Ricardo Morín Pensamientos ingrávidos Acuarela y lápiz sobre papel 14 x 20 pulgadas 2005
Ricardo F. Morín, 18 de Diciembre de 2025, Ockland Park, Fl
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I
La vida intelectual no requiere libertad en el sentido cívico para persistir. Requiere espacio, continuidad y recompensa. Allí donde estas condiciones se proporcionan —a través de mercados, instituciones o canales privados— el pensamiento puede circular incluso cuando la agencia pública se ve restringida. Lo que desaparece en tales condiciones no es la inteligencia, ni la curiosidad, ni la sofisticación, sino la fricción. Las ideas se desplazan con libertad porque no se les exige cargar con consecuencias.
En estos entornos, el pensamiento se vuelve ágil en lugar de estar anclado. Se adapta a los incentivos, aprende los contornos de lo permitido y desarrolla fluidez sin exposición. La ausencia de agencia cívica no silencia la indagación; altera su peso. El pensamiento deja de presionar sobre las condiciones compartidas. Flota por encima de ellas, liberado de la obligación de responder por sus efectos.
No se trata de un empobrecimiento del intelecto, sino de una reorientación. La vida intelectual se vuelve eficiente, móvil y pulida, capaz de amplitud sin profundidad de riesgo. Sobrevive precisamente porque no se le exige intervenir.
II
Cuando la participación cívica es limitada, el intercambio no cesa; se vuelve transaccional por defecto. El discurso, el trabajo, la pericia y la cultura continúan circulando, pero siempre bajo términos que priorizan la continuidad sobre la exposición. El espacio público se estrecha, mientras el intercambio privado se expande. Aquello que no puede ser disputado colectivamente se negocia de forma individual.
Bajo estas condiciones, la producción intelectual se alinea con sistemas que recompensan la estabilidad. El análisis se afina, pero evita los puntos de ruptura. La crítica se refina hasta convertirse en comentario. La complejidad es bienvenida siempre que no exija la revisión de las estructuras que la sostienen. El resultado no es la conformidad, sino la contención.
Esta contención no requiere represión. Se apoya, en cambio, en la previsibilidad. Cuando los límites de la acción son conocidos, el pensamiento aprende por dónde puede moverse sin consecuencias. Con el tiempo, este aprendizaje se vuelve instintivo. La pregunta deja de ser qué es verdadero y pasa a ser qué es viable. El pensamiento permanece activo, pero su horizonte se contrae en torno a aquello que puede circular sin resistencia.
III
Lo que emerge de esta disposición no es cinismo, sino distancia. Las relaciones adoptan el carácter del intercambio más que el de la exposición. El compromiso se configura menos a partir del riesgo compartido que del beneficio mutuo. El lenguaje de los valores permanece intacto, pero flota desligado de la obligación. La convicción se vuelve performativa en lugar de vinculante.
En este clima, la profundidad parece excesiva. La urgencia se percibe como fuera de lugar. Los llamados que dependen de una responsabilidad compartida pierden tracción, no porque sean rechazados, sino porque exceden la estructura disponible. Aquello que no puede ser absorbido por el sistema no se debate; se elude.
Esta es la condición que da nombre al ensayo. El pensamiento se vuelve ingrávido —no porque carezca de inteligencia, sino porque ya no está anclado a la consecuencia cívica. Viaja lejos, conecta ampliamente e impresiona con facilidad. Lo que no hace es asentarse. Y aquello en lo que no se asienta no puede generar responsabilidad, sino únicamente circulación.
Triangulation Series Nº 49 9“ x 13” Oil on linen 2009
La decisión de autorizar la destrucción de una colección de ciento cuarenta y cinco cuadros realizados a lo largo de muchos años no fue repentina ni sencilla. Las obras permanecieron en Venezuela durante más de dos décadas en condiciones propicias para la proliferación del moho y la acción de las termitas. Su eventual recuperación exigiría una evaluación técnica, análisis de laboratorio, estudios de conservación, almacenamiento especializado, transporte y un destino definitivo. Ninguna de esas etapas puede emprenderse de manera aislada. Cada una depende de la culminación satisfactoria de la anterior.
Los cuadros fueron realizados cuando ninguna de esas circunstancias existía. Nacieron bajo las condiciones ordinarias del trabajo artístico. Con el paso del tiempo aquellas circunstancias cambiaron hasta el punto de que la conservación terminó convirtiéndose en la cuestión principal.
