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« Legitimidad »

July 16, 2026
Ricardo F. Morin
CGI 2026

La vida no comienza con el poder.  Comienza con la dependencia.  Antes de que un ser humano sea capaz de juzgar, elegir, consentir o resistir, su existencia ya transcurre dentro de vínculos de los cuales depende su supervivencia.  Nadie comparece al mundo investido de autonomía.  Toda vida humana comienza sostenida por la acción de otro.

La dependencia, sin embargo, no basta para explicar la autoridad.  Quien posee mayor fuerza puede preservar la vida ajena, abandonarla o destruirla.  La sola superioridad física no permite comprender la índole de la relación gracias a la cual la vida humana llega ordinariamente a desarrollarse.  Si la fuerza gobernara por sí sola el vínculo entre quien necesita protección y quien puede otorgarla, el cuidado dejaría de distinguirse del dominio.

El cuidado comienza a revelarse como algo distinto del dominio en una experiencia tan cotidiana que rara vez se convierte en objeto de reflexión.  El niño va descubriendo paulatinamente un mundo en el que la orientación recibida no se vive únicamente como una limitación impuesta desde fuera, sino como una guía que corresponde a quien la ejerce.  Antes de convertirse en objeto de comprensión, la autoridad constituye una experiencia vivida.  Su primera aparición no adopta la forma del mandato, sino la del cuidado.

El cuidado hace posible una dependencia que la fuerza jamás podría producir:  una dependencia que no extingue la libertad futura, sino que prepara su aparición.  La orientación recibida resulta inteligible porque se ejerce en beneficio de la vida que todavía se encuentra en formación y no para satisfacer el interés inmediato de quien dispone de mayor poder.

El poder y la autoridad intervienen conjuntamente en el desarrollo de la vida civilizada.  El poder designa la capacidad de actuar.  La autoridad designa el derecho reconocido para orientar, dirigir, juzgar o decidir.  Ambas realidades pueden concurrir en una misma persona, pero ninguna implica necesariamente la existencia de la otra.  Puede existir poder desprovisto de autoridad, del mismo modo que la autoridad puede subsistir aun cuando el poder haya disminuido considerablemente.

La obediencia tampoco resuelve el problema.  Los seres humanos obedecen por motivos muy diversos.  Obedecen porque temen el castigo.  Obedecen porque la costumbre ha vuelto invisibles las alternativas.  Obedecen porque el engaño ha ocultado la verdadera naturaleza de lo que se les exige.  Obedecen porque toda resistencia parece inútil.  Ninguna de estas circunstancias constituye autoridad.  Todas ellas explican únicamente la sumisión.

La autoridad sólo comienza allí donde el reconocimiento llega a ser posible.  La orientación de quien guía debe poseer un título que haga justificable su reconocimiento con independencia de la fuerza.  Quien acepta la orientación de otro no se limita a ceder ante una voluntad más poderosa.  Reconoce que esa orientación posee un título que excede el simple hecho de poder imponerla.

Ese reconocimiento constituye la legitimidad.  La legitimidad no se identifica con la eficacia, la popularidad, el éxito, la antigüedad ni la duración.  Tampoco nace de la mera afirmación de quien reclama obediencia.  Designa la condición bajo la cual la autoridad puede ser reconocida como debida y no simplemente como existente.

Por depender del reconocimiento y no de la posesión del poder, la legitimidad resulta más frágil que el propio poder.  La fuerza puede permanecer intacta cuando la legitimidad ya ha comenzado a desaparecer.  Los ejércitos pueden seguir obedeciendo.  Las instituciones pueden continuar funcionando.  Las leyes pueden seguir aplicándose.  Sin embargo, el fundamento del reconocimiento ya ha cambiado:  lo que antes era reconocido como debido comienza a experimentarse únicamente como impuesto.

Desde ese momento, las relaciones humanas empiezan a transformarse sin estridencia.  La orientación se aproxima a la coacción.  La confianza cede su lugar al cálculo.  La responsabilidad empieza a confundirse con el control.  La enseñanza se aproxima al adoctrinamiento.  El juicio comienza a percibirse como dominación.  La autoridad permanece visible, mientras la inteligibilidad que antes la hacía reconocible se desvanece progresivamente.  Un hijo puede seguir obedeciendo a su padre por hábito mucho después de haber dejado de confiar en su juicio.  Desde fuera, el vínculo entre el padre y el hijo apenas parece haber cambiado.  Las mismas palabras siguen pronunciándose.  Las mismas decisiones continúan siendo acatadas.  Sin embargo, aquello que sostenía interiormente la autoridad ya ha comenzado a desaparecer.

La desaparición de la legitimidad no provoca un derrumbe inmediato de la convivencia.  Las relaciones humanas comienzan a reorganizarse conforme a recursos que ya no descansan en el reconocimiento.  Allí donde el reconocimiento deja de sostener la autoridad, aparecen recursos destinados a sustituirlo.  La fuerza intenta compensar lo que el reconocimiento ya no concede.  El temor procura asegurar la obediencia que la confianza ha retirado.  La costumbre prolonga prácticas que ya casi no descansan en el reconocimiento.  La manipulación fabrica la apariencia del consentimiento cuando el reconocimiento auténtico ha dejado de existir.

Ninguno de esos recursos, sin embargo, constituye autoridad.  La fuerza obtiene conductas, pero no reconocimiento.  El temor silencia la resistencia, pero no produce asentimiento.  La costumbre prolonga formas cuya inteligibilidad se ha debilitado.  La manipulación imita la legitimidad porque ya no puede producirla.  Todos esos recursos dependen de la ausencia del reconocimiento que pretenden reemplazar.

