el fondo en mayo de 2026, tras decisiones anteriores relativas a la competencia de la propia Corte y a medidas provisionales.  Guyana administra el territorio disputado y sostiene la validez del laudo; Venezuela impugna esa validez.  La controversia ha continuado a través de la sucesión de gobiernos en ambos países, mientras los habitantes del territorio siguen sujetos a las consecuencias políticas y económicas de la condición disputada de ese territorio.[2]

La Guajira siguió otro curso.  El arbitraje español de 1891, el arbitraje suizo de 1922 y el Tratado López de Mesa–Gil Borges de 1941 fijaron la frontera terrestre entre Venezuela y Colombia.  La mayor parte de la península quedó en Colombia, y la porción oriental de la península quedó en Venezuela.  La delimitación terrestre no resolvió la controversia marítima, de naturaleza distinta, en el golfo de Venezuela.  La percepción venezolana de una pérdida territorial tampoco demuestra, por sí sola, que las decisiones fueran ilícitas o se obtuvieran mediante una diplomacia indebida.  El arreglo dividió, no obstante, un territorio habitado por comunidades cuya existencia precedió a la formación de una y otra república.  El pueblo wayuu siguió viviendo a ambos lados de una frontera negociada entre dos Estados cuya jurisdicción ese pueblo quedó obligado a reconocer desde entonces.[3]

Las fronteras internacionales requieren estabilidad, y un arreglo territorial no puede permanecer indefinidamente provisional por el solo hecho de que las generaciones sucesivas discrepen de los términos del arreglo.  Un gobierno que ejerce una autoridad legítima debe poder obligar al Estado que representa.  La dificultad surge cuando la capacidad de contraer tales obligaciones excede los medios de que dispone la población afectada para examinar la decisión, influir en los términos de la decisión o pedir cuentas a quienes la adoptaron.  En esa circunstancia, la permanencia que exigen las relaciones internacionales permite también que las consecuencias del error gubernamental sobrevivan a las personas responsables del error.

La crisis de la deuda de 1902 y 1903 expuso el problema de modo más directo en la disposición de las rentas públicas.  Gran Bretaña, Alemania e Italia bloquearon los puertos venezolanos para hacer efectivas sus reclamaciones contra el gobierno de Cipriano Castro.  Los acuerdos de Washington que siguieron al bloqueo asignaron el treinta por ciento de los derechos aduaneros recaudados en La Guaira y Puerto Cabello al pago de las reclamaciones extranjeras.  El arbitraje de La Haya concedió luego un trato preferente a las potencias bloqueadoras.  Las fallas fiscales internas habían contribuido a provocar la crisis, mientras los gobiernos extranjeros se valían de la coacción militar para asegurar a sus acreedores un trato favorable.  Las obligaciones resultantes se satisficieron con rentas procedentes del comercio futuro.  Las mercancías que entraban en los puertos seguían generando derechos, pero una porción predeterminada de esos ingresos quedaba comprometida con reclamaciones nacidas de decisiones anteriores a la recaudación misma.  El arreglo aseguró el pago sin devolver a la población venezolana las rentas ya asignadas.[4]

El petróleo ofreció otro medio de financiar el Estado y de distribuir ventajas políticas.  Bajo Juan Vicente Gómez, los funcionarios otorgaron concesiones a personas con conexiones políticas, muchas de las cuales traspasaron después sus derechos a compañías extranjeras.  La expansión de la producción transformó la economía nacional y creó empleo, renta pública y oportunidades comerciales en una escala hasta entonces desconocida.  Esos beneficios fueron sustanciales.  El derecho a obtener una concesión podía depender, sin embargo, de la cercanía al gobernante antes que de la contribución económica del intermediario.  Los funcionarios conferían ventajas privadas mediante derechos sobre recursos que pertenecían a la nación.  El concesionario podía transferir el valor comercial del privilegio, mientras el Estado conservaba la responsabilidad por las condiciones institucionales y económicas en que se desarrollaba la industria.[5]

La ampliación de la participación política siguió un curso separado y desigual.  Las mujeres venezolanas obtuvieron un sufragio municipal restringido en 1945, la participación electoral universal conforme al estatuto que rigió la elección de la Asamblea Nacional Constituyente de 1946 y el reconocimiento constitucional de sus derechos electorales en 1947.  Había transcurrido más de un siglo desde la Independencia cuando la República admitió formalmente a las mujeres en la participación política en condiciones de igualdad.  En noviembre de 1948, los militares derrocaron al gobierno electo de Rómulo Gallegos e interrumpieron el ensayo constitucional en el que esos derechos se habían consagrado.  El reconocimiento de esos derechos había ampliado el electorado sin establecer todavía instituciones capaces de preservar el orden constitucional frente a la intervención de quienes controlaban las fuerzas armadas.[6]

El restablecimiento del gobierno civil en 1958 demostró que los fracasos anteriores no eran inevitables ni universalmente aceptados.  Venezuela sostuvo después instituciones electorales durante unas cuatro décadas.  Las reformas petroleras y la nacionalización de 1976 aumentaron el control del Estado sobre una industria hasta entonces dominada por concesionarios extranjeros.  La educación pública se extendió, la infraestructura se desarrolló y la participación política se arraigó más ampliamente.  Esos logros transformaron el país en lo material y en lo institucional.  Los mismos logros no eliminaron la dependencia de las finanzas públicas respecto de la renta petrolera, ni la capacidad de los partidos políticos para distribuir oportunidades económicas mediante el acceso al gobierno.  La propiedad pública de una industria estableció quién era el propietario legal de los recursos; esa propiedad no determinó con cuánta fidelidad administrarían los ingresos quienes controlaban el Estado.[7]

La autoridad del Ejecutivo se expandió considerablemente durante los gobiernos de Chávez y Maduro, hasta abarcar la actividad productiva, los contratos públicos, el régimen cambiario y la distribución de ventajas económicas.  El deterioro de las operaciones petroleras, la insuficiencia de la inversión y del mantenimiento, la dependencia fiscal, la inestabilidad monetaria y los controles administrativos debilitaron la economía antes de que se impusieran las sanciones petroleras estadounidenses de mayor alcance.  Esas fallas redujeron la capacidad productiva del país y la aptitud del país para resistir restricciones posteriores.  Los funcionarios venezolanos controlaban las instituciones mediante las cuales se tomaron esas decisiones.  La responsabilidad de esos funcionarios no puede transferirse a gobiernos extranjeros por el solo hecho de que medidas externas posteriores agravaran las consecuencias.

El deterioro alteró las condiciones en que los venezolanos sostenían sus hogares.  Un gobierno que restringe el acceso a las divisas, menoscaba la producción o deja de mantener los servicios esenciales no confina las consecuencias a las instituciones que administran esas políticas.  Una empresa privada de importaciones necesarias puede reducir el empleo.  Un hospital sin equipos en funcionamiento traslada gastos adicionales a los pacientes.  Las interrupciones de la electricidad o del agua obligan a las familias a reorganizar las responsabilidades domésticas y, cuando las familias pueden hacerlo, a comprar alternativas.  El costo se produce fuera de las cuentas públicas en que se registraron las decisiones originales.  Quienes pueden obtener servicios privados o divisas se protegen con mayor eficacia que quienes dependen de salarios, pensiones y servicios públicos.

Las sanciones estadounidenses introdujeron nuevas restricciones en esa economía debilitada.  En 2021, la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de los Estados Unidos concluyó que las sanciones, en particular las impuestas en 2019 a la empresa petrolera estatal, probablemente contribuyeron a la contracción económica más pronunciada al restringir los ingresos petroleros.  La misma oficina identificó también la mala gestión y la caída de los precios del petróleo entre las causas del deterioro.  Las conclusiones de la oficina no atribuyeron a ninguno de los dos gobiernos la responsabilidad exclusiva de la situación resultante.  Los funcionarios venezolanos habían menoscabado la capacidad productiva del país antes de las principales sanciones petroleras, mientras los Estados Unidos impusieron después medidas cuyas consecuencias económicas alcanzaron a personas distintas de los funcionarios a quienes esas medidas pretendían restringir.  Las excepciones humanitarias permitían determinadas transacciones, pero las restricciones bancarias, comerciales y de pagos internacionales siguieron entorpeciendo la actividad humanitaria.[8]

El gobierno de Caracas buscó relaciones comerciales alternativas a través de las cuales el petróleo y otros recursos pudieran seguir generando ingresos.  China ya había concedido cuantiosos créditos respaldados por entregas futuras de petróleo.  Empresas rusas tenían participaciones en el sector energético, y Turquía estableció un comercio sustancial de oro venezolano.  La participación de cada uno de esos países difería considerablemente.  Los préstamos chinos entrañaban obligaciones financieras garantizadas con la producción; las relaciones rusas comprendían inversión y cooperación estratégica; las transacciones turcas versaban principalmente sobre la compra, la refinación y el comercio del oro.  Varios de esos arreglos precedieron a las sanciones que más tarde acentuaron la dependencia venezolana de canales alternativos.  La consecuencia común de esos arreglos fue que el acceso del país a los mercados internacionales dependiera cada vez más de intermediarios financieros y comerciales cuyas condiciones se negociaban en una situación de desigualdad en el poder de negociación.

Un comprador dispuesto a adquirir petróleo bajo sanciones podía exigir descuentos o modalidades de pago que no habría obtenido en un mercado sin restricciones.  Un acreedor reembolsado con entregas futuras obtenía un derecho sobre la producción antes de que esa producción pudiera venderse libremente.  Un intermediario que facilitaba una transacción retenía una compensación sobre el producto de la venta.  Ninguno de esos arreglos era necesariamente ilegítimo.  Los efectos económicos de cada arreglo dependían de las condiciones aceptadas y de las alternativas disponibles.  El gobierno venezolano podía seguir percibiendo ingresos mientras la porción retenida para fines públicos disminuía a causa de los costos de financiamiento, los descuentos o las comisiones.  La diferencia afectaba los recursos disponibles para servicios e inversión pública, aunque la pérdida atribuible a cada transacción dependía de los términos efectivos de esa transacción.

El comercio del oro puso de manifiesto otras dificultades.  La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos documentó graves riesgos de corrupción, financiamiento ilícito, violaciones de derechos humanos y daño ambiental en las cadenas de suministro del oro venezolano.  La producción pasaba a menudo por intermediarios cuyas relaciones con autoridades políticas, militares y comerciales dificultaban la identificación de los beneficiarios.  El oro podía salir del país por canales oficiales o por redes dispersas, y entrar en el comercio internacional tras pasar por mercados y refinerías extranjeros.  El destino del metal no revelaba necesariamente las circunstancias de la extracción ni la distribución de las ganancias.[9]

Los compromisos financieros chinos relativos a proyectos mineros venezolanos precedieron a la acumulación más reciente de reservas oficiales de oro por parte de China.  La cantidad de oro venezolano adquirida por intereses chinos, y la porción, si la hubo, incorporada luego a las reservas monetarias de China, no constan en las cuentas públicamente disponibles.  Entre tanto, los habitantes de las regiones mineras venezolanas han padecido daños ambientales, coacción y la actividad de grupos armados y de intermediarios comerciales señalados en las investigaciones sobre la producción aurífera.  El valor monetario atribuido al metal podía aumentar después de la salida del metal del país, mientras las consecuencias físicas de la extracción permanecían en el lugar de origen.  Las ventajas financieras obtenidas en el exterior y los daños sufridos dentro de Venezuela no recayeron necesariamente en las mismas personas ni en las mismas instituciones.

El desarrollo de sistemas de pago alternativos introdujo otra forma de intermediación.  En abril de 2024, Reuters informó que Petróleos de Venezuela ampliaba el uso de USDT, una criptomoneda vinculada al dólar, en las transacciones petroleras, en momentos en que se restablecían las sanciones estadounidenses.  Algunos pagos se efectuaron con la intervención de intermediarios comerciales, y esos intermediarios cobraban comisiones que reducían lo percibido por el vendedor venezolano.  El mecanismo permitía que las transacciones avanzaran por canales menos dependientes de la banca convencional, aunque no sustraía esas transacciones de toda posible supervisión regulatoria.  La consecuencia económica del mecanismo era más inmediata que la cuestión de la jurisdicción regulatoria.  Cada intermediario adicional podía retener una parte de los ingresos generados por la venta de la producción venezolana.[10]

La diversificación del poder financiero internacional ofrecía escasa garantía de que esos costos desaparecieran.  China podía reducir su dependencia de los activos denominados en dólares, Rusia podía establecer canales comerciales alternativos y otros Estados podían emprender transacciones menos expuestas a las restricciones estadounidenses.  La autonomía financiera de esos Estados no ampliaba necesariamente la libertad de negociación de Venezuela.  Un país dotado de grandes reservas, capacidad industrial y numerosos proveedores podía rechazar condiciones desfavorables con más facilidad que otro país que dependiera de un número limitado de acreedores y compradores.  Para Venezuela, la existencia de varios socios comerciales poderosos no significaba necesariamente que el gobierno venezolano pudiera obtener de alguno de esos socios condiciones favorables.  La competencia entre esos socios podía mejorar la posición venezolana, pero la ventaja dependía de las condiciones obtenidas y del destino asignado a los ingresos.

Las consecuencias alcanzaron a los venezolanos que vivían fuera del país.  La Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela estimó que en noviembre de 2025 había aproximadamente 7,9 millones de venezolanos en el exterior.  Esos venezolanos se marcharon por motivos diversos, y las circunstancias de cada uno después de partir distaban de ser uniformes.  Muchos de los emigrados buscaban ingresos, seguridad, atención médica y oportunidades que en Venezuela no existían o resultaban insuficientes.  La migración impuso costos a quienes partieron y alteró las responsabilidades de las familias que permanecieron en el país.  Las remesas aliviaban la privación inmediata, pero la capacidad de los parientes en el exterior para sostener un hogar no restablecía las instituciones cuyo fracaso había hecho necesario ese sostén.  Los ingresos privados cumplían cada vez más funciones que los servicios públicos y el empleo nacional ya no podían sostener de manera fiable.[11]

Los arreglos petroleros estadounidenses anunciados en agosto de 2026 introdujeron una nueva redistribución de derechos comerciales.  La Casa Blanca describió un acuerdo en virtud del cual North American Blue Energy Partners recibía concesiones por cien años sobre diecisiete campos petroleros venezolanos.  El 1 de octubre, NABEP asumió el control operativo de catorce campos adicionales, que se sumaron a los tres proyectos que la empresa operaba desde su ingreso en la industria petrolera venezolana en 2024.  Según funcionarios estadounidenses entrevistados por Reuters, entre los operadores anteriores de los proyectos transferidos a NABEP figuraban cinco compañías chinas y una firma rusa.  El nuevo arreglo transfirió así operaciones que antes realizaban intereses chinos y rusos a una empresa en la que los Estados Unidos ejercerían una considerable autoridad económica y gerencial.  La administración estadounidense presentó el acuerdo como parte de un programa de estabilización, reconstrucción y transición democrática.[12]

Los términos anunciados iban más allá del traspaso de los derechos de operación.  La Casa Blanca declaró que la Oficina de Capital Estratégico del Pentágono obtendría una participación accionaria del treinta y cinco por ciento en la sociedad matriz de NABEP.  El Departamento de Estado obtendría el derecho a comprar el veinte por ciento de la producción a precio de costo y un derecho de tanteo sobre el ochenta por ciento restante.  El gobierno estadounidense ejercería además un veto sobre los nombramientos en la junta directiva de la empresa, cuya mayoría debía estar integrada por ciudadanos estadounidenses.  La Casa Blanca atribuyó a NABEP un plan de inversión de hasta cien mil millones de dólares en infraestructura petrolera venezolana.  La inversión privada proyectada, la participación accionaria gubernamental y los derechos de compra constituían arreglos comerciales y gubernamentales distintos, y cada uno de esos arreglos confería beneficios y responsabilidades diferentes.[12]

La participación accionaria gubernamental se estructuró mediante certificados de opción de compra a precio simbólico, según un funcionario estadounidense entrevistado por Reuters en septiembre.  Esos certificados otorgaban al gobierno el derecho, sin la obligación, de adquirir acciones a un precio nominal en una fecha posterior.  Los certificados tenían también por objeto proteger contra la dilución la posición del treinta y cinco por ciento del gobierno a medida que NABEP captara capital adicional.  El funcionario afirmó que el arreglo daba derecho a los Estados Unidos a percibir dividendos antes de ejercer los certificados.  La distinción entre adquirir acciones y obtener las ventajas económicas que normalmente acompañan a la condición de accionista resultaba, por tanto, sustancial.  Washington podía obtener derechos contractuales a dividendos futuros y preservar su posición accionaria prospectiva mientras la expansión productiva de la empresa seguía incompleta.  El funcionario atribuyó además al Pentágono un derecho de primera oferta para comprar la producción petrolera de NABEP, y describió la compra del veinte por ciento a costo de producción y la del resto a precios de mercado.  La Casa Blanca había asignado al Departamento de Estado un derecho de tanteo sobre el ochenta por ciento restante.  Un derecho de primera oferta y un derecho de tanteo confieren privilegios de compra distintos, y las versiones publicadas dejaron sin aclarar la relación entre ambos derechos.[15]

La inversión anunciada no equivalía al capital ya comprometido.  En octubre, NABEP declaró a Reuters que había invertido aproximadamente mil millones de dólares de capital propio desde 2024 y que se proponía aumentar la reinversión anual hasta en un cincuenta por ciento.  El portavoz de la empresa afirmó que el plan de negocios no contemplaba obtener financiamiento externo.  Esas declaraciones dejaban una distancia considerable entre la actividad financiera informada por la empresa y la escala de desarrollo descrita en el anuncio de la Casa Blanca.  La rehabilitación de diecisiete campos exigiría abundantes equipos de perforación, personal calificado, transporte, generación eléctrica y la restauración de instalaciones deterioradas.  La expansión propuesta por la empresa dependía de una disponibilidad de capital y de capacidad productiva que excedía las operaciones existentes de NABEP.  La contribución final de NABEP a los ingresos públicos venezolanos dependería de la inversión efectivamente realizada, de la producción alcanzada y de los pagos recibidos, y no de la magnitud del plan anunciado.[13]

La duración jurídica de las concesiones planteaba otra dificultad.  La Casa Blanca describió derechos de cien años de duración y afirmó al mismo tiempo que los arreglos se regían por la legislación venezolana de hidrocarburos.  La reforma aprobada en enero de 2026 fija para las empresas mixtas un plazo inicial de veinticinco años, prorrogable por quince años más.  La misma reforma permite también que empresas privadas realicen actividades de producción mediante contratos con empresas del Estado, conforme a un régimen jurídico distinto.  Los límites aplicables dependen, por tanto, de la forma jurídica de los arreglos de NABEP y de los instrumentos mediante los cuales se otorgaron los derechos de la empresa.  El anuncio público no identificó esos instrumentos con la precisión suficiente para conciliar las concesiones de cien años con los plazos legales que rigen las distintas formas de participación petrolera.[14]

La trascendencia económica de esa discrepancia es considerable.  Francisco Monaldi, director del Programa de Energía para América Latina del Instituto Baker de la Universidad Rice, estimó que aproximadamente diez mil millones de barriles podrían desarrollarse de manera realista en un período operativo de veinticinco años, cifra muy inferior a los cerca de sesenta y cinco mil millones de barriles de reservas atribuidos a los diecisiete campos.  La posibilidad legal de quince años adicionales no produciría necesariamente un aumento proporcional del petróleo recuperable.  La producción depende de la inversión, de las características de los yacimientos, de la infraestructura, de los costos de operación y de las condiciones del mercado.  La diferencia entre los recursos presentes en el subsuelo y los recursos recuperables dentro de un período operativo determinado incide directamente en la escala de la inversión requerida, en los ingresos que pueden resultar y en la justificación económica de los derechos conferidos.[13]

La reforma de enero de 2026 introdujo también cláusulas de estabilización contractual destinadas a preservar el equilibrio económico y financiero de las empresas mixtas y de los contratos de producción.  Los cambios sustancialmente adversos en el marco jurídico, fiscal, regulatorio o contractual pueden exigir ajustes en las regalías, los impuestos, las contribuciones, las condiciones contractuales o las compensaciones.  Tales protecciones responden a un propósito comercial reconocible.  Los inversionistas que asumen riesgos considerables necesitan una garantía razonable de que las decisiones gubernamentales posteriores no destruirán arbitrariamente la base económica de sus acuerdos.  Las cláusulas de estabilización inciden también, sin embargo, en la discrecionalidad de los gobiernos futuros para modificar las condiciones fiscales o regulatorias.  La reforma permite además que las empresas mixtas se constituyan mediante autorización presidencial, y sustituye así el requisito previo de aprobación legislativa por una notificación a la Asamblea Nacional.  La combinación de autorización ejecutiva y protección contractual a largo plazo confiere una importancia considerable a la autoridad bajo la cual se contraen los compromisos originales.[14]

Las cuestiones constitucionales van más allá de la competencia de los funcionarios que otorgaron las concesiones.  El artículo 302 de la Constitución venezolana de 1999 reserva al Estado la actividad petrolera conforme a la ley orgánica respectiva, y el artículo 303 exige que el Estado conserve la totalidad de las acciones de Petróleos de Venezuela o del ente creado para el manejo de la industria.  Esta última disposición exceptúa expresamente a las filiales, asociaciones estratégicas, empresas y cualquier otra que se haya constituido como consecuencia del desarrollo de negocios de PDVSA.  La participación privada no queda, por tanto, categóricamente excluida, pero la forma y el alcance permisibles de esa participación dependen del marco constitucional y legal.  Una empresa que ejerce una amplia autoridad operativa y gerencial sobre diecisiete campos plantea una cuestión distinta de la legitimidad del gobierno que autorizó la participación de esa empresa:  si los derechos otorgados preservan la relación que la Constitución exige entre el Estado y la administración de la industria petrolera.  El comentario jurídico ha planteado la caracterización de NABEP como una empresa que opera en paralelo con PDVSA.  La competencia de los funcionarios que otorgaron los derechos y los límites constitucionales de los derechos mismos siguen siendo cuestiones separadas.[16]

Los arreglos estadounidenses suscitaron cuestiones distintas en materia de facultades legales y de gasto público.  El 30 de septiembre, los senadores Jeanne Shaheen, Jack Reed, Elizabeth Warren y Martin Heinrich dirigieron una carta a los secretarios de Estado, de Defensa y de Energía en la que solicitaban los acuerdos y las bases legales de la adquisición accionaria y de los derechos de compra de petróleo.  La carta, que la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado hizo pública el 1 de octubre, cuestionaba que las facultades legales de la Oficina de Capital Estratégico autorizaran una participación accionaria en una empresa petrolera privada, y pedía información sobre los fondos de que dispondría el Departamento de Estado para las compras.  Los senadores solicitaron también que se revelaran los posibles intereses financieros de miembros de la administración y de otras personas con vínculos políticos.  La intervención de los senadores no invalidó el arreglo ni demostró un enriquecimiento indebido.  Esa intervención sometió al escrutinio formal del Congreso la autoridad invocada por la administración, las obligaciones financieras propuestas y la identidad de los posibles beneficiarios.[17]

La diferencia temporal importa.  Los derechos comerciales pueden otorgarse antes de que se produzca petróleo adicional.  La duración y la exigibilidad de esos derechos pueden extenderse mucho más allá del período necesario para restablecer la producción actual del país.  Un inversionista puede obtener un derecho a largo plazo a cambio de asumir un riesgo considerable, mientras el beneficio público sigue dependiendo del éxito de la empresa y de la administración de los ingresos resultantes.  La estructura de certificados de opción del gobierno estadounidense, tal como fue informada, introduce otro intervalo entre la adquisición de derechos económicos y la realización futura del valor productivo.  Si la producción decepciona, si los costos exceden las proyecciones o si un gobierno sucesor procura revisar el acuerdo, las consecuencias dependerán de obligaciones ya contraídas.  La estabilización contractual puede proteger la posición económica esperada del inversionista y limitar a la vez los cambios al alcance de un gobierno futuro.  El país podría recuperar capacidad productiva y aceptar, al mismo tiempo, restricciones al ejercicio ulterior de la autoridad económica nacional.

El arreglo tiene un antecedente histórico en las concesiones petroleras otorgadas bajo Gómez, aunque las circunstancias y los instrumentos jurídicos no son idénticos.  Ambos casos implican la asignación de derechos sobre recursos nacionales mediante la autoridad gubernamental y la participación de intereses comerciales extranjeros.  El arreglo contemporáneo difiere también de la cesión aduanera de 1903, que siguió a una coacción armada y se refería al pago de reclamaciones públicas.  Los episodios anteriores demuestran, no obstante, la duración de las obligaciones creadas por decisiones gubernamentales particulares.  Las concesiones sobrevivieron al gobernante que las otorgó; los pagos aduaneros continuaron después de que terminara el bloqueo.  Las consecuencias de esos episodios no se extinguieron con la sucesión política, ni fueron necesariamente reconsideradas por quienes heredaron la responsabilidad de cumplir las obligaciones.

La misma distinción se aplica a los arreglos territoriales históricos.  Una frontera internacional, una deuda soberana y una concesión petrolera tienen fundamentos jurídicos diferentes.  La continuidad de esos instrumentos puede servir a propósitos legítimos, entre ellos la certeza jurídica y la seguridad de las relaciones comerciales.  El agravio surge cuando las autoridades públicas contraen obligaciones mediante el poder discrecional, una representación insuficiente o una rendición de cuentas defectuosa, y las cargas resultantes siguen siendo exigibles a una población incapaz de corregir las circunstancias en que esas cargas se crearon.  La estabilidad de una obligación puede ser necesaria para el Estado, mientras la conducta de quienes contrajeron la obligación sigue sujeta a juicio.

Los gobernantes venezolanos son responsables de decisiones relativas a la participación política, la administración de los recursos públicos, la inversión productiva, la política monetaria y el ejercicio de la autoridad coercitiva que contribuyeron a la vulnerabilidad del país.  Los funcionarios que controlaban las instituciones mediante las cuales se adoptaron esas decisiones poseían facultades de las que carecía la población afectada por las consecuencias de las decisiones.  La existencia de acreedores extranjeros y de beneficiarios comerciales no puede eximir a esos funcionarios de las obligaciones que descuidaron ni de los poderes de que abusaron.  Las sanciones externas tampoco pueden explicar fallas gubernamentales anteriores a la imposición de esas sanciones.

Los gobiernos extranjeros y los intereses privados contraen responsabilidades distintas mediante las decisiones que toman dentro de esa vulnerabilidad.  Un acreedor puede exigir legítimamente el pago, un inversionista puede requerir compensación por el riesgo y un gobierno puede regular las transacciones dentro de su jurisdicción.  Cada una de esas actividades tiene un fundamento económico.  La legitimidad del propósito no determina la equidad de cada condición impuesta en procura de ese propósito.  La existencia de un gobierno debilitado puede explicar por qué hay concesiones disponibles en condiciones favorables para intereses externos, pero la debilidad del gobierno no justifica por sí misma cada ventaja obtenida de esa debilidad.  La responsabilidad interna por crear las condiciones de la dependencia y la responsabilidad externa por aprovechar esas condiciones conciernen a decisiones diferentes, adoptadas por actores que poseen poderes diferentes.

A la población venezolana no puede asignársele una responsabilidad equivalente por el solo hecho de que sus miembros tengan la nacionalidad del país.  A lo largo de la historia nacional, los venezolanos se han organizado en pos de derechos políticos, se han opuesto a gobiernos militares, han establecido instituciones civiles, han exigido rendición de cuentas y han resistido el ejercicio discrecional del poder.  La larga persistencia de la autoridad personalista y de la intervención militar no puede atribuirse, por tanto, a una disposición nacional inmutable.  Las prácticas políticas sobreviven por obra de instituciones, intereses y una distribución desigual del poder coercitivo y económico.  La persistencia de esas prácticas no borra los esfuerzos de quienes intentaron sustituirlas.

La distinción entre la responsabilidad de los gobiernos y la herencia de las consecuencias de los actos de gobierno explica la dificultad particular de la reconstrucción.  Venezuela requiere capital, inversión productiva, instituciones públicas que funcionen y la recuperación de la actividad económica ordinaria.  Esas necesidades crean oportunidades para que acreedores, inversionistas y gobiernos negocien derechos sobre la riqueza futura del país.  El país debe obtener los medios para reparar daños cuyas causas abarcan sucesivas administraciones y relaciones internacionales.  Los hogares que soportaron la caída de los ingresos, el deterioro de los servicios y la partida de familiares podrían verse obligados, sin embargo, a sostener las obligaciones contraídas para financiar esa reparación.

Las consecuencias de tales arreglos no se distribuirán necesariamente de manera equitativa.  Una industria petrolera restablecida puede generar empleo e ingresos públicos y dejar desatendidos otros sectores productivos.  Un acuerdo comercial puede producir rendimientos para los inversionistas mientras los beneficios públicos siguen dependiendo de la administración de los impuestos y las regalías.  Un mayor ingreso nacional puede coexistir con familias que aún no logran obtener de manera fiable agua, electricidad, atención médica o educación.  La recuperación de la producción, por considerable que sea, no establece por sí misma la recuperación de las instituciones a través de las cuales los beneficios de esa producción llegan a la población.

Las dificultades del país tampoco pueden resolverse si se equipara el restablecimiento de la soberanía venezolana con la sustitución de un beneficiario extranjero por otro.  El control nacional de los recursos puede ejercerse mediante instituciones que permanecen fuera del alcance del escrutinio público.  Un gobierno electo puede heredar compromisos de largo plazo contraídos por el gobierno anterior y disponer de medios limitados para revisar esos compromisos.  La inversión extranjera puede mejorar la capacidad productiva sin garantizar que las ganancias se distribuyan mediante una administración pública sujeta a rendición de cuentas.  La autoridad legal para celebrar un acuerdo, las ventajas económicas obtenidas del acuerdo y las consecuencias impuestas a la población siguen siendo cuestiones distintas, aun cuando el acuerdo se defienda como necesario para la recuperación nacional.

La herencia histórica de Venezuela contiene auténticos logros constitucionales y también reiterados fracasos institucionales.  Los derechos políticos se ampliaron, el gobierno civil se restableció y el control nacional sobre la producción petrolera se extendió.  Esos logros transformaron el país y no pueden reducirse a interrupciones pasajeras de una tradición autoritaria.  Las limitaciones de esos logros se manifiestan, no obstante, dondequiera que las instituciones creadas para proteger la autoridad pública resultan incapaces de contener el ejercicio discrecional de esa autoridad.  Los gobiernos sucesivos heredan los poderes del Estado sin heredar necesariamente restricciones eficaces al uso de esos poderes.  La población hereda las consecuencias de decisiones que no siempre pudo impedir, mientras los funcionarios responsables de esas decisiones pueden marcharse antes de que las consecuencias lleguen a medirse por completo.

El restablecimiento de la capacidad productiva requiere decisiones que obliguen a los gobiernos futuros.  Ningún Estado puede funcionar sin la facultad de contraer obligaciones que se extiendan más allá del mandato de sus funcionarios.  La distinción reside en las instituciones mediante las cuales se contraen esas obligaciones y en la responsabilidad que conservan quienes están facultados para crearlas.  Cuando los beneficios de una decisión se distribuyen de inmediato entre partes identificables mientras los costos de esa decisión se difieren al público, el paso del tiempo puede ocultar la asignación original de la ventaja.  Lo que una generación posterior percibe como una obligación nacional ineludible puede haberse originado en un ejercicio del poder del que esa generación obtuvo escaso beneficio.

El pueblo venezolano ha soportado reiteradamente las consecuencias de decisiones adoptadas bajo la autoridad del Estado, en las relaciones del Estado con potencias extranjeras y en la administración de los recursos del país.  La responsabilidad del pueblo por esas decisiones rara vez ha guardado proporción con las cargas impuestas al pueblo mismo.  La reconstrucción puede restablecer los ingresos del país y las instituciones productivas, pero también puede crear obligaciones cuyos costos sobrevivirán a los gobiernos que negocian esas obligaciones.  La misma población que padeció el daño original podría verse obligada entonces a financiar la corrección de ese daño mediante derechos sobre una riqueza todavía no producida.

La injusticia persistiría dondequiera que quienes están facultados para comprometer el futuro de la nación permanecieran desvinculados de las consecuencias de sus propias decisiones.  Un gobierno podría anunciar la recuperación de la soberanía, los inversionistas podrían registrar el restablecimiento de la producción y los acreedores podrían obtener la seguridad de sus créditos, mientras los hogares venezolanos siguieran soportando costos generados mucho antes de la recuperación prometida.  La carga de la reparación constituiría entonces otra herencia de una autoridad ejercida por otros, y no la corrección de la condición que había hecho necesaria la reparación.


Notas documentales

[1] Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales. Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida 2025.  Presentada el 7 de mayo de 2026.  Pobreza, servicios de los hogares y cobertura educativa.

[2] Corte Internacional de Justicia. Laudo arbitral del 3 de octubre de 1899 (Guyana c. Venezuela).  Sentencias sobre la competencia, medidas provisionales y procedimiento sobre el fondo, incluidas las audiencias celebradas del 4 al 11 de mayo de 2026.  Naciones Unidas, Acuerdo para resolver la controversia entre Venezuela y el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte sobre la frontera entre Venezuela y Guayana Británica, Ginebra, 17 de febrero de 1966.

[3] Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia. Frontera Terrestre Colombia–Venezuela.  Arbitraje español de 1891, arbitraje suizo de 1922 y Tratado López de Mesa–Gil Borges de 1941.  Departamento Administrativo Nacional de Estadística de Colombia, materiales sobre la historia territorial wayuu.

[4] Departamento de Estado de los Estados Unidos. Foreign Relations of the United States, documentos diplomáticos sobre el bloqueo de Venezuela, los Protocolos de Washington de 1903 y el arbitraje de La Haya.

[5] B. S. McBeth. Juan Vicente Gómez and the Oil Companies in Venezuela, 1908–1935.  Cambridge University Press, 1983.

[6] Venezuela. Estatuto para la Elección de Representantes a la Asamblea Nacional Constituyente, marzo de 1946.  Constitución de 1947, artículos 80 a 82.  Fundación Empresas Polar, registros históricos sobre el derrocamiento militar de noviembre de 1948.

[7] Council on Foreign Relations. Venezuela: The Rise and Fall of a Petrostate.  Relato histórico del período democrático posterior a 1958, de la política petrolera y de la nacionalización.

[8] Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno de los Estados Unidos. Venezuela: Additional Tracking Could Aid Treasury’s Efforts to Mitigate Any Adverse Impacts U.S. Sanctions Might Have on Humanitarian Assistance.  GAO-21-239, febrero de 2021.

[9] Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. Gold Flows from Venezuela: Supporting Due Diligence on the Production and Trade of Gold in Venezuela.  Publicado en septiembre de 2021.

[10] Reuters. Venezuela to Accelerate Cryptocurrency Shift as Oil Sanctions Return.  22 de abril de 2024.

[11] Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V).  Estimaciones de población, noviembre de 2025.  Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Venezuela Situation, diciembre de 2025.

[12] La Casa Blanca. Fact Sheet: President Donald J. Trump Announces Historic Oil Agreement to Secure American Energy Dominance and Drive Venezuela’s Economic Recovery.  31 de agosto de 2026.  Reuters, Steve Holland y Jarrett Renshaw, información sobre el traspaso de proyectos petroleros operados por empresas chinas y rusas, 31 de agosto de 2026.

[13] Reuters. Trump Touted a Record Venezuela Oil Deal. Now Reality Is Setting In.  30 de octubre de 2026.  Información sobre el traspaso del control operativo el 1 de octubre, el financiamiento de NABEP, las estimaciones de producción y la evaluación de Francisco Monaldi.

[14] Venezuela. Ley de Reforma Parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos.  29 de enero de 2026, Gaceta Oficial n.º 6.978 Extraordinario.  Baker McKenzie, Venezuela’s Hydrocarbons Law Reform: What Businesses Need to Know, 2 de marzo de 2026.  Disposiciones relativas a las empresas mixtas, los contratos privados de producción, la duración contractual, la autorización ejecutiva y la estabilización económica.

[15] Reuters, Mike Stone. US Structured Venezuela Oil Position to Protect It from Dilution, Official Says.  4 de septiembre de 2026.  Descripción de los certificados de opción de compra a precio simbólico (penny warrants), las cláusulas contra la dilución, el derecho a dividendos, la adquisición accionaria prospectiva y el derecho de primera oferta atribuido al Pentágono.  El anuncio de la Casa Blanca del 31 de agosto describe por separado un derecho de tanteo del Departamento de Estado.

[16] Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, 1999, artículos 302 y 303.  Organización Mundial de la Propiedad Intelectual, WIPO Lex.  José Ignacio Hernández, Understanding the Implications of the U.S.–Venezuela Oil Deal, Center for Strategic and International Studies, 4 de septiembre de 2026.  Reserva constitucional de la actividad petrolera, propiedad de PDVSA, excepciones societarias permitidas y caracterización jurídica del papel operativo de NABEP.

[17] Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos. Shaheen, Reed, Warren, Heinrich Press Secretaries Rubio, Hegseth, Wright for Answers on Administration’s Oil Deal.  Publicado el 1 de octubre de 2026, en referencia a la carta enviada el 30 de septiembre.  Preguntas sobre las facultades legales, la participación accionaria gubernamental, las compras de petróleo y los posibles conflictos de intereses.


« Los límites del juicio electoral »

November 4, 2026

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Ricardo F. Morín
El riesgo del sometimiento
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

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La votación ha concluido.  El electorado ha modificado la composición del Congreso, pero las atribuciones de la Presidencia permanecen en manos de su actual titular.  Conforme a la Vigésima Enmienda, la nueva legislatura asumirá sus funciones el tres de enero; hasta entonces, el Congreso saliente conservará todas sus facultades.  Ese intervalo concluirá en la fecha prevista.  La distribución de competencias entre el Legislativo y el Ejecutivo permanecerá intacta.  Los ciudadanos han elegido nuevos representantes sin elegir un nuevo presidente, y el juicio expresado en las urnas no puede, por sí solo, alterar las decisiones de una magistratura que no estaba sometida a elección.

El electorado decide quiénes ocuparán los cargos públicos, pero el acto de votar no constituye, por sí mismo, el ejercicio de las atribuciones correspondientes a esos cargos.  Ninguna papeleta deroga una ley, deniega una partida presupuestaria, obliga a comparecer a un testigo ni revoca un acuerdo del Ejecutivo.  El sufragio confiere un mandato representativo, pero las facultades para ejercerlo proceden de la Constitución.  Al Congreso corresponden la legislación, la aprobación de los gastos públicos, la fiscalización y la regulación del comercio exterior.  Al presidente competen la conducción de las relaciones diplomáticas, la recepción de representantes extranjeros y la dirección de los departamentos ejecutivos dentro de los límites de sus atribuciones.  Las competencias de ambos poderes concurren en determinadas materias, pero una modificación de la composición del Congreso no traslada las facultades de un poder al otro.  La separación responde a una decisión constitucional:  impedir que una mayoría legislativa disponga de la totalidad del gobierno.  Esa misma separación impide que el juicio electoral referido al Congreso obligue al presidente a abandonar una política comprendida dentro de sus atribuciones legítimas.

El Congreso dispone de medios considerables para limitar la actuación del Ejecutivo.  Una comisión parlamentaria puede investigar y citar testigos, pero la información obtenida no revoca por sí misma el acto investigado.  El Congreso puede aprobar leyes que restrinjan las atribuciones del Ejecutivo, aunque toda ley requiere la aprobación de ambas cámaras y la conformidad presidencial, o los votos necesarios para superar un veto.  El Legislativo puede negar fondos para actuaciones futuras sin que esa decisión extinga necesariamente las pretensiones derivadas de compromisos anteriores.  Los tribunales pueden determinar si una actuación del Ejecutivo excedió las facultades legales o constitucionales, siempre que exista una controversia sometida válidamente a su conocimiento.  Cada medio de control está sujeto a requisitos propios, y ninguno garantiza el resultado perseguido.  La cuestión no depende de que los representantes estén dispuestos o no a actuar, sino de que las atribuciones constitucionales, aun ejercidas, puedan resultar insuficientes para rectificar las decisiones sometidas a examen.

El nuevo Congreso no recibirá una situación libre de compromisos anteriores.  Las leyes conservan su vigencia mientras no sean derogadas; los contratos obligan conforme a sus cláusulas y al derecho aplicable; los compromisos internacionales subsisten después de la salida de los funcionarios que los contrajeron.  Esa continuidad resulta indispensable.  Un gobierno cuyos compromisos caducaran con cada elección no podría obtener crédito ni celebrar acuerdos con otros Estados, y los propios ciudadanos carecerían de garantías sobre el cumplimiento de las obligaciones públicas.  La dificultad surge cuando determinados compromisos no se limitan a perdurar, sino que pretenden restringir las facultades mediante las cuales los sucesores podrían revisarlos.  Un acuerdo relativo al petróleo venezolano, celebrado entre funcionarios estadounidenses y una empresa privada y sustraído al examen público, contiene, según las informaciones conocidas, cláusulas destinadas a impedir que gobiernos futuros modifiquen la empresa constituida.  La existencia de esas cláusulas no acredita que los firmantes tuvieran facultades para imponerlas.  Tampoco la eventual extralimitación de los firmantes extingue las pretensiones que puedan formular los beneficiarios del acuerdo.  La nueva legislatura heredará tanto la cuestión de la validez de esas disposiciones como las consecuencias de un acuerdo cuya ejecución ya ha comenzado.

El intervalo anterior al relevo parlamentario añade otra limitación.  Varios senadores solicitaron una sesión informativa sobre el acuerdo petrolero, pero la comparecencia prevista para octubre fue aplazada hasta noviembre a petición del personal de la mayoría parlamentaria, con el argumento de que el Senado se había ausentado de la capital.  El aplazamiento no suprimió la facultad de fiscalización del Congreso, pero situó la información que pudiera obtenerse fuera del alcance del juicio electoral al que habría podido servir.  No fue necesaria una negativa expresa para que se produjera esa consecuencia.  El electorado votó sin disponer de los resultados de un examen que sus representantes todavía estaban facultados para realizar.  El nuevo Congreso podrá reanudar la investigación, pero sus conclusiones ya no podrán incorporarse a una elección concluida.  Tampoco podrá recuperar necesariamente las facultades de decisión restringidas por compromisos cuya ejecución haya comenzado.  La impugnación de un acto puede producirse cuando sus consecuencias ya afectan a relaciones jurídicas y comerciales de terceros ajenos al juicio electoral.  Rectificar un acto y revertir las consecuencias que ese acto ha producido son operaciones distintas.

Sustituir a los titulares de los cargos públicos no equivale a modificar las disposiciones mediante las cuales se ejerce el poder.  El juicio electoral determina la sustitución de los representantes, pero no garantiza la modificación de esas disposiciones, incluso cuando los elegidos cumplen las responsabilidades que el mandato les encomienda.  La división constitucional de poderes preserva las atribuciones del Ejecutivo frente al predominio del Legislativo, pero también limita la capacidad del electorado para alterar la conducta presidencial mediante la renovación del Congreso.  Una investigación puede esclarecer lo ocurrido sin deshacer sus consecuencias; una ley puede restringir las actuaciones futuras sin resolver todas las pretensiones nacidas de decisiones anteriores.  El sufragio ha conferido la representación del electorado, no la capacidad de decidir todas las consecuencias del ejercicio de esa representación.  El límite no reside en un voto que haya quedado sin emitir, ni necesariamente en la falta de voluntad de un representante para actuar, sino en la distancia entre las atribuciones que el electorado puede conferir y las consecuencias que su ejercicio alcanza a producir en la acción del gobierno.

Ricardo F. Morín

25 de Octubre de 2026

Oakland Park, Florida


« Los usos de la duda »

November 1, 2026

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El caballo de Troya by Ricardo F. Morín. CGI, 2026. Alegoría política.

31 de octubre de 2026

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La credibilidad política puede perderse por la conducta de quien la posee, por las expectativas defraudadas o por la retirada paulatina de la confianza pública.  También puede debilitarse mediante acusaciones cuya reiteración excede las pruebas en que se fundan.  La diferencia adquiere especial importancia cuando una figura política defiende un mandato electoral al que se ha impedido producir efectos, mientras quienes ejercen el poder determinan las condiciones en que ese mandato habrá de ser atendido.  En Venezuela se cuestiona la credibilidad de María Corina Machado en el curso de unas negociaciones con un Gobierno provisional cuya legitimidad constitucional sigue siendo objeto de controversia.  La Administración Trump ha respaldado a ese Gobierno al tiempo que promueve acuerdos encaminados a la estabilización, la recuperación económica y una futura transición política.[1]Sin embargo, la cuestión constitucional anterior a tales acuerdos permanece sin resolver.  Las pruebas electorales de 2024 señalan a un presidente que no ha podido comenzar su mandato.  El juicio de los ciudadanos puede quedar comprometido cuando quienes controlan el proceso político determinan también la admisibilidad de quienes defienden una decisión electoral cuyas consecuencias constitucionales permanecen pendientes.

Las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 produjeron un resultado cuya importancia no cabe reducir a una pretensión de la oposición.  Aunque el Consejo Nacional Electoral proclamó vencedor a Nicolás Maduro sin publicar las actas de escrutinio indispensables para acreditar su anuncio, las actas reunidas y difundidas por la oposición demostraron una victoria decisiva de Edmundo González Urrutia.  El Centro Carter examinó esas actas por su cuenta, comprobó su autenticidad y concluyó que eran compatibles con una clara victoria de González.  Su informe documentó asimismo graves deficiencias del proceso electoral, entre ellas las restricciones impuestas a candidatos y electores, la falta de imparcialidad institucional y la negativa de las autoridades a divulgar las pruebas que sustentasen el resultado proclamado.[2]  Tales deficiencias comprometieron la integridad democrática de los comicios, pero no demostraron que Maduro hubiese obtenido la mayoría de los votos.  El incumplimiento de sus obligaciones por las instituciones encargadas de administrar unas elecciones no transforma una proclamación carente de fundamento en prueba de la voluntad expresada por los electores.