El estado material de las obras, sin embargo, no basta por sí solo para resolver la decisión. Aun cuando los estudios técnicos concluyeran que su recuperación sigue siendo posible, cada etapa posterior continuaría sometida a incertidumbre. Los informes técnicos no pueden anticipar el deterioro futuro. La restauración no garantiza su permanencia. El almacenamiento no asegura un destino final. Cada solución incorpora una nueva condición cuyo cumplimiento depende de circunstancias que ya no pertenecen al ámbito de decisión del creador.
El costo de una empresa semejante tampoco puede reducirse a una cuestión económica. Ninguna decisión respecto de la colección puede separarse de las responsabilidades que impondría a quienes habrían de llevarla a cabo. La obra de una persona no puede convertirse indefinidamente en la carga de otra. En ese momento la naturaleza del problema cambia. Deja de referirse únicamente al estado de los cuadros y pasa a comprender las responsabilidades inherentes a su conservación.
Esas responsabilidades no permanecen en el plano de la abstracción. En determinadas circunstancias, adquieren una dimensión humana identificable. En el presente caso, recaerían sobre miembros de mi propia familia cuyas circunstancias personales ya no permiten asumir cargas de esa magnitud. Por consiguiente, el estado de las pinturas no puede separarse de la situación de quienes habrían de hacerse cargo de su preservación.
Las circunstancias actuales evocan un período muy distinto. En 1995 surgió la posibilidad de destruir la obra ante la expectativa de que mi propia vida pudiera aproximarse a su término. Los cuadros aparecían entonces inseparables de mi propia desaparición. Su destrucción parecía constituir el último acto que todavía permanecía bajo mi exclusiva responsabilidad.
Han transcurrido más de tres décadas desde entonces. La posibilidad exterior ha regresado. Las circunstancias interiores no. La decisión presente no nace de la expectativa de una muerte próxima. Se adopta mientras la salud permanece estable y la vida continúa su curso ordinario. La semejanza entre ambos momentos es únicamente aparente. La misma decisión responde ahora a circunstancias diferentes.
La diferencia no reside en los cuadros, sino en las circunstancias que los rodean. En 1995 la cuestión se refería a la relación entre la obra y su creador. Hoy se refiere a la relación entre la obra y las condiciones necesarias para su conservación.
La situación de los cuadros plantea así la misma cuestión bajo una forma distinta. Una obra puede permanecer materialmente intacta y, sin embargo, depender cada vez más de circunstancias ajenas al cuidado inmediato de quien la creó. El deterioro físico, los recursos disponibles, las instituciones, los herederos, el mercado y el tiempo pasan a formar parte del proceso. La voluntad del creador ya no basta para excluir su influencia.
Durante esos años intervino además otra experiencia. En 2017 doscientas obras posteriores ingresaron en una subasta pública en los Estados Unidos. La puja inicial de un dólar no estableció ni su mérito artístico ni su significación. Únicamente fijó las condiciones bajo las cuales el mercado habría de recibirlas. Algunas fueron adquiridas por sumas considerablemente superiores y continúan reapareciendo en distintas plataformas de subastas. Desde ese momento las decisiones relativas a esas obras dejaron de pertenecer exclusivamente a su creador.
La cuestión trasciende así la pintura. Las mismas responsabilidades alcanzan a manuscritos, archivos digitales, colecciones institucionales, bibliotecas y albaceas, aunque cada uno adopte una forma distinta. Toda obra llega finalmente a un punto en el que su permanencia depende menos del acto que le dio origen que de circunstancias posteriores. La responsabilidad se desplaza gradualmente desde la creación hacia las condiciones que hacen posible su conservación.
Esa constatación no disminuye el valor de la obra ni determina de antemano su destino. Hay obras que sobreviven durante siglos. Otras desaparecen en el curso de una generación. Ninguno de esos desenlaces modifica el hecho de haber sido creadas. Lo que cambia es la responsabilidad por su permanencia.
La decisión relativa a esta colección pertenece a esas circunstancias. No establece una regla general sobre la conservación ni resta importancia a conservar cuando ello sigue siendo razonable. Únicamente define los límites impuestos por un conjunto concreto de circunstancias. Más allá de esos límites, conservar la obra exigiría asumir responsabilidades que las circunstancias ya no justifican.
