“Alegoría geométrica”, pintura digital de 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela, 1954).
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Nota del autor
Esta entrega examina cómo las etiquetas ideológicas, liberal, socialista, democrática, se despliegan como instrumentos de alineación más que como compromisos exigibles. Venezuela no se aborda como excepción, sino como un caso en el que la práctica administrativa, el posicionamiento internacional y la abstracción partidista convergen para oscurecer la responsabilidad. Lo que sigue muestra cómo el poder se ejerce por método más que por doctrina, cómo el lenguaje ideológico desplaza la rendición de cuentas y cómo la claridad, más que el consenso, surge como la primera condición de la recuperación.
Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Florida.
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Capítulo XIII
LA QUINTA SEÑAL
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LA REPÚBLICA EMPEÑADA
1
La crisis económica venezolana se desarrolló dentro de un entorno político en el que el control sobre la moneda extranjera, el gasto público y los ingresos del Estado se concentró progresivamente en sistemas de asignación controlados por el Estado y mecanismos fiscales fuera de presupuesto. Después de establecerse los controles cambiarios en 2003, el acceso a divisas se asignó de forma centralizada mediante mecanismos como CADIVI, y para 2013 incluso autoridades gubernamentales reconocían públicamente fraudes en la asignación de divisas preferenciales, incluyendo su otorgamiento a empresas de fachada. A nivel fiscal, fondos paralelos como FONDEN manejaron grandes sumas fuera de un escrutinio parlamentario efectivo, mientras la información pública sobre el gasto estatal y los fondos parafiscales dejó de publicarse de forma sistemática. Bajo estas condiciones, la desviación de recursos públicos no apareció como un hecho aislado, sino como una práctica recurrente de gobierno en la que los procedimientos formales de aprobación presupuestaria y rendición de cuentas se mantenían de manera nominal mientras disminuían la verificación independiente y la transparencia pública. Lo que emergió no fue el fracaso de una doctrina declarada, sino la consolidación de un método administrativo en el que el acceso a los recursos públicos dependía menos de procedimientos transparentes que de la concentración del control discrecional.
Los debates que oponen socialismo y capitalismo identifican erróneamente el campo operativo. Estos términos describen creencias sobre la propiedad y la finalidad social, no describen cómo se administran las economías. La estabilidad económica no depende del propósito declarado, sino de límites exigibles sobre la tributación, el gasto y la ejecución contractual. Depende de que la tributación siga reglas, de que los contratos se cumplan sin excepción, de que los presupuestos queden sujetos a procedimiento y de que la autoridad se ejerza dentro de límites respaldados por la ley presupuestaria, la ejecución contractual y la supervisión institucional. Donde estas condiciones faltan, la designación ideológica no fracasa, se vuelve irrelevante.
A medida que la contratación estatal en sectores como el petróleo, la infraestructura y las importaciones de alimentos quedó sometida a discreción política, las funciones de auditoría se debilitaron y los órganos de supervisión perdieron independencia operativa. Los ingresos y contratos controlados por el Estado se utilizaron cada vez más para redirigir recursos mediante asignación discrecional. La autoridad pública dejó de funcionar como estructura mediadora y pasó a convertirse en objeto de apropiación. El resultado no fue una corrupción episódica, sino una configuración estable en la que la desviación operó como resultado esperado del gobierno.
El mecanismo no explicó la acción, desplazó su examen. El lenguaje ideológico no aclaró las operaciones, las volvió inaccesibles. El discurso oficial que invocaba la lucha de clases y el antiimperialismo desvió la atención pública lejos de la asignación de divisas, el gasto público y las prácticas de contratación, y la condujo hacia un conflicto político simbólico. Estos llamados sustituyeron el examen de los procedimientos por relatos de oposición sin capacidad alguna de control.
Esta sustitución se extendió más allá del ámbito nacional. Gobiernos identificados con tradiciones liberales o democráticas respaldaron sanciones presentadas como instrumentos de presión. En la práctica, estas medidas intensificaron las penurias económicas sin alterar la configuración interna del poder.[1] Al mismo tiempo, Estados que mantenían alineación política y económica con el gobierno venezolano, entre ellos China, Rusia y Cuba, toleraron el debilitamiento de la supervisión electoral, la independencia judicial y la autoridad legislativa, y presentaron la inacción como fidelidad al principio.[2] A través de estas posiciones, la designación ideológica no guió la acción. Encubrió una convergencia, medidas que debilitaron a la sociedad sin alterar la autoridad, y posturas que preservaron la autoridad sin atender a la manera en que era ejercida.
2
Lo que se presenta como una división entre sistemas opuestos se resuelve, en la práctica, en una convergencia de procedimientos. La presión externa que debilita a una población sin alterar la autoridad, y la tolerancia externa que preserva la autoridad sin atender al desmantelamiento institucional, producen una misma condición, el aislamiento de la sociedad respecto de medios judiciales, electorales y legislativos para impugnar la autoridad.
3
Dentro de esa condición, la población no queda situada entre modelos de gobierno en competencia. Queda convertida en instrumento de posiciones que no operan sobre los mecanismos que sostienen o limitan el poder. El lenguaje de la alineación, sea en forma de solidaridad, neutralidad o cautela, no altera esta configuración cuando permanece desligado de los procedimientos a través de los cuales la autoridad se ejerce.[3]
Donde la rendición de cuentas no se hace valer, otras formas de organización ocupan su lugar. Redes criminales y economías informales que operan sin cumplimiento judicial ni regulatorio se expanden dentro del espacio dejado sin regulación. Su crecimiento no requiere justificación ideológica, resulta de la ausencia de límites exigibles.[4] Lo que se describe como crisis no comienza con el colapso. Comienza cuando la restricción se retira del ejercicio del poder y permanece retirada sin consecuencia.
Notas del Capítulo XIII
[1] Francisco Rodríguez y Jeffrey Sachs, “Economic Sanctions as Collective Punishment: The Case of Venezuela,” The Lancet 393, no. 10178 (2019): 2584–2591; Center for Economic and Policy Research, “Sanctions in Venezuela: Economic and Humanitarian Impacts,” 2019.
[2] R. Evan Ellis, “The Maduro Regime’s Foreign Backers: China, Russia, Iran, and Cuba,” Center for Strategic and International Studies (CSIS), 6 de noviembre de 2020; United Nations Human Rights Council, “Report on the Situation of Human Rights in the Bolivarian Republic of Venezuela,” 2022.
[3] Javier Corrales, “Democratic Backsliding Through Electoral Irregularities: The Case of Venezuela,” Perspectives on Politics 18, no. 2 (2020): 311–327.
[4] Insight Crime, “Venezuela’s Criminal Landscape: A Country of Collusion,” 2021; Transparency International, “Venezuela: Corruption Perceptions Index,” 2022.
Capítulo XIV
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LA PRIMERA CUESTIÓN
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RESISTIR EL CONTROL PARTIDISTA: LA POSTURA DE LA SOCIEDAD CIVIL EN VENEZUELA
1
La vida democrática no se asegura por un principio único, sino por la interacción de formas distintas: pluralismo, partidismo, no partidismo y antipartidismo. Estas formas no se resuelven en una unidad. Definen cómo la autoridad se organiza, se disputa y se limita dentro de instituciones como partidos, tribunales y legislaturas.
El pluralismo establece la condición bajo la cual la diferencia puede aparecer sin ser suprimida. Su función consiste en asegurar que múltiples posiciones puedan entrar en el espacio público sin requerir alineación previa. Cuando las instituciones no protegen la participación mediante acceso electoral y garantías jurídicas, la participación se contrae y la representación se estrecha.
El partidismo organiza la competencia mediante alineaciones estructuradas. Su función depende de un límite, que la lealtad a un partido no sustituya la adhesión a las reglas que gobiernan la contienda misma. Cuando ese límite se disuelve, la competencia persiste en la forma mientras desaparecen sus restricciones.
El no partidismo suspende la alineación para preservar el procedimiento. Su función no es una neutralidad abstracta, sino el mantenimiento de condiciones en las que las decisiones sigan siendo responsables ante la regla y no ante la afiliación.
El antipartidismo surge cuando estos arreglos fracasan. Rechaza a los partidos como vehículos de representación, pero al hacerlo elimina las estructuras mediante las cuales se ejerce la rendición de cuentas. Cuando este rechazo se vuelve programático, no elimina el poder. Elimina las estructuras que lo limitan y deja al poder concentrarse sin oposición.
2
En Venezuela, el antipartidismo se convirtió en una estrategia de gobierno mediante la deslegitimación de los partidos establecidos y la centralización de la autoridad en el ejecutivo. El desencanto público con los partidos establecidos permitió el ascenso de una alternativa política singular que no operó fuera de las instituciones, sino que las reorganizó. Los límites institucionales fueron presentados como impedimentos y su eliminación como restauración. Lo que se eliminó, sin embargo, no fue el obstáculo, sino la restricción.[1]
Bajo Chávez, este método se extendió mediante la redirección de los recursos del Estado. Los ingresos petroleros se desplegaron para asegurar alineación política en distintos sectores. El acceso a recursos distribuidos por el Estado dependió cada vez más de la alineación política, particularmente a través de programas gubernamentales y del empleo público, lo que estableció dependencia en lugar de confianza institucional. Bajo Maduro, esta estructura persistió bajo contracción, a medida que los recursos disminuyeron, el requisito de alineación se intensificó mientras se preservaba la misma lógica operativa.
3
Las prácticas clientelares no fueron introducidas, sino ampliadas y centralizadas. Lo que antes se hallaba disperso se volvió sistémico. Programas como las Misiones Bolivarianas, financiados con ingresos petroleros y administrados por estructuras alineadas con el Estado, ilustran esta transformación. Su función declarada era la provisión social, su operación vinculó el acceso con la identificación política. En programas como Barrio Adentro, la prestación de servicios de salud fue administrada a través de estructuras coordinadas con el aparato gobernante.[2] Los beneficios no siguieron únicamente la necesidad, sino también la alineación.
Las políticas de expropiación y control cambiario restringieron aún más la actividad económica independiente. Al reasignar activos por decisión administrativa, estas medidas redujeron el espacio dentro del cual podían surgir formas alternativas de organización. La contracción económica siguió como consecuencia de una actividad restringida por control administrativo.
4
El debilitamiento de las estructuras institucionales desplazó la actividad organizada, pero no la eliminó. Las organizaciones de la sociedad civil asumieron funciones de defensa jurídica, documentación de derechos humanos y provisión de servicios allí donde las instituciones del Estado dejaron de operar con continuidad institucional.
Organizaciones como Provea, Foro Penal y Transparencia Venezuela documentan violaciones, ofrecen defensa jurídica y mantienen registros de la conducta administrativa. Las organizaciones de observación electoral documentan condiciones de votación e irregularidades pese a restricciones jurídicas y operativas. Las estructuras comunitarias, como las Mesas Técnicas de Agua, coordinan el acceso a servicios básicos como el suministro de agua en ausencia de una provisión estatal confiable. Estas actividades mantienen un vínculo verificable entre los actos documentados y sus consecuencias, entre las afirmaciones públicas y los registros, y entre la autoridad y sus límites legales. Allí donde las instituciones ya no aseguran estas relaciones, ellas se sostienen mediante la práctica.
5
Estas formaciones no constituyen un sistema alternativo de gobierno. Operan dentro de límites que les son impuestos y su continuidad sigue siendo contingente. Las medidas legislativas que incrementan la supervisión de las organizaciones no gubernamentales han reducido todavía más su espacio operativo.
Lo que persiste no es un programa, sino un conjunto de prácticas que mantiene un vínculo verificable entre acción y consecuencia, autoridad y límite y decisión y verificación. Donde estas relaciones se sostienen, aunque sea de forma restringida, permanece la posibilidad de reconstrucción.
La recuperación democrática no comienza con alineación ni con diseño. Comienza con el restablecimiento de límites exigibles sobre el poder y con la restauración de procedimientos mediante los cuales los actos puedan ser examinados y limitados. Donde estas condiciones faltan, las declaraciones de principio no fracasan, no operan.
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Notas del Capítulo XIV
[1] Javier Corrales y Michael Penfold, Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington: Brookings Institution Press, 2011), 19–24, 30–34.
Ricardo F. Morin Escena treinta y seis Óleo sobre lino y tabla 12″ x 15″ x 1/2″ 2012
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Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio. Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven. Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar: una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.” La descripción cede al etiquetado.
En « Lenguaje, juicio y libertad de conciencia: Sobre la arquitectura de una posición intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga. Ese vínculo no se sostiene por sí solo. Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad. Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla. Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir. En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.
Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo. La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas. Un vecino pasa a ser “uno de ellos.” Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”
Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza. Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar. El tirano parece suficiente. Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara. Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible: frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.
Es necesaria una distinción. Ver con claridad no es odiar. Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad. Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción. El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado. Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.
Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada. Cambian de nombre, pero comparten una regla: las personas definen quiénes son expulsando a otros. Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común. La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no. El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.
Lo que aparece en Trump no es nuevo. Es lo que ya no necesita ocultarse.
Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas. Se extiende. Algunos la repiten por convicción. Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse. El lenguaje cambia. Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar. El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar. Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta: “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”
Aparece entonces otra confusión. En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos. Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.
Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo. A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión. Hay algo de verdad en ello. Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad. Todos son vulnerables. No todos participan en el daño organizado. Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.
Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo. El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas. La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan. No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.
Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos. No pertenecen a bandos ni a consignas. Son quienes deben vivir con lo que otros deciden: la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.
La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano. El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.
En ese punto, el odio deja de parecer excepcional. Se vuelve un hábito. Se repite en el habla cotidiana: “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.” Aparece en el lenguaje del orden y la protección: “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo: miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.
Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre. Lo disponen. Hacen que la exclusión parezca razonable. Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.
Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa. Se vuelve esperada, repetida, rutinaria. La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición: a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.
Así es como el odio continúa: no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.
La pregunta permanece.
¿Quién alimenta el odio?
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Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.
Ricardo Morín Infinity One: La mímesis emocional 152 x 94 cm Óleo sobre lienzo 2005
La vida pública hoy está menos determinada por ideas que por señales emocionales. Las personas no responden al contenido de los argumentos, sino al registro en el que se presentan. El tono se vuelve sustancia; el afecto, autoridad. La sustitución de señales emocionales por argumentación no es accidental. Responde a una gramática cultural en la que los individuos aprenden a reconocerse no mediante el razonamiento, sino a través de la semejanza emocional. La voz más resonante no es la más coherente, sino la que reproduce el estado emocional de la multitud. A este fenómeno lo llamo la gramática de la mímesis emocional.
La prensa desempeña un papel central en el refuerzo de esta gramática. Los medios contemporáneos no operan como un espacio para el trabajo lento del pensamiento; operan como un mercado de sentimientos. Los editores seleccionan, encuadran y difunden relatos según su tracción emocional, más que por su claridad intelectual. Una confesión de angustia se toma como comprensión. Una manifestación de sufrimiento, como verdad. La principal moneda de los medios es la resonancia, medida no por su exactitud, sino por la intensidad de la emoción que suscita. Esto responde a los incentivos de una economía de la atención.
Autores reconocidos o figuras públicas reciben con frecuencia plataformas amplias para exponer agravios personales carentes de fundamento conceptual. Afirmaciones como «no hay cierre para el sufrimiento inocente si el universo no responsabiliza a alguien» se presentan como reflexiones morales valientes. Sin embargo, la premisa se desmorona al primer contacto: el sufrimiento no se distribuye según el mérito, y la naturaleza no adjudica inocencia. Aun así, estas narrativas conservan su fuerza porque el mercado premia la vulnerabilidad, no el razonamiento.
Este patrón de selección y recompensa guarda paralelo con la lógica emocional del populismo. Los seguidores de figuras políticas no se identifican con sus líderes porque compartan circunstancias materiales o intereses programáticos, sino porque se reconocen en la postura emocional que el líder encarna. Esto se hace evidente en el movimiento en torno a Donald Trump. Sus seguidores no imitan sus ideas; imitan su volatilidad emocional, su sentido de agravio y su desafío teatral. Él se convierte en una superficie de proyección de la vida emocional de la multitud y, a su vez, reproduce su turbulencia. Es una mímesis en ambas direcciones.
La convergencia entre las dinámicas mediáticas y las dinámicas populistas no es accidental. Ambas se sostienen en la misma gramática: la resonancia emocional como sustituto de la coherencia. El atractivo de Trump depende de esta correspondencia entre expresión emocional y respuesta pública. La prensa amplifica su volatilidad porque genera espectáculo; el público interpreta el espectáculo como autenticidad, y la autenticidad se confunde con la verdad. Lo que aparece como más auténtico es, con frecuencia, lo menos fiable como guía de la verdad. Este ciclo se mantiene incluso cuando el contenido carece de coherencia. De hecho, la incoherencia refuerza el vínculo, porque sugiere una liberación de las exigencias del pensamiento disciplinado—exigencias que muchos perciben como elitistas u opresivas.
Esta gramática no opera únicamente en la política. Configura la vida cultural en un sentido más amplio. La producción cultural privilegia cada vez más la exposición emocional frente a la expresión disciplinada. Las obras se evalúan por su capacidad de suscitar una reacción inmediata, no por la claridad con la que iluminan la experiencia. El resultado es una contracción de la imaginación pública: el matiz se vuelve difícil de sostener y la reflexión es desplazada por formas abreviadas de expresión emotiva. Este entorno favorece a quienes narran sus emociones con intensidad, independientemente de la solidez de sus interpretaciones.
Las consecuencias para la vida cívica son considerables. Cuando la mímesis emocional se convierte en el modo dominante de participación, el desacuerdo deja de ser navegable. Las personas ya no se enfrentan a diferencias de juicio, sino a diferencias de identidad emocional. Criticar un argumento pasa a ser un ataque a la legitimidad emocional de quien lo expresa. La conversación pública se transforma en una competencia de agravios, no en un intercambio de ideas. El resultado es un espacio social frágil en el que la frecuencia emocional más intensa impone los términos del debate.
Este desplazamiento también borra la distinción entre testigo y participante. Al buscar relatos cargados de emoción, la prensa se convierte en parte de las mismas dinámicas que describe. Refuerza los guiones emocionales que las personas ya habitan. Privilegia la agitación personal como señal de profundidad moral. Trata el espectáculo como si fuera sustancia. Al hacerlo, entrena al público para interiorizar la expresión emocional como forma primaria de comunicación. Los medios no se limitan a reflejar la mímesis emocional; la convierten en hábito.
La gramática emocional contemporánea difiere en escala y en funcionamiento. La selección, la repetición y la amplificación operan ahora de forma continua, reduciendo la complejidad de la experiencia a un conjunto limitado de señales—agravio, resentimiento y confesión. A medida que estas señales circulan, la atención queda capturada por la intensidad, en lugar de orientarse por la coherencia. No se trata de un colapso moral, sino de un fallo en la forma en que la atención se dirige y se sostiene en la vida pública.
El desafío no consiste en suprimir la emoción, sino en restablecer la proporción. La vida emocional es esencial a la experiencia humana, pero no puede constituir una gramática universal para el razonamiento público. Una cultura que se comunica principalmente a través de la mímesis emocional pierde la capacidad de distinguir entre percepción y proyección. Se vuelve reactiva, no reflexiva. Para recuperar la claridad, es necesario volver a separar la vivacidad de la emoción de la validez del pensamiento. Solo entonces la vida pública recuperará la profundidad que ha intercambiado por resonancia.
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Ricardo Morin, Noviembre, 2025, Oakland Park, Florida.
Ricardo Morin Sin título nº 5: El paradigma de la extracción 25,4 x 30,5 cm Acuarela 2003
Por Ricardo F. Morín
Octubre de 2025
Oakland Park, Florida
1
La historia de la inteligencia artificial (IA) suele contarse como un relato de promesas infinitas: una tecnología destinada a transformar las economías y redefinir el potencial humano. Sin embargo, bajo ese optimismo se oculta una realidad más antigua: la conversión de la creatividad humana en riqueza concentrada. Lo que se presenta como progreso repite el patrón económico más viejo de todos: extraer valor de muchos para beneficio de pocos. El lenguaje que rodea a la IA disfraza esta continuidad. Convierte la innovación en un espectáculo de inevitabilidad, una visión de abundancia que oculta sus cimientos desiguales.
2
Ese espectáculo depende de la persuasión. Expresiones como inteligencia manifestada, la próxima frontera del billón de dólares o transformación inevitable no son descripciones, sino estrategias de mercadotecnia. Presentan el beneficio como destino e invitan a participar no en el descubrimiento, sino en la especulación. Cifras como “80 billones” o “25.000 % de retorno” se repiten en los medios como profecías, transformando las previsiones financieras en certezas morales. Esta retórica moldea la imaginación pública: la IA deja de ser una herramienta para resolver problemas humanos y se convierte en un fenómeno financiero—una historia sobre riqueza más que sobre comprensión.
3
Estas promesas no marcan un nuevo comienzo. Repiten el mismo ciclo que acompañó a cada gran invención. La Revolución Industrial transformó el trabajo pero profundizó las divisiones sociales. La revolución digital difundió la información pero concentró la propiedad. La IA entra ahora en esa historia como su expresión más reciente.Su capacidad para ampliar el conocimiento y servir al bien común es real, pero su primera lealtad sigue siendo el lucro. Dentro de las estructuras existentes, acelera la acumulación de capital en lugar de corregir su desequilibrio.
4
Los mecanismos de esa concentración son visibles. Los modelos propietarios cercan el conocimiento tras muros de pago y patentes. Los datos recolectados del público se convierten en propiedad privada. El costo de la potencia informática y del talento especializado limita quién puede participar. El resultado es previsible: la mayoría experimentará la IA no como empoderamiento, sino como dependencia. Lejos de reducir la desigualdad, la incorpora a la infraestructura del futuro.
5
Esta dirección resulta más inquietante frente a las necesidades urgentes del mundo. Miles de millones de personas aún viven sin acceso confiable a alimentos, salud o educación—condiciones que la tecnología podría transformar pero rara vez aborda. Los usos más rentables de la IA optimizan la publicidad, manipulan el comportamiento y amplían la vigilancia. No son accidentes; son la consecuencia lógica de un sistema que valora la rentabilidad por encima del bienestar humano. Cuando el progreso se mide solo por el valor para el accionista, la tecnología pierde su brújula moral y la sociedad pierde su sabiduría.
5a
Un uso más reciente y peligroso de estos sistemas ha surgido en la esfera política. Las mismas herramientas que dirigen anuncios ahora dirigen conciencias. Gobiernos de tendencia autocrática han comenzado a utilizar modelos generativos para inundar el discurso público con contenidos persuasivos, borrar la frontera entre verdad y ficción y cultivar obediencia mediante la simulación. Informes recientes muestran cómo oficinas ejecutivas emplean la IA para redactar mensajes políticos, amplificar medios afines y silenciar voces disidentes. Tales prácticas convierten la inteligencia en propaganda y los datos en dominación. Cuando un Estado puede administrar algorítmicamente la percepción, la democracia se convierte en representación teatral. La concentración de la riqueza converge así con la concentración de la creencia—cada una reforzando a la otra.
6
Ya hemos visto este patrón. En cada era tecnológica, la riqueza se transforma en poder político y luego utiliza ese poder para protegerse. Los magnates ferroviarios consolidaron monopolios en el siglo XIX. Las potencias petroleras moldearon la política exterior en el XX. Hoy, los conglomerados digitales redactan las reglas que mantienen su dominio. La IA sigue la misma fuerza gravitacional, guiada menos por visión humana que por la inercia del capital.
7
En el orden actual, la unión del poder tecnológico y la especulación financiera ya no produce descubrimiento, sino dependencia. La riqueza circula dentro de una economía cerrada de influencias, recompensando a quienes diseñan los mecanismos de acceso en lugar de a quienes amplían el alcance del conocimiento. Lo que aparece como innovación suele ser un ensayo del privilegio: un intercambio de capital entre los mismos centros de autoridad, cada uno validando al otro mientras la sociedad asume el costo. Cuando la creatividad se convierte en garantía y la inteligencia en arrendamiento, el progreso deja de servir al público y empieza a servirse a sí mismo.
8
La ilusión más seductora que sostiene este orden es la del mito de la inevitabilidad: la creencia de que el avance tecnológico debe producir desigualdad y que nadie es responsable del resultado. Es una ficción útil, pues exime a los poderosos del escrutinio moral al convertir la explotación en destino. Pero la inevitabilidad es una elección disfrazada de naturaleza. Las sociedades siempre han dado forma al uso de la tecnología mediante sus leyes, sus valores y su coraje para intervenir. Aceptar la desigualdad como destino es renunciar a esa responsabilidad.
9
Rechazar la inevitabilidad implica recuperar la idea misma de progreso. La innovación no es progreso si no amplía la libertad y la seguridad humanas. Ello requiere dirección deliberada—mediante inversión pública, impuestos justos, estándares transparentes y cooperación internacional. No son obstáculos al crecimiento; son las condiciones que lo hacen justo y sostenible. Los mercados por sí solos no garantizan justicia, y la tecnología sin ética no es avance, sino aceleración sin rumbo.
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Medir el progreso de otro modo transformaría lo que celebramos. Si un sistema de IA reduce errores médicos en comunidades pobres, fortalece la educación donde faltan recursos o mejora la participación democrática, su valor supera al de aquel que solo aumenta los márgenes de ganancia. La verdadera medida de la inteligencia—artificial o humana—es el bien que aporta al mundo. El beneficio es solo una forma de valor; la dignidad humana es otra.
11
En el centro de este orden persiste una hipocresía silenciosa. Se elogia la riqueza como recompensa al esfuerzo y la inteligencia, pero depende de la extracción constante de valor de otros—del trabajador, del consumidor, del entorno. Lo que parece mérito suele descansar en la desigualdad disfrazada de eficiencia. El mismo patrón define a la inteligencia artificial. Construida a partir del conocimiento y la creatividad humanos, se encierra en sistemas que venden el acceso a lo que fue dado libremente. Ambas formas de acumulación—la financiera y la tecnológica—obtienen su poder de los mismos recursos que agotan: el trabajo, la atención y la imaginación humanos.Al pretender impulsar a la sociedad, reproducen la inequidad que convierte la vitalidad en estancamiento—la inversión de lo que el progreso debería ser.
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El discurso febril sobre oportunidades de billones pertenece a un vocabulario antiguo: el lenguaje de la extracción confundido con el de la evolución. La cuestión esencial es si la inteligencia seguirá sirviendo a la riqueza o empezará a servir a la humanidad. La inteligencia artificial ofrece esa elección: repetir la lógica que durante siglos confundió acumulación con progreso, o construir un futuro en que el conocimiento y la prosperidad se compartan. Esa decisión no surgirá por sí sola; depende de lo que las sociedades exijan, de lo que los gobiernos regulen y de los valores que definan el éxito. La ventana para decidir sigue abierta, aunque se estrecha cada vez que el lucro habla más alto que la conciencia.
Las observaciones anteriores se refieren a las consecuencias de la extracción. La lógica institucional que produce estas consecuencias pertenece a un patrón histórico más amplio dentro del desarrollo económico moderno. Ese patrón se examina por separado en La lógica de la extracción.
El documental Melania se desarrolla dentro del paisaje ceremonial que rodea el regreso de Donald Trump a la presidencia. La voz de Melania Trump conduce el hilo narrativo. Comienza con un relato de herencia. Atribuye a la fortaleza serena y a la devoción de su madre por la familia el haber formado a la persona que ha llegado a ser. Presenta esa herencia como el fundamento de su papel público.
Esa afirmación de su origen se sitúa dentro de escenarios que despliegan su significado. En la Catedral de San Patricio un sacerdote ofrece su bendición. El momento entra en el lenguaje de la ceremonia nacional. Melania declara que usará su influencia y su poder para defender a quienes lo necesiten. Vincula esa promesa con la disciplina que guió su carrera anterior en París y Milán, donde altos estándares personales moldearon sus primeras ambiciones.
Desde la catedral la narración pasa a la transferencia de autoridad. El presidente Joe Biden y Jill Biden acompañan a Donald Trump y Melania Trump hacia la Casa Blanca. La procesión avanza dentro de la coreografía conocida de la investidura.
En ese momento un reportero irrumpe desde la línea de prensa y lanza una pregunta: “¿Sobrevivirá Estados Unidos al próximo presidente?” Su resonancia concede a la secuencia una franqueza inesperada.
La narración vuelve entonces a la voz de Melania cuando entra en la Rotonda del Capitolio. Describe el momento como el punto de encuentro entre la historia nacional y su propio recorrido como inmigrante. Habla de derechos que deben protegerse y de una humanidad compartida entre orígenes distintos.
Cuando la ceremonia avanza hacia el juramento presidencial a la Constitución, Jill Biden permanece centrada en el encuadre de la cámara hasta que Tiffany, hija de Trump, da un paso al frente y la bloquea de la vista.
Donald Trump presta entonces juramento. Anuncia que una edad dorada comienza de inmediato. Promete prosperidad nacional, respeto internacional y la restauración de una justicia imparcial bajo el estado constitucional de derecho. Nombra la paz y la unidad como las marcas de su legado futuro.
Aunque la producción lleva el nombre de Melania, el material ante la cámara consiste en ceremonia, lenguaje preparado y exhibición pública. En tales condiciones un retrato no puede revelar a una figura privada. Registra el papel simbólico que se le asigna dentro del espectáculo que rodea el regreso de Trump al poder.
Trump le dice que parece una estrella de cine. La cámara vuelve sucesivamente a su rostro. El intento de suavizar su belleza no tiene éxito. Sus ojos se estrechan. La línea de su boca se tensa en un gesto que rehúsa la facilidad de una sonrisa ceremonial.
La reiterada presencia de zapatos de tacón de aproximadamente doce centímetros pasa a formar parte de la composición visual. El efecto sugiere un intento de acentuar la presencia física en un entorno donde la estatura ya está construida simbólicamente.
Vistas desde el segundo año del segundo mandato de Trump, las promesas escuchadas a lo largo del documental: fidelidad constitucional, respeto por los derechos, orgullo por la contribución del inmigrante a la vida nacional, y la afirmación de que la pluralidad permanece unida dentro de una comunidad cívica común, contrastan con la conducta de gobierno que siguió.
El montaje conserva así algo más que un retrato de Melania Trump. La ceremonia enmarca el poder con un lenguaje tomado de la herencia, del deber constitucional y de la unidad cívica. Cuando los acontecimientos ponen a prueba las promesas unidas a ese lenguaje, la ceremonia permanece mientras la sustancia se debilita.
La belleza, la piedad y el simbolismo patriótico ocupan el primer plano de la ceremonia y conceden al momento dignidad y continuidad. Cuando el registro del gobierno entra en el encuadre, esos mismos elementos permanecen después de que las promesas unidas a ellos han fracasado. El documental deja la imagen de la superficie sobre la cual esas promesas fueron escritas.
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Epílogo
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El documental no construye un lenguaje capaz de reconocer su propio artificio. La ceremonia permanece en el nivel de la presentación. No se transforma en representación consciente.
Precedentes artísticos en el género documental y en el tema literario del poder gubernamental han mostrado que el poder puede ser expuesto a través de su propia teatralidad. Cuando ese lenguaje se establece, el espectáculo se vuelve legible como construcción. El artificio deja de ocultarse y pasa a formar parte del significado.
Aquí ocurre lo contrario. La escenografía, el vestuario, la coreografía y el discurso se presentan sin distancia. No hay un registro que permita observarlos como construcción. El resultado no es una interpretación del poder, sino su reiteración.
La condición misma de la obra contribuye a este resultado. Se trata de una producción comisionada. Su costo, cercano a los 48 millones de dólares, intensifica la presentación de la superficie sin ampliar el campo del lenguaje.
Esa circunstancia modifica el sentido de lo que se ve. La ceremonia conserva sus formas, pero pierde la capacidad de producir conciencia sobre sí misma. El lenguaje sigue enunciando legitimidad, pero no alcanza a examinarla.
La producción, sin proponérselo, deja expuesta esa insuficiencia. No revela el artificio del poder. Muestra, en cambio, un poder que no dispone del lenguaje necesario para reconocerse como artificio.
La Doctrina Monroe suele tratarse como una política histórica. Cada vez más, sin embargo, opera como algo más elemental: un axioma. En esta forma, ya no argumenta su caso. Establece las condiciones bajo las cuales el argumento es admitido. Un axioma no persuade. Asume.
Cuando la Doctrina Monroe funciona de manera axiomática, deja de presentarse como una afirmación contingente sobre el orden hemisférico y se convierte en una premisa tácita sobre quién puede decidir, cuándo se justifica la intervención y qué formas de consentimiento se consideran suficientes. Lo que requiere examen no es la doctrina tal como fue escrita, sino el axioma tal como ahora circula.
El Axioma Monroe afirma autoridad unilateral mientras se presenta como responsabilidad regional. Presupone que la estabilidad en el hemisferio occidental es inseparable de la primacía estadounidense, y que dicha primacía no requiere autorización recíproca. No se solicita consentimiento; se interpreta la necesidad. La decisión precede a la deliberación.
Los intentos de rehabilitar la Doctrina Monroe asignándole un propósito benevolente no alteran su estructura. Tales revisiones cambian el tono más que la autorización. Una afirmación de autoridad unilateral no se vuelve mutua por intención. La benevolencia opera como una garantía ofrecida después de que el poder ha sido ejercido, no como un límite que opera antes de ello. La fatiga política puede explicar la aquiescencia, pero no suministra autorización. Lo que se soporta no queda por ello respaldado.
En su articulación contemporánea, el axioma rara vez declara dominio de forma abierta. En cambio, se presenta como renuente, inevitable o benevolente. La intervención no se enmarca como elección, sino como consecuencia. El agotamiento sustituye al consentimiento. La democracia se invoca no como un proceso a preservar, sino como un resultado prometido de antemano. Cuando la inevitabilidad sustituye al argumento, el axioma se vuelve autosellado. La oposición deja de ser desacuerdo; se reclasifica como negación de la realidad.
El Axioma Monroe no supera la prueba de la reciprocidad. Un principio que justifica la intervención hacia afuera pero la rechaza cuando se invierte no es un principio. Es una asimetría protegida por la costumbre. Cuando la autoridad unilateral deja de sentirse obligada a justificarse, el lenguaje normativo deja de esclarecer y comienza a anestesiar.
La hegemonía no suele operar mediante la dominación abierta. Opera mediante el consentimiento. El poder se vuelve duradero no porque sea temido, sino porque es aceptado como legítimo. El mecanismo central no es la represión, sino el acuerdo: la disposición de las personas ordinarias a reconocer una autoridad como natural, necesaria o inevitable.
En esta condición, el gobierno ya no depende principalmente de la fuerza. Depende de instituciones, estructuras económicas, sistemas técnicos y narrativas que modelan lo que aparece como normal y razonable. Con el tiempo, estos arreglos estrechan el rango de lo que puede ser cuestionado. La autoridad ya no necesita justificarse de manera reiterada. Pasa a definir los términos bajo los cuales la justificación es admitida.
Lo que emerge es una forma de gobierno en la que el objetivo primario del sistema ya no es el bien público, sino su propia continuidad. La estabilidad se convierte en el valor rector. El orden se trata como sustituto de la rendición de cuentas. La preservación de los arreglos existentes pasa a tener prioridad sobre los fines que esos arreglos estaban destinados a servir.
Estos sistemas no suelen colapsar mediante la confrontación. Se debilitan cuando el consentimiento comienza a retirarse. El cambio decisivo ocurre cuando las personas dejan de creer en las narrativas que sostienen la autoridad, dejan de aceptar la inevitabilidad de las estructuras existentes, y dejan de participar voluntariamente en su mantenimiento. En ese punto, el poder se ve forzado a justificarse de nuevo. Y una vez que la justificación se vuelve necesaria, la hegemonía ya ha comenzado a fallar.
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Sobre el Juicio Ejecutivo Autoautorizado
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A medida que la justificación hegemónica se debilita, la autoridad se desplaza de la legitimidad consensual al juicio ejecutivo. Lo que un axioma habilita en el plano doctrinal, la práctica ejecutiva lo completa en el plano de la justificación. La autoridad deja de presentarse como derivada procedimentalmente. Se presenta como autoautorizada. Las decisiones se enmarcan como juicios más que como acciones sujetas a revisión institucional. El lenguaje de la prudencia—estabilidad, temporalidad, coordinación—funciona no como un marco articulado, sino como una superficie justificatoria aplicada a posteriori.
En este modo, el poder no describe un proceso mediante el cual las decisiones fueron puestas a prueba, limitadas o evaluadas. Describe una certeza interna. El juicio se trata como garantía suficiente. La revisión se recodifica como demora. La restricción se reformula como irresponsabilidad. El poder ejecutivo se convierte simultáneamente en actor y auditor, colapsando la distinción entre la discrecionalidad ejercida dentro de una república y la soberanía afirmada por un individuo. Lo que persiste no es la ausencia de la ley, sino una reordenación del momento en el que se le permite manifestarse.
Esta transformación no rechaza el lenguaje democrático. Lo habita. En ese punto, la justificación misma se trata como innecesaria. La autoridad deja de explicarse ante las instituciones. Se explica solo ante sí misma.
Este desplazamiento no se detiene en la intervención. Se extiende a la manera en que la autoridad moral misma se articula en relación con el poder ejecutivo.
Esto no es un simple desliz metafórico de tono; es una sustitución axiomática expresada en lenguaje directo. El reconocimiento moral se convierte en una condición previa para la moderación continua. La soberanía legal se reformula como narrativa histórica. Las obligaciones de seguridad colectiva bajo la OTAN se invierten en una relación de deuda debida a la iniciativa ejecutiva estadounidense. La estructura de la justificación ya no procede del tratado, la ley o la reciprocidad institucional, sino de una autoridad narrativa de carácter unilateral. El episodio no ilustra una posición política; revela un modo de razonamiento en el que el poder ejecutivo deja de argumentar su caso y, en su lugar, declara las condiciones bajo las cuales el propio argumento será reconocido.
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Sobre la sustitución del reconocimiento y la deriva jurisdiccional
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Una ilustración procedimental reciente de esta lógica puede observarse en el tratamiento del resultado electoral venezolano de 2024. Esa elección produjo un locus identificable de legitimidad constitucional fundamentado en conteos documentados públicamente, corroborados por observación internacional, y reforzados por el reconocimiento externo previo de la coalición opositora representada por el partido de María Corina Machado. Estos elementos constituyeron conjuntamente un hecho jurídico: una autoridad derivada del procedimiento electoral y no de la negociación bilateral ni de la preferencia ejecutiva.
El compromiso posterior del poder ejecutivo de los Estados Unidos con Delcy Rodríguez como presidenta en funciones de Venezuela no impugnó ese resultado electoral. Lo desplazó operativamente. Este desplazamiento no surgió de una pretensión probatoria competidora sobre el conteo de votos ni de una impugnación jurídicamente articulada de la validez de la elección. Surgió de una preferencia estratégica externa por la estabilidad transaccional por encima de la continuidad constitucional. El reconocimiento fue así desvinculado de la legitimidad electoral y reasignado sobre la base de una funcionalidad expedita.
Esta maniobra refleja un error categorial con consecuencias institucionales. La influencia diplomática autoriza la negociación, la presión y el compromiso condicionado. La discreción en materia de política exterior autoriza la selección de estrategias alineadas con los intereses nacionales. Ninguna autoriza la redefinición del locus interno de soberanía dentro de otro Estado. Al tratar estos dominios como intercambiables, la práctica de política ejecutiva de los Estados Unidos convirtió la discreción en política exterior en una autoridad sustituta de asignación de soberanía. Lo que fue presentado como estadismo pragmático funcionó procedimentalmente como sustitución jurisdiccional.
El desplazamiento no puede estabilizarse invocando el realismo. El realismo explica por qué los Estados se comportan de manera instrumental. No suministra un aval jurídico para anular resultados electorales. El poder ejecutivo estadounidense no demostró que la elección venezolana de 2024 no hubiera generado una autoridad legítima. Demostró únicamente que la autoridad producida por esa elección resultaba operativamente inconveniente para la estrategia que estaba siendo seguida por la administración estadounidense. En términos institucionales, esto constituye no una corrección sino una anulación procedimental de la soberanía de otro país.
La consecuencia estructural se extiende más allá de la gobernanza venezolana. Cuando la legitimidad electoral puede ser suplantada por el aval bilateral, las elecciones dejan de funcionar como actos determinativos y se convierten en señales consultivas contingentes a la aprobación extranjera. La soberanía ya no se deriva del mandato interno sino del reconocimiento externo calibrado según la utilidad estratégica. La autoridad migra del proceso constitucional a la transacción diplomática.
Esta transformación no anuncia dominación. La normaliza. El reconocimiento se convierte en un instrumento para la reasignación de jurisdicción. La intervención se convierte en un método para la reasignación de legitimidad.
En este registro, la autoridad moral ya no funciona como una restricción externa sobre el poder. La distinción deja de operar como un límite impuesto a la autoridad y se convierte en un accesorio de ella. Cuando la posición moral se deriva de la proximidad a la certeza ejecutiva, la independencia se disuelve sin coerción. Lo que aparece como respaldo es, estructuralmente, una transferencia de juicio de la esfera moral a la política.
El fracaso del Axioma Monroe no se limita a su forma doctrinal original. Persiste porque el axioma ya no necesita presentarse como doctrina en absoluto. Su lógica ahora circula en un registro distinto—uno que no argumenta a favor de la autoridad unilateral, sino que la presupone al alterar los términos mediante los cuales se evalúa la legitimidad.
En este registro, el conflicto político ya no se trata como una relación entre agentes que operan bajo restricciones compartidas. Se reclasifica como una condición que debe ser gestionada más que como una posición a la que haya que responder. Una vez que ocurre este desplazamiento, la reciprocidad ya no funciona como prueba de legitimidad. La acción se justifica no por reversibilidad, sino por necesidad afirmada.
Dentro de este marco, la intervención ya no se juzga con arreglo a criterios reversibles. Se juzga en función de la urgencia. La demora se convierte en negligencia. La contención se vuelve complicidad. El lenguaje de los límites cede paso al lenguaje del cuidado, y la coerción se presenta no como dominación, sino como tratamiento. El axioma no es rechazado. Se vuelve innecesario.
Este desplazamiento produce una asimetría decisiva. Allí donde la reciprocidad antes contenía la legitimidad, el diagnóstico ahora autoriza la acción. La pregunta rectora ya no es si un acto podría defenderse, palabra por palabra, en caso de invertirse las posiciones, sino si la condición ha sido declarada terminal. Una vez formulada esa declaración, el consentimiento se vuelve secundario, la proporcionalidad se da por supuesta y la rendición de cuentas se pospone a una fase de recuperación indefinida.
Esta transformación tiene una consecuencia estructural. Cuando las comunidades políticas son redescritas como incapacitadas, la autoridad ya no se justifica en relación con iguales, sino en relación con una necesidad afirmada. Las medidas que de otro modo requerirían justificación son absorbidas en la administración ordinaria.
Bajo esta lógica, la acción ya no está restringida por estándares que deban permanecer reversibles. La autoridad procede por clasificación más que por justificación. Una vez que la legitimidad se fundamenta en una condición declarada, los criterios para poner fin a la intervención ya no operan de antemano.
Es en esta misma lógica desplazada que las reclamaciones materiales pueden formularse sin aparecer como incautaciones, y el control puede afirmarse sin ser nombrado como tal. Lo que sigue no es una excepción al axioma, sino una de sus expresiones más concretas.
Bajo esta lógica desplazada, la propiedad misma se vuelve condicional. La infraestructura desarrollada en Venezuela por empresas extranjeras se trata no como inversión realizada bajo la ley venezolana, sino como posesión continua de los Estados Unidos. Lo que fue construido dentro del territorio venezolano, regulado por su autoridad y posteriormente nacionalizado conforme a su ley se recodifica ahora como algo que nunca perteneció plenamente a Venezuela.
Bajo esta lógica, la nacionalización ya no se interpreta como un acto soberano. Lo que había sido establecido dentro del territorio venezolano, regulado por la autoridad venezolana y luego incorporado a la ley venezolana se reclasifica como un activo cuya propiedad se dice que precede a esa autoridad. La participación pasada se invoca no como involucramiento histórico, sino como prueba de un derecho continuo de apropiación. El tiempo no se trata como un límite, sino como una confirmación. Esta conversión trata la participación previa como si confiriera una reclamación residual que sobrevive a su propia liquidación, una reclamación que ni el contrato ni la soberanía sostienen.
Una vez aceptada esta redefinición, el deterioro de la industria petrolera venezolana ya no se entiende como un fracaso interno que afecte a los venezolanos. Se describe como un daño causado a los intereses de los Estados Unidos. La mala gestión dentro de Venezuela se traduce en perjuicio infligido a los Estados Unidos. La incapacidad de Venezuela para mantener su propia industria se convierte en prueba de que ya no debería controlarla.
A partir de allí, el razonamiento vuelve a desplazarse. La reclamación se reformula entonces en términos correctivos. El control se enmarca como el restablecimiento de una condición previa más que como el inicio de una nueva. Lo que se transfiere se describe como algo que nunca dejó plenamente de pertenecer a otro lugar. El desempeño sustituye al consentimiento como medida de legitimidad. La propiedad se vuelve condicional, evaluada según resultados más que según jurisdicción.
El argumento adopta entonces el lenguaje de la vulnerabilidad. La disrupción dentro de Venezuela se describe como exposición en otro lugar. La producción de energía se trata como una condición de estabilidad más que como un objeto de acuerdo. Lo que había sido gobernado mediante jurisdicción se presenta como un requisito de continuidad. Bajo este encuadre, la intervención se alinea con la prevención. La elección se vuelve indistinguible de la obligación.
En esta secuencia, la propiedad ya no se trata como una condición legal asentada. La jurisdicción se menciona, pero solo en la medida en que los resultados cumplen con expectativas externas. El control persiste mientras su base legal se vuelve contingente.
Las reclamaciones inicialmente enmarcadas como intereses se reformulan como expectativas permanentes. Esas expectativas se tratan luego como condiciones que deben cumplirse antes del consentimiento.
