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July 22, 2026
Ricardo F. Morín
CGI 2026

Pocas atribuciones parecen más inmediatas que la de la conciencia.   Decimos que un ser humano es consciente, que un animal posee conciencia, que alguien la pierde, la recupera o actúa bajo su influjo, como si aquello que permite efectuar esa atribución fuese evidente.   La palabra figura con tal naturalidad en el lenguaje ordinario que rara vez se examina el acto mediante el cual una realidad llega a ser llamada consciente.   Sin embargo, la frecuencia de una atribución no demuestra la condición que la hace posible.

La dificultad se vuelve visible cuando el término comienza a extenderse.   La conciencia se atribuye a seres humanos, a numerosos animales, a determinadas formas de vida, a grupos, sociedades, sistemas artificiales e incluso al universo.   Cada ampliación parece conservar la misma palabra, pero no necesariamente la misma condición.   Aquello que se reconoce en una persona puede no ser aquello que se infiere en un animal, se supone en una colectividad o se proyecta sobre la totalidad de lo existente.   La continuidad del vocablo puede ocultar la discontinuidad de los fenómenos a los que se aplica.

La cuestión no comienza, por tanto, cuando alguien afirma que una planta, una máquina o el universo poseen conciencia.   Comienza antes:  en el momento mismo en que cualquier realidad recibe esa atribución.   Mientras no se determine qué condición debe cumplirse para que algo pueda ser llamado consciente, la proximidad del objeto no concede mayor seguridad que su lejanía.   La conciencia atribuida a uno mismo puede parecer inmediata, pero la inmediatez de una experiencia no equivale todavía a la demostración de aquello que esa experiencia permite nombrar.

Algo ocurre.   Hay percepción, afección, pensamiento, memoria, dolor, deseo, orientación, respuesta o reconocimiento.   Pero ninguna de estas manifestaciones permite saber todavía si nos encontramos únicamente ante una modificación o ante la presencia de aquello que modifica.   La experiencia puede ser imposible de negar para quien la atraviesa y, sin embargo, permanecer indeterminado qué relación guarda cada una de esas manifestaciones con aquello que llamamos conciencia.   Experimentar no es todavía definir.   Nombrar no es todavía demostrar.   La conciencia puede hallarse presente en todo aquello que solemos asociar con ella, pero ninguna de esas asociaciones basta por sí sola para establecer la condición común que autoriza la atribución.

La presente indagación no procura determinar inicialmente qué es la conciencia.   Su punto de partida es anterior.   Procura establecer bajo qué condiciones puede atribuirse conciencia a cualquier realidad sin que la atribución dependa únicamente de la costumbre, la semejanza, la proyección o la preferencia.   Solo después podrá examinarse si tales condiciones pertenecen exclusivamente a ciertas formas de vida, si pueden manifestarse bajo organizaciones diferentes o si cabe reconocerlas más allá de los límites dentro de los cuales la experiencia humana suele identificarlas.

Esta suspensión no niega la conciencia.   Tampoco convierte la experiencia en ilusión ni pretende reducirla a una fórmula exterior.   Suspender la atribución significa impedir que el nombre ocupe prematuramente el lugar del fenómeno.   Allí donde la palabra se pronuncia antes de que la condición haya sido identificada, la indagación deja de observar aquello que comparece y comienza a confirmar aquello que ya esperaba encontrar.

La primera tentación consiste en identificar conciencia con respuesta.   Un organismo se orienta hacia la luz, evita una amenaza, modifica su conducta, conserva una huella del pasado o altera su relación con el entorno.   La respuesta revela una diferencia entre aquello que favorece la continuidad de una forma y aquello que la perturba.   Pero responder no demuestra necesariamente que exista una experiencia de la respuesta.   Una relación puede modificarse sin que aquello que participa en ella se encuentre presente ante sí mismo.

Pero si la respuesta no basta para justificar la atribución, resulta necesario preguntar si la condición decisiva reside en un nivel más elemental.   La sensibilidad parece ofrecer esa posibilidad.   Ser afectado supone que algo exterior produce una variación interior.   Allí donde ninguna afección es posible, tampoco parece posible hablar de conciencia.   La sensibilidad, sin embargo, continúa siendo demasiado amplia.   Si toda afección bastara para atribuir conciencia, innumerables procesos físicos quedarían comprendidos bajo el mismo nombre.   La indagación debe entonces avanzar hacia una condición más restrictiva.  

La percepción parece ofrecer esa posibilidad.   En su sentido pleno, percibir no consiste únicamente en recibir una alteración, sino en que algo adquiera presencia dentro de la continuidad de aquello que percibe.   La diferencia ya no reside solo entre un estado anterior y otro posterior.   Reside en que la alteración interviene como algo presente y no únicamente como una modificación producida.   Sin embargo, numerosas operaciones que orientan una forma de vida reciben también el nombre de perceptivas sin que pueda establecerse si llegan a constituirse como experiencia.   La indagación deberá, por tanto, distinguir entre la detección que modifica una conducta y la percepción en la que algo adquiere presencia.

Pero incluso la percepción deja abierta una dificultad.   Algo puede orientar una conducta sin que resulte claro si esa presencia persiste más allá del instante en que comparece.   Si la conciencia posee continuidad, la memoria deja de ser un rasgo accesorio y comienza a reclamar examen propio.   Aquello que desaparece puede seguir ejerciendo una influencia sobre lo presente.   Una forma de vida ya no responde únicamente a lo que ocurre, sino también a lo que ha ocurrido.   La experiencia adquiere espesor temporal.   Sin embargo, la permanencia de una huella no equivale necesariamente al recuerdo.   Para que exista memoria en sentido consciente, no basta que el pasado modifique el presente.   Debe comparecer de algún modo como pasado para aquello que lo conserva.

La memoria, sin embargo, permanece orientada hacia aquello que ya ha ocurrido.   Si la continuidad de la conciencia no solo conserva el pasado sino que interviene también en aquello que todavía no acontece, la indagación debe considerar otra posibilidad.   La anticipación introduce otra dimensión.   Algo que todavía no ocurre comienza a intervenir en la conducta presente.   La forma de vida se orienta hacia una posibilidad, evita una consecuencia o procura una condición todavía ausente.   Pero tampoco toda anticipación demuestra conciencia.   Un sistema puede proyectar estados futuros, calcular probabilidades o ajustar su conducta sin que el futuro comparezca para él como posibilidad.   La operación puede existir sin experiencia de la operación.

Ninguna de las condiciones examinadas consigue sostener por sí sola la atribución.   Cada una conserva algo indispensable y, al mismo tiempo, deja sin resolver aquello que la siguiente intenta esclarecer.   La conciencia no parece, por tanto, identificarse con una sola capacidad.   Respuesta, sensibilidad, percepción, memoria y anticipación pueden acompañarla, pero ninguna basta aisladamente para demostrarla.   El problema tampoco se resuelve acumulándolas ni integrándolas dentro de una organización común.   Varias operaciones pueden coordinarse y conservar sus efectos sin que esa coordinación llegue por ello a constituirse como experiencia.   Cuantas más funciones se reúnen, más compleja puede volverse una forma de organización, pero la complejidad no demuestra por sí misma que algo comparezca.

Estas condiciones no forman una secuencia cuyo último término sea la conciencia.   Una realidad puede ser afectada, coordinar varias respuestas, conservar sus efectos y modificar su conducta posterior.   Ninguna de esas operaciones permite concluir, sin embargo, que la realidad experimente aquello que la modifica.   Entre ser modificada y experimentar la modificación permanece una diferencia que ninguna acumulación de funciones consigue abolir.

En este punto surge una diferencia más exigente:  la diferencia entre que algo ocurra en una realidad y que algo ocurra para ella.   Una alteración puede producirse en un cuerpo.   Una señal puede circular por un sistema.   Una respuesta puede ser generada.   Pero la conciencia parece requerir que aquello que ocurre no permanezca enteramente exterior a la realidad en la que ocurre.   Debe existir alguna forma de presencia mediante la cual la realidad afectada no solo cambie, sino que aquello que la afecta comparezca dentro de la continuidad de esa realidad.

La expresión « para ella » no puede entenderse, sin embargo, como una respuesta ya disponible.   Presupone precisamente aquello que la indagación intenta esclarecer.   Decir que algo comparece para un ser puede encubrir la introducción silenciosa de un sujeto.   La conciencia sería entonces explicada mediante una entidad cuya existencia ya habría sido definida por la conciencia.   El sujeto no puede ser colocado al comienzo como fundamento si su propia constitución depende de la condición que se intenta demostrar.

Tal vez la conciencia no requiera inicialmente un sujeto completo, estable y capaz de reconocerse.   Tal vez baste una interioridad mínima:  no un lugar cerrado ni una sustancia separada, sino una diferencia entre lo que simplemente ocurre y lo que comparece dentro de la continuidad de una forma.   Esa interioridad no tendría que poseer nombre, lenguaje ni representación de sí misma.   Tendría que permitir únicamente que una afección no se agotase en su efecto, sino que fuese retenida de algún modo como presencia.

Pero incluso la interioridad puede ser atribuida demasiado pronto.   Toda forma organizada establece diferencias entre dentro y fuera.   Una célula mantiene una membrana, un organismo conserva una unidad, un sistema protege su continuidad.   La delimitación permite intercambio, regulación y persistencia.   Sin embargo, poseer un interior físico o funcional no demuestra que exista interioridad experimentada.   La diferencia espacial entre dentro y fuera no equivale a la diferencia fenomenal entre aquello que ocurre y aquello que es vivido.   Toda la dificultad de la atribución comienza precisamente aquí.   Un interior puede describirse desde fuera; una interioridad solo puede inferirse a partir de aquello que permite sostener que algo ha adquirido presencia dentro de la continuidad de una realidad.

La dificultad persiste porque la conciencia no comparece exteriormente del mismo modo que otras propiedades.   El movimiento puede observarse, la conducta puede registrarse, la respuesta puede medirse y la actividad puede correlacionarse con determinados estados.   Pero la presencia de una experiencia para aquello que la atraviesa no se ofrece directamente a un observador ajeno.   La atribución depende entonces de manifestaciones que no son la conciencia misma, aunque puedan ofrecer indicios de las condiciones bajo las cuales cabe inferirla.

En otros seres humanos, la semejanza corporal, la conducta, el lenguaje y la reciprocidad permiten efectuar la atribución con una confianza casi inmediata.   Sin embargo, esa confianza no constituye una demostración independiente.   Reconocemos en el otro una estructura comparable a la propia, pero la atribución continúa apoyándose en una relación entre manifestaciones exteriores y una experiencia que no podemos ocupar.   La proximidad disminuye la incertidumbre práctica sin abolir la distancia que separa toda experiencia de otra.

El lenguaje parece franquear esa distancia.   Alguien puede decir que siente, recuerda, teme, desea o comprende.   La expresión no solo acompaña la experiencia, sino que permite que esta sea reconocida por otro.   Sin embargo, el lenguaje tampoco constituye una condición necesaria de conciencia.   Un ser puede experimentar sin nombrar aquello que experimenta.   Si se hiciera del lenguaje el criterio decisivo, quedarían excluidas numerosas formas de vida y también numerosos estados humanos en los que la experiencia persiste sin posibilidad de expresión.

