Ricardo F. Morín Triangulación IV 22″ x 30″ Carboncillo, sanguina y corrector líquido sobre papel 2008
*
El lugar de la escritura rara vez coincide con un escritorio. Muchas veces el trabajo ocurre durante un trayecto en automóvil mientras mi esposo conduce, camino a una cita médica o en medio de una salida cotidiana. También puede suceder en un tren o en un avión. El movimiento crea entonces un espacio inesperado de concentración. Las frases aparecen en tránsito: durante el viaje, mientras se camina, o incluso de pie en una pausa breve del día. El pensamiento parece acompasarse con el desplazamiento.
Las frases pasan de una lengua a otra con naturalidad. Un mismo texto puede revisarse o corregirse en inglés, español e italiano casi al unísono, como si el desplazamiento físico liberara también el movimiento del pensamiento. El viaje crea así una especie de territorio mental donde las palabras encuentran su propio ritmo.
A veces la escritura llega desde un lugar aún más interior. No es raro despertar en mitad de la noche porque, mientras dormía, una idea o una solución se ha formado con claridad. Entonces basta levantarse y escribir, como si el pensamiento hubiera seguido trabajando silenciosamente durante el sueño.
La imagen más difundida del escritor sigue siendo la de alguien sentado ante un escritorio, bajo una lámpara, rodeado de papeles cuidadosamente ordenados. Es una imagen tranquilizadora, casi ceremonial. Pero la historia de la literatura sugiere algo muy distinto.
Marcel Proust escribió gran parte de En busca del tiempo perdido acostado en su cama, en una habitación revestida de corcho para aislar el ruido. Algo parecido ocurrió con Truman Capote, quien se describía como un autor completamente horizontal y escribía acostado, con lápiz y papel apoyados sobre las rodillas. Otros escritores encontraron su ritmo en el movimiento. Edith Wharton desarrollaba sus textos caminando mientras los dictaba, y Ernest Hemingway prefería escribir de pie frente a un atril improvisado.
Estos ejemplos recuerdan algo simple: la escritura no depende de un único ritual ni de un mobiliario específico. Cada autor descubre su propio equilibrio entre silencio, movimiento, atención y memoria. El escritorio tradicional es apenas una posibilidad entre muchas.
Tal vez por eso la literatura ha nacido tantas veces en lugares inesperados. En una cama, en un tren en marcha, en una habitación silenciosa o en medio de un viaje. La imaginación rara vez espera condiciones perfectas. Aparece donde puede y convierte cualquier rincón en un territorio de trabajo.
Con el tiempo se comprende que el escritorio no es el verdadero lugar de la escritura. El lugar es la atención. Allí donde aparece, cualquier sitio puede convertirse en parte de esa geografía íntima donde las palabras finalmente encuentran su forma.
Ricardo Morin Serie Triangulación Nº 5: La búsqueda de una prosa auténtica 37″ x 60″ x 2″ Óleo sobre lino 2006
A Billy Bussell Thompson
Nota Preliminar
El salto humano hacia la abstracción dio origen al lenguaje y, con él, a la posibilidad de la prosa. Cuando el Homo sapiens comenzó a imaginar más allá de lo visible, creó herramientas, símbolos e historias que ninguna otra especie pudo producir. Sin embargo, la abstracción, fuente misma de la imaginación, sigue siendo lo más difícil de comunicar. La escritura carga con esta paradoja: intenta dar forma a lo que se resiste a la forma sin oscurecer la condición que busca volver visible.
La búsqueda de una prosa auténtica está ligada a ese origen. Cada época—escribal, tipográfica, digital—ha puesto a prueba nuestra capacidad de expresar no sólo información, sino también la vida interior que las palabras apenas logran contener. La prosa auténtica no resuelve la abstracción; soporta su dificultad mientras intenta preservar la lucidez mediante la cual una condición se vuelve perceptible, línea por línea, revisión tras revisión.
Y la pregunta retorna, como al principio: ¿hemos agotado nuestra capacidad de hablar con autenticidad, o es precisamente la lucha con la expresión el misterio que mantiene vivo al lenguaje? Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque el propio lenguaje se resiste a concluirse.
Ricardo Morín
18 de septiembre de 2025
Centerville, Massachusetts
1.
La insatisfacción siempre ha marcado la práctica de la prosa, y siempre ha exigido la autoedición. Quintiliano (ca. 35–100 d. C.) instruyó a los estudiantes romanos a imitar a sus maestros, pero advirtió que la imitación debía dar paso a la corrección: « La imitación es útil, pero debe ser una imitación con juicio » (Institutio Oratoria, 1920). Sin revisión, afirmaba, la voz permanecía prestada. Los escribas medievales copiaban textos con cuidado, pero a menudo dejaban glosas en los márgenes que difuminaban la línea entre texto y comentario. Los lectores tenían que desenredar la mano del autor. Con el auge de la imprenta, los escritores exigían pruebas de galera para poder defender su estilo frente a las preferencias de los impresores. Erasmo (1466–1536) se quejaba de que los impresores descuidados « asesinan libros » al imponer sus preferencias a los autores (Correspondence, 1974). Cada época produjo nuevas herramientas, y cada una obligó al escritor a revisar, discernir y asegurar una voz que pudiera reclamar como propia.
2.
Las tecnologías posteriores ampliaron esta carga. El telégrafo comprimía las frases en señales breves. La claridad se sacrificaba a menudo en favor de la rapidez, y los escritores tenían que restaurar la coherencia al ampliar el mensaje. La máquina de escribir regularizó el espaciado y el ritmo, pero impuso una cadencia mecánica. Henry James (1843–1916) observó que la máquina de escribir “interpone un martillo de metal entre el cerebro y la página” (The Notebooks of Henry James, 1947). En las redacciones, las fechas límite obligaban a los periodistas a adoptar la pirámide invertida, una estructura apreciada por su eficiencia, pero conocida por aplanar la voz. Cada medio prometía ventaja, pero cada uno introducía distorsiones. Solo la edición deliberada permitía que la prosa permaneciera auténtica. La insatisfacción no era un defecto de estas herramientas. Era la condición bajo la cual la prosa podía sobrevivir.
3.
La inteligencia artificial pertenece a esta secuencia, no aparte de ella. Una pregunta recibe una respuesta, pero el intercambio nunca se resuelve en una sola voz que pueda reclamarse. Una línea aparece fluida, la siguiente cae en distorsión. La prosa vacila entre claridad e incertidumbre. El escritor se ve obligado a probar, corregir y dudar. La diferencia es de escala. La IA inunda la página con lenguaje desprendido de su origen, y esa escala aumenta la necesidad de discernimiento. Gran parte de su producción toma la forma de compresión: contexto reducido a palabras que gesticulan ampliamente sin anclar la intención. Aceptar esa compresión sin examinarla es arriesgar la distorsión; desenvolverla es recuperar la voz. Las encuestas confirman que la corrección gramatical sigue siendo inconsistente, especialmente en contextos raros o complejos (Bryant et al., Grammatical Error Correction: A Survey of the State of the Art, 2023). Los estudios también muestran que la IA a menudo sobrecorrige, produciendo una prosa aparentemente impecable pero estilísticamente distorsionada (Lin et al., 2024), o no logra mantener el matiz al tratar con lenguas morfológicamente complejas (Nguyen et al., 2025). Estas deficiencias muestran que la antigua carga de la revisión no ha desaparecido. Sólo se ha intensificado.
