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« Percepción fijada »

October 25, 2026


Percepción fijada
Ricardo F. Morín
Imagen generada por ordenador (CGI), 2026

23 de octubre de 2026

Oakland Park, Florida

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La percepción humana no es una recepción pasiva de la realidad.  Es una actividad interpretativa mediante la cual la experiencia recibe coherencia, continuidad y sentido.  Reconocemos el mundo no sólo al observar lo que acontece, sino al relacionar lo observado con aquello que ya creemos.  Esta continuidad es indispensable para el juicio; sin embargo, puede obstruir la comprensión cuando una convicción establecida excluye de una consideración adecuada la evidencia que la contradice.

Una persona puede hallarse ante una contradicción sin reconocer sus implicaciones.  No es preciso negar los hechos.  El individuo puede admitirlos por separado mientras les asigna una significación que preserva una interpretación existente.  La evidencia que podría justificar una reconsideración se trata, en cambio, como confirmación de lo que el individuo ya cree.  La percepción sirve entonces no sólo para examinar la experiencia, sino también para proteger las conclusiones extraídas previamente de esa experiencia.

La percepción fijada designa la persistencia de una interpretación cuya autoridad depende de su resistencia a la corrección.  Su rasgo definitorio no es la recurrencia de un pensamiento, sino la subordinación de la información nueva a una conclusión que permanece sustancialmente inalterada.  La interpretación determina lo que el individuo reconoce como evidencia, mientras que la evidencia ya no ejerce una autoridad correspondiente sobre la interpretación.

La convicción ordinaria no exige una reconsideración continua, ni el desacuerdo demuestra una incapacidad de reflexión.  Una persona puede defender una posición porque la evidencia disponible sustenta esa posición, o resistirse a una conclusión incómoda sin perder la capacidad de reconocer su validez.  La distinción atañe a la relación entre la convicción y la evidencia.  Un juicio defendible permanece abierto al examen aun cuando quien sostiene ese juicio tenga razones poderosas para rechazar un argumento contrario.  La percepción fijada restringe ese examen al preservar la autoridad del juicio original con independencia de la información que se presente después.

La contradicción entre las convicciones de una persona y sus consecuencias puede permanecer oculta para quien sostiene esas convicciones.  Un individuo puede exigir reconocimiento por sacrificios pasados mientras toma decisiones que comprometen los intereses que esos sacrificios pretendían preservar.  Otro puede insistir en proteger su dignidad personal mientras adopta una conducta que menoscaba la independencia o la seguridad que tal protección debía asegurar.  En ambos casos, el individuo puede reconocer las consecuencias de su conducta presente sin conciliar esas consecuencias con los propósitos invocados originalmente para justificar esa conducta.

La dificultad es particularmente grave cuando la interpretación que un individuo hace de la conducta de otra persona descansa sobre un agravio, sea real, exagerado o atribuido por error.  La experiencia original puede sostener una convicción duradera acerca de las intenciones de la otra persona.  El individuo interpreta entonces los gestos ambiguos como hostilidad, las solicitudes de aclaración como acusaciones y el desacuerdo como deslealtad.  Aun las expresiones de buena voluntad pueden parecer insuficientes porque no atienden al agravio según el significado que el individuo ha asignado a esa experiencia.

Tal interpretación puede persistir sin engaño deliberado.  La distinción entre observación e inferencia pierde su función correctiva cuando un individuo trata la conducta de otra persona y las intenciones que se presumen detrás de esa conducta como hechos equivalentes.  Una pregunta sin respuesta establece, a lo sumo, que no se recibió respuesta alguna.  La ausencia de réplica no establece por sí misma indiferencia, desdén ni intención de ocultar información.  No obstante, un individuo que ya atribuye tales intenciones a otra persona puede interpretar esa ausencia como confirmación de la disposición sospechada.

El individuo concede así a la inferencia una autoridad que la sola observación no puede sustentar.  La información posterior se examina a través de la intención presunta, y la evidencia contradictoria puede desestimarse como una expresión más de la misma conducta.  El individuo puede permanecer atento a los acontecimientos sin distinguir lo que esos acontecimientos establecen de lo que una convicción existente exige que signifiquen.

Los individuos no se encuentran unos con otros con independencia de sus historias personales.  Portan recuerdos de afecto, decepción, obligación, traición y sacrificio.  Esos recuerdos influyen en lo que se espera del comportamiento ajeno y en lo que se entiende que significa una conducta determinada.  Un desacuerdo presente puede convocar experiencias cuya significación emocional excede las circunstancias inmediatas.

La memoria contribuye a este proceso, pero no sólo al preservar un relato de lo ocurrido.  El recuerdo implica reconstrucción, selección e interpretación, no la recuperación de un registro inmutable.  Una persona puede recordar un acontecimiento con exactitud en sus detalles principales mientras le asigna una significación que esos detalles no sustentan.  Una decepción inicial puede interpretarse retrospectivamente como negligencia deliberada, mientras desacuerdos posteriores sirven de confirmación aparente de esa interpretación.  La autoridad atribuida al recuerdo puede entonces exceder lo que las circunstancias originales establecen.

La rememoración reiterada refuerza esta autoridad cuando el acontecimiento recordado ocupa una posición familiar dentro de un relato establecido de la experiencia personal.  La familiaridad sostiene la continuidad, en particular cuando la incertidumbre amenaza la comprensión que un individuo tiene de su identidad personal.  Pero la continuidad de un recuerdo no establece la exactitud de cada inferencia asociada al acontecimiento recordado.

El acontecimiento, el recuerdo del acontecimiento y la interpretación vinculada a ese recuerdo permanecen distinguibles, aun cuando el individuo los experimenta como inseparables.  El acontecimiento concierne a lo ocurrido.  El recuerdo preserva y reconstruye un relato de lo ocurrido.  La interpretación asigna significación a la experiencia recordada.  No distinguir estas relaciones permite que la autoridad de un acontecimiento respalde conclusiones que el acontecimiento mismo quizá no justifique.

Un agravio recordado puede ejercer una influencia desproporcionada respecto de su valor probatorio.  El agravio pudo ser genuino, y el sufrimiento asociado a ese agravio puede seguir siendo considerable.  Sin embargo, la realidad del sufrimiento no establece la exactitud de cada juicio posterior sobre la persona a quien se tiene por responsable.  El individuo puede recordar con exactitud haber sufrido y, a la vez, atribuir erróneamente la misma intención a conductas ulteriores.

La distinción resulta especialmente difícil cuando la experiencia recordada contribuye a la comprensión que un individuo tiene de su carácter o de su condición moral.  Una experiencia de sacrificio puede sustentar la convicción de haber obrado con responsabilidad.  Una experiencia de traición puede sustentar la convicción de que otra persona no es digna de confianza.  Ninguna de las dos conclusiones se aplica necesariamente a cada circunstancia posterior, aun cuando la experiencia original se recuerde con exactitud.

