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La guerra, la división, la desconfianza y la incertidumbre no solo alteran a una sociedad. Bajo una exposición sostenida a la amenaza, ya sea externa o interna, una sociedad puede orientarse gradualmente hacia la protección como su postura cívica principal. Lo que comienza como prudencia puede endurecerse en hábito. Lo que comienza como defensa puede convertirse en derecho asumido.
La amenaza a veces es real. Las personas son agredidas. Los hogares son invadidos. Ningún sistema de vigilancia gubernamental puede cubrir cada momento privado. En casos extremos, cualquier ciudadano puede actuar de manera proporcionada para preservar la vida. Tales momentos son trágicos e inmediatos, pero las emergencias no pueden definir la estructura de una sociedad, porque el orden cívico debe construirse sobre condiciones generales y no sobre eventos excepcionales.
Las armas, en este contexto, no son solo instrumentos de defensa. También se adoptan en respuesta a la inseguridad. Un arma promete capacidad de defensa cuando las instituciones parecen distantes o demoradas. Sin embargo, ningún instrumento puede abolir la vulnerabilidad. El riesgo no puede eliminarse. Cuando las armas de defensa se utilizan no solo en emergencias sino también como una fuente habitual de tranquilidad, la expectativa supera la realidad porque ningún instrumento puede eliminar el riesgo. Cuando el riesgo persiste, la demanda de tranquilidad aumenta en lugar de disminuir.
En los Estados Unidos, la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, ratificada en 1791, inscribió el derecho a portar armas en el lenguaje constitucional. Esa inscripción alteró el carácter del debate. Una medida formulada en un contexto histórico específico se convirtió en una reclamación constitucional permanente. El derecho ahora se defiende dentro de la identidad cívica y la posición política incluso cuando la justificación histórica original ya no se acepta como determinante. Cuando el lenguaje constitucional se trata como permiso sin proporción, la protección desplaza la limitación y la mediación se debilita.
Sigue un patrón recursivo. La amenaza percibida justifica la expansión defensiva. La expansión defensiva aumenta la vigilancia. La vigilancia sostenida mantiene la percepción de amenaza. El instrumento destinado a casos extremos se convierte en parte de la expectativa ordinaria. Lo que estaba destinado a la emergencia se vuelve rutinario. La herramienta no crea inseguridad; sostiene la ilusión de que la inseguridad puede dominarse de forma permanente. La lógica se asemeja a la de naciones rivales involucradas en la acumulación de armas, donde la posesión se defiende como protección mientras la condición subyacente de vulnerabilidad permanece sin cambios.
La distribución de la capacidad letal y la preparación normalizada se desarrollan juntas. Incluso cuando no se empuña ningún arma, la normalización de la capacidad letal altera el desacuerdo cívico, porque la posibilidad permanente de fuerza pasa a formar parte de la interacción ordinaria. La sospecha se convierte en hábito. El hábito altera la manera en que los ciudadanos se encuentran en público y configura las condiciones bajo las cuales se desarrolla el desacuerdo.
A nivel de naciones, la era nuclear produjo una lógica paralela de tranquilidad basada en la capacidad destructiva. La doctrina estratégica de la Destrucción Mutua Asegurada buscó estabilidad mediante vulnerabilidad recíproca, suponiendo que la certeza de una represalia catastrófica impediría la escalada. Sin embargo, incluso tales sistemas dependen en última instancia de un juicio ininterrumpido dentro de complejas estructuras de mando. Durante la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, el lanzamiento de un torpedo nuclear desde el submarino soviético B-59 fue evitado solo cuando el oficial Vasily Arkhipov se negó a autorizarlo. El episodio muestra que los sistemas construidos sobre capacidad catastrófica pueden parecer estables mientras dependen de momentos de contención individual que ninguna doctrina puede garantizar. En tales momentos la lógica mecánica de la fuerza puede ser interrumpida por un solo acto de reconocimiento: una persona que reconoce una condición humana compartida que ningún sistema de poder puede anular.
La proporcionalidad sigue siendo decisiva porque la escala altera la consecuencia. Un instrumento adecuado para repeler una agresión inmediata difiere categóricamente de un armamento capaz de una letalidad rápida e indiscriminada. Cuanto mayor es la capacidad destructiva, mayor es la necesidad de regulación. Los derechos operan dentro de estructuras que establecen límites; no los suspenden. Cuando la capacidad letal se normaliza ampliamente, el uso indebido a gran escala se vuelve estructuralmente posible en lugar de excepcional. Si las armas se tratan como una fuente habitual de tranquilidad, los episodios recurrentes de violencia masiva exponen los límites de esa tranquilidad en lugar de resolver la inseguridad.
La cuestión más profunda concierne al poder colectivo y la fuerza instrumental. El poder colectivo surge cuando los ciudadanos actúan juntos dentro de un marco compartido que presupone que el conflicto se resolverá sin violencia. La fuerza instrumental opera mediante el uso de mecanismos defensivos que no requieren acuerdo más allá de su utilización. Cuando aumenta la dependencia de tales mecanismos, la acción política compartida disminuye porque la tranquilidad se desplaza de las instituciones hacia la capacidad individual.
La defensa responde a la amenaza en momentos particulares. La libertad requiere una confianza duradera en que tales momentos permanecerán excepcionales y no permanentes. Una comunidad organizada principalmente en torno a la anticipación permanente de la amenaza altera su carácter porque la precaución comienza a reemplazar la confianza en la mediación. La soberanía se desplaza de las instituciones compartidas hacia la posesión individual. La tranquilidad se individualiza. Se debilita la presunción de que los conflictos serán gestionados mediante procesos comunes.
El argumento no niega la realidad de la amenaza ni la tragedia de la autodefensa inmediata. Establece que armarse con armas de defensa no puede servir como fundamento estable de la tranquilidad cívica, porque el orden cívico depende de la mediación, los límites compartidos y la aceptación de que la vulnerabilidad no puede abolirse. El pensamiento de emergencia no puede convertirse en pensamiento normal. La tarea no es abolir la defensa sino impedir que la defensa defina la gramática de la convivencia.
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Ricardo F. Morín
March 4, 2026
Oakland Park, Florida
