Archive for May, 2026

« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en « La proporción del aburrimiento » y « La imposibilidad del reconocimiento ».

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.


 

« Democracia y la gobernanza de la pluralidad »

May 13, 2026

Ricardo F. Morïn
Platónico 4
CGI
2005

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Los sistemas políticos suelen juzgarse por los ideales que proclaman.  Sin embargo, la perdurabilidad no depende únicamente de los principios.  Depende de si los desacuerdos ordinarios pueden tramitarse, día tras día, mediante instituciones que mantengan la vida pública inteligible incluso cuando los ciudadanos no están de acuerdo.

Entre críticos de todo el espectro político, la democracia suele tratarse como una ideología.  Bajo esta interpretación, el lenguaje democrático parece indistinguible de otras doctrinas que reclaman autoridad moral mediante apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular o a la voluntad del pueblo.  Sin embargo, el pensamiento político no ha entendido la democracia de una sola manera.  En distintos momentos se la ha concebido como una doctrina que expresa ideales normativos, como un conjunto de procedimientos institucionales que regulan el ejercicio del poder, y como un marco político capaz de sostener la pluralidad dentro de un orden compartido.  Cada una de estas interpretaciones capta una dimensión de la vida democrática.  La dificultad surge cuando una de esas dimensiones se confunde con el todo.  La democracia no perdura porque promueva una doctrina o perfeccione un mecanismo.  Su dificultad reside en el esfuerzo constante por mantener estas dimensiones en equilibrio sin reducir la gobernanza democrática a una sola de ellas.

La interpretación de la democracia como ideología surge del lenguaje mediante el cual se han expresado históricamente los ideales democráticos.  Las apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular y a la autoridad del pueblo poseen una fuerza moral que recuerda las pretensiones de las doctrinas políticas.  En el discurso público estos principios se invocan con frecuencia para justificar programas específicos o para conferir legitimidad a movimientos políticos.  Un discurso de campaña puede recurrir al vocabulario de los derechos mientras exige uniformidad.  Una consigna puede invocar al pueblo mientras trata la disidencia como traición.  Cuando el lenguaje democrático se utiliza de esta manera puede parecer indistinguible de la persuasión ideológica.  Los críticos concluyen entonces que la propia democracia funciona como una doctrina que compite con otros sistemas de creencias.  Sin embargo, esta interpretación descansa en una confusión entre los ideales invocados en la retórica democrática y la estructura institucional mediante la cual opera realmente la gobernanza democrática.

Una segunda interpretación aborda la democracia no como doctrina sino como procedimiento institucional.  En esta perspectiva, las características definitorias de la gobernanza democrática son los mecanismos mediante los cuales se organiza y se limita la autoridad:  representación, elecciones periódicas, límites constitucionales y la posibilidad de alternancia política pacífica.  La democracia se identifica menos por los ideales que proclama que por los procedimientos mediante los cuales se ejerce y se transfiere el poder.  Las escenas más ordinarias ilustran este carácter procedimental:  una papeleta impugnada se revisa, se ordena un recuento, se convoca una audiencia y se emite una resolución que resulta vinculante incluso para quienes la desaprueban.  Estos arreglos establecen un marco dentro del cual el conflicto político puede desarrollarse sin disolver la continuidad del Estado.  Al enfatizar el procedimiento más que la doctrina, esta interpretación aclara una dimensión esencial de la vida democrática.  Sin embargo, las definiciones procedimentales por sí solas no explican plenamente por qué los sistemas democráticos siguen siendo difíciles de sostener.

Los mecanismos institucionales describen cómo funcionan los sistemas democráticos, pero no explican completamente las condiciones que permiten que esos mecanismos operen.  Las elecciones y las constituciones pueden persistir incluso cuando la distribución de la autoridad se estrecha gradualmente.  Las instituciones formales pueden permanecer visibles mientras su capacidad para regular el poder se debilita.  El cambio suele ser incremental y práctico más que dramático:  las reglas permanecen impresas, pero las excepciones se multiplican;  existe supervisión, pero los plazos se dilatan;  se abren investigaciones, pero sus conclusiones se retienen;  el vocabulario de la rendición de cuentas persiste, pero el público aprende a esperar demoras.  En tales circunstancias el procedimiento democrático sobrevive en apariencia mientras la práctica democrática se vuelve cada vez más restringida.  La perdurabilidad de las instituciones democráticas depende por lo tanto de algo más que de la existencia de reglas.  Depende de un entorno político capaz de sostener los desacuerdos que esas instituciones fueron diseñadas para gestionar.