La misma consideración alcanza a un corpus literario. Bibliotecas, albaceas, depósitos institucionales y repositorios digitales pueden prolongar la existencia de una obra. No pueden sustraerla a las condiciones ordinarias que rigen toda empresa humana. La responsabilidad no consiste en agotar todos los medios imaginables de conservación. Consiste en reconocer el momento en que conservar deja de ser una responsabilidad razonable.
Toda obra nace bajo la responsabilidad de quien la crea. No permanece allí indefinidamente. Las circunstancias van adquiriendo un peso mayor que la intención inicial, hasta que el porvenir de la obra depende de decisiones adoptadas por otros y bajo condiciones que el creador ni estableció ni controla. Reconocer esa transición equivale a reconocer el momento en que la responsabilidad por la continuidad de la obra deja de corresponder a quien le dio origen.
La cuestión, por tanto, no consiste en apaciguar las emociones que naturalmente acompañan una decisión semejante. Consiste en aceptar aquello que las circunstancias ya no hacen posible. Son dos cosas distintas. Una pertenece a la vida interior de la persona. La otra pertenece a las condiciones dentro de las cuales la responsabilidad todavía puede ejercerse con honestidad.
Este ensayo examina el abuso como una distorsión de la autoridad confiada dentro de la vida jerárquica. Describe cómo la autoridad se expande cuando la restricción se debilita, cómo la protección se forma mediante decisiones identificables, y cómo la responsabilidad dispersa permite que el uso indebido persista. El propósito es aclarar la secuencia antes que invocar escándalo o espectáculo moral.
Ricardo F. Morín
4 de marzo, 2026
Oakland Park, Florida
La autoridad surge cuando una persona posee poder de decisión sobre otra. Un padre dirige a un hijo. Un maestro evalúa a un estudiante. Un supervisor asigna tareas. Un funcionario electo emite órdenes. En cada caso, quien ejerce la autoridad recibe discrecionalidad, es decir, la capacidad de actuar sin solicitar aprobación de quienes están sujetos a la decisión. La discrecionalidad permite la coordinación. Sin discrecionalidad, la jerarquía no puede funcionar. En este ensayo, la autoridad se refiere a la discrecionalidad confiada y asignada para la coordinación, no a un derecho ilimitado de mandar. El poder, por el contrario, se refiere a la capacidad de imponer cumplimiento sin consideración del propósito confiado.
La discrecionalidad requiere restricción. La ley establece límites al definir conductas prohibidas. La revisión independiente limita la autoridad al examinar decisiones. Las normas compartidas desalientan conductas que violan expectativas. Cuando estas restricciones operan juntas, la autoridad permanece alineada con su propósito asignado. La distorsión comienza cuando una restricción se debilita o desaparece.
La revisión se debilita cuando quienes deben examinar la autoridad dependen de la misma jerarquía para su posición o avance. La dependencia altera la evaluación. Un revisor que arriesga perjuicio institucional puede sopesar ese riesgo frente a la acción correctiva. Si la preservación parece más segura que la exposición, el revisor retrasa la intervención. El retraso incrementa el tiempo durante el cual la autoridad opera sin corrección.
Las normas se debilitan cuando cuestionar la autoridad se considera deslealtad. Cuando la deslealtad conlleva penalidad social, las personas dudan antes de plantear preocupación. La duda reduce el número de informes. Menos informes reducen la información disponible para revisión. La información reducida limita la respuesta correctiva. En esta secuencia, el silencio expande la discrecionalidad.
La discrecionalidad expandida altera las condiciones de modo que la infracción solo se hace visible más tarde. Quien ejerce autoridad puede aumentar el acceso privado bajo pretexto legítimo. La interacción repetida sin supervisión reduce la percepción de irregularidad. La percepción reducida disminuye el escrutinio. El escrutinio reducido permite mayor acceso. La secuencia avanza de forma incremental antes que abrupta.
La explotación sexual de menores revela esta estructura en su forma más asimétrica. Un menor carece de agencia equivalente y depende del control adulto para seguridad y aprobación. Cuando un adulto inicia conducta sexual bajo estas condiciones, convierte la dependencia en instrumento de dominio. Si el menor anticipa incredulidad o castigo, la revelación disminuye. La revelación reducida permite repetición. La repetición consolida el control. La consecuencia ética se desprende de esta secuencia: un rol asignado para protección ha sido utilizado para dominación.