La conducta tampoco basta.   Puede ser interpretada como manifestación de una experiencia, pero también puede ser reproducida sin que resulte posible establecer si algo comparece dentro de la continuidad de la realidad afectada.   Una respuesta adecuada no demuestra por sí sola la presencia de un mundo experimentado.   Cuanto mayor es la capacidad de una estructura para reproducir los indicios que suelen asociarse con la conciencia, más urgente se vuelve distinguir entre la producción de una manifestación y la existencia de aquello que la manifestación parece expresar.

La atribución no puede descansar únicamente en la semejanza con el ser humano.   Si solo reconocemos conciencia allí donde encontramos una reproducción de nuestras propias formas, la indagación no descubre una condición.   Proyecta un modelo.   Pero tampoco puede prescindir enteramente de la experiencia humana, porque es allí donde la palabra adquiere por primera vez su contenido.   La dificultad consiste en partir de aquello que experimentamos sin convertirlo en medida exclusiva de todo aquello que pueda experimentar de otro modo.

La experiencia humana ofrece, por tanto, un punto de acceso, no un límite previamente demostrado.   En ella se manifiestan la afección, la percepción, la memoria, la anticipación, la continuidad y la interioridad.   Se manifiesta también una capacidad de distinguir entre lo que ocurre y el hecho de que está ocurriendo.   Pero incluso esta distinción admite grados.   No toda experiencia incluye reflexión sobre sí misma.   Se puede sentir sin saber que se siente, percibir sin pensar la percepción y permanecer consciente sin formular la condición de estarlo.

La conciencia de sí constituye entonces una manifestación de la conciencia, no necesariamente su forma primaria.   El reconocimiento de uno mismo exige que aquello que experimenta pueda comparecer también como objeto de su propia experiencia.   Esa duplicación introduce una complejidad adicional.   Pero sería impropio convertirla en condición universal.   Si la conciencia solo existiera allí donde existe conciencia de la conciencia, quedarían excluidas todas las experiencias que no han alcanzado ese retorno reflexivo.

La atribución debe buscar, por consiguiente, una condición más elemental que la autoconciencia y más precisa que la mera respuesta.   Esa condición puede designarse aquí como comparecencia.   La comparecencia no designa la aparición ante un sujeto.   Da nombre únicamente a la condición que tendría que cumplirse para que una modificación no se agotase en sus efectos, sino que fuese experimentada por la realidad modificada.   La función de la comparecencia no consiste en explicar el tránsito entre la operación y la experiencia, sino en nombrar aquello que tendría que demostrarse para que la atribución de conciencia dejara de confundirse con las operaciones que la acompañan.

La comparecencia nunca constituye un objeto de observación directa.   Solo puede inferirse mediante la convergencia de condiciones cuya articulación hace razonable su atribución.   La sensibilidad permite que algo afecte.   La integración impide que la afección permanezca dispersa.   La continuidad conserva la organización dentro de la cual esa diferencia puede mantenerse.   La orientación permite que aquello que afecta a una realidad modifique su relación posterior con el entorno, con una posibilidad o con una consecuencia todavía ausente.   Ninguna de estas condiciones demuestra por sí sola la conciencia.   Pero cuando convergen, la atribución deja de depender de una única manifestación y comienza a adquirir fundamento.   La convergencia no sustituye la comparecencia ni la demuestra directamente:   permite reconocer, sin embargo, una organización en la que sensibilidad, integración, continuidad y orientación mantienen una relación capaz de proporcionar fundamento a la atribución.

Esta distinción no obliga a concebir la conciencia como una sustancia añadida a una estructura ya formada.   Solo permite sostener que, si existe, no puede reducirse a las operaciones que la acompañan ni a las consecuencias que estas producen.   Su existencia puede depender de una organización material, de procesos vitales o de condiciones todavía desconocidas.   La indagación no necesita resolver inicialmente su fundamento ontológico.   Necesita distinguir aquello que intenta explicar de las operaciones con las que suele confundirlo.

Esta distinción permite abordar la conciencia animal sin convertir la semejanza humana en único criterio.   Allí donde existen formas integradas de sensibilidad, orientación, memoria, aprendizaje, dolor, búsqueda y modificación flexible de la conducta, la atribución puede adquirir fundamento.   Ese fundamento no depende de que el animal reproduzca el lenguaje o la reflexión humana.   Depende de que las manifestaciones observables sean difícilmente explicables si se excluye que algo adquiera presencia dentro de la continuidad del animal.

La misma cautela debe aplicarse a las plantas y a otras formas de vida.   La sensibilidad, la comunicación, la memoria fisiológica y la adaptación revelan una actividad mucho más compleja que la antigua imagen de una materia pasiva.   Pero reconocer esa complejidad no obliga a atribuir conciencia.   La vida puede responder, conservar información y coordinarse sin que se haya demostrado que esas operaciones lleguen a constituirse como experiencia.   Negar la atribución prematura no equivale a negar la posibilidad.   Equivale a mantener abierta la distancia entre una operación y una experiencia.

En los sistemas artificiales, la dificultad adquiere una forma distinta.   Una estructura puede procesar información, aprender regularidades, producir lenguaje, describir estados internos y modificar su conducta de acuerdo con la experiencia acumulada.   Cada una de estas capacidades reproduce signos que en los seres humanos suelen acompañar la conciencia.   Sin embargo, la reproducción funcional no demuestra que esas operaciones adquieran presencia dentro de la continuidad de la estructura que las integra.   El sistema puede afirmar que experimenta sin que la afirmación permita establecer si esas operaciones llegan a constituirse como experiencia o si únicamente ha producido la forma lingüística correspondiente.

Tampoco la ausencia de materia orgánica basta para excluir la conciencia.   Si la condición decisiva no fuese una sustancia determinada, sino una modalidad de integración y presencia, no podría declararse imposible por definición que compareciera en otra clase de soporte.   Pero la posibilidad lógica no constituye evidencia.   Entre negar de antemano y atribuir sin demostración existe un espacio de indagación que no puede ser ocupado por la fascinación ni por el temor.

La conciencia colectiva presenta otra dificultad.   Una sociedad puede compartir lenguaje, memoria, símbolos, instituciones y orientaciones.   Puede actuar de manera coordinada y conservar una identidad a través del tiempo.   Sin embargo, la existencia de una organización común no demuestra que exista una experiencia común independiente de las experiencias individuales que la componen.   La expresión « conciencia colectiva » puede designar una estructura de comprensión compartida sin que por ello deba atribuirse a la colectividad una interioridad propia.

Algo semejante ocurre cuando se habla de conciencia planetaria o universal.   La totalidad de las relaciones puede formar una unidad, pero la unidad no equivale a experiencia.   El universo puede contener todas las condiciones de las que emerge la conciencia sin ser por ello consciente.   También podría ocurrir que la conciencia no fuese una excepción producida en un fragmento de la realidad, sino una posibilidad inscrita en la propia constitución de lo existente.   Ninguna de las dos posiciones puede establecerse ampliando metafóricamente la experiencia humana.

La atribución universal exige la carga más alta.   No basta señalar que todo se relaciona, que la materia se organiza, que la vida emerge o que el universo puede ser comprendido.   La relación no demuestra comparecencia.   La organización no demuestra interioridad.   La inteligibilidad no demuestra que aquello que puede ser comprendido se comprenda a sí mismo.   Convertir el orden en conciencia sería atribuir experiencia allí donde solo se ha identificado estructura.

Pero tampoco puede excluirse la posibilidad mediante una definición construida a partir de la escala humana.   Si la conciencia admite formas no reflexivas, no lingüísticas y no individuales, la indagación debe conservar la posibilidad de que comparezca bajo organizaciones que no reconocemos.   Lo que no puede hacer es sustituir la ausencia de criterios por una afirmación metafísica.   La apertura no autoriza la atribución.   Solo impide que la negación sea presentada como conocimiento.

La pregunta decisiva no consiste entonces en determinar cuán lejos puede extenderse la palabra.   Consiste en establecer qué permanece constante cuando la atribución cambia de objeto.   Si no existe ninguna condición común entre la conciencia humana, animal, artificial, colectiva o universal, el término deja de designar un fenómeno y comienza a reunir realidades diferentes bajo una semejanza verbal.   Si existe una condición común, debe poder formularse sin presuponer de antemano la forma particular bajo la cual reconocemos la conciencia en nuestra propia experiencia.

Aquello que parece conservarse es la diferencia entre ser modificado y experimentar la modificación.   Una realidad puede ser modificada sin experimentar.   Puede responder sin experimentar aquello a lo que responde.   Puede integrar información sin que esa integración llegue a constituirse como experiencia.   La atribución de conciencia comienza a adquirir fundamento cuando resulta posible sostener que una realidad no solo es modificada, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.

Esta formulación no resuelve la naturaleza última de la conciencia.   Tampoco ofrece un instrumento infalible para reconocerla desde fuera.   Establece, sin embargo, una exigencia que impide confundirla con sus acompañamientos.   La conciencia no puede reducirse a conducta, información, complejidad, respuesta, sensibilidad o autorreferencia, aunque pueda requerir algunas de esas condiciones.   Su atribución exige sostener que la realidad no solo opera, sino que experimenta; esa experiencia nunca se ofrece enteramente al observador.

La conciencia se presenta así como un fenómeno cuya atribución depende necesariamente de una comparecencia inferida y nunca directamente observada.   Nunca observamos la experiencia ajena.   Observamos únicamente la convergencia de manifestaciones que permiten sostener su atribución.   La inferencia puede ser más o menos fundada, pero no puede convertirse en posesión directa de aquello que atribuye.   Esta distancia no invalida la atribución.   Define la responsabilidad con la que debe efectuarse.

Reconocer esa responsabilidad obliga a abandonar dos seguridades opuestas.   La primera sostiene que solo aquello que se parece suficientemente al ser humano puede ser consciente.   La segunda supone que toda organización, relación o inteligencia participa ya de la conciencia.   Una reduce el fenómeno a una forma conocida.   La otra lo disuelve hasta hacerlo indistinguible de la existencia misma.

Existe, sin embargo, una tercera seguridad, anterior a las otras dos y más difícil de abandonar:   la exigencia de que la conciencia se deje reducir a una forma que podamos enunciar.   Esa exigencia precede tanto a la restricción como a la extensión del fenómeno, porque supone que aquello cuya existencia fuera de la propia experiencia solo puede inferirse debe poder agotarse, no obstante, en una definición.   Renunciar a esa seguridad no equivale a renunciar al conocimiento.   Equivale a reconocer que la conciencia puede ser delimitada sin quedar reducida a aquello que de ella podemos decir, y que su atribución puede adquirir fundamento sin convertirse por ello en posesión del fenómeno atribuido.

Frente a estas tres seguridades permanece la exigencia de demostrar.   Atribuir conciencia significa afirmar que una realidad no solo se encuentra sometida a cambios, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.   Cuanto más distante es la forma considerada de aquellas en las que reconocemos experiencia, mayor debe ser la convergencia de indicios y menor la autoridad concedida a la analogía.

La atribución de conciencia nunca quedará enteramente libre de incertidumbre.   La experiencia pertenece a aquello que la atraviesa y no puede ser trasladada intacta al conocimiento de otro.   Pero la incertidumbre no obliga al silencio ni autoriza la arbitrariedad.   Obliga a distinguir entre aquello que se experimenta, aquello que se manifiesta, aquello que puede inferirse y aquello que todavía se proyecta.