Una tercera interpretación aborda la democracia desde una perspectiva diferente.  En lugar de definirla únicamente mediante doctrina o procedimiento institucional, entiende la gobernanza democrática como un marco capaz de sostener la pluralidad.  En las sociedades democráticas individuos y grupos mantienen convicciones divergentes sobre la justicia, la autoridad y la orientación de la vida pública.  Estas diferencias no son desacuerdos temporales a la espera de resolución.  Representan rasgos duraderos de la vida política.  La pluralidad en este sentido no es simplemente la presencia de diversidad sino una condición en la cual los individuos se presentan unos ante otros como participantes distintos dentro de un mundo político compartido.  La evidencia cotidiana es conocida:  un concejo municipal donde los residentes discuten sobre zonificación e impuestos, una junta escolar donde los padres discrepan sobre el currículo, un tribunal donde las partes presentan argumentos incompatibles y aun así aceptan la misma sentencia como resolución final del caso.  Las instituciones democráticas no eliminan el conflicto;  regulan su expresión.  Establecen condiciones bajo las cuales reclamaciones diversas pueden coexistir dentro de un orden político común.  La dificultad de la democracia reside precisamente en esta tarea de mantener la continuidad institucional mientras se permite que el desacuerdo persista.

La pluralidad introduce una tensión persistente dentro de la gobernanza democrática.  Un sistema político debe preservar la continuidad jurídica mientras acomoda interpretaciones contrapuestas de la vida pública.  Las instituciones deben ser lo suficientemente estables para sostener la autoridad, pero también lo suficientemente flexibles para permitir el desacuerdo y el cambio político.  El equilibrio necesario para mantener esta relación es inherentemente frágil.  Los sistemas democráticos a menudo parecen inestables no porque estén fracasando, sino porque operan dentro de un campo de reclamaciones que no pueden reconciliarse por completo.  Los signos de salud y de tensión pueden parecer similares desde cierta distancia:  debates ruidosos, resultados disputados, mayorías cambiantes y escrutinio constante.  La diferencia se vuelve visible cuando la contienda permanece dentro de procedimientos compartidos y cuando quienes pierden conservan un camino creíble para regresar a la vida pública.  Esta tensión estructural también aclara por qué los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada encuentran mayores dificultades para acomodar la pluralidad.

Los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada abordan la pluralidad de manera distinta.  Las formas autoritarias de gobierno dependen de una fuente final de decisión capaz de resolver conflictos mediante poder directivo.  Aunque tales sistemas puedan tolerar una diversidad limitada de opiniones, su estabilidad depende de la presencia de una autoridad capaz de determinar los límites del desacuerdo aceptable.  En términos prácticos esos límites se aplican no solo mediante decretos sino también mediante señales previsibles:  qué temas pueden discutirse sin consecuencias, qué preguntas se consideran desleales, qué asociaciones pueden reunirse y qué reclamaciones públicas pueden circular.  La persistencia de reclamaciones abiertas y competitivas representa por lo tanto un desafío estructural para el orden autoritario.  Mientras que los sistemas democráticos intentan regular el desacuerdo mediante equilibrio institucional, los sistemas autoritarios buscan contenerlo o resolverlo mediante la concentración de la autoridad.

A pesar de esta diferencia estructural, los sistemas autoritarios adoptan con frecuencia el vocabulario de la democracia.  Referencias al pueblo, a la representación y a la legitimidad popular aparecen incluso dentro de órdenes políticos que no sostienen una pluralidad genuina.  El lenguaje democrático funciona en estos contextos como una fuente de legitimidad simbólica.  El vocabulario sugiere participación y consentimiento, incluso cuando las condiciones institucionales necesarias para sostener esos principios permanecen ausentes.  La ambigüedad en el lenguaje democrático puede convertirse también en una forma de acomodación.  Ciudadanos de todo el espectro ideológico pueden adoptar definiciones expansivas de los ideales democráticos porque ese lenguaje permite que sus propias convicciones aparezcan como universalmente justificadas mientras las interpretaciones contrapuestas permanecen sin resolver.  El patrón resulta reconocible:  elecciones sin competencia creíble;  legislaturas que se reúnen para ratificar decisiones ya tomadas;  tribunales que existen pero rara vez contradicen al poder ejecutivo;  periódicos que se publican mientras ciertos temas desaparecen de la esfera pública.  El vocabulario democrático puede así coexistir con prácticas políticas que limitan o dirigen el alcance del desacuerdo público.