Las instituciones pueden reproducir dinámicas similares. Un administrador recibe una queja contra un empleado respetado. La terminación puede exponer a la institución a litigio o crítica pública. Para reducir daño inmediato, el administrador reasigna al empleado. La reasignación preserva la posición institucional. También preserva el acceso a posibles víctimas. El acceso preservado permite nueva conducta indebida. Una decisión destinada a proteger reputación se convierte en el mecanismo mediante el cual el daño continúa.
Varios amplificadores intensifican la protección sin alterar la secuencia subyacente. La riqueza y el estatus refuerzan la protección mediante acciones identificables. Reducen la divulgación: asesores legales limitan la divulgación para disminuir responsabilidad jurídica. Asesores de comunicación modelan la explicación pública para mantener posición. Interesados financieros desalientan exposición que amenace inversión compartida. Cada decisión reduce transparencia. La transparencia reducida eleva el umbral probatorio requerido para iniciar investigación. Un umbral elevado retrasa la revisión. La revisión retrasada extiende discrecionalidad no examinada.
El carisma altera la evaluación al inducir a los observadores a tratar el éxito visible como evidencia de confiabilidad. Cuando un líder demuestra éxito visible, los observadores asocian éxito con confiabilidad. Cuando surge una acusación, los observadores comparan la acusación con la imagen establecida. Si la imagen contradice la acusación, la duda se dirige primero al acusador. La duda ralentiza la indagación. La indagación ralentizada protege la autoridad.
La autoridad política magnifica estos mecanismos. Un líder electo exige lealtad de sus seguidores. Los seguidores interpretan supervisión como amenaza a identidad colectiva. Legisladores que comparten afiliación dudan en iniciar revisión porque la revisión puede debilitar posición política. La revisión reducida expande la discrecionalidad ejecutiva. La discrecionalidad expandida reduce transparencia. La transparencia reducida limita corrección. La escala modifica magnitud, no secuencia.
La responsabilidad se dispersa entre funciones escalonadas. Una oficina recibe la queja. Otra evalúa evidencia. Otra comunica públicamente. Cada actor cumple tarea definida dentro de límites asignados. Ningún actor individual asume responsabilidad completa por el resultado. La responsabilidad fragmentada reduce el costo percibido de la inacción. Una presión menor favorece cumplimiento procedimental antes que corrección sustantiva.
Las comunidades asignan costo a la disidencia. En algunos contextos, cuestionar ancianos produce aislamiento. En otros, criticar liderazgo arriesga empleo o estatus. Cuando la penalidad anticipada excede el beneficio anticipado, las personas eligen silencio. El silencio reduce flujo de información. La información reducida perjudica revisión. La revisión perjudicada permite que la discrecionalidad persista.
La prevención estructural requiere interrupción en puntos identificables. Separar autoridad investigativa de la jerarquía examinada. Limitar acceso sin supervisión donde exista dependencia. Exigir informes mediante canales definidos con plazos exigibles. Proteger denunciantes contra represalia mediante sanción formal. Cada medida restaura restricción. La restricción restaurada reduce discrecionalidad. La discrecionalidad reducida disminuye oportunidad de uso indebido.
Después de la exposición, las instituciones suelen adoptar reforma. Nuevas políticas incrementan supervisión. Con el tiempo, la aplicación puede relajarse porque urgencia disminuye o liderazgo cambia. La aplicación relajada devuelve discrecionalidad a nivel previo. Cuando la discrecionalidad retorna sin revisión externa, los mecanismos anteriores se reactivan. La recurrencia sigue a restricción debilitada antes que a vicio inevitable.
La jerarquía y la vulnerabilidad permanecen como rasgos de la vida organizada. La autoridad no puede eliminarse sin disolver coordinación. La condición decisiva concierne a la revisión. Cuando la autoridad permanece sujeta a revisión que no controla, la discrecionalidad opera dentro de límite. Cuando la autoridad controla su propia revisión o la elude mediante demora, la discrecionalidad se expande. En esa expansión, reaparecen condiciones para el abuso.