El artículo 228 de la Constitución venezolana dispone que la Presidencia de la República se elige por sufragio universal, directo y secreto, y que será proclamado electo el candidato que obtenga la mayoría de los votos válidos.  El artículo 230 establece un período presidencial de seis años, y el 231 prescribe la toma de posesión el 10 de enero del primer año de ese período.[3]  Por consiguiente, las pruebas que sustentan la victoria de González atañen al período presidencial comprendido entre el 10 de enero de 2025 y enero de 2031.  La negativa de las autoridades a proclamarlo y permitir su investidura separó el título electoral, acreditado por las actas, de la posesión formal del cargo.  No cabe prescindir de los requisitos constitucionales de proclamación y toma de posesión, pero tampoco convertir la obstrucción de esos requisitos por las autoridades en prueba de que la decisión de los electores jamás existió.  La controversia versa sobre una elección ya expresada por la ciudadanía y sobre las consecuencias constitucionales de impedir que produzca efectos.  No se trata simplemente de una discrepancia acerca de quién debería gobernar Venezuela en una fecha futura.

La negativa de Maduro a entregar el poder el 10 de enero de 2025 estableció la separación actual entre legitimidad electoral y dominio efectivo del Gobierno.  Su captura durante la operación militar estadounidense del 3 de enero de 2026 no resolvió esa separación.  En lugar de respaldar la inmediata asunción de la Presidencia por González, conforme al resultado documentado en las actas, la Administración Trump optó por colaborar con el aparato gubernamental que había permanecido bajo Maduro.  Delcy Rodríguez, vicepresidenta ejecutiva designada por este, pasó así a desempeñar funciones presidenciales con el apoyo de Washington.[1]  Las actuaciones de ambos gobiernos no fueron jurídicamente idénticas.  El de Maduro rechazó las pruebas electorales y retuvo el poder contra el resultado que aquellas revelaban.  Posteriormente, la Administración Trump decidió reconocer a Rodríguez y colaborar con ella en vez de dar efecto inmediato a la pretensión electoral de González.  Esa decisión no extinguió formalmente su título, pero prolongó las circunstancias que impedían al candidato respaldado por las actas ejercer la Presidencia.  La salida de Maduro puso fin a su ejercicio personal del poder gubernamental sin dirimir la autoridad constitucional de quienes lo sucedieron.

La asunción de las funciones presidenciales por Rodríguez presenta otra dificultad constitucional.  El 3 de enero, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia dictó la sentencia n.º 0001, que invocó los artículos 234 y 239 de la Constitución para ordenar que Rodríguez ejerciese las funciones presidenciales durante la ausencia forzosa de Maduro.  La Sala calificó la situación de excepcional y no prevista literalmente en la Constitución.  Recurrió al artículo 234 como fundamento general para afrontar una imposibilidad temporal, sin decidir definitivamente si la ausencia de Maduro era temporal o absoluta.[4]  El artículo 234 permite ordinariamente que el vicepresidente ejecutivo supla las faltas temporales del presidente durante noventa días, prorrogables por otros noventa mediante decisión de la Asamblea Nacional.  Dispone asimismo que, transcurridos noventa días consecutivos de ausencia, la Asamblea determine por mayoría si esta debe considerarse absoluta.  El artículo 233 enumera los supuestos de falta absoluta del presidente y establece las correspondientes reglas sucesorias y electorales.[3]  No cabe interpretar estos preceptos como si el mero transcurso de noventa o ciento ochenta días produjese automáticamente todas las consecuencias previstas en el artículo 233.  Pero tampoco la invocación judicial de una circunstancia excepcional confiere por sí sola un título constitucional indefinido para ejercer la Presidencia.  En julio de 2026 había transcurrido el plazo máximo ordinario de sustitución temporal sin que constase una resolución constitucional pública de la cuestión sucesoria.[1]  Según la información publicada por EFE el 26 de octubre, un alto funcionario del Departamento de Estado describió una hoja de ruta en la que, tras renovarse el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral, Rodríguez declararía la falta absoluta de la Presidencia, lo que abriría un plazo de seis meses para celebrar elecciones.[4]  Esa previsión política no constituye una declaración de falta absoluta ya adoptada ni resuelve qué órgano tiene competencia constitucional para efectuarla.  La sentencia estableció una solución inmediata para garantizar la continuidad administrativa, pero dejó sin respuesta el fundamento constitucional y la duración de su propia prolongación.  Más aún, partió del supuesto de que Maduro poseía el título presidencial, sin resolver la controversia relativa al mandato electoral de 2024.

El reconocimiento de Rodríguez por la Administración Trump en marzo de 2026 confirió a su Gobierno una posición definida en las relaciones diplomáticas y jurídicas estadounidenses.  Washington la reconoció como jefa del Estado venezolano y como persona facultada para actuar en su nombre.[5]  Ese reconocimiento tiene consecuencias prácticas para la representación gubernamental, las transacciones comerciales y las relaciones entre Estados.  No determina, sin embargo, si Rodríguez posee un título presidencial legítimo conforme a la Constitución venezolana.  Un Gobierno extranjero puede reconocer a las autoridades con las que estime necesario colaborar, pero semejante decisión no puede conferirles un mandato electoral del que carezcan por otra vía.  Tampoco la necesidad práctica de conservar la Administración pública establece un derecho constitucional a ejercer el poder más allá de los límites previstos para su asunción temporal.  La distribución efectiva del poder puede explicar que Washington haya escogido a Rodríguez como interlocutora.  No demuestra, sin una justificación constitucional adicional, que posea autoridad para decidir el destino del mandato presidencial expresado en 2024.

La posición política de Machado debe entenderse a la luz de esta controversia constitucional aún pendiente.  Venció en las primarias presidenciales de la oposición de 2023, pero se le impidió concurrir a las elecciones de 2024.  Respaldó entonces a González como candidato presidencial de la oposición, y el movimiento vinculado a ella contribuyó a movilizar a los electores y a conservar las actas de escrutinio que documentaron su victoria.[6]  Su defensa posterior de ese resultado se refiere, por tanto, a un mandato conferido a otra persona, no a un derecho a la Presidencia que ella reclame para sí.  Su conducta, sus alianzas y su criterio político siguen sujetos a crítica, pero tales cuestiones no pueden desplazar la importancia constitucional del mandato de González, cuyo ejercicio continúa impedido.  La posición de Machado no se agota en su condición de posible participante en la política futura.  También defiende una decisión electoral cuya ejecución fue obstaculizada primero bajo Maduro y que sigue sin cumplirse bajo los acuerdos políticos respaldados por Washington.

La composición de las negociaciones pone de relieve las consecuencias de esa separación.  Representantes del Gobierno provisional de Rodríguez y de la Asamblea Nacional venezolana elegida en 2015 participan en conversaciones destinadas a reformar las instituciones judiciales y electorales antes de unas nuevas elecciones.  El movimiento Vente Venezuela, encabezado por Machado, no figura entre las delegaciones participantes.[1]  La Administración estadounidense ha defendido la reconstrucción institucional como condición necesaria de unas elecciones dignas de crédito, y el restablecimiento de tribunales y autoridades electorales independientes constituye un objetivo legítimo.[7]  La presencia de representantes de la Asamblea Nacional de 2015 introduce en las conversaciones un elemento de legitimidad electoral anterior, pero no demuestra que estas tengan autoridad para disponer de la decisión presidencial de 2024.  La participación de Rodríguez obedece a su dominio efectivo de las instituciones gubernamentales y al reconocimiento por Washington de su capacidad para actuar.  Ninguna de ambas circunstancias resuelve el fundamento constitucional de su autoridad.  Así, un Gobierno provisional cuyo título se discute participa en la determinación de los acuerdos mediante los cuales podrá abordarse un mandato electoral respaldado por pruebas independientes, mientras permanece fuera de las negociaciones el movimiento asociado a la defensa de ese mandato.

El regreso de Machado a Venezuela el 25 de octubre modificó sus circunstancias personales sin alterar esta distribución del poder.[8]  El día 26, el secretario de Estado Marco Rubio confirmó que Washington había instado al Gobierno provisional a permitir su regreso, al tiempo que reiteró el propósito de la Administración de reformar las instituciones electorales venezolanas antes de otras elecciones presidenciales.[7]  Rodríguez rechazó que la acogida pública dispensada a Machado se convirtiese en un «show» y describió el diálogo como un proceso que «requiere mucha experiencia, alejado de espacios neófitos», además de «mucho conocimiento».  Expresó también su deseo de que se escuchasen distintas voces y sugirió que quienes habían apoyado sanciones o intervenciones extranjeras debían mostrar arrepentimiento.[9]  Ese mismo día, Claudia Macero, portavoz de Machado, confirmó la disposición de esta a reunirse con Rodríguez o con cualquier otro interlocutor necesario, siempre que las conversaciones fuesen públicas y contasen con un orden del día establecido.[10]  Tales declaraciones no garantizaban que pudiera alcanzarse un acuerdo ni conferían a Machado un derecho incondicional a incorporarse a las negociaciones existentes.  Sí acreditaban una disposición al diálogo, contrapuesta a una apreciación desfavorable de su seriedad política, sin demostrar que su conducta justificase la persistente ausencia de su movimiento.

El intercambio se produjo tras una prolongada y grave confrontación política.  En enero, Machado había señalado a Rodríguez como «una de las principales arquitectas de la tortura, la persecución, la corrupción y el narcotráfico», según la traducción de sus declaraciones difundida por RTVE.[11]  Investigaciones internacionales han documentado extensamente torturas, detenciones arbitrarias y otros abusos graves cometidos a través de instituciones del Estado venezolano.  La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos de las Naciones Unidas señaló en septiembre de 2026 que subsistían elementos sustanciales del aparato represivo pese al cambio de dirección política.[12]  Estas conclusiones proporcionan una base probatoria para examinar la responsabilidad de los funcionarios vinculados al Gobierno precedente.  No establecen, sin un examen adicional, la responsabilidad individual de Rodríguez por cada uno de los delitos que Machado le atribuyó.  La crítica de Rodríguez a la seriedad política de Machado constituye una imputación diferente, sujeta a exigencias probatorias distintas.  La igualdad de criterios en el examen no obliga a conceder igual valor a afirmaciones respaldadas por pruebas de desigual entidad.  Tampoco el ejercicio de un cargo público otorga a Rodríguez autoridad independiente para juzgar las cualidades políticas de una rival cuyo movimiento contribuyó a defender un mandato electoral que las instituciones a las que ella sirve no han respetado.

La transformación de una caracterización en aparente prueba constituye una de las operaciones más trascendentes de la propaganda política.  La negativa de una dirigente a aceptar un determinado acuerdo puede presentarse como prueba de intransigencia; su insistencia en la participación electoral, como señal de ambición personal; su popularidad, como causa de inestabilidad.  Una vez difundidas ampliamente tales descripciones, cualquier discrepancia posterior puede interpretarse como confirmación de un defecto ya establecido, aunque esa discrepancia ataña a una cuestión sustantiva que merezca examen propio.  La reiteración confiere una apariencia de corroboración, mientras se pierde de vista el fundamento original de la acusación.  La ausencia de un movimiento político en las negociaciones puede suscitar entonces conjeturas sobre su seriedad, capacidad o disposición a colaborar, que después se invocarán para justificar que siga ausente. La exclusión suscita dudas sobre la credibilidad, y esas dudas sirven después para justificar retrospectivamente la exclusión. Aquello que precisa explicación se presenta como si ya hubiese quedado explicado.  No se sigue de este mecanismo que toda ausencia de las negociaciones sea producto de propaganda ni que la de Machado haya sido provocada deliberadamente mediante una campaña de descrédito.  Lo que revela es la posibilidad de que un acuerdo alcance apariencia de justificación merced a unas consecuencias que el propio acuerdo ha contribuido a producir.

La anomalía constitucional introduce una inversión todavía más profunda.  La participación de Rodríguez se acepta como parte establecida de la transición porque ejerce el poder gubernamental y goza del reconocimiento de Washington, mientras la admisibilidad política de Machado continúa sometida a discusión.  Sin embargo, ni el origen ni la duración de la autoridad presidencial de Rodríguez han quedado constitucionalmente resueltos, mientras las actas que sustentan la pretensión de González han sido examinadas de forma independiente.  Ambas posiciones poseen significados constitucionales diferentes, que no pueden equipararse por el reconocimiento diplomático ni por el dominio de las instituciones.  El peligro consiste en que la continuidad en el ejercicio del poder revista apariencia de autoridad legítima mientras quienes la cuestionan deban demostrar sus propias cualidades políticas. Quienes deben justificar constitucionalmente su autoridad se arrogan la facultad de juzgar la admisibilidad de quienes defienden un mandato electoral. El apoyo popular puede sobrevivir a esta situación sin alcanzar una representación equivalente en las negociaciones.  Un movimiento no necesita perder a sus partidarios para sufrir una desventaja política si quienes dirigen el curso de la transición consideran insuficiente ese apoyo para permitirle participar.  En tal caso, se mide el juicio de los ciudadanos por las preferencias de quienes negocian, en vez de examinar la legitimidad de estos a la luz de las decisiones del electorado.

El lenguaje de la estabilidad puede contribuir a reforzar esta inversión.  El restablecimiento de los tribunales, las instituciones electorales, las libertades civiles y la actividad económica ordinaria exige tiempo y colaboración.  Son necesidades sustantivas, no simples recursos retóricos.  El 26 de octubre, Rubio advirtió de que cualquier tentativa de descarrilar la transición perjudicaría gravemente a Venezuela, e incluyó expresamente a las autoridades provisionales entre quienes podían poner en peligro el proceso si dejaban de colaborar.  Su advertencia no establecía que Machado estuviese obstaculizando la transición.  Expresaba la determinación de Washington de preservar la secuencia de reformas institucionales que había adoptado.[7]  La cuestión constitucional reside en los criterios que permiten distinguir el cumplimiento de esa secuencia del desacuerdo legítimo acerca de sus fines o consecuencias.  Una exigencia de elecciones más tempranas puede contrariar el calendario preferido por Washington sin amenazar necesariamente el objetivo de celebrar comicios dignos de crédito.  A la inversa, atenerse al calendario no demuestra que se haya resuelto constitucionalmente el mandato electoral al que antes se impidió producir efectos.  La necesidad de reconstruir las instituciones puede explicar el aplazamiento de una nueva votación, pero no decide por sí misma el destino de la elección que los ciudadanos ya expresaron.

Unas futuras elecciones presidenciales podrían ofrecer un medio de restaurar la autoridad democrática si se estableciesen las condiciones necesarias para una contienda legítima.  La propia Machado ha defendido un nuevo calendario electoral.[13]  Sin embargo, los posibles méritos de otra elección no explican qué ha ocurrido con el mandato electoral de González.  Si se considera irrelevante el resultado de 2024 por el mero hecho de contemplarse una nueva convocatoria, la obstrucción de aquella decisión puede haber conseguido privarla de eficacia práctica.  El reconocimiento de la pretensión electoral de González no resuelve todas las cuestiones constitucionales relacionadas con una toma de posesión demorada, y las consecuencias jurídicas de los años transcurridos requieren examen.  Tampoco el paso del tiempo extingue automáticamente las pruebas electorales ni justifica la negativa a respetarlas.  Unos comicios posteriores podrían conferir un mandato nuevo, pero no legitimarían retrospectivamente el incumplimiento del anterior.  El problema del título constitucional no se resuelve sustituyendo la ocasión en que se permitió elegir al pueblo.

El descrédito político no precisa de una campaña concertada para producir consecuencias.  Los intereses económicos, los objetivos diplomáticos, las consideraciones institucionales y las rivalidades personales pueden influir en las negociaciones sin que ello demuestre que sus participantes compartan un propósito oculto.  Los adversarios políticos pueden tener motivos para disminuir la influencia de un rival; los comentaristas pueden repetir conjeturas porque ofrecen una explicación atractiva de acontecimientos inciertos; y el público puede aceptar acusaciones familiares sin examinar su fundamento originario.  Estas actividades pueden reforzarse mutuamente sin coordinación.  Para acreditar la existencia de una campaña deliberada serían necesarias pruebas relativas a sus participantes, comunicaciones, recursos y fines.  Pero la incertidumbre sobre el origen de una acusación no resuelve la cuestión distinta de sus efectos.  Una narración puede favorecer intereses ajenos a quienes la iniciaron, del mismo modo que alguien puede aprovechar una controversia preexistente sin haberla provocado.  Distinguir entre quien se beneficia y quien origina una acusación impide atribuir intenciones sin pruebas y permite, al mismo tiempo, examinar sus consecuencias políticas.

La responsabilidad de la Administración Trump debe examinarse a través de las decisiones que ha adoptado y de la capacidad de presión que continúa ejerciendo.  El reconocimiento de Rodríguez, los compromisos contraídos con las autoridades provisionales, los acuerdos comerciales y la secuencia prevista de reformas políticas son actos del poder público estadounidense que producen consecuencias en Venezuela.[1]  Su justificación práctica puede fundarse en razones de estabilidad, seguridad, recuperación económica o viabilidad diplomática.  Ninguna de ellas determina por sí misma la legitimidad constitucional de las autoridades venezolanas con las que Washington ha elegido colaborar.  El mismo rigor probatorio debe aplicarse a las críticas de Machado contra esos acuerdos, a sus exigencias sobre el calendario electoral y a sus relaciones con figuras políticas estadounidenses.  Discrepar de un convenio económico o diplomático no demuestra un defecto de carácter, del mismo modo que el apoyo popular no exime a una dirigente de responder por sus declaraciones y decisiones.  El examen de la autoridad gubernamental y el de la conducta política deben mantener sus respectivos objetos.  La responsabilidad corresponde a quien ejerce la autoridad; la validez de una acusación, a las pruebas que la sustentan.

Las condiciones en que los ciudadanos forman sus juicios políticos ya están siendo modificadas antes de la celebración de otras elecciones.  El acceso a los medios de comunicación, el reconocimiento de los participantes, la composición de las negociaciones y la credibilidad atribuida a los distintos movimientos pueden determinar las alternativas que finalmente se permita considerar a los electores.  Unas elecciones celebradas después de tales modificaciones todavía podrían ofrecer una contienda auténtica, pero su integridad no puede valorarse exclusivamente por los procedimientos seguidos el día de la votación.  Los ciudadanos pueden retirar legítimamente su apoyo porque han examinado nuevas pruebas, modificado sus expectativas o llegado a conclusiones diferentes acerca de una conducta política.  Esa reconsideración es indispensable para el juicio independiente.  Pero la confianza pública también puede debilitarse mediante acusaciones cuya difusión excede sus fundamentos probatorios.  Cuando las instituciones encargadas de establecer las condiciones electorales poseen a su vez una autoridad constitucional controvertida, las consecuencias van más allá de la reputación de una figura política.  El proceso puede terminar por determinar no sólo las condiciones de una elección futura, sino también los términos en que una decisión anterior haya de reconocerse, reconsiderarse o desecharse.

La incertidumbre actual de Venezuela no puede resolverse confundiendo el ejercicio del poder con el título constitucional ni considerando que los acuerdos venideros sustituyen decisiones ya adoptadas.  La Administración Trump ejerce una influencia considerable sobre el curso de la transición, pero sus anuncios no permiten conocer por completo sus intenciones ni su capacidad última para alcanzar los objetivos declarados.  Rodríguez desempeña funciones gubernamentales, aunque la continuidad de su presidencia provisional no resuelve su fundamento constitucional.  González posee una pretensión electoral sustancial, respaldada por el examen independiente de los resultados de 2024, pero no se le ha permitido ocupar el cargo para el que las pruebas indican que fue elegido.  Machado defiende esa pretensión y permanece, al mismo tiempo, sujeta al juicio político relativo a su propia conducta y a sus aspiraciones.  Estas posiciones no pueden equipararse por el mero hecho de que sus titulares participen, o aspiren a participar, en una misma controversia política.  La composición de las negociaciones indica quiénes intervienen actualmente en ellas; no determina quién posee título constitucional ni quién merece la confianza del electorado.

El daño que la propaganda puede infligir a la vida política no se limita a la reputación de la persona contra quien se dirige.  Su consecuencia más duradera reside en la posibilidad de privar a los ciudadanos de los medios para distinguir un hecho probado de una insinuación, una decisión institucional de un juicio personal o el ejercicio del poder gubernamental de la autoridad constitucional que debería justificarlo.  La duda es indispensable para el pensamiento independiente cuando invita al examen.  Se convierte en instrumento de subordinación cuando se cultiva para impedir que ese examen alcance su verdadero objeto.  La decisión electoral de 2024 ya ha sido privada de efecto, y las consecuencias constitucionales de esa privación siguen sin resolverse.  Que Machado conserve, aumente o pierda finalmente la confianza pública es una cuestión que los venezolanos deben poder decidir libremente.  El peligro ulterior consiste en que la persistente negación de un mandato electoral llegue a aceptarse como condición legítima de la vida política, mientras quienes defienden ese mandato hayan de responder por su credibilidad ante unas autoridades cuyo propio título continúa en entredicho.

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Notas

[1] Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos (Congressional Research Service). Venezuela’s Post-Maduro Political Transition and U.S. Policy, informe R49186, 13 de agosto de 2026.  Documenta la operación militar estadounidense, la decisión de respaldar a Rodríguez en lugar de González, las fases de la transición y la composición de las negociaciones.  Se conserva el original en inglés, al no haberse localizado una versión oficial equivalente en castellano.

https://www.everycrsreport.com/files/2026-08-13_R49186_ea00ffd3c8b895af067dbff6339aeff2e659a1b9.html

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[2] Centro Carter. Observación de las elecciones presidenciales en Venezuela, julio de 2024.  Informe final, 17 de febrero de 2025.  Edición oficial en castellano del examen independiente de las condiciones electorales, los resultados oficiales y las actas reunidas por la oposición.

Informe oficial en castellano:

Página de publicación del Centro Carter:

https://www.cartercenter.org/publication/final-report-observacion-de-las-elecciones-presidenciales-en-venezuela-julio-de-2024

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[3] Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, con la Enmienda Constitucional n.º 1, aprobada el 15 de febrero de 2009. Gaceta Oficial de la República Bolivariana de Venezuela, n.º 5.908 extraordinario, 19 de febrero de 2009.  Artículos 228, 230, 231, 233, 234 y 239.  El artículo 230 mantiene, tras la enmienda, el período presidencial de seis años y elimina la limitación anterior a la reelección.  Reproducción de la gaceta oficial facilitada por la Superintendencia de las Instituciones del Sector Bancario (SUDEBAN).

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[4] Tribunal Supremo de Justicia, Sala Constitucional. Sentencia n.º 00001, expediente 2026-00001, 3 de enero de 2026.  Interpretación constitucional relativa al ejercicio temporal de las funciones presidenciales por Delcy Rodríguez.  Resolución examinada y reproducida por Acceso a la Justicia.  Véase también la crónica de EFE, «El Gobierno Trump espera que Delcy Rodríguez deje vacante la Presidencia de Venezuela en 2027», de 26 de octubre de 2026, sobre la vía sucesoria prevista por Washington.

https://accesoalajusticia.org/la-sc-ordena-que-delcy-rodriguez-presidencia-de-la-republica

Crónica de EFE sobre la vía de falta absoluta:

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[5] Departamento de Estado de los Estados Unidos. A Statement on U.S.-Venezuela Relations, 5 de marzo de 2026.  Véase también la carta del embajador Michael G. Kozak, de 10 de marzo de 2026, incorporada al escrito de interés presentado por los Estados Unidos el 11 de marzo de 2026 en Stansell v. FARC, n.º 16-mc-00405 (S.D.N.Y.), documento 621.  El escrito judicial y la comunicación del Departamento de Estado se incluyen en un expediente de siete páginas remitido después al archivo de la Ley de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) por The Cormac Group LLC, número de inscripción 7406, el 16 de marzo de 2026.  La entrega a ese archivo no constituye por sí misma una presentación efectuada por el Departamento de Estado.  Se conservan los documentos originales en inglés.

Reproducción del comunicado del Departamento de Estado:

Escrito judicial y comunicación diplomática adjunta:

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[6] Unión Interparlamentaria. Human Rights of Parliamentarians:  Venezuela.  Documentación sobre la victoria de Machado en las primarias opositoras de 2023, su inhabilitación para las elecciones presidenciales de 2024 y la elección de González Urrutia como candidato de la oposición.  Se conserva el documento original en inglés, al no haberse localizado una versión equivalente de esta pieza en castellano.

https://www.ipu.org/file/20428/download

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[7] Departamento de Estado de los Estados Unidos.  Marco Rubio, secretario de Estado. Secretary of State Marco Rubio on Venezuela, declaraciones por teleconferencia, 26 de octubre de 2026.  Tratan del regreso de Machado, la reforma electoral, el calendario de transición y las exigencias dirigidas a las autoridades provisionales.  La crónica de EFE recoge además la previsión, atribuida a un alto funcionario del Departamento de Estado, de una futura declaración de falta absoluta tras la renovación del TSJ y el CNE, seguida de elecciones en el plazo de seis meses.  El original en inglés se conserva para la atribución precisa de las declaraciones; la información esencial también se recoge en la crónica en castellano de EFE.  La página original del Departamento de Estado no pudo abrirse directamente durante la verificación.

Crónica de EFE en castellano:

Transcripción inglesa reproducida por Public Technologies:

https://pubt.io/view/C62F7FC9E17FECBC842DFC0702B25A755E1EE755

Dirección de la publicación original del Departamento de Estado:

https://www.state.gov/releases/office-of-the-spokesman/2026/10/secretary-of-state-marco-rubio-on-venezuela

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[8] Agencia EFE.  «María Corina Machado ya se encuentra de regreso en Venezuela», 25 de octubre de 2026.  Crónica original en castellano que documenta el regreso, la recepción pública y el contexto político.

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[9] El Impulso.  «Delcy Rodríguez al ser consultada sobre el regreso de María Corina Machado:  “La política no es un show”», 26 de octubre de 2026.  Información contemporánea sobre sus declaraciones. El Estímulo.  «Aumentos, elecciones, el estilo Rubio y un mensaje a la “neófita”: el discurso de Delcy Rodríguez», 29 de octubre de 2026.  Reproduce sus referencias a la experiencia, el conocimiento y la falta de experiencia política.

El Impulso:

https://www.elimpulso.com/2026/10/26/video-delcy-rodriguez-al-ser-consultada-sobre-el-regreso-de-maria-corina-machado-la-politica-no-es-un-show-26oct

El Estímulo:

https://elestimulo.com/venezuela/2026-10-29/discurso-de-delcy

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[10] Agencia ANSA.  «Machado dispuesta a reunirse con Delcy Rodríguez en Caracas», 26 de octubre de 2026.  Recoge las declaraciones de Claudia Macero acerca de la disposición de Machado a negociar públicamente con Rodríguez u otros interlocutores.

https://www.ansalatina.com/amp/americalatina/noticia/latinoamerica/2026/10/26/machado-dispuesta-a-reunirse-con-delcy-rodriguez-en-caracas_be9bf587-436d-4a7e-96c2-2ab813515b3c.html

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[11] Radiotelevisión Española (RTVE).  «Corina Machado reconoce que hace meses que no habla con Trump y tilda a Delcy Rodríguez de “arquitecta de la tortura”», 6 de enero de 2026.  Versión castellana de las acusaciones formuladas por Machado el 5 de enero en una entrevista concedida en inglés a Fox News.  El contenido atribuido a Machado coincide en lo sustantivo con la transcripción inglesa difundida por CNN.

RTVE en castellano:

https://www.rtve.es/noticias/20260106/corina-machado-dice-no-hablado-con-trump-desde-octubre-delcy-rodriguez-profundamente-rechazada-venezuela/16883941.shtml

Transcripción original en inglés utilizada para cotejo:

https://transcripts.cnn.com/show/ow/date/2026-01-06/segment/01

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[12] Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela. La continuidad del aparato represivo del Estado, A/HRC/63/CRP.5, 17 de septiembre de 2026.  Documento de conclusiones detalladas publicado originalmente en castellano.  Examina la persistencia de las estructuras represivas, las violaciones de derechos humanos y las dificultades para exigir responsabilidades.  Es un estudio distinto del informe A/HRC/63/CRP.4, dedicado a los colectivos.  Se acompaña el enlace al informe general A/HRC/63/57 en inglés.

Informe detallado oficial en castellano:

Copia íntegra de consulta del documento A/HRC/63/CRP.5:

Informe general de la ONU en inglés:

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[13] Agencia EFE.  «María Corina Machado, el regreso para empujar la transición en Venezuela y retar a la alianza de Delcy y Trump», 25 de octubre de 2026.  Recoge la exigencia de nuevas elecciones, las discrepancias sobre el calendario y la disposición de Machado a participar en un proceso de transición.  Véase también la información de EFE del 26 de octubre relativa a la secuencia de reformas propuesta desde Washington.

Crónica de EFE sobre Machado y las nuevas elecciones:

Crónica de EFE sobre el calendario promovido por Washington:

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« Una casa oblicua »

October 31, 2026

Ricardo F. Morín. Diseño escenográfico para « Season’s Greetings », de Alan Ayckbourn. Imagen basada en la maqueta original, 2026.

La obra pedía una casa, y el escenógrafo, al considerarla, había resuelto desde temprano que la casa no fingiría. La familia de Ayckbourn se reúne en una Navidad en la que nada de lo que importa se dice y todo lo que importa se oye de soslayo, y las habitaciones donde esto sucede han de verse a un tiempo, el vestíbulo junto a la sala junto al comedor, de modo que el público pueda ver llegar a un huésped en una mientras en otra se habla de él. El teatro carecía de embocadura que las enmarcara. Su público se sentaba en gradas que se abrían en abanico ante un escenario elevado, enmascarado a los lados por patas, bajo un techo lo bastante alto para albergar la parrilla de iluminación; cuanto la casa hubiera de mostrar o de reservar, habría de decidirlo el propio diseño escenográfico, puesto que ningún marco lo decidiría por él. El escenógrafo había dispuesto las habitaciones una junto a otra a lo ancho del escenario, el conjunto ligeramente oblicuo respecto del público en lugar de presentado de frente, cada una sobre su propio nivel, con los pisos y los muros seccionados, de suerte que la casa quedaba completa para quienes la habitaban y francamente incompleta para quienes la miraban. No había de ser una habitación para una cámara. Había de ser una casa que confesara su artificio y que, una vez confesado, pidiera ser olvidada, para que lo que permaneciera a la vista fuera la vida que contenía.

El director era joven, y su primera conversación fue informal, sostenida en esa atmósfera de buena voluntad general en la que dos personas pueden coincidir acerca de una obra sin descubrir si coinciden en algo de lo que hay en ella. Él expuso su punto de vista; el escenógrafo escuchó y no halló en él nada que oponer, lo cual reconocería después como la primera de varias ocasiones en que la ausencia de desacuerdo se había tomado, de uno y otro lado, por su contrario.

Fue en el estudio del escenógrafo, antes de que los planos pasaran al taller, donde la diferencia se declaró. El director examinó la disposición, los pisos seccionados y los muros seccionados, y propuso, con el entusiasmo de quien cree estar completando un pensamiento, que los muros se mostraran como si un gigante los hubiera mordido. El escenógrafo lo miró con calma. No podía, le dijo, concebir una escenografía surrealista para esta obra; se leería como un decorado de Mickey Mouse. Nunca supo si el joven se ofendió, y la pregunta lo acompañó más tiempo del que lo habría acompañado la respuesta. Lo que comprendió de inmediato fue la naturaleza de la propuesta: el director había leído el corte como un gesto que pedía ser acentuado, cuando se había concebido como una convención que el público acepta en el primer minuto y en la que no vuelve a pensar. Faltaban pocos días para que empezara la construcción. El director se plegó al diseño escenográfico, y su plegarse, advirtió el escenógrafo, no equivalía a su asentimiento.

La presentación ante la directora artística se celebró en su teatro, y fue allí donde conoció a Olympia Dukakis. Antes de que los planos terminaran de desplegarse, ella habló, con una franqueza que él no esperaba, de una reseña de su última producción aparecida en el periódico local, que la acusaba de halagar a su público. La acusación la había avergonzado, y no lo ocultó. Él le dijo que compartía su disgusto, y lo decía en serio; le pareció, en ese momento, una simpatía pequeña y natural entre dos personas que querían que el teatro exigiera a su público más de lo que se le exigía. Ella aprobó el diseño escenográfico. Ninguno de los dos observó que lo aprobado se erguía, en cada piso y en cada muro seccionado, como la alternativa misma de lo que el crítico había descrito. El diseño escenográfico se había trazado antes de que él supiera de la reseña, y no se había concebido como respuesta a ella. Pero entró en el teatro portando ese sentido, y el sentido, callado, esperaba.

La semana de construcción transcurrió con el decorado alzándose sobre el escenario, y durante toda ella la directora artística se afánó por alcanzar una comprensión del seccionamiento de pisos y muros que la maqueta no le había dado. Él vio llegar esa comprensión por grados, a medida que el objeto cobraba su forma física, y vio, con una atención menos cómoda, que el acercarse de ella al diseño escenográfico no la acercaba en nada al hombre que lo había hecho. Comprendía más cada día y deseaba escuchar menos. Que ambos movimientos pudieran avanzar juntos, la comprensión adelantándose mientras la atención se retiraba, era algo que él registraba sin poder todavía explicárselo.

Hacia el final de esa semana, mientras se terminaba la utilería, el escenógrafo se hallaba entre el personal de producción mostrando cómo había de armarse un teatrino que había diseñado para uno de los personajes. Olympia preguntó si estaría terminado para el primer ensayo general. «By hook or by crook», respondió él, y alzó los ojos del objeto hacia ella, a tiempo para sorprenderla repitiendo la frase en una imitación de su voz, para regocijo de quienes los rodeaban. No sonrió. La miró, y siguió mirándola, con la callada atención de quien aguarda saber cuál de dos miradas cederá primero; y fue la de ella la que se apartó.

Los ensayos técnicos dieron la explicación. La diseñadora de iluminación no había hablado con nadie: ni con el escenógrafo, ni con el director, ni con la directora artística. Había tenido en sus manos los planos del diseño escenográfico desde el principio, y nada en la disposición ni en sus exigencias debería haberla tomado desprevenida; sin embargo, llegó sin un plano de iluminación trazado para el decorado y colgó sus aparatos a ojo, sobre la marcha. El escenógrafo acabó por entenderlo como el hábito de quien trabaja temporada tras temporada en la misma casa: se había acomodado a expectativas de conveniencia que pertenecían al teatro y a ningún decorado en particular, y las trajo a un decorado que no respondía a ninguna de ellas. Cuando al fin iluminó la casa, la iluminó de frente, de manera uniforme, como se ilumina una habitación en la que todo debe verse. El diseño escenográfico había pedido lo contrario. Había pedido que cada área quedara aislada en su propia luz, de modo que el vestíbulo, la sala y el comedor permanecieran como mundos separados, y que la subestructura de las plataformas se hundiera en la oscuridad, dejando que cada nivel se sostuviera como una habitación propia. Bajo la luz uniforme todo se mostraba con el mismo énfasis, y lo que debía replegarse salía al encuentro de la mirada. Tampoco se limitó la diseñadora de iluminación a la luz. El diseño escenográfico preveía una viga en forma de L suspendida a lo largo del perímetro del comedor. Antes de que pudiera colgarse, la diseñadora de iluminación dijo a Olympia que le dificultaría el trabajo, y Olympia accedió a suprimirla sin más consulta. Cuando el escenógrafo recomendó aislar las áreas, se sorprendieron. Cuando, más tarde, le dijo a Olympia que le sorprendía que no hubiera considerado el punk, cuya disonancia habría hecho sonar bajo la superficie festiva lo que el diseño escenográfico había construido en ella, en lugar de las baladas navideñas de Sinatra que había convencido al diseñador de sonido de emplear, ella respondió en el acto: «¡Sabía que ibas a decir eso!». La primera recomendación los había sorprendido; la segunda era esperada. En la diferencia entre ambas leyó él, con la claridad de lo dicho, que ya no hablaban el mismo idioma, y quizá nunca lo habían hablado, y que ella venía anticipando su juicio desde mucho antes de que él emitiera alguno.

El diseño escenográfico se alzaba sobre el escenario como él lo había trazado, fiel en todo salvo en la viga que se le había negado, y la producción avanzaba, en su luz y en su música, hacia precisamente lo que el periódico había descrito. Entre ambos, el decorado sostenía su callada alternativa, y la directora artística, que le había hablado de la reseña el día en que se conocieron, parecía hallar en su presencia el reproche que había hallado en las palabras del crítico. Él no había hecho reproche alguno del género que ella oía. Le había dado la razón. Pero comprendía, con el peculiar desamparo de quien es malinterpretado por las circunstancias y no por una intención, que nada de lo que dijera corregiría la impresión, puesto que toda explicación no haría sino confirmar que había algo que explicar. Sintiera ella lo que sintiera, él sabía que no procedía de ninguna intención suya; si su manera de estar le había prestado una forma que él no buscaba, no podía saberlo. Procedía, pensaba, de la secuencia de las cosas: de la franqueza de ella en aquel primer encuentro, de la simpatía de él, de un diseño escenográfico que encarnaba lo que ella había dicho desear, y de una producción que, a juicio de él, fracasaba en estar a la altura de aquel diseño.

Comprendió que no era un participante bienvenido, y dejó de prestarles atención. La retirada fue silenciosa y, a su manera, completa. El diseño escenográfico permaneció donde se había construido, y ninguno de quienes tenían los medios para responderle le respondió.

Lo que queda es la maqueta, y una imagen hecha a partir de ella, en la que la casa está iluminada como debía estarlo: un cálido haz que cae sobre una figura solitaria junto a un teatrino, el árbol encendido en el centro, una luz más fría sobre el comedor, los frentes oscuros de las plataformas desvaneciéndose bajo pisos que parecen flotar. Muestra el diseño escenográfico tal como fue concebido, y muestra lo que los ensayos escamotearon. La producción ha pasado, y con ella la luz que malinterpretó la casa. La casa misma, en la forma en que fue imaginada por primera vez, les ha sobrevivido.

Ricardo F. Morín

25 de octubre de 2026

Oakland Park, Florida


« Ausencia constitucional »

October 30, 2026


Ricardo F. Morín
El arte del ocultamiento
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

Un acuerdo de dieciocho páginas rige hoy una porción del petróleo que yace bajo el suelo venezolano. Lo suscribieron, en nombre de los Estados Unidos, sus secretarios de Estado y de Defensa; el otro firmante es una empresa privada constituida para explotar los yacimientos. Sus propias cláusulas prohíben revelar su existencia. Lo que de él se sabe se conoció porque unos periodistas obtuvieron una copia, no porque autoridad alguna lo presentara, y el texto mismo no se ha hecho público. Las firmas que constan en la copia son estadounidenses. La nación de cuyo subsuelo dispone el instrumento no figura entre ellas.

El instrumento no calla lo que dispone. Las controversias que de él surjan se dirimirán ante un tribunal federal de Texas. Sus socios pueden permanecer en el anonimato tras una sociedad matriz registrada en Barbados. Los Estados Unidos podrán adquirir un quinto de la producción a treinta dólares el barril. Provee un fuero, un precio y un resguardo para el anonimato. No provee un firmante con título sobre aquello de que se dispone.

Conforme a la Constitución de 1999, texto todavía vigente, los yacimientos de hidrocarburos pertenecen a la República, son bienes del dominio público y son inalienables. Los contratos de interés público nacional que se celebren con Estados o entidades extranjeras requieren la aprobación de la Asamblea Nacional. El gobierno encargado en Caracas ha anunciado un conjunto de sesenta y un acuerdos, diecisiete de ellos referidos a campos petroleros. Que Venezuela no figure en las dieciocho páginas no prueba que ninguna autoridad venezolana sustente la empresa; prueba que el instrumento no puede suplir por sí mismo esa autoridad. El título que exista ha de existir conforme a la Constitución, y allí ha de demostrarse.

Venezuela carece de fecha para su próxima elección; el 22 de octubre hubo ciudadanos que marcharon para exigirla. Al día siguiente, una presidenta encargada inspeccionó en el Zulia un campo que producía, según dijo, ciento quince mil barriles diarios, acompañada del encargado de negocios de los Estados Unidos y del director de la empresa. El diplomático calificó al país de gran socio. La visita estableció quiénes estaban presentes. No podía establecer si alguna vez se otorgó la aprobación que exige la Constitución, y ninguno de los presentes podía otorgarla.

Los dos gobiernos no relatan del mismo modo el conjunto de lo pactado. El 31 de agosto la Casa Blanca declaró por escrito que las autoridades interinas venezolanas habían otorgado a la empresa concesiones de cien años; Caracas habla de un proyecto bilateral de veinticinco. Las concesiones son un otorgamiento venezolano, distinto de las dieciocho páginas, y la cifra de cien no aparece en parte alguna de ellas. La duración del patrimonio de una nación se enuncia como retórica de un lado y como apaciguamiento del otro, y entre ambas cifras se interpone un acuerdo que no se escribió para ser leído por ninguno de los dos públicos.

Entre sus disposiciones figura una concebida para impedir que futuros gobernantes de Venezuela, y futuros presidentes de los Estados Unidos, modifiquen o desmantelen la empresa. Los inversionistas expuestos a los vaivenes de la política suelen exigir semejante protección: quien compromete capital por décadas quiere la seguridad de que el gobierno siguiente no deshará el compromiso. La razón puede concederse por entero. Lo que la cláusula hace sigue siendo lo que hace. Los gobiernos celebran a diario acuerdos que sobreviven a los funcionarios que los negocian, y la duración por sí sola no es vicio. Un mandato es una delegación por un período. El cargo sobrevive al mandato, y con él las potestades que la ley le atribuye, entre ellas la de revisar lo que hizo un período anterior. La cláusula está redactada para sustraer esa potestad. Pretende vincular a los sucesores no sólo en el cumplimiento de obligaciones, sino en el ejercicio de la autoridad que la ley les reserva, en ambos países, incluidos los gobiernos que los votantes de ambos países aún no han escogido.

En el orden interno estadounidense, el instrumento descansa en un acto ulterior. La oficina del Pentágono encargada del capital estratégico adquirió una participación accionaria, facultad que se había solicitado al Congreso y que este había denegado. El gobierno sostiene que la legislación vigente ya la autoriza. Cuando la cuestión surgió por primera vez, el portavoz del departamento afirmó que la oficina no tomaba participaciones en empresas privadas. Una disposición que hoy examina el Senado, dentro de la ley anual de autorización de defensa, le conferiría expresamente esa facultad y la obligaría a revelar los términos de las participaciones ya tomadas. Si se aprueba, el legislador habrá conferido para el futuro una potestad que antes negó, y nada en la disposición, según se ha informado, indica si aquellas participaciones eran lícitas en el momento de tomarse. La secuencia tiene apariencia ordinaria: un acto, y luego una ley. Lo que consigna es que la cuestión de la autoridad, abierta cuando se realizó el acto, ha cedido su lugar a la de si permitir tales actos en lo sucesivo.

A fines de septiembre, unos senadores escribieron al gabinete y pidieron ser informados. Se convino una sesión informativa que, el primero de octubre, se trasladó a noviembre a petición del personal de la mayoría, con el argumento de que el Senado se había ausentado de la capital. La sesión quedó así para después de la votación. Una sesión aplazada no es una fiscalización abandonada; es una fiscalización situada después del juicio que habría podido ilustrar. Los periodistas que sacaron a la luz los términos hicieron una labor que ninguna institución había hecho, y se concentraron en su secreto y en a quién favorecían, proponiendo la divulgación como remedio, como si la cuestión de quién tenía legitimación para firmar hubiera quedado zanjada con la firma. Cada una de estas respuestas es razonable en sus propios términos. Ninguna es complicidad. Juntas constituyen la totalidad de la respuesta institucional: una carta, un aplazamiento, una relación de cláusulas. La responsabilidad de objetar no la rehusó nadie. La dejaron de lado todos, cada uno por una razón atendible, y la suma de las omisiones es una respuesta.

El 3 de noviembre los estadounidenses elegirán el poder legislativo que nunca autorizó lo pactado. Dentro de dos años elegirán un presidente, y lo pactado se concibió para sobrevivirle también. Al electorado se le pide juzgar; el instrumento se redactó para que su juicio no lo alcanzara. Ninguno de estos hechos depende del móvil. Fuera cual fuera la intención de sus autores, el instrumento puede ser exigible en algunas de sus disposiciones y exceder, en otras, lo que cualquiera de sus firmantes tenía autoridad para conceder. Allí donde dispone del patrimonio de una nación sin la participación de esa nación, y allí donde pretende vincular a gobiernos futuros contra sus propios electores, reclama más de lo que el derecho, en tanto orden, permite reclamar a contrato alguno. Un contrato presupone que quienes lo celebran tienen título sobre lo que intercambian, y un derecho por encima de ellos al que todos responden. En esas disposiciones se afirma un título que no se ha demostrado, y sus firmantes han procurado situar una cláusula de su propia redacción fuera del alcance de toda ley que pudiera después revisarla. Lo que la cláusula pretende hacer perdurar no es un intercambio. Es la exclusión de todos cuantos tienen derecho a objetar.

Venezuela se ha dado veinticinco constituciones. Cada una fue un intento de establecer la autoridad mediante la cual una nación dispone de lo suyo, y cada una, tarde o temprano, fue sustituida, suspendida o desatendida. El registro de esas cartas es el de una nación incapaz de mantener vigente su ley fundamental. El instrumento suscrito este año muestra otro hábito, en otra nación, y ambos coinciden sobre el mismo terreno. Un país sustituyó una y otra vez su carta. El otro ha redactado un documento destinado a quedar fuera del alcance de la carta de cualquiera de las dos naciones, y de los votos que ordinariamente le pedirían cuentas. Lo que ambos hábitos comparten es una ausencia: la de la autoridad constitucional, única capaz de hacer vinculante semejante disposición. El petróleo es la ocasión. Lo que queda es un mandato que sus autores quisieron situar más allá de los votantes que están a punto de ejercer el suyo, y las instituciones llamadas a responderle, aguardando a que lo hayan hecho.

