Ricardo F. Morín Plantillas III 35,5 x 51 cm Acuarela y tinta sobre papel 2003
Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron. Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar. Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro. Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó. Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla.
Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención. Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias. A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta. El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula.
A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja. Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada. Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor. Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida.
Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control. El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye. Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos. La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato.
Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión. Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación. Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado. Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto.
La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio. Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención. Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue. La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial.
La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.
Ricardo F. Morín Arar el mar sin cosecha alguna 14 x 20 pulgadas Acuarela, tintes, pasteles al óleo, corrector líquido y lápiz de carboncillo 2008
Nota del autor
Este ensayo se titula Arar el mar sin cosecha alguna. En otro contexto lingüístico aparece con una formulación en inglés que no reproduce la imagen, sino que reformula la condición. La diferencia no obedece a estilo, sino a adecuación: cómo cada lengua sostiene densidad, registro y resonancia sin alterar la función diagnóstica del texto.
En inglés, una traducción literal de la imagen tiende a leerse como proverbio, alegoría o parábola. Ese desplazamiento introduce un marco interpretativo que el ensayo no busca activar. Por ello, el título inglés evita la transferencia directa de la imagen y nombra el fenómeno en términos operativos, manteniendo el mismo nivel de sobriedad.
En español, la imagen puede sostener una gravedad histórica —incluso una cadencia bíblica— sin convertirse en instrucción moral ni en emblema retórico. Arar el mar sin cosecha alguna nombra una condición: esfuerzo real, medio que no retiene, y ausencia estructural de rendimiento. La frase no explica; delimita.
Esta asimetría no es un problema accesorio. Reproduce, en el umbral del texto, la cuestión que el ensayo examina: los límites de transmisión entre contextos. El sentido no pasa intacto entre generaciones del mismo modo que no pasa intacto entre lenguas. Lo que puede preservarse no es la forma, sino la función, cuando las condiciones permiten recepción.
*
Ricardo F. Morín
Diciembre 19, 2025
Oakland Park, Florida
I.
El trabajo continúa. Es visible, organizado y, con frecuencia, diligente. Las tareas se ejecutan, los sistemas se mantienen, el lenguaje se afina y los procesos se repiten. La dificultad no reside en la ausencia de esfuerzo, ni siquiera en su mala orientación, sino en la ausencia de acumulación —entendida aquí como la condición que permite que el conocimiento generado externamente sea recibido, retenido y reingresado como orientación, en lugar de ser reescenificado como esfuerzo. Lo realizado no permanece disponible para su reingreso; el trabajo no se proyecta hacia adelante.
Esta condición suele confundirse con agotamiento o indiferencia. No lo es. Los signos de implicación son evidentes. La actividad aumenta. La capacidad de respuesta mejora. La producción se multiplica. Lo que desaparece es la continuidad: la posibilidad de que el esfuerzo se convierta en un remanente compartido que pueda retomarse sin comenzar desde cero.
En estos entornos, el movimiento sustituye a la herencia. El valor de la acción reside en su ejecución, no en lo que deja tras de sí. El trabajo avanza como si cada instancia fuera suficiente en sí misma. El pasado no es rechazado; simplemente no se conserva en una forma que permita volver a él.
II.
La experiencia no es una sustancia que pueda transmitirse intacta de un sujeto a otro (no puede acumularse antes de que exista la necesidad). Se forma bajo presión: a través de la duración, la consecuencia y la restricción. Cuando se separa de esas condiciones, llega aplanada. Lo que antes aclaraba límites ahora aparece como comentario. Lo que antes obligaba a ajustar la acción ahora se percibe como preferencia.
Los intentos de transmitir la experiencia como instrucción suelen fracasar porque se adelantan a la necesidad. El destinatario recibe la lección sin las condiciones que le otorgaron fuerza. El conocimiento llega antes de la situación que lo haría inteligible. Lo ofrecido antes de ser necesario aparece como opcional, incluso cuando es exacto.
Este fracaso no es cognitivo. Es temporal. La experiencia no puede recibirse a demanda porque no funciona como información. Funciona como orientación, y la orientación requiere circunstancia.
III.
La autonomía es esencial para el juicio. Sin ella, la acción se reduce a obediencia. Sin embargo, la autonomía se vuelve obstructiva cuando rehúsa la herencia. La agencia se endurece en la suposición de que el valor debe generarse por cuenta propia para ser legítimo. Lo que proviene de otros se recibe con recelo, no porque carezca de relevancia, sino porque aceptarlo parece comprometer la independencia.
Bajo esta postura, la recepción se confunde con dependencia —la negativa a la acumulación como orientación proveniente de fuera. Aprender de la experiencia previa se percibe como concesión más que como orientación. La capacidad de recibir es sustituida por la obligación de originar. El conocimiento debe parecer nuevo para contar.
El resultado no es libertad, sino aislamiento respecto del sentido acumulado. La experiencia permanece disponible, pero ilegible. Circula como lenguaje sin asimilación, como gesto sin consecuencia.
IV.
Cuando la transmisión falla, la novedad se convierte en prueba de validez. Lo que aparece como nuevo adquiere autoridad por el contraste mismo. La pregunta por si una condición ya ha sido enfrentada se ve desplazada por la presión de demostrar originalidad.
La reinvención no ocurre porque las soluciones previas hayan fracasado, sino porque su éxito no dejó huella visible (sin precedente acumulado). Lo que funcionó en silencio no se presenta como precedente. La rueda se reformula para exhibir iniciativa, no para mejorar su función.
Se trata de un error categorial. El esfuerzo persiste, pero la herramienta no corresponde al medio. Métodos diseñados para la acumulación se aplican allí donde las marcas no se conservan. Arar el mar fracasa no porque no se haga nada, sino porque el medio borra los surcos en cuanto se trazan.
V.
En estas condiciones, el movimiento sustituye al progreso. Los sistemas premian la velocidad, la producción y la capacidad de respuesta. La pausa aparece como ineficiencia. El retorno se percibe como retraso. La profundidad es desplazada por el flujo.