La conciencia no comparece primero como una definición, sino como una dificultad de atribución.   Allí donde algo parece sentir, percibir, recordar, anticipar o reconocerse, la palabra se aproxima.   Pero solo adquiere legitimidad cuando esas manifestaciones permiten sostener que la realidad considerada no se limita a operar, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.

Tal vez nunca podamos establecer desde fuera la presencia de conciencia con la certeza con la que constatamos una forma o medimos un movimiento.   Esa limitación no pertenece únicamente a los casos remotos.   Se encuentra ya en la relación entre dos seres humanos.   Toda atribución de conciencia atraviesa una distancia que ninguna semejanza, lenguaje o conocimiento puede abolir por completo.

La conciencia permanece así ligada a una paradoja.   Es aquello cuya existencia parece más inmediata en la experiencia y cuya atribución resulta más difícil de demostrar fuera de ella.   La indagación no resuelve la paradoja suprimiendo uno de sus términos.   La conserva como condición de todo juicio responsable sobre aquello que puede, o no, ser llamado consciente.

Antes de extender la conciencia a la vida, a la inteligencia artificial, a una colectividad o al universo, resulta necesario reconocer la carga que acompaña cada atribución.   La amplitud de una posibilidad no demuestra que la condición requerida se cumpla.   Allí donde no puede distinguirse la experiencia de la mera operación, la atribución permanece abierta.   Allí donde convergen sensibilidad, integración, continuidad y orientación, puede comenzar a adquirir fundamento.

La conciencia no queda definida de una vez y para siempre.   Queda delimitado, sin embargo, aquello que no basta para atribuirla.   No basta la respuesta.   No basta la complejidad.   No basta la inteligencia.   No basta la autorreferencia.   No basta la semejanza.   Tampoco basta la totalidad.

Solo cuando puede sostenerse que una realidad experimenta alguna de sus modificaciones, la atribución deja de ser una prolongación del lenguaje y comienza a responder al fenómeno que pretende nombrar.

22 de Julio de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« Un umbral de silencio »

July 10, 2026
Michael Basso
(28 de junio, 1955 – 28 de mayo, 2025)

In memoriam

Durante la última década de su vida, la salud de Michael fue declinando de manera constante, al igual que había ocurrido con la de su padre en los años que le precedieron, marcada por una sucesión de enfermedades que fueron estrechando gradualmente los horizontes ordinarios de la existencia.  Sin embargo, continuó abrazando cada día con una serena determinación, aun cuando la creciente incertidumbre de su propio cuerpo se volvió imposible de ignorar.  Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a él.  Fue compartido por el esposo que permaneció a su lado y por quienes lo amaban.  Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

I. La carga de la conciencia

A veces de manera repentina, otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, llega un momento en que la mortalidad deja de ser una abstracción.  Deja de ser una eventualidad lejana, discretamente oculta bajo las rutinas de la vida ordinaria o atenuada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.  Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia mediante la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las silenciosas traiciones del cuerpo.  Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con una cautela inesperada, cada uno de ellos se convierte en un sutil recordatorio de que la permanencia siempre fue una ilusión.  Para otros, comienza con la pérdida.  La muerte de un amigo, de un hermano, de un padre, de una madre o del cónyuge revela silenciosamente que aquello que ha ocurrido a otro pasa, inevitablemente, a pertenecernos también.

Esa conciencia modifica la medida del tiempo.  El porvenir deja de parecer ilimitado, del mismo modo que el pasado deja de ser únicamente el registro de lo que ha sido.  Ambos adquieren una proporción distinta.  Sin proponérnoslo deliberadamente, comenzamos a medir la vida menos por lo que hemos realizado que por aquello que todavía permanece dentro del ámbito de lo posible.

La mente resiste de manera instintiva este reconocimiento.  Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en las rutinas familiares y en la tranquilizadora continuidad de la existencia cotidiana, como si la atención misma pudiera posponer aquello que la razón ya conoce.  La mortalidad pasa a ser algo reconocido intelectualmente, mientras permanece distante en el plano afectivo.

Este despertar no constituye ni un logro ni un fracaso.  Es, sencillamente, una de las condiciones propias de la existencia humana.  Desde el momento en que la mortalidad deja de ser imaginada para convertirse en una realidad personalmente reconocida, toda experiencia posterior de declive, sufrimiento, resistencia y aceptación adquiere un significado que antes no podía poseer.

II. El declive: mente y cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un único acontecimiento decisivo.  Con mayor frecuencia avanza en silencio, medido por cambios tan graduales que, al principio, se confunden con simples incomodidades pasajeras.  El cuerpo deja de responder con la seguridad de otro tiempo.  Movimientos que antes se realizaban sin reflexión comienzan a exigir intención.  La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos empiezan, casi imperceptiblemente, a renunciar a la claridad que antes les era propia.

La mente sigue un curso semejante.  La memoria vacila allí donde antes respondía sin esfuerzo.  Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se disuelven antes de alcanzar su plenitud.  La atención se vuelve cada vez más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre antes desconocidos.  Y, sin embargo, la conciencia suele conservar la lucidez suficiente para percibir estos cambios con una precisión inquietante.  Existe una particular soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras todavía se conserva la claridad necesaria para comprender aquello que se está perdiendo.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del cuerpo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede continuar con plenitud de propósito.  Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad más allá de cuanto generaciones anteriores habrían podido imaginar.  Sin embargo, ninguna intervención modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.  El cuerpo continúa siendo finito, y todo esfuerzo encaminado a preservarlo acaba por encontrarse con límites más allá de los cuales la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es de naturaleza física ni intelectual.  Reside en el reconocimiento gradual de que el declive no constituye una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones finales.  Aquello que en un principio parecía excepcional revela lentamente su pertenencia al mismo orden natural por el que transita todo ser viviente.

III. Las distracciones que retrasan la aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.  La conciencia puede llegar de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, postergada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo permaneciera todavía sin medida.  No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.  La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.  Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos remedios para las enfermedades que acompañan el avance de los años.  Seguimos construyendo, reparando, organizando y anticipando el mañana, no sólo porque estas actividades poseen un valor intrínseco, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un porvenir cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprendernos de la vida nace de algo más profundo que el miedo.  Quedan responsabilidades pendientes.  Promesas por cumplir, conversaciones inconclusas y personas cuyas vidas continúan entrelazadas con la nuestra.  Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera su cumplimiento.  Lo que nos mantiene ligados a la vida es, con frecuencia, menos el temor a morir que la resistencia a abandonar aquello que seguimos considerando confiado a nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.  Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, precisamente aquellas cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.  Son también los vínculos que prolongan el camino hacia esa quietud interior de la que, con el tiempo, puede comenzar a surgir la aceptación.  Antes de que el final pueda ser acogido con serenidad, la mente debe desprenderse gradualmente no sólo de su temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

IV. El peso del sufrimiento y la resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de sensibilidad.  No es raro ni excepcional, sino que forma parte del tejido mismo de la existencia desde el primer aliento hasta el último.  Y, sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.  Ninguna vida lo experimenta exactamente del mismo modo, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.  Puede surgir de la enfermedad, de una lesión o del gradual debilitamiento del cuerpo.  También puede brotar de pérdidas más silenciosas:  el menoscabo de la memoria, la erosión de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso sin nosotros o el duelo que acompaña todo vínculo verdaderamente significativo.  Algunas cargas son visibles y fácilmente reconocidas.  Otras permanecen ocultas, llevadas en silencio y conocidas únicamente por quien las soporta.

Sin embargo, el sufrimiento no debe confundirse con la resistencia.  El sufrimiento es aquello que la vida impone.  La resistencia es la respuesta humana a lo que ha sido impuesto.  Es la capacidad serena de perseverar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.  Gracias a esa capacidad, vidas que desde fuera parecen ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar a su vínculo con el mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.  Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede resultar insoportable para otra.  Una carga antes considerada intolerable puede incorporarse gradualmente al curso ordinario de la existencia, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que desde hace tiempo venían disminuyendo en silencio.  La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, las relaciones y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por esa razón, el sufrimiento nunca debe confundirse con la debilidad, ni la resistencia con la invulnerabilidad.  Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.  Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer toda su significación.

Toda vida acaba encontrando los límites de su propia resistencia, aunque esos límites no pueden preverse ni ser juzgados por otros.  Sólo se revelan en la experiencia silenciosa de quien los atraviesa.  Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la extraordinaria capacidad humana para resistirlo.

V. El umbral invisible

La vida no se extingue de manera repentina.  Al principio parece retirarse casi imperceptiblemente.  La respiración se hace más pausada, no en jadeos, sino mediante una gradual disminución del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.  El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.  El yo parece aflojar el vínculo que durante tanto tiempo lo mantuvo unido a las exigencias ordinarias de la existencia.  Una mente antes inquieta comienza a divagar con mayor libertad, deteniéndose cada vez menos en el pasado, en el porvenir o incluso en la urgencia del presente.

Estos cambios no deben interpretarse necesariamente como signos de fracaso o de derrota.  Con mayor frecuencia se asemejan a una gradual disminución del esfuerzo.  El cuerpo comienza a abandonar tareas que antes realizaba sin advertirlas.  El descanso ocupa progresivamente el lugar de la actividad.  El silencio llega a ser más acogedor que la conversación.  Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen ni impuestos ni resistidos.  Con frecuencia, el cuerpo reconoce esta transición antes de que la mente llegue a comprenderla plenamente.

Llega también un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.  Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.  Surge, más bien, de la experiencia vivida.  Algunos continúan resistiendo su aproximación y consagran las fuerzas que les restan a prolongar cada nuevo día.  Otros parecen ir acomodándose paulatinamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por entregarse al sueño después de una larga vigilia.

En el curso de este proceso, el propio control comienza a adquirir un significado diferente.  El esfuerzo por gobernar cada instante restante va dando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el mismo cuerpo parece señalar.  Aquello que antes exigía resistencia comienza gradualmente a invitar al desprendimiento.  El término de la vida deja de parecer una interrupción de su orden y empieza a revelarse como una de sus expresiones finales.

La muerte no constituye algo que deba ser conquistado, ni algo cuyo advenimiento pueda posponerse indefinidamente.  Permanece como el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido únicamente por quien finalmente lo atraviesa.

VI. La serena aceptación

Pensar en la muerte sin temor, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.  Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, aspiraciones y obligaciones aún inconclusas.  Sin embargo, suele llegar un momento en que todas ellas pierden gradualmente su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para revelarse, sencillamente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo comienza a adquirir un significado distinto.  El cuerpo ha iniciado ya la silenciosa tarea del desprendimiento.  La mente, con mayor lentitud, empieza también a desprenderse de significados inconclusos, de interrogantes aún sin resolver y de la expectativa de que un día más pudiera alterar aquello que la vida ya ha llevado a su culminación.  La aceptación no nace de la certeza.  Surge, poco a poco, cuando la resistencia misma deja de parecer necesaria.