Ricardo F. Morín

25 de octubre de 2026

Oakland Park, Florida


« Desenmascarar la desilusión:  Serie XXIV »

October 29, 2026


“Geometric Allegory” digital painting (2023) by Ricardo Morin (American visual artist, born in Venezuela, 1954)

APÉNDICE (cont.)

*


CONTENIDO

A-2 · Poderes y ministerios

A-3 · Fuerzas Armadas

A-4 · Inteligencia y seguridad

B · Organizaciones políticas

Fuentes y notas documentales del apéndice

Bibliografía de las XXIV Series


Alcance y cronología

Esta entrega final recoge la organización del poder público conforme a los ordenamientos constitucionales de 1961 y 1999, la evolución de las instituciones militares y de seguridad de Venezuela y las organizaciones políticas desde el siglo XIX hasta el 21 de octubre de 2026.  Las fechas que acompañan a las entradas indican períodos de actividad, constitución o reorganización.  Las valoraciones sobre la actuación de las instituciones se atribuyen a los informes o estudios de los que proceden.

El repertorio político es selectivo e incluye partidos, coaliciones electorales y movimientos personalistas de épocas anteriores.  La numeración prosigue la del Apéndice.  El apartado A-1, « Constituciones », figura en el índice del Apéndice de la Serie X y se desarrolla en las entregas constitucionales precedentes.


A-2).  Poderes y órganos del Estado [1961–2026]

El ordenamiento constitucional de 1961 articulaba el gobierno nacional en torno a los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial.  El artículo 136 de la Constitución de 1999 distribuye el Poder Público Nacional en cinco poderes:  Legislativo, Ejecutivo, Judicial, Ciudadano y Electoral. [1] [2]

A-2.1).  Poder Ejecutivo Nacional

Conforme a la Constitución de 1961, el mandato presidencial duraba cinco años y se prohibía la reelección inmediata.  La Constitución de 1999 estableció un mandato de seis años y, en su redacción inicial, permitía una sola reelección inmediata.  La enmienda constitucional aprobada mediante referendo en febrero de 2009 suprimió el límite al número de reelecciones para la Presidencia y los demás cargos de elección popular. [1] [2] [3]

El presidente es jefe del Estado y del Ejecutivo Nacional, dirige la acción del gobierno y las relaciones exteriores y ejerce el mando supremo de las Fuerzas Armadas.  El Ejecutivo comprende, asimismo, al vicepresidente ejecutivo, los ministros y los demás funcionarios previstos en la Constitución o en la ley.  El artículo 236 atribuye al presidente el nombramiento y la remoción del vicepresidente ejecutivo y de los ministros. [2]

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos informó del deterioro de la separación de poderes y de las restricciones impuestas al ejercicio de las funciones de la Asamblea Nacional.  La Comisión Internacional de Juristas documentó la influencia política sobre el nombramiento de los jueces y su permanencia en el cargo. [4] [5]

Maduro prestó juramento como presidente el 10 de enero de 2025, tras la controvertida proclamación del resultado electoral de 2024 por el CNE. [85]  El 3 de enero de 2026, fuerzas de los Estados Unidos capturaron a Maduro y a Cilia Flores y los trasladaron bajo custodia estadounidense.  Delcy Rodríguez, hasta entonces vicepresidenta ejecutiva, prestó juramento como presidenta encargada el 5 de enero. [86]

Mediante la sentencia n.º 00001, de 3 de enero de 2026, la Sala Constitucional ordenó a Rodríguez ejercer la Presidencia en calidad de encargada.  La decisión invocó los artículos 234 y 239 y dejó expresamente pendiente la calificación definitiva de la falta de Maduro como temporal o absoluta.  Los artículos 233 y 234 establecen procedimientos de sucesión distintos para cada supuesto.  La sentencia no fijó una fecha para las elecciones presidenciales. [87] [2]

A-2.2).  Congreso de la República de Venezuela [ordenamiento de 1961–1999]

El Congreso estaba integrado por el Senado y la Cámara de Diputados.  El Senado incorporaba la representación territorial, mientras que la Cámara de Diputados representaba a la población conforme a las disposiciones electorales de la Constitución y de la ley.  El Congreso sancionaba las leyes, examinaba el presupuesto, ejercía el control político e intervenía en los nombramientos y las autorizaciones previstos constitucionalmente. [1]

La Constitución de 1999 sustituyó el Congreso por una Asamblea Nacional unicameral. [2]

A-2.3).  Asamblea Nacional [creada por la Constitución de 1999; elegida por primera vez en 2000]

La Asamblea Nacional ejerce la potestad legislativa, aprueba el presupuesto nacional, desempeña funciones de control político e interviene en los nombramientos que le atribuye la Constitución.  Los diputados duran cinco años en sus funciones.  El artículo 186 establece una asignación de escaños con una base poblacional del 1,1 por ciento de la población total del país, a la que se añaden tres diputados por cada entidad federal y tres diputados indígenas elegidos conforme a la ley y a sus tradiciones. [2]

El sistema electoral combina la votación nominal por circunscripciones con el voto por listas.  La legislación electoral y las disposiciones administrativas han regulado su aplicación y la distribución de escaños.  El informe de la misión de observación electoral de la Unión Europea de 2021 recoge modificaciones en la composición de la Asamblea y en las disposiciones electorales. [6]

Tras la victoria de la oposición en las elecciones legislativas de diciembre de 2015, diversas decisiones del Tribunal Supremo restringieron el funcionamiento de la Asamblea.  La Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó estas restricciones y la asunción de funciones legislativas por la Asamblea Constituyente instalada en 2017. [4]

La Asamblea elegida en 2025 contaba con 285 escaños.  La Unión Interparlamentaria recoge 253 para la alianza de gobierno Gran Polo Patriótico y veintinueve para otras organizaciones políticas, además de tres escaños indígenas elegidos por separado el 1 de junio.  Las elecciones legislativas se celebraron el 25 de mayo, junto con las regionales.  La principal plataforma opositora llamó a la abstención, mientras que otros dirigentes opositores participaron.  Estas cifras corresponden a la distribución de escaños anunciada. [88]  La nueva Asamblea se instaló el 5 de enero de 2026. [86]

A-2.4).  Asamblea Nacional Constituyente [2017–2020]

El presidente Maduro inició el proceso constituyente de 2017 sin un referendo popular previo que autorizara su convocatoria.  Los artículos 347 y 348 distinguen el poder constituyente originario del pueblo de la iniciativa para promover una asamblea constituyente, cuyo ejercicio se reconoce a determinados sujetos, entre ellos el presidente en Consejo de Ministros.  Al examinar la controversia sobre la convocatoria, la Comisión de Venecia concluyó que la iniciativa presidencial no podía sustituir la decisión popular de convocar dicho órgano. [2] [7]

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos informó de que la Asamblea Constituyente, afín al gobierno, se arrogó autoridad sobre los poderes constituidos, asumió funciones legislativas y destituyó a Luisa Ortega Díaz del cargo de fiscal general de la República. [4]

La Asamblea Constituyente concluyó sus actividades en diciembre de 2020 sin elaborar una nueva constitución.  Durante su funcionamiento dictó instrumentos denominados leyes constitucionales, entre ellos el relativo a las Fuerzas Armadas que se examina en A-3.2. [8] [9]

A-2.5).  Corte Suprema de Justicia[ordenamiento de 1961–1999]

La Corte Suprema era el máximo órgano judicial en el ordenamiento constitucional de 1961.  Entre sus atribuciones figuraban el control de constitucionalidad y la resolución de los asuntos que le encomendaban la Constitución y la ley.  Su organización varió durante este período.  Conforme a la Ley Orgánica de 1976, estaba integrada por tres salas de cinco magistrados cada una:  Político-Administrativa, de Casación Civil y de Casación Penal.  El número total de magistrados era, por tanto, de quince. [1] [10]

A-2.6).  Tribunal Supremo de Justicia [1999–2026]

La Constitución de 1999 sustituyó la Corte Suprema por el Tribunal Supremo, organizado en salas especializadas, entre ellas una Sala Constitucional.  Sus funciones comprenden la jurisdicción constitucional, la revisión judicial definitiva en las materias de su competencia y la administración y supervisión del Poder Judicial.  El artículo 267 atribuye al Tribunal la dirección, el gobierno y la administración del Poder Judicial. [2]

La ley determina el número de magistrados del Tribunal.  Inicialmente eran veinte; la Ley Orgánica de 2004 elevó su número a treinta y dos, y la reforma de 2022 lo redujo a veinte. [11][5]

El informe de la Comisión Internacional de Juristas de 2021 examinó el nombramiento, la permanencia en el cargo y la remoción de los jueces, y concluyó que la injerencia política comprometía la independencia judicial. [5]

Una nueva reforma de la Ley Orgánica, vigente desde el 22 de mayo de 2026, elevó a treinta y dos el número legal de magistrados:  siete en la Sala Constitucional y cinco en cada una de las otras cinco salas.  La reforma dispuso los nombramientos correspondientes a la nueva composición. [89]

Una segunda reforma, publicada el 15 de septiembre de 2026, estableció un Comité de Postulaciones Judiciales de veintitrés miembros:  once diputados de la Asamblea Nacional y doce representantes postulados por otros sectores de la sociedad. [90]  La información publicada el 14 de octubre señalaba que la selección del nuevo Tribunal seguía en curso.  La ampliación prevista en la ley y la culminación de los nombramientos se consignan por separado. [91]

A-2.7).  Poder Electoral y Consejo Nacional Electoral

La denominación Consejo Nacional Electoral [CNE] es anterior a la Constitución de 1999:  se adoptó con la reforma electoral de 1997.  La Constitución de 1999 estableció el Poder Electoral como poder nacional diferenciado, con el CNE como órgano rector.  Entre sus atribuciones figuran la organización de elecciones y referendos, la conservación y actualización del registro electoral y la reglamentación de las materias que le encomienda la legislación electoral. [12] [2]

El artículo 296 dispone que el CNE esté integrado por cinco miembros principales sin vinculación con organizaciones políticas.  Tres son postulados por la sociedad civil; uno, por las facultades de ciencias jurídicas y políticas de las universidades nacionales; y otro, por el Poder Ciudadano.  La Asamblea Nacional los designa por mayoría de dos tercios para períodos de siete años, conforme a las disposiciones constitucionales sobre su selección y renovación. [2]

Tras las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, el CNE declaró vencedor a Maduro.  El Centro Carter informó de que el CNE no había publicado los resultados por mesa que sustentaran los totales anunciados ni había aportado pruebas del ataque informático que alegaba haber sufrido. [13]  El Centro concluyó que las elecciones no cumplían las normas internacionales y no podían considerarse democráticas. [14]

En su informe final, publicado en febrero de 2025, el Centro Carter concluyó que las actas de mesa disponibles demostraban una clara victoria de Edmundo González Urrutia en las elecciones de 2024. [13]

El 22 de agosto de 2024, la Sala Electoral del Tribunal Supremo avaló el resultado anunciado por el CNE. [92]

El 23 de septiembre de 2026, Rodríguez prometió públicamente la celebración de elecciones sin precisar una fecha.  Reuters informó de que representantes de la oposición reclamaban cambios en el Poder Judicial y en la autoridad electoral como condiciones para un proceso competitivo. [93]

A-2.8).  Poder Ciudadano [1999–2026]

El Poder Ciudadano se ejerce por medio del Consejo Moral Republicano, integrado por el fiscal general de la República, el defensor del Pueblo y el contralor general de la República.  Las instituciones que lo componen gozan de autonomía constitucional y cumplen funciones diferenciadas en materia de legalidad, derechos y administración de los recursos públicos. [2]

El artículo 279 establece un procedimiento común de designación.  El Consejo Moral Republicano convoca un comité de evaluación de postulaciones con participación de diversos sectores de la sociedad.  Mediante un proceso público de evaluación se elabora una terna para cada cargo, que se remite a la Asamblea Nacional para que efectúe la designación por mayoría de dos tercios dentro de un plazo de treinta días consecutivos.  Si no se alcanza un acuerdo, la Constitución prevé someter la terna a consulta popular.  Si no se convoca el comité de evaluación, la Asamblea procede a la designación en el plazo que determine la ley. [2]

a).  Ministerio Público [incorporado al Poder Ciudadano en 1999].  Bajo la dirección del fiscal general de la República, el Ministerio Público dirige las investigaciones penales, ejerce la acción penal pública cuando corresponde y vela por las garantías constitucionales en los procesos judiciales.  La institución existía antes de 1999; la nueva Constitución la integró en el Poder Ciudadano.  El artículo 284 establece un período de siete años para el fiscal general de la República y remite su designación al procedimiento previsto para el Poder Ciudadano. [1] [2]

El 9 de abril de 2026, la Asamblea Nacional designó a Larry Devoe fiscal general de la República, tras la renuncia de Tarek William Saab en febrero. [94]

El procurador general de la Repúblicarepresenta y defiende los intereses patrimoniales de la República.  El artículo 249 dispone que su nombramiento corresponde al presidente, con autorización de la Asamblea Nacional. [2]

b).  Defensoría del Pueblo [creada por la Constitución de 1999].  El defensor del Pueblo promueve y defiende los derechos constitucionales y humanos, vigila la actuación de las autoridades y los servicios públicos y puede ejercer las acciones que la ley atribuye al cargo.  Su titular dura siete años en sus funciones y se designa conforme al artículo 279. [2]

La Asamblea designó a Eglée González Lobato defensora del Pueblo el 9 de abril de 2026, tras la renuncia de Alfredo Ruiz en febrero.  EFE recogió las objeciones de organizaciones de la sociedad civil a la transparencia del procedimiento y a la composición del órgano encargado de seleccionar a los candidatos para ambos cargos del Poder Ciudadano. [94]

c).  Contraloría General de la República[incorporada al Poder Ciudadano en 1999].  La Contraloría supervisa los ingresos, los gastos y los bienes públicos y ejerce el control fiscal conforme a la Constitución y a la ley.  Esta institución también es anterior a 1999.  La Constitución establece para su titular un período de siete años y la designación conforme al artículo 279.  Sus funciones de fiscalización se distinguen de la persecución de los delitos y de la determinación judicial de la responsabilidad penal. [1] [2]


A-2.9).  Ministerios del Ejecutivo y principales ámbitos de competencia [1999–2026]

Los ministerios formulan y ejecutan la política nacional en el ámbito del Ejecutivo.  El artículo 236 faculta al presidente para nombrar y remover a los ministros y, dentro de los límites legales, determinar la organización y las competencias de los ministerios.  La Asamblea Nacional ejerce la fiscalización parlamentaria mediante sus atribuciones presupuestarias, de investigación y de control político. [2]

Las dieciocho carteras que se describen a continuación ofrecen una relación selectiva de funciones.  Sus denominaciones, competencias y formas de organización variaron durante el período.  El decreto de 2016 sobre la organización de la Administración Pública Nacional sirve de referencia documental para la distribución de atribuciones y se complementa, donde se indica, con otras disposiciones y documentos. [15]

1.  Defensa:  Ministerio del Poder Popular para la Defensa.  El ministerio formula la política de defensa y administra el personal militar, los recursos, las adquisiciones y las demás materias que le corresponden en el Ejecutivo.  La ley de 2020 sobre las Fuerzas Armadas atribuye funciones administrativas al ministerio y funciones operacionales al Comando Estratégico Operacional. [9]

El 18 de marzo de 2026, Rodríguez nombró a Gustavo González López ministro de Defensa en sustitución de Vladimir Padrino López, que ocupaba la cartera desde 2014. [95]

2.  Relaciones exteriores:  Ministerio del Poder Popular para Relaciones Exteriores.  Este ministerio ejerce la actividad diplomática, administra los servicios diplomáticos y consulares, participa en la negociación de tratados y representa al gobierno ante los organismos internacionales.  Ejecuta la política exterior presidencial conforme a la Constitución, incluida la aprobación legislativa de los acuerdos internacionales cuando resulte preceptiva. [15] [2]

3.  Interior, justicia y paz:  Ministerio del Poder Popular para Relaciones Interiores, Justicia y Paz.  Sus competencias comprenden la seguridad interior, la política policial, el orden público, la protección civil y las materias administrativas conexas.  El artículo 267 atribuye el gobierno y la administración judiciales al Tribunal Supremo; el ejercicio de la acción penal corresponde al Ministerio Público. [15] [2]

4.  Economía y finanzas:  Ministerio del Poder Popular de Economía y Finanzas, con sucesivas denominaciones.  La cartera de finanzas elabora y administra la política fiscal, coordina las materias presupuestarias y de tesorería, gestiona el crédito público y supervisa las entidades que la ley le adscribe.  El artículo 318 atribuye las funciones monetarias al Banco Central de Venezuela y reconoce su autonomía en la formulación y el ejercicio de las políticas de su competencia. [15] [2]

5.  Planificación:  Ministerio del Poder Popular de Planificación, anteriormente vinculado a la denominación Planificación y Desarrollo.  Esta cartera coordina la planificación del desarrollo nacional, las prioridades de inversión pública, la planificación institucional y los trabajos estadísticos correspondientes. [15]

6.  Educación:  Ministerio del Poder Popular para la Educación.  Este ministerio dirige la política de educación inicial, primaria y secundaria y las modalidades educativas que le están atribuidas.  La educación universitaria también ha contado con una cartera propia.  Un comunicado ministerial de enero de 2024 recoge la coordinación entre los ministerios de Educación y de Educación Universitaria. [16]

7.  Salud:  Ministerio del Poder Popular para la Salud.  La cartera de salud dirige la política sanitaria, la vigilancia epidemiológica, la prevención de enfermedades y la coordinación de los servicios e instituciones adscritos a ella. [15]  El informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos de 2019 documentó la escasez de medicamentos, el deterioro de las instalaciones y los obstáculos para acceder a la atención sanitaria. [17]

8.  Alimentación:  Ministerio del Poder Popular para la Alimentación.  Este ministerio coordina las políticas de abastecimiento y distribución de alimentos y las entidades públicas encargadas de esas funciones.  El ordenamiento administrativo distribuye las atribuciones conexas entre los organismos competentes en agricultura, comercio, importaciones, nutrición y asistencia social. [15]

9.  Ciencia y tecnología:  Ministerio del Poder Popular para Ciencia y Tecnología, cuya organización ha variado.  Esta cartera promueve la investigación, el desarrollo tecnológico, la innovación y la cooperación entre las instituciones públicas y la comunidad científica.  En la organización administrativa de 2016, la educación universitaria, la ciencia y la tecnología se reunían en un solo ministerio. [15]

10.  Comercio:  carteras de comercio interior y exterior.  La política comercial se ha distribuido entre las carteras competentes en industria y comercio interior, comercio exterior e inversión internacional.  El decreto de 2016 identifica por separado el Ministerio del Poder Popular para la Industria y Comercio y el Ministerio del Poder Popular para el Comercio Exterior e Inversión Internacional. [15]

11.  Hábitat y vivienda:  Ministerio del Poder Popular para Hábitat y Vivienda.  La cartera de vivienda formula políticas de construcción residencial, financiación de viviendas y mejora de las condiciones del hábitat, con atribuciones en materia de desarrollo urbano y servicios residenciales. [15]

12.  Energía eléctrica:  Ministerio del Poder Popular para la Energía Eléctrica.  Este ministerio dirige la política y la planificación del sector eléctrico y supervisa las entidades que le están adscritas.  La generación, la transmisión, la distribución y el mantenimiento corresponden a las entidades operadoras. [15]

13.  Petróleo:  Ministerio del Poder Popular de Petróleo, con sucesivas denominaciones.  Esta cartera formula la política de hidrocarburos, regula las actividades de su competencia y vela por los intereses del Estado en el sector.  Petróleos de Venezuela, S.A. [PDVSA] y otras empresas realizan las operaciones de producción, refino y comercialización. [15]

La Ley Orgánica de Hidrocarburos se reformó el 29 de enero de 2026.  La reforma incorporó disposiciones sobre los contratos para el desarrollo de actividades primarias y modificó el régimen de operaciones, las disposiciones fiscales y las atribuciones ministeriales. [96]  El 17 de octubre, Rodríguez anunció que esperaba inversiones petroleras de cerca de 76.000 millones de dólares estadounidenses durante cinco años y aludió a nuevos acuerdos, entre ellos los de cooperación con los Estados Unidos.  La cifra correspondía a una previsión gubernamental. [97]

14.  Agricultura y tierras:  Ministerio del Poder Popular para la Agricultura Productiva y Tierras.  Esta cartera coordina el desarrollo agrícola, la capacidad productiva, la política rural y las materias relativas a la tierra que le atribuye la ley.  La organización administrativa de 2016 encomendaba la pesca, la agricultura urbana y la distribución de alimentos a carteras ministeriales diferenciadas. [15]

15.  Transporte:  Ministerio del Poder Popular para el Transporte, con diversas formas de agrupación con obras públicas.  Las competencias en materia de transporte comprenden las infraestructuras, los servicios, la regulación y la supervisión de los organismos y empresas públicas del sector.  El decreto de 2016 atribuía las competencias de transporte terrestre, acuático y aéreo al Ministerio del Poder Popular para Transporte y Obras Públicas. [15]

16.  Mujer e igualdad de género:  Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género[creado en 2009].  Este ministerio coordina las políticas relativas a los derechos de las mujeres, la participación en condiciones de igualdad y la prevención de la discriminación y la violencia por razón de género.  Su creación estuvo precedida por otras formas de organización institucional dedicadas a los asuntos de la mujer. [18] [15]

17.  Comunicación e información:  Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.  Esta cartera coordina la comunicación del Ejecutivo y las funciones relativas a los medios públicos que le están atribuidas. [15]  El informe de Human Rights Watch sobre los acontecimientos de 2023 documentó restricciones a los medios independientes y el hostigamiento de periodistas. [19]

18.  Cultura:  Ministerio del Poder Popular para la Cultura.  Este ministerio formula la política cultural, apoya la actividad artística y supervisa las instituciones dedicadas al patrimonio, los museos, la edición y las demás funciones culturales de su competencia.  La Constitución reconoce la libertad y la diversidad culturales y los derechos de los creadores y las comunidades. [15] [2]


A-3).  Fuerzas Armadas

La organización y las funciones de las Fuerzas Armadas se regulan en las disposiciones constitucionales sobre defensa y seguridad nacionales y en la legislación militar posterior.  Las entradas que siguen distinguen los ordenamientos constitucionales de 1961 y 1999 y las modificaciones legislativas ulteriores. [1] [2]

A-3.1).  Fuerzas Armadas Nacionales [1961–1999]

En el ordenamiento constitucional de 1961, las Fuerzas Armadas comprendían el Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional.  La Guardia Nacional, creada en 1937, ya formaba parte de la institución militar antes de la Constitución de 1999.  La Ley Orgánica de 1995 identificaba expresamente estos cuatro componentes. [1] [20]

El artículo 132 de la Constitución de 1961 definía las Fuerzas Armadas como una institución apolítica, obediente y no deliberante al servicio de la República.  Entre sus funciones figuraban la defensa nacional, la estabilidad constitucional y la protección del orden democrático. [1]

A-3.2).  Fuerza Armada Nacionaly Fuerza Armada Nacional Bolivariana [1999–2026]

El artículo 328 de la Constitución de 1999 describe la Fuerza Armada Nacional como una institución profesional, sin militancia política, organizada para defender la soberanía y la integridad territorial.  También le atribuye participación en el mantenimiento del orden interno y en el desarrollo nacional conforme a la Constitución.  Los cuatro componentes que nombra el texto constitucional son el Ejército, la Armada, la Aviación y la Guardia Nacional.  El artículo 330 permite votar a los militares en servicio activo, pero les prohíbe la actividad política partidista y la postulación a cargos de elección popular mientras permanezcan en servicio activo. [2]

La denominación Fuerza Armada Nacional Bolivariana [FANB] se incorporó mediante la legislación orgánica de 2008. [21]

La Asamblea Nacional Constituyente dictó la Ley Constitucional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, publicada en la Gaceta Oficial n.º 6.508 Extraordinario, de 30 de enero de 2020.  Su preámbulo invocaba los artículos 347–349 de la Constitución.  Los artículos 22 y 59 califican a la Milicia Bolivariana como componente especial.  La denominación ley constitucional corresponde a la forma legislativa empleada por aquella Asamblea Constituyente, cuya controvertida convocatoria se trata en A-2.4. [9]

En su estudio de 2023 publicado por la Fundación Carolina, Francine Jácome documentó la participación de militares en cargos ministeriales, empresas públicas, la administración territorial y actividades económicas.  La autora examinó estas funciones como manifestaciones de la militarización del gobierno y de la sociedad. [22]

Fuerzas estadounidenses llevaron a cabo la captura de Maduro en enero de 2026.  La posterior asunción de la Presidencia por Delcy Rodríguez en calidad de encargada y el cambio de ministro de Defensa de marzo se recogen en A-2.1 y A-2.9. [86] [95]


A-4).  Organismos de inteligencia y de seguridad del Estado

Las instituciones que se enumeran a continuación desempeñan funciones de inteligencia, contrainteligencia militar, investigación penal y mantenimiento del orden público.  Su adscripción y sus atribuciones se describen por separado en las entradas correspondientes.

Las conclusiones de 2022 de la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas documentaron el empleo de los servicios de inteligencia en la represión de opositores al gobierno, reales o presuntos, mediante prácticas que incluían la detención arbitraria y la tortura.  La misión examinó las estructuras institucionales, las prácticas operativas y las cadenas de responsabilidad. [23]

A-4.1).  Organismos de inteligencia y contrainteligencia

1.  Dirección de los Servicios de Inteligencia y Prevención [DISIP, 1969–2010].  Habitualmente asociada con la denominación posterior Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención, la DISIP fue el principal organismo civil de inteligencia y seguridad política.  Su trayectoria institucional abarcó tanto el período anterior a 1999 como el bolivariano.  Una reorganización iniciada en 2009 culminó con el cambio formal de denominación a SEBIN mediante el Decreto n.º 7.453, de 1 de junio de 2010. [24] [25]

2.  Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional [SEBIN, 2010–2026].  El SEBIN es el principal servicio civil de inteligencia y ejerce funciones de inteligencia y contrainteligencia en las materias de su competencia.  Su adscripción administrativa ha variado.  Forma parte de la estructura de seguridad del Ejecutivo. [25]

La misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas documentó detenciones arbitrarias, torturas y otras violaciones cometidas por el SEBIN contra personas consideradas opositoras.  Sus conclusiones de 2022 vincularon estas prácticas con un plan estatal de represión política y señalaron fundamentos para atribuir responsabilidades que alcanzaban a altos funcionarios. [23]

En septiembre de 2026, Acceso a la Justicia informó de que la Corte Interamericana de Derechos Humanos había ordenado el cierre de El Helicoide mediante una sentencia de abril, notificada a Venezuela el 10 de junio.  La organización señaló que la información pública era insuficiente para comprobar su cumplimiento.  Examinó por separado los traslados de presos recogidos en la prensa y la ejecución de las reparaciones ordenadas en la sentencia. [98]

3.  Dirección General de Contrainteligencia Militar [DGCIM; denominación vigente desde 2011].  La DGCIM procede de estructuras anteriores de inteligencia militar, entre ellas la Dirección de Inteligencia Militar [DIM].  Sus competencias de contrainteligencia se refieren a las amenazas contra la seguridad militar. [25]

En marzo de 2026, Germán Gómez Lárez fue nombrado al frente de la DGCIM tras el paso de González López al Ministerio de Defensa. [95]

La misión de determinación de los hechos describió detenciones arbitrarias, torturas, violencia sexual y otros abusos graves vinculados con instalaciones y miembros de la DGCIM, incluidas operaciones contra militares y civiles considerados opositores. [25]

A-4.2).  Organismos de seguridad del Estado

La Guardia Nacional es un componente militar; el CICPC, un órgano de investigación policial; la Policía Nacional, una institución policial civil; y las FAES fueron una unidad especializada de la Policía Nacional.  Las policías estadales y municipales integran también el sistema policial. [9] [26]

4.  Guardia Nacional y Guardia Nacional Bolivariana [1937–2026].  Creada durante la presidencia de Eleazar López Contreras, la Guardia Nacional combina su carácter militar con funciones de orden interno, control fronterizo y apoyo al cumplimiento de la ley.  El artículo 329 de la Constitución de 1999 le atribuye la responsabilidad básica de las operaciones necesarias para mantener el orden interno. [27] [2]

El informe de 2018 del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos documentó el uso excesivo de la fuerza, detenciones arbitrarias y malos tratos en los que intervinieron la Guardia Nacional y otros cuerpos de seguridad durante las manifestaciones. [28]

5.  Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas [CICPC, 2001–2026].  El CICPC sucedió al Cuerpo Técnico de Policía Judicial, conocido habitualmente como Policía Técnica Judicial [PTJ], cuyos orígenes se remontan a 1958.  Sus competencias incluyen la investigación penal, los exámenes forenses y la obtención técnica de pruebas.  En los procesos penales, la investigación se realiza bajo la dirección del Ministerio Público y con sujeción a las garantías procesales. [29] [2]

6.  Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana [PNB; en funcionamiento desde 2009].  La Policía Nacional surgió de las reformas policiales y de la legislación orgánica aprobadas durante el gobierno de Chávez.  Ejerce funciones policiales de alcance nacional, entre ellas la prevención del delito, el mantenimiento del orden público y las atribuciones que se le encomiendan en determinados ámbitos y servicios.  Forma parte de la estructura de seguridad interior del Ejecutivo. [26]

La ley del servicio de policía establece la política nacional y las funciones de coordinación y supervisión de un sistema que comprende policías nacionales, estadales y municipales, cada una con competencias propias. [26]

7.  Fuerzas de Acciones Especiales [FAES; creación fechada en 2016 o 2017 según la fuente].  Las FAES fueron una unidad especializada de la PNB vinculada a operaciones contra la delincuencia.  La información publicada por Human Rights Watch en septiembre de 2019 sitúa su creación en 2017.  Un reportaje de TalCual de junio de 2019, reproducido por PROVEA, la fecha en abril de 2016. [30] [31]

Human Rights Watch y la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos documentaron muertes durante presuntos enfrentamientos, detenciones arbitrarias y otros abusos en los que intervinieron las FAES, especialmente en comunidades de bajos ingresos.  El informe de la Alta Comisionada de 2019 pidió su disolución y la investigación de sus integrantes. [30] [17]

El Informe Mundial 2024 de Human Rights Watch señala que las FAES fueron disueltas en 2022 y sustituidas por la Dirección de Acciones Estratégicas y Tácticas [DAET].  Con referencia a la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, el informe recoge la similitud de funciones y métodos y la designación, para puestos clave de la DAET, de antiguos miembros de las FAES implicados en abusos. [19]

A-4.3).  Detenciones posteriores a las elecciones, amnistía y procesos judiciales [2024–2026]

El informe de septiembre de 2024 de la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas recogió veinticinco muertes en la represión posterior a las elecciones presidenciales, así como detenciones arbitrarias y violaciones de derechos de manifestantes y personas consideradas opositoras. [92]

En marzo de 2025, la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas informó de que persistían formas graves de represión y crímenes de lesa humanidad.  En su evaluación de septiembre destacó la ausencia de una rendición de cuentas efectiva en el ámbito nacional y la necesidad de una actuación internacional en favor de las víctimas. [99] [100]

La Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática entró en vigor el 19 de febrero de 2026.  Comprende delitos vinculados con determinados hechos dentro de un período que comienza el 1 de enero de 1999, con sujeción a los requisitos y las exclusiones que establece.  Su aplicación exige seguir los procedimientos previstos en la ley. [101]

En septiembre de 2026, la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas informó de que el aparato represivo del Estado permanecía intacto pese a los limitados cambios políticos. [102]  La información de Reuters sobre esas conclusiones recogió una disminución de las detenciones por motivos políticos, junto con la persistencia de abusos, incluidas torturas, y la permanencia de cientos de personas detenidas.  La misión calificó los cambios de limitados y reversibles. [103]

La Resolución n.º 2026-0010 del Tribunal Supremo, de 13 de octubre de 2026, reorganizó la tramitación de las causas por terrorismo:  suprimió la competencia de alcance nacional de los juzgados especiales especificados en ella y redistribuyó las causas dentro de la jurisdicción penal, con excepciones transitorias.  La resolución regula la competencia y el reparto de las causas; las disposiciones penales sustantivas constituyen una materia distinta. [104]

El 8 de octubre de 2026, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos anunció un nuevo escrito de acusación, que reemplazaba al anterior, contra Maduro y Flores por conspiración para cometer torturas, además de delitos relacionados con narcóticos y armas.  La acusación sostenía que se habían utilizado instituciones del Estado para maltratar a detenidos. [105]  Ambos acusados se declararon no culpables el 15 de octubre.  El juicio quedó señalado para el 14 de junio de 2027; las acusaciones seguían pendientes de resolución judicial en la fecha de cierre de este borrador. [106]


B).  Evolución de los partidos y movimientos políticos [1830–2026]

Este apartado recoge una selección de facciones del siglo XIX, partidos modernos, movimientos revolucionarios, organizaciones electorales y coaliciones.  Las fechas indican los orígenes documentados o los períodos de actividad; cuando el movimiento precedió a su inscripción como partido, se hace constar esa circunstancia.

Cuando una intervención judicial ha alterado el control de las denominaciones registradas y los símbolos electorales de un partido, las entradas distinguen dicho control de la dirigencia y la militancia históricas de la organización.

B-1).  Primeras tradiciones políticas y movimientos personalistas [1830–1935]

1.  Conservadores [principalmente entre las décadas de 1830 y 1850].  La corriente conservadora se formó en torno al orden político vinculado con José Antonio Páez y sus apoyos entre comerciantes, propietarios de tierras y funcionarios de la administración.  Favorecía la estabilidad política y la autoridad establecida.  Se trataba de una agrupación histórica de afinidades e intereses, no de un partido moderno con inscripción continuada. [32]

2.  Partido Liberal y Gran Partido Liberal [desde 1840].  Vinculada inicialmente con Antonio Leocadio Guzmán, Tomás Lander y el periódico El Venezolano, la organización liberal se opuso a los grupos que ejercían el poder.  El federalismo y la ampliación de la participación política adquirieron importancia en la evolución de sus propuestas. [32]

3.  Guzmancismo y Liberalismo Amarillo [principalmente desde 1870].  El guzmancismo designa a los seguidores políticos de Antonio Guzmán Blanco dentro del liberalismo venezolano del siglo XIX. [32]

4.  Crespismo [especialmente en la década de 1890].  Los partidarios de Joaquín Crespo actuaban dentro de la tradición liberal mediante vínculos de lealtad personal y patronazgo político. [32]

5.  Gomecismo [1908–1935].  Juan Vicente Gómez mantuvo el poder mediante la autoridad militar, las relaciones regionales, el control administrativo y la represión.  El término gomecismo designa al régimen y sus redes de lealtad, más que a un partido que compitiera en elecciones.  La actividad opositora comprendió organizaciones en el exilio, movilizaciones estudiantiles y agrupaciones políticas clandestinas. [33]

Tras la muerte de Gómez, el gobierno de Eleazar López Contreras afrontó la oposición de nuevas organizaciones políticas, agrupaciones estudiantiles y activistas sindicales.  Durante este período se constituyeron ORVE y el PDN. [34] [35]

B-2).  Formación de los partidos modernos y transiciones democráticas [1926–1958]

6.  Partido Revolucionario Venezolano [PRV; fundado en el exilio en 1926].  Esta organización reunió a opositores de la dictadura de Gómez en un ámbito de incipiente organización revolucionaria y socialista. [36]

7.  Partido Comunista de Venezuela [PCV; fundado en 1931].  El PCV se desarrolló como una organización marxista-leninista vinculada con la movilización obrera y la transformación socialista.  Su trayectoria comprendió la clandestinidad, la legalización, la represión y el recurso tanto a estrategias electorales como revolucionarias.  Quedó excluido del Pacto de Puntofijo de 1958. [37] [38]

La dirigencia histórica del PCV apoyó a Chávez y, posteriormente, adoptó una posición crítica frente a Maduro; en 2020 participó en la formación de la APR.  En 2023, el Tribunal Supremo designó otra directiva. [39] [19]

8.  Organización Venezolana [ORVE, 1936].  ORVE actuó durante la apertura política posterior a Gómez.  Entre sus integrantes figuraban personas que más tarde participaron en el PDN y en Acción Democrática. [34]

9.  Partido Republicano Progresista [PRP, 1936].  El PRP surgió durante la apertura posterior a la dictadura y ofreció un cauce legal de actuación política a militantes marxistas y comunistas.  Sus antecedentes inmediatos se encontraban en la organización de la izquierda y en la oposición a la dictadura. [40]

10.  Partido Democrático Nacional [PDN, 1936–1941].  El PDN surgió de los esfuerzos por coordinar la oposición democrática y prosiguió su actividad clandestinamente tras negársele el reconocimiento oficial.  Fue un antecedente organizativo directo de Acción Democrática.  Su labor contribuyó a la formación de una estructura partidista nacional a finales de la década de 1930. [35] [41]

11.  Acción Democrática [AD; fundada en 1941].  AD se constituyó como un partido de masas de orientación socialdemócrata, con bases obreras y campesinas y un programa de inclusión política y desarrollo nacional.  Participó junto con oficiales militares en el derrocamiento de Medina Angarita en octubre de 1945.  Después de 1958 participó en el gobierno nacional. [41] [42]

En junio de 2020, el Tribunal Supremo suspendió a la dirigencia de AD y nombró una junta directiva ad hoc.  La Comisión Interamericana de Derechos Humanos recogió esta intervención en su informe anual. [43]

12.  Partido Democrático Venezolano [PDV, 1943–1945].  El PDV se organizó para respaldar al presidente Isaías Medina Angarita.  Perteneció a un período de liberalización política en el que se ampliaron la actividad partidista y el debate público, mientras la elección presidencial seguía siendo indirecta y el sufragio, restringido.  Su actividad concluyó tras el derrocamiento cívico-militar de octubre de 1945. [44]

13.  Unión Republicana Democrática [URD; fundada en 1945].  URD se desarrolló como una organización nacionalista y democrática estrechamente vinculada con Jóvito Villalba.  Se opuso al gobierno militar y fue uno de los tres partidos signatarios del Pacto de Puntofijo. [42] [38]

14.  Comité de Organización Política Electoral Independiente [COPEI; fundado en 1946].  Conocido habitualmente como Partido Socialcristiano, COPEI se desarrolló bajo la dirección de Rafael Caldera y otros dirigentes demócrata-cristianos.  Combinó la orientación socialcristiana con la organización electoral y la participación en las instituciones representativas.  Participó en el gobierno nacional después de 1958.  El informe de la misión de observación electoral de la Unión Europea de 2021 recoge la intervención judicial que afectó a su dirigencia. [45] [6]

La sucesión de los procesos democráticos.  Al derrocamiento cívico-militar de Medina Angarita, el 18 de octubre de 1945, siguió una ampliación de la participación electoral.  Rómulo Betancourt presidió la junta revolucionaria provisional.  Rómulo Gallegos ganó las elecciones de diciembre de 1947, fue el primer presidente de Venezuela elegido por sufragio universal, directo y secreto y asumió el cargo en febrero de 1948.  Un golpe militar lo depuso en noviembre de 1948.  El período de gobierno militar que siguió concluyó en enero de 1958. [42] [46]

Mediante el Pacto de Puntofijo de octubre de 1958, AD, COPEI y URD se comprometieron a defender el orden electoral y constitucional y a cooperar en torno a un programa mínimo común.  Betancourt ganó las elecciones presidenciales de diciembre de 1958. [38] [34]

B-3).  Formación y reorganización de partidos [1960–1998]

15.  Movimiento de Izquierda Revolucionaria [MIR; fundado en 1960].  El MIR surgió de una escisión de AD y se vinculó con la izquierda revolucionaria y la insurgencia armada.  Las posteriores discrepancias estratégicas produjeron nuevas divisiones, mientras que sectores importantes regresaron más tarde a la actividad política legal. [47]

16.  Cruzada Cívica Nacionalista [CCN; organizada en la década de 1960].  Esta organización representaba una corriente política vinculada con el exdictador Marcos Pérez Jiménez y su Nuevo Ideal Nacional. [48]

17.  Movimiento Electoral del Pueblo[MEP; fundado en 1967].  El MEP surgió de una escisión de AD encabezada por Luis Beltrán Prieto Figueroa y otros dirigentes.  Adoptó una orientación nacionalista de izquierda y participó posteriormente en diversas alianzas electorales, entre ellas la coalición de gobierno bolivariana. [49]

18.  Bandera Roja [BR; fundada en 1970].  Bandera Roja tuvo su origen en una escisión de la izquierda revolucionaria y, en sus comienzos, recurrió a la lucha armada.  Posteriormente desarrolló una actividad política legal y pasó a oponerse a los gobiernos de Chávez y Maduro. [50]

19.  Movimiento al Socialismo [MAS; fundado en 1971].  El MAS surgió de una escisión del PCV.  Participó en elecciones y coaliciones políticas y, posteriormente, sufrió divisiones en torno al apoyo a Chávez. [51] [52]

20.  La Causa R [LCR; fundada en 1971].  Vinculada con Alfredo Maneiro, La Causa R se desarrolló mediante la organización obrera y comunitaria, especialmente en la Guayana industrial.  Concurrió a las elecciones de comienzos de la década de 1990.  De una escisión de La Causa R surgió PPT en 1997. [53]

21.  Liga Socialista [LS, 1973–2007].  La Liga Socialista pertenecía a la izquierda revolucionaria y participó en tareas de organización política y sindical.  Posteriormente apoyó a Chávez y se incorporó al proceso de integración en el PSUV en 2007. [54]

22.  Organización Renovadora Auténtica[ORA; fundada en 1987].  ORA surgió con una identidad cristiana evangélica y participó en la actividad electoral. [55] [56]

23.  Convergencia [fundada en 1993].  Convergencia se organizó en torno a la candidatura presidencial de Rafael Caldera tras su separación de COPEI.  Formó parte de la coalición más amplia que respaldó su victoria de 1993, conocida habitualmente como el chiripero. [57] [58]

24.  Patria Para Todos [PPT; fundado en 1997].  PPT surgió de una escisión de La Causa R y participó posteriormente en la coalición bolivariana.  Una intervención judicial en 2020 desplazó a su dirigencia y alteró el control de la denominación y los símbolos electorales del partido.  Su tarjeta electoral continuó utilizándose en 2024. [53] [59] [56]

25.  Movimiento V República [MVR, 1997–2007].  El MVR respaldó la candidatura presidencial con la que Hugo Chávez ganó las elecciones de 1998.  Surgió de la trayectoria política vinculada con el anterior Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 [MBR-200].  El MVR se integró en el PSUV en 2007. [60] [61]

26.  Proyecto Venezuela [fundado en 1998].  Proyecto Venezuela se formó en torno al proyecto político nacional de Henrique Salas Römer, a partir de su anterior base regional en Carabobo.  Respaldó su candidatura presidencial frente a Chávez en 1998 y participó posteriormente en la oposición.  Su fundación como organización nacional se distingue de la anterior organización regional Proyecto Carabobo. [62]

B-4).  Partidos y movimientos políticos del período bolivariano [1999–2026]

27.  Un Nuevo Tiempo [UNT; orígenes regionales en 1999 y organización nacional desde 2006].  UNT se desarrolló a partir de una base política zuliana vinculada con Manuel Rosales.  Su expansión nacional acompañó la candidatura presidencial de este en 2006.  Posteriormente participó en alianzas de oposición. [63]

28.  Primero Justicia [PJ; origen como asociación civil en 1992 y organización como partido desde 2000].  Primero Justicia comenzó como una asociación civil dedicada a la reforma jurídica e institucional y se convirtió después en un partido de oposición. [64]

En junio de 2020, el Tribunal Supremo designó una directiva ad hoc presidida por José Brito; posteriormente suspendió la medida.  El 22 de abril de 2024, mediante la sentencia n.º 207 de la Sala Constitucional, una junta ad hocencabezada por Brito volvió a recibir el control de la tarjeta y los símbolos electorales del partido.  La dirigencia histórica rechazó la intervención.  La tarjeta de PJ figuró en la boleta presidencial de 2024 en apoyo de Brito, mientras que la dirigencia histórica respaldó a Edmundo González Urrutia. [65] [66]

29.  Alianza Bravo Pueblo [ABP; fundada en 2000].  Vinculada con Antonio Ledezma y con una escisión de AD, ABP pasó a formar parte de la oposición al gobierno bolivariano. [67]

30.  Por la Democracia Social [PODEMOS; fundado en 2002].  PODEMOS surgió de una escisión del MAS.  Al principio apoyó a Chávez, pasó después a la oposición y, posteriormente, fue objeto de una intervención judicial que transfirió el control del partido a otra directiva. [68]

31.  Movimiento Revolucionario Tupamaro [el movimiento precedió a su inscripción como partido en 2004].  La organización Tupamaro se desarrolló a partir del activismo revolucionario urbano y participó más tarde en las elecciones como partidaria del proceso bolivariano.  Las discrepancias con el gobierno y la intervención judicial de 2020 dieron lugar a reclamaciones contrapuestas sobre la dirección y la identidad del partido. [69][70]

32.  Unidad Popular Venezolana [UPV; fundada en 2004].  Vinculada con Lina Ron, UPV se constituyó como una organización de apoyo militante a Chávez y conservó una presencia electoral propia en posteriores alianzas de gobierno.  Su tarjeta figuró en la boleta presidencial de 2024 dentro de la alianza que respaldaba a Maduro. [71] [56]

33.  Partido Socialista Unido de Venezuela [PSUV; formación iniciada en 2007].  Chávez promovió el PSUV como organización unitaria de las fuerzas que respaldaban su proyecto político.  En su constitución se integraron el MVR y otras organizaciones o sectores, mientras que algunos aliados conservaron su identidad propia.  El partido celebró su congreso fundacional en 2008. [61] [72]

El PSUV encabezó la alianza electoral de gobierno que apoyó a Maduro en 2024 y ocupó la primera posición en la boleta presidencial. [66]

34.  Voluntad Popular [VP; constituida como movimiento en 2009 y reconocida como partido en 2011].  Vinculada con Leopoldo López y otros promotores, Voluntad Popular se desarrolló en torno a la participación democrática, el cambio político y la oposición al gobierno.  Sus dirigentes y militantes afrontaron procesos penales, detenciones y exilio.  Una intervención judicial dio lugar, asimismo, a una disputa por el reconocimiento oficial de la dirección del partido. [73] [6]

35.  Movimiento Progresista de Venezuela, posteriormente Movimiento por Venezuela [MPV; fundado en 2012].  El MPV surgió de divisiones de la izquierda y participó en la coordinación de la oposición. [74]

36.  Avanzada Progresista [AP; fundada en 2012].  Vinculada con Henri Falcón y otros dirigentes, AP se desarrolló como una organización de centroizquierda favorable a la participación electoral y a la negociación política.  Sus estrategias difirieron en ocasiones de las de la principal coalición opositora, en particular respecto a la participación en elecciones cuyas condiciones eran objeto de controversia. [75]

37.  Vente Venezuela [fundada en 2012].  Vinculada con María Corina Machado, Vente se desarrolló como un movimiento político liberal que defendía las libertades individuales, la iniciativa privada y el cambio democrático.  Machado ganó las primarias de la oposición de 2023 y quedó excluida de la boleta presidencial de 2024. [76] [13]

Machado recibió el Premio Nobel de la Paz de 2025 por su labor en defensa de los derechos democráticos y de una transición democrática pacífica en Venezuela. [107]

38.  Movimiento Somos Venezuela[constituido como movimiento social en 2017 y transformado en partido en 2018].  Promovido por Maduro, Somos Venezuela se desarrolló en relación con la movilización en torno a los programas sociales y el sistema del Carnet de la Patria.  En 2018 obtuvo reconocimiento electoral mediante la transformación de Nuevo Camino Revolucionario [NCR]. [77]

39.  Cambiemos Movimiento Ciudadano[fundado en 2018].  Vinculado con Timoteo Zambrano, Cambiemos promovió la participación electoral y el diálogo.  Se integró en el sector de la oposición que emprendió negociaciones y estrategias electorales fuera de la principal coalición unitaria. [78]

40.  Encuentro Ciudadano [fundado en 2018].  Vinculado con Delsa Solórzano, Encuentro Ciudadano se desarrolló como una organización opositora centrada en la participación democrática y los derechos humanos.  Participó en la coordinación de la oposición y en el proceso de primarias de 2023. [79]

41.  Primero Venezuela [constituido en 2020].  Primero Venezuela fue creado por disidentes de Primero Justicia, entre ellos José Brito, y participó en las elecciones parlamentarias de 2020. [80]  La información publicada por Acceso a la Justicia el 14 de mayo de 2024 recoge la candidatura presidencial de Brito por la tarjeta de Primero Venezuela y la incorporación de la tarjeta de PJ a su candidatura tras la intervención judicial. [65]

42.  Fuerza Vecinal [fundada en 2021].  Fuerza Vecinal se constituyó en torno a dirigentes municipales, con atención a la administración local y a la participación electoral. [81]

B-5).  Coaliciones electorales y plataformas de coordinación

43.  Mesa de la Unidad Democrática[MUD; formada entre 2008 y 2009].  La MUD reunió a partidos de distintas ideologías para coordinar la oposición, presentar candidaturas comunes y concurrir a las elecciones.  Contribuyó a organizar campañas electorales de alcance nacional, incluida la que condujo a la victoria parlamentaria de la oposición en 2015. [82] [6]

44.  Gran Polo Patriótico Simón Bolívar[GPPSB; constituido en 2011].  Esta alianza reunió al PSUV, a partidos aliados y a organizaciones sociales que respaldaban al gobierno bolivariano. [83] [72]

45.  Alternativa Popular Revolucionaria[APR; formada en 2020].  La APR reunió a organizaciones y sectores comunistas y de otras corrientes de la izquierda revolucionaria que mantenían una posición crítica frente al gobierno de Maduro.  En 2020, el Tribunal Supremo nombró nuevas directivas para PPT y Tupamaro, cuyos dirigentes desplazados participaron en la coalición. [39] [59] [70]

46.  Plataforma Unitaria Democrática[PUD; constituida públicamente en 2021, tras anteriores iniciativas de unidad].  La plataforma se desarrolló como instancia de coordinación de partidos opositores y sectores aliados.  Participó en negociaciones, promovió las primarias opositoras de 2023 y respaldó a Edmundo González Urrutia en las elecciones presidenciales de 2024, tras la exclusión de Machado. [84] [13]

B-6).  Tarjetas electorales, continuidad de las organizaciones e intervención judicial

Además de las organizaciones descritas, otras figuraron en la boleta de 2024.  La reproducción publicada por El Diario identifica a Partido Verde, Futuro Venezuela, Enamórate, Partido Arepa, CONDE, Unidad Visión Venezuela y Derecha Democrática. [66]

La misión de observación electoral de la Unión Europea de 2021 informó de intervenciones judiciales que afectaban a las directivas de los partidos y al control de sus nombres, símbolos y postulaciones electorales.  Human Rights Watch recogió posteriormente la intervención del PCV en 2023; Acceso a la Justicia documentó la nueva intervención de Primero Justicia en 2024. [6] [19] [65]

B-7).  Participación electoral y negociaciones políticas [2025–2026]

Las organizaciones opositoras siguieron estrategias distintas en las elecciones legislativas de 2025.  La PUD llamó a la abstención, mientras que Henrique Capriles y otros dirigentes opositores participaron.  La Unión Interparlamentaria recoge once escaños para la alianza UNT–Unión entre los resultados anunciados. [88]

El 6 de agosto de 2026, Reuters informó del inicio de negociaciones, respaldadas por los Estados Unidos, entre representantes del gobierno de la presidenta encargada y una delegación opositora.  Jorge Rodríguez y Dinorah Figuera encabezaban las respectivas delegaciones.  Machado no participaba en ese proceso de negociación. [108]

En octubre, Machado pidió la celebración de elecciones a más tardar en julio de 2027.  El plazo propuesto no constituía un calendario electoral oficial. [109]  El anuncio presidencial de septiembre citado en A-2.7 no precisaba una fecha. [93]


Fuentes y notas documentales

Las notas identifican textos constitucionales y legislativos, informes de instituciones independientes, estudios históricos, información periodística contemporánea y testimonios de las propias organizaciones.  Las publicaciones de los partidos se emplean para sus orígenes y fines declarados; las valoraciones sobre la actuación de las instituciones se atribuyen a los informes o estudios correspondientes.  La fecha de cierre documental de este borrador es el 21 de octubre de 2026.

