Ricardo Morín Sin título n.º 4: La fragua del pensamiento aforístico 10″x12″ Acuarela, sharpie negro y gesso, 2003
Nota del autor
Aquí, la conciencia no designa una experiencia subjetiva, sino el reconocimiento de la relación entre las formas visibles de la vida cívica y las condiciones institucionales que rigen el funcionamiento de esas formas. La percepción constituye una facultad primaria que capta esas formas, y el examen las contrasta con la distribución del poder que pretenden representar. El reconocimiento comienza allí donde esa correspondencia deja de darse por supuesta y la apariencia institucional revela los límites de aquello que las instituciones afirman encarnar.
Este ensayo constituye una indagación diagnóstica, no una construcción teórica: examina cómo la concentración de la riqueza condiciona el acceso a los recursos, influye en las decisiones institucionales y en la organización de la atención pública, y debilita la eficacia de las restricciones constitucionales. Este diagnóstico no presupone una conspiración unitaria. Los incentivos, la legislación, la administración, los regímenes de propiedad y la dispersión de la responsabilidad favorecen que decisiones deliberadas se presenten como necesidades antes que como elecciones. Bajo esas condiciones, las formas democráticas pueden conservar su vigencia formal aun cuando su funcionamiento deje de garantizar el autogobierno.
La percepción entra en la fragua del pensamiento, donde el examen somete la apariencia al fuego de la conciencia. El pensamiento aforístico no fabrica aquello que procura revelar: condensa observaciones destinadas a distinguir la forma democrática de su ejercicio, la participación visible de su capacidad para incidir en la distribución de la autoridad y la soberanía proclamada de la facultad del pueblo para determinar el orden bajo el cual vive.
Las observaciones que siguen examinan cómo las instituciones normalizan la dependencia dentro de sociedades que conservan formas democráticas. Aquí, el mandato constitucional consiste en que el poder público permanezca limitado, responda por igual ante los ciudadanos y quede sujeto a la facultad de estos para gobernarse a sí mismos. La coherencia de estas observaciones no reside en ofrecer una explicación total, sino en hacer inteligible la divergencia entre ese mandato y una distribución del poder que restringe el ejercicio del autogobierno que ese mandato exige. Como la incisión del escultor, cada observación no añade una forma propia: la revela.
Ricardo F. Morín 1 de agosto de 2026 Bala Cynwyd, Pennsylvania
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¿Qué forma adopta la dependencia dentro de una sociedad plural y democrática? Dentro de una sociedad de esa naturaleza, la dependencia adquiere relevancia política cuando el control de la riqueza determina el acceso a las condiciones materiales e institucionales de la vida cívica. Es esta relación entre riqueza y dependencia la que, a lo largo del tiempo, ha suscitado de manera recurrente las mismas cuestiones éticas: ¿Quién depende de quién para sobrevivir? ¿Es esa dependencia recíproca o unilateral? ¿Circula la riqueza o permanece inmovilizada? ¿Sostiene la vida cívica o la sustituye?
La democracia deriva su legitimidad de la aspiración a reconciliar la igualdad y la libertad. Sin embargo, cuando quienes concentran la propiedad condicionan el acceso a los recursos y dirigen el funcionamiento de las instituciones, la igualdad deja de regir el orden público y cede su lugar a relaciones de dependencia. Las instituciones democráticas conservan su carácter público, pero los intereses privados condicionan las decisiones mediante las cuales esas instituciones cumplen sus funciones. La desigualdad económica designa entonces no sólo una diferencia de recursos, sino una condición de dependencia. Aunque el proceso sea gradual, la concentración de la propiedad y su influencia sobre las instituciones reproducen por medios institucionales aquello que los antiguos despotismos aseguraban mediante la fuerza: el gobierno de unos pocos. Quienes concentran la riqueza pueden invocar el lenguaje de la democracia y, al mismo tiempo, menoscabar el servicio que las instituciones democráticas prestan al bien común.
La financiación privada sostiene las campañas políticas y condiciona la legislación. Las decisiones colectivas descansan, en consecuencia, menos sobre la deliberación pública que sobre los incentivos definidos por quienes financian el acceso a la autoridad. La financiación, la visibilidad pública y las redes organizadas de apoyo determinan cada vez más quién puede competir por la autoridad política y acceder a ella, en detrimento del juicio cívico. La participación ciudadana permanece formalmente abierta, pero quienes financian el acceso a la autoridad también delimitan las opciones disponibles y preservan así la distribución existente del control.
Las instituciones políticas y económicas pueden presentar el aumento de la capacidad productiva, tecnológica y financiera como progreso cívico aun cuando la distribución del control permanezca intacta. El progreso pierde su significado cívico cuando la ampliación de esa capacidad no modifica quién dirige su utilización ni quién recibe los beneficios resultantes. Las instituciones conservan el carácter público de la prestación de los servicios, pero reservan a intereses privados las decisiones que orientan el funcionamiento institucional. Las empresas y entidades que administran las redes de energía, transporte, comunicaciones y finanzas subordinan la prestación de servicios esenciales a criterios de rentabilidad privada. Mediante los precios, las tarifas y la deuda, quienes administran esas redes facilitan el acceso a unos y lo restringen a otros allí donde el derecho proclama un acceso común. La autonomía material de quienes dependen de esos servicios queda entonces condicionada por su capacidad económica, aunque quienes administran esas redes presenten como autonomía un acceso regido por esa misma capacidad. Las empresas que controlan el acceso a esos servicios imponen mediante contratos condiciones que antes habrían requerido la fuerza del decreto.
Bajo esas condiciones, las instituciones tratan la ciudadanía como una relación económica, no como una condición cívica autónoma. Tratan asimismo el voto como objeto de intercambio y emblema de conformidad, antes que como ejercicio de elección cívica. En ese orden de relaciones, los movimientos populistas vinculan el agravio con el acceso al poder. Sus dirigentes asocian la lealtad con el acceso a oportunidades y recompensas, y también con el reconocimiento dentro de la comunidad política. Al reiterar consignas, agravios y recompensas públicas, pueden presentar la adhesión inmediata a medidas declaradas necesarias ante una crisis como prueba de participación. Esa adhesión puede preceder al examen de la necesidad de esas medidas, de las alternativas disponibles y de sus consecuencias. Así, las instituciones condicionan tanto el acceso a los recursos como los términos bajo los cuales reconocen la participación cívica.
Una vez que las instituciones establecen relaciones de dependencia mediante el control de la energía, el transporte, las comunicaciones y las finanzas, el ejercicio del poder se extiende hacia la administración de la percepción. Los organismos Estatales seleccionan y difunden la información pública, mientras los medios de comunicación y las plataformas digitales favorecen los contenidos que concentran la atención frente a aquellos que propician el examen. Cuando organismos, medios y plataformas reiteran contenidos que suscitan una reacción inmediata, la frecuencia del mensaje puede confundirse con la certeza de aquello que afirma y reducir el espacio para examinarlo. Al favorecer la reacción continua, esos mismos actores dificultan la atención sostenida, hasta que la participación llega a confundirse con la respuesta inmediata. En esas condiciones, la coerción manifiesta pierde centralidad: la selección y reiteración de la información pueden dificultar el reconocimiento de las relaciones de subordinación.
Las instituciones Estatales y privadas preservan el poder concentrado cuando protegen las ventajas de quienes lo ejercen y dispersan la responsabilidad por las consecuencias de ese ejercicio. Las normas legislativas, las decisiones administrativas y los regímenes de propiedad reproducen la concentración de la riqueza, sostienen la acumulación y dificultan la atribución de responsabilidad. Las instituciones disfrazan decisiones deliberadas de imperativos inevitables.
La lealtad engendra silencio: el trabajador protege su empleo; el periodista preserva su acceso; el ciudadano defiende el interés del cual depende su posición. Cada decisión parece justificada cuando se la considera aisladamente, pero, en su conjunto, esas decisiones sostienen un orden en el que resulta cada vez más difícil atribuir responsabilidad a medida que se profundizan las relaciones de dependencia. La cuestión no consiste en determinar si la riqueza existe, sino en establecer si su utilización sirve al bien común. Cuando quienes controlan la riqueza hacen de la acumulación un fin en sí mismo, su utilización deja de ampliar la libertad e institucionaliza relaciones de dependencia.
Las diferencias entre los órdenes políticos impiden tratarlos como equivalentes. Los ejemplos que siguen no pretenden equipararlos, sino mostrar mecanismos diversos mediante los cuales las autoridades de distintos órdenes políticos organizan relaciones de dependencia y subordinación. En Rusia, las autoridades presentan la concentración de la autoridad Estatal como garantía de estabilidad. Al restringir la autonomía política y distribuir selectivamente las oportunidades, vinculan la seguridad material con la lealtad al poder. En China, las autoridades administrativas vinculan la distribución de oportunidades y las posibilidades de ascenso social con mecanismos de supervisión política. De ese modo, las oportunidades económicas quedan subordinadas al orden administrativo.
En los Estados Unidos, el éxito económico funciona como fuente de legitimidad social: la riqueza se toma como prueba de mérito, mientras las instituciones atribuyen el fracaso a una deficiencia individual antes que a las condiciones que distribuyen las oportunidades y los riesgos. Al hacerlo, presentan la desigualdad como consecuencia de la conducta individual y no como resultado de condiciones institucionales. A esa legitimación del éxito económico, el nacionalismo populista añade otra fuente de legitimidad política al definir la comunidad nacional a partir del agravio económico y cultural y prometer restituirle una soberanía que presenta como menoscabada. En diversos países de América Latina, movimientos populistas de orientaciones distintas articulan la desigualdad y la exclusión histórica mediante promesas de restitución política. En ambos espacios políticos, las fuerzas populistas vinculan el agravio con la lealtad y presentan la promesa de restitución como fundamento de autoridad.
Subyace a estas variaciones un principio común: quienes disponen de mayor capacidad económica y política influyen sobre las decisiones relativas al acceso a los recursos, la distribución de los beneficios y la asignación de los costos. La legislación, la administración Estatal, el régimen de propiedad privada y la gestión institucional hacen efectivas esas decisiones, canalizan los beneficios resultantes hacia los sectores con mayor capacidad de influencia y distribuyen los costos correspondientes entre sectores más amplios de la ciudadanía. Cuando las instituciones presentan ese resultado como consecuencia natural del orden existente, apartan del juicio público las decisiones que lo producen y preservan la relación de subordinación.
En la economía especulativa, la posibilidad de enriquecimiento depende del acceso desigual a la información, del momento de entrada y salida, de la liquidez y de la capacidad para absorber pérdidas. Los promotores y operadores de monedas digitales e instrumentos financieros especulativos los presentan como vías de emancipación respecto del poder centralizado, pero la organización de esos mercados distribuye de manera desigual la información, la liquidez y la exposición a las pérdidas entre quienes administran las operaciones, quienes disponen de los medios necesarios para aprovechar la fluctuación y quienes soportan sus consecuencias.
Dentro de esos mercados, el valor deja de fundarse en el trabajo y pasa a depender de la volatilidad; la riqueza financiera se multiplica mediante la fluctuación antes que mediante la producción. Tras la retórica de la descentralización operan corredores, grandes inversionistas y plataformas que controlan la información, la liquidez y la ejecución de las operaciones, y distribuyen así de manera desigual las posibilidades de ganancia y pérdida. Las plataformas y los actores financieros que proclaman la transparencia de esos mercados dependen, sin embargo, de la incertidumbre, que explotan en lugar de reducir. La volatilidad ya no surge solamente como subproducto del intercambio: quienes diseñan y emplean determinados instrumentos y prácticas financieras la convierten deliberadamente en fuente de beneficio y hacen de la inestabilidad una mercancía. Los defensores de esos mercados pueden presentar esa inestabilidad como libertad, pero continúa siendo una apuesta cuyas pérdidas sólo quienes concentran suficientes recursos pueden absorber sin perder su posición.
La idea de comunidad deja de regir el funcionamiento de las instituciones cuando estas se apropian de recursos compartidos e institucionalizan relaciones de dependencia. Al convertir el acceso a esos recursos en fuente de ventaja unilateral, sustituyen la reciprocidad por la explotación y la colaboración por la sumisión. Las instituciones al servicio de la riqueza concentrada presentan como orden una distribución que produce privación. Cuando el Estado funda la estabilidad institucional, o quienes concentran riqueza privada fundan su posición económica, en las necesidades ajenas, pueden presentar el orden resultante como legítimo mientras sujetan a quienes dependen de él a las condiciones desiguales sobre las que ese orden descansa. Al reorganizar quién depende de quién para acceder a los recursos compartidos, las instituciones alteran los términos públicos mediante los cuales se juzgan el orden, la justicia, la libertad y la ciudadanía.
Las instituciones alteran también los términos de la ciudadanía cuando el acceso al empleo, a los servicios esenciales y a la participación cívica queda condicionado por la dependencia material. El poder adquisitivo funciona entonces como medida de la libertad, y la posibilidad de elegir entre opciones predeterminadas se presenta como medida suficiente de la ciudadanía. Las formas democráticas permanecen, mientras el poder concentrado restringe el alcance efectivo de la elección.
La restricción del alcance de la elección constituye una desviación constitucional cuando, en la legislación, la administración Estatal y el régimen de propiedad privada, el ejercicio del poder se aparta del mandato constitucional sin que los órganos encargados de limitarlo contengan ese apartamiento. La divergencia entre el mandato y su ejercicio se consolida cuando los órganos legislativos permiten que las normas afiancen la concentración de poder que les corresponde limitar. El marco constitucional permanece entonces formalmente vigente, mientras la distribución efectiva del poder contradice la dirección establecida por ese mismo marco.
El examen de esa divergencia permite distinguir entre la vigencia formal del mandato constitucional y su realización en el ejercicio del poder. La percepción capta la continuidad visible de las instituciones; el examen determina si el ejercicio institucional responde todavía al mandato que las legitima. El reconocimiento comienza cuando el examen deja de considerar esa continuidad como prueba suficiente de la correspondencia entre el mandato y el ejercicio del poder. El examen revela entonces cuándo las instituciones conservan los términos de la libertad, la participación y el consentimiento mientras reducen la libertad a permiso, la participación a visibilidad y el consentimiento a conformidad.