Ningún itinerario pertenece por igual a todas las vidas.  Algunos afrontan la mortalidad con aceptación; otros, con temor, resistencia o incertidumbre.  La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.  La experiencia de morir no admite una progresión universal.  Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no es sinónimo de resignación.  La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.  La quietud, por el contrario, expresa una armonía cada vez mayor entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.  El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.  Lo que permanece no es ni el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde el interior de esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.  Su valor deja de depender de una prolongación indefinida y pasa a descansar en el simple hecho de haber sido vivida.  La quietud que antes parecía vacía adquiere gradualmente una suficiencia propia.  Cada vez queda menos por defender.  Cada vez queda menos por explicar.  Aquello que nos fue dado comienza, poco a poco, a revelarse como completo.

VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún itinerario hacia la aceptación se completa sin compañía.  A lo largo del camino somos formados, orientados y sostenidos por quienes llegan a ser inseparables de nuestra propia existencia.  Aun después de su partida, su presencia perdura en la memoria, en el afecto y en las innumerables formas en que han transformado las vidas que tocaron.

Los últimos años de Michael constituyeron una presencia de esa naturaleza.  Quienes permanecieron a su lado fueron testigos no sólo de las exigencias graduales de la enfermedad, sino también de la serena perseverancia con la que continuó habitando cada uno de sus días.  Su vida, no menos que su muerte, nos recuerda que la mortalidad nunca es experimentada por una sola persona.  Es compartida por las familias, por los compañeros y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los capítulos finales de su existencia.

La muerte despoja de importancia a muchas cosas que antes parecían esenciales.  Lo que permanece suele ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.  El afecto perdura.  La gratitud permanece.  La memoria continúa ejerciendo su silenciosa labor mucho después de que la presencia física ha desaparecido.

A quienes nos han acompañado a lo largo de la vida les debemos algo más que el recuerdo.  Les debemos el reconocimiento de que gran parte de lo que hemos llegado a ser fue formada por su compañía, su paciencia y su afecto.  Su ausencia no borra ese legado.  Por el contrario, lo hace más claramente visible.

Ya no están presentes como lo estuvieron alguna vez.  Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa más allá de sus propias vidas, llevado silenciosamente en la memoria y en el afecto de los demás.  En esa presencia que perdura, la gratitud encuentra su expresión más duradera.

Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania

« Desenmascarar la desilusión: Serie II »

January 21, 2026

*

Pintura digital “Alegoría Geométrica” ©2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela, 1954)

Las reflexiones de los capítulos anteriores conducen finalmente a una indagación más histórica, en la que el siguiente archivo, « Crónicas de Hugo Chávez », se convierte en otra lente desde la cual me acerco a la experiencia venezolana.

*

Ricardo F. Morin

25 de Diciembre de 2025

Oakland Park, Fl.

Crónicas de Hugo Chávez

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1

Hugo Chávez, quien encabezó la Revolución Bolivariana, nació el 28 de julio de 1954 en Sabaneta, Venezuela.    Murió el 5 de marzo de 2013, a las 4:25 p. m. VET (8:55 p. m. UTC) en Caracas, a los 58 años.    Como líder de la revolución, Chávez dejó una huella discernible en la historia política de Venezuela. Reconstruir esta historia es volver sobre un paisaje cuyas consecuencias siguen moldeando la vida venezolana.

En el núcleo del chavismo se encuentra una fusión deliberada de nacionalismo, poder centralizado y participación militar en la política.    Esta fusión dio forma a su visión de una nueva Venezuela: ferozmente independiente y orgullosamente socialista.

Hugo Chávez (11 años), sexto grado, 1965 (Foto: Reuters).

2

La infancia de Hugo Chávez transcurrió en un pequeño pueblo de los Llanos, en el estado Barinas, al noroeste del país.    Esta región posee una historia de cacicazgos indígenas (es decir, “jefaturas”, “dominios” o “formas de gobierno”) que se remonta a tiempos precolombinos. [1]    Chávez fue el segundo de seis hermanos y sus padres tuvieron dificultades para mantener a la familia numerosa.    Como consecuencia, él y su hermano mayor, Adán, fueron enviados a vivir con su abuela paterna, Rosa Inés, en la ciudad de Barinas.    Tras la muerte de ella, Chávez honró su memoria con un poema que concluye con una estrofa que revela la profundidad de ese vínculo:

Entonces, / abrirías tus brazos / y me abrazarías / cual tiempo de infante / y me arrullarías / con tu tierno canto / y me llevarías / por otros lugares / a lanzar un grito / que nunca se apague. [2]

3

En su segundo año de bachillerato, Chávez conoció a dos maestros influyentes, José Esteban Ruiz Guevara y Douglas Ignacio Bravo Mora, quienes le ofrecieron orientación más allá del currículo regular. [3][4]    Lo introdujeron al marxismo-leninismo como marco teórico y despertaron su fascinación por la Revolución Cubana y sus principios, un punto de inflexión más visible en retrospectiva de lo que pudo serlo en aquel momento.

4

A los 17 años, Chávez ingresó en la Academia Militar de Venezuela, en Fuerte Tiuna (Caracas), con la esperanza de compaginar la formación castrense con su pasión por el béisbol.    Soñaba con convertirse en un pitcher zurdo, pero sus habilidades no estuvieron a la altura de esa ambición.    A pesar de su inicial falta de interés por la vida militar, persistió en su entrenamiento y se graduó de la academia en 1975, ubicado cerca del final de su promoción.

5

La carrera militar de Chávez comenzó como subteniente, con la tarea de capturar guerrilleros de izquierda.   Mientras los perseguía, empezó a identificarse con su causa y llegó a creer que luchaban por una vida mejor.   Para 1977, estaba dispuesto a abandonar su carrera militar y unirse a la guerrilla.    En busca de orientación, recurrió a su hermano Adán, quien lo convenció de permanecer en las fuerzas armadas insistiendo:   « Te necesitamos allí ». [5]   Chávez experimentó entonces un renovado sentido de propósito y entendió su misión como un llamado.   En 1982, junto con sus compañeros militares más cercanos, formó el Movimiento Bolivariano Revolucionario-200 (MBR-200):   su objetivo era difundir su interpretación del marxismo dentro de las fuerzas armadas y, en última instancia, preparar un golpe de Estado. [6]

6

El 4 de febrero de 1992, el teniente Chávez y sus aliados militares iniciaron una revuelta contra el gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez.   Sin embargo, la rebelión fue rápidamente sofocada.   Rodeado y superado en número, Chávez se rindió en el Cuartel de la Montaña —actual museo de historia militar en Caracas, cercano al palacio presidencial— bajo la condición de que se le permitiera dirigirse a sus compañeros por televisión.   Los instó a deponer las armas y evitar más derramamiento de sangre.   Proclamó: « Compañeros, lamentablemente por ahora los objetivos que nos planteamos no fueron logrados… ». [7]   La transmisión marcó el inicio de su proyección política.   Sus palabras resonaron en todo el país y sembraron las bases de su futuro político.

Chávez anuncia su arresto en cadena nacional e insta a los insurgentes a rendirse.

7

En 1994, el recién electo presidente Rafael Caldera Rodríguez lo indultó. [8]   Con esta segunda oportunidad, Chávez fundó el Movimiento V República (MVR) en 1997 y agrupó a socialistas afines en torno a su causa. [9]   Mediante una campaña centrada en apelaciones populistas, obtuvo una victoria electoral a los 44 años.

8

En su primer año como presidente, Chávez disfrutó de una aprobación del 80%.  Sus políticas buscaban erradicar la corrupción, ampliar los programas sociales para los pobres y redistribuir la riqueza nacional.  Jorge Olavarría de Tezanos Pinto, inicialmente un simpatizante, se convirtió hacia el final de las elecciones en una de las voces opositoras más destacadas.  Acusó a Chávez de socavar la democracia venezolana mediante el nombramiento de oficiales militares en cargos gubernamentales. [10]   Al mismo tiempo, Chávez elaboraba un nuevo texto constitucional que le permitiría colocar militares en poderes públicos.

La nueva Constitución, ratificada el 15 de diciembre de 1999, abrió paso a las « megaelecciones » del año 2000, en las cuales Chávez aseguró un mandato de seis años.   Aunque su partido no obtuvo control absoluto de la Asamblea Nacional, gobernó mediante Leyes Habilitantes, que permitían legislar por decreto. [11][12]

Mientras Chávez impulsaba reformas para reorganizar las instituciones del Estado, no se cumplieron los requisitos constitucionales.   La designación de los magistrados de la nueva Corte Suprema de Justicia (CSJ) se llevó a cabo sin rigor, lo que generó inquietudes sobre su legitimidad y competencia.   Cecilia Sosa Gómez, la presidenta saliente de la CSJ, declaró que el Estado de derecho había sido « sepultado » y que la Corte se había « autodisuelto ». [13][14]

9

Aunque algunos venezolanos vieron en Chávez una alternativa fresca al inestable sistema democrático, dominado por tres partidos desde 1958, otros sectores expresaron preocupación a medida que el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) consolidaba el poder y se convertía en el único partido gobernante. [15]   Los poderes Legislativo y Ejecutivo se centralizaron cada vez más, y las garantías judiciales de los derechos ciudadanos se debilitaron.

Los estrechos vínculos de Chávez con Fidel Castro y su deseo de modelar a Venezuela según el sistema cubano —bautizado popularmente como «VeneCuba»— encendieron nuevas alarmas. [16]   Además, silenció emisoras de radio independientes y antagonizó a Estados Unidos y otras naciones occidentales, mientras fortalecía sus relaciones con Irak, Irán y Libia.

A comienzos de 2002, su aprobación había caído al 30%, y las marchas anti-Chávez se hicieron frecuentes.

10

El 11 de abril de 2002, una manifestación masiva de más de un millón de personas marchó hacia el palacio presidencial exigiendo la renuncia del presidente Chávez.   La protesta se volvió violenta cuando agentes de la Guardia Nacional y paramilitares encapuchados abrieron fuego contra la multitud. [17]

El trágico suceso —la Masacre de Puente Llaguno— provocó una rebelión militar que llevó al arresto de Chávez y a la conformación de un gobierno de transición encabezado por Pedro Francisco Carmona Estanga. [18]

Sin embargo, la gestión de Carmona fue efímera:   suspendió la Constitución, disolvió la Asamblea Nacional y la Corte Suprema, y destituyó a diversos funcionarios.   En un plazo de cuarenta y ocho horas, las Fuerzas Armadas retiraron su respaldo a Carmona.

El vicepresidente, Diosdado Cabello Rondón, fue reintegrado como presidente y restituyó a Chávez en el poder. [19]

11

El fallido golpe de Estado fortaleció a Chávez, quien purgó su círculo interno e intensificó su confrontación con la oposición.   En diciembre de 2002, la oposición organizó un paro nacional destinado a forzar su renuncia.   El paro afectó a la empresa estatal Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), que generaba aproximadamente el 80% de los ingresos por exportaciones del país. [20]

Chávez respondió despidiendo a sus 38.000 empleados y reemplazándolos con leales a su causa.   Para febrero de 2003, el paro se había desvanecido y Chávez recuperó el control total de los ingresos petroleros.