[1] Constitución de la República de Venezuela de 1961, especialmente las disposiciones relativas a los poderes nacionales, la Presidencia, el Congreso, el Poder Judicial y las Fuerzas Armadas.  Edición documental del CIDEP.
https://cidep.online/files/constituciones/1961.pdf
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[2] Constitución de la República Bolivariana de Venezuela de 1999, especialmente los artículos 136, 186–187, 192, 225–236, 247–249, 253–279, 280–296, 318, 328–330 y 347–349.  Texto disponible en el sitio de la Organización de los Estados Americanos.
https://www.oas.org/dil/esp/constitucion_venezuela.pdf
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[3] Constitución de Venezuela con la enmienda de 2009 incorporada.  Compárese el artículo 230 con el texto original; véase también el artículo 279.  Constitute Project.
https://constituteproject.org/constitution/Venezuela_2009?lang=es
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[4] Comisión Interamericana de Derechos Humanos, informe sobre la institucionalidad democrática, el Estado de derecho y los derechos humanos en Venezuela, aprobado en 2017; edición inglesa publicada en 2018.
https://www.oea.org/en/iachr/reports/pdfs/venezuela2018-en.pdf
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[5] Comisión Internacional de Juristas, Jueces en la cuerda floja (2021):  nombramientos judiciales, permanencia en el cargo e influencia política.
https://www.icj.org/wp-content/uploads/2021/06/Venezuela-Judges-on-the-tightrope-Publications-Reports-Thematic-reports-2021-SPA.pdf
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[6] Misión de Observación Electoral de la Unión Europea, Venezuela 2021:  informe final.  Examina el ordenamiento jurídico, la administración electoral, la participación política y las intervenciones de partidos.
https://www.eeas.europa.eu/sites/default/files/eu_eom_ven_2021_fr_en.pdf
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[7] Comisión de Venecia, dictamen CDL-AD(2017)024 sobre las cuestiones jurídicas suscitadas por el proceso constituyente venezolano de 2017, especialmente el párrafo 27.  Ficha oficial del dictamen y reproducción en el repertorio de derecho electoral.
https://www.coe.int/en/web/venice-commission/-/cdl-ad-2017-024-e
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[8] Reuters, información sobre la sesión de clausura de la Asamblea Constituyente venezolana, 18 de diciembre de 2020, reproducida por Infobae.  Véase también la evaluación de la CIDH de 2020 sobre la falta de elaboración de una nueva constitución.
https://www.infobae.com/america/agencias/2020/12/18/oficialistas-de-venezuela-cierran-criticada-asamblea-constituyente-2/
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[9] Asamblea Nacional Constituyente, Ley Constitucional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, Gaceta Oficial n.º 6.508 Extraordinario, de 30 de enero de 2020.  El preámbulo invoca los artículos 347–349; los artículos 22 y 59 califican a la Milicia Bolivariana como componente especial.  Reproducción de la Gaceta disponible en el sitio de Control Ciudadano.
https://www.controlciudadano.org/web/wp-content/uploads/LOFANB-2020-GO-6.508-ExT-30.01.2020.pdf
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[10] Ley Orgánica de la Corte Suprema de Justicia de 1976, artículo 24:  tres salas de cinco magistrados cada una.  Texto legislativo reproducido por Justia.
https://venezuela.justia.com/estatales/miranda/leyes/ley-organica-de-la-corte-suprema-de-justicia-1976/gdoc/
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[11] Carlos Lusverti, análisis de la reforma del Tribunal Supremo venezolano de 2022, Justicia en las Américas, 15 de marzo de 2022.  Sobre la ampliación anterior, véase el informe de la Comisión Internacional de Juristas citado previamente.
https://dplfblog.com/2022/03/15/nueva-ley-y-nuevos-jueces-pero-el-mismo-control-politico-de-siempre-sobre-el-tribunal-supremo-de-venezuela/
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[12] Organización de los Estados Americanos, informe de observación electoral sobre las elecciones venezolanas de 1998, publicado en 1999.  Documenta la autoridad electoral y el ordenamiento jurídico anterior a 1999.
https://www.oas.org/sap/publications/1999/moe/venezuela/pbl_22_1999_spa.pdf
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[13] Centro Carter, informe final sobre las elecciones presidenciales venezolanas de 2024, publicado en febrero de 2025.  Se emplea retrospectivamente para los acontecimientos y las pruebas relativos a las elecciones de 2024.
https://www.cartercenter.org/wp-content/uploads/2025/02/venezuela-final-report-2025.pdf
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[14] Centro Carter, declaración sobre las elecciones presidenciales venezolanas, 30 de julio de 2024.  Documento distinto del informe final publicado posteriormente.
https://www.cartercenter.org/news/venezuela-073024/
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[15] Decreto n.º 2.378 sobre Organización General de la Administración Pública Nacional, Gaceta Oficial n.º 6.238 Extraordinario, de 13 de julio de 2016.  Texto legislativo histórico reproducido por Pandectas Digital; el cuerpo del apéndice recoge la existencia de reorganizaciones posteriores.
https://pandectasdigital.blogspot.com/2016/07/decreto-sobre-organizacion-general-de.html
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[16] Ministerio de Educación, anuncio de coordinación entre los ministerios de Educación y de Educación Universitaria, 16 de enero de 2024.  Acredita su existencia institucional separada durante el período examinado.
https://www.mppe.gob.ve/noticias/2024/01/16/articulaci%C3%B3n-acad%C3%A9mica-por-la-juventud-venezolana-mppe-y-el-mppeu-firman-resoluci%C3%B3n/
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[17] Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, informe A/HRC/41/18 (2019), sobre derechos económicos y sociales, operaciones de seguridad y rendición de cuentas.  Copia disponible en el sitio del Congreso de los Estados Unidos.
https://humanrightscommission.house.gov/sites/evo-subsites/humanrightscommission.house.gov/files/documents/20190705_UNHRC_HRinVZ_A.HRC_.41.18_0.pdf
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[18] Comisión Económica para América Latina y el Caribe, plataforma del Consenso de Montevideo:  ficha sobre el Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género de Venezuela y su creación en 2009.
https://consensomontevideo.cepal.org/es/node/1244
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[19] Human Rights Watch, Informe Mundial 2024, capítulo sobre Venezuela.  Documenta acontecimientos de 2023, entre ellos la intervención del PCV y la reorganización de las FAES.
https://www.hrw.org/es/world-report/2024/country-chapters/venezuela
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[20] Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas Nacionales de 1995, especialmente los artículos 4–7.  Texto legislativo histórico reproducido por Venciclopedia.
https://www.venciclopedia.org/index.php/Ley_Org%C3%A1nica_de_las_Fuerzas_Armadas_1995
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[21] Decreto n.º 6.239, Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, Gaceta Oficial n.º 5.891 Extraordinario, de 31 de julio de 2008.  Gaceta digitalizada por la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos.
https://tile.loc.gov/storage-services/service/ll/llflg/75/64/35/27/_v/e2/00/80/73/1c/75643527_ve20080731c/75643527_ve20080731c.pdf
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[22] Francine Jácome, « Militarismo y militarización.  El caso venezolano », en Marcos Robledo Hoecker y Francisco J. Verdes-Montenegro (eds.), Militarización, militarismo y democracia:  ¿nuevas tendencias en América Latina? (Fundación Carolina, 2023), pp. 153–169.
https://www.fundacioncarolina.es/wp-content/uploads/2023/06/Militarizacion.pdf
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[23]Oficina de las Naciones Unidas en Ginebra, debate del Consejo de Derechos Humanos sobre las conclusiones de la misión de determinación de los hechos sobre Venezuela, 26 de septiembre de 2022.
https://www.ungeneva.org/en/news-media/meeting-summary/2022/09/morning-human-rights-council-holds-interactive-dialogue-fact
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[24] Decreto n.º 7.453, Gaceta Oficial n.º 39.436, de 1 de junio de 2010:  cambio de denominación de la DISIP a SEBIN.  Registro jurídico de Iusdata.
https://iusdata.com/denominacion-cambio-disip-por-sebin/
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[25] Misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, conclusiones detalladas sobre los crímenes cometidos a través de los servicios de inteligencia del Estado, A/HRC/51/CRP.3, septiembre de 2022.  Colección oficial de informes.
https://www.ohchr.org/en/hr-bodies/hrc/ffmv/report-ffmv-september2022
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[26] Ley Orgánica del Servicio de Policía y del Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana, Gaceta Oficial n.º 5.940 Extraordinario, de 7 de diciembre de 2009.  Texto legislativo reproducido por Tu Gaceta Oficial.
https://tugacetaoficial.com/leyes/ley-organica-del-servicio-de-policia-y-del-cuerpo-de-policia-nacional-gaceta-5940-2009/
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[27] Héctor Bencomo Barrios, « Fuerzas Armadas », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.  Evolución histórica de los componentes militares y de la Guardia Nacional.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/f/fuerzas-armadas/
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[28] Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, informe sobre Venezuela de 2018, relativo a las violaciones de derechos, la rendición de cuentas y el trato dispensado a los manifestantes.
https://www.ohchr.org/sites/default/files/Documents/Countries/VE/VenezuelaReport2018_EN.pdf
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[29] Keymer Ávila y colaboradores, Visión panorámica del sistema policial en Venezuela (2000–2018), Acceso a la Justicia.  Véanse los apartados sobre el CICPC, la Policía Nacional y sus antecedentes institucionales.
https://www.accesoalajusticia.org/wp-content/uploads/2020/05/Informe-sobre-desempe%C3%B1o-sistema-policial-venezolano-2000-2018.pdf
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[30] Human Rights Watch, investigación sobre ejecuciones extrajudiciales en zonas de bajos ingresos de Venezuela, 18 de septiembre de 2019.
https://www.hrw.org/news/2019/09/18/venezuela-extrajudicial-killings-poor-areas
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[31] TalCual, « Tres estados acumularon 50% de las 143 muertes a manos de las FAES durante mayo », reproducido por PROVEA el 12 de junio de 2019.  Sitúa la creación en abril de 2016; la información de Human Rights Watch citada por separado la fecha en 2017.
https://provea.org/actualidad/tres-estados-acumularon-50-de-las-143-muertes-a-manos-de-las-faes-durante-mayo/
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[32] « Partidos políticos », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.  Fuente para las tradiciones partidistas y las agrupaciones personalistas del siglo XIX.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/p/partidos-politicos/
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[33] « Gómez, Juan Vicente, gobierno de », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/g/gomez-juan-vicente-gobierno-de/
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[34] « Betancourt, Rómulo », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.  Incluye las organizaciones posteriores a Gómez y las transiciones democráticas.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/b/betancourt-romulo/
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[35] Fundación Empresas Polar, cronología histórica:  organización del Partido Democrático Nacional en 1936.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/_custom/static/cronologia_hv/zoom/s20/1936-32.html
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[36] Fundación Empresas Polar, cronología histórica:  formación del Partido Revolucionario Venezolano en el exilio, 1926.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/_custom/static/cronologia_hv/zoom/s20/1926-7.html
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[37] Wikipedia, entrada histórica sobre el Partido Comunista de Venezuela.  Fuente para la fecha de fundación y la orientación de la organización; las disputas contemporáneas por su dirección se examinan por separado mediante fuentes independientes.
https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Comunista_de_Venezuela
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[38] Archivo documental de Rafael Caldera, relación y documentos sobre el Pacto de Puntofijo y sus signatarios.
https://rafaelcaldera.com/puntofijo/
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[39] Comunicado fundacional de la Alternativa Popular Revolucionaria, reproducido en agosto de 2020.  Fuente primaria sobre la formación de la coalición y sus fines declarados.
https://www.idcommunism.com/2020/08/alternativa-popular-revolucionaria-venezuela-new-antiimperialist-and-socialist-alliance.html
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[40] Wikipedia, entrada histórica sobre el Partido Republicano Progresista de Venezuela, incluida su constitución en 1936 y sus vínculos con el comunismo.
https://es.wikipedia.org/wiki/Partido_Republicano_Progresista_(Venezuela)
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[41] Acción Democrática, historia de la organización.  Se emplea para el antecedente del PDN y la fundación de AD en 1941; las valoraciones institucionales se sustentan en informes independientes.
https://acciondemocratica.org.ve/adport/componentes/Historia2/
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[42] « Junta Revolucionaria de Gobierno », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/j/junta-revolucionaria-de-gobierno/
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[43] Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Informe anual 2020, capítulo IV.B, Venezuela.  Incluye el contexto político e institucional y las intervenciones que afectaron a las directivas de los partidos.
https://www.oas.org/en/iachr/docs/annual/2020/Chapters/IA2020cap.4b.VE-en.pdf
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[44] « Medina Angarita, Isaías, gobierno de », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/m/medina-angarita-isaias-gobierno-de/
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[45] Fundación Empresas Polar, cronología histórica:  fundación y orientación socialcristiana de COPEI en 1946.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/_custom/static/cronologia_hv/zoom/s20/1946-2.html
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[46] « Gallegos, Rómulo, gobierno de », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/g/gallegos-romulo-gobierno-de/
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[47] « Guerrillas », Diccionario de Historia de Venezuela, Fundación Empresas Polar.  Examina la izquierda revolucionaria y el desarrollo de la insurgencia armada.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/g/guerrillas/
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[48] Wikipedia, entrada histórica sobre la Cruzada Cívica Nacionalista y su vinculación con Pérez Jiménez.
https://es.wikipedia.org/wiki/Cruzada_C%C3%ADvica_Nacionalista
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[49] Fundación Empresas Polar, cronología histórica:  fundación del Movimiento Electoral del Pueblo en 1967.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/_custom/static/cronologia_hv/zoom/s20-2/1967-46.html
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[50] Wikipedia, entrada histórica sobre Bandera Roja:  orígenes en 1970, procedencia de la izquierda revolucionaria y posterior actividad electoral.
https://es.wikipedia.org/wiki/Bandera_Roja_(Venezuela)
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[51]Movimiento al Socialismo, documento programático publicado por Nueva Sociedad(1980).  Fuente primaria sobre su orientación socialista democrática.
https://pre.nuso.org/articulo/movimiento-al-socialismo-venezuela/
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[52] Estudio académico sobre el Movimiento al Socialismo, publicado en 1981 e incluido en JSTOR.
https://www.jstor.org/stable/3539979
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[53] « Understanding the Collapse of Venezuela’s Causa Radical », Journal of Politics in Latin America, vol. 6, n.º 1 (2014).  Incluye los orígenes del partido y la escisión de la que surgió PPT.
https://ciaotest.cc.columbia.edu/journals/jpla/v6i1/f_0031490_25538.pdf
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[54] Wikipedia, entrada histórica sobre la Liga Socialista.  Sobre el anuncio de integración en el PSUV, véase también la información de la Agencia Bolivariana de Noticias del 21 de diciembre de 2006.
https://en.wikipedia.org/wiki/Socialist_League_(Venezuela)
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[55] Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, estudio y cuadros históricos sobre los partidos políticos venezolanos, incluida la fundación de ORA en 1987.
https://archivos.juridicas.unam.mx/www/bjv/libros/12/5544/6.pdf
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[56] La República, presentación de la boleta del CNE para las elecciones presidenciales de 2024.  Fecha que figura en el artículo:  11 de mayo de 2024; segmento de fecha de la URL:  2024/05/09.
https://larepublica.pe/mundo/venezuela/2024/05/09/elecciones-venezuela-2024-conoce-el-tarjeton-electoral-del-cne-que-revela-los-10-candidatos-presidenciales-235737
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[57] Convergencia, historia de la organización y de su dirigencia, incluida su constitución en junio de 1993.
https://partidoconvergencia.org/liderazgo/
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[58] CIDOB, « Rafael Caldera Rodríguez »:  biografía política, incluida la candidatura de 1993 y la coalición que la respaldó.
https://www.cidob.org/en/lider-politico/rafael-caldera-rodriguez
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[59] Tribunal Supremo de Justicia, Sala Constitucional, sentencia n.º 0122, de 21 de agosto de 2020, relativa a PPT.  Decisión y ficha del caso reproducidas por Acceso a la Justicia.
https://accesoalajusticia.org/intervencion-judicial-de-la-organizacion-con-fines-politicos-patria-para-todos-ppt/
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[60] Universidad de Belgrano, estudio sobre el Movimiento V República y el desarrollo del proyecto político de Chávez.
https://repositorio.ub.edu.ar/bitstream/handle/123456789/185/55_rodriguez_games.pdf?isAllowed=y&sequence=2
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[61] Margarita López Maya, El PSUV y el sistema de partidos, 20 de enero de 2008.  Análisis contemporáneo de la formación del partido y de la concentración política.
https://margaritalopezmaya.com/wp-content/uploads/2022/06/El-PSUV-y-el-sistema-de-partidos-UN-20-1-08.pdf
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[62] Fundación Empresas Polar, cronología histórica:  Proyecto Venezuela y las elecciones presidenciales de 1998.
https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/_custom/static/cronologia_hv/zoom/s20-10/1998-87.html
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[63] Wikipedia, entrada histórica sobre Un Nuevo Tiempo, que distingue sus orígenes regionales de su expansión nacional.
https://es.wikipedia.org/wiki/Un_Nuevo_Tiempo
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[64] Primero Justicia, relación retrospectiva que distingue la asociación civil constituida en 1992 de la organización como partido en 2000.
https://www.primerojusticia.org.ve/cms/index.php?Itemid=468&cid=149%3Anoticias&id=21622%3Aalejandro-vivas-primero-justicia-15-anos-resteados-con-el-cambio-para-venezuela&option=com_flexicontent&view=item
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[65] Acceso a la Justicia, « La segunda intervención judicial de Primero Justicia y su impacto en las presidenciales de 2024 », 14 de mayo de 2024.  Véase el apartado « Ocultando al rival » sobre la candidatura de Brito por Primero Venezuela y la tarjeta del PJ intervenido judicialmente.
https://accesoalajusticia.org/segunda-intervencion-judicial-primero-justicia-impacto-presidenciales-2024/
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[66] El Diario, descripción y reproducción de la boleta presidencial, actualizada el 8 de mayo de 2024.  Incluye la tarjeta de Primero Justicia, intervenido judicialmente, en apoyo de José Brito, y las tarjetas de Futuro Venezuela y Partido Arepa.
https://eldiario.com/2024/05/08/boleta-electoral-elecciones-presidenciales-venezuela/
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[67] Wikipedia, entrada histórica sobre Alianza Bravo Pueblo, sus orígenes en 2000 y su vinculación con Antonio Ledezma.
https://es.wikipedia.org/wiki/Alianza_Bravo_Pueblo
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[68] Wikipedia, entrada histórica sobre Por la Democracia Social, incluidos sus orígenes en 2002 y la intervención de su dirigencia en 2012.
https://es.wikipedia.org/wiki/Por_la_Democracia_Social
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[69] Wikipedia, entrada histórica sobre el movimiento Tupamaro venezolano, que distingue el activismo previo de su legalización como partido político en 2004.
https://es.wikipedia.org/wiki/Tupamaro_(Venezuela)
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[70] Runrun.es, información sobre la respuesta del movimiento Tupamaro a la intervención judicial, 19 de agosto de 2020.
https://runrunes.org/noticias/419292/movimiento-tupamaro-rechazo-intervencion-del-tsj-se-ha-consumado-el-robo-del-partido/
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[71] Wikipedia, entrada histórica sobre Unidad Popular Venezolana.  La boleta de 2024 documenta de forma independiente su posterior presencia electoral.
https://es.wikipedia.org/wiki/Unidad_Popular_Venezolana
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[72] CLACSO, cronología de Venezuela correspondiente a 2007.  Registro contemporáneo de los acontecimientos políticos durante la formación del PSUV.
https://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/osal/20190429034519/Venezuela_2007.pdf
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[73] Leopoldo López, historia de Voluntad Popular:  constitución del movimiento en diciembre de 2009 y reconocimiento como partido en enero de 2011.
https://leopoldolopez.com/voluntad-popular/
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[74]Wikipedia, entrada histórica sobre el Movimiento por Venezuela, originalmente Movimiento Progresista de Venezuela, fundado en junio de 2012.
https://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_por_Venezuela
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[75] Tomás Straka, « Los partidos de última generación en Venezuela », PolítiKa UCAB, 4 de septiembre de 2023.  Examina partidos de trayectoria anterior y de reciente formación.
https://politikaucab.net/2023/09/04/los-partidos-de-ultima-generacion-en-venezuela/
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[76] Vente Venezuela, información de la organización publicada el 24 de mayo de 2021, que sitúa su fundación en 2012 y describe su desarrollo nacional.
https://www.ventevenezuela.org/2021/05/24/maria-corina-machado-vente-es-una-realidad-en-toda-venezuela/
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[77] El Pitazo, información sobre la transformación de Somos Venezuela en partido político, que distingue el movimiento de 2017 de su inscripción electoral en 2018.
https://elpitazo.net/sucesos/madurismo-se-convierte-partido-movimiento-somos-venezuela/
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[78] Wikipedia, entrada histórica sobre Cambiemos Movimiento Ciudadano, fundado en 2018 y vinculado con Timoteo Zambrano.
https://es.wikipedia.org/wiki/Cambiemos_Movimiento_Ciudadano
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[79] Encuentro Ciudadano, declaración oficial de la organización que sitúa su fundación el 13 de diciembre de 2018 y señala su atención a los derechos y las libertades ciudadanas.
https://encuentrociudadano.org/quienes-somos/
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[80] Runrun.es, información sobre partidos poco conocidos que concurrieron a las elecciones de 2021, incluidos los orígenes de Primero Venezuela.
https://runrun.es/noticias/453207/guachimanelectoral-los-partidos-poco-conocidos-que-van-a-las-elecciones-del-21n/
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[81] Directorio Legislativo, informe sobre las elecciones regionales y municipales venezolanas de 2021, publicado en enero de 2022.  Describe los orígenes municipales de Fuerza Vecinal y su constitución en 2021.
https://alertas-v3.directoriolegislativo.org/wp-content/uploads/2022/01/Venezuela-Elecciones-regionales-y-municipales-2021-2022-1.pdf
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[82] María Dubuc, relación del acuerdo de la MUD de 2008 y su reorganización en 2009, publicada por Primero Justicia el 22 de enero de 2014.
https://www.primerojusticia.org.ve/cms/index.php?Itemid=499&cid=160%3Anuestros-dirigentes-opinan&id=13644%3Amaria-dubuc-un-responsabilidad-historica-la-verdadera-unidad&option=com_flexicontent&view=item
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[83] PSUV, información conmemorativa del tercer aniversario de la formación del Gran Polo Patriótico, ocurrida el 7 de octubre de 2011; publicada el 7 de octubre de 2014.
https://www.psuv.org.ve/temas/noticias/presidente-maduro-reconoce-lucha-gpp-a-tres-anos-su-conformacion/
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[84] Crónica Uno, información sobre el desarrollo organizativo de la Plataforma Unitaria y la designación de Omar Barboza, 2022.  Describe el proceso iniciado en abril de 2021.
https://cronica.uno/plataforma-unitaria-anuncia-refundacion-y-confirma-a-omar-barboza-como-secretario-ejecutivo/
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[85] Associated Press, información sobre la toma de posesión de Maduro, 10 de enero de 2025.
https://apnews.com/article/41df1203ab06e1ee9168622d12aac461
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[86] Reuters, información sobre el juramento de Delcy Rodríguez como presidenta encargada de Venezuela, 5 de enero de 2026.
https://www.reuters.com/world/americas/delcy-rodriguez-formally-sworn-venezuelas-interim-president-2026-01-05/
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[87] Tribunal Supremo de Justicia, Sala Constitucional, sentencia n.º 00001, de 3 de enero de 2026, expediente 2026-00001.  Decisión y comentario reproducidos por Acceso a la Justicia.
https://accesoalajusticia.org/la-sc-ordena-que-delcy-rodriguez-presidencia-de-la-republica/
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[88] Unión Interparlamentaria, Parline, Venezuela:  elecciones a la Asamblea Nacional del 25 de mayo de 2025.  Las cifras de escaños reproducen el resultado electoral comunicado.
https://data.ipu.org/parliament/VE/VE-LC01/election/VE-LC01-E20250525/
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[89] Acceso a la Justicia, ficha de la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia, Gaceta Oficial n.º 7.025 Extraordinario, de 22 de mayo de 2026; análisis publicado el 3 de junio de 2026.
https://accesoalajusticia.org/ley-organica-de-reforma-parcial-de-la-ley-organica-del-tribunal-supremo-de-justicia/
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[90] Acceso a la Justicia, ficha de la reforma de la Ley Orgánica del Tribunal Supremo de Justicia, Gaceta Oficial n.º 7.074 Extraordinario, de 15 de septiembre de 2026; análisis publicado el 21 de septiembre de 2026.
https://accesoalajusticia.org/ley-organica-de-reforma-parcial-de-la-lotsj/
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[91] El País, información sobre la selección aún pendiente de los magistrados del Tribunal Supremo, 14 de octubre de 2026.
https://elpais.com/america/2026-10-14/un-nuevo-supremo-para-venezuela-con-prisa-y-sin-reglas-claras.html
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[92] Misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, informe A/HRC/57/57, de 17 de septiembre de 2024.  Incluye la respuesta institucional y la represión posteriores a las elecciones.
https://www.ohchr.org/sites/default/files/documents/hrbodies/hrcouncil/sessions-regular/session57/advance-versions/a-hrc-57-57-en.pdf
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[93] Reuters, información sobre la promesa de elecciones formulada por Delcy Rodríguez, 23 de septiembre de 2026.  El anuncio no precisaba la fecha de los comicios.
https://www.reuters.com/world/americas/venezuelas-rodriguez-promises-elections-2026-09-23/
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[94] EFE, « El Parlamento de Venezuela designa a un nuevo fiscal general y a una defensora del pueblo », 9 de abril de 2026.
https://efe.com/mundo/2026-04-09/nuevo-fiscal-defensora-del-pueblo-venezuela/
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[95] Reuters, información sobre la sustitución del ministro de Defensa venezolano por el jefe de contrainteligencia militar, 18 de marzo de 2026.
https://www.reuters.com/world/americas/venezuela-acting-president-replaces-long-time-defense-minister-2026-03-18/
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[96] Acceso a la Justicia, ficha de la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, Gaceta Oficial n.º 6.978 Extraordinario, de 29 de enero de 2026; análisis publicado el 26 de febrero de 2026.
https://accesoalajusticia.org/ley-de-reforma-de-la-ley-organica-de-hidrocarburos/
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[97] Reuters, información sobre la previsión de inversiones petroleras anunciada por Rodríguez, 17 de octubre de 2026.  La cifra corresponde a una expectativa anunciada, no a inversiones ya realizadas.
https://www.reuters.com/business/energy/venezuela-expects-nearly-76-billion-oil-investment-over-five-years-acting-2026-10-17/
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[98] Acceso a la Justicia, examen del cumplimiento de la sentencia de la Corte Interamericana sobre El Helicoide, 3 de septiembre de 2026.
https://accesoalajusticia.org/casi-3-meses-sentencia-sobre-helicoide-que-ha-hecho-estado-venezolano-cumplirla/
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[99] Misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, declaración sobre la persistencia de la represión y los crímenes de lesa humanidad, 18 de marzo de 2025.
https://www.ohchr.org/en/press-releases/2025/03/venezuela-harsh-repression-and-crimes-against-humanity-ongoing-fact-finding
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[100] Misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, declaración sobre la rendición de cuentas y la justicia internacional, 22 de septiembre de 2025.
https://www.ohchr.org/en/press-releases/2025/09/venezuela-only-hope-victims-find-justice-lies-international-community-says
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[101] Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, Gaceta Oficial n.º 6.990 Extraordinario, de 19 de febrero de 2026.  Ficha legislativa y análisis de Acceso a la Justicia, 24 de febrero de 2026.
https://accesoalajusticia.org/engaceta-ley-de-amnistia/
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[102] Misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, declaración sobre la persistencia de la represión, 16 de septiembre de 2026.
https://www.ohchr.org/en/press-releases/2026/09/venezuela-amidst-limited-political-changes-countrys-repressive-apparatus
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[103] Reuters, información sobre las conclusiones de septiembre de la misión de determinación de los hechos de las Naciones Unidas, 16 de septiembre de 2026.
https://www.reuters.com/world/americas/rights-abuses-persist-venezuela-despite-maduros-removal-un-experts-say-2026-09-16/
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[104] Tribunal Supremo de Justicia, Resolución n.º 2026-0010, de 13 de octubre de 2026, reproducida por Acceso a la Justicia el 16 de octubre.  Reorganiza la competencia para conocer de las causas por terrorismo.
https://accesoalajusticia.org/resolucion-2026-0010-mediante-la-cual-se-modifica-la-estructura-organizacional-de-los-juzgados-con-competencia-en-terrorismo/
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[105] Departamento de Justicia de los Estados Unidos, anuncio de un nuevo escrito de acusación contra Nicolás Maduro y Cilia Flores, en sustitución del anterior, 8 de octubre de 2026.  Las alegaciones de la acusación requieren resolución judicial.
https://www.justice.gov/opa/pr/nicolas-maduro-moros-and-cilia-adela-flores-de-maduro-charged-torture
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[106] Reuters, información sobre las declaraciones de no culpabilidad de Maduro y Flores y la nueva fecha del juicio, 15 de octubre de 2026.
https://www.reuters.com/world/americas/venezuelas-maduro-due-court-over-new-us-torture-charge-2026-10-15/
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[107] Comité Noruego del Nobel, anuncio de la concesión del Premio Nobel de la Paz de 2025 a María Corina Machado, 10 de octubre de 2025.
https://www.nobelprize.org/uploads/2025/10/press-peaceprize2025.pdf
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[108] Reuters, información sobre el inicio de negociaciones respaldadas por los Estados Unidos entre el gobierno de la presidenta encargada y una delegación opositora, 6 de agosto de 2026.
https://www.reuters.com/world/americas/venezuelan-acting-government-opposition-delegation-begin-talks-2026-08-06/
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[109] Reuters, información sobre la petición de Machado de celebrar elecciones a más tardar en julio de 2027, 9 de octubre de 2026, con referencia a su entrevista con el Financial Times.
https://www.reuters.com/world/americas/venezuelas-machado-calls-elections-by-july-ft-reports-2026-10-09/
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Bibliografía de las XXIV Series

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« Libélula »

October 28, 2026


Libélula. Broche de porcelana recreado a partir de una fotografía de Ricardo F. Morín. Imagen generada por ordenador (CGI), 2026.

24 de octubre de 2026

Oakland Park, Florida

*

Primera parte: La casa del padre

1. La casa de la piscina amurallada

La casa de El Almendral se alzaba en terreno abierto, entre dos caminos.  Uno llevaba al pueblo y por él pasaban carretas, bicicletas y un autobús dos veces al día; el otro iba a Arenales y por él pasaban camiones que nunca aminoraban la marcha.  Desde el portón, un niño podía oír ambos a la vez, y Karl, antes de saber cómo se llamaba cada uno, había aprendido a distinguirlos por la manera en que le llegaban sus ruidos:  el camino cercano a retazos, el lejano como un solo aliento largo que subía y bajaba y no terminaba nunca.  Su padre había comprado la tierra porque estaba cerca de todo y no pertenecía a nada.  Karl aún no lo sabía.  Sabía únicamente que la tierra se extendía más allá de lo que él podía caminar antes de que alguien lo llamara de vuelta, y que en medio de ella, tras un muro más alto que su padre, había agua.

El muro se encalaba todos los años antes de las lluvias.  Adentro, la piscina amanecía tan quieta que parecía guardar un segundo cielo, y la altura del muro volvía ese cielo más pequeño y más íntimo que el de arriba, como si la casa se reservara una porción del tiempo para sí misma.  La puerta del muro era de hierro y se mantenía cerrada con llave.  Sólo los adultos tenían llaves.  Que a uno lo dejaran entrar era una concesión, y Karl comprendió pronto que la concesión seguía un orden:  primero su padre, cuando estaba en casa; luego su madre; luego Johnathan, que le llevaba un año y ya sabía nadar; luego él; y por último Ruth, que era un año menor y entraba en brazos.

Johnathan se metía en el agua como se metía en todo, sin mirarla antes.  Se subía al borde, se quedaba un momento de pie con los brazos un poco separados del cuerpo y se dejaba caer.  Karl lo observaba desde los escalones, donde el agua le llegaba al pecho, y notaba que su hermano nunca comprobaba si alguien lo estaba mirando, y que siempre había alguien mirándolo.  Su padre, desde la silla bajo el almendro, le gritaba una palabra de aprobación con su voz grande, y la palabra cruzaba el agua, chocaba contra el muro y regresaba.  Karl probó el borde una sola vez; se subió y se quedó de pie con los brazos separados del cuerpo, como había visto hacer, y descubrió que el agua, vista desde arriba, parecía más honda que desde adentro, y más oscura, y que no era capaz de obligarse a caer en ella.  Se bajó.  Su padre no dijo nada.  Karl recordó aquel silencio más que cualquier palabra de aprobación, y nunca supo decir si había sido decepción o delicadeza.

Los domingos venían los parientes.  Llegaban de Arenales por el camino lejano y del valle por el cercano, y la casa los recibía conforme a reglas que Karl absorbió sin que nadie se las enseñara.  La familia de su padre llegaba primero y se quedaba más tiempo.  Su abuelo, el director de banda, era un hombre pequeño y erguido que había dirigido la banda militar de la capital y que caminaba como si sonara una marcha justo fuera del alcance del oído; tarareaba valses de su propia composición y les marcaba el compás sobre la mesa con dos dedos, y el padre de Karl, que no se le parecía en nada, lo escuchaba con una deferencia que Karl no le vio mostrar ante nadie más.  Había tías en un número que Karl no lograba precisar, y tíos abogados que le hablaban a su padre de casos, y una abuela que hablaba poco y no se perdía nada.  La familia de su madre era más escasa.  Un tío que tenía una bodega venía con su mujer y traía cosas de la tienda envueltas en papel de estraza.  A veces venía una tía que se sentaba muy cerca de su madre y le hablaba en voz baja.  Los padres de su madre no venían.  Karl entendía que habían muerto, y que ese hecho era de otra índole que el hecho de que los padres de su padre siguieran vivos:  le pertenecía sólo a su madre, y nadie más en la mesa parecía tener parte en él.

Fue en una de esas mesas de domingo donde Karl oyó por primera vez el otro nombre.

Tendría cinco años.  La comida había llegado a la parte lenta, después de la carne y antes de los dulces, cuando los adultos se recostaban en las sillas y a los niños se les permitía retirarse y no se retiraban.  Una de las hermanas de su padre, una mujer de risa fácil a quien le gustaba bromear, alargó la mano hacia Johnathan, le pellizcó la mejilla y lo llamó Julián.  Lo dijo a la ligera, como quien dice un apodo cariñoso, y se rió.  Johnathan sonrió porque ella se había reído.  Pero la mesa no se rió con ella.  La madre de Karl dejó el tenedor y, al cabo de un momento, se levantó y entró en la casa, y la puerta de malla se cerró tras ella con su pequeño ruido seco.  A la tía se le encendió la cara.  La abuela de Karl miró a su hija una sola vez y luego miró su plato.  Su padre siguió trinchando lo que quedaba del asado, despacio y con sumo cuidado, como si el cuchillo exigiera toda su atención, y al rato dijo, sin dirigirse a nadie, que la carne había estado bien escogida, y uno de los tíos le dio la razón, y la conversación se reanudó en algún lugar un poco al costado de donde había estado.

Karl miraba la puerta de malla.  Su madre no volvió hasta que se sirvieron los dulces y los parientes empezaron a recoger sus cosas.

Esa noche le preguntó a Johnathan por qué la tía lo había llamado Julián.  Johnathan, medio dormido ya, le dijo que también era su nombre.  Lo dijo sin interés, como quien enuncia un dato sobre sí mismo que nunca le ha exigido pensar:  él era Johnathan Julián, igual que Karl era Karl Anselm y Ruth era Ruth Celeste.  Karl se quedó despierto dándole vueltas.  Era cierto que él tenía un segundo nombre.  Nadie se había quedado nunca callado al oírlo.

No le preguntó a su madre.  No habría sabido explicar, ni entonces ni después, qué le dijo que no lo hiciera, salvo que la puerta de malla se había cerrado con aquel pequeño ruido seco y ella había tardado mucho en volver.

La respuesta, o la primera parte de una respuesta, le llegó algunos meses después, y por casualidad.  Su madre guardaba en la mesa de noche un misal encuadernado en cuero blanco, que en los bordes había tomado el color del marfil viejo, y a Karl, que aún no sabía leer pero que amaba la delgadez de sus páginas y las cintas rojas que las marcaban, a veces le dejaban sostenerlo si tenía las manos limpias.  Una tarde, al darle vueltas, lo dejó caer abierto, y de entre las páginas resbaló sobre la colcha una estampita.  Tenía impreso un ángel muy pálido, con alas como de polilla, y debajo del ángel había algo escrito con la letra de su madre:  un nombre que él no podía leer y, más abajo, dos fechas, que sí podía leer, porque había aprendido los números antes que las letras.  Las dos fechas eran del mismo mes y del mismo año.  Entre una y otra había ocho días.

Estaba mirando la estampita cuando entró su madre.  No se la quitó enseguida.  Se sentó en la cama a su lado y la miró también, y Karl tuvo la impresión, que habría de acompañarlo el resto de su vida sin poder demostrarla, de que ella la miraba por primera vez en mucho tiempo y se sorprendía de encontrarla allí.

«¿Quién es?», preguntó.

«Un angelito», dijo ella.

Entonces tomó la estampita, la devolvió entre las páginas, cerró el misal, lo puso sobre la mesa y alisó la colcha donde había estado.  No dijo nada más.  Karl no preguntó nada más.  Entendió que el ángel tenía un nombre, que ese nombre estaba escrito con la letra de su madre, que los ocho días entre las dos fechas eran todo lo que el ángel había sido, y que el asunto estaba cerrado.  No lo relacionó con la mesa del domingo.  Esa relación tardaría años, y cuando llegara llegaría de golpe, y él descubriría que una parte suya lo había sabido desde la tarde del misal y simplemente se había negado a decirlo.

Su padre habló de ello una sola vez.  No fue una conversación; fue una orden, dada en el carro por el camino lejano, con Johnathan dormido contra la ventanilla y Ruth dormida en el regazo de su madre en el asiento delantero, y su madre también dormida, o fingiéndolo.  Karl había preguntado, sin venir a cuento, si los ángeles tenían cumpleaños.  Los ojos de su padre lo encontraron en el retrovisor y lo retuvieron allí.

«Tu madre ya ha sufrido bastante», dijo.  «A ella no le vas a preguntar por eso».

No dijo qué era «eso».  Karl tampoco lo había dicho.  Le pareció, mientras veía pasar en la oscuridad los camiones con los faros encendidos, que su padre sabía exactamente qué pregunta no había hecho, y que ese saber era en sí mismo una forma de autoridad:  la de quien podía responder y elegía no hacerlo.  La admiró.  Sintió también, por primera vez y sin palabra para nombrarlo, que algo le habían quitado, aunque no habría sabido decir qué, y que se lo habían quitado por el bien de su madre, y que estaría mal guardarle rencor por ello.

Después de aquello miró a Johnathan de otro modo.  Sin hostilidad:  quería a su hermano con la lealtad sencilla del segundo hijo, que nunca ha conocido el mundo sin alguien delante.  Pero notaba cosas.  Notaba que la abuela a veces se quedaba mirando a Johnathan un instante más que a los demás, como si lo cotejara con algo.  Notaba que su madre, cuando Johnathan se enfermaba, pasaba la noche en vela a su lado sin dejar que nadie la relevara, y que cuando el enfermo era Karl también velaba, pero se iba a acostar en cuanto bajaba la fiebre.  Notaba que Johnathan se metía en el agua sin mirar y que todos lo miraban siempre al hacerlo, y empezó a preguntarse si esas miradas eran para Johnathan o para alguien que estaba justo detrás de él, en el lugar donde a Johnathan lo habían puesto.

Se fueron de El Almendral el año en que Karl cumplió seis.  Su madre estaba embarazada otra vez; la criatura nacería en Los Mirtos, donde su padre había tomado un despacho más grande y una casa en el pueblo con un patio y sin piscina.  La mañana de la partida, los muebles ya se habían adelantado en un camión, y la casa estaba abierta y llena de ecos, y la puerta del muro había quedado sin llave porque ya no había nada adentro que guardar.  Karl entró solo.  Hacía una semana que habían vaciado la piscina.  Era una cuenca blanca con unas cuantas hojas muertas en la parte honda y una mancha donde había llegado el agua, y sin el agua el muro parecía todavía más alto, y la porción de cielo que encerraba no parecía pertenecerle a nadie.

Se paró en el borde donde solía pararse Johnathan, con los brazos un poco separados del cuerpo.  No había mucha distancia hasta el fondo.  Nunca la había habido.  Comprendió que lo que lo había detenido no era la hondura sino la oscuridad del agua vista desde arriba, y que la oscuridad no había estado en el agua.  Entonces su madre lo llamó desde el carro, y él fue.

2. El hombre admirado

Josephine nació en Los Mirtos en los meses de calor, en la casa del patio, y dos años después la familia se mudó una vez más, a Nuevo Albor, donde a Henrich le habían ofrecido asociarse a un bufete cuyo nombre se conocía en la capital.  Fue en Nuevo Albor donde nació Ludwig, y en Nuevo Albor donde se quedaron.  La casa estaba en una calle de casas parecidas, con un jardín delante y un muro detrás, y un portón que daba a una acera por donde pasaba la gente.  Karl tenía ocho años.  Descubrió que en esa ciudad el nombre de su padre entraba antes que él en los sitios.

Entraba antes que él en la escuela, donde una maestra, al pasar lista la primera mañana, se detuvo ante su apellido, alzó la vista y le preguntó si era hijo del abogado, y cuando Karl dijo que sí, no añadió nada más, pero lo miró un momento como si recalculara algo.  Entraba antes que él en las tiendas, donde a su madre la atendían antes que a mujeres que llevaban más tiempo esperando, y en la iglesia, donde el cura saludaba a su padre en la puerta con una calidez que no mostraba a las familias que llegaban antes o después.  Karl advirtió que la gente se enderezaba un poco cuando su padre se acercaba, y que algunos, cuando ya había pasado, soltaban el aire que habían estado conteniendo.  Aún no conocía la diferencia entre el respeto y el miedo.  Sólo sabía que ambos volvían cuidadosa a la gente, y que su padre se movía entre ese cuidado como si fuera el aire del lugar.

No era un hombre apuesto.  Karl lo sabía como los niños saben esas cosas, no como un juicio sino como un rasgo del paisaje.  Su padre era muy corpulento:  pesado de hombros y más pesado aún de cintura, con una cara que parecía demasiado pequeña para la cabeza que la sostenía, y unas manos pequeñas que mantenía limpias y quietas.  Sudaba con facilidad y llevaba pañuelos doblados en todos los bolsillos.  En las fotografías se quedaba un poco apartado de quien estuviera a su lado, como para darle a su volumen un marco propio.  Pero cuando hablaba, algo en la habitación se reordenaba a su alrededor.  Karl lo había visto en las mesas de domingo y volvió a verlo en Nuevo Albor, más a menudo y entre desconocidos:  el momento en que su padre empezaba a hablar y los demás dejaban de hacerlo, no porque se lo ordenaran sino porque querían oír lo que diría a continuación.

El año en que Karl cumplió nueve, su padre lo llevó a los tribunales.

Eran vacaciones escolares, su madre estaba ocupada con Ludwig, a quien le salían los dientes, y Johnathan se había ido con un tío a la costa.  Su padre anunció en el desayuno que Karl iría con él, y lo dijo en el tono que significaba que el asunto estaba zanjado, y Karl se puso los zapatos de ir a misa y lo siguió hasta el carro.  El palacio de justicia de Nuevo Albor era un viejo edificio de piedra gris, con una amplia escalinata al frente y columnas que alguna vez estuvieron pintadas y ahora sólo estaban manchadas.  Su padre subió los escalones despacio.  A mitad de camino se detuvo, con una mano en la baranda y la otra apretando un pañuelo contra la frente, respirando con la boca abierta, y Karl, que se había detenido a su lado, vio que la cara se le había puesto de un color jaspeado y que tenía los ojos fijos en nada.  Entonces un hombre de traje oscuro salió de entre las columnas, más arriba, y levantó la mano en un saludo, y su padre se enderezó, guardó el pañuelo, llamó al hombre por su nombre y subió los escalones que faltaban como si no le hubieran costado nada.

Karl nunca habló de aquella pausa.  Descubrió, más tarde, que no podía pensar en su padre sin que ella apareciera en algún punto del pensamiento, como un pequeño clima interior:  la mano en la baranda, la boca abierta, y luego el enderezarse.

Adentro, los pasillos estaban llenos de gente y olían a cera de piso y a cigarrillo.  La gente se volvía al paso de su padre.  Algunos lo saludaban y otros sólo miraban.  Una mujer de vestido verde se acercó desde un banco junto a la pared, le puso la mano en la manga y le dijo algo que Karl no oyó, y su padre inclinó la cabeza para escucharla y le respondió en voz baja, y la mano de la mujer se quedó en su manga mientras él respondía y un momento después, y entonces ella miró a Karl, sonrió y dijo que tenía los ojos de su padre.  Karl no creía tenerlos.  Cuando ella volvió a su banco, su padre dijo que era una clienta, con la voz que usaba para las cosas que no requerían más comentario, y Karl no comentó nada.  Sólo notó que su padre no volvió la vista hacia el banco, y que la mujer no le quitó los ojos de encima hasta que la puerta de la sala se cerró entre los dos.

De la audiencia no entendió casi nada.  La sala era alta y penumbrosa, y el juez estaba sentado por encima de todo como un hombre asomado a una ventana, y el otro abogado habló largo rato con una voz que subía y bajaba sin llegar a ninguna parte.  Luego se levantó su padre.  Al principio no alzó la voz.  Hablaba despacio, casi con suavidad, y Karl vio al juez inclinarse hacia delante para oírlo, y vio que el otro abogado, que había estado escribiendo, dejaba de escribir.  Las manos pequeñas de su padre no se movían.  Su gran cuerpo estaba completamente inmóvil.  Sólo se movía la voz, y se movía como se movía el camino lejano en El Almendral, como un solo aliento largo que subía y bajaba y no terminaba nunca, y Karl, que no entendía las palabras, sintió que la sala se le entregaba.  Cuando su padre se sentó hubo un silencio que parecía pertenecerle.  Karl sintió un orgullo tan grande que lo asustó.  No sabía qué había alegado su padre ni si tenía razón.  Sólo sabía que había visto a un hombre que apenas podía subir una escalera adueñarse de una sala y sostenerla, y que ese hombre era suyo.

A mediodía cruzaron la plaza hasta un café donde comían los abogados.  El mesonero le trajo a su padre lo de siempre sin que se lo pidiera.  Karl tenía sed, el mesonero se había ido, y cerca de la puerta barría un viejo, una especie de portero, con una chaqueta gris que le quedaba grande.  Karl se bajó de la silla, fue hasta él y le preguntó, tratándolo de señor, si por favor podía darle un vaso de agua, y el viejo lo miró con sorpresa, luego fue detrás del mostrador y se lo trajo, y Karl le dio las gracias y lo llevó hasta la mesa con las dos manos.

Su padre lo había observado todo sin expresión alguna.  Cuando Karl se sentó, no dijo nada durante un rato.  Luego dijo que Karl sabía pedir cualquier cosa con respeto y con humildad, y que eso no se podía enseñar.  Dijo que era un don.  Karl, que nunca lo había considerado nada, se sintió examinado y hallado digno, y la sensación fue tan rara y tan cálida que no pudo mirar a su padre mientras duró.  Al cabo de un momento su padre añadió que un hombre también debía saber cuándo no pedir, y cuándo tomar lo que era suyo sin pedírselo a nadie.  Karl no entendió esa segunda parte.  La guardó, como había aprendido a guardar las cosas, junto a la mano en la baranda y la mano en la manga, para mirarla más adelante.

No fue la única lección que su padre le dio aquel año, ni la que su cuerpo recordó mejor.

En primavera, Karl y Johnathan bajaron al río que corría por debajo de la ciudad con dos muchachos de la calle de al lado, sin permiso y contra una prohibición expresa, y se quedaron hasta que oscureció.  Su padre los esperaba en el jardín cuando volvieron.  No les preguntó dónde habían estado.  Se quitó el cinturón delante del portón, donde los vecinos podían verlo, y les pegó a los dos, primero a Johnathan y luego a Karl, con método y sin hablar, y Karl no lloró, no por valiente sino porque había decidido, en el instante anterior al primer golpe, que no le iba a dar eso a su padre, y la decisión se sostuvo.  Johnathan lloró.  Después su madre los entró, les lavó las marcas y no dijo nada de su padre, ni nada en su defensa, ni nada en su contra.

Tres horas más tarde Henrich fue al cuarto de Karl.  Karl estaba acostado a oscuras, con la cara vuelta hacia la pared.  Su padre se sentó en el borde de la cama, que se hundió bajo su peso, y guardó silencio largo rato, y después le puso la mano en la nuca y la dejó allí.  La mano era pequeña y tibia y estaba un poco húmeda.  Le preguntó si quería ir con él por la mañana a la panadería de la plaza, la del pan azucarado, y Karl le dijo que sí a la pared, y su padre dijo que bien, se quedó un rato más y salió.

Karl no durmió.  Descubrió que no odiaba a su padre, que no conseguía obligarse a odiarlo, y que la mano en la nuca había sido tan real como el cinturón.  Intentó poner una cosa junto a la otra y no pudo:  cada una, cuando pensaba en ella, empujaba a la otra fuera de la vista.  A la mañana siguiente, en la panadería, su padre le compró dos panes azucarados en lugar de uno y lo miró comérselos con una atención tan completa que Karl la sentía sobre la piel, y ninguno de los dos mencionó el río, ni el portón, ni a los vecinos que habían mirado.

En años posteriores, muchas veces le preguntarían, personas que lo querían y personas que sólo deseaban entender, cómo podía hablar de su padre con una ternura tan evidente.  Nunca encontró una respuesta que las satisficiera.  Lo más verdadero que habría podido decir era que su padre había querido que él fuera fuerte, y había valorado en él lo que no era fuerte, y nunca había visto la contradicción; y que a él, por su parte, siempre se le había permitido seguir su propio camino, escoger a sus amigos sin fijarse de quién eran hijos, fracasar y volver a intentarlo sin que nadie lo vigilara demasiado, siempre que eligiera con inteligencia.  Era una especie de libertad.  La daba la misma mano que sostenía el cinturón.  Karl nunca había podido separar el regalo de la mano, y hacía mucho que había dejado de intentarlo, y cuando pensaba ahora en su padre lo veía como lo había visto en la escalinata del palacio de justicia:  un hombre de gran fuerza, detenido a mitad de camino, con una mano en la baranda, esperando que alguien apareciera arriba para poder enderezarse y seguir.

3. Las evasivas de la madre

En Nuevo Albor, su madre salía por las noches.

No iba lejos.  Las mesas de naipes estaban en casas de vecinas, a tres o cuatro calles, en salas con las persianas cerradas a la calle y las lámparas encendidas temprano, y más tarde en un club cerca de la catedral que se decía social y que servía café y copitas de anís a señoras que jugaban hasta la medianoche.  Jennifer se arreglaba para esas noches como no se arreglaba para nada más.  Karl, a los once años, se sentaba en el borde de su cama mientras ella se paraba frente al espejo, y la veía trazarse con un lápiz la línea de las cejas, apretar los labios sobre un pañuelito de papel doblado y prenderse en el cuello un broche en forma de libélula, y comprendía que la mujer que se preparaba ante el espejo no era del todo la mujer que esa tarde había estado frente a la cocina, y que la preparaban para gente que no era su familia.  Cuando estaba lista, lo miraba en el espejo, sin volverse, y le preguntaba si así estaba bien.  Él siempre decía que sí.  Ella siempre sonreía ante la respuesta, como si le hubiera confirmado algo que ya sospechaba.

Una vez lo mandaron a buscarla.  Ludwig tenía fiebre y la muchacha no lograba bajársela, su padre estaba de viaje en Arenales, y Johnathan, que era el mayor, se negó a ir diciendo que ella se iba a enojar.  Fue Karl.  La casa era la de la mujer que vendía lotería en la esquina del mercado, una viuda de risa estruendosa, y le abrió la puerta una muchacha que lo miró sin curiosidad y lo dejó pasar.  La sala estaba llena de humo y muy callada.  Había dos mesas, y en cada una cuatro mujeres con las cartas abiertas en abanico contra el pecho y la cara sostenida en una expresión que Karl nunca le había visto a su madre:  una quietud que no era calma, una vigilancia que no parecía tener nada que ver con nadie de la sala.  Junto a los codos había montoncitos de monedas.  Su madre lo vio en la puerta y no le cambió la cara.  Dejó las cartas boca abajo, les dijo una palabra a las otras, se levantó, vino hacia él y le preguntó qué había pasado, y cuando él se lo contó asintió, tomó la cartera del respaldo de la silla y se fue con él.  En el camino de vuelta le tomó la mano, cosa que no hacía desde hacía años, y no dijo nada de aquella sala, y él entendió que le agradecía no haber hablado dentro de ella.

También se ausentaba en otras direcciones, y esas eran más difíciles de ver.

Había un cura que iba a la casa los martes, el padre Benigno, un hombre flaco de manos largas y risa nerviosa, que era su confesor desde Los Mirtos y que ahora tenía una parroquia al otro lado de Nuevo Albor.  Y había otro, el padre Cayetano, mayor y más grueso, que no iba a la casa pero a quien ella visitaba en la casa parroquial de la catedral.  Los dos padecían de la espalda.  Karl lo sabía porque su madre lo decía, así como decía que de muchacha había aprendido de las monjas que la criaron a aliviar esos dolores con las manos.  Los martes, la puerta del cuartito que daba al patio, al que llamaban el cuarto de costura aunque nadie cosía en él, permanecía cerrada una hora después de que llegaba el padre Benigno.  Karl, al pasar una vez por delante, oyó a través de la puerta la voz grave del cura y luego la risa de su madre, breve y queda, y luego nada.  No se detuvo.  Siguió hasta el jardín, se sentó en el muro y se quedó mucho rato pensando en la puerta cerrada, sin poder dar con qué había en el sonido de aquella risa que lo había hecho seguir caminando.

Su padre estaba al tanto de los martes.  Karl tenía la certeza, porque su padre se enteraba de todo lo que pasaba en la casa, y porque una vez, en la cena, su padre preguntó si la espalda del padre Benigno iba mejorando, y lo preguntó con voz corriente, y su madre respondió con voz corriente que mucho mejor, y su padre dijo que se alegraba.  Eso fue todo.  Karl, que había visto a su padre cerrar la casa contra las sombras e interrogar a la muchacha sobre un hombre visto junto al portón, no entendía cómo el mismo hombre podía preguntar por la espalda de un cura como quien pregunta por el tiempo.  Le parecía que los celos de su padre tenían una forma, y que en esa forma había un hueco exactamente del tamaño de una sotana, y no sabía si el hueco era confianza o desprecio o una tercera cosa para la que no tenía nombre.

Estaba también el círculo de los jueves.

Se reunía en casa de una maestra jubilada que había viajado por Oriente, y sus integrantes leían en voz alta libros sobre el progreso del alma a través de muchas vidas y sobre los maestros que velaban por ella desde lugares con nombres que Karl no sabía pronunciar.  Su madre traía los libros a la casa.  Estaban en el estante de su cuarto junto al misal blanco, y ella no parecía encontrar extraña la vecindad.  Creía que veía cosas.  Lo decía con sencillez, sin orgullo, como habría dicho que tenía buena vista:  que a veces sabía antes de que sonara el teléfono quién iba a hablar, que había soñado la muerte de su madre antes de que le llegara la noticia, que había personas cuyos colores veía a su alrededor como el calor que reverbera sobre una carretera.  Venían mujeres a consultarla.  Venían por recomendación, discretamente, por las tardes, se sentaban con ella en el cuarto de costura y se iban consoladas o asustadas; Karl no sabía distinguirlo.  Una vez se celebró una sesión espiritista en casa de la maestra, y su madre volvió pálida y callada y se fue directo a acostarse, y a la mañana siguiente sólo quiso decir que había sido muy hermoso.

Su padre dijo, delante de Karl, que ella no estaba en sus cabales.

Se lo dijo a uno de los tíos, un domingo, en el patio, con un vaso en la mano, y no lo dijo con enojo sino con una especie de humor cansado, como un hombre describiría una costumbre incorregible en un perro al que le tiene cariño.  El tío se rió.  Karl, que estaba sentado en los escalones de abajo con un libro que no leía, sintió esa risa atravesarlo como agua fría.

Y sin embargo su padre tenía sus propios ritos.  Karl lo había visto, más de una vez, de noche, de pie en la oscuridad del zaguán frente a la puerta principal, con un vaso de agua en la mano, murmurando algo antes de dejar el vaso en el suelo detrás de la puerta, donde a la mañana seguiría intacto hasta que la muchacha lo retirara.  Había visto, en la gaveta del escritorio de su padre, una bolsita de tela atada con hilo rojo, y una lista de nombres escrita con su letra, algunos tachados con una raya.  Cuando un caso iba mal, a veces llegaba a la casa, no al despacho, algún cliente, un viejo del campo o una mujer con una cesta, y su padre lo recibía en el estudio con la puerta cerrada, y después quedaba olor a algo quemado.  Karl nunca preguntó qué eran esas cosas.  Entendía que no se hablaba de ellas delante de su madre, como del círculo de los jueves no se hablaba delante de su padre, y que cada uno de sus padres creía en un orden oculto del mundo y tenía por locura el orden oculto del otro.

De noche, a través de la pared que separaba su cuarto del de ellos, los oía usar las palabras que tenían el uno para el otro.  Su madre decía que su padre padecía un sentimiento de inferioridad, y que cada mujer que tomaba no era sino un modo de probarse que no era lo que sabía que era.  Su padre decía que ella era frígida, y usaba la palabra clínica, y la decía como si la leyera en un informe.  Karl, acostado en la oscuridad, escuchaba, y le parecía que las palabras no explicaban nada.  Eran demasiado pequeñas para lo que debían contener.  Eran como las monedas junto al codo de su madre en la mesa de naipes:  fichas de un juego cuya verdadera apuesta estaba en otra parte.

Cuando Karl tenía trece años, eligieron a su madre diputada a la asamblea del estado.

Ocurrió deprisa, y casi sin que su padre lo advirtiera hasta que estuvo hecho.  Un tercer sacerdote había entrado en su vida, no un confesor sino un político:  monseñor Ibarra, que ocupaba un escaño en el senado nacional por un partido de nacionalistas que muchos en Nuevo Albor admiraban y que muchos otros ni siquiera nombraban, porque sus fundadores habían sido hombres de la antigua dictadura.  El monseñor la había oído hablar en un almuerzo benéfico y le había dicho que se estaba desperdiciando.  Fue dos veces a la casa.  Le habló del deber y de las mujeres de la república, que no tenían voz en la asamblea, y del ejemplo que ella podía dar.  Ella lo escuchó como Karl nunca la había visto escuchar a nadie.  Al cabo de unos meses su nombre figuraba en una lista, y al cabo de unos meses más aparecía impreso en el periódico bajo una fotografía en la que llevaba el broche de la libélula y miraba de frente a la cámara, y el pie de foto decía que era la primera mujer que se sentaba en la legislatura del estado.

Karl recortó la fotografía y la guardó dentro de un libro.  Nunca la había visto mirar a nadie como miraba a aquella cámara.

Su padre no gritó.  Eso fue lo extraño, y Karl lo recordaba con precisión justamente porque fue extraño.  Henrich leyó el periódico en el desayuno, lo dobló, lo dejó junto a su plato y se terminó el café.  Luego le pidió a Jennifer que pasara al estudio, cerró la puerta, y estuvieron allí mucho tiempo.  Cuando ella salió tenía la cara serena y muy blanca.  Esa noche Karl la vio sentada a la mesa del comedor con una hoja de papel y una pluma, escribiendo despacio, y cuando terminó se quedó mirando lo escrito sin moverse, y luego firmó.  A la semana siguiente el periódico informó, en un breve suelto de una página interior, que la diputada había renunciado a su escaño por razones familiares.

Sólo años después, por uno de sus tíos, supo Karl las razones que su padre había dado en el estudio.  La antigua dictadura había encarcelado a dos tíos de Henrich y arruinado el bufete de un tercero; su padre había crecido a la sombra de lo que aquellos hombres le habían hecho a su familia, y de joven había jurado no tocar jamás la política, y no iba a permitir que su mujer se sentara en una asamblea en la lista de sus herederos.  Era una razón.  Karl veía que era una razón.  Veía también que su padre no la había dado en público, ni se la había dado a sus hijos, y que lo único que los hijos habían visto era la puerta cerrada del estudio y la cara blanca de su madre.

Al año siguiente ella abrió una tienda, un local estrecho en la calle de detrás de la catedral que vendía telas y perfumes y cositas traídas del extranjero.  Iba todas las mañanas y volvía por la tarde con los pies adoloridos y una expresión que Karl no le conocía, cansada y casi contenta.  Su padre decía que la esposa de un abogado no se paraba detrás de un mostrador.  Lo dijo más de una vez, y delante de invitados, y cada vez Jennifer sonreía y no decía nada y a la mañana siguiente iba igual a la tienda, y Karl empezó a entender que sus silencios no eran todos de la misma clase.

Fue en la tienda, una tarde, cuando él tenía quince años, donde ella dijo lo que él recordaría por más tiempo.

Había ido con Johnathan al salir de la escuela, y estaban sentados en los taburetes junto al mostrador mientras ella doblaba cortes de tela, y Johnathan, que ese año se había vuelto un muchacho rígido y serio y con opiniones, le preguntó a quemarropa por qué no dejaba a su padre si era tan infeliz, y por qué, si no lo era, salía todas las noches.  Lo preguntó mal, como una acusación.  Karl habría preferido que no lo preguntara.  Pero también quería oír la respuesta, y le avergonzaba quererlo.

Jennifer no dejó de doblar.  Alisó la tela con la palma de la mano, le dio la vuelta, volvió a doblarla y la puso sobre la pila.

«En esta familia todos esperan que yo me porte como una santa», dijo.

Lo dijo sin amargura, casi a la ligera, como había dicho una vez que el ángel del misal era un angelito.  Luego les preguntó si habían comido y mandó a Johnathan al otro lado de la calle a comprar pan, y la pregunta no se respondió, y nadie volvió a hacerla.  Karl, sentado en el taburete, miraba sus manos moverse sobre la tela.  Se le ocurrió que ella no había dicho que fuera una santa, ni que no lo fuera.  Sólo había dicho lo que se esperaba de ella, y que le pesaba, y él no lograba decidir si había respondido a la pregunta de su hermano o si simplemente les había mostrado, una vez más y con gran precisión, la puerta que no pensaba abrir.

4. La mañana junto al guardafango

Karl tenía dieciséis años y la costumbre de despertarse antes que la casa.

Había tomado esa costumbre a los doce sin proponérselo.  Algo en él había empezado a preferir la hora anterior a que los demás se levantaran, cuando las habitaciones no eran de nadie y él podía recorrerlas como si fuera su único testigo.  Bajaba descalzo a la cocina, se tomaba un vaso de agua de pie junto al fregadero y salía por la puerta de atrás al patio, donde la luz subía gris por encima del muro y los perros de las casas vecinas empezaban, uno tras otro, a ladrarle a nada.  Era la única parte del día en que no se sentía observado.  No se preguntaba por qué necesitaba una parte así.  La necesitaba y la tomaba, y volvía a su cama antes de que entrara la muchacha a encender la cocina.

El garaje estaba a un costado de la casa, abierto por delante, un piso de cemento bajo un techo de zinc, y dentro estaba el largo sedán americano que su padre había comprado el año en que nació Ludwig, azul oscuro, con un guardafango delantero abollado en algún choque antiguo que nadie en la familia admitía y que su padre nunca había mandado a reparar.  Karl siempre lo había atribuido a la tacañería.  Más tarde se preguntó si a su padre sencillamente le gustaba tener cerca una cosa que estaba dañada y seguía funcionando.

Aquella mañana dobló la esquina de la casa y vio que había alguien acostado en el piso del garaje.

Por un momento no la reconoció.  Estaba de costado contra la rueda delantera, con las rodillas recogidas y los brazos cruzados muy pegados al pecho, y apoyaba la cabeza en la cartera, que había dejado sobre el cemento junto al guardafango abollado como quien pone una almohada, y los zapatos estaban juntos un poco más allá, uno al lado del otro, ordenados, como si se los hubiera quitado a la puerta de un cuarto.  Llevaba el vestido verde que se ponía para ir al club.  El broche de la libélula seguía en su cuello.  Su cara, en la luz gris, se veía muy joven y muy cansada, y tenía la boca un poco abierta, y Karl vio en el cemento, bajo su mejilla, una pequeña mancha oscura donde se había juntado el rocío o donde ella había llorado; no supo decir cuál de las dos cosas.

Se quedó inmóvil.  Un perro ladró a dos casas de distancia y otro le respondió.  Comprendió despacio, como se comprende una frase en una lengua que todavía se está aprendiendo, que la puerta principal estaba cerrada por dentro y con el cerrojo echado, cosa que nunca ocurría, y que lo había echado su padre, y que su madre había vuelto en algún momento de la noche y se había encontrado sin poder entrar en su propia casa, y no había tocado, o había tocado y nadie le había respondido, y había dado la vuelta hasta el garaje y se había acostado en el cemento junto al carro porque no había otro sitio adonde ir que no fuera un escándalo.

No sabía dónde había estado.  Nunca lo sabría.  Sólo sabía dónde estaba ahora.

Se acercó, se agachó y le tocó el hombro.  Ella se despertó al instante, sin sobresalto, como si no hubiera estado profundamente dormida, y lo miró.  Él la vio verlo y comprender que era él y no su padre, y vio que algo se le iba de la cara, algo que había estado allí incluso mientras dormía.

«¿Qué hora es?», dijo.

Él se lo dijo.  Ella asintió, se incorporó y se llevó una mano al pelo.  Él le ofreció el brazo y ella se levantó con dificultad, y se quedó un momento de pie con una mano en el guardafango para no perder el equilibrio, y miró la cartera y los zapatos como si fueran de otra persona.  Luego se agachó y los recogió.

La muchacha guardaba una llave de la puerta de la cocina debajo de una maceta de geranios junto al escalón.  Karl la sacó, abrió la puerta y se hizo a un lado, y su madre entró delante de él, descalza, con los zapatos en la mano, atravesó la cocina y siguió por el pasillo hacia la escalera sin hacer ruido.  Al pie de la escalera se volvió y lo miró.  No le dio las gracias.  No le pidió que callara.  Lo miró con una expresión que él no supo leer y que pasaría años intentando leer, una expresión en la que quizá había vergüenza, o gratitud, o la certeza de que él había visto ahora algo que ya no podría dejar de haber visto y de que ella tendría que vivir en adelante bajo su mirada, y luego subió.

Él volvió a dejar la llave bajo los geranios.  Salió al garaje y se paró donde ella había estado acostada.  La mancha oscura del cemento ya empezaba a secarse por los bordes.  Miró el guardafango abollado y puso la mano encima, y encontró el metal frío y mojado de rocío, y se quedó así, con la mano encima, hasta que bajó la muchacha y se encendió la cocina y el olor del café salió al patio.

En el desayuno, su padre leía el periódico.

Su madre bajó tarde, bañada y vestida, peinada y maquillada, se sentó en su lugar y se sirvió café.  Los niños comían.  Josephine, que tenía diez años, parloteaba sobre una niña del colegio; Ludwig, que tenía ocho, derramó la leche y la muchacha lo regañó; Ruth comía en silencio, como hacía desde hacía años; Johnathan leía un libro apoyado contra la azucarera.  Karl miraba a sus padres.  Nunca los había mirado con tanta atención, y sentía que ellos lo sabían, y que ninguno de los dos iba a mirarlo.

Al cabo de un rato su padre bajó el periódico.

«Llegaste tarde», dijo.

Su madre levantó la taza.

«Llegué temprano», dijo.  «Fuiste tú el que tardó en abrir».

Su padre la miró un momento por encima del borde de la página doblada.  Luego volvió a alzar el periódico, y la conversación terminó, y Josephine siguió con la historia de la niña del colegio, y nadie más en la mesa pareció haber oído nada.  Karl miró uno por uno a sus hermanos y no supo si no habían oído o si habían oído y decidido, como él había decidido una vez en la mesa del domingo, que el asunto estaba cerrado.  Se preguntó cuál de ellos, si alguno, había estado despierto en la noche y había oído correr el cerrojo.

Era martes.

A las cuatro, el padre Benigno llegó al portón con sus manos largas y su risa nerviosa, y su padre, que había vuelto temprano del despacho, le abrió él mismo, le estrechó la mano, le preguntó por la espalda y estuvo conversando con él amablemente en el sendero unos minutos antes de que el cura entrara y se cerrara la puerta del cuarto de costura.  Karl lo observó desde la ventana de su cuarto.  Vio a su padre regresar por el sendero hacia la casa con su paso lento y pesado, detenerse a arrancar una flor marchita de un arbusto y dejarla caer, entrar en el estudio y cerrar también esa puerta.

Fue entonces, en la ventana, cuando por primera vez puso las dos cosas una junto a la otra y las sostuvo así.  Un hombre capaz de dejar a su mujer fuera de su propia casa por las horas que pasaba en una mesa de naipes, y dejarla dormir en el cemento como un perro.  Y el mismo hombre, esa misma tarde, abriéndole el portón con su propia mano a un cura que pasaría una hora con ella detrás de una puerta cerrada.  Karl intentó encontrar el principio que las unía, la regla según la cual los celos de su padre decidían qué iban a ver.  No lo encontró.  Encontró sólo el hueco que ya había notado, el hueco del tamaño de una sotana, y entendió ahora que no era un descuido.  Su padre era un hombre que lo veía todo.  Si había algo que no veía, era porque había elegido no verlo, y Karl no sabía qué clase de hombre elegía no ver una cosa así, ni qué ganaba con ello, ni qué le costaba, ni a quién.

No le habló a nadie de aquella mañana.  Ni a Johnathan, que la habría juzgado; ni a Ruth, que se había vuelto tan callada; ni a los menores, que eran demasiado pequeños.  La cargó solo, y descubrió que pesaba de un modo que no esperaba, y que ese peso no era sólo compasión por su madre, aunque también la había, sino algo más cercano a la complicidad:  la sensación de que al dejarla entrar por la cocina y devolver la llave bajo los geranios se había sumado al gran acuerdo de la casa de no saber, y lo había hecho con tanta facilidad que no recordaba haberlo elegido.

5. Las clientas

Lo que Karl supo de las mujeres de su padre lo aprendió como una ciudad aprende el curso de un río subterráneo:  no viéndolo, sino advirtiendo dónde el suelo cedía.

La primera blandura fue una palabra.  Tenía doce años, estaba en el patio de la escuela, y un muchacho cuyo padre tenía una ferretería cerca del palacio de justicia dijo, en medio de una pelea por nada, que todo el mundo sabía dónde estacionaba el padre de Karl el carro por las tardes.  Lo dijo con la malicia particular de los niños que repiten lo que han oído en la mesa de su casa, y los demás se rieron, y Karl le pegó, y lo mandaron a casa.  Su padre le preguntó por qué se había peleado.  Karl dijo que el muchacho había insultado a la familia.  Su padre lo miró largo rato y no le preguntó cuál había sido el insulto, y Karl entendió por esa pregunta no hecha que su padre ya lo sabía, o podía adivinarlo, y que adivinarlo no le inquietaba.

Desde entonces Karl empezó, sin querer, a fijarse en dónde estaba estacionado el carro.

No era difícil.  Nuevo Albor no era grande, y el largo sedán azul del guardafango abollado era conocido en todas las calles del centro.  Karl lo vio en la calle del Pilar, frente a un edificio angosto de persianas verdes, a las tres de la tarde de un día de semana en que su padre debía estar en su despacho.  Volvió a verlo allí meses después, y otra vez al año siguiente.  Supo, sin preguntarle a nadie, que en el segundo piso del edificio vivía una mujer, una tal señora Varela, cuyo divorcio había ganado su padre unos años antes y que había salido de él con una renta, sin marido y, según se decía, con muy poca familia.  La vio una vez en misa, una mujer bien parecida de unos cuarenta años que se sentaba sola cerca del fondo y se iba antes de la bendición final.  No miraba a la madre de Karl.  La madre de Karl no la miraba a ella.  Karl, arrodillado entre Ruth y Josephine, las miraba a las dos por turnos y sentía que era la única persona de la iglesia que estaba mirando algo.

La señora Varela duró.  Otras no.

El verano en que cumplió diecisiete, su padre le consiguió trabajo en el bufete, archivando papeles en un cuarto del fondo y subiendo y bajando carpetas por la escalera entre los despachos de los socios.  Se suponía que era una forma de educación, y lo fue.  Karl aprendió los nombres de los jueces y las costumbres de los escribientes y la manera en que un caso se arma con mil documentos, la mayoría inútiles.  Aprendió también el ritmo de la puerta de su padre.  Se cerraba para los clientes y se abría cuando se iban, y Karl, en su mesa del pasillo, veía quién entraba y quién salía.  La mayoría eran hombres.  Algunas eran mujeres, y entre las mujeres había algunas que volvían más de una vez, y algunas que se quedaban más de lo que su asunto podía explicar, y una, una muchacha apenas mayor que el propio Karl, de vestido barato y chillón y con un pleito por las tierras de un padre muerto, que una tarde salió del despacho de su padre con la cara encendida y una mano en el cuello de la blusa, abrochándose un botón, y pasó junto a la mesa de Karl sin verlo.

La secretaria, una mujer gris llamada doña Elvira que llevaba veinte años en el bufete, no levantó la vista de su máquina de escribir.  Karl la vio no levantarla.  Vio que no le costaba ningún esfuerzo, que había ejecutado ese no mirar tantas veces que le había labrado un surco, y comprendió que todo el edificio lo sabía, y lo había sabido siempre, y se había acomodado alrededor de lo sabido como el agua se acomoda alrededor de una piedra.

No volvió a ver a la muchacha.  Buscó su nombre en los archivos y encontró que su caso se había resuelto, deprisa y a su favor, y que no se le habían cobrado honorarios.

Fue ese mismo verano cuando entendió la segunda parte de lo que su padre le había dicho en el café frente al palacio de justicia, ocho años antes.  Un hombre también debe saber cuándo no pedir, y cuándo tomar lo que es suyo sin pedírselo a nadie.  De niño había guardado la frase, la había sacado de vez en cuando, le había dado vueltas, y nunca había descubierto para qué servía.  Ahora lo descubrió.  Estaba sentado en su mesa del pasillo con una carpeta abierta delante y oyó la voz de su padre a través de la puerta, no la voz de la sala de audiencias sino otra más baja, la voz que había usado junto a su cama después del cinturón, cálida y paciente y casi tierna, hablándole a una mujer que Karl no podía ver.  No distinguía las palabras.  No le hacía falta.  Conocía esa voz, y sabía lo que podía hacerle a una sala, y se quedó muy quieto y comprendió que su padre se había estado describiendo a sí mismo.

Karl no lo juzgó.  Lo intentó, sentado allí, y descubrió que no lo conseguía del todo, y su incapacidad lo perturbó.  Veía que no todas las mujeres eran engañadas; que algunas venían por voluntad propia y se iban con lo que habían querido, una renta, un acuerdo, una tarde; que otras, como la muchacha del vestido chillón, habían sido persuadidas de algo por una voz contra la que no tenían defensa, y habían pagado su caso con una moneda que ningún libro de cuentas registraría.  Veía que su padre las elegía.  Elegía a las que podían ser movidas, a las que estaban solas o asustadas o necesitadas, las maleables, y las elegía, le parecía a Karl, en parte por el placer de moverlas:  por la prueba, renovada cada vez, de que la voz seguía funcionando.  Karl pensó en la palabra de su madre, la que había oído a través de la pared.  Ella había dicho que era una manera de probarse que no era lo que sabía que era.  Él había creído que esas palabras eran demasiado pequeñas.  Lo seguía creyendo.  Pero empezó a ver lo que habían intentado contener.

Él mismo llevaba una especie de libro de cuentas, en la cabeza.  Era cuidadoso con él, como empezaba a ser cuidadoso con todo.  Estaban las cosas que sabía:  el carro en la calle del Pilar, la señora Varela en misa, la muchacha con el botón de la blusa, la voz a través de la puerta.  Estaban las cosas que le habían contado:  el muchacho del patio de la escuela, comentarios oídos en el club donde jugaba su madre, la manera en que ciertas mujeres de la ciudad pronunciaban el nombre de su padre.  Y estaban las cosas que sólo sospechaba, que eran muchas más, y que mantenía aparte de las otras con un escrúpulo que no habría podido justificar ante nadie, porque dejarlas mezclarse con lo que sabía habría sido hacerle a su padre lo que le hacía el pueblo, y él no quería.

El último asiento de ese libro llegó en un entierro, y no fue una mujer.

Su abuelo, el director de banda, murió en el invierno del decimoctavo año de Karl, en la capital, mientras dormía, con un vals a medio terminar sobre el piano.  La familia subió a la capital para el entierro.  Hacía frío para aquel país, el cementerio estaba en una colina por encima de la ciudad, y la banda que él había dirigido durante veinte años tocó junto a la tumba, mal, porque la mitad de los músicos lloraban.  Karl estaba de pie entre Johnathan y su padre.  Al otro lado de la fosa abierta, entre los primos y sus familias, había un hombre que Karl no conocía, de unos treinta y cinco años, con un traje oscuro que le quedaba bien, parado junto a uno de los primos mayores de su padre como un hijo se para junto a su padre.  No era apuesto.  Era ancho de hombros y más pesado de lo que debía, tenía la cara demasiado pequeña para la cabeza, y las manos, juntas delante de él sobre el sombrero, eran pequeñas y limpias y estaban muy quietas.

Karl miró las manos largo rato.  Luego miró las de su padre.

Su padre no miró al otro lado de la fosa.  Miró el ataúd, y al cura, y a la banda, y una vez al cielo, y una vez a la madre de Karl, pero no al otro lado.  Y el hombre del otro lado de la fosa no miró nada más.  Permaneció con las manos pequeñas juntas sobre el sombrero y miró a Henrich durante todo el entierro, fijamente, sin expresión, como se mira una casa en la que uno nació y en la que nunca le permitieron entrar.

Fue el hermano mayor de su padre, el boticario, quien se lo dijo dos días después, en la trastienda de la botica de Arenales, entre el olor a alcanfor y los frascos de rótulos en latín.  Karl no había preguntado.  Sólo había dicho que en el entierro había visto a un hombre que no conocía.  Su tío guardó silencio un rato, reordenando frascos que no necesitaban orden.  Luego le dijo que cuando él y Henrich eran estudiantes en la capital, alojados en casa de otro tío, Henrich era joven y difícil y el ama de llaves era joven y estaba sola, y de ahí había nacido un niño, y la familia había arreglado las cosas como las arreglan las familias.  Un primo se había hecho cargo del niño, le había dado su propio apellido y lo había criado como hijo suyo.  Al muchacho se lo dijeron, con el tiempo.  Henrich nunca había hablado de él y, que se supiera, nunca le había dirigido la palabra.

«Tu abuelo me hizo responsable de tu padre en esos años», dijo el boticario.  «Decía que a Henrich no había manera de disciplinarlo.  Tenía razón».  Dejó el último frasco.  «A veces he pensado que fallé.  Pero no sé si alguien lo habría hecho mejor.  Viene en la sangre».

Karl preguntó qué era lo que venía en la sangre.  Su tío lo miró por encima del mostrador con una expresión que no era poco amable, y le dijo que era joven, que había tiempo, y que el resto lo oiría de otros, como lo oían todos en la familia tarde o temprano, a pedazos.  Luego entró un cliente y la conversación terminó.

En el autobús de vuelta a Nuevo Albor, Karl iba junto a la ventanilla viendo pasar las colinas y pensaba en las manos de aquel hombre, y en las suyas, que eran largas y delgadas como las de su madre, y en las de Johnathan, que no lo eran.  Pensaba en el libro de cuentas que llevaba en la cabeza, y descubrió que no sabía en qué columna anotar aquello:  sabido, contado o sospechado.  Había visto al hombre.  Le habían contado la historia.  Y sin embargo lo que más pesaba era la sospecha, la que su tío había dejado sin decir detrás de las palabras sobre la sangre, la sospecha de que su padre no era el comienzo de nada sino sólo su forma más reciente, y de que el río que Karl había estado siguiendo bajo el suelo blando de la ciudad llevaba corriendo mucho tiempo antes de que ninguno de ellos naciera.

6. Las peleas

Las peleas no tenían comienzo.  Eso era lo que Karl recordaba con más claridad, mucho después de que los detalles se hubieran borrado:  que nunca lograba dar con el momento en que una noche corriente se torcía.  Estaba la cena, y el tintineo de los cubiertos, y su padre contando una anécdota de un juez, y su madre escuchándolo con la cara compuesta, y luego, sin transición alguna, estaba lo otro.  Un plato en el aire.  El ruido contra la pared del zaguán, que era de azulejos, de modo que la loza no se rompía sino que estallaba, y los pedazos se deslizaban por el piso hasta los rincones, donde la muchacha seguiría encontrándolos durante días.

Su padre tiraba cosas.  Era un hecho sin más, y Karl no lo discutió ni entonces ni después.  Tiraba platos y vasos y una vez una sopera entera, que dio contra el marco de la puerta, cayó y se extendió por el piso del comedor en una lenta marea amarilla que los niños miraron en silencio, con los pies recogidos en los travesaños de las sillas.  Barría la comida de la mesa con la palma de la mano, la carne y el arroz y el pan, como si la comida misma lo hubiera ofendido.  Lo hacía con un abandono terrible, el gran cuerpo alzándose de la silla, la cara pequeña ensombrecida, y Karl, mirándolo, nunca podía conciliar al hombre que hacía aquello con el hombre que había sostenido una sala inmóvil con la voz.  Era el mismo hombre.  Lo sabía.  Era la misma voz, incluso, desgarrada y enorme, gritando cosas que no parecían tener que ver con nada de lo que se había dicho.

Su madre no tiraba cosas.  Se ponía de pie, palidecía y decía en voz baja cosas que herían más hondo que cualquier grito de su padre, y cuando los gritos llegaban a cierto tono salía del comedor y subía la escalera, y su padre la seguía, y la pelea continuaba encima de sus cabezas, en los cuartos que ellos no podían ver.  Una vez, en lo alto de la escalera, Karl la oyó decir con toda claridad que todas las noches le rezaba a Dios para que él se muriera.  Lo dijo sin alzar la voz.  Lo dijo como quien declara que prefiere un tiempo a otro.  Y Karl, al pie de la escalera, con la mano de Ruth en la suya, comprendió que lo decía en serio, que lo decía en serio desde hacía mucho, y que su padre ya lo había oído antes.

Los hijos tenían sus lugares en esas noches.  Johnathan se iba a su cuarto, cerraba la puerta y subía el volumen del radio.  Josephine lloraba a gritos hasta que alguien se la llevaba.  Ludwig era demasiado pequeño para entender y casi siempre ya estaba dormido.  Ruth se quedaba muy quieta.  Karl se quedaba.  No sabía por qué se quedaba.  Más tarde se dijo que era para proteger a los demás, o para proteger a su madre, pero sabía que eso no era toda la verdad.  Se quedaba porque necesitaba ver.  Algo en él no soportaba que aquello ocurriera fuera de su vista, como si mirando pudiera mantenerlo dentro de algún límite, o al menos saber dónde estaba el límite.

Lo que nunca logró descubrir fue la causa.  Las peleas parecían ser por dinero, o por las mesas de naipes, o por una mujer, o por una cena que su madre no había organizado para un cliente, o por nada en absoluto.  Después se quedaba despierto intentando seguir el hilo hasta el nudo, y sólo encontraba más hilo.  Le parecía que sus padres peleaban por algo que ninguno de los dos sabía nombrar, y que los platos y la sopa y las palabras en lo alto de la escalera eran sólo las formas que eso tomaba al subir por el piso de la casa.

*

Cuarenta años después, en la misma casa, Karl estaba de pie con su hermano menor frente a una puerta.

La casa estaba vacía ahora.  Su madre llevaba ocho meses muerta, y su padre mucho más, y la casa de Nuevo Albor, que había pasado por los tribunales y el divorcio y el largo reparto de bienes y había vuelto al fin a los cinco hermanos, iba a venderse.  Ludwig había ido a esperarlo allí.  Él tenía las llaves; siempre las había tenido.  Ludwig era quien se había quedado en Nuevo Albor, Ludwig quien había acompañado a su madre hasta el final, Ludwig quien había mantenido la casa ventilada y el jardín cortado durante todos los años en que los demás estaban en otra parte.  Era ahora un hombre corpulento y callado, de más de cuarenta años, con la contextura de su padre y la manera de escuchar de su madre, y había recorrido con Karl las habitaciones sin comentarios, abriendo una por una las persianas, dejando que la luz cayera sobre los pisos desnudos donde habían estado sus muebles.