Esa divergencia no alcanza la misma extensión en todas las sociedades. En Suiza, Noruega, Dinamarca, Suecia y Estonia, así como en Costa Rica y Uruguay, la representación política, la fiscalización pública y el Estado de derecho contribuyen, en grados distintos, a contener la concentración del poder; someten la administración Estatal a supervisión y limitan la influencia de la riqueza privada sobre las decisiones públicas. En conjunto, esos mecanismos aproximan el ejercicio del poder al mandato constitucional sin eliminar la influencia de la riqueza privada sobre las decisiones públicas ni asegurar una correspondencia plena entre el mandato constitucional y el ejercicio efectivo del poder. Contienen la divergencia, pero no la eliminan.
La dependencia institucionalizada perdura allí donde las restricciones constitucionales, la fiscalización pública y las instituciones encargadas de limitar el poder concentrado dejan de operar eficazmente. Perdura cuando las restricciones constitucionales dejan de contener el poder concentrado, cuando las instituciones encargadas de hacer cumplir esas restricciones permiten que ese poder se expanda y cuando los procedimientos democráticos conservan su vigencia formal mientras disminuye el alcance efectivo de la elección. El voto conserva entonces su forma cívica, pero una distribución del poder que el propio ejercicio electoral no logra alterar limita la capacidad del voto para modificar la distribución de la autoridad.
Bajo esas condiciones, las formas democráticas permanecen, aunque dejan de contener la concentración del poder. La participación continúa visible, pero pierde la capacidad de modificar la distribución de la autoridad. El examen reconoce esa divergencia, pero no puede por sí solo eliminarla ni restituir el autogobierno. La democracia puede perecer sin que desaparezcan sus instituciones: la acción pública cede ante la administración, el juicio ante la necesidad y el pueblo, aunque todavía proclamado soberano, deja de determinar el orden bajo el cual vive.
Bibliografía seleccionada
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La vida no comienza con el poder. Comienza con la dependencia. Antes de que un ser humano sea capaz de juzgar, elegir, consentir o resistir, su existencia ya transcurre dentro de vínculos de los cuales depende su supervivencia. Nadie comparece al mundo investido de autonomía. Toda vida humana comienza sostenida por la acción de otro.
La dependencia, sin embargo, no basta para explicar la autoridad. Quien posee mayor fuerza puede preservar la vida ajena, abandonarla o destruirla. La sola superioridad física no permite comprender la índole de la relación gracias a la cual la vida humana llega ordinariamente a desarrollarse. Si la fuerza gobernara por sí sola el vínculo entre quien necesita protección y quien puede otorgarla, el cuidado dejaría de distinguirse del dominio.
El cuidado comienza a revelarse como algo distinto del dominio en una experiencia tan cotidiana que rara vez se convierte en objeto de reflexión. El niño va descubriendo paulatinamente un mundo en el que la orientación recibida no se vive únicamente como una limitación impuesta desde fuera, sino como una guía que corresponde a quien la ejerce. Antes de convertirse en objeto de comprensión, la autoridad constituye una experiencia vivida. Su primera aparición no adopta la forma del mandato, sino la del cuidado.
El cuidado hace posible una dependencia que la fuerza jamás podría producir: una dependencia que no extingue la libertad futura, sino que prepara su aparición. La orientación recibida resulta inteligible porque se ejerce en beneficio de la vida que todavía se encuentra en formación y no para satisfacer el interés inmediato de quien dispone de mayor poder.
El poder y la autoridad intervienen conjuntamente en el desarrollo de la vida civilizada. El poder designa la capacidad de actuar. La autoridad designa el derecho reconocido para orientar, dirigir, juzgar o decidir. Ambas realidades pueden concurrir en una misma persona, pero ninguna implica necesariamente la existencia de la otra. Puede existir poder desprovisto de autoridad, del mismo modo que la autoridad puede subsistir aun cuando el poder haya disminuido considerablemente.
La obediencia tampoco resuelve el problema. Los seres humanos obedecen por motivos muy diversos. Obedecen porque temen el castigo. Obedecen porque la costumbre ha vuelto invisibles las alternativas. Obedecen porque el engaño ha ocultado la verdadera naturaleza de lo que se les exige. Obedecen porque toda resistencia parece inútil. Ninguna de estas circunstancias constituye autoridad. Todas ellas explican únicamente la sumisión.
La autoridad sólo comienza allí donde el reconocimiento llega a ser posible. La orientación de quien guía debe poseer un título que haga justificable su reconocimiento con independencia de la fuerza. Quien acepta la orientación de otro no se limita a ceder ante una voluntad más poderosa. Reconoce que esa orientación posee un título que excede el simple hecho de poder imponerla.
Ese reconocimiento constituye la legitimidad. La legitimidad no se identifica con la eficacia, la popularidad, el éxito, la antigüedad ni la duración. Tampoco nace de la mera afirmación de quien reclama obediencia. Designa la condición bajo la cual la autoridad puede ser reconocida como debida y no simplemente como existente.
Por depender del reconocimiento y no de la posesión del poder, la legitimidad resulta más frágil que el propio poder. La fuerza puede permanecer intacta cuando la legitimidad ya ha comenzado a desaparecer. Los ejércitos pueden seguir obedeciendo. Las instituciones pueden continuar funcionando. Las leyes pueden seguir aplicándose. Sin embargo, el fundamento del reconocimiento ya ha cambiado: lo que antes era reconocido como debido comienza a experimentarse únicamente como impuesto.
Desde ese momento, las relaciones humanas empiezan a transformarse sin estridencia. La orientación se aproxima a la coacción. La confianza cede su lugar al cálculo. La responsabilidad empieza a confundirse con el control. La enseñanza se aproxima al adoctrinamiento. El juicio comienza a percibirse como dominación. La autoridad permanece visible, mientras la inteligibilidad que antes la hacía reconocible se desvanece progresivamente. Un hijo puede seguir obedeciendo a su padre por hábito mucho después de haber dejado de confiar en su juicio. Desde fuera, el vínculo entre el padre y el hijo apenas parece haber cambiado. Las mismas palabras siguen pronunciándose. Las mismas decisiones continúan siendo acatadas. Sin embargo, aquello que sostenía interiormente la autoridad ya ha comenzado a desaparecer.
La desaparición de la legitimidad no provoca un derrumbe inmediato de la convivencia. Las relaciones humanas comienzan a reorganizarse conforme a recursos que ya no descansan en el reconocimiento. Allí donde el reconocimiento deja de sostener la autoridad, aparecen recursos destinados a sustituirlo. La fuerza intenta compensar lo que el reconocimiento ya no concede. El temor procura asegurar la obediencia que la confianza ha retirado. La costumbre prolonga prácticas que ya casi no descansan en el reconocimiento. La manipulación fabrica la apariencia del consentimiento cuando el reconocimiento auténtico ha dejado de existir.
Ninguno de esos recursos, sin embargo, constituye autoridad. La fuerza obtiene conductas, pero no reconocimiento. El temor silencia la resistencia, pero no produce asentimiento. La costumbre prolonga formas cuya inteligibilidad se ha debilitado. La manipulación imita la legitimidad porque ya no puede producirla. Todos esos recursos dependen de la ausencia del reconocimiento que pretenden reemplazar.
¿Qué hace posible que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin reducir ese reconocimiento a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación? Toda forma posterior de autoridad recibirá su inteligibilidad de la respuesta ofrecida a esa pregunta.
La primera manifestación de la autoridad permanece inseparable del cuidado porque la vida todavía depende de la presencia constante de otro. Con el crecimiento del niño, sin embargo, la dependencia comienza a modificarse. La supervivencia deja de ocupar el centro de la relación. Poco a poco ese lugar pasa a ser ocupado por la comprensión.
Ninguna experiencia permite advertir con mayor claridad que el lenguaje cómo la supervivencia deja de ocupar el centro de la dependencia y la comprensión comienza a ocupar su lugar. Ningún niño inventa la lengua mediante la cual el mundo comienza a hacerse inteligible. Las palabras son recibidas antes de ser utilizadas. Los significados son reconocidos antes de ser examinados. La gramática es obedecida mucho antes de poder ser explicada. Todo acto de habla presupone, por consiguiente, una herencia que ningún individuo ha producido por sí mismo.
La transmisión de esa herencia no puede obtenerse por la fuerza. Un niño puede ser obligado a repetir una palabra, pero la repetición no equivale todavía a la comprensión. El lenguaje llega a ser propio porque la corrección acaba siendo reconocida como algo distinto de la imposición. El niño no reproduce simplemente sonidos. Aprende que ciertas palabras nombran el mundo con mayor fidelidad que otras. La corrección, por ello mismo, remite siempre a una realidad que trasciende a quien corrige.
Con la adquisición del lenguaje también cambia la naturaleza de la autoridad. La dependencia propia de la primera infancia deja de constituir su fundamento principal. La autoridad comienza ahora a surgir de la participación compartida en un orden que precede tanto al maestro como al discípulo. La lengua existía antes de ambos. Ninguno puede atribuírsela como propiedad exclusiva. Ambos permanecen sometidos a la misma estructura que hace posible la comunicación.
La enseñanza del lenguaje, por esa razón, nunca puede reducirse al ejercicio de un mandato. Quien corrige una expresión responde, en último término, ante la lengua misma y no únicamente ante su propia voluntad. La legitimidad de la corrección no nace del deseo del hablante, sino de la fidelidad con que la palabra transmitida corresponde al idioma compartido. La autoridad deja entonces de apoyarse principalmente en la persona que enseña y comienza a descansar en la realidad a la cual esa persona permanece subordinada.
La autoridad puede ser reconocida aun cuando desaparezca la dependencia personal que caracterizaba los primeros años de la vida. El niño empieza a descubrir que alguien merece ser escuchado, no porque sea más fuerte ni porque continúe dispensándole cuidado, sino porque le permite acceder con fidelidad a una realidad que existe independientemente de ambos. El reconocimiento deja así de dirigirse exclusivamente hacia la persona para orientarse hacia aquello que esa persona hace accesible.
La orientación del reconocimiento hacia la realidad transmitida, y no exclusivamente hacia la persona que la transmite, altera profundamente la experiencia humana. La autoridad ya puede ser examinada sin quedar por ello abolida. La corrección también puede ser corregida. El maestro puede equivocarse. Ni el examen de la autoridad, ni la corrección de lo enseñado, ni el error del maestro destruyen la legitimidad de la enseñanza, porque la legitimidad ya no reside exclusivamente en quien enseña, sino en la fidelidad con que transmite aquello que lo trasciende.
Sobre el desplazamiento de la autoridad desde la persona que transmite hacia la integridad de lo transmitido comienza a edificarse la civilización. Una vez que la autoridad pasa a ser atribuible a la integridad de lo transmitido y no simplemente a quien lo transmite, se hacen posibles todas las formas superiores de aprendizaje. La educación, la investigación científica, la vida moral, el juicio y el gobierno constitucional reproducirán, cada uno en su propio ámbito, la subordinación de la autoridad a una realidad anterior que gobierna su ejercicio y hace posible su reconocimiento.
El lenguaje, sin embargo, todavía no constituye educación. Proporciona únicamente la posibilidad de comunicar la comprensión sobre la cual podrá actuar la educación. Gracias al lenguaje la comprensión puede comunicarse. La educación persigue un propósito distinto: la formación deliberada del entendimiento.
Un maestro corrige un razonamiento equivocado. El alumno advierte primero el error en su respuesta antes de comprender plenamente la verdad de la explicación recibida. La corrección no exige únicamente obediencia. Exige la confianza suficiente para aceptar que otro puede conducir el entendimiento hacia una realidad que todavía no alcanza a ver. Con la educación aparece una nueva modificación de la autoridad. El niño ya no depende del adulto únicamente para habitar una lengua compartida, sino para acceder a saberes cuya adquisición resulta imposible mediante la sola experiencia individual. Cada generación recibe un mundo cuya complejidad rebasa inmensamente la duración de cualquier existencia humana. La educación existe porque ningún hombre puede comenzar siempre desde el principio.
Por ello, la autoridad del educador no puede derivarse de la edad, del cargo o de la pertenencia a una institución. Ninguna de esas circunstancias confiere, por sí sola, el derecho de orientar la inteligencia ajena. El maestro adquiere legitimidad únicamente cuando hace accesible un conocimiento cuya validez no procede de él mismo. Allí donde la enseñanza convierte al profesor en el verdadero objeto del aprendizaje, la educación ha dejado ya de existir.
La formación intelectual exige, por ello, una disciplina común al maestro y al discípulo. El maestro responde ante la verdad de aquello que enseña. El discípulo responde ante el esfuerzo requerido para comprenderlo. Ninguno gobierna unilateralmente la relación educativa porque ambos comparecen ante un conocimiento que ninguno ha creado.
Por ello la educación difiere radicalmente del adoctrinamiento. El adoctrinamiento busca la adhesión al maestro o la permanencia de una doctrina con independencia de que ésta conserve su inteligibilidad. La educación persigue un fin opuesto. Busca que el discípulo llegue a reconocer la verdad incluso cuando ese reconocimiento termine por superar el entendimiento del propio maestro. El éxito de la enseñanza consiste en hacer progresivamente menos necesaria la autoridad de quien enseñó.
La educación pone así de manifiesto uno de los rasgos menos advertidos de la autoridad legítima. Cuanto más fielmente se transmite el conocimiento, menos depende el discípulo de la persona que actuó como mediadora. La educación no perpetúa la dependencia. Prepara la autonomía sin destruir la legitimidad de la relación gracias a la cual esa autonomía llegó a ser posible.
La autoridad legítima y la dominación revelan aquí con mayor claridad las direcciones opuestas hacia las cuales se orientan. La dominación necesita perpetuarse porque depende de la subordinación continua de quien permanece sometido. La autoridad legítima, por el contrario, trabaja para que el reconocimiento pueda sostenerse finalmente por sí mismo. No teme la madurez intelectual del discípulo porque jamás buscó poseerlo, sino formarlo.
Cuando la enseñanza intenta impedir el examen, desalienta la corrección o procura prolongar indefinidamente la dependencia del discípulo, comienza a apartarse de la subordinación al conocimiento que justificaba su autoridad. La corrupción comienza cuando el maestro deja de reconocerse subordinado al conocimiento que transmite y exige ser reconocido por la sola permanencia de su autoridad.