Preservar la identidad personal es distinto de preservar cada juicio mediante el cual esa identidad se ha constituido.  Lo primero sostiene la continuidad de la comprensión de sí; lo segundo puede obstruir el desarrollo intelectual y moral.  Reconocer un error no equivale necesariamente a repudiar la propia historia.  Reconsiderar las intenciones de otra persona no equivale a invalidar el propio sufrimiento.  Admitir una contradicción no equivale a renunciar a la legitimidad de cada convicción sostenida con anterioridad.

Estas distinciones son especialmente importantes cuando un individuo comprende su identidad personal a través del sacrificio, de la responsabilidad o de la experiencia de haber sido agraviado.  Una persona que ha dedicado años al bienestar de otros puede interpretar la crítica de una decisión presente como una negación de esa historia de dedicación.  Sin embargo, el valor de la contribución anterior y la validez de la decisión presente son cuestiones distintas.  La contribución puede seguir mereciendo reconocimiento aun cuando la decisión requiera corrección.

Cuando un individuo no mantiene esa distinción, la reconsideración puede parecer una amenaza para la identidad personal y no sólo para el juicio sometido a examen.  El individuo defiende la interpretación porque esa interpretación sostiene un relato unificado de su historia personal.  Lo que para otra persona es una solicitud de aclaración puede vivirse como un intento de menoscabar toda una historia de afecto, sacrificio o responsabilidad.

La relación entre certeza y comprensión es central para esta dificultad.  La certeza concierne a la firmeza con que se sostiene una conclusión.  La comprensión concierne a la suficiencia de las relaciones establecidas entre los hechos, su interpretación y el juicio que de ellos se deriva.  Un individuo puede poseer una certeza considerable sin haber examinado adecuadamente esas relaciones.  A la inversa, una persona puede comprender la complejidad de una circunstancia y permanecer, no obstante, en la incertidumbre respecto de la conclusión que la evidencia disponible permite.

La dificultad no es la certeza en sí misma.  Los juicios bien fundados pueden justificar una confianza considerable.  La dificultad reside en permitir que la confianza en una conclusión establecida gobierne el examen de la evidencia.  En tales circunstancias, el individuo ya no se pregunta si una interpretación explica adecuadamente la experiencia, sino si la experiencia puede conciliarse con la interpretación ya aceptada.  La firmeza de la convicción puede guardar escasa relación con la suficiencia de su fundamento probatorio.

Esta separación entre certeza y comprensión explica también por qué la congruencia no es necesariamente coherencia.  La congruencia preserva una posición dentro de un relato establecido de los acontecimientos.  La coherencia exige que la posición permanezca compatible con la evidencia disponible, con otros juicios pertinentes y con los propósitos que justificaron originalmente la conducta examinada.  Una persona puede mantener un relato congruente de su dedicación personal mientras actúa de maneras que contradicen los intereses de las mismas personas hacia quienes se dirige esa dedicación.

La contradicción entre ese relato congruente y sus consecuencias no invalida necesariamente la dedicación original.  Tampoco establece esa contradicción que el individuo se proponga conscientemente causar daño.  La contradicción identifica una discrepancia entre el significado asignado a la conducta personal y las consecuencias de esa conducta.  El individuo puede permanecer fiel a un propósito recordado sin advertir que sus decisiones presentes ya no sirven a ese propósito.

Las consecuencias se extienden más allá del pensamiento individual.  Las relaciones humanas dependen de cierto grado de corrección recíproca.  Dos personas nunca viven un acontecimiento desde exactamente la misma posición, y ningún relato de una experiencia compartida abarca todas las circunstancias pertinentes.  La comprensión mutua exige más que un intercambio de explicaciones.  Exige la posibilidad de que el relato de otra persona modifique la propia interpretación.

Cuando esa posibilidad se restringe, la comunicación puede continuar sin producir comprensión.  Cada participante interpreta las explicaciones del otro participante a través de convicciones que permanecen sin examinar.  La conversación conserva la apariencia de deliberación, pero carece del examen recíproco necesario para modificar el juicio.  El lenguaje sigue activo, pero su función como medio de comprensión mutua disminuye.

Considérense dos individuos cuya historia común incluye cooperación, sacrificio personal y desacuerdos no resueltos.  El primer individuo ha dedicado un esfuerzo considerable a una empresa que ambos individuos comparten.  El segundo individuo reconoce ese esfuerzo, pero cuestiona una decisión reciente relativa a esa empresa, una decisión cuyas consecuencias siguen siendo inciertas, y solicita una aclaración.  El primer individuo interpreta la solicitud de aclaración como una negación de sus contribuciones pasadas y, en lugar de atender a la pregunta, enumera los sacrificios realizados y las dificultades superadas.

El segundo individuo no discute esos esfuerzos.  No obstante, las reiteradas referencias a esos esfuerzos sugieren una expectativa de deferencia que el segundo individuo considera injustificada.  La solicitud de aclaración se mantiene con mayor insistencia, y el primer individuo recibe esa insistencia como una prueba más de ingratitud.

Ambos individuos pueden tener fundamentos legítimos para sus respectivas inquietudes.  Las contribuciones pasadas pueden merecer reconocimiento, mientras que las decisiones presentes pueden requerir un examen independiente, y ninguna de las dos consideraciones excluye a la otra.  La incompatibilidad entre ambos individuos surge de las intenciones que cada individuo atribuye a la conducta del otro.  Una solicitud de información no establece por sí misma ingratitud, del mismo modo que el recuerdo de contribuciones pasadas no establece por sí mismo una exigencia de deferencia.

La interacción, sin embargo, refuerza ambas convicciones.  La insistencia del segundo individuo en obtener una aclaración parece confirmar la creencia del primer individuo de que se desacreditan sus esfuerzos anteriores.  La reiterada defensa de esos esfuerzos por parte del primer individuo parece confirmar la sospecha del segundo individuo de que se elude deliberadamente la pregunta inmediata.  La respuesta de cada individuo proporciona al otro individuo nuevos elementos que sostienen la interpretación original.

El desacuerdo no es una pugna entre una memoria exacta y una memoria defectuosa.  Ambos individuos pueden recordar las circunstancias anteriores con razonable exactitud.  Su desacuerdo concierne a la autoridad que esas circunstancias deben ejercer sobre el juicio presente.  El primer individuo considera las contribuciones pasadas como prueba de una responsabilidad continua y de un derecho al reconocimiento.  El segundo individuo considera esas contribuciones merecedoras de aprecio sin aceptar que su valor resuelva cada desacuerdo ulterior.  El reconocimiento de una contribución anterior no establece la validez de una decisión posterior, y cuestionar una decisión posterior no invalida la contribución que la precedió.