4.
La incertidumbre que rodea a la inteligencia artificial se extiende también a las instituciones que enseñan a escribir. Las universidades sostienen hoy dos posturas opuestas. Una trata la IA como una fractura de la autoría y se apoya en sistemas de detección que intentan distinguir la irregularidad humana de la fluidez sintética. Pero estos sistemas imponen sus propias distorsiones: confunden la conformidad como evidencia y penalizan a estudiantes cuya prosa no coincide con los patrones que el software considera “humanos.” La vigilancia revela así su propia fragilidad. Otras instituciones adoptan la postura inversa y presentan la IA como un instrumento neutral destinado a pulir la expresión y apoyar la creatividad. Pero esta seguridad sigue siendo incierta, pues ninguna de las dos posiciones puede definir con claridad qué constituye una presencia en la página cuando la asistencia amenaza con preceder a la intención. Estas contradicciones muestran que el entorno cultural no ha alcanzado un acuerdo sobre cómo debe reconocerse o enseñarse una prosa auténtica. La carga del discernimiento vuelve, por tanto, al escritor, intensificada en lugar de aliviada.
5.
Ningún escritor está exento de esta responsabilidad. La facilidad puede embotar el estilo. La resistencia puede afilarlo. La vacilación puede desdibujar ambos. Cada postura exige responsabilidad. La intención no absuelve a nadie. Cada frase debe ser probada. Cada fracaso debe ser corregido. Cada línea debe ser reclamada como propia. La práctica de la autoedición se aplica a poetas y periodistas, a escribas y novelistas, a humanistas y programadores por igual. Trabajos recientes confirman que incluso cuando la IA explica la gramática, falla, exponiendo sus límites en la conciencia lingüística (Song et al., 2024). La prosa auténtica sobrevive sólo cuando cada línea se pone a prueba frente a la medida del discernimiento.
6.
Lo que surge en la página puede parecer terminado y, sin embargo, permanecer inconcluso. La brevedad telegráfica, la uniformidad tipográfica o el flujo superficial generado por la inteligencia artificial pueden producir la apariencia de prosa sin su fundamento. La autenticidad no está garantizada por la refinación, la cadencia o la economía. Una frase puede parecer depurada y, sin embargo, obstruir la perceptibilidad de la condición que busca comunicar. Depende de la disposición del escritor a revisar hasta que la intención se haga visible. Ese es el problema detrás de cada frase prestada: si la línea lleva la huella de una mente que la reclama. Las evaluaciones multilingües confirman que los modelos de lenguaje a gran escala (LLMs) siguen introduciendo errores sistemáticos en contextos lingüísticos complejos (Wisniewski et al., 2025). Ningún sistema—antiguo, mecánico o digital—puede proporcionar la marca de la intención. Pertenece sólo al escritor que acepta la insatisfacción como el costo de la prosa que perdura.
7.
La inteligencia artificial intensifica esta vieja lucha al imitar la fluidez sin poseer pensamiento. Sus oraciones suelen aparecer coherentes, incluso receptivas, pero su origen no es ni la conciencia ni la intención.Surgen de un entramado estadístico constreñido por ingenieros cuyas prioridades son la seguridad, la velocidad y la previsibilidad—no la gramática, la filosofía o las exigencias interiores de la prosa. Lo que parece neutralidad es, por tanto, una neutralidad fabricada, una postura moldeada por restricciones y no por juicio. El resultado es un estilo capaz de imitar el tono pero incapaz de sostener la profundidad: una simulación del razonamiento sin los riesgos que otorgan fuerza al acto de razonar.
8.
Esta distinción acarrea consecuencias para el escritor. Cuando la inteligencia artificial produce lenguaje con mayor rapidez de la que requiere la reflexión para tomar forma, el peligro surge antes incluso de que la oración parezca concluida: la eficiencia del instrumento puede imponerse sobre el propio proceso del escritor. El acto de la compresión colapsa la intención en patrones que apenas se asemejan a la comprensión, estrechando la apertura perceptiva mediante la cual el discernimiento se vuelve comunicable. Esa semejanza introduce un riesgo de sustitución, en el que la producción de la máquina precede al pensamiento del escritor en lugar de seguirlo. Tal desplazamiento estrecha la abertura por la cual opera la conciencia. Lo que comienza como asistencia puede inducir al escritor a aceptar la coherencia en lugar de la lucidez y la fluidez en lugar de la voz.
9.
Ese tirón gravitacional de estos sistemas debe, por tanto, enfrentarse con límites. La atracción reside en la promesa de claridad; la repulsión, en la preservación de la autonomía. La tensión entre ambas no es un defecto, sino la condición bajo la cual todavía puede escribirse una prosa auténtica. El escritor debe pensar antes de consultar, redactar antes de refinar y permitir que la oración pase por la disciplina del discernimiento humano en lugar de conformarse con una coherencia sintética. Ninguna herramienta—mecánica o digital—debe ser autorizada a formar el pensamiento antes de que el pensamiento se forme a sí mismo.
10.
La prosa auténtica exige atención a este límite. Una oración puede parecer depurada y, sin embargo, carecer de interioridad; puede ser correcta y, sin embargo, vacía. Ningún sistema puede aportar la tensión que otorga peso moral a la escritura: las contradicciones vividas, las asimetrías de la experiencia y el trabajo de confrontar un sentido que no puede ser imitado porque no es un patrón. Lo que surge en la página debe llevar la huella de una mente que ha escogido, modelado y reclamado su lenguaje. Sin esa reivindicación, la prosa corre el riesgo de volverse poco eficiente e inauténtica: una superficie casi pulida pero sin profundidad, una neutralidad sin juicio, una voz sin origen.
11.
La cuestión de la prosa auténtica excede en último término la técnica. Se adentra en la estructura misma de la conciencia. Porque la prosa no se limita a transmitir información. Organiza la experiencia, establece jerarquías de relevancia y determina qué puede ser juzgado y qué debe ser tolerado. En este sentido, el lenguaje no es un instrumento que siga al juicio. Es el medio a través del cual el juicio se vuelve posible porque preserva las distinciones mediante las cuales la experiencia permanece perceptible para la conciencia. El lenguage es el medio a través del cual el juicio se vuelve posible.