Del desplazamiento de la legitimidad educativa desde la persona del maestro hacia la fidelidad al conocimiento surge una nueva interrogante. Si la legitimidad de la educación depende de la fidelidad al conocimiento y no exclusivamente del educador, ¿qué hace posible que el conocimiento posea autoridad sin convertirse en otra forma de poder institucional? Esa pregunta conduce naturalmente desde la educación hacia la investigación científica.
Un investigador dedica años a desarrollar una hipótesis. Los resultados de nuevos experimentos terminan contradiciéndola. Puede ignorarlos para preservar su prestigio o reconocer públicamente que la realidad ha desmentido sus conclusiones. Esa decisión permite advertir si el investigador permanece subordinado a las pruebas obtenidas o si utiliza la autoridad institucional de la ciencia para preservar su propio prestigio. La investigación científica nace de la obligación de someter las conclusiones del investigador a las pruebas capaces de desmentirlas. Ninguna proposición adquiere verdad porque haya sido formulada por un investigador prestigioso, aprobada por una institución de renombre o aceptada por la mayoría de los especialistas. La autoridad de la ciencia no procede de quienes la ejercen. Procede de la disciplina mediante la cual toda afirmación permanece expuesta al examen, a la reproducción, a la rectificación o al rechazo por parte de otros. El científico comparece así bajo las mismas exigencias a las que somete cada una de sus conclusiones.
Por esa razón, la autoridad científica posee un carácter singular. La posibilidad del error no la debilita; constituye una de las condiciones que hacen posible su legitimidad. Una investigación permanece científicamente legítima porque admite la corrección pública de sus propios resultados. El error pertenece a la vida ordinaria de la ciencia. Lo que deslegitima la investigación no es equivocarse, sino sustraer las conclusiones al procedimiento mediante el cual podrían demostrarse equivocadas.
Una conclusión errónea no destruye la autoridad de la ciencia mientras permanezca expuesta a ser demostrada y corregida mediante los mismos procedimientos que justifican la investigación. El error adquiere otra naturaleza cuando el examen deja de ser posible, cuando el prestigio institucional sustituye la demostración o cuando se exige asentimiento al margen de toda verificación ulterior. En ese instante el investigador deja de mediar el conocimiento de la realidad para comenzar a mediar el reconocimiento de sí mismo.
La autoridad científica, por consiguiente, nunca reside en el científico. Reside en la fidelidad permanente de la investigación respecto de la realidad que procura comprender. El investigador conserva autoridad únicamente mientras permanezca sometido a esa realidad. Desde el momento en que pretende sustraerse a esa subordinación, la legitimidad comienza a retirarse, aun cuando el poder institucional de la ciencia permanezca aparentemente intacto.
La tentación descubierta en la investigación científica no pertenece exclusivamente a la ciencia. Toda institución duradera acaba enfrentándose al peligro de confundir la conservación de su propia autoridad con la conservación de la realidad que inicialmente justificó su existencia. Las instituciones rara vez pierden legitimidad por ejercer autoridad. Comienzan a perderla cuando su principal preocupación deja de ser aquello que les fue confiado y pasa a ser su propia permanencia. La fidelidad cede entonces ante la autoconservación. La mediación termina convirtiéndose en autorreferencia. La autoridad, que antes permitía ver con transparencia aquello que la justificaba, comienza lentamente a oscurecerlo.
La investigación científica conduce así al problema de la autoridad moral. Si la ciencia recibe legitimidad de su fidelidad a la verdad, ¿rige una estructura semejante aquellas formas de autoridad que no pueden demostrarse experimentalmente y que, sin embargo, resultan indispensables para la convivencia? Esa pregunta introduce el problema de la autoridad moral.
Quien exhorta a los demás a decir la verdad termina siendo descubierto en una mentira. El principio permanece. La autoridad de quien lo invocaba desaparece. Esa experiencia cotidiana introduce una pregunta distinta de todas las anteriores. ¿Qué hace que una persona llegue legítimamente a orientar la conciencia de otra? La autoridad moral presenta mayores dificultades que la autoridad científica porque los bienes a los cuales se refiere no pueden reproducirse mediante experimentos ni reducirse a mediciones.
La respuesta no puede encontrarse en la intensidad de las convicciones. Toda sociedad conoce individuos que proclaman la virtud mientras desmienten con su conducta aquello mismo que afirman. Ni la elocuencia, ni la reputación, ni el prestigio, ni el cargo confieren por sí solos autoridad moral. Antes de que un juicio sobre el bien merezca reconocimiento debe existir una correspondencia entre la vida de quien habla y los principios que invoca.
La integridad hace visible esa correspondencia. No garantiza que cada juicio resulte verdadero. Tampoco convierte a nadie en ejemplo perfecto. Permite, más bien, que la autoridad moral llegue a ser inteligible porque quien exhorta permanece igualmente sometido a las normas cuya observancia propone a los demás. Lo que los seres humanos reconocen no es la perfección, sino la coherencia.
Por ello la hipocresía posee una fuerza disolvente incomparable. No destruye el principio moral invocado. Destruye la autoridad de quien pretende hablar en su nombre. Una exigencia moral puede conservar íntegramente su verdad mientras desaparece el derecho de determinada persona a formularla. La contradicción no reside en el principio, sino en la ruptura entre ese principio y la conducta de quien lo invoca.
También aquí conviene distinguir cuidadosamente entre el error y la corrupción. Una persona moralmente seria puede equivocarse, rectificar o descubrir retrospectivamente la insuficiencia de sus propios juicios. Mientras continúe sometida a los principios que reconoce, la legitimidad permanece intacta. La hipocresía no constituye un error moral susceptible de rectificación, sino la reclamación deliberada de una excepción respecto de las normas impuestas a los demás. Desde ese instante el principio deja de gobernar la conducta de la persona, y la persona comienza a gobernar el principio.
La experiencia acumulada hasta aquí deja al descubierto una constante. El padre permanece subordinado al bien del hijo. El maestro permanece subordinado al conocimiento. El investigador permanece subordinado a la verdad. Quien habla en nombre del bien permanece subordinado a los principios que propone. En ninguno de esos casos la autoridad nace de una superioridad personal. Nace de la fidelidad sostenida a una realidad anterior y superior a quien la ejerce.
Cuando esa subordinación se invierte, la corrupción comienza a manifestarse sin ruptura visible. El bien deja de gobernar la conducta. La verdad deja de gobernar la investigación. El conocimiento deja de gobernar la enseñanza. Los principios dejan de gobernar la conciencia. Aquello que originalmente justificaba la autoridad comienza a ser utilizado para preservar la autoridad misma. La persona se convierte en la fuente de la autoridad que antes recibía de la realidad a la cual permanecía subordinada.
Dos personas comparecen sosteniendo pretensiones incompatibles. Ambas creen tener razón. Ambas apelan a la justicia. Ninguna puede decidir por sí misma cuál de las dos reclamaciones debe prevalecer. Allí aparece por primera vez la necesidad del juicio. La vida moral conduce así hacia otra exigencia todavía más compleja. Allí donde varias personas sostienen pretensiones incompatibles entre sí, ya no basta orientar una conciencia individual. Se hace necesario discernir entre derechos contrapuestos. La necesidad de discernir entre derechos contrapuestos hace aparecer el juicio.
El juicio introduce una modalidad de autoridad distinta de todas las anteriores. El padre orienta al hijo. El maestro conduce al discípulo. El investigador indaga la verdad. Quien vive conforme a principios procura ordenar su propia conducta y orientar la de otros. El juez, en cambio, comparece allí donde dos o más pretensiones incompatibles reclaman simultáneamente reconocimiento. La autoridad deja entonces de situarse frente a una sola persona para colocarse entre personas cuyas reclamaciones deben ser ponderadas conforme a justicia.
La complejidad de esa función no modifica la estructura de la legitimidad. Ningún juez adquiere autoridad por ocupar un estrado, vestir una toga o disponer del poder necesario para ejecutar sus decisiones. Tales circunstancias hacen posible el ejercicio institucional del juicio, pero no explican por qué ese juicio merece ser reconocido como debido. La autoridad judicial sólo llega a ser inteligible cuando quienes comparecen ante ella pueden reconocer que la decisión permanece sometida a la justicia y no a los intereses, preferencias o conveniencias del juzgador.
La imparcialidad, por consiguiente, no constituye una virtud añadida al ejercicio jurisdiccional. Constituye una exigencia inherente al propio acto de juzgar. Las partes no buscan únicamente una decisión. Buscan una decisión cuya autoridad proceda de su conformidad con una justicia que ni el juez ni los litigantes han creado. La justicia ocupa así el lugar hacia el cual apunta la autoridad judicial sin llegar jamás a convertirse en patrimonio de quien la ejerce.
Por esa razón, incluso la apariencia de parcialidad puede erosionar profundamente la legitimidad del juicio. Cuando quienes acuden a los tribunales comienzan a percibir que las decisiones responden principalmente a los intereses del juez, de la institución o de cualquier poder exterior, la autoridad empieza a separarse de la justicia. Las sentencias continúan dictándose. La obediencia puede mantenerse. La maquinaria judicial sigue funcionando. Sin embargo, el reconocimiento deja paulatinamente de dirigirse hacia la justicia del fallo para orientarse hacia la fuerza que asegura su cumplimiento.
También en el juicio resulta indispensable distinguir entre el error y la pérdida de legitimidad. Los jueces siguen siendo seres humanos cuya comprensión permanece necesariamente limitada. Una sentencia equivocada no destruye por sí sola la autoridad judicial mientras el orden jurídico conserve procedimientos públicos capaces de corregirla. La apelación, la revisión y el razonado disentimiento no debilitan la justicia. Manifiestan que la función jurisdiccional continúa subordinada a ella.
La corrupción del juicio comienza en un lugar muy distinto. Comienza cuando quien juzga deja de comprenderse como servidor de la justicia y empieza a comprender la justicia como aquello que confirma su propia autoridad. El ejercicio jurisdiccional deja entonces de transparentar el derecho para comenzar a transparentar el poder del juzgador. La fidelidad cede nuevamente ante la autorreferencia. El cargo ocupa el lugar que antes correspondía a la justicia.
La reiteración de esa misma inversión ha reaparecido ya bajo formas sucesivas. El cuidado degenera cuando convierte la vida ajena en objeto de posesión. La educación degenera cuando sustituye la formación por el adoctrinamiento. La investigación científica degenera cuando el prestigio reemplaza la demostración. La autoridad moral degenera cuando los principios son utilizados para eximir de ellos a quien los invoca. El juicio degenera cuando la justicia deja de constituir el término al cual permanece subordinada la autoridad judicial.
La reiteración del desplazamiento por el cual la autoridad ocupa el lugar de aquello que debía gobernarla revela que la reflexión ha alcanzado un umbral distinto. Ya no se trata de examinar casos particulares de autoridad. Lo que comparece ahora es la subordinación común de toda autoridad legítima a aquello que la precede y gobierna su ejercicio. La cuestión deja de preguntar qué hace legítima a determinada autoridad para preguntar qué hace posible la legitimidad de toda autoridad.
El cuidado, el lenguaje, la educación, la investigación científica, la conciencia moral y el juicio pertenecen a ámbitos muy diversos de la experiencia humana. El cuidado pertenece al comienzo de la vida. El lenguaje hace posible un mundo compartido. La educación transmite el conocimiento. La investigación científica disciplina la búsqueda de la verdad. La conciencia moral ordena la conducta. El juicio restablece la justicia entre pretensiones enfrentadas. Pese a esa diversidad, todas esas experiencias permanecen unidas por una misma estructura.
En ninguna de ellas la autoridad encuentra su origen en quien la ejerce. El padre no constituye el bien del hijo. El hablante no constituye la lengua. El maestro no constituye el conocimiento. El investigador no constituye la verdad. La conciencia no constituye los principios morales. El juez no constituye la justicia. Cada uno recibe legitimidad únicamente mientras permanece fiel a aquello que le precede y que continúa gobernando el ejercicio de su autoridad.
El poder y la legitimidad revelan así que proceden de condiciones enteramente distintas. El poder existe allí donde alguien posee capacidad suficiente para imponer una conducta. La legitimidad sólo existe allí donde la autoridad permanece inteligible como mediación fiel de una realidad que no le pertenece. El poder puede afirmarse mediante la posesión. La legitimidad únicamente puede sostenerse mediante la fidelidad.
Por ello la legitimidad resulta, al mismo tiempo, más frágil y más perdurable que el poder. Es más frágil porque el reconocimiento puede desaparecer mientras las instituciones continúan ejerciendo eficazmente sus funciones. Es más perdurable porque las realidades de las cuales la autoridad recibe legitimidad permanecen más allá de quienes la ejercen transitoriamente. Los hombres desaparecen. Las instituciones cambian. La verdad, la justicia, el conocimiento, el bien y el cuidado continúan juzgando a todos aquellos que pretenden representarlos.
La reflexión emprendida hasta este punto ha mostrado bajo qué condiciones nace la legitimidad. El examen debe dirigirse ahora hacia el movimiento inverso. Conviene preguntarse cómo comienza la autoridad a perder aquello mismo que inicialmente la hizo digna de reconocimiento.
La corrupción de la autoridad no comienza con el abuso del poder. El abuso únicamente hace visible una corrupción que ya se encontraba en marcha. El verdadero deterioro aparece en el instante en que la autoridad deja de remitir a la realidad que la legitimaba y comienza a reclamar reconocimiento para sí misma. Lo que antes permanecía transparente a la verdad, al cuidado, a la justicia o al conocimiento empieza lentamente a oscurecerlos. La institución, el cargo, la persona o la tradición ocupan el lugar que correspondía al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia o al bien común que originalmente justificaban su autoridad.
El abandono de la realidad que legitimaba la autoridad y la consiguiente reclamación de reconocimiento para la autoridad misma rara vez se anuncian mediante rupturas espectaculares. Casi siempre avanza por sustituciones imperceptibles. La fidelidad cede ante la conservación. La mediación se convierte en representación. La representación termina identificándose con aquello que pretendía representar. Poco a poco desaparece la distancia entre la autoridad y la realidad de la cual recibía legitimidad. La autoridad comienza a presentarse como si ella misma fuese el origen de aquello que sólo estaba llamada a custodiar.