¿Qué hace posible que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin reducir ese reconocimiento a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación?  Toda forma posterior de autoridad recibirá su inteligibilidad de la respuesta ofrecida a esa pregunta.

La primera manifestación de la autoridad permanece inseparable del cuidado porque la vida todavía depende de la presencia constante de otro.  Con el crecimiento del niño, sin embargo, la dependencia comienza a modificarse.  La supervivencia deja de ocupar el centro de la relación.  Poco a poco ese lugar pasa a ser ocupado por la comprensión.

Ninguna experiencia permite advertir con mayor claridad que el lenguaje cómo la supervivencia deja de ocupar el centro de la dependencia y la comprensión comienza a ocupar su lugar.  Ningún niño inventa la lengua mediante la cual el mundo comienza a hacerse inteligible.  Las palabras son recibidas antes de ser utilizadas.  Los significados son reconocidos antes de ser examinados.  La gramática es obedecida mucho antes de poder ser explicada.  Todo acto de habla presupone, por consiguiente, una herencia que ningún individuo ha producido por sí mismo.

La transmisión de esa herencia no puede obtenerse por la fuerza.  Un niño puede ser obligado a repetir una palabra, pero la repetición no equivale todavía a la comprensión.  El lenguaje llega a ser propio porque la corrección acaba siendo reconocida como algo distinto de la imposición.  El niño no reproduce simplemente sonidos.  Aprende que ciertas palabras nombran el mundo con mayor fidelidad que otras.  La corrección, por ello mismo, remite siempre a una realidad que trasciende a quien corrige.

Con la adquisición del lenguaje también cambia la naturaleza de la autoridad.  La dependencia propia de la primera infancia deja de constituir su fundamento principal.  La autoridad comienza ahora a surgir de la participación compartida en un orden que precede tanto al maestro como al discípulo.  La lengua existía antes de ambos.  Ninguno puede atribuírsela como propiedad exclusiva.  Ambos permanecen sometidos a la misma estructura que hace posible la comunicación.

La enseñanza del lenguaje, por esa razón, nunca puede reducirse al ejercicio de un mandato.  Quien corrige una expresión responde, en último término, ante la lengua misma y no únicamente ante su propia voluntad.  La legitimidad de la corrección no nace del deseo del hablante, sino de la fidelidad con que la palabra transmitida corresponde al idioma compartido.  La autoridad deja entonces de apoyarse principalmente en la persona que enseña y comienza a descansar en la realidad a la cual esa persona permanece subordinada.

La autoridad puede ser reconocida aun cuando desaparezca la dependencia personal que caracterizaba los primeros años de la vida.  El niño empieza a descubrir que alguien merece ser escuchado, no porque sea más fuerte ni porque continúe dispensándole cuidado, sino porque le permite acceder con fidelidad a una realidad que existe independientemente de ambos.  El reconocimiento deja así de dirigirse exclusivamente hacia la persona para orientarse hacia aquello que esa persona hace accesible.

La orientación del reconocimiento hacia la realidad transmitida, y no exclusivamente hacia la persona que la transmite, altera profundamente la experiencia humana.  La autoridad ya puede ser examinada sin quedar por ello abolida.  La corrección también puede ser corregida.  El maestro puede equivocarse.  Ni el examen de la autoridad, ni la corrección de lo enseñado, ni el error del maestro destruyen la legitimidad de la enseñanza, porque la legitimidad ya no reside exclusivamente en quien enseña, sino en la fidelidad con que transmite aquello que lo trasciende.

Sobre el desplazamiento de la autoridad desde la persona que transmite hacia la integridad de lo transmitido comienza a edificarse la civilización.  Una vez que la autoridad pasa a ser atribuible a la integridad de lo transmitido y no simplemente a quien lo transmite, se hacen posibles todas las formas superiores de aprendizaje.  La educación, la investigación científica, la vida moral, el juicio y el gobierno constitucional reproducirán, cada uno en su propio ámbito, la subordinación de la autoridad a una realidad anterior que gobierna su ejercicio y hace posible su reconocimiento.

El lenguaje, sin embargo, todavía no constituye educación.  Proporciona únicamente la posibilidad de comunicar la comprensión sobre la cual podrá actuar la educación.  Gracias al lenguaje la comprensión puede comunicarse.  La educación persigue un propósito distinto:  la formación deliberada del entendimiento.

Un maestro corrige un razonamiento equivocado.  El alumno advierte primero el error en su respuesta antes de comprender plenamente la verdad de la explicación recibida.  La corrección no exige únicamente obediencia.  Exige la confianza suficiente para aceptar que otro puede conducir el entendimiento hacia una realidad que todavía no alcanza a ver.  Con la educación aparece una nueva modificación de la autoridad.  El niño ya no depende del adulto únicamente para habitar una lengua compartida, sino para acceder a saberes cuya adquisición resulta imposible mediante la sola experiencia individual.  Cada generación recibe un mundo cuya complejidad rebasa inmensamente la duración de cualquier existencia humana.  La educación existe porque ningún hombre puede comenzar siempre desde el principio.

Por ello, la autoridad del educador no puede derivarse de la edad, del cargo o de la pertenencia a una institución.  Ninguna de esas circunstancias confiere, por sí sola, el derecho de orientar la inteligencia ajena.  El maestro adquiere legitimidad únicamente cuando hace accesible un conocimiento cuya validez no procede de él mismo.  Allí donde la enseñanza convierte al profesor en el verdadero objeto del aprendizaje, la educación ha dejado ya de existir.