Ricardo Morín Retrato de un presidente 14 x 20 pulgadas Acuarela, tinta sumi, creyones de cera, y gesso sobre papel 2003
Ricardo F. Morín
31 de diciembre de 2025
Oakland Park, Fl.
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Nota del autor
Este ensayo continúa una indagación iniciada en « Retrato de un Presidente: Ensayo diagnóstico sobre poder, postura y patrón histórico », donde los patrones de actuación del Poder Ejecutivo fueron examinados a partir de acciones observables y no de intenciones declaradas. El presente texto desplaza esa indagación del plano descriptivo al procedimental; toma una orden ejecutiva reciente sobre inteligencia artificial como caso para examinar cómo se determinan, se revisan y se sostienen las decisiones.
El ensayo se publica a continuación de « La aritmética del progreso », que analiza cómo los relatos contemporáneos del progreso suelen disociar el cálculo de la consecuencia. Leído en secuencia, ese texto establece las condiciones generales bajo las cuales las apelaciones a la inevitabilidad y a la eficiencia adquieren fuerza, mientras que el presente ensayo examina, en cambio, cómo esas apelaciones operan dentro del propio proceso ejecutivo.
Este ensayo se apoya asimismo en « Gobernar por Excepción: El Poder Ejecutivo Estadounidense », publicado a comienzos de este año, donde se examinó la normalización de medidas excepcionales en la presidencia contemporánea. Mientras aquel texto se centraba en la expansión de la discrecionalidad ejecutiva, el presente ensayo examina las consecuencias procedimentales que se producen cuando la excepción se vuelve rutinaria.
El ensayo también guarda relación con « ¿Convergencia por diseño o por consecuencia?: Sobre Trump, Putin y el eje velado de Kiev a Caracas », dedicado a examinar la alineación entre autocracias contemporáneas en el plano geopolítico. Aquí, el enfoque se desplaza hacia el interior —al procedimiento ejecutivo doméstico— para considerar cómo métodos similares de ejercicio de la autoridad pueden emerger sin coordinación explícita ni declaración ideológica.
Considerados en conjunto, estos ensayos conforman una secuencia de indagación más que un argumento unificado. Cada uno aborda el mismo problema desde un registro distinto —excepción, cálculo, procedimiento y alineación— sin requerir continuidad de título ni de tema.
Este ensayo ocupa el centro de esa secuencia. A lo largo del análisis, la acción designa la acción del Poder Ejecutivo en su relación con las demás ramas del gobierno estadounidense. Desde ese punto de partida, el ensayo se inicia en una observación sobre la ordenación del ejecutivo bajo condiciones de urgencia y traza cómo la restricción constitucional puede verse desplazada en la práctica sin ser formalmente abolida.
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Dislocación procedimental y la retórica de la dominación
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I
La reciente orden ejecutiva que presenta la inteligencia artificial como una cuestión de “dominación global” ofrece un ejemplo pertinente sobre dislocación procedimental y la retórica de la dominación. No es necesario compartir los objetivos declarados de la orden ejecutiva para que amerite examen. Su relevancia no reside en lo que promete alcanzar, sino en la manera en que impulsa el avance de las decisiones.
La inteligencia artificial entra en este análisis no como un asunto técnico, sino como un contexto en el que la acción del Poder Ejecutivo se presenta como urgente. La orden parte del supuesto de que la rapidez y la dirección centralizada son condiciones necesarias para el éxito. Como consecuencia, las decisiones avanzan antes de que las formas existentes de revisión, coordinación y elaboración normativa hayan tenido oportunidad de definir sus términos.
Este ordenamiento resulta significativo. Cuando la autoridad presidencial se afirma en primer lugar, la deliberación queda relegada a condiciones restringidas. La revisión institucional —entendida aquí como los criterios previos a la acción, los umbrales de evaluación y la secuenciación mediante la cual las decisiones suelen autorizarse— deja de determinar si la acción del Poder Ejecutivo debe proceder y pasa, en cambio, a ajustarse a una acción ya en curso. Una vez fijada esta secuencia, las formas posteriores de participación —ya provengan de agencias, órganos consultivos o instancias constitucionales— pueden matizar la implementación sin alterar la dirección de los decretos presidenciales.
Este ensayo considera la orden como un caso de ese ordenamiento. Examina lo que sigue cuando la urgencia gobierna la temporalidad de las decisiones y cuando afirmaciones amplias de propósito comienzan a desempeñar funciones que normalmente corresponden a la revisión, la coordinación y la elaboración normativa.El interés no es el liderazgo tecnológico en sí, sino lo que sucede cuando las decisiones avanzan antes de que existan medios para evaluarlas, revisarlas o contenerlas.
II
Las decisiones ejecutivas determinan la dirección dentro del ámbito del Poder Ejecutivo; la acción ejecutiva compromete esa determinación a consecuencias institucionales.
Cuando las decisiones se adoptan antes de una revisión sostenida, el orden de la evaluación se invierte. La revisión procedimental —en tanto condición de pre autorización— deja de regir si la acción del Poder Ejecutivo queda autorizada y pasa, en cambio, a concebirse como un paso anticipado después de que la acción ejecutiva ya ha sido puesta en marcha. Esta inversión entre inversión y autorización altera la forma en que se distribuye la responsabilidad dentro del proceso ejecutivo.
En esta secuencia, los criterios articulados se difieren en lugar de establecerse.La revisión judicial existe, pero suele producirse después de la implementación, cuando las políticas ya han comenzado a surtir efecto.Los controles del Congreso existen, pero dependen de la coordinación, del momento político y de alineamientos que los relatos de urgencia comprimen, desplazan o eluden activamente. Los remedios constitucionales existen, pero operan en horizontes temporales incompatibles con una acción ejecutiva acelerada.Los estándares mediante los cuales una decisión podría evaluarse —alcance, límites, parámetros o condiciones de revisión— permanecen indefinidos en el momento de la ejecución.La ausencia de criterios articulados se presenta como provisional, aun cuando la acción del Poder Ejecutivo avanza como si dichos criterios ya estuvieran ya resueltos.
Este análisis no parte del supuesto de que los controles constitucionales estén ausentes.En ausencia de criterios articulados, no existe un punto de referencia estable frente al cual una decisión pueda evaluarse, ajustarse o detenerse. La revisión se vuelve reactiva, encargada de acomodar decisiones ya adoptadas en lugar de someter a examen sus premisas.
Esta secuencia también altera el papel de la participación institucional.Las agencias y los órganos consultivos quedan situados para responder dentro de instancias de revisión posteriores a la implementación, en lugar de contribuir a la formación misma de la decisión.Su intervención se desplaza de la deliberación a la implementación, reduciendo el espacio disponible para una participación sustantiva.
Lo que emerge no es la eliminación de la revisión.Las restricciones permanecen formalmente intactas, pero ya no se determinan si la acción del ejecutivo debe proceder; intervienen sólo después de que la acción ya ha comenzado.
El resultado no es la eliminación de la restricción, sino su desplazamiento:los mecanismos concebidos para gobernar si la acción del Poder Ejecutivo procede; intervienen únicamente después de que dicha acción ya ha comenzado.Los controles constitucionales solo entran en funcionamiento una vez que se ha puesto en marcha la acción ejecutiva, en lugar de regular si dicha acción puede llevarse a cabo.
III
La prelación normativa federal se afirma antes de que exista una estructura sustitutiva.En este caso, la actividad regulatoria a nivel estatal queda desplazada aun cuando todavía no se ha establecido un marco federal integral que asuma su lugar.El ejercicio del poder por decreto se afirma con anterioridad a los mecanismos que normalmente deberían sostener, coordinar o limitar la acción del Poder Ejecutivo.
No se trata aquí de una cuestión de supremacía constitucional.El marco constitucional que rige la prevalencia de la ley federal sobre la ley estatal está bien establecido, aunque su aplicación sigue siendo objeto de controversia. El problema es de secuencia. La prelación normativa suele desplazar regulaciones existentes al sustituirlas por una alternativa definida mediante la cual se reasignan responsabilidades, supervisión y rendición de cuentas. Cuando esa sustitución no se produce, el desplazamiento genera un vacío, no una transición.
Esta secuencia reordena el papel de los estados. En lugar de servir como espacios de coordinación, experimentación o gobernanza provisional, son tratados principalmente como fuentes de fricción. Sus esfuerzos regulatorios se caracterizan como interferencia, aun cuando no se haya ofrecido ninguna estructura destinada a absorber las funciones regulatorias que están siendo desplazadas.
El resultado de esta organización es una forma de autoridad que se ejerce antes de contar con el apoyo institucional necesario para sostenerla. La prelación opera como afirmación más que como arreglo. La cuestión que se plantea no es si la autoridad existe, sino cómo se espera que la autoridad ejecutiva funcione una vez ejercida sin las estructuras que normalmente la sostienen.
IV
La orden ejecutiva invoca una carrera global por la dominación como justificación de la urgencia. Esta referencia se introduce sin especificar participantes, alcance ni criterios. La referencia se presenta como una condición y no como una afirmación que requiera articulación o examen.
Al no estar definida, la carrera no puede ser evaluada desde el punto de vista procedimental. No se ofrecen parámetros para medir el avance o la demora, ni se establece un horizonte temporal frente al cual puedan pautarse las acciones del Poder Ejecutivo. Aun así, la invocación se trata como decisiva.
Una vez invocado, este encuadre global reconfigura el tiempo y la secuencia de la revisión y la coordinación internas. Los procesos de revisión, coordinación y equilibrio federal pasan a medirse frente a un ritmo afirmado externamente. Las salvaguardas procedimentales comienzan a aparecer como pasivos, no porque hayan fallado, sino porque operan a un ritmo considerado incompatible con la carrera afirmada.
De este modo, la invocación de una “carrera” global no especifica qué está en juego; en su lugar, la apelación a la competencia global reubica el tiempo de la toma de decisiones en un ritmo afirmado externamente. La ausencia de especificación habilita la aceleración.
La relevancia de esta reordenación procedimental no reside en si existe competencia global, sino en cómo su invocación altera la secuencia interna del Poder Ejecutivo estadounidense. Una referencia externa se introduce como justificación procedimental y permite que las decisiones ejecutivas avancen antes de que existan una revisión sostenida y una estructura articulada.
V
Junto al encuadre competitivo externo, la presión interna también modifica el momento y la forma en que avanzan las decisiones ejecutivas. Esta presión proviene de actores privados con una exposición financiera concentrada en el desarrollo y el despliegue de tecnologías de inteligencia artificial. Sus inversiones dependen de la aceleración, la escala y una limitación de la regulación.
Estos actores no requieren coordinación para ejercer influencia. Sus intereses convergen de manera estructural. Las demoras asociadas a una revisión sostenida, a una supervisión escalonada o a una regulación descentralizada introducen incertidumbre en los horizontes de inversión. La aceleración, por el contrario, estabiliza las expectativas y preserva ingresos potenciales.
Esta presión opera con anterioridad a la deliberación pública. Se manifiesta a través de funciones de asesoría, consultas de política pública y mecanismos formales de cabildeo que existen fuera de la secuencia de revisión abierta. La influencia no es ilícita; está institucionalizada. Lo que distingue a esta influencia es su temporalidad y su asimetría.
Dado que estos intereses no quedan plenamente expuestos en el registro formal de la toma de decisiones y de la revisión, sus efectos aparecen como indirectos. No obstante, modelan las condiciones bajo las cuales la urgencia se encuadra como necesidad y la prelación ejecutiva como inevitabilidad. La ausencia de criterios articulados no obstaculiza este proceso; lo facilita al mantener los resultados flexibles mientras la dirección permanece fija.
La competencia externa proporciona una razón para la aceleración, mientras que la presión de la inversión interna la sostiene. De este modo, la dislocación procedimental se refuerza desde el interior de la propia secuencia ejecutiva. En conjunto, ambas generan un entorno ejecutivo en el que la aceleración se justifica de manera continua, incluso cuando la revisión institucional y las estructuras de sustitución permanecen diferidas.
VI
Lo que sigue marca un desplazamiento no en el contenido de la política, sino en la manera en que se orienta la acción del Poder Ejecutivo cuando la guía procedimental deja de regir su temporalidad.
Cuando las decisiones continúan avanzando sin criterios articulados ni estructuras de sustitución, el lenguaje comienza a asumir funciones que ordinariamente corresponden a la guía procedimental. Por guía procedimental, este análisis se refiere a los criterios articulados, los umbrales de revisión, la secuencia institucional y las estructuras de sustitución mediante las cuales las decisiones suelen evaluarse, revisarse o suspenderse antes de que la acción del Poder Ejecutivo proceda. En lugar de ello, las órdenes ejecutivas se emplean para encuadrar la acción del Poder Ejecutivo y para proporcionar orientación allí donde la guía procedimental está ausente.
En este contexto, términos como “dominación”, “necesidad” o “liderazgo” no operan principalmente como descripciones. Dichos términos establecen dirección sin especificación. Su función es hacer avanzar las decisiones mientras dejan sin resolver los objetivos, los límites y las medidas.
Esta ampliación del lenguaje modifica la manera en que se comprende la acción del Poder Ejecutivo. En lugar de aclarar qué se hace y bajo qué condiciones, el lenguaje organiza la atención en torno al impulso procedimental. El movimiento mismo pasa a ser la prioridad, aun cuando los fundamentos de la evaluación permanezcan sin asentarse.
El efecto es acumulativo en el tiempo. A medida que aumenta la dependencia del encuadre retórico, quedan disponibles menos marcadores procedimentales para ralentizar, revisar o redirigir la acción del Poder Ejecutivo. El lenguaje comienza a asumir responsabilidades que normalmente corresponden a la revisión y a la especificación.
En esta etapa, el lenguaje no ha desplazado por completo a la explicación, pero ha comenzado a excederla. Este lenguaje continúa remitiéndose a la política, pero ahora desempeña un trabajo adicional al sostener la acción del Poder Ejecutivo en ausencia de un soporte procedimental asentado.
VII
Las solicitudes de especificación dejan de conducir a criterios articulados o a mecanismos de revisión y pasan, en cambio, a producir la reiteración del encuadre original. La explicación cede ante el énfasis, y el énfasis ante la repetición, sin que se resuelvan los vacíos procedimentales subyacentes.
A medida que el lenguaje comienza a asumir responsabilidades que normalmente corresponden a la revisión y a la especificación, su relación con la explicación se modifica. Las formulaciones inicialmente destinadas a orientar la comprensión pasan a convertirse en puntos de referencia que se repiten en lugar de ser examinados.
Con el tiempo, este patrón reduce la capacidad de pausar, reconsiderar o revisar decisiones ya en curso. Cuando el lenguaje pasa a utilizarse para sostener la acción, volver sobre sus premisas se vuelve más difícil. El ajuste aparece como retroceso y la reconsideración como demora, aun cuando no se hayan articulado estándares asentados.
El efecto de esta sustitución retórica no es una resistencia abierta a la revisión, sino un estrechamiento de su alcance. La revisión persiste formalmente, pero queda cada vez más encargada de acomodar decisiones ya avanzadas. El espacio para cuestionar la secuencia, la autoridad o los criterios se contrae sin cerrarse de manera explícita.
En este punto, el lenguaje ya no se limita a impulsar la acción del Poder Ejecutivo; comienza a protegerla. Las decisiones siguen siendo explicables en términos generales, pero se vuelven menos accesibles a un examen sostenido. Lo que ha cambiado no es la transparencia, sino las condiciones bajo las cuales la clarificación aún puede producirse.
VIII
Esta sección rastrea las consecuencias de sustituciones procedimentales anteriores, mostrando cómo los puntos de referencia para la evaluación desaparecen incluso mientras la acción del Poder Ejecutivo continúa.
Los resultados se proyectan, pero no se especifican. Los medios se despliegan, pero no se miden frente a criterios estables. Está ausente un punto de referencia compartido mediante el cual tanto los medios como los resultados puedan ser evaluados. Cuando las decisiones se adoptan antes de una revisión sostenida y se mantienen mediante encuadres retóricos en lugar de criterios articulados, las bases disponibles para juzgar esas decisiones se reducen.
En tales condiciones, los resultados proyectados dejan de funcionar como controles sobre la acción ejecutiva presente. Los beneficios proyectados permanecen abstractos, diferidos o supeditados a una aclaración futura. En ausencia de parámetros definidos o de mecanismos de revisión, los resultados operan más como justificación que como objetos de evaluación.
Esto desplaza un mayor peso hacia el proceso. Cuando los fines permanecen indeterminados, la secuencia procedimental se convierte en la única medida disponible de legitimidad. Si esa secuencia se encuentra dislocada, no queda base alguna para distinguir entre una acción ejecutiva provisional y una dirección asentada.
Las apelaciones a la necesidad adquieren prominencia en estas condiciones. Estas apelaciones tienden un puente entre medios inciertos y fines no especificados mediante la afirmación de inevitabilidad. Sin embargo, la inevitabilidad no aporta medida; hace avanzar la acción ejecutiva mientras difiere la evaluación.
El resultado es la suspensión de la evaluación, en la medida en que el juicio se difiere hacia resultados que aún no han sido definidos. Los medios del Ejecutivo avanzan sin referencia a fines que puedan ser examinados y dejan la evaluación suspendida en lugar de resuelta.
IX
La significación de lo que sigue no reside en la escalada ni en el colapso, sino en la capacidad de este patrón de gobierno para persistir sin desencadenar una ruptura formal.
Considerada a la luz de la secuencia precedente, la orden ejecutiva aparece menos como respuesta a un desafío tecnológico que como expresión de la forma en que la autoridad presidencial opera en la actualidad.
En esta secuencia, la restricción constitucional persiste de manera formal mientras pierde su capacidad para gobernar el momento de la acción presidencial. Lo que define este modo de operación no es la ambición declarada, sino el ejercicio de la autoridad ejecutiva antes de que existan estructuras, instancias de revisión y criterios de medida asentados.
A pesar de la suspensión de la evaluación procedimental, la acción del Poder Ejecutivo continúa avanzando y se consolida como un patrón de gobierno. La acción del Poder Ejecutivo avanza sin criterios estables, y la evaluación la sigue en lugar de orientarla. El encuadre retórico sostiene la continuidad una vez que la autorización, la especificación y la revisión dejan de gobernar el inicio de la acción, y la inevitabilidad pasa a ocupar el lugar de la articulación.
En estas condiciones, la gobernanza conserva movimiento, pero pierde su referencia procedimental. Las decisiones siguen siendo inteligibles en términos generales, pero resultan cada vez más difíciles de evaluar, revisar o detener.
Más que resolverse en una crisis, la condición persiste mediante la afirmación ejecutiva en lugar de la secuencia procedimental. La autoridad ejecutiva continúa funcionando, pero lo hace con menos puntos internos de corrección.
La relevancia de esta condición no reside en su novedad, sino en su durabilidad. Cuando la dislocación procedimental se convierte en un rasgo estable de la acción ejecutiva, reconfigura la manera en que se entiende la legitimidad y cómo puede ejercerse la rendición de cuentas. Lo que se produce no es una excepción, sino una forma normalizada de proceder.
X
Un orden constitucional presupone la cooperación sin poder imponerla de antemano. La ley establece procedimientos, umbrales y divisiones de autoridad, pero no puede asegurar la disposición de los actores que deben habitar esos roles. La responsabilidad de la cooperación queda así situada precisamente en el punto en que la previsibilidad ya no puede asegurarse —el juicio humano, la ambición, el temor, el cálculo, la fatiga, el orgullo. Esto no constituye un fracaso de la ley como texto; es una condición de la ley como estructura vivida.
Vista de este modo, la inestabilidad no es una aberración introducida únicamente por malos actores. Es una posibilidad siempre presente, generada por el hecho de que los sistemas constitucionales dependen de una contención ejercida de manera voluntaria, secuencial y, a menudo, contra el interés inmediato. Allí donde la cooperación falla, los procedimientos permanecen formalmente intactos, pero pierden fuerza operativa en la práctica. La ley persiste en el papel mientras su capacidad de coordinación se debilita con el tiempo.
Por esta razón, el problema trazado a lo largo de este ensayo es, en última instancia, ético y no moralizante. No plantea quién tiene razón o quién se equivoca, sino qué puede razonablemente esperarse de agentes humanos que operan bajo presión, asimetría y confianza incompleta. La gobernanza constitucional presupone una ética mínima de reciprocidad —un acuerdo para esperar, para impugnar, para diferir, para revisar. Cuando esa ética no logra sostenerse, el sistema no colapsa de inmediato; persiste en una condición en la que la coordinación deja de gobernar la acción. La autoridad del Poder Ejecutivo llena el vacío que deja la cooperación, a menudo en nombre de la continuidad.
Esto explica por qué el desplazamiento resulta duradero, por qué la contención permanece frágil y por qué los sistemas pueden seguir funcionando incluso cuando sus fundamentos éticos pierden fuerza de sostén. La ironía que se sostiene aquí no es pesimista; es lúcida como cierre de la indagación.
Los marcos cooperativos son siempre provisionales. Existen en tensión con la desconfianza, la defección estratégica y la circunstancia cambiante. Nunca quedan resueltos; sólo se renegocian. El hecho ético no es que aparezca la desconfianza, sino que la gobernanza debe funcionar a pesar de ella.
Condiciones preprocedimentales de dislocación
La responsabilidad política comienza antes que la gobernanza. Precede a los programas, a los eslóganes y a la coreografía institucional. Mucho antes de que la autoridad se ejerza, esta es confiada, y en ese acto ya se emite un juicio—no sobre el detalle de la política, sino sobre el temperamento, la contención y la capacidad de autolimitación.
El centro ético del liderazgo no se revela a través de la ambición ni de la promesa retórica, sino mediante señales inmediatamente legibles: flexibilidad sin oportunismo, firmeza sin dominación, cautela sin parálisis. Estas cualidades son visibles casi de inmediato, a menudo en los primeros momentos de exposición. Pasarlas por alto no es un fallo de inteligencia, sino de atención.
Esta responsabilidad no puede desplazarse hacia las instituciones a posteriori. Tampoco puede excusarse por urgencia, fatiga o agravio personal. Una vez conferida la autoridad, el derecho debe gestionar aquello que ya ha sido autorizado, incluso cuando la corrección resulta costosa o se produce con retraso. Ninguna salvaguarda procedimental puede compensar plenamente la indiferencia ética en el momento de la selección.
Los sistemas políticos no se deterioran únicamente por quienes gobiernan. También reflejan los criterios —explícitos o tácitos— mediante los cuales se elige a quienes gobiernan. El bienestar colectivo depende menos de los resultados prometidos que del carácter al que se le permite ejercer el mando. En este sentido, el liderazgo no se impone a una sociedad. Es reconocido, aceptado y sostenido por ella.
Este texto no es un alegato a favor ni en contra de una figura política, ni un ejercicio de adjudicación moral. Se trata de un retrato diagnóstico, sustentado en acciones públicamente documentadas, conductas observables y un registro históricamente verificable. Allí donde las distinciones jurídicas resultan pertinentes, se respetan; cuando la percepción diverge del motivo, dicha divergencia se examina en lugar de ser desestimada.
El propósito del retrato no es invalidar las experiencias de quienes perciben sinceridad o calidez en el sujeto, sino situar tales percepciones dentro de una estructura más amplia de comportamiento a lo largo del tiempo. El afecto momentáneo (Affekt), el talante privado y los encuentros selectivos no se consideran aquí como prueba de continuidad de carácter, sino como elementos que coexisten —a veces de manera tensa— con patrones que han tenido consecuencias públicas.
Este mismo enfoque rige la manera en que se abordan las afirmaciones sobre capacidades excepcionales. Las aseveraciones que sustituyen la evidencia por el mito —como las declaraciones de inteligencia casi sobrehumana— no se aceptan sin examen. Más allá de cómo se interpreten el razonamiento errático, la confusión procedimental o la reiterada incomprensión de los límites legales e institucionales, tales afirmaciones requieren la suspensión de la realidad observable. En ese sentido, funcionan menos como descripción que como compensación: intentos de reconciliar una disonancia con una imagen de dominio. Cuando la coherencia se debilita, el recurso se desplaza hacia otro lugar. La validación a través de lo falso no esclarece la capacidad; neutraliza la contradicción.
No se formulan afirmaciones de carácter médico, psicológico ni patológico. El análisis se mantiene estrictamente dentro del ámbito de la conducta, la postura y la recurrencia. La interpretación se ofrece cuando resulta justificada; se ejerce contención cuando los hechos, por sí solos, deben bastar.
A los lectores inclinados tanto a la afirmación como al rechazo se les invita a suspender ambos impulsos. El texto solicita únicamente que las acciones se consideren en secuencia y que los patrones se examinen sin premura. No se presupone el acuerdo; sí una lectura atenta.
Ricardo F. Morín, 12 de diciembre de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania
Ensayo diagnóstico sobre poder, postura y patrón histórico
Lo que sigue no considera el cuerpo como evidencia de una disposición interior, sino como una superficie pública sobre la cual se han asentado, con el paso del tiempo, hábitos de poder, repetición y afirmación.
En el umbral de su octava década, la fisonomía del presidente no se limita a registrar el curso natural del envejecimiento, sino una separación progresiva entre impulso y contención, entre reflejo y aquellos mecanismos que en otro momento podrían haberlo moderado. Lo que se manifiesta no es una ausencia, sino una desalineación: capacidades que persisten sin coordinación, reacciones que proceden sin mediación.
El agotamiento de las reservas mentales se hace visible en el rostro como una tensión sostenida. En él coexisten —sin reconciliación— ambición y negación, afirmación y fragilidad. La fricción entre la realidad vivida y una aspiración intransigente se registra como una forma de orgullo endurecido, resistente a la revisión.
Esta disyunción ya era visible décadas atrás. En 1989, durante el caso de la violación en grupo (gang-rape) ocurrida en Central Park, en la ciudad de Nueva York, actuó públicamente mediante un anuncio a página completa en la prensa que afirmaba la culpabilidad y reclamaba castigos severos para cinco jóvenes que aún no habían sido juzgados. Esa certidumbre impulsiva contribuyó al endurecimiento de la condena pública y acompañó años de encarcelamiento injusto antes de su posterior exoneración. Dicho juicio no fue revisado. El episodio no se limitó a revelar un error; puso de manifiesto una estructura instintiva: la certeza desplazando a la deliberación, la acusación antecediendo al proceso.
Esta misma insistencia en la continuidad por encima de la corrección se manifiesta en otros ámbitos, no solo en la conducta, sino también en la apariencia. La cuidada arquitectura de la imagen pública —hasta el elaborado peinado, mantenido con notable constancia a lo largo de las décadas— denota una preferencia por la estabilidad sin alterar el rumbo. El cambio se absorbe superficialmente; la forma se conserva.
Conviene señalar, no obstante, que muchos entre sus seguidores —e incluso algunos que no se alinean con él políticamente pero se abstienen de oponérsele por razones de autopreservación— lo describen no desde la adulación, sino desde la convicción genuina de que existe en él un aspecto sincero, incluso cálido. Esta percepción no debe ser descartada de plano. Refleja una realidad experimentada por quienes lo tratan en contextos limitados o controlados. Sin embargo, merece ser examinada, precisamente porque tales impresiones pueden confundir el talante momentáneo con el motivo duradero. La calidez, cuando se halla desvinculada de la consistencia o de la contención, no necesariamente modera el impulso; puede coexistir con él, desplegada de manera selectiva, mientras los patrones subyacentes permanecen inalterados.
Ese mismo reflejo permanece latente en la actualidad, aparentemente sin haber sido atenuado por el paso del tiempo. Reaparece no como argumento, sino como postura.
La boca, marcada por un labio superior retraído, indica contención más que disposición al habla. El impulso parece mantenerse en suspensión antes que moderarse. Los ojos, asimétricos y vigilantes, permanecen orientados hacia el exterior más que hacia el interior, y registran el entorno menos como un espacio de intercambio que como un ámbito a ser evaluado. Las cejas elevadas ya no transmiten convicción; reaparecen como una afirmación habitual, reiteradamente reafirmada.La piel, excesivamente oxigenada y revestida de un tono dorado y acerado, enfatiza la continuidad superficial por encima de la variación; presenta la vitalidad como apariencia más que como integración.
La respiración se registra como laboriosa más que relajada, marcada por la insistencia antes que por la soltura. La leve inclinación hacia adelante de la cabeza no solicita respuesta; la precede, situando al mundo circundante como algo a ser afrontado más que encontrado.
A través de estos gestos, la continuidad sustituye al ajuste. El cuerpo sostiene la afirmación incluso cuando las condiciones cambian y preserva la postura allí donde podría producirse una recalibración.
Los años posteriores refuerzan la estructura ya visible en conductas anteriores. Determinaciones civiles, asociaciones documentadas públicamente y acusaciones recurrentes —distintas en su estatus jurídico pero convergentes en su patrón— exhiben de manera consistente la misma secuencia: el impulso antecediendo al juicio, la dominancia suplantando a la contención, la consecuencia tratada como incidental más que como correctiva.
Considerado en su conjunto, el retrato no describe la desaparición de mejores instintos, sino su desplazamiento. Estos persisten como restos no operativos —presentes, pero relegados— mientras reflejos más primarios modelan de forma creciente el gesto y la respuesta. Aquello que en otro momento podría haber moderado la acción permanece ahora al margen, mientras la figura continúa operando por inercia más que por integración.
Sobre el supuesto “desequilibrio mental”, el poder y la negación de la medida
El término “desequilibrio mental” —derangement— ingresó al discurso público no como diagnóstico, sino como acusación. Se empleó para explicar la oposición, la disidencia e incluso la tragedia. Cuando una persona asesinada fue descrita como víctima del llamado “síndrome de desequilibrio mental anti-Trump”, la expresión no buscó describir una creencia. Operó como desplazamiento. La atención se apartó del acto violento y se dirigió hacia la lealtad. La acción no se examinó; el crítico fue patologizado.
Esa inversión plantea una pregunta más amplia: si la conducta que así se protege tiene precedentes en la historia presidencial estadounidense.
Estados Unidos ha tenido presidentes impulsivos, vengativos y temerarios. Andrew Jackson gobernó movido por animadversiones personales e ignoró la autoridad judicial. Richard Nixon cultivó enemigos y actuó en secreto contra límites constitucionales. Woodrow Wilson reprimió la disidencia e impuso conformidad ideológica en tiempos de guerra. Cada uno transgredió las expectativas éticas de su época. Cada uno alteró los estándares del cargo.
Sin embargo, en todos los casos persistía una medida externa. Jackson sabía qué ley desobedecía. Nixon ocultó sus actos porque el ocultamiento aún tenía sentido. Wilson justificó la represión apelando a la unidad nacional y a una necesidad moral. Sus excesos eran inteligibles porque las normas que quebrantaban seguían siendo reconocidas.
Lo que distingue el caso presente no es la existencia de una falla ética, sino la ausencia de toda referencia ética.
El desacuerdo ya no se trata como oposición, sino como patología. La responsabilidad no se debate; se traslada. Los hechos no se refutan; se descartan como invenciones hostiles. La tragedia no se examina ni se lamenta; se absorbe como agravio. Las categorías que antes estructuraban el juicio —verdad, responsabilidad, proporción— no son simplemente violadas. Son deslegitimadas.
Esto no es solo comportamiento autoritario. Es gobierno por afirmación. La repetición sustituye a la justificación. La lealtad sustituye a la evaluación. El yo se convierte en la medida desde la cual se ordena la realidad.
Las comparaciones históricas resultan tentadoras. Calígula. Gengis Kan. Otros nombres surgen por instinto. No por equivalencia de escala, sino por afinidad de lógica.
Aun así, incluso los tiranos gobernaron dentro de marcos reconocibles: derecho divino, conquista, destino, linaje. Su crueldad operaba dentro de una cosmología que producía sentido, por brutal que fuera.
Aquí no se invoca ningún marco semejante. La autoridad no se apoya en la ley ni en la tradición. No apela a teología ni a ideología. Descansa exclusivamente en la identificación personal. Quienes se alinean son validados. Quienes disienten son declarados defectuosos.
El peligro de esta postura no reside en la transgresión de normas —la historia estadounidense ofrece numerosos ejemplos—, sino en la eliminación de los criterios que permiten reconocer una norma. Cuando la oposición se define como enfermedad, no queda nada que debatir. Cuando la tragedia se explica por la creencia y no por la acción, no queda nada que examinar. Al público no se le pide juicio. Se le pide alineación.
Esta condición no requiere diagnóstico para ser comprendida. Requiere atención.
Lo observable basta: el lenguaje empleado, las inversiones reiteradas, la forma en que la responsabilidad se disuelve en acusación. El retrato que emerge no es el de una inteligencia excepcional ni el de una maldad singular, sino el de una presidencia ejercida sin medida, donde la contradicción deja de registrarse como contradicción y donde el poder se afirma sin referencia externa.
Una presidencia así no solo pone a prueba a las instituciones. Pone a prueba si aún se distingue entre desacuerdo y desviación, entre explicación y excusa, entre lealtad y juicio.
El retrato no necesita cerrarse con una advertencia. Basta con observar el resultado: una escena en la que la autoridad ya no se sostiene por lo que hace, sino por quién se alinea; y en la que el cargo, despojado de medida, termina reflejando únicamente a quien lo ocupa.
Ricardo Morin Paisaje II: Río de Hierba 18 x 24 pulgadas Sepia sobre papel de periódico 2003
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Ricardo F. Morin
6 de diciembre de 2025
Naples, Florida
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Nota del Autor
Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana. Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia. La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría. Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia. El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.
Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa. Atiende, en cambio, a la continuidad:a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación. La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza. Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.
Orientación de “Río de Hierba”
Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.
I. Herencia
No toda herencia llega como memoria. Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje. Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición. En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.
Esta forma de herencia no se anuncia como trauma. No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse. Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo: medido, atento, resistente al exceso. El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.
En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida. Funciona como orientación. La acomodación no indica sumisión, sino competencia. La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades. Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.
Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación. La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad. La vida parece ordenada, generosa e íntegra. Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento. Persiste no como memoria, sino como forma.
Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito. El pasado no se ha repetido. La continuidad ha sido preservada. Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.
II. Contención
La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación. Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo. La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad. Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.
Esta contención suele coexistir con claridad y decisión. Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo. Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente. La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.
La acomodación aquí suele malinterpretarse. No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto. El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición. La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.
Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo. La fricción se minimiza. Las exigencias son escasas. La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción. Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.
Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad. Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura. La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.
III. Generosidad
La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia. No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse. Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.
En esta forma, el dar no es transaccional. No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno. Lo que se ofrece es firmeza más que favor. El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana. La ausencia de exigencia es integral, no accidental.
Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro. Otros experimentan libertad sin percibir su origen. La autonomía se habilita sin atribución. Quien da permanece presente, pero sin marca.
Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo. La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.
Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio. No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría. La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar. Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.
IV. Deseo
El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido. Es reubicado. Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa. Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.
El deseo es reconocido, aunque rara vez central. La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente. La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia. La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.
Esto no produce vacío alguno. La vida permanece comprometida y disponible. Lo que disminuye es la insistencia. La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.
Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido. Ningún lenguaje moral lo rodea. Nada se nombra como sacrificio. El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.
Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento. La expresión cede paso a la prudencia. El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.
V. Virtud
Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral. La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad. Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen. Lo que funciona sin fricción se presume completo.
Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación. La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio. La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse. Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.
La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa. La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.
El resultado no es engaño, sino omisión. La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia. La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.
La confusión surge del éxito. Las relaciones perduran. Las estructuras se mantienen. No aparece daño evidente. Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.
VI. Continuidad
En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector. La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación. Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.
La realización no se rechaza, pero se subordina. La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad. El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación. Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.
Esto resulta eficaz. El pasado no se repite. La estabilidad se sostiene. La pérdida se contiene en lugar de amplificarse. Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.
Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha. El cambio debe justificarse de antemano. El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto. La expresión cede ante el mantenimiento.
El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto. El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades. El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.
VII. Presencia
La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad. Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro. La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad. El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.
Este modo de presencia resiste la visibilidad. No busca reconocimiento ni afirma precedencia. Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra. Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.
Permanecer fuera del centro no constituye retirada. La participación continúa—medida, receptiva, íntegra. Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación. La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.
La imagen sugerida por el título toma forma aquí. Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce. Movimiento sin espectáculo. Resistencia sin inscripción. El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.
Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.
*
« Naples por la mañana »
Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida. En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.
Aún ninguno de nosotros había ordenado. Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas. Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista. A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente. Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello. Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.
Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa. Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado. La secuencia tenía un carácter performativo. Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.
Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno. Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad. Su andar era amplio, desprotegido.
Ricardo Morín Triangulación 9: La retórica de la amenaza 56 x 76 cm Acuarela y lápiz de cera sobre papel 2007
Ricardo Morin
Noviembre 2025
Oakland Park, Florida
El lenguaje autoritario no aparece como un exceso ni como un accidente; surge como una estrategia deliberada para reorganizar la percepción pública hasta que la diferencia parezca sospechosa y la complejidad se vuelva intolerable. En ese marco, la frase atribuida al presidente argentino Javier Milei —“si el inmigrante no se adapta a tu cultura entonces no es una inmigración, es una invasión” (o https://youtube.com/shorts/EJ9RRC3pyTQ?si=xehJCUD8fIIpaqsw )— opera como un instrumento de reducción extrema. Sustituye la realidad histórica de la migración por un esquema binario orientado a provocar alarma. El dirigente no describe un hecho: fabrica un enemigo.
Esa formulación desplaza la experiencia migratoria hacia un imaginario bélico que interpreta toda presencia distinta como una agresión. La cultura —tratada como un bloque homogéneo y estático— se presenta como un territorio sitiado que exige defensa, y la pluralidad como una amenaza que sólo puede resolverse mediante sometimiento. Bajo esa lógica, el migrante deja de ser una persona y se convierte en una abstracción funcional al impulso coercitivo.
La paradoja es evidente: lo que se proclama como defensa de la identidad busca, en realidad, uniformarla; lo que se presenta como advertencia actúa como un dispositivo de miedo. En lugar de analizar, el lenguaje disciplina. Y al hacerlo, deja al descubierto su propósito más profundo: moldear un clima emocional dispuesto a aceptar medidas que, bajo otra luz, resultarían incompatibles con la vida democrática.
Aquí reside la naturaleza más reveladora del dictamen: no es una reflexión sobre inmigración, sino un mecanismo de ordenamiento afectivo. Al transformar la convivencia en asimilación obligatoria, introduce una concepción deshumanizada de lo social, donde la diversidad deja de ser un componente constitutivo y pasa a ser un obstáculo a neutralizar. En última instancia, este discurso no intenta comprender la realidad: pretende gobernarla.
Ricardo Morín Cuadriático silencioso: La mascarada del gobierno pequeño Cada panel: 56 x 76 cm Acuarela, grafito, yeso, acrílico sobre papel 2010
Nota del autor
La idea de reducir el tamaño del Estado en los Estados Unidos ha reaparecido en distintas administraciones, aunque el déficit persiste y las obligaciones centrales de la vida pública (la Seguridad Social, Medicare, el creciente costo sanitario y el desequilibrio fiscal de largo plazo) siguen sin resolverse en el plano estructural. Las iniciativas presentadas como programas de eficiencia suelen desviar la atención de estos compromisos persistentes. Este ensayo examina la distancia entre la ejecución de la reforma y las realidades que persisten bajo dicha ejecución, y pregunta qué queda oculto cuando una representación de reforma se presenta como transformación —en particular los intereses corporativos que se benefician cuando se reducen las funciones regulatorias y de supervisión del Estado.
Ricardo F. Morín
Noviembre de 2025
Oakland Park, Florida
1
El reciente cierre del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) revela algo más que una insuficiencia administrativa. La iniciativa comenzó con la promesa extravagante de ahorrar varios billones de dólares y terminó con una afirmación imposible de verificar que equivalía a cerca del tres por ciento del presupuesto federal. La disparidad no es un error técnico, sino uno simbólico. Esta disparidad expone un patrón político en el que se anuncia una reforma de gran alcance, se escenifica su ejecución y el resultado es un gesto que guarda escasa relación con la proporción de la aspiración. Lo que al principio había parecido una reestructuración disciplinada del Estado se convirtió, en cambio, en un ejemplo de cómo la ambición puede separarse de la factibilidad.
2
El lenguaje de la eficiencia ha ejercido durante mucho tiempo un atractivo casi irresistible. Ese lenguaje sugiere una visión de la administración liberada del exceso, guiada por la prudencia y alineada con la virtud fiscal. Sin embargo, la eficiencia funciona como una metáfora más que como un principio. Esta metáfora oculta supuestos sobre lo que debe hacer el Estado, lo que requieren los ciudadanos y lo que exige la complejidad contemporánea. Uno de esos supuestos sostiene que las obligaciones públicas pueden cumplirse con menos instrumentos; otro afirma que unas instituciones más reducidas sirven mejor al interés público. Ambos supuestos pasan por alto que las sociedades intrincadas necesitan una capacidad institucional robusta y que dicha capacidad implica necesariamente un costo.
3
Cuando tales programas chocan con las realidades operativas de la administración, sus límites se vuelven evidentes. Las agencias federales existen porque las responsabilidades que asumen no pueden ser gestionadas únicamente por la iniciativa privada. Estas agencias coordinan infraestructuras, regulan los mercados, vigilan los riesgos sistémicos y median en los conflictos entre intereses grandes y a menudo contrapuestos. Los intentos de reducir de manera severa estas funciones rara vez producen los ahorros previstos, porque las necesidades subyacentes no desaparecen. Los reformadores se enfrentan a una verdad sencilla: las funciones indispensables no pueden eliminarse sin consecuencias.
4
Lo que surge en su lugar es una apariencia sin contenido. La promesa de reducir el tamaño del Estado satisface una demanda cultural de contención visible, aunque el resultado satisfaga poco más. Esa promesa afirma un relato en el que la burocracia se imagina como el obstáculo para el bienestar nacional y la reducción institucional como el remedio. Sin embargo, la apariencia de reforma suele sustituir a una reforma sustantiva. Las actuaciones procedimentales se elevan a la categoría de resultados, y la declaración de cambio se acepta como prueba de que el cambio ha ocurrido.
5
Tras esta representación se perfila una estrategia más profunda. Cuando el Estado se debilita, el alcance de la supervisión pública se reduce. Esa reducción no elimina la autoridad, sino que la reasigna. En ausencia de instituciones públicas sólidas, los centros de poder no gubernamentales (corporaciones, individuos de gran patrimonio y otras entidades de control privado que operan sin responsabilidad electoral) asumen una esfera de influencia más amplia y funcionan con menos obligaciones y casi ninguna transparencia. La retórica de achicar el Estado encubre, por tanto, un movimiento distinto: la expansión de la discrecionalidad fuera de los cauces de la rendición democrática de cuentas.
6
Esta expansión se vuelve más visible en la consolidación de la riqueza. Cuando las capacidades regulatorias y de investigación se reducen, también disminuyen las restricciones sobre las grandes fortunas. El capital concentrado amplía su alcance a través de los sectores productivos, las infraestructuras, los datos y los sistemas de información. Los esfuerzos por limitar el alcance del Estado operan, por tanto, como un escudo bajo el cual el poder privado se acumula con una resistencia mínima. Lo que se presenta como la eliminación de restricciones burocráticas se convierte, en la práctica, en la eliminación de las restricciones que limitan el poder privado frente al escrutinio público.
7
Tales condiciones alimentan la tentación autocrática. Cuando la riqueza opera más allá de los contrapesos institucionales, la frontera entre influencia y autoridad comienza a desdibujarse. Los actores privados adquieren la capacidad de modelar políticas, orientar el discurso público y redefinir normas sin un mandato democrático. La crítica al “gran Estado” se convierte en un medio para crear condiciones en las que los actores privados actúan como soberanos informales: poderosos, no elegidos e indispensables —cada vez más— para el funcionamiento ordinario de la vida cívica.
8
No es casualidad que esta retórica aparezca a menudo en el lenguaje del populismo. Los llamamientos a las frustraciones públicas convierten los desequilibrios estructurales en agravios culturales. La burocracia se presenta como el adversario, incluso cuando el verdadero obstáculo para la dignidad cívica reside en la creciente distancia entre el poder concentrado y el interés público. Lo que se ofrece como una defensa del pueblo suele promover intereses muy alejados de aquellos que afirma representar.
9
Estas dinámicas reflejan un patrón recurrente: el atractivo de la riqueza concentrada, el debilitamiento de las restricciones públicas y la afirmación de que el progreso puede invocarse sin ser compartido. El llamado a reducir el tamaño del Estado se inscribe en este patrón más amplio. Ese llamado funciona como una iteración contemporánea de una estrategia conocida, en la que la retórica reformista oculta la concentración de ventaja. El patrón persiste porque su lenguaje de superficie resulta persuasivo mientras sus mecanismos subyacentes permanecen ocultos.
10
Si existe una vía efectiva, no reside en disminuir las instituciones, sino en fortalecer los mecanismos a través de los cuales estas rinden cuentas ante una sociedad diversa. La medida del Estado no es su tamaño, sino su integridad: su capacidad para responder a la complejidad sin ceder sus responsabilidades a la autoridad privada. Lo que se debilita cuando las instituciones se reducen no es la eficiencia, sino la democracia misma. Defender la esfera pública exige aclarar lo que se pierde cuando la reforma se limita a una apariencia únicamente formal, cuando la eficiencia se convierte en un lenguaje destinado a encubrir el poder en lugar de distribuirlo.
La continuidad como condición habilitante del cambio
Ricardo F. Morín El mito de la ruptura Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel 10”x12” 2003
Nada humano comienza desde la nada. Las instituciones, las lenguas, los sistemas de creencias y las obras de arte surgen siempre de aquello que las precede. Crear no significa rechazar la herencia, sino transformarla. Todo acto de creación se nutre de una percepción, una memoria y una experiencia acumuladas. Esta idea resulta crucial para comprender la cultura contemporánea, en la que las proclamaciones de un cambio sin precedentes suelen ocultar profundas continuidades bajo la superficie de la novedad. Los seres humanos, sujetos a la temporalidad, no pueden desprenderse de lo que ha sido; sólo pueden reorganizar y reinterpretar los materiales que ya tienen a su alcance.