La coexistencia del lenguaje democrático con prácticas políticas restringidas produce una tensión recurrente entre forma institucional y función política.  Los códigos legales pueden seguir afirmando la autoridad representativa y el orden constitucional mientras su aplicación se vuelve selectiva, diferida o pospuesta.  Las instituciones permanecen formalmente intactas, pero su capacidad para regular el poder disminuye gradualmente.  Los ciudadanos suelen experimentar este cambio como una transformación de expectativas:  los procedimientos siguen existiendo, pero los resultados se vuelven previsibles;  las reglas siguen vigentes, pero no para todos;  las audiencias se celebran, pero las decisiones parecen resueltas de antemano.  En tales circunstancias la arquitectura exterior de la democracia persiste mientras las condiciones necesarias para sostener la pluralidad se vuelven cada vez más limitadas.

La pluralidad, por lo tanto, hace algo más que describir la diversidad de las sociedades democráticas.  Explica por qué la autoridad en el gobierno democrático no puede permanecer concentrada en un único centro y debe distribuirse entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

A diferencia de formas políticas anteriores organizadas en torno a una única fuente de autoridad, el gobierno democrático distribuye la legitimidad entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

La tendencia recurrente a tratar la democracia como una ideología surge de la prominencia de su lenguaje y de sus ideales.  Sin embargo, la gobernanza democrática no puede reducirse ni a doctrina ni a procedimiento institucional.  Su rasgo definitorio reside en sostener un orden político en el cual la pluralidad permanezca visible y activa dentro de un mundo compartido.  Las instituciones democráticas perduran no porque eliminen el desacuerdo, sino porque preservan el espacio en el cual los individuos pueden seguir apareciendo unos ante otros como participantes de la vida pública.  La democracia sigue siendo por lo tanto menos una doctrina que deba afirmarse que una disciplina política sostenida mediante instituciones capaces de regular la pluralidad sin extinguirla.

En una era en la cual la supervivencia humana depende cada vez más de la cooperación entre sociedades, culturas y tradiciones políticas, la capacidad de mediar reclamaciones contrapuestas deja de ser únicamente una cuestión institucional doméstica.  Se convierte en una condición para la estabilidad de un mundo compartido.  Los sistemas políticos que suprimen la pluralidad pueden imponer un orden temporal, pero permanecen estructuralmente limitados en su capacidad de adaptarse a la escala y diversidad de los desafíos globales contemporáneos.  Los sistemas capaces de sostener la pluralidad poseen, por el contrario, una mayor capacidad para integrar la diferencia dentro de un marco duradero de cooperación.  En este sentido, la disciplina institucional de la gobernanza democrática corresponde no solo a una preferencia política, sino también a un requisito práctico para sostener un mundo compartido.

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Ricardo F. Morín, March 5, 2026, Oakland Park, Florida


« Restricciones institucionales »

May 13, 2026
Ricardo F. Morín
Restricciones
Acuarela, tinta sumi y líquido corrector sobre papel
35,5 x 51 cm
2005

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Este análisis aborda el funcionamiento de la restricción institucional una vez que se produce la recalibración electoral; un diagnóstico previo, « Asimetría temporal » examina lo que puede permitir que la acción ejecutiva se adelante a la respuesta institucional antes de ese momento.

1. Las elecciones legislativas de medio término de los Estados Unidos, programadas para el 3 de noviembre de 2026, determinarán el control de los 435 escaños de la Cámara de Representantes y de 35 escaños del Senado.  Estas elecciones funcionan como puntos de recalibración institucional destinados a verificar si la autoridad ejecutiva permanece sujeta a restricción legislativa, según lo descrito por Ballotpedia en su síntesis de las elecciones legislativas de 2026.

 

2. El análisis histórico indica que las elecciones de medio término reducen con frecuencia el respaldo legislativo del presidente en ejercicio, restableciendo la capacidad de supervisión mediante cambios en la conducción de los comités, la autoridad de citación y el control presupuestario, tal como se documenta en los análisis del Congressional Research Service sobre la rotación congresional en elecciones de medio término y la autoridad de supervisión—un patrón que también se observa en los resúmenes publicados por el Brookings Institution sobre tendencias históricas de elecciones de medio término.

 

3. Cuando la gobernanza ejecutiva se apoya en acciones unilaterales mediante órdenes ejecutivas, aplicación discrecional de la ley y nombramientos basados en lealtad, la supervisión legislativa actúa como contrapeso constitucional que condiciona la autoridad sin eliminarla.