La formación intelectual exige, por ello, una disciplina común al maestro y al discípulo.  El maestro responde ante la verdad de aquello que enseña.  El discípulo responde ante el esfuerzo requerido para comprenderlo.  Ninguno gobierna unilateralmente la relación educativa porque ambos comparecen ante un conocimiento que ninguno ha creado.

Por ello la educación difiere radicalmente del adoctrinamiento.  El adoctrinamiento busca la adhesión al maestro o la permanencia de una doctrina con independencia de que ésta conserve su inteligibilidad.  La educación persigue un fin opuesto.  Busca que el discípulo llegue a reconocer la verdad incluso cuando ese reconocimiento termine por superar el entendimiento del propio maestro.  El éxito de la enseñanza consiste en hacer progresivamente menos necesaria la autoridad de quien enseñó.

La educación pone así de manifiesto uno de los rasgos menos advertidos de la autoridad legítima.  Cuanto más fielmente se transmite el conocimiento, menos depende el discípulo de la persona que actuó como mediadora.  La educación no perpetúa la dependencia.  Prepara la autonomía sin destruir la legitimidad de la relación gracias a la cual esa autonomía llegó a ser posible.

La autoridad legítima y la dominación revelan aquí con mayor claridad las direcciones opuestas hacia las cuales se orientan.  La dominación necesita perpetuarse porque depende de la subordinación continua de quien permanece sometido.  La autoridad legítima, por el contrario, trabaja para que el reconocimiento pueda sostenerse finalmente por sí mismo.  No teme la madurez intelectual del discípulo porque jamás buscó poseerlo, sino formarlo.

Cuando la enseñanza intenta impedir el examen, desalienta la corrección o procura prolongar indefinidamente la dependencia del discípulo, comienza a apartarse de la subordinación al conocimiento que justificaba su autoridad.  La corrupción comienza cuando el maestro deja de reconocerse subordinado al conocimiento que transmite y exige ser reconocido por la sola permanencia de su autoridad.

Del desplazamiento de la legitimidad educativa desde la persona del maestro hacia la fidelidad al conocimiento surge una nueva interrogante.  Si la legitimidad de la educación depende de la fidelidad al conocimiento y no exclusivamente del educador, ¿qué hace posible que el conocimiento posea autoridad sin convertirse en otra forma de poder institucional?  Esa pregunta conduce naturalmente desde la educación hacia la investigación científica.

Un investigador dedica años a desarrollar una hipótesis.  Los resultados de nuevos experimentos terminan contradiciéndola.  Puede ignorarlos para preservar su prestigio o reconocer públicamente que la realidad ha desmentido sus conclusiones.  Esa decisión permite advertir si el investigador permanece subordinado a las pruebas obtenidas o si utiliza la autoridad institucional de la ciencia para preservar su propio prestigio.  La investigación científica nace de la obligación de someter las conclusiones del investigador a las pruebas capaces de desmentirlas.  Ninguna proposición adquiere verdad porque haya sido formulada por un investigador prestigioso, aprobada por una institución de renombre o aceptada por la mayoría de los especialistas.  La autoridad de la ciencia no procede de quienes la ejercen.  Procede de la disciplina mediante la cual toda afirmación permanece expuesta al examen, a la reproducción, a la rectificación o al rechazo por parte de otros.  El científico comparece así bajo las mismas exigencias a las que somete cada una de sus conclusiones.

Por esa razón, la autoridad científica posee un carácter singular.  La posibilidad del error no la debilita; constituye una de las condiciones que hacen posible su legitimidad.  Una investigación permanece científicamente legítima porque admite la corrección pública de sus propios resultados.  El error pertenece a la vida ordinaria de la ciencia.  Lo que deslegitima la investigación no es equivocarse, sino sustraer las conclusiones al procedimiento mediante el cual podrían demostrarse equivocadas.

Una conclusión errónea no destruye la autoridad de la ciencia mientras permanezca expuesta a ser demostrada y corregida mediante los mismos procedimientos que justifican la investigación.  El error adquiere otra naturaleza cuando el examen deja de ser posible, cuando el prestigio institucional sustituye la demostración o cuando se exige asentimiento al margen de toda verificación ulterior.  En ese instante el investigador deja de mediar el conocimiento de la realidad para comenzar a mediar el reconocimiento de sí mismo.

La autoridad científica, por consiguiente, nunca reside en el científico.  Reside en la fidelidad permanente de la investigación respecto de la realidad que procura comprender.  El investigador conserva autoridad únicamente mientras permanezca sometido a esa realidad.  Desde el momento en que pretende sustraerse a esa subordinación, la legitimidad comienza a retirarse, aun cuando el poder institucional de la ciencia permanezca aparentemente intacto.

La tentación descubierta en la investigación científica no pertenece exclusivamente a la ciencia.  Toda institución duradera acaba enfrentándose al peligro de confundir la conservación de su propia autoridad con la conservación de la realidad que inicialmente justificó su existencia.  Las instituciones rara vez pierden legitimidad por ejercer autoridad.  Comienzan a perderla cuando su principal preocupación deja de ser aquello que les fue confiado y pasa a ser su propia permanencia.  La fidelidad cede entonces ante la autoconservación.  La mediación termina convirtiéndose en autorreferencia.  La autoridad, que antes permitía ver con transparencia aquello que la justificaba, comienza lentamente a oscurecerlo.