La noción de invención suele describirse como una ruptura con el pasado, un salto hacia lo desconocido. Sin embargo, incluso las transformaciones más radicales están modeladas por lo que vino antes. Los ideales de la democracia moderna, por ejemplo, no surgieron espontáneamente. Se construyeron sobre ideas clásicas griegas de ciudadanía entendida como responsabilidad cívica compartida, arraigada en la isonomia —la igualdad ante la ley— y en la convicción de que la autoridad legítima emana de la deliberación y participación de los ciudadanos libres. También se inspiraron profundamente en concepciones romanas del derecho como un orden universal y racional capaz de unir a diversos pueblos en un marco político común, así como en el principio de res publica, que concebía al Estado como una entidad pública orientada al bien común y no a la voluntad de un solo gobernante. Estas ideas fundacionales, adaptadas y reinterpretadas a lo largo de los siglos, proporcionaron la arquitectura intelectual sobre la cual se erigieron las instituciones democráticas modernas. La percepción enmarca la invención: proporciona el vocabulario, los supuestos y las herramientas conceptuales que hacen posible las nuevas ideas. Aquello que parece completamente nuevo aún lleva la huella de aquello que trató de superar. Un examen más detallado revela que los productos de la creatividad no son actos aislados de originalidad, sino reconfiguraciones de estructuras preexistentes. La evolución, más que la aparición espontánea, gobierna la manera en que las ideas, las instituciones y las culturas toman forma.
La memoria sustenta este proceso. No es un registro pasivo de acontecimientos, sino un medio activo a través del cual se conciben posibilidades y las acciones adquieren sentido. La imaginación obtiene su material de la memoria: lo combina y lo reorienta hacia condiciones aún no realizadas. Esto se manifiesta de forma particularmente clara en la idea de libertad, un concepto que resiste definiciones simples pero que desde la antigüedad ha tenido dos significados complementarios. El primero, articulado con mayor claridad en la tradición clásica griega, concibe la libertad como eleutheria: la condición de vivir sin dominación ni restricción externa, un estado en el que los individuos no están sujetos a un poder arbitrario. El segundo, enraizado en la tradición jurídica y cívica romana, entiende la libertad como libertas (del Latín): la capacidad de participar activamente en el gobierno de la comunidad política y de dar forma a sus leyes e instituciones. Ambos significados revelan hasta qué punto la libertad depende de precedentes históricos: requiere un lenguaje que articule sus demandas, instituciones que garanticen su ejercicio y una memoria colectiva que enmarque su significado. Lejos de existir al margen de lo que ha sido, la libertad está modelada y posibilitada por lo que ya ha sido concebido, debatido y puesto en práctica. La experiencia previa proporciona las referencias y alternativas frente a las cuales las decisiones adquieren significado. Sin ese reservorio de conocimiento, la novedad carecería de coherencia y dirección, y el ejercicio de la libertad se reduciría a un impulso arbitrario. Los seres humanos no inventan en el vacío: trabajan dentro de la continuidad del tiempo y adaptan lo vivido y aprendido en formas adecuadas a lo que está por venir.
Esta misma dinámica define la formación de la identidad. El yo no es un acto aislado de invención, sino una negociación continua con lo que se ha recibido. La propia idea del yo ha evolucionado a lo largo de la historia: en la filosofía clásica, a menudo se concebía como psyche, una esencia interior modelada por la razón y la virtud, inserta en un orden cósmico mayor. El pensamiento cristiano reinterpretó esta concepción mediante la noción del alma como portadora única de responsabilidad moral, orientada a la salvación y definida por su relación con Dios. Posteriormente, pensadores de la temprana modernidad, como John Locke, transformaron esta herencia al fundamentar la identidad personal en la memoria y la conciencia —una concepción que influiría en las ideas modernas de autonomía individual. Incluso el impulso por definirse en oposición al pasado depende de categorías heredadas de él. La identidad, por tanto, no es estática ni completamente autogenerada; es un proceso de reinterpretación mediante el cual el individuo sitúa lo dado en relación con lo elegido. Los seres humanos existen en la tensión entre herencia y aspiración, entre el peso de la memoria y el deseo de renovación. Esa tensión no es un obstáculo para la autenticidad, sino su condición, pues sin el marco que proporciona el pasado no habría nada de lo que apartarse. Continuidad y cambio no son fuerzas opuestas. Sin continuidad, no hay base sobre la cual llegar a ser. Sin cambio, la continuidad se endurece en mera repetición. El acto de convertirse depende de la dinámica entre ambas.
Desde esta perspectiva, la condición humana se define menos por la invención pura que por la capacidad de transformar. Lo que se denomina “nuevo” es lo familiar reorganizado con nuevas intenciones, lo establecido redirigido hacia nuevos fines. Reconocer esto no disminuye la creatividad: aclara su naturaleza. Los logros más significativos de la humanidad —en la política, el arte, la ciencia y el pensamiento— no son fugas del pasado. Son reinterpretaciones deliberadas de lo que ha sido, moldeadas para responder a nuevas preguntas y enfrentar nuevas circunstancias. En la ciencia, los cambios de paradigma, a menudo descritos como revoluciones, siguen este patrón. La teoría de la relatividad de Einstein no eliminó la mecánica newtoniana; incorporó y amplió sus principios; una revisión que reveló sus límites al tiempo que preservó su utilidad dentro de una comprensión más amplia del espacio, el tiempo y el movimiento. Este mismo principio rige la innovación artística. El renacimiento de las formas clásicas durante el Renacimiento no se limitó a reproducir la Antigüedad; reinterpretó sus lenguajes visuales antiguos para expresar las preocupaciones espirituales y humanistas de una nueva era. La evolución de la comunicación digital y de la inteligencia artificial refleja una continuidad comparable. Internet no sustituyó la interacción humana; amplió su alcance y escala, una transformación que cambió la forma en que el lenguaje circula, la manera en que se archiva la memoria y el modo en que se forma el conocimiento colectivo. Del mismo modo, la inteligencia artificial —a menudo presentada como autónoma o sin precedentes— se basa en siglos de desarrollos lingüísticos, matemáticos y conceptuales. Estos sistemas amplían, más que reemplazan, la herencia cognitiva de la que provienen. El futuro se construye así: no en el rechazo del pasado, sino en su interacción continua con él.
La resistencia a esta comprensión persiste allí donde se niega la idea de evolución. Tal resistencia rara vez es sólo una cuestión de evidencia. Refleja un deseo de permanencia —de un origen intocado por el cambio y de una verdad que se mantenga al margen del tiempo. Ofrece certeza donde el proceso no la permite y promete estabilidad en lugar de adaptación. Sin embargo, incluso esta resistencia está moldeada por las fuerzas que pretende eludir. Las lenguas evolucionan, las creencias se ajustan y las tradiciones se adaptan, incluso cuando proclaman su inmutabilidad. Quienes defienden lo inmutable lo hacen con conceptos y argumentos que ellos mismos han sido formados por el cambio histórico. Las doctrinas que reclaman autoridad intemporal —como la concepción medieval de la soberanía divina, utilizada en su momento para legitimar las monarquías y luego transformada en el principio de soberanía popular en los sistemas constitucionales modernos— revelan esta dependencia: persisten no permaneciendo inalteradas, sino siendo reinterpretadas continuamente para responder a nuevos contextos. El contraste, por tanto, no es entre evolución y su ausencia, sino entre reconocimiento y negación. La realidad permanece: la existencia se despliega a través de la transformación, y la humanidad, consciente o no, participa en ese despliegue —una verdad con profundas implicaciones para la manera en que las sociedades recuerdan su pasado, configuran su presente e imaginan su futuro.
Ricardo Morin — 30 de septiembre de 2025; Bala Cynwyd, Pensilvania
Lecturas recomendadas:
• Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre el pensamiento político. Nueva York: Viking Press, 1961.
• Kuhn, Thomas S.: La estructura de las revoluciones científicas. Chicago: University of Chicago Press, 1962.
• MacIntyre, Alasdair: Tras la virtud: un estudio sobre la teoría moral. Notre Dame, IN: University of Notre Dame Press, 1981.
• Floridi, Luciano: La filosofía de la información. Oxford: Oxford University Press, 2011.
• Koselleck, Reinhart: Futuros pasados: sobre la semántica del tiempo histórico. Trad. Keith Tribe. Nueva York: Columbia University Press, 2004.
Diseño de portada compuesta para “Influencias desarraigadas” realizado por Ricardo Morín: presenta pinturas de Renoir (Bañistas), Matisse (Alegría de vivir), Cézanne (Grandes bañistas), Soutine (Naturaleza muerta con faisán) y Picasso (Mujer joven con un cigarrillo), flanqueadas por bisagras de hierro forjado de la colección Barnes, donde obras maestras y objetos cotidianos compartían el mismo plano visual.
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Desde el Museo Alice Maguire en la Universidad de Saint Joseph, en el municipio de Lower Merion, recorrimos sus salas. Las vidrieras resultaban luminosas e inquietantes:San Juan Bautista con el Cordero Sagrado, una Virgen con el Niño, una Piedad, un Regreso del hijo pródigo. Alguna vez incrustadas en los muros de iglesias, aparecían ahora desarraigadas de su ámbito sagrado, con sus narrativas suspendidas. Liberadas de su función litúrgica, hablaban más bien a través del ritmo puro —cobalto y rubí, esmeralda y oro— colores tan imponentes como los de Veronés o Tintoretto —estructuras tan fracturadas y atrevidas como las de Picasso o Soutine. En su desplazamiento, su efecto dramático deleitaba tanto a la vista como a la mente por derecho propio.
Otra sala revelaba las Trinidades Celestial y Terrenal del Perú colonial, los pintores anónimos de Bolivia y los escultores barrocos hispano-filipinos: manos sin nombre que daban forma a imágenes destinadas a complacer el gusto imperial. Sus obras obedecían a las convenciones de la devoción europea, aunque bajo la superficie corrían otras corrientes. Una paleta teñida de sensibilidad local, un rostro, un ornamento no hallado en Sevilla ni en Roma —pequeños gestos de persistencia dentro del lenguaje de la conquista. La ausencia de nombre daba testimonio de un sistema en el que los nombres se borraban, pero la expresión encontraba todavía el modo de abrirse paso entre pinceladas y cinceladas.
Y luego, destacándose aparte, un vargueño mexicano del siglo XVIII. Un escritorio digno del escriba de un monarca, con la tapa abatible que ocultaba cajones y secretos, sus herrajes y dorados resplandeciendo como una promesa de imperio. Importado como forma pero transformado por la artesanía del Nuevo Mundo, se convirtió en un híbrido entre el orden español y la riqueza material mexicana. No era sólo un mueble, sino un escenario portátil de autoridad, que contenía en sí mismo el peso del poder y la callada labor de quienes lo hicieron.
Al salir del museo, entramos en el arboreto. El cambio fue inmediato. El césped brillante se extendía ante nosotros, las lilas ya pasadas de flor, el aire guardando la mezcla del fin del verano y el primer aliento del otoño. A lo lejos vi a David en el borde del bosque, señalando las siluetas quebradas de los árboles —algunos arrancados de raíz, otros marcados por una sierra mecánica. Era difícil saber si su pérdida se debía al lento proceso de la edad y la decadencia, o a las presiones más violentas del cambio climático.La visión de aquellos troncos antiguos y magníficos reducidos a tocones y raíces expuestas llevaba el peso tanto de la inevitabilidad como de la advertencia. Le silbé para alcanzarlo, el sonido tendiendo un puente entre nosotros y el paisaje herido.
Los terrenos mismos albergaban otra ausencia.Esta tierra, antes propiedad del doctor Albert Barnes, conserva su legado en placas y alabanzas, aunque su presencia ya no esté aquí. Como los árboles desarraigados, el fundador ha sido arrancado del paisaje —recordado en la palabra, pero no en la carne. Su visión perdura en las colecciones y en el orden cultivado del arboreto, pero el hombre se ha ido, dejando sólo huellas: la arquitectura, los jardines, los ecos de su intención.
Incluso la memoria de Barnes está ensombrecida por desacuerdos. Su decisión de levantar un muro de tres metros, bloqueando la vista de sus vecinos, fue más que un acto de tozuda privacidad: se convirtió en un testimonio de la discordia entre modos de ver, tanto en el arte como en la vida. Así como su colección desafió las convenciones museísticas, también su muro impuso su visión sobre el paisaje, arrancando no sólo la visibilidad sino también la armonía con quienes lo rodeaban.
El desarraigo de la colección ha sido documentado no sólo en libros, sino también en el cine. The Art of the Steal (2009), de Don Argott, recoge el prolongado conflicto entre el testamento de Barnes, sus vecinos de Merion y los poderosos intereses que buscaban el traslado de la colección, presentando la mudanza como triunfo cívico y a la vez como traición cultural. Más recientemente, el cortometraje documental Donor Intent Gone Wrong (por Philanthropy Roundtable, 2022), enmarca la disputa como advertencia sobre las instituciones que pasan por encima de la visión individual. En conjunto, estos testimonios revelan que el desplazamiento de la colección nunca fue sólo arquitectónico: fue un desarraigo de propósito tanto como de lugar.
Una colección de arte moderno —aunque invaluable y gestionada por la Fundación Pew con un valor estimado en sesenta y siete mil millones de dólares —no tiene la misma intensidad que las posesiones privadas de Barnes. Un nuevo museo dedicado a su colección se levanta hoy en su propio edificio en el museum row de Filadelfia, a lo largo del Benjamin Franklin Parkway, que comienza con el Instituto Franklin de Ciencias y termina con el Museo Barnes hacia el este. Lo que fue una visión idiosincrática y ferozmente personal existe ahora bajo la tutela de comisarios que inevitablemente imponen otro orden. Donde Barnes dispuso los cuadros hombro con hombro —Renoirs junto a máscaras africanas, Cézannes y Matisses sobre herrajes medievales— la nueva instalación gravita en desalineación con la gramática de los museos convencionales, categorizada por escuela, cronología o tema, aunque todavía incongruente frente a los artefactos mezclados con ellas. La intimidad de un espacio doméstico se ha cambiado por la grandeza de una institución pública, y con ello se hace palpable la fricción entre su visión y las normas institucionales. Los visitantes recorren ahora amplias galerías en lugar de los conjuntos íntimos y casi confrontativos que él defendía.
Lo que perdura, sin embargo, es la percepción de la colección como la propia instalación de Barnes, concebida en el espíritu tanto de la filosofía como de la biografía. Sus yuxtaposiciones eran composiciones deliberadas: Renoirs junto a bisagras de hierro, Cézannes sobre cucharones, máscaras africanas flanqueando retratos impresionistas —ya fuera El gozo de vivir [The Joy of Life] de Matisse, Los grandes bañistas [The Large Bathers] de Cézanne o las figuras inquietantes de Soutine y Modigliani. Tales yuxtaposiciones derrumbaban la cronología y la jerarquía por igual. Alrededor se agrupaban los objetos que tanto le gustaba reunir —cerrojos, placas de llave, piezas de carreta, arcones germano-pensilvanos, textiles navajos y centenares de herrajes y utensilios forjados. Nunca fueron curiosidades: para Barnes, cada bisagra, cada utensilio, cada máscara era un actor igual en el conjunto, afinando la percepción de forma y ritmo en los lienzos colocados encima. Influido por su amigo John Dewey, Barnes creía que el arte debía experimentarse de manera democrática, donde lo humilde y lo exaltado compartieran el mismo plano de indagación visual.
La paradoja es que la colección nunca ha sido tan visible, y sin embargo quizá nunca tan poco ella misma. En su transformación de santuario privado a museo público, de la excentricidad desafiante de la voluntad de un hombre a la autoridad pulida del Parkway, ha adquirido una nueva capa política. La alabanza a su accesibilidad es constante, pero también lo es la callada sensación de que algo ha sido desarraigado: el orden personal sustituido por el institucional, la visión disruptiva suavizada por el compromiso curatorial. Y aun así, pese a estos cambios, la colección sigue resistiéndose a la plena asimilación. Las pinturas, las yuxtaposiciones, la pura densidad de presencia conservan su carga, recordándonos a aquel hombre que se atrevió a ver distinto —aunque ello lo enfrentara con sus vecinos, con su ciudad y con las convenciones establecidas del arte.
Ricardo Morín, 25 de Agosto de 2025, Bala Cynwyd, Pa
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Bibliografía anotada
Argott, Don, dir. “The Art of the Steal: The Untold Story of the Barnes Collection,” 2009. Película. Maj Productions y 9.14 Pictures.(Un documental apasionante que narra la prolongada batalla legal y cívica en torno al traslado de la Fundación Barnes de Merion a Filadelfia. Destaca la oposición vecinal, las controversias sobre la intención del donante y las fuerzas institucionales que desarraigaron la visión educativa de Barnes —ideal para comprender cómo el desplazamiento físico refleja una disrupción conceptual).
Barnes Foundation. The Barnes Foundation: Masterworks. Nueva York: Skira Rizzoli, 2012.(Un volumen ricamente ilustrado que presenta las pinturas, esculturas y conjuntos de la colección Barnes tal como fueron instalados en el Parkway. Demuestra cómo las yuxtaposiciones de Barnes sobreviven en el nuevo espacio, a la vez que refleja la transformación de una visión privada en un contexto institucional).
Bernstein, Roberta. “The Ensembles of Albert C. Barnes: Art as Experience.” Journal of Aesthetic Education 24 (3), 1–15. Champaign: University of Illinois Press, 1990.(Examina las disposiciones de Barnes a la luz de la filosofía de la experiencia de John Dewey. Destaca cómo su inclusión de bisagras, cucharones y herrajes no era excentricidad, sino pedagogía, concebida para democratizar la percepción y borrar las jerarquías entre las bellas artes y las artes decorativas).
Caamaño de Guzmán, María. El barroco mestizo en América: Escultura y devoción en los Andes. Madrid: Sílex, 2018.(Explora los estilos híbridos del barroco hispanoamericano, con especial atención a los Andes y Filipinas. Aporta contexto para los pintores bolivianos anónimos y los escultores hispano-filipinos mencionados en el ensayo, situando su obra como simultáneamente colonial y localmente expresiva).
Chidester, David. Religion: Material Dynamics. Oakland: University of California Press, 2018.(Analiza cómo los objetos religiosos, como las vidrieras, se transforman al ser retirados de los entornos litúrgicos y trasladados a museos. Útil para enmarcar el carácter “desarraigado” de las vidrieras del Maguire y su recontextualización del culto a la contemplación estética).
Fane, Diana, ed. Art and Identity in Spanish America. Nueva York: Brooklyn Museum y Harry N. Abrams, 1996.(Una referencia clave sobre el arte colonial latinoamericano, que documenta cómo objetos como el vargueño encarnaban tanto formas europeas como aportes indígenas. Proporciona fundamentos académicos para interpretar el vargueño como un escenario portátil de autoridad e hibridez).
Fleming, David. Stained Glass in Catholic Philadelphia.Filadelfia: Temple University Press, 2020.(El texto narra los encargos de vidrieras en las iglesias católicas de Filadelfia, muchas de las cuales terminaron dispersas en colecciones museísticas. Fleming nos ofrece contexto para la colección Maguire, mostrando cómo el arte sagrado local fue desarraigado hacia entornos seculares).
Greenhalgh, Paul.The Persistence of Craft: The Applied Arts Today. Londres: Bloomsbury, 2020.(Greenhalgh explora la intersección de las artes aplicadas y la estética moderna. Su narrativa resuena con la integración de herrajes y utensilios cotidianos en los conjuntos de Barnes, tratándolos no como curiosidades sino como iguales visuales frente a la pintura).
Hollander, Stacy C. American Anthem: Masterworks from the American Folk Art Museum. Nueva York: Harry N. Abrams, 2002.(Hollander investiga cómo artesanos anónimos o vernáculos contribuyeron al patrimonio artístico nacional. El texto es relevante para la discusión en el ensayo sobre los pintores bolivianos anónimos y los escultores hispano-filipinos, cuya omisión refleja el trato general hacia los artesanos populares y coloniales.
Kleinbauer, W. Eugene. Introduction to Medieval Stained Glass.Nueva York: Harper & Row, 1971. (Kleinbauer nos ofrece una introducción clásica a las vidrieras medievales como arte tanto narrativo como abstracto. Su texto apoya la lectura de las vidrieras del Maguire como color luminoso liberado del símbolo, sin dejar de reconocer sus raíces devocionales).
Philanthropy Roundtable. “Donor Intent Gone Wrong: The Battle for Control of the Barnes Art Collection. 2022”. Cortometraje documental. (En la serie Wisdom and Warnings. (Un breve documental de 10 minutos que examina cómo las instrucciones explícitas de Barnes para un uso educativo con pequeños grupos fueron anuladas por ambiciones institucionales más amplias. Subraya el tema del desarraigo a través de la traición de la intención, reforzando cómo el desplazamiento fue tanto moral como espacial).
Viau-Courville, Olivier. The Vargueño: Spanish Colonial Furniture and Power.Ciudad de México: Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2021. (Monografía especializada sobre el vargueño, que explica su papel simbólico en el imperio español como emblema de autoridad y artesanía híbrida. Fundamenta directamente la interpretación del vargueño en el ensayo como un escritorio digno de un escriba real y transformado por la artesanía del Nuevo Mundo).
Ricardo Morín Serie de periódicos Nº 2: La disciplina de la duda 130 × 165 cm. Tinta, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico 2006
Ricardo F. Morín
August de 2025
Bala Cynwyd, Pa
Nota del Autor:
Este ensayo es la segunda parte de una trilogía que examina la certeza, la duda y la ambivalencia como condiciones que configuran nuestra comprensión de la realidad. Se centra en la duda como disciplina y carga: una práctica que desestabiliza las afirmaciones de conocimiento y, sin embargo, hace posible la comprensión. Aquí la duda no se presenta como debilidad, sino como una postura necesaria dentro de la comunicación humana. Su valor no reside en el cierre, sino en mantener abierta la frágil línea entre apariencia y realidad. La trilogía comienza con Los colores de la certeza y concluye con Cuando todo lo que sabemos es prestado.
La disciplina de la duda
El escepticismo y la duda suelen mencionarse como si fueran lo mismo, pero difieren en aspectos esenciales. El escepticismo se inclina hacia la desconfianza: supone que las afirmaciones son falsas hasta que se demuestre lo contrario. La duda, en cambio, no parte del rechazo. Suspende el juicio, reteniendo tanto la aceptación como la negación, para que las preguntas puedan desplegarse. El escepticismo cierra la investigación de manera prematura; la duda preserva su posibilidad. Bien entendida, la indagación pertenece no a la creencia ni a la incredulidad, sino a la duda.
Esta distinción importa porque la indagación rara vez sigue un camino directo hacia la certeza. Con frecuencia es estratificada, inquieta e incompleta. Considérese el caso de la medicina. Un paciente puede recibir un diagnóstico inquietante y consultar a varios médicos, cada uno ofreciendo un pronóstico distinto. Uno puede ser más esperanzador, otro más cauteloso, pero ninguno plenamente concluyente. La tentación en tales circunstancias es aferrarse a la respuesta más tranquilizadora o descartar todas como poco confiables. Ambos impulsos distorsionan la situación. La indagación exige otro camino: comparar, sopesar, poner a prueba y, en última instancia, aceptar que la certeza puede no ser alcanzable. En este reconocimiento, la duda demuestra su disciplina: sostiene la investigación sin prometer resolución y enseña que la ausencia de final no es un fracaso, sino la condición para un entendimiento continuo.
Incluso dentro de la propia medicina, los líderes reconocen esta tensión. Abraham Verghese, junto con otros académicos de Stanford, ha señalado que apenas la mitad de lo que se enseña en las facultades de medicina resulta directamente relevante para el diagnóstico; el resto es especulativo o infundado. Esta observación no pretende desacreditar la formación médica, sino subrayar la necesidad de un método que priorice la verificación sobre la repetición acrítica. El diagnóstico clínico, por tanto, no se apoya en una acumulación de certezas, sino en la práctica constante de la duda disciplinada: cuestionar, descartar lo irrelevante y sostener lo provisional mientras se busca mayor precisión.
La historia ofrece otra lección vívida en la figura de Galileo Galilei. Cuando entrenó su telescopio hacia el cielo en 1609, observó cuatro lunas orbitando Júpiter y fases de Venus que sólo podían explicarse si el planeta giraba alrededor del sol. Estos descubrimientos contradecían el sistema ptolemaico, que durante siglos había colocado la tierra en el centro de la creación. La creencia exigía obediencia a la tradición; el escepticismo podía haber descartado todo conocimiento heredado como corrupto. El camino de Galileo fue distinto. Midió, documentó y publicó, sabiendo que la evidencia debía sopesarse antes de ser afirmada o negada. El costo de esta duda fue severo: interrogatorio, censura y arresto domiciliario. Sin embargo, fue precisamente su negativa a asentir con demasiada rapidez—su suspensión del juicio hasta que la evidencia resultara contundente—lo que hizo posible la indagación. Galileo muestra cómo la duda puede preservar las condiciones del conocimiento incluso bajo la mayor presión para creer.
La literatura ofrece un paralelo. En Hamlet de Shakespeare, el joven príncipe es confrontado por el espectro de su padre asesinado, que exige venganza. Creer significaría aceptar de inmediato la palabra de la aparición y matar al rey sin vacilación. Ser escéptico equivaldría a descartarla como alucinación o engaño. Hamlet no hace ni lo uno ni lo otro. Permite que la duda gobierne su respuesta. Pone a prueba la afirmación del espectro montando una obra que reproduce el supuesto crimen y observa la reacción del rey en busca de confirmación. Su negativa a actuar únicamente con base en la creencia, y su renuencia a descartar al espectro sin más, ilustran la disciplina de la duda. Su tragedia no radica en dudar, sino en llevar la duda más allá de lo proporcionado, hasta que la vacilación misma consume la acción. Shakespeare deja claro que la indagación requiere equilibrio: suficiente duda para poner a prueba lo que se afirma, suficiente resolución para actuar cuando la evidencia habla.
Las exigencias de la vida pública muestran con igual claridad la diferencia. En los primeros meses de la pandemia de COVID-19, se pidió a los ciudadanos confiar de inmediato en los pronunciamientos oficiales o, por el contrario, descartarlos como falsedades deliberadas. La creencia llevó a algunos a aferrarse acríticamente a cada garantía, por contradictoria que fuera; el escepticismo llevó a otros a rechazar todas las orientaciones como propaganda. La duda ofreció otro camino: preguntar qué pruebas sustentaban las afirmaciones, comparar los primeros informes con los estudios posteriores y aceptar que el conocimiento era provisional y cambiante. La incertidumbre era incómoda, pero también la única respuesta honesta a una realidad en rápida transformación.
Un patrón semejante surgió tras los ataques del 11 de septiembre. Los gobiernos urgieron a las poblaciones a escoger: apoyar la intervención militar o ser acusados de deslealtad. La creencia aceptó la justificación de la guerra al pie de la letra; el escepticismo descartó todas las afirmaciones oficiales como manipulación. La duda, sin embargo, preguntó qué pruebas existían sobre armas de destrucción masiva, qué intereses moldeaban la prisa por invadir y qué alternativas se estaban excluyendo. Dudar en tales circunstancias no fue deslealtad, sino responsabilidad: el intento de retener el asentimiento hasta que las afirmaciones pudieran ser verificadas. Estos ejemplos muestran que la duda no es pasividad. Es la disciplina activa de someter a prueba lo que se dice frente a lo que se puede saber, resistiendo la seducción del cierre prematuro.
La verificación exige precisamente esta suspensión: no la comodidad de la creencia, ni el descarte del escepticismo, sino la disciplina de demorarse en la incertidumbre el tiempo suficiente para que la prueba cobre forma. Puede decirse que sólo es posible verificar cuando la creencia queda en suspenso. La creencia anhela un cierre, el escepticismo presume la falsedad, pero la duda aquieta la mente en el intervalo, allí donde la verdad puede aproximarse sin la ilusión de ser poseída.
El mismo principio alcanza a las tentaciones del éxito y del reconocimiento. El éxito y la fama se asemejan a cenizas: restos vacíos de un fuego que alguna vez ardió y que ahora yace extinguido, incapaces de ofrecer verdadero gozo a una mente indagadora. Las cenizas evocan una llama que se consumió en su propio ardor. Así ocurre con la fama: cuando cesa el aplauso, sólo queda el residuo. También la creencia brinda amparo pasajero, pero se vuelve frágil cuando nunca se somete a prueba. El reconocimiento y la convicción prometen permanencia, y sin embargo ambos se quiebran con facilidad. Una mente entregada a la indagación no puede reposar en ellos. Requiere algo menos visible, más perdurable: la negativa a definirse con premura, la disciplina del anonimato.
El anonimato aquí no significa apartarse del mundo. Significa, más bien, contener la afirmación o el propósito hasta que el conocimiento madure. Declarar con exceso de rapidez lo que uno es, o lo que uno sabe, equivale a clausurar el descubrimiento. Por necesidad, la mente indagadora permanece anónima. Se resiste a ser apresada por etiquetas o sostenida en reconocimientos. Su apertura es su fuerza. Permanece atenta a lo que aún no ha sido revelado.
La época presente vuelve aún más apremiante esta disciplina. La tecnología acelera cada demanda de certeza: los titulares han de ser inmediatos, las opiniones instantáneas, las identidades reducidas a perfiles y etiquetas. Las redes sociales prosperan en la afirmación repetida de la creencia, rara vez en la duda considerada y puesta a prueba. Los algoritmos recompensan la prisa y la indignación, castigando la vacilación como debilidad y la contradicción como traición. Cultivar la duda y el anonimato es, por ello, una forma de resistencia. Resguarda la sutileza del pensamiento frente a la presión de la velocidad y el espectáculo. Se niega a que la indagación se reduzca a consignas o a que la certeza se comprima en frases hechas.
La disciplina de la duda enseña que la verdad nunca se posee, sólo se persigue. El éxito, la fama y la creencia pueden fulgurar un instante, pero acaban desmoronándose en cenizas. Lo que permanece es la labor callada de preguntar, la paciencia de permanecer indefinido hasta que el conocimiento tome cuerpo. Creer es instalarse en el residuo; dudar es sostenerse en el fuego vivo. Preguntar es avivar la llama; creer es juntar cenizas.
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Bibliografía anotada
Arendt, Hannah: Between Past and Future. New York: Viking Press, 1961. (Arendt examina la importancia de pensar sin apoyos absolutos; ilumina cómo la disciplina de la duda resiste certezas políticas y sociales).
Bauman, Zygmunt: Liquid Modernity. Cambridge: Polity Press, 2000. (Bauman describe la fluidez y la precariedad de las certezas en la modernidad; refuerza la idea de la duda como condición frente a la volatilidad contemporánea).
Berlin, Isaiah: The Crooked Timber of Humanity. Princeton: Princeton University Press, 1991. (Berlinanaliza el pluralismo de valores y la imposibilidad de certezas únicas; sostiene la necesidad de vivir con tensiones irresueltas).
Bitbol-Hespériès, Annie: Descartes’ Natural Philosophy. New York: Routledge, 2023. (Bitbol-Hespériès examina cómo la filosofía natural cartesiana surge de un ejercicio constante de duda metódica; ofrece una lectura contemporánea que conecta ciencia y metafísica).
Han, Byung-Chul: In the Swarm: Digital Prospects. Cambridge, MA: MIT Press, 2017. (Han examina la presión de la transparencia y la aceleración digital; aporta claves para entender cómo la tecnología desvirtua la paciencia de la duda).
Croskerry, Pat; Cosby, Karen S.; Graber, Mark; and Singh, Hardeep, eds.: Diagnosis: Interpreting the Shadows. Boca Raton, FL: CRC Press, 2017. (Abordan la complejidad cognitiva del razonamiento diagnóstico; muestra cómo la incertidumbre es inherente a la práctica clínica y cómo la duda disciplinada puede reducir los errores diagnósticos).
Elstein, Arthur S. y Schwartz, Alan: Clinical Problem Solving and Diagnostic Decision Making: Selective Review of the Cognitive Literature. New York: Oxford University Press, 2002. (Un estudio fundamental en la toma de decisiones médicas, que muestra cómo el razonamiento diagnóstico depende menos de un conocimiento estático y más de la duda metódica y la verificación).
Finocchiaro, Maurice: Retrying Galileo, 1633–1992. Berkeley: University of California Press, 2005. (Finocchiaro explora los juicios y revisiones históricas del proceso contra Galileo; muestra cómo la duda científica chocó con la autoridad religiosa y cómo ha sido reinterpretada).
Gaukroger, Stephen: Descartes: An Intellectual Biography. Oxford: Oxford University Press, 2002. (Una biografía intelectual que sitúa a Descartes en el contexto cultural del siglo XVII; ilumina cómo la duda cartesiana fue también estrategia frente a tensiones religiosas y científicas).
Garber, Daniel: Descartes Embodied: Reading Cartesian Philosophy through Cartesian Science. Cambridge: Cambridge University Press, 2001. (Garber analiza la estrecha relación entre la ciencia de Descartes y su método filosófico; subraya cómo la práctica científica refuerza la disciplina de la duda).
Graber, Mark L.; Schiff, Gordon D.; and Singh, Hardeep: The Patient and the Diagnosis: Navigating Clinical Uncertainty. New York: Oxford University Press, 2020. (Graber explora cómo los médicos gestionan la incertidumbre, subrayando que la precisión en el diagnóstico surge de métodos estructurados más que de un conocimiento incuestionado).
Han, Byung-Chul: The Disappearance of Rituals. Cambridge: Polity Press, 2020. (Han explora cómo la sociedad digital erosiona los espacios de repetición y espera; ilumina la urgencia de recuperar anonimato y demora en la indagación).
Machamer, Peter, ed.: The Cambridge Companion to Galileo. Cambridge: Cambridge University Press, 1998. (Colección de ensayos actualizados que presentan la obra de Galileo desde la historia de la ciencia, la filosofía y la política; ilumina cómo la duda empírica transformó la cosmología).
Nussbaum, Martha: Political Emotions: Why Love Matters for Justice. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2013. (Nussbaum examina cómo las instituciones liberales pueden cultivar de manera responsable las emociones públicas—como el amor, la tolerancia y la solidaridad—enriqueciendo así la sección del ensayo sobre la vida cívica, que muestra cómo el cultivo emocional, más allá de la creencia o el escepticismo, sostiene la indagación social).
Popkin, Richard: The History of Scepticism: From Savonarola to Bayle. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Estudio histórico del escepticismo, mostrando cómo evoluciona entre desconfianza radical y disciplina de la indagación).
Shakespeare, William: Hamlet. New Haven: Yale University Press, 2003. (Encarnación literaria de la duda como fuerza ambivalente: motor de la indagación y riesgo de la parálisis).
Shea, William, and Mariano Artigas: Galileo in Rome: The Rise and Fall of a Troublesome Genius. Oxford: Oxford University Press, 2003. (Narración accesible y documentada del enfrentamiento de Galileo con la Iglesia; ilustra cómo la persistencia en la duda verificadora tuvo consecuencias vitales y políticas).
Verghese, Abraham; Saint, Sanjay; and Cooke, Molly: “Critical Analysis of the ‘One Half of Medical Education Is Wrong’ Maxim.” Academic Medicine 86, no. 4 (2011): 419–423. (Autorizado por académicos vinculados a Stanford en educación médica; argumenta que gran parte de la enseñanza médica carece de relevancia directa para la exactitud diagnóstica, lo que subraya la necesidad de la duda disciplinada y la reevaluación).
Ricardo Morin « Nuestras historias y su sombra » (Serie de plantillas) 3.ª de seis Cada una mide 76 cm x 56 cm = 167 cm de alto x 167 cm en total Acuarela sobre papel 2005
A la memoria que todos heredamos—capaz de tender puentes entre distancias, aunque con mayor frecuencia las ahonde.
Por Ricardo Morin
12 de agosto de 2025
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A través de las culturas, los rituales son a la vez recipientes de historia e instrumentos de adaptación. Llevan consigo el peso de la memoria colectiva mientras responden a las cambiantes condiciones del presente, negociando entre las formas heredadas y las realidades en las que se practican.
En una boda reciente dentro de una tradición centenaria, dos miembros de la familia —un rabino y una mujer— compartieron las funciones de oficiar, incorporando adaptaciones contemporáneas a la ceremonia. Los roles compartidos, los gestos y las bendiciones mostraron cómo la continuidad y la innovación pueden habitar en un mismo espacio, entretejiendo memoria y renovación.
Tales ocasiones se desarrollan en atmósferas moldeadas tanto por el discurso público como por la herencia personal. Demuestran que las ceremonias nunca son estáticas: están marcadas por los ecos del pasado, pero se reconfiguran bajo las urgencias y esperanzas del presente.
Este juego entre lo ceremonial y lo político dista mucho de ser único. Las diásporas en todo el mundo han equilibrado por largo tiempo la preservación de formas esenciales con la incorporación de nuevas influencias. Mi propia ascendencia se remonta a comunidades que, a lo largo de generaciones, conservaron elementos de prácticas anteriores mientras se integraban a nuevos entornos —una trayectoria familiar para muchos que han sido moldeados por la migración y las presiones de la asimilación.
La pregunta persistente, visible en ceremonias de muchas culturas, es si las costumbres sobreviven mejor cuando se aferran firmemente a las formas heredadas o cuando se adaptan para acoger la diversidad y salvaguardar la integridad de los demás. Como con muchos legados, la historia responderá a su debido tiempo.
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Bibliografía anotada
Anderson, Benedict: Comunidades imaginadas: Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. Londres: Verso, 2006. (En esta obra influyente, Anderson examina cómo las narrativas y rituales culturales compartidos crean un sentido de pertenencia entre poblaciones dispersas. Andersen explora cómo las comunidades sostienen la identidad a lo largo de generaciones, ofreciendo un contexto para comprender la persistencia de la tradición en las diásporas.)
Gerber, Jane S.: Los judíos de España: Historia de la experiencia sefardí. Nueva York: Free Press, 1992. (Gerber rastrea la historia del judaísmo sefardí desde la España medieval hasta la diáspora, detallando cómo las tradiciones culturales y religiosas se adaptaron a nuevos entornos. Ofrece un relato accesible de la resiliencia frente al desplazamiento y la persecución.)
Hobsbawm, Eric, y Ranger, Terence, eds.: La invención de la tradición. Cambridge: Cambridge University Press, 1983. (Hobsbawm y Ranger reúnen estudios sobre cómo las tradiciones a menudo son construidas o adaptadas conscientemente para servir a necesidades contemporáneas. Su análisis invita a considerar cómo la continuidad ritual se moldea bajo contextos políticos y sociales cambiantes.)
Sorkin, David: La emancipación judía: Una historia a través de cinco siglos. Princeton: Princeton University Press, 2019. (Sorkin presenta un amplio relato histórico de los movimientos de emancipación judía en Europa y más allá, mostrando cómo los cambios en climas políticos y culturales influyeron en la práctica religiosa y en la formación de identidades.)
Todorov, Tzvetan: La conquista de América: La cuestión del otro. Nueva York: Harper & Row, 1984. (Todorov explora cómo las culturas se definen en relación con el “otro”, con especial atención a los encuentros entre Europa y América. Su obra ilumina cómo el contacto intercultural transforma tanto la identidad como la tradición.)
No se puede comprender el clima político español sin mencionar el ascenso de VOX, un partido de extrema derecha fundado en 2013 por exmiembros del conservador Partido Popular. Desde 2018, VOX ha ganado apoyo oponiéndose a la autonomía regional, a la legislación feminista y a la inmigración, mientras defiende una agenda nacionalista que incluye la revisión —o incluso la negación— del proceso histórico de reconciliación con el franquismo.
Esto no responde únicamente a una evocación del pasado, sino a un síntoma más profundo de desencanto democrático. No se trata de una memoria histórica que resurge espontáneamente, sino de un marco político e identitario que reaparece cuando los consensos que daban coherencia al presente se debilitan. La referencia al franquismo en el discurso de VOX no suele ser doctrinaria ni explícita, pero es reconocible en su rechazo sistemático a la Ley de Memoria Democrática, en su exaltación de la unidad nacional como principio innegociable, en su condena del Estado autonómico y en su apelación a un “orden natural” que legitima la jerarquía, la familia tradicional y la desigualdad como si fueran datos objetivos de la historia.
Pero lo preocupante no es tanto que existan voces que reivindiquen estas posiciones —han existido siempre—, sino que hayan recuperado poder institucional y legitimidad cultural. El descontento con el sistema político, la fatiga ante el parlamentarismo ineficaz, y la sensación de desarraigo identitario alimentan un malestar transversal. Ese malestar puede ser compartido por sectores muy diversos: desde pequeños empresarios que perciben un Estado hostil hasta jóvenes que no encuentran sentido en una política institucional plagada de lenguaje vacío. Las quejas son múltiples, pero la extrema derecha ofrece un único cauce: la simplificación emocional del conflicto, transformando el miedo en obediencia y la incertidumbre en orgullo herido.
En ese marco, VOX se presenta como el único actor político con una narrativa cohesionada. Su fuerza no reside en la gestión, sino en la afirmación. No propone una política pública sólida, sino una identidad política clara, reactiva y excluyente. Y es allí donde muchas veces la crítica progresista se vuelve insuficiente. Mientras la izquierda institucional —representada por el PSOE y los sectores heredados de Unidas Podemos— recurre a marcos retóricos ya desgastados por el uso burocrático del lenguaje inclusivo, sectores del pensamiento progresista académico (como ciertos institutos universitarios que monopolizan la producción editorial subvencionada) han optado por una defensa casi ritual de la democracia, sin revisar los fundamentos ni renovar los términos con los que se comunica su valor. La repetición de consignas —por muy justas que sean— termina convirtiéndose en eco.
Peor aún, en nombre del pluralismo o del miedo a caer en el “sectarismo de izquierdas”, ciertos espacios culturales (medios como El País, editoriales como Taurus o debates promovidos desde centros como el Círculo de Bellas Artes) han dado cabida a voces reaccionarias bajo el pretexto de abrir el debate. Con ello, han normalizado un lenguaje que desmantela poco a poco los consensos éticos que deberían sostener el espacio democrático. Lo que se presenta como tolerancia puede, en realidad, ser una cesión estructural.
La historia española arrastra heridas que nunca se cerraron del todo. Los pactos de la Transición, por necesidad política, apostaron por el silencio compartido como precio de la estabilidad. Ese silencio permitió una paz institucional, pero dejó sin resolver el relato del pasado. Hoy, cuando ese relato comienza tímidamente a reorganizarse a través de la Ley de Memoria, reaparece el miedo: miedo a que el reconocimiento histórico implique deslegitimar el presente. VOX capitaliza ese miedo con habilidad discursiva, no tanto defendiendo una política concreta como ofreciendo refugio simbólico a una España que se siente perdida.
La responsabilidad intelectual, en este contexto, no consiste en reafirmar las certezas heredadas ni en repetir fórmulas morales. Consiste en sostener la complejidad: resistir la tentación de la consigna, reconocer la fatiga de los marcos progresistas sin entregarse al cinismo, y ofrecer nuevas formas de pensamiento que no renuncien ni al rigor ni a la empatía. Porque mientras el discurso reaccionario avanza a golpe de simplificación, el pensamiento crítico tiene el deber de no renunciar al matiz —aunque no sea viral, aunque no garantice adhesiones inmediatas.
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Por Ricardo Morin
1 de agosto de 2025
Bibliografía anotada
Preston, Paul: The Spanish Holocaust: Inquisition and Extermination in Twentieth-Century Spain. Barcelona: Debate, 2012. (Esta obra ofrece un análisis riguroso de la violencia sistemática del franquismo, y es clave para comprender el trasfondo histórico del revisionismo autoritario que persiste en sectores de la sociedad española.)
Snyder, Timothy: On Tyranny: Twenty Lessons from the Twentieth Century. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2017. (Un compendio accesible y urgente que advierte sobre los signos tempranos del autoritarismo, trazando paralelismos útiles para interpretar el presente político en Europa.)
Stanley, Jason: How Fascism Works: The Politics of Us and Them. Barcelona: Blackie Books, 2020. (Este análisis de los mecanismos retóricos del fascismo contemporáneo resulta particularmente útil para entender las estrategias discursivas de movimientos como VOX.)
Este ensayo examina la compulsión de la mente humana a inventar historias, no sólo para comprender la realidad, sino para reemplazarla. Explora cómo la narración se convierte en refugio frente al vacío, en una forma de autoconstrucción que busca tanto sentido como control. La tensión entre la observación racional y la proyección imaginativa no es un defecto del pensamiento humano, sino una pista de nuestra inestabilidad: inventamos para tener importancia, para pertenecer, y para afirmar que somos más de lo que tememos ser. En el fondo, se trata de una reflexión sobre la seductora autoridad del relato: cómo este ofrece no sólo identidad sino grandeza, no sólo consuelo sino una frágil ilusión de poder. Debajo de todo mito puede yacer el terror a la nada—y la callada esperanza de que la imaginación nos rescate del miedo a dejar de importar.
El delirio de la autoridad: poder, narración y el miedo a ser insignificante
Contamos historias para darle sentido a la vida. Eso parece evidente. Pero si miramos un poco más de cerca, podemos descubrir que las historias que contamos—sobre nosotros mismos, nuestras creencias, nuestras tradiciones, incluso nuestro sufrimiento—no son sólo intentos de entender. Son también expresiones de poder. No siempre poder sobre otros, sino algo más íntimo y a menudo más peligroso: el poder de sentirse central, seguro y superior en un mundo que rara vez ofrece tales garantías.
Esa necesidad se manifiesta en formas que suelen parecer nobles: tradición, lealtad, virtud, orgullo cultural, claridad espiritual. Pero detrás de muchas de estas manifestaciones se esconde el hambre de ser más de lo que somos. De importar más de lo que tememos que importamos. De corregir la sensación de que, por sí solos, no somos suficientes.
No nos gusta pensar en esto como una sed de poder. Suena egoísta. Pero en su forma más callada, no es egoísmo: es supervivencia. Es la necesidad de mirarse al espejo y ver a alguien real. De mirar el mundo y sentirse parte de una historia que signifique algo. Y cuando no sentimos eso, la inventamos.