 

4. El control legislativo permite investigaciones, exige la entrega de documentos y desacelera las iniciativas ejecutivas mediante revisión procedimental en lugar de impulso unilateral, reflejando el diseño constitucional más que la intención personal.

 

5. El juicio político funciona como un mecanismo de responsabilidad constitucional y no como un proceso penal.  La Cámara de Representantes ejerce autoridad exclusiva para iniciar procedimientos de destitución ante el abuso de poder o el deterioro sostenido de la gobernanza constitucional, conforme a la interpretación del Congressional Research Service.

 

6. El riesgo principal asociado a las elecciones de noviembre de 2026 se relaciona con la normalización de la acción ejecutiva en ausencia de supervisión legislativa efectiva, y no con la suspensión electoral ni la abolición formal del orden constitucional.

 

7. La reducción de la supervisión produce aplicación selectiva de la ley, protección institucional de la incumbencia y sustitución de la responsabilidad procedimental por lealtad política, modificando la orientación de la gobernanza mientras las estructuras formales permanecen.

 

8. La ausencia prolongada de restricción transforma la estructura partidista, desplazando el énfasis desde la formulación de políticas hacia la protección de la incumbencia, la disciplina interna y el alineamiento defensivo.

 

9. La credibilidad internacional de la gobernanza constitucional depende del funcionamiento visible de los controles y equilibrios, en particular de la supervisión legislativa de la autoridad ejecutiva, como lo analiza State Court Report.

 

10. Los sistemas constitucionales rara vez fallan de forma abrupta.  El debilitamiento institucional avanza mediante la tolerancia de la excepción y la reducción gradual de las expectativas.  Las elecciones legislativas de medio término de noviembre de 2026 determinan si se reanuda la corrección institucional o si persiste el aislamiento ejecutivo.

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Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Fl.

 


« Condiciones de la autoridad »

May 11, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 35
13 ½” x 19”
Óleo sobre lino
2009

Habían estado allí el tiempo suficiente como para que nadie marcara un comienzo.

 Los senderos cruzaban la tierra sin límite.  Algunos se usaban con frecuencia, otros sólo cuando era necesario.  Nadie preguntaba quién los había recorrido por primera vez.  Bastaba con poder seguirlos.

 Una mañana, llegaron hombres con documentos.

 No avanzaban por los senderos.  Se detenían en ciertos puntos, desplegaban papeles y leían en voz alta.  Las palabras se repetían más de una vez, como si su repetición asegurara algo que aún no se había establecido.

 Se trazó una línea.

 No seguía los senderos.  Los cortaba.  Quienes habían caminado libremente se detenían antes de cruzarla.  Algunos pasaban.  Otros esperaban.  Nadie podía decir qué ocurriría.

 Los hombres con los documentos regresaron al día siguiente.

 Pidieron nombres.  Los anotaron.  Algunos eran aceptados sin objeción.  Otros eran repetidos de otra forma y luego registrados nuevamente.  Nadie explicaba por qué.

 Un hombre que había cruzado la línea el día anterior fue detenido.

 Le indicaron que regresara.  Señaló el sendero que siempre había usado.  El hombre con el documento miró el sendero, luego la línea, y no dijo nada.  Después de un momento, le hizo un gesto para que retrocediera.

 Al día siguiente, otro hombre cruzó por el mismo lugar y no fue detenido.

 Nadie preguntó qué había cambiado.

 La línea permanecía.

 Las personas ajustaban sus desplazamientos en torno an ella.  Algunos la evitaban.  Otros cruzaban sólo cuando eran observados.  Los senderos no desaparecieron, pero ya no se recorrían de la misma manera.

 Los hombres con los documentos seguían yendo y viniendo.

 Cada vez, leían las mismas palabras.

 Nadie preguntaba quién las había escrito.

 

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Ricardo F. Morín, 19 de abril de 2026, en una sala de espera.


« Libertad de expresión »

May 10, 2026

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Ricardo F. Morin
Serie del búfalo, n.º 2
48″ x 48″
Óleo sobre lienzo
1978

Durante una conversación, uno de los participantes afirma: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ».  De inmediato, otro lo defiende: « Eso es libertad de expresión ».  Sin embargo, nadie pregunta a quién se refiere « ellos », ni qué valores están en juego.  En ese momento, la conversación cambia de dirección y la respuesta pasa a ocupar el centro.

Entonces, un participante, situado a un lado, lo refuerza: « Puede decirlo ».  Al otro extremo de la mesa, otro replica: « No debería decirlo ».  Un tercero interviene y repite: « Es libertad de expresión ».  Pero nadie vuelve a enunciar la frase completa, ni pide al hablante que nombre los valores, ni que identifique a quién incluye « ellos ».  Así, las palabras que dieron origen al intercambio dejan de orientar lo que sigue.