Ricardo F. Morín Abril 17 a mayo 14 de 2026 En tránsito
1. Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral. Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo. Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.
2. Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir. Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación. Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.
3. Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo. Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza. Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro. La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.
4. A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar. Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.
5. Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma. La convicción entra en la conducta. Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma. A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia. También puede aparecer como exposición.
6. Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos. La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea. Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.
7. Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto. También persisten mediante la familiaridad. Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos. Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.
8. Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica. Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas. También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.
9. A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo. Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro. Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.
10. Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio. Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante. Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.
11. Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo. También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación. Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse. Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas. La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse. Comienza a organizar la percepción misma.
12. Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener. No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse. Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.
13. Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones. Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente. La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia. El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.
14. A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida. Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores. Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión. Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.
15. Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado. La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo. Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.
16. Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios. Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación. La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer. Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.
17. Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente. La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta. La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.
18. Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad. Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez. Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.
19. Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma. El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro. Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.
20. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente. Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia. Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.
21. Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo. Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre. Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados. Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.
22. Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre. Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo. Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.
Puede bastar que no apartemos la mirada de lo que tenemos delante, aun cuando exceda lo que creemos poder soportar. Lo que está por venir no disminuye por nuestra vacilación. Si queda alguna medida en nosotros, consiste en ver lo que hay sin retirarnos de ello. Que no pase inadvertido. Al no enfrentar lo que tememos, algo en nosotros ya ha cedido, aunque continuemos como si no fuera así. Aun así, algo debe sostenerse, incluso donde no podemos nombrarlo.
Que no se diga que no vimos en lo que nos convertimos. Ninguna tiranía se sostiene aparte de quienes permiten que se sostenga. Lo que prevalece no lo hace solo por la fuerza, sino por lo que permanece sin examinar en cada uno de nosotros. Si hay algo que deba deshacerse, no comienza en otra parte. Comienza en la negativa a ver lo que somos cuando apartamos la mirada. Si hay misericordia, no está en el juicio, sino en la posibilidad de que aún se pueda enfrentar lo hecho sin apartarse de ello.
No estamos fuera de esto. Lo que condenamos no está separado de nosotros. Si fallamos, no es solo por la acción, sino por lo que dejamos sin examinar. La indiferencia no permanece contenida. Se extiende, en silencio, hasta que nada la resiste. En esa condición, lo que llegamos a ser no es impuesto. Es permitido. Y en ese permiso, algo esencial cede.
Antes de que sea demasiado tarde, solo queda esto: ver lo que hay, dentro y fuera, sin división. No por partes, no en secuencia, sino de una vez. Verlo sin convertirlo en otra cosa. En ese ver, no hay método, ni progreso, ni garantía. Solo el hecho. Y donde ese hecho se ve sin distorsión, algo actúa, no como decisión, sino como el fin de aquello que no puede continuar una vez que se ve por completo.
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Ricardo F. Morín, refundido de 2014, 25 de abril de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania.
Ricardo F. Morin Escena treinta y seis Óleo sobre lino y tabla 12″ x 15″ x 1/2″ 2012
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Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio. Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven. Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar: una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.” La descripción cede al etiquetado.
En « Lenguaje, juicio y libertad de conciencia: Sobre la arquitectura de una posición intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga. Ese vínculo no se sostiene por sí solo. Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad. Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla. Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir. En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.
Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo. La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas. Un vecino pasa a ser “uno de ellos.” Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”
Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza. Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar. El tirano parece suficiente. Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara. Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible: frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.
Les resulta más fácil a los Castro, Putins y Maduros del mundo incitar al odio contra enemigos imaginarios que responder al estado de vergüenza y confusión generado por ellos mismos.
Es necesaria una distinción. Ver con claridad no es odiar. Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad. Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción. El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado. Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.
Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada. Cambian de nombre, pero comparten una regla: las personas definen quiénes son expulsando a otros. Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común. La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no. El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.
Lo que aparece en Trump no es nuevo. Es lo que ya no necesita ocultarse.
Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas. Se extiende. Algunos la repiten por convicción. Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse. El lenguaje cambia. Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar. El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar. Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta: “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”
Aparece entonces otra confusión. En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos. Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.
Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo. A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión. Hay algo de verdad en ello. Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad. Todos son vulnerables. No todos participan en el daño organizado. Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.
Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo. El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas. La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan. No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.
Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos. No pertenecen a bandos ni a consignas. Son quienes deben vivir con lo que otros deciden: la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.
La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano. El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.
En ese punto, el odio deja de parecer excepcional. Se vuelve un hábito. Se repite en el habla cotidiana: “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.” Aparece en el lenguaje del orden y la protección: “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo: miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.
Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre. Lo disponen. Hacen que la exclusión parezca razonable. Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.
Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa. Se vuelve esperada, repetida, rutinaria. La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición: a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.
Así es como el odio continúa: no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.
La pregunta permanece.
¿Quién alimenta el odio?
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Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.
Ricardo F. Morín Naturaleza muerta 22″ x 30″ Técnica mixta sobre papel 2000
Ricardo F. Morin
31 de marzo de 2026
Oakland Park, Florida
Una relación entre dos individuos puede parecer estable incluso cuando se basa en una premisa falsa. Una decisión se propone sin fundamento y se acepta antes de ser puesta a prueba. Uno habla; el otro se ajusta. Se introduce una afirmación y se adopta sin examen. Cuando aparece la contradicción, se deja de lado. La relación se mantiene porque uno afirma y el otro acepta. El relato de dos personas puede parecer excepcional, pero la relación que pone de manifiesto no se limita a ellas.
Una relación más amplia entre individuos, sostenida al excluir la contradicción, no requiere acuerdo. Requiere dirección y alineación. Una afirmación se repite como si ya estuviera resuelta y se mantiene como algo que debe sostenerse. Un interlocutor expone una posición con certeza y sin matices, y otros aceptan esa certeza como prueba de su validez en lugar de examinar la afirmación. Un relato compartido fija lo que puede decirse; cuestionarlo queda excluido. Una decisión se sostiene porque confirma lo ya asumido. La relación continúa sin ser cuestionada.
¿En qué momento una relación de este tipo deja de interpretar la realidad y comienza a actuar en su lugar? No cuando aparece una afirmación falsa, sino cuando la relación ya no permite que sea puesta a prueba. Mientras las afirmaciones sean sometidas a examen, el desacuerdo se examine y el ajuste siga a la evidencia, la relación permanece abierta. El cambio ocurre cuando la alineación sustituye la puesta a prueba. Una afirmación se mantiene antes de ser puesta a prueba y deja de presentarse como algo abierto a examen.
La contradicción ya no interrumpe la relación. Se descarta o se aparta y no entra en la decisión. Lo que no encaja queda excluido de lo que sigue.
Una afirmación se sostiene porque repite lo que ya se ha dicho. La corrección deja de producirse.
Una decisión formada dentro de la relación se ejecuta fuera de ella sin ser puesta a prueba, y una persona que no participó en su formación debe acatarla. El efecto sobre esa persona no se examina y se considera secundario frente a la continuidad de la afirmación. Cada participante percibe el efecto sobre la persona afectada. Continúa actuando conforme a la afirmación, dejando de lado ese reconocimiento para mantener la alineación. La acción continúa antes de que la ley o la ética puedan intervenir.
Las decisiones se miden entonces según lo ya afirmado y no según lo presente. El comportamiento continúa sin ser puesto a prueba. Los juicios se forman dentro de circuitos cerrados de afirmación. En una sociedad de inversión, un socio principal propone una tesis bajo presión de tiempo e información incompleta, y los demás comprometen capital basándose en esa autoridad y no en validación externa. En otro ámbito, bajo incertidumbre no resuelta, en un contexto clínico, las pruebas disponibles no resuelven el diagnóstico y un médico adopta una hipótesis de trabajo; el tratamiento avanza sobre esa base, repitiéndose y confirmándose, mientras se dejan de lado signos contradictorios. Lo que parece coherente internamente produce acciones que no se ajustan a las condiciones que pretende abordar.
Una relación de este tipo también define la responsabilidad de manera limitada. Cada participante atiende al otro dentro de la relación, pero no a quienes se ven afectados por ella. El acuerdo entre los participantes no se extiende a quienes están sujetos a lo que la relación produce. Dentro de la relación, nada se presenta como una ruptura: la afirmación se sostiene, la decisión sigue, y la alineación se mantiene, de modo que no surge punto de interrupción desde el cual pueda ser juzgada. La responsabilidad requeriría que cada participante considere cómo la afirmación y la decisión afectan a quienes están fuera de la relación y permita que ese efecto modifique o detenga lo que sigue. Cuando esto no ocurre, la responsabilidad permanece contenida dentro de la relación y quienes están fuera de ella son afectados sin que su situación entre en la decisión.