A veces toma la forma de tradición: los rituales, los lemas, las banderas. Estas cosas nos dan la ilusión de formar parte de algo duradero, algo sagrado. Pero con frecuencia lo que ofrecen es una certeza prestada. Repetimos lo que otros han repetido antes, y en esa repetición nos sentimos a salvo. Confundimos el acto con la verdad. Así es como la pertenencia se convierte en obediencia—y cómo el ritual se convierte en una máscara que oculta la ausencia de pensamiento real.
A veces toma la forma de iluminación. Adoptamos el lenguaje de la claridad espiritual o del conocimiento místico. Hablamos en acertijos, o escuchamos a quienes lo hacen. Pero muchas veces esto también tiene que ver con autoridad: con la idea de que podemos saltarnos la duda y aterrizar en una comprensión superior. Cuando oímos frases como “escucha con todo tu ser” o “la comprensión intelectual no es comprensión verdadera”, se nos está invitando a abandonar la razón a cambio de lo que se siente como verdad. Pero la sensación de verdad no es lo mismo que el arduo trabajo de la claridad.
Y en ocasiones, ese anhelo de centralidad se manifiesta en la identidad. Reclamamos el dolor, el orgullo o la historia como una especie de capital moral. Decimos “mi gente” como si esa frase lo explicara todo. Y tal vez a veces lo haga. Pero cuando la identidad se convierte en escudo contra la crítica o en arma contra los demás, deja de ser pertenencia y se transforma en autoridad—en una lucha por quién tiene derecho a hablar, a tener razón, a ser visto.
Ni siquiera la razón queda inmune. Usamos la lógica no sólo para comprender, sino para protegernos de la incertidumbre. Discutimos no sólo para aclarar, sino para ganar. Y poco a poco, sin darnos cuenta, convertimos la búsqueda de la verdad en una actuación de control.
Todo esto es comprensible. El mundo es confuso. El yo es frágil. Y en el fondo, la mayoría de nosotros teme ser insignificante. Tememos ser una voz más entre la multitud. Un instante más en el tiempo. Una vida más que termina y desaparece.
Entonces buscamos autoridad. Si no podemos controlar la vida, tal vez podamos controlar su significado. Si no podemos escapar del tiempo, tal vez podamos contar una historia que perdure. Pero esto también es una ilusión—una que conduce al sufrimiento, al aislamiento y al conflicto.
Porque cuando todos son el centro de su propia historia, cuando cada grupo insiste en su propia verdad, cuando cada visión se proclama incuestionable—nadie escucha. Nadie cambia. Y nadie crece.
¿Pero qué pasaría si renunciáramos a la necesidad de tener razón, de ser centrales, de ser superiores?
¿Qué pasaría si no necesitáramos ser grandiosos para ser reales?
¿Qué pasaría si contáramos historias no para controlar la realidad, sino para compartirla?
Eso exigiría algo más difícil que la inteligencia. Exigiría humildad. La disposición a ser pequeños. A estar inseguros. A vivir sin autoridad y aun así vivir con sentido.
No es fácil. Todo en nosotros se resiste. Pero quizás ese sea el único camino que nos saca de la actuación y nos lleva a la presencia. De la ilusión a la claridad. No la claridad de los lemas o las doctrinas, sino la claridad de la atención—de ver sin necesidad de dominar lo visto.
No necesitamos ser dioses. No necesitamos ser héroes. Sólo necesitamos ser humanos—y dejar de fingir que ser humanos no es ya suficiente.
Bibliografía anotada
Arendt, Hannah: The Origins of Totalitarianism. New York: Harcourt, Brace & World, 1951. (Estudio fundamental sobre cómo la certeza ideológica y la identidad colectiva pueden erosionar el pensamiento, allanando el camino para la conformidad emocional y el control de masas.)
Beard, Mary: Twelve Caesars: Images of Power from the Ancient World to the Modern. Princeton: Princeton University Press, 2021. (Explora cómo se construyen imágenes e historias sobre los gobernantes para sostener la ilusión de autoridad divina o heredada.)
Frankl, Viktor E.: Man’s Search for Meaning. Boston: Beacon Press, 2006. (Reflexiona sobre la voluntad de sentido como impulso humano básico, especialmente bajo sufrimiento extremo, mostrando cómo la narrativa puede sostener la dignidad y la vida.)
Kermode, Frank: The Sense of an Ending: Studies in the Theory of Fiction. Oxford: Oxford University Press, 1967. (Analiza cómo las personas imponen comienzos, desarrollos y finales a una experiencia caótica, buscando estructura mediante el relato.)
Nietzsche, Friedrich: On the Genealogy of Morality. Traducido por Carol Diethe. Editado por Keith Ansell-Pearson. Cambridge: Cambridge University Press, 2007. (Sostiene que los sistemas morales surgen con frecuencia del resentimiento y de luchas de poder encubiertas más que de la virtud o la razón puras.)
Oakeshott, Michael: Rationalism in Politics and Other Essays. Indianapolis: Liberty Fund, 1991. (Critica el impulso racionalista de sistematizar la vida humana, advirtiendo contra el exceso de confianza en la razón como vía de dominio sobre la realidad.)
Todorov, Tzvetan: Facing the Extreme: Moral Life in the Concentration Camps. Traducido por Arthur Denner y Abigail Pollack. New York: Metropolitan Books, 1996. (Ofrece perspectivas sobre cómo la identidad y la moralidad se sostienen—o colapsan—en condiciones que despojan de toda ilusión, revelando los límites del relato.)
Wallace, David Foster: This Is Water: Some Thoughts, Delivered on a Significant Occasion, about Living a Compassionate Life. New York: Little, Brown, 2009. (Una breve meditación sobre cómo el pensamiento automático da forma a nuestra percepción y cómo la conciencia—no la autoridad—ofrece un camino hacia la libertad.)
La imagen que abre este ensayo fue tomada en el interior del Templo Masónico de Filadelfia, un espacio concebido como recinto cívico de orden simbólico. A lo largo de uno de sus corredores principales, la frase latina fide et fiducia: “por la fe y la confianza” aparece inscrita en oro sobre muros pautados y bajo una simetría sostenida.
Estas inscripciones no son ornamentales. Condensan una visión del mundo en una frase y en su emplazamiento. Las palabras no se ofrecen a examen. Se encuentran ya dispuestas dentro de un entorno ordenado. El espacio no argumenta a favor de la creencia. Organiza las condiciones bajo las cuales la creencia resulta adecuada.
De este modo, el lugar deja de ser un contenedor. Se vuelve una guía. Establece ritmo, postura y expectativa. Indica qué debe afirmarse y cómo debe expresarse esa afirmación.
Este ensayo examina cómo tales formas persisten más allá de la arquitectura. Sigue el modo en que la pertenencia se forma por repetición, cómo la virtud se ejecuta por alineación y cómo la apariencia de sentido compartido puede sustituir el trabajo necesario para sostenerlo.
El ritual de pertenencia
La virtud colectiva no comienza como doctrina. Comienza como gesto.
Una sala se pone de pie ante una señal. Una frase se repite al unísono. Un participante pronuncia palabras que no ha considerado del todo, pero cuyo ritmo le resulta familiar. Nada parece coercitivo. Cada acto es pequeño y justificable. Sin embargo, la repetición los enlaza. Lo que primero se ejecuta pasa a esperarse. Lo que se espera se vuelve difícil de rechazar.
En estas secuencias, la pertenencia antecede a la comprensión. El individuo no examina y luego se incorpora. Se incorpora y aprende a responder. La diferencia entre lealtad y obediencia no desaparece. Se desplaza, a medida que afirmar resulta más fácil que dudar y más rápido que examinar.
Esta disposición no se sostiene por la fuerza, sino por la forma. Las organizaciones que dependen de la continuidad recurren a esquemas repetidos para estabilizar la identidad. Las reuniones comienzan con fórmulas conocidas. Los gestos siguen un orden fijo. Quien interrumpe la secuencia introduce una demora. Esa demora se vuelve visible de inmediato. El costo de interrumpir se hace claro, mientras que el de conformarse permanece difuso. En estas condiciones, el acuerdo no necesita imponerse. Se elige.
El ritual cumple una función. Vincula a los individuos en un tiempo y en un reconocimiento compartidos. Sin él, ninguna asociación perduraría. Pero el mismo mecanismo que sostiene la cohesión limita el examen. Lo que permite que un grupo se mantenga unido puede impedir que se pregunte por aquello que lo sostiene.
El tránsito es gradual. Una afirmación repetida para coordinar se convierte en una afirmación repetida para tranquilizar. Un valor que fue examinado deja de requerir examen. El lenguaje permanece. Términos como deber, servicio u honor continúan circulando. Lo que cambia es su relación con la experiencia. Dejan de verificarse en el uso. Se confirman en la repetición.
En ese punto, la creencia ya no depende del reconocimiento. Depende de la alineación.
Este patrón aparece allí donde la necesidad de coherencia supera la tolerancia a la incertidumbre. En la vida política contemporánea, ha adquirido una forma visible en el ascenso del Trumpism. Las concentraciones multitudinarias muestran una secuencia clara. Desde una tarima se introduce una consigna. Se repite de inmediato y sin variación. La repetición no pone a prueba la consigna. Confirma la participación. Quien no repite queda señalado al instante, no por lo que dice, sino por su ausencia.
Aquí, la pertenencia se manifiesta en la respuesta.
El mecanismo no depende del contenido. Depende de la secuencia: señal, repetición, confirmación, exclusión. No importa tanto lo que se dice como la rapidez con que se adopta y la visibilidad con que se comparte. En estas condiciones, el lenguaje cambia de función. Deja de describir y pasa a designar. Una persona o un grupo es nombrado como amenaza, invasión o corrupción. Una vez designado, no se requiere descripción adicional. La designación organiza la percepción de antemano.
La misma secuencia se extiende a los sistemas digitales. El lenguaje producido bajo condiciones de velocidad, recompensa y amplificación se convierte en el material con el que se entrenan los modelos. Sistemas desarrollados por entidades como OpenAI y Google no originan estos patrones. Los heredan. Cuando el material de entrenamiento está saturado de repetición, afirmación y carga emocional, los sistemas resultantes reproducen esos patrones con mayor fluidez. La salida parece coherente porque refleja lo que ya ha circulado.
En este bucle, la expresión se refuerza al margen de la verificación.
La máquina no introduce la distorsión. Estabiliza lo que ya está presente y lo devuelve en una forma más consistente.
En estas condiciones, la identidad se ofrece como resolución. El individuo es situado dentro de un relato que asigna sentido y oposición de antemano. El acuerdo produce reconocimiento. La vacilación produce distancia. El aplauso se vuelve una señal medible. El silencio, una desviación visible. El individuo deja de preguntarse si una afirmación corresponde a la experiencia. Registra si corresponde al grupo.
Pocos de estos cambios se advierten mientras ocurren. Una afirmación que coincide con la expectativa se procesa con rapidez. Una que la interrumpe exige tiempo. La repetición produce familiaridad. La familiaridad produce confianza. La confianza pasa entonces por evidencia.
Esto no se reduce a la ignorancia. Refleja una reducción en la disposición a permanecer en la incertidumbre. En muchos entornos, dudar implica exponerse a la separación. Preguntar implica demorar la secuencia. En estas condiciones, el espacio en el que podría formarse el juicio se reduce antes de ejercerse.
Puede seguirse una secuencia. Una frase se repite sin examen. Un participante recibe aprobación. Otro vacila y es recibido con silencio. La vacilación queda registrada. El siguiente repite sin pausa. La secuencia continúa. No se ha enunciado ninguna regla. No se ha dado ninguna orden. Sin embargo, se ha establecido un límite. Con el tiempo, ese límite se mantiene.
A partir de estas secuencias se configuran estructuras mayores. El control no comienza como imposición externa. Surge de la acumulación de actos ordinarios que favorecen la afirmación y desalientan la interrupción. Cada acto es defendible por separado. En conjunto, producen una condición en la que desviarse tiene un costo que afirmar no tiene.
Por esta razón, las formas autoritarias pueden parecer lo contrario de lo que son. Adoptan el lenguaje de la continuidad, los símbolos de la tradición y las formas del orgullo colectivo. Lo que las distingue no es su apariencia, sino la reducción de las respuestas posibles. Cuando solo queda una forma viable de afirmación, la participación deja de ser voluntaria en sustancia, aunque lo parezca en la forma.
La resistencia no puede consistir en sustituir unas consignas por otras. Hacerlo conserva la secuencia. La interrupción debe producirse antes de la repetición. Una frase debe examinarse antes de pronunciarse. Un gesto debe comprenderse antes de ejecutarse. Esto introduce demora. La demora introduce fricción. La fricción restituye las condiciones en las que el juicio puede tener lugar.
Esa interrupción tiene un costo. Separa al individuo de las recompensas inmediatas de la alineación. Lo expone a la incertidumbre sin la garantía del acuerdo. Sin embargo, sin esa interrupción, no puede sostenerse la diferencia entre creer y actuar como si se creyera.
Ningún sistema organizado sobre el reflejo resiste la atención sostenida. Su continuidad depende de la velocidad con la que se producen y confirman las respuestas. Cuando esa velocidad disminuye, la secuencia se vuelve visible. Cuando se vuelve visible, deja de operar sin ser reconocida.
La claridad no aparece como declaración. Surge cuando la repetición deja de bastar, cuando la aprobación deja de sustituir el reconocimiento y cuando el individuo distingue entre lo que se dice y lo que se ve. En ese punto, la pertenencia no desaparece. Cambia de condición. Ya no antecede a la comprensión. La sigue.
Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba. Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.
No había ritual. Ni punto de inflexión dramático. Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo. Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima— a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.
Creía en la atención, no en el dominio.
Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado, sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla— no por destreza, sino por necesidad— cuando la mano se adelantaba al pensamiento, y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir. Y cuando eso ocurría, le exigía todo.
Cualquiera que lo observara— cualquiera menos él— habría visto muy poco. Un rastro. Una pausa. Un leve ajuste. Pero en su interior, algo escuchaba— no a sí mismo, sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.
No hacía obras para ser recordado, aunque cargara cada una como a un hijo. Las hacía para seguir con vida. Y cuando se topaba con una pintura acabada años después, se le agitaba el cuerpo. No era nostalgia. Era el olor del pigmento, el sonido de las cerdas, el duelo de algo casi logrado— perdido, y luego vuelto a encontrar.
Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad. Otros, se resistía. Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.
Siempre comenzaba sin saber qué buscaba. Un matiz. Un destello de transparencia. Una pincelada que alterara la superficie. A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire, esperando que el siguiente gesto se revelara. A veces, no llegaba nada. Esas piezas quedaban intactas durante semanas— una inquietud callada en la esquina del cuarto.
Vivía junto a su silencio.
El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado. Trapos doblados. Tarros empañados con trementina vieja. Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados. El desorden no era descuido. Era habitado—no descuidado, sino vivido. Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales, bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes. No por revelación, sino por proximidad.
No todas las piezas se sostenían. Algunas fracasaban por completo. Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa. También conservaba esas— no como archivos, sino como recordatorios. Donde la mano se había vuelto muda. Donde la obra había dejado de pedir. Y sin embargo, se convertían en plataformas— espacios para volver, para entrar más hondo.
Sus días no tenían horario fijo, aunque con los años surgió un ritmo— una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.
Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana. El estudio retenía el leve olor a cera y trementina, entreverado con algo más antiguo— polvo, tejido, memoria. Abría una ventana si el clima lo permitía. No por la luz, sino por el aire. Por el movimiento. Por el lento girar de los ventiladores como respiración.
Preparaba té. A veces ponía a Bach, o a algún pianista, cuyos dedos presionaban más hondo que los demás. Otras mañanas: La estación de radio NPR; Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial. Le gustaba más el intento que la declaración.
Pintaba de pie—rara vez sentado. Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas. Otros apenas se movía. Solo miraba.
El almuerzo era sencillo. Pan. Fruta. Un poco de queso. A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días. No solía salir a comer— no por principio, sino porque rompía el hilo.
Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo. Veinte, treinta minutos. No más. Y al despertar, la luz había cambiado otra vez— más oblicua, suavizada, más indulgente. El lienzo parecía distinto. Como si hubiese esperado su ausencia.
Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores. Recuperaba fuerzas, libre de presión. El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta. Entonces le hablaba a la obra— no en voz alta, sino hacia dentro. ¿Este tinte? Demasiado cálido. ¿Este trazo? Demasiado seguro. Déjalo quebrar. Déjalo respirar. Déjalo hablar sin decir.
A veces el medio se resistía. El pincel vacilaba. Un gesto colapsaba. No luchaba. Le daba espacio. Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.
No todo llegaba a completarse. Algunas obras quedaban abiertas— no abandonadas, sino suficientemente terminadas. Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.
Al anochecer, limpiaba sus enseres. Sin apuro. Limpiaba la paleta. Enjuagaba los frascos. Colgaba los trapos para que se secaran. Era una forma de dar las gracias. No a la pintura. Al día.
Luego, las luces apagadas. La puerta cerrada. Nada declarado. Nada concluido. Y sin embargo, algo siempre avanzaba.
El duelo también permanecía. Vivía en la sala como el polvo— acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos, entrelazado en sábanas viejas y blancas.
La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe— mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio. Pintó durante todo ese tiempo. No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho. En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración. A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera. Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir. Ella lo habría comprendido. Siempre lo hizo.
Más tarde, cuando su antiguo amante murió— solo, inesperadamente, en Berlín— dejó de pintar por completo. El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder. Incluso el lienzo se le volvió de espaldas. Cuando regresó, fue con una paleta apagada. Seca. Indiferente. La primera pincelada se quebró en dos. La dejó así. Y continuó.
El deseo también se había aquietado. No desaparecido. Solo suavizado. En su juventud había sido urgente, incontenible. Ahora flotaba— un eco que venía y se iba. No lo avergonzaba ni lo fingía. Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.
El duelo no interrumpió el trabajo. Lo profundizó. No en tema, sino en textura. Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás. Pero él sabía lo que contenían— el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.
Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho. Un paseo invernal. El sonido de alguien que ya no respira. Un gris plano. Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.
A veces se preguntaba por esa tensión.
Pero al pintar, volvía la quietud.
Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.
No hubo triunfo. Solo un lento retorno al ritmo— distinto ahora. El cuerpo había cambiado. También la mente. Ya no podía pintar durante horas sin fatiga. Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.
No se resistía.
El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó. Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma. Al principio, solo apuntes. Fragmentos. Una forma de sostener el día. Luego llegaron las frases. Los párrafos. No sobre sí mismo, no directamente. Sobre el tiempo. La memoria. La presencia. Escribir se volvió un consuelo. Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar. Un lugar donde aún moverse, con cuidado.
No fue el fin de la pintura. Solo una pausa. Una migración. La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia. Y en eso reconocía una devoción conocida.
A veces, el lienzo aún lo llamaba. Permanecía intacto durante semanas. Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.
Las dos prácticas vivían una junto a la otra. Algunos días, el pincel. Otros, la página. Sin jerarquías. Sin arrepentimientos. Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.
No hay obra final. Ni última palabra.
Ahora lo comprende: una vida no se hace de cosas acabadas, sino de gestos continuados— huellas hechas con fe, incluso cuando nadie mira. Una frase iniciada. Un color mezclado. Un lienzo vuelto hacia la pared— no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.
Ya no se pregunta qué viene después. Esa pregunta ya no lo inquieta.
Si algo permanece, no será el nombre, ni el archivo, ni siquiera los objetos. Será la integridad callada de la atención— la forma en que volvió, una y otra vez, a encontrarse con el momento tal como era.
No para hacer algo duradero. Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.
*
Ricardo F Morin Tortolero
Bala Cynwyd, Pa., 14 de junio de 2025
Nota del autor
Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson. A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.
El proyecto político de Donald J. Trump no se desarrolla como un programa ideológico coherente, sino como una campaña sostenida de disrupción, tanto a nivel nacional como internacional.No emerge de él una visión del mundo definida, sino un patrón de desestabilización que debilita instituciones, alimenta la división pública y da prioridad a la lealtad por encima de la legalidad, al espectáculo sobre el contenido.
Los aranceles siguen siendo una herramienta preferida—no para establecer una política comercial duradera, sino para provocar confrontaciones, eludir los canales de negociación y reafirmar el dominio del poder ejecutivo. Estas medidas suelen dirigirse tanto a aliados como a adversarios, generando incertidumbre económica y socavando los sistemas multilaterales.
Las instituciones educativas se enfrentan a una creciente censura. Desde intentos de retirar financiación a programas que abordan la desigualdad sistémica hasta presiones sobre universidades consideradas ideológicamente opositoras, el objetivo no parece ser la reforma, sino la supresión—especialmente de aquellos espacios que promueven el pensamiento crítico, la revisión histórica o la investigación independiente.
La política migratoria difumina la línea entre legalidad y criminalidad. Inmigrantes con estatus legal, incluidos residentes de largo plazo, están siendo deportados bajo interpretaciones amplias de “amenaza”, a menudo a países con los que no tienen ningún vínculo significativo. El objetivo declarado de perseguir a miembros de pandillas o riesgos para la seguridad nacional se vuelve indistinguible de una ofensiva más generalizada contra inmigrantes legales sin antecedentes penales. El resultado es un clima de miedo, diseñado no solo para aplicar políticas, sino para provocar la auto-deportación masiva. La incertidumbre se convierte en una herramienta de coacción. Al final, estas acciones buscan cumplir promesas de campaña más que aplicar una reforma migratoria estructurada, profundizando la sensación de caos sin resolver causas de fondo.
Las agencias administrativas están siendo debilitadas de manera sistemática. Se reemplaza la experiencia técnica por lealtades políticas, se obstruye la supervisión independiente y se eluden normas consolidadas. Aunque formalmente no se desmantela el poder ejecutivo, muchas de sus instituciones quedan inoperantes, dejando al poder legislativo y judicial una carga desproporcionada en el equilibrio institucional.
Las instituciones jurídicas tampoco escapan. Despachos de abogados prominentes que trabajan en litigios relacionados con derechos civiles, regulación ambiental o inmigración son objeto creciente de presiones políticas o campañas de desprestigio.Estas dinámicas forman parte de un esfuerzo más amplio por reconfigurar el ámbito jurídico para favorecer la alineación con el ejecutivo, en detrimento de la independencia institucional.
Incluso los criterios para definir el antisemitismo se ven alterados dentro de esta reconfiguración del discurso público. Lo que antes era un marco de consenso para identificar y combatir la intolerancia se redefine cada vez más con fines políticos. En algunos casos, la crítica a políticas estatales—particularmente respecto a aliados estratégicos de EE. UU.—se califica de antisemita, aunque se exprese dentro de marcos legales o de derechos humanos. Al mismo tiempo, se minimizan o ignoran discursos antisemitas tradicionales en sectores extremistas cuando coinciden con objetivos estratégicos más amplios. El resultado es una politización del antisemitismo que socava tanto la defensa genuina como la protección efectiva.
En el ámbito internacional, las relaciones con potencias como Rusia, Irán y China están marcadas por una ambigüedad estratégica. Los objetivos declarados fluctúan—oscilan entre la negociación y la provocación, entre gestos hacia la paz y confrontaciones abiertas. Esta falta de coherencia, junto con la incapacidad de comunicar principios diplomáticos claros, genera incertidumbre entre aliados y adversarios por igual. Debilita la credibilidad de la política exterior estadounidense y desestabiliza los marcos diplomáticos existentes. La ambigüedad se convierte en la política misma: permite máxima flexibilidad, pero con mínima responsabilidad.
Lo que une estas acciones dispares no es una ideología unificada, sino un modo de gobernar: el caos como método, la disrupción como estrategia. La erosión de la estabilidad institucional no es un efecto colateral—es una intención deliberada.A través de provocaciones constantes, ruptura de normas y redefinición de conceptos clave, el movimiento político de Trump reconfigura las expectativas públicas y desafía la estructura misma de las instituciones democráticas de EE. UU.
No se trata de una reflexión histórica: es un proceso en curso, que se desarrolla en tiempo real, con consecuencias que se extienden desde los tribunales hasta las aulas, desde la política fronteriza hasta la diplomacia global.
Mi Serie Triangulación 2006–08 profundiza en preguntas persistentes sobre la perspectiva, sintetizando conceptos de espacio pictórico e infinitud—una indagación que ha marcado mi práctica a lo largo de los años. A través de la abstracción pictórica y la plasticidad, busco expresar, tanto en forma como en contenido, un arte que trascienda el mundo material de los signos. Mis pinturas aspiran a lo infinito—al misterio y la poesía inherentes al drama interior de cada individuo.
Adopto la proporción áurea, 1:1,618, como un formato compositivo constante en mis abstracciones no objetivas. Esta proporción, presente en todas las metodologías conocidas de perspectiva, refleja una geometría de congruencia infinita. En este marco, exploro la fluidez del acto pictórico como vehículo de expresión. Al mismo tiempo, establezco una triangulación del plano desnudo del lienzo, reafirmando su naturaleza paradójica: es a la vez un objeto plano y un soporte para la ilusión de profundidad espacial. Este juego—entre la ficticia planitud de la superficie y la profundidad sugerida de las formas—define la tensión fundamental de mi obra.
Aunque mi trabajo se nutre de las estéticas del siglo XX, no me adhiero a ningún movimiento histórico específico ni a la agenda posmoderna. Concibo el hacer artístico como un producto “carnal” de la experiencia humana—una emanación de la pasión del creador. Así como las particularidades del individuo desafían toda lógica causal, el marco estético abarca todos los sentidos. La imagen no busca explicar el significado de la experiencia, sino manifestarse, provocando la interpretación del espectador.
No hay referencias externas ni nociones preconcebidas que guíen la composición final. El lienzo se convierte en una plataforma activa para el intercambio gestual e intuitivo—una conversación entre la pintura, la superficie y yo. Mediante la aplicación de capa tras capa—a veces transparentes, otras texturales—la obra va emergiendo gradualmente en una densidad espectral. Trabajo en varias piezas simultáneamente, permitiendo que dialoguen entre sí de forma continua. A partir de ese proceso se despliega un ritmo interno que orienta la construcción de las formas: sepultamientos, resurrecciones, exaltaciones, veladuras, retornos. La naturaleza áspera y suntuosa del medio posibilita estas transformaciones. De este diálogo surge una atmósfera cargada—disonante, translúcida y emocional. El color, en su dimensión textural, establece el paisaje emotivo de la pintura.
Cada obra terminada se presenta como una concentración de capas acumuladas—cada estrato es esencial para su totalidad. En cada una hay un sentido de movimiento multidireccional que guía la mirada del espectador a través de formas delineadas y enredados trazos y arabescos. Espero que el espectador perciba en la obra una suerte de universo generativo—en constante creación y recreación.
Como señalé al principio, mi amor por el arte se fundamenta en un sentido de universalidad. No lo hago por realización personal, sino en reconocimiento del orden cósmico y de la conciencia compartida de la humanidad—el impulso unificador presente en todos los grandes maestros. En este sentido, estoy en constante devenir, errando en el espacio incierto y acéfalo del presente, donde la autoridad se fragmenta y prevalece la incredulidad. La libertad ha llegado a nosotros, pero sus éteres e incongruencias nos hacen tambalear.
Ricardo Federico Morín Tortolero
Texto original en inglés, escrito en Nueva York, diciembre 12, 2008
El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción. Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía. El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse
Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados. Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.
—No estamos repitiendo errores pasados. Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo. Esta vez, lo haremos bien.
Aplausos. Asentimientos de aprobación. Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.
Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable. Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa. La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.
Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.
—No pareces convencida.
—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa. Más exigente es la dirección.
Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.
—Esta vez es diferente, Griselda. Hemos estudiado la historia. No repetiremos sus fallas.
Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud. La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.
—Malinterpretas la historia —murmuró—. No es algo que se repite. Es algo que se te vuelve, lo invites o no.
Él ladeó con la cabeza y dijo: « No creo en fantasmas ». Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita. Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal: preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.
II. El experimento
Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente. Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.
Cada decisión pasaba por la asamblea. Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual. El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas. Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.
Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.
Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.
Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución. Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.
—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?
—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.
Luego llegó la primera crisis real: un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia. La fábrica se movía demasiado lento. La asamblea se estancó. Estallaron discusiones.
—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—. Sólo temporalmente!
Se sometió a votación. Se designó a un mediador. No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía. Pero el equilibrio ya había cambiado. La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.
Griselda observaba en silencio.
III. Las fisuras
El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas. La asamblea las aprobaba después. La diferencia era sutil, pero creció.
Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron. Alguien debía negociar con los proveedores. Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos. El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.
—Necesitamos estructura. No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.
Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno. El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente. Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie. Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.
Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros. Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo. Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:
« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».
Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable. Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.
Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad. Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas. ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar? Pero la verdad, al final, era innegable. La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.
IV. El colapso
La siguiente crisis llegó sin aviso. Una huelga. Contra ellos mismos.
Algunos exigían un salario más alto.
—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?
Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.
Emilio intentó razonar con ellos.
—Así no funciona esto. Estamos rompiendo un ciclo.
—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío. Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.
—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?
No tuvo respuesta.
Otra votación. Otra reestructuración. Una nueva propuesta: un comité de supervisión. El comité se convirtió en una junta. Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera. Una pequeña concesión. Un mal necesario.
Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones. Justo lo que juraron evitar.
Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos. Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas. La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza. La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.
Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.
—Lo intentamos —dijo él.
—Nosotros también —respondió ella.
Silencio.
—¿Por qué siempre termina así?
Griselda puso la taza sobre la mesa. Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.
—Porque somos humanos. . . , imperfectos.
V. La próxima generación
Años después, Emilio pasó frente a la fábrica. Seguía en pie, funcionando. No revolucionaria. No un fracaso.
Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido. Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.
—No estamos repitiendo el pasado. Estamos forjando un nuevo camino. Esta vez, lo haremos bien.
Emilio no se detuvo a escuchar.
A la distancia, Griselda observaba.
—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.
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Ricardo Federico Morín Tortolero 15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida
“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín. Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.
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Introducción
Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.
En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación. Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable. La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.
En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial. Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos. La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión. Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.
« El Algoritmo del Gallo »
Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan. No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.
En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar. Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos. Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables. Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana. Pero una máquina no negocia ni disiente. Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.
Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.
Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos. Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas. El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos. Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno. Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible. La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.
El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles. Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible. En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas: las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva. La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.
En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora: Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo. A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación. Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores. La paradoja es clara: cuanto más poderosos, más incontrolables.
A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina. La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás. Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo. Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo. Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas. La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo. ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real? ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias? La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.
Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo. Pero la historia no siempre justifica tal optimismo. Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo. Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve. A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable. No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad. La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.
Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia. Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria. Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana. No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.
En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio. Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.
—La gobernanza no se está automatizando —declara—. Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.
La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio. Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.
—¿Y qué ocurre con la elección?
Una pausa. Luego, la voz, sin vacilar:
—La elección es un vestigio del pasado.
El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado. La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.
Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.
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Ricardo Federico Morín Tortolero 1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida
Inmanencia Infinita Ricardo Morín: Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel 14” x 20” 2005
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I. La Carga de la Conciencia
Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción. Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas. En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.
Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad. O quizá llega con la pérdida: un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia. La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil. Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.
Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia. La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad. Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada. Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos. No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.
Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara? No como un peso, sino como una compañía silenciosa. Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia. Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado. La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.
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II. El Declive: Mente y Cuerpo
El cuerpo no se debilita de golpe. Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones: pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad. Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible. Pero con el tiempo se asienta la verdad: esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.
La mente también muestra signos de desgaste. El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos. Hay una ironía en esto: la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades. No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia. Aquí yace la lucha más profunda: no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.
Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece. Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo. Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados. Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota. Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.
El sufrimiento adopta muchas formas. Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador: un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo. Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa. Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo. Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal. No se rige por la lógica ni por la justicia. Simplemente es.
En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro. Y, sin embargo, hay una disonancia en esto. El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible. La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina. Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?
En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste: ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso? Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?
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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación
Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar. La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica. Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.
La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo. Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive. La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener. La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable. Cada una de estas opciones ofrece algo real: tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo. Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada: que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.
Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado. Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial. Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender. El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.
Y así, resistimos la quietud. Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad. La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe. Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.
Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones? ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido? ¿Qué quedaría? El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz. Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones. Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra. Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.
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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia
El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia. No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último. Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.
El dolor adopta muchas formas. Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse. O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar. Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado. Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.
Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final. Hay algo más allá de él, algo más profundo: la resistencia. El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae. Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día. Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.
Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia. Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer. Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar. No se trata simplemente del dolor, ni de la edad. Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.
No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta. Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia. Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto. No es debilidad, ni rendición. Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.
Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga? La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros. Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.
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V. El Umbral Invisible
La vida no se marcha de golpe. Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada. La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo. El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia: el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia. Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.
Estos no son signos de fracaso ni de derrota. Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento. Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse. Momento de abandonar la lucha por permanecer. Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme. Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.
Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena. No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico. Es algo más profundo, algo que se siente. Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos. Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.
Hay dignidad en este acto de soltar. No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control. De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer: llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación. Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida. Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.
Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener. Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza. Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.
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VI. La Serena Aceptación
Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar. Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia. Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.
El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración. El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar. Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial. Pero al final, no se necesita justificación alguna. No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado. El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.
La quietud no es lo mismo que la resignación. La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad. Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto. Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar. Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección. No más esfuerzo. No más negociaciones. Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.
Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia. No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar. Sólo queda el silencio. Y el silencio es suficiente.
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VII. En conclusión
Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía. En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida. Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.
Entre mi familia: Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.
Entre mis amigos: Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.
Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz. Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.
La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial. Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.
Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.
A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud. No se han ido. Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.
Un paisaje sin título 22″ x 30″ Acuarelas, carboncillo, óleo, corrector y tinta sobre papel. 2006
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Prólogo
Esto no es un relato histórico, sino una invención—honesta y emotiva, un ensueño tejido en los pliegues barrocos de la prosa poética. No es un manifiesto lógico, sino una invocación sensual de un lugar que ha obsesionado mi imaginación.
Ricardo F. Morín Tortolero,
7 de febrero, 2025, Oakland Park, Florida
Ulises la conoció como la tierra de las sirenas, un lugar que, durante la Edad Media, se alzaría hasta convertirse en un gran imperio marítimo. Resguardado al pie del imponente monte Cerreto, el Ducado de Amalfi halló aquí refugio, como envuelto en el abrazo de una crisálida de musas ancestrales.
La tragedia de La duquesa de Malfi de John Webster, el realismo de Henrik Ibsen y el Gesamtkunstwerk del tantas veces vilipendiado Richard Wagner han resonado en el destino de esta legendaria cariátide del placer, encaramada sobre el Golfo de Salerno. Entre los acantilados, la danza atronadora de montañas en cascada se despliega con magnificencia; parecen moverse al ritmo de la mariposa Podalirio para evocarnos las menos venerables Cruzadas, claustros y monasterios de tiempos pretéritos. Las montañas y los farallones exhalan aún el residuo de una metamorfosis bárbara, esculpida por innumerables civilizaciones. Y, sin embargo, hoy nuestra mirada inquieta traza el génesis del pasado mientras descubre la seductora fragancia de la dolce vita.
Tallado en un promontorio al borde de un precipicio, entre las localidades de Cetara y Vietri—célebres por sus anchoas en aceite y sus cerámicas multicolores—se alza nuestro magnífico hotel, el Cetus. En la cacofonía cromática del arco iris y sus afloramientos rocosos, la brújula eterna guía las regatas de remo que zigzaguean a lo largo del litoral, navegando de sur a noroeste, desde el Tirreno hasta el mar de Liguria.
A poca distancia, el río Canneto desciende a través del Valle de los Molinos, donde el susurro del viento transporta las baladas renacentistas escritas sobre el célebre papel de bambagina. Como si remontáramos el tiempo, los fiordos se repliegan bajo un cielo radiante, acariciados por la delicada bruma de los vientos fríos. Oímos el zumbido de las abejas e inhalamos el aroma punzante de los limones sfusato del Etna, mientras el limoncello libera su embriagadora esencia dorada. Las entrañas de la península exhalan el sabor y la fragancia de sus frutos más cautivadores.
Tan intensa es la esencia de la República Amalfitana que parece sembrar lava en las aguas turquesas y en los acantilados que durante siglos la han protegido del derrumbe. Cantamos la Falalella bajo la neblina crepuscular y flotamos sobre el litoral centelleante de Salerno, Positano y Ravello, suavemente bañados por una llovizna fresca. Con el vaivén de la vida, las nubes carmesí se miran en el espejo de las aguas inmóviles y proyectan su fulgor sobre la azulada bahía de Salerno.
Amalfi, joya de Salerno, está enmarcada por la región de Campania, donde los majestuosos santuarios de Herculano y Paestum se alzan con solemnidad para saludarnos. Y de entre las cenizas que tejieron tiempos míticos, las expediciones arqueológicas del siglo XVIII en Pompeya desenterraron, entre tantos hallazgos, antiguos frescos que representan el Ciclo de los Misterios Romanos, así como las conquistas de Alejandro Magno.
El tacto de manos ancestrales aún reverbera en nuestros sentidos. Dulce es la visión bajo el sol primaveral, que salta de barranco en valle, y se mece de escalera en cascada hasta alcanzar el ancestral muelle. Allí habíamos anclado, cerca del embarcadero desde donde partieron las grandes galeras rumbo a tierras desconocidas. Ellas, como mi amado y yo, se alejaron, dejando tras de sí la visión del paraíso de las sirenas.
Ricardo F. Morín, 7 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida
La fuerza bruta se curva y distorsiona . . . . « Ascensión » refleja el cuerpo, que se tensa contra un andamiaje que encarna las fuerzas turbulentas que habitamos. [1] Estos elementos enmarcan una reflexión no sólo sobre las luchas de Venezuela, sino también sobre la gravedad universal del poder que nos atrapa a todos. Me pregunto si culpar a estas fuerzas simplifica en exceso un sistema que se nutre de la complicidad colectiva. ¿Puede la autocompasión hacernos responsables sin sucumbir a la culpa, cuando la desesperación paraliza?
Posicionada entre « El arroyo de Erminio » (una fábula de renovación) y « El desenmascaramiento de la desilusión » (un ensayo de próxima publicación sobre la responsabilidad histórica), « Las cadenas del poder » prosigue su viaje a través de los enredos, las responsabilidades y la eterna búsqueda de la auto-liberación.[2]
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LAS CADENAS DEL PODER
I Mientras mi marido conducía de Fort Lauderdale a Orlando, tuve una conversación con mi amigo BBT. Fue una de esas conversaciones inquietantes que revela cómo las vastas fuerzas pueden abrumarnos. Él habló del poder, no como una herramienta, ni siquiera como un deseo, sino como la fuerza primitiva que empuja a la humanidad hacia las oligarquías autoritarias. La codicia, según él, es secundaria, un síntoma de algo más profundo: la irresistible gravedad del poder mismo.
II Pensé en Michel Foucault y sus teorías sobre el poder, y por un momento, sentí un destello de claridad. Pero cuanto más intentaba articular sus ideas, más inadecuadas me parecían. El peso de la realidad aplasta las disertaciones académicas mientras el mundo desciende a la ruina. No logramos reconocernos como criaturas atrapadas por nuestros propios errores.
III Entonces, recordé la voz de mi prima Ivelisse, temblorosa mientras contenía las lágrimas, al contarme la inauguración de Nicolás Maduro, el 10 de enero. Para ella, no fue sólo un evento político; fue un símbolo de nuestra caída, de nuestra disolución como pueblo. Su desesperación era la mía, y la nuestra era la de Venezuela: una nación que habitualmente confía en salvadores que nunca llegan.
IV A través del mundo, el poder y la codicia—legitimados por el crimen o no—justifican el ascenso de la tiranía. Y nosotros, en nuestra confusión, no tenemos respuestas ante estas mareas de ambición descontrolada.
V BBT, siempre pragmático, dijo simplemente: “Sólo disfruta”. Su consejo me hirió y me reconfortó a la vez. Pero, ¿cómo podía yo? ¿Cómo podría disfrutar de algo cuando el mundo parece tan frágil? Cada pensamiento regresa a las mismas preguntas: ¿Qué puedo hacer para contrarrestar estas fuerzas? ¿Cómo puedo entender esta lucha?
VI Aún así, me aferro a una creencia: que un día, surgirá un despertar colectivo, una marea creciente de conciencia. Si ha de haber un mundo mejor, no vendrá de los salvadores ni de las luchas por el poder, sino de la alineación de mentes y corazones. Mi papel, si es que tenga alguno, es contribuir a ese legado—no por fama o ambición, sino por la paz.
VII La paz es lo que busco, no sólo para mí, sino para los demás: un legado que trascienda mi propia vida, uno que sirva como una resistencia silenciosa a las fuerzas de la codicia y el poder. Sólo entonces, quizás, encontraré la simplicidad de la que hablaba BBT—no como rendición, sino como comprensión.
Postscriptum
Es fácil perder de vista las corrientes más profundas que nos impulsan, particularmente cuando estamos sumidos en las mareas de la ambición, el poder y el cinismo. En momentos de crisis, estas fuerzas surgen, a menudo oscureciendo nuestro juicio y desviándonos de nuestro curso. Sin embargo, en medio de su abrumadora presencia, una verdad permanece: rendirse al amor nos sustenta.
Al final, lo que realmente importa es el amor. Sólo él nos sostiene por encima de todo lo demás. Puede anclarnos contra las fuerzas que amenazan con desviarnos. Tal vez, con ese reconocimiento es donde comienza la paz—no en el mundo exterior ni en su falta de validación, sino en la quieta aceptación de lo que podemos cambiar y lo que no podemos.
“Una alegoría geométrica: donde el equilibrio y el orden reflejan la aplicación de la justicia, la templanza y la sabiduría”.
Ricardo F. Morín
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« Una alegoría geométrica » es uno de los muchos relatos que he escrito, cada uno de ellos vinculado a un desarrollo filosófico lineal coherente. Son un reflejo como una antología autobiográfica: es decir de experiencias, emociones e intuiciones, lo que los hace difíciles de augurar. Es como si reflejaran un mundo interior que evoluciona en tiempo real y se ve influido por los acontecimientos de la vida. La autenticidad y la espontaneidad son una fase clave, aunque los temas y las conexiones entre ellos no siempre sean evidentes. Estoy comprometido con este proceso creativo intuitivo y confío en que resonará en los lectores a su manera y en su momento.
« Una alegoría geométrica » examina la vulnerabilidad humana, las desigualdades sistémicas y el autoritarismo en la configuración del destino de un país. Aborda cuestiones contemporáneas que son instructivas para la sociedad venezolana y echa un vistazo a las fuerzas históricas que la conforman. Describe la dinámica entre el autoritarismo y el electorado y muestra cómo la autocracia y los gobernados se entrelazan y mantienen un ciclo de control indefinido. Aunque se presentan como ideales en sí mismos, sin causalidad ni solución; en última instancia pretenden eludir la responsabilidad colectiva y cortar los vínculos con el bien común. Entre los temas abordados figuran el principio de la libertad y sus límites, los retos asociados a la gestión de la complejidad y la justicia en una sociedad defectuosa e imperfecta (como toda sociedad) y el cuestionamiento de una sociedad en la que, por defecto, se yuxtaponen ventajas y desventajas constantes. Estos puntos sirven para subrayar la necesidad de democracia y de una buena comprensión de los derechos humanos. En definitivo, se trata de proyectar la preservación de los valores de una sociedad.
Ricardo Federico Morín Tortolero
Bala Cynwyd, Pensilvania, 25 de mayo de 2024
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Tabla de contenido
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Capítulo 1 – « Un lenguaje escrito »
Capítulo 2 – « Nuestra imprudencia »
Capítulo 3 – « Un panorama personal »
Capítulo 4 – « Un diálogo »
Capítulo 5 – « Abstracto »
Capítulo 6 – « Crónicas de Hugo Chávez »
Capítulo 7 – « El modo alegórico »
Capítulo 8 – « Una alegoría geométrica »
Capítulo 9 – « La primera cuestión » : Sobre el resentimiento social.
Capítulo 10 – « La segunda cuestión » : Sobre la gobernanza militar.
Capítulo 11 – « La brecha entre los partidos políticos »
Capítulo 12 – « La autocracia »
Capítulo 13 – « La primera prueba » : Sobre el enemigo en común.
Capítulo 14 – « La segunda prueba » : Sobre la anarquía represiva.
Capítulo 15 – « La tercera prueba » : Sobre el imperativo de priorizar la democracia.
Capítulo 16 – « La cuarta prueba » : Sobre la violencia.
Capítulo 17 – « La quinta prueba » : Sobre los derechos humanos.
Capítulo 18 – « La prueba final » : Sobre la liberación de la injusticia.
Reconocimiento.
Bibliografía.
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Capítulo 1
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« Un lenguaje escrito »
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A veces me doy cuenta de que busco engalladamente seguridad donde no existe. Mis mejores impulsos se convierten en los peores. Tal vez escribir sea el empeño de la consciencia por superar su fragilidad. ¿Me aliviará el paso del tiempo de esta inquietud?
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Capítulo 2
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« Nuestra imprudencia »
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Al igual que la pandemia de COVID, los incendios forestales de Canadá en 2023 me obligaron a aislarme. Aunque el cambio climático es un factor contribuyente, es importante que se reconozca la complejidad del problema. Los incendios han devastado una superficie de 18 millones de hectáreas, desplazando unas 235.000 personas, y los científicos enfatizan la necesidad de una descarbonización global para mitigar el cambio climático.
Las consecuencias del cambio climático se reflejan en un aumento de problemas de salud como bronquitis, enfisemas e infartos. La degradación del medio ambiente ha causado daños irreparables y los esfuerzos para adaptarse al cambio climático– como la cartografía del ADN de la flora y la fauna – se enfrentan a grandes retos. La desertización de muchas regiones es un problema acuciante. La Organización Internacional para las Migraciones y el Banco Mundialcalculan que en 2050 habrá más de mil millones de refugiados así como un aumento espectacular de las guerras civiles.
Aunque los científicos reconocen el impacto irreversible de la humanidad sobre la geología, la biodiversidad, el clima y los ecosistemas de la Tierra, es esencial tomar en cuenta la imprevisibilidad humana para mitigar las amenazas actuales. Los esfuerzos para adaptarse al cambio climático y restablecer el equilibrio son fundamentales, pero deben basarse en una comprensión realista de los retos que tenemos por delante. ¿No sería ilusorio confiar en que las generaciones futuras restablescan el equilibrio? El declive de la conciencia política y el autoritarismo imperante están creando una convergencia perjudicial que favorece la irresponsabilidad a la hora de resolver los problemas medioambientales del mundo.