La investigación científica conduce así al problema de la autoridad moral.  Si la ciencia recibe legitimidad de su fidelidad a la verdad, ¿rige una estructura semejante aquellas formas de autoridad que no pueden demostrarse experimentalmente y que, sin embargo, resultan indispensables para la convivencia?  Esa pregunta introduce el problema de la autoridad moral.

Quien exhorta a los demás a decir la verdad termina siendo descubierto en una mentira.  El principio permanece.  La autoridad de quien lo invocaba desaparece.  Esa experiencia cotidiana introduce una pregunta distinta de todas las anteriores.  ¿Qué hace que una persona llegue legítimamente a orientar la conciencia de otra?  La autoridad moral presenta mayores dificultades que la autoridad científica porque los bienes a los cuales se refiere no pueden reproducirse mediante experimentos ni reducirse a mediciones.

La respuesta no puede encontrarse en la intensidad de las convicciones.  Toda sociedad conoce individuos que proclaman la virtud mientras desmienten con su conducta aquello mismo que afirman.  Ni la elocuencia, ni la reputación, ni el prestigio, ni el cargo confieren por sí solos autoridad moral.  Antes de que un juicio sobre el bien merezca reconocimiento debe existir una correspondencia entre la vida de quien habla y los principios que invoca.

La integridad hace visible esa correspondencia.  No garantiza que cada juicio resulte verdadero.  Tampoco convierte a nadie en ejemplo perfecto.  Permite, más bien, que la autoridad moral llegue a ser inteligible porque quien exhorta permanece igualmente sometido a las normas cuya observancia propone a los demás.  Lo que los seres humanos reconocen no es la perfección, sino la coherencia.

Por ello la hipocresía posee una fuerza disolvente incomparable.  No destruye el principio moral invocado.  Destruye la autoridad de quien pretende hablar en su nombre.  Una exigencia moral puede conservar íntegramente su verdad mientras desaparece el derecho de determinada persona a formularla.  La contradicción no reside en el principio, sino en la ruptura entre ese principio y la conducta de quien lo invoca.

También aquí conviene distinguir cuidadosamente entre el error y la corrupción.  Una persona moralmente seria puede equivocarse, rectificar o descubrir retrospectivamente la insuficiencia de sus propios juicios.  Mientras continúe sometida a los principios que reconoce, la legitimidad permanece intacta.  La hipocresía no constituye un error moral susceptible de rectificación, sino la reclamación deliberada de una excepción respecto de las normas impuestas a los demás.  Desde ese instante el principio deja de gobernar la conducta de la persona, y la persona comienza a gobernar el principio.

La experiencia acumulada hasta aquí deja al descubierto una constante.  El padre permanece subordinado al bien del hijo.  El maestro permanece subordinado al conocimiento.  El investigador permanece subordinado a la verdad.  Quien habla en nombre del bien permanece subordinado a los principios que propone.  En ninguno de esos casos la autoridad nace de una superioridad personal.  Nace de la fidelidad sostenida a una realidad anterior y superior a quien la ejerce.

Cuando esa subordinación se invierte, la corrupción comienza a manifestarse sin ruptura visible.  El bien deja de gobernar la conducta.  La verdad deja de gobernar la investigación.  El conocimiento deja de gobernar la enseñanza.  Los principios dejan de gobernar la conciencia.  Aquello que originalmente justificaba la autoridad comienza a ser utilizado para preservar la autoridad misma.  La persona se convierte en la fuente de la autoridad que antes recibía de la realidad a la cual permanecía subordinada.

Dos personas comparecen sosteniendo pretensiones incompatibles.  Ambas creen tener razón.  Ambas apelan a la justicia.  Ninguna puede decidir por sí misma cuál de las dos reclamaciones debe prevalecer.  Allí aparece por primera vez la necesidad del juicio.  La vida moral conduce así hacia otra exigencia todavía más compleja.  Allí donde varias personas sostienen pretensiones incompatibles entre sí, ya no basta orientar una conciencia individual.  Se hace necesario discernir entre derechos contrapuestos.  La necesidad de discernir entre derechos contrapuestos hace aparecer el juicio.

El juicio introduce una modalidad de autoridad distinta de todas las anteriores.  El padre orienta al hijo.  El maestro conduce al discípulo.  El investigador indaga la verdad.  Quien vive conforme a principios procura ordenar su propia conducta y orientar la de otros.  El juez, en cambio, comparece allí donde dos o más pretensiones incompatibles reclaman simultáneamente reconocimiento.  La autoridad deja entonces de situarse frente a una sola persona para colocarse entre personas cuyas reclamaciones deben ser ponderadas conforme a justicia.

La complejidad de esa función no modifica la estructura de la legitimidad.  Ningún juez adquiere autoridad por ocupar un estrado, vestir una toga o disponer del poder necesario para ejecutar sus decisiones.  Tales circunstancias hacen posible el ejercicio institucional del juicio, pero no explican por qué ese juicio merece ser reconocido como debido.  La autoridad judicial sólo llega a ser inteligible cuando quienes comparecen ante ella pueden reconocer que la decisión permanece sometida a la justicia y no a los intereses, preferencias o conveniencias del juzgador.