Ninguno de los dos individuos puede establecer las intenciones del otro a partir de la historia que comparten.  El primer individuo puede estar justificado al sentirse insuficientemente apreciado sin estar justificado al atribuir una ingratitud deliberada.  El segundo individuo puede estar justificado al solicitar una aclaración sin estar justificado al tratar cada explicación defensiva como una evasión.  La resistencia recíproca no implica una justificación equivalente:  un individuo puede poseer una evidencia más sólida o una pretensión legítima que el otro individuo se niega a reconocer, o ambos individuos pueden albergar inquietudes válidas mientras se apoyan en inferencias infundadas acerca de las intenciones del otro.  La validez de una pretensión no establece la intención atribuida a quien disputa esa pretensión.

La dificultad no se limita al desacuerdo original.  Cada individuo puede seguir defendiendo un interés legítimo mientras lee la conducta posterior a través de un supuesto que no ha sido examinado.  El primer individuo puede recibir cada nueva pregunta como prueba de ingratitud.  El segundo individuo puede recibir cada referencia al sacrificio anterior como prueba de una exigencia de deferencia.  La información nueva tiene entonces escasa oportunidad de modificar el juicio de cualquiera de los dos individuos.

Las consecuencias pueden alcanzar intereses que ninguno de los dos individuos se propone comprometer.  La empresa compartida puede quedar irresuelta, la relación entre ambos individuos puede deteriorarse, y decisiones destinadas a preservar intereses mutuos pueden exponer esos intereses a pérdidas evitables.  Ninguno de los dos individuos necesita desear tales resultados.  El primer individuo puede permanecer fiel a una historia de sacrificio sin preguntarse si la insistencia presente en el reconocimiento sirve todavía a los intereses que ese sacrificio protegió.  El segundo individuo puede permanecer fiel a una exigencia de aclaración sin preguntarse si cada respuesta defensiva justifica la sospecha que se le asigna.  El relato de cada individuo permanece congruente; ninguno de los dos relatos se examina en cuanto a su coherencia.

La dificultad no es necesariamente clínica.  La inversión emocional, el resentimiento prolongado, el razonamiento defensivo, la ansiedad y los hábitos establecidos de juicio pueden restringir la reconsideración.  Ciertas afecciones neurológicas y psiquiátricas pueden comprometer también la flexibilidad cognitiva, las funciones ejecutivas y la conciencia de las propias dificultades.  Una conducta semejante no establece que estas circunstancias distintas compartan una causa común.

La perseveración clínica concierne a la persistencia o recurrencia inapropiada de una respuesta o de un comportamiento.  La obsesión implica comúnmente pensamientos o impulsos recurrentes e intrusivos.  La anosognosia concierne a la falta de conciencia de la propia enfermedad o de las propias limitaciones funcionales.  Estos fenómenos difieren en sus rasgos definitorios y en su significación clínica.  La persistencia de una interpretación frente a una evidencia potencialmente correctiva no establece, por sí misma, ninguna de estas afecciones.

La observación no puede determinar con fiabilidad si un individuo no está dispuesto a revisar un juicio o si su capacidad para revisarlo está disminuida.  Esa distinción requiere evidencia que vaya más allá de la persistencia del desacuerdo, incluidos los cambios a lo largo del tiempo, la constancia a través de diversas circunstancias y, cuando proceda, la evaluación profesional.  La percepción fijada designa un patrón descriptivo de resistencia interpretativa sin establecer una explicación psicológica o neurológica particular.

Tampoco el reconocimiento de la resistencia interpretativa exime a quien reconoce esa resistencia.  Un observador puede identificar con exactitud las contradicciones en el relato de otro individuo mientras pasa por alto los supuestos que gobiernan la interpretación del propio observador.  A la inversa, un observador puede confundir un desacuerdo justificado con una resistencia a la corrección cuando la posición del otro individuo desafía una convicción que el observador considera evidente por sí misma.

La dificultad persiste aun cuando el observador no participa en el desacuerdo original.  Una vez que el observador espera resistencia, una pregunta sin respuesta puede dejar de significar meramente la ausencia de una réplica; el observador puede tomar esa ausencia como prueba de que la otra persona se niega a reconsiderar.  Una respuesta demorada, una objeción o una solicitud de aclaración pueden entonces parecer confirmar la evaluación original del observador, y el observador trata como evidencia independiente lo que esa misma evaluación ha suministrado.

La posibilidad de tal error no implica que todo observador incurra en percepción fijada, ni que las interpretaciones en pugna posean igual validez.  Un observador puede mantener una conclusión porque la evidencia sigue sustentando esa conclusión, o revisar la conclusión porque la evidencia la ha matizado.  La distinción decisiva no reside en si un juicio cambia, sino en si la evidencia contradictoria recibe un examen independiente de la conclusión ya sostenida.

La susceptibilidad del observador a la percepción fijada no invalida la observación.  Esa susceptibilidad señala un límite inherente al juicio mismo:  quien examina la interpretación de otra persona debe valerse de las mismas facultades de discernimiento y de corrección cuya ausencia está considerando.  El reconocimiento, por parte del observador, de la resistencia de otra persona puede ser exacto; sin embargo, ese reconocimiento no establece la fiabilidad de cada inferencia que después se le asocie.

La percepción fijada plantea una dificultad que no puede resolverse identificando su presencia en otro individuo.  El juicio mediante el cual se reconoce el fenómeno permanece sujeto al fenómeno mismo.  Lo que determina la fiabilidad de ese juicio no es la convicción del observador de haber comprendido, sino que la evidencia conserve la capacidad de corregir la interpretación.

« ¿Qué es el buen sentido? »

October 15, 2026


Ricardo F. Morín
¿Qué es el buen sentido?
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

El sentido común se compone de conclusiones alcanzadas mucho antes de que surja la ocasión de recurrir a ellas:  se guardan en reserva, se transmiten sin examen y se aplican cada vez que una nueva circunstancia se asemeja a otra ya conocida.  La comodidad que ofrece es real, pues ahorra el esfuerzo de mirar.  Así, hombres y mujeres de toda condición lo llevan consigo con despreocupación, junto con opiniones puramente estereotipadas que aceptan como normas de conducta porque nadie recuerda haberlas examinado.  Bajo su influjo, las personas se presentan unas ante otras ya clasificadas:  a cada una se la recibe como manifestación de un fenómeno colectivo, como reflejo de otras a las que se supone semejantes, y cada una responde desde el lugar que se le ha asignado de antemano.  Lo que ocurre entre ellas tiene menos de encuentro que de intercambio entre categorías:  la categoría se adelanta a la persona y ocupa el lugar donde ésta se habría hecho presente.

