Ricardo F. Morín Estrata Infinita 35,5 x 50,8 cm Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel 2005
Ricardo F. Morín
31 de enero de 2026
Oakland Park, FL
Las personas aprenden sobre el pasado a través de lo que otros les cuentan. Los padres relatan tiempos anteriores, los docentes explican los acontecimientos en secuencia, las autoridades emiten declaraciones, y las comunidades preservan relatos que explican qué ocurrió y por qué fue importante. Estos relatos no presentan el pasado en su totalidad. Seleccionan ciertos hechos, los conectan entre sí, y les otorgan peso, mientras dejan otros de lado. Con el tiempo, estas explicaciones se convierten en formas familiares de comprender de dónde provienen las cosas.
A medida que las circunstancias cambian, las personas regresan a estos mismos relatos para dar sentido a nuevas situaciones. Sin descubrir hechos nuevos, los narradores pueden enfatizar acontecimientos distintos, establecer nuevas conexiones, o describir los mismos resultados bajo una luz diferente. Un episodio mencionado brevemente puede llegar a considerarse decisivo. Un resultado antes descrito como accidental puede explicarse luego como necesario. Lo que cambia no es lo ocurrido, sino la manera en que las personas lo organizan y lo invocan.
Quienes relatan el pasado lo hacen desde sus propias posiciones. Cada relato refleja lo que su emisor puede ver, recordar, y explicar. Nadie posee el cuadro completo. La autoridad no surge porque un relato individual sea completo o neutral. La autoridad surge cuando múltiples relatos comienzan a superponerse. Cuando distintas personas, hablando desde posiciones diferentes, se refieren a los mismos hechos de manera similar, sus relatos se refuerzan mutuamente. Lo que adquiere peso no es un punto de vista privilegiado, sino un patrón de referencias que se vuelve más fácil de repetir, enseñar, y utilizar.
Por ello, la continuidad no se descubre en el pasado, sino que se ensambla a posteriori. Las personas trazan líneas entre acontecimientos que no fueron vividos como conectados en su momento. Los períodos reciben nombres, se identifican puntos de inflexión, y se asignan comienzos solo después de que desarrollos posteriores hacen que tales disposiciones parezcan sensatas. La coherencia que presenta la historia refleja cómo los hechos se organizan en retrospectiva, no cómo fueron vividos mientras se desarrollaban.
La autoridad histórica no crece solo por añadir más datos. Crece al estabilizar una forma de ordenar esos datos. Una vez que un ordenamiento particular se vuelve familiar, sirve como punto de referencia. Otras explicaciones no se descartan por carecer de información, sino porque no encajan en la forma predominante de conectar los hechos. La autoridad se adhiere al arreglo que se sostiene, no al archivo en sí.
A medida que los principios utilizados para organizar el pasado se modifican, la autoridad se desplaza silenciosamente con ellos. Las mismas fechas, nombres, y acontecimientos permanecen visibles, pero sus relaciones e implicaciones cambian. Debido a que los detalles superficiales persisten, la reorganización más profunda suele pasar desapercibida. Lo que cambia no es el registro, sino la lógica mediante la cual el registro se vuelve inteligible.
La historia, por lo tanto, no ofrece un relato fijo de lo ocurrido. Ofrece una manera de dar sentido a lo ocurrido que perdura el tiempo suficiente para orientar la comprensión y la acción en el presente. Esa coherencia permanece condicionada por las circunstancias que la sostienen. Cuando esas condiciones cambian, los relatos históricos no desaparecen, sino que se reorganizan. La autoridad persiste no porque el pasado haya quedado resuelto, sino porque un determinado ordenamiento continúa funcionando.
La historia adquiere autoridad no al fijar el pasado, sino al estabilizar un arreglo de acontecimientos que puede perdurar el tiempo suficiente para orientar el juicio, aun cuando los principios que producen ese arreglo continúan cambiando.
Ricardo F. Morín Plantillas III 35,5 x 51 cm Acuarela y tinta sobre papel 2003
Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron. Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar. Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro. Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó. Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla.
Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención. Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias. A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta. El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula.
A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja. Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada. Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor. Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida.
Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control. El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye. Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos. La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato.
Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión. Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación. Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado. Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto.
La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio. Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención. Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue. La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial.
La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.
