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« Eje IV: La historia como reconstrucción contingente »

September 15, 2026
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

Las personas aprenden sobre el pasado a través de lo que otros les cuentan.  Los padres relatan tiempos anteriores,  los docentes explican los acontecimientos en secuencia,  las autoridades emiten declaraciones,  y las comunidades preservan relatos que explican qué ocurrió y por qué fue importante.  Estos relatos no presentan el pasado en su totalidad.  Seleccionan ciertos hechos,  los conectan entre sí,  y les otorgan peso,  mientras dejan otros de lado.  Con el tiempo,  estas explicaciones se convierten en formas familiares de comprender de dónde provienen las cosas.

 

A medida que las circunstancias cambian,  las personas regresan a estos mismos relatos para dar sentido a nuevas situaciones.  Sin descubrir hechos nuevos,  los narradores pueden enfatizar acontecimientos distintos,  establecer nuevas conexiones,  o describir los mismos resultados bajo una luz diferente.  Un episodio mencionado brevemente puede llegar a considerarse decisivo.  Un resultado antes descrito como accidental puede explicarse luego como necesario.  Lo que cambia no es lo ocurrido,  sino la manera en que las personas lo organizan y lo invocan.

 

Quienes relatan el pasado lo hacen desde sus propias posiciones.  Cada relato refleja lo que su emisor puede ver,  recordar,  y explicar.  Nadie posee el cuadro completo.  La autoridad no surge porque un relato individual sea completo o neutral.  La autoridad surge cuando múltiples relatos comienzan a superponerse.  Cuando distintas personas,  hablando desde posiciones diferentes,  se refieren a los mismos hechos de manera similar,  sus relatos se refuerzan mutuamente.  Lo que adquiere peso no es un punto de vista privilegiado,  sino un patrón de referencias que se vuelve más fácil de repetir,  enseñar,  y utilizar.

 

Por ello,  la continuidad no se descubre en el pasado,  sino que se ensambla a posteriori.  Las personas trazan líneas entre acontecimientos que no fueron vividos como conectados en su momento.  Los períodos reciben nombres,  se identifican puntos de inflexión,  y se asignan comienzos solo después de que desarrollos posteriores hacen que tales disposiciones parezcan sensatas.  La coherencia que presenta la historia refleja cómo los hechos se organizan en retrospectiva,  no cómo fueron vividos mientras se desarrollaban.

 

La autoridad histórica no crece solo por añadir más datos.  Crece al estabilizar una forma de ordenar esos datos.  Una vez que un ordenamiento particular se vuelve familiar,  sirve como punto de referencia.  Otras explicaciones no se descartan por carecer de información,  sino porque no encajan en la forma predominante de conectar los hechos.  La autoridad se adhiere al arreglo que se sostiene,  no al archivo en sí.

 

A medida que los principios utilizados para organizar el pasado se modifican,  la autoridad se desplaza silenciosamente con ellos.  Las mismas fechas,  nombres,  y acontecimientos permanecen visibles,  pero sus relaciones e implicaciones cambian.  Debido a que los detalles superficiales persisten,  la reorganización más profunda suele pasar desapercibida.  Lo que cambia no es el registro,  sino la lógica mediante la cual el registro se vuelve inteligible.

 

La historia,  por lo tanto,  no ofrece un relato fijo de lo ocurrido.  Ofrece una manera de dar sentido a lo ocurrido que perdura el tiempo suficiente para orientar la comprensión y la acción en el presente.  Esa coherencia permanece condicionada por las circunstancias que la sostienen.  Cuando esas condiciones cambian,  los relatos históricos no desaparecen,  sino que se reorganizan.  La autoridad persiste no porque el pasado haya quedado resuelto,  sino porque un determinado ordenamiento continúa funcionando.

 

La historia adquiere autoridad no al fijar el pasado,  sino al estabilizar un arreglo de acontecimientos que puede perdurar el tiempo suficiente para orientar el juicio,  aun cuando los principios que producen ese arreglo continúan cambiando.