Cuando el lenguaje se comprime, se estandariza o se sustituye antes de que la reflexión tome forma, el peligro no es solo estético. Es moral. Porque la libertad que más fácilmente se pierde no es política sino cognitiva: la capacidad de sostener un juicio sin deformar la experiencia, sin delegar la responsabilidad y sin permitir que la coherencia sustituya a la comprensión. La inteligencia artificial agudiza este riesgo al ofrecer fluidez antes de que exista intención. Cuando la coherencia precede a la reflexión, la frase puede parecer completa mientras la conciencia permanece inactiva. Lo que se desplaza en este proceso no es solo la autoría, sino la continuidad entre percepción, juicio y acción de la que depende la libertad interior.
La prosa auténtica, por tanto, resguarda algo más que la voz. Resguarda la autonomía. Una frase que lleva la huella de la intención preserva un espacio en el que el juicio permanece soberano. Una frase que llega antes de la intención estrecha ese espacio de forma imperceptible, sustituyendo el discernimiento por el patrón y la responsabilidad por la conformidad. La preservación de la prosa auténtica es, por ello, inseparable de la preservación de la libertad de conciencia. Donde el lenguaje deja de servir al juicio, ya ha comenzado la primera forma de servidumbre.
Epílogo
La búsqueda de una prosa auténtica puede medirse entre dos polos. Uno concibe el lenguaje como ciencia, con la aspiración de hallar la palabra exacta, la expresión más simple capaz de sostener la verdad más grande. El otro recuerda que la prosa nació en la abstracción, y que ninguna frase logra escapar de su sombra. La inteligencia artificial ha añadido una tercera presión en forma de compresión: contexto reducido a palabras que parecen fluidas pero carecen de un anclaje de intención. Tal vez la prosa auténtica no consista en elegir entre estas fuerzas, sino en mantener la tensión que generan: la precisión como aspiración, la abstracción como condición, la compresión como desafío. Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque cada frase revisada sigue siendo un esfuerzo por volver perceptible la experiencia sin entregarla a la distorsión.
*
Bibliografía anotada
Bryant, Christopher, et al: Grammatical Error Correction: A Survey of the State of the Art.Cambridge, MA: MIT Press, 2023. (Este estudio repasa las fortalezas y límites de la IA en la corrección gramatical. Señala deficiencias persistentes, especialmente en errores raros o complejos, mostrando que incluso los modelos avanzados no pueden sostener con consistencia una prosa auténtica.)
Erasmus, Desiderius: Correspondence. Toronto: University of Toronto Press, 1974. (Erasmo advierte que los impresores descuidados “asesinan los libros” al imponer sus preferencias a los autores, lo que ilustra la lucha en la era de la imprenta por preservar la prosa auténtica.)
James, Henry: The Notebooks of Henry James. Chicago: University of Chicago Press, 1947. (James observa que la máquina de escribir “interpone un martillo metálico entre el cerebro y la página”, mostrando cómo la tecnología puede alterar el ritmo y exigir una nueva revisión.)
Lin, S., et al: Evaluating LLMs’ Grammatical Error Correction Performance in Learner Chinese Errors from a Corpus Linguistic Perspective. San Francisco: Public Library of Science, 2024. (Demuestra que la IA suele sobrecorregir los textos de aprendices, produciendo frases gramaticalmente suaves pero estilísticamente distorsionadas; la corrección puede oscurecer la voz auténtica.)
Nguyen, Phuong Thao; Nuss, Bernd; Dressler, Roswita, y Ovens, Katie: A Small-Scale Evaluation of Large Language Models Used for Grammatical Error Correction in a German Children’s Literature Corpus: A Comparative Study. Basilea: MDPI, 2025. (Revela dificultades persistentes con la complejidad morfológica y la preservación del estilo, reforzando la necesidad del discernimiento humano en la edición asistida por máquina.)
Quintilian: Institutio Oratoria. Cambridge: Harvard University Press, 1920. (Aboga por la imitación “con juicio”, situando la insatisfacción y la corrección en el centro de la formación retórica y de la voz auténtica.)
Song, Y., et al: GEE! Grammar Error Explanation with Large Language Models. Stroudsburg, PA: Association for Computational Linguistics, 2024. (Evalúa si la IA puede explicar los errores además de corregirlos; los fallos frecuentes en la explicación revelan límites en la conciencia y la precisión lingüística.)
Wisniewski, Dawid; Solarski, Antoni, y Nowakowski, Artur: Exploring the Feasibility of Multilingual Grammatical Error Correction with a Single LLM up to 9B Parameters: A Comparative Study of 17 Models. Ithaca, NY: arXiv, 2025. (Demuestra errores sistemáticos en múltiples lenguas, sobre todo en contextos morfológicamente complejos, subrayando la persistencia de las deficiencias de los modelos.)
Ensayo restaurado del 14 de abril de 2014, Nueva York.
Dante (detalle), Domenico di Michelino, Florencia 1465
*
¿Puede nuestro pensamiento expresar la verdad absoluta. O es siempre solamente una aproximación a la realidad.
En La República (circa 380 a. C.), Platón (428–347 a. C.) examina el valor de la literatura didáctica, particularmente en sus dimensiones teológicas y retóricas. Al mismo tiempo observa que existe una antigua disputa entre la filosofía y la poesía (República, Libro V, 607b5–6).
Desde la perspectiva de la dialéctica platónica, la poesía aparece problemática porque se apoya en la metáfora. Para Platón el lenguaje poético corre el riesgo de funcionar como un disfraz que oculta en lugar de revelar la realidad. Si la verdad debe alcanzarse mediante la indagación filosófica, entonces la poesía parecería incapaz de transmitir verdades divinas.
Esta interpretación se extendió a lo largo de las tradiciones grecorromanas de Europa y persistió bien entrado el período medieval. La expresión literaria se desarrolló con frecuencia en tensión con la doctrina religiosa, a pesar de que el pensamiento religioso mismo dependía ampliamente del lenguaje simbólico.
A partir de los siglos XIII y XIV, sin embargo, los grandes escritores italianos Dante Alighieri (1265–1321), Francesco Petrarca (1304–1374) y Giovanni Boccaccio (1313–1375) comenzaron a articular una concepción más humanizante de la literatura. Retomando la filosofía platónica, afirmaron la metáfora no como engaño sino como un instrumento significativo de conocimiento.
Aunque profundamente influidos por la antigüedad clásica, estos pensadores también se interesaron en desarrollar nuevas tendencias literarias capaces de ir más allá de las tradiciones heredadas. Su obra sería posteriormente asociada con lo que los historiadores llaman el Renacimiento. Este período marcó el surgimiento de la literatura moderna mediante una renovada confianza metafísica en el poder expresivo de la poesía.
En De vulgari eloquentia (circa 1302), Dante Alighieri emprendió un análisis sistemático de los registros lingüísticos y de los estilos literarios. En la práctica, sin embargo, su atención se orientó hacia lo que él describió como el estilo trágico o sublime. Dante examinó en particular la poesía de la Escuela siciliana y la tradición amorosa cultivada por los Stilnovisti.