Ricardo F. Morín Arar el mar sin cosecha alguna 14 x 20 pulgadas Acuarela, tintes, pasteles al óleo, corrector líquido y lápiz de carboncillo 2008
Nota del autor
Este ensayo se titula Arar el mar sin cosecha alguna. En otro contexto lingüístico aparece con una formulación en inglés que no reproduce la imagen, sino que reformula la condición. La diferencia no obedece a estilo, sino a adecuación: cómo cada lengua sostiene densidad, registro y resonancia sin alterar la función diagnóstica del texto.
En inglés, una traducción literal de la imagen tiende a leerse como proverbio, alegoría o parábola. Ese desplazamiento introduce un marco interpretativo que el ensayo no busca activar. Por ello, el título inglés evita la transferencia directa de la imagen y nombra el fenómeno en términos operativos, manteniendo el mismo nivel de sobriedad.
En español, la imagen puede sostener una gravedad histórica —incluso una cadencia bíblica— sin convertirse en instrucción moral ni en emblema retórico. Arar el mar sin cosecha alguna nombra una condición: esfuerzo real, medio que no retiene, y ausencia estructural de rendimiento. La frase no explica; delimita.
Esta asimetría no es un problema accesorio. Reproduce, en el umbral del texto, la cuestión que el ensayo examina: los límites de transmisión entre contextos. El sentido no pasa intacto entre generaciones del mismo modo que no pasa intacto entre lenguas. Lo que puede preservarse no es la forma, sino la función, cuando las condiciones permiten recepción.
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Ricardo F. Morín
Diciembre 19, 2025
Oakland Park, Florida
I.
El trabajo continúa. Es visible, organizado y, con frecuencia, diligente. Las tareas se ejecutan, los sistemas se mantienen, el lenguaje se afina y los procesos se repiten. La dificultad no reside en la ausencia de esfuerzo, ni siquiera en su mala orientación, sino en la ausencia de acumulación —entendida aquí como la condición que permite que el conocimiento generado externamente sea recibido, retenido y reingresado como orientación, en lugar de ser reescenificado como esfuerzo. Lo realizado no permanece disponible para su reingreso; el trabajo no se proyecta hacia adelante.
Esta condición suele confundirse con agotamiento o indiferencia. No lo es. Los signos de implicación son evidentes. La actividad aumenta. La capacidad de respuesta mejora. La producción se multiplica. Lo que desaparece es la continuidad: la posibilidad de que el esfuerzo se convierta en un remanente compartido que pueda retomarse sin comenzar desde cero.
En estos entornos, el movimiento sustituye a la herencia. El valor de la acción reside en su ejecución, no en lo que deja tras de sí. El trabajo avanza como si cada instancia fuera suficiente en sí misma. El pasado no es rechazado; simplemente no se conserva en una forma que permita volver a él.
II.
La experiencia no es una sustancia que pueda transmitirse intacta de un sujeto a otro (no puede acumularse antes de que exista la necesidad). Se forma bajo presión: a través de la duración, la consecuencia y la restricción. Cuando se separa de esas condiciones, llega aplanada. Lo que antes aclaraba límites ahora aparece como comentario. Lo que antes obligaba a ajustar la acción ahora se percibe como preferencia.
Los intentos de transmitir la experiencia como instrucción suelen fracasar porque se adelantan a la necesidad. El destinatario recibe la lección sin las condiciones que le otorgaron fuerza. El conocimiento llega antes de la situación que lo haría inteligible. Lo ofrecido antes de ser necesario aparece como opcional, incluso cuando es exacto.
Este fracaso no es cognitivo. Es temporal. La experiencia no puede recibirse a demanda porque no funciona como información. Funciona como orientación, y la orientación requiere circunstancia.
III.
La autonomía es esencial para el juicio. Sin ella, la acción se reduce a obediencia. Sin embargo, la autonomía se vuelve obstructiva cuando rehúsa la herencia. La agencia se endurece en la suposición de que el valor debe generarse por cuenta propia para ser legítimo. Lo que proviene de otros se recibe con recelo, no porque carezca de relevancia, sino porque aceptarlo parece comprometer la independencia.
Bajo esta postura, la recepción se confunde con dependencia —la negativa a la acumulación como orientación proveniente de fuera. Aprender de la experiencia previa se percibe como concesión más que como orientación. La capacidad de recibir es sustituida por la obligación de originar. El conocimiento debe parecer nuevo para contar.