La iteración se confunde con comprensión. La repetición se toma como prueba de compromiso. La ausencia de resultados se atribuye a un esfuerzo insuficiente y no a una desalineación. La respuesta consiste en intensificar el movimiento, no en reconsiderar la postura.
El progreso se mide por el desplazamiento y no por la retención (no por la acumulación). Lo importante es que algo ocurra, no que permanezca disponible para su uso. El futuro se habita de manera constante, pero nunca se acondiciona.
VI.
El mar persiste. No se opone al esfuerzo ni responde a la insistencia. Permanece indiferente a la fuerza. Los surcos desaparecen no por desafío, sino por indiferencia. El trabajo es real; la ausencia de cosecha es estructural.
El agotamiento se acumula de manera privada mientras los sistemas permanecen inalterados. Cada intento comienza de nuevo. Lo aprendido se vuelve a aprender. El costo lo asume el individuo; el beneficio no se transmite.
Esta condición no es decadencia, deterioro ni pérdida de inteligencia. No es fracaso moral ni culpa generacional. Es el resultado previsible de entornos que premian la autonomía sin recepción, la novedad sin continuidad y el movimiento sin acumulación.
Los surcos no fallan. Simplemente no se sostienen.
Rara vez pensamos en la gravedad hasta que algo cae. Un vaso se nos escapa de la mano, la lluvia desciende por el aire, nuestras rodillas nos recuerdan que subir una escalera no es lo mismo que bajarla. La mayor parte del tiempo aceptamos el peso como una de las condiciones de estar aquí. Permanecemos de pie porque hay suelo bajo nosotros. Caminamos porque nuestros cuerpos permanecen unidos a la superficie de la Tierra. Nos cansamos porque cargar con nuestro propio cuerpo exige esfuerzo. La gravedad nos resulta tan familiar que apenas consideramos lo que significa.
Podemos saber vivir dentro de una condición sin comprender lo que esa condición revela acerca de nosotros.
Durante siglos fue posible imaginar la gravedad como una atracción entre cuerpos. Una piedra cae hacia la Tierra porque la Tierra la atrae hacia sí. La imagen basta para los fines ordinarios, y Newton otorgó a esa intuición una potencia matemática de extraordinaria precisión. Einstein no se limitó a perfeccionar el cálculo.Modificó la concepción misma del fenómeno.En la relatividad general, la gravedad se expresa en la geometría del propio espacio-tiempo.La materia y la energía modifican esa geometría, y un cuerpo en caída libre sigue la trayectoria que ésta determina.
Cuando permanecemos inmóviles sobre el suelo, decimos que la gravedad nos presiona hacia abajo. Pero la presión que sentimos proviene del suelo que empuja nuestro cuerpo hacia arriba. Si el suelo desapareciera y comenzáramos a caer libremente, también desaparecería la sensación de peso, aunque la gravedad no hubiese desaparecido. Lo que llamamos peso es la sensación producida cuando el suelo impide que nuestro cuerpo siga la trayectoria que tomaría en caída libre.
Preguntamos qué hora es como si la pregunta admitiera una sola respuesta.Una llamada entre Londres y Sídney ofrece respuestas distintas a la misma pregunta en un mismo momento.La mañana en un lugar ya es la tarde o la noche en otro.Aceptamos la discrepancia sin dificultad porque cada reloj nombra la hora desde una posición distinta sobre una Tierra en rotación.Los relojes no anuncian realidades diferentes.Revelan que incluso nuestra manera más familiar de dar cuenta del tiempo depende del lugar en que nos encontramos.
La relatividad lleva esa dependencia más allá de lo que sugiere la experiencia ordinaria. El tiempo registrado por los relojes depende no sólo de las convenciones mediante las cuales nombramos la hora, sino también del movimiento y de la gravedad. Dos relojes perfectamente precisos separados por cierta altura no registran exactamente la misma duración. Un reloj situado a mayor distancia de la superficie terrestre avanza imperceptiblemente más rápido que otro situado más abajo. La diferencia dentro de la altura de un cuerpo humano es extraordinariamente pequeña, pero es real.
No la sentimos. Nada en nuestro sistema nervioso anuncia que el tiempo se acumula a un ritmo ligeramente distinto cerca de nuestra cabeza que cerca de nuestros pies. Nuestros sentidos nos ofrecen un mundo práctico, no uno exhaustivo.
El reloj hace algo más que organizar nuestras citas. El lugar que ocupamos interviene en aquello que medimos, primero mediante las convenciones de la vida cotidiana y, en un nivel más profundo, mediante las condiciones físicas en las que existe el propio reloj.
Lo que basta para vivir no siempre basta para comprender.
Cada mañana despertamos dentro del límite aparente de un cuerpo. Recordamos lo ocurrido ayer. Anticipamos lo que puede ocurrir mañana. Nos reconocemos como una misma persona que ha atravesado cambios de lugar, edad, opinión, salud, deseo y circunstancia. Esa continuidad es indispensable. Sin ella apenas podríamos conducir una vida. Pero continuidad no significa inmovilidad.
El cuerpo cuya persistencia llamamos nosotros mismos intercambia continuamente materia con cuanto lo rodea. Respiramos, comemos, excretamos, desprendemos células, reparamos tejidos, modificamos proteínas, sustituimos moléculas y reorganizamos conexiones. La aparente solidez del organismo depende de esa actividad. Lo que persiste no es una colección intacta de materia conservada desde el nacimiento, sino una organización mantenida a través del cambio.
Distinguimos el árbol del suelo, de la lluvia, de la atmósfera y de la luz solar porque la distinción es útil y porque el árbol posee una organización inequívocamente propia. Pero suprimamos esos intercambios y no hay árbol. Su individualidad no exige aislamiento. El límite es real, pero aquello que delimita sigue dependiendo de cuanto lo atraviesa.
Nosotros no somos la excepción.