A continuación, alguien intenta volver a la frase y pregunta: « ¿A quién te refieres con “ellos”? ».  El hablante no responde.  En cambio, otra voz irrumpe y repite: « Eso es libertad de expresión ».  La pregunta no se sostiene y el intercambio retoma el curso fijado por la respuesta.

Entonces, un participante restituye la frase: « Ellos simplemente no comparten nuestros valores ».  Otro responde: « Eso es libertad de expresión ».  Por un momento, la frase y la respuesta quedan juntas.  Nadie determina si la respuesta responde a lo dicho.  Nadie pregunta si la afirmación puede examinarse.  El momento pasa.  

Desde ese punto, cada intervención se dirige a la respuesta y no a la frase inicial.  Uno insiste en el derecho a decirlo, mientras otro rechaza esa defensa.  Sin embargo, nadie exige que el hablante defina « nuestros valores », ni que precise en qué consiste la supuesta falta de correspondencia.  La frase deja de regir el intercambio.  Aquellos a quienes se designa como « ellos » no son identificados; quedan separados sin ser nombrados.  La frase los excluye sin precisar quiénes son.

A partir de entonces, la expresión se repite.  Se emplea tanto para amparar al hablante como para oponerse a esa defensa.  Pero no remite a la frase.  Permite que cada participante adopte una posición sin esclarecer lo dicho.  La expresión pasa a funcionar como señal de alineamiento, no como una instancia de examen.

Al final, la frase queda sin resolverse: no se examina, no se sostiene, no se retira.  Se deja atrás.  El rechazo se mantiene.  La expresión permanece en uso y el intercambio continúa a partir de ella.

Ricardo F. Morín
Abril de 2026
En tránsito

« Inmigración »

May 9, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, Nº 7
36″ x 78″
Óleo sobre lienzo
1979

En un foro público, un participante dice: « Este país fue construido por personas que llegaron de otros lugares y se establecieron aquí con el tiempo ».  Otro responde: « Las personas que entran sin autorización deben ser expulsadas ».  Ambas afirmaciones permanecen.  Nadie las vincula entre sí.   

Un participante a un lado dice: « Mis padres llegaron aquí y se hicieron ciudadanos ».  Desde el otro extremo, alguien responde: « La ley debe aplicarse ».  Un tercero afirma: « Tiene que haber orden ».  Nadie pregunta cómo fueron recibidas esas personas en su momento.  Las afirmaciones permanecen separadas.

Alguien vuelve al punto anterior: « ¿Cómo se determinaba la situación de las personas cuando ellos llegaron? ».  El interlocutor no responde.  Otra voz responde: « Las personas deben venir por la vía correcta ».  La pregunta no se sostiene.  El intercambio continúa a partir de la respuesta.   

A partir de ese momento, cada intervención se dirige a la aplicación de la ley.  Nadie pregunta bajo qué condiciones se aplica esa ley ni a quién alcanza.  Uno insiste en las fronteras.  Otro rechaza la política.  Nadie pregunta cómo se determina la situación de las personas.  Nadie pregunta cómo se clasifica a quienes están presentes.  Las afirmaciones iniciales permanecen.  No se relacionan entre sí.

Entonces, un participante repite la afirmación inicial: « Este país fue construido por personas que llegaron de otros lugares ».  Otro repite: « Las personas que entran sin autorización deben ser expulsadas ».  Por un momento, ambas afirmaciones quedan juntas.  Nadie determina si las mismas condiciones se aplican a ambas.  Nadie pregunta si una limita o incluye a la otra.  El momento pasa.  

Quienes llegaron bajo condiciones anteriores y quienes ahora están sujetos a controles pueden ser nombrados.  No se emplean los mismos términos para ambos.   

Las frases continúan apareciendo.  Sirven para defender posiciones y para oponerse a ellas.  No regresan a las afirmaciones iniciales.  Permiten que cada participante adopte una posición sin vincularlas.   

Al final, ambas afirmaciones permanecen:  una no se examina frente a la otra, ninguna se retira.  Se dejan en su lugar.  La separación se mantiene.  El intercambio continúa sin vincularlas.  