El resultado no es libertad, sino aislamiento respecto del sentido acumulado. La experiencia permanece disponible, pero ilegible. Circula como lenguaje sin asimilación, como gesto sin consecuencia.
IV.
Cuando la transmisión falla, la novedad se convierte en prueba de validez. Lo que aparece como nuevo adquiere autoridad por el contraste mismo. La pregunta por si una condición ya ha sido enfrentada se ve desplazada por la presión de demostrar originalidad.
La reinvención no ocurre porque las soluciones previas hayan fracasado, sino porque su éxito no dejó huella visible (sin precedente acumulado). Lo que funcionó en silencio no se presenta como precedente. La rueda se reformula para exhibir iniciativa, no para mejorar su función.
Se trata de un error categorial. El esfuerzo persiste, pero la herramienta no corresponde al medio. Métodos diseñados para la acumulación se aplican allí donde las marcas no se conservan. Arar el mar fracasa no porque no se haga nada, sino porque el medio borra los surcos en cuanto se trazan.
V.
En estas condiciones, el movimiento sustituye al progreso. Los sistemas premian la velocidad, la producción y la capacidad de respuesta. La pausa aparece como ineficiencia. El retorno se percibe como retraso. La profundidad es desplazada por el flujo.
La iteración se confunde con comprensión. La repetición se toma como prueba de compromiso. La ausencia de resultados se atribuye a un esfuerzo insuficiente y no a una desalineación. La respuesta consiste en intensificar el movimiento, no en reconsiderar la postura.
El progreso se mide por el desplazamiento y no por la retención (no por la acumulación). Lo importante es que algo ocurra, no que permanezca disponible para su uso. El futuro se habita de manera constante, pero nunca se acondiciona.
VI.
El mar persiste. No se opone al esfuerzo ni responde a la insistencia. Permanece indiferente a la fuerza. Los surcos desaparecen no por desafío, sino por indiferencia. El trabajo es real; la ausencia de cosecha es estructural.
El agotamiento se acumula de manera privada mientras los sistemas permanecen inalterados. Cada intento comienza de nuevo. Lo aprendido se vuelve a aprender. El costo lo asume el individuo; el beneficio no se transmite.
Esta condición no es decadencia, deterioro ni pérdida de inteligencia. No es fracaso moral ni culpa generacional. Es el resultado previsible de entornos que premian la autonomía sin recepción, la novedad sin continuidad y el movimiento sin acumulación.
Los surcos no fallan. Simplemente no se sostienen.
Ricardo F. Morín Plantillas III 20 x 25 cm Acuarela y tinta sobre papel 2003
Las personas rara vez experimentan los acontecimientos en soledad. Lo que alguien ve, oye o advierte pronto es comentado, comparado o cuestionado por otros. Una experiencia se convierte en relato cuando se cuenta, y una vez contada, ingresa en un espacio donde ya existen otros relatos. Desde ese momento, la percepción deja de ser singular. Solo se vuelve inteligible en relación con lo que otros percibieron, recordaron o esperaron bajo condiciones distintas.
Cuando una persona da testimonio de lo que presenció, ese relato no conserva intacta la experiencia. La sitúa junto a otras percepciones que no coinciden plenamente con ella. Diferencias de posición, atención, memoria, lenguaje y expectativa moldean lo que cada quien advirtió y cómo lo comprendió. Incluso cuando varias personas atienden al mismo hecho, el énfasis y la significación no se alinean por completo. El testimonio se desplaza así dentro de un campo plural donde el significado surge por comparación más que por preservación.
Dentro de este campo, el acuerdo es provisional y no garantizado. Los relatos pueden superponerse en ciertos puntos y divergir en otros. Ningún relato individual puede absorber a los demás sin resto. El testimonio no se asienta de manera natural en un significado único porque la percepción misma se distribuye entre puntos de vista distintos que no pueden fusionarse sin pérdida.
En tales condiciones, el malentendido no indica mala fe. Persiste incluso cuando todos los involucrados intentan ser precisos. La divergencia no surge del engaño ni del descuido, sino del hecho de que cada relato refleja una relación diferente con el mismo acontecimiento. Los intentos de aclarar un relato mediante referencia a otro suelen aumentar la conciencia de la diferencia en lugar de resolverla, pues la explicación introduce distinciones que antes no eran visibles.