Los elementos de nuestros huesos, nuestra sangre y nuestro tejido nervioso no comenzaron con nosotros. El carbono, el calcio, el oxígeno, el fósforo y el hierro reunidos en nuestros cuerpos precedieron todos los recuerdos que poseemos. Pasaron a integrar una organización temporal capaz de metabolismo, sensación y pensamiento. Llegará un momento en que esa organización dejará de sostenerse, y los materiales que la componían continuarán bajo otras configuraciones.
Nada místico necesita añadirse a este hecho. Su dificultad procede de la manera directa en que contradice la escala desde la cual solemos conducir nuestras vidas.
Naturalmente nos experimentamos como centros. La visión se abre desde aquí. El dolor ocurre aquí. La memoria se reúne en torno a esta historia. El deseo se proyecta desde este cuerpo. Toda vida consciente comienza, por tanto, desde una perspectiva que no puede abandonar. No podemos ver sin ver desde algún lugar.
El error comienza sólo cuando la perspectiva se convierte en jerarquía.
Como la experiencia está centrada en nosotros, podemos empezar a imaginar que la realidad también lo está. Lo que comienza como condición inevitable de la percepción se convierte en una presunción acerca de la significación. Nuestros planes adquieren urgencia porque son nuestros. Nuestras pérdidas parecen singularmente intolerables porque somos nosotros quienes las padecemos. Nuestras victorias aumentan de importancia porque recordamos el esfuerzo que exigieron. El mundo adopta gradualmente la forma de un campo en el que medimos ventaja, reconocimiento, posesión y control.
Gran parte de la vida humana tiene que desenvolverse en esta escala. Necesitamos vivienda, trabajo, protección, instituciones, acuerdos y alguna capacidad para modificar las circunstancias en vez de limitarnos a someternos a ellas. Nada hay intrínsecamente equivocado en la capacidad de actuar. La confusión aparece cuando esa capacidad se convierte en prueba de independencia, o cuando el control de una parte de nuestras circunstancias se confunde con el dominio de las condiciones que hacen posible ese control.
Podemos dominar una sala, poseer un edificio, gobernar una empresa, dirigir una institución o ejercer autoridad sobre millones de personas, pero ninguna de esas distinciones altera la geometría en la que existen nuestros cuerpos. La persona más poderosa y el peatón menos visible permanecen igualmente incapaces de suspender el transcurso de su propio tiempo. Ningún título detiene el metabolismo. Ninguna posesión negocia con la gravedad. Ninguna reputación acompaña a la materia como propiedad intrínseca cuando llega a su fin la organización que sostuvo a una persona.
Esto no vuelve irreales las distinciones humanas. Las sitúa.
Un contrato importa dentro de las relaciones humanas. Una injusticia importa para quien la padece. Una obra de arte puede alterar percepciones mucho después de la muerte del artista. Una decisión tomada en una oficina puede cambiar un río, destruir un bosque, preservar un vecindario o determinar que personas desconocidas vivan bajo seguridad o bajo temor. La escala no anula las consecuencias.
Pero consecuencia e importancia cósmica no son lo mismo.
A menudo parecemos atrapados entre dos posibilidades insatisfactorias. O exageramos nuestra propia importancia hasta convertir el deseo humano en medida de la realidad, o contemplamos la inmensidad del universo y concluimos que nada de cuanto hacemos puede importar. Ambas respuestas conservan la misma presunción. Ambas suponen que la significación debe ser proporcional al tamaño o a la duración.
No tiene por qué serlo.
Un acontecimiento breve puede alterar cuanto sigue de él. Una mutación ocurre dentro de una estructura microscópica. Una semilla germina en una grieta. Una frase modifica un juicio. Una decisión tomada en pocos minutos afecta a personas que nunca estuvieron presentes cuando se tomó. La duración no determina la consecuencia, del mismo modo que el tamaño físico no determina la complejidad.
Nuestras vidas pueden ser transitorias sin ser insignificantes.
Buena parte de la cultura humana se ha construido como resistencia a la transitoriedad. Conservamos nombres sobre edificios. Acumulamos objetos más allá de su uso. Construimos genealogías, monumentos, archivos e instituciones. Buscamos el reconocimiento de personas a quienes no conocemos y, a veces, de generaciones que nunca llegarán a conocernos. Incluso el poder suele encerrar, bajo sus ventajas prácticas, la promesa oscura de que la importancia pudiera protegernos de algún modo contra la desaparición.
Pero permanencia no es lo que significa continuidad.
Una onda se prolonga a través del agua sin que sea la misma agua la que persiste. Un bosque continúa mientras los árboles individuales germinan, maduran, caen y se descomponen. Una lengua sobrevive porque hablantes que no la inventaron la modifican mientras la utilizan. La continuidad puede depender de la transformación en vez de resistirse a ella.
Solemos hablar de comienzos y finales como si designaran condiciones opuestas de la realidad. Algo comienza cuando aparece una forma y termina cuando esa forma ya no puede sostenerse. La distinción sigue siendo real en la escala de la forma, pero pierde parte de su carácter absoluto cuando preguntamos qué, exactamente, ha comenzado o ha terminado. La onda se extingue mientras el agua continúa en movimiento. El árbol muere mientras su materia entra en otros intercambios. Un cuerpo deja de sostener la organización por la cual reconocíamos a una persona, mientras sus materiales continúan bajo condiciones que esa persona ya no habita.
La misma incertidumbre se amplía con la escala. Roger Penrose ha propuesto, mediante la cosmología cíclica conforme, que el futuro remoto de una era cósmica podría mantener continuidad conforme con aquello que aparece como el comienzo de otra. Queda por resolver si la observación confirmará esa propuesta. Su pertinencia aquí no reside tanto en pedirnos que aceptemos un universo cíclico cuanto en mostrar con qué facilidad tratamos el comienzo y el final como propiedades absolutas de la realidad, cuando también pueden describir transiciones entre formas cuya continuidad excede la escala desde la cual las observamos.
Todo comienzo que encontramos depende ya de condiciones que lo precedieron, y todo final altera las condiciones que siguen. Un comienzo puede ser, por tanto, genuino sin constituir una irrupción desde la nada, del mismo modo que un final puede ser definitivo para una organización particular sin convertirse en la desaparición de la realidad de la que esa organización surgió.