La imparcialidad, por consiguiente, no constituye una virtud añadida al ejercicio jurisdiccional.  Constituye una exigencia inherente al propio acto de juzgar.  Las partes no buscan únicamente una decisión.  Buscan una decisión cuya autoridad proceda de su conformidad con una justicia que ni el juez ni los litigantes han creado.  La justicia ocupa así el lugar hacia el cual apunta la autoridad judicial sin llegar jamás a convertirse en patrimonio de quien la ejerce.

Por esa razón, incluso la apariencia de parcialidad puede erosionar profundamente la legitimidad del juicio.  Cuando quienes acuden a los tribunales comienzan a percibir que las decisiones responden principalmente a los intereses del juez, de la institución o de cualquier poder exterior, la autoridad empieza a separarse de la justicia.  Las sentencias continúan dictándose.  La obediencia puede mantenerse.  La maquinaria judicial sigue funcionando.  Sin embargo, el reconocimiento deja paulatinamente de dirigirse hacia la justicia del fallo para orientarse hacia la fuerza que asegura su cumplimiento.

También en el juicio resulta indispensable distinguir entre el error y la pérdida de legitimidad.  Los jueces siguen siendo seres humanos cuya comprensión permanece necesariamente limitada.  Una sentencia equivocada no destruye por sí sola la autoridad judicial mientras el orden jurídico conserve procedimientos públicos capaces de corregirla.  La apelación, la revisión y el razonado disentimiento no debilitan la justicia.  Manifiestan que la función jurisdiccional continúa subordinada a ella.

La corrupción del juicio comienza en un lugar muy distinto.  Comienza cuando quien juzga deja de comprenderse como servidor de la justicia y empieza a comprender la justicia como aquello que confirma su propia autoridad.  El ejercicio jurisdiccional deja entonces de transparentar el derecho para comenzar a transparentar el poder del juzgador.  La fidelidad cede nuevamente ante la autorreferencia.  El cargo ocupa el lugar que antes correspondía a la justicia.

La reiteración de esa misma inversión ha reaparecido ya bajo formas sucesivas.  El cuidado degenera cuando convierte la vida ajena en objeto de posesión.  La educación degenera cuando sustituye la formación por el adoctrinamiento.  La investigación científica degenera cuando el prestigio reemplaza la demostración.  La autoridad moral degenera cuando los principios son utilizados para eximir de ellos a quien los invoca.  El juicio degenera cuando la justicia deja de constituir el término al cual permanece subordinada la autoridad judicial.

La reiteración del desplazamiento por el cual la autoridad ocupa el lugar de aquello que debía gobernarla revela que la reflexión ha alcanzado un umbral distinto.  Ya no se trata de examinar casos particulares de autoridad.  Lo que comparece ahora es la subordinación común de toda autoridad legítima a aquello que la precede y gobierna su ejercicio.  La cuestión deja de preguntar qué hace legítima a determinada autoridad para preguntar qué hace posible la legitimidad de toda autoridad.

El cuidado, el lenguaje, la educación, la investigación científica, la conciencia moral y el juicio pertenecen a ámbitos muy diversos de la experiencia humana.  El cuidado pertenece al comienzo de la vida.  El lenguaje hace posible un mundo compartido.  La educación transmite el conocimiento.  La investigación científica disciplina la búsqueda de la verdad.  La conciencia moral ordena la conducta.  El juicio restablece la justicia entre pretensiones enfrentadas.  Pese a esa diversidad, todas esas experiencias permanecen unidas por una misma estructura.

En ninguna de ellas la autoridad encuentra su origen en quien la ejerce.  El padre no constituye el bien del hijo.  El hablante no constituye la lengua.  El maestro no constituye el conocimiento.  El investigador no constituye la verdad.  La conciencia no constituye los principios morales.  El juez no constituye la justicia.  Cada uno recibe legitimidad únicamente mientras permanece fiel a aquello que le precede y que continúa gobernando el ejercicio de su autoridad.

El poder y la legitimidad revelan así que proceden de condiciones enteramente distintas.  El poder existe allí donde alguien posee capacidad suficiente para imponer una conducta.  La legitimidad sólo existe allí donde la autoridad permanece inteligible como mediación fiel de una realidad que no le pertenece.  El poder puede afirmarse mediante la posesión.  La legitimidad únicamente puede sostenerse mediante la fidelidad.

Por ello la legitimidad resulta, al mismo tiempo, más frágil y más perdurable que el poder.  Es más frágil porque el reconocimiento puede desaparecer mientras las instituciones continúan ejerciendo eficazmente sus funciones.  Es más perdurable porque las realidades de las cuales la autoridad recibe legitimidad permanecen más allá de quienes la ejercen transitoriamente.  Los hombres desaparecen.  Las instituciones cambian.  La verdad, la justicia, el conocimiento, el bien y el cuidado continúan juzgando a todos aquellos que pretenden representarlos.

La reflexión emprendida hasta este punto ha mostrado bajo qué condiciones nace la legitimidad.  El examen debe dirigirse ahora hacia el movimiento inverso.  Conviene preguntarse cómo comienza la autoridad a perder aquello mismo que inicialmente la hizo digna de reconocimiento.

La corrupción de la autoridad no comienza con el abuso del poder.  El abuso únicamente hace visible una corrupción que ya se encontraba en marcha.  El verdadero deterioro aparece en el instante en que la autoridad deja de remitir a la realidad que la legitimaba y comienza a reclamar reconocimiento para sí misma.  Lo que antes permanecía transparente a la verdad, al cuidado, a la justicia o al conocimiento empieza lentamente a oscurecerlos.  La institución, el cargo, la persona o la tradición ocupan el lugar que correspondía al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia o al bien común que originalmente justificaban su autoridad.