Cuando la autoridad comienza a reclamarse como fuente de su propia legitimidad, la legitimidad comienza a disolverse progresivamente, aun cuando la estabilidad exterior permanezca aparentemente intacta. El reconocimiento deja de dirigirse hacia el bien protegido, la verdad investigada, la justicia administrada o el conocimiento transmitido. Comienza a dirigirse hacia el prestigio del cargo, la permanencia de la institución, la continuidad de una tradición o la influencia de determinadas personas. Se exige confianza porque la autoridad existe, y no porque continúe siendo fiel a aquello que justificó su existencia.
Las consecuencias alcanzan todas las formas de la vida civilizada. Allí donde la autoridad pierde la capacidad de remitir más allá de sí misma, resurgen inevitablemente los sucedáneos que habían aparecido al comienzo de esta reflexión. La fuerza intenta reemplazar el reconocimiento perdido. El temor procura conservar la obediencia. La costumbre prolonga prácticas cuyo fundamento se ha debilitado. La manipulación fabrica la apariencia de una legitimidad que ya no puede producir.
La civilización no consiste, por ello, en la mera acumulación de instituciones. Consiste en una compleja red de autoridades cuya legitimidad depende de la fidelidad permanente a las realidades que les dieron origen. La salud de una civilización no se mide por la magnitud del poder que concentra, sino por el grado de transparencia con que sus autoridades continúan remitiendo al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y al bien común.
Sólo en este punto adquiere pleno sentido la autoridad política. El gobierno constitucional no constituye un problema separado de cuanto antecede. Reúne en el ámbito de la vida pública todas las formas de legitimidad examinadas hasta ahora. La cuestión ya no consiste en preguntar si el poder político posee una legitimidad propia. Consiste en determinar si el orden constitucional permanece sometido a la misma exigencia de fidelidad a una realidad que lo precede y lo trasciende.
La civilización preserva esas formas de autoridad mediante instituciones. Ninguna generación podría transmitir por sí sola la lengua, el conocimiento, la justicia o el orden político. Las instituciones prolongan a través del tiempo la transmisión de la lengua, el conocimiento, la justicia y el orden político.
La institución, sin embargo, jamás posee legitimidad por sí misma. Una escuela existe para educar. Una universidad existe para cultivar el conocimiento. Un tribunal existe para hacer justicia. Un centro de investigación existe para investigar. El gobierno constitucional existe para ordenar jurídicamente la vida política de una comunidad. Ninguna de esas instituciones constituye el principio del cual deriva su autoridad. Todas permanecen subordinadas a la realidad cuya custodia les ha sido encomendada.
Por esa razón las instituciones reúnen simultáneamente una fortaleza y una vulnerabilidad que no aparecen con igual intensidad en las relaciones personales. Su permanencia permite conservar logros que exceden la duración de cualquier existencia individual. Pero esa misma permanencia introduce una tentación constante. Lo que perdura termina desarrollando intereses propios. La conservación de aquello que debía proteger acaba desplazándose hacia la conservación de la institución misma.
La subordinación de la misión institucional a la conservación de la propia institución rara vez comienza mediante un acto deliberado de corrupción. Las instituciones procuran inicialmente asegurar las condiciones necesarias para continuar cumpliendo su misión. Esa preocupación resulta legítima mientras permanezca subordinada a la finalidad que justificó su existencia. El problema aparece cuando la conservación deja de servir a la misión y la misión comienza a servir a la conservación. Los medios ocupan el lugar de los fines. La continuidad de la institución comienza gradualmente a ocupar el lugar de su fidelidad a la finalidad que justificó su existencia.
Cuando la conservación de la institución comienza a prevalecer sobre su misión, la institución deja de preguntarse si continúa haciendo presente la realidad cuya custodia le fue confiada. La preocupación principal pasa a ser su propia supervivencia. Una universidad puede seguir inaugurando edificios, ampliando sus programas, incrementando sus matrículas y mejorando su posición en los rankings mientras la pregunta por la formación del entendimiento deja gradualmente de ocupar el centro de su vida académica. Nada parece indicar una crisis institucional. Sin embargo, la finalidad que justificaba la existencia de la institución ha comenzado a ceder su lugar a la conservación de la propia institución. La verdad, la justicia, el conocimiento o el bien común dejan de constituir el criterio supremo del examen institucional. El centro de gravedad se desplaza hacia la preservación de la organización misma.
La pérdida de legitimidad rara vez se manifiesta de inmediato porque el poder institucional suele sobrevivir durante largo tiempo al debilitamiento de la legitimidad. Los edificios permanecen abiertos. Los procedimientos continúan aplicándose. Los cargos siguen siendo ocupados. Las decisiones continúan produciéndose. Las formas exteriores permanecen reconocibles mientras el fundamento que las hacía inteligibles comienza a retirarse de la experiencia pública.
Por ello el deterioro institucional suele atribuirse a causas secundarias. Se culpa a la hostilidad política, a las dificultades económicas, a los cambios culturales o a la presión exterior. Todos esos factores pueden acelerar la decadencia. Ninguno constituye su origen. La decadencia comienza cuando la institución deja de medirse por la fidelidad a la realidad que debía custodiar y comienza a medirse por la eficacia con que asegura su propia continuidad.
Comprender que la decadencia comienza cuando la institución privilegia su continuidad sobre la realidad que debía custodiar permite aclarar uno de los equívocos más persistentes de la vida pública. La crítica dirigida contra una institución suele confundirse con hostilidad hacia ella. Sin embargo, la verdadera fidelidad institucional puede exigir esa misma crítica cuando procura restituir la institución a la finalidad que justificó su nacimiento.
Del mismo modo, la defensa más apasionada de una institución puede contribuir a su deslegitimación si pretende conservarla al margen del bien que estaba llamada a servir.
El reconocimiento, por consiguiente, no sigue necesariamente a la permanencia ni acompaña inevitablemente al cambio. Sigue a la fidelidad. Las instituciones permanecen legítimas únicamente mientras continúan haciendo presente aquello que originalmente les confirió autoridad.
Entre todas ellas existe una cuya responsabilidad supera a las demás. A diferencia de la escuela, del tribunal o del laboratorio, el orden constitucional no administra un ámbito particular de la experiencia humana. Establece el marco jurídico dentro del cual todas las demás autoridades pueden ejercer legítimamente sus respectivas funciones. La legitimidad constitucional constituye, por ello, la expresión más amplia de la misma estructura que ha venido desplegándose desde las primeras relaciones de cuidado.
La autoridad constitucional no constituye una excepción respecto de las formas anteriores de legitimidad. Al contrario, las presupone y las reúne en la organización de la vida pública. Lo que el cuidado realiza en la familia, la enseñanza en la formación del entendimiento, la investigación en el conocimiento de la verdad, la conciencia moral en la conducta y el juicio en la administración de justicia, el orden constitucional debe realizarlo respecto de la comunidad política en su conjunto.
Por ello el gobierno nunca adquiere legitimidad por el solo hecho de gobernar. Gobernar demuestra la existencia de poder. La legitimidad constitucional plantea una cuestión distinta. La existencia de un gobierno no resuelve esa cuestión. Tan sólo hace imposible eludirla.
La respuesta no puede apartarse de la estructura que ya ha quedado manifiesta en todas las formas anteriores de autoridad. Así como el maestro no constituye el conocimiento, el investigador no constituye la verdad y el juez no constituye la justicia, tampoco el gobierno constituye el origen de la autoridad pública que ejerce. La autoridad política permanece necesariamente subordinada a una realidad que la antecede y la trasciende.
Esa realidad no es el propio gobierno, ni los órganos que lo integran, ni la continuidad administrativa, ni la eficacia de las políticas públicas, ni la permanencia institucional, ni el reconocimiento internacional, ni el respaldo partidista, ni la necesidad práctica de conservar el orden. Todas esas circunstancias pueden acompañar al ejercicio del poder. Ninguna de ellas basta para conferirle legitimidad.
La autoridad pública sólo permanece legítima mientras continúe siendo atribuible a la comunidad política de la cual procede. Un gobierno puede conservar el control de los ministerios, de la administración pública, de la fuerza armada y de las relaciones internacionales. Ninguna de esas circunstancias responde todavía a la cuestión decisiva. Todas describen quién ejerce el poder. Ninguna demuestra todavía a quién resulta constitucionalmente atribuible la autoridad pública. El gobierno no es propietario del poder público. Lo ejerce en calidad de autoridad derivada. La fuente de esa autoridad permanece siempre fuera del gobierno mismo.
Esa misma subordinación preserva el orden constitucional de una de las tentaciones más antiguas de la política. Todo gobierno tiende espontáneamente a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política que administra. Sin embargo, ambas realidades jamás llegan a confundirse. La comunidad política permanece. Los gobiernos pasan. El poder público no pertenece a quienes circunstancialmente lo ejercen.
Cuando el gobierno comienza a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política, reaparece la corrupción por la cual la autoridad ocupa el lugar de la realidad que debía gobernarla. El gobierno deja gradualmente de remitir a la comunidad política de la cual recibe legitimidad. Empieza a reclamar reconocimiento porque gobierna, porque administra, porque conserva el orden, porque ha sobrevivido o porque no parece existir una alternativa inmediata. La fuente de la legitimidad comienza a ceder su lugar al ejercicio mismo del poder.
En ese momento la atribución constitucional comienza a ser sustituida por la simple efectividad política. El reconocimiento público deja de dirigirse hacia las condiciones constitucionales de las cuales nace la autoridad y comienza a dirigirse hacia la posesión continuada del poder. La administración reemplaza la atribución. La continuidad reemplaza la legitimidad. La posesión reemplaza el título. Las elecciones pueden seguir celebrándose. Los tribunales pueden continuar dictando sentencias. El presupuesto puede seguir ejecutándose. Sin embargo, la discusión pública puede haber dejado ya de preguntar por el título constitucional del poder para concentrarse únicamente en la administración de quienes lo ejercen. Allí comienza a hacerse visible la sustitución.
La sustitución de la atribución constitucional por la efectividad política no exige el derrumbe inmediato del orden constitucional. Las constituciones pueden seguir invocándose. Las instituciones pueden continuar funcionando. Las elecciones pueden seguir celebrándose. Los gobiernos pueden continuar administrando el Estado. Las formas visibles del constitucionalismo permanecen en pie mientras la legitimidad que les daba sentido se retira progresivamente de la conciencia pública.
La consecuencia trasciende el ámbito político. Cuando la autoridad pública comienza a reclamar reconocimiento por su mera permanencia, las instituciones subordinadas terminan reproduciendo la misma inversión. La subordinación de la autoridad al bien, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y a la comunidad política se debilita en toda la vida civilizada. La sustitución del cuidado por el control, advertida inicialmente en las relaciones de dependencia, alcanza finalmente su expresión política más amplia cuando el ejercicio permanente del poder ocupa el lugar de la atribución constitucional. La civilización comienza entonces a reorganizar su comprensión de la autoridad alrededor del poder y no de la legitimidad. El desplazamiento rara vez se manifiesta simultáneamente en todos los ámbitos. Puede comenzar en la familia, continuar en la escuela, hacerse visible en las instituciones y terminar alcanzando el orden político. Allí donde la autoridad empieza a justificarse por la permanencia de quien la ejerce y no por la realidad a la cual permanece subordinada, la permanencia ocupa el lugar de la legitimidad.
Ninguna civilización puede sostenerse exclusivamente sobre el poder. El poder organiza conductas, asegura la obediencia, protege fronteras, administra recursos y reprime el desorden. Nada de ello explica, sin embargo, por qué la autoridad continúa siendo reconocida como debida cuando desaparece el temor, cambian las circunstancias o surge una fuerza mayor. El poder gobierna la conducta. La legitimidad gobierna el reconocimiento. Allí donde el reconocimiento desaparece, el poder necesita recurrir cada vez más intensamente a los sucedáneos que la legitimidad había vuelto innecesarios.
Por ello el peligro más profundo para una civilización rara vez se presenta inicialmente bajo la forma de la violencia. Comienza cuando deja de prestarse atención a las realidades que justificaban la autoridad. El cuidado es sustituido por el control. El conocimiento por el prestigio. La verdad por el consenso. La justicia por la decisión. La atribución constitucional por la administración del poder. Poco a poco la mirada deja de dirigirse hacia aquello que confería legitimidad y termina fijándose exclusivamente en quien ejerce autoridad.
Nada de ello necesita revestirse de apariencia revolucionaria. Los padres continúan criando a sus hijos. Los maestros siguen enseñando. Los investigadores prosiguen sus trabajos. Los jueces continúan dictando sentencias. Los gobiernos siguen gobernando. Exteriormente la civilización parece conservar la misma fisonomía. Sin embargo, bajo esas formas familiares se ha instaurado otra fuente de reconocimiento, fundada en la utilidad, la influencia, la identidad, la necesidad o la mera permanencia, que comienza a ocupar el lugar que antes pertenecía a la legitimidad.
Cuando la sustitución de la realidad legitimadora por la autoridad que pretendía representarla termina por hacerse habitual, la propia naturaleza del desacuerdo cambia. La discusión deja de preguntar si la autoridad permanece fiel a la realidad que la legitimaba. Empieza a preguntarse únicamente si resulta eficaz, conveniente, representativa o suficientemente poderosa para imponerse. La indagación acerca de la legitimidad desaparece lentamente del horizonte público. El poder comienza a explicarse por sí mismo.
Desde ese momento toda autoridad soporta una carga creciente. Ninguna institución puede sustituir indefinidamente mediante la fuerza aquello que sólo la legitimidad puede sostener. El temor termina por agotarse. La costumbre pierde vigor con el paso de las generaciones. La manipulación acaba revelando la voluntad que la dirige. Incluso la fuerza encuentra límites más allá de los cuales la obediencia deja de producir reconocimiento. La autoridad que ha dejado de remitir a una realidad superior termina dependiendo únicamente de sí misma.
La cuestión decisiva nunca ha consistido en determinar si la civilización necesita autoridad. Ninguna convivencia humana puede existir sin ella. La verdadera cuestión consiste en saber si la autoridad continuará reconociendo las realidades de las cuales deriva su legitimidad o si terminará sustituyéndolas por sí misma. Ninguna generación queda dispensada de responder nuevamente a esa pregunta.
La abolición de la legitimidad no destruye únicamente gobiernos o instituciones. Destruye la posibilidad misma de que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin verse reducido a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación. La pérdida no pertenece exclusivamente al orden político. Alcanza todas las relaciones gracias a las cuales un mundo común puede llegar a existir.