La continuidad no anula el comienzo ni el final. Los sitúa dentro de la transformación.
Participamos por todas partes de continuidades semejantes, aunque nuestra atención gravite hacia la forma individual.
El nacimiento reúne materia en una organización capaz de sostener una historia particular. La muerte pone fin a esa organización. Entre ambos ocurre algo genuinamente singular. Hay percepción. Hay memoria. Hay la extraordinaria capacidad no sólo de experimentar acontecimientos, sino de reconocer las relaciones entre ellos.
La conciencia tampoco queda fuera de esa continuidad.
Todavía no poseemos una explicación física consensuada de cómo surge la experiencia subjetiva. Penrose ha propuesto además que el problema podría revelar límites en nuestra comprensión actual de la mecánica cuántica y quizá relacionar la conciencia con procesos más profundos que el cómputo ordinario. Esas propuestas siguen siendo objeto de controversia. El punto más elemental no depende de ellas:sea cual sea finalmente la naturaleza de la conciencia, ésta no ocurre fuera de la naturaleza.
Nuestros pensamientos no son espectadores admitidos en el universo desde otro ámbito.
Ocurren aquí.
El cerebro que distingue una estrella en medio de la oscuridad circundante fue constituido por el mismo mundo físico que observa. El ojo que recibe esa luz pertenece a un organismo formado en un planeta que orbita una estrella entre cientos de miles de millones, dentro de una galaxia que a su vez es una entre un número inmenso de galaxias. Los símbolos matemáticos con los que describimos la curvatura, el tiempo y la materia surgen en sistemas nerviosos sujetos a las mismas condiciones que esos símbolos intentan comprender.
Nos encontramos, por tanto, en una posición peculiar. No podemos salir del universo para examinarlo y, sin embargo, dentro del universo ha surgido una forma capaz de preguntarse qué es el universo.
Esto no exige afirmar que el cosmos sea consciente. La afirmación excedería lo que sabemos. Una proposición más modesta ya resulta suficientemente extraordinaria: porciones de materia pueden organizarse de tal manera que el organismo resultante adquiere sensación, memoria, inferencia y la capacidad de examinar sus propias condiciones de existencia.
Durante un tiempo, la materia puede preguntarse qué es la materia.
Durante un tiempo, un organismo temporal puede investigar el tiempo.
Durante un tiempo, seres sujetos a la Tierra por una geometría que no pueden percibir directamente pueden descubrir esa geometría y revisar una intuición que parecía evidente.
La conciencia permite además imaginar consecuencias antes de que ocurran.
Una piedra modifica aquello contra lo que golpea. Un río transforma sus márgenes. Una tormenta destruye sin proponerse destruir. Nosotros también alteramos cuanto nos rodea, pero a veces podemos prever la alteración.
Esa diferencia es mínima a escala cósmica y enorme por sus consecuencias humanas.
La capacidad de anticipar no garantiza la sabiduría. También hace posibles el cálculo, la explotación y formas de dominación inaccesibles a criaturas incapaces de abstraer. Podemos organizar recursos en escalas que ningún individuo podría dominar por sí solo. Podemos convertir bosques en cifras, poblaciones en categorías y consecuencias lejanas en abstracciones tolerables. La misma inteligencia que descubre nuestra dependencia de sistemas complejos puede idear medios cada vez más eficaces para extraer recursos de ellos.
Nuestro problema quizá sea, por tanto, menos una insuficiencia de inteligencia que un desorden en la escala a la que la aplicamos.
Prestamos una atención extraordinaria a cuanto amplía nuestra capacidad inmediata de acción y una atención sorprendentemente escasa a las condiciones que hacen posible esa capacidad. Aprendemos a aumentar la producción antes de preguntarnos qué exige su continuidad. Perfeccionamos los medios de influencia sin examinar para qué sirve la influencia. Celebramos la ampliación del poder personal mientras rara vez preguntamos si hemos comprendido el yo que pretendemos engrandecer.
Somos organizaciones transitorias de materia que intentan asegurar permanencia mediante la acumulación de configuraciones de materia igualmente transitorias. Buscamos independencia mediante sistemas de dependencia. Perseguimos el control mientras habitamos cuerpos cuyos procesos más elementales permanecen fuera del dominio de nuestra voluntad. Nos medimos unos contra otros mientras todos participamos de condiciones que ninguno de nosotros estableció.
Quizá por eso la perspectiva cósmica puede volverse sentimental con tanta facilidad. Contemplamos fotografías de galaxias, declaramos nuestra pequeñez y después regresamos, sin haber cambiado, a las mismas jerarquías de importancia. La pequeñez por sí sola enseña muy poco.
Lo decisivo no es que seamos pequeños. Es que estamos situados.
Existimos aquí, bajo condiciones.
La palabra aquí designa algo más que una ubicación. Incluye un planeta particular, una atmósfera, un campo gravitatorio, una historia evolutiva, una trama de organismos, una lengua heredada y un momento en el tiempo. Ninguna de esas condiciones fue elegida por nosotros. Sin embargo, a través de ellas adquirimos la capacidad de elegir otras cosas.
A menudo hablamos de libertad como si exigiera independencia respecto de las condiciones, aunque nada de cuanto observamos posea esa clase de independencia. Aquello que llamamos libertad ocurre, por tanto, dentro de circunstancias que no elegimos y que no podemos dominar por completo.
El uso no equivale a un derecho sobre aquello que usamos, ni la ambición a la dominación. La individualidad no exige separación de aquello que la sostiene, así como la singularidad no confiere por sí sola supremacía.
Nada de esto disminuye los logros humanos. La capacidad de comprender siquiera un fragmento del cosmos constituye ella misma uno de esos logros. Lo que cambia es el significado del logro cuando deja de servir como prueba de que estamos por encima de la realidad de la que surgió.
La gravedad sigue siendo una condición ordinaria del cuerpo.