La comparación entre civilizaciones ofrece la manifestación más familiar de este proceder.  Entre cualquier cultura latina y cualquier cultura anglosajona, el sentido común traza una frontera y proclama la existencia de dos mundos aislados:  los italianos son así; los ingleses, de otra manera.  La condición humana se redistribuye así en clasificaciones colectivas fundadas en la apariencia física o en los logros históricos.  Palabras como helenizado, latinizado, anglicanizado, africanizado o indigenizado describen el tránsito de lenguas y costumbres a lo largo de los siglos.  Aplicados a un individuo, estos términos pueden decir algo verdadero sobre su habla o su formación, pero no afirman nada acerca de quién es ese individuo:  tal afirmación surge cuando una descripción colectiva se traslada a una sola persona y determina de antemano lo que se habrá de encontrar en ella.  El resultado es un sectarismo banal y cerrado sobre sí mismo, que confunde el límite con lo que éste encierra.

Lo que la categoría borra es lo particular:  este rostro, esta voz, esta circunstancia, que se asemejan a otros sólo en parte, nunca por entero.  El buen sentido comienza ahí como una forma de percepción, antes de constituir una forma de juicio.  Un pintor conoce la diferencia entre dibujar lo que ve y dibujar lo que sabe:  el ojo percibe la geometría concreta de un rostro, sus asimetrías y sus accidentes, mientras la mano recurre al rostro genérico que ha dibujado cien veces.  Sin embargo, el ojo que percibe esos accidentes también se ha formado al contemplar los cien rostros anteriores:  lo que conserva afina su mirada, siempre que el pintor permita que cada nuevo rostro corrija lo conservado.  El rostro genérico pertenece al sentido común, mientras que sólo la atención permite ver el rostro concreto.

Lo que se conserva de un encuentro puede orientar el siguiente o suplantarlo.  La diferencia estriba en si la conclusión anterior permanece abierta a la corrección que pueda aportar la persona ahora presente, o si se aplica como si ya se hubiera visto a esa persona.  El sentido común se conserva como una posesión; el buen sentido, en cambio, se ejerce mediante un acto que se realiza en cada ocasión o no se realiza en absoluto:  nadie lo posee como posee un temperamento o una formación, y su ausencia no deja huella, pues el sentido común responde allí donde habría correspondido mirar.

Por consiguiente, la divisoria entre ambos no discurre entre grupos de personas:  no separa a los doctos de los iletrados ni al crítico de la multitud, sino que atraviesa a cada persona de un momento a otro.  Una mujer que, en un puesto del mercado, responde a un desconocido atendiendo al cansancio de éste antes que a su acento ha mirado.  La misma mujer puede recurrir a la reserva una hora después, cuando describe a sus vecinos el país de ese desconocido.  Tampoco quienes denuncian la clasificación están a salvo de este proceder, pues la multitud que denuncian es también una categoría, tomada de la misma reserva de la que proceden los estereotipos a los que se oponen.

El buen sentido tampoco sustrae al examen sus propias conclusiones.  Una percepción clara que se conserva al margen de todo examen cristaliza en una regla, y la regla pasa a la reserva de la que se extraen los nuevos estereotipos:  lo que se vio ayer se aplica mañana a alguien a quien nunca se ha visto.

Ricardo F. Morín, 12 de octubre de 2026.  En tránsito


« Aún conforme a derecho »

September 30, 2026
Ricardo F. Morín
Persa Tres
48 × 74 cm
Grafito, sanguina y tinta Sumi sobre papel para acuarela
2003

La crisis presente no comienza con soldados en las calles ni con la suspensión abierta de las leyes.  Comienza antes, en nuestros pensamientos y conversaciones, a medida que las palabras mudan de sentido.  Antes de que se eluda a los tribunales o se impugnen elecciones, comienza a alterarse el lenguaje con que se expresa la legalidad.  Palabras antes vinculadas a una lesión se convierten en instrumentos de acusación.  La autoridad comienza por alterar la manera de nombrar las cosas, mucho antes de que cambien los procedimientos.

La transformación suele advertirse primero no en las leyes, sino en la reiteración de acusaciones por televisión, en audiencias y en la conversación cotidiana, mucho antes de que recaiga decisión alguna.

Una persona abre una notificación oficial que declara cometida una « infracción », pero el documento no describe el acto, no presenta prueba alguna que pueda examinarse ni ofrece procedimiento mediante el cual pueda controvertirse la determinación.  Lo que se presenta no es una imputación pendiente de examen, sino una conclusión que pasa a regir lo que puede hacerse a continuación.

En etapas anteriores del constitucionalismo, una infracción remitía a un acto determinado.  Había que reunir pruebas.  Había que aplicar el derecho.  Había que seguir un procedimiento.  Hoy, la infracción se declara cada vez más en lugar de demostrarse.  La palabra deja de anunciar un examen jurídico.  Anuncia que la determinación ya ha sido adoptada.  Lo que antes exigía una determinación conforme a derecho puede convertirse en instrumento de mando.

Una regla puede entonces imponerse antes de que haya sido resuelta la premisa controvertida sobre la cual descansa.  La persona afectada puede conservar el derecho a impugnarla, pero el examen sobreviene después de que el lenguaje de la infracción, la necesidad, la seguridad o el cumplimiento haya proporcionado ya una razón para actuar.

Es allí donde lenguaje y procedimiento se encuentran.  Una situación controvertida recibe un nombre como si ya hubiera sido establecida; la actuación gubernamental procede sobre esa denominación; el examen viene después.

Esta lógica se hizo visible el 6 de enero de 2021.  Una elección certificada mediante procedimientos legales fue declarada ilegítima por mera afirmación.  Una transmisión del poder conforme a derecho fue descrita como un robo.  La derrota fue rebautizada como infracción.  Lo que siguió no fue confusión.  Fue la sustitución del procedimiento jurídico por un relato.

Las consecuencias jurídicas no desembocaron en una única resolución institucional.  La causa federal relativa a los intentos de revertir las elecciones de 2020 fue sobreseída en noviembre de 2024 después de la reelección de Donald Trump, de conformidad con la posición sostenida desde hace tiempo por el Departamento de Justicia respecto del enjuiciamiento penal de un presidente en ejercicio.  El 20 de enero de 2025, el ejercicio presidencial de la potestad de gracia conmutó las penas de catorce personas condenadas por delitos relacionados con el 6 de enero, concedió indultos plenos a las demás personas condenadas por esos delitos y ordenó al fiscal general solicitar el sobreseimiento definitivo de las acusaciones pendientes derivadas de los hechos del 6 de enero.  La causa de Georgia relativa a la interferencia electoral contra Trump fue sobreseída en noviembre de 2025.

Los distintos procedimientos concluyeron mediante mecanismos constitucionales y procesales diferentes.  Ninguno produjo una sentencia definitiva sobre las acusaciones federales de interferencia electoral contra quien regresaba a la presidencia.

La misma secuencia aparece en la actuación administrativa.