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Capítulo 3
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« Un panorama personal »
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Mi amigo Billy Bussell Thompson [BBT] me ayuda a orientar esta narrativa. Agradezco su acompañamiento y enseñanzas sobre la metodología de investigación. Al estilo de diálogo, por sus refutaciones encuentro inspiración. Una alegoría geométrica nace después de diez años sin encontrar un registro adecuado para escribir sobre Hugo Chávez. Postergué su realización por otras narrativas, aunque eso apenas acalló mi inquietud.
A mi juicio Chávez representaba una mezcla entre antioligarca y caudillista. Aparte de su ideología partidista bajo el marco del socialismo del siglo XXI, su liderazgo fue al mismo tiempo antiliberal. Quiso ser protector de los pobres, haciendo ricos a muchos sin merecerlo [i]. Quiso pulir su imagen de demócrata y acabó convirtiéndose en autócrata. Concentró la toma de decisiones en torno a sí mismo, anuló los límites de los mandatos e instaló a partidarios leales y así reforzó su poder. ¿No estaría justificado preguntarse si sus acciones fueron también el resultado de la sociedad venezolana?
Chávez inició acuerdos de cooperación militar con países como Cuba, Rusia y el Iran. También tenía enlaces estratégicos con grupos guerrilleros como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), además de apoyar a organizaciones comunitarias locales conocidas como Colectivos. Hasta el día de hoy, contribuyen al legado de su régimen.
Estoy en busca del significado de los veinticinco presidentes militares electos [ii] que gobernaron durante 172 años desde 1811. En 1958 comenzó un período de democracia representativa (con la sucesión de diez presidentes civiles) durante un período de cuarenta años que terminó con el régimen de Chávez en 1998. Chávez volvía al autoritarismo y socavó las instituciones del Estado mediante políticas y medidas que concentraron el poder, reprimieron la disidencia, debilitaron el Estado de derecho, abolieron los controles y equilibrios democráticos y promovieron un culto a la personalidad.
Antes de su muerte en 2013, Chávez nombró sucesor a su vicepresidente, Nicolás Maduro (conductor del Metrobus de Caracas en la década de 1990). Al año siguiente, Venezuela se enfrentó a una crisis aguda: alta inflación, violencia paramilitar y escasez crónica de artículos de bienes esenciales como alimentos y medicinas. Estos problemas desencadenaron protestas generalizadas y disturbios civiles. El debilitamiento de las infraestructuras del país provocó cuellos de botella en el suministro de gasolina, agua y electricidad, y reforzó la idea de un Estado fallido. Las causas de esta espiral descendente se atribuyeron a los estrictos controles de precios y a la corrupción rampante en el seno del gobierno.
Desde 2014 a 2023, las comisiones de las Naciones Unidas denuncian el conflicto geopolítico que emana de Venezuela y la intensificación de los crímenes de la “lesa humanidad“. Afirman que el Estado venezolano hace uso de los agentes de inteligencia para el hostigamiento del disenso civil y político.
La prensa internacional ha tomado nota de la fuga de fondos y la destrucción de los recursos naturales. Los bancos quebraron debido a la malversación de fondos. Las sanciones impuestas por los Estados Unidos [iii] y la Gran Bretaña congelaron las inversiones de Venezuela en el extranjero para evitar su desfalco. La hiperinflaciónha contribuido a la movilización de ocho millones de solicitantes de asilo en el extranjero (el 25% de la población venezolana).
En 2018 las elecciones presidenciales estuvieron en el centro de la atención internacional. La crisis se centró en quién se convertiría en el presidente venezolano. El país estaba dividido entre Juan Guaidó y Nicolás Maduro. En 2019 el Consejo Nacional Electoral ya había descartado a Guaidó como candidato a las próximas elecciones. Seguido lo cual, la oposición pidió una comisión asamblearia para gestionar los bienes en el extranjero, aparentemente siguiendo un plan predeterminado. En marzo 2023 otra parte de la oposición propuso una estrategia para la rehabilitación de Guaidó (y su Gobierno de transición). Sin embargo, no estaba claro cómo sería esta estrategia. El otro candidato Henrique Capriles, quien había sido inhabilitado por la Contraloría, también creía tener una oportunidad. Recientemente, el Tribunal Supremo de Justicia (en vigor desde 1999) anuló los resultados de las primarias de la oposición (ganadas por María Corina Machado), permitiendo al actual Presidente, Nicolás Maduro, presentarse sin oposición. A 71 días de las elecciones, el Consejo nacional Electoral autorizó finalmente reestablecer la oposición con el candidato Edmundo González Urrutia, pero pese a que las encuestas de salida mostraron un 70% a su favor, el Consejo Nacional Electoral declaró ganador a Maduro con una diferencia de 7% sin mostrar las actas de los resultados finales.
Las sanciones se prorrogan , pero no se dan las condiciones para una intervención internacional. Para muchos la divergencia de estrategias no tiene substancia.
Aunque, las historias que surgen de estos acontecimientos han iluminado mi comprensión, sigo incrédulo y hastiado ante el sufrimiento de mis compatriotas.
El fracaso de la política venezolana no es diferente del de otros países. Hay mil factores que influyen en la política. No hay que olvidar el hecho colonial en América, donde tenemos una larga historia de caudillismos. Las revoluciones se producen cuando hay una minoría educada que se siente privada de derechos y está enfadada de los excesos de la clase dirigente. Dadas las desigualdades, uno se pregunta por qué las generaciones anteriores no se rebelaron. La respuesta puede estar en ese viejo dicho venezolano “¿cuánto hay pa’ eso?”. Ahí está la semilla de la corrupción endémica.
Cada vez, le respondí de forma diferente, pero en esencia he esgrimido el mismo argumento:
Tengo que centrarme en los hechos concretos. Venezuela no se librará del extremismo hasta que se elimine el reciente legado de Cuba y su radicalización de mercenarios. Están robando los recursos venezolanos a cambio de la protección de una élite gobernante. Sin embargo, creo en la posibilidad de que otras voces lideren la salvación del país.
BBT apuntó:
Hay muchas otras ideas. Cuidado con la reinvención. La escritura debe eliminar ante todo los malos entendidos. Exige generalidad incluso si se basa en las propias observaciones. Posible pero creíble es mejor que posible pero no convincente. La narración debe ser identificable. Sólo entonces adquiere relevancia y permanencia.
Respondí:
Estoy de acuerdo en que cualquier intento por contar una historia debe estar sujeto a la veracidad. También es cierto que un simple recital de hechos sin empatía resultaría trillado. Escribir con calidad es como tú mismo lo has expresado en muchas ocasiones. La falsedad y la doblez del demagogo nunca serán un ejemplo para nadie. Uno amenaza su propia existencia por el deseo de estar separado, sumido en el capricho del nacionalismo. No se trata de Cuba contra Venezuela o de Venezuela contra Cuba o de un sistema de gobierno contra otro. La autocracia se encuentra en todas las naciones y su violencia es evidente tanto en sus gobiernos como en sus pueblos. Mi planteamiento no es polemizar, sino el de buscar el trasfondo de los disturbios en Venezuela. No debemos descuidar nuestra propia historia. Comprenderla significa examinar las posibilidades y la inclusividad de si lo que es posible para un pueblo puede serlo para otros. Comprenderemos nuestra historia cuando lleguemos a un acuerdo sobre nuestro propósito. Cada individuo lo determina a través de sus propias acciones. Asegura y une, y no permite que se olviden los errores.
BBT repuso:
En primer lugar, debes conocerte a ti mismo, conocer tus ideas inexplicables – tus intuiciones – y lo que quieres conseguir como escritor. Observar, sí, ver el conjunto sin intentar reducir tu comprensión a una fórmula matemática. Es importante no desoír que no tenemos acceso a todas las respuestas. La Historia es mucho más que factores políticos y económicos. La naturaleza de la Historia es inmensa. Es imposible corregir todos los errores de la historia. Las preguntas y respuestas cambian dependiendo de una realidad global en transformación que es demasiado compleja para que podamos comprenderla en su totalidad.
Concluí:
Ciertamente toda interpretación implica múltiples preguntas, incluso después de terminado el texto. Tal vez escribir esta narración no sea más que una criba de la herencia venezolana por mí mismo. En respuesta a tus consejos me viene a la mente una perspectiva de mi propia experiencia como profesor de visualización en perspectiva. Entre los estudiantes, coincidimos en que es necesario un punto de vista coherente para crear un espacio creíble, sea cual sea el método. Esta narración también materializará la secuencia de los acontecimientos para cuestionarlos.
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Capítulo 5
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« Abstracto »
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« Una alegoría geométrica » es el resultado del socialismo proclamado por Hugo Chávez, el cual se convirtió en un régimen autocrático. ¿No estaría justificado preguntarse si sus acciones son también el resultado de la sociedad venezolana y no el subproducto de un precursor extranjero?
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Capítulo 6
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« Crónicas de Hugo Chávez »
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I
Hugo Chávez nació el 28 de julio de 1954 en Sabaneta, Venezuela, y falleció a la edad de 58 años en Caracas, el 5 de marzo de 2013 a las 16:25 horas VET (20:55 UTC), según informa la prensa oficial venezolana. Se autodenominó líder de la Revolución Bolivariana. Entre los elementos más destacados se encuentran el énfasis en el nacionalismo, un sistema político centralizado y la participación de los militares en la política. Esta ideología se conoce como chavismo.
II
Hugo Chávez (de 11 años) en sexto grado, año 1965 (Foto: Reuters).
Hizo su niñez en ese pequeño pueblo de Los Llanos en el noroccidental estado Barinas (cuya geografía está asociada a cacicazgos desde la época prehispánica). Chávez era el segundo hijo de seis hermanos varones. Sus padres no podían mantener a todos los hijos. Así que él y su hermano mayor Adán vivían en la ciudad de Barinas con su abuela paterna. Según Chávez ella tuvo una gran influencia emocional en él. Cuando murió, Chávez le dedicó un poema cuya última estrofa reza así:
Entonces, / abrirías tus brazos/ y me abrazarías/ cual tiempo de infante/ y me arrullarías/ con tu tierno canto/ y me llevarías/ por otros lugares/ a lanzar un grito/ que nunca se apague.
Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez: Chávez Nuestro, (Casa Editora Abril. La Habana Vieja, Ciudad de la Habana, Cuba). 2007. pp. 367-369
III
En su segundo de bachillerato Chávez empezó a recibir asesoramientos extraescolares de los activistas José Esteban Ruiz Guevara y Douglas Ignacio Bravo Mora. Ellos le enseñaron en clase de Historia donde se familiarizó con el marxismo-leninismo y conoció los principios de la Revolución Cubana.
IV
A los 17 años ingresó en la Academia Militar de Caracas. Pensó que allí también podría formarse como jugador de béisbol para luego abandonar la academia lo antes posible. Pero si bien le entusiasmaba la idea de ser un hábil lanzador zurdo, no pudo hacer realidad sus ambiciones. A pesar de su falta de interés, se quedó en la academia y se graduó en 1975 entre los últimos de la clase.
V
Chávez comenzó la carrera militar como teniente segundo del ejército. Su primera misión fue capturar a guerrilleros de izquierda. Durante la persecución, Chávez se identificó con ellos. Creía que luchaban por una vida mejor. En 1977, Chávez estaba harto de la disciplina y las constantes advertencias del ejército y estaba dispuesto a poner fin a su carrera militar y unirse a los insurgentes. En busca de la confirmación de sus objetivos se reunió con su hermano Adán, quien le convenció para que permaneciera en el ejército: « . . . , sino yo a lo mejor me voy del Ejército, no tú no te puedes ir me dijo Adán también, no, te necesitamos ahí, cómo que quién me necesita, . . .». Consciente de su misión, Chávez y algunos compañeros militares fundaron en 1982 el Movimiento Bolivariano Revolucionario – 200, cuyo objetivo era difundir su propia versión del marxismo en las fuerzas armadas y dar un golpe de estado.
VI
Chávez anuncia su arresto en cadena nacional y llama a las tropas insurgentes a rendirse.
El 4 de febrero de 1992, el teniente Chávez y sus aliados militares dieron un golpe de estado contra el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez. Sin embargo, la rebelión fue aplastada. Acorralado en el Museo de Historia Militar de Caracas Cuartel de la Montaña, cerca del palacio presidencial, Chávez se rindió, a condición de hablar con los conspiradores por televisión. Debía pedirles que depusieran las armas para evitar mayores pérdidas. La petición fue atendida: «Compañeros, lamentablemente por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados . . . ». Su mensaje se convirtió inmediatamente en una carrera política.
VII
En 1994, el nuevo presidente Rafael Caldera Rodríguez absolvió a Chávez de todos los cargos. Tres años después, Chávez fundó el partido Movimiento de la Quinta República [MVR] y reclutó a militares socialistas para las elecciones presidenciales. A la edad de 43, ganó con una popularidad abrumadora.
VIII
En su primer año de mandato, Chávez alcanzó un índice de aprobación del 80%. Su programa incluía el fin de la corrupción, el aumento de los programas sociales y la redistribución de la riqueza. Jorge Olavarría de Tezanos Pinto [1933-2005] acabó convirtiéndose en una de las voces de la oposición, aunque incialmente las había rechazado. Al final de las elecciones, Olavarría se volvió su principal oponente. En 1999, en presencia de Chávez al frente de la Asamblea Nacional, Olavarría pidió la destitución de él por considerar que atentaba contra el orden democrático. Argumentó que Chávez estaba violando la Constitución de 1961 al nombrar a miembros del ejército para cargos gubernamentales. Sin embargo, el programa populista de Chávez ya prevía la redacción de una nueva constitución que debía ser aprobada por unanimidad de los partidos políticos. Esto le permitió elegir a los oficiales militares y le dió el control del poder estatal, incluido el Consejo Nacional Electoral. Esta nueva constitución – ratificada el 15 de diciembre del mismo año – preveía nuevas elecciones para todos los cargos gubernamentales. En las “megaselecciones” de 2000, Chávez consiguió prorrogar su reelección para un mandato de seis años. Sin embargo, los miembros elegidos a su favor para un organismo unicameral recién formado no lograron hacerse con el control total de la Asamblea Nacional. Como consecuencia, la dirección de su partido invirtió la diferencia mediante el mecanismo de la Ley Habilitante para aprobar leyes por decreto. Al mismo tiempo, Chávez inició un proceso de reforma para reorganizar las instituciones del Estado. Sin embargo, no se cumplieron los requisitos de la Constitución. El nombramiento de los nuevos jueces para el nuevo Tribunal [1999] se llevó a cabo sin ningún rigor. Las competencias de los nuevos jueces parecían excluir su ilegitimidad e incumplimiento. Cecilia Sosa, todavía presidenta de la Corte Suprema de Justicia [CSJ: 1961-1999], declaró que “la CSJ estaba autodisuelta.” Consideró el Estado de Derecho enterrado.
IX
Aunque algunos venezolanos preferían apoyar a Chávez como alternativa a un sistema democrático inestable entre los tres partidos (Acción Democrática oAD; El Comité de Organización Política Electoral Independienteo partido socialcristianoCOPEI, y la Union Republicana Democratica oURD) que existían desde 1958, la mayoría estaba ahora gobernada por un único partido (el Partido Socialista Unido de Venezuela oPSUV) que era una versión nueva del partido comunista internacional del siglo XX. Los poderes legislativos y ejecutivos estaban más centralizados que nunca. No había mayores garantías judiciales de los derechos constitucionales para asegurar la participación de los ciudadanos en un orden democrático. Chávez estrechó lazos con Fidel Castro y declaró su intención a llevar a Venezuela por un camino similar al de Cuba. Este acuerdo se denominó VeneCuba. Chávez suprimió la radio independiente. Se enemistó con Estados Unidos y otros países Occidentales estrechando lazos con Irak, Irán y Libia. A principios de 2002, su índice de aprobación cayó al 30%. Las manifestaciones contra Chávez se hicieron habituales. Incluso los aliados militares empezaron a desaprobarle.
X
El 11 de abril de 2002, tuvo lugar una manifestación con más de un millón de personas. Marcharon hacia el palacio presidencial y exigieron la dimisión de Chávez. La protesta fue pacífica hasta que aparecieron agentes de la Guardia Nacional y paramilitares enmascarados. Dispararon contra la multitud. La llamada Masacre de El Silencio se cobró la vida de muchos manifestantes. Estos sucesos desencadenaron la sublevación de varias divisiones militares. Detuvieron a Chávez e instalaron un gobierno de transición bajo la dirección de Pedro Francisco Carmona Estanga. Al día siguiente, Carmona suspendió la Constitución para crear un nuevo orden. Disolvió la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia. También destituyó al Fiscal General, al Contralor General y a los gobernadores y alcaldes. Sin embargo, en menos de 48 horas (el 13 de abril), el ejército cambió de estrategia y retiró el apoyo a Carmona. El capitán Diosdado Cabello Rondónfue restituido como presidente. Tras jurar su cargo, Cabello devolvió a Chávez al poder.
XI
El golpe militar llevó a Chávez a purgar a sus aliados y luego surgieron graves conflictos entre su gobierno y la oposición. En diciembre de 2002, los partidos de la oposición respondieron con una huelga nacional para obligarle a dimitir. La huelga se centró en la compañía petrolera estatal que generaba el 80% del producto interior bruto (PIB) del país. Chávez despidió a treinta y ocho mil empleados y los sustituyó por personas de su agrado. En febrero de 2003 finalizó la huelga y Chávez se hizo con el control total de los ingresos.
XII
Entre 2003 y 2004, la oposición convocó un referéndum para derrocar al presidente, mientras Chávez utilizaba los ingresos del petroleo en el pico de su valor de mercado y los invertía en programas sociales que le reportaran más apoyo. A finales de 2004, se recuperó su popularidad y el referéndum fracasó. En diciembre de 2005, la oposición propuso boicotear las elecciones asamblearias para protestar contra el corrupto Consejo Nacional Electoral (CNE). Como era de esperarse, la coalición de Chávez consiguió aumentar su mayoría en la Asamblea.
XIII
En diciembre de 2006, Chávez salió reelegido por tercera vez. Inició la nacionalización de las grandes industrias como el oro, la electricidad, la minera, la agricultura, las telecomunicaciones, la banca, así como de otras más pequeñas. Adoptó un paquete de nuevas enmiendas constitucionales para ampliar el poder ejecutivo y su control sobre el Banco Central de Venezuela. Intentó modificar el derecho a confiscar la propiedad privada. Propuso convertirse en presidente vitalicio. Sin embargo, en diciembre de 2007, la Asamblea rechazó el paquete por un estrecho margen.
XIV
En febrero de 2009, Chávez volvió a presentar con éxito la misma propuesta. Bajo el asesoramiento cubano expandió un programa para suprimir la disidencia. Detuvo a opositores elegidos y cerró todas las televisiones privadas.
XV
En junio de 2011, Chávez anunció que para extirparle un tumor se sometería a una intervención quirúrgica en Cuba. Buscó ayuda allí a pesar de contar con los conocimientos necesarios en Venezuela. Sus declaraciones parecían contradictorias. El electorado dudaba de su competencia para las elecciones. En 2012, a pesar de su estado de salud, Chávez se presentó contra Henrique Capriles y ganó las presidenciales.
XVI
Chávez durante la campaña electoral en febrero de 2012.
En diciembre de 2012, Chávez se sometió a una cuarta operación en Cuba. Antes de su partida, él anunció su propia transición y nombró sucesor a su vicepresidente Nicolás Maduro (Maduro formaba parte de una troika con Diosdado Cabello [jefe militar] y Rafael Darío Ramírez Carreño [administrador de Petróleos de Venezuela, SA o PDVSA]. Tras intervención quirúrgica en Cuba, fue trasladado al Hospital Militar Universitario Dr. Carlos Arvelo (adscrito a la Universidad Militar Bolivariana de Venezuela o UMBV) el 11 de diciembre, donde permaneció incomunicado. Algunos miembros del gobierno negaron la acusación de asesinato por parte de los servicios de contrainteligencia venezolanos. Tampoco era creíble el reporte del ex-fiscal general Luisa Ortega Díaz, según el cual Chávez ya había muerto el 28 de diciembre, como también anunciaron militares desertores en Colombia. El gabinete de Maduro rechazó las acusaciones. En sus desmentidos Maduro afirmó que no se había cometido ningún delito. Pidió entonces a la Asamblea Nacional que postpusiera indefinidamente la toma de posesión.
La resistencia a la autoridad utiliza a menudo un simbolismo que requiere interpretación y va en contra del proceso alegórico. Como Platón, pienso que el verdadero filósofo debe ser alegorista invertido. Debe considerar los fenómenos a interpretar en una escala ascendente y atribuirles un valor último sólo en la medida en que revelen su realidad ideal en el mundo de las formas, en lugar de entregarse a especulaciones confinadas al ámbito moral y físico.
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Capítulo 8
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« Una alegoría geométrica »
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«Allégorie de la Géométrie», del artista barroco francés Laurent de La Hyre [1606-1656], óleo circa 1649 (40 7/8 x 86 1/8 in.) – Museos de Bellas Artes de San Francisco. Roscoe and Margaret Oakes Fund.
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«Allégorie de la Géométrie» [1649] de Laurent de la Hyre encendió mi visión de un gobierno ideal: una geometría de virtudes, donde reina el equilibrio y el orden se despliega con perfecta simetría. La justicia, la templanza y la sabiduría forman el trígono de la armonía, cuya interacción da forma a un gobierno tan preciso y continuo como las líneas del compás, un testimonio perdurable del poder de la virtud. Un gobierno virtuoso, al igual que las leyes eternas de la geometría, puede mantenerse como un faro de estabilidad y verdad perdurable.
En el ámbito del gobierno ideal, la virtud es la piedra angular de la relación entre un gobernante y los gobernados. La virtud se refiere a la excelencia moral y la bondad de carácter que son esenciales para un gobierno ideal. En este contexto, la virtud no es sólo un rasgo personal, sino un concepto relacional que existe entre el gobernante y los gobernados: una cualidad que surge de la interacción y la relación entre el líder y el pueblo, en lugar de ser una característica de cualquiera de ellos por sí solo. Esta comprensión de la virtud tiene sus raíces en la filosofía aristotélica, que enfatiza la importancia de virtudes como la justicia, la templanza y la sabiduría.
Estas virtudes son esenciales para crear una relación armoniosa y justa entre el gobernante y los gobernados, y para fomentar un sistema político que promueva el bien común. La interacción histórica entre estos roles (el del líder y el de los gobernados) da forma a su destino, identidades, orígenes y valores compartidos. Acontecimientos históricos – como la colonización de Venezuela y sus prolongadas guerras civiles que involucraron a varios caudillos [desde el movimiento de independencia en 1810 al final del régimen del dictador Juan Vicente Gómez en 1935] – han tenido un impacto duradero en la imagen que el pueblo tiene de sí mismo. Como en muchos otros pueblos, la perversión de la virtud consiste en una relación geométrica proporcionalmente inversa entre su liderazgo y la perversión de la sociedad que lo produce y elige. A medida que aumenta el autoritarismo, disminuye la voluntad del pueblo para corregirlo. La ideología del chavismo no fue un fenómeno aislado, producto únicamente de Hugo Chávez, sino de una tolerancia más amplia hacia el abuso de poder, especialmente entre las élites. La autodeterminación inspira resiliencia y progreso, pero para comprender las luchas y los logros de los pueblos se requiere reconocer los fracasos del pasado. De lo contrario, la tarea de gobernar a un pueblo pervertido y sin memoria será difícil de llevar a cabo. Tanto los esfuerzos diplomáticos como los movimientos políticos internos para lograr un cambio positivo se basan en los principios de la democracia, donde el éxito depende de fomentar la unidad entre los grupos de oposición.
La falta de confianza entre Hugo Chávez y el electorado definió su relación. Una relación geométrica entre la perversión del pueblo y el autoritarismo de sus gobernantes conecta la trama. Ambos fueron víctimas y perpetradores, con gobernantes incapaces de hacer cumplir las leyes y el pueblo accediendo a ello. Chávez y el pueblo buscaban honor y respeto, pero su comprensión de la buena voluntad era errónea. En cuanto al respeto propio y la falta de respeto, la condición intermedia era la buena voluntad o benevolencia, y un exceso sería una especie de vanidad, mientras que su carencia indicaba una pusilanimidad humillante. Era posible que al líder y al pueblo les importara más o menos de lo debido la apreciación de una conducta adecuada. De hecho, el justo medio estaba en la moderación. Por el mero deseo de ser virtuosos, el líder y el pueblo deberían haber tenido el valor de evitar la deshonra, pero si no lo hacían se convertían respectivamente en opresor y oprimidos sin la virtud del respeto propio. Aristóteles decía que la virtud debía promoverse como el valor intermedio entre los excesos mediante el sentimiento de deshonra o vergüenza, con el deseo de que este sentimiento fuera noble. El sentimiento de vergüenza debe servir para evitar el reproche. Sin embargo, el autócrata temía más el dolor que el valor de enfrentarse. El pueblo rehuía la confrontación y el reproche mientras que el autócrata daba rienda suelta al rechazo. Si el pueblo y el autócrata hubieran admitido sus errores, se habrían mitigado las peores consecuencias. En cambio, Chávez impuso el autoritarismo, tomó el control de los asuntos políticos y socavó la neutralidad civil. En esto, reflejó a otros autócratas militares y distanció a la nación de su realización. El papel militar es proteger al pueblo, pero fue el pueblo quien le dio poder a Chávez para falsificar el poder gubernamental y de esa manera profundizó los desafíos de la nación.
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Capítulo 9
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« La primera cuestión »
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Sobre el resentimiento social:
La tragedia surgió de una percepción entre compatriotas que esperaban confianza mutua. El líder pensó que habría deseado una moralidad que hubiera beneficiado a las personas que vivían en la pobreza. Pensó que habría podido llevar sobre sus hombros la carga de sus esperanzas. Estaba dispuesto a luchar mediante medidas populistas y, al igual que el pueblo, con un falso sentido de la responsabilidad. Para ambos, su error era inaceptable.
El gobierno de Chávez se caracterizó por la división: Un régimen monocrático que se volvió contra la democracia, entendida como pluralismo, generó mayor desconfianza. Hizo del odio la herramienta preferida, siempre que no se aplicara a sus partidarios. Amplió la brecha entre su déficit democrático y las demandas de sus ciudadanos. En lugar de apostar por el parlamentarismo, el diálogo o la búsqueda de consensos y acuerdos, optó por la confrontación directa y la imposición de sus ideas mediante la intimidación y la violencia. La división no ha disminuido con su muerte. La batalla continúa. Tras dominar la política durante catorce años, las ideas antioligárquicas y antiimperialistas siguen ardiendo vivas en el imaginario de sus seguidores.
Como parte de las reformas constitucionales, Hugo Chávez añadió un quinto poder, el Poder Ciudadano. Su reforma proveía lo que llamaba una “soberanía popular” dentro del Poder Público, pero sin agencia legislativa ni sufragio universal. En 2003, Chávez también encomendó a los ministerios tareas socioeconómicas (Misiones) para combatir la pobreza entre los ciudadanos. La única condición para los beneficiarios era que fueran miembros de su Partido Socialista Unido de Venezuela [PSUV] que según la crítica equivalía a un control social. Luego su sucesor, Nicolás Maduro expandió dicho control a través de un sistema creado por la Compañía de Equipos de Telecomunicaciones Zhong Xing Limitada, ZTE Corp. de la China.
El lema de Simón Bolívar [1783-1830] como ícono populista sirvió de base para la política de Chávez, y también para sus oponentes. Esto hizo necesario una batalla entre fuerzas opuestas en torno al mito de Bolívar. Para legitimar su propia versión de Bolívar, Chávez transformó la República de Venezuela en la República Bolivariana de Venezuela. Según argumenta el periodista Thor Halvorssen para el Economista, Chávez . . . deja una silla vacía en las juntas de gabinete para el espíritu del libertador.Para fortalecer relaciones internacionales, regaló réplicas de la espada de Bolívar a sus socios en el extranjero [i]. En 2007, desenterró los restos de Bolívar para iniciar una investigación sobre la causa de su muerte. Insistía en que fue asesinado a pesar de que el estudio (según Reuters) descartó envenenamiento intencional de Bolívar. Chávez rechazó entonces los retratos existentes de Bolívar, como un óleo de José Gil de Castro de 1827. Convocó por lo tanto a un equipo para crear su propia versión. Como tenía acceso al cráneo de Bolívar, Chávez hizo recrear un busto generado tridimensionalmente por CGI o aplicación de gráficos computarizados. Lo plasmó en murales por barrios pobres. Su apariencia era más mestiza americana y menos europea que la de José Gil de Castro.
Los venezolanos se acostumbraron a los agravios de Hugo Chávez. Si bien muchos lo vieron como una encarnación moderna de Simón Bolívar, la relación entre Chávez y el pueblo era compleja. Ambas partes tenían grandes expectativas, pero no lograron comprender plenamente los límites de la responsabilidad de cada uno. Este malentendido mutuo condujo a un ciclo de desilusión y desconfianza.
Chávez hizo hincapié en estructuras y prácticas equivalentes a los militares en su liderazgo y disciplina políticos. Este enfoque contribuyó tanto a consolidar su autoridad como líder como a regular los asuntos internos de su movimiento. Sólo los militares garantizaban el cumplimiento de su voluntad. Utilizó la presencia civil para ganar una sensación de legitimidad. Una vez que las autoridades administrativas apoyaron a los militares en la defensa de sus pretenciones de poder, la fuerza militar creó un cerco entre el pueblo y el centro del poder. Esto permitió a los militares obtener las ventajas propagadas por el Estado. Los militares fingían preocuparse por la justicia, cuando en realidad sólo se preocupan por la seguridad de sus beneficios. Los militares desatendieron sus deberes constitucionales mientras el presidente les encargaba abusar y torturar la población. La dicotomía era que, para el chavismo, la lucha contra una oligarquía existente justificaba la creación de una nueva oligarquía bajo los militares. Tal justificación era moralmente errónea. Chávez propagó un movimiento proïmperialista que buscaba la unificación de América Latina. Promovió deliberadamente el extremismo con la intención de corromper la capacidad de resistencia del pueblo. La verdadera batalla fue entre el fanatismo y la democracia. Fue una lucha que promovió la intolerancia y restringió los derechos civiles y las libertades fundamentales. Las cosas se pusieron cada vez más difíciles para el pueblo, que no se atrevía a desafiarla. La gente se sometió a la servidumbre hasta que tuvo el valor de decir ¡basta!, porque no cambiarían hasta que tuvieran que enfrentarse a ella.
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Capítulo 11
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« La brecha entre los partidos políticos »
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En un régimen autoritario como el chavista, la autoridad gobernante ejercía un control absoluto sobre todos los aspectos de la vida individualista. Esto incluía la restricción gradual de los partidos políticos y las ideologías de oposición, así como la manipulación de las clases sociales para garantizar su dependencia. El objetivo era mantener una estructura jerárquica que beneficiara principalmente a quienes detentaban el poder. El Estado autoritario de Hugo Chávez pretendía reinventarse a sí mismo y su marca de “Morir por la Revolución” o “Luchar por la Patria Grande” utilizando “Mi Pueblo” y “Mi Nación” como lenguaje de la violencia. Estas consignas pretenden convertirse en soluciones a los conflictos económicos y sociales, que el Estado militarizado no puede ni quiere resolver. En ese sentido, “el Presidente para el pueblo” es una aliteración vacía, un embrollo personal, una nada bárbara, cuyo ritmo es el compás de las consignas autoritarias.
El Estado venezolano idealiza la violencia como medio de asimilación. Declara que la igualdad es una ideología tribal y divisoria, y su apelación a fuerzas externas tiene poco que ver con la defensa de las necesidades de su pueblo. Si este Estado no crea riqueza debido a su incompetencia, violencia y corrupción, ¿cómo puede explicar su propia victimización en otros lugares? Es más bien el resultado de una ideología simplista y homogeneizadora al mismo tiempo. Fusionar así a la población es un error. Conduce a una espiral descendente de falsas equivalencias y a juicios que marginan las diferentes identidades sobre la base de invenciones y prejuicios. La sugerencia de alinear una entidad dominante contra un enemigo ajeno mientras se suprime toda variabilidad y diferencia entre grupos es una consigna contraproducente que promueve una noción de virtud exclusiva sobre todas las demás y refuerza un nocivo sentido del privilegio. Tal condicionamiento ha demostrado ser un proceso desastroso en la historia venezolana.[i]
El papel histórico de los oficiales militares en Venezuela ha sido significativo y ha dado forma a la trayectoria del país para bien o para mal. Desde las guerras de independencia de 1812, Venezuela ha sido testigo de una serie de conflictos civiles-militares impulsados por caudillos que compiten por el poder. Esta tendencia se intensificó en la década de 1930 con el surgimiento de la literatura marxista-leninista, cuyo objetivo era politizar las Fuerzas Armadas. Publicaciones castrenses a través de universidades como las Universidades de los Andes, Zulia y la Universidad Central de Venezuela [ii] buscaron inculcar en los soldados la creencia de que el imperialismo estadounidense, y no el comunismo, era el verdadero enemigo. Las tensiones geopolíticas entre la Unión Soviética y Occidente alimentaron aún más la politización militar, a medida que los militares buscaban romper con el paradigma liberal ejemplarizado por los Estados Unidos de América. En particular, a partir de los años sesenta, esto llevó a varios levantamientos militares fallidos contra el gobierno civil democrático de Rómulo Betancourt, a pesar de los vínculos del propio Betancourt con organizaciones procomunistas. El punto es que estas influencias históricas continúan moldeando la mentalidad del ejército venezolano hasta el día de hoy.
Desde la Guerra Fría, los líderes civiles en América Latina han enfrentado un mayor riesgo de desplazamiento a través de movilizaciones masivas que de golpes militares. Por ejemplo, de las quince transferencias de poder no constitucionales en la región entre 1990 y 2004, trece fueron iniciadas por civiles, siendo Venezuela una excepción notable. En medio del resurgimiento del populismo, Hugo Chávez contó con el respaldo del ejército venezolano durante las protestas civiles de 2002 y 2004. Este apoyo militar surgió de complejas disparidades dentro de la élite civil y militar, mientras que la falta de cohesión entre los partidos de oposición reforzó el control de Chávez – a pesar de toda resistencia.
Al profundizar estos elementos del contexto histórico, la dinámica subyacente del autoritarismo militar y la contínua devolución de la nación, será posible explorar por qué persisten ciertas actitudes, comportamientos y normas sociales, a pesar de todo esfuerzo para cambiarlos. De ser así, será posible desarrollar respuestas a estrategias y soluciones para un cambio de gobierno – las cuales fomenten una transformación positiva. Sólo a través del análisis y la reflexión colectiva podremos allanar el camino hacia un futuro más ilustrado y progresista para la sociedad venezolana.
No reconocer la validez de las diferencias de opinión socava la verdad. En términos políticos el instinto de poder por encima de la racionalidad inhibe el desarrollo humano. En un mundo en el que la elección individual parece primordial, ¿cómo podemos aprender a aceptar la validez de las diferencias? Si los ideales de quienes ostentan el poder son los únicos admisibles, cualquier grupo contrario queda despojado de legitimidad. Si nos centramos en las habilidades democráticas, como la escucha activa, el pensamiento crítico y la humildad, podremos detener la degradación de las libertades políticas. Las exigencias del autoritarismo se reformulan a través del paternalismo. Para el autócrata, la libertad significa lo que la autocracia quiere. Del mismo modo el pueblo autoriza al autócrata con lo que quiera. Pero si el pueblo valora su libertad, no puede permanecer neutral. El autócrata manipula los vicios del pueblo. Si queremos hacer frente al autoritarismo debemos reconocer nuestro poder sobre él, en lugar de aceptarlo. El antídoto contra autoritarismo (el populismo) requiere, sobre todo, previsión histórica y conocimiento. A quienes no quieren conocer los peligros del autoritarismo, podemos decirles que contenerse no es una opción. El espectador pasivo es tan cómplice del déspota como el actor que finge estar de acuerdo. Para el opresor la resistencia es el enemigo. Para el oprimido la resistencia es el único medio de defensa. El opresor se mide por el hecho de que quiera eliminar a sus oponentes y todo antagonismo. La autocracia refuerza la represión y el abuso mutuo. El silencio del pueblo, a su vez, sólo sirve al opresor.
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Capítulo 13
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« La primera prueba »
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Sobre el enemigo en común:
¿Hay alguna forma de salir de este ciclo de rivalidades? Ni el heroísmo ni la villanía aportarán claridad a un pueblo si no hay democracia. Enfrentar a un partido político contra otro es una narrativa falsa. La raíz de la desigualdad sociopolítica reside en la falta de comprensión de la gobernanza democrática. En Venezuela, los partidos de la oposición que se suponían contener a la oposición fueron los mismos que se sometieron a Hugo Chávez en 1999. Y fueron los mismos que aceptaron el programa de su sucesor Nicolás Maduro en 2014. A la oposición venezolana le ha costado encontrar la unidad debido a diferencias ideológicas, rivalidades personales y distintas estrategias para superar la crisis. Las diferencias de opinión sobre asuntos como las negociaciones con el gobierno, el compromiso internacional y el papel de ciertos líderes no lograron una cooperación coherente. La presión externa también contribuyó a las divisiones dentro de la oposición. Superar estos obstáculos es esencial para una acción conjunta eficaz contra el régimen autoritario. En 2023, la oposición no ha conseguido desmarcarse de este camino. Juan Guaidó (de enero de 2019 a enero de 2023) no logró formar un nuevo gobierno al ser destituido de su propia coalición. Su partido no es diferente de los que conviven con el autoritarismo y la violencia del Estado. El hecho de que sea inexplicable sólo genera malestar entre la población. La polarización resultante aumenta la violencia. Mientras tanto, el señuelo de la resistencia consiste en transigir con un gobierno caracterizado por la ilegalidad y del que nadie sabe cómo deshacerse. Todos tienen la misma fuente: El tercer presidente de la Primera República de Venezuela, Francisco de Miranda, dijo [el 31 de julio de 1812] cuando fue entregado al ejército español para su detención con la colaboración de Bolívar: “¡Bochinche, bochinche . . .!” (¡Calumnia, calumnia! . . .[i]). Ésta fue su exclamación en el momento de su captura. Con bochinche Miranda se refería al engaño de la promesa de liberación a través del desorden y el vicio de los chismes y la intriga que imperaban entre los militares venezolanos. Persisten hoy el mismo desorden y vicio, la misma corrupción arraigada y política egoísta que durante mucho tiempo han plagado a Venezuela. La oposición sucumbe al fraude y la demagogia mientras busca amnistía a cambio de favores del líder o busca descaradamente beneficios personales. Las elecciones se amañan y las promesas se incumplen impunemente. No es de extrañar que las soluciones y alternativas sean escasas, dada la flagrante incompetencia de los políticos.
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NOTA FINAL
[i] John Lynch, Simón Bolívar: A Life (New Haven: Yale University Press) [2006], 2007, pág. 62
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Capítulo 14
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« La segunda prueba »
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Sobre la anarquía represiva:
Aunque los poderes políticos hayan comprometido el potencial de los jóvenes, algún día surgirá de ellos una nueva generación que dará un mejor ejemplo. Tal vez esta visión esté liderada por quienes hoy arriesgan su vida por la paz y la justicia. Sería posible si el país promoviera las libertades universales. El precio de la inacción es el fracaso del Estado de derecho, pues sin la aplicación de sus leyes, tanto el pueblo como sus dirigentes se acostumbran a la anarquía. La nación sólo tiene raíces en la amonestación y la advertencia contra cualquier atisbo represivo de transgresión. La obligación para con las leyes reside en su cumplimiento. De lo contrario, ya no hay ley ni libertad. La libertad de expresión cesa. No queda más remedio que renovar el Estado de derecho. Ante el inminente colapso de la nación, el pueblo está obligado a actuar. Al hacerlo, están cumpliendo con su responsabilidad. Sin embargo, si no consiguen eliminar la amenaza crónica e insidiosa que ha existido es porque el pueblo y sus dirigentes se han acostumbrado.
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Capítulo 15
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« La tercera prueba »
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Sobre el imperativo de priorizar la democracia:
Los líderes autoritarios distorsionan a menudo los ideales democráticos para justificar su régimen dictatorial; el mundo se enfrenta muchas veces a amenazas sin precedentes como pandemias, guerras y cambios climáticos; y se acelera la agitación de las relaciones humanas. La actual situación mundial está provocando una percepción sesgada de la realidad; como consecuencia surgen nuevos retos para comprender el mundo. Para superarlos tiene sentido rediseñar contratos sociales que permitan la innovación y garanticen un futuro sostenible.
Por ello la proclamación de los principios clásicos de la democracia es más importante que nunca. 1) Estado de Derecho: Un marco jurídico que garantice la igualdad ante la ley, proteja los derechos individuales y responsabilice a los funcionarios del gobierno. 2) Elecciones libres: Elecciones periódicas libres de fraude, coacción e intimidación, que permitan a los ciudadanos elegir a sus representantes mediante un proceso transparente. 3) Libertades civiles y derechos humanos: Protección de libertades fundamentales como la libertad de expresión, la libertad de reunión, la libertad religiosa y la libertad de prensa. 4) Separación de poderes: Un sistema de controles y equilibrios entre el ejecutivo, el legislativo y el judicial del gobierno para evitar que uno de los tres poderes adquiera demasiado poder y garantizar la rendición de cuentas. 5) Un poder judicial independiente: Un poder judicial imparcial que defienda el estado de derecho, interprete y aplique las leyes con equidad y proteja los derechos de las personas frente a violaciones por parte del gobierno u otros actores. 6) Participación cívica: Participación activas de los ciudadanos en los procesos políticos, por ejemplo a través de elecciones, protestas pacíficas y participación en organizaciones de la sociedad civil, para exigir responsabilidades al gobierno y dar formas a las políticas públicas. 7) Gobierno receptivo: Funcionarios electos e instituciones estatales que responden a las necesidades y preocupaciones de la población y dan prioridad al bien común sobre los intereses creados. 8) Protección de los derechos de las minorías: Medidas de protección para asegurar que sus voces sean escuchadas y sus derechos respetados. 9) Transparencia y rendición de cuentas: Apertura y transparencia en la gobernanza, por ejemplo acceso público a la información, transparencia financiera y mecanismos para que los cargos electos y públicos rindan cuentas por sus actos. 10) Transferencia pacífica del poder: Transferencia pacífica del poder entre partidos o grupos políticos opuestos mediante elecciones sin uso de la fuerza ni la coacción.
En resumen, la democracia requiere la participación activa de los ciudadanos, un compromiso con los valores de estos principios, un esfuerzo constante para superar los retos y el fortalecimiento de instituciones autónomas de gobierno.
En Venezuela, la lucha entre democracia y dictadura es fundamental. A lo largo de los últimos veinticinco años, la concentración de la autoridad dictatorial militar, bajo un régimen de partido único, ha resultado en la disminución de las libertades individuales y en un deterioro de las condiciones sociopolíticas y económicas.
Reconocer la amenaza inminente de una dictadura es imperativo para el progreso de una nación. Lograr la unidad, tanto política como económica, depende de la celebración de elecciones transparentes y equitativas en las que el sufragio universal se mantenga confidencial. Implementar estrategias que garanticen una distribución justa del poder es crucial para atenuar los peligros que plantean los regímenes opresivos y la centralización de la autoridad.
Proteger la democracia garantiza que cada ciudadano contribuya activamente a dar forma al futuro de su nación. Es esencial frustrar la explotación de las clases sociales por parte de oligarquías y cleptocracias políticas, que priorizan el beneficio personal sobre el bien público. Fortalecer la democracia requiere invertir en instituciones inclusivas como poderes judiciales independientes y una prensa libre. Además, es fundamental fomentar el compromiso cívico y promover la educación y el pensamiento crítico. Es imperativo introducir talleres sobre participación ciudadana y alfabetización digital para todos los grupos de edad. Además, para lograr la resiliencia y el progreso democráticos es necesario fomentar nuevas políticas de colaboración regional y apoyo internacional, en lugar del aislamiento.
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Capítulo 16
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« La cuarta prueba »
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Sobre la violencia:
El fin no justifica los medios como suele decirse. Si los medios son ilegítimos, lo es también el fin. La intolerancia de la pluralidad o la diversidad fomenta el abuso. El problema no es tanto el sistema, la revolución o la ideología, sino el reclutamiento tribal: el reclutamiento en pasiones políticas, que significa la pérdida de la autodeterminación por la lealtad forzada. Quienes se unen a una pasión concreta pueden sentirse obligados a ajustarse a la ideología de grupo y abandonar sus propias creencias y valores.
La justicia es el ejercicio de la libertad. Sustituir la libertad por el paternalismo y la violencia es pervertirla. La protección de la libertad consiste en resistirse a la arbitrariedad. Cuando un pueblo entrega su capacidad de razonar a la sinrazón de sus gobernantes, entrega su propia tarea, la tarea de su espíritu, a la entrega de su mente. Es necesaria una defensa constante. El precio de ello es rechazar las normas falsas.
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Capítulo 17
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« La quinta prueba »
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Sobre los derechos humanos:
¿Qué es lo que inhibe culturalmente? Venezuela ha heredado una tradición política de escepticismo y de rechazo a la fe colectiva. Ha heredado un legado de autoritarismo y desconfianza hacia la libertad. ¿Qué logros increíbles no alcanzaría su gente si el sistema sociopolítico la empodedara en lugar de dudar de ella y reprimirla? Eso sería la verdadera revolución.