A medida que se acumulan relatos plurales, crece la presión por asegurar el acuerdo. El significado compartido comienza a tratarse como un requisito y no como un resultado. El consenso se toma como sustituto de la exactitud, y lo que muchos afirman se asume como lo que más se aproxima a lo ocurrido. Sin embargo, el acuerdo numérico no elimina la diferencia perceptiva. Solo estabiliza una interpretación el tiempo suficiente para que la coordinación sea posible.
Bajo esta presión, el testimonio suele reformularse para privilegiar la legibilidad sobre la fidelidad. Los relatos se simplifican, se alinean o se atenúan para encajar en un marco aceptado de comprensión. Aquello que resiste la integración se descarta como confusión o irrelevancia. El campo del testimonio se estrecha no porque las diferencias se hayan resuelto, sino porque han sido excluidas.
Lo que el testimonio ofrece, entonces, no es un acceso directo a los acontecimientos, sino una superficie negociada sobre la cual las percepciones se comparan y se alinean de manera provisional. La estabilidad que produce este proceso es práctica y no definitiva. Permite actuar en conjunto aun cuando persisten diferencias no resueltas. El testimonio permanece abierto a revisión no porque falte sinceridad, sino porque la percepción no puede escapar de la pluralidad a través de la cual se vuelve compartida.
Cuando se exige un significado común a partir de una percepción plural, puede alcanzarse el acuerdo, pero la convergencia no está garantizada. El testimonio coordina perspectivas sin disolver las diferencias que hacen necesaria esa coordinación.
Ricardo F. Morín Plantillas 20 x 25 cm Acuarela sobre papel 2003
Ricardo F. Morín
31 de enero de 2026
Oakland Park, FL
Las personas dependen de la memoria porque la experiencia pasada no puede recuperarse de manera directa. Lo que ya ha ocurrido solo puede volver a abordarse mediante la rememoración. Con el paso del tiempo, los recuerdos se revisitan bajo condiciones distintas de aquellas en las que tuvo lugar la experiencia original. Lo que tuvo sentido en un momento debe volver a interpretarse en otro, y los criterios para juzgarlo se desplazan según las circunstancias presentes. En este proceso, la incertidumbre se introduce en el esfuerzo por apoyarse en la memoria, no por descuido, sino porque el tiempo modifica las condiciones en las que tiene lugar la comprensión.
En este sentido, la memoria no funciona de manera distinta de la verdad. Ambas permanecen expuestas al tiempo. Lo que alguna vez pareció establecido debe reconsiderarse a medida que cambian las circunstancias, y ni la memoria ni la verdad quedan plenamente gobernadas por la intención. Lo que se resiste al control no es la honestidad, sino el desplazamiento que el tiempo introduce entre la experiencia y su recuerdo.
La memoria como justificación
Cuando el acceso directo a la experiencia deja de ser posible, la memoria suele ocupar su lugar como fuente de explicación. Las personas dan cuenta de sus decisiones remitiéndose a lo que recuerdan y no a lo que aún puede examinarse. La rememoración se trata como evidencia de continuidad incluso cuando las condiciones que la produjeron ya no existen. De este modo, se le pide a la memoria que estabilice decisiones cuyo contexto original no puede recuperarse.
A medida que las experiencias se alejan en el tiempo, suelen invocarse con mayor seguridad. Esa seguridad no surge porque el recuerdo haya permanecido intacto, sino porque la distancia lo protege del cuestionamiento. En tales casos, la memoria no ofrece acceso a lo ocurrido, sino un relato suficiente para sostener el juicio en el presente.
Memoria y certeza
A medida que la experiencia se vuelve menos accesible, la certeza tiende a aumentar en lugar de disminuir. Los acontecimientos que ya no pueden contrastarse con sus condiciones originales quedan aislados de la corrección. La rememoración se endurece en convicción porque la comparación deja de ser posible. La memoria parece estable no porque sea exacta, sino porque sus fuentes no pueden revisitarse.
Así, la confianza se adhiere no a la fidelidad, sino a la distancia. El pasado se siente cerrado porque no puede reingresarse. La certeza surge no de la cercanía con lo ocurrido, sino de la ausencia de medios restantes para impugnar lo recordado.
Memoria y repetición
A medida que los recuerdos se repiten, adquieren duración sin preservar la experiencia misma. El volver a contar no restituye las condiciones originales; refina aquello que puede comunicarse con facilidad. Los detalles que resisten la articulación se pierden, mientras que los elementos que pueden narrarse de forma coherente se conservan y refuerzan. Mediante la repetición, la memoria se convierte menos en una huella de lo ocurrido y más en un relato estable de lo que puede decirse.