Podemos especular acerca de la conciencia, discutir el origen del universo y construir teorías que se extiendan miles de millones de años hacia el pasado y hacia el futuro, pero mientras lo hacemos seguimos sentados en sillas, de pie sobre suelos, soportando el peso de cuerpos cuya organización debe mantenerse continuamente. Lo cósmico no comienza más allá de la vida ordinaria. Ya está presente en las condiciones que hacen posible la vida ordinaria.
Basta la distancia entre nuestros pies y el suelo.
Basta el intervalo entre un latido y el siguiente.
Basta el hecho de que cambiemos mientras seguimos llamándonos los mismos.
El universo deja de aparecer ante todo como un objeto inmenso que nos rodea y se presenta como la continuidad dentro de la cual surgen nuestras distinciones. No desaparecemos en esa continuidad. Nuestra situación dentro de ella se vuelve más precisa.
Y quizá la situación sea un mejor punto de partida para la significación humana que la grandeza.
No necesitamos imaginarnos como el propósito del universo. No necesitamos que el universo certifique nuestra importancia. Basta reconocer que, durante la breve organización que llamamos vida, podemos adquirir conciencia de relaciones que exceden nuestros intereses inmediatos y elegir, a veces, nuestros actos a la luz de esas relaciones.
La gravedad nos da peso sin decirnos qué merece pesar.
La conciencia no puede liberarnos de las condiciones de la existencia, pero nos permite examinar las medidas con las que atribuimos importancia dentro de ellas.
Ricardo Morín Pensamientos ingrávidos Acuarela y lápiz sobre papel 14 x 20 pulgadas 2005
Ricardo F. Morín, 18 de Diciembre de 2025, Ockland Park, Fl
*
I
La vida intelectual no requiere libertad en el sentido cívico para persistir. Requiere espacio, continuidad y recompensa. Allí donde estas condiciones se proporcionan —a través de mercados, instituciones o canales privados— el pensamiento puede circular incluso cuando la agencia pública se ve restringida. Lo que desaparece en tales condiciones no es la inteligencia, ni la curiosidad, ni la sofisticación, sino la fricción. Las ideas se desplazan con libertad porque no se les exige cargar con consecuencias.
En estos entornos, el pensamiento se vuelve ágil en lugar de estar anclado. Se adapta a los incentivos, aprende los contornos de lo permitido y desarrolla fluidez sin exposición. La ausencia de agencia cívica no silencia la indagación; altera su peso. El pensamiento deja de presionar sobre las condiciones compartidas. Flota por encima de ellas, liberado de la obligación de responder por sus efectos.
No se trata de un empobrecimiento del intelecto, sino de una reorientación. La vida intelectual se vuelve eficiente, móvil y pulida, capaz de amplitud sin profundidad de riesgo. Sobrevive precisamente porque no se le exige intervenir.
II
Cuando la participación cívica es limitada, el intercambio no cesa; se vuelve transaccional por defecto. El discurso, el trabajo, la pericia y la cultura continúan circulando, pero siempre bajo términos que priorizan la continuidad sobre la exposición. El espacio público se estrecha, mientras el intercambio privado se expande. Aquello que no puede ser disputado colectivamente se negocia de forma individual.
Bajo estas condiciones, la producción intelectual se alinea con sistemas que recompensan la estabilidad. El análisis se afina, pero evita los puntos de ruptura. La crítica se refina hasta convertirse en comentario. La complejidad es bienvenida siempre que no exija la revisión de las estructuras que la sostienen. El resultado no es la conformidad, sino la contención.
Esta contención no requiere represión. Se apoya, en cambio, en la previsibilidad. Cuando los límites de la acción son conocidos, el pensamiento aprende por dónde puede moverse sin consecuencias. Con el tiempo, este aprendizaje se vuelve instintivo. La pregunta deja de ser qué es verdadero y pasa a ser qué es viable. El pensamiento permanece activo, pero su horizonte se contrae en torno a aquello que puede circular sin resistencia.
III
Lo que emerge de esta disposición no es cinismo, sino distancia. Las relaciones adoptan el carácter del intercambio más que el de la exposición. El compromiso se configura menos a partir del riesgo compartido que del beneficio mutuo. El lenguaje de los valores permanece intacto, pero flota desligado de la obligación. La convicción se vuelve performativa en lugar de vinculante.
En este clima, la profundidad parece excesiva. La urgencia se percibe como fuera de lugar. Los llamados que dependen de una responsabilidad compartida pierden tracción, no porque sean rechazados, sino porque exceden la estructura disponible. Aquello que no puede ser absorbido por el sistema no se debate; se elude.
Esta es la condición que da nombre al ensayo. El pensamiento se vuelve ingrávido —no porque carezca de inteligencia, sino porque ya no está anclado a la consecuencia cívica. Viaja lejos, conecta ampliamente e impresiona con facilidad. Lo que no hace es asentarse. Y aquello en lo que no se asienta no puede generar responsabilidad, sino únicamente circulación.
Triangulation Series Nº 49 9“ x 13” Oil on linen 2009
La decisión de autorizar la destrucción de una colección de ciento cuarenta y cinco cuadros realizados a lo largo de muchos años no fue repentina ni sencilla. Las obras permanecieron en Venezuela durante más de dos décadas en condiciones propicias para la proliferación del moho y la acción de las termitas. Su eventual recuperación exigiría una evaluación técnica, análisis de laboratorio, estudios de conservación, almacenamiento especializado, transporte y un destino definitivo. Ninguna de esas etapas puede emprenderse de manera aislada. Cada una depende de la culminación satisfactoria de la anterior.
Los cuadros fueron realizados cuando ninguna de esas circunstancias existía. Nacieron bajo las condiciones ordinarias del trabajo artístico. Con el paso del tiempo aquellas circunstancias cambiaron hasta el punto de que la conservación terminó convirtiéndose en la cuestión principal.
El estado material de las obras, sin embargo, no basta por sí solo para resolver la decisión. Aun cuando los estudios técnicos concluyeran que su recuperación sigue siendo posible, cada etapa posterior continuaría sometida a incertidumbre. Los informes técnicos no pueden anticipar el deterioro futuro. La restauración no garantiza su permanencia. El almacenamiento no asegura un destino final. Cada solución incorpora una nueva condición cuyo cumplimiento depende de circunstancias que ya no pertenecen al ámbito de decisión del creador.