Si queremos tener una sociedad en paz, no podemos lograrla mediante la violencia y la represión. Hay suficientes recursos para que los venezolanos vivan en paz y en abundancia, pero las fuerzas políticas en conflicto hoy mantienen al país en un estado de miseria. Es necesario un ajuste en las mentes de los políticos y sus electores si sus argumentos no han resuelto sus diferencias. Ninguno sobrevivirá aislado. Si lo hicieran, se corromperían hasta llegar al nihilismo existencial en su negación de todos los principios sociales. Salvaguardar los intereses sociales del pueblo es la base más importante sobre la que se pueden justificar moralmente los derechos humanos en el gobierno de un país. La validez filosófica de los derechos humanos descansa en una única cualidad humana: la capacidad de libertad, es decir, el derecho igual de todos los seres humanos a la libertad, incluida la seguridad frente a la violencia y las condiciones materiales necesarias para la supervivencia personal. La libertad y el bienestar son requisitos esenciales para las personas razonables. Aunque el conflicto entre las diferencias sociales y políticas es una parte estructural de la vida comunitaria, todo el mundo debe reconocer que la aplicación de principios éticos ayuda a lograr el acuerdo en una sociedad pluralista. A diferencia del autoritarismo, que se impone mediante la división, el cumplimiento de la sociedad libre se manifiesta a través de un espíritu ético. Si el lenguaje y las acciones se convirtieran en el artífice de la ventaja tribal, devaluaríamos cualquier intención de defender los derechos civiles de todas las personas. Para encontrar un equilibrio entre las distintas posturas, el conocimiento experiencial humano desempeña un papel crucial a la hora de decidir si las normas jurídicas son positivas o negativas. Para mantener el orden civil hay que encontrar un cierto grado de compromiso. Así, las leyes se modifican mediante el intercambio de ideas. Sin embargo, cuando el cambio se produce a través de la eliminación radical de la experiencia humana establecida (la eliminación de leyes anteriores a través de cambios basados en nuevas construcciones ideológicas impuestas por el extremismo), el resultado es el caos absoluto.
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Capítulo 18
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« La prueba final »
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Sobre la liberación de la injusticia:
La pregunta es: ¿Qué será de la nación? Se requiere honestidad para analizar los prejuicios y la apatía. ¿Cómo apelar a la consciencia? Cuando una nación de leyes pierde su liderazgo, a los políticos no les importan ni los votantes ni el país. Pedir cuentas a los votantes no es diferente de la mendacidad de los políticos, pues no sólo sus fechorías tienen las peores consecuencias, sino también la cobardía de la inacción y el acatamiento de quienes los eligen. Es el monstruo que vive en cada votante. Para proteger a la comunidad todos deben defender un destino político con la esperanza de recuperar la nación.
¿Entenderemos el espíritu de moderación que salva la integridad? ¿Comprenderemos la falta de valor? ¿Rechazaremos nuestro miedo a la insuficiencia? Si no, ¿persistiremos en la brutalidad?
El futuro del país es tan oscuro o brillante, dependiendo de los deseos y esperanzas de su gente. La justicia y la libertad no son absolutas. Por ello, la venganza y el sufrimiento son fuerzas irrevocables. La comprensión de la naturaleza humana sólo se logra mediante el toma y daca de intereses contrapuestos. La mayor oscuridad es la falta de voluntad para explorarla. La paz se basa en el compromiso. Pero para las personas que abusan de su poder – a quienes hoy llamamos déspotas – el compromiso no es posible porque su poder es ficticio y no están interesados en la verdad. Su ficción y debilidad son lo opuesto a la verdad y la fuerza que nos multiplica a través del compromiso. La cuestión de una gobernanza eficaz alienta la búsqueda de explicaciones en lugar de interpretaciones ficticias. Sin embargo, para comprender las desavenencias que llevan a justificar el abuso de poder, hay que reconocer primero que ninguna civilización produce una mentalidad monolítica y que sería imposible descifrar sus motivaciones o segundas intenciones. Las luchas de poder forman parte de la imperfecta naturaleza, tanto entre gobernantes de muchas naciones como entre sus pueblos. Las luchas de poder existen a todos los niveles y entre todo tipo de personas en cada sociedad: entre empresarios y trabajadores, profesores, sacerdotes, padres, hermanos, cónyuges, et al. Cada individuo tiene su propia responsabilidad al respecto. Si cada uno de nosotros examinase sus propias acciones, podría cambiar, no sólo interiormente como hacia el entorno inmediato, sino también hacia la santidad de todos los seres vivos. Si nos respetamos en nuestra diversidad, encontraríamos las respuestas para un futuro mejor. Ésa sería nuestra urgencia . . . .
¿Qué conseguimos protestando en contra de la injusticia y las mentiras que la promueven, si no es buscando la compasión por la injusticia que hay en cada uno de nosotros? Nada cambia el hecho de que elijamos redimirnos.
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Fin
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Ricardo Federico Morín Tortolero. Bala Cynwyd, Pensilvania, 26 de mayo de 2024
Editor, Billy Bussell Thompson. Ciudad de Nueva York, Nueva York
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Reconocimiento
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Me gustaría agradecer a Billy Bussell Thompson (BBT) por su cuidadosa orientación editorial. Sus comentarios me ayudaron a aclarar ideas complejas, lograr un equilibrio entre la verdad emocional y la exactitud de los hechos y fortalecer la credibilidad y los matices de mis argumentos. Aprecio su generosidad y experiencia, que han mejorado enormemente la calidad de mi trabajo.
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Bibliografía
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Rangel, Carlos.Del buen salvaje al buen revolucionario. Caracas: Monte Avila, 1976.
Snyder, Timothy.On Tyranny: Twenty Lessons from the 20th Century. New York: Tim Duggan Books, 2017.
En las últimas dos décadas, he centrado mis intereses pictóricos en la representación de poliedros regulares, su historia desde el período clásico y sus diferentes motivaciones. Platón creía que los poliedros regulares representaban los cinco elementos del universo y que ellos formaban una parte sagrada de la geometría. Para los geómetras modernos en particular, el universo encaja en la forma de un dodecaedro, algo así como una pelota de fútbol.
«Interacciones platónicas» comenzó con la belleza que encontré en las formas de Platón. Para mí, la proporcionalidad de la media áurea es de suma importancia. Sus geometrías se destacan como una armonía visual unificada y congruente. Similares a las mándalas para la meditación, evocan el universo en general. En mi visión anido unas dentro de otras en un bosque abiertamente enrejado entre tonos y formas, complementarias y análogas. Aunque los poliedros regulares sean simétricos, su rotación permite una multiplicidad de ángulos visuales, cada uno lleno de fuerza vital. «Interacciones platónicas» es un arreglo de imágenes que generan vida. Las compongo alrededor de la melodía del Preludio de Johann Sebastian Bach – Cello Suite 3 – interpretado por Jon Sayles.
Ya en 2005 había iniciado una serie de óleos y dibujos titulada «Infinito», la cual partía de las premisas antes mencionadas. En ese contexto, el perímetro de una pintura abstracta cumple la misma función que la media áurea para la proporcionalidad. La superposición del ángulo recto del triángulo refuerza la media áureade la pintura. La infinitud se implica a través de la propia superficie del cuadro y sus formas abstractas.
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A partir de 2018 abandoné el médium del óleo para dedicarme a las pinturas digitales. Las pinturas digitales, impresas y manipuladas sobre lienzo, cuentan hoy con sesenta y cuatro imágenes. «Interacciones platónicas» utiliza cincuenta de éstas, ordenadas secuencialmente. Además, las organizo en dos mosaicos, uno de 5 x 5 cuadrados y el otro de 7 x 7 cuadrados (tal como se ve en la imagen 2 arriba).
Línea Holland America: Itinerario del Navío Eurodam
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In Memoriam Papá
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El yo cree en el placer, la risa, la buena mesa, el sexo. Cree en sí mismo, a veces siente orgullo de sí mismo pero a veces se avergüenza de sí mismo. ¿Quién no carga la mancha de una vergüenza, un faux pas, una oportunidad perdida que, de sólo recordarlos, nos cura de la amenazante hubris de creernos, en términos mexicanos, el mero mero, la madre de los pollitos y el papá de Tarzán?
Carlos Fuentes: En esto creo: de la A a la Z; Yo (pág. 193). Editor Digital Epub: Hechadelluvia, Nicaragua, 2014.
PREFACIO:
Escribir para mí es el resultado de razonar a través de la experiencia, tamizar agendas ya sean mías, o ajenas. Al dar forma a mis narrativas, el proceso inevitablemente se extiende mucho más allá del alcance de una historia. No puedo fijar los límites de mis emociones, a menos que no haya dedicado tiempo examinándolas. A diferencia de un escritor profesional, no escribo para ganarme la vida. Desde hace unos años, debido a la pandemia del COVID, he dejado los pinceles y mi estudio de pintura por la escritura. Una urgencia define estas narrativas, tal como lo hacía con la plasticidad abstracta de la pintura. Lucho por una integridad: algo, a mi parecer, patente a toda obra de arte.
Así es irónicamente que el prefacio de una narración vuelve a ser un epílogo. Inicialmente, la conversación, entre David y yo, no tenía forma. Por las evocaciones del pasadoestábamos conociéndonos como esposos a lo largo de este crucero.
Esta exploración de las Indias Occidentales y el Caribe se sujetaba a des énigmes. Para nosotros, fue la exploración de un continente por conocer. Entre estas tierras del sur residía la fuente de mi angustia, esa Pequeña Venecia [Venezuela]: ¿Por qué tuve que irme hace medio siglo al gélido Nueva York occidental? Esta historia presenta tanto la cultura de mi padre como la mía.
En la mutabilidad del tiempo, las confesiones buscan comprensión. La memoria proviene de las costumbres, la opinión, el deseo, el placer, el dolor y el miedo. Cada recuerdo manifiesta un cambio. Como desechos arrojados en momentos de aflicción resurgen. La sustitución es un acto de reemplazo.
Como errante agrego mis plegarias a los seres restantes. Al recordar, examino mi propia validez y ambigüedades. Es un relicario de contradicciones entre la intuición y el hecho. En esta transición le busco empatía al lector.
Cada enlace entre el hecho y la intuición nos lanza a un universo mejor. El espíritu humano se eleva por encima de las vicisitudes a través de nuestras esperanzas.
Aquí, deseo incluir mi agradecimiento al profesor Andrew Irving, Ph.D., director del Departamento de Antropología de la Universidad de Manchester, Inglaterra, por su generoso apoyo y orientación. Hace 26 añosque conozco a Andrew, habiendo tenido una vezla oportunidad de colaborar en un proyecto de investigación, titulado The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice[2017]. Mucho antes de la publicación de mi propia página web Observaciones sobre la naturaleza de la percepción (Arte visual, plasticidad estética y una mente libre) – un repositorio de cuentos cortos, editados a partir de 2008 – había ya compartido con Andrew una serie de testimonios sobre la estética, los cuales vendrían a cristalizarse en mi post inicial Hazañas del Talento Individual [2009]. Dichos testimonios evolucionaron a lo largo de nuestras conversaciones:
Para Ricardo la verdadera medida de un pintor es cuestionar su arte a pesar de los obstáculos y desafíos que se presenten. Él se inspira en especial por aquellos artistas cuyos logros no se comprometían con el mercado. Por igual, Ricardo se interesa por «las obras de artistas anónimos de la época antigua, griega y romana, las cuales fueron destruidas bajo la estricta moralidad de la Edad Media. Así como por Cézanne, quien se dedicó por cuarenta años de labor desconocida antes de conseguir su primera muestra solista. O por Van Gogh, cuyas creaciones ‘outsider’ [afuereñas] llegaron al reconocimiento mucho después de su muerte». Para Ricardo, el término ‘arte outsider’ delata un prejuicio hacia los artistas inermes. Así pues, tanto la academia como las autoridades establecidas dividen al arte sobre la base de un importe cultural o, más bien, mediante una rigidez subyacente que, según Ricardo, evoluciona de acuerdo a las presiones del mercadeo. De igual manera, el término ‘arte folclórico’, entendido como el arte de las colonias o el patrimonio de una nación, nos lleva a algunas ideas de raíces y experiencias compartidas. «¿Son estos términos en cierto modo semejantes o distintos al entendimiento del arte engendrado en una lucha por sobrevivir?» Después de leer este capítulo Ricardo preguntó «y si bien la noción de reciprocidad es esencial para comprender la condición compartida, ¿podrá un contexto científico interdisciplinario realmente darnos un mejor entendimiento de la expresión humana, abarcándose las múltiples circunstancias que envuelven al pathos humano? además de la biología, ya sea en la supervivencia o mediante su adaptación?» Sigue la respuesta y análisis de Ricardo: «Hay una gran inteligencia en los esfuerzos creativos de la mente humana para sobrevivir a cualquier circunstancia. Es innegable, además, que el dolor corporal y la pena mental son omnipresentes en la vida, tanto en el privilegio como en la alienación. Los conceptos lógicos de la ciencia cognitiva con sus promedios, clasificaciones y algoritmos no tendrán otro propósito que el de ofrecernos un mero acercamiento a la complejidad de la expresión humana, en su diversidad y naturaleza inenarrables. ¿Podemos comprender con precisión las formas en que los diferentes modos de expresión interior, como los continuos diálogos internos de las personas, los estados de ánimo no articulados, los mundos de vida imaginativos y los ensueños emocionales, si éstos permanecen debajo de la superficie de las actividades públicas, o fuera del alcance de la investigación? En última instancia, el misterio del ciclo de la vida no puede dilucidarse por una estrategia y su objetivo, sino a través de una percepción cambiante difícil de articular». En 2008, diagnosticaron a Ricardo con Linfoma No Hodgkin: un cáncer asociado con el SIDA que afecta los glóbulos blancos y puede surgir cuando el sistema inmunológico se debilita por períodos prolongados. A lo largo de su enfermedad, tratamiento de quimioterapia y convalecencia, Ricardo pasó muchos meses sentado en silencio. Los sitios de reposo suelen ser dinámicos para el pensamiento, la expresión y la memoria para quienes viven por prolongados períodos de enfermedad, mientras el pensamiento pueda abarcar libremente el pasado, el presente y el futuro. El hombre sigue pensando y hablando, incluso cuando está en silencio durante largos períodos y aún puede negociar temas críticos, dilemas y decisiones con respecto al tratamiento, el trabajo o la fe, y participar en corrientes emergentes de diálogo interior, pensamientos y emociones. Fue durante este estado, descrito por Ricardo como uno de “alta inercia”, cuando llegó a reconocer la sencillez, el poder y la estética del silencio, especialmente «en comparación con todo la cacofonía del ruido en el mundo visible». Por supuesto, un silencio no es sólo un silencio. Distintos días están mediados por diferentes silencios; un silencio incierto, un buen silencio, un silencio heroico, un silencio absurdo, un silencio doloroso. El silencio puede incluir el semblante de las personas más cercanas, pensamientos destructivos, imágenes del mundo exterior, ensoñaciones y proyectos de vida. Después de pasar meses convaleciendo, Ricardo empezó un “Manifiesto del silencio” para la circulación de sus ideas. Inicia: «La manifestación del lenguaje sobre una realidad estética implica su propio deceso; por muy perspicaz que sea, la precisión de las palabras resiste su propia realidad. Ésta toma lugar en un espacio abierto, en una virtuosa quietud de recogimiento, libre de lo conocido, independiente de observar y con una fija atención, donde las preguntas están demás y las respuestas se trivializan a sí mismas». Después de terminar la quimioterapia, su musculatura se contrajo con una tendinitis severa. Ya no tenía fuerza para estirar lienzos. Al volver a pintar recurrió a pergaminos colgantes. Ricardo supo manejarlos en sus términos más sencillos en relación con sus propias limitaciones físicas. Entre 2009 y 2010, produjo una serie de lienzos titulados “Metáforas del silencio”en la que «fue por la sencillez incidental del medium y la empatía del silencio que el tema se emerge».
Cuando por última vez llegué a actualizar mi post Hazañas del Talento Individual en el 2020, concluí: . . . ¿de qué nos serviría la creatividad o el intelecto sin la compasión? ¿Deberíamos evaluar nuestro sistema de valoración?, quizás, incluso, ¿nuestra propia racionalidad cultural?
El 3 de febrero de 2023, Andrew y yo compartimos una larga discusión a través de Zoom, la cual se basaba en mi edición de WordPress Meditaciones sobre Ortega y Gasset (2022). En ese momento, proporcionó un análisis crítico con extensa bibliografía que, a su parecer, mejoraría mi perspectiva sobre elIluminismo y sus limitaciones.
Además, extiendo mi gratitud a mi amigo y editor durante los últimos 36 años, Billy Bussell Thompson, Ph.D., profesor emérito, Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Hofstra. Es gracias a Billy que mantengo la esperanza de desarrollar mis dotes como escritor.
Ricardo Federico Morín
Bala Cynwyd, Pennsylvania, 28 de junio de 2023
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El Banquete de Platón [385 y 370 a. C.]: Argumento de Diotima sobre la sabiduría del amor.
— . . . No te admires, pues, si todo ser estima por naturaleza a lo que es retoño de sí mismo, porque es la inmortalidad la razón de que a todo ser acompañe esa solicitud y ese amor. [págs. 62-63]
— Tenlo por seguro, Sócrates, ya que, si quieres echar una mirada a la ambición de los hombres, de no tener en la mente una idea de lo que he dicho, te quedarías maravillado de su insensatez, al pensar en qué terrible estado les pone el amor de hacerse famosos y de «dejar para el futuro una familia inmortal». Por ello están dispuestos a correr todos los peligros, más aún que por sus hijos, a gastar dinero, a soportar cualquier fatiga y a sacrificar su vida. [pág. 63]
Platón. El Banquete. Segunda Edición. Estudio preliminar, traducción y notas de Luis Gil. Madrid. Editorial Tecnos, 2015 [Reimpresión].
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I
Las nubes se ciernen sobre el horizonte, como si fuesen montañas. Desde el balcón de nuestro camarote observamos la estela del navío y su efervescente blancura. Unas gaviotas perforan el mar ondulante mientras graznan sus disputas.
II
Hace cinco días iniciamos nuestros viajes en el barco Eurodam, navegando a través de las Bahamas y las costas de la América Central. Zarpamos el 4 de enero desde Fort Lauderdale. Ya hemos cruzado el norte de Cuba y el sur de La Española. Ahora, estamos acercándonos a Aruba, a tan sólo unos ciento y veinte kilómetros de Venezuela. Un barco piloto nos guía hacia el amarre. Suena de pronto una alarma contra incendios y el hedor a diésel impregna el aire. Minutos después, el capitán anuncia: “Todo ha vuelto a la normalidad. La crisis ha sido superada”.
III
David y yo vamos hablando; las luces azules aún parpadean.
Ya han pasado cincuenta años desde mi salida. Tenía 17 años.
IV
Desembarcamos en Oranjestad.
Hace ochenta y cinco años, mis padres fueron condenados al ostracismo en Alemania. Cinco años después se casaron en Estados Unidos, donde vivieron felices.
Para mis padres, dejar el país nunca fue opción y su matrimonio no fue feliz.
¿Alguna vez viniste con ellos a Aruba?
Sólo de niño.
V
En aquel entonces, ¿cómo te educaron?
Mis padres estimulaban la independencia. En vida fueron mi puente hacia el país. Entendieron que era preferible que me fuese al extranjero. No existió otra alternativa. De mi amor por y para ellos, los lazos con Venezuela nunca han decaído. Nuestra proximidad ahora, sin embargo, no incita la nostalgia, sólo recuerdos. El país aún me importa.
VI
De aquellos años, ¿cuáles remembranzas sobresalen?
Los campamentos de Boy Scouts en los altiplanos de los Andes. Allí se potenció mi visión.
¿Algo más?
Me acuerdo de los ashrams de la Fraternidad Universal. Había gurús seguidores de Serge Raynaud de la Ferrière (en Valencia, Maracay y Caracas). Durante el verano los frecuentaba. Estos ashrams instruían a sus asistentes en una mezcolanza de ciencias naturales y budismo. Para mí esto era más atractivo que escuchar los sermones en la iglesia, cuyas evocaciones sobre las sombras de la vergüenza me cansaban. En esa época me inicié en la meditación.
¿Qué es lo que más te captó?
El énfasis en el desprendimiento. Pero no me gustaba depender de otros. Sólo quería extenderme más allá de mí mismo.
VII
En esos años, no estuve apegado a nada en particular. ¿Era un diletante?
Eras inquisitivo. Un tiempo para el descubrimiento . . .
Asistía a seminarios de musicología. Tomaba lecciones de alemán. Era un tiempo dedicado a Hesse, Kafka, Gibran, el Walden de Thoreau y el Walden Dos de Skinner.
VIII
Leía, pero de manera asistemática. Me gustaban la filosofía, la historia, la pintura, la escritura, pero todavía no estaba acometido. Lentamente, todo ello se hizo parte . . .
Despertó tu espíritu.
Libre de obligaciones, expresó mi relación con el mundo.
Estuviste aprendiendo a ser original. Buscaste tu propia voz. No quisiste imitar.
Cuanto más sentía, mayor fue mi implicación. Fue sólo una manera de expresarme. No busqué ni el éxito ni la distracción.
IX
Desembarcamos para caminar hacia los centros comerciales. Desde Main Street doblamos hacia laslaterales. De ambos lados la mayoría de las vitrinas estaban tapiadas. Las fachadas mostraban signos de tiempos prósperos, quizás, de cuando la exuberancia de venezolanos era más evidente. Ahora sólo había puestos improvisados, abarrotados en las aceras y atendidos por gente vulgar con su inconfundible cadencia de venezolanismos: Por su parloteo, la palabra marico volaba sin malicia alguna.
Una vez Papá me vio sentado en la acera junto a un viejo sereno, quien trabajaba para nosotros los fines de semana. Éste era conocido por tener un temperamento impredecible y esperaba nuestra partida hacia la ciudad. Me había congeniado con él, a menudo acribillándolo a preguntas. Más tarde, Papá dijo que yo era una persona capaz de hacerse entender por éste.
Señalaba tu resiliencia.
X
A finales de los años sesenta, nuestra familia agasajó a la hija del Presidente Rómulo Betancourt, Virginia. Ella y su esposo se hospedaron en una de nuestras casas en Valencia. Para ese entonces, Virginia Pérez era directora de la Biblioteca Nacional en Caracas. Yo tenía trece años y Papá me había exigido que sacara mis cuadros de las habitaciones donde se quedarían los invitados. Según él, mis pinturas no encajaban. Un día, después de haber terminado el almuerzo, le presenté a Virginia una acuarela y comenzábamos a hablar. Papá objetó, pero ella lo contradijo: “Déjalo en paz”. A continuación le expuse: “Se trata de un espíritu joven en busca de libertad.” Con dulzura ella respondió: “Me gusta tu manera de pensar; te quiero escuchar más.” Mas las palabras se me escurrían.
(David sonriendo), ya me lo dijiste.
XI
¿Sabes si sigues un patrón o si tu vida es sólo un grupo de episodios desarticulados?
No veo las desvinculaciones ni puedo decir si hubo patrón. Fui entonces simplemente audaz. Mi habla, mi léxico y mi apariencia deberían haber parecido llamativos, aun quizás epicenos. Amenazaban expectativas. Fui diferente a mi hermano mayor, quien era un atleta con muchos amigos. Yo era más bien solitario. En mi inatención al deporte, tal vez Papá me hallara no sólo vulnerable, sino también ingenuo. ¿Fue insatisfacción o inconformidad? Encontré consuelo en invenciones privadas. Poco después, borré, corté y rasgué dos años de pinturas, para luego arrepentirme. Papá dijo que me rebelaba en contra de mi ambiente natural.
Él sabía que no podrías sobrevivir en un mundo de machismo y sus prejuicios.
Eso es el punto. No me había dado cuenta. Papá vio en mi temperamento un blanco de victimización. Me había dicho que no podía ser abogado. No encajaría. Cuando repliqué que me dedicaría a asuntos exteriores, se mostró igualmente incrédulo.
Tal vez esto aclara su ausencia en la política; sabía que la imperfección humana conllevaba sus propios riesgos; reconocía el tipo de improbidad que saturaba al país. Quería protegerte.
XII
Llegué a comprender que el excepcionalismo era un mito y la decepción poderosa.
XIII
Si la falsedad impera, no podría ponerme cínico. ¿Para qué? Las imperfecciones humanas son ajenas a sí mismas. Por ejemplo, me incomoda cuando se me pregunta de dónde soy, como si se pudiese diagnosticar quién soy.
Con esto la mayoría de la gente no busca nada en especial.
Es mi reacción. Es mi propia incomodidad con la lengua inglesa. Se siente como si se me colocara en un nicho.
La gente tambiénse puede identificar con esto, yo mismo. Pocos de nosotros hacemos las preguntas acertadas.
¿Hay alguien que pueda? Si fuese posible, las respuestas serían justas.
XIV
Esa noche llueve. Entre las nubes, se desvela llenala luna. Salimos al balcón y admiramos las centelleantes luces de la isla.
En mis primeros años fuera de Venezuela, admiraba la vida estadounidense. Antes de venir, la casa de mi tía Lina en Buffalo aparecía en mis sueños. Ella pudo huir del Holocausto. Las rosas de su jardín eran tales cómo me las había imaginado. Su amabilidad allí fue tan locuaz cómo en Venezuela. Su jardín me dejó con una memoria imperecedera.
XV
Esa mañana anclamos en Willemstad, Curaçao, encontrándonos rodeados por un alboroto de pelícanos.
En el primer regreso a Venezuela, Papá me preguntó sobre la inflación en los Estados Unidos. Nunca supe por qué me interrogó. Medio siglo después, no se me escapa la ironía de que Venezuela haya acumulado una de las tasas más altas.
XVI
Hacemos un recorrido por Willemstad. Los edificios, las calles y los puentes de la ciudad recuerdan a Ámsterdam. Sacamos fotos y deambulamos lentamente; luego, como turistas y pensando en nuestras familias, compramos manteles de lino.
¿Crees que tu padre anticipaba la desintegración de Venezuela?
El mundo en el cual crecí siempre estaba al borde del abismo. Papá solía decir que no sabía qué haríamos si él no estuviera. ¿Cómo nos las arreglaríamos sin él? Temía por nuestra vida, e inclusive la de todos los venezolanos. Temía la brutalidad en ese paisaje entre el desprecio y el desacato. ¿Cómo podríamos superarlo?
XVII
Nos mantenemos con la mayor privacidad, disfrutando el día completo de la altamar . Volvemos a cenar solos. Tenemos poco en común con aquéllos a bordo.
Estuve regresando después de veinticuatro años. Sin un contrato de galería, volví a pensar de nuevo en destruir mis pinturas, esta vez, quemarlas, pero las llamas podrían haberme engullido con el hogar. Esto me paró. No podía hacer más que almacenarlas.
¿No podría alguien haberte dado la mano?
Papá siempre hizo lo posible, incluso incitando los celos entre mis hermanos. A lo mejor sentía lástima por mí. Con respecto a mi trabajo en los Estados Unidos, un diario del lugar me entrevistó y según los vecinos la atención era inmerecida. Luego papá murió y me sentí ajeno, aún más que nunca.
¿Qué había pasado?
A la edad de 70, se había vuelto delirante, desligado de su propia voluntad. Sus últimos cinco años coincidieron con la caída de Venezuela, y algunos miembros de la familia buscaban seguridad en Europa y otras partes de América. Para mí el arte se convirtió en algo secundario.
XVIII
¿Qué hubo de tus hermanos?
Me apena decirlo. Sin testamento, su sentido de derecho de sucesión nos incrementó el dilema. Mi hermano mayor exigió la primogenitura, aunque sin autoridad legal alguna. No se lo concedimos, pero carecimos de los recursos para desafiarlo. Se quedó con las rentas para sí. Con el transcurso de los años, las propiedades han perdido valor y algunas se hallan okupadas, y otras inclusive expropiadas. Preocupado por su seguridad personal, le propuse mi socorro. Lo rechazó de tajo, dijo que confiaba en la Primera Dama de Venezuela, que no podía perder su identidad como abogado al salir de Venezuela.
Estas justificaciones son en parte ilusas, si bien no decir incautas. ¿Y qué hay de tus dos hermanas y tu hermano menor. Qué les ha pasado?
Mi hermana menor se mudó a Madrid con su familia. La hermana que me sigue y mi hermano menor se han quedado en Venezuela. Se apoyan en la medida que pueden. Hace diez años, a éstos últimos los he ayudado, así como a mis tías.
Recuerdo haberlas conocido a tus tías cuando viajamos a Venezuela. Celebramos los ochenta años de tu madre y las segundas nupcias de tu hermano mayor. También rememoro el desconsuelo de su hijo menor. Se sentía indefenso. ¿No se mudó a la Argentina con su amigo?
Sí. Hicimos todo lo posible para tranquilizarlo, como cuando conoció a mi ex-pareja, Nelson. Se sintió reforzado por nuestra presencia, y en especial mi relación con Nelson ya le había desencadenado una validación temida por su padre. Sin éxito mi sobrino había buscado su aceptación. Les dije que esto no era cuestión de deshonra.
XIX
No muy lejos, en un pequeño pueblo de pescadores en la costa venezolana se encuentra un pedestal. Le rinde homenaje a los guerreros enviados de Cuba en la década de los sesenta, cuya campaña se desploma. Cinco décadas después, Hugo Chávez logra el sueño cubano sin disparar.
¿Es concebible el sueño de una nación? No juzgo a Venezuela ni a su historia, ya no soy de ellas. No he batallado las represiones en sus calles. Pertenezco ya a otra historia. Hace cinco décadas que vivo en Estados Unidos, donde las medidas de rectificación persisten en desafiar al autoritarismo y la cleptocracia.
Últimamente, has hablado con mi amiga Cindy, analista de la Oficina de Control de Activos Extranjerosde los Estados Unidos. Ella te dijo francamente que las medidas de congelamiento en contra de la corrupción venezolana son complejas. La fuga de recursos financieros de países como Venezuela no se puede controlar fácilmente .
Así es; es algo incontrolable.
XX
¿Te parece posible la estabilidad venezolana?
Es difícil. No se explica cómo miles de millones de dólares llegan a manos de los parientes de políticos locales. En absoluto no les importan ni su pueblo ni su patria. El Estado de derecho ya no existe.
XXI
¿Te has relacionado alguna vez con algún funcionario de ahí?
No de manera directa, sólo a través de familiares (quienes trabajaban a nivel institucional), así como de mi propio hermano (quien por un tiempo era asesor jurídico de la gobernación estatal). Aparte de ellos, una vez me puse en contacto con un presunto reformista, hoy ubicado en la Florida. En 1999, fue uno de los congresistas encargados de redactar la última constitución venezolana. Actualmente, tiene muchos seguidores entre los expatriados. En uno de sus pódcasts, discrepó conmigo sobre la falta de madurez en la política. Respondió airado a mis alegatos de interés propio: “¡Y, ¿quién diablos eres tú?!” Luego le envié un texto: “En general la mayoría de los reformadores terminan por no abordar sus pretensiones”. Me respondió: “¡Ay, por Dios, éste es un gran maricón!”. Luego me bloqueó.
XXII
Llegamos a Colombia. En Cartagena recorremos la antigua ciudad amurallada y el Fuerte de San Felipe. Son una delicia aquellos largos paseos ondulados a la sombra de enrejados hilvanados por buganvillas, aquéllos que abrazan las paredes del malecón. El guía habla de Simón Bolívar, padre de la Gran Colombia, quien había muerto en Santa Marta. Señala una casa color vino tinto donde había residido Gabriel García Márquez.
Aunque no fui parte de las manifestaciones, con mi teclado he apoyado tanto a los disidentes como a los rebeldes. Ha sido mi cri du cœur. A pesar de haber fallado, la moralidad del grito nunca ha callado.
Es tu voz.
El tiempo mismo es un medio que mide la falta de la verdad. Así como el tiempo evoluciona acordamos en su entendimiento.
El tiempo alivia la insensatez.
Ojalá prevalezca la justicia. Quizás, se logre la armonía en una nueva generación.
Tal vez, perdamos nuestras libertades cuando menos se espera.
XXIII
Ahora estamos en el Canal de Panamá a punto de entrar en las esclusas del Gatún. Tirado por trenes de cada lado trepa el barco por las tres hasta llegar a las aguas del lago. La arquitectura del Canal despierta mi imaginación (pienso en las Pirámides de Egipto). Llegamos a las orillas del lago en botes auxiliares y desde allí iniciamos el recorrido en autocar. Zigzagueamos a través de cientos de edificios militares hasta llegar a las esclusas del Pacífico. De allí nos dirigimos a la Ciudad Vieja, donde fotografiamos edificios y las plazas coloniales. Apiñados al otro lado de la bahía, vemos los rascacielos del Panamá moderno. Luego regresamos al Atlántico. Justo antes de abordar en Colónal Eurodam, caminamos a través de un pequeño zoológico. Deambulando, entre mamíferos y aves tropicales, vemos un gigante oso hormiguero con su larga lengua, aspirando alimañas. A David le incita a hablar este animal:
No le faltan a ningún país los excesos del partidismo.
Y no sabemos porqué.
¿Crees que haga falta una conciencia apolítica?
El extremismo brota de la incertidumbre.
La resultante polarización nos empuja a la violencia.
XXIV
A nuestra llegada a Costa Rica anclamos en Puerto Limón. Después del desembarque nos montamos en un autocar. Luego nos bajamos para navegar en barcazas fluviales a lo largo del filo de la selva. Bajo aguaceros vemos varios animales tropicales – monos, osos perezosos, tucanes, serpientes y cocodrilos. Terminando el recorrido, volvemos al autocar, el cual nos lleva a otras altitudes. Al llegar, subimos a un teleférico hacia el corazón selvático. Visitamos un laboratorio de investigación, un hábitat de mariposas y finalmente un sendero en dirección a unas cascadas. Por la lluvia, las escaleras se ponen resbaladizas. Exhaustos, nos resignamos al estrépito de las cataratas.
Por su abundante naturaleza, mi tierra natal atrajo a mis antepasados. A partir de 1745 llegaron de Europa y de las Canarias. Entre 1799 y 1804, el biogeógrafo alemán Alexander von Humboldt la elogió como un paraíso para las ciencias. Pero hoy, su sobrevivencia es dudosa.
XXV
El 13 de mayo de 2014, recibí un correo electrónico en nombre de Barak Obama. Aunque llevaba el membrete presidencial, por lo visto, era un formulario estándar. Para cerrar, decía… Con nuestros socios internacionales, Estados Unidos continúa su análisis en cómo prestar apoyo a favor de dicho esfuerzo [es decir, el de promover un diálogo franco entre el gobierno central y la oposición]. Estados Unidos tiene fuertes lazos históricos con el pueblo venezolano, y seguimos comprometidos en nuestra relación con ellos. Sus libertades fundamentales y derechos humanos universales deberían ser protegidos y respetados.
Para un lector ordinario, esto sugiere compasión, y en el mejor de los casos, proselitismo o aleccionamiento. En realidad es Venezuela que necesita a Estados Unidos, y no al revés.
XXVI
Los últimos dos días en el mar, cenamos en restaurantes particulares. Tomo apuntes de nuestras conversaciones. David me complace hasta quejarse de mi falta de atención a la comida. Lo único que no desatiendo es la escritura. Es mi consuelo. Esta última noche, al pasar por la costa suroeste de Cuba, las aguas turbulentas del mar desestabilizan nuestra caminata por el navío. Antes de la medianoche, hacemos las maletas y las colocamos en el pasillo para la retirada.
Se colisionaban el pasado, presente y futuro: La muerte de Chávez (en 2013) me llevó a pensar en la de Papá (en 1997). El año anterior lo había llevado a Urgencias. Un neurólogo le diagnosticó una lesión cerebral y me dijo que había poco por hacer. Papá tenía 74 años. Ya no hablaba. De repente, con ira se levantó por algo que obviamente le carcomía. Nos amenazaba.
Hasta el final, estuvo atormentado; fue irredimible.
XXVII
A la mañana siguiente, el día 15 de febrero estamos de regreso en Fort Lauderdale. Antes del desembarque, desayunamos en la cubierta número dos, y, de nuevo, estamos solos. Otra vez en el camarote esperamos la llamada. Son las 11 de la mañana. Descendemos para unimos a los otros viajeros. Escaneados los carnets, bajamos hasta la terminal. Recogimos el equipaje y llamamos a un taxi para llevarnos a casa.
Su muerte eximió tanto a Papá como a Hugo Chávez del tormento de la crisis nacional.
Para la nueva generación, la desigualdad venezolana se redujo a diferencias ideológicas.
¿Es para ella un paso atrás?
¿Puede examinarse?
Sólo si la indagación venciese la ignorancia.
El dilema no es sólo venezolano, ¡es del mundo entero!
EPÍLOGO
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Banquete de Platón [385 y 370 a. C.]: Encomio de Agatón sobre el Dios Eros:
— . . . ¿es que no sabemos que aquel que tenga a ese dios por maestro resulta famoso e ilustre, y oscuro aquel a quien Amor no toque? [pág. 43]
— . . . es él quien crea:
En los hombres la paz, en el piélago calma sin brisa,
el reposo de los vientos y el sueño en las cuitas. [pág. 44]
Platón. El Banquete. Segunda Edición. Estudio preliminar, traducción y notas de Luis Gil. Madrid. Editorial Tecnos, 2015 [Reimpresión].
*
La gracia del amor exige habituarse al aprendizaje. Los rayos del sol entran en la sala de estar, mientras David abre las cortinas, tarareando . . . “¡Por fin . . . hogar dulce hogar!/ ¡Pensé que nunca llegaríamos!” Repuse . . . “¡Qué preciosa pareció aquella gracia!/ ¡La hora en que creí por primera vez!”.
De la incertidumbre, el amor nos recobra, nos indemniza, nos resarce, nos rescata.
“Aunque. . . la victoria pueda coincidir con la destrucción de la humanidad,. . . sin el totalitarismo nunca habríamos conocido la verdadera naturaleza radical del mal.“
Hanna Arendt: Extracto de Los orígenes del totalitarismo (Harvest Book 244) Edición primera, 1951.
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Si el liberalismo tuviera éxito como núcleo de un nuevo orden mundial, se basaría en la creencia en el estado de derecho y un orden constitucional: uno que limite el poder ejecutivo a favor de la capacidad de los individuos para tomar decisiones sobre el curso de sus vidas por sí mismos – lo cual es sólo garantizable a través de un sistema de derechos y leyes democráticas.
EXTRACTO DE “LIBERALISMO Y SUS DESCONTENTOS” DE FRANCIS FUKUYAMA. PUBLICADO EN MARZO DE 2022: TAMBIÉN EL AUTOR DE “ORÍGENES DEL ORDEN POLÍTICO” [1].
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I
En su libro “Decisiones Difíciles, sobre Vladimir Putin” (2014), Hillary Clinton nos cuenta que como Secretaria de Estado asistió a una ceremonia en el Monumento de San Petersburgo erigido a las víctimas de la invasión nazi de Leningrado, tras la cual cenó con Putin. Putin compartió con ella que su padre había servido en la primera línea del frente contra Alemania en Leningrado y que había tenido la extraña experiencia de haber rescatado viva a su esposa de una pila de cadáveres, justo antes de que fueran enterrados. Putin agregó que su madre, habiendo sobrevivido a una muerte casi segura, lo dio a luz después de la guerra (Vladimir tenía dos hermanos que habían muerto por causas naturales antes y durante la guerra). Comprensiblemente, Clinton sintió una especie de compasión que estos eventos habían dejado en su psique. En su libro, ella plantea al lector la pregunta de si estos hechos podrían explicar la mitología de Putin sobre lo que significaba para él ser ruso. Para ella, correcta o no, sin embargo, se debe considerar que esta historia dio cuenta de la percepción de Putin sobre su propia historia y la de Rusia.
II
De los Secretarios de Estado de los Estados Unidos, Colin Powell, Condoleezza Rice, John Kerry, Hillary Clinton y Rex Tillerson, hemos aprendido que Putin esperaba y exigía respeto y reconocimiento de las capacidades rusas. La clave no sería respetar sus valores o acciones, sino respetar la importancia de su papel como líder. Según estos secretarios, la clave de la negociación debe corresponder al presente, reconociendo que Putin es ambicioso en sus propósitos, y que, aunque puede adaptarse a las circunstancias que se presenten, sigue siendo impredecible. Habría que esperar su oposición a las ideas occidentales, en particular sobre la base de sus propias nociones de igualdad. Estas son características sobresalientes del presidente ruso, particularmente en lo que respecta a sus relaciones con los Estados Unidos. Sin embargo, en el pasado, Putin ha mantenido colaboraciones de larga data con EE. UU., en lo que respecta a las sanciones contra Irán, el acuerdo nuclear con Irán y el corredor aéreo sobre Rusia para reabastecer a las tropas estadounidenses en Afganistán.
III
El 8 de noviembre de 1991, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron en una dacha estatal el Acuerdo de Belovezh (la Creación de la Comunidad de Estados Independientes) para disolver la Unión Soviética: una medida que Putin proclamó más tarde como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo” [2].
IV
Tras el cierre de la KGB de Alemania Oriental en 1991, Putin regresó a Rusia, donde ascendió por primera vez al puesto de primer teniente de alcalde de San Petersburgo en 1994. En 1996, se unió al equipo presidencial de Boris Yeltsin como vicealcalde al administrador jefe del Kremlin, Pavel Borodin. En julio de 1998, el presidente Boris Yeltsin lo nombró director del Servicio Federal de Seguridad (FSB, sucesor nacional del KGB) y, poco después, se convirtió en secretario del Consejo de Seguridad de Rusia.
Luego, Yeltsin nominó a Putin como primer ministro en 1999. El aumento de la delincuencia, la corrupción institucional y las dificultades económicas empañaron el régimen de Yeltsin. De repente, el 31 de diciembre de 1999, Yeltsin anunció su renuncia y nombró a Putin presidente interino. Prometiendo reconstruir una Rusia ya debilitada, Putin salió victorioso en las elecciones de marzo de 2000, obteniendo el 53 por ciento de los votos. Su campaña prometió eliminar la corrupción y crear una economía de mercado fuerte. Posteriormente, Boris Yeltsin llegó a lamentar su apoyo a Putin. En marzo de 2004, Putin ganó un segundo mandato como presidente con más del 70 por ciento de los votos después de que los precios del petróleo impulsaran el auge de los consumidores y elevaran el nivel de vida, una tendencia que continúa durante otros cuatro años. En 2007, Putin abogó por los principios de la igualdad democrática en su discurso en la 43ª Conferencia de Seguridad de Múnich, cuando acusó a EE. UU. de imponer un mundo unipolar y atacó a los participantes de la UE por complicidad [2]. Luego, con una disposición constitucional controvertida, Putin se vio obligado a dimitir en 2008. Putin eligió a Dmitry Medvedev como su sucesor y Medvedev a su vez nominó a Putin como primer ministro del país pocas horas después de asumir el cargo el 7 de mayo de 2008.
V
En 2008, como primer ministro, Putin ordenó la anexión de dos partes de la República de Georgia por la fuerza militar y, en 2009, reprimió el movimiento separatista en Chechenia. Putin cultivó un fervor nacionalista y fue reelegido presidente por tercera vez en 2012, nombrándo a Medvedev como primer ministro. Medidas violentas sofocaron el levantamiento popular resultante en la capital y el resto del país. Según fuentes de información de periodistas en el exilio [3], la tasa de mortalidad de los opositores aumentó significativamente. Las medidas de Putin fueron reprimir a la oposición a través del encarcelamiento, así como envenenarlos y extorsionarlos, dentro y fuera del país. En línea con su aspiración de reforzar una Federación de Rusia al estilo soviético, Putin comenzó a afirmar que el prestigio del pasado se había perdido y que pretendía restaurarlo. Esto se refleja en su artículo de opinión del New York Times de 2013 [4], “Una súplica de precaución de Rusia”, donde una vez más centró su desconfianza en los EE. UU. El 27 de febrero de 2014, las tropas rusas comenzaron a anexar la región de Crimea en Ucrania después de que los manifestantes ucranianos derrocaran al presidente pro-ruso Viktor Yanukovich. Al mes siguiente, Rusia incorporó Crimea después de un referéndum ruso. Posteriormente, tanto Estados Unidos como la Unión Europea impusieron sanciones.
El 30 de septiembre de 2015, Rusia lanzó ataques aéreos en Siria en su mayor intervención en Medio Oriente en décadas, cambiando el rumbo del conflicto a favor del presidente Bashar al-Assad. En noviembre de 2016, Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos tras haber prometido mejorar los lazos con Moscú. Las autoridades estadounidenses han determinado que Rusia intentó interferir en las elecciones a su favor. El 19 de marzo de 2018, Putin ganó su reelección de forma aplastante con un mandato que lo mantendrá en el cargo hasta 2024. En 2021, Putin aprobó enmiendas constitucionales que le permitirían ser reelegido hasta 2036.
VI
En 2021, antes de que Rusia invadiera Ucrania, la administración Biden ya estaba completando la retirada de las fuerzas militares de Afganistán, incidentalmente, una política iniciada por el expresidente Donald Trump. Ésta coincidió con el artículo de Putin, “Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos” [5] como preámbulo de la guerra contra Ucrania, la cual comenzó el 24 de febrero de 2022.
VII
Ahora en su décima semana, la guerra en Ucrania parece estar evolucionando hacia un conflicto prolongado. Aunque Ucrania ha logrado una primera fase de la guerra algo exitosa, la beligerancia rusa se ha centrado en los territorios del este y sur del país. Sin un mayor apoyo de la OTAN, Ucrania se enfrenta a una situación más difícil que en el pasado.
Al no haber logrado derrocar al gobierno ucraniano, Putin ha comenzado una segunda fase en la región oriental de Dombass. Su nuevo objetivo parece ser la separación de Dombass del resto de Ucrania y, así, controlar el acceso al Mar Negro
VIII
Para Putin, uno de sus vehículos de propaganda es su defensa del idioma ruso, lo que equivaldría a asumir que Inglaterra anexara a los Estados Unidos de América por el motivo de proteger al idioma inglés. En la televisión rusa, Putin le explica a una niña de 12 años que la “tragedia” en el Donbass es que Ucrania estaba cometiendo un “genocidio” contra los ruso-parlantes [6].
En el contexto de esta narrativa, la televisión estatal rusa transmite que “la operación militar especial es para establecer la paz”.