Ricardo F. Morín

Abril de 2026

En tránsito


« Eso fue lo que se votó »

May 8, 2026

 


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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 3
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

En un cabildo abierto, un participante dice: « Esta política elimina el acceso a servicios públicos —como la cobertura de asistencia médica y de vivienda— para residentes legales que han dependido de ellos ».  Otro responde de inmediato: « Eso fue lo que se votó ».  Todos saben que el tema es la inmigración.  Nadie vuelve a lo que se está haciendo.  El intercambio se desplaza.  La respuesta pasa a ser el centro de la discusión. 

En otro intercambio, alguien dice: «Esta medida autoriza la detención de personas sin audiencia mientras se revisa su situación».  La respuesta llega de inmediato: « Eso fue lo que se votó ».  La frase no se retoma.  El intercambio sigue desde la respuesta. 

Un participante, a un lado, dice: «Se decidió mediante una votación».  Al otro lado, alguien responde:   « Eso no justifica lo que hace ».  Un tercero repite:   « Eso fue lo que se votó ».  Nadie restituye la frase inicial en su totalidad.  Nadie pregunta qué hace la política.  Las palabras que dieron origen a la discusión dejan de orientarla. 

Alguien intenta volver a la frase:  « ¿Qué parte de esto fue lo que se votó? ».  Quien habló no responde.  Otra voz interviene:   « Refleja la voluntad de los votantes ».  La pregunta no se sostiene.  El intercambio se reanuda desde la respuesta. 

Entonces, un participante restituye la frase inicial:   « Esta política elimina el acceso a servicios públicos para residentes legales ».  Otro responde:   « Eso fue lo que se votó ».  Por un momento, la frase y la respuesta quedan juntas.  Nadie determina si la votación responde a lo descrito.  Nadie pregunta si la respuesta da cuenta de la frase.  El momento pasa.  

A partir de ese momento, cada intervención responde solo a la misma respuesta.  Uno insiste en la votación.  Otro rechaza esa defensa.  Nadie pregunta quién pierde el acceso bajo la política.  Nadie pregunta cómo se lleva a cabo el cambio.  La frase deja de dirigir el intercambio.  Se pueden nombrar titulares de residencia permanente, beneficiarios de medidas diferidas, solicitantes de asilo y ciudadanos por nacimiento, pero no se reincorporan al intercambio. 

La frase se utiliza para defender la decisión y para rechazarla como justificación.  No regresa a la frase.  Permite que cada participante adopte una posición sin precisar lo dicho. 

Al final, la frase queda sin resolver: no se examina, no se sostiene, no se retira.  Se deja atrás.  El resultado mantiene lo que se está haciendo.  La frase sigue en uso, y el intercambio continúa desde ella.

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Ricardo F. Morín
Abril de 2026
En tránsito


« Desenmascarar la desilusión: Serie VIII »

May 6, 2026

“Alegoría Geométrica”, pintura digital 2023 de Ricardo Morín (artista visual estadounidense nacido en Venezuela–1954)

Ricardo F. Morín

13 de enero de 2026

Oakland Park, Florida

Esta serie continúa un examen diagnóstico de la experiencia política venezolana, centrado en las condiciones bajo las cuales la autoridad, la verdad y la responsabilidad institucional dejan de estar alineadas.  Permanece situada dentro de una indagación histórica más amplia, no como un relato cronológico, sino como atención a patrones que aparecen cuando el poder se preserva a expensas de la gobernanza.

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El Segundo Asunto

Sobre Verdades Parciales y Anarquía Represiva

1

La política entendida como una competencia entre verdades parciales resulta pertinente para comprender las dinámicas autoritarias.  Este planteamiento sugiere que la vida política es inherentemente pluralista, y que cada perspectiva capta un fragmento de una realidad más amplia y compleja.  En una democracia funcional, las verdades en competencia—que reflejan valores, necesidades y experiencias distintas—entran en un intercambio abierto y constructivo.  Bajo el autoritarismo, en cambio, los esfuerzos del régimen por monopolizar la verdad suprimen las voces diversas indispensables para un discurso político equilibrado.

2

En Venezuela, el gobierno ejerce un control estricto sobre la información, deslegitima la disidencia y con frecuencia califica las perspectivas opositoras como falsas o peligrosas para el Estado. [1]  Este monopolio de la verdad distorsiona el discurso público y evita que puntos de vista alternativos cuestionen los relatos del régimen.  En lugar de propiciar un espacio para la oposición, las comunidades marginadas y la sociedad civil, el campo político venezolano queda reducido a una única verdad alineada con los intereses del régimen y diseñada para consolidar su poder.