Lo que perdura no es la experiencia en sí, sino una versión moldeada por su capacidad de repetirse sin fricción. Una vez completada la mediación, el pasado no ofrece hechos nuevos, sino nuevas disposiciones de lo ya conocido.
Ricardo F. Morín Abril 17 a mayo 14 de 2026 En tránsito
1. Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral. Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo. Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.
2. Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir. Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación. Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.
3. Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo. Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza. Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro. La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.
4. A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar. Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.
5. Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma. La convicción entra en la conducta. Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma. A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia. También puede aparecer como exposición.
6. Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos. La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea. Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.
7. Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto. También persisten mediante la familiaridad. Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos. Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.
8. Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica. Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas. También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.
9. A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo. Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro. Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.
10. Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio. Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante. Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.
11. Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo. También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación. Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse. Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas. La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse. Comienza a organizar la percepción misma.
12. Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener. No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse. Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.
13. Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones. Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente. La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia. El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.
14. A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida. Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores. Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión. Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.
15. Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado. La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo. Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.
16. Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios. Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación. La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer. Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.
17. Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente. La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta. La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.
18. Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad. Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez. Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.
19. Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma. El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro. Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.
20. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente. Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia. Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.
21. Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo. Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre. Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados. Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.
22. Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre. Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo. Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.
Ricardo F. Morín Naturaleza muerta 22″ x 30″ Técnica mixta sobre papel 2000
Ricardo F. Morin
31 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa. Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba. Uno habla; el otro se ajusta. Se introduce una afirmación y se adopta sin examen. Cuando aparece la contradicción, se deja de lado. La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta. El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.
Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo. Requiere dirección y alineación. Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse. Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación. Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido. Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido. La relación continúa sin ser cuestionada.
¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba. Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta. El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba. Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.
La contradicción ya no interrumpe la relación. Se descarta o se aparta y no entra en la decisión. Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.
Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho. La corrección deja de producirse.
Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla. El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación. Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada. Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación. La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.
Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente. El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba. Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación. En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa. En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios. Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.
Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada. Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella. El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce. Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura: la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada. La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue. Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.
La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección. Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta. Donde se excluye, la relación se cierra.
El problema no comienza cuando una afirmación es falsa. Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.
Ricardo F. Morín Mi nido 24″ x 30″ Óleo sobre lino 1999
Ricardo F Morín
January 1, 2026
Oakland Park, Fl
La ayuda no se ofreció de manera casual. Se ofreció a lo largo del tiempo, modelada por la historia, la familiaridad y la creencia de que la lealtad exigía permanecer presente cuando las circunstancias eran inestables. Se aceptaron compromisos imprecisos con la expectativa de que la constancia pudiera compensar la inestabilidad, y de que la paciencia permitiría que la claridad llegara allí donde aún no aparecía.
Con el paso del tiempo, esos compromisos se volvieron más difíciles de anticipar. Los planes cambiaban después de haber sido aceptados. Las expectativas se modificaban sin ser expresadas. Lo acordado una semana se revisaba la siguiente. Cada ajuste se absorbía en lugar de cuestionarse. Las reuniones dejaron de producir decisiones. Los acuerdos ya no sobrevivían a la semana. El esfuerzo por ser justo se convirtió en un esfuerzo por ser adaptable. Aquello que no se confrontaba se cargaba.
Había vacilación al nombrar lo que estaba ocurriendo. Hacerlo parecía severo. Corría el riesgo de parecer poco caritativo o impaciente. El silencio solía parecer preferible a la objeción, no porque no se viera nada, sino porque lo que se veía resistía una articulación sencilla. El silencio, que alguna vez fue una forma de contención, había dejado de aclarar algo. La resistencia parecía más segura que el juicio.
Gradualmente, los efectos de esa resistencia se hicieron visibles. La lealtad no estabilizó la situación. La prolongó. Cuanta más incertidumbre se acomodaba, más se convertía en la condición organizadora. Los compromisos perdieron sus contornos. La responsabilidad se dispersó. El cuidado, extendido sin límite, dejó de corregir algo y, en cambio, facilitó la continuidad de la inestabilidad.
En cierto momento, un amigo adoptó una postura distinta. Permaneció atento, pero a distancia. No intervino repetidamente ni intentó sostener aquello que no mostraba signos de sostenerse. En ese momento, esa distancia fue fácil de malinterpretar. El compromiso, tal como entonces se entendía, parecía exigir proximidad. La contención parecía más bien una retirada.