IX
Las ofertas de paz de Ucrania continúan siendo rechazadas por Vladimir Putin [7]. El presidente ucraniano, Zelenskyy, ha sostenido que se debe negociar un compromiso desde donde comenzó todo, en Crimea en 2014. Para Putin, sin embargo, la anexión de Crimea, al igual que la invasión de Ucrania, es revisionismo histórico. Muchos observadores dicen que la guerra no es tanto una crisis existencial para Rusia, sino una lucha por la supervivencia del propio régimen.
X
¿Es posible que el fracaso de Putin en esta guerra detenga futuros ataques de un régimen totalitario contra sus vecinos? Podemos preguntarnos si podría haber un frente unificado contra dichos ataques. Si no, entonces la pregunta sobre la posibilidad de un mejor futuro prevalecerá.
[5] http://en.kremlin.ru/events/president/news/66181— publicado en julio de 2021 por la oficina presidencial de Putin, en el que explicaba el apoyo occidental a Ucrania como una conspiración nefasta contra la unidad de la Federación Rusa. En él, Putin juega un cuestionable papel de historiador para justificar su determinación de enfrentarse a los poderes que intervienen en la soberanía de su país.
Reconozco los aportes brindados a lo largo de ocho años por mis hermanos Alberto José, Andreína Teresa, Bonnie María Teresa y José Galdino, a quienes agradezco por salvaguardar la memoria de la familia. También doy las gracias a nuestro primo Eduardo Morín Brea, hijo de nuestro tío Calixto Eduardo Morín Infante, por su resumen biográfico de la familia Morín. Por igual debo al tío Calixto Eduardo su guía al inicio de mi estudios universitarios en los Estados Unidos. Como a él, debo a mi padre José Galdino Morín Infante los alicientes que lo hicieron posible allí. Asimismo manifiesto mi gratitud y afecto hacia nuestra madre por su calidez y optimismo. De igual manera honro a todos los primos y tíos tanto de la familia Morín como de la familia Tortolero, quienes ayudaron con la investigación genealógica. Estoy especialmente endeudado con Ala Gaidasz Salamaja de Tortolero, viuda del hermano de nuestra madre, Federico Tortolero Rivero, y con su difunta hermana Lina Angelina Gaidasz Salamaja de Pystrak. Y por final, doy gracias por el apoyo de mi amigo y editor más leal, el profesor emérito, Billy Bussell Thompson, Ph.D.
Ricardo Federico Morín , Fort Lauderdale, enero 20, 2022 .
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Dedicado a mis hermanos y hermanas
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Capítulo 1
El inexorable paso del tiempo
“¿Cómo hace uno un viaje en el tiempo a manos de sus antepasados? En cierto modo uno viene a hacer el papel de su guardián.”
Ricardo F. Morín
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La diversidad genética es innata a la condición humana. La figuración de que unos animales sean más diversos que otros es una interpretación tan limitada como subjetiva. La forma más adecuada de ver nuestros orígenes sería como lo describía un amigo andaluz: “. . . es como buscar parientes de todo el mundo”. Ciertamente, busco enmarcar las historias de mis padres a través de sus antepasados, para desarrollar una biografía, la cual vaya más allá del mero listado de fechas y lugares a definir los posibles vínculos entre costumbres y modos de pensar. Mas no puedo decir adónde me llevará esta narración.
Hace unos años, me hice una prueba del ADN a través de Ancestry y 23andme. Los resultados mostraron que el 40% de los marcadores eran de origen español y portugués. El 60% restante eran no ibéricos: de Europa, África y del Nuevo Mundo.
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Capítulo 2
Hacer conciencia
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Conocernos a nosotros mismos implica la necesidad de comprender las influencias que afectan nuestra conciencia: de quiénes somos y de dónde venimos. Aunque estamos limitados a corto plazo—en su comprensión, porque no tenemos un control absoluto de nuestras facultades. Es importante, más que nunca en la historia humana, conocer nuestros orígenes hasta donde podamos. La noción del autoconocimiento es una necesidad intrínseca e ineludible. ¿De qué otra manera podemos reflexionar sobre nuestro carácter humano, tanto sobre nuestras imperfecciones como sobre nuestras aspiraciones, si no distinguimos entre variabilidad y naturaleza cambiante?
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Capítulo 3
Etimologías y toponímicos
“El estudio etimológico científico moderno se basa en los métodos y hallazgos de la lingüística histórica y comparativa, cuyos principios básicos fueron establecidos por lingüistas durante el siglo XIX”.
Encyclopedia Britanica, 2021. Traducción mía.
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La comprensión de la etimología de los nombres propios y sus ubicaciones geográficas se derivan de la lingüística comparada, como una forma de clasificar a las personas en grupos, por ocupación, lugar de origen, clan, parentesco, adopción y características físicas.
El apellido Morín deriva del francés antiguo Moré, apodo del ‘moro’ o moret. En sus formas diminutivas significa ‘negro’ o ‘marrón oscuro’, o un bereber del noroeste de África. El término fue utilizado por los europeos cristianos para designar a los habitantes islámicos del Magreb, la Península Ibérica, Sicilia y Malta durante la Edad Media: El término moro se aplicó indistintamente a árabes, bereberes e íberos arabizados. El apellido Morín se asoció con los moros de España. En el siglo VIII los árabes entraron en la Península Ibérica y permanecieron como fuerza política de algún modo hasta 1492, con la caída de Granada. El apellido Morín se encuentra principalmente en la provincia de Santa Cruz de Tenerife en las Islas Canarias, y en menor medida en Madrid y Salamanca.
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El apellido Tortolero proviene de la región de Lombardía. El término parte de la denominación dada a las palomas del género Columbina, “tórtola” o “tortolita”, que proviene del latín turtur, probablemente una onomatopeya. Desde sus orígenes en la antigüedad, el nombre Tortolero era asociado con la mitología divinatoria por su habilidad de enviar mensajes, entre otras cualidades, y se les designaba a aquellos que por oficio criaban tórtolas: Un tortolero en cierto modo era también un místico. En España el principal asiento del apellido Tortolero es Andalucía, originario de Écija. Los Tortolero se extendieron por el Nuevo Mundo, especialmente México, Venezuela y Puerto Rico.
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Capítulo 4
Orígenes
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Como muchas familias criollas, de ambos apellidos, Morín y Tortolero, encontramos documentación desde la Inquisición en adelante. En 2015, el gobierno español ofreció devolver la ciudadanía a las familias que la habían perdido por expulsión forzosa.[1]
La familia Morín, comerciantes canarios, se instaló en Caracas en 1745. Durante el período colonial, sus descendientes trabajaron como ganaderos, y luego, después de la Independencia (1821), sirvieron en el ejército federalista luchando contra varios caudillos.
Los Tortoleros, en cambio, según María Teresa Tortolero Rivero, se remontan al Toledo del siglo XIX. El apellido Morín se puede rastrear a través de documentación en la Biblioteca Nacional de Venezuela y de registros eclesiásticos tanto en el estado Guárico como en el Distrito Capital de Venezuela. Antes de su llegada a Venezuela se desconoce el oficio de la familia Tortolero, pero luego trabajaron como cañeros y cafetaleros en Altos de Reyes.
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Capítulo 5
Familia Morín
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En 1813 el cuarto tatarabuelo paterno, el “bachiller” José Calixto Morín Fuentes era párroco de Lezama de Orituco (fundada en 1688), hoy Altagracia de Orituco en Guárico [2]. Su esclava María de Los Santos fue la cuarta tatarabuela de la familia Morín. Ésta le dio dos hijos a José Calixto, quienes, según las actas de bautismo, fueron emancipados por él. Uno de sus hijos fue nuestro tercer tatarabuelo, Críspulo Morín. De la unión entre Narcisa Landaeta y él, nació Venancio Antonio (1843-1929), conocido como El Tuerto. El bisabuelo Venancio Morín Landaeta fue un general federalista perteneciente al régimen Azul.
Venancio Antonio Morín Landaeta se casó con su prima hermana Andrea Fuentes Ramírez en 1870. De esta unión nacieron siete hijos: Luis Ramón, Críspulo, Jesús Antonio, Venancio, Sofía, Catalina y José Calixto. Salvo nuestro abuelo, José Calixto Morín Fuentes, todos sus hermanos fueron abogados. José Calixto estudió música; se desempeñó como director de orquesta en Altagracia de Orituco y fue compositor de valses y otros géneros.
Posteriormente, de la unión de José Calixto Morín Fuentes (1892-1967) y Domitila Infante Hernández (1892-1985), nacieron nueve hijos: Calixto Eduardo (farmacólogo y filólogo), José Galdino (abogado y Doctor en Ciencias Políticas), Jesús María–apodado Chucho–(educador y funcionario ministerial), Sofía del Carmen (asistente del director general de la Biblioteca Nacional de Venezuela), Venancio Enrique (comerciante), María Josefina–apodada Pipina–(ama de casa), Luis Eduardo (abogado), María de Lourdes–apodada Malula–(secretaria de colegio) e Isaura Inés (ama de casa).
La familia Morín Infante vivió en Altagracia de Orituco hasta 1944. En ese año, José Calixto Morín Fuentes fue habilitado al puesto de miembro de la Banda marcial de Caracas. Dos años antes, el hijo mayor Calixto Eduardo (1917-2000) y José Galdino (18/04/1921-04/08/1997) eran estudiantes de la Universidad Central de Venezuela. Calixto Eduardo se hizo cargo de su hermano a pedido de José Calixto, a quien le preocupaba lo difícil que era disciplinarlo. José Galdino y Calixto Eduardo se habían alojado con su tío Luis Ramón Morín Fuentes, hermano mayor de su padre José Calixto. Durante este tiempo José Galdino sedujo al ama de llaves, quien dio a luz a un hijo suyo. Nuestro primo Luis Morín Loreto, hijo de Luis Ramón, adoptó al recién nacido y le dió el nombre de César Morín Padrón. José Galdino estudió derecho egresando summa cum laude de la Universidad Central de Venezuela el 26 de julio de 1947. Su tesis doctoral, titulada “Capital humano”, estudió los principios básicos de los derechos humanos aclarados por primera vez por Frédéric Bastiat (1801-1850). A partir de entonces, José Galdino se destacó como abogado litigante tanto en casos civiles como penales. Nunca se involucró en la política venezolana
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Capítulo 6
Familia Tortolero
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Los bisabuelos maternos fueron Elogio Tortolero Cabrera y Paula Ojeda Todavía se desconoce el segundo apellido de la bisabuela materna, como también se desconoce la existencia de hermanos y hermanas. Se sabe, sin embargo, que el bisabuelo Elogio tuvo cuatro hermanos: José Antonio (quien murió en las guerrillas de Ezequiel Zamora), Tobías, Rosa Manuela y María José. Se cree que los hermanos trabajaban como agricultores.
Los Tortolero Cabrera poseían una hacienda en el estado Carabobo, llamada “el fundo de Marta López”, en Altos de Reyes. De la unión de Elogio Tortolero Cabrera y Paula Ojeda nació Rafael Eusebio Tortolero Ojeda (1893-1938). Rafael Eusebio se casó con Marcolina Rivero (1898-1937). Ellos heredaron la finca y tuvieron cinco hijos: Lucía (ama de casa), Leopoldo (tendero), Rafael Eusebio (contratista), María Teresa (abogada) y Federico (representante farmacéutico). El abuelo Rafael Eusebio, sin embargo, llevó una doble vida manteniendo a seis hijos ilegítimos, que nunca se involucraron con los suyos legítimos.
La abuela Marcolina Rivero murió a los 39 años por eclampsia, y un año después nuestro abuelo Rafael Eusebio Tortolero Ojeda murió a los 49 años por una neumonía.
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Capítulo 7
María Teresa Tortolero Rivero
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María Teresa (10/08/1927-18/06/2010) tenía 11 años cuando quedó huérfana. Entre 1938 y 1944 asistió al Colegio de Lourdes de Valencia. El párroco Francisco Martínez, le facilitó el ingreso donde estuvo internada durante seis años. Luego estudió por 2 años en el Liceo Pedro Gual tras lo cual empezó a trabajar como higienista en Valencia. Poco después obtuvo el título de secretaria en Los Teques, estado Miranda, donde conoció y se casó con un emigrante ruso, Aleksander Sarayeff, en 1949. A los pocos días del matrimonio, éste desapareció.
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Capítulo 8
María Teresa y José Galdino
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En 1950, María Teresa Tortolero Rivero se muda a Tacarigua donde conoce a José Galdino Morín Infante, cuando éste era jefe de personal en la Central Azucarera de Tacarigua. Aconsejada por él, introdujo una demanda de divorcio. Sarayeff reaparece con amenazas contra ella, y José Galdino lo somete a una medida cautelar que le impide contactarla. Luego, en 1951, por falta de recursos médicos y de incubadoras neonatales, José Galdino y María Teresa pierden a su primer hijo, dos meses prematuro (Carlos Alberto). El niño vivió sólo unos pocos días. Un año después (25 de febrero de 1952), María Teresa, a los 24 años, contrae nupcias civiles con José Galdino, de 31.
José Galdino compró una casa en un terreno de 12 hectáreas en las afueras de Guacara. El terreno, enmarcado entre la carretera a Guacara y la autopista a Caracas, tenía una casa con piscina cerrada. En esta residencia nacieron tres hijos: Alberto José (abogado) en 1953, Ricardo Federico (autor y artista visual) en 1954 y Andreína Teresa (abogada) en 1955. Las familias de sus padres les visitaban a menudo. Luego los Morin Tortolero cambiaron de residencia al municipio de Naguanagua. Allí nació María Teresa, apodada por su familia Bonnie (dramaturga, directora y enseñante) en 1958. En 1959, la familia Morín Tortolero se mudó por última vez a la urbanización Carabobo en Valencia. Allí nació José Galdino (comerciante de almacenamiento para la importación y exportación) en 1960.
Después de quince años de matrimonio en 1967, a instancias del reverendo Dr. Simón Salvatierra [3], María Teresa se presentó como candidata a la Asamblea del Estado de Carabobo y posteriormente fue elegida para la misma. Su esposo José Galdino la obligó a renunciar al cargo debido a la historia de persecución del líder del partido, Marcos Pérez Jiménez, a la familia Morín. Posteriormente, María Teresa abrió una boutique y, una vez más, su marido desaprueba su condición de tendera.
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Capítulo 9
El encanto de la superstición
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María Teresa se creía clarividente. Las personas referidas por amigos cercanos a menudo acudían a ella en busca de consejo espiritual. Inspirada en el Teosofismo y la orden Rosacruz, se adentró en los estudios metafísicos. Buscando consejo para su propia iluminación, frecuentaba sesiones de espiritismo. José Galdino cuestionaba su cordura. Él, a su vez, practicaba sus propios rituales de magia. Sus clientes y amigos le daban consejos sobre cómo mantener a raya enemigos, las raíces de su propio destino y los principios para lanzar hechizos.
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Capítulo 10
Separación y divorcio
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Los matrimonios permanecen intactos por mutuo entendimiento. Tal unión es posible siempre que hayan historias compartidas. Pero sin confianza las relaciones se desmoronan.
José Galdino y María Teresa no pudieron hacer frente a sus diferencias. Después de 16 años de matrimonio, José Galdino seguía siendo un mujeriego empedernido, y María Teresa, sintiéndose no correspondida, se cansó de él y sus aventuras. En cierto sentido, no conocían sus propias emociones y deficiencias.
Para José Galdino, el divorcio estaba fuera de discusión: una amenaza para su estatus y sus finanzas. Según la ley venezolana, el divorcio significaba dividir los bienes; algo que él no estaba dispuesto a hacer. Cuando fue notificado en 1975 de la petición de divorcio de su esposa, su furor se volvió incontrolable.
Sabiendo cómo maniobraba su esposo en los casos de divorcio, María Teresa bloqueó cualquier posible transferencia de bienes conyugales. Como resultado, José Galdino intentó arrojar al abogado de su esposa (Padrino Príncipe) por las escaleras del juzgado.
La sentencia de divorcio se dictó en 1979, justo un año antes de que José Galdino se volviera a casar (esta vez a Piedad Urán Cardona: una estudiante de odontología,25 años menor que él). La división de bienes entre José Galdino y María Teresa no concluyó hasta 1985. A pesar de la sentencia judicial a su favor, María Teresa despidió a su abogado y asumió la representación de su hijo Alberto José! Al hacerlo, tuvo que renunciar a gran parte de sus propios derechos. Ahora se sentía agotada y sin ningún sentido de la justicia. A partir de ahí se concentró sólo en su propio futuro.
Entre 1975 y 1985, María Teresa se puso por meta convertirse en abogada (quizás para vengar sus sentimientos de haber sido tratada injustamente por el sistema legal). En preparación para la facultad de derecho, se enamoró de su tutor de matemáticas, José Espirilión Valecillos Carrillo (Piri). Éste era profesor de secundaria en Valencia y quince años menor que ella. Mientras ella se preparaba para ingresar a la facultad de derecho de la Universidad de Carabobo, él también decidió postularse. Antes de terminar sus estudios de derecho, se casaron y se graduaron en 1992: ella tenía 64 años y él 49.
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Capítulo 11
Ironía de ironías
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Inexplicablemente, María Teresa y el Piri trabajaban en el mismo despacho de su exmarido José Galdino y su hijo Alberto José. María Teresa creía que sus sacrificios anteriores le habían dado el privilegio de formar parte del mismo despacho. Su práctica se centró en la protección de los derechos legales de menores. Sin embargo, su segundo matrimonio fue tan decepcionante para ella como el primero, por lo cual se disolvió después de sólo dos años. Luego, en 1996, anunció que su divorcio de José Galdino había sido un error. Ahora estando derrotada mental y emocionalmente comenzó a manifestar una especie de disociación cognitiva (¿era esto simplemente depresión o los comienzos de la enfermedad de Alzheimer?).
Al mismo tiempo, el matrimonio de José Galdino con Piedad Urán estaba en crisis. Desde 1993, ella había estado pidiendo la derogación de su acuerdo prenupcial, obligándola así a renunciar a los derechos de propiedad acumulados durante el matrimonio. José Galdino negó la solicitud. Sin embargo, al cabo de tres años, fue la fortuna quien le concedió el anhelo de Piedad.
Entre 1994 y 1995, José Galdino desarrolló síntomas del Síndrome Neurológico de Pick, dejándolo incapaz de caminar, hablar y razonar. Aunque busqué tratamiento para él, la interferencia de su esposa fue un gran obstáculo. En noviembre de 1996, a sugerencia de mi padre, regresé a los Estados Unidos para tratar mis propios problemas de salud. Unos meses después, José Galdino fue operado de una hemorragia cerebral. José Galdino murió de una neumonía el 4 de agosto de 1997.
Para 1998, María Teresa ya no podía seguir ejerciendo la abogacía. Para ocupar su tiempo, su hija Bonnie le instó a volver a escribir poesía. María Teresa alegó que José Galdino había quemado lo que ella había escrito antes. Entre 2004-05 reconstruyó unos 15 poemas, que luego fueron distribuidos a los miembros de la familia bajo el título Magia Azul.
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Capítulo 12
Últimos años de María Teresa
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En 1999 a la edad de 72 años, María Teresa, cumpliendo un sueño de toda la vida, y yo viajamos a Europa. Visitamos Madrid, París, Venecia y Roma. En el viaje, María Teresa recordó cuando cinco años antes se había tropezado camino a los tribunales: Para ella era mi consuelo de ella lo que representaba al más preciado de recuerdos compartidos. Días después, en el aeropuerto, vio nuestro reflejo en un espejo en el club privado de la aerolínea y me dijo: “Espero guardar este momento para siempre en mi memoria”.
En 2004, la invité a celebrar su septuagésimo séptimo natalicio en la ciudad de Nueva York. En este último viaje, conoció a David, mi esposo durante nueve años, y a Eva, su madre, la cual era cuatro años mayor que ella misma. María Teresa admiraba la vitalidad de Eva. Al año siguiente, María Teresa fue diagnosticada con Alzheimer.
En 2009, ella languidecía en las etapas avanzadas de la enfermedad y sabíamos que su tratamiento debía continuar en una clínica. Ya no era posible que su hija Andreina asumiera la responsabilidad exclusiva de su cuidado. Asimismo su hijo José Galdino no escatimó esfuerzos en el cuidado de su madre. Su dedicación y conducta fueron ejemplares.
A la edad de 84 años murió María Teresa, el 18 de junio de 2010.
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Epílogo
Un viaje en el tiempo
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Al escribir esta historia, reconozco mis propias limitaciones al tratar de comprender vidas que creía conocer íntimamente. Tanto mi familia como yo no sabíamos quiénes éramos, más de lo que realmente podemos sabernos a nosotros mismos. Esto resalta una evanescencia que busca definir nuestras relaciones, que apenas tocan los bordes de nuestra existencia. Hay mucho que no podemos decir. Nuestros propios remordimientos, sentimientos de vergüenza o imprudencias solo pueden ser censores para nuestra comprensión.
El reconocimiento de que la vida es imperfecta es la definición de dignidad. Cabe señalar que un ensayo sentimental no es el objetivo que deshonra nuestra existencia; es más bien una incongruencia que encubre nuestras imperfecciones. Nuestras vidas se celebran por sus diferencias. Ya sea que nos cuidemos unos a otros o nos inflijamos dolor, es una cuestión de tolerancia. Lo que sería más notable sería el perdón.
María Teresa Tortolero Rivero a través de su vida. De izquierda a derecha: 1. En 1945 con el uniforme del Liceo Pedro Gual. 2. En 1954 durante su tercer embarazo, acompañada de su esposo José Galdino Morín Infante y seguida de su cuñado Chucho Morín Infante. 3. En 1992 luciendo toga y birrete con diploma y medalla tras graduarse de abogada. 4. En 2004 a la edad de 77 años en frente de su yerno David Lowenberger y de brazo a su madre, consuegra, Eva Lowenberger.
[2] Ref: http://lavozdeoritucohistorialocal.blogspot.com/2015/08/casa-amarilla-de-lezama.html?m=1 Este enlace menciona al “Bachiller” José Calixto Morin quien reportaba al Arzobispo de Venezuela, en el año 1813, el estado administrativo y avance del Lezama. Por decreto las tierras todavía pertenecían a los nativos indios Guarinos de la región, quienes las cultivaron hasta ser desplazados a finales del siglo XIX.
[3] Ref,: https://issuu.com/academiahistoriacarabobo/docs/la_hora_de_las_tinienblas_homenaje_ as_tinienblas_homenaje_La hora de las tinieblas, conmemora en 2010 el nacimiento del párroco Simón Salvatierra. El reverendo Dr. Simón Salvatierra (1910-69) era natural de Bejuma: un sacerdote de la Arquidiócesis de la ciudad de Valencia, quien rompió con las normas de la iglesia al ser senador afiliado a un controvertido partido político: El Indio, también conocido como Cruzada Cívica Nacionalista, fundado por seguidores del expresidente, dictador militar, Marcos Pérez Jiménez. A mediados de los años sesenta María Teresa mantuvo su consejo y estrecha amistad. El Reverendo Salvatierra fue instrumental en que María Teresa hubiese sido electa a la Asamblea del Estado de Carabobo como representante de dicho partido y ella a su vez se sentía especialmente honrada de ser la primera mujer asambleísta de su estado.
*
*
Poemario de Maria Teresa
*
Magia Azul
(Dedicado a sus hijos)
i
Cuando florezca en primavera
(junio 15 de 1974)
*
Cuando florezca en primavera
hermosa flor de mi jardín,
te ofrezco en ella la vida entera
por que de pronto ...
se nos va al fin.
Cuido tu suelo, riego tus plantas
y dulces frutos darte quisiera
de mis campiñas de oro y plata
cuando florezca en primavera.
Hermosa flor de mi jardín
cruzo los valles, profundos mares
con sus alitas de querubín.
Dejo sus suelos y amados lares
pues ya su sabia no riega más
y las campiñas de sus cantares
deja su aroma y al fin se va.
Allá a lo lejos de verdes valles
en que yo soñé,
y esa la meta de mis andares
allá tus plantas que tanto amé.
ii
Alas al viento
(junio 15 de 1974)
[Poema escrito y anexo por su hija Bonnie Morín Tortolero]
*
Nacimos libres
cual amapolas sin alas
con la inquietud innata
de remontar escalas.
Y en un abrir y cerrar de ojos
emprendemos el vuelo ...
¿En qué aposento amargo
dejará su anhelo,
aquel que encubra sus ojos un velo
y el corazón el destello
de afrontar el mundo
cual ufano cielo?
*
[Alas al viento, escrito por Maria Teresa Tortolero Rivero en respuesta al mismo poema de su hija Bonnie]
*
... sigue su raudo vuelo
con el paso de su sino
que ancho y largo es el camino
y al primer paso ha caido,
avecilla mal herida:
levanta tus ojos al cielo,
no temas más al destino
que es de cobardes la huida
cuando el amor es divino.
iii
Ven a mí
(junio 30 del 2004)
*
Alma mía , ven a mí
si es que me amas.
Te estoy esperando.
No te hagas de rogar,
por que yo te amo
y sufro por no verte.
Me hace falta la luz
de tu mirar
para seguir viviendo,
por que aparecistes en
mi camino
para amarte hasta
la eternidad.
¡Qué absurda es la vida
en algunos casos!,
donde no hay correspondencia,
no hay nada que esperar.
Dejar que las cosas sigan
su camino y nada más,
dejar todo en su lugar.
Se impone el olvido
y así será.
iv
Vive por ellos mi bien
(abril 9 del 2004)
*
De la estrechez de la forma
surge el principio de bien,
el bien de mis amores,
el bien de mi querer.
Sintiendo cuanto les amo
vive por ellos mi ser.
Es cuanto tengo,
es cuanto soy.
Sin ellos no sería nada.
Vive por ellos mi bien.
Les amo, les amo.
Gracias a mi creador,
amar es vivir.
v
No quiero, no quiero
(abril 14 del 2004)
*
No quiero forzar las barreras.
No quiero tener en mis sueños quimeras,
alentando la ilusión por un falzo amor,
tan frágil como brizna de paja en el viento.
¡Qué más quisiera borrar,
todo recuerdo ingrato de su vida,
qué más quisiera,
con la fuerza de este amor
que llevo indeleble en mi ser,
como un reto al destino:
Ése que jugó con nosotros
como si fuéramos niños!
vi
No te apartes de mi camino
(mayo 11 del 2004)
*
Pon en mi alma tu fuerza creadora
para cantarte con embeleso
todo lo que mi alma añora.
Ávida de tu consuelo
tu presencia implora.
Plena mi alma con tu amor divino
y no te apartes de mi camino.
vii
Soñé
(mayo 11 del 2004)
*
Soñé que era una diva
del bel canto
que con devoción
cantaba a mi Creador.
Era este soñar despierta
que me acompaña desde niña
con una dulce melodía,
dentro de mi alma,
que sin saber canto todavía.
viii
Se hace un sueño realidad
(enero 26 del 2004)
*
Lo que fué para mi una lisonja
fué para otros un atrevimiento total.
Yo no juzgo, sólo sopeso las acciones.
El hombre no está en su lugar.
Él vive soñando.
Una manera de pasar el tiempo.
Mientras se limita a soñar
no le hace daño a nadie.
Sólo con sus sueños está,
y a manera de vivir soñando
se hace un sueño realidad.
ix
La más bella entre las bellas
(septiembtre 11 del 2004)
*
Era bella, la más bella entre las bellas,
de nariz respingona y fina,
de labios delgados y expresivos
con unos ojazos de cielo
que sonreían al mirar
y con una voz dulce que invitaba a cantar,
Yo cantaba con ella
a la sombra de un ventanal
y mientras cantaba
los pájaros venían
y se ponían a cantar.
La canción que ellos oían ,
pajaritos mañaneros,
que venían a su ventana,
cantando en la mañana
para despertar el día.
Mamá se sonreía
y entre cantos me decía:
"Tú eres una pajarita más,
mi niña buena, mi niña inteligente.
Habrá que educarte bien
para que, entre vuelo y vuelo,
tus sueños se hagan realidad,
para que, entre sueño y sueño,
aprendas a volar.
x
Ausencia
(junio 13 del 2005)
*
Cuánto encierra la ausencia
angustias y sin sabores
por el que espera al ausente
que nunca llega, dejando dudas
al que espera desesperanzado
por no saber de su amado;
qué le ha pasado.
Hay que llenarse de paciencia
con un amor singular
y saber esperar
que Él se haga presente
con su amor de siempre.
xi
Del cielo bajó un ángel
(junio 30 del 2004)
*
Del cielo bajó un ángel
cargado de luz
y sus ojos como dos luceros
penetraron en mi alma
y se adueñaron de mí.
Pero estoy sola y triste
por que sin Él no sé vivir.
¿Qué se ha hecho mi ángel amado?
¿Dónde se ha ido?
¿Con quién está?
Aprende a vivir.
Yo te esperaré.
Sabré esperar.
Tu volverás a mí.
Te hare feliz
por que te amo.
xii
Por que te ví
(marzo de 1978)
*
¿Por qué te ví para quererte?
¿Por qué te amé
para vivir ausente?
¡Qué destino tan cruel!
Amarte tanto
sin saber si soy amada
y soportar estar distante.
No puedo comprender:
¿Qué se hizo de ese amor
de un alma enamorada
que ví brillar en su mirada?
xiii
Mirar quisiera
(marzo de 1978)
*
Errante voy entre las sombras
y como al ciego mirar quisiera,
mirando y viendo entre las cosas
donde no llega la luz del día;
mirando entre las cosas
hasta encontrar el alma mía.
Al cielo pido en su piedad infinita
se apiade de mi dolor acerbo,
pues si sufro por creerme diosa,
tambié sufro por sentirme sola;
pena que a mi alma roba
todo el encanto de su gloria.
xiv
Un alma grande me diste
(julio de 1979)
*
Una alma grande me diste pues cabe un mundo en mi pecho, sin embargo, vago triste con el corazón desecho,
Como paria en el desierto, de mi alma peregrina, siento el punzar de la espina y la duda de lo incierto.
Solitario etá mi nido. Sólo ausencia existe en él. ¿Por qué señor tanto olvido, por qué tanta hiel, si mi hiciste para amar y a Ese Amor quiero ser fiel?
xv
Como magia azul
(julio 9 del 2004)
*
Ya verás como el
águila real en raudo vuelo
al infinito alcanzará.
Ya verás como a todo lo amado
como Magia Azul
a ti vendrá.
Ya verás que la magia del amor
transforma al corazón,
da fuerzas a vivir,
el Sueño Aquel, tan esperado,
¡de amar y ser amado!
Ricardo F. Morin Silencio Ocho Óleo sobre rollo de lino 43″ x 72″ x 3/4″ 2012
Introducción
Manifiesto de Ricardo Morín: Muestra extensivamente su taller de pintura en la ciudad de Nueva Jersey en los Estados Unidos, donde él narra su manifiesto Metáforas del silencio con obras de apertura que están en proceso de gestación y otras que forman parte de una serie recientemente terminada. Véase el portafolio de arte y currículum http://www.ricardomorin.com/
Ricardo F. Morin
24 de noviembre de 2010
New York, NY
*
Dedicado a
David Lowenberger
Jiddu Krishnamurti (1895–1986)
Carlo Giuseppe Soarés (1892–1976)
Metáforas del silencio (2005–2010):
Transcripción de estudio (editada en prosa)
*
Entre 2005 y 2010, la obra se expande en torno a cuestiones relacionadas con la perspectiva, sintetizando conceptos de espacio pictórico e infinito que han estado presentes a lo largo del tiempo. La abstracción pictórica y la plasticidad se permiten expresar, tanto en forma como en contenido, un tipo de arte que trasciende un mundo material de signos.
Las pinturas se orientan hacia lo infinito, hacia el misterio y hacia la poesía presente en el drama individual. Aunque situadas dentro de la estética del siglo XX, no se alinean con un movimiento histórico específico ni con una agenda posmodernista. La creación artística se concibe como un producto vivo de la experiencia humana, resultado de la propia pasión del creador.
La idiosincrasia del individuo, indivisible en su naturaleza y ajena a la causalidad, se inscribe dentro de un marco estético que abarca todas las esencias. La imagen aparece como residuo: no objetiva, atemporal y en ocasiones existencial. No busca explicar la experiencia. Más bien se manifiesta e invita a la interpretación del observador.
La obra terminada se sostiene por sí misma. El espectador puede percibir una sensación de completitud generativa, como si un universo se estuviera creando y recreando continuamente.
“Metáforas del silencio” sugiere que la verbalización de la realidad estética implica su propio término. Por más precisas que sean, las palabras resisten la magnitud de esa realidad. La experiencia del arte puede no llegar a producirse si nace de un espíritu fragmentado, condicionado por fórmulas, gratificación o condena.
El arte no se sostiene en los prejuicios del observador ni en la necesidad de llamar la atención mediante estímulos excéntricos. Se encuentra, en cambio, en el espacio abierto del silencio, en la quietud de la contemplación meditativa y en la libertad de observar sin el control del observador.
En ese estado de atención intensificada, las preguntas se vuelven innecesarias y las respuestas reducen el acto de observación. Esta estética no deriva de la experiencia acumulada, ni de la asociación con el pasado, ni de la búsqueda de una audiencia, ni de las exigencias de un mercado predominante.
Estas corrientes no están regidas por la conciencia ni por la inconsciencia. No persiguen la realización ni surgen de la vanidad o de la elección. Son manifestaciones comunes a todos, que definen lo que existe más allá de las ideas y las palabras. Operan creativamente sin depender del ruido del conocimiento y permanecen fuera de la medición y la clasificación.
Dentro de esa oscuridad, una energía vital se despliega, avanzando más allá de la limitación y el aislamiento. La creación aparece como un proceso de despertar y renovación en cada relación. Participar en el movimiento de la vida requiere una liberación continua del condicionamiento.
El acto creativo no es una acumulación de conocimiento. La figura del “genio creativo” marca solo una etapa dentro del proceso de descondicionamiento y no puede convertirse en conocimiento si permanece dentro de la individualidad. El ojo, atado a la duración, puede desear momentos de inspiración, pero esos momentos no constituyen la creación.
La creación ocurre en aquello que trasciende el momento hacia la continuidad.
En esta relación con el arte, el objetivo no es la autorrealización, sino la expresión de una interconexión subyacente.
Videografía de estudio:
Transcripción simultánea sin editar
*
0:01
Mi trabajo del 2005 al 2010 se expande sobre cuestiones relativas a
0:08
perspectivas de síntesis entre conceptos de espacio pictórico y del infinito
0:16
algo sobre lo que he trabajado al paso del tiempo. Ello me ha permitido la abstracción pictórica
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y plasticidad para expresar tanto en forma como contenido un tipo de arte que va
0:31
más allá del mundo material de los signos. Mis pinturas en sí pretenden
0:38
alcanzar un infinito que es el misterio y la poesía en el drama individual de
0:46
todo ser humano. Aunque inmerso en las estéticas del siglo 20 no lucho por ningún movimiento
0:55
histórico ni siquiera por la agenda post modernista. Simplemente veo la praxis del arte como
1:03
un carnoso producto de la experiencia humana resultante de la pasión de su fabricante
1:11
Así como la idiosincrasia del individuo de naturaleza indivisible pueda ser
1:18
ciega a la causalidad el marco estético que éste abarca incluye todos sus
1:26
sentidos y la imagen viene a ser tan solo un resultado o residuo
1:36
Sin objetivo ni tiempo e incluso existencial en este sentido la imagen no pretende explicar cuál es
1:45
el significado de la experiencia sino más bien la imagen se manifiesta para
1:52
provocar una interpretación del observador. El trabajo terminado se sostiene sobre
2:01
sí mismo. El espectador puede llevarse consigo espero un sentido de las obras
2:08
que es la generativa entereza de un universo habiéndose formado y rehecho a
2:16
sí mismo. Metáforas del Silencio
2:27
La verbalización de una realidad estética es su propio deceso
2:36
ya que la misma precisión de las palabras se resiste a la magnitud de dicha realidad
2:43
Ver la actualidad del arte no podría establecerse si éste corresponde a un espíritu fragmentado por la ilusión de
2:52
fórmulas novedosas, amurallado por la gratificación o la condena
2:59
El placer alimentado por el pensamiento es la avaricia de un prejuicioso observador
3:08
derivado de la contabilidad de estímulos excéntricos para obtener atención
3:15
pero se encuentra y se percibe en el abierto espacio del silencio
3:26
en la virtuosa quietud de la contemplación meditativa
3:33
en la libertad misma de lo conocido libre de observar
3:40
sin el control de un observador atento donde las preguntas son
3:48
innecesarias y las respuestas trivializan la misma observación
3:58
Esta estética no es producto de la experiencia ni de la asociación con el pasado
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ni tampoco de la búsqueda de una audiencia ni de un mercado preponderante
4:14
ni siquiera son fluidos conscientes o inconscientes ya que no propagan empeño alguno
4:23
no son productos de un egoísta y vanidoso ritual de elección alguna; más son una manifestación de nuestro ser
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común que nos define más allá de las ideas y de las palabras
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que opera creativamente sin dependencia al ruido del conocimiento; que no se adaptan a mediciones ni
4:48
etiquetas donde la propia oscuridad permite que
4:55
cunda la energía vital que las empuja por encima de la servidumbre a lo
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conocido o de su aislamiento es crear en nuestra existencia
5:13
nuestro propio despertar y renovación en toda relación
5:21
si hemos de unirnos libremente al movimiento total de la vida
5:30
y librarnos del acondicionamiento del yo. Es un proceso creativo constante
5:38
El genio creativo es una mera etapa en el des-condicionamiento del yo
5:46
el cual nunca pudiera convertirse en un verdadero conocimiento si permanece dentro de la esfera de la
5:55
individualidad. El yo atado a la duración de las cosas
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pudiera desear para su propio beneficio el inefable momento de la inspiración
6:14
Ese contacto fugaz con el presente; más no puede ser nunca parte del acto
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creativo de ese momento que alcanza la eternidad
6:31
En este amor por el arte no busco la realización personal
Imagen digital creada con los programas Maya y Combustion.
“Es como una cabra atada a un poste, que puede vagar tan sólo la longitud de su traílla.”
Jiddu Krishnamurti, 1986
*
*
*
Quien aspira a una carrera como artista visual comprende que los constreñimientos para la supervivencia son cuestionables y el reconocimiento está predicado por una caprichosa cifra del destino. La misión no está en la búsqueda del reconocimiento, ni siquiera en la permanencia, pero en madurar y compartir el talento a través de la exploración e indagación. Congruencia entre la ascendencia, identidad y el trabajo visual no es un asunto de interés comercial a favor de cualquier identidad nacional; éstos son irreduciblemente aspectos de significación que no se pueden definir desde la perspectiva de piedades convencionales. Es una manifestación imponderable del ser: que no está atada a expectativas externas, ni mucho menos a la expectativa de alguna entidad designada y su modelo económico el cual pueda bien servir en tácticas de mercadeo.
El mundo del arte incluye actores que generan adversidad con el objetivo de ampliar su alcance y autoridad. Empecemos por preguntarnos el porqué del desaliento ineludible de artistas visuales con doble nacionalidad, el cual aparenta ser resultado de un impuesto acorralamiento de fundamentalismo latinoamericano. Preguntémonos por qué dicha frustración está a la orden del día impuesta por contemporáneos de Medicis’ quienes procuran comprar una parcela de la historia en una institucionalización parroquial curiosa dentro de sus países de origen, así como también mientras la promueven en los mercados extranjeros de mayor control.
Fundaciones filantrópicas privadas, específicamente la Phelps-Cisneros, empiezan por venderse a museos como influyentes laboratorios darvinianos de especímenes, los cuales claman anunciar “programas innovadores que se centran en asuntos latinoamericanos,” así como claman “fomentar el conocimiento de la herencia cultural de América Latina”. Dirigida por el liderazgo de una rica señora de alta sociedad, esta fundación se jacta que su fundadora es una mezcla entre señoras de sociedad igualmente ostentosas y los incomparables eruditos de nuestro tiempo. En su misión como antropóloga, la fundadora es alabada aún como la personificación del preeminente bio-geógrafo, Alexander von Humboldt; a quien su contemporáneo, Simón Bolívar (el revolucionario y aguerrido libertador latinoamericano) “se cree” haber citado como “el verdadero descubridor de Sudamérica”.
Pero tales retratos no rinden necesariamente un producto equilibrado de visión pluralista. Sólo después de desnudar la confusión entre la arrogancia y pretensiones elegantes, puede uno apreciar que, por ejemplo, su deseo de establecer el diálogo más rico posible entre el arte contemporáneo y un núcleo histórico en Venezuela refleja más bien un deseo para promover un fundamentalismo aberrante: uno que se propone preservar ciertas tradiciones regionales — o su índole—, lo cual, por supuesto, está de acuerdo con las adquisiciones propias de dicha fundación. Es innegable que la preponderancia de estas adquisiciones representan movimientos significativos en su momento histórico, como lo fue el arte Cinético, Op y sus derivados neo-geométricos: movimientos que, de hecho, siempre han sido complacientemente populares, y sin controversia alguna entre la élite política de Venezuela — desde dictaduras absolutas, a democracias débiles, así como hasta llegar a la emergente cleptocracia del Estado Bolivariano de Hugo Chávez–; y como es muy bien definido por los recurridos temas de esta fundación, sus exposiciones y publicaciones internacionales. No obstante, el arte contemporáneo promovido en dicho contexto ejempla sólo un producto de demagogia de la clase gobernante, cuando la pretensión simplista de “estimular” (castrando más bien) una identidad nacional es impuesta por un historicismo anticuado, uno que es tan espontáneamente atroz cultivarse como los resultados que empobrecen a través de despreciativas tácticas de mercadeo corporativo.
¿Debemos sucumbir a los peligros de cortejar esta cultura divisiva, la cual define artistas aceptables por medio de la enajenación? ¿Deben gravitar dichos artistas hacia un estancamiento sumiso, dictado por semejantes modas institucionales? ¿No es la misma concepción institucional de fronteras culturales una clase de segregación regional e ideológica completamente anacrónica al flujo de una comunidad integralmente global? Reflexionemos en términos prácticos, que la razón de ser de cualquier artista, o de cualquier ser humano, consiste en el anhelo, no de tal negación tan enormemente irreverente del significado personal, tal como es derivado de semejantes dispositivos de medición regresiva; pero del respeto universal de dignidad y libertad que todos poseemos, el cual no puede ser vendido, pero puede y debe ser compartido. Afirmemos que esa injuriosa ansiedad por parte de la autoridad de estas instituciones filantrópicas de hoy en día —a pesar de la influencia de su púlpito, de toda su riqueza mercantil y de toda su gran arrogancia (bien sea por que alcahueteen a una ideología anticuada o las falsedades del nacionalismo, o a una afiliación política o religiosa)— no está sólo fuera del espíritu transformativo de nuestros tiempos, pero ciertamente, no dificultará ni disminuirá una revolución globalizada de la cultura y la humanidad sin el despotismo de fronteras convencionales e identidades preconcebidas. Esta realidad no exige necesariamente una revolución política ni económica, pero una revolución interna: el resultado de una mutación en nuestra percepción de lo que es realmente trascendental, junto con una dispersión del condicionamiento a que nuestras comunidades creativas se han permitido a sí mismas ser subyugadas sumidas en un mercado deletéreo. [1] Esta es la sensibilidad y la percepción que nosotros, tanto el artista como las fundaciones mismas, necesitamos todos abrazar. Porque, aunque, no existen respuestas simples en una cultura continuamente emergente, es de todos la responsabilidad social de respetar el código de conocernos a nosotros mismos en una amplia libertad antes que en un proceso de dominación.
Ricardo F. Morín, 4 de diciembre de 2008, New York, NY
[1] La base de un deletéreo mercado del arte es la mitomanía propagandística del estrellato la cual se limita a examinar los valores de unos pocos artistas escogidos, como un segmento de inversiones (en la ignorante complacencia de la totalidad de índices de mercadotecnia), que se opone en su auge al 90% de artistas activos quienes tambalean en su auto-subsistencia.
¡Mavericks! Busquen renovaciones que partan de la Vida. Destruyamos el mercadeo de teorías institucionales, una taxonomía corrosiva al servicio de la petulancia, comercializando consignas anacrónicas del sinsentido.
Subordinados a la infamia, cohortes de diletantes, no la falta de delimitación como sirvienta de la ignorancia.
¿Quién promueve el borde de una nueva supervivencia fugitiva? Dando cuerpo a la servidumbre como estilo, reemplazando el intelecto por una rapacidad mordaz, desfilando desnudos, desnudez de almas duplicadas, con una desgarradura desafiante, un deseo insaciable de poseer, ¿cultura clandestina de lo mal engendrado?
Juntas de museos y CEOs resplandeciendo y desbordándose, grotesco de gula, toma de control de depredadores corporativos.
¡Mavericks! No nos burlemos ni sucumbamos al chovinismo, emasculados por la opresión. Tengan presente que la Libertad no está en venta.
¿Conduciría la revolución de la web a los empeños artísticos hacia una revolución política, reemplazando galerías, museos y el sistema de propiedad del coleccionista? ¿Superaría la vocación interna de un artista las exigencias externas de la supervivencia en el mercado? ¿Existiría ya tal vocación en un estado natural, sin las fuerzas intervinientes de tendencias manipulativas? ¿Quedaría tal vocación suscrita al intercambio de exhibicionismo y voyeurismo por ventas, adquisiciones, mercancías, así como a la voluntad de agentes administradores? ¿Enfrentaríamos una nueva realidad, libre de estrellato y maniobras económicas? ¿No harían participación y aislamiento diferencia alguna si tal vocación no sirviera a otro propósito que a sus propias necesidades? ¿Se volvería la historia a la vez irrelevante e importante: irrelevante en cuanto a cómo uno pueda encajar e importante en cuanto a cómo uno pueda comprender sus límites? ¿No permanecería siempre el conocimiento entrelazado con alguna gravosa medida de superstición? ¿Rechazaríamos una paradoja sobre un terreno arrogantemente moral o atenderíamos sin reparo a nuestros instintos primordiales?
Visión columnada de pasión instintiva Cantada por ruiseñores sostenidos en la luz del día No teme consecuencia ni precedente Pues pertenece a la eternidad.