El costo de una empresa semejante tampoco puede reducirse a una cuestión económica. Ninguna decisión respecto de la colección puede separarse de las responsabilidades que impondría a quienes habrían de llevarla a cabo. La obra de una persona no puede convertirse indefinidamente en la carga de otra. En ese momento la naturaleza del problema cambia. Deja de referirse únicamente al estado de los cuadros y pasa a comprender las responsabilidades inherentes a su conservación.
Esas responsabilidades no permanecen en el plano de la abstracción. En determinadas circunstancias, adquieren una dimensión humana identificable. En el presente caso, recaerían sobre miembros de mi propia familia cuyas circunstancias personales ya no permiten asumir cargas de esa magnitud. Por consiguiente, el estado de las pinturas no puede separarse de la situación de quienes habrían de hacerse cargo de su preservación.
Las circunstancias actuales evocan un período muy distinto. En 1995 surgió la posibilidad de destruir la obra ante la expectativa de que mi propia vida pudiera aproximarse a su término. Los cuadros aparecían entonces inseparables de mi propia desaparición. Su destrucción parecía constituir el último acto que todavía permanecía bajo mi exclusiva responsabilidad.
Han transcurrido más de tres décadas desde entonces. La posibilidad exterior ha regresado. Las circunstancias interiores no. La decisión presente no nace de la expectativa de una muerte próxima. Se adopta mientras la salud permanece estable y la vida continúa su curso ordinario. La semejanza entre ambos momentos es únicamente aparente. La misma decisión responde ahora a circunstancias diferentes.
La diferencia no reside en los cuadros, sino en las circunstancias que los rodean. En 1995 la cuestión se refería a la relación entre la obra y su creador. Hoy se refiere a la relación entre la obra y las condiciones necesarias para su conservación.
La situación de los cuadros plantea así la misma cuestión bajo una forma distinta. Una obra puede permanecer materialmente intacta y, sin embargo, depender cada vez más de circunstancias ajenas al cuidado inmediato de quien la creó. El deterioro físico, los recursos disponibles, las instituciones, los herederos, el mercado y el tiempo pasan a formar parte del proceso. La voluntad del creador ya no basta para excluir su influencia.
Durante esos años intervino además otra experiencia. En 2017 doscientas obras posteriores ingresaron en una subasta pública en los Estados Unidos. La puja inicial de un dólar no estableció ni su mérito artístico ni su significación. Únicamente fijó las condiciones bajo las cuales el mercado habría de recibirlas. Algunas fueron adquiridas por sumas considerablemente superiores y continúan reapareciendo en distintas plataformas de subastas. Desde ese momento las decisiones relativas a esas obras dejaron de pertenecer exclusivamente a su creador.
La cuestión trasciende así la pintura. Las mismas responsabilidades alcanzan a manuscritos, archivos digitales, colecciones institucionales, bibliotecas y albaceas, aunque cada uno adopte una forma distinta. Toda obra llega finalmente a un punto en el que su permanencia depende menos del acto que le dio origen que de circunstancias posteriores. La responsabilidad se desplaza gradualmente desde la creación hacia las condiciones que hacen posible su conservación.
Esa constatación no disminuye el valor de la obra ni determina de antemano su destino. Hay obras que sobreviven durante siglos. Otras desaparecen en el curso de una generación. Ninguno de esos desenlaces modifica el hecho de haber sido creadas. Lo que cambia es la responsabilidad por su permanencia.
La decisión relativa a esta colección pertenece a esas circunstancias. No establece una regla general sobre la conservación ni resta importancia a conservar cuando ello sigue siendo razonable. Únicamente define los límites impuestos por un conjunto concreto de circunstancias. Más allá de esos límites, conservar la obra exigiría asumir responsabilidades que las circunstancias ya no justifican.
La misma consideración alcanza a un corpus literario. Bibliotecas, albaceas, depósitos institucionales y repositorios digitales pueden prolongar la existencia de una obra. No pueden sustraerla a las condiciones ordinarias que rigen toda empresa humana. La responsabilidad no consiste en agotar todos los medios imaginables de conservación. Consiste en reconocer el momento en que conservar deja de ser una responsabilidad razonable.
Toda obra nace bajo la responsabilidad de quien la crea. No permanece allí indefinidamente. Las circunstancias van adquiriendo un peso mayor que la intención inicial, hasta que el porvenir de la obra depende de decisiones adoptadas por otros y bajo condiciones que el creador ni estableció ni controla. Reconocer esa transición equivale a reconocer el momento en que la responsabilidad por la continuidad de la obra deja de corresponder a quien le dio origen.
La cuestión, por tanto, no consiste en apaciguar las emociones que naturalmente acompañan una decisión semejante. Consiste en aceptar aquello que las circunstancias ya no hacen posible. Son dos cosas distintas. Una pertenece a la vida interior de la persona. La otra pertenece a las condiciones dentro de las cuales la responsabilidad todavía puede ejercerse con honestidad.
Este ensayo examina el abuso como una distorsión de la autoridad confiada dentro de la vida jerárquica. Describe cómo la autoridad se expande cuando la restricción se debilita, cómo la protección se forma mediante decisiones identificables, y cómo la responsabilidad dispersa permite que el uso indebido persista. El propósito es aclarar la secuencia antes que invocar escándalo o espectáculo moral.
Ricardo F. Morín
4 de marzo, 2026
Oakland Park, Florida
La autoridad surge cuando una persona posee poder de decisión sobre otra. Un padre dirige a un hijo. Un maestro evalúa a un estudiante. Un supervisor asigna tareas. Un funcionario electo emite órdenes. En cada caso, quien ejerce la autoridad recibe discrecionalidad, es decir, la capacidad de actuar sin solicitar aprobación de quienes están sujetos a la decisión. La discrecionalidad permite la coordinación. Sin discrecionalidad, la jerarquía no puede funcionar. En este ensayo, la autoridad se refiere a la discrecionalidad confiada y asignada para la coordinación, no a un derecho ilimitado de mandar. El poder, por el contrario, se refiere a la capacidad de imponer cumplimiento sin consideración del propósito confiado.