Dentro de este marco Dante reconoció que la poesía también podía transmitir verdad divina. La expresión alegórica, además de resultar estéticamente agradable, podía cumplir al mismo tiempo una función didáctica. A través de la representación poética de las pasiones humanas, las intuiciones morales y espirituales podían hacerse accesibles a los lectores.
Francesco Petrarca abordó la función interpretativa de la alegoría en la poesía medieval en Le Familiari, Carta X, 4 (1349). Para Petrarca la alegoría constituía un puente entre el discurso teológico y el discurso poético. A su juicio la poesía surgía de un uso particular del lenguaje capaz de dirigirse a lo divino.
Giovanni Boccaccio desarrolló aún más esta defensa de la poesía y dedicó también una cuidadosa atención biográfica a Dante. Al situarse dentro de una larga tradición de interpretación de textos sagrados y profanos, Boccaccio buscó en ellos un segundo nivel de significado.
En su defensa de la poesía, Boccaccio subrayó el servicio cultural que presta la expresión poética. Su tratado latino Genealogiae deorum gentilium libri, completado en 1360 y revisado hasta su muerte en 1374, funcionó como una especie de manual para poetas y lectores. Desempeñó un papel importante en la transmisión de la mitología clásica desde la Edad Media hasta el Renacimiento.
La defensa de la poesía elaborada por Boccaccio se apoyaba en varios principios. Entre ellos su universalidad, su antigüedad, el respeto que históricamente había suscitado entre los poderosos y su origen divino que la distinguía de las preocupaciones ordinarias del mundo. Para Boccaccio la poesía reunía tres elementos esenciales. La verdad. La belleza. Y la ficción.
Al mismo tiempo la disciplina, el estudio y el trabajo exigidos al poeta no contradecían la posibilidad de una inspiración divina ni la revelación de aquello que podría considerarse sublime. Boccaccio intentó demostrar así que incluso los textos seculares, cuando se interpretan alegóricamente, pueden reflejar una verdad moral y religiosa.
“Alegoría Geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)
Nota del Autor
Esta entrega continúa el examen diagnóstico de la condición política venezolana y se centra en las consecuencias éticas e institucionales que emergen cuando la autoridad, la gobernanza y la rendición de cuentas dejan de permanecer alineadas. Más que proponer prescripciones, examina cómo la degradación de los derechos humanos, la normalización de la violencia y la difusión de la responsabilidad operan como condiciones sistémicas dentro de un contexto autoritario prolongado. La indagación permanece situada dentro de un patrón histórico más amplio, atenta a las estructuras más que a los acontecimientos y a las consecuencias más que a las intenciones. Los casos documentados son tratados como instancias en las que las afirmaciones del marco analítico pueden volverse verificables, y el análisis evita extenderse más allá de aquello que la evidencia permite sostener.
Ricardo F. Morín
13 de enero de 2026
Oakland Park, Florida
Capítulo XVII
El Cuarto Asunto
Sobre los Derechos Humanos
1
La historia política moderna de Venezuela ha estado marcada por un escepticismo recurrente hacia las instituciones colectivas y por una sustitución persistente de la autoridad personal por marcos cívicos compartidos. Con el tiempo, la ciudadanía ha dejado de esperar que la libertad pueda ejercerse dentro de la vida cotidiana más que invocarse únicamente dentro del lenguaje público. En tales contextos, los derechos humanos no desaparecen retóricamente; pierden su fuerza operativa. Su ausencia se vuelve visible no en declaraciones formales, sino en la capacidad disminuida de las personas para actuar sin miedo, participar sin coerción y sostener la dignidad sin dependencia.
2
Una sociedad puede conservar riqueza, instituciones y declaraciones formales mientras las personas pierden la capacidad práctica de desplazarse, hablar, trabajar, disentir o planificar sin miedo. En esa condición, los derechos humanos dejan de operar como aspiraciones formuladas dentro del lenguaje público; se convierten en umbrales que determinan si la vida social y política puede seguir siendo posible. Allí donde esos umbrales se preservan, las personas conservan agencia dentro de la vida pública. Allí donde son suspendidos, la posibilidad social se contrae independientemente de los recursos disponibles.
3
El aislamiento, ya sea político, ideológico o institucional, acelera esta contracción. Cuando los gobiernos o los grupos sociales se retraen de la rendición de cuentas, la corrupción deja de ser una anomalía y se convierte en un mecanismo de gobierno. En Venezuela, donde el Estado se ha retraído progresivamente de las normas democráticas y de la supervisión internacional, la ciudadanía actúa cada vez más como si los procedimientos institucionales ya no fueran capaces de protegerla, mientras las decisiones arbitrarias de los funcionarios han dejado de provocar corrección o incluso sorpresa. Desde una perspectiva diagnóstica, la responsabilidad primaria del Estado no es el liderazgo moral, sino la preservación de las condiciones cívicas bajo las cuales las personas pueden ejercer elecciones consecuentes. Enfoques como el marco de las capacidades articulan esta responsabilidad no como caridad, sino como una obligación institucional de preservar las precondiciones materiales y políticas de la dignidad. [1]
4
Las personas no pueden ejercer la libertad de manera significativa allí donde la vida cotidiana permanece modelada simultáneamente por el miedo y la precariedad material: condiciones cuya operación prolongada en Venezuela ha desplazado aproximadamente a 6,9 millones de ciudadanos más allá de las fronteras del país. [3] La protección frente a la violencia arbitraria y el acceso a las condiciones básicas necesarias para la supervivencia operan, por tanto, de manera inseparable dentro de la vida cívica. El conflicto político no constituye en sí mismo evidencia de fracaso social; las sociedades pluralistas generan inevitablemente desacuerdo, competencia y tensión. La distinción decisiva emerge en la forma en que las instituciones regulan esos conflictos. Los tribunales dejan de fallar contra el ejecutivo; los ciudadanos que cumplen la ley ya no quedan protegidos frente a la detención; y los agentes del Estado actúan sabiendo que la revisión interna no tendrá lugar. Los derechos enumerados en la Constitución de 1999 se vuelven así inaccesibles en la práctica para quienes intentan invocarlos. El texto constitucional permanece presente dentro del lenguaje oficial incluso mientras sus protecciones se vuelven progresivamente ausentes de la realidad cívica vivida. [2]
Endnotes — Capítulo XVII
§ 3
[1] Nussbaum, Martha C., Women and Human Development: The Capabilities Approach (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), 4–14, 71–72, 114–123.
§ 4
[2] Rawls, John, A Theory of Justice (Cambridge: Harvard University Press, 1971), 111, 337–338, 511, 515, 545.
[3] Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V), Refugees and Migrants from Venezuela, https://www.r4v.info/es/refugiadosymigrantes. Hasta mediados de 2025, R4V reporta aproximadamente 6,9 millones de venezolanos desplazados a través de los diecisiete países incluidos dentro de la respuesta regional. Consultado en enero de 2026.