Solo más tarde se hizo clara la importancia de esa postura. Lo que había parecido pasivo era una forma de ver las cosas. Los límites habían sido reconocidos antes, y la conducta ajustada en consecuencia. La distancia no señalaba indiferencia, sino la comprensión de que la presencia, en condiciones inestables, no siempre mejora los resultados. La diferencia no residía en la intención, sino en el momento.
Este reconocimiento perturbó supuestos anteriores. La proximidad se había confundido con responsabilidad. La resistencia se había tratado como virtud sin preguntarse si sostenía algo más allá de la apariencia de un buen cuidado. Lo que se sentía como lealtad se había convertido, en parte, en permiso. La admisión más difícil no se refería a las acciones de otros, sino al papel desempeñado al permitir que esas acciones continuaran sin consecuencia.
La distancia no llegó de inmediato. Surgió después de intentos reiterados por restablecer la proporción, después de que las explicaciones dejaran de sostenerse y después de que el silencio dejara de aclarar algo. Retirarse no fue un rechazo del interés. Fue una forma de preservar el juicio, de evitar que el interés quedara consumido por la imprevisibilidad y de dejar abierta la posibilidad de que las condiciones aún pudieran cambiar.
La negativa, entendida de este modo, no es dramática. No acusa ni se anuncia. No busca reconocimiento. Retira el consentimiento en silencio, permitiendo que los arreglos puedan estabilizarse o revelar sus propios límites. Lo que termina no es el cuidado, sino la participación en condiciones que requieren autoengaño para sostenerse.
Esta forma de negativa no es superioridad moral. Es responsabilidad vuelta hacia adentro. Comienza cuando permanecer presente exige abandonar el propio juicio y cuando la lealtad, sin control, socava aquello que pretendía proteger. El silencio, en ese punto, no elude la obligación. Restaura la coherencia.
El acto es contenido. Sus consecuencias son duraderas. Al dar un paso atrás, se deja de suministrar la energía de la que depende la inestabilidad, sin cerrar la posibilidad de una renovación o el restablecimiento de proporción. Lo que permanece intacto es el juicio. Lo que se abandona es la creencia de que la resistencia siempre es ética —y la negativa se convierte en el medio mediante el cual se mantiene la claridad, y no la ruptura.
Ricardo F. Morín La irracionalidad, la propaganda y el tribalismo CGI 2026
1. Una afirmación política entra ordinariamente en la vida pública a través de instituciones. Una ley se debate, se promulga, se interpreta, se impugna. Un discurso se pronuncia desde un cargo conocido, ante un público definido, sujeto a réplica y registro. La autoridad, en estos casos, surge de la responsabilidad y de la restricción.
2. El texto aquí examinado no satisface ninguna de estas condiciones.
3. El texto atribuye a una transmisión anónima el poder de alterar el estatus jurídico. El texto presenta a un orador no como un ciudadano que habla, sino como una conciencia que dicta. El texto declara efectos que ningún estatuto, ninguna orden ejecutiva y ningún tribunal poseen autoridad para producir. El texto anuncia asentimiento nacional en ausencia de cualquier foro capaz de conceder asentimiento.
4. No aparece promulgación alguna. No ocurre interpretación alguna. No es posible revisión alguna.
5. Nada en esta secuencia se argumenta. Nada en esta secuencia se demuestra. Nada en esta secuencia es susceptible de verificación.
6. La autoridad no se deriva de cargo, de ley ni de responsabilidad. La autoridad se asigna por disposición narrativa.
7. El orador recibe legitimidad moral por reconocimiento únicamente. La ley es desplazada por el espectáculo. El público es situado como testigo de un veredicto que precede a la deliberación. El silencio es tratado como confirmación. La inmovilidad es tratada como consentimiento.
8. Lo que aparece como denuncia funciona como sustitución.
9. El lugar de las instituciones es ocupado por una voz. El lugar del argumento es ocupado por la proclamación. El lugar del juicio es ocupado por la reacción.
10. El resultado no es persuasión. El resultado es conversión.
11. Los ciudadanos no son interpelados como agentes capaces de impugnar afirmaciones. Los ciudadanos son interpelados como espectadores invitados a recibir una escena moral cuyo significado ha sido fijado de antemano.