3

Cuando la política se concibe como una negociación continua entre valores en competencia, resulta evidente que el régimen venezolano interrumpe ese proceso al descalificar a la oposición como subversiva.  La idea de que el poder configura el conocimiento ilumina aún más esta dinámica:  en Venezuela, el control estatal de los medios y de la información pública subordina los relatos alternativos y crea un entorno en el que solo prevalece la versión del régimen.

4

Esta supresión de verdades pluralistas invalida el fundamento de la gobernanza democrática, que idealmente depende de la coexistencia y la competencia entre perspectivas diversas.  Al silenciar la disidencia, el régimen transforma la política en un monólogo de propaganda estatal, intensifica el control autoritario al despojar a la ciudadanía de su capacidad de acción, y socava, en última instancia, las bases democráticas necesarias para el funcionamiento de la sociedad.

5

La anarquía represiva revela una contradicción profunda en la estructura del poder, en la que el Estado actúa simultáneamente como fuerza opresiva y como agente de desorden.  En Venezuela, esta tensión entre represión y anarquía pone de relieve un conflicto filosófico más profundo entre las funciones de la autoridad y su disolución.  Mientras que las autocracias tradicionales se apoyan en la centralización del poder para imponer orden, la anarquía represiva señala el colapso de la capacidad del Estado para gobernar, incluso cuando endurece su control sobre la expresión política y la disidencia.

6

En el núcleo de la anarquía represiva se encuentra la paradoja del control sin gobernanza efectiva. [2]  La maquinaria estatal está orientada a suprimir libertades políticas, restringir la oposición y eliminar el pluralismo, y, sin embargo, abandona simultáneamente su responsabilidad de mantener el orden civil o proteger a la población frente al colapso económico, la criminalidad y la descomposición social.  Este ejercicio selectivo del poder expone una soberanía vacía:  un Estado que proyecta autoridad mediante la represión mientras descuida sus funciones esenciales, como garantizar la justicia, la seguridad y el Estado de derecho.  En la práctica, la autoridad del Estado adquiere una forma represiva, pero produce un resultado anárquico, creando una realidad caótica en la que el poder existe sin propósito.

7

Esta condición desafía las nociones clásicas de poder y gobernanza. [3]  En la teoría política, el Estado deriva su legitimidad del contrato social, entendido como una obligación recíproca entre gobernantes y gobernados.  Cuando un Estado prioriza la represión por encima de la administración, disuelve ese contrato y sustituye la confianza por el temor.  La anarquía represiva sugiere que cuando el poder se separa de sus responsabilidades fundacionales, se vuelve a la vez auto-perpetuante y auto-destructivo, reduciendo al Estado a un mecanismo coercitivo en lugar de una fuerza orientada al bien social.

8

Esta dualidad pone en cuestión el supuesto hobbesiano de que el autoritarismo garantiza naturalmente el orden. [4]  En Venezuela, la centralización del poder bajo Nicolás Maduro no ha producido estabilidad, sino un deterioro de las funciones gubernamentales y de la capacidad del Estado para gobernar.  El poder sin control no ha generado unidad ni seguridad, sino fragmentación y caos;  la represión, lejos de compensar las fallas del Estado, las intensifica, acelera la desintegración social y alimenta su propia inseguridad.

9

La anarquía represiva también reconfigura la relación entre miedo y libertad. [5]  En estos sistemas, el miedo no es solo una herramienta de control, sino una condición generalizada que regula la forma en que las personas se relacionan tanto con el Estado como entre sí.  El miedo restringe la participación política, aplasta los espacios de deliberación pública y debilita la posibilidad de una libertad efectiva.  De este modo, la anarquía represiva representa no solo un fracaso de la gobernanza, sino también un fracaso moral, en la medida en que tanto los individuos como la sociedad quedan cargados bajo el peso de una represión persistente.

10

En última instancia, la anarquía represiva enfrenta a la filosofía política con una contradicción que desafía soluciones convencionales. [6]  Expone los límites del poder coercitivo y la vulnerabilidad inherente de los regímenes autocráticos a su propia autodestrucción.  Más importante aún, subraya la necesidad de reconciliar autoridad con gobernanza efectiva—no como instrumentos de mera represión, sino como sistemas éticos que sostengan la dignidad y el bienestar de la población.  La experiencia venezolana demuestra que cuando el poder se separa tanto de la gobernanza como de la responsabilidad moral, no logra imponer orden y, en su lugar, produce un caos inducido institucionalmente que resiste sanciones internacionales o medidas punitivas.

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Endnotes, Chapter XV

§2

§6

  • [2] Corrales, Javier and Penfold, Michael, Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington, DC: Brookings Institution Press, 2011); InSight Crime, Venezuela: A Country Run by Criminal Networks, Bogotá, 2023, https://insightcrime.org; United Nations Development Programme, Governance Indicators: Venezuela Country Profile, New York, 2023.