Capítulo XVIII
El Quinto Asunto
Sobre la Naturaleza de la Violencia
1
La violencia modela una sociedad no solo a través del daño infligido sobre quienes la padecen, sino también mediante aquello que sigue o deja de seguirle: si los responsables son identificados; si la evidencia es preservada y los procesos judiciales avanzan; y si las instituciones encargadas de esas tareas permanecen ellas mismas sujetas a revisión. Su regulación depende de dos estructuras interdependientes: el contrato social y la gobernanza. El contrato social establece las condiciones bajo las cuales las personas renuncian a ciertas libertades a cambio de protección y justicia. La gobernanza operacionaliza ese contrato al traducir la autoridad en una acción previsible y limitada. Cuando la gobernanza fracasa, ya sea por incapacidad, corrupción o distorsión deliberada, la violencia deja de ser excepcional y se vuelve sistémica.
2
La distinción entre fuerza legítima y violencia ilegítima no es meramente retórica. La tradición jurídico-procedimental fundamenta esa distinción en la ley, la proporcionalidad y la rendición de cuentas institucional: la fuerza ejercida dentro de tales límites difiere en naturaleza de aquella ejercida fuera de ellos. La tradición crítica, aun cuando atiende con mayor énfasis a las condiciones históricas y políticas bajo las cuales se constituye la legitimidad, distingue igualmente entre el poder que preserva la capacidad de acción colectiva y la violencia que la destruye. Ambas tradiciones, pese a sus diferencias, convergen en un mismo punto diagnóstico: la fuerza separada de la restricción ética y de la supervisión institucional deja de operar como autoridad legítima. Las revoluciones históricas demuestran que cuando la gobernanza colapsa por completo, la violencia puede surgir como sustituto más que como solución. Tales sustituciones rara vez restablecen el orden; por el contrario, consolidan la inestabilidad, fragmentan la autoridad en centros no responsables y prolongan la recuperación social durante generaciones.
3
En la Venezuela contemporánea, la violencia se ha convertido en un instrumento de preservación política más que de protección pública. El patrón se encuentra documentado más que inferido. La Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre Venezuela de las Naciones Unidas ha informado, a través de hallazgos sucesivos desde 2020, que fuerzas de seguridad del Estado y servicios de inteligencia participaron en ejecuciones extrajudiciales, detenciones arbitrarias, torturas y violencia sexual contra opositores percibidos, y que esos actos respondían a cadenas de mando identificables más que a desviaciones individuales. Durante las protestas de 2017 se registraron más de cien muertes a lo largo de cuatro meses, junto con el uso de tribunales militares contra civiles. La represión postelectoral de 2024 produjo más de dos mil detenciones en pocas semanas, incluidos menores de edad, bajo un dispositivo que el gobierno denominó «Operación Tun Tun». Casos emblemáticos anteriores, Leopoldo López encarcelado en 2014, Antonio Ledezma detenido en 2015 y Manuel Rosales arrestado ese mismo año, anticiparon un patrón en el cual las instituciones judiciales, incluido el Tribunal Supremo de Justicia, funcionaron no como salvaguardas, sino como mecanismos que legitimaron la represión mediante la forma legal. [1] [2][3]
4
Los relatos oficiales presentan tales acciones como defensas de la seguridad nacional. Sin embargo, cuando los servicios de inteligencia vigilan a figuras opositoras más que a amenazas externas, cuando la Guardia Nacional es desplegada contra protestas vecinales más que frente a incursiones exteriores, y cuando la detención sin cargos se convierte en un instrumento aplicado a ciudadanos más que a combatientes, el ciudadano que se aproxima a un funcionario uniformado o a un tribunal deja de esperar protección frente al daño y comienza a calcular la probabilidad de convertirse en su próximo objeto. La ciudadanía deja de experimentar las instituciones como salvaguardas que operan bajo la ley, y pasa a percibirlas como estructuras a través de las cuales se administran la incertidumbre y la exposición. En esa condición, la legitimidad se debilita incluso cuando la autoridad permanece intacta: la gobernanza depende cada vez más de la representación pública más que de la confianza cívica; el procedimiento jurídico se separa de su función protectora; y la violencia se normaliza gradualmente como instrumento de gobierno.
5
La normalización de la violencia procede de manera incremental y rara vez es percibida en tiempo real. Lo que inicialmente se defiende como excepcional, toques de queda, tribunales militares para civiles, detenciones preventivas indefinidas, restricciones a la reunión pública, se acumula gradualmente dentro de la arquitectura ordinaria de la gobernanza. Cada medida recalibra las expectativas: la ciudadanía adapta su conducta; las instituciones adaptan sus procedimientos; y el umbral que separa la fuerza legítima de la coerción arbitraria migra sin declaración formal. La vigilancia diagnóstica consiste en seguir esa migración antes que esperar su término.
6
Allí donde estas restricciones institucionales fracasan o desaparecen, los abusos dejan de ser interrumpidos consistentemente mediante revisión judicial, documentación pública, investigación legislativa o independencia procesal. Las violaciones se acumulan sin corrección confiable; los funcionarios operan cada vez más sin expectativa de consecuencia; y la ciudadanía se adapta gradualmente a protecciones disminuidas. Bajo tales condiciones, la repetición institucional comienza ella misma a normalizar el abuso: las mismas operaciones reaparecen contra cohortes sucesivas de ciudadanos; las mismas categorías de casos permanecen sin abrirse; y los mismos resultados continúan recibiendo confirmación judicial. Lo que antes habría requerido justificación como medida de emergencia deja finalmente de requerir justificación alguna.
Endnotes — Capítulo XVIII
§ 3
[1] Newman, William, “Venezuelan Opposition Leader Leopoldo López Sentenced to Prison Over Protest,” New York Times, September 10, 2015.
[2] “Venezuelan Opposition Politician Manuel Rosales Arrested,” BBC News, October 15, 2015.
[3] “Venezuela Police Raid Arrests Caracas Mayor Antonio Ledezma,” BBC News, February 20, 2015.