El abandono de la realidad que legitimaba la autoridad y la consiguiente reclamación de reconocimiento para la autoridad misma rara vez se anuncian mediante rupturas espectaculares.  Casi siempre avanza por sustituciones imperceptibles.  La fidelidad cede ante la conservación.  La mediación se convierte en representación.  La representación termina identificándose con aquello que pretendía representar.  Poco a poco desaparece la distancia entre la autoridad y la realidad de la cual recibía legitimidad.  La autoridad comienza a presentarse como si ella misma fuese el origen de aquello que sólo estaba llamada a custodiar.

Cuando la autoridad comienza a reclamarse como fuente de su propia legitimidad, la legitimidad comienza a disolverse progresivamente, aun cuando la estabilidad exterior permanezca aparentemente intacta.  El reconocimiento deja de dirigirse hacia el bien protegido, la verdad investigada, la justicia administrada o el conocimiento transmitido.  Comienza a dirigirse hacia el prestigio del cargo, la permanencia de la institución, la continuidad de una tradición o la influencia de determinadas personas.  Se exige confianza porque la autoridad existe, y no porque continúe siendo fiel a aquello que justificó su existencia.

Las consecuencias alcanzan todas las formas de la vida civilizada.  Allí donde la autoridad pierde la capacidad de remitir más allá de sí misma, resurgen inevitablemente los sucedáneos que habían aparecido al comienzo de esta reflexión.  La fuerza intenta reemplazar el reconocimiento perdido.  El temor procura conservar la obediencia.  La costumbre prolonga prácticas cuyo fundamento se ha debilitado.  La manipulación fabrica la apariencia de una legitimidad que ya no puede producir.

La civilización no consiste, por ello, en la mera acumulación de instituciones.  Consiste en una compleja red de autoridades cuya legitimidad depende de la fidelidad permanente a las realidades que les dieron origen.  La salud de una civilización no se mide por la magnitud del poder que concentra, sino por el grado de transparencia con que sus autoridades continúan remitiendo al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y al bien común.

Sólo en este punto adquiere pleno sentido la autoridad política.  El gobierno constitucional no constituye un problema separado de cuanto antecede.  Reúne en el ámbito de la vida pública todas las formas de legitimidad examinadas hasta ahora.  La cuestión ya no consiste en preguntar si el poder político posee una legitimidad propia.  Consiste en determinar si el orden constitucional permanece sometido a la misma exigencia de fidelidad a una realidad que lo precede y lo trasciende.

La civilización preserva esas formas de autoridad mediante instituciones.  Ninguna generación podría transmitir por sí sola la lengua, el conocimiento, la justicia o el orden político.  Las instituciones prolongan a través del tiempo la transmisión de la lengua, el conocimiento, la justicia y el orden político.

La institución, sin embargo, jamás posee legitimidad por sí misma.  Una escuela existe para educar.  Una universidad existe para cultivar el conocimiento.  Un tribunal existe para hacer justicia.  Un centro de investigación existe para investigar.  El gobierno constitucional existe para ordenar jurídicamente la vida política de una comunidad.  Ninguna de esas instituciones constituye el principio del cual deriva su autoridad.  Todas permanecen subordinadas a la realidad cuya custodia les ha sido encomendada.

Por esa razón las instituciones reúnen simultáneamente una fortaleza y una vulnerabilidad que no aparecen con igual intensidad en las relaciones personales.  Su permanencia permite conservar logros que exceden la duración de cualquier existencia individual.  Pero esa misma permanencia introduce una tentación constante.  Lo que perdura termina desarrollando intereses propios.  La conservación de aquello que debía proteger acaba desplazándose hacia la conservación de la institución misma.

La subordinación de la misión institucional a la conservación de la propia institución rara vez comienza mediante un acto deliberado de corrupción.  Las instituciones procuran inicialmente asegurar las condiciones necesarias para continuar cumpliendo su misión.  Esa preocupación resulta legítima mientras permanezca subordinada a la finalidad que justificó su existencia.  El problema aparece cuando la conservación deja de servir a la misión y la misión comienza a servir a la conservación.  Los medios ocupan el lugar de los fines.  La continuidad de la institución comienza gradualmente a ocupar el lugar de su fidelidad a la finalidad que justificó su existencia.

Cuando la conservación de la institución comienza a prevalecer sobre su misión, la institución deja de preguntarse si continúa haciendo presente la realidad cuya custodia le fue confiada.  La preocupación principal pasa a ser su propia supervivencia.  Una universidad puede seguir inaugurando edificios, ampliando sus programas, incrementando sus matrículas y mejorando su posición en los rankings mientras la pregunta por la formación del entendimiento deja gradualmente de ocupar el centro de su vida académica.  Nada parece indicar una crisis institucional.  Sin embargo, la finalidad que justificaba la existencia de la institución ha comenzado a ceder su lugar a la conservación de la propia institución.  La verdad, la justicia, el conocimiento o el bien común dejan de constituir el criterio supremo del examen institucional.  El centro de gravedad se desplaza hacia la preservación de la organización misma.

La pérdida de legitimidad rara vez se manifiesta de inmediato porque el poder institucional suele sobrevivir durante largo tiempo al debilitamiento de la legitimidad.  Los edificios permanecen abiertos.  Los procedimientos continúan aplicándose.  Los cargos siguen siendo ocupados.  Las decisiones continúan produciéndose.  Las formas exteriores permanecen reconocibles mientras el fundamento que las hacía inteligibles comienza a retirarse de la experiencia pública.