La diferencia entre creencia compartida y distorsión compartida radica en si la relación permite corrección. Donde la contradicción puede entrar y ser considerada, la relación permanece abierta. Donde se excluye, la relación se cierra.
El problema no comienza cuando una afirmación es falsa. Comienza cuando la relación que la sostiene ya no permite que sea puesta a prueba.
Ricardo F. Morín Serie Nueva York, Nº 11 54″ x 84″ Óleo sobre lienzo 1989
Ricardo F. Morín
1 de enero de 2026
Oakland park, Fl
El trabajo comenzó dentro de una relación marcada por la camaradería y la solidaridad. La atención al lenguaje, la disciplina y la contención se desarrolló mediante un esfuerzo compartido, más que por la imposición de autoridad. Los estándares se aprendieron a través de la proximidad, la conversación y el tiempo. Cualquiera que fuera la forma que más tarde asumiera la escritura, no surgió en aislamiento; tomó forma dentro de un intercambio sostenido orientado al oficio.
Durante un tiempo, ese arreglo se sostuvo. El crecimiento avanzó en una dirección común. La guía aclaraba en lugar de restringir. La corrección afinaba en lugar de estrechar. En esa etapa, no había razón para imaginar que la continuidad exigiría algo distinto a más trabajo.
A medida que la escritura se desarrolló, apareció una fricción sin una fuente clara. Surgieron preguntas que no se resolvían con facilidad. Las revisiones se acumularon sin aclarar aquello que pretendían resolver. Lo que antes se sentía como depuración empezó a sentirse como ajuste, aunque la diferencia no fue inmediata. El trabajo continuó, pero con mayor vacilación.
La gratitud complicó el reconocimiento. Lo recibido era evidente y no podía negarse. Cuestionar la forma presente de la relación parecía prematuro, incluso ingrato. La resistencia parecía preferible a la interrupción, especialmente mientras la incertidumbre aún podía explicarse como parte del crecimiento.
Con el tiempo, se acumularon pequeños indicios. Las decisiones se pospusieron. Las direcciones cambiaron después del acuerdo. Las sugerencias se reconocieron pero regresaron sin cambios. La escritura se ralentizó. No ocurrió nada dramático, pero el progreso dejó de sentirse proporcional al esfuerzo.
Se intentó restablecer el equilibrio. Se ofrecieron aclaraciones. Se aceptaron ajustes. La expectativa era que la afinación de los términos recuperara la fluidez anterior. En su lugar, la misma tensión reapareció, reformulada, sin resolver aquello que la había provocado.
En cierto punto, la dificultad ya no pudo tratarse como algo temporal. Continuar comenzó a exigir formas de acomodación que alteraban el modo en que operaba el juicio al escribir. Se tomaron decisiones para preservar la relación más que el trabajo. Aquello que se estaba protegiendo se volvió más difícil de nombrar.
El reconocimiento no llegó como certeza. Llegó como un límite. Hubo cosas que el trabajo ya no podía hacer sin distorsión. Hubo direcciones que ya no podía tomar sin una resistencia que no disminuía con el tiempo.
La ruptura siguió a la vacilación, el aplazamiento y la resistencia. No resolvió nada de manera limpia. Puso fin a una forma de continuidad que había sido formativa. Lo que se abandonó no fue la gratitud, sino la dependencia. Lo que permaneció fue el trabajo mismo, ahora avanzando sin mediación.
El costo de la ruptura no fue el conflicto, sino la exposición. Los estándares tuvieron que sostenerse sin refuerzo. Las decisiones ya no pudieron diferirse. El fracaso, si llegaba, ya no sería compartido.
Nada en la ruptura borró lo aprendido. Marcó el punto en el que el aprendizaje ya no podía continuar de la misma forma. Lo que siguió no fue libertad en abstracto, sino autoría en el sentido estricto: juicio sostenido sin resguardo.