La legitimidad no constituye, por ello, un atributo accesorio de la civilización ni una cualidad reservada al constitucionalismo. Constituye la condición silenciosa que permite a los seres humanos habitar un mismo mundo sin tener que explicar toda autoridad por el dominio. Mientras esa condición permanezca viva, la autoridad continuará siendo transparente a la realidad que la legitima. Cuando desaparezca, la civilización no perecerá de inmediato. Comenzará, sencillamente, a olvidar para qué existía la autoridad.
15 de julio de 2026 En tránsito a través de Pensilvania
Ricardo F. Morín Infinito 28 25 cm x 41 cm Óleo sobre lino 2009
Ricardo F. Morín
4 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
Los períodos de autoridad concentrada generan presión estructural. Cuando el poder se centraliza en instituciones identificables, el desequilibrio se acumula en forma visible. En los sistemas imperiales, la autoridad se encarnaba en monarquías o administraciones coloniales cuyo mando sobre el territorio y la tributación era directo y jerárquico. La restricción podía rastrearse hasta un centro, y la responsabilidad podía asignarse a ese centro.
Cuando la restricción es focal, la resistencia también lo es. La revolución surge dentro de esta concentración. Invoca la volición como la capacidad de comenzar de nuevo y de alterar instituciones mediante acción deliberada. Articula la voluntad colectiva como capaz de rehacer arreglos que parecen fijos. Debido a que la autoridad es visible y centralizada, la acción colectiva puede dirigirse hacia una estructura específica.
Sin embargo, los momentos revolucionarios no emergen fuera de la causalidad. La dislocación industrial altera los patrones de trabajo. La exclusión política restringe la participación. La tensión económica intensifica la desigualdad. Estas presiones se acumulan dentro de los sistemas existentes y hacen concebible la ruptura. La revolución toma forma dentro de estas presiones y permanece sujeta a ellas incluso después de que cambian las instituciones. La remoción de un régimen no elimina las condiciones que hicieron necesaria la oposición.
Cuando la autoridad centralizada retrocede o es desmantelada, el poder no desaparece. Se reorganiza. El control que antes operaba mediante mando territorial se distribuye a través de sistemas interactivos. La producción depende de cadenas de suministro que cruzan fronteras. Las decisiones financieras en un país afectan mercados en otros países. Las redes de comunicación enlazan poblaciones en tiempo real. La restricción ya no emana de una única estructura de mando; surge de la interacción de múltiples arreglos.
Esta reorganización altera el terreno de la ruptura. Cuando la autoridad está concentrada, la oposición puede enfocarse en un centro soberano. Cuando la autoridad está distribuida, la restricción persiste en múltiples dominios al mismo tiempo. La acción dirigida a un sitio no disuelve las condiciones sostenidas en otros lugares. El objeto de la transformación se vuelve difuso porque la causalidad ya no está confinada a un único punto.
La restricción difundida a través de sistemas no elimina la causalidad; multiplica sus canales. La presión estructural persiste incluso cuando sus fuentes están dispersas. Lo que cambia no es la presencia de la restricción, sino la manera en que opera.
El determinismo, en este contexto, no niega la acción. Nombra la continuidad de la condición a través de la transformación. Las instituciones pueden cambiar. La autoridad puede reorganizarse. Sin embargo, la causalidad sigue operando dentro de nuevos arreglos. La revolución marca un umbral dentro de la estructura. El determinismo marca el campo que la estructura continúa imponiendo.
Cuando la restricción está distribuida a través de sistemas interactivos, la agencia cívica opera dentro de esa distribución. La acción no puede asumir un único punto de control donde no existe. El reconocimiento de la segmentación se convierte en parte de la responsabilidad. Las decisiones individuales y colectivas tienen lugar dentro de arreglos que ningún acto aislado puede disolver.
Las formas que emergen reflejan la interacción entre la condición estructural y la respuesta humana.
Este ensayo examina el abuso como una distorsión de la autoridad confiada dentro de la vida jerárquica. Describe cómo la autoridad se expande cuando la restricción se debilita, cómo la protección se forma mediante decisiones identificables, y cómo la responsabilidad dispersa permite que el uso indebido persista. El propósito es aclarar la secuencia antes que invocar escándalo o espectáculo moral.
Ricardo F. Morín
4 de marzo, 2026
Oakland Park, Florida
La autoridad surge cuando una persona posee poder de decisión sobre otra. Un padre dirige a un hijo. Un maestro evalúa a un estudiante. Un supervisor asigna tareas. Un funcionario electo emite órdenes. En cada caso, quien ejerce la autoridad recibe discrecionalidad, es decir, la capacidad de actuar sin solicitar aprobación de quienes están sujetos a la decisión. La discrecionalidad permite la coordinación. Sin discrecionalidad, la jerarquía no puede funcionar. En este ensayo, la autoridad se refiere a la discrecionalidad confiada y asignada para la coordinación, no a un derecho ilimitado de mandar. El poder, por el contrario, se refiere a la capacidad de imponer cumplimiento sin consideración del propósito confiado.
La discrecionalidad requiere restricción. La ley establece límites al definir conductas prohibidas. La revisión independiente limita la autoridad al examinar decisiones. Las normas compartidas desalientan conductas que violan expectativas. Cuando estas restricciones operan juntas, la autoridad permanece alineada con su propósito asignado. La distorsión comienza cuando una restricción se debilita o desaparece.
La revisión se debilita cuando quienes deben examinar la autoridad dependen de la misma jerarquía para su posición o avance. La dependencia altera la evaluación. Un revisor que arriesga perjuicio institucional puede sopesar ese riesgo frente a la acción correctiva. Si la preservación parece más segura que la exposición, el revisor retrasa la intervención. El retraso incrementa el tiempo durante el cual la autoridad opera sin corrección.
Las normas se debilitan cuando cuestionar la autoridad se considera deslealtad. Cuando la deslealtad conlleva penalidad social, las personas dudan antes de plantear preocupación. La duda reduce el número de informes. Menos informes reducen la información disponible para revisión. La información reducida limita la respuesta correctiva. En esta secuencia, el silencio expande la discrecionalidad.
La discrecionalidad expandida altera las condiciones de modo que la infracción solo se hace visible más tarde. Quien ejerce autoridad puede aumentar el acceso privado bajo pretexto legítimo. La interacción repetida sin supervisión reduce la percepción de irregularidad. La percepción reducida disminuye el escrutinio. El escrutinio reducido permite mayor acceso. La secuencia avanza de forma incremental antes que abrupta.
La explotación sexual de menores revela esta estructura en su forma más asimétrica. Un menor carece de agencia equivalente y depende del control adulto para seguridad y aprobación. Cuando un adulto inicia conducta sexual bajo estas condiciones, convierte la dependencia en instrumento de dominio. Si el menor anticipa incredulidad o castigo, la revelación disminuye. La revelación reducida permite repetición. La repetición consolida el control. La consecuencia ética se desprende de esta secuencia: un rol asignado para protección ha sido utilizado para dominación.
Las instituciones pueden reproducir dinámicas similares. Un administrador recibe una queja contra un empleado respetado. La terminación puede exponer a la institución a litigio o crítica pública. Para reducir daño inmediato, el administrador reasigna al empleado. La reasignación preserva la posición institucional. También preserva el acceso a posibles víctimas. El acceso preservado permite nueva conducta indebida. Una decisión destinada a proteger reputación se convierte en el mecanismo mediante el cual el daño continúa.
Varios amplificadores intensifican la protección sin alterar la secuencia subyacente. La riqueza y el estatus refuerzan la protección mediante acciones identificables. Reducen la divulgación: asesores legales limitan la divulgación para disminuir responsabilidad jurídica. Asesores de comunicación modelan la explicación pública para mantener posición. Interesados financieros desalientan exposición que amenace inversión compartida. Cada decisión reduce transparencia. La transparencia reducida eleva el umbral probatorio requerido para iniciar investigación. Un umbral elevado retrasa la revisión. La revisión retrasada extiende discrecionalidad no examinada.
El carisma altera la evaluación al inducir a los observadores a tratar el éxito visible como evidencia de confiabilidad. Cuando un líder demuestra éxito visible, los observadores asocian éxito con confiabilidad. Cuando surge una acusación, los observadores comparan la acusación con la imagen establecida. Si la imagen contradice la acusación, la duda se dirige primero al acusador. La duda ralentiza la indagación. La indagación ralentizada protege la autoridad.
La autoridad política magnifica estos mecanismos. Un líder electo exige lealtad de sus seguidores. Los seguidores interpretan supervisión como amenaza a identidad colectiva. Legisladores que comparten afiliación dudan en iniciar revisión porque la revisión puede debilitar posición política. La revisión reducida expande la discrecionalidad ejecutiva. La discrecionalidad expandida reduce transparencia. La transparencia reducida limita corrección. La escala modifica magnitud, no secuencia.
La responsabilidad se dispersa entre funciones escalonadas. Una oficina recibe la queja. Otra evalúa evidencia. Otra comunica públicamente. Cada actor cumple tarea definida dentro de límites asignados. Ningún actor individual asume responsabilidad completa por el resultado. La responsabilidad fragmentada reduce el costo percibido de la inacción. Una presión menor favorece cumplimiento procedimental antes que corrección sustantiva.
Las comunidades asignan costo a la disidencia. En algunos contextos, cuestionar ancianos produce aislamiento. En otros, criticar liderazgo arriesga empleo o estatus. Cuando la penalidad anticipada excede el beneficio anticipado, las personas eligen silencio. El silencio reduce flujo de información. La información reducida perjudica revisión. La revisión perjudicada permite que la discrecionalidad persista.
La prevención estructural requiere interrupción en puntos identificables. Separar autoridad investigativa de la jerarquía examinada. Limitar acceso sin supervisión donde exista dependencia. Exigir informes mediante canales definidos con plazos exigibles. Proteger denunciantes contra represalia mediante sanción formal. Cada medida restaura restricción. La restricción restaurada reduce discrecionalidad. La discrecionalidad reducida disminuye oportunidad de uso indebido.
Después de la exposición, las instituciones suelen adoptar reforma. Nuevas políticas incrementan supervisión. Con el tiempo, la aplicación puede relajarse porque urgencia disminuye o liderazgo cambia. La aplicación relajada devuelve discrecionalidad a nivel previo. Cuando la discrecionalidad retorna sin revisión externa, los mecanismos anteriores se reactivan. La recurrencia sigue a restricción debilitada antes que a vicio inevitable.
La jerarquía y la vulnerabilidad permanecen como rasgos de la vida organizada. La autoridad no puede eliminarse sin disolver coordinación. La condición decisiva concierne a la revisión. Cuando la autoridad permanece sujeta a revisión que no controla, la discrecionalidad opera dentro de límite. Cuando la autoridad controla su propia revisión o la elude mediante demora, la discrecionalidad se expande. En esa expansión, reaparecen condiciones para el abuso.
“Alegoría geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
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Nota del autor
Esta entrega prolonga el Capítulo XII, “El cuarto signo”, tras la exposición inicial sobre la autocracia (§§ 1–9). Su atención se concentra en Venezuela, examinando §§ 10–25, donde el marco previamente establecido se somete a una verificación situada. El capítulo se cierra en una entrega independiente dedicada a “La asimetría de las sanciones” (§§ 26–34).
Ricardo F. Morín
26 de Diciembre de 2025
Oakland Park, Fl
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Capítulo XII: Parte 2
Venezuela
10
Para comprender las consecuencias prácticas de la autocracia y de la concentración del poder que la acompaña, me remito a la obra de Rafael Arráiz Lucca, Venezuela:1830 a nuestros días:Breve historia política [2016]. Allí se presenta una reconstrucción continua de la trayectoria venezolana desde la independencia hasta el presente.[1] El autor examina transformaciones políticas, económicas y sociales, atendiendo tanto a los conflictos iniciales como al ascenso de liderazgos militares. Su análisis incluye la irrupción de Hugo Chávez, la formulación de su proyecto ideológico y los efectos acumulativos de sus políticas. Asimismo, considera la persistencia de ese legado bajo el gobierno de Nicolás Maduro. En su lectura, ambas presidencias encarnaron formas de poder que tendieron a centralizar la autoridad y a restringir la disidencia.
11
La trayectoria política del país ha quedado marcada por una prolongada impronta militar. Desde la independencia en 1811, veinticinco oficiales ocuparon la presidencia, acumulando 172 años de ejercicio gubernamental y afianzando la gravitación castrense en la vida política.[2] La transición hacia la democracia representativa en 1961 introdujo un quiebre significativo, al abrir un período de treinta y ocho años de gobiernos civiles en el marco del Pacto de Punto Fijo (véase el Capítulo XI). Este ciclo, sin embargo, no estuvo exento de tensiones. Los acontecimientos del Caracazo en 1989 y el intento de golpe de 1992 evidenciaron la fragilidad del orden civil y la persistencia del recurso al liderazgo militar en contextos de crisis. [3][4]
12
El Caracazo y la represión que le siguió expusieron fracturas sociales profundas que socavaron la confianza en la gobernanza civil. Para amplios sectores, el desorden y la desilusión reactivaron la percepción de las fuerzas armadas como instancia de contención y orden, una imagen arraigada en la tradición del caudillismo. El ascenso de Chávez puede leerse como una consecuencia directa de ese trasfondo histórico: una figura militar que se ofreció como respuesta a los límites de la política civil. La violencia posterior a los disturbios, sumada a la incapacidad estructural para responder a las desigualdades que estos condensaban, preparó el terreno para el retorno de inclinaciones autocráticas, formuladas ahora en clave populista. Se inauguró así una etapa autoritaria configurada tanto por las tensiones del presente como por herencias no resueltas del pasado.
13
La presidencia de Hugo Chávez prolongó una tradición autoritaria ya visible durante el régimen del general Marcos Pérez Jiménez. [5] Como en aquella etapa, el ingreso petrolero constituyó el sostén principal de la acción gubernamental. [6]
14
La noción de “democracia participativa” promovida por Chávez se presentó como un mecanismo de incorporación de sectores históricamente excluidos. Los consejos comunales y las misiones sociales, concebidos bajo ese principio, operaron en la práctica como dispositivos de control político asociados a la ideología bolivariana. El acceso y la participación quedaron condicionados por la lealtad al liderazgo, lo que derivó en la exclusión sistemática de quienes disentían. Esta articulación de populismo y autoridad redefinió la disidencia como falta de compromiso nacional y debilitó la centralidad del derecho, subordinando los poderes legislativo y judicial al ejecutivo.