En 2026, el Departamento de Seguridad Nacional condicionó la percepción íntegra de determinadas subvenciones para la lucha contra el terrorismo a cambios en la administración electoral estatal y local, y sometió a retención el 20 por ciento de la asignación en caso de incumplimiento.  Seis ciudades y condados impugnaron esas condiciones.  El 28 de septiembre, un tribunal federal resolvió que la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias carecía de autoridad conferida por el Congreso para imponerlas y dejó sin efecto los requisitos relativos a la administración electoral.

La sentencia demuestra que los límites constitucionales no habían desaparecido.  El control judicial conservaba capacidad para hacerlos efectivos.  La condición controvertida existió, sin embargo, como mandato administrativo antes de que el tribunal determinara si la agencia tenía autoridad para imponerla.

La dificultad constitucional reside en ese intervalo.  La actuación gubernamental y sus posibles consecuencias pueden preceder a la decisión institucional que determina los límites jurídicos de la autoridad invocada.

La misma secuencia aparece en encuentros cívicos menos formales.  Un tribunal permanece abierto.  Se fijan audiencias.  Se reciben escritos.  Una determinación de consecuencias reales puede, aun así, estar rigiendo ya a quien solicita su examen.  El procedimiento sigue disponible, pero comienza después de que la situación controvertida haya adquirido efectos prácticos.

Fuera de los Estados Unidos, una distinción conexa separa el poder de la autoridad soberana.  El poder militar o diplomático puede alterar las circunstancias en las que otro Estado decide.  No determina por sí mismo la competencia soberana mediante la cual esa decisión adquiere validez jurídica.

Las anteriores pretensiones de adquirir Groenlandia habían presentado el dominio territorial como exigencia estratégica.  El 22 de septiembre de 2026, los Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia suscribieron, en cambio, un acuerdo que se inscribe en la relación de defensa ya existente.  El acuerdo permitiría establecer nuevas instalaciones estadounidenses en Narsarsuaq y Mestersvig, ampliar la Base Espacial de Pituffik y extender el acceso militar estadounidense, al tiempo que mantiene a Groenlandia dentro del Reino de Dinamarca y afirma su derecho a la libre determinación.  El acuerdo continúa sujeto a la aprobación parlamentaria de Groenlandia y Dinamarca.

La presión no transfirió por sí misma la soberanía.  El acuerdo resultante requiere el consentimiento de las partes y el cumplimiento de los procedimientos constitucionales.

El 1 de septiembre, la Asamblea Nacional de Venezuela aprobó un acuerdo petrolero entre Venezuela y Estados Unidos que comprende 17 yacimientos y aproximadamente una quinta parte de las reservas petroleras del país.  Algunos diputados de oposición se abstuvieron porque no habían podido examinar las condiciones escritas del acuerdo.  El acto legislativo forma parte de los antecedentes constitucionales; no cabe simplemente desconocerlo.  Tampoco resuelve una cuestión distinta:  qué competencia constitucional poseen las instituciones venezolanas que actualmente ejercen el poder para constituir derechos cuya vigencia se pretende prolongar mucho más allá del gobierno actual.  El reconocimiento estadounidense puede determinar a quién considera Estados Unidos gobierno de Venezuela.  No puede resolver esa cuestión constitucional venezolana.

En todos estos casos, el derecho no ha desaparecido.  Los tribunales ejercen su jurisdicción.  Los órganos legislativos aprueban leyes.  Los acuerdos continúan sujetos a procedimientos constitucionales.  La dificultad se manifiesta de dos formas relacionadas:  el poder puede actuar antes de que el control institucional determine sus límites jurídicos, y puede alterar las circunstancias en las que otro soberano ha de ejercer su propia autoridad.

El lenguaje confiere eficacia institucional a la primera situación y puede acompañar a la segunda.  Una premisa controvertida, descrita como infracción, necesidad, exigencia de seguridad o acto de cumplimiento, puede comenzar a regir la conducta antes de que las instituciones encargadas de determinar sus consecuencias jurídicas hayan concluido ese examen.

Surge así un poder que conserva la apariencia procesal de actuar conforme a derecho mientras los límites de su autoridad permanecen aún sujetos a determinación.  El procedimiento subsiste.  La secuencia cambia.

El peligro reside en aquello que el lenguaje permite al poder presentar como ya resuelto.  Cuando la acusación se convierte en infracción, la necesidad en autoridad y el cumplimiento en prueba de legalidad, el discernimiento comienza después de que el poder le haya proporcionado su vocabulario.

La primera libertad es el discernimiento.

La libertad subsiste únicamente allí donde el discernimiento continúa siendo posible.  El discernimiento subsiste únicamente allí donde el lenguaje todavía no ha sido sometido al poder.

Ricardo F. Morín
30 de septiembre de 2026
Bala Cynwyd, Pensilvania


« Sobre el horizonte, la restricción y las condiciones de la inteligibilidad »

September 27, 2026
Ricardo F. Morín
Tienda Dorada
40″ de alto x 26″ de ancho
Acuarela sobre papel
2005

 

 

Las personas intentan comprender el mundo mientras viven dentro de él.  Se apoyan en reglas que deben mantenerse y en palabras que deben tener sentido.  Algunas cosas no pueden contradecirse entre sí.  Algunos resultados se siguen necesariamente de condiciones dadas.  Al mismo tiempo, las personas necesitan que el significado sea comunicado, compartido, corregido y vivido a lo largo del tiempo.  Estas dos exigencias no coinciden.  Las reglas por sí solas no explican la experiencia, y el significado por sí solo no puede sostenerse sin límites.

 

Las matemáticas muestran la restricción en su forma más clara.  Cuando una relación es demostrada, se mantiene independientemente de quién la considere o de cuándo sea considerada.  El tiempo no altera una demostración.  La perspectiva no cambia la necesidad.  Las matemáticas muestran lo que debe ser verdadero con independencia de las circunstancias.  Sin embargo, debido a esta independencia, las matemáticas dicen poco acerca de cómo es vivir bajo esas restricciones o aplicarlas dentro de la experiencia.

 

El lenguaje funciona de manera distinta.  El significado surge a través del uso más que de la necesidad.  Las palabras adquieren sentido a medida que las personas las emplean en situaciones que cambian.  El lenguaje conserva la memoria, absorbe el desacuerdo y se adapta a medida que las condiciones se modifican.  Su fuerza reside en permitir que el significado permanezca inteligible incluso cuando el contexto no puede ser eliminado.  Pero esta misma flexibilidad impide que el lenguaje fije el significado de una vez por todas.  Lo que se comprende permanece abierto a la revisión y a la disputa.

 

Las reglas por sí solas no producen comprensión.  La restricción debe ser llevada al lenguaje para que el significado pueda ser puesto a prueba, compartido y corregido.  Sin lenguaje, las reglas permanecen abstractas.  Sin restricción, el lenguaje pierde coherencia.