La puerta era la del cuartito del fondo del pasillo de arriba.  Había sido el cuarto de su madre en los últimos años antes de que se fuera:  el cuarto al que se mudó cuando dejó de dormir en la misma cama que su padre.  La puerta estaba pintada de blanco, y la habían pintado muchas veces, y bajo la pintura, a la altura del pecho de un hombre, había una larga cicatriz vertical en la madera, una hendidura limpia y profunda de unos ocho centímetros, que las sucesivas manos de pintura habían suavizado pero no rellenado.

Ludwig la tocó.

«Siempre me pregunté qué era esto», dijo.  «Mamá decía que lo hicieron los de la mudanza.  Johnathan me dijo una vez que tenía que ver con Papá, pero no quiso decir qué».  Miró a Karl.  «Tú lo sabes».

No era una pregunta.  Karl se quedó mirando la cicatriz y sintió subir en él la vieja renuencia, la renuencia de la mesa del domingo y la puerta de malla y el cerrojo echado de noche:  la larga costumbre familiar de dejar que las cosas se cierren.  Había vuelto a Nuevo Albor en parte para romper esa costumbre.  Se lo había dicho en el avión.  Y ahora, frente a la puerta, con la mano de su hermano sobre ella, descubría que la costumbre no era algo que pudiera decidir romper sin más.  Estaba en él, como estaba en todos ellos, igual que la forma de sus manos.

«Sí», dijo.  «Lo sé».

Ludwig esperó.  Sabía esperar; lo había aprendido junto a la cama de su madre.

«Tenías cuatro años», dijo Karl.  «Quizá cinco.  Era un día de semana, creo, porque Papá había llegado del despacho y todavía tenía puesto el traje.  Llevaban peleando desde la cena.  Mamá subió aquí y se encerró con llave, y él la siguió y aporreó la puerta, y ella no le abrió.  Entonces salió al balcón».  Señaló con la cabeza la ventana del fondo del cuarto, donde un estrecho balcón de hierro daba a la calle.  «Se paró allí afuera y se puso a gritarles a los vecinos.  Al principio no eran palabras.  Sólo gritos.  Luego palabras:  ayúdenme, que alguien me ayude, me va a matar.  Me acuerdo de que se encendieron las luces al otro lado de la calle, una ventana y después otra.  No vino nadie.  De eso también me acuerdo.  Se encendieron todas las luces, y no vino nadie».

Se detuvo.  Ludwig no dijo nada.

«Él bajó.  Creímos que había terminado.  Johnathan y yo estábamos en el pasillo, y Ruth, y Josephine lloraba en alguna parte.  Y entonces él volvió a subir con la espada».

«¿Qué espada?».

«La espada del general.  La de nuestro bisabuelo, de la guerra federal.  Estaba colgada en el estudio, encima del escritorio.  Tú no te acordarás; después del divorcio se la quedó uno de los primos.  Subió la escalera con ella en la mano, sin correr, caminando, despacio, como subía la escalinata del palacio de justicia, y llegó a esta puerta y la clavó».  Karl apoyó dos dedos en la cicatriz.  «Aquí.  Atravesó la madera.  Todavía lo oigo.  Sonó como cuando alguien muerde una manzana».

A Ludwig no le cambió la cara, pero retiró la mano de la puerta.

«La estaba sacando para volver a clavarla», dijo Karl.  «Y nos pusimos delante de él.  Johnathan y yo, y Ruth detrás de nosotros.  No recuerdo haberlo decidido.  Sólo recuerdo estar allí, entre él y la puerta, con la espalda contra ella, y Johnathan a mi lado, y Papá de pie frente a nosotros con la espada en la mano y la cara del color de un moretón, respirando como respiraba en la escalinata.  Por un momento pensé que no sabía quiénes éramos.  Luego dejó caer la espada al piso, y pensé que otra vez había terminado, y entonces se volvió contra nosotros».

«Te pegó».

«Nos pegó.  A los tres.  Con las manos, y después con el cinturón.  Aquí mismo, en el pasillo, hasta que se cansó.  Después bajó y se encerró en el estudio, y al rato Mamá abrió la puerta y salió y nos vio, y nos acostó, y ninguno dijo nada.  Y por la mañana hubo desayuno, y él leyó el periódico, y la espada estaba otra vez en la pared».

El cuarto estaba muy callado.  Afuera pasó un carro por la calle, y luego otro.

Ludwig fue hasta la ventana y se quedó mirando el balcón, la estrecha baranda de hierro, las casas de enfrente con las persianas cerradas contra la tarde.  Se quedó allí mucho tiempo.  Karl le miraba la espalda sin saber qué pensaba, y sintió, como había sentido toda la vida con ese hermano, que había en él un país entero que nadie había visitado nunca.

«Me acuerdo de un ruido», dijo Ludwig por fin, sin volverse.  «Siempre me he acordado.  No sabía qué era.  Creí que lo había soñado».  Volvió a callar.  «Johnathan lo cuenta de otra manera».

Karl sintió que algo se le tensaba por dentro.

«¿Cuenta qué?».

«Me lo contó, hace años.  No lo de la espada, nunca mencionó una espada.  Pero dijo que hubo una noche en que Papá se fue contra Mamá y él lo detuvo.  Dijo que se paró solo delante de la puerta.  Dijo que tú estabas escondido en tu cuarto».  Ludwig se apartó entonces de la ventana y miró a Karl, no con reproche, sino con la atención paciente de un hombre que ha pasado años escuchando a la gente describir los mismos hechos de maneras incompatibles y ha dejado de esperar que coincidan.  «No sé cuál de los dos tiene razón.  Yo estaba dormido.  O creía estarlo».

Karl abrió la boca para responder y descubrió que no tenía nada que decir que no sonara a defensa.  Había estado allí.  Sabía que había estado allí; podía sentir la puerta contra la espalda.  Pero sabía también, de pie en el cuarto vacío con la cicatriz bajo los dedos, que Johnathan también podía sentirla, que su hermano había contado la historia tantas veces que ya era tan sólida en él como en Karl, y que no había tribunal donde juzgar el asunto, ni testigo que no hubiera sido un niño, ni más registro que la madera.

«¿Y Ruth?», dijo.  «¿Johnathan dijo que Ruth estaba allí?».

Ludwig negó despacio con la cabeza.

«No mencionó a Ruth en absoluto».

Karl miró la cicatriz.  Pensó en su hermana detrás de él en el pasillo, muy quieta, como se quedaba quieta en todas las peleas, y en que no había llorado cuando su padre se volvió contra ellos, y en que había sido la última de los tres en recibir los golpes y la primera en levantarse después.  Siempre la había recordado allí.  Nunca se había preguntado por qué Johnathan la había olvidado, ni por qué su padre, por la mañana, los había mirado a todos por encima del periódico menos a Ruth.  Se lo preguntó ahora, y la pregunta se abrió sobre algo tan oscuro que dio un paso atrás, apartándose de la puerta como si se hubiera movido.

«Ven», dijo Ludwig con suavidad.  «Falta el resto de la casa».

Y Karl, que había vuelto a Nuevo Albor a decir lo indecible, siguió a su hermano por el pasillo y no dijo nada, y se despreció un poco por ello, y comprendió que el resto tendría que decirse en otro cuarto, otro día, a alguien que no querría oírlo.

7. La revelación

Josephine llegó de Buenos Aires tres días después, para la firma.

La venta exigía las cinco firmas ante la notaria, y Josephine había aplazado el viaje hasta la última semana posible, como aplazaba todo lo que la obligaba a volver a Nuevo Albor.  Hacía veinticinco años que no vivía en el país.  Llegaba ahora con el aire de una mujer que visita una ciudad que amó alguna vez y que ya no puede perdonar:  elegante, cansada, rápida para notar lo que se había deteriorado.  Se alojaba en el viejo hotel de la plaza, frente al palacio de justicia, y allí fue Karl a verla la víspera de la firma, porque se había dicho en el avión que lo haría, y porque había fracasado con Ludwig y no soportaba fracasar dos veces.

Se sentaron en el bar del hotel, que alguna vez había sido grandioso y ahora sólo era grande, bajo un ventilador de techo que giraba sin convicción.  Josephine pidió una ginebra.  Le preguntó por el vuelo, y por Toronto, y por la casa, y si Ludwig la había mantenido decentemente, y Karl respondió a cada pregunta y sintió que la conversación avanzaba, como avanzaban siempre sus conversaciones, por la superficie de las cosas hacia un punto en el que uno de los dos diría algo que ya no podría retirarse.  Él siempre había sido el que se contenía.  Esa noche no pensaba hacerlo.

«Quiero contarte algo de Mamá», dijo.  «Y de Papá.  Y de Ruth».

Josephine dejó el vaso.  No le cambió la cara, pero algo detrás de ella se quedó muy quieto, y Karl reconoció esa quietud.  Era la de Ruth.

«¿Qué pasa con Ruth?».

Lo había ensayado.  Lo había ensayado durante años, de muchas formas, en cuartos de Toronto con la nieve cayendo afuera, y ninguna de esas formas había sobrevivido al contacto con la cara de su hermana.  Descubrió que sólo podía decirlo sin rodeos.

«Abusó de ella», dijo.  «Desde que era muy pequeña.  Durante años.  Y Mamá lo sabía».

El ventilador giraba.  Un mesonero cruzó el salón y salió por la puerta del fondo.  Josephine lo miró y no habló, y Karl, que esperaba ira o lágrimas o incredulidad, no vio nada de eso.  Vio sólo que ella esperaba, como había esperado Ludwig, que él continuara.  No sabía si esperaba porque no le creía o porque sí.

«¿Cómo lo sabes?», dijo ella al fin.

Era la pregunta justa.  Era la pregunta que él se había hecho todos los días durante treinta años, y había intentado responderla con honradez, y la respuesta honrada no era sencilla.

«No lo vi», dijo.  «Quiero que eso quede claro.  Nunca vi nada que pudiera jurar.  Vi cosas alrededor.  Lo vi salir de su cuarto de noche, más de una vez, cuando yo tenía doce o trece años y solía despertarme temprano.  Salía y cerraba la puerta muy despacio detrás de sí y se quedaba de pie en el pasillo, y una vez me vio, y no dijo nada, sólo me miró, y luego me dijo que volviera a la cama, y volví.  La vi dejar de hablar.  Tú te acuerdas.  Dejó de hablar en la mesa cuando tenía nueve o diez años y nunca volvió a hacerlo del todo.  Vi que por las mañanas nos miraba a todos menos a ella.  Vi cómo se quedaba quieta cuando él entraba en una habitación.  Vi todo eso, y no lo entendí, o lo entendí y no me permití saberlo.  No sé cuál de las dos.  Nunca lo he sabido».

La mano de Josephine descansaba de plano sobre la mesa, junto al vaso.  No la movió.

«Eso no es saber», dijo.

«No.  Eso no es saber».  Le sostuvo la mirada.  «El saber vino de Mamá».

Le contó entonces lo de la tarde en el despacho del abogado, en las semanas después de que su madre presentara la demanda de divorcio.  Karl tenía veintiún años y estaba en casa, de vacaciones de la universidad, y su madre le había pedido que la acompañara al despacho del abogado que había contratado, porque no quería ir sola, y se habían sentado juntos en la sala de espera, en un banco duro bajo un diploma enmarcado, y mientras esperaban ella se lo había dicho.  No había bajado la voz.  Había hablado como hablaba en la tienda, doblando telas:  con calma, como si los hechos fueran cortes de tela que había que medir y poner sobre una pila.  Había dicho que el abogado le preguntaría qué causales pensaba alegar y que ella le daría las mujeres, porque las mujeres bastaban y todo el mundo las conocía.  Había dicho que no le daría a Ruth.  Karl le había preguntado qué quería decir.  Y su madre se había vuelto hacia él en el banco y le había dicho que sabía desde que Ruth era pequeña lo que su padre le hacía, y que sabía lo que costaría hablar de ello en aquel país, en aquellos años, ante un tribunal lleno de hombres que bebían con él, y que hacía mucho había decidido que a Ruth le costaría más que a él.  Entonces se había abierto la puerta del abogado, y ella se había levantado, se había alisado la falda y había entrado, y Karl se había quedado solo en el banco bajo el diploma durante una hora, y cuando ella salió le preguntó si quería almorzar.

«Nunca volvió a decirlo», dijo Karl.  «Lo intenté después, dos o tres veces.  Me miraba como si no supiera de qué le hablaba.  Una vez me dijo que debía de haberlo soñado.  Al final, por supuesto, no recordaba nada.  Pero lo dijo, Josephine.  Me lo dijo en aquel banco, en aquel despacho, y lo he cargado todos los días desde entonces».

Su hermana se miró la mano sobre la mesa.  La volteó despacio y se miró la palma, como si pudiera haber algo escrito en ella.

«Veinte años», dijo.

«Sí».

«Lo supo durante veinte años y se quedó con él».

«Sí».

«Y cuando se fue, se fue por las mujeres».

«Se fue por todo.  Pero las mujeres fueron lo que le dio al tribunal».

Josephine alzó los ojos, y Karl vio en ellos por fin lo que había estado esperando, y no era lo que esperaba.  No era dolor, ni incredulidad.  Era ira, fría y entera, y estaba dirigida contra él.

«¿Por qué me cuentas esto?», dijo.

«Porque es verdad».

«Eso no es una razón.  Muchísimas cosas son verdad».  Se inclinó hacia él por encima de la mesita.  «Mamá está muerta.  Papá está muerto.  Ruth está viva, y tiene una vida, y nunca me ha dicho una sola palabra de nada de esto, ni a mí ni a nadie, que yo sepa.  ¿A ti te ha dicho algo?».

Karl guardó silencio.

«¿Te ha pedido que lo cuentes?».

«No».

«Entonces no es tuyo».  La voz de Josephine no subió; bajó, y se endureció, hasta parecerse casi a la de su madre.  «Es de ella.  Y era de Mamá, y ella decidió qué hacer con eso, y quizá decidió mal, Dios sabe que decidió mal en muchísimas cosas, pero decidió.  Tú no estabas cuando decidió.  Eras un niño.  No sabes lo que era ser mujer en esa casa, casada con ese hombre, en ese país.  No sabes qué estaba protegiendo.  No eras tú a quien protegía».

«Sé lo que no estaba protegiendo».

«Sabes lo que viste desde el pasillo a las cinco de la mañana».  Josephine se echó hacia atrás.  «Siempre haces esto, Karl.  Siempre lo has hecho.  Te paras en la puerta y miras, y le encuentras el sentido, y después vienes a explicárnoslo a los demás como si fueras el único que estuvo alguna vez en la habitación.  Y de algún modo, cada vez, resulta que Papá era un gran hombre con defectos y Mamá una mujer que le falló.  Siempre le tuviste debilidad.  Todo el mundo lo sabía».

«Eso no es verdad».

«¿No?».  Tomó el vaso, bebió y lo dejó.  «Ruth se fue con él, ¿sabes?  En el divorcio.  Se levantó en el tribunal y habló a su favor.  Lo eligió a él.  Se fue a vivir con él a aquel apartamento con su nueva mujer, que tenía su misma edad, y se puso a trabajar en su bufete, y se quedó con él hasta que murió.  Si lo que dices es verdad, eso no lo entiendo.  Y si yo no lo entiendo, no estoy segura de que tú lo entiendas».

Karl no tenía respuesta.  Nunca la había tenido para eso.  Era lo que en la historia se negaba a quedarse quieto:  que Ruth, precisamente ella, se hubiera ido con su padre, y se hubiera puesto a su lado en el tribunal donde su madre pedía librarse de él, y hubiera elegido, hasta donde cualquiera podía ver, al hombre que le había hecho aquello por encima de la madre que había dejado que se lo hicieran.  Le había dado vueltas durante años y no había encontrado ninguna cara de aquel hecho que no cortara.

«No lo entiendo», dijo.  «No creo que me toque entenderlo».

Josephine lo miró largo rato.  Luego le hizo una seña al mesonero para pedir la cuenta, la pagó antes de que Karl alcanzara la billetera, se levantó y recogió la cartera y el chal.

«Nos vemos donde la notaria», dijo.  «A las diez».  En la puerta del bar se detuvo y se volvió.  «No le digas a Ruth que me lo contaste», dijo.  «No se lo digas a nadie.  Si le tienes un mínimo de respeto».

Salió.  Karl se quedó sentado bajo el ventilador.  El bar estaba vacío ahora salvo por el mesonero, que apilaba sillas en el otro extremo con un cuidado exagerado, como para dar a entender sin decirlo que ya era hora.  Por los altos ventanales Karl veía la plaza, y enfrente el palacio de justicia, gris a la luz de los faroles, con su amplia escalinata subiendo entre las columnas manchadas.

Se quedó mucho rato mirando la escalinata.

Vio a un hombre corpulento detenido a mitad de camino con la mano en la baranda.  Vio una estampita que caía de entre las páginas de un misal blanco, y una puerta de malla que se cerraba con un pequeño ruido seco.  Vio un cerrojo echado de noche en una puerta principal, y a una mujer dormida en el cemento con los zapatos puestos en orden a su lado, y la mano de un cura en un portón.  Vio a una niña de nueve años en la mesa del desayuno comiendo en silencio mientras su padre leía el periódico y miraba a todos menos a ella.  Vio a su madre doblando telas.  Vio una espada colgada por la mañana en la pared de un estudio, devuelta a su lugar.  Vio a tres niños en un pasillo con la espalda contra una puerta, y vio, ahora, cuál de ellos había estado más atrás, y por qué no había llorado.

El mesonero se acercó y le preguntó, muy cortésmente, si el señor deseaba algo más.

Karl dijo que no.  Le dio las gracias.  Salió a la plaza en la oscuridad tibia, pasó frente a la escalinata del palacio de justicia, hacia la calle donde la casa esperaba vacía con las persianas abiertas, y no alzó la vista hacia la ventana del cuartito del fondo del pasillo de arriba, aunque sabía sin mirar que Ludwig la habría cerrado.

Segunda parte: Los herederos

8. La demanda

El despacho de la notaria estaba en el segundo piso de un edificio detrás de la catedral, en la calle donde antes había estado la tienda de su madre.  La tienda era ahora una farmacia.  Karl pasó por delante a las diez menos cuarto y no se detuvo.

Estaban todos allí antes que él menos Ruth.  Johnathan ocupaba la cabecera de la larga mesa de la notaria como si fuera suya, lo cual en cierto sentido era cierto, pues él había preparado la mayor parte de los documentos; tenía ya el pelo gris, estaba pesado, y llevaba el traje oscuro y los gestos pequeños y precisos de un hombre que ha pasado cuarenta años en los tribunales, y cuando Karl entró se levantó a medias y le estrechó la mano por encima de la mesa con la cortesía breve y firme que reservaba para el abogado de la parte contraria.  Josephine estaba sentada junto a la ventana con lentes oscuros y no se los quitó.  Ludwig estaba a su lado, con las grandes manos juntas sobre la mesa, y le dirigió a Karl una mirada que no preguntaba nada ni prometía nada.  La notaria, una mujer joven con anteojos de anciana, ordenaba papeles.  Un reloj de pared marcaba los segundos con mucha importancia.

Ruth llegó a las diez y cinco.

Karl no la veía desde hacía cuatro años.  Entró sin disculparse, una mujer pequeña y erguida con un vestido gris y el pelo recogido, con una carpeta de cuero bajo el brazo, y saludó a cada uno por turno:  a Johnathan con una inclinación de cabeza, a Ludwig con una mano en el hombro, a Josephine con un beso en la mejilla que Josephine recibió sin moverse.  Llegó a Karl la última.  También a él lo besó, y tenía la mejilla fresca, y le dijo que lo veía cansado, y le preguntó si en Toronto hacía mucho frío.  Karl le dijo que sí.  Le buscó en la cara alguna señal de que Josephine hubiera roto su propia prohibición y no encontró ninguna, y descubrió también que no sabía cómo sería esa señal, porque la cara de Ruth llevaba tanto tiempo compuesta que ya no podía distinguir dónde terminaba la compostura.

Se sentó frente a él.  Abrió la carpeta y sacó una pluma.

La notaria empezó a leer.

Leyó la descripción del inmueble, sus linderos y sus medidas y su número de registro, y luego leyó su historia, porque la ley exigía recitar la cadena de títulos antes de prolongarla.  Leyó que la casa había sido adquirida por Henrich y Jennifer conjuntamente el año en que la familia llegó a Nuevo Albor.  Leyó que había sido objeto de una demanda de partición de bienes conyugales.  Leyó la fecha de la demanda, y la fecha de la medida cautelar que había congelado el patrimonio, y la fecha de la sentencia de divorcio cuatro años después, y la fecha del acuerdo definitivo seis años más tarde, por el que la casa había pasado a Jennifer sola.  Leyó la fecha de la muerte de Jennifer, y los nombres de los cinco herederos, y sus fechas de nacimiento, y sus lugares de residencia:  Nuevo Albor, Toronto, Buenos Aires, Nuevo Albor, Nuevo Albor.  Lo leyó todo con voz pareja, sin inflexión, como quien lee una lista de estaciones.

Karl escuchaba pasar las fechas y sentía que cada una se abría bajo sus pies.

*

La demanda había llegado en el otoño de su vigésimo primer año.

Nadie en la familia había creído que ella lo haría.  Lo había amenazado tantas veces, en tantas peleas, en lo alto de tantas escaleras, que la palabra se había gastado de tanto uso y ya no significaba nada.  Hasta que una mañana salió hacia la tienda como de costumbre y no fue a la tienda.  Fue al despacho de un abogado al otro lado de la ciudad, un tal Quintero, de quien se sabía que detestaba a Henrich y que no le tenía miedo, y firmó los papeles, y Quintero los presentó esa misma tarde.  Henrich se enteró por un escribiente del tribunal que lo detuvo en la escalinata.

Karl estaba en la universidad de Arenales y lo supo por teléfono, por Ludwig, que tenía trece años y estaba asustado y no sabía explicar qué había pasado, salvo que Papá había vuelto a casa a mediodía y había roto con una silla todas las ventanas de la planta baja.  Karl volvió en el autobús nocturno.  Cuando llegó por la mañana ya habían barrido los vidrios y tapiado las ventanas con tablas, y su padre estaba en el estudio con la puerta cerrada, y su madre en la tienda, adonde había ido como de costumbre, y la muchacha lloraba en la cocina.

La furia duró meses.  No tomó la forma que Karl esperaba.  Ya no hubo platos; los platos parecían pertenecer a otro matrimonio, uno que todavía creía que iba a continuar.  Esto era más frío.  Su padre sólo le hablaba a su madre a través de los hijos, o no le hablaba, y cuando se cruzaba con ella en una habitación miraba a través de ella como si fuera un vidrio.  Por las noches hablaba, en el estudio, por teléfono, en voz baja y paciente, y Karl supo después que hablaba con jueces y escribientes y con los hombres que bebían con él en el club, preparando el terreno.  En aquel país, divorciarse significaba repartir los bienes, y su padre no tenía intención de repartir nada.  Antes había puesto patrimonios fuera del alcance de esposas, por cuenta de maridos que le pagaban bien, y conocía cada pasadizo por el que una casa o una finca o una cuenta bancaria podían hacerse desaparecer.

Pero su madre también los conocía.  Se había sentado a su mesa durante veinticinco años y lo había oído contar historias de sus casos, y no lo había escuchado sólo con la cara compuesta.  Antes de que Henrich pudiera moverse, Quintero hizo congelar el patrimonio.  Cada propiedad, cada cuenta, cada acción del bufete.  Karl vio a su padre leer la medida en el desayuno.  La leyó dos veces.  Luego la dejó junto a su plato, como años antes había dejado el periódico con la fotografía de su mujer, y miró al otro lado de la mesa, al lugar donde ella habría estado sentada si todavía desayunara con ellos, y Karl le vio en la cara algo que nunca le había visto, y no era ira.  Era sorpresa.

La primera audiencia fue en invierno.  Karl fue porque su madre se lo pidió, y se sentó con ella y con Quintero en el banco a la entrada de la sala, bajo las columnas manchadas, mientras su padre permanecía al otro extremo del pasillo con sus propios abogados y no los miraba.  Cuando terminó la audiencia, le había ido mal a su padre; Karl no siguió el derecho del asunto, pero vio la cara del juez y la de Quintero, y vio a su padre salir de la sala con la cara pequeña ensombrecida y la respiración agitada.

Salieron juntos a la escalinata, Karl y su madre y Quintero, al aire frío y luminoso.  Quintero era un hombre flaco, ya no joven, y bajaba los escalones delante de ellos con el maletín en una mano, hablando por encima del hombro del siguiente escrito.

Karl oyó detrás el paso de su padre.  Lo conocía como conocía el latido de su propio corazón:  la pisada lenta y pesada, la pausa, la respiración.  Se volvió.  Su padre había salido de entre las columnas y bajaba hacia ellos, ya no despacio, con una rapidez que Karl nunca le había visto, y tenía los ojos clavados en la espalda de Quintero.  Karl comprendió lo que iba a pasar un instante antes de que pasara.  Vio alzarse las manos pequeñas de su padre.  Las vio buscar los hombros del abogado en el punto donde los escalones eran más empinados.

No decidió moverse, como no lo había decidido ante la puerta de la espada.  Simplemente estaba allí, entre su padre y el abogado, con sus propias manos sobre el pecho de su padre, y el peso de su padre cayó contra él como un muro que se derrumba, y rodaron juntos sobre la piedra, y Quintero, volviéndose al oír el ruido, soltó el maletín y se quedó mirando.

Salió gente corriendo de las puertas.  Alguien levantó a su padre.  Otro ayudó a Karl.  Su padre quedó de pie en la escalinata con dos escribientes sujetándole los brazos, respirando a grandes bocanadas desgarradas, la cara jaspeada como el día en que se detuvo a mitad de camino con la mano en la baranda, y miró a Karl.  No era una mirada de ira.  Era la mirada que le había dirigido desde el otro lado del pasillo al amanecer, frente a la puerta de Ruth, cuando le dijo que volviera a la cama.  Decía que Karl había visto algo, y que su padre lo sabía, y que ese saber quedaría ahora entre los dos.

Nada se puso por escrito.  Quintero no presentó denuncia.  Los escribientes que habían sujetado a Henrich volvieron adentro y, en menos de una semana, ya no recordaban lo que habían visto.  Karl tuvo la rodilla hinchada durante un mes.

*

Ruth tenía veinte años cuando el caso llegó a juicio.  Había vivido en la casa durante todo aquello, encerrada en su cuarto, bajando a las comidas y volviendo a subir, y nadie le había preguntado qué pensaba, porque nadie le preguntaba nunca a Ruth qué pensaba.  Karl había supuesto, en la medida en que suponía algo de ella, que se mantendría al margen, como Josephine y Ludwig eran demasiado jóvenes para estar dentro y Johnathan demasiado prudente.

La llamaron a declarar los abogados de su padre el tercer día.

Karl estaba en la sala.  Estaba sentado detrás de su madre y vio a su hermana subir al estrado con un vestido azul oscuro que él nunca le había visto, prestar juramento con una voz clara y pequeña, sentarse y juntar las manos.  No miró a su madre.  No miró a Karl.  Miraba al abogado que la interrogaba, y le respondía con la misma voz clara y pequeña, y lo que dijo fue que su madre había estado ausente de la casa casi todas las noches durante años; que iba a mesas de naipes y a clubes y a casas de mujeres que celebraban sesiones espiritistas; que recibía a curas por las tardes en un cuarto cerrado; que había descuidado a los hijos menores y los había dejado al cuidado de la muchacha; y que su padre había sido paciente con todo aquello, y los había mantenido a todos, y nunca, que ella hubiera oído, había hablado mal de su madre.

Todo era verdad.  Karl escuchaba sentado y no encontraba una sola frase falsa.  Eso era lo insoportable.  Cada hecho era verdadero, y cada hecho había sido elegido, y la elección componía un retrato de su madre tan falso como cualquier cosa que él hubiera oído jamás, y no habría podido levantarse en aquella sala y decir dónde estaba la falsedad.

Su madre estaba sentada muy derecha y no se movía.  Una vez, cuando Ruth habló de los curas, Karl vio sus manos cerrarse sobre el borde de la mesa y volver a abrirse.

Su padre, en la otra mesa, observó a Ruth todo el tiempo.  No le quitó los ojos de encima.  Era la primera vez, que Karl recordara, que veía a su padre mirar a Ruth durante un rato largo, y Karl lo miraba mirarla, y le vio en la cara una expresión de tanta ternura y tanto orgullo que tuvo que apartar la vista.

Ruth bajó del estrado.  Recorrió el pasillo entre los bancos y pasó junto a la mesa donde estaba sentada su madre, y por un instante, al pasar, se cruzaron sus miradas.  Karl lo vio.  Vio que no pasaba nada entre ellas, absolutamente nada, ni reproche de un lado ni disculpa del otro, sino sólo una mirada larga y pareja de reconocimiento, la mirada de dos personas que comparten un secreto y han convenido, sin palabras, en guardarlo.  Luego Ruth siguió y se sentó en el banco detrás de su padre, y no alzó la vista hasta que se levantó la sesión.

La sentencia se dictó cuatro años después.  Al año siguiente, Henrich se casó con una mujer de veinticinco años que había sido pasante en su bufete, y tomó un apartamento al otro lado de la ciudad con una terraza y vista a las montañas, y antes de la boda le hizo firmar un acuerdo, redactado de su puño y letra, por el que ella renunciaba a cualquier derecho sobre todo lo que él poseía.  Ruth se mudó al apartamento con ellos.  Ella también tenía veinticinco años.

*

«Señor Karl».

La notaria le tendía una pluma.  La lectura había terminado.  Los demás habían firmado; vio las cuatro firmas en columna sobre la página, la de Johnathan grande y segura, la de Josephine rápida e inclinada, la de Ludwig cuidadosa, la de Ruth muy pequeña y muy pulcra, como una línea impresa.  La notaria esperaba.  Al otro lado de la mesa, Ruth tapaba su pluma y la guardaba en la carpeta, y Karl le miró las manos, que eran pequeñas y estaban quietas, y luego la cara, que estaba vuelta hacia la ventana, hacia la calle donde había estado la tienda de su madre, y no supo qué miraba, ni si miraba algo.

Tomó la pluma y firmó.

9. El alegato de Johnathan

Johnathan lo llevó a almorzar al café frente al palacio de justicia.

Fue elección suya, y Karl lo entendió como una elección.  Johnathan había comido allí casi todos los días de su vida profesional, como su padre antes que él; el mesonero le trajo lo de siempre sin que se lo pidiera, como otro mesonero le traía lo suyo a su padre, y cuando Karl miró hacia la puerta casi esperaba ver a un viejo portero con una chaqueta gris que le quedaba grande, barriendo.  No había ningún portero.  Había un muchacho con un teléfono, recostado en el marco de la puerta, que no levantó la vista.

Al principio hablaron de la venta, y de los compradores, una pareja joven de la capital que pensaba tumbar la pared del fondo y poner vidrio, y del reparto del dinero, que Johnathan había calculado hasta el último céntimo y explicó con evidente gusto por la aritmética.  Karl lo dejó explicar.  Siempre le había gustado ver a su hermano manejar números; era lo único que Johnathan hacía sin la leve rigidez que lo invadía en todo lo demás, como si las cifras fueran la única compañía en la que podía estar del todo seguro de cómo lo recibirían.

Cuando llegó el café, Karl dijo:  «Quiero preguntarte por el acuerdo».

Johnathan removió el café.  Lo removió un buen rato.

«¿Por qué parte?».

«Por la parte en que Mamá despidió a Quintero y te dio el caso a ti».

*

Karl estaba en Toronto cuando ocurrió.  Se había ido allí el año después de la sentencia, a estudiar y luego a quedarse, y había seguido el largo último acto del matrimonio de sus padres como se sigue una guerra en un país lejano:  por cartas, por llamadas en líneas malas y por los silencios entre unas y otras.

La sentencia había resuelto el matrimonio pero no los bienes.  Los bienes eran otro proceso, y duró seis años más, y durante todos ellos Quintero lo había peleado con una paciencia que Karl sólo podía admirar desde lejos.  Había mantenido congelado el patrimonio.  Había rastreado, uno por uno, los pasadizos por los que su padre había intentado poner cosas fuera de alcance:  una finca en el valle puesta a nombre de un cliente que le debía favores, un paquete de acciones traspasado a una compañía que sólo existía en el papel, una cuenta en la capital que resultó estar abierta a nombre de un primo.  Quintero los encontró todos.  Año tras año los sacó a la luz y los puso ante el tribunal, y año tras año el tribunal, despacio, a regañadientes, contra todos los hábitos de sus miembros, falló a favor de su madre.

En la primavera del sexto año el juez dictó un fallo que le daba a Jennifer la mitad de todo.  La mitad de la casa, la mitad de la finca, la mitad de las acciones del bufete, la mitad de las cuentas.  El propio Quintero le escribió a Karl para contárselo.  Fue la única carta que Karl recibió de él, una sola hoja escrita con una letra seca y erguida, y Karl la conservó durante años.  Quintero decía que en treinta años de ejercicio nunca le había ganado un caso a Henrich, y que ahora le había ganado éste, y que quería que Karl lo supiera, porque Karl se había interpuesto una vez entre él y el pie de la escalinata del palacio de justicia y él no lo había olvidado.

Tres semanas después su madre lo despidió.

Lo hizo por carta, supo Karl después, una breve carta de agradecimiento con un cheque adjunto, y Quintero devolvió el cheque.  Le dio el caso a Johnathan.  Johnathan se había graduado apenas dos años antes, tarde, después de una larga temporada incierta en la que empezó y abandonó otras dos carreras y volvió al derecho como quien vuelve a una casa en la que juró no volver a entrar.  No tenía experiencia en bienes.  Nunca había llevado un caso de envergadura.  Y a los cuatro meses de hacerse cargo del caso de su madre había negociado con su padre un acuerdo por el cual Jennifer recibía la casa de Nuevo Albor y una renta modesta de por vida, y Henrich se quedaba con la finca y las acciones y las cuentas y todo lo demás que Quintero había pasado seis años arrastrando de vuelta a la luz.

Karl lo supo por su madre, por teléfono.  Se lo contó con la misma voz pareja que había usado en el banco de la sala de espera del abogado.  Dijo que se había terminado.  Dijo que estaba cansada, que llevaba años cansada, que no quería pasarse el resto de la vida en los tribunales esperando a ver qué le daba un juez.  Dijo que Johnathan había sido muy bueno, muy paciente, que había entendido.  Dijo que tenía la casa, y que con eso bastaba, y que ahora iba a pensar sólo en sí misma y en su propio futuro.  Karl le preguntó por qué había despedido a Quintero, que había ganado.  Hubo un silencio en la línea, lleno del siseo de la distancia.

«Porque había ganado», dijo ella.  «¿Entiendes?  Había ganado, y tu padre jamás lo habría aceptado.  Habría apelado, y vuelto a apelar, y habría seguido hasta que uno de los dos se muriera.  Johnathan podía hablar con él.  Quintero sólo podía vencerlo».

Karl dijo que entendía.  No entendía.  Colgó el teléfono y se sentó junto a la ventana de su cuarto en Toronto, viendo caer la nieve sobre la calle, e intentó imaginar a su madre entregándole a su hijo mayor los seis años de trabajo de Quintero y viéndolo devolver casi todo, y no lograba que la imagen se quedara quieta.  Cambiaba cada vez que la miraba.  A veces veía a una mujer tan agotada que entregaría cualquier cosa a cambio de un final.  A veces veía a una mujer que no soportaba, después de todo, derrotar al hombre con quien se había casado, y que había encontrado en su hijo una manera de perder que no parecía una derrota.  Y a veces veía a Johnathan, sentado a la mesa frente a su padre, con su voz cuidadosa y su amor por las cifras, descubriendo por primera vez que podía sostener una sala.

Al año siguiente, en una visita a casa, Karl fue al bufete a recoger unos papeles y vio el nombre de su hermano en una puerta del pasillo donde él había archivado carpetas de muchacho.  Estaba pintado en dorado, con las mismas letras que el de su padre, dos puertas más allá.  Doña Elvira, ya muy vieja, seguía sentada ante su máquina de escribir en el pasillo, y levantó la vista hacia Karl cuando él se detuvo ante la puerta, y luego volvió a bajarla sin decir palabra, y él vio que se le había labrado un surco nuevo.

*

«Me lo pidió», dijo Johnathan.

Había dejado la cucharilla.  No miraba a Karl sino a la ventana, al palacio de justicia al otro lado de la plaza, a la escalinata.

«Vino una noche a mi apartamento, se sentó en mi sofá y me lo pidió.  Dijo que ya no podía más.  Dijo que Quintero pelearía hasta el fin del mundo y que ella estaría muerta antes de ver un centavo.  Dijo que Papá nunca cedería ante Quintero pero que quizá cediera ante mí».  Hizo girar la taza sobre el platillo, un cuarto de vuelta, y otro.  «Le dije que no estaba preparado.  Le dije que se quedara con Quintero.  Lloró.  Yo nunca la había visto llorar, Karl, ni una vez, ni siquiera en las peleas.  Se sentó en mi sofá y lloró, y volvió a pedírmelo.  ¿Qué querías que hiciera?».

«Podías haberte negado».

«¿Y dejarla sin nada más que otros seis años de audiencias?».  La voz de Johnathan no subió; se volvió más plana, más precisa, la voz que usaba en los tribunales.  «Tú no estabas aquí.  Estabas en Canadá, mirando la nieve.  Yo estaba aquí.  Yo veía lo que eso le estaba haciendo.  No dormía.  Había dejado de ir a la tienda.  Había empezado a decir cosas raras, que Papá le había quemado los poemas, que oía voces.  Yo le conseguí la casa.  Le conseguí una renta de la que podía vivir.  La saqué de ahí.  Quintero le habría conseguido la mitad de todo, en teoría, en diez años, si seguía viva y todavía en sus cabales para gastarlo».

«Y tú conseguiste una puerta con tu nombre».

Las palabras salieron antes de que Karl pudiera detenerlas.  Las vio caer.  A Johnathan no le cambió la cara, pero se quedó muy quieto, y Karl vio en esa quietud algo que había visto en todos ellos alguna vez, en Ruth y en Josephine y en sí mismo, la manera que tenía la familia de quedarse quieta cuando recibía un golpe.

«Papá me ofreció un puesto en el bufete un año después», dijo Johnathan con calma.  «No tenía otras ofertas.  Tenía treinta y tres años y había perdido diez, y tenía una mujer y un hijo en camino.  Lo acepté.  No pido disculpas por ello».  Se terminó el café y dejó la taza con precisión en el centro del platillo.  «Sé lo que piensas.  Siempre lo he sabido.  Piensas que la vendí.  Piensas que me senté frente a él y le di lo que quería para que él me diera lo que yo quería.  Josephine piensa lo mismo.  Hace veinte años que no me habla como es debido».

«No sé lo que pienso», dijo Karl, y al decirlo descubrió que era cierto.  «Llevo años intentando decidirlo y no puedo.  Por eso te lo pregunto».

Johnathan lo miró largo rato.  Luego algo en su cara cedió, muy poco, como había cedido la cara de su padre la noche del cinturón, cuando fue a sentarse en el borde de la cama.

«Entonces te voy a contar algo que nunca le he contado a nadie», dijo.  «Cuando fui a ver a Papá para empezar la negociación, fui al apartamento.  El del otro lado de la ciudad, el de la terraza.  Me abrió su mujer.  Y Ruth estaba allí.  Estaba sentada a la mesa del comedor con papeles extendidos delante, los papeles de él, los expedientes, los escritos de Quintero.  Había estado trabajando en ellos.  Para él.  Levantó la vista cuando entré y me dijo buenas tardes, como si yo fuera un cliente.  Y Papá salió del estudio y me vio mirándola, y dijo:  “Tu hermana me ha sido de gran ayuda”».  Johnathan hizo una pausa.  «Me senté a esa mesa frente a los dos.  Frente a Papá y a Ruth.  Y negocié el acuerdo de nuestra madre con los dos, y Ruth tomaba notas».

Karl no dijo nada.  El mesonero vino y se fue.  Al otro lado de la plaza, un escribiente salió de entre las columnas manchadas del palacio de justicia y bajó la escalinata, despacio, agarrado a la baranda.

«Nunca la he entendido», dijo Johnathan.  «A Ruth.  No creo que nadie la haya entendido.  No creo que Mamá la entendiera».  Pidió la cuenta con una seña.  «Y te voy a decir otra cosa, ya que estamos contando cosas.  Desde que llegaste andas haciéndole preguntas a la gente.  Ludwig me lo dijo.  Le preguntaste por aquella noche con Papá y la puerta.  Sé lo que crees que pasó.  He oído tu versión, en una mesa o en otra, durante treinta años».  Sacó la billetera de la chaqueta.  «Yo estaba allí.  Yo estaba en la puerta.  No te recuerdo allí, Karl.  Lo siento, pero no te recuerdo.  Me recuerdo solo».

«Yo estaba allí».

«Quizá sí».  Johnathan dejó el dinero sobre la mesa.  «Quizá estábamos los dos y ninguno puede ver al otro.  Estaba oscuro.  Éramos niños.  ¿Importa ahora?».

Karl quiso decirle que importaba más que nada.  Quiso decirle que si dos hermanos podían estar uno junto al otro contra la misma puerta y cada uno recordarse solo, entonces nada de lo que cualquiera de los dos recordara era fiable, y que eso era todo lo que había vuelto a averiguar a Nuevo Albor.  No lo dijo.  Miró a su hermano al otro lado de la mesa, el pelo gris y los hombros pesados y el traje oscuro y las manos precisas, y vio, con un sobresalto que lo atravesó como el frío, cuánto había llegado Johnathan a parecerse a su padre:  no en un rasgo en particular, sino en la manera de ocupar una silla, como si la hubieran puesto allí para él.

Y se preguntó, por primera vez, si Johnathan, mirándolo desde el otro lado de la mesa, veía lo mismo en él.

Salieron juntos a la plaza.  Al pie de la escalinata del palacio de justicia, Johnathan se detuvo y le estrechó la mano, breve y firme, con la cortesía que reservaba para el abogado de la parte contraria, y le dijo que lo vería en la cena en casa de Ludwig el jueves, y subió la escalinata entre las columnas sin detenerse, como su padre nunca había podido hacerlo, y no miró atrás.

10. Los últimos apegos de la madre

Ludwig vivía en las afueras de la ciudad, en un barrio nuevo cuyas calles se habían trazado antes de que nadie decidiera qué poner en ellas, de modo que su casa se levantaba entre solares vacíos y paredes a medio construir, con vista, más allá, a las colinas.  La había construido él mismo, o la había mandado construir, cuarto por cuarto a lo largo de veinte años según lo permitía el dinero, y tenía el aspecto de una casa a la que se le ha ido añadiendo y no de una casa diseñada:  una cocina que daba a una terraza techada, una terraza que daba a un huerto de frutales, y al fondo del huerto un cuartito aparte donde, durante los tres últimos años de su vida, había dormido su madre.

El jueves estaban todos.  La mujer de Ludwig había cocinado; los hijos de Ludwig, ya hombres, trajeron los platos de la cocina y volvieron a salir para comer frente al televisor, dejando a los cinco solos en la larga mesa de la terraza bajo una guirnalda de bombillos desnudos que atraían a las polillas desde la oscuridad.  Johnathan había traído vino.  Josephine no había traído nada y se bebió sin comentarios, con constancia, el vino de Johnathan.  Ruth se sentó en el extremo de la mesa más cercano al huerto, de espaldas al cuartito, y comió poco, y escuchó.

Karl había temido la velada.  Había pensado que sería una velada de silencios, después del bar y el café y la puerta.  No lo fue.  Algo en la ocasión, la casa vendida, los papeles firmados, lo último que los ataba en común ya liquidado, los aflojó a todos, y para la segunda botella estaban contando historias de su madre, y riéndose, y la risa era la vieja risa de las mesas de domingo, rápida y nerviosa y un poco demasiado alta.

Fue Johnathan quien empezó.  Dijo, sin venir a cuento:  «¿Se acuerdan del hombre del acordeón?».

Josephine soltó un quejido.  Ludwig se rió.  Karl se acordaba.

*

Tenía dieciséis años, el año del guardafango.  Su madre tenía cuarenta y tres.  Había una familia a dos calles que daba fiestas los sábados por la noche, una familia ruidosa y alegre con un patio y farolitos de colores, y su madre iba a esas fiestas como iba a las mesas de naipes, arreglada y maquillada y con el broche de la libélula, y a veces se llevaba a Karl, porque su padre no quería ir y a ella no le gustaba volver sola a pie.

En esas fiestas había un hombre que tocaba el acordeón.  Entre semana vendía colchones en una tienda cerca del mercado, y los sábados tocaba:  un hombre menudo y alegre, de bigotito y camisas blancas muy limpias, que se sentaba en una silla de cocina en un rincón del patio con el instrumento sobre la rodilla y tocaba valses y boleros y las viejas canciones del valle, y cantaba con una voz ligera y afinada, y nunca parecía cansarse.  Todos lo querían.  La madre de Karl lo quería más que todos.

Karl la veía quererlo.  La veía quedarse cerca del rincón del acordeón, con una copa en la mano, balanceándose un poco al ritmo de la música, y reírse con los chistes del hombre entre canción y canción, e inclinarse para hablarle al oído.  La veía pedirle canciones y lo veía tocarlas, sonriéndole con una sonrisa dulce y sin complicaciones que a Karl le parecía no tener nada de lo que su madre buscaba.  La vio bailar sola delante de él, una vez, tarde, cuando la mayoría de los invitados se había ido, con los ojos entornados y los brazos un poco separados del cuerpo, y vio que el hombre miraba por encima de su hombro hacia el portón del patio, donde otro hombre, más joven, con chaqueta de cuero, había estado esperando toda la noche sin entrar.

En el camino de vuelta su madre iba tomada de su brazo, tarareando una de las canciones, y dijo que el del acordeón era una persona maravillosa, tan dulce, tan sensible, que era una lástima que nunca se hubiera casado, que lo único que le hacía falta era la mujer adecuada para sacarlo de sí mismo.