15
El respaldo explícito de Chávez a Nicolás Maduro en 2012 acentuó la deriva autoritaria. [7] Diversas organizaciones opositoras —Vente Venezuela, Primero de Justicia, Un Nuevo Tiempo y Voluntad Popular— denunciaron la instrumentalización del Consejo Nacional Electoral. [8][9][10][11][12]
16
Tras la muerte de Chávez, Maduro enfrentó cuestionamientos similares en los procesos electorales de 2013 y 2018. Organismos regionales e internacionales coincidieron en sus objeciones, entre ellos la Organización de los Estados Americanos, el Grupo de Lima, el Grupo de Contacto Internacional y el Grupo de los Siete. [13][14][15] Human Rights Watch y Amnistía Internacional también pusieron en duda la legitimidad del proceso. [16][17] Una excepción fue el debate en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (comunicado SC/13719), que sostuvo la primacía de una resolución interna del conflicto. [18][19]
17
Tras la suspensión de Venezuela del Mercosur en 2016, las respuestas regionales variaron y se ajustaron con los cambios de gobierno. [20][21] Argentina y Brasil modificaron sus posiciones entre el respaldo a medidas de presión y la apelación a la mediación. [22][23] Colombia osciló entre la ruptura diplomática y el restablecimiento de vínculos bajo un enfoque de no intervención. [24] Chile mantuvo una postura sostenida a favor de sanciones y remitió el caso venezolano a la Corte Penal Internacional. [25][26] Perú expulsó al embajador venezolano tras la disolución de la Asamblea Nacional por el Tribunal Supremo de Justicia y regularizó la situación migratoria. [27] México pasó de la condena inicial a una política de mediación. [28][29][30]
18
En el período previo a las elecciones presidenciales de 2024, María Corina Machado fue inhabilitada tras imponerse en las primarias de su coalición.[31] El Tribunal Supremo de Justicia fundamentó su decisión en alegaciones de apoyo a sanciones extranjeras, presuntos actos de corrupción y responsabilidades vinculadas a Citgo, filial estadounidense de Petróleos de Venezuela, S.A. La negativa a permitirle acceso a los cargos formulados constituyó una vulneración manifiesta del debido proceso. Su exclusión dejó a Edmundo González Urrutia como candidato unitario de la oposición.[32]
19
Ambas campañas recurrieron a prácticas de intimidación. La coalición opositora desplegó observadores en miles de centros de votación, mientras el gobierno intensificó la censura informativa y las acciones represivas. Tras la proclamación de resultados, las protestas derivaron en muertes extrajudiciales, detenciones y restricciones severas a la prensa independiente. [33]
20
La oposición coordinó su labor con observadores internacionales —entre ellos la Organización de los Estados Americanos, la Misión de Observación Electoral de la Unión Europea, el Centro Carter y la Misión de Estados Unidos ante las Naciones Unidas— para registrar irregularidades.[34][35][36][37] El gobierno retuvo datos electorales desagregados, alegando intrusiones informáticas, e impuso restricciones a los observadores.[38] El Centro Carter concluyó que el proceso no alcanzó estándares aceptables de transparencia, equidad e imparcialidad. [39]
21
Maduro acusó a Machado y a González de incitar desórdenes y anunció investigaciones por “usurpación de funciones” e “insurrección militar”. El 8 de agosto de 2024, González salió del país rumbo a España tras recibir salvoconducto.
22
Para situar el estado institucional venezolano, resulta pertinente atender a los diagnósticos ofrecidos por índices internacionales. El Índice de Democracia de The Economist Intelligence Unit, el Índice Global de Libertad de Freedom House y el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional permiten observar, desde métricas distintas, el deterioro sostenido del orden democrático.
23
El Índice de Democracia asigna valores más altos a sistemas considerados más abiertos. Freedom House y Transparencia Internacional emplean escalas inversas, en las que puntajes bajos reflejan restricciones severas y altos niveles de corrupción.
24
Según el Índice de Democracia, Venezuela figuró en 2008 como el país menos democrático de Sudamérica y, en 2022, ocupó el puesto 147 de 167. [40] En 2023, Freedom House registró niveles mínimos de libertad, mientras que el Índice de Percepción de la Corrupción asignó al país 13 puntos sobre 100, situándolo entre los casos más graves a escala global. [41]
25
Los informes de Transparencia Internacional correspondientes al período 2012–2023 confirman la persistencia de esa situación. [42] En 2023, Venezuela obtuvo 13 puntos sobre 100 y se ubicó en el puesto 177 de 180. En conjunto, estos indicadores delinean un panorama coherente de concentración del poder y de deterioro institucional prolongado.
NOTAS FINALES
§ 10
[1] Rafael Arráiz Lucca, Venezuela: 1830 a nuestros días: Breve historia política (Caracas: Editorial Alfa, 2016), 15–151, 212–237. Esta obra ofrece una reconstrucción sostenida de la trayectoria política venezolana desde la independencia. Su valor reside en mostrar cómo la recurrencia del poder militar, lejos de ser episódica, se integra de forma estructural en la formación del Estado.
§ 11
[2] José Gregorio Petit Primera, “Presidentes de Venezuela (1811–2012). Un análisis estadístico-descriptivo”. Revista Venezolana: Análisis de Coyuntura (Caracas: Universidad Central de Venezuela, XXII-1, 2016), 47–56. El estudio cuantifica la ocupación militar de la presidencia y permite medir su persistencia como patrón de gobierno.
[3]El Pacto de Punto Fijo fue un acuerdo político suscrito por Acción Democrática (AD), Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) y Unión Republicana Democrática (URD). Su objetivo fue garantizar alternancia, estabilidad institucional y contención del autoritarismo tras la caída de Marcos Pérez Jiménez (1952–1958). Si bien permitió una transición democrática prolongada, también consolidó estructuras partidarias cerradas y exclusiones acumulativas.
[5] Fredy Rincón Noriega, El Nuevo Ideal Nacional y los planes económico-militares de Pérez Jiménez, 1952–1957 (Caracas: Ediciones Centauro, 1981).
Judith Ewell, The Indictment of a Dictator: The Extradition and Trial of Marcos Pérez Jiménez (College Station: Texas A&M University Press, 1981).
Ambos estudios documentan un modelo de centralización autoritaria sostenido por planificación estatal y control militar.
[6]Aunque con orientaciones divergentes, tanto Pérez Jiménez como Chávez estructuraron su acción gubernamental sobre la renta petrolera. En el primer caso, esta sostuvo proyectos de modernización infraestructural. En el segundo, permitió programas de redistribución que incrementaron la dependencia estructural del Estado respecto del ingreso energético.
[12]El Consejo Nacional Electoral, órgano encargado de la supervisión electoral, ha sido objeto de acusaciones persistentes de parcialidad. Diversos actores opositores sostienen que su composición fue progresivamente alineada con el poder ejecutivo, limitando la credibilidad del proceso electoral.
§ 16
[13]El Grupo de Lima, constituido en agosto de 2017, agrupó a Estados americanos con el propósito de coordinar respuestas diplomáticas frente a la crisis venezolana.
[14]El Grupo de Contacto Internacional, integrado por la Unión Europea, Costa Rica, Ecuador y Uruguay, abogó por elecciones verificables y expresó reservas sobre la imparcialidad del Consejo Nacional Electoral.
[15] El Grupo de los Siete (G7) condenó irregularidades electorales y reclamó supervisión independiente.
Ricardo Morin Sin título nº 5: El paradigma de la extracción 25,4 x 30,5 cm Acuarela 2003
Por Ricardo F. Morín
Octubre de 2025
Oakland Park, Florida
1
La historia de la inteligencia artificial (IA) suele contarse como un relato de promesas infinitas: una tecnología destinada a transformar las economías y redefinir el potencial humano. Sin embargo, bajo ese optimismo se oculta una realidad más antigua: la conversión de la creatividad humana en riqueza concentrada. Lo que se presenta como progreso repite el patrón económico más viejo de todos: extraer valor de muchos para beneficio de pocos. El lenguaje que rodea a la IA disfraza esta continuidad. Convierte la innovación en un espectáculo de inevitabilidad, una visión de abundancia que oculta sus cimientos desiguales.
2
Ese espectáculo depende de la persuasión. Expresiones como inteligencia manifestada, la próxima frontera del billón de dólares o transformación inevitable no son descripciones, sino estrategias de mercadotecnia. Presentan el beneficio como destino e invitan a participar no en el descubrimiento, sino en la especulación. Cifras como “80 billones” o “25.000 % de retorno” se repiten en los medios como profecías, transformando las previsiones financieras en certezas morales. Esta retórica moldea la imaginación pública: la IA deja de ser una herramienta para resolver problemas humanos y se convierte en un fenómeno financiero—una historia sobre riqueza más que sobre comprensión.
3
Estas promesas no marcan un nuevo comienzo. Repiten el mismo ciclo que acompañó a cada gran invención. La Revolución Industrial transformó el trabajo pero profundizó las divisiones sociales. La revolución digital difundió la información pero concentró la propiedad. La IA entra ahora en esa historia como su expresión más reciente.Su capacidad para ampliar el conocimiento y servir al bien común es real, pero su primera lealtad sigue siendo el lucro. Dentro de las estructuras existentes, acelera la acumulación de capital en lugar de corregir su desequilibrio.
4
Los mecanismos de esa concentración son visibles. Los modelos propietarios cercan el conocimiento tras muros de pago y patentes. Los datos recolectados del público se convierten en propiedad privada. El costo de la potencia informática y del talento especializado limita quién puede participar. El resultado es previsible: la mayoría experimentará la IA no como empoderamiento, sino como dependencia. Lejos de reducir la desigualdad, la incorpora a la infraestructura del futuro.
5
Esta dirección resulta más inquietante frente a las necesidades urgentes del mundo. Miles de millones de personas aún viven sin acceso confiable a alimentos, salud o educación—condiciones que la tecnología podría transformar pero rara vez aborda. Los usos más rentables de la IA optimizan la publicidad, manipulan el comportamiento y amplían la vigilancia. No son accidentes; son la consecuencia lógica de un sistema que valora la rentabilidad por encima del bienestar humano. Cuando el progreso se mide solo por el valor para el accionista, la tecnología pierde su brújula moral y la sociedad pierde su sabiduría.
5a
Un uso más reciente y peligroso de estos sistemas ha surgido en la esfera política. Las mismas herramientas que dirigen anuncios ahora dirigen conciencias. Gobiernos de tendencia autocrática han comenzado a utilizar modelos generativos para inundar el discurso público con contenidos persuasivos, borrar la frontera entre verdad y ficción y cultivar obediencia mediante la simulación. Informes recientes muestran cómo oficinas ejecutivas emplean la IA para redactar mensajes políticos, amplificar medios afines y silenciar voces disidentes. Tales prácticas convierten la inteligencia en propaganda y los datos en dominación. Cuando un Estado puede administrar algorítmicamente la percepción, la democracia se convierte en representación teatral. La concentración de la riqueza converge así con la concentración de la creencia—cada una reforzando a la otra.
6
Ya hemos visto este patrón. En cada era tecnológica, la riqueza se transforma en poder político y luego utiliza ese poder para protegerse. Los magnates ferroviarios consolidaron monopolios en el siglo XIX. Las potencias petroleras moldearon la política exterior en el XX. Hoy, los conglomerados digitales redactan las reglas que mantienen su dominio. La IA sigue la misma fuerza gravitacional, guiada menos por visión humana que por la inercia del capital.
7
En el orden actual, la unión del poder tecnológico y la especulación financiera ya no produce descubrimiento, sino dependencia. La riqueza circula dentro de una economía cerrada de influencias, recompensando a quienes diseñan los mecanismos de acceso en lugar de a quienes amplían el alcance del conocimiento. Lo que aparece como innovación suele ser un ensayo del privilegio: un intercambio de capital entre los mismos centros de autoridad, cada uno validando al otro mientras la sociedad asume el costo. Cuando la creatividad se convierte en garantía y la inteligencia en arrendamiento, el progreso deja de servir al público y empieza a servirse a sí mismo.
8
La ilusión más seductora que sostiene este orden es la del mito de la inevitabilidad: la creencia de que el avance tecnológico debe producir desigualdad y que nadie es responsable del resultado. Es una ficción útil, pues exime a los poderosos del escrutinio moral al convertir la explotación en destino. Pero la inevitabilidad es una elección disfrazada de naturaleza. Las sociedades siempre han dado forma al uso de la tecnología mediante sus leyes, sus valores y su coraje para intervenir. Aceptar la desigualdad como destino es renunciar a esa responsabilidad.
9
Rechazar la inevitabilidad implica recuperar la idea misma de progreso. La innovación no es progreso si no amplía la libertad y la seguridad humanas. Ello requiere dirección deliberada—mediante inversión pública, impuestos justos, estándares transparentes y cooperación internacional. No son obstáculos al crecimiento; son las condiciones que lo hacen justo y sostenible. Los mercados por sí solos no garantizan justicia, y la tecnología sin ética no es avance, sino aceleración sin rumbo.
10
Medir el progreso de otro modo transformaría lo que celebramos. Si un sistema de IA reduce errores médicos en comunidades pobres, fortalece la educación donde faltan recursos o mejora la participación democrática, su valor supera al de aquel que solo aumenta los márgenes de ganancia. La verdadera medida de la inteligencia—artificial o humana—es el bien que aporta al mundo. El beneficio es solo una forma de valor; la dignidad humana es otra.
11
En el centro de este orden persiste una hipocresía silenciosa. Se elogia la riqueza como recompensa al esfuerzo y la inteligencia, pero depende de la extracción constante de valor de otros—del trabajador, del consumidor, del entorno. Lo que parece mérito suele descansar en la desigualdad disfrazada de eficiencia. El mismo patrón define a la inteligencia artificial. Construida a partir del conocimiento y la creatividad humanos, se encierra en sistemas que venden el acceso a lo que fue dado libremente. Ambas formas de acumulación—la financiera y la tecnológica—obtienen su poder de los mismos recursos que agotan: el trabajo, la atención y la imaginación humanos.Al pretender impulsar a la sociedad, reproducen la inequidad que convierte la vitalidad en estancamiento—la inversión de lo que el progreso debería ser.