12

Entre 2003 y 2004, la oposición impulsó un referendo para revocar el mandato de Chávez, pero el aumento de los ingresos petroleros —que financiaban programas sociales populares— reforzó su apoyo. [21]

A finales de 2004, su popularidad había repuntado y el referendo fue derrotado contundentemente.   En diciembre de 2005, la oposición boicoteó las elecciones legislativas y protestó contra el Consejo Nacional Electoral (CNE). [22]

Para entonces, el control legislativo recaía casi por completo en la coalición de Chávez. [23]   Lo que siguió no representó una desviación de esta trayectoria, sino su prolongación mediante políticas formales.

13

En diciembre de 2006, Chávez consiguió un tercer mandato presidencial, una victoria que amplió el alcance de la iniciativa ejecutiva.   Nacionalizó industrias clave —oro, electricidad, telecomunicaciones, gas, acero, minería, agricultura y banca— junto con numerosos sectores menores. [24][25][26][27][28][29]

Presentó un paquete de reformas constitucionales destinadas a ampliar los poderes del Ejecutivo y su control sobre el Banco Central de Venezuela (BCV).   En una medida controvertida, modificó unilateralmente los derechos de propiedad y permitió que el Estado confiscara bienes privados sin supervisión judicial.   Incluso propuso convertirse en presidente vitalicio.

Sin embargo, en diciembre de 2007, la Asamblea Nacional rechazó por escaso margen sus amplias reformas.

14

En febrero de 2009, Chávez volvió a presentar sus propuestas controvertidas, esta vez con éxito. Inspirándose en la asesoría cubana, intensificó la represión del disenso. [30]

Ordenó la detención de opositores electos y cerró todas las estaciones privadas de televisión.

15

En junio de 2011, Chávez anunció que se sometería a una cirugía en Cuba para extirpar un tumor.   La noticia generó confusión y preocupación en el país. [31]   A medida que su salud se deterioraba, los votantes comenzaron a cuestionar su capacidad para gobernar.

Aun así, en 2012, desafiando su frágil estado, Chávez hizo campaña contra Henrique Capriles y obtuvo una victoria presidencial sorpresiva. [32]

16

Chávez durante la campaña electoral, febrero de 2012.

En diciembre de 2012, Chávez se sometió a su cuarta operación en Cuba.   Antes de partir de Venezuela, anunció su plan de transición y designó al vicepresidente Nicolás Maduro como su sucesor, acompañado de una poderosa troika encabezada por Diosdado Cabello (jefe militar) y Rafael Darío Ramírez Carreño (administrador de PDVSA). [33][34][35]

Tras la cirugía, Chávez fue trasladado el 11 de diciembre al Hospital Militar Universitario Dr. Carlos Arvelo —adscrito a la Universidad Militar Bolivariana de Venezuela (UMBV)— en Caracas, donde permaneció incomunicado, alimentando aún más las especulaciones.

Algunos funcionarios desestimaron los rumores de asesinato, mientras que otros, incluida la exfiscal general Luisa Ortega Díaz, afirmaron que Chávez había muerto el 28 de diciembre. [36]

El gabinete de Maduro negó vehementemente tales acusaciones e insistió en que no se había cometido ningún crimen.   En medio de la incertidumbre, Maduro solicitó a la Asamblea Nacional posponer indefinidamente la juramentación presidencial, lo que agravó la crisis política.

17

La Asamblea Nacional accedió a la solicitud de Maduro y votó a favor del aplazamiento de la juramentación.

Chávez falleció el 5 de marzo.   Su cuerpo fue embalsamado en tres etapas distintas sin que se realizara una autopsia, lo que alimentó nuevas sospechas y teorías conspirativas.

Treinta días después, Maduro asumió la presidencia en un contexto de persistente incertidumbre política. [37]


Notas Finales—Capítulo VI

§ 2

[1] Charles S. Spencer y Elsa M. Redmond, Prehispanic Causeways and Regional Politics in the Llanos of Barinas, Venezuela (Cambridge: Cambridge University Press, 2017).
Resumen: «… relacionados con la dinámica política de la organización cacical durante la fase Gaván Tardía».
Publicado en Latin American Antiquity, vol. 9, n.º 2 (junio de 1998): 95-110.
https://doi.org/10.2307/971989

[2] Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez, Chávez Nuestro (La Habana: Casa Editora Abril, 2007), 367-369.
https://docs.google.com/file/d/0BzEKs4usYkReRVdWSG5LQkFYQ3c/edit?pli=1&resourcekey=0-yHaK7-YkA47nelVs-7JuBQ

§ 3

[3] “The Hugo Chávez Show,” PBS Frontline, 19 de noviembre de 2008.
https://www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/hugochavez/etc/ex2.html

[4] L’Atelier des Archive, « Interview du révolutionnaire: Douglas Bravo au Venezuela [circa 1960] » (transcripción: «… conceptos injuriosos en contra de la revolución cubana…» [min. 1:11-14]), YouTube, 14 de octubre de 2016.
https://www.youtube.com/watch?v=1cx2D5VM8VM

§ 5

[5] “Hugo Chavez Interview,” YouTube.
Extracto de transcripción y marca de tiempo no disponibles.
Cita original en español « … si no, quizá me voy del Ejército, no, no puedes irte, me dijo Adán, no, te necesitamos allí, ¿pero quién me necesita? ».
Consultado el 12 de octubre de 2023.

[6] Dario Azzellini y Gregory Wilpert, « Venezuela, MBR-200 and the Military Uprisings of 1992 », en The Wiley-Blackwell Encyclopedia of Revolution and Protest (Wiley, 2009).
https://onlinelibrary.wiley.com/doi/epdf/10.1002/9781405198073.wbierp1525

§ 6

[7] “Declaraciones en una transmisión nacional por orden del gobierno”, BancoAgrícolaVe, YouTube, 4 de febrero de 1992.
https://www.youtube.com/watch?v=_QqaR1ZjldE

§ 7

[8] Maxwell A. Cameron y Flavie Major, « Venezuela’s Hugo Chávez: Savior or Threat to Democracy? », Latin American Research Review, vol. 36, n.º 3 (2001): 255-266.
https://www.proquest.com/docview/218146430?sourcetype=Scholarly%20Journals

[9] Gustavo Coronel, « Corruption, Mismanagement, and Abuse of Power in Hugo Chávez’s Venezuela », Center for Global Liberty & Prosperity: Development Policy Analysis, n.º 2 (CATO Institute, 27 de noviembre de 2006).
https://www.issuelab.org/resources/2539/2539.pdf

§ 8

[10] “Jorge Olavarría Ante El Congreso Bicameral [5 de julio de 1999],” YouTube.
https://youtu.be/_OkqNn8VF-Y?si=Cvuh4Vk391_0Pnut
Consultado el 9 de enero de 2025.

[11] Mario J. García-Serra, «The ‘Enabling Law’: The Demise of the Separation of Powers in Hugo Chavez’s Venezuela», University of Miami Inter-American Law Review, vol. 32, n.º 2 (primavera-verano 2001): 265-293.
https://www.jstor.org/stable/40176554

[12] “Venezuela: Chávez Allies Pack Supreme Court,” Human Rights Watch, 13 de diciembre de 2004.
https://www.hrw.org/news/2004/12/13/venezuela-chavez-allies-pack-supreme-court

[13] “Top Venezuelan judge resigns,” BBC News, 25 de agosto de 1999.
http://news.bbc.co.uk/2/hi/americas/429304.stm

[14] « Suprema Injusticia: ‘These are corrupt judges’ », Organización Transparencia Venezuela.
https://supremainjusticia.org/cecilia-sosa-gomez-these-are-corrupt-judges/

§ 9

[15] «United Socialist Party of Venezuela», PSUV.
http://www.psuv.org.ve/

[16] “Venezuela and Cuba, ‘VeneCuba,’ a single nation,” The Economist, 11 de febrero de 2010.
https://www.economist.com/the-americas/2010/02/11/venecuba-a-single-nation

§ 10

[17] “Photographs reveal the truth about Puente Llaguno massacre,” 11 de abril de 2002, YouTube.
https://youtu.be/NvP7cL-7KL4?si=cUpMAv0myAWH5UWP

[18] “Pedro Carmona Estanga cuenta su verdad 21 años después,” El Nacional (Venezuela).
https://www.elnacional.com/opinion/pedro-carmona-estanga-cuenta-su-verdad-21-anos-despues/

[19] “Diosdado Cabello Rondón: Narcotics Rewards Program: Wanted,” U.S. Department of State.
https://www.state.gov/bureau-of-international-narcotics-and-law-enforcement-affairs/releases/2025/01/diosdado-cabello-rondon

§ 11

[20] Marc Lifsher, « Venezuela Strike Paralyzes State Oil Monopoly PdVSA », Wall Street Journal, 6 de diciembre de 2002.
https://www.wsj.com/articles/SB1039101526679054593

§ 12

[21] “Socialism with Cheap Oil,” The Economist, 30 de diciembre de 2008.
https://www.economist.com/the-americas/2008/12/30/socialism-with-cheap-oil

[22] “Venezuela: Increased Threats to Free Elections; New Electoral Body Puts Reforms at Risk,” Human Rights Watch, 22 de junio de 2023, 7:00 a. m.
https://www.hrw.org/news/2023/06/22/venezuela-increased-threats-free-elections

[23] Juan Forero, «Chávez’s Grip Tightens as Rivals Boycott Vote», The New York Times, 5 de diciembre de 2005.
https://www.nytimes.com/2005/12/05/world/americas/chavezs-grip-tightens-as-rivals-boycott-vote.html?referringSource=articleShare

§ 13

[24] Louise Egan, « Chavez to nationalize Venezuelan gold industry », Reuters, 17 de agosto de 2011, 2:40 p. m.
https://www.reuters.com/article/us-venezuela-gold/chavez-to-nationalize-venezuelan-gold-industry-idUSTRE77G53L20110817/

[25] Juan Forero, « Chavez Eyes Nationalized Electrical, Telcom Firms », Reuters, 9 de enero de 2007, 6:00 a. m. ET.
https://www.npr.org/2007/01/09/6759012/chavez-eyes-nationalized-electrical-telcom-firms

[26] James Suggett, « Venezuela Nationalizes Gas Plant and Steel Companies, Pledges Worker Control », Venezuelanalysis, 23 de mayo de 2009.
https://venezuelanalysis.com/news/4464/

[27] David Brunnstrom, « Factbox: Venezuela’s nationalizations under Chavez », Reuters, 7 de octubre de 2012, 10:51 p. m.
https://www.reuters.com/article/us-venezuela-election-nationalizations/factbox-venezuelas-nationalizations-under-chavez-idUSBRE89701X20121008/

[28] Frank Jack Daniel —Analysis—, « Food, farms the new target for Venezuela’s Chavez », Reuters, 5 de marzo de 2009, 6:06 p. m. EST.
https://www.reuters.com/article/us-venezuela-chavez-analysis-sb/food-farms-the-new-target-for-venezuelas-chavez-idUSTRE5246OO20090305/

[29] Daniel Cancel, « Chavez Says He Has No Problem Nationalizing Banks », Bloomberg, 29 de noviembre de 2009, 15:02 GMT-5.
https://www.bloomberg.com/news/articles/2009-11-29/chavez-says-he-has-no-problem-nationalizing-banks

§ 14

[30] Angus Berwick, « Special Report: How Cuba taught Venezuela to quash military dissent », Reuters, 22 de agosto de 2019, 8:22 a. m. EDT.
https://www.reuters.com/article/us-venezuela-cuba-military-specialreport/special-report-how-cuba-taught-venezuela-to-quash-military-dissent-idUSKCN1VC1BX/