Karl no dijo nada.  Caminaba a su lado por las calles oscuras con la mano de ella en el brazo y sentía que le ardía la cara, y no habría sabido decir con quién estaba avergonzado:  con ella, por no ver lo que veían todos en la fiesta; con el hombre del acordeón, por ser visto; o consigo mismo, por verlo con tanta claridad, y por saber, sin poder decir por qué, que la ceguera de su madre en ese único asunto no se parecía a sus otras cegueras, y que le tocaba a él en un lugar que no quería mirar.

*

«Ella iba a salvarlo», dijo Johnathan.  «Lo dijo.  Una vez me dijo que Dios se lo había mandado para que ella le enseñara lo que era una mujer de verdad».

«Ella nunca dijo eso».  Josephine dejó el vaso.  «Tú inventas cosas, Johnathan.  Siempre lo hiciste».

«Me lo dijo en la cocina.  Yo tenía diecisiete años.  Me acuerdo perfectamente».

«Te acuerdas de lo que quieres acordarte».

Hubo un breve silencio, en el que Karl tuvo conciencia de la noche más allá de los bombillos y de las polillas que chocaban contra ellos, y de la palabra acordarse dando vueltas alrededor de la mesa como una moneda que nadie quería recoger.

Entonces Ludwig dijo, en voz baja:  «Lo dijo también del bailarín».

«¿Qué bailarín?», dijo Josephine.

«Tú no estabas aquí», dijo Ludwig, sin reproche.  «Fue después del segundo divorcio.  Ella tenía sesenta y ocho, sesenta y nueve años.  Había un hombre que había sido un gran bailarín, primera figura, famoso en su época; había bailado en Europa, en los grandes teatros.  Volvió a Nuevo Albor cuando se retiró y abrió una academia encima de la panadería de la plaza, y les enseñaba pliés a las niñas.  Ella fue a su clase para adultos.  Decía que era por la espalda».  Ludwig hacía girar despacio el vaso sobre la mesa.  «Fue tres veces por semana durante un año.  Le llevaba tortas.  Le mandaba tarjetas.  Me decía que sentía lo solo que estaba, lo mucho que necesitaba a alguien que entendiera el arte.  Decía que estaba segura de que, si él pudiera verla con claridad, cambiaría».

«Cambiaría», dijo Josephine.

«Llevaba treinta años viviendo con el mismo hombre.  Todo el mundo lo sabía.  Fue muy amable con ella.  La dejaba ir a clase y comerse sus tortas y conversar con él después, y nunca le dio a entender que le interesara, y ella nunca le creyó».  Ludwig alzó la vista.  «Cuando él murió, ella fue al entierro y se sentó en la primera fila, como si fuera la viuda.  El hombre con quien había vivido se sentó detrás de ella.  Yo la llevé a casa.  Lloró todo el camino».

Nadie se rió.  Las polillas chocaban contra los bombillos.  Karl bajó la vista a su plato y sintió subirle a la cara el viejo calor, el calor del camino de vuelta desde el patio, y esperó a que pasara, y no pasó.

*

Hubo otros, entre el acordeón y el bailarín, y esos eran más difíciles de convertir en historias de sobremesa.

En los años anteriores a la demanda, y durante algunos años después, la atención de su madre se había vuelto hacia los jóvenes.  No los hombres de su edad, que la aburrían, ni los mayores, que le recordaban con quién se había casado, sino muchachos de veintitantos años, estudiantes, de la edad de Karl y a veces más jóvenes.  Los conocía en todas partes:  en el club, en la tienda, en el círculo de los jueves, que había empezado a atraer a los jóvenes.  Y los conocía a través de Karl.

Él estaba entonces en la universidad de Arenales, compartiendo un piso con otros tres estudiantes encima de una imprenta cerca de la facultad.  Su madre empezó a visitarlo.  Venía en autobús una vez al mes, en apariencia para traerle comida y dinero y comprobar que comiera bien, y llegaba a media tarde con su vestido bueno y una cesta al brazo, y se quedaba toda la noche, sentada entre sus amigos en la estrecha sala de delante bebiendo el vino barato que compraban en la esquina, y les hablaba como ninguna madre les había hablado nunca.  De arte.  Del progreso del alma a través de muchas vidas.  De los colores que veía alrededor de cada uno, como el calor que reverbera sobre una carretera.  Se sentaba muy cerca de ellos en el sofá desfondado.  Les tocaba las manos al hablar.  Escogía a uno en cada visita y le daba toda su atención, y el escogido se quedaba muy quieto bajo ella, halagado o asustado, y los demás miraban, y Karl los miraba mirar.

Uno de sus compañeros de piso, un muchacho de la costa llamado Tomás que estudiaba arquitectura y se pasaba el día dibujando en una libreta, le dijo a Karl una noche, cuando ella ya se había ido, sin malicia, casi con admiración, que su madre era surrealista.  Usó la palabra como la usaría un pintor.  Quería decir, entendió Karl, que se parecía a algo de un cuadro de alguno de los españoles o de los franceses sobre los que todos habían estado leyendo ese año:  un reloj derretido sobre una rama, una mujer con una gaveta en el pecho, una imagen que obedecía a la lógica de un sueño.  Los demás se rieron y adoptaron la palabra.  Desde entonces, entre sus amigos, ella fue siempre la surrealista.  Ahí viene la surrealista, decían cuando oían sus pasos en la escalera.

Karl se reía con ellos.  No sabía qué otra cosa hacer.  Se reía, y le avergonzaba reírse, y le avergonzaba ella, y le avergonzaba avergonzarse, y debajo de todo eso había otra cosa, algo a lo que no llegaba:  la sensación, cuando la veía inclinarse hacia Tomás en el sofá desfondado y tocarle la muñeca, de que ella buscaba en esos muchachos algo que no había encontrado en su padre y que tampoco encontraría en ellos, y de que él, Karl, sabía qué era, y no habría podido nombrarlo aunque le fuera la vida en ello.

Algunos de los muchachos se sentían halagados y a otros les repelía.  Uno de ellos, un estudiante de derecho de la capital, mayor que los demás, no volvió al piso después de una visita en la que ella estuvo sentada a solas con él en la escalera durante una hora.  Otro, el más joven, fue a ver a Karl una semana después de una de sus visitas y le preguntó, tartamudeando, si a su madre le molestaría que él le escribiera.  Karl le dijo que no lo sabía.  Nunca se lo preguntó a ella.  Nunca supo si el muchacho llegó a escribirle.

*

«Y después se casó con el profesor», dijo Josephine.

Lo dijo con algo parecido al desafío, como si fuera la respuesta a un argumento que nadie había planteado.

El profesor había llegado después de la sentencia.  Su madre había decidido, el año en que se dictó el divorcio, que iba a estudiar derecho.  Tenía cincuenta y dos años.  Había dejado el colegio a los dieciséis.  Para entrar en la facultad de Nuevo Albor necesitaba aprobar los exámenes de matemáticas y ciencias que hacían todos los bachilleres, y lo había olvidado todo, si alguna vez lo había sabido, así que contrató a un profesor particular:  un maestro de matemáticas de uno de los liceos públicos, un hombre callado y serio quince años menor que ella, de anteojos y modales suaves, que mantenía con un sueldo de maestro a su madre viuda.

Iba a la casa tres noches por semana.  Se sentaba con ella a la mesa del comedor donde alguna vez se habían lanzado platos, y le enseñaba álgebra, con paciencia, con un lápiz y un bloc de papel cuadriculado, y ella aprendió.  Aprendió despacio y con gran esfuerzo y con una determinación feroz que ninguno de sus hijos le había visto nunca, y cuando aprobó los exámenes él lloró.  Ella se enamoró de él, o decidió que se había enamorado, y él de ella, o se dejó persuadir; y él decidió, a los treinta y cinco años, presentar también los exámenes y entrar en la facultad con ella, y estudiar derecho a su lado.  Entraron el mismo año.  Se sentaron en las mismas aulas entre estudiantes que por edad podían ser los nietos de ella.  Y dos años antes de graduarse, en una pequeña ceremonia en la capilla de la facultad sin más hijos presentes que Ludwig, se casaron.

«Fue bueno con ella», dijo Josephine.  «Durante un tiempo.  Fue el único que la tomó en serio».

«Lo que tomó en serio fue su dinero», dijo Johnathan.

«Ella no tenía dinero.  De eso te encargaste tú».

Esta vez el silencio fue de otra clase.  A Johnathan se le quedó quieta la cara.  Josephine no le apartó la mirada.  Ludwig empezó a decir algo y se calló.  Karl, entre los dos, miraba a uno y a otro y sintió que la mesa se inclinaba bajo todos ellos, como se había inclinado el piso del comedor cuando la sopera dio contra el marco de la puerta y la sopa se extendió despacio hacia sus pies.

Fue Ruth quien habló.  Casi no había dicho nada en toda la noche.  Habló ahora desde el extremo de la mesa, de espaldas al cuartito donde había dormido su madre, con la misma voz clara y pequeña que había usado en el estrado más de treinta años antes.

«Se casó con él», dijo Ruth, «porque fue el primer hombre que le enseñó algo sin pedirle nada a cambio.  Al principio, por lo menos».  Bajó la vista a su plato.  «Eso es todo.  No es complicado».

Nadie le respondió.  Al cabo de un momento salió la mujer de Ludwig con el café, y la conversación se movió, como se movían siempre sus conversaciones, un poco al costado de donde había estado, y las polillas siguieron chocando contra los bombillos.

Karl miraba a su hermana tomarse el café.  Pensaba en lo que había dicho:  el primer hombre que le enseñó algo sin pedirle nada a cambio.  Pensaba en con quién estaba comparando al profesor cuando lo dijo.  Y comprendió que Ruth acababa de decirles algo, delante de todos, bajo los bombillos desnudos, con una voz tan pareja que nadie la había oído, y que lo había hecho a propósito, y que sabía que él era el único que lo oiría.

11. El título y el bufete

Los papeles de su madre estaban en el cuartito del fondo del huerto de Ludwig, en seis cajas de cartón apiladas contra la pared bajo la ventana, donde Ludwig las había puesto después de la clínica y no las había vuelto a abrir.  Había preguntado si alguno de ellos revisaría las cajas antes de que todos volvieran a dispersarse.  Josephine había dicho que lo haría ella.  El sábado por la mañana Karl la encontró ya allí, sentada en la cama estrecha donde había muerto su madre, con la primera caja abierta en el suelo entre los pies y su contenido extendido sobre la colcha.

No alzó la vista cuando él entró.  Tenía una fotografía en la mano.

Mostraba a su madre con toga negra y birrete negro con borla, de pie en la escalinata de la facultad de Nuevo Albor bajo un sol radiante, con un diploma enrollado y atado con una cinta en una mano y, en la otra, apretada contra el pecho, una medalla con cordón azul.  Tenía sesenta y dos años.  El pelo, bajo el birrete, era blanco y estaba cuidadosamente peinado.  No sonreía, exactamente; miraba de frente a la cámara con una expresión que Karl sólo le había visto una vez antes, en una fotografía de periódico que él había recortado a los trece años y guardado dentro de un libro.  Era la mirada de una mujer a quien toda la vida le han dicho que cierta sala no es para ella y que acaba de entrar en ella.

«Mírala», dijo Josephine.

Karl la miró.  Se sentó en el suelo con la espalda contra la pared, se puso la siguiente caja sobre las rodillas y la abrió.

*

Se había graduado el año en que Karl cumplió treinta y cinco.  Él no había ido.  Estaba en Toronto y no podía costearse el viaje, o se dijo que no podía; y ella le había mandado la fotografía con una nota al dorso con su letra grande y segura, la letra de la estampita del misal blanco, diciendo que lo había logrado, que lo había logrado por fin, que ya nadie podía quitárselo.  Él había puesto la fotografía en su escritorio.  Se había sentido orgulloso de ella, con un orgullo tan mezclado con otras cosas que no habría podido separar sus hebras:  asombro, y algo cercano a la incredulidad, y una pequeña pregunta fría que no le gustaba mirar.

La pregunta era cómo.  Había dejado el colegio a los dieciséis.  Había necesitado un profesor para aprender álgebra a los cincuenta y dos.  Se había sentado en las aulas de la facultad durante siete años, entre estudiantes que podían ser sus nietos, y Karl había sabido por Ludwig que le costaba, que reprobaba exámenes y volvía a presentarlos, que había materias que no parecía dominar por mucho que estudiara.  Y luego, en sus dos últimos años, se acabaron los suspensos.  Aprobó todo.  Aprobó algunas materias con distinción.  Se graduó con medalla.

Se había hecho la pregunta.  No la había formulado.  Era la costumbre de la familia.

*

En la segunda caja, debajo de un fajo de sus viejos apuntes de clase atados con un cordel, encontró la carta.

Estaba en papel membretado de la legislatura del estado, una hoja de papel crema grueso doblada en tres, y estaba dirigida al decano de la facultad de derecho.  Tenía fecha de la primavera de su quinto año.  La firmaba un diputado cuyo nombre Karl no reconoció, miembro del partido de los nacionalistas, el partido de monseñor Ibarra, que para entonces llevaba quince años muerto.  La carta era breve.  Le recordaba al decano que la señora Jennifer había sido la primera mujer elegida a la asamblea del estado, que había renunciado a su escaño en circunstancias dolorosas, y que el partido no había olvidado sus servicios.  Expresaba la confianza del diputado en que la facultad tendría en cuenta las dificultades excepcionales que afrontaba una mujer de su edad para terminar sus estudios, y le brindaría toda consideración.  Concluía con la seguridad de la alta estima del diputado y de su constante interés por los asuntos de la facultad, cuyo presupuesto se encontraba entonces ante la asamblea.

Karl la leyó dos veces.  Luego se la tendió a Josephine sin decir palabra.

Ella la leyó.  Él le observaba la cara.  La vio leerla hasta el final y luego volver al principio, como había hecho él, y leerla otra vez, despacio, y vio cómo se le subían los colores a las mejillas.

«¿Y?», dijo ella.

«Pues creo que ya sabemos cómo aprobó».

«Crees que lo sabes».  Josephine dobló la carta por sus viejos pliegues.  «Una carta pidiendo consideración.  Eso es todo.  Todo estudiante de este país con un primo en el gobierno tiene una carta así en una gaveta.  No quiere decir que ella no hiciera el trabajo».

«Yo no dije que no lo hiciera».

«No te hizo falta».  La dejó sobre la colcha junto a la fotografía.  «Llevas toda la semana haciéndolo, Karl.  Cada caja que abrimos, cada historia que alguien cuenta, encuentras el punto donde cede.  Papá tenía sus defectos pero era un gran hombre.  Mamá tenía sus momentos pero era un fraude.  Ésa es tu historia.  Siempre ha sido tu historia».

Karl no respondió.  Volvió a meter la mano en la caja y sacó un fajo de folletos sujetos con una liga que se había podrido y pegado al papel.

*

Había ido a Ginebra el año antes de sus exámenes finales.  Karl recordaba la postal:  una vista del lago con la gran fuente lanzando su penacho contra las montañas, y al dorso, con la letra grande y segura, que estaba allí para estudiar los derechos de la mujer en su fuente, entre las naciones.  Había ido a las oficinas de las Naciones Unidas junto al lago, con una carta de presentación de la facultad, y había pasado una semana en su biblioteca y sus salas de lectura, y había vuelto a casa con una maleta llena de documentos.  Después hablaba de aquello como del gran viaje de su vida.  Hablaba de él, decía Ludwig, más a menudo que de sus hijos.

Éstos eran los documentos.  Karl quitó la liga podrida con todo el cuidado que pudo y los extendió en el suelo.  Resoluciones de la Asamblea General.  Informes de una comisión sobre la condición de la mujer.  Una convención sobre la eliminación de la discriminación, en tres idiomas, con las firmas de las naciones al final.  Eran de esas cosas que se pueden recoger a brazadas de cualquier estante de cualquier oficina pública, y él había esperado encontrarlos intactos.  No lo estaban.  Los habían leído.  Había pasajes subrayados a lápiz, con fuerza, a veces dos veces.  En los márgenes, con la letra de su madre, había notas:  una palabra, una fecha, un signo de interrogación, uno de exclamación.  En la convención, junto a un artículo sobre la igualdad de la mujer ante la ley en el matrimonio y su disolución, había escrito una sola palabra en mayúsculas y la había subrayado tres veces.  La palabra era SÍ.

Josephine se había bajado de la cama y estaba arrodillada a su lado en el suelo.  Pasaba despacio las páginas de la convención, mirando los subrayados, las notas.

«Ahí», dijo en voz baja.  «Mira.  Mira eso».

Karl miró.  Vio los subrayados, y la palabra en mayúsculas, y los signos de exclamación en los márgenes.  Vio que ella había leído aquellas páginas con pasión.  Vio también que las notas se interrumpían de golpe a un tercio de cada documento, y que las páginas restantes estaban limpias, sin cortar en un caso, como si su pasión tuviera un límite y el límite llegara pronto.  Vio que no había nada más en la caja:  ningún ensayo, ninguna tesis, ningún artículo, ninguna carta a ningún periódico, ningún registro de ningún caso que ella hubiera llevado por alguna mujer que necesitara lo que esas páginas describían.  Los folletos eran todo.  El viaje a Ginebra era todo.

«Esto le importaba», dijo Josephine.  «Se ve que le importaba».

«Sí», dijo Karl.  «Se ve que le importaba».

No dijo el resto, y Josephine lo oyó no decirlo, y se quedaron arrodillados uno junto al otro en el suelo del cuarto donde había muerto su madre, con sus folletos extendidos entre los dos, viendo cada uno en los mismos márgenes escritos a lápiz exactamente lo que había venido a ver.

*

El bufete era el capítulo más extraño, y el que ninguno de ellos había sabido contar nunca.

Cuando su madre obtuvo el título, no abrió despacho propio, ni buscó un puesto en alguno de los bufetes de Nuevo Albor que quizá habrían aceptado a una mujer de sus años por su medalla y la carta de su diputado.  Fue al bufete de su exmarido.  Fue con su nuevo marido, el profesor, que se había graduado con ella.  Y Henrich, que se había sentado frente a ella durante seis años de litigio, que había roto con una silla todas las ventanas de la planta baja de la casa cuando ella presentó la demanda, les dio un despacho.

Karl lo vio en una visita a casa, el año después de su graduación.  Estaba al fondo del pasillo donde él había archivado carpetas de muchacho, un cuartito con una ventana a un patio de luces, y en la puerta, con las mismas letras doradas que las de Henrich y las de Johnathan, estaba su nombre.  El despacho del profesor estaba al lado.  Dos puertas más allá, el de Johnathan.  Más allá, el gran despacho de esquina con ventanas a dos lados que había sido de su padre durante treinta años.  Y al otro lado del pasillo, en un escritorio frente a la puerta de su padre, donde alguna vez se había sentado doña Elvira ante su máquina de escribir, estaba sentada Ruth.

Karl se quedó en el extremo del pasillo mirando las puertas a todo lo largo.  Henrich.  Johnathan.  Jennifer.  Ruth en su escritorio, escribiendo a máquina, con la cabeza inclinada, las manos pequeñas moviéndose sobre las teclas.  Tuvo la sensación que a veces tenía en sueños, la de entrar en una habitación donde todos los muertos y los vivos de su vida estaban reunidos como para una fotografía, cada uno en un sitio que no tenía sentido y que sin embargo parecía haberle sido asignado.

Su madre se lo explicó en su pequeño despacho con la ventana al patio de luces.  Dijo que se lo había ganado.  Dijo que le había dado a aquel hombre veinticinco años y cinco hijos y su escaño en la asamblea y su tienda y su salud, y que se lo habían pagado con un acuerdo que a él le dejaba todo, y que lo mínimo que él le debía ahora era una puerta con su nombre en su propio edificio.  Dijo que no se avergonzaba.  Dijo que era justicia, de alguna manera.  Dijo que pensaba ejercer en la defensa de menores, de niños a quienes sus padres fallaban, y que lo haría bajo su techo para que él tuviera que verlo.

Karl miró por la puerta abierta de su despacho, al otro lado del pasillo, a Ruth escribiendo a máquina en su escritorio frente a la puerta de su padre.

Su madre vio hacia dónde miraba.  Dejó de hablar.  Por un momento ninguno de los dos dijo nada, y el ruido de la máquina de Ruth cruzaba el pasillo, constante y parejo, como la lluvia.

Luego su madre dijo:  «¿Quieres un café?», y se levantó a buscarlo, y el momento pasó, y nunca se mencionó, y Karl se quedó sentado en el pequeño despacho con la ventana al patio de luces preguntándose si la mujer que había vuelto a ese pasillo a defender a los hijos de otros lo había elegido a pesar de lo que sabía, o por eso mismo, o sin permitirse saber que hubiera relación alguna.

*

El segundo matrimonio no duró mucho en aquel pasillo.  El profesor se fue; volvió a la enseñanza, y a su madre viuda, y no se le volvió a ver en el bufete.  Karl nunca supo por qué.  Su madre sólo decía que había sido una decepción, como todos los hombres que había conocido, y que ella había sido una tonta.  Josephine decía que lo habían echado.  Johnathan decía que se había llevado lo que vino a buscar.  Ludwig no decía nada.

Y en la primavera siguiente a su partida, su madre, en un almuerzo en el viejo hotel de la plaza al que había invitado a todos los hijos que estaban en el país, se levantó de la silla al final de la comida con una copa en la mano y anunció que tenía algo que decirles.  Dijo que había estado pensando mucho.  Dijo que había llegado a comprender que dejar a su padre había sido un error.  Dijo que se había equivocado al divorciarse de él, que ojalá no lo hubiera hecho, y que quería que sus hijos lo supieran.

Karl estaba allí.  Había bajado en avión para un entierro y se había quedado unos días más.  Recordaba el silencio en la mesa, más largo que el silencio después de que la tía dijera Julián, más largo que el silencio después de la medida cautelar.  Recordaba a Johnathan dejando el tenedor.  Recordaba a Ludwig alargando la mano para tomar la de su madre, con suavidad, como se toma la mano de alguien que ha empezado a decir cosas extrañas.  Recordaba a Ruth, en el otro extremo de la mesa, sin moverse en absoluto.

Y recordaba que su madre, después de decirlo, volvió a sentarse, tomó la copa y bebió, y miró alrededor de la mesa a los cinco con una expresión de gran serenidad, como si por fin hubiera dejado algo en el suelo; y que fue la primera vez que Karl se preguntó si ella empezaba a perder la cabeza.

*

Josephine devolvía los folletos a la caja, uno por uno, alisando cada uno antes de dejarlo.

«Fue la primera mujer en la asamblea», dijo, sin mirarlo.  «Fue a Ginebra.  Sacó un título de derecho a los sesenta y dos.  Defendió a niños.  Pienses lo que pienses, Karl, ella hizo esas cosas.  Son verdad».

«Son verdad», dijo Karl.

«Entonces, ¿por qué no te bastan?».

Él miró la carta sobre la colcha, en su papel crema, con la firma del diputado y el presupuesto ante la asamblea.  Miró la fotografía a su lado, el pelo blanco bajo el birrete negro, la medalla con su cordón azul, la cara de una mujer que acaba de entrar en una sala que le dijeron que no era para ella.

«No lo sé», dijo.  «No sé por qué no me bastan».

Josephine puso la tapa a la caja y la apretó con las dos manos, y la mantuvo así, como si algo de dentro pudiera escaparse de otro modo.

12. Josephine

La noche antes de volver a Buenos Aires, Josephine le pidió que fuera a su habitación.

Se lo dijo en la puerta de la casa de Ludwig cuando se iban, en voz baja, para que los demás no la oyeran:  no en el bar, en su habitación, a las nueve.  Karl fue.  El pasillo del hotel era largo y penumbroso y olía a cera de piso, como los pasillos del palacio de justicia al otro lado de la plaza, y la habitación al fondo era más grande de lo que él esperaba y casi desnuda, de techo alto y ventanales con persianas, con la maleta ya hecha y cerrada sobre el portamaletas al pie de la cama.  Había pedido una botella de vino y dos copas.  Las sirvió antes de que él se sentara.

«Te debo algo», dijo, «después de la otra noche.  No fui justa contigo».

«Estabas enojada».

«Sigo enojada.  Eso no es lo mismo que ser justa».  Se sentó en el sillón junto a la ventana y sostuvo la copa con las dos manos.  «Tú me contaste lo que sabes.  Yo te voy a contar lo que sé.  Después puedes hacer lo que quieras con las dos cosas».

*

Era la cuarta hija, nacida en Los Mirtos en los meses de calor, dos años antes de que la familia llegara a Nuevo Albor.  Había crecido, dijo, sabiendo que no la esperaban.

«Él me lo dijo.  ¿Lo sabías?  Cuando yo tenía siete u ocho años.  Yo había hecho algo, había roto algo, no me acuerdo, y él estaba furioso, y dijo que nunca había querido un cuarto hijo, que tres eran una familia y cuatro una carga, y que Mamá se había empeñado.  Lo dijo en la mesa.  Tú estabas.  Johnathan estaba.  Nadie dijo nada».  Bebió.  «No te acuerdas».

Karl buscó en su memoria y no encontró nada:  una mesa, una voz alzada, quizá un plato, pero nada que pudiera retener.  Se lo dijo.

«No.  Claro que no.  No era la clase de cosa que tú vigilabas».  Lo dijo sin amargura, como un hecho.  «Tú siempre estabas pendiente de él y de Mamá.  Vigilabas las cosas grandes, los platos y las puertas.  Nunca vigilaste lo que les hacía a los pequeños.  Me llamaba la sobrante.  Durante años.  La sobrante.  No delante de las visitas, sólo en casa, y sólo cuando Mamá no estaba en la habitación.  Yo creía que era mi nombre».

Dejó la copa en el alféizar.

«Así que cuando me dices que era un gran hombre con defectos, Karl, tienes que entender que yo nunca conocí al gran hombre.  Sólo conocí los defectos.  Tú tuviste un padre que te llevaba a los tribunales y te compraba pan azucarado.  Yo tuve un padre que me dijo que no debí haber nacido.  Las dos cosas son verdad.  Sólo que no son el mismo padre».

Karl no dijo nada.  Pensó en el café frente al palacio de justicia y en el vaso de agua llevado a la mesa con las dos manos, y en la voz de su padre diciéndole que sabía pedir cualquier cosa con humildad, y que eso era un don.  Pensó en el calor que lo había atravesado, la sensación de ser examinado y hallado digno.  Había guardado ese calor durante cuarenta años.  Nunca se le había ocurrido preguntarse qué les había costado a los demás que el digno fuera él.

*

Se había ido del país en el invierno de su vigésimo año.

Karl conocía el contorno de la historia; todos lo conocían.  Fue el año de la devaluación y los toques de queda, cuando el ejército salió a las calles de Arenales y luego a las de Nuevo Albor, y la gente empezó a desaparecer de sus casas por la noche.  Josephine estaba en la universidad de la capital, estudiando letras y dirigiendo con unos amigos una pequeña compañía de teatro en el sótano de una iglesia.  La compañía había montado una obra de un autor extranjero, una obra sobre un rey que no quería morirse, y alguien del público había decidido que el rey aludía a alguien en particular.  A dos de los actores se los llevaron de su apartamento.  Josephine volvió a Nuevo Albor en el autobús nocturno, se quedó una semana en su cuarto y luego, una mañana, ya no estaba.  Un mes después llegó una carta de Buenos Aires.

Lo que la familia se contó después, a la manera en que las familias se cuentan las cosas, por insinuación y repetición hasta que la insinuación se endurece en hecho, fue que se había llevado el dinero de su madre.  El patrimonio estaba congelado; de eso se había encargado Quintero.  Pero su madre tenía sus ahorros de la tienda, guardados en un sobre en la gaveta de la cómoda debajo del misal blanco, y sus joyas, que no eran muchas pero eran suyas.  Y cuando Josephine se fue, el sobre estaba vacío y las joyas habían desaparecido, todas menos el broche de la libélula, que su madre llevaba puesto.

«Yo no lo tomé», dijo Josephine.  «Ella me lo dio».

Karl la miró.

«Vino a mi cuarto la noche antes de que me fuera.  Yo no le había dicho a nadie que me iba; ni siquiera lo había decidido.  Entró, se sentó en la cama, me puso el sobre en el regazo y encima las joyas en un pañuelo, y me dijo:  vete.  Me dijo:  aquí no hay nada para ti.  Me dijo:  yo me quedé, y mírame.  Vete».  La voz de Josephine no cambió, pero sus manos se habían encontrado en el regazo y se aferraban la una a la otra.  «Le dije que no podía aceptarlo.  Era todo lo que tenía.  Me dijo que ella tenía una casa y un marido que tendría que mantenerla le gustara o no, y que yo tenía un cuerpo que el ejército echaría a una zanja.  Así me lo dijo.  Luego me dio un beso y salió, y yo pasé la noche en vela con el sobre sobre el pecho, y por la mañana tomé el primer autobús a la frontera».

«¿Por qué nunca lo dijiste?».

«¿A quién se lo iba a decir?».  Josephine lo miró.  «¿A Papá?  Él le contó a todo el mundo que yo la había robado.  Lo contaba en el club.  Fue la mejor historia que tuvo ese año; demostraba todo lo que siempre había dicho de mí.  Johnathan le creyó.  Ruth creía lo que Papá creyera.  Ludwig era un niño.  Y tú estabas en Arenales, y luego en Canadá, y cuando venías me mirabas exactamente como me has estado mirando toda esta semana, como si yo fuera un documento que intentabas autenticar».  Negó con la cabeza.  «Y Mamá nunca dijo nada.  Ni una vez.  Dejó que todos creyeran que yo lo había tomado.  Años después le pregunté por qué, por teléfono, y me dijo que era mejor así.  Dijo que si Papá hubiera sabido que ella me lo había dado, habría encontrado la manera de hacérselo pagar.  Así que dejó que lo pagara yo».

«¿Y al final?», dijo Karl.  «¿Cuando ella no tenía nada?».

Era la pregunta que no había querido hacer.  Era la pregunta que había estado debajo de todas las demás.  Josephine la oyó, y él la vio oírla, y la vio decidir responderla.

«Yo no estaba aquí», dijo.  «Ésa es la verdad y no la voy a adornar.  Al final ella no tenía más que la casa, vacía y con goteras, y los médicos y las enfermeras se llevaron todo lo demás; Ludwig tuvo que traspasar el local de la tienda y vender los últimos bonos.  Yo mandé lo que pude.  No fue mucho.  Tenía un marido enfermo y una editorial que nunca dio dinero y dos hijos en el colegio.  No volví.  Me decía que no podía pagar el pasaje, y era cierto, y también era cierto que no soportaba verla en aquel cuarto al fondo del huerto de Ludwig sin saber quién era yo».  Calló un momento.  «Le mandé poemas en vez de eso».

*

Había empezado, dijo, con una llamada telefónica el año después de la muerte de su padre.  Su madre tenía setenta y un años, ya no ejercía y le asustaba la manera en que los días habían empezado a escapársele.  Le había dicho por teléfono que de muchacha escribía poemas, en el convento y en los primeros años de su matrimonio, cuadernos llenos, y que su padre los había quemado todos una noche en el jardín de El Almendral en un arrebato cuyo motivo ella ya no recordaba.

«No sé si era verdad», dijo Josephine.  «Nunca lo he sabido.  Johnathan dice que se lo inventó.  Ruth dice que Papá nunca quemó nada en su vida salvo los nombres de los enemigos de sus clientes.  Quizá los quemó.  Quizá los quemó ella misma y lo olvidó.  Quizá nunca hubo cuadernos.  No importa.  Ella lo creía.  Y yo le dije:  entonces escríbelos otra vez.  Escribe lo que recuerdes.  Escribe otros nuevos.  Mándamelos».

Y eso hizo.  Durante tres años, hasta que las manos ya no le sostuvieron la pluma, su madre había mandado poemas a Buenos Aires, unos pocos versos cada vez, en papel de correo aéreo, con la letra grande y segura que se volvía más pequeña y menos firme en cada carta.  Algunos, decía, eran los antiguos, recordados.  Otros eran nuevos.  Josephine los había pasado a máquina, los había corregido muy levemente y los había impreso en la pequeña editorial que llevaba con su marido, cincuenta ejemplares, encuadernados en cartulina gris, y le había mandado uno a cada uno de sus hermanos.

«A ti te llegó uno», dijo.  «Sé que te llegó.  Tengo el recibo del correo».

A Karl le había llegado.  Recordaba el sobre de cartulina gris llegando a Toronto con la nieve, y el librito de dentro, y el título en la cubierta, Lo que el fuego no quiso.  Recordaba haberlo puesto en un estante.  Había tenido la intención de leerlo.  Había leído la primera página, de pie junto al estante, y luego había sonado el teléfono, y lo había vuelto a poner en su sitio, y nunca lo había vuelto a sacar.  No sabía por qué.  Sólo sabía que le había tenido miedo, de una manera que no sabía explicar, como había tenido miedo del agua oscura vista desde el borde de la piscina.

Josephine lo observaba.  Vio que no lo había leído.  No lo dijo.  Se levantó, fue a su maleta, la abrió y sacó, de debajo de la ropa doblada, un ejemplar del libro gris, gastado en las esquinas, con tiras de papel marcando páginas.  Se lo tendió.

«Página treinta y uno», dijo.  «Léelo esta noche.  Aquí no.  No quiero verte leerlo».

*

Lo leyó en su propio cuarto, en la pensión cerca de la catedral, a las dos de la madrugada, sentado en el borde de la cama con la lámpara encendida.

En la página treinta y uno había dos poemas.  El primero no era de su madre.  Una nota en letra pequeña, al principio, la nota de Josephine como editora, decía que lo había escrito la editora a los dieciséis años y que había aparecido entre los papeles de la autora, que lo había guardado treinta y cinco años, y que se incluía porque el poema siguiente era la respuesta de la autora.  El poema era breve y torpe, un poema de muchacha, todo pájaros y alas y cielo abierto, y Karl lo leyó y sintió subir la vieja vergüenza, la vergüenza de las mesas de domingo y del camino de vuelta desde el patio, y luego, en los dos últimos versos, sintió que se detenía:

Si vuelo dirán que robé el viento.
Si me quedo dirán que nací para la jaula.

Debajo estaba la respuesta de su madre.  Tenía fecha, según la nota de la editora, del mes y el año en que Josephine había cumplido dieciséis años.  Karl hizo la cuenta sin querer.  Era cuatro años antes de los toques de queda.  Era cuatro años antes del sobre y el pañuelo y el autobús nocturno a la frontera.

Vuela, pues, ladronzuela.
Llévate el viento y no lo devuelvas.
Yo le di el mío a una casa de muro alto
y supe tarde que los muros son sólo piedra,
que pude haberlos trepado cualquier noche
y no quise.
Elige.

Karl lo leyó tres veces.  Luego apagó la lámpara y se quedó sentado a oscuras.

Pensó en el muro blanco alrededor de la piscina de El Almendral, encalado todos los años antes de las lluvias, y en la porción de cielo que encerraba, que había parecido no pertenecerle a nadie.  Pensó en su madre dormida en el cemento junto al guardafango con los zapatos puestos en orden a su lado.  Pensó en un sobre en la gaveta de una cómoda debajo de un misal blanco, y en la mano que lo había sacado, y comprendió que durante treinta años había creído, sin examinar nunca la creencia, que la mano era de Josephine.  Nunca lo había preguntado.  Había oído a su padre contarlo en el club y había dejado que se endureciera en él como todo lo demás, y él, que se enorgullecía de mantener lo sabido aparte de lo contado, lo había archivado como sabido.

Y sin embargo.  Sentado a oscuras, se obligó a seguir.  El poema tenía fecha de cuatro años antes de la huida; probaba que su madre había deseado que su hija se fuera, no que le hubiera dado el sobre.  El relato de Josephine era de Josephine.  Su madre nunca lo había confirmado, y ya no podía hacerlo.  Su padre había contado otra historia, y su padre había mentido sobre muchas cosas, y también, Karl lo sabía, a veces había dicho la verdad.  El poema no lo resolvía.  Nada lo resolvería.  Sólo estaban los dos versos de la muchacha y los siete de la mujer, uno junto al otro en la página treinta y uno, y el espacio entre ellos, que era el espacio en el que su hermana había vivido toda su vida.

No durmió.  A las seis bajó por el pueblo vacío hasta la plaza y se quedó frente al hotel mirando las puertas.  A las siete y cuarto salió Josephine con su maleta y un botones que le llevaba el bolso, y el botones le paró un taxi, y ella esperó en la acera con sus lentes oscuros, muy derecha, muy elegante, una mujer que había robado el viento o a quien se lo habían dado, y Karl se quedó al otro lado de la plaza y no fue hacia ella.

Llegó el taxi.  Ella subió.  Justo antes de que se cerrara la puerta volvió la cabeza y miró al otro lado de la plaza, directamente hacia él, como si hubiera sabido todo el tiempo que él estaría allí.  No hizo ningún gesto de despedida.  Levantó un poco una mano del regazo y la dejó caer.

Él seguía con el libro gris en la mano.  No se le había ocurrido devolverlo.

13. Ruth

La invitación de Ruth llegó en una tarjeta, entregada a mano, dejada en la recepción de la pensión:  almuerzo el domingo, a la una, en el apartamento.  No decía qué apartamento.  No le hacía falta.

Estaba al otro lado de la ciudad, en la ladera que subía hacia las colinas, en un edificio de los que estuvieron de moda en los años posteriores al divorcio:  concreto blanco, balcones profundos, un vestíbulo con una pared de espejo y un conserje en una caseta.  Karl dio su nombre.  El conserje llamó arriba, escuchó, colgó y dijo que la señorita lo esperaba, octavo piso, y Karl subió en un ascensor forrado de madera oscura que olía levemente a la colonia de su padre, o así le pareció, y supo mientras subía que el olor estaba en él y no en el ascensor.

Ruth abrió la puerta antes de que él tocara.

Llevaba un vestido gris, como en la notaría, y un delantal encima, y el pelo recogido.  Le dio un beso en la mejilla.  Le tomó la chaqueta y la colgó en un armario junto a la puerta, al lado de un abrigo oscuro y pesado que Karl reconoció con una sacudida que le recorrió todo el cuerpo:  era de su padre.  Estaba colgado allí como si su dueño acabara de llegar y fuera a necesitarlo otra vez por la mañana.

«Pasa», dijo Ruth.  «Ya casi está».

*

El apartamento era grande y luminoso.  La sala principal daba a la terraza por la que su padre lo había elegido, y más allá de la terraza la ciudad descendía en una larga pendiente de tejados hacia la llanura, y por encima de los tejados, al otro lado, las colinas se alzaban azules en la calina del mediodía.  Karl se quedó junto a las puertas de vidrio mirando afuera.  Había estado allí una vez, hacía años, en una visita, cuando su padre todavía estaba bien y la segunda mujer de su padre todavía vivía allí, y se había parado en ese mismo lugar y le habían ofrecido un trago y se había sentido examinado por una mujer de su edad que llamaba a su padre por su nombre de pila.  La segunda mujer se había ido hacía mucho.  El apartamento era ahora de Ruth, y era entera y visiblemente de su padre.

Su sillón estaba junto a la ventana, un gran sillón de cuero gastado y descolorido en los brazos.  Sus libros estaban en los estantes, los repertorios de jurisprudencia en sus encuadernaciones rojas, las viejas historias de la guerra federal, una hilera de novelas que había leído de joven y no había vuelto a abrir.  Su escritorio estaba en el rincón, con el secante bien alineado y las plumas dispuestas al lado, y sobre el escritorio, en un marco de plata, había una fotografía suya en la cumbre de su carrera, corpulento y apuesto a su manera, ante un atril, a mitad de una frase, con una mano pequeña alzada.  En la pared, encima del escritorio, había un diploma enmarcado de la universidad de Arenales:  máximos honores, una tesis sobre los fundamentos liberales de los derechos humanos.

No se había movido nada.  Karl lo entendió sin que nadie se lo dijera.  La sala había sido conservada.

Ruth trajo la comida a la mesa junto a las puertas de vidrio y se sentaron uno frente al otro.  Había hecho el plato que su madre preparaba los domingos en El Almendral, arroz y caraotas negras y la carne mechada que llevaba toda la mañana, y Karl, al probarlo, se conmovió tanto que por un momento no pudo hablar, y Ruth lo observó con una expresión de leve interés, como si hubiera tenido curiosidad por ver qué efecto le haría.

«Ella me enseñó», dijo Ruth.  «En esta cocina.  Cuando vivía aquí».

Karl dejó el tenedor.

*

Lo sabía, por supuesto.  Todos lo sabían.  Pero saber una cosa en sus líneas generales y estar sentado en el lugar donde ocurrió son dos clases distintas de saber, y descubrió que nunca se había permitido imaginarlo.

El año después de la muerte de su padre, cuando los olvidos de su madre habían empezado a ser algo más que olvidos, fue Ruth quien la acogió.  No Johnathan, que tenía mujer e hijos y un bufete.  No Ludwig, todavía no; estaba construyendo los cuartos de su casa uno por uno y aún no había sitio para ella.  No Josephine, en Buenos Aires.  No Karl, en Toronto.  Ruth había ido una tarde a la casa de Nuevo Albor, había hecho una maleta y había traído a su madre aquí, a ese apartamento, a las habitaciones donde el hombre del que se había divorciado había vivido con la mujer con quien se casó después, la había instalado en el segundo dormitorio y la había cuidado allí durante cuatro años.

Lo contó con sencillez, entre bocado y bocado, como quien describe los arreglos de una casa corriente.  Había bañado a su madre y la había vestido y le había cortado la comida.  Se había sentado con ella por las tardes en la terraza y le había nombrado las colinas cuando las olvidaba.  Le había repartido las pastillas en una cajita con los días de la semana en las tapas.  La había llevado al médico en el ascensor forrado de madera oscura y la había tomado del brazo para cruzar el vestíbulo de la pared de espejo, donde su madre se detenía, cada vez, a mirar a la vieja del espejo y a preguntar quién era.

«Le gustaba estar aquí», dijo Ruth.  «Al principio.  Se sentaba en su sillón.  Decía que era el sillón más cómodo de la ciudad y que él siempre se había guardado lo mejor para sí mismo».  Ruth se llevó la servilleta a los labios.  «A veces creía que él seguía vivo.  Me preguntaba cuándo iba a volver a casa.  Yo le decía que pronto.  Ella decía:  qué bien, tengo algo que decirle.  Nunca supe qué».

Karl miró el sillón junto a la ventana, gastado y descolorido en los brazos.  Pensó en su madre sentada en él, pequeña y de pelo blanco, esperando que un hombre muerto hacía un año volviera a casa para poder decirle algo.  Pensó en el almuerzo en el hotel cuando se había puesto de pie con una copa en la mano y había dicho que el divorcio había sido un error.

«¿Por qué aquí?», dijo.  «¿Por qué la trajiste aquí?».

Ruth lo miró como si la pregunta le resultara curiosa.

«¿Adónde más la iba a traer?  Aquí es donde vivo».

«Pero era de él».

«Sí», dijo Ruth.  «Era de él».  No añadió nada.

*

Después de comer hizo café y salieron con él a la terraza.  Había plantas en macetas a lo largo de la balaustrada, geranios y un limonero y unas hierbas en una larga jardinera, todo muy bien cuidado.  Ruth se sentó en una silla de lona a la sombra del toldo y Karl se quedó de pie junto a la balaustrada, mirando ocho pisos más abajo la calle, la caseta del conserje, a un hombre que paseaba un perro.

Había venido con la intención de decir algo.  No sabía qué.  Se había dicho por el camino, en el taxi, que no lo plantearía, que Josephine tenía razón, que era de Ruth y no suyo; y se había dicho en el siguiente aliento que había vuelto a Nuevo Albor precisamente para plantearlo, que toda una familia había construido su vida sobre no plantearlo, y que si no lo hacía ahora, con su hermana delante en la terraza del apartamento de su padre, no lo haría nunca.  Había ido y venido entre esas dos posiciones durante toda la subida, y había llegado a la puerta sin estar más cerca de ninguna.

Ahora, en la balaustrada, de espaldas a ella, empezó.

«Ruth».

«Josephine me llamó», dijo Ruth.  «Desde el aeropuerto.  Antes de su vuelo».

Karl se volvió.  Su hermana estaba sentada en la silla de lona con la taza de café sobre la rodilla, perfectamente compuesta, mirándolo.

«No me dijo lo que le habías contado.  Dijo que te había prometido que no lo haría, aunque no creo que eso sea cierto.  Dijo que andabas haciéndole preguntas a todo el mundo.  Dijo que tenías buena intención».  Ruth bebió un poco de café.  «Dijo que fuera delicada contigo».

Karl descubrió que no podía hablar.

«No sé lo que sabes», dijo Ruth.  «Ni lo que crees saber.  No quiero saberlo.  Sea lo que sea, es tuyo, Karl.  Viste lo que viste.  Lo armaste como armas las cosas.  Siempre lo hiciste, incluso de pequeño.  Te parabas en una puerta y mirabas, y después tenías una historia de lo que había pasado, y era una buena historia, y a veces hasta era verdad.  Pero siempre era tuya».  Dejó la taza en las baldosas junto a su silla.  «Yo tengo la mía.  No necesito que nadie la cuente por mí.  No necesito que nadie la cuente en absoluto».

El hombre del perro había doblado la esquina.  Pasó un carro por la calle de abajo.  Karl seguía de pie en la balaustrada con las manos sobre la piedra tibia.

«En esta familia todos tienen una versión», dijo Ruth.  «Johnathan tiene la suya.  Josephine tiene la suya.  Tú tienes la tuya.  Ludwig no cuenta la suya, pero la tiene.  Mamá tenía como una docena, y las cambiaba según con quién hablara».  Por primera vez algo se movió en su cara, algo muy pequeño, en la comisura de la boca, que podía haber sido el comienzo de una sonrisa.  «Yo soy la única que no la necesita.  Eso es lo que ninguno de ustedes ha entendido nunca».

«Ruth», dijo Karl.  «Sólo quiero saber si estás bien».

No era lo que había querido decir.  Fue lo que salió.  Y por un momento, mirándolo desde la silla de lona, su hermana pareció casi sorprendida.

«Estoy bien», dijo.  «Llevo mucho tiempo estando bien».