Por ello el deterioro institucional suele atribuirse a causas secundarias.  Se culpa a la hostilidad política, a las dificultades económicas, a los cambios culturales o a la presión exterior.  Todos esos factores pueden acelerar la decadencia.  Ninguno constituye su origen.  La decadencia comienza cuando la institución deja de medirse por la fidelidad a la realidad que debía custodiar y comienza a medirse por la eficacia con que asegura su propia continuidad.

Comprender que la decadencia comienza cuando la institución privilegia su continuidad sobre la realidad que debía custodiar permite aclarar uno de los equívocos más persistentes de la vida pública.  La crítica dirigida contra una institución suele confundirse con hostilidad hacia ella.  Sin embargo, la verdadera fidelidad institucional puede exigir esa misma crítica cuando procura restituir la institución a la finalidad que justificó su nacimiento.

Del mismo modo, la defensa más apasionada de una institución puede contribuir a su deslegitimación si pretende conservarla al margen del bien que estaba llamada a servir.

El reconocimiento, por consiguiente, no sigue necesariamente a la permanencia ni acompaña inevitablemente al cambio.  Sigue a la fidelidad.  Las instituciones permanecen legítimas únicamente mientras continúan haciendo presente aquello que originalmente les confirió autoridad.

Entre todas ellas existe una cuya responsabilidad supera a las demás.  A diferencia de la escuela, del tribunal o del laboratorio, el orden constitucional no administra un ámbito particular de la experiencia humana.  Establece el marco jurídico dentro del cual todas las demás autoridades pueden ejercer legítimamente sus respectivas funciones.  La legitimidad constitucional constituye, por ello, la expresión más amplia de la misma estructura que ha venido desplegándose desde las primeras relaciones de cuidado.

La autoridad constitucional no constituye una excepción respecto de las formas anteriores de legitimidad.  Al contrario, las presupone y las reúne en la organización de la vida pública.  Lo que el cuidado realiza en la familia, la enseñanza en la formación del entendimiento, la investigación en el conocimiento de la verdad, la conciencia moral en la conducta y el juicio en la administración de justicia, el orden constitucional debe realizarlo respecto de la comunidad política en su conjunto.

Por ello el gobierno nunca adquiere legitimidad por el solo hecho de gobernar.  Gobernar demuestra la existencia de poder.  La legitimidad constitucional plantea una cuestión distinta.  La existencia de un gobierno no resuelve esa cuestión.  Tan sólo hace imposible eludirla.

La respuesta no puede apartarse de la estructura que ya ha quedado manifiesta en todas las formas anteriores de autoridad.  Así como el maestro no constituye el conocimiento, el investigador no constituye la verdad y el juez no constituye la justicia, tampoco el gobierno constituye el origen de la autoridad pública que ejerce.  La autoridad política permanece necesariamente subordinada a una realidad que la antecede y la trasciende.

Esa realidad no es el propio gobierno, ni los órganos que lo integran, ni la continuidad administrativa, ni la eficacia de las políticas públicas, ni la permanencia institucional, ni el reconocimiento internacional, ni el respaldo partidista, ni la necesidad práctica de conservar el orden.  Todas esas circunstancias pueden acompañar al ejercicio del poder.  Ninguna de ellas basta para conferirle legitimidad.

La autoridad pública sólo permanece legítima mientras continúe siendo atribuible a la comunidad política de la cual procede.  Un gobierno puede conservar el control de los ministerios, de la administración pública, de la fuerza armada y de las relaciones internacionales.  Ninguna de esas circunstancias responde todavía a la cuestión decisiva.  Todas describen quién ejerce el poder.  Ninguna demuestra todavía a quién resulta constitucionalmente atribuible la autoridad pública.  El gobierno no es propietario del poder público.  Lo ejerce en calidad de autoridad derivada.  La fuente de esa autoridad permanece siempre fuera del gobierno mismo.

Esa misma subordinación preserva el orden constitucional de una de las tentaciones más antiguas de la política.  Todo gobierno tiende espontáneamente a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política que administra.  Sin embargo, ambas realidades jamás llegan a confundirse.  La comunidad política permanece.  Los gobiernos pasan.  El poder público no pertenece a quienes circunstancialmente lo ejercen.

Cuando el gobierno comienza a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política, reaparece la corrupción por la cual la autoridad ocupa el lugar de la realidad que debía gobernarla.  El gobierno deja gradualmente de remitir a la comunidad política de la cual recibe legitimidad.  Empieza a reclamar reconocimiento porque gobierna, porque administra, porque conserva el orden, porque ha sobrevivido o porque no parece existir una alternativa inmediata.  La fuente de la legitimidad comienza a ceder su lugar al ejercicio mismo del poder.

En ese momento la atribución constitucional comienza a ser sustituida por la simple efectividad política.  El reconocimiento público deja de dirigirse hacia las condiciones constitucionales de las cuales nace la autoridad y comienza a dirigirse hacia la posesión continuada del poder.  La administración reemplaza la atribución.  La continuidad reemplaza la legitimidad.  La posesión reemplaza el título.  Las elecciones pueden seguir celebrándose.  Los tribunales pueden continuar dictando sentencias.  El presupuesto puede seguir ejecutándose.  Sin embargo, la discusión pública puede haber dejado ya de preguntar por el título constitucional del poder para concentrarse únicamente en la administración de quienes lo ejercen.  Allí comienza a hacerse visible la sustitución.