Ricardo F. Morín Mi nido 24″ x 30″ Óleo sobre lino 1999
Ricardo F Morín
January 1, 2026
Oakland Park, Fl
La ayuda no se ofreció de manera casual. Se ofreció a lo largo del tiempo, modelada por la historia, la familiaridad y la creencia de que la lealtad exigía permanecer presente cuando las circunstancias eran inestables. Se aceptaron compromisos imprecisos con la expectativa de que la constancia pudiera compensar la inestabilidad, y de que la paciencia permitiría que la claridad llegara allí donde aún no aparecía.
Con el paso del tiempo, esos compromisos se volvieron más difíciles de anticipar. Los planes cambiaban después de haber sido aceptados. Las expectativas se modificaban sin ser expresadas. Lo acordado una semana se revisaba la siguiente. Cada ajuste se absorbía en lugar de cuestionarse. Las reuniones dejaron de producir decisiones. Los acuerdos ya no sobrevivían a la semana. El esfuerzo por ser justo se convirtió en un esfuerzo por ser adaptable. Aquello que no se confrontaba se cargaba.
Había vacilación al nombrar lo que estaba ocurriendo. Hacerlo parecía severo. Corría el riesgo de parecer poco caritativo o impaciente. El silencio solía parecer preferible a la objeción, no porque no se viera nada, sino porque lo que se veía resistía una articulación sencilla. El silencio, que alguna vez fue una forma de contención, había dejado de aclarar algo. La resistencia parecía más segura que el juicio.
Gradualmente, los efectos de esa resistencia se hicieron visibles. La lealtad no estabilizó la situación. La prolongó. Cuanta más incertidumbre se acomodaba, más se convertía en la condición organizadora. Los compromisos perdieron sus contornos. La responsabilidad se dispersó. El cuidado, extendido sin límite, dejó de corregir algo y, en cambio, facilitó la continuidad de la inestabilidad.
En cierto momento, un amigo adoptó una postura distinta. Permaneció atento, pero a distancia. No intervino repetidamente ni intentó sostener aquello que no mostraba signos de sostenerse. En ese momento, esa distancia fue fácil de malinterpretar. El compromiso, tal como entonces se entendía, parecía exigir proximidad. La contención parecía más bien una retirada.
Solo más tarde se hizo clara la importancia de esa postura. Lo que había parecido pasivo era una forma de ver las cosas. Los límites habían sido reconocidos antes, y la conducta ajustada en consecuencia. La distancia no señalaba indiferencia, sino la comprensión de que la presencia, en condiciones inestables, no siempre mejora los resultados. La diferencia no residía en la intención, sino en el momento.
Este reconocimiento perturbó supuestos anteriores. La proximidad se había confundido con responsabilidad. La resistencia se había tratado como virtud sin preguntarse si sostenía algo más allá de la apariencia de un buen cuidado. Lo que se sentía como lealtad se había convertido, en parte, en permiso. La admisión más difícil no se refería a las acciones de otros, sino al papel desempeñado al permitir que esas acciones continuaran sin consecuencia.
La distancia no llegó de inmediato. Surgió después de intentos reiterados por restablecer la proporción, después de que las explicaciones dejaran de sostenerse y después de que el silencio dejara de aclarar algo. Retirarse no fue un rechazo del interés. Fue una forma de preservar el juicio, de evitar que el interés quedara consumido por la imprevisibilidad y de dejar abierta la posibilidad de que las condiciones aún pudieran cambiar.
La negativa, entendida de este modo, no es dramática. No acusa ni se anuncia. No busca reconocimiento. Retira el consentimiento en silencio, permitiendo que los arreglos puedan estabilizarse o revelar sus propios límites. Lo que termina no es el cuidado, sino la participación en condiciones que requieren autoengaño para sostenerse.
Esta forma de negativa no es superioridad moral. Es responsabilidad vuelta hacia adentro. Comienza cuando permanecer presente exige abandonar el propio juicio y cuando la lealtad, sin control, socava aquello que pretendía proteger. El silencio, en ese punto, no elude la obligación. Restaura la coherencia.
El acto es contenido. Sus consecuencias son duraderas. Al dar un paso atrás, se deja de suministrar la energía de la que depende la inestabilidad, sin cerrar la posibilidad de una renovación o el restablecimiento de proporción. Lo que permanece intacto es el juicio. Lo que se abandona es la creencia de que la resistencia siempre es ética —y la negativa se convierte en el medio mediante el cual se mantiene la claridad, y no la ruptura.