Él no sabía si creerle.  No sabía si ella se lo creía.  La miró, sus manos pequeñas y quietas juntas en el regazo, el vestido gris y el pelo recogido y la cara compuesta durante tanto tiempo que él ya no podía ver dónde terminaba la compostura, y comprendió que le había dicho la verdad, o una verdad, o la única verdad que estaba dispuesta a dejar salir de su custodia, y que él nunca sabría cuál.

*

Pasó una cosa más antes de que se fuera.

Había vuelto a la sala principal a buscar la chaqueta, y Ruth había ido a la cocina con las tazas, y él se encontró solo un momento frente al escritorio del rincón con la fotografía en su marco de plata.  Junto a la fotografía había algo que no había notado antes:  un objeto pequeño, colocado sobre el secante en el centro exacto, como un pisapapeles.  Era un broche en forma de libélula.  Tenía el esmalte desconchado en un ala.

No lo tocó.  Se quedó mirándolo hasta que oyó los pasos de Ruth detrás de él.

«Me lo dio ella», dijo Ruth.  «Cerca del final, cuando todavía estaba aquí.  Se lo quitó y me lo prendió en el vestido y me dijo que debía tenerlo yo, porque yo era la que se había quedado».  Se acercó y se paró a su lado.  «Al día siguiente olvidó que me lo había dado y me acusó de robárselo.  Se lo dijo al médico.  Se lo dijo a Ludwig por teléfono.  Dejé que creyera que yo lo había tomado».  Ruth bajó la vista al broche sobre el secante de su padre.  «No parecía importar.  Era la clase de cosa que siempre creyó de sus hijas».

Karl se volvió hacia ella.  Ella no lo miraba.  Miraba el broche.

«Mamá dijo algo más, ese último año», dijo Ruth.  «Una sola vez.  Estaba sentada en su sillón, por la noche, y yo le cortaba la comida, y alzó los ojos hacia mí y me dijo:  perdóname.  Sólo eso.  Perdóname.  Le pregunté por qué.  Me miró como si no supiera quién era yo, y luego miró hacia las colinas, y no dijo nada más».

«¿Y tú qué le dijiste?».

Ruth guardó silencio largo rato.

«Le dije que no había nada que perdonar», dijo.  «No sé si era verdad.  No sé si sabía con quién hablaba.  No sé si se refería a Papá, o al divorcio, o a Josephine, o al broche, o a otra cosa».  Alzó por fin los ojos hacia los de Karl.  «Se lo dije de todos modos.  Alguien tenía que decírselo, y la que estaba allí era yo».

Le dio la chaqueta.  Lo acompañó a la puerta.  Le dio un beso en la mejilla, y tenía la mejilla fresca, y le dijo que volviera antes de regresar a Canadá, y que comiera más, que estaba demasiado flaco.  Luego se cerró la puerta.

En la calle cruzó a la acera de enfrente y miró hacia arriba.  Ocho pisos más arriba, en la terraza, una figura pequeña con un vestido gris recorría la balaustrada con una regadera, atendiendo los geranios y el limonero y las hierbas de la larga jardinera, una maceta tras otra, con cuidado, sin prisa.  No miró hacia abajo.  Karl se quedó mirándola hasta que terminó y entró, y la terraza quedó vacía, y las puertas de vidrio no reflejaron más que las colinas y el cielo.

14. El viejo

El cementerio de Nuevo Albor estaba en la tierra llana del otro lado del río, adonde la ciudad llevaba a sus muertos desde hacía doscientos años, y la tumba de su padre estaba en la parte nueva, cerca del muro, bajo una losa de granito gris que Johnathan había escogido y Ruth había aprobado.  Karl fue el lunes, solo, en un taxi que lo esperó en la entrada con el motor encendido.

No había vuelto desde el entierro.  Encontró la tumba sin dificultad; tenía buena memoria para los lugares.  La losa estaba limpia.  Alguien la había barrido y había puesto un frasco con agua a la cabecera, y en el frasco había flores blancas, todavía sin marchitar, de tres o cuatro días.  Karl se quedó mirándolas.  No le hacía falta preguntar quién las había traído.

La inscripción daba el nombre completo de su padre, y sus fechas, y debajo una sola línea:  Abogado.  Nada más.  Karl la leyó y pensó que era exactamente justa, y exactamente injusta, y que era la clase de cosa que su padre habría elegido si se lo hubieran preguntado, y quizá se lo habían preguntado.

Se quedó junto a la tumba mucho tiempo.  El sol le calentaba la nuca.  Al otro lado del muro pasó un camión por la carretera de la capital, un solo aliento largo que subía y bajaba, y Karl se encontró, sin decidirlo, de vuelta en el apartamento de la colina, en el último año, cuando su padre tenía setenta y tres y había empezado, despacio y luego de golpe, a desmoronarse.

*

Había empezado en los tribunales.

Ludwig llamó a Karl a Toronto para darle la noticia, porque Ludwig era el que llamaba.  Su padre estaba alegando un caso ante la sala de apelaciones de Arenales, un caso que había alegado muchas veces antes de una forma u otra, una herencia, una finca, una familia en guerra consigo misma.  Se había puesto de pie para hablar.  Había empezado como empezaba siempre, despacio, casi con suavidad, y los jueces se habían inclinado hacia delante para oírlo.  Y entonces, a mitad de una frase, se había detenido.  Se había quedado ante el atril con la mano pequeña alzada y la boca abierta, mirando al estrado, y no le salió nada.  Ni una palabra.  Se quedó así casi un minuto, dijo Ludwig, mientras los jueces esperaban y los escribientes lo miraban y el abogado contrario se levantaba a medias de su asiento.  Luego bajó la mano y se sentó, y Johnathan, que estaba a su lado, pidió al tribunal un aplazamiento.

Los médicos de la capital le pusieron nombre.  Era algo raro, una degeneración de la parte delantera del cerebro, la que gobierna el habla y el juicio y el freno de los impulsos, y seguiría avanzando.  No había tratamiento.  Habría días buenos y días malos, y luego sólo habría días malos, y luego no habría ninguno.

Karl volvió.  Pidió una licencia en su trabajo, tomó un avión, se instaló en la pensión cerca de la catedral, la misma pensión donde se alojaba ahora, y subía todos los días la colina hasta el apartamento de la terraza.  Se dijo que se quedaría un mes.  Se quedó once.

*

La mujer de su padre no lo quería allí.

Al principio no fue desagradable; fue correcta.  Tenía entonces cuarenta y un años, una mujer bien parecida y serena que le había dado dieciséis años a un hombre más de treinta años mayor que ella y empezaba a ver, con gran claridad, lo que iba a obtener a cambio y lo que no.  El acuerdo que había firmado antes de la boda, de puño y letra de su padre, no le dejaba nada.  Le había pedido, supo Karl después, muchas veces en los últimos años que lo rompiera.  Él se había negado.  Y ahora estaba enfermo, y estaba perdiendo la cabeza, y había que consultar a médicos y firmar papeles y tomar decisiones sobre sus cuidados y sus asuntos, y ella no deseaba que el hijo de Canadá estuviera presente mientras se tomaban.

No le dejaba ver los informes de los médicos.  Le decía al conserje que el señor estaba descansando y que no se le podía molestar.  Llevaba a su padre a las citas sin decirle a Karl cuándo eran, y cambió la cerradura del estudio, y una vez, cuando Karl había conseguido que viniera un especialista de la capital, lo despidió en la puerta.  Ruth, que seguía viviendo en el apartamento y trabajando en el bufete y volvía a casa todas las tardes a las siete, no le dijo nada a ella de todo aquello.  Tampoco le dijo nada a Karl.  Se movía entre los dos por los pasillos del apartamento como alguien que cruza una habitación donde dos personas discuten en una lengua que no habla.

Y su padre, en medio de todo eso, se desmoronaba.

*

No ocurrió como Karl lo había imaginado.  Había imaginado un apagarse lento, un hombre que se volvía callado y vago y manso.  No fue así.  La enfermedad no apagó a su padre; lo dejó al descubierto.  Le fue quitando, uno por uno, los frenos que había pasado setenta años construyendo, y lo que había debajo salió a la luz.

Se enfurecía.  Siempre se había enfurecido, pero ahora no había razón alguna, ni la sombra de una:  un vaso puesto demasiado cerca de la mano, una puerta cerrada con demasiado ruido, una palabra que no encontraba.  Volvió a tirar la comida, como en el comedor de la vieja casa, y la segunda mujer se quedaba en la puerta con los brazos cruzados mirando, y Karl se ponía de rodillas a recoger el arroz.  Le decía cosas a la enfermera que la hicieron irse y no volver.  Le decía cosas a su mujer, delante de Karl y de Ruth, sobre su cuerpo y lo que había pagado por él, que la hacían ponerse blanca y salir de la habitación.  Lloraba, de repente y sin remedio, por nada, por una canción en el radio, por las colinas.

Y vivía, cada vez más, en el pasado, o en un presente hecho de pasado.  Creía que seguía casado con Jennifer.  Preguntaba por ella en el desayuno, y cuando su mujer le decía que Jennifer no estaba, él decía que estaría otra vez en las mesas de naipes y que le iba a cerrar la puerta, y se reía.  Creía que sus enemigos conspiraban contra él:  le pedía a Ruth que le trajera un vaso de agua por la noche y lo pusiera detrás de la puerta principal del apartamento, y se quedaba de pie ante él en la oscuridad, como Karl lo había visto en el zaguán de la vieja casa cuarenta años antes, murmurando entre dientes.  Creía que tenía una audiencia.  Se vestía por las mañanas con su traje oscuro y esperaba junto a la puerta con el maletín y preguntaba por qué no había llegado el carro.

Y a veces, sin aviso, volvía a ser él mismo.  Levantaba la vista desde su sillón junto a la ventana con los ojos claros y sabía exactamente dónde estaba y quién era Karl y qué le había pasado, y decía algo seco y preciso y demoledor sobre los médicos, o el gobierno, o el derecho, y durante unos minutos era como si nada hubiera ocurrido.  Luego la lucidez se le iba de la cara como una luz que se apaga en una ventana, y volvía a irse él.

Karl aprendió a esperar esos minutos.  Aprendió a reconocerlos cuando venían.  Y a medida que pasaban los meses comprendió que había vuelto a Nuevo Albor no sólo para cuidar a su padre sino para esperar uno de esos minutos, y aprovecharlo.

*

Llegó en el octavo mes, una noche de lluvias.

La segunda mujer se había ido a pasar el fin de semana con su hermana en la capital.  Ruth se había quedado tarde en el bufete, preparando una audiencia.  Karl estaba solo en el apartamento con su padre, y su padre había estado mal todo el día, enfureciéndose y llorando y preguntando por Jennifer, y luego, hacia las nueve, se había calmado en su sillón junto a la ventana y se había dormido.  Karl estaba sentado frente a él con un libro que no leía, mirando la lluvia en las puertas de vidrio.

A las diez su padre se despertó, lo miró, y Karl vio enseguida que estaba allí.

«Karl», dijo su padre.  «Sigues aquí».

«Sigo aquí».

«Deberías irte a tu casa.  Tienes una vida en Canadá».  Su padre se acomodó en el sillón.  Tenía la voz débil, pero era su voz.  «No me voy a mejorar.  Lo sabes».

«Lo sé».

Estuvieron un rato callados.  La lluvia caía.  Karl sentía el corazón latiéndole en el pecho con tanta fuerza que creyó que su padre tenía que oírlo.

«Papá», dijo.  «Quiero preguntarte por Ruth».

Su padre lo miró.  Nada cambió en su cara.  Miró a Karl con los mismos ojos claros, y Karl, sosteniéndoles la mirada, se obligó a continuar.

«Quiero preguntarte qué le hiciste.  Cuando era niña.  Te vi salir de su cuarto.  Yo tenía doce años.  Tú me viste.  Me dijiste que volviera a la cama».  Oía temblar su propia voz y no podía detenerla.  «Mamá me lo dijo.  En el banco, donde Quintero, el año en que presentó la demanda.  Dijo que lo sabía desde que Ruth era pequeña.  Lo llevo cargando veinte años.  Necesito que me lo digas».

Su padre no respondió.  Miró a Karl largo rato.  Luego apartó la vista, hacia la lluvia, hacia las formas oscuras de las colinas.

«Tu madre», dijo, «era una mentirosa.  Creía en espíritus.  Decía que veía colores alrededor de la gente.  Habría dicho cualquier cosa».

«En esto no mentía».

«Eso no lo sabes».

«Te vi».

«Viste a un hombre salir de noche del cuarto de su hija».  La voz de su padre subió un poco, y se afirmó.  «Un padre entra en el cuarto de su hija.  Ella tiene fiebre.  Tiene una pesadilla.  Llama.  ¿Qué viste?  Viste una puerta.  Eras un niño.  Siempre estabas mirando, Karl, siempre en las puertas, siempre inventando historias.  Inventaste una sobre mí.  Te la llevas contando veinte años.  Eso no la hace verdad».

Era la voz de la sala de audiencias.  Karl la oyó y la reconoció.  Era la voz que había sostenido la sala de Nuevo Albor cuando él tenía nueve años, la voz que se movía y no terminaba; débil ahora, quebrada, pero todavía la voz, haciendo todavía lo que siempre había hecho.  Y Karl la sintió obrar sobre él.  Sintió, sentado frente a su padre en la oscuridad lluviosa, la vieja sensación de ser examinado y hallado insuficiente, y el viejo anhelo de ser hallado digno, y comprendió con horror que incluso ahora, incluso allí, una parte de él quería que su padre ganara.

«Entonces dime que no es verdad», dijo.  «Mírame y dímelo».

Su padre se apartó de la ventana y lo miró.

Y Karl vio que la lucidez empezaba a irse.  La vio irse.  Se le fue de los ojos despacio, como el agua que se escurre de una pila, y lo que quedó no fue la sala de audiencias ni la voz sino otra cosa, algo que miraba a Karl sin reconocerlo y luego, poco a poco, con una furia naciente y terrible.

«¿Quién te dejó entrar?», dijo su padre.

«Papá».

«¿Quién eres?  Fuera de mi casa».  Forcejeaba por levantarse del sillón, el gran cuerpo alzándose, la cara pequeña ensombreciéndose.  «Fuera.  Haré que te tiren por la escalera.  Sé quién eres.  Eres el hombre de Quintero.  Eres uno de los de ella.  Fuera».

Se levantó a medias del sillón y le lanzó a Karl un manotazo, a ciegas, y falló, y perdió el equilibrio, y Karl lo sostuvo.  Recibió el peso de su padre contra sí, como en la escalinata del palacio de justicia, y lo bajó de nuevo al sillón, y su padre volvió a golpearlo, débilmente, con la palma de su mano pequeña, en el hombro y en un lado de la cabeza, y luego se detuvo, y se quedó respirando con fuerza con la boca abierta, mirando a nada.

Entonces, con otra voz, casi de niño, dijo:  «Ella fue la única que nunca me dejó».

Karl se arrodilló junto al sillón.  No sabía cuál de los dos hombres lo había dicho.  No sabía si era una confesión o una negación o ninguna de las dos, si hablaba el padre o la enfermedad, si la enfermedad había dejado algo al descubierto o lo había inventado, si había alguna diferencia.  Siguió de rodillas allí con la mano de su padre caída sobre el brazo del sillón junto a su cara, y esperó a que volviera la lucidez, y esa noche no volvió.

Ruth llegó a medianoche y los encontró así.  No preguntó qué había pasado.  Ayudó a Karl a acostar a su padre.  Le dio las gracias, con mucha cortesía, y le dijo que volviera a la pensión a dormir.  En la puerta, cuando él se iba, le puso un momento la mano en el brazo, y la retiró, y no dijo nada, y cerró la puerta.

*

La lucidez volvió tres semanas después, una mañana luminosa, durante quizá un cuarto de hora.

Karl estaba sentado con su padre en la terraza.  Su padre había estado mirando las colinas.  Se volvió hacia Karl y dijo su nombre, y Karl vio que estaba allí, y esperó, y no sabía qué diría si se mencionaba la noche de la lluvia, y no se mencionó.  Su padre lo miró un rato con una expresión que Karl no supo leer.

«Deberías volver a Canadá», dijo su padre.  «Vete.  Aquí no hay nada para ti».

Karl dijo que se quedaría.

«No».  Su padre negó con la cabeza.  «Ya has hecho bastante.  Más que los otros.  Más de lo que merezco, seguramente».  Lo dijo con sencillez, sin ironía.  «Vete a tu casa.  Vive.  No te quiero aquí al final.  No quiero que lo veas».

Luego volvió a mirar las colinas, y al rato la lucidez se fue, y le preguntó a Karl si había llegado el carro.

Karl se fue un mes después.  Se fue porque su padre se lo había pedido, y porque la segunda mujer le había hecho imposible quedarse, y porque estaba agotado de un modo que no sabía que fuera posible, y porque no soportaba seguir esperando un cuarto de hora que quizá no volvería nunca.  La última mañana su padre no lo reconoció.  Karl le dio un beso en la frente de todos modos, bajó en el ascensor forrado de madera oscura y subió al taxi del aeropuerto.

Cuatro meses después su padre sufrió un derrame una noche, lo llevaron al hospital de Nuevo Albor, vivió nueve días sin despertar, y murió.  Ruth estaba con él.  Karl voló para el entierro y se quedó junto a la tumba bajo el calor viendo bajar el ataúd, y después, en la casa, recibió el pésame de hombres que habían temido a su padre y de mujeres que lo habían amado y de escribientes que no recordaban lo que habían visto en la escalinata del palacio de justicia.

*

Ahora, junto a la losa de granito, con el taxi esperando en la entrada, Karl pensó en las palabras de la terraza.  Vete.  Aquí no hay nada para ti.  Las había cargado durante años como el último regalo de su padre, el regalo de la liberación.  Nunca se las había contado a nadie.

Y pensó en Josephine en la habitación del hotel, dos noches antes, contándole lo que su madre le había dicho sentada en el borde de su cama con el sobre en el regazo.  Vete.  Aquí no hay nada para ti.  Yo me quedé, y mírame.

Las mismas palabras.  Las mismas siete palabras, de los dos, a dos de sus hijos, en dos décadas distintas, en dos cuartos distintos.  No sabía si alguno de los dos había sabido que el otro las dijo.  No sabía si significaba algo, o si era sólo lo que los padres de aquel país les decían a los hijos que no podían retener, como quien dice buenos días.  Se quedó junto a la tumba dándoles vueltas a las dos frases, poniéndolas una junto a la otra, y no consiguió que coincidieran.

Las flores del frasco eran blancas, y estaban muy frescas.  Se agachó y enderezó una que se había inclinado contra el borde.  Luego volvió a cruzar el cementerio hasta la entrada, donde el taxi esperaba con el motor encendido, subió, y no miró atrás.

15. Ludwig

Ludwig fue a buscarlo el martes en una camioneta con el nombre de su negocio pintado en las puertas, un comercio de bombas y tuberías de riego para las fincas del valle, y lo sacó de la ciudad por la vieja carretera hacia las colinas.

No le dijo adónde iban.  Karl no preguntó.  Anduvieron una hora entre cañaverales y luego entre cafetales, por una carretera que se volvía más estrecha y peor, y Ludwig la manejaba como lo hacía todo, sin prisa y sin un movimiento de más, las grandes manos sueltas sobre el volante.  Habló del negocio, un poco, y de sus hijos, uno de los cuales quería estudiar en el extranjero y el otro quedarse y hacerse cargo de las bombas.  Habló de las lluvias, que se habían retrasado.  No habló de la puerta, ni de la notaría, ni de la cena en la terraza, ni de nada de lo que había pasado entre Karl y los demás esa semana, aunque Karl estaba seguro de que lo sabía todo.  Ludwig siempre lo sabía.  La gente le contaba cosas, como le habían contado cosas a su madre en el cuarto de costura, y él las guardaba.

En lo alto de una cuesta se salió de la carretera y se detuvo.

Abajo se abría un valle, verde y hondo, con un río al fondo y las ruinas de un molino junto al río, y en la ladera de enfrente, entre árboles viejos, las paredes sin techo de una casa.  Ludwig apagó el motor.  El silencio entró por las ventanillas abiertas, y con él el ruido del río, muy débil, y de los pájaros.

«Valle de las Albercas», dijo Ludwig.  «Ésa era la casa del padre de Mamá.  La hacienda.  Donde ella nació».

Karl miró las paredes sin techo.  Nunca las había visto.  Había oído el nombre toda la vida, como se oye el nombre de un país en un cuento, y nunca se le había ocurrido venir.

«Me pidió que la trajera», dijo Ludwig.  «El segundo año que estuvo con nosotros.  Tuvo una buena semana, estaba lúcida, sabía quién era yo, y dijo que quería verla antes de olvidarla.  Así que la traje.  Nos sentamos aquí, donde estamos sentados.  Ella la miró mucho rato y me contó cosas».  Calló un momento.  «De su padre.  De la otra familia que tenía en el pueblo, los hijos a quienes nunca dejaron venir a la casa.  De su madre, que murió cuando ella tenía once años, y de su padre un año después, y del cura que vino y se la llevó a las monjas.  Del hombre con quien se casó antes que con Papá, el extranjero, que salió una mañana una semana después de la boda y nunca volvió.  Yo no sabía nada de eso.  No creo que ninguno de nosotros lo supiera».

«Yo sabía algo», dijo Karl.  «Por los tíos.  Eso no».

«Dijo que nunca se lo había contado a nadie.  Ni siquiera a Papá, no todo».  Ludwig miró la ladera de enfrente.  «Luego, de vuelta a casa, me preguntó quién era yo.  Ya lo había olvidado otra vez antes de llegar al pie de la colina».

Se quedaron en la camioneta mirando la casa.  Karl pensó en una niña de once años a la que un cura se llevaba de aquellas paredes.  Pensó en el convento, y en los seis años, y en las manos que allí habían aprendido a aliviar la espalda de un cura.  Pensó en una novia esperando en un cuarto alquilado a un marido que no volvía.  Pensó en una mujer en un banco duro de la sala de espera de un abogado, diciéndole a su hijo con voz pareja que lo sabía desde que Ruth era pequeña, y que había decidido que a Ruth le costaría más que a él.  Siempre había pensado en esa decisión como en una falta de valor.  Mirando la casa sin techo, por primera vez, se preguntó qué significaría haber aprendido tan pronto, y tan a fondo, que todo lo que uno tenía podía serle arrebatado en una sola mañana, y que la única seguridad era el silencio.

No se lo dijo a Ludwig.  Ludwig, sospechaba, lo había pensado hacía mucho.

*

En el camino de vuelta Ludwig habló de los tres años.

Habló de ellos como había hablado de las bombas:  con llaneza, con sentido práctico, como de una serie de problemas y de las medidas tomadas para afrontarlos.  Cuando Ruth ya no pudo arreglárselas sola, cuando su madre había empezado a salir del apartamento de noche y el conserje la había encontrado dos veces en el vestíbulo en camisón, preguntándole al espejo quién era, Ludwig había ido a buscarla.  Había terminado ese mes el cuarto del fondo del huerto, el último que construyó, y lo había construido, entendió ahora Karl, para ella, aunque Ludwig no lo dijo.  La había instalado allí con su ropa y sus pastillas y su misal blanco y la fotografía con toga y birrete.  Había contratado a una enfermera para las noches.  Los días los había cubierto él, y su mujer, y sus hijos cuando estaban en casa.

Le había dado de comer.  La había bañado, cuando ella se dejaba, y cuando no se dejaba la había dejado estar sucia un día y lo había vuelto a intentar.  Se había sentado con ella en el huerto bajo los frutales por las tardes y la había dejado hablar, porque en ese último tiempo hablaba mucho, de todo y de nada, de gente que había muerto y de gente que nunca había existido, y había descubierto que si no la corregía, si simplemente escuchaba, ella estaba más tranquila.  Había aprendido las canciones que le gustaban y se las cantaba mal.  Le había leído del misal, que ella ya no podía leer sola, y del libro gris de sus poemas, que ella no reconocía como suyos y elogiaba con exageración, diciendo que quien los hubiera escrito debía de haber sufrido mucho.

«Ésa fue la única vez que estuve a punto de perder la paciencia», dijo Ludwig.  «Estaba leyendo uno de sus propios poemas, el del muro, y dijo:  “Esta mujer era una tonta.  Tendría que haberlo trepado”.  Y yo le dije:  “Mamá, eso lo escribiste tú”.  Y ella me miró como si le hubiera dicho algo cruel, y lloró una hora».  Negó con la cabeza.  «Nunca más la corregí».

Karl miraba las manos de su hermano sobre el volante.  Pensó en sus propias visitas en esos tres años:  dos, ¿o fueron tres?, de una semana cada una, volando desde Toronto con regalos que ella no entendía, sentado junto a la cama en el cuarto del huerto una tarde, tomándole la mano mientras ella le preguntaba amablemente si venía por lo de las bombas.  Pensó en que cada vez había vuelto a Toronto sintiendo que había hecho algo, y en lo poco que había sido.

«Debí venir más», dijo.

Ludwig se encogió de hombros, muy levemente.

«Viniste cuando pudiste.  Josephine no pudo venir nunca.  Johnathan venía los domingos y se sentaba una hora y le hablaba del bufete.  Ruth venía los miércoles».  Manejó un rato en silencio.  «No importa quién vino.  Alguien tenía que quedarse.  Yo era el menor.  No había nadie detrás de mí a quien dejárselo».

*

En el cuarto del huerto, cuando volvieron, Ludwig sacó un cuaderno de la gaveta de la mesa de noche y se lo dio a Karl.

Era un cuaderno escolar corriente de tapa azul, de los que se venden en todas las papelerías del país, y cuando Karl lo abrió descubrió que era el primero de varios; Ludwig sacó los otros y los dejó sobre la cama, once en total.  Estaban llenos de la letra cuidadosa de Ludwig, la letra que había firmado la escritura en la notaría, y eran un registro.  Cada día de los tres años tenía su entrada.  La fecha.  Qué había comido ella, y cuánto.  Qué medicinas había tomado, y cuándo.  Si había dormido.  Si lo había reconocido.  Y luego, en una o dos líneas al final de cada entrada, lo que había dicho.

Karl pasó las páginas.  Leyó al azar.

Comió la mitad del arroz.  Durmió de dos a seis.  Me reconoció por la mañana, no después del almuerzo.  Dijo:  volvieron las libélulas.

No comió nada.  La enfermera dice que estuvo inquieta toda la noche.  No me reconoció.  Dijo:  Henrich, cierra las persianas, los vecinos están mirando.

Comió bien.  Cantó los boleros.  Me reconoció todo el día.  Dijo:  dónde está Karl.  Le dije que en Canadá.  Dijo:  siempre tan lejos.

Comió sopa.  Preguntó por su madre.  Dijo:  me llevaron en una carreta con el cura y oí el río todo el camino.

No comió.  Lloró.  Dijo:  debí decirlo.  Debí decirlo.  Le pregunté qué.  No contestó.

Karl se detuvo en ésa.  La leyó otra vez.  Debí decirlo.  Alzó la vista hacia Ludwig, que estaba de pie junto a la ventana de espaldas a la habitación, mirando el huerto.

«¿Llegó a decir qué?», preguntó Karl.

«No».

«¿Volviste a preguntárselo?».

«Una vez.  Me miró como si yo fuera un extraño y me preguntó si venía a leer el medidor».  Ludwig se apartó de la ventana.  «Yo anotaba lo que ella decía.  Sólo lo que decía.  No anotaba lo que yo creía que significaba.  Eso no me correspondía».  Miró el cuaderno en las manos de Karl.  «Sé que tú lo habrías escrito de otra manera.  Lo habrías juntado todo.  Le habrías dado sentido».

«No sé si tiene sentido».

«No».  La voz de Ludwig era suave.  «Yo tampoco creo que lo tenga.  Por eso no lo intenté».

*

Karl siguió leyendo, toda la tarde, mientras Ludwig entraba y salía del cuarto y su mujer traía café y luego comida y luego se llevaba los platos intactos.  Leyó el segundo año y entró en el tercero.  Las entradas se acortaban.  Ella comía menos.  Lo reconocía menos a menudo.  Decía menos cosas, y las cosas que decía se volvían más extrañas, retazos de canciones y oraciones y viejas peleas, nombres que Karl no reconocía y nombres que sí.

En los últimos meses empezó a aparecer un nombre nuevo.

No me reconoció.  Me llamó Julián.  Me tomó la mano.

Me llamó Julián otra vez.  Me preguntó si tenía bastante abrigo.  Dijo:  eras tan chiquito, no me dejaron cargarte mucho rato.

Julián todo el día.  Contenta.  Me acarició la cara.  Dijo:  mi primer varón.  Mi primer varón volvió.

Karl alzó la vista.  Ludwig estaba sentado en la silla al pie de la cama, con las grandes manos juntas, mirándolo leer.

«Creía que eras Julián», dijo Karl.

«Los últimos cuatro meses».  Ludwig asintió despacio.  «Al principio no sabía quién era Julián.  Le pregunté a Ruth.  Ruth me lo dijo.  El niño, el de antes de Johnathan.  Los ocho días».  Calló un momento.  «Dejé que lo creyera.  La hacía feliz.  Era lo único que la hacía feliz, al final.  Me tomaba la mano y me decía que había vuelto, y yo le decía:  sí, Mamá, he vuelto».

Karl pensó en una estampita que caía de un misal blanco sobre una colcha en El Almendral, un ángel con alas como de polilla, y dos fechas separadas por ocho días con la letra de su madre.  Pensó en la mesa del domingo y en la cara encendida de la tía y en la puerta de malla cerrándose con su pequeño ruido seco.  Pensó en Johnathan, que había llevado toda la vida como segundo nombre el nombre del niño muerto sin pensar nunca en ello, de pie al borde de la piscina amurallada con los brazos un poco separados del cuerpo.  A Johnathan le habían dado el lugar.  Y al final no había sido a Johnathan a quien su madre había confundido con su primer hijo, sino al último de ellos, al que se había quedado.

Pasó al último cuaderno, a la última página.

La entrada era muy breve.

No despertó.  La respiración cambió a las cuatro.  Le tomé la mano.  A las seis y diez se detuvo.  Empezaban los pájaros.  Abrí la ventana.

Debajo, con la misma letra cuidadosa, la fecha.  Nada más.

Karl cerró el cuaderno.  Lo dejó sobre la cama con los demás.  Se quedó mucho rato sin hablar, y Ludwig se quedó con él, y por la ventana del cuarto del huerto los frutales se movían un poco en la oscuridad, y en algún lugar de la casa uno de los hijos de Ludwig se reía frente al televisor.

«¿Me los podrías dar?», dijo Karl por fin.  «Copias, quiero decir.  No los originales».

Ludwig lo pensó.

«¿Para qué?».

Karl no respondió enseguida.  Sabía para qué.  Lo había sabido desde la primera página.  Había vuelto a Nuevo Albor a averiguar qué había pasado en su familia, y aquí, en once cuadernos escolares azules, estaba el único relato de alguna parte de aquello que nadie había moldeado:  ninguna versión, ninguna historia, ningún alegato de la defensa ni de la acusación, sólo lo que ella comía y si dormía y lo que decía.  Lo quería como había querido, a los nueve años, llevar el vaso de agua hasta la mesa de su padre con las dos manos.  Lo quería para convertirlo en algo.  Y vio, mirando la cara paciente de su hermano, que eso era precisamente lo que Ludwig se había negado a hacer, y que esa negativa era todo lo que los cuadernos eran.

«No sé», dijo.  «Para guardarlos».

Ludwig lo miró un momento más.  Luego recogió los cuadernos, los once, los igualó en una pila, los devolvió a la gaveta de la mesa de noche y la cerró.

«Aquí están», dijo.  «Cuando quieras leerlos, ven y léelos.  Para eso están».

Se levantó, fue a la ventana y la cerró, y corrió la cortina, como había cerrado la ventana del cuartito del fondo del pasillo de arriba en la vieja casa, como cerraba todas las ventanas tras ellos.  Luego apagó la lámpara y se hizo a un lado en la puerta para que Karl saliera primero, al huerto, bajo los frutales, hacia la casa iluminada.

16. El viaje y el perdón

Su vuelo era el jueves, a mediodía, desde el aeropuerto de la llanura, debajo de la ciudad.  Lo llevó Ludwig.  Se lo había ofrecido en la puerta del cuarto del huerto, la noche de los cuadernos, y Karl había aceptado sin protestar, porque no había nadie a quien prefiriera tener al lado esa última hora y porque entendía que era, a la manera de Ludwig, la única forma de despedirse que su hermano conocía.

Salieron temprano.  La carretera bajaba de la ciudad atravesando los barrios viejos y luego los nuevos, las paredes a medio construir y los solares vacíos, y luego salía a la llanura, donde la caña crecía hasta el borde del asfalto a ambos lados y las colinas quedaban atrás, azules, cada vez más pequeñas.  Ludwig manejaba con las ventanillas abiertas.  No hablaba.  Karl iba con el bolso a los pies, y en el bolso, entre la ropa, el libro gris con las tiras de papel marcando las páginas, que no había devuelto.

Pensaba en un tren.

*

Había sido el año después de la muerte de su padre, antes de que los olvidos empezaran de verdad.  Su madre tenía setenta y un años.  Había dicho por teléfono, con la voz que había usado toda la vida para los deseos que no esperaba ver cumplidos, que antes de morirse le gustaría conocer Europa.  No los lugares adonde iba todo el mundo.  No quería París ni Roma.  Quería ver Viena, de donde venían los valses, y Praga, y el río en Budapest.  Lo deseaba desde que era una muchacha en el convento, dijo, mirando las láminas de un libro que las monjas guardaban en la biblioteca.  Nunca se lo había dicho a nadie.

Karl la había llevado.  Había volado desde Toronto para encontrarse con ella en Viena, y ella había venido sola desde Nuevo Albor, la primera vez que cruzaba un océano en avión, con un abrigo nuevo y el broche de la libélula, y él la había encontrado esperando en el vestíbulo de llegadas con la cartera sostenida delante con las dos manos, muy pequeña, muy erguida, mirando a la multitud con la expresión de una mujer que ha entrado en una sala que le dijeron que no era para ella.  Cuando lo vio, se le abrió la cara.

Tuvieron doce días.  Estuvo lúcida casi todos.  Caminó más de lo que él habría creído posible, despacio, de su brazo, por las calles de la ciudad vieja y los palacios y los jardines; se quedó en la gran catedral con la cabeza echada hacia atrás mirando la oscuridad de las bóvedas, y encendió una vela, y no quiso decirle por quién.  Por las noches iban a conciertos, y ella se sentaba con los ojos cerrados y las manos quietas en el regazo, y una vez, durante un vals, Karl le vio moverse los labios, y entendió que tarareaba, y que el vals no era el que tocaba la orquesta sino uno de su abuelo, el director de banda, que ella le había oído marcar sobre una mesa de domingo cuarenta años antes.

En Praga, en el viejo puente de piedra, se detuvo ante una de las estatuas, un santo con un halo de estrellas, y le preguntó quién era.  Karl no lo sabía.  Un guía que estaba cerca y lo oyó les dijo, en un inglés cuidadoso, que era el santo al que un rey había arrojado desde el puente al río porque no quiso revelar lo que la reina le había dicho en confesión.  Era, dijo el guía, el patrono de los secretos guardados.  La gente tocaba la placa de bronce bajo la estatua para tener suerte.  Estaba bruñida por mil manos.

Su madre escuchó todo aquello sin expresión.  Cuando el guía se fue, alargó la mano, la puso de plano sobre el bronce brillante y la mantuvo allí un largo momento, con los ojos cerrados.  Luego volvió a tomarse del brazo de Karl y siguieron caminando, y ella no dijo nada, y Karl no preguntó.  Pensó en ello a menudo después.  Nunca logró decidir si había tocado la placa para tener suerte, o en señal de reconocimiento, o como una especie de súplica.

Y en el tren de Praga a Budapest, la tarde del noveno día, le habló del primer marido.

Tenían un compartimento para ellos solos.  El tren corrió largo trecho junto al río, y la luz se extendía sobre el agua y los campos, y su madre iba sentada junto a la ventana mirando afuera.  Karl había estado leyendo.  Alzó la vista y descubrió que ella no miraba el paisaje sino el vidrio mismo, sus dos reflejos superpuestos a los campos en movimiento, tenues y transparentes, una anciana y un hombre de mediana edad, con el río pasando a través de ellos.

«Era húngaro», dijo ella.  «El primero.  Antes de tu padre.  ¿Lo sabías?».

Karl dijo que no.

«Lo conocí en un pueblo de las colinas, más arriba de Arenales.  Yo era secretaria.  Él había venido de aquí después de la guerra, sin nada, y hablaba muy poco castellano, y era hermoso».  Seguía mirando el vidrio.  «Nos casamos por la mañana, en la iglesia, con dos testigos que yo no conocía.  A los ocho días salió a comprar cigarrillos y no volvió.  Lo esperé en aquel cuarto un mes.  Luego fui a ver a un abogado.  El abogado era tu padre».

Calló un rato.  El río pasaba, y los campos.

«Yo pensaba», dijo, «que si alguna vez venía aquí lo buscaría.  En las caras.  Que lo reconocería, aunque estuviera viejo».  Sonrió un poco a su reflejo.  «No lo haré.  No lo reconocería.  No me acuerdo de su cara.  Me acuerdo del cuarto, y de la espera, y del ruido de la calle.  Eso es todo».

Karl alargó la mano y tomó la suya.  Ella se dejó.  Siguieron así, con el tren meciéndose debajo de ellos, y al rato ella dijo, todavía al vidrio:  «Me gustaría guardar esto.  Me gustaría acordarme de este momento, exactamente de éste, cuando ya no me acuerde de nada más».

«Te acordarás», dijo Karl.

Ella se apartó de la ventana y lo miró, y él vio que sabía que él no podía prometérselo, y que le agradecía que lo dijera de todos modos.

En Budapest pasearon por la orilla del río al atardecer.  La última mañana, en el aeropuerto, ella le tomó la cara entre las manos y le dio un beso en la frente y le dijo que le había dado lo único que ella le había pedido a alguien en su vida y había recibido.  Luego pasó por la puerta de embarque, muy pequeña, muy erguida, con su abrigo nuevo, y no miró atrás.

Siete años después llamó Julián a Ludwig, le tomó la mano y murió.  Karl no sabía si había guardado el momento del tren.  Había leído cada entrada de los once cuadernos azules que tocaba los últimos meses, y en ninguna mencionaba un tren, ni un río, ni a un hombre cuya cara no recordaba, ni la mano de su hijo.  Se había dicho la noche de los cuadernos que eso no significaba que lo hubiera perdido.  Se había dicho que algunas cosas se guardan en un lugar donde nadie puede escribirlas.

*

El aeropuerto surgió de entre la caña, bajo y blanco, con las colinas detrás ya azules y pequeñas.

Ludwig estacionó, sacó el bolso de Karl de la parte de atrás de la camioneta y lo llevó él mismo adentro, aunque Karl habría podido llevarlo sin esfuerzo.  Se quedaron juntos en el vestíbulo de salidas bajo los altos ventiladores lentos mientras la cola del mostrador de facturación avanzaba.  Quedaba media hora.  Ninguno de los dos sabía qué hacer con ella.

«Vas a volver», dijo Ludwig.  No era una pregunta.

«Voy a volver».

«Los cuadernos van a estar ahí».

«Lo sé».

Se quedaron en silencio.  Pasó una familia, una abuela y una madre y tres niños pequeños, todos cargando algo, y la más pequeña, una niña, lloraba porque se le había caído un juguete y nadie quería detenerse a recogerlo.  Karl los vio pasar la barrera.  Pensó en su propia familia, los cinco, dispersos otra vez cada uno a su ciudad, Johnathan a su puerta de letras doradas, Ruth a su terraza y sus geranios, Josephine a su editorial en Buenos Aires, Ludwig a sus bombas y a su cuarto del huerto con la gaveta que guardaba los cuadernos, y él a la nieve.  Había vuelto a Nuevo Albor a averiguar qué había pasado.  Había averiguado muchas cosas.  Había averiguado que ninguno de ellos estaba de acuerdo en nada, y que cada uno tenía una versión, y que cada versión era verdadera en sus hechos y falsa en su elección, como la declaración de Ruth había sido verdadera y falsa en el estrado más de treinta años antes.  Había averiguado que su propia versión no era distinta.

O había averiguado algo parecido.  No estaba seguro.  No estaba seguro de haber averiguado nada en absoluto, salvo que las preguntas que había traído eran las mismas que se llevaba, sólo que más pesadas.

«¿Y Josephine?», dijo Ludwig.

Karl lo miró.

«La viste antes de que se fuera», dijo Ludwig.  «Dos veces.  Ella me lo dijo.  Me dijo que fuiste a su habitación.  Me dijo que te había dado el libro».  Señaló con la cabeza el bolso a los pies de Karl.  «No me dijo de qué hablaron.  Pero estaba alterada.  Más de lo que la he visto en años.  Y llamó a Ruth desde el aeropuerto, cosa que nunca hace».  Hizo una pausa.  «¿Qué vas a hacer con Josephine?».

Karl guardó silencio largo rato.  Pensó en su hermana en el bar del hotel bajo el ventilador, fría y furiosa, diciéndole que lo que sabía no era suyo para contarlo.  Pensó en ella en el sillón junto a la ventana de su habitación, contándole lo de la sobrante, y lo del sobre en su regazo, y lo del autobús nocturno a la frontera.  Pensó en los dos versos de la muchacha en la página treinta y uno, y en los siete de la mujer, y en el espacio entre ellos.  Pensó en el broche de la libélula sobre el secante de su padre, y en su madre acusando de robo primero a una hija y luego a la otra.

Y se oyó decir, con una voz que le sonó muy tranquila y muy razonable, la voz de un hombre que ha pensado mucho en algo y ha llegado a una conclusión:

«Me doy perfecta cuenta de que sufre.  No puede ver más allá de lo que necesita creer de Mamá, y de Papá, y de mí.  No es culpa suya.  Es lo que le hicieron».  Hizo una pausa.  «Sólo puedo perdonarla».

Ludwig lo miró.

Lo miró largo rato, con la atención paciente de un hombre que había pasado tres años anotando lo que decía una mujer moribunda sin decidir qué significaba.  No le cambió la cara.  Pero Karl, al encontrar los ojos de su hermano, sintió que algo en la voz razonable que acababa de usar flaqueaba y se adelgazaba, como se había adelgazado la voz de su padre en el sillón junto a la ventana la noche de la lluvia.

«Ella dijo casi lo mismo de ti», dijo Ludwig.  «Por teléfono.  La noche antes de irse».

Los ventiladores giraban.  La cola avanzó.  Una voz anunció un vuelo por encima de ellos en dos idiomas.

«¿Qué dijo?».

Ludwig levantó el bolso de Karl y se lo tendió.

«Eso es de ella», dijo con suavidad.  «Pregúntaselo».

*

El avión se elevó sobre la llanura en una curva larga y lenta, y la caña quedó abajo, verde e interminable, dividida por las líneas rectas y oscuras de los canales de riego que alimentaban las bombas de Ludwig.  Karl tenía la ventanilla.  Vio aparecer la ciudad en la ladera más allá de la llanura, los barrios viejos y los nuevos, la catedral, la plaza, el palacio de justicia gris con su escalinata, ya demasiado pequeña para verse.  Buscó el edificio de la colina con los balcones profundos y creyó encontrarlo, y luego no estuvo seguro.  Buscó la casa de las habitaciones vacías y la cicatriz en la puerta del cuartito del fondo del pasillo de arriba, que la pareja joven de la capital pintaría encima, o cambiaría, y no logró encontrarla.  Buscó el cementerio al otro lado del río y lo encontró, un rectángulo gris en medio del verde, y no pudo distinguir la tumba.

Luego el avión giró, y las colinas entraron en la ventanilla, y más allá de las colinas, en alguna parte, un valle con un río y una casa sin techo entre árboles viejos, y luego nubes.

Sacó del bolso el libro gris.  No lo abrió.  Lo sostuvo sobre la rodilla, cerrado, con sus tiras de papel marcando las páginas, y miró la ventanilla, donde las nubes habían formado una superficie blanca y opaca como un muro recién encalado antes de las lluvias.  En ella, tenuemente, veía su propia cara, superpuesta al blanco, transparente, un hombre de más de cincuenta años con las manos largas y delgadas de su madre y algo de su padre en la forma de los hombros, que lo miraba con una expresión que no sabía leer.

Pensó en su madre en el tren, mirando no el paisaje sino el vidrio.  Pensó en un niño de pie al borde de una piscina amurallada con los brazos un poco separados del cuerpo, mirando un agua que desde arriba parecía más oscura de lo que era.  Había comprendido, a los seis años, la mañana en que dejaron El Almendral, que la oscuridad no había estado en el agua.  Había creído que esa comprensión era el final de algo.  Veía ahora que había sido sólo el primero de muchos bordes, y que se había parado en cada uno de ellos desde entonces, en puertas y en mesas y en escalinatas de tribunales, mirando, y se había dicho que mirar era una forma de valor, y nunca había estado seguro de si era valor o sólo la forma más refinada de la larga negativa de la familia a caer.

Josephine diría una cosa.  Johnathan diría otra.  Ruth no diría nada, y su nada sería la versión más difícil de responder.  Ludwig lo anotaría.  Y Karl, que había vuelto a casa a decir lo indecible, y lo había dicho, a una hermana en un bar y a un padre moribundo bajo la lluvia, y había oído de los dos, cada uno a su manera, que no le correspondía decirlo, iba sentado con el libro cerrado sobre la rodilla y la cara en la ventanilla blanca y no habría podido decirle a nadie, si se lo hubieran preguntado, cuál de los cinco había visto con más verdad, ni si ver era lo que importaba, ni qué habría sido quererlos a todos sin necesitar hacerlo.

El avión siguió adentrándose en las nubes.  Al rato el muro de la ventanilla se adelgazó y se rompió, y arriba hubo azul, muy alto, y abajo, muy abajo, el brillo de agua abierta.  No sabía qué agua era.  No intentó nombrarla.  Se quedó mirándola mucho tiempo, hasta que cambió la luz y ya no pudo ver su cara en el vidrio.