La sustitución de la atribución constitucional por la efectividad política no exige el derrumbe inmediato del orden constitucional.  Las constituciones pueden seguir invocándose.  Las instituciones pueden continuar funcionando.  Las elecciones pueden seguir celebrándose.  Los gobiernos pueden continuar administrando el Estado.  Las formas visibles del constitucionalismo permanecen en pie mientras la legitimidad que les daba sentido se retira progresivamente de la conciencia pública.

La consecuencia trasciende el ámbito político.  Cuando la autoridad pública comienza a reclamar reconocimiento por su mera permanencia, las instituciones subordinadas terminan reproduciendo la misma inversión.  La subordinación de la autoridad al bien, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y a la comunidad política se debilita en toda la vida civilizada.  La sustitución del cuidado por el control, advertida inicialmente en las relaciones de dependencia, alcanza finalmente su expresión política más amplia cuando el ejercicio permanente del poder ocupa el lugar de la atribución constitucional.  La civilización comienza entonces a reorganizar su comprensión de la autoridad alrededor del poder y no de la legitimidad.  El desplazamiento rara vez se manifiesta simultáneamente en todos los ámbitos.  Puede comenzar en la familia, continuar en la escuela, hacerse visible en las instituciones y terminar alcanzando el orden político.  Allí donde la autoridad empieza a justificarse por la permanencia de quien la ejerce y no por la realidad a la cual permanece subordinada, la permanencia ocupa el lugar de la legitimidad.

Ninguna civilización puede sostenerse exclusivamente sobre el poder.  El poder organiza conductas, asegura la obediencia, protege fronteras, administra recursos y reprime el desorden.  Nada de ello explica, sin embargo, por qué la autoridad continúa siendo reconocida como debida cuando desaparece el temor, cambian las circunstancias o surge una fuerza mayor.  El poder gobierna la conducta.  La legitimidad gobierna el reconocimiento.  Allí donde el reconocimiento desaparece, el poder necesita recurrir cada vez más intensamente a los sucedáneos que la legitimidad había vuelto innecesarios.

Por ello el peligro más profundo para una civilización rara vez se presenta inicialmente bajo la forma de la violencia.  Comienza cuando deja de prestarse atención a las realidades que justificaban la autoridad.  El cuidado es sustituido por el control.  El conocimiento por el prestigio.  La verdad por el consenso.  La justicia por la decisión.  La atribución constitucional por la administración del poder.  Poco a poco la mirada deja de dirigirse hacia aquello que confería legitimidad y termina fijándose exclusivamente en quien ejerce autoridad.

Nada de ello necesita revestirse de apariencia revolucionaria.  Los padres continúan criando a sus hijos.  Los maestros siguen enseñando.  Los investigadores prosiguen sus trabajos.  Los jueces continúan dictando sentencias.  Los gobiernos siguen gobernando.  Exteriormente la civilización parece conservar la misma fisonomía.  Sin embargo, bajo esas formas familiares se ha instaurado otra fuente de reconocimiento, fundada en la utilidad, la influencia, la identidad, la necesidad o la mera permanencia, que comienza a ocupar el lugar que antes pertenecía a la legitimidad.

Cuando la sustitución de la realidad legitimadora por la autoridad que pretendía representarla termina por hacerse habitual, la propia naturaleza del desacuerdo cambia.  La discusión deja de preguntar si la autoridad permanece fiel a la realidad que la legitimaba.  Empieza a preguntarse únicamente si resulta eficaz, conveniente, representativa o suficientemente poderosa para imponerse.  La indagación acerca de la legitimidad desaparece lentamente del horizonte público.  El poder comienza a explicarse por sí mismo.

Desde ese momento toda autoridad soporta una carga creciente.  Ninguna institución puede sustituir indefinidamente mediante la fuerza aquello que sólo la legitimidad puede sostener.  El temor termina por agotarse.  La costumbre pierde vigor con el paso de las generaciones.  La manipulación acaba revelando la voluntad que la dirige.  Incluso la fuerza encuentra límites más allá de los cuales la obediencia deja de producir reconocimiento.  La autoridad que ha dejado de remitir a una realidad superior termina dependiendo únicamente de sí misma.

La cuestión decisiva nunca ha consistido en determinar si la civilización necesita autoridad.  Ninguna convivencia humana puede existir sin ella.  La verdadera cuestión consiste en saber si la autoridad continuará reconociendo las realidades de las cuales deriva su legitimidad o si terminará sustituyéndolas por sí misma.  Ninguna generación queda dispensada de responder nuevamente a esa pregunta.

La abolición de la legitimidad no destruye únicamente gobiernos o instituciones.  Destruye la posibilidad misma de que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin verse reducido a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación.  La pérdida no pertenece exclusivamente al orden político.  Alcanza todas las relaciones gracias a las cuales un mundo común puede llegar a existir.

La legitimidad no constituye, por ello, un atributo accesorio de la civilización ni una cualidad reservada al constitucionalismo.  Constituye la condición silenciosa que permite a los seres humanos habitar un mismo mundo sin tener que explicar toda autoridad por el dominio.  Mientras esa condición permanezca viva, la autoridad continuará siendo transparente a la realidad que la legitima.  Cuando desaparezca, la civilización no perecerá de inmediato.  Comenzará, sencillamente, a olvidar para qué existía la autoridad.

15 de julio de 2026
En tránsito a través de Pensilvania