12. Cuando un testimonio inventado es recibido como registro político, el límite entre acontecimiento y deseo desaparece. Cuando el espectáculo es tratado como veredicto, la corrección pierde autoridad. Cuando la conciencia es producida como actuación, ninguna institución permanece capaz de restringir a la conciencia.
13. Esto no es desinformación en el sentido ordinario.
14. Este fenómeno es la sustitución del juicio por autoridad fabricada.
15. La autoridad se adhiere ordinariamente a un cargo antes de adherirse a una voz, porque el cargo proporciona los límites bajo los cuales el discurso puede reclamar consecuencia. Existe un tribunal, por eso habla un juez. Existe una cámara, por eso habla un legislador. Existe una administración, por eso habla un ejecutivo. En cada caso la legitimidad precede a la enunciación, y el público puede localizar la responsabilidad localizando el foro en el que se formula la afirmación.
16. El texto aquí examinado invierte ese orden. El texto presenta una voz cuya legitimidad no se funda en ningún cargo que pueda nombrarse, en ninguna jurisdicción que pueda definirse ni en ningún foro que pueda reconocerse. No se declara delegación alguna. No es visible mandato alguno. No se asume responsabilidad alguna. Sin embargo, la voz habla como si estuviera habilitada para dictar sobre materias cuya fuerza depende, en la vida cívica ordinaria, de promulgación, interpretación y revisión.
17. Esta inversión importa porque el cargo establece el ámbito bajo el cual una afirmación puede operar, la jurisdicción fija el alcance de los efectos, y el procedimiento somete tanto el ámbito como el alcance a impugnación y registro. Una afirmación que surge bajo estas restricciones puede ser impugnada porque la legitimidad puede ser impugnada. La afirmación aquí no surge bajo restricción; la afirmación surge por recepción. La legitimidad depende del reconocimiento en lugar de la jurisdicción, y el reconocimiento no es una categoría cívica que admita examen.
18. Puede disputarse un mandato. Puede negarse la jurisdicción de un tribunal. Puede invocarse el procedimiento y exigir réplica. El reconocimiento no ofrece instrumento equivalente. El reconocimiento confiere autoridad sin especificar alcance, y el reconocimiento permite que una voz se presente como conciencia sin aceptar las obligaciones que hacen a la conciencia responsable en la vida pública.
19. El efecto no es meramente que una voz hable fuera de cargo. El efecto es que el papel del cargo es reemplazado. En un sistema en el que la legitimidad precede al discurso, el discurso puede limitarse porque el foro puede limitarse. En un sistema en el que la legitimidad sigue al discurso, el discurso se expande hasta que algo externo impone un límite.
20. El texto no se apoya en límite alguno de esa naturaleza. El texto presenta la legitimidad moral como completa en el momento de la enunciación, y el texto trata la recepción como confirmación. El público es situado menos como un público capaz de impugnar que como un testigo de una proclamación cuya autoridad se presume en lugar de ganarse.
21. En tal disposición la pretensión de hablar conlleva consecuencia sin jurisdicción, y la autoridad aparece allí donde ninguna institución puede ser identificada como fuente de autoridad.
22. La autoridad que no surge de cargo no puede apoyarse en procedimiento. El procedimiento requiere foro. El foro requiere jurisdicción. La jurisdicción requiere mandato. Ninguno está presente aquí.
23. La afirmación por tanto no procede por secuencia. La afirmación procede sin premisas, sin fundamentos y sin anticipación de réplica. La enunciación no argumenta. La enunciación proclama.
24. Lo que ordinariamente requeriría promulgación es declarado completo. Lo que ordinariamente requeriría interpretación es declarado resuelto. Lo que ordinariamente requeriría revisión es presentado como definitivo. El veredicto precede al foro.
25. Esta inversión altera la función misma del discurso. El discurso ya no busca asentimiento mediante razonamiento. El discurso produce asentimiento por declaración. El juicio ya no sigue a la deliberación. El juicio se instala antes de que la deliberación pueda ocurrir.
26. Una vez que la proclamación es recibida como veredicto, la prueba se vuelve irrelevante.
27. Una vez que el argumento es retirado de la secuencia, el asentimiento ya no surge del juicio. El asentimiento surge del reconocimiento. La afirmación no pide ser examinada. La afirmación pide ser recibida. La fuerza de la afirmación depende menos de lo que la afirmación establece que de a quién la afirmación se dirige.