 

La comprensión humana toma forma en la tensión entre estas dos exigencias más que en su resolución.  La lógica sin lenguaje permanece desligada de la experiencia vivida.  El lenguaje sin restricción se disuelve en la arbitrariedad.  Su negativa a colapsar el uno en el otro no es un fracaso, sino la condición bajo la cual la comprensión se vuelve posible.

 

Esta tensión puede figurarse mediante la idea de un horizonte.  Cuando las personas miran a través de un paisaje, el horizonte no es un muro sino un punto de encuentro.  Diferentes líneas de visión convergen allí y hacen visible la profundidad.  Ninguna línea por sí sola explica el horizonte.  El horizonte explica cómo muchas perspectivas pueden pertenecer al mismo espacio.

 

Cuando la perspectiva se desplaza, el horizonte se desplaza con ella.  En un espacio curvo o multidimensional, no existe un único punto de fuga fijo.  La estructura permanece, pero la posición importa.  La comprensión se desarrolla mediante el movimiento y la reorientación más que mediante la llegada a un punto de vista final.

 

La secuencia de ejes diagnósticos examinados en otros lugares—memoria, identidad, testimonio, juicio, responsabilidad y autoría—no se resuelve en una única conclusión.  Cada eje muestra cómo las capacidades humanas no logran permanecer plenamente gobernables a lo largo del tiempo.  Solo después de trazar estos fracasos el horizonte se vuelve visible.  El horizonte no explica los ejes ni los corrige.  Nombra el espacio en el que pueden comprenderse sus límites.

 

Lo que aparece aquí no es el significado mismo, sino la condición bajo la cual el juicio puede formarse sin colapsar en una necesidad rígida o en una arbitrariedad sin control.  Reconocer este horizonte no es eliminar la incertidumbre, sino situarla.  Las reglas continúan limitando lo que puede ser verdadero.  El lenguaje continúa dando forma a lo que puede ser vivido.  Su coexistencia, marcada por la fricción más que por la armonía, refleja las condiciones bajo las cuales la comprensión humana sigue siendo posible.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Eje IV: La historia como reconstrucción contingente »

September 15, 2026
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

Las personas aprenden sobre el pasado a través de lo que otros les cuentan.  Los padres relatan tiempos anteriores,  los docentes explican los acontecimientos en secuencia,  las autoridades emiten declaraciones,  y las comunidades preservan relatos que explican qué ocurrió y por qué fue importante.  Estos relatos no presentan el pasado en su totalidad.  Seleccionan ciertos hechos,  los conectan entre sí,  y les otorgan peso,  mientras dejan otros de lado.  Con el tiempo,  estas explicaciones se convierten en formas familiares de comprender de dónde provienen las cosas.

 

A medida que las circunstancias cambian,  las personas regresan a estos mismos relatos para dar sentido a nuevas situaciones.  Sin descubrir hechos nuevos,  los narradores pueden enfatizar acontecimientos distintos,  establecer nuevas conexiones,  o describir los mismos resultados bajo una luz diferente.  Un episodio mencionado brevemente puede llegar a considerarse decisivo.  Un resultado antes descrito como accidental puede explicarse luego como necesario.  Lo que cambia no es lo ocurrido,  sino la manera en que las personas lo organizan y lo invocan.

 

Quienes relatan el pasado lo hacen desde sus propias posiciones.  Cada relato refleja lo que su emisor puede ver,  recordar,  y explicar.  Nadie posee el cuadro completo.  La autoridad no surge porque un relato individual sea completo o neutral.  La autoridad surge cuando múltiples relatos comienzan a superponerse.  Cuando distintas personas,  hablando desde posiciones diferentes,  se refieren a los mismos hechos de manera similar,  sus relatos se refuerzan mutuamente.  Lo que adquiere peso no es un punto de vista privilegiado,  sino un patrón de referencias que se vuelve más fácil de repetir,  enseñar,  y utilizar.

 

Por ello,  la continuidad no se descubre en el pasado,  sino que se ensambla a posteriori.  Las personas trazan líneas entre acontecimientos que no fueron vividos como conectados en su momento.  Los períodos reciben nombres,  se identifican puntos de inflexión,  y se asignan comienzos solo después de que desarrollos posteriores hacen que tales disposiciones parezcan sensatas.  La coherencia que presenta la historia refleja cómo los hechos se organizan en retrospectiva,  no cómo fueron vividos mientras se desarrollaban.

 

La autoridad histórica no crece solo por añadir más datos.  Crece al estabilizar una forma de ordenar esos datos.  Una vez que un ordenamiento particular se vuelve familiar,  sirve como punto de referencia.  Otras explicaciones no se descartan por carecer de información,  sino porque no encajan en la forma predominante de conectar los hechos.  La autoridad se adhiere al arreglo que se sostiene,  no al archivo en sí.

 

A medida que los principios utilizados para organizar el pasado se modifican,  la autoridad se desplaza silenciosamente con ellos.  Las mismas fechas,  nombres,  y acontecimientos permanecen visibles,  pero sus relaciones e implicaciones cambian.  Debido a que los detalles superficiales persisten,  la reorganización más profunda suele pasar desapercibida.  Lo que cambia no es el registro,  sino la lógica mediante la cual el registro se vuelve inteligible.

 

La historia,  por lo tanto,  no ofrece un relato fijo de lo ocurrido.  Ofrece una manera de dar sentido a lo ocurrido que perdura el tiempo suficiente para orientar la comprensión y la acción en el presente.  Esa coherencia permanece condicionada por las circunstancias que la sostienen.  Cuando esas condiciones cambian,  los relatos históricos no desaparecen,  sino que se reorganizan.  La autoridad persiste no porque el pasado haya quedado resuelto,  sino porque un determinado ordenamiento continúa funcionando.

 

La historia adquiere autoridad no al fijar el pasado,  sino al estabilizar un arreglo de acontecimientos que puede perdurar el tiempo suficiente para orientar el juicio,  aun cuando los principios que producen ese arreglo continúan cambiando.


 

« Eje VI: Autoría: Exposición a la interpretación »

September 10, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
35,5 x 51 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron.  Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar.  Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro.  Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó.  Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla. 

Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención.  Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias.  A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta.  El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula. 

A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja.  Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada.  Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor.  Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida. 

Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control.  El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye.  Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos.  La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato. 

Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión.  Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación.  Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado.  Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto. 

La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio.  Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención.  Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue.  La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial. 

La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Arar el mar sin cosecha alguna »

September 9, 2026

Ricardo F. Morín
Arar el mar sin cosecha alguna
14 x 20 pulgadas
Acuarela, tintes, pasteles al óleo, corrector líquido y lápiz de carboncillo
2008

Este ensayo se titula Arar el mar sin cosecha alguna.  En otro contexto lingüístico aparece con una formulación en inglés que no reproduce la imagen, sino que reformula la condición.  La diferencia no obedece a estilo, sino a adecuación: cómo cada lengua sostiene densidad, registro y resonancia sin alterar la función diagnóstica del texto.