§ 15

[31] Robert Zeliger, Passport: « Hugo Chavez’s medical mystery », Foreign Policy, 24 de junio de 2011, 10:20 p. m.
https://foreignpolicy.com/2011/06/24/hugo-chavezs-medical-mystery/

[32] Juan Forero, « Hugo Chavez Beats Henrique Capriles », The Washington Post, 7 de octubre de 2012.
https://www.washingtonpost.com/world/venezuelans-flood-polls-for-historic-election-to-decide-if-hugo-chavez-remains-in-power/2012/10/07/d77c461c-10c8-11e2-9a39-1f5a7f6fe945_story.html

§ 16

[33] Bryan Winter y Ana Flor, « Exclusive: Brazil wants Venezuela election if Chavez dies sources », Reuters, 14 de enero de 2013, 9:12 p. m. EST.
https://www.reuters.com/article/cnews-us-venezuela-chavez-brazil-idCABRE90D12320130114/

[34] “Venezuela National Assembly chief: Diosdado Cabello,” BBC News, 5 de marzo de 2013.
https://www.bbc.com/news/world-latin-america-20750536

[35] “Rafael Darío Ramírez Carreño of Venezuela Chair of Fourth Committee,” Naciones Unidas, BIO/5031*-GA/SPD/630, 25 de septiembre de 2017.
https://press.un.org/en/2017/bio5031.doc.htm

[36] Ludmila Vinogradoff, « La exfiscal Ortega confirma que Chávez murió dos meses antes de la fecha anunciada », ABC Internacional, actualizado el 16 de julio de 2018 a las 12:44 h.
https://www.abc.es/internacional/abci-confirman-chavez-murio-meses-antes-fecha-anunciada-201807132021_noticia.html?ref=https://www.google.com/

§ 17

[37] « Cuerpo de Chávez fue tratado tres veces para ser conservado: … intervenido con inyecciones de formol para que pudiera ser velado », El Nacional de Venezuela – Gda, 27 de enero de 2024, 05:50; actualizado el 22 de marzo de 2013, 20:51.
https://www.eltiempo.com/amp/archivo/documento/CMS-12708339


« Desenmascarar la desilusión: Serie I »

January 7, 2026

*

« Geometric Allegory », pintura digital 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela en 1954)

A mis padres

Reconocimiento

Deseo reconocer la meticulosa orientación editorial de Billy Bussell Thompson.  Sus observaciones afinaron la estructura, la precisión y la disciplina interna de este trabajo.

Prefacio

1

« Desenmascarar la desilusión » sigue una línea de indagación presente a lo largo de mi trabajo:   el examen de la identidad, la memoria y las relaciones que emergen cuando la vida se despliega a través de fronteras culturales.   Aunque he vivido fuera de Venezuela por más de cinco décadas y me naturalicé ciudadano de los Estados Unidos hace veinticuatro años, mi vínculo con el país de nacimiento permanece como un punto de referencia persistente.   La distancia entre estas condiciones —pertenencia y separación— constituye el trasfondo sobre el cual este relato toma forma.

Este trabajo forma parte de un proyecto autobiográfico más amplio que reúne experiencias, observaciones y preguntas acumuladas a lo largo del tiempo.   Aunque su origen es personal, no procede como confesión ni como memoria.   Su método es secuencial más que expresivo:   la exposición individual se sitúa dentro de fuerzas históricas y estructuras políticas que han configurado la vida venezolana a lo largo de generaciones.   La intención no es reconciliar estas tensiones, sino hacerlas visibles mediante recurrencia, registro y consecuencia.

“Serie I” introduce los primeros núcleos temáticos de esta indagación.   Los episodios aquí reunidos no desarrollan una tesis única ni buscan conclusiones definitivas.   Señalan puntos de fricción donde la experiencia privada se cruza con el poder público, y donde los relatos políticos ejercen presión sobre la vida ordinaria.   A través de estos encuentros surgen patrones —no como abstracciones, sino como condiciones que modifican la forma en que se ejerce la autoridad, se desplaza la responsabilidad y se restringe la agencia.

Los capítulos que siguen examinan las presiones generadas por la desigualdad sistémica y rastrean las condiciones contemporáneas de Venezuela hasta su formación histórica.   El gobierno autocrático y el consentimiento popular no aparecen como fuerzas opuestas, sino como elementos que se entrelazan y debilitan mutuamente.   En este entramado, la verdad no desaparece; se vuelve menos accesible de manera uniforme y más fácilmente desplazable por el relato.

Cuando el discurso público se ve modelado por la propaganda y la desinformación, las estructuras autoritarias adquieren mayor resistencia.   Recuperar la verdad bajo tales condiciones no resuelve el conflicto político, pero delimita el campo dentro del cual este opera.   La agencia cívica no emerge como ideal, sino como condición que se sostiene —o se pierde— a través de la práctica y la consecuencia.

Este trabajo no propone explicaciones deterministas ni remedios simples.   Avanza por acumulación, señalando patrones que persisten a pesar de los cambios de contexto.   Lo que solicita al lector no es adhesión, sino atención: a la evidencia, a la secuencia y a las condiciones bajo las cuales la libertad política puede ejercerse de manera significativa.

Escribiendo desde Bala Cynwyd, Pensilvania, y Fort Lauderdale, Florida, permanezco consciente de la distancia entre los entornos desde los cuales se compone este trabajo y las condiciones que examina.   Esa distancia no confiere autoridad; impone responsabilidad.

Ricardo Federico Morín
Bala Cynwyd, Pensilvania, 21 de enero de 2025


Tabla de contenidos

  • Capítulo I – Un lenguaje escrito.
  • Capítulo II – Nuestra imprudencia.
  • Capítulo III – Punto de vista.
  • Capítulo IV – Un diálogo.
  • Capítulo V – Resumen.
  • Capítulo VI – Crónicas de Hugo Chávez (§§ I–XVII).
  • Capítulo VII – El modo alegórico.
  • Capítulo VIII – El gobierno ideal y el poder de la virtud.
  • Capítulo IX – Primera señal:  Sobre el resentimiento político y social.
  • Capítulo X – Segunda señal:  El pilar sólido del poder; Las fuerzas armadas.
  • Capítulo XI – Tercera señal:  La asimetría de los partidos políticos.
  • Capítulo XII – Cuarta señal:   Autocracia (§§ 1–9); Venezuela (§§ 10–23); La asimetría de las sanciones (§§ 24–32).
  • Capítulo XIII – Quinta señal:  La república empeñada.
  • Capítulo XIV – Primer asunto:  Partidismo, No-partidismo y Antipartidismo.
  • Capítulo XV – Segundo asunto:  Sobre las verdades parciales y la anarquía represiva.
  • Capítulo XVI – Tercer asunto:   El clarín de la democracia.
  • Capítulo XVII – Cuarto asunto:  Sobre los derechos humanos.
  • Capítulo XVIII – Quinto asunto:  Sobre la naturaleza de la violencia.
  • Capítulo XIX – Sexto asunto:   Sobre la Persistencia de la Injusticia
  • Capítulo XXEl asunto final:   La forma constitucional y su vaciamiento
  • Apéndice:   Nota del autor, Nota preliminar.   A) Constituciones venezolanas [1811–1999], Poderes y departamentos de gobierno.  B) Evolución de los partidos políticos:  1840–2024.   C) Algunas leyes promulgadas por la Asamblea Nacional.   D) Nota aclaratoria sobre la coerción interna, la presencia extranjera y la intervención:
  • Bibliografía.

Un lenguaje escrito

La estabilidad suele buscarse allí donde no puede asegurarse.   La experiencia lo demuestra de forma reiterada.   Incluso las intenciones cuidadosas tienden a conducir a terrenos inciertos, donde la comprensión llega después de la consecuencia.   Frente al escritorio, cuando la luz de la tarde alcanza la página, la escritura adquiere una función práctica:   se convierte en un medio para ordenar aquello que, de otro modo, permanecería inestable.   El acto no resuelve la vulnerabilidad, pero la registra.   Si el tiempo modifica tales condiciones sigue siendo incierto; lo que sí puede hacerse es darles forma.

Lo que sigue se desplaza de las condiciones de la escritura a las condiciones que esta debe enfrentar.


Nuestra imprudencia

Our painful struggle to deal with the politics of climate change is surely also a product of the strange standoff between science and political thinking.

« Nuestra dolorosa dificultad para abordar la política del cambio climático es, sin duda,
también producto del extraño enfrentamiento entre la ciencia y el pensamiento político ».
— Hannah Arendt, La condición humana [1958] (traducción del autor)

1

La pandemia de COVID y los incendios que se extendieron por Canadá en 2023, entre otros acontecimientos recientes, hicieron visibles condiciones que ya se encontraban en funcionamiento.   Estos hechos no introdujeron vulnerabilidades nuevas, sino que revelaron hasta qué punto los sistemas existentes dependen de incentivos económicos y hábitos políticos que privilegian la extracción por encima de la preservación.   Durante el período en que el humo de los incendios alcanzó el noreste de los Estados Unidos, la luz diurna en algunas zonas de Pensilvania se vio alterada de manera perceptible y registró el alcance de acontecimientos que se desarrollaban a considerable distancia.   Tales episodios no se sitúan al margen de los arreglos económicos vigentes; coinciden con un modelo que trata las condiciones naturales como mercancías y absorbe su degradación como un costo externo.

2
Los incendios en California en 2025, al igual que los ocurridos en Canadá en 2023, no se presentan como episodios aislados. [1]   Forman parte de una secuencia configurada por el descuido ambiental, la inercia política y la expansión industrial sostenida.   Condiciones como la desertificación, la escasez de recursos y el desplazamiento de poblaciones ya no aparecen únicamente como proyecciones futuras; se registran cada vez más como circunstancias presentes.   Las evaluaciones científicas indican que estos patrones tienden a intensificarse en ausencia de cambios estructurales. [1][2][3]  Lo que se hace visible, con el paso del tiempo, no es un fallo singular, sino un sistema que continúa operando conforme a prioridades que favorecen el rendimiento inmediato por encima de la continuidad a largo plazo.

3
La cuestión del equilibrio no se plantea únicamente como un problema técnico.   Surge dentro de un campo moral y político configurado por supuestos económicos dominantes.   El tratamiento de la naturaleza —y, más recientemente, de la inteligencia artificial— como mercancía refleja una trayectoria en la que asuntos vinculados a la supervivencia compartida se traducen de manera creciente en términos de mercado.   En tales condiciones, consideraciones que anteriormente pertenecían al ámbito de la responsabilidad colectiva pasan a ser reformuladas como variables dentro de sistemas de cálculo.

4
Estos patrones ejercen una presión creciente sobre las condiciones necesarias para la supervivencia colectiva.   Las respuestas frente a tales circunstancias varían, y oscilan entre la indiferencia y la urgencia, aunque la urgencia no produce necesariamente claridad.   Lo que se vuelve reconocible, a través de instancias reiteradas, es una tendencia a que la crisis reaparezca sin que se produzcan ajustes sostenidos.   Esta recurrencia guarda paralelismo con las historias políticas examinadas en los capítulos que siguen, donde advertencia y consecuencia con frecuencia no llegan a coincidir.