§7

  • [3] O’Donnell, Guillermo “Delegative Democracy,” Journal of Democracy 5, no. 1 (1994): 55–69. (Foundational framework for understanding regimes that retain electoral form while hollowing institutional responsibility.)

§8

  • [4] Hobbes, Thomas, Leviathan (1651; Kindle ed.), chap. 17, loc. 103; United Nations Development Programme, “Governance Indicators: Venezuela Country Profile,” New York, 2023.

§9

  • [5] Arendt, Hannah, The Origins of Totalitarianism (New York: Harcourt, Brace & Company, 1951).

§10

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El Tercer Asunto

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El Clarín de la Democracia

1

En un mundo que enfrenta amenazas sistémicas —pandemias, guerra, inestabilidad ambiental— la distorsión del lenguaje democrático por regímenes autoritarios introduce un peligro secundario:  el desplazamiento de los estándares compartidos mediante los cuales se evalúa la realidad política.  Cuando los términos democráticos se preservan retóricamente pero se vacían institucionalmente, ya no aclaran los desafíos globales; los oscurecen. [1]  En tales condiciones, el problema no es únicamente la ausencia de democracia, sino el uso indebido de su vocabulario.

2

En este contexto, la democracia puede examinarse no como una aspiración, sino como un conjunto de condiciones operativas mediante las cuales la autoridad se limita y la legitimidad se mide.  Estas condiciones no funcionan simbólicamente; funcionan diagnósticamente.  Cuando están ausentes, sustituidas o aplicadas de manera selectiva, la forma democrática persiste mientras la sustancia democrática queda inoperante.

3

Entre estas condiciones se encuentran el Estado de derecho; elecciones libres y verificables; la protección de las libertades civiles y los derechos humanos; la separación de poderes; la independencia judicial; participación cívica sostenida; capacidad de respuesta gubernamental; protección de minorías; transparencia y rendición de cuentas; y la transferencia pacífica del poder.  No son ideales abstractos, sino condiciones necesarias. [1]  Estas condiciones pueden ser suspendidas, distorsionadas o reemplazadas por formas que las imitan sin funcionar.  La gobernanza persiste como apariencia y, al hacerlo, opera como subterfugio, mientras la democracia deja de operar.

4

En Venezuela, la disyunción entre el lenguaje democrático y la operación autoritaria se ha convertido en un rasgo definitorio de la vida política.  Durante el último cuarto de siglo, la autoridad se ha centralizado de manera progresiva dentro de un marco de partido único, reforzado por participación militar y captura institucional. [2]  Aunque se han conservado formas electorales y constitucionales, sus funciones de limitación han sido neutralizadas, contribuyendo a una pérdida sostenida de capacidad institucional en los planos político, social y económico.

5

El poder judicial ilustra esta sustitución con particular claridad.  En lugar de operar como árbitro independiente, ha funcionado cada vez más como una extensión administrativa del poder ejecutivo; ha legitimado detenciones arbitrarias, restringido la participación política y normalizado la represión mediante mecanismos legales.  Así, los mecanismos del poder judicial se utilizan para autorizar la represión en lugar de restringir el poder. [3]

6

Cuando los tribunales se alinean con la autoridad ejecutiva en lugar de limitarla, la participación cívica y la representación política dejan de funcionar.  Las elecciones, las reclamaciones legales y la impugnación pública pueden continuar en forma, pero ya no permiten a la ciudadanía influir en el poder ni obtener reparación.


 

Endnotes, Chapter XVI

§1-§3

  • [1] Rosanvallon, Pierre,  Counter-Democracy: Politics in an Age of Distrust (Cambridge: Cambridge University Press, 2008); Urbinati, Nadia, Democracy Disfigured: Opinion, Truth, and the People (Cambridge: Harvard University Press, 2014).

§4

  • [2] International Crisis Group, “Venezuela: The Rise of a Militarized State,” Brussels, 2022; Organization of American States, “Report on the Situation in Venezuela,” Washington, 2023.

§5

  • [3] Foro Penal, “Political Prisoners in Venezuela: Annual Report 2025,” Caracas, 2025; United Nations Working Group on Arbitrary Detention, “Opinion No. 44/2023 (Venezuela),” Geneva, 2023; Inter-American Commission on Human Rights, “Democratic Institutions, Rule of Law, and Human Rights in Venezuela,” Washington, DC, 2024.