En inglés, una traducción literal de la imagen tiende a leerse como proverbio, alegoría o parábola.  Ese desplazamiento introduce un marco interpretativo que el ensayo no busca activar.  Por ello, el título inglés evita la transferencia directa de la imagen y nombra el fenómeno en términos operativos, manteniendo el mismo nivel de sobriedad.

En español, la imagen puede sostener una gravedad histórica —incluso una cadencia bíblica— sin convertirse en instrucción moral ni en emblema retórico.  Arar el mar sin cosecha alguna nombra una condición: esfuerzo real, medio que no retiene, y ausencia estructural de rendimiento.  La frase no explica; delimita.

Esta asimetría no es un problema accesorio.  Reproduce, en el umbral del texto, la cuestión que el ensayo examina: los límites de transmisión entre contextos.  El sentido no pasa intacto entre generaciones del mismo modo que no pasa intacto entre lenguas.  Lo que puede preservarse no es la forma, sino la función, cuando las condiciones permiten recepción.

Ricardo F. Morín

Diciembre 19, 2025

Oakland Park, Florida


I.

El trabajo continúa.  Es visible, organizado y, con frecuencia, diligente.  Las tareas se ejecutan, los sistemas se mantienen, el lenguaje se afina y los procesos se repiten.  La dificultad no reside en la ausencia de esfuerzo, ni siquiera en su mala orientación, sino en la ausencia de acumulación —entendida aquí como la condición que permite que el conocimiento generado externamente sea recibido, retenido y reingresado como orientación, en lugar de ser reescenificado como esfuerzo.  Lo realizado no permanece disponible para su reingreso; el trabajo no se proyecta hacia adelante.

Esta condición suele confundirse con agotamiento o indiferencia.  No lo es.  Los signos de implicación son evidentes.  La actividad aumenta.  La capacidad de respuesta mejora.  La producción se multiplica.  Lo que desaparece es la continuidad: la posibilidad de que el esfuerzo se convierta en un remanente compartido que pueda retomarse sin comenzar desde cero.

En estos entornos, el movimiento sustituye a la herencia.  El valor de la acción reside en su ejecución, no en lo que deja tras de sí.  El trabajo avanza como si cada instancia fuera suficiente en sí misma.  El pasado no es rechazado; simplemente no se conserva en una forma que permita volver a él.

II.

La experiencia no es una sustancia que pueda transmitirse intacta de un sujeto a otro (no puede acumularse antes de que exista la necesidad).  Se forma bajo presión: a través de la duración, la consecuencia y la restricción.  Cuando se separa de esas condiciones, llega aplanada.  Lo que antes aclaraba límites ahora aparece como comentario.  Lo que antes obligaba a ajustar la acción ahora se percibe como preferencia.

Los intentos de transmitir la experiencia como instrucción suelen fracasar porque se adelantan a la necesidad.  El destinatario recibe la lección sin las condiciones que le otorgaron fuerza.  El conocimiento llega antes de la situación que lo haría inteligible.  Lo ofrecido antes de ser necesario aparece como opcional, incluso cuando es exacto.

Este fracaso no es cognitivo.  Es temporal.  La experiencia no puede recibirse a demanda porque no funciona como información.  Funciona como orientación, y la orientación requiere circunstancia.

III.

La autonomía es esencial para el juicio.  Sin ella, la acción se reduce a obediencia.  Sin embargo, la autonomía se vuelve obstructiva cuando rehúsa la herencia.  La agencia se endurece en la suposición de que el valor debe generarse por cuenta propia para ser legítimo.  Lo que proviene de otros se recibe con recelo, no porque carezca de relevancia, sino porque aceptarlo parece comprometer la independencia.

Bajo esta postura, la recepción se confunde con dependencia —la negativa a la acumulación como orientación proveniente de fuera.  Aprender de la experiencia previa se percibe como concesión más que como orientación.  La capacidad de recibir es sustituida por la obligación de originar.  El conocimiento debe parecer nuevo para contar.

El resultado no es libertad, sino aislamiento respecto del sentido acumulado.  La experiencia permanece disponible, pero ilegible.  Circula como lenguaje sin asimilación, como gesto sin consecuencia.

IV.

Cuando la transmisión falla, la novedad se convierte en prueba de validez.  Lo que aparece como nuevo adquiere autoridad por el contraste mismo.  La pregunta por si una condición ya ha sido enfrentada se ve desplazada por la presión de demostrar originalidad.

La reinvención no ocurre porque las soluciones previas hayan fracasado, sino porque su éxito no dejó huella visible (sin precedente acumulado).  Lo que funcionó en silencio no se presenta como precedente.  La rueda se reformula para exhibir iniciativa, no para mejorar su función.

Se trata de un error categorial.  El esfuerzo persiste, pero la herramienta no corresponde al medio.  Métodos diseñados para la acumulación se aplican allí donde las marcas no se conservan.  Arar el mar fracasa no porque no se haga nada, sino porque el medio borra los surcos en cuanto se trazan.

V.

En estas condiciones, el movimiento sustituye al progreso.  Los sistemas premian la velocidad, la producción y la capacidad de respuesta.  La pausa aparece como ineficiencia.  El retorno se percibe como retraso.  La profundidad es desplazada por el flujo.

La iteración se confunde con comprensión.  La repetición se toma como prueba de compromiso.  La ausencia de resultados se atribuye a un esfuerzo insuficiente y no a una desalineación.  La respuesta consiste en intensificar el movimiento, no en reconsiderar la postura.

El progreso se mide por el desplazamiento y no por la retención (no por la acumulación).  Lo importante es que algo ocurra, no que permanezca disponible para su uso.  El futuro se habita de manera constante, pero nunca se acondiciona.

VI.

El mar persiste.  No se opone al esfuerzo ni responde a la insistencia.  Permanece indiferente a la fuerza.  Los surcos desaparecen no por desafío, sino por indiferencia.  El trabajo es real; la ausencia de cosecha es estructural.

El agotamiento se acumula de manera privada mientras los sistemas permanecen inalterados.  Cada intento comienza de nuevo.  Lo aprendido se vuelve a aprender.  El costo lo asume el individuo; el beneficio no se transmite.

Esta condición no es decadencia, deterioro ni pérdida de inteligencia.  No es fracaso moral ni culpa generacional.  Es el resultado previsible de entornos que premian la autonomía sin recepción, la novedad sin continuidad y el movimiento sin acumulación.

Los surcos no fallan.  Simplemente no se sostienen.