La discrecionalidad requiere restricción. La ley establece límites al definir conductas prohibidas. La revisión independiente limita la autoridad al examinar decisiones. Las normas compartidas desalientan conductas que violan expectativas. Cuando estas restricciones operan juntas, la autoridad permanece alineada con su propósito asignado. La distorsión comienza cuando una restricción se debilita o desaparece.
La revisión se debilita cuando quienes deben examinar la autoridad dependen de la misma jerarquía para su posición o avance. La dependencia altera la evaluación. Un revisor que arriesga perjuicio institucional puede sopesar ese riesgo frente a la acción correctiva. Si la preservación parece más segura que la exposición, el revisor retrasa la intervención. El retraso incrementa el tiempo durante el cual la autoridad opera sin corrección.
Las normas se debilitan cuando cuestionar la autoridad se considera deslealtad. Cuando la deslealtad conlleva penalidad social, las personas dudan antes de plantear preocupación. La duda reduce el número de informes. Menos informes reducen la información disponible para revisión. La información reducida limita la respuesta correctiva. En esta secuencia, el silencio expande la discrecionalidad.
La discrecionalidad expandida altera las condiciones de modo que la infracción solo se hace visible más tarde. Quien ejerce autoridad puede aumentar el acceso privado bajo pretexto legítimo. La interacción repetida sin supervisión reduce la percepción de irregularidad. La percepción reducida disminuye el escrutinio. El escrutinio reducido permite mayor acceso. La secuencia avanza de forma incremental antes que abrupta.
La explotación sexual de menores revela esta estructura en su forma más asimétrica. Un menor carece de agencia equivalente y depende del control adulto para seguridad y aprobación. Cuando un adulto inicia conducta sexual bajo estas condiciones, convierte la dependencia en instrumento de dominio. Si el menor anticipa incredulidad o castigo, la revelación disminuye. La revelación reducida permite repetición. La repetición consolida el control. La consecuencia ética se desprende de esta secuencia: un rol asignado para protección ha sido utilizado para dominación.
Las instituciones pueden reproducir dinámicas similares. Un administrador recibe una queja contra un empleado respetado. La terminación puede exponer a la institución a litigio o crítica pública. Para reducir daño inmediato, el administrador reasigna al empleado. La reasignación preserva la posición institucional. También preserva el acceso a posibles víctimas. El acceso preservado permite nueva conducta indebida. Una decisión destinada a proteger reputación se convierte en el mecanismo mediante el cual el daño continúa.
Varios amplificadores intensifican la protección sin alterar la secuencia subyacente. La riqueza y el estatus refuerzan la protección mediante acciones identificables. Reducen la divulgación: asesores legales limitan la divulgación para disminuir responsabilidad jurídica. Asesores de comunicación modelan la explicación pública para mantener posición. Interesados financieros desalientan exposición que amenace inversión compartida. Cada decisión reduce transparencia. La transparencia reducida eleva el umbral probatorio requerido para iniciar investigación. Un umbral elevado retrasa la revisión. La revisión retrasada extiende discrecionalidad no examinada.
El carisma altera la evaluación al inducir a los observadores a tratar el éxito visible como evidencia de confiabilidad. Cuando un líder demuestra éxito visible, los observadores asocian éxito con confiabilidad. Cuando surge una acusación, los observadores comparan la acusación con la imagen establecida. Si la imagen contradice la acusación, la duda se dirige primero al acusador. La duda ralentiza la indagación. La indagación ralentizada protege la autoridad.
La autoridad política magnifica estos mecanismos. Un líder electo exige lealtad de sus seguidores. Los seguidores interpretan supervisión como amenaza a identidad colectiva. Legisladores que comparten afiliación dudan en iniciar revisión porque la revisión puede debilitar posición política. La revisión reducida expande la discrecionalidad ejecutiva. La discrecionalidad expandida reduce transparencia. La transparencia reducida limita corrección. La escala modifica magnitud, no secuencia.
La responsabilidad se dispersa entre funciones escalonadas. Una oficina recibe la queja. Otra evalúa evidencia. Otra comunica públicamente. Cada actor cumple tarea definida dentro de límites asignados. Ningún actor individual asume responsabilidad completa por el resultado. La responsabilidad fragmentada reduce el costo percibido de la inacción. Una presión menor favorece cumplimiento procedimental antes que corrección sustantiva.
Las comunidades asignan costo a la disidencia. En algunos contextos, cuestionar ancianos produce aislamiento. En otros, criticar liderazgo arriesga empleo o estatus. Cuando la penalidad anticipada excede el beneficio anticipado, las personas eligen silencio. El silencio reduce flujo de información. La información reducida perjudica revisión. La revisión perjudicada permite que la discrecionalidad persista.
La prevención estructural requiere interrupción en puntos identificables. Separar autoridad investigativa de la jerarquía examinada. Limitar acceso sin supervisión donde exista dependencia. Exigir informes mediante canales definidos con plazos exigibles. Proteger denunciantes contra represalia mediante sanción formal. Cada medida restaura restricción. La restricción restaurada reduce discrecionalidad. La discrecionalidad reducida disminuye oportunidad de uso indebido.
Después de la exposición, las instituciones suelen adoptar reforma. Nuevas políticas incrementan supervisión. Con el tiempo, la aplicación puede relajarse porque urgencia disminuye o liderazgo cambia. La aplicación relajada devuelve discrecionalidad a nivel previo. Cuando la discrecionalidad retorna sin revisión externa, los mecanismos anteriores se reactivan. La recurrencia sigue a restricción debilitada antes que a vicio inevitable.