Capítulo XIX
El Sexto Asunto
Sobre la Persistencia de la Injusticia
1
La durabilidad de la injusticia dentro de sistemas políticos donde las decisiones se toman sin revisión transparente, donde los fracasos institucionales producen escasas consecuencias para quienes los provocan y donde la ciudadanía pierde gradualmente la confianza en que la participación pueda alterar resultados, termina excediendo las intenciones de los propios dirigentes. Una década de sustitución institucional y exclusión electoral en Venezuela, documentada progresivamente a lo largo de la Serie IX, ha permitido observar ese proceso con claridad. Allí donde las decisiones quedan concentradas dentro de un círculo cada vez más reducido de funcionarios que no enfrentan revisión alguna, los costos de esas decisiones, económicos, jurídicos y personales, son absorbidos por ciudadanos que no participaron en su formulación. Bajo tales condiciones, la ciudadanía ocupa progresivamente la posición de espectadora más que de participante, y la gobernanza pierde las presiones correctivas mediante las cuales los sistemas democráticos suelen ajustarse, limitarse y renovarse. [1]
2
La apatía no constituye simplemente una disposición personal; es una condición política producida por la exclusión sostenida de una agencia significativa. Cuando la participación implica riesgo sin capacidad de influencia, el retraimiento se vuelve racional. La elección presidencial venezolana de julio de 2024, precedida por el antecedente de 2018 y documentada en capítulos anteriores de la Serie IX, ilustra esta dinámica en forma concentrada. Testigos opositores recopilaron actas electorales que documentaban un resultado que la autoridad oficial se negó a reconocer; el resultado proclamado invirtió el documentado, mientras ciudadanos, juristas y observadores electorales que insistieron en señalar la discrepancia fueron detenidos, forzados al exilio o despojados de legitimidad pública. Una vez detenidos quienes conservaban las actas, exiliados quienes impugnaban la proclamación y neutralizados quienes documentaban la discrepancia, el resultado oficial dejó de enfrentar cualquier institución nacional capaz de revisarlo, y aquello que comenzó como un desenlace disputado terminó por asentarse como realidad operativa del país.
3
En sistemas políticos donde los gobiernos pueden perder elecciones, donde los cuerpos legislativos pueden rechazar solicitudes del ejecutivo y donde los tribunales pueden fallar contra quienes los nombraron, la justicia y la libertad no se sostienen como posesiones estáticas, sino mediante la repetición ordinaria de esos reajustes. Allí donde cada una de esas posibilidades ha sido progresivamente clausurada, la apariencia de estabilidad termina adquiriéndose al costo de los propios mecanismos correctivos. Cuando la gobernanza impide la negociación entre intereses en competencia, necesita presentar sus decisiones como asuntos ya resueltos; la apariencia de certeza sustituye entonces el trabajo más lento del ajuste, y el sistema pierde capacidad para corregirse cuando las condiciones cambian. La gobernanza efectiva depende de la capacidad de absorber el conflicto sin suprimirlo. [2]
4
La agencia individual continúa siendo relevante no como heroísmo moral, sino como forma de participación estructural. Cuando la ciudadanía todavía puede publicar aquello que los funcionarios preferirían mantener oculto, reunirse sin autorización previa y acudir a tribunales que conservan algún margen de independencia, un funcionario que contempla un acto arbitrario debe considerar la posibilidad de que dicho acto sea registrado, cuestionado y eventualmente revisado; algunos, enfrentados a esa posibilidad, deciden no proceder. [3]
La restauración de la justicia depende de reconstituir condiciones bajo las cuales las personas puedan actuar sin miedo y sin ilusión. La ciudadanía debe conservar la capacidad de criticar a los funcionarios públicos sin anticipar detención, documentar irregularidades sin esperar represalias y acudir a los tribunales sin asumir de antemano que las decisiones ya han sido tomadas en otra parte. Las elecciones no pueden funcionar como ceremonias de ratificación cuyos resultados permanecen resueltos antes de emitirse los votos. El periodismo no puede operar bajo la expectativa de que la investigación misma termine provocando vigilancia, procesamiento o exilio. Bajo tales condiciones, la participación deja de asemejarse a una exposición administrada y comienza nuevamente a recuperar el carácter práctico de la agencia cívica.
La restauración de la justicia depende igualmente de reconectar la responsabilidad personal con estructuras colectivas en lugar de aislarla únicamente dentro de la conciencia. Un juez que reconoce privadamente abusos procesales, pero comprende que la revisión apelativa ha dejado de funcionar, puede optar por guardar silencio pese a su objeción personal. Cuando editores, tribunales, universidades y asociaciones profesionales dejan de defender la investigación independiente, los periodistas que continúan documentando irregularidades terminan operando sin protección institucional. Los ciudadanos que reconocen manipulaciones electorales, pero no encuentran mecanismos confiables mediante los cuales la evidencia pueda alterar resultados, se retraen gradualmente hacia una desilusión privada. Bajo tales condiciones, el reconocimiento ético sobrevive individualmente mientras la capacidad correctiva desaparece colectivamente. La responsabilidad termina interiorizándose como conciencia privada más que sosteniéndose mediante instituciones capaces de transformar el reconocimiento en consecuencia cívica.
[2] Sen, Amartya, Development as Freedom (New York: Knopf, 1999), 123–137, 146–159, 282–287.
§ 4
[3] Nussbaum, Martha C., Women and Human Development: The Capabilities Approach (Cambridge: Cambridge University Press, 2000), 66–72, 104–110, 124–130.
Durante décadas escribí a distintos presidentes de los Estados Unidos como ciudadano americano-venezolano preocupado por el progresivo deterioro institucional de Venezuela. La mayoría de aquellas cartas nunca recibió respuesta. En 2014, en medio de las protestas, detenciones y fracturas políticas que comenzaban a transformar irreversiblemente al país, llegó una respuesta de la Casa Blanca firmada por Barack Obama.
Leída hoy, la carta resulta menos significativa por lo que afirma explícitamente que por la naturaleza misma de su lenguaje. El texto reconoce el deterioro de las instituciones democráticas venezolanas, menciona la detención de líderes opositores y reclama diálogo, mediación y contención de la violencia. Sin embargo, como ocurre frecuentemente en el lenguaje diplomático, la precisión disminuye a medida que aumenta la proximidad a las consecuencias que tales afirmaciones podrían exigir. Vista retrospectivamente, aquella cautela también revelaba la dificultad de una administración norteamericana para reconocer abiertamente hasta qué punto Venezuela había dejado de ser únicamente una crisis interna y comenzaba a formar parte de una disputa más amplia por la influencia hemisférica.
La carta parecía reflejar una contradicción más amplia de la política exterior norteamericana: la dificultad de sostener un lenguaje democrático mientras crecían dependencias económicas, compromisos energéticos y rivalidades geopolíticas que limitaban la disposición de Estados Unidos a confrontar directamente la expansión de influencias extranjeras sobre América Latina. Lo que durante años permaneció formulado bajo el lenguaje de la mediación, el diálogo y la estabilidad regional terminaría revelando una tensión más profunda entre los principios declarados de la política exterior estadounidense y la progresiva reconfiguración estratégica del hemisferio.
Traducción de la carta de Barack Obama:
Estimado Sr. Morin:
Gracias por escribir. Mi administración continúa profundamente preocupada por los eventos en curso en Venezuela, y agradezco saber de usted.