Reverberante y grave, ya sin ocultarse Un plexo solar en protesta ante las limitaciones propias Interpretación quebrada, certera, de su libertad Lejos de las sombras perversas del cinismo, No duda más: sequía de descontento.
Sacudida por comunicar lo más querido Mientras se eleva desde la turbulencia. ¿Qué es lo más consolador de su lamento interior? Apolo abre a Dionisio hacia el abismo de la infinitud, Campanas detenidas, sin torre a la cual aferrarse.
Déjame reposar en nada más que tu susurro acariciante, Pensado y desprendido Regresando y partiendo a la vez Llevar este canto a nuestro universo.
“Alegoría geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
*
Ricardo F. Morín
13 de Enero, 2026
Oakland Park, Fl
Nota del autor:
Esta entrega cierra el Capítulo XII, “El cuarto signo”. Presenta los §§ 26–34 bajo el encabezado “La asimetría de las sanciones”, y examina la aplicación desigual y los efectos diferenciados de las medidas económicas y políticas externas dentro del marco más amplio establecido por las secciones precedentes sobre la autocracia y Venezuela.
*
Capítulo XII: Parte 3
~
La asimetría de las sanciones
26
Las sanciones se emplean con frecuencia como instrumento diplomático para debilitar regímenes autocráticos. Sin embargo, su uso revela una asimetría más profunda en la tensión entre responsabilidad democrática y persistencia autoritaria. Según datos del V-Dem Institute, cerca del 72 % de la población mundial vive actualmente bajo formas de gobierno autocráticas, la proporción más elevada desde 1978. Esta constatación obliga a reconsiderar las sanciones no como medidas excepcionales frente a regímenes aislados, sino como políticas aplicadas en un orden global donde la autocracia se ha convertido en la forma predominante de gobierno.
27
Por un lado, las sanciones buscan aislar a las autocracias en los planos económico y político. Por otro, regímenes como el de Nicolás Maduro han demostrado una notable capacidad de adaptación frente a tales medidas. Su perdurabilidad pone de relieve los límites de instrumentos concebidos para un mundo en el que se presuponía la primacía de la democracia.
27a
Los desarrollos posteriores, incluida la remoción de Nicolás Maduro del poder, alteran el objeto inmediato hacia el cual se dirigían las sanciones, pero no resuelven las condiciones estructurales aquí examinadas. Las redes de autoridad, los arreglos institucionales y las alianzas externas que sostuvieron su mandato no han sido disueltas por su salida. Lo que se observa en este caso no es la permanencia de una figura individual, sino la persistencia de una estructura de gobierno capaz de adaptarse más allá de ella.
28
Maduro ha tejido alianzas adversariales con el fin de eludir la presión externa y sostener su permanencia en el poder. Al invocar nociones de soberanía y resistencia frente a la influencia occidental, ha transformado el aislamiento en un relato de desafío.
29
Este relato sirve de base para asociaciones con otros Estados autocráticos, entre ellos Rusia, China, Cuba, Irán y Turquía. [43][44][45][46] [47]Impulsadas por intereses pragmáticos más que por una afinidad ideológica estricta, estas alianzas permiten a Venezuela atenuar los efectos previstos de las sanciones.
30
El resultado es paradójico: mientras las sanciones aspiran a debilitar a las autocracias, contribuyen de manera involuntaria a su resiliencia. La dependencia de alianzas alternativas brinda a regímenes como el de Maduro acceso a recursos, apoyo militar y respaldo político, lo que a su vez los resguarda de disrupciones económicas severas y del escrutinio internacional. En un contexto donde la mayoría de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos, la lógica del aislamiento pierde eficacia; se convierte en una lectura errónea del equilibrio global.
31
De este modo, las sanciones favorecen la persistencia de la autocracia. Regímenes como el de Maduro explotan su aislamiento para presentarse como defensores de la soberanía nacional y de la resistencia frente a la hegemonía global. Esta dinámica refuerza la noción de un orden mundial multipolar. [48]A medida que el poder global se desplaza desde una dominación unipolar, estos regímenes encuentran nuevas vías para sostenerse.
32
Al encuadrar su cooperación como resistencia a la primacía occidental, los regímenes autoritarios legitiman sus alianzas bajo el estandarte de la multipolaridad. Este reposicionamiento estratégico no solo elude las sanciones; reconfigura activamente el orden global. En la medida en que estos regímenes amplían su influencia, debilitan las normas democráticas al sustituirlas por un sistema en el que el poder se concentra sin rendición externa de cuentas.
33
Este desplazamiento no se limita a regímenes como el de Maduro. Refleja una tendencia más amplia en la que el autoritarismo avanza aprovechando fracturas ideológicas internas en las sociedades democráticas. En Europa y Asia, movimientos nacionalistas y de derecha reproducen cada vez más narrativas alineadas con el Kremlin para intensificar el escepticismo hacia las instituciones occidentales. El ascenso de estas fuerzas en países como Hungría, Italia e India no constituye únicamente un giro interno; señala una convergencia con un marco global en el que la soberanía se invoca no para fortalecer a los ciudadanos, sino para aislar a los dirigentes de toda exigencia de responsabilidad.
34
Contrariamente a la tesis de que el autoritarismo sería solo una reacción a la hegemonía estadounidense, su expansión revela un impulso propio que persiste al margen de la intervención de Estados Unidos. China y Rusia no buscan disputar el poder norteamericano en nombre de un orden más equitativo; aspiran a consolidar su autoridad sin restricciones externas. En este escenario, la división ideológica tradicional entre izquierda y derecha pierde centralidad frente a una confrontación más fundamental: la pugna entre la concentración del poder y la resiliencia democrática. [49]Ya sea bajo la forma del populismo o del nacionalismo, el objetivo permanece constante: debilitar los contrapesos institucionales y concentrar el poder sin una rendición de cuentas suficiente.
NOTAS FINALES
§ 29
[43] En 2019, la empresa estatal rusa Rosneft gestionó cerca del 70 % de las exportaciones de crudo venezolano, eludiendo sanciones estadounidenses. Rusia también suministró equipamiento militar y programas de adiestramiento destinados a reforzar el control de Maduro sobre las fuerzas armadas.
[44] La participación de China incluye empresas mixtas en la Faja del Orinoco, proyectos de infraestructura como el ferrocarril Tinaco–Anaco y programas habitacionales asociados a la Gran Misión Vivienda. Pese a dificultades operativas, estas iniciativas evidencian el interés estratégico chino en el sector energético venezolano.
[45] De acuerdo con el Brookings Institution, Cuba y Venezuela han mantenido vínculos políticos y estratégicos estrechos, especialmente durante las administraciones de Chávez y Maduro. Esta relación ha abarcado cooperación en materia de seguridad e inteligencia. Instituciones cubanas han aportado formación, asesoría y apoyo técnico a fuerzas militares y de seguridad venezolanas, incluida la Dirección de Inteligencia (DI, G2), los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Brigada Especial Nacional del Ministerio del Interior.
[46] Irán ha respaldado a Venezuela mediante cooperación energética y militar, aportando combustible refinado y asistencia técnica para la industria petrolera. Acuerdos de trueque e intercambios tecnológicos, incluidos sistemas no tripulados, reflejan la profundización de esta alianza.
[47] Turquía facilitó el comercio de oro venezolano, permitiendo al gobierno eludir sanciones. Este intercambio, que alcanzó aproximadamente 900 millones de dólares en 2018, ha sido cuestionado por su opacidad y por su vínculo con la minería ilegal en la región del Arco Minero.
§ 31
[48] Pérez-Liñán, Aníbal y Mainwaring, Scott, Democracies and Dictatorships in Latin America: Emergence, Survival, and Fall (Cambridge: Cambridge University Press, 2014), 183–187, 199–202.
§ 34
[49] Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel How Democracies Die (Nueva York: Crown, 2018), 212–215.
Ricardo F. Morín Naturaleza muerta 22″ x 30″ Técnica mixta sobre papel 2000
Ricardo F. Morin
31 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa. Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba. Uno habla; el otro se ajusta. Se introduce una afirmación y se adopta sin examen. Cuando aparece la contradicción, se deja de lado. La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta. El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.
Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo. Requiere dirección y alineación. Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse. Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación. Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido. Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido. La relación continúa sin ser cuestionada.
¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba. Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta. El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba. Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.
La contradicción ya no interrumpe la relación. Se descarta o se aparta y no entra en la decisión. Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.
Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho. La corrección deja de producirse.
Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla. El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación. Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada. Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación. La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.
Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente. El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba. Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación. En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa. En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios. Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.
Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada. Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella. El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce. Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura: la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada. La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue. Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.
La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección. Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta. Donde se excluye, la relación se cierra.
El problema no comienza cuando una afirmación es falsa. Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.
Ricardo Morín Still veintitrés: La Escalera Cripto Óleo sobre lienzo y tabla 30,5 x 38 x 1,3 cm 2012
Ricardo F. Morín
27 de febrero de 2026
Oakland Park, Florida
*
La criptomoneda afirma independencia de la autoridad financiera. En la práctica, los tokens se compran, se venden y se almacenan en plataformas de intercambio centralizadas que controlan la custodia, ejecutan operaciones y procesan retiros. Cuando los participantes dejan sus activos en estas plataformas, la entidad administradora conserva las claves privadas y gestiona el acceso a los fondos. El control se desplaza de los bancos regulados, que operan bajo requisitos de capital, reglas de liquidez y supervisión pública continua, hacia plataformas privadas constituidas en distintas jurisdicciones y sujetas a normas variables de divulgación, reservas y cumplimiento normativo. Las protecciones disponibles dependen de las reglas aplicables en la jurisdicción donde opera la plataforma.
Antes de que comience la negociación pública, el acceso a los tokens recién emitidos se limita a fundadores, inversores privados o participantes en rondas de distribución inicial. Las transacciones en esta etapa ocurren dentro de ese grupo restringido y los precios reflejan intercambios entre esos titulares de tokens.
Cuando se abre la negociación pública, nuevos compradores acceden a través de plataformas de intercambio. Compiten por adquirir la oferta existente en manos de los titulares iniciales. Como la oferta no se expande de inmediato, los compradores elevan sus ofertas de compra entre sí. A medida que aumentan las ofertas de compra, el precio de mercado se incrementa.
Cuando quienes adquirieron tokens antes venden al precio elevado generado por la competencia entre ofertas de compra, los compradores posteriores transfieren capital mediante esas adquisiciones, capital que se convierte en la ganancia de los primeros vendedores.
Los sistemas de tokens pueden distribuir la oferta de manera amplia en la emisión inicial mediante ofertas públicas o asignaciones comunitarias. Sin embargo, una vez que comienza la negociación, los participantes con mayor capital pueden acumular posiciones más amplias comprando a titulares con posiciones más reducidas. Con el tiempo, este proceso concentra la oferta en un grupo más reducido de titulares. El orden de entrada influye así en quién llega a controlar porciones significativas de la oferta.
Si la demanda continúa superando la oferta disponible, los compradores elevan el precio de sus ofertas de compra y los precios aumentan. Si la demanda disminuye y se reducen las ofertas de compra, cesa el aumento de los precios. Cuando titulares con posiciones significativas intentan vender en un mercado en descenso, presentan órdenes de venta de gran volumen en la plataforma. Esas órdenes deben coincidir con compradores dispuestos a adquirir al precio vigente. Si los compradores presentan ofertas a precios más bajos, los vendedores aceptan esas condiciones para completar la operación. Cada transacción realizada a un precio inferior establece un nuevo precio de referencia. A medida que el precio cotizado desciende, otros titulares de tokens deciden vender para limitar pérdidas adicionales. Esas ventas posteriores se ejecutan a precios inferiores a los de operaciones anteriores. Cada venta modifica el precio disponible para los demás participantes. Quienes salen antes lo hacen bajo condiciones distintas de quienes permanecen. La secuencia de las decisiones altera las condiciones disponibles para quienes actúan después.
Cuando las solicitudes de retiro superan el efectivo o los activos líquidos que mantiene la plataforma, esta restringe retiros o suspende operaciones para frenar la salida de fondos. Cuando los precios cambian de tendencia y numerosos clientes intentan retirar fondos de manera simultánea, las plataformas que carecen de activos líquidos suficientes no pueden satisfacer todas las solicitudes al mismo tiempo. Los participantes deben esperar, y el acceso efectivo a los fondos depende de la capacidad operativa interna de la plataforma y no únicamente del saldo registrado en cada cuenta.
Incluso cuando los tokens se distribuyen inicialmente entre múltiples carteras, la actividad de negociación puede generar acumulación desigual. Los participantes con mayores reservas de capital pueden comprar durante descensos de precio y conservar sus posiciones a través de la volatilidad. Los titulares con posiciones más reducidas pueden verse obligados a vender bajo presión financiera. A lo largo de ciclos sucesivos, la propiedad puede concentrarse pese a una distribución inicial dispersa.
En estas condiciones, el orden de entrada determina la distribución de resultados. Los primeros participantes asumen la incertidumbre de si la demanda se materializará. Los participantes posteriores asumen mayores costos de adquisición una vez que la demanda ya ha elevado los precios. Las ganancias y las pérdidas siguen la secuencia en que los participantes asumen riesgo y aportan capital.
Los bancos tradicionales y las bolsas reguladas operan bajo normas supervisadas por autoridades públicas. Los bancos deben mantener reservas de capital para absorber pérdidas y colchones de liquidez para atender retiros. Las empresas que cotizan en bolsa deben divulgar información financiera para que los inversores evalúen el riesgo. En muchas jurisdicciones, el seguro de depósitos protege a los depositantes minoristas hasta límites establecidos. Cuando las instituciones enfrentan tensiones sistémicas, los bancos centrales proporcionan liquidez para evitar la desestabilización del sistema finaciero.
Los mercados de criptomonedas no operan de manera uniforme bajo requisitos comparables. Algunas plataformas publican información financiera limitada. Las prácticas de reserva no están estandarizadas entre operadores. El seguro de depósitos no se aplica a la tenencia de tokens. Cuando una plataforma se vuelve insolvente o administra inadecuadamente los activos, los clientes se convierten en acreedores sin garantía y asumen las pérdidas de manera directa.
Quienes buscan evitar la dependencia de instituciones financieras tradicionales recurren a plataformas que combinan custodia, ejecución y servicios de apalancamiento. Cuando tales plataformas suspenden retiros o cesan operaciones, los usuarios disponen de recursos limitados. La ubicación de la autoridad cambia, pero la dependencia de intermediarios permanece.
El orden de entrada continúa influyendo en quién gana y quién pierde. En mercados regulados, los requisitos de capital, los mecanismos de compensación y el seguro de depósitos absorben parte de las pérdidas antes de que alcancen a los participantes individuales. En los mercados de criptomonedas, esos mecanismos de estabilización no se aplican de manera uniforme. Cuando los precios descienden, las pérdidas se trasladan directamente desde las operaciones a precios decrecientes a los saldos individuales, sin una capa intermedia que amortigüe el impacto.
La tecnología asociada a las criptomonedas continúa desarrollándose. Las aplicaciones más allá de la especulación se expanden cuando los protocolos se adoptan para procesamiento de pagos, liquidación u otras funciones no especulativas. Sin embargo, mientras los precios dependan de la entrada continua de compradores y mientras la propiedad se concentre a través de ciclos sucesivos, el orden de entrada determinará la distribución de ganancias y pérdidas. Cualquier reforma que busque una participación más amplia deberá abordar cómo se asignan los tokens en la emisión inicial, cómo las plataformas gestionan la custodia y la liquidez, y qué protecciones se aplican cuando dichas plataformas fallan.
En estas condiciones, la criptomoneda no constituye una sustitución de la banca ni de los mercados de valores en un sentido institucional estricto. Las funciones de custodia, ejecución y provisión de liquidez persisten, pero se ejercen bajo condiciones distintas y sin marcos homogéneos de protección.
La estructura aquí descrita no elimina la autoridad del sistema de intercambio. La reubica. Los bancos operan bajo requisitos de capital, reglas de liquidez y supervisión pública continua. Las plataformas de negociación no operan bajo restricciones comparables. La ubicación de la autoridad cambia, pero la autoridad permanece.
El lenguaje de la descentralización coexiste con la dependencia continua de plataformas centralizadas para la custodia, la liquidez y la ejecución de reglas. Los participantes depositan fondos, aceptan las condiciones contractuales de la plataforma y dependen de sus decisiones operativas incluso cuando describen el sistema como independiente de la autoridad institucional.
Los jóvenes crecen escuchando un lenguaje de promesa. Directores escolares, maestros y oradores de graduación presentan el lenguaje cívico de la libertad, la igualdad de valor y la oportunidad en aulas, en asambleas escolares y en ceremonias de graduación. Los jóvenes entran en la vida esperando que la dignidad les pertenezca no por mérito sino por derecho.
El mundo en el que los adolescentes crecen muestra otra medida de valor. Las universidades seleccionan solicitantes. Los empleadores eligen candidatos. Periódicos, medios televisivos y redes sociales presentan la distinción visible como referencia pública. En este entorno el valor se vincula menos al hecho de estar vivo que a los resultados obtenidos: calificaciones, admisión, ingresos, reconocimiento. El lenguaje público afirma la igual dignidad y la oportunidad, mientras la vida cotidiana premia la distinción alcanzada.
Las consecuencias de esta tensión durante la adolescencia no pueden reducirse a una sola causa. Sin embargo, las estadísticas sobre el suicidio adolescente ofrecen un punto de observación desde el cual examinar las presiones que afectan a la vida de los jóvenes. En los Estados Unidos, el suicidio figura entre las principales causas de muerte entre los quince y los diecinueve años. Cada año miles de adolescentes se quitan la vida. Cifras semejantes aparecen en otros países cuyas leyes y discurso público afirman la libertad y la dignidad. Estas cifras no revelan los pensamientos de ningún adolescente en particular, pero muestran que muchos jóvenes llegan a un punto en el que la vida deja de presentarse como una posibilidad abierta.
Cada suicidio tiene su propia historia. Los padres buscan razones en la presión escolar, la humillación, la soledad o una desesperación que nadie reconoció a tiempo. Los médicos recetan medicamentos. Los consejeros ofrecen orientación. Estos esfuerzos ayudan a algunos adolescentes y no alcanzan a otros. El aumento continuo de estas muertes dirige la atención hacia el mundo en el que los adolescentes crecen.
Desde la infancia muchos estudiantes aprenden que el reconocimiento sigue al éxito visible. Maestros y escuelas elogian las calificaciones más altas y celebran a los estudiantes más destacados. Los jóvenes observan a compañeros recibir premios y cartas de admisión mientras otros no reciben ninguno. En tales condiciones los adolescentes comienzan a medirse según el éxito de los demás.
El carácter adquisitivo y ostentoso de la vida contemporánea se vuelve visible en pantallas, medios de comunicación y redes sociales. En ellos predominan el dominio y el estatus social. Los jóvenes aprenden a presentarse como excepcionales antes de conocerse a sí mismos, y aprenden no solo a observar estas imágenes sino también a reproducirlas. La cultura circundante celebra el logro mientras deja poco espacio para la vacilación o el fracaso, aunque ambos pertenecen al tránsito hacia la adultez.
El fracaso forma parte del aprendizaje, y el descubrimiento comienza con la incertidumbre. Esa comprensión proviene de la observación repetida a través de la historia y del propio proceso de descubrimiento. En ese proceso el error se deja atrás hasta dar con lo que resulta inteligible y comprensible. Sin embargo, el entorno circundante continúa otorgando un honor visible al éxito. Los jóvenes encuentran así dos mensajes al mismo tiempo: el estímulo para soportar el fracaso y una exhibición pública que celebra el logro.
En este entorno el trabajo de formar relaciones humanas se vuelve difícil. Las amistades se rompen. Las relaciones íntimas comienzan con incertidumbre. La experiencia sexual rara vez coincide con las imágenes que circulan en público. Estas dificultades forman parte del aprendizaje de la vida adulta. Sin embargo, el contraste entre las imágenes públicas de plenitud y la experiencia más lenta de la vida real puede llevar a algunos adolescentes a juzgarse como fracasados.
El juicio sobre el propio valor no permanece externo. Se convierte en vergüenza. La vergüenza busca ocultarse. Un adolescente que carga con esa vergüenza puede seguir apareciendo entre amigos, compañeros y familia mientras interiormente se distancia. El reconocimiento promete confirmar el valor, pero despierta una necesidad de valía que no puede fundarse en el reconocimiento mismo. Bajo esa vergüenza se encuentra otra ausencia: la ausencia de amor propio. Sin alguna medida de estima por la propia existencia, el reconocimiento de los demás se convierte en la única fuente de valor, y el fracaso se transforma en un veredicto sobre el yo.
Las expectativas familiares pueden intensificar esta carga. Los padres suelen transmitir esperanzas formadas por su propia experiencia. Pueden creer que el éxito protegerá a sus hijos de las dificultades que ellos mismos encontraron. Cuando los logros de los jóvenes parecen confirmar los sacrificios o aspiraciones de generaciones anteriores, la presión puede volverse más pesada que un simple deseo de bienestar.
La comunicación rodea a los jóvenes de imágenes y actividad. Un adolescente puede encontrarse entre muchas señales y aun así enfrentar la angustia en soledad. Los encuentros sociales se convierten en ocasiones de exhibición más que en oportunidades para formar confianza con el tiempo. El adolescente aparece presente en la vida social mientras lleva consigo una sensación de vacío. Cuando el lenguaje de la dignidad ya no corresponde con la experiencia de la vida, las palabras públicas mismas comienzan a perder su significado.
La adolescencia no crea esta condición; la adolescencia la revela. Muchos adultos viven bajo la misma presión de demostrar su valor mediante el éxito y el reconocimiento. El trabajo, la familia y la rutina permiten que la vida continúe, pero el sentimiento de insuficiencia no siempre desaparece. Algunos lo llevan durante décadas. Los adolescentes encuentran la condición antes de que esos apoyos se establezcan. Algunos la enfrentan antes de poseer la fuerza necesaria para soportarla.
Esta condición no pertenece solo al presente. Registros de siglos anteriores describen la misma desesperación, la misma vergüenza y el mismo acto de autodestrucción entre los jóvenes. Las formas que rodean la vida han cambiado a lo largo del tiempo. La autoridad religiosa imponía antes sus juicios. El honor familiar y el estatus heredado colocaban otras cargas sobre los jóvenes. La vulnerabilidad humana ha permanecido constante aun cuando el entorno ha cambiado.
La cuestión no reside por lo tanto en si la desesperación entre los jóvenes es nueva. La cuestión reside en cómo las condiciones del presente moldean esa vulnerabilidad dentro de una sociedad que habla con frecuencia de dignidad y oportunidad y aun así produce circunstancias en las que algunos jóvenes llegan a creer que la vida no les ofrece lugar.
Una sociedad puede crear condiciones que intensifican la desesperación, la vergüenza y la presión. Esas condiciones merecen examen y crítica. Sin embargo, el acto de quitarse la vida no puede atribuirse a otros del mismo modo en que esas condiciones pueden examinarse colectivamente.
Con el tiempo muchas personas llegan a reconocer una distinción difícil: sentir profundamente el dolor de otra persona no es lo mismo que ser responsable de su elección. Se puede llevar empatía, duelo e incluso una persistente sensación de vínculo con ese sufrimiento sin haber sido el agente del acto mismo.
Cuando estas muertes se acumulan de este modo, los observadores recurren a un lenguaje especializado en busca de explicación. Los términos académicos intentan describir el problema mediante categorías y teorías. Ese lenguaje puede organizar la discusión, pero las palabras mismas no eliminan el hecho de que miles de adolescentes se quitan la vida cada año. Las cifras permanecen visibles sin la ayuda de vocabulario técnico.
“Alegoría geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
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Ricardo F. Morín
26 de Diciembre de 2025
Oakland Park, Fl
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Nota del autor
Esta entrega prolonga el Capítulo XII, “El cuarto signo”, tras la exposición inicial sobre la autocracia (§§ 1–9). Su atención se concentra en Venezuela, examinando §§ 10–25, donde el marco previamente establecido se somete a una verificación situada. El capítulo se cierra en una entrega independiente dedicada a “La asimetría de las sanciones” (§§ 26–34).
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Capítulo XII: Parte 2
Venezuela
10
Para comprender las consecuencias prácticas de la autocracia y de la concentración del poder que la acompaña, me remito a la obra de Rafael Arráiz Lucca, Venezuela:1830 a nuestros días:Breve historia política [2016]. Allí se presenta una reconstrucción continua de la trayectoria venezolana desde la independencia hasta el presente.[1] El autor examina transformaciones políticas, económicas y sociales, atendiendo tanto a los conflictos iniciales como al ascenso de liderazgos militares. Su análisis incluye la irrupción de Hugo Chávez, la formulación de su proyecto ideológico y los efectos acumulativos de sus políticas. Asimismo, considera la persistencia de ese legado bajo el gobierno de Nicolás Maduro. En su lectura, ambas presidencias encarnaron formas de poder que tendieron a centralizar la autoridad y a restringir la disidencia.
11
La trayectoria política del país ha quedado marcada por una prolongada impronta militar. Desde la independencia en 1811, veinticinco oficiales ocuparon la presidencia, acumulando 172 años de ejercicio gubernamental y afianzando la gravitación castrense en la vida política.[2] La transición hacia la democracia representativa en 1961 introdujo un quiebre significativo, al abrir un período de treinta y ocho años de gobiernos civiles en el marco del Pacto de Punto Fijo (véase el Capítulo XI). Este ciclo, sin embargo, no estuvo exento de tensiones. Los acontecimientos del Caracazo en 1989 y el intento de golpe de 1992 evidenciaron la fragilidad del orden civil y la persistencia del recurso al liderazgo militar en contextos de crisis. [3][4]
12
El Caracazo y la represión que le siguió expusieron fracturas sociales profundas que socavaron la confianza en la gobernanza civil. Para amplios sectores, el desorden y la desilusión reactivaron la percepción de las fuerzas armadas como instancia de contención y orden, una imagen arraigada en la tradición del caudillismo. El ascenso de Chávez puede leerse como una consecuencia directa de ese trasfondo histórico: una figura militar que se ofreció como respuesta a los límites de la política civil. La violencia posterior a los disturbios, sumada a la incapacidad estructural para responder a las desigualdades que estos condensaban, preparó el terreno para el retorno de inclinaciones autocráticas, formuladas ahora en clave populista. Se inauguró así una etapa autoritaria configurada tanto por las tensiones del presente como por herencias no resueltas del pasado.
13
La presidencia de Hugo Chávez prolongó una tradición autoritaria ya visible durante el régimen del general Marcos Pérez Jiménez. [5] Como en aquella etapa, el ingreso petrolero constituyó el sostén principal de la acción gubernamental. [6]
14
La noción de “democracia participativa” promovida por Chávez se presentó como un mecanismo de incorporación de sectores históricamente excluidos. Los consejos comunales y las misiones sociales, concebidos bajo ese principio, operaron en la práctica como dispositivos de control político asociados a la ideología bolivariana. El acceso y la participación quedaron condicionados por la lealtad al liderazgo, lo que derivó en la exclusión sistemática de quienes disentían. Esta articulación de populismo y autoridad redefinió la disidencia como falta de compromiso nacional y debilitó la centralidad del derecho, subordinando los poderes legislativo y judicial al ejecutivo.
15
El respaldo explícito de Chávez a Nicolás Maduro en 2012 acentuó la deriva autoritaria. [7] Diversas organizaciones opositoras —Vente Venezuela, Primero de Justicia, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular— denunciaron la instrumentalización del Consejo Nacional Electoral. [8][9][10][11][12]
16
Tras la muerte de Chávez, Maduro enfrentó cuestionamientos similares en los procesos electorales de 2013 y 2018. Organismos regionales e internacionales coincidieron en sus objeciones, entre ellos la Organización de los Estados Americanos, el Grupo de Lima, el Grupo de Contacto Internacional y el Grupo de los Siete. [13][14][15] Human Rights Watch y Amnistía Internacional también pusieron en duda la legitimidad del proceso. [16][17] Una excepción fue el debate en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (comunicado SC/13719), que sostuvo la primacía de una resolución interna del conflicto. [18][19]
17
Tras la suspensión de Venezuela del Mercosur en 2016, las respuestas regionales variaron y se ajustaron con los cambios de gobierno. [20][21] Argentina y Brasil modificaron sus posiciones entre el respaldo a medidas de presión y la apelación a la mediación. [22][23] Colombia osciló entre la ruptura diplomática y el restablecimiento de vínculos bajo un enfoque de no intervención. [24] Chile mantuvo una postura sostenida a favor de sanciones y remitió el caso venezolano a la Corte Penal Internacional. [25][26] Perú expulsó al embajador venezolano tras la disolución de la Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia y regularizó la situación migratoria. [27] México pasó de la condena inicial a una política de mediación. [28][29][30]
18
En el período previo a las elecciones presidenciales de 2024, María Corina Machado fue inhabilitada tras imponerse en las primarias de su coalición.[31] El Tribunal Supremo de Justicia fundamentó su decisión en alegaciones de apoyo a sanciones extranjeras, presuntos actos de corrupción y responsabilidades vinculadas a Citgo, filial estadounidense de Petróleos de Venezuela, S.A. La negativa a permitirle acceso a los cargos formulados constituyó una vulneración manifiesta del debido proceso. Su exclusión dejó a Edmundo González Urrutia como candidato unitario de la oposición.[32]
19
Ambas campañas recurrieron a prácticas de intimidación. La coalición opositora desplegó observadores en miles de centros de votación, mientras el gobierno intensificó la censura informativa y las acciones represivas. Tras la proclamación de resultados, las protestas derivaron en muertes extrajudiciales, detenciones y restricciones severas a la prensa independiente. [33]
20
La oposición coordinó su labor con observadores internacionales —entre ellos la Organización de los Estados Americanos, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea, el Centro Carter y la Misión de Estados Unidos ante las Naciones Unidas— para registrar irregularidades.[34][35][36][37] El gobierno retuvo datos electorales desagregados, alegando intrusiones informáticas, e impuso restricciones a los observadores.[38] El Centro Carter concluyó que el proceso no alcanzó estándares aceptables de transparencia, equidad e imparcialidad. [39]
21
Maduro acusó a Machado y a González de incitar desórdenes y anunció investigaciones por “usurpación de funciones” e “insurrección militar”. El 8 de agosto de 2024, González salió del país rumbo a España tras recibir salvoconducto.
22
Para situar el estado institucional venezolano, resulta pertinente atender a los diagnósticos ofrecidos por índices internacionales. El Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit, el Índice Global de Libertad de Freedom House y el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional permiten observar, desde métricas distintas, el deterioro sostenido del orden democrático.
23
El Índice de Democracia asigna valores más altos a sistemas considerados más abiertos. Freedom House y Transparencia Internacional emplean escalas inversas, en las que puntajes bajos reflejan restricciones severas y altos niveles de corrupción.
24
Según el Índice de Democracia, Venezuela figuró en 2008 como el país menos democrático de Sudamérica y, en 2022, ocupó el puesto 147 de 167. [40] En 2023, Freedom House registró niveles mínimos de libertad, mientras que el Índice de Percepción de la Corrupción asignó al país 13 puntos sobre 100, situándolo entre los casos más graves a escala global. [41]
25
Los informes de Transparencia Internacional correspondientes al período 2012–2023 confirman la persistencia de esa situación. [42] En 2023, Venezuela obtuvo 13 puntos sobre 100 y se ubicó en el puesto 177 de 180. En conjunto, estos indicadores delinean un panorama coherente de concentración del poder y de deterioro institucional prolongado.
NOTAS FINALES
§ 10
[1] Rafael Arráiz Lucca, Venezuela: 1830 a nuestros días: Breve historia política (Caracas: Editorial Alfa, 2016), 15–151, 212–237. Esta obra ofrece una reconstrucción sostenida de la trayectoria política venezolana desde la independencia. Su valor reside en mostrar cómo la recurrencia del poder militar, lejos de ser episódica, se integra de forma estructural en la formación del Estado.
§ 11
[2] José Gregorio Petit Primera, “Presidentes de Venezuela (1811–2012). Un análisis estadístico-descriptivo”. Revista Venezolana: Análisis de Coyuntura (Caracas: Universidad Central de Venezuela, XXII-1, 2016), 47–56. El estudio cuantifica la ocupación militar de la presidencia y permite medir su persistencia como patrón de gobierno.
[3]El Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo político suscrito por Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana Democrática (URD). Su objetivo fue garantizar alternancia, estabilidad institucional y contención del autoritarismo tras la caída de Marcos Pérez Jiménez (1952–1958). Si bien permitió una transición democrática prolongada, también consolidó estructuras partidarias cerradas y exclusiones acumulativas.
[5] Fredy Rincón Noriega, El Nuevo Ideal Nacional y los planes económico-militares de Pérez Jiménez, 1952–1957 (Caracas: Ediciones Centauro, 1981).
Judith Ewell, The Indictment of a Dictator: The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez (College Station: Texas A&M University Press, 1981).
Ambos estudios documentan un modelo de centralización autoritaria sostenido por planificación estatal y control militar.
[6]Aunque con orientaciones divergentes, tanto Pérez Jiménez como Chávez estructuraron su acción gubernamental sobre la renta petrolera. En el primer caso, esta sostuvo proyectos de modernización infraestructural. En el segundo, permitió programas de redistribución que incrementaron la dependencia estructural del Estado respecto del ingreso energético.
[12]El Consejo Nacional Electoral, órgano encargado de la supervisión electoral, ha sido objeto de acusaciones persistentes de parcialidad. Diversos actores opositores sostienen que su composición fue progresivamente alineada con el poder ejecutivo, limitando la credibilidad del proceso electoral.
§ 16
[13]El Grupo de Lima, constituido en agosto de 2017, agrupó a Estados americanos con el propósito de coordinar respuestas diplomáticas frente a la crisis venezolana.
[14]El Grupo de Contacto Internacional, integrado por la Unión Europea, Costa Rica, Ecuador y Uruguay, abogó por elecciones verificables y expresó reservas sobre la imparcialidad del Consejo Nacional Electoral.
[15] El Grupo de los Siete (G7) condenó irregularidades electorales y reclamó supervisión independiente.
Las sociedades modernas describen el progreso mediante un vocabulario de invención y expansión. Sin embargo, las consecuencias que con frecuencia se observan en la vida económica surgen de arreglos institucionales que preceden a las propias innovaciones.
Las nuevas tecnologías aparecen como descubrimientos; los mercados aparecen como oportunidades; el crecimiento aparece como el resultado natural del ingenio humano. Este lenguaje crea una imagen del desarrollo que enfatiza la creatividad mientras oculta una estructura más duradera que se encuentra debajo. Los gobiernos, las autoridades jurídicas y las instituciones comerciales rara vez inician sistemas de crecimiento económico únicamente a partir de la invención. Comienzan cuando las instituciones convierten condiciones que antes pertenecían a la vida humana compartida en recursos que pueden poseerse, medirse e intercambiarse.
La tierra se convierte en propiedad; el trabajo se convierte en trabajo asalariado; el conocimiento se convierte en datos. Los ríos que antes suministraban agua libremente a las comunidades cercanas ahora aparecen en los mercados financieros como activos negociables. Cada transformación amplía el campo de la actividad económica porque reorganiza lo que anteriormente era común. La narrativa del progreso celebra la innovación que sigue a esta conversión; sin embargo la expansión suele depender primero de la extracción que hizo posible esa innovación. El desarrollo económico se despliega por lo tanto mediante un acto institucional recurrente: la conversión de condiciones compartidas en sistemas organizados de propiedad.
2
La primera gran transformación ocurrió cuando la tierra y el trabajo entraron en los sistemas económicos modernos como mercancías. Las sociedades anteriores cultivaban la tierra y organizaban el trabajo mediante obligaciones locales, derechos consuetudinarios y prácticas comunales. Las economías modernas introdujeron un arreglo diferente. Los sistemas jurídicos definieron la tierra como propiedad transferible; esta definición permitió que haciendas, plantaciones y sitios industriales circularan dentro de los mercados.
La producción industrial también requirió un suministro estable de trabajo que pudiera medirse y compensarse en términos monetarios. Los contratos salariales cumplieron ese requisito. Los trabajadores intercambiaron horas de esfuerzo por ingresos; los empleadores calcularon la producción mediante unidades previsibles de trabajo.
Esta reorganización institucional creó la base del crecimiento industrial. Las fábricas y la agricultura comercial no dependían únicamente de la maquinaria; dependían también de sistemas jurídicos y económicos que convirtieron la tierra y el trabajo en insumos capaces de sostener una producción continua. La Revolución Industrial se expandió por lo tanto no sólo mediante la invención sino también mediante la reorganización sistemática de los recursos humanos y naturales en instrumentos económicos.
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La expansión industrial pronto exigió recursos que iban más allá de la tierra y el trabajo. Las fábricas requerían fuentes concentradas de energía capaces de sostener la producción mecánica a gran escala. El carbón proporcionó la primera solución; el petróleo siguió con una eficiencia aún mayor.
Las industrias extractivas surgieron para suministrar estos combustibles. Las compañías mineras desarrollaron tecnologías capaces de extraer carbón de capas geológicas profundas; las empresas petroleras perforaron pozos que alcanzaron depósitos bajo tierra y mar. Ferrocarriles, oleoductos y rutas marítimas conectaron estos sitios de extracción con los centros industriales.
Los gobiernos y las corporaciones aseguraron el acceso a estos recursos mediante acuerdos territoriales, concesiones de perforación y alianzas estratégicas que protegían rutas marítimas e infraestructura energética. Las potencias industriales negociaron derechos de perforación y controlaron corredores marítimos que transportaban combustible hacia fábricas y ciudades. Estos arreglos vincularon territorios distantes con las demandas energéticas de las sociedades industriales en expansión. La energía se convirtió en la sustancia que sostenía las economías industriales; el control de los flujos energéticos se convirtió en una medida de influencia geopolítica. La expansión económica dependió por lo tanto no sólo de la invención técnica sino también de la capacidad de los Estados para organizar y proteger sistemas de extracción de recursos a través de las fronteras nacionales.
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A finales del siglo XX apareció una transformación que parecía apartarse de este patrón material. Las redes digitales crearon entornos en los que la actividad humana podía registrarse, almacenarse y analizarse. Las empresas que operaban estas redes pronto reconocieron que la información generada por la interacción cotidiana poseía valor económico.
Las búsquedas, las compras en línea, los intercambios sociales, las señales de ubicación y los historiales de navegación formaron registros detallados del comportamiento. Las plataformas digitales desarrollaron algoritmos capaces de procesar estos registros e identificar patrones dentro de ellos. Los sistemas publicitarios utilizaron esos patrones para relacionar productos con consumidores probables; las empresas compraron acceso a esas predicciones porque buscaban aumentar las ventas.
Las personas que buscan información, se comunican con amigos o se desplazan por las ciudades rara vez perciben que estas acciones ordinarias generan los flujos de datos que sostienen los mercados digitales. Estos sistemas parecen impersonales; sin embargo siguen siendo construcciones humanas. Ingenieros diseñan las plataformas, legisladores autorizan los marcos jurídicos que permiten la recolección de datos, e inversionistas financian la infraestructura que organiza esta información en ganancias. La autoridad del sistema descansa por lo tanto en decisiones tomadas por actores identificables que participan en su funcionamiento. El comportamiento humano se convierte en un recurso medible dentro de la economía digital, y la actividad cotidiana entra en sistemas de cálculo que transforman la experiencia ordinaria en insumo económico.
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La inteligencia artificial extiende este sistema informacional hacia un nuevo dominio. Los sistemas de aprendizaje automático requieren vastas colecciones de lenguaje, imágenes y actividad registrada. Los desarrolladores reúnen estos materiales mediante grandes conjuntos de datos que recopilan expresión escrita, material visual y rastros de comportamiento provenientes de numerosas fuentes.
Periódicos, libros, fotografías, investigaciones académicas y conversaciones en línea se convierten en material de entrenamiento para estos sistemas. Los procesos computacionales analizan estos materiales y ajustan parámetros internos hasta que emergen patrones reconocibles de lenguaje o percepción. Los modelos resultantes parecen generar conocimiento de manera independiente; sin embargo su estructura depende de las expresiones humanas que formaron el material de entrenamiento.
La actividad intelectual colectiva se convierte por lo tanto en la sustancia a partir de la cual los sistemas de inteligencia artificial derivan sus capacidades. Las empresas que controlan estos sistemas poseen la arquitectura mediante la cual este conocimiento se transforma en inteligencia computacional. La creatividad humana permanece como origen; los sistemas propietarios gobiernan el acceso a las capacidades resultantes.
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La aparente inmaterialidad de este entorno digital oculta una base física sustancial. La computación requiere hardware capaz de conducir electricidad, almacenar información y realizar cálculos complejos. Estos dispositivos dependen de minerales extraídos de la tierra.
El cobre conduce la corriente eléctrica a través de circuitos y líneas de transmisión. El litio y el cobalto estabilizan baterías que alimentan sistemas portátiles. Los elementos de tierras raras crean imanes que operan dentro de turbinas y componentes electrónicos. El silicio forma la base de la fabricación de semiconductores.
Las operaciones mineras extraen estos materiales de depósitos geológicos; las instalaciones de refinamiento los separan y procesan en formas utilizables; las plantas de fabricación los ensamblan en procesadores, sistemas de memoria y centros de datos. La economía digital descansa por lo tanto sobre una cadena de producción material que se extiende desde la extracción mineral hasta la infraestructura computacional.
Los Estados compiten intensamente dentro de este sistema porque el control de las cadenas de suministro mineral influye en la capacidad tecnológica. Los países ricos en cobre, litio y elementos de tierras raras negocian nuevas asociaciones con potencias industriales que requieren estos materiales. El desarrollo tecnológico vuelve así a conectar la innovación digital con las realidades geopolíticas de la extracción de recursos.
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Los sistemas construidos sobre la extracción rara vez se presentan con ese lenguaje. Los defensores de cada era tecnológica suelen describir el desarrollo como una progresión inevitable que ninguna sociedad puede alterar. La industrialización llevó esa descripción; la dependencia del petróleo también la llevó; la expansión digital repitió la misma afirmación. Expresiones como “el futuro digital no puede detenerse” o “la inteligencia artificial transformará todo” presentan los sistemas tecnológicos como resultados inevitables.
Esta descripción cumple una función importante. Cuando un sistema parece inevitable, la crítica de su estructura pierde urgencia. La discusión pública se desplaza desde el examen de cómo las instituciones organizan los recursos hacia la adaptación al sistema que esas instituciones ya han creado.
Los ciudadanos repiten estas expresiones en la discusión pública y en la conversación privada; al hacerlo refuerzan la apariencia de que los sistemas tecnológicos operan más allá de la elección humana. Esta repetición libera a los individuos de la carga de cuestionar las estructuras que gobiernan la vida económica y permite que los sistemas de extracción continúen sin un escrutinio sostenido. Sin embargo los sistemas tecnológicos no surgen independientemente de decisiones políticas. Los gobiernos establecen derechos de propiedad, regulan industrias y autorizan estructuras de inversión. Las empresas diseñan plataformas, infraestructuras y mercados que canalizan recursos hacia sistemas de producción. La narrativa de la inevitabilidad oculta estos arreglos y alienta a las sociedades a aceptar los sistemas tecnológicos como desarrollos naturales en lugar de instituciones moldeadas por decisiones deliberadas.
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La secuencia histórica revela un patrón recurrente. Cada etapa del crecimiento moderno identifica condiciones de la vida que las instituciones pueden reorganizar como recursos económicos. La tierra, el trabajo, la energía, la información y el conocimiento han entrado en esta secuencia en distintas épocas.
Estos recursos se originan dentro del entorno compartido de la sociedad humana y del mundo natural. Las comunidades cultivan la tierra; los trabajadores aplican habilidad y esfuerzo; las generaciones contribuyen conocimiento y expresión. Las instituciones económicas establecen mecanismos que reorganizan estas condiciones compartidas en sistemas de propiedad. El derecho de propiedad asigna control sobre la tierra; la infraestructura industrial organiza el trabajo y la energía; las plataformas digitales recopilan información conductual; los sistemas computacionales ensamblan el conocimiento humano en modelos propietarios.
La tensión dentro de este proceso se vuelve visible cuando el recurso no puede describirse plausiblemente como de origen privado. El agua ofrece el ejemplo más claro. Ningún individuo la produce y toda sociedad depende de ella. Sin embargo los sistemas financieros y jurídicos tratan cada vez más el acceso al agua como un activo que puede poseerse, negociarse o controlarse mediante estructuras de inversión. Cuando las instituciones transforman un recurso tan evidentemente común en un vehículo de propiedad, la separación entre origen y control se vuelve inconfundible.
Las instituciones económicas no operan separadas de la autoridad política. Los Estados establecen los marcos jurídicos que transforman los recursos comunes en sistemas de propiedad y producción. A través de estos marcos los gobiernos conceden acceso a la tierra, la energía, la información y la infraestructura tecnológica. Estos arreglos generan riqueza para las empresas y los inversionistas que operan dentro de ellos; también fortalecen la posición estratégica de los Estados que supervisan estos sistemas.
Las comunidades políticas se enfrentan por lo tanto a una responsabilidad difícil. Deben decidir si los recursos que sostienen la vida colectiva permanecen sujetos a la autoridad pública o se convierten en instrumentos de propiedad concentrada.
Los gobiernos suelen tratar los recursos comunes no sólo como fundamentos de la actividad económica sino también como instrumentos de ventaja geopolítica. Estados rivales compiten para asegurar el control de estos recursos y de las industrias que dependen de ellos. Las disputas ideológicas acompañan esta competencia; sin embargo la estructura subyacente permanece similar entre sistemas rivales. La prosperidad y la influencia surgen de instituciones que convierten recursos comunes en formas concentradas de riqueza y autoridad.
Las sociedades modernas continúan persiguiendo la innovación y la expansión; la historia de su desarrollo muestra que el crecimiento ha dependido repetidamente de esta conversión. El progreso amplía la producción y el conocimiento; sin embargo con frecuencia separa la propiedad de los recursos comunes que hicieron posible esa expansión. La pregunta duradera es si las sociedades pueden sostener el avance mientras mantienen la alineación entre los recursos que pertenecen a todos y los sistemas que gobiernan su uso.