« Eje III: El testimonio como percepción pluralizada »

September 8, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
20 x 25 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003
Ricardo F. Morín
Plantillas III
20 x 25 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas rara vez experimentan los acontecimientos en soledad.  Lo que alguien ve, oye o advierte pronto es comentado, comparado o cuestionado por otros.  Una experiencia se convierte en relato cuando se cuenta, y una vez contada, ingresa en un espacio donde ya existen otros relatos.  Desde ese momento, la percepción deja de ser singular.  Solo se vuelve inteligible en relación con lo que otros percibieron, recordaron o esperaron bajo condiciones distintas.

 

Cuando una persona da testimonio de lo que presenció, ese relato no conserva intacta la experiencia.  La sitúa junto a otras percepciones que no coinciden plenamente con ella.  Diferencias de posición, atención, memoria, lenguaje y expectativa moldean lo que cada quien advirtió y cómo lo comprendió.  Incluso cuando varias personas atienden al mismo hecho, el énfasis y la significación no se alinean por completo.  El testimonio se desplaza así dentro de un campo plural donde el significado surge por comparación más que por preservación.

 

Dentro de este campo, el acuerdo es provisional y no garantizado.  Los relatos pueden superponerse en ciertos puntos y divergir en otros.  Ningún relato individual puede absorber a los demás sin resto.  El testimonio no se asienta de manera natural en un significado único porque la percepción misma se distribuye entre puntos de vista distintos que no pueden fusionarse sin pérdida.

 

En tales condiciones, el malentendido no indica mala fe.  Persiste incluso cuando todos los involucrados intentan ser precisos.  La divergencia no surge del engaño ni del descuido, sino del hecho de que cada relato refleja una relación diferente con el mismo acontecimiento.  Los intentos de aclarar un relato mediante referencia a otro suelen aumentar la conciencia de la diferencia en lugar de resolverla, pues la explicación introduce distinciones que antes no eran visibles.

 

A medida que se acumulan relatos plurales, crece la presión por asegurar el acuerdo.  El significado compartido comienza a tratarse como un requisito y no como un resultado.  El consenso se toma como sustituto de la exactitud, y lo que muchos afirman se asume como lo que más se aproxima a lo ocurrido.  Sin embargo, el acuerdo numérico no elimina la diferencia perceptiva.  Solo estabiliza una interpretación el tiempo suficiente para que la coordinación sea posible.

 

Bajo esta presión, el testimonio suele reformularse para privilegiar la legibilidad sobre la fidelidad.  Los relatos se simplifican, se alinean o se atenúan para encajar en un marco aceptado de comprensión.  Aquello que resiste la integración se descarta como confusión o irrelevancia.  El campo del testimonio se estrecha no porque las diferencias se hayan resuelto, sino porque han sido excluidas.

 

Lo que el testimonio ofrece, entonces, no es un acceso directo a los acontecimientos, sino una superficie negociada sobre la cual las percepciones se comparan y se alinean de manera provisional.  La estabilidad que produce este proceso es práctica y no definitiva.  Permite actuar en conjunto aun cuando persisten diferencias no resueltas.  El testimonio permanece abierto a revisión no porque falte sinceridad, sino porque la percepción no puede escapar de la pluralidad a través de la cual se vuelve compartida.

 

Cuando se exige un significado común a partir de una percepción plural, puede alcanzarse el acuerdo, pero la convergencia no está garantizada.  El testimonio coordina perspectivas sin disolver las diferencias que hacen necesaria esa coordinación.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Eje I: La memoria como condición epistémica »

August 26, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas
20 x 25 cm
Acuarela sobre papel
2003
Ricardo F. Morín
Plantillas
20 x 25 cm
Acuarela sobre papel
2003

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

 

Las personas dependen de la memoria porque la experiencia pasada no puede recuperarse de manera directa.  Lo que ya ha ocurrido solo puede volver a abordarse mediante la rememoración.  Con el paso del tiempo, los recuerdos se revisitan bajo condiciones distintas de aquellas en las que tuvo lugar la experiencia original.  Lo que tuvo sentido en un momento debe volver a interpretarse en otro, y los criterios para juzgarlo se desplazan según las circunstancias presentes.  En este proceso, la incertidumbre se introduce en el esfuerzo por apoyarse en la memoria, no por descuido, sino porque el tiempo modifica las condiciones en las que tiene lugar la comprensión.

 

En este sentido, la memoria no funciona de manera distinta de la verdad.  Ambas permanecen expuestas al tiempo.  Lo que alguna vez pareció establecido debe reconsiderarse a medida que cambian las circunstancias, y ni la memoria ni la verdad quedan plenamente gobernadas por la intención.  Lo que se resiste al control no es la honestidad, sino el desplazamiento que el tiempo introduce entre la experiencia y su recuerdo.

 

  • La memoria como justificación  

Cuando el acceso directo a la experiencia deja de ser posible, la memoria suele ocupar su lugar como fuente de explicación.  Las personas dan cuenta de sus decisiones remitiéndose a lo que recuerdan y no a lo que aún puede examinarse.  La rememoración se trata como evidencia de continuidad incluso cuando las condiciones que la produjeron ya no existen.  De este modo, se le pide a la memoria que estabilice decisiones cuyo contexto original no puede recuperarse.

 

A medida que las experiencias se alejan en el tiempo, suelen invocarse con mayor seguridad.  Esa seguridad no surge porque el recuerdo haya permanecido intacto, sino porque la distancia lo protege del cuestionamiento.  En tales casos, la memoria no ofrece acceso a lo ocurrido, sino un relato suficiente para sostener el juicio en el presente.

 

  • Memoria y certeza  

A medida que la experiencia se vuelve menos accesible, la certeza tiende a aumentar en lugar de disminuir.  Los acontecimientos que ya no pueden contrastarse con sus condiciones originales quedan aislados de la corrección.  La rememoración se endurece en convicción porque la comparación deja de ser posible.  La memoria parece estable no porque sea exacta, sino porque sus fuentes no pueden revisitarse.

 

Así, la confianza se adhiere no a la fidelidad, sino a la distancia.  El pasado se siente cerrado porque no puede reingresarse.  La certeza surge no de la cercanía con lo ocurrido, sino de la ausencia de medios restantes para impugnar lo recordado.

 

  • Memoria y repetición  

A medida que los recuerdos se repiten, adquieren duración sin preservar la experiencia misma.  El volver a contar no restituye las condiciones originales; refina aquello que puede comunicarse con facilidad.  Los detalles que resisten la articulación se pierden, mientras que los elementos que pueden narrarse de forma coherente se conservan y refuerzan.  Mediante la repetición, la memoria se convierte menos en una huella de lo ocurrido y más en un relato estable de lo que puede decirse.

 

Lo que perdura no es la experiencia en sí, sino una versión moldeada por su capacidad de repetirse sin fricción.  Una vez completada la mediación, el pasado no ofrece hechos nuevos, sino nuevas disposiciones de lo ya conocido.


 

« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

*

Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en « La proporción del aburrimiento » y « La imposibilidad del reconocimiento ».

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.