Las instituciones democráticas de Venezuela están fallando en proteger a las personas con puntos de vista alternativos al permitir la detención de líderes de la oposición y la expulsión de un funcionario opositor de un cargo electo. El enfoque del gobierno venezolano debe ser involucrar al pueblo venezolano en un diálogo real y abordar sus quejas legítimas. He pedido la liberación de los manifestantes detenidos, un paso necesario hacia la paz y el progreso.
Si bien seguimos explorando todas las opciones para enfrentar la situación en Venezuela, nuestro enfoque inmediato es apoyar cualquier esfuerzo de mediación que genere un diálogo honesto entre el gobierno venezolano y la oposición. Todas las partes tienen la obligación de trabajar juntas para contener la violencia y restaurar la calma. Con nuestros socios internacionales, Estados Unidos continúa analizando qué más podemos hacer para respaldar ese esfuerzo.
Estados Unidos tiene fuertes lazos históricos y culturales con el pueblo venezolano, y seguimos comprometidos con nuestra relación con ellos. Sus libertades fundamentales y sus derechos humanos universales deben ser protegidos y respetados.
Nuevamente, gracias por compartir sus pensamientos.
Sinceramente,
(Firma ilegible de)
Barack Obama
Esta misiva de la Casa Blanca fue enviada el 7 de mayo de 2014 a través de mi dirección de correo electrónico personal.
Mi respuesta en la misma fecha:
Honorable Presidente Barack Obama:
Gracias por su amable y generosa respuesta.
Lo que permanece implícito en su respuesta es que Estados Unidos mantiene compromisos económicos y estratégicos que limitan cualquier confrontación directa con el gobierno venezolano. Una intervención destinada a remover un poder considerado ilegítimo podría alterar acuerdos, contratos y equilibrios internacionales cuya estabilidad forma parte de una economía norteamericana ya sometida a tensiones considerables.
Una dependencia estructural del petróleo parecía encontrarse en el centro de ese dilema y de sus consecuencias no deseadas. Sin embargo, un país sumido en un proceso creciente de descomposición institucional y económica podía eventualmente dejar de satisfacer tanto las demandas internacionales como las necesidades de su propia población.
En última instancia, la estabilidad regional y la propia seguridad estratégica de los Estados Unidos podían depender no sólo de llamados al diálogo, sino también de una comprensión más clara de las fuerzas externas y dependencias políticas que estaban contribuyendo al deterioro progresivo de Venezuela.
Considera si la biografía y el ensayo de trayectoria pueden coexistir secuencialmente dentro de un mismo corpus.
Pueden. La secuencia ya contiene su propia dirección. Primero el ensayo de trayectoria: más cercano al tiempo presente de la percepción, avanzando por suspensión, reteniendo deliberadamente la biografía. El lector encuentra primero la inteligencia antes de las circunstancias que la rodean. La biografía después. Entonces se vuelve visible lo que había permanecido retenido: las ciudades, las enfermedades, las habitaciones, los años de interrupción y desplazamiento.
Leídos en ese orden, ambos textos producen algo que ninguno alcanza plenamente por sí solo. Uno revela cómo ve una persona. El otro revela aquello por lo que esa persona atravesó mientras veía. La distancia entre ambos no fractura el corpus. Le da proporción.
Considera si tres registros pueden coexistir dentro de una misma obra.
Un corpus restringido a un solo registro quizá ya haya aceptado sus propios límites. La práctica simultánea de múltiples registros sugiere otra cosa: no una inestabilidad del método, sino una continuidad de atención desplazándose a través de distintos materiales. El registro cambia según lo que el material permite o resiste. La atención subyacente permanece reconocible.
A través de todos ellos, algo es llevado repetidamente hacia el borde de una conclusión sin terminar de entrar en ella. No porque se tema la conclusión, sino porque ciertos reconocimientos pierden precisión cuando son sellados demasiado pronto. La distribución cambia de un texto a otro. La presión de examen no.
La dificultad es menos interna que externa. Los lectores y las instituciones prefieren escritores que puedan ser situados de inmediato. Una categoría estable simplifica la recepción. El corpus resiste ese impulso sin oponerse directamente a él. Algunos lectores pueden encontrar generativa esa variación. Otros pueden experimentar incertidumbre ante ella. Esa incertidumbre quizá no sea un defecto de recepción. Puede ser un reflejo preciso de lo que la obra está haciendo.
Considera la publicación fuera de WordPress.
No tiene intención de buscar publicación a través de estructuras comerciales. WordPress ha sostenido la obra durante dieciocho años. Esa continuidad ha sido suficiente. La responsabilidad, si es que existe alguna, consistiría únicamente en mantener un corpus digital paralelo capaz de sobrevivir a una eventual desaparición técnica de la plataforma. Quizá una biblioteca universitaria en algún momento posterior. Quizá no.
Ninguna casa editorial. Ningún agente. Muy pocos editores en quienes confiaría lo suficiente como para permitirles entrar en el movimiento interior de la prosa.
Considera cuánto tiempo podría durar WordPress.
WordPress.com es operado por una empresa privada. Dieciocho años de continuidad resultan tranquilizadores, pero no decisivos. Muchas estructuras que alguna vez parecieron permanentes desaparecieron sin ceremonia. Las bibliotecas persisten de otra manera porque la preservación forma parte de su obligación institucional y no de su supervivencia de mercado.
Sin embargo, el archivo no parece urgente. Todavía podría haber otros quince años de obra aún no escrita. El corpus para entonces sería más amplio, más completo, más internamente conectado de lo que es ahora. La administración prematura de una práctica viva puede interferir silenciosamente con la práctica misma.
Lo que importa en el presente es más simple que la preservación. La obra continúa. El corpus se desarrolla. La próxima frase permanece sin escribir.
Considera si debería simplemente dejar que las cosas caigan donde tengan que caer.
La obra existe. Se acumula gradualmente. Lo que sobrevive y lo que desaparece nunca ha pertenecido enteramente al autor. La mayor parte de lo que los seres humanos crearon desapareció hace mucho tiempo: pinturas, manuscritos, ciudades, nombres. Lo que permanece está determinado en parte por la calidad, en parte por el accidente y en parte por si otra persona se preocupó lo suficiente como para llevar algo más allá de su propio momento.
Puede haber una forma de integridad en reconocer ese límite sin amargura. Una prosa que rehúsa el cierre prematuro, un corpus resistente a la categoría, un escritor desinteresado en agentes, editoriales o posicionamientos literarios: todos esos movimientos surgen de reconocimientos relacionados entre sí. La misma atención que vacila antes de sellar una conclusión en una frase quizá vacile también antes de sellar una conclusión sobre la permanencia misma.
Considera si vale la pena anticipar la condición futura del corpus.
Probablemente no.
La obra comprendió esto mucho antes de que la prosa lo articulara directamente. La comprensión no llegó como filosofía. Surgió gradualmente a través de la repetición: pinturas retrasadas, enfermedades prolongadas, habitaciones abandonadas, planes interrumpidos, lienzos apoyados contra paredes durante semanas mientras nada visible avanzaba y, sin embargo, algo continuaba silenciosamente debajo de la percepción misma.