28. El público no es invitado a considerar si el veredicto se sigue de la ley ni si la autoridad invocada posee legitimidad para dictar. El público es invitado a reconocerse en el veredicto.
29. Este desplazamiento altera la función del acuerdo. En ámbitos deliberativos, el asentimiento sigue a la impugnación. Uno acepta una conclusión porque ha sopesado una afirmación frente a alternativas. Aquí, el asentimiento precede a cualquier ponderación. El veredicto llega ya formado, y la recepción suministra confirmación.
30. El acuerdo ya no señala convicción, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición.
31. El reconocimiento, en esta disposición, realiza el trabajo que antes realizaba el argumento. Aceptar la afirmación es afirmar pertenencia a una posición moral ya definida. El veredicto no obliga porque el veredicto sea correcto. El veredicto obliga porque el veredicto identifica.
32. Quienes reciben el veredicto no lo hacen como jueces de coherencia, sino como participantes en la postura que el veredicto confiere. La afirmación triunfa no persuadiendo a adversarios, sino consolidando a quienes ya están dispuestos a aceptarla.
33. Esta función explica la ausencia de procedimiento. La deliberación introduciría fractura. La impugnación introduciría diferenciación. La revisión expondría divergencia. Ninguna sirve al propósito en curso.
34. La afirmación por tanto elude toda etapa en la que pudiera aparecer el desacuerdo. La afirmación ofrece en su lugar un juicio ya concluido cuyo efecto principal es ordenar reconocimiento y rechazo.
35. El resultado no es creencia en el sentido ordinario, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición. Asentir es adoptar una posición dentro de una alineación moral cuyos límites son trazados por la recepción misma. Quienes aceptan son confirmados. Quienes dudan son marcados.
36. La autoridad, en esta forma, no gobierna por medio de la ley. La autoridad gobierna por identificación.
37. Una vez que la legitimidad es conferida por recepción, los límites restantes no pueden sostenerse.
38. Una vez que la autoridad es producida de esta manera, la sustitución se vuelve inevitable. En esta disposición el cargo cede ante la presencia, la jurisdicción cede ante el reconocimiento, el procedimiento cede ante la proclamación, y el juicio cede ante la reacción, hasta que ningún límite permanece capaz de detener la expansión que sigue.
39. Cada sustitución elimina un límite. Cada sustitución amplía el alcance. Cada sustitución disuelve responsabilidad.
40. Lo que permanece es una forma de autoridad que no puede ser impugnada porque no permanece foro alguno en el que pueda ocurrir impugnación.
41. La consecuencia para la ciudadanía sigue directamente. Un ciudadano participa ordinariamente en el juicio sopesando afirmaciones, impugnando legitimidad e invocando procedimiento. Aquí, ese papel desaparece. El ciudadano ya no es situado como participante en deliberación. El ciudadano es situado como receptor de veredicto.
42. La agencia cede ante la recepción, el juicio cede ante la alineación y la responsabilidad cede ante la lealtad, hasta que el desacuerdo mismo ya no puede aparecer como acto cívico.
43. En esta postura el desacuerdo deja de ser un acto cívico. El desacuerdo se vuelve una ruptura de afiliación. La duda se vuelve deslealtad. La corrección se vuelve defección.
44. Una vez que el juicio es desplazado de este modo, la reparación se vuelve imposible. La corrección presupone foro. La revisión presupone jurisdicción. La réplica presupone legitimidad. Ninguna permanece disponible.
45. Un veredicto que llega sin foro no puede ser devuelto a impugnación. Una autoridad que surge sin cargo no puede ser sometida a revisión. Una afirmación que gobierna mediante reconocimiento únicamente no puede ser corregida sin amenazar la pertenencia misma.
46. La persistencia de la fabricación no sigue de confusión, sino de función. La fabricación perdura porque la fabricación estabiliza alineación. La fabricación circula porque la fabricación confirma posición. La fabricación resiste corrección porque la corrección disolvería la postura que la fabricación sostiene.
47. La autoridad, una vez separada de cargo y restricción, no desaparece. La autoridad reaparece en forma alterada. El veredicto se separa del foro. La conciencia se separa de la responsabilidad. El asentimiento se separa de la deliberación.
48. Lo que permanece es una pretensión de gobernar sin jurisdicción.
49. Esto no es la corrupción del juicio. Esto es desplazamiento.
50. El juicio ya no se ejerce. El juicio se produce.