12
El discurso febril sobre oportunidades de billones pertenece a un vocabulario antiguo: el lenguaje de la extracción confundido con el de la evolución. La cuestión esencial es si la inteligencia seguirá sirviendo a la riqueza o empezará a servir a la humanidad. La inteligencia artificial ofrece esa elección: repetir la lógica que durante siglos confundió acumulación con progreso, o construir un futuro en que el conocimiento y la prosperidad se compartan. Esa decisión no surgirá por sí sola; depende de lo que las sociedades exijan, de lo que los gobiernos regulen y de los valores que definan el éxito. La ventana para decidir sigue abierta, aunque se estrecha cada vez que el lucro habla más alto que la conciencia.
Las observaciones anteriores se refieren a las consecuencias de la extracción. La lógica institucional que produce estas consecuencias pertenece a un patrón histórico más amplio dentro del desarrollo económico moderno. Ese patrón se examina por separado en La lógica de la extracción.
La transición de Venezuela y la supervivencia de Ucrania constituyen ahora una sola prueba: si el poder puede ser contenido sin ilusiones, y si Estados Unidos es capaz de actuar con coherencia incluso cuando su presidente no logra percibirla plenamente.
Este texto no propone una política ni anticipa un desenlace. Señala el umbral en el que la coherencia deja de ser discrecional y pasa a convertirse en una condición de supervivencia.
Estados Unidos no puede actuar en un escenario de manera que invalide los principios que afirma defender en otro. Si la soberanía, la integridad territorial, la continuidad institucional y la responsabilidad jurídica se consideran vinculantes en Ucrania, no pueden volverse flexibles, provisionales o estratégicamente inconvenientes en Venezuela. Y el principio inverso debe sostenerse igualmente: si esos mismos principios se tratan como vinculantes en Venezuela, no pueden relajarse, reinterpretarse ni aplicarse de forma selectiva en Ucrania. Una vez cruzada esa línea en cualquiera de los dos sentidos, la coherencia se derrumba, no solo en el plano retórico, sino estructural. El poder deja de estabilizar resultados y comienza a administrar el deterioro.
No se trata de una afirmación moral, sino funcional. El poder contemporáneo no fracasa por carecer de fuerza, sino por perder consistencia interna. Cuando los mismos instrumentos —sanciones, acusaciones judiciales, presión militar, reconocimiento diplomático— se aplican según la conveniencia del momento y no conforme a principios, dejan de restringir a los adversarios. Los instruyen. Rusia y China no necesitan imponerse militarmente si pueden demostrar que la legalidad misma es selectiva, contingente y susceptible de reinterpretación por quien detente la ventaja circunstancial.
Por esta razón, ninguna transición puede apoyarse en la personalización. La confianza entre líderes no sustituye la verificación, ni el trato personal puede reemplazar a las instituciones. Esta vulnerabilidad es bien conocida en la diplomacia centrada en personalidades y ha sido especialmente visible bajo Donald Trump, en su reiterada mala lectura de Vladimir Putin. Sin embargo, el peligro más profundo no es psicológico, sino procedimental. Una política que depende de quién habla con quién no resiste la presión. Solo puede perdurar aquella que sigue siendo legible cuando las personalidades desaparecen.
Tampoco pueden proclamarse resultados antes de que existan las instituciones capaces de sostenerlos. El control territorial sin autoridad civil no es estabilidad. Las elecciones celebradas sin garantías de seguridad exigibles no son legitimidad. El acceso a los recursos sin mecanismos de custodia, auditoría y revisión jurídica no es recuperación, sino extracción bajo otra denominación. Cuando Estados Unidos acepta resultados sin estructuras, aplaza el colapso en lugar de prevenirlo.
Igualmente corrosiva es la improvisación jurídica. El derecho aplicado a posteriori —acusaciones justificadas retroactivamente, sanciones reajustadas para acomodar hechos consumados— no limita el poder; lo representa. Cuando la legalidad se vuelve explicativa en lugar de normativa, pierde su capacidad disciplinaria. Los adversarios aprenden que las reglas son instrumentos narrativos, no límites efectivos.
Por último, no puede haber tolerancia alguna hacia la preservación de intermediarios coercitivos. Una transición que deja intactas milicias, financiadores opacos o estructuras de coerción paralelas no es una transición. Es una redistribución del riesgo que garantiza una ruptura futura. Los actores externos pueden ser contenidos, auditados o retrasados, pero no pueden ser apaciguados mediante la ambigüedad sin socavar todo el proceso.
La prueba es severa e implacable. Si una acción adoptada en Venezuela o en Ucrania no pudiera defenderse, palabra por palabra, al aplicarse en el otro caso —o si una concesión aceptada en uno fuese condenada al reproducirse en el otro— entonces el axioma ya ha sido vulnerado.
Lo que, por tanto, debe mantenerse verdadero en ambos escenarios a la vez es lo siguiente: el poder debe someterse al mismo estándar que invoca, sin excepciones, sin personalización y sin refugiarse en una conveniencia disfrazada de realismo.
*
Autoridad donde la legitimidad aún no ha convergido
*
Esta sección no evalúa la legitimidad democrática ni el mérito político. Observa cómo se constituye y se ejerce la autoridad cuando la coherencia se encuentra bajo presión.
Una pregunta formulada durante una conferencia de prensa —relativa a la coalición opositora encabezada por María Corina Machado y a la victoria electoral de Edmundo González Urrutia— provocó una respuesta desdeñosa del presidente Donald Trump. Al preguntársele por qué un liderazgo de transición no se articularía en torno a dicha coalición, respondió que “no había respeto por ella,” dando a entender una ausencia de autoridad dentro del país.
Tomada al pie de la letra, la observación parece personal. Leída de manera diagnóstica, expone una distinción más consecuente: la legitimidad no se traduce actualmente en autoridad dentro de Venezuela. La misma distinción —entre legitimidad y autoridad exigible— ha marcado la resistencia de Ucrania ante la invasión rusa: una legitimidad establecida internamente que debió ser defendida materialmente frente a la agresión externa.
La victoria electoral, el reconocimiento internacional y la credibilidad moral confieren legitimidad. No confieren, por sí solos, poder exigible. La autoridad, tal como existe sobre el terreno, deriva de la capacidad de imponer cumplimiento —ya sea mediante el control de instituciones coercitivas, de puntos críticos de recursos o de la maquinaria operativa del Estado. En Ucrania, esa autoridad se ejerce de forma defensiva para preservar un orden soberano ya legítimo frente a la agresión externa. En Venezuela, la autoridad persiste con independencia del resultado electoral, sostenida por instituciones y mecanismos desvinculados de la legitimidad.
En este sentido, la cuestión planteada por la observación de Trump no es si la coalición de Machado es legítima, sino qué otorga actualmente autoridad dentro del país —y quién es capaz de hacer cumplir decisiones, evitar la fragmentación o imponer obediencia. La respuesta no es retórica ni normativa. Se trata de cómo la autoridad se constituye y se ejerce actualmente, bajo las condiciones presentes.
La reciente discusión en torno al involucramiento de Estados Unidos con actores venezolanos ha vuelto esta distinción operativa, más que abstracta. La marginación de María Corina Machado no ha girado en torno a cuestiones de legitimidad democrática, mandato electoral o reconocimiento internacional. Ha girado en torno a su negativa a participar en arreglos transaccionales con los estratos tecnocráticos y financieros existentes que actualmente ejercen control dentro del Estado. En contraste, figuras como la Vice Presidente Delcy Rodríguez son tratadas como interlocutoras viables precisamente porque detentan una autoridad ejecutable mediante la continuidad de aquellos mecanismos —coercitivos, financieros y administrativos— que persisten con independencia de la legitimidad. La criminalidad, en esta lógica, no resulta descalificadora. Constituye una prueba de control. Lo que se privilegia no es la credibilidad moral, sino la capacidad de negociación bajo presión.
Esta distinción importa porque las transiciones que confunden legitimidad con autoridad tienden a derivar en desorden o enquistamiento. La autoridad negociada sin legitimidad produce represión. La legitimidad afirmada sin autoridad produce parálisis. Una transición duradera exige que ambas converjan, pero no parten del mismo punto ni convergen a través de los mismos medios.
En Ucrania, legitimidad y autoridad están alineadas, aunque tensionadas por la agresión externa; en Venezuela, la autoridad persiste en ausencia de legitimidad. Tratar estas condiciones como moral o procedimentalmente equivalentes oscurece las obligaciones que imponen. Cuando el apoyo se condiciona con mayor severidad allí donde la legitimidad está intacta que allí donde está ausente, la coherencia cede paso a un desequilibrio ético.
La observación de Trump no aclara la estrategia de Estados Unidos. Sin embargo, expone la línea de falla a lo largo de la cual la política corre ahora el riesgo de fracturarse: si la autoridad es evaluada y transformada en relación con la legitimidad, o acomodada al margen de ella en nombre del orden. La elección no es neutral. Determina si el poder refuerza o socava los principios que invoca.
La distinción entre legitimidad y autoridad no invalida la exigencia de coherencia. La afila. Cuando la coherencia se abandona de forma selectiva, el colapso deja de ser un riesgo y pasa a ser un resultado.
Ricardo F. Morín La gramática del conflicto Acuarela, gesso, pluma sharpie negro y creyón de óleo sobre papel 10”x12” 2003
Ricardo F. Morín; 9 de Octubre de 2025
Resumen
El conflicto perdura no solo por los agravios que lo encienden, sino también por la lógica interna que lo sostiene. El odio, la victimización, la hipocresía, el tribalismo y la violencia no actúan como fuerzas separadas; forman un sistema interdependiente que se justifica a cada paso. Este ensayo examina el conflicto como una gramática: un conjunto de reglas y patrones mediante los cuales la hostilidad moldea el pensamiento, legitima la acción y se perpetúa a lo largo de generaciones. El propósito no es juzgar, sino revelar cómo el conflicto se hace autosuficiente, cómo la violencia pasa de instrumento a ritual, y cómo la contradicción se convierte en el fundamento mismo sobre el cual las sociedades actúan de manera que traicionan sus propios valores proclamados.
1
El conflicto, reducido a su estructura, es menos un acontecimiento que un lenguaje. Se aprende, se repite y se transmite —no solo como instinto, sino también como un marco estructurado a través del cual las personas interpretan los hechos y justifican las acciones. La violencia es solo una de sus expresiones; bajo el acto subyace una secuencia de ideas y reacciones que no solo preceden la violencia, sino que también tejen la hostilidad deliberadamente dentro de un tejido de continuidad. Comprender esta gramática del conflicto es esencial, porque muestra cómo los seres humanos pueden permanecer atrapados en ciclos de daño mucho después de que las causas originales hayan desaparecido —no por accidente, sino porque la retórica que sostiene el conflicto extiende la violencia inicial mucho más allá de su causa. Lo que parece espontáneo suele estar guionado, y lo que parece inevitable es, con frecuencia, el resultado acumulado de decisiones que se han endurecido hasta volverse reflejo.
2
El odio es la primera sintaxis de esta gramática. El conflicto no estalla de pronto; se acumula con el tiempo, capa sobre capa, a través de la memoria, el mito y la narración selectiva. Se presenta como defensa frente a una amenaza o subordinación percibida; pero su función más profunda es de preservación. El odio sostiene la identidad al definirse contra lo que no es. Una vez arraigado, el conflicto deja de depender de amenazas inmediatas: se vuelve autosuficiente. Se convierte en un lente que reinterpreta las pruebas conforme a su propio relato y sus expectativas. El conflicto prepara el terreno en el que prospera y ofrece explicaciones prefabricadas para disputas futuras.
3
La victimización da al odio un vocabulario duradero. Convierte el sufrimiento de un hecho pasado en un recurso político y social permanente. El sufrimiento es una condición que todos habitamos. Pero hacer del sufrimiento el núcleo de una identidad colectiva es una estrategia. El sufrimiento permite a las comunidades reclamar autoridad moral y legitimar acciones que de otro modo serían ilegítimas. La historia del agravio se transforma en fundamento de la represalia. Sin embargo, en ello yace una trampa: una identidad anclada en la victimización amenaza con impedir el cierre de su propio relato. Sin la presencia de un adversario, la legitimidad pierde fuerza. La herida original permanece abierta —recordada y convertida en arma para todo lo que sigue. Cada nuevo acto de agresión se presenta como defensa de la dignidad y reafirmación del sufrimiento.
4
La hipocresía es la estructura que mantiene unido este sistema. Permite denunciar y ejercer la violencia al mismo tiempo. Es la proclamación de ideales que se violan de manera sistemática. La hipocresía no solo oculta la contradicción; la encarna. Es, en realidad, un vano intento de invocar la justicia, de hablar de derechos universales y de condenar la crueldad. La duplicidad resultante es esencial. La hipocresía presenta la violencia como principio legítimo, la dominación como protección y la exclusión como necesidad.
5
Una vez que el odio, la victimización y la hipocresía se alinean, la violencia se convierte en un ritual, no en una reacción. Este ritual puede invocar objetivos instrumentales: la recuperación de un territorio perdido, la reparación de agravios pasados o la garantía de seguridad. Pero con el tiempo, el propósito se desvanece y el patrón permanece. Cada acto intenta confirmar la legitimidad del anterior y preparar la justificación del siguiente. El ciclo ya no requiere detonantes; el conflicto se sostiene por su propio impulso. La violencia se convierte en el medio por el cual el colectivo consolida su identidad e institucionaliza la memoria.
6
El tribalismo es un ritual de poder emocional. El conflicto reduce la complejidad de la experiencia humana a afiliación y exclusión. Dentro de este marco, estándares radicalmente distintos juzgan las mismas acciones según quién las cometa. Lo que los de fuera llaman terrorismo se convierte, dentro de la tribu, en una fuerza defensiva. La tiranía del enemigo se transforma en la fortaleza del grupo. El tribalismo convierte la contradicción en coherencia; hace aceptable la hipocresía; transforma la violencia en lealtad y la represalia en obligación. Cuanto más profundamente definen las divisiones a una sociedad, más indispensable se vuelve el conflicto para su sentido de propósito.
7
La violencia deja de ser una respuesta y se convierte en una condición. Persiste no porque sirva a fines inmediatos, sino porque afirma una sensación de permanencia. Poner fin a un ciclo implica desmantelar sus narrativas de sostén; reconocer que el enemigo no es inmutable, que la victimización no es exclusiva y que los ideales ya no pueden coexistir con las traiciones.