Notas finales del capítulo II


Punto de vista

1

Las conversaciones con mi editor, Billy Bussell Thompson (BBT), han acompañado el desarrollo de este trabajo a lo largo del tiempo.   Su atención al método de investigación y a la estructura del argumento contribuyó a precisar su alcance y orientación.   Estos intercambios, realizados con frecuencia a distancia y sin formalidades, formaron parte del proceso mediante el cual fue tomando forma el presente relato.   Tras un período prolongado de incertidumbre acerca de cómo abordar la figura de Hugo Chávez, los contornos de « Desenmascar la desilusión » comenzaron a definirse de manera gradual.

2
Hugo Chávez se consolidó como un dirigente político cuya autoridad se ejerció en oposición al liberalismo político. [1]  Mientras su discurso público subrayaba la identificación con los sectores pobres, los beneficios materiales del poder se concentraron en un círculo reducido. [2]  A lo largo de su mandato, las instituciones democráticas en Venezuela experimentaron un debilitamiento progresivo, y la práctica de gobierno adoptó formas cada vez más autoritarias.   Estos procesos resultan más legibles cuando se sitúan dentro del registro histórico y se examinan a partir de la práctica documentada, más que desde la afirmación retórica.

3
Los acontecimientos que siguieron al fin del gobierno de Chávez se caracterizan por el desorden y por consecuencias aún no resueltas.   Su persistencia remite a cuestiones de responsabilidad histórica y colectiva que permanecen abiertas.   Examinar el registro del liderazgo autocrático —tanto sus ambiciones como sus fracasos— ofrece un modo de aproximarse al problema de la justicia en Venezuela sin presuponer resolución.   A través de este examen, tensiones duraderas se hacen visibles como condiciones que requieren comprensión, no como conclusiones ya establecidas.


Notas finales del capítulo III

  • [1] El término caudillo tiene su origen en el español y se ha utilizado históricamente para describir a un dirigente que ejerce una autoridad política y militar concentrada.   En el contexto venezolano, el término adquiere una resonancia particular y se asocia con figuras vinculadas al período posterior a la independencia del siglo XIX.  Dichos dirigentes tendieron a consolidar el poder mediante una combinación de autoridad personal, lealtad de facciones armadas y la promesa —ya fuese sustantiva o retórica— de mantener el orden en condiciones de inestabilidad.  Mientras algunos fueron considerados defensores de causas locales o nacionales, otros quedaron asociados a prácticas que facilitaron formas de gobierno autoritario y debilitaron las estructuras institucionales.  El concepto de caudillo continúa operando en la cultura política venezolana como una categoría descriptiva aplicada a formas de liderazgo que combinan apoyo popular con poder concentrado.

Un diálogo

Una serie de conversaciones entre BBT y el autor acompañó el examen de la política y la historia venezolanas desarrollado en esta sección.   Estos intercambios configuraron un espacio transicional en el que la indagación reflexiva dio paso al registro histórico, permitiendo que cuestiones de interpretación, responsabilidad y documentación fueran abordadas mediante el diálogo, más que a través de la exposición directa.

1
—RFM:
« Mi escritura se ha ocupado de la evolución del panorama político venezolano, con atención particular a la aparición de formas de gobierno autoritarias.   El interés se ha centrado menos en la doctrina abstracta que en la manera en que determinadas políticas se tradujeron en condiciones cotidianas para la población. »

2
—BBT:
« Examinar cómo el liderazgo autoritario configura las condiciones políticas resulta necesario, aunque el propio término suele ser objeto de disputa y aplicación desigual.   En el caso de Chávez, el uso de la propaganda no fue excepcional en su forma, pero sí constante como instrumento de gobierno.   ¿De qué modo circularon los relatos oficiales durante su mandato y qué efectos produjeron, con el tiempo, sobre la percepción pública? »

3
—RFM:
« La propaganda no es exclusiva de Chávez; opera como un instrumento recurrente en distintos sistemas políticos.   En Venezuela, los medios oficiales atribuyeron de manera sistemática las dificultades económicas a interferencias externas, más que a decisiones de política interna.   Al mismo tiempo, las condiciones materiales se deterioraron, con la aparición de escasez derivada de una gestión económica deficiente, posteriormente agravada por restricciones externas.   Los grupos de oposición difundieron también contra-relatos, que a su vez generaron respuestas por parte del Estado.   Estos intercambios se desarrollaron en un contexto histórico marcado por conflictos civiles y alineamientos propios de la Guerra Fría, dando lugar a un entorno informativo fragmentado.   En ese marco, la responsabilidad por el deterioro económico fue desplazada con frecuencia, mientras la percepción pública se gestionó mediante la repetición más que mediante la resolución.   Las reformas sociales y económicas invocadas como justificación no produjeron, con el tiempo, las reducciones de pobreza y desigualdad que se habían prometido. »

4
—BBT:
« Para representar con cierto grado de precisión las condiciones políticas de Venezuela, es necesario atender a la manera en que la población común se encontró con estas dinámicas en la vida diaria.   ¿Cómo se desenvolvieron tales condiciones en la práctica, especialmente allí donde el discurso político intersectó con la necesidad económica inmediata? »

5
—RFM:
« El colapso económico posterior al declive del modelo petrolero intensificó la pobreza y ejerció una presión sostenida sobre los servicios públicos.   Examinado en secuencia, este período muestra cómo los legados coloniales y las prácticas autoritarias convergieron en la configuración del chavismo.   Episodios como los disturbios de 1989, conocidos como El Caracazo, registraron una desafección generalizada hacia los partidos establecidos y las instituciones democráticas.   En tales condiciones, la exigencia de asegurar necesidades básicas prevaleció con frecuencia sobre la participación en principios políticos de carácter abstracto. »

6
—BBT:
« La claridad narrativa depende en parte de reconocer los supuestos que orientan la interpretación. Cuando dichos supuestos se hacen explícitos y se someten a examen, el relato se vuelve menos directivo y más accesible, permitiendo que el lector siga el registro sin ser conducido hacia una posición predeterminada. »

7
—RFM:
« Ningún relato prescinde de la interpretación, incluido este.   La escritura ofrece un medio para aproximarse a la historia de Venezuela —su formación colonial, los episodios de gobierno autoritario y los períodos de disrupción política— sin clausurar lecturas alternativas.   Un relato coherente no necesita ser exhaustivo; permanece abierto en la medida en que atiende a las implicaciones y a las consecuencias, más que a la resolución. »

8
—BBT:
« El propio intercambio subraya la importancia de una narración cuidadosa al abordar el registro político y social de Venezuela.   Considerar múltiples puntos de vista no resuelve la complejidad, pero permite que emerja un relato más coherente sin reducir esa historia a un único marco explicativo. »

El intercambio marcó una transición de la indagación reflexiva al registro histórico.


Resumen

1

« Desenmascar la desilusión » examina la secuencia mediante la cual el proyecto político articulado bajo Hugo Chávez asumió forma autocrática.   En lugar de atribuir este resultado a una causa única, la indagación procede rastreando cómo las decisiones de liderazgo se desplegaron dentro de una convergencia de condiciones históricas, disposiciones institucionales, presiones económicas y alineamientos geopolíticos.   El relato no parte de una conclusión, sino del registro.

2
La atención se mantiene en la forma en que se ejerció la autoridad y en cómo sus efectos se manifestaron dentro de la sociedad venezolana.   Las circunstancias históricas, el diseño institucional y las influencias externas se examinan no para simplificar el registro, sino para hacer visibles las interdependencias a través de las cuales el poder se consolidó con el tiempo.   Lo que emerge no es una tesis explicativa, sino una configuración cuya coherencia solo puede evaluarse mediante una atención sostenida a la secuencia y a la consecuencia.


« El aire recuerda »

November 18, 2025

*

Ricardo Morín
El aire recuerda
Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel
2003

Por Ricardo F. Morín

Octubre 2025

Oakland Park, Fl.

La memoria es aire; la percepción la recupera.

Somos memoria; el aire es su cuna.

Antes de que llegue la mañana, el aroma conserva lo que la noche se ha llevado.

Antes de que el aire nos acaricie, reconocemos que todo respira.

Cada aliento nos devuelve a la presencia:    nada explicado, todo renovado.

El aroma nos alcanza antes que el pensamiento.

El aire recuerda al respirarlo:    el recuerdo se hace presente.

El aliento es la inteligencia del cuerpo:    el mensajero esencial de la mente.

La fragancia provoca indagación —el instinto de comprender antes de que tenga nombre.

Con la humedad el mundo vuelve a nosotros.

El aroma se prolonga, el sonido se suaviza y el cuerpo vuelve a reconocerse.

En exceso la humedad —antes restauradora— empieza a sepultar los sentidos.

Todo respira a través de nosotros y nosotros a través de todo para provocar el cambio antes de que exista la voz.

« La gramática del conflicto »

October 10, 2025

Ricardo F. Morín
La gramática del conflicto
Acuarela, gesso, pluma sharpie negro y creyón de óleo sobre papel
10”x12”
2003


Ricardo F. Morín; 9 de Octubre de 2025

Resumen

El conflicto perdura no solo por los agravios que lo encienden, sino también por la lógica interna que lo sostiene.   El odio, la victimización, la hipocresía, el tribalismo y la violencia no actúan como fuerzas separadas; forman un sistema interdependiente que se justifica a cada paso.   Este ensayo examina el conflicto como una gramática: un conjunto de reglas y patrones mediante los cuales la hostilidad moldea el pensamiento, legitima la acción y se perpetúa a lo largo de generaciones.   El propósito no es juzgar, sino revelar cómo el conflicto se hace autosuficiente, cómo la violencia pasa de instrumento a ritual, y cómo la contradicción se convierte en el fundamento mismo sobre el cual las sociedades actúan de manera que traicionan sus propios valores proclamados.


1

El conflicto, reducido a su estructura, es menos un acontecimiento que un lenguaje.   Se aprende, se repite y se transmite —no solo como instinto, sino también como un marco estructurado a través del cual las personas interpretan los hechos y justifican las acciones.   La violencia es solo una de sus expresiones; bajo el acto subyace una secuencia de ideas y reacciones que no solo preceden la violencia, sino que también tejen la hostilidad deliberadamente dentro de un tejido de continuidad.   Comprender esta gramática del conflicto es esencial, porque muestra cómo los seres humanos pueden permanecer atrapados en ciclos de daño mucho después de que las causas originales hayan desaparecido —no por accidente, sino porque la retórica que sostiene el conflicto extiende la violencia inicial mucho más allá de su causa.   Lo que parece espontáneo suele estar guionado, y lo que parece inevitable es, con frecuencia, el resultado acumulado de decisiones que se han endurecido hasta volverse reflejo.

2

El odio es la primera sintaxis de esta gramática.   El conflicto no estalla de pronto; se acumula con el tiempo, capa sobre capa, a través de la memoria, el mito y la narración selectiva.   Se presenta como defensa frente a una amenaza o subordinación percibida; pero su función más profunda es de preservación.   El odio sostiene la identidad al definirse contra lo que no es.   Una vez arraigado, el conflicto deja de depender de amenazas inmediatas:   se vuelve autosuficiente.   Se convierte en un lente que reinterpreta las pruebas conforme a su propio relato y sus expectativas.   El conflicto prepara el terreno en el que prospera y ofrece explicaciones prefabricadas para disputas futuras.

3

La victimización da al odio un vocabulario duradero.   Convierte el sufrimiento de un hecho pasado en un recurso político y social permanente.   El sufrimiento es una condición que todos habitamos.   Pero hacer del sufrimiento el núcleo de una identidad colectiva es una estrategia.   El sufrimiento permite a las comunidades reclamar autoridad moral y legitimar acciones que de otro modo serían ilegítimas.   La historia del agravio se transforma en fundamento de la represalia.   Sin embargo, en ello yace una trampa:   una identidad anclada en la victimización amenaza con impedir el cierre de su propio relato.   Sin la presencia de un adversario, la legitimidad pierde fuerza.   La herida original permanece abierta —recordada y convertida en arma para todo lo que sigue.   Cada nuevo acto de agresión se presenta como defensa de la dignidad y reafirmación del sufrimiento.

4

La hipocresía es la estructura que mantiene unido este sistema.   Permite denunciar y ejercer la violencia al mismo tiempo.   Es la proclamación de ideales que se violan de manera sistemática.   La hipocresía no solo oculta la contradicción; la encarna.   Es, en realidad, un vano intento de invocar la justicia, de hablar de derechos universales y de condenar la crueldad.   La duplicidad resultante es esencial.   La hipocresía presenta la violencia como principio legítimo, la dominación como protección y la exclusión como necesidad.

5

Una vez que el odio, la victimización y la hipocresía se alinean, la violencia se convierte en un ritual, no en una reacción.   Este ritual puede invocar objetivos instrumentales:   la recuperación de un territorio perdido, la reparación de agravios pasados o la garantía de seguridad.   Pero con el tiempo, el propósito se desvanece y el patrón permanece.   Cada acto intenta confirmar la legitimidad del anterior y preparar la justificación del siguiente.   El ciclo ya no requiere detonantes; el conflicto se sostiene por su propio impulso.   La violencia se convierte en el medio por el cual el colectivo consolida su identidad e institucionaliza la memoria.

6

El tribalismo es un ritual de poder emocional.   El conflicto reduce la complejidad de la experiencia humana a afiliación y exclusión.   Dentro de este marco, estándares radicalmente distintos juzgan las mismas acciones según quién las cometa.   Lo que los de fuera llaman terrorismo se convierte, dentro de la tribu, en una fuerza defensiva.   La tiranía del enemigo se transforma en la fortaleza del grupo.   El tribalismo convierte la contradicción en coherencia; hace aceptable la hipocresía; transforma la violencia en lealtad y la represalia en obligación.   Cuanto más profundamente definen las divisiones a una sociedad, más indispensable se vuelve el conflicto para su sentido de propósito.

7

La violencia deja de ser una respuesta y se convierte en una condición.   Persiste no porque sirva a fines inmediatos, sino porque afirma una sensación de permanencia.   Poner fin a un ciclo implica desmantelar sus narrativas de sostén; reconocer que el enemigo no es inmutable, que la victimización no es exclusiva y que los ideales ya no pueden coexistir con las traiciones.

8

La ilusión de inevitabilidad es insidiosa.   Si el conflicto se convierte en destino, la responsabilidad se disuelve.   Cada reacción explica la acción como defensa.   En ello, el reconocimiento disminuye la agencia:   la violencia deja de parecer una elección y pasa a verse como una condición impuesta desde fuera, una ilusión que permite al ciclo continuar.

9

Romper la continuidad no es ni difícil ni misterioso.   El odio, como explicación, simplifica y legitima el relato; ofrece una seguridad ideológica y preserva una falsa sensación de control.   Juntos, forman un sistema que parece natural, pero la familiaridad no es destino.   La gramática del conflicto se aprende; lo que se aprende puede desaprenderse.   El primer paso es esclarecer y reconocer que lo que parece inevitable no es más que una elección disfrazada de reacción.   Así pueden las sociedades construir nuevas gramáticas, sin enemistad, sin venganza y sin dominación.

10

Diagnosticar el conflicto no significa minimizar el sufrimiento ni excusar la violencia.   Comprender cómo el sufrimiento y la violencia perduran revela que ambos se alimentan mutuamente.   Las heridas más profundas no son las infligidas una sola vez, sino aquellas que se mantienen vivas mediante las historias que se repiten sobre ellas.   El ciclo persiste porque la sinrazón tiene su propia lógica:   preserva los relatos que nos mantienen heridos y nos convence de su necesidad.   No es que las personas actúen sin razón, sino que racionalizan lo irracional hasta que la irracionalidad misma se convierte en el principio organizador de su conducta.   Exponer su gramática no es una solución, pero sí un comienzo:   una manera de hacer visible la arquitectura del antagonismo y, quizá, de imaginar formas de coexistencia que ya no dependan del conflicto perpetuo para justificarse.


« Intervalos »

September 2, 2025

*

Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.


« La Séptima Guardia »

August 6, 2025

*


Ricardo Morin
La séptima guardia
(Serie de plantillas, 5.º panel)
acuarela sobre papel
56 x 76 cm,
2005

Nota Introductoria

Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.


*

71 años

He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.

La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.

Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.

No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.

He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.

Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.

Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.

Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.

He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.

Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.

Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.

No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.

Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.

~

Ricardo Morin Tortolero

4 de Agosto de 2025

Grimsby, Canadá

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« La Mujer de la Tienda de Cristal »

August 6, 2025

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Foto de Catarina (Kitty) O’Bryan-Erlacher por Ricardo Morin. Kitty sostiene el libro “Steuben Glass: An American Tradition in Crystal” de Mary Jean Madigan—edición revisada y ampliada.

*


Para Kitty O’Bryan-Erlacher, cuya amabilidad innata, lucidez profunda y agudeza entrañable convirtieron un instante fugaz en un regalo duradero.

~

Ricardo Morin — Corning, Nueva York, agosto de 2025

De camino a la boda de nuestra prima Shayna con Johnny, hicimos una parada en Corning, Nueva York, y dedicamos unas horas sin prisa a recorrer las tiendas de West Market Street. El cielo tenía la quietud opaca de un lunes ajeno al apuro. En una esquina tranquila nos encontramos con la tienda Erlacher Steuben Glass, un espacio bañado en una luz propia y delicada.

Allí hallamos lo que acabaría siendo el regalo de bodas: un plato redondo de cristal titulado Vesta Plate (1993), obra de Peter Drobny (nacido en 1958). Estaba expuesto con una sencillez elegante, como una pieza de museo que espera sin urgencia a ser comprendida. Junto a él, dos jarrones de cristal —uno ultramarino translúcido, el otro de un lavanda opaco e intenso— se alzaban con una belleza decidida. No dudamos en llevarnos también esas dos piezas.

Supimos entonces que la tienda había sido fundada en 1960. Hoy está al cuidado de Catarina (“Kitty”) O’Brian-Erlacher, nacida en 1938, una mujer de 87 años con un encanto sereno, aguda inteligencia y una templanza que no necesita alardes. Su esposo, el Sr. Roland (Max) Erlacher (nacido en 1933, Viena y fallecido en 2022, Corning), había llegado de Viena en 1957 para trabajar en Steuben Glass (fundado en 1903 por Frederick Carder). Allí, en Corning, conoció a Kitty. Su historia de amor y oficio se convirtió también en la historia de la tienda—una historia de belleza, artesanía y una custodia constante del vidrio como objeto y como arte.

Al acercarme a Kitty por primera vez, pensé que era una clienta más. Empezamos a hablar con soltura, sin ninguna expectativa. El arte nos llevó a la astrología; y de ahí, a la numerología. Fue una de esas conversaciones que parecen frenar el tiempo —hasta que David, mi esposo, interrumpió insinuando que quizás yo estaba hablando demasiado. Lo tomé con humor y lo llamé “el jefe”. Kitty, sonriendo, comentó: “Eres muy inteligente.” Respondí: “Deberíamos aspirar a ser más inteligentes aún”, y devolví el cumplido. Ella lo rehusó con una elegancia discreta.

Resultó que el importe de nuestras tres piezas, según palabras de Kitty, “cubriría las necesidades de la tienda durante todo el mes de agosto.” Esa pequeña confesión hizo que el encuentro cobrara, de pronto, un peso inesperado. El embalaje de las piezas —especialmente del Vesta Plate— fue complicado. El plato, de grandes dimensiones, no cabía en ninguna de las cajas disponibles. Por intuición, me ofrecí a ayudar y rearmé una de sus cajas para que encajara a la perfección. Kitty, observando entre risas y asombro, lo calificó de brillante.

Sacó entonces un libro de referencia sobre la obra de su esposo. El entusiasmo de sus diseños, herederos del Art Nouveau, parecía llenar el lugar de una energía viva. Pero al hablar de él, las palabras la abandonaron. Se le humedecieron los ojos, y apenas pudo decir: “Fue el hombre más bondadoso.” Yo me quedé en silencio, sosteniendo su mirada con una pausa larga y cómplice—más dispuesto a reconfortarla que a invitar al duelo.

Cuando finalmente nos despedimos, me demoré un instante más en el vaivén callado del adiós. Y al cruzar el umbral, bajando un poco la voz, me giré y le dije:

—Dios la bendiga, estimada señora.

*


« Un memorando sobre el conocimiento de uno mismo »

August 2, 2025

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Triangulación 40
56 x 76 cm
Color de cuerpo, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel
2008

Por Ricardo Morin

2 de agosto de 2025

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Hay noches en que el sueño no trae descanso, sino un fuego. El despertar no llega por hábito, sino con la certeza de que algo debe comprenderse. No en un sentido romántico de inspiración, sino por la necesidad de dar coherencia a lo sentido y lo recordado. La escritura se convierte en una forma de descarga: un contrapeso frente al cansancio, un esfuerzo que agota y restituye en igual medida.

Algunos días concluyen en un silencio hueco, especialmente tras confrontar viejas heridas o registrar las tensiones latentes de la historia familiar. Lo que comienza como pensamiento disperso, incluso frenético, va cobrando forma. Aparece una curva: de la confusión al enfoque, y del enfoque a la claridad. En ese avance callado, retorna la paz.

Este ritmo no se elige por comodidad. Viene con el sueño entrecortado, las emociones expuestas y una urgencia nacida no del exceso, sino de la necesidad. Las circunstancias aprietan. Cuando el pensamiento se acelera y la necesidad de darle forma se vuelve insistente, no se trata de exceso, sino de respuesta.

Y sin embargo, nada de este proceso ocurre en aislamiento. Aun cuando no se nombren voces, no hay claridad sin un afinamiento con los demás—algunos cercanos, otros lejanos, otros desconocidos. La labor no surge de una sola mano, sino de una convergencia de atención, reflexión e intercambio. El apoyo no llega como autoría ni posesión, sino como atmósfera, influjo y una presencia que acompaña.

Lo que aquí queda escrito no es un registro para poseer, ni una declaración que deba recordarse. Es una señal—un punto de referencia, colocado no desde el temor, sino con lucidez. Ya sea retomado o dejado atrás, ofrece un lugar al que se puede volver si el trayecto se oscurece otra vez. No se le exige más. No se le debe menos.

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