La jerarquía y la vulnerabilidad permanecen como rasgos de la vida organizada. La autoridad no puede eliminarse sin disolver coordinación. La condición decisiva concierne a la revisión. Cuando la autoridad permanece sujeta a revisión que no controla, la discrecionalidad opera dentro de límite. Cuando la autoridad controla su propia revisión o la elude mediante demora, la discrecionalidad se expande. En esa expansión, reaparecen condiciones para el abuso.
Ricardo F. Morín Abril 17 a mayo 14 de 2026 En tránsito
1. Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral. Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo. Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.
2. Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir. Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación. Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.
3. Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo. Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza. Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro. La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.
4. A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar. Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.
5. Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma. La convicción entra en la conducta. Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma. A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia. También puede aparecer como exposición.
6. Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos. La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea. Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.
7. Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto. También persisten mediante la familiaridad. Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos. Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.
8. Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica. Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas. También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.
9. A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo. Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro. Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.
10. Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio. Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante. Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.
11. Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo. También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación. Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse. Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas. La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse. Comienza a organizar la percepción misma.
12. Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener. No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse. Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.
13. Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones. Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente. La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia. El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.
14. A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida. Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores. Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión. Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.
15. Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado. La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo. Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.
16. Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios. Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación. La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer. Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.
17. Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente. La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta. La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.
18. Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad. Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez. Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.
19. Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma. El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro. Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.
20. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente. Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia. Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.
21. Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo. Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre. Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados. Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.
22. Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre. Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo. Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.
Puede bastar que no apartemos la mirada de lo que tenemos delante, aun cuando exceda lo que creemos poder soportar. Lo que está por venir no disminuye por nuestra vacilación. Si queda alguna medida en nosotros, consiste en ver lo que hay sin retirarnos de ello. Que no pase inadvertido. Al no enfrentar lo que tememos, algo en nosotros ya ha cedido, aunque continuemos como si no fuera así. Aun así, algo debe sostenerse, incluso donde no podemos nombrarlo.
Que no se diga que no vimos en lo que nos convertimos. Ninguna tiranía se sostiene aparte de quienes permiten que se sostenga. Lo que prevalece no lo hace solo por la fuerza, sino por lo que permanece sin examinar en cada uno de nosotros. Si hay algo que deba deshacerse, no comienza en otra parte. Comienza en la negativa a ver lo que somos cuando apartamos la mirada. Si hay misericordia, no está en el juicio, sino en la posibilidad de que aún se pueda enfrentar lo hecho sin apartarse de ello.
No estamos fuera de esto. Lo que condenamos no está separado de nosotros. Si fallamos, no es solo por la acción, sino por lo que dejamos sin examinar. La indiferencia no permanece contenida. Se extiende, en silencio, hasta que nada la resiste. En esa condición, lo que llegamos a ser no es impuesto. Es permitido. Y en ese permiso, algo esencial cede.
Antes de que sea demasiado tarde, solo queda esto: ver lo que hay, dentro y fuera, sin división. No por partes, no en secuencia, sino de una vez. Verlo sin convertirlo en otra cosa. En ese ver, no hay método, ni progreso, ni garantía. Solo el hecho. Y donde ese hecho se ve sin distorsión, algo actúa, no como decisión, sino como el fin de aquello que no puede continuar una vez que se ve por completo.
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Ricardo F. Morín, refundido de 2014, 25 de abril de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania.
Ricardo F. Morin Escena treinta y seis Óleo sobre lino y tabla 12″ x 15″ x 1/2″ 2012
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Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio. Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven. Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar: una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.” La descripción cede al etiquetado.
En « Lenguaje, juicio y libertad de conciencia: Sobre la arquitectura de una posición intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga. Ese vínculo no se sostiene por sí solo. Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad. Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla. Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir. En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.
Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo. La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas. Un vecino pasa a ser “uno de ellos.” Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”
Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza. Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar. El tirano parece suficiente. Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara. Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible: frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.
Les resulta más fácil a los Castro, Putins y Maduros del mundo incitar al odio contra enemigos imaginarios que responder al estado de vergüenza y confusión generado por ellos mismos.
Es necesaria una distinción. Ver con claridad no es odiar. Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad. Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción. El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado. Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.
Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada. Cambian de nombre, pero comparten una regla: las personas definen quiénes son expulsando a otros. Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común. La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no. El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.
Lo que aparece en Trump no es nuevo. Es lo que ya no necesita ocultarse.
Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas. Se extiende. Algunos la repiten por convicción. Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse. El lenguaje cambia. Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar. El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar. Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta: “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”
Aparece entonces otra confusión. En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos. Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.
Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo. A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión. Hay algo de verdad en ello. Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad. Todos son vulnerables. No todos participan en el daño organizado. Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.
Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo. El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas. La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan. No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.
Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos. No pertenecen a bandos ni a consignas. Son quienes deben vivir con lo que otros deciden: la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.
La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano. El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.
En ese punto, el odio deja de parecer excepcional. Se vuelve un hábito. Se repite en el habla cotidiana: “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.” Aparece en el lenguaje del orden y la protección: “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo: miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.
Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre. Lo disponen. Hacen que la exclusión parezca razonable. Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.
Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa. Se vuelve esperada, repetida, rutinaria. La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición: a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.
Así es como el odio continúa: no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.
La pregunta permanece.
¿Quién alimenta el odio?
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Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.
Ricardo F. Morín Naturaleza muerta 22″ x 30″ Técnica mixta sobre papel 2000
Ricardo F. Morin
31 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa. Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba. Uno habla; el otro se ajusta. Se introduce una afirmación y se adopta sin examen. Cuando aparece la contradicción, se deja de lado. La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta. El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.
Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo. Requiere dirección y alineación. Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse. Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación. Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido. Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido. La relación continúa sin ser cuestionada.
¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba. Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta. El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba. Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.
La contradicción ya no interrumpe la relación. Se descarta o se aparta y no entra en la decisión. Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.
Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho. La corrección deja de producirse.
Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla. El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación. Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada. Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación. La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.
Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente. El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba. Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación. En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa. En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios. Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.
Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada. Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella. El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce. Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura: la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada. La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue. Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.
La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección. Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta. Donde se excluye, la relación se cierra.
El problema no comienza cuando una afirmación es falsa. Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.