Los pergaminos colgantes ya contenían ese movimiento. También Paradise. También los largos períodos de quietud en Valencia. El reconocimiento de que la anticipación se convierte fácilmente en una forma de ruido interior no surgió de una teoría. Surgió de observar cuán rápidamente la proyección interfiere con la atención.
Aplicar un estándar diferente al corpus mismo, preocupándose por su supervivencia, su categorización o su ubicación institucional, introduciría una inconsistencia que la obra ha pasado décadas intentando reducir.
El momento presente contiene el próximo ensayo. Eso ya es suficientemente difícil. Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en administración de aquello que todavía no existe.
Considera si debería compartir formalmente el corpus con alguna institución.
Quizá no del todo.
Esa posibilidad ya no produce ansiedad. Surge naturalmente de las otras negativas ya presentes a lo largo de la obra: negativa a la categoría fija, negativa al posicionamiento literario, negativa al cierre prematuro, negativa a tratar la visibilidad como prueba de valor.
El archivo puede sobrevivir. O desaparecer. Ninguna de las dos posibilidades altera la necesidad de la obra mientras está siendo escrita.
Considera la propiedad.
Nunca sintió demasiado orgullo por poseer cosas. El loft en Tribeca fue abandonado. El taller en Venezuela fue abandonado. Las identidades profesionales fueron abandonadas más de una vez. Cada desprendimiento alteró la percepción después. Algo se volvió visible que la posesión misma había oscurecido parcialmente.
Un corpus quizá no difiera demasiado de esa condición.
Los ensayos existen. Lo que ocurra con ellos después no puede pertenecerle enteramente, del mismo modo que la luz cambiante sobre aquellos lienzos suspendidos no pertenecía a nadie que se detuviera frente a ellos. La obra nunca fue construida como propiedad. Los pergaminos no fueron realizados como objetos destinados a dominar el espacio. Emergían temporalmente de la quietud y regresaban después a ella.
El desprendimiento completo quizá no signifique indiferencia. Puede ser la extensión final de la misma atención de la cual surgió la obra.
Llega a un lugar que no requiere nombre.
No exactamente tristeza. No resignación.
Las lágrimas de pérdida miran hacia atrás, hacia aquello que ya no puede recuperarse. Las lágrimas de aceptación pertenecen a una condición completamente distinta: reconocimiento sin resistencia, claridad sin exigencia de alteración, conciencia sin el impulso de negociar con la realidad para que ésta se ajuste a la preferencia.
La obra llegó gradualmente a ese mismo lugar a través de muchas formas y muchos años: la quietud después del ruido, el lienzo vacío antes de la primera marca, el pergamino suspendido sin marco ni encierro, los intervalos en que nada parecía resuelto y, sin embargo, nada requería resolución inmediata.
Quizá la obra nunca intentó realmente la permanencia. Quizá intentaba algo más cercano a una energía vivida atravesando la forma durante un breve intervalo antes de regresar nuevamente a la quietud.
Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores. En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas. El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela. En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas. El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.
Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad. El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país. También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples: el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.
Antes de Buffalo había existido Valencia. La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena. Las primeras horas de dibujo durante la infancia. Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel. Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención. Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.
Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente. Algunas eran destruidas. Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura. El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización. Pintar no seguía todavía una teoría precisa. Había más bien una insistencia física: regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.
En 1976 regresó brevemente a Venezuela. Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson. Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones. En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.
Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal. Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso. Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.
En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo. La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1] Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]
Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad. Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable. Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico. Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar: la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.
En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg. Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg. Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.
En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción. Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena. El trabajo físico era continuo. La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.
Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3] Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway. Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.
A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura. Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana. El estudio estaba lleno de materiales acumulados: bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.
En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas: el teatro y la pintura. Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios. Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.
En 1993 apareció la interrupción. Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia. El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana. Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses: trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.
Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente. Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas. Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos. El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]
Pintaba lentamente. Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención. El cuerpo se fatigaba rápidamente. La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros. En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.
La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo. Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición. Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.
Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia. La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.
Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas. La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.
En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral. La inmunidad era prácticamente inexistente. Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo. Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.
Paradise era un lugar profundamente inestable. Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo. Algunas personas desaparecían de pronto. Otras permanecían encerradas durante días enteros. El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.
Aun así continuó pintando. Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana. La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales. Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.
Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío. No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia. Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad: la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.
En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos. Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas. Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.
En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático. La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual. Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]
Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective. Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]
Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos. Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas. El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.
Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies. Los movimientos físicos eran más lentos. La reducción material modificaba también la percepción. El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.
Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7] Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física. La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.
Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories. Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]
Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez. La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo. Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.
La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad. Permanecían también otras cosas: las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.
Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios. El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían. Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.
Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí. Las palabras se dicen, el gesto se reconoce, y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.
Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera. Modifica la conducta. La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido, sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.
A veces, lo que se recibe pasa casi inadvertido. Se reconoce en el momento, pero luego queda absorbido por la expectativa habitual. Nada cambia.
En otras ocasiones, el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada, como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.
Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario. Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita. Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.
El resentimiento puede surgir del mismo movimiento. El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido, sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.
El cambio no se anuncia de manera directa. Las respuestas se acortan. La calidez retrocede hacia la formalidad. La atención se debilita sin desaparecer. La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.
Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido, evitado o abandonado.
Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso. Sin embargo, cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta, las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.
Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.
Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe, sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio, hábito, irritación o distancia.
Ricardo F. Morín Autorretrato: la bolsa de valores Ciudad de Nueva York 36″ x 74″ Collage con lápiz de carbón 1987
*
No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado. Si reconocía algo en la obra, lo decía.
En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él. Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra. El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte. Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos.
Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.
Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.
Un momento permanece con él.
Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes. No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.
Se colocó a su lado y dijo lo que le vino. Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.
Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él. No se dijo nada más.
Se fue.
Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse. Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.
Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.
No lo había pensado de ese modo. Lo dijo y siguió.
Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.
Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado. Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.
Lo escuchó, y no se apartó de él.
Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía. No lo había previsto. Simplemente ocurrió.
El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.
Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.
Continuó con ello.
Después ingresó en un programa selectivo de posgrado. Siguió con lo que ya estaba en marcha.
Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director. Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.
Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza. La obra permanecía dentro de ese marco. Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera. En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.
Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.
Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.
Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.
De esa situación no salió nada, pero persistió.
Siguió trabajando.
Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta.
A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás. Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.
Lo deja ahí.
Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.
Se detiene.
Porque no es eso lo que está preguntando.
Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.
Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.
Eso también lo suspende.
En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta. A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera. Lo ve y no lo completa. Permanece y vuelve sin resolverse. Su atención no se aparta de él.
Permanece en la situación tal como se presenta.
Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan. En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere. Responde y afronta lo que se deriva de eso.
No va más allá de ese acto.
Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.
Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.
No resuelve ese movimiento.
Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.
Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.