8
La ilusión de inevitabilidad es insidiosa. Si el conflicto se convierte en destino, la responsabilidad se disuelve. Cada reacción explica la acción como defensa. En ello, el reconocimiento disminuye la agencia: la violencia deja de parecer una elección y pasa a verse como una condición impuesta desde fuera, una ilusión que permite al ciclo continuar.
9
Romper la continuidad no es ni difícil ni misterioso. El odio, como explicación, simplifica y legitima el relato; ofrece una seguridad ideológica y preserva una falsa sensación de control. Juntos, forman un sistema que parece natural, pero la familiaridad no es destino. La gramática del conflicto se aprende; lo que se aprende puede desaprenderse. El primer paso es esclarecer y reconocer que lo que parece inevitable no es más que una elección disfrazada de reacción. Así pueden las sociedades construir nuevas gramáticas, sin enemistad, sin venganza y sin dominación.
10
Diagnosticar el conflicto no significa minimizar el sufrimiento ni excusar la violencia. Comprender cómo el sufrimiento y la violencia perduran revela que ambos se alimentan mutuamente. Las heridas más profundas no son las infligidas una sola vez, sino aquellas que se mantienen vivas mediante las historias que se repiten sobre ellas. El ciclo persiste porque la sinrazón tiene su propia lógica: preserva los relatos que nos mantienen heridos y nos convence de su necesidad. No es que las personas actúen sin razón, sino que racionalizan lo irracional hasta que la irracionalidad misma se convierte en el principio organizador de su conducta. Exponer su gramática no es una solución, pero sí un comienzo: una manera de hacer visible la arquitectura del antagonismo y, quizá, de imaginar formas de coexistencia que ya no dependan del conflicto perpetuo para justificarse.
Diseño de cubierta para el ensayo «La política de la represión: Autoritarismo y espectáculo». La imagen compuesta yuxtapone vigilancia, militarización, propaganda y espectáculo de masas para subrayar cómo los regímenes autoritarios vuelven las vidas prescindibles mientras legitiman el control mediante la exhibición.
Autoritarismo y espectáculo
Por Ricardo Morín. En tránsito hacia y desde NJ, 22 de agosto de 2025
El autoritarismo en la era actual no se presenta con símbolos uniformes. Surge tanto en democracias como en Estados de partido único, en países con economías en declive y en aquellos que presumen de un crecimiento acelerado. Lo que une estos contextos no es la forma formal de gobierno, sino la manera en que el poder actúa sobre los individuos: la autonomía se restringe, la dignidad se niega y la disidencia se reclasifica como amenaza. El control se mantiene no solo mediante la coerción, sino también mediante la apropiación de valores universales —paz, tolerancia, armonía, seguridad— vaciados de su contenido y reutilizados como instrumentos de silencio. El resultado es una política en la que los seres humanos son tratados como prescindibles y el espectáculo sirve tanto de distracción como de justificación.
En Estados Unidos, la Carta de Derechos garantiza libertades, pero su fuerza práctica se debilita por la desigualdad estructural y el control concentrado de la comunicación. Tras los atentados del 11 de septiembre, la Ley USA PATRIOT autorizó una vigilancia generalizada en nombre de la defensa de la libertad, normalizando el monitoreo de las comunicaciones privadas (ACLU 2021). Movimientos de protesta como las manifestaciones de Black Lives Matter en 2020 llenaron las calles, pero su urgencia fue absorbida por los circuitos de la cobertura mediática, el enfrentamiento partidista y la monetización corporativa (New York Times 2020). Lo que comienza como protesta a menudo concluye como espectáculo: filmado, reproducido y reencuadrado hasta que el mensaje original se desplaza por la circulación. Mientras tanto, la epidemia de opioides, la indigencia masiva y la quiebra médica revelan cómo millones de vidas se toleran como prescindibles (CDC 2022). Su sufrimiento se reconoce en estadísticas, pero rara vez se atiende en políticas, tratado como un daño colateral dentro de un orden que valora la visibilidad más que el remedio.
Venezuela ofrece un caso más directo. La Ley contra el Odio, aprobada en 2017 por una asamblea constituyente sin legitimidad democrática, se presentó como una medida para proteger la tolerancia y la paz. En la práctica, se ha utilizado para procesar a periodistas, estudiantes y ciudadanos por expresiones que en una sociedad democrática pertenecerían de lleno al ámbito del debate (Amnistía Internacional 2019). Más recientemente, la creación del Consejo Nacional de Ciberseguridad ha ampliado esta lógica, colocando a los administradores de grupos de WhatsApp y Telegram en la posición de vigilantes, multiplicando el miedo y la autocensura entre vecinos y colegas (Transparencia Venezuela 2023). Al mismo tiempo, la privación funciona como instrumento de disciplina: el acceso a alimentos y medicinas se distribuye selectivamente, convirtiendo la escasez en un medio de control (Human Rights Watch 2021). Las concentraciones televisadas y los plebiscitos del Estado representan unidad y lealtad, pero la realidad es una sociedad fracturada por el exilio, con más de siete millones de ciudadanos en el exterior y los que permanecen atados más por necesidad que por consentimiento (ACNUR 2023).
Rusia combina la represión con el teatro patriótico. La Ley de 2002 sobre la Lucha contra la Actividad Extremista y el estatuto de “agentes extranjeros” de 2012 han desmantelado sistemáticamente el periodismo independiente y la sociedad civil (Human Rights Watch 2017), mientras que la ley de 2022 contra la “desacreditación de las fuerzas armadas” criminalizó incluso describir la guerra como guerra (BBC 2022). Se ha detenido a ciudadanos por portar carteles en blanco, mostrando cómo cualquier acto, por simbólico que sea, puede ser castigado si se interpreta como disidencia (Amnistía Internacional 2022). La guerra en Ucrania ha revelado el costo humano de este sistema: reclutas provenientes de regiones pobres y de minorías son enviados al frente, consumiendo sus vidas en nombre de la proyección nacional. En el interior, la televisión estatal ridiculiza la disidencia como traición o manipulación extranjera, mientras desfiles, conmemoraciones y elecciones gestionadas convierten la coerción en deber. La promesa oficial de seguridad y unidad se sostiene no en la convivencia, sino en la negación sistemática de voces plurales, reforzada a la vez por la ley, la propaganda y la representación ritual.
China ilustra el modelo tecnológicamente más integrado. La Ley de Ciberseguridad de 2017 y la Ley de Seguridad de Datos de 2021 obligan a empresas e individuos a someterse al control estatal sobre la información digital, extendiendo la vigilancia a todas las capas de la sociedad (Creemers 2017; Kuo 2021). Las plataformas de redes sociales obligan a los administradores de grupos a supervisar contenidos, trasladando la responsabilidad de la conformidad a los propios ciudadanos (Freedom House 2022). Al mismo tiempo, el espectáculo satura el espacio público: el festival de compras del Día del Soltero en noviembre genera miles de millones en ventas, presentado como prueba de prosperidad y cohesión, mientras los medios estatales exhiben logros tecnológicos como triunfos nacionales (Economist 2021). Comunidades enteras, particularmente en Xinjiang, son designadas como objetivos de reeducación y vigilancia. Se cierran mezquitas, se restringen lenguas y se suprimen tradiciones, todo en nombre de la armonía (Amnistía Internacional 2021). Se invoca la estabilidad, pero la realidad es la negación sistemática de la dignidad: la identidad reducida a una categoría administrativa, la vida cultural desmantelada a voluntad y la existencia misma condicionada a la conformidad con los designios del poder estatal.
En conjunto, estos casos revelan una lógica común. Estados Unidos mercantiliza la disidencia y normaliza el abandono como condición permanente de la vida pública. Venezuela utiliza la privación para imponer disciplina y el cumplimiento resultante se presenta públicamente como lealtad al Estado. Rusia exige sacrificio y transforma la coerción en deber patriótico. China fusiona vigilancia y prosperidad e ingenieriza la conformidad. Comunidades enteras son suprimidas en nombre de la armonía. Los registros difieren —comercial, ritual, militarizado, digital— pero el patrón es compartido: la disidencia es despojada de legitimidad, las vidas son tratadas como prescindibles y los valores universales se invierten para justificar la coerción.
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Referencias
ACLU: “Surveillance under the USA PATRIOT Act. American Civil Liberties Union, 2021. Expone cómo tras el 11-S se amplió la vigilancia estatal en nombre de la seguridad, reduciendo derechos de privacidad.
Amnesty International: Venezuela: “Ley contra el Odio usada para silenciar la disidencia”. Amnesty International, 2019. (Este reporte analiza el uso de la ley de 2017 para procesar ciudadanos y periodistas bajo la retórica de la tolerancia.)
Amnesty International: “China: Uighurs and Other Muslim Minorities Subjected to Crimes against Humanity”. Amnesty International, 2021. (Este reporte documenta la represión masiva en Xinjiang, incluyendo detenciones arbitrarias, vigilancia y restricciones culturales.)
Amnesty International: “Russia: Arrests for Blank Signs Show Absurd Repression of Dissent”. Amnesty International, 2022. (Este reporte evidencia cómo cualquier acto simbólico puede ser castigado como disidencia en Rusia.)
BBC: “Russia Passes Law Banning Criticism of Ukraine War”. BBC News, 2022. (BBC reporta la aprobación de la ley que penaliza críticas a la guerra en Ucrania.)
CDC: “Drug Overdose Deaths in the U.S. Top 100,000 Annually”. Centers for Disease Control and Prevention, 2022. (El CDC proporciona datos sobre la epidemia de opioides en EE.UU., mostrando vidas tratadas como prescindibles.)
Creemers, Rogier: “Cybersecurity Law of the People’s Republic of China: Translation with Annotations”. Leiden University, 2017. (Traducción y análisis de la Ley de Ciberseguridad china que institucionaliza el control estatal sobre la información digital.)
Economist: “China’s Singles’ Day: The World’s Biggest Shopping Festival”. The Economist, 2021. (Este reporte explica cómo el consumo masivo se convierte en espectáculo estatal que exhibe cohesión y prosperidad.)
Freedom House: “Freedom on the Net 2022: China”. Freedom House, 2022. (Este reporte detalla cómo se delega la censura a los propios ciudadanos, en particular a administradores de grupos en línea.)
Human Rights Watch: “Russia: Government vs. Rights Groups”. Human Rights Watch, 2017. (HRW analiza las leyes de “agentes extranjeros” que desmantelaron el periodismo independiente y las ONG.)
Human Rights Watch: “Venezuela’s Humanitarian Emergency: Large-Scale UN Response Needed to Save Lives”. Human Rights Watch, 2021. (HRW expone cómo la escasez de alimentos y medicinas se usa como herramienta de control político.)
Kuo, Lily: “China Passes Sweeping Data Privacy Law”. The Guardian, 2021. (Kuo informa sobre la Ley de Seguridad de Datos que amplía el control estatal sobre la información digital.)
New York Times: “How Black Lives Matter Changed the Way Americans Fight for Justice”. The New York Times, 2020. (NYT describe cómo las protestas de 2020 fueron absorbidas como contenido mediático y corporativo, perdiendo impacto político directo.)
Transparencia Venezuela: “Consejo Nacional de Ciberseguridad: Un Nuevo Mecanismo de Control Ciudadano”. Transparencia Venezuela, 2023. (TV explica cómo el Estado amplía la vigilancia digital y fomenta la autocensura comunitaria.)
UNHCR: “Venezuelan Refugee and Migrant Crisis”. United Nations High Commissioner for Refugees, 2023. (UNHCR Ofrece cifras de la diáspora venezolana, destacando el costo humano de la represión y la privación.)
El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción. Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía. El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse
Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados. Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.
—No estamos repitiendo errores pasados. Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo. Esta vez, lo haremos bien.
Aplausos. Asentimientos de aprobación. Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.
Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable. Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa. La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.
Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.
—No pareces convencida.
—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa. Más exigente es la dirección.
Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.
—Esta vez es diferente, Griselda. Hemos estudiado la historia. No repetiremos sus fallas.
Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud. La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.
—Malinterpretas la historia —murmuró—. No es algo que se repite. Es algo que se te vuelve, lo invites o no.
Él ladeó con la cabeza y dijo: « No creo en fantasmas ». Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita. Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal: preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.
II. El experimento
Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente. Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.
Cada decisión pasaba por la asamblea. Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual. El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas. Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.
Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.
Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.
Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución. Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.
—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?
—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.
Luego llegó la primera crisis real: un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia. La fábrica se movía demasiado lento. La asamblea se estancó. Estallaron discusiones.
—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—. Sólo temporalmente!
Se sometió a votación. Se designó a un mediador. No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía. Pero el equilibrio ya había cambiado. La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.
Griselda observaba en silencio.
III. Las fisuras
El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas. La asamblea las aprobaba después. La diferencia era sutil, pero creció.
Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron. Alguien debía negociar con los proveedores. Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos. El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.
—Necesitamos estructura. No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.
Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno. El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente. Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie. Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.
Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros. Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo. Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:
« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».
Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable. Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.
Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad. Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas. ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar? Pero la verdad, al final, era innegable. La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.
IV. El colapso
La siguiente crisis llegó sin aviso. Una huelga. Contra ellos mismos.
Algunos exigían un salario más alto.
—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?
Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.
Emilio intentó razonar con ellos.
—Así no funciona esto. Estamos rompiendo un ciclo.
—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío. Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.
—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?
No tuvo respuesta.
Otra votación. Otra reestructuración. Una nueva propuesta: un comité de supervisión. El comité se convirtió en una junta. Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera. Una pequeña concesión. Un mal necesario.
Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones. Justo lo que juraron evitar.
Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos. Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas. La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza. La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.
Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.
—Lo intentamos —dijo él.
—Nosotros también —respondió ella.
Silencio.
—¿Por qué siempre termina así?
Griselda puso la taza sobre la mesa. Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.
—Porque somos humanos. . . , imperfectos.
V. La próxima generación
Años después, Emilio pasó frente a la fábrica. Seguía en pie, funcionando. No revolucionaria. No un fracaso.
Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido. Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.
—No estamos repitiendo el pasado. Estamos forjando un nuevo camino. Esta vez, lo haremos bien.
Emilio no se detuvo a escuchar.
A la distancia, Griselda observaba.
—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.
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Ricardo Federico Morín Tortolero 15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida