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« El principio de Dolos: Segunda parte »

October 21, 2026

Ricardo Morin Silencio III 22’ x 30” Acuarela, grafito, yeso, acrílico sobre papel 2010
Silence III de Ricardo Morín
22″ × 30″
Acuarela, grafito, gesso y acrílico sobre papel
2010

IX. La comisión

En los días que siguieron hizo muy poco, y fue haciendo muy poco como empezó a ver.

No había sabido cuánto de su vida se había ocupado en estar en algún sitio.  Ahora no había ningún sitio donde la esperaran, y las horas, liberadas de citas, le volvían con cosas dentro que ella no había puesto:  una palabra, una mirada a través de un salón, un hombre junto a una ventana sin nada que poner en un silencio.  No iba a buscarlas.  Llegaban, como llegaba la luz al apartamento por las mañanas, desde la dirección de la torre de él, y se posaban sobre las cosas hasta que ella las advertía.

Advirtió, por ejemplo, que había guardado la mirada de Nexys en la gala como si fuera el primer hecho de algo, y que no sabía, ahora, de qué había sido el primer hecho.  Había creído, aquella noche, que había visto algo en él.  Se le ocurrió, dándole vueltas la cuarta o quinta mañana, que quizá había sido él quien había visto algo en ella, y que el destello que había guardado era el reconocimiento de él y no el descubrimiento de ella.  El pensamiento no la afligió.  Le interesó, como interesa un cuadro en la segunda visita, cuando uno ve que la figura que tomó por el asunto está mirando fuera del marco hacia algo que a uno no se le había ocurrido mirar.

La comisión presentó su informe un jueves.  No había tenido intención de verlo.  Se dijo que lo vería sólo para saber qué se decía, y se sentó ante la pantalla en la postura que usaba para ver sus propias apariciones, un poco inclinada hacia delante, una mano en la garganta, y reconoció la postura, y no la cambió.

Habló el presidente.  Se dieron las cifras.  La palabra se usó varias veces, de maneras que la hacían sonar como algo que se había extraviado y se había encontrado.  Y entonces el presidente se volvió, con un gesto que ella conocía porque una vez se lo había sugerido a Nexys, y presentó a alguien que hablaría de lo que la promesa había significado siempre.

Había esperado las grabaciones.  Había esperado su propio rostro, y se había preparado para él como uno se prepara para el agua fría.  No era su rostro.

La mujer era más joven:  no mucho, pero lo bastante.  Era morena como Astra, y tenía su misma compostura, y no se le parecía en ningún rasgo que Astra hubiera sabido nombrar.  El rótulo daba su nombre:  Astrid.

Astra oyó el nombre como se oye una palabra que se ha repetido demasiado, hasta que se deshace en sonido.  Entonces la mujer empezó a leer.

Era la declaración.  La habían alterado, muy ligeramente, para que cupiera en otra boca:  la promesa seguía siendo más grande que cualquier hombre y, por fin, se cumpliría, pero la persona que había ayudado a sacar la verdad a la luz era ahora alguien que había estado «junto a quienes vendían el sueño, y no podía soportar verlo traicionado».  Astra escuchó la alteración con atención profesional y la encontró acertada.  Luego dejó de atender a las palabras, porque no podía atender a nada que no fuera la voz.

La demora antes de la palabra clave.  El final suave.  El aliento tomado no donde lo necesitaba la frase sino donde lo necesitaría quien escuchaba, medio compás antes de que quien escuchaba lo supiera.  La joven lo tenía todo.  No lo había aprendido de las grabaciones; o si lo había aprendido de ellas, lo había aprendido tan a fondo que ya no parecía aprendido.  Parecía franqueza.  Parecía, pensó Astra con una sensación para la que no tenía nombre, exactamente lo que ella siempre había supuesto que parecía desde el otro lado de la pantalla, donde nunca se había sentado a verlo.

Ahora estaba sentada allí.  Y se lo creyó.

Eso era lo que no lograba dejar atrás.  No que se hubiera hecho, ni que se hubiera hecho bien, ni sin ella; sino que durante lo que dura una frase, quizá dos, sentada hacia delante con la mano en la garganta, había creído que la mujer de la pantalla pensaba lo que decía; se había conmovido; había sentido el viejo impulso cálido hacia la promesa; y lo había sentido desde el lugar donde siempre había supuesto que lo sentía la multitud, y donde ella, en todos sus años de producir ese impulso en otros, nunca había estado.

La emisión terminó.  La pantalla mostró el pronóstico del tiempo.  Se quedó mucho rato sin moverse, y la luz de la torre de él, que se había encendido al anochecer como siempre, se tendía sobre el suelo entre su silla y la ventana.

La mujer del café había dicho que ella era la única que necesitaba creer.  Lo había tomado como un juicio sobre su sinceridad.  Se preguntó ahora si no había sido algo más llano:  una descripción del lugar donde siempre había estado, que era donde se fabricaba la creencia y nunca donde se recibía.  No sabía si eso era todo.  Sólo sabía que había estado, durante dos frases, entre quienes la recibían, y que había encontrado allí algo que la esperaba, cálido, ya hecho, y no suyo.

Pensó que le gustaría ver a la joven.  No sabía qué le diría.  No estaba segura, al examinar el deseo, de querer decirle nada; le parecía más bien que quería mirar, de cerca y a una luz corriente, el rostro que le había hecho aquello, y saber si, a esa distancia, se parecería a alguien que conociera.

X. Astrid

El mensaje llegó de la propia Astrid, tres días después de la emisión, y estaba redactado con tanta sencillez que Astra lo leyó dos veces buscándole la trampa y no la encontró.  Estaría en el jardín público junto al río el domingo por la mañana, temprano, antes de que se llenaran los senderos.  Si Astra quería ir, se alegraría.

Astra fue.  Llegó antes de la hora, como no había llegado nunca a ninguna parte, y recorrió los senderos de grava mientras los jardineros aún trabajaban.  La luz era la luz corriente que había deseado:  gris, pareja, sin dirección, cayendo sobre los bancos y las espaldas de los jardineros y la superficie del río sin preferir nada.

Astrid estaba en un banco junto al agua con un vaso de papel entre las manos.  Se levantó al ver a Astra, sin prisa.  A la luz llana era más joven que en la pantalla, y estaba menos acabada; tenía una pequeña cicatriz en el nacimiento del pelo que la emisión no había mostrado, y su abrigo era bueno pero no nuevo.

«Ha venido», dijo, y luego, como si se oyera, sonrió.  «No es lo que pensaba decir primero.  Había ensayado algo mejor».

«Yo también», dijo Astra.  No era verdad hasta que lo dijo, y entonces descubrió que lo había sido.

Se sentaron.  Durante un rato ninguna habló, y Astra fue consciente de que la miraba, de cerca, alguien que sabía con precisión qué estaba mirando; y era la primera vez que eso le ocurría a semejante luz, sin una pantalla de por medio.

«La estuve viendo durante años», dijo Astrid por fin.  «Antes de todo esto.  Tenía catorce años la primera vez.  Usted estaba en una pantalla en el escaparate de una tienda, hablando del registro que no pertenece a nadie, y me quedé en la calle hasta que cerraron».  Hizo girar el vaso entre las manos.  «No se lo cuento para que sienta nada.  Por eso me encontraron.  La había aprendido sin querer.  Sólo tuvieron que terminarlo».

«Y usted se dejó».

«Necesitaba el trabajo».  Lo dijo como la mujer del café había nombrado una distancia.  «Y quería ver si era capaz.  Eso usted lo entiende».

Astra lo entendía.

«¿Quiere saber qué fue lo más difícil?», preguntó Astrid.  Astra no dijo nada, y Astrid, que la había aprendido, pareció tomar el silencio correctamente, como un sí.  «No la voz.  La voz es sólo música; cualquiera puede aprender música.  Era algo que usted hace con los ojos».  Apartó la vista un instante, hacia un lado, hacia el río, y volvió.  «Justo antes de la palabra importante.  Siempre.  Como si comprobara si alguien había entrado en la habitación.  Tuve que aprender a no hacerlo.  Dijeron que se leía como duda».

Astra se quedó muy quieta.

Se había visto a sí misma, suponía, mil veces.  Había estudiado sus apariciones como lo estudiaba todo, por su efecto; había corregido sus manos, su postura, el ángulo de la barbilla.  Nunca había visto aquello.  Pensó en la gala, en los ojos de Nexys encontrando los suyos a través del salón, en lo que había pasado entre ellos y que ella había guardado como el primer hecho; y comprendió, en el banco, a la luz pareja, que él lo había visto mucho antes.  Quizá otros también:  la multitud, con su mirada paciente; el hombre que llegó tarde a la mesa, con su interés de médico.  Era posible que cualquiera que la hubiera observado de cerca la hubiera visto mirar a un lado antes de la palabra, como si alguien pudiera entrar, y que sólo ella, que había fabricado la palabra, nunca hubiera estado en situación de verlo.

«¿Y se leía así?», dijo.  «¿Como duda?».

Astrid la consideró con la atención franca de una artesana.  «No para la mayoría.  Para la mayoría se leía como sinceridad.  Eso era lo peligroso.  La duda que parece sinceridad es lo más convincente que existe».  Hizo una pausa.  «Ellos no querían convencer.  Querían calma».

Pasó un jardinero con una carretilla.  Las dos lo miraron alejarse, y Astra advirtió, mientras se alejaba, que los ojos de Astrid se movían a un lado, hacia el sendero que tenían detrás, rápidamente, antes de volver a hablar; y que Astrid se sorprendía haciéndolo; y que algo en su cara se cerraba.

Astra no hizo ningún comentario.  No habría sabido decir si era el rastro de un hábito aprendido y no del todo desaprendido, o algo propio de Astrid, más antiguo que las lecciones, que las lecciones no habían logrado quitarle.  Descubrió que no podía saberlo.  Descubrió también que no tenía derecho a preguntarlo, y que era la primera vez en mucho tiempo que reconocía un límite así como algo que pertenecía a otra persona y no a la situación.

«¿Por qué me escribió?».

Astrid miró el agua.  «Porque usted es la única persona que sabría qué estaba haciendo yo mientras lo hacía».  Un leve movimiento de hombros.  «Si no, es muy solitario.  Eso también lo sabe».

Se quedaron un rato más.  No parecía haber nada más que ninguna de las dos necesitara decir, y Astra, que había pasado la vida en salas donde el silencio era una jugada, descubrió que allí no lo era; era sólo el tiempo que tardan dos personas en terminar de estar sentadas juntas.

Cuando se levantaron, Astrid le tendió la mano, y Astra la estrechó, y por un momento se quedaron como se habrían quedado para una fotografía, y las dos lo sabían, y ninguna se volvió hacia una cámara, porque no había ninguna.

Astra volvió a casa por la orilla del río.  No miró el agua, aunque estuvo allí todo el camino, gris y llana y dispuesta a mostrarle cualquier cosa.  Pensaba en una mirada a un lado antes de una palabra importante, y en cuántos años puede algo ser visible en la propia cara para todos menos para uno mismo; y pensaba que tendría que mirar, tarde o temprano, y que aún no estaba preparada, y que eso, al menos, sí podía verlo.

XI. La torre

Fue a verlo porque él se lo había pedido, y porque descubrió, al examinar las razones que podría haber dado para no ir, que cada una era una frase que habría pronunciado ante un público.

La torre la admitió sin preguntas.  El portero la conocía; el ascensor conocía su piso; el vidrio del vestíbulo, donde estaba grabado el nombre de él, lo habían limpiado esa mañana, y el nombre se sostenía en él tan nítido como siempre.  En la pared junto a los ascensores habían colgado un retrato nuevo, grande, un poco idealizado, a la manera de los retratos que encargan las instituciones, y debajo una plaquita daba su nombre y dos fechas.  La primera era el año en que se había levantado la primera torre de la ciudad.  La segunda era este año.  Miró la segunda fecha un buen rato.  Él no estaba muerto.  Entendió que la placa no quería decir que estuviera muerto.

La recibió en el despacho.  Nada se había movido:  la madera oscura, el metal frío, los ángulos que no admitían la duda.  La pantalla del escritorio estaba encendida y mostraba el precio, que había recuperado casi la mitad de lo perdido.  Esta vez él se levantó.  Rodeó el escritorio y le tomó las dos manos y la miró con una expresión de abierta cordialidad.  Era la expresión que usaba con los donantes.

«Has vuelto», dijo.

«Me lo pediste».

«Sí.  Tenía esperanza».  Le soltó las manos y fue a la ventana.  «Mírala.  Nada ha cambiado».

Ella miró.  Nada había cambiado.  Las torres guardaban su orden de plata, y la luz corría por las avenidas, y abajo la gente se movía con la soltura de quienes se creen cuidados; y desde aquella altura no se veían en absoluto los portales ni los desperdicios.

Él habló.  Habló bien; siempre había hablado bien.  Le contó que la comisión estaba en buenas manos, que varios de sus miembros eran amigos suyos desde hacía veinte años, que la reforma llevaría, como era justo, el nombre del fundador, y sonrió a la palabra al decirla, como si fuera una prenda que alguien le hubiera regalado y le sentara mejor de lo que esperaba.  Le dijo que lo habían consultado en cada etapa.  Le dijo que el mediador era un hombre capaz.  No le dijo cuándo había conocido al mediador, y ella descubrió que no necesitaba que se lo dijeran; miraba sus manos, que descansaban sobre el alféizar y no tamborileaban.

«Lo sabías», dijo.  «Antes de la gala».

No se volvió.  «Sabía que venía.  Tarde o temprano iba a venir alguien.  Un hombre que construye algo así e imagina que le van a dejar quedárselo es un necio, y yo no soy un necio».  Hizo una pausa.  «Elegí cómo terminaría.  Es lo único que cualquiera puede elegir.  Elegí que mi nombre se quedara en el vidrio».

«¿Y yo?».

Entonces se volvió, y su cara tenía algo que ella había visto una vez, a través de un salón, y había guardado.  «Tú te ibas a ir de todos modos», dijo.  «Lo vi mucho antes que tú.  Mirabas a un lado antes de decir la palabra:  siempre, durante años, como si esperaras a alguien.  Yo me fijaba.  Pensaba que alguien lo notaría, y que se acabaría todo».  Movió la cabeza.  «Nadie lo notó nunca.  Creían que era sinceridad».

«Alguien lo notó», dijo ella, y no dijo quién.

Él esperó, y cuando ella no dijo nada más lo tomó, como siempre había tomado sus silencios, por asentimiento; y ella lo dejó, y advirtió que lo dejaba, y que ya no le parecía una jugada.

«Salió perfecto», dijo él.  «Dadas las circunstancias».

Oyó caer la palabra.  Esta vez no sonó falsa.  No sonó en absoluto; quedó donde cayó, como queda una moneda sobre una alfombra, y ella entendió que él lo decía en serio, y que seguiría diciéndolo en serio, en aquel despacho, con la pantalla del escritorio mostrándole una cifra que se recuperaba día a día, bajo un retrato cuya segunda fecha aún no había bajado a leer.

Se quedó un poco más, porque marcharse enseguida habría sido una especie de discurso.  Hablaron de nada:  de una cena de hacía años, de una ciudad del extranjero donde una vez los habían fotografiado juntos.  Él fue encantador.  Siempre lo había sido.  Cuando ella se levantó para irse le besó la mano, cosa que nunca había hecho, y ella entendió que era un gesto de un papel que había empezado a representar, el del fundador, afable y retirado, y que lo representaría bien y durante mucho tiempo, y que representarlo lo dispensaría para siempre de quedarse junto a la ventana el tiempo suficiente para ver los portales.

En el ascensor no miró el acero.

En el vestíbulo se iba la luz.  Al pasar ante el retrato, las luces de la torre se encendieron, todas a la vez, piso sobre piso por encima de ella, a la hora en que siempre se encendían; y pensó en él arriba, junto a la ventana, viéndolas encenderse, y creyendo, como estaba casi segura de que creería, que las había encendido él.

XII. La ventana

Anochecía cuando llegó al apartamento, y no encendió las lámparas enseguida.  Se sentó en la silla frente a la ventana, como se había sentado para ver a la comisión, y dejó que la habitación se oscureciera a su alrededor mientras la ciudad se alzaba fuera, torre a torre, hasta que el vidrio no contuvo más que la ciudad:  entera, luminosa, compuesta, como se le había ofrecido desde el balcón, como se ofrecía a todo el que pudiera pagarse la altura.

Descubrió que estaba esperando, y no sabía qué, y no intentó saberlo.

Cuando por fin se levantó y encendió la lámpara junto a la silla, la ventana cambió.  Lo hizo de golpe, como lo hacen esas ventanas:  la ciudad se retiró tras el vidrio, todavía allí pero tenue, y en su lugar apareció la habitación, la silla, la lámpara, la mesa donde había dejado el dispositivo la primera noche, y una mujer de pie en medio de todo.

Había visto su reflejo en aquella ventana mil veces.  Lo había usado, de noche, antes de salir, para comprobar la caída de un vestido.  Nunca se había detenido ante él sin nada que comprobar.

Miró a la mujer.  La mujer no era joven ni vieja; conservaba la compostura; era, suponía Astra, lo que la gente quería decir cuando decía que era hermosa, y la palabra no parecía adherirse a nada en concreto.  Mantenía la misma postura que Astra, un poco inclinada hacia delante, como si estuvieran a punto de dirigirle la palabra.  Astra la miró largo rato.  No era difícil.  Sólo era desacostumbrado, como la luz del jardín, que no había preferido nada.

Entonces, porque no había nadie más en la habitación, y porque se había pasado la vida diciendo cosas en voz alta antes de saber que las creía, empezó a decirle a la mujer del vidrio algo que después no habría sabido repetir; y antes de la palabra que importaba, vio que los ojos de la mujer se iban a un lado.

Fue muy rápido.  Fue, como había dicho Astrid, como si alguien hubiera podido entrar en la habitación.  No había entrado nadie.  Vio la mirada, y vio volver los ojos, y la cara a su alrededor asentarse otra vez en lo que había sido.  No sabía qué había estado buscando.  Podía haber sido duda, como habían dicho.  Podía haber sido la costumbre de una actriz atenta a su público, o de alguien que vigila una puerta que no piensa abrir.  Se le ocurrió que podía haber estado buscándola a ella, y el pensamiento se quedó, y ella no intentó que fuera el único.

No terminó la frase que había empezado.  Pensó en las estrellas, que una vez había visto sobre la ciudad y luego había dicho, y descubrió que ya no sabía cuánto de aquel ver había estado al servicio del decir.  Algo distinto habló entonces, con su propia voz, aunque no la que usaba en las pantallas:  la voz que habría usado para decirle la hora a un desconocido.  No le dijo lo que tenía que hacer.  No le dijo que estaba perdonada, ni que era libre, ni que en adelante algo fuera a ser distinto.  No intentó explicarla.

Dijo su nombre.

No sonó fuerte.  No era el nombre como lo había dicho la multitud, ni como lo había dicho Nexys.  Fue dicho como se dice el nombre de alguien que está en la misma habitación, llanamente, para dejar constancia de que está allí.

«Sí», dijo ella.

Fuera, tenues tras su reflejo, las torres guardaban su orden de plata, y la luz corría por las avenidas, y nada en la ciudad había cambiado ni cambiaría porque una mujer en una de sus ventanas hubiera respondido a su nombre.  Lo sabía.  No miró más allá del vidrio para confirmarlo.  Se quedó donde estaba y dejó que la mujer del vidrio la mirara mientras durara, y descubrió que podía quedarse allí, lo cual no era lo mismo que estar en paz allí.

La lámpara ardía a su lado.  No la apagó.

Fin

« Concesión »

October 20, 2026


Ricardo F. Morín
Concesión
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

Cuando un Estado no existe para la prosperidad de quienes lo habitan sino para administrar su dependencia, el gobierno no garantiza el ejercicio de las libertades:  lo dosifica, y de esa dosificación vive quien gobierna.  El recurso común, sea tierra, subsuelo o trabajo, no se protege en nombre de todos; se custodia en beneficio de su custodio.  Lo que se llama protección colectiva es la forma pública de una apropiación privada.

Entonces la empresa libre aparece como una amenaza antes que como una posibilidad.  La inversión que compite, la propiedad que no procede del favor y el individuo que produce por cuenta propia establecen un margen de independencia frente al reparto.  El gobernante que vive de la dádiva no puede tolerar esa independencia.  Su enemistad con el mercado encuentra justificaciones doctrinales, pero cumple una función precisa:  impedir que la prosperidad deje de pasar por sus manos.

Por eso se habla tanto del productor y se le encuentra tan poco.  Se elogia al puñado de personas que perseveran a pesar de las restricciones, y el elogio mismo confirma la rareza.  Donde la propiedad y la autonomía de quien produce quedan a merced del poder, el elogio funciona como una forma de despedida.

La sucesión en el poder no altera por sí sola esa administración.  Quienes se oponen al gobernante suelen oponerse a su persona y no a su oficio:  aspiran al mismo despacho, con las mismas atribuciones, para distribuir las mismas dádivas entre las mismas multitudes.  La transición se concibe como un relevo, y el relevo deja intacto el reparto.

En Venezuela, la economía depende desde hace décadas del petróleo.  Cuando los ingresos de ese recurso común quedan bajo el arbitrio del gobernante, la prosperidad se administra como una concesión, y la concesión puede retirarse.  El que se va lo sabe.  La partida de millones no es un argumento:  es el registro de lo que la permanencia exigía.

Se habla de justicia mientras los pobres están peor que antes.  Se habla de revolución mientras el delito ocupa cada sector de la vida pública.  El vocabulario de la decencia sobrevive a la decencia, y su supervivencia la parodia.  El nombre del sistema encubre la subordinación de sus promesas a un solo fin:  la permanencia de quienes gobiernan.

Mi padre escribió en 1947 una tesis doctoral en ciencias políticas titulada « Capital humano ».  No llegué a leerla antes de su muerte, en 1997.  Lo que conocí de sus convicciones lo conocí en su conducta:  en la paciencia con que, frente al Estado, esperaba el momento oportuno para presentar su defensa.

Una vez, cuando yo tenía siete años, lo oí decirle a su agente inmobiliario que si alguna vez la libertad y la propiedad estuvieran amenazadas por un sistema populista, habría que sacrificar la vida.  Lo dijo en mi presencia, sin dirigirse a mí.  Con el tiempo comprendí que no hablaba de lo que había acumulado.  Hablaba de la posibilidad de perder lo que no puede acumularse:  la dignidad de no deberle la existencia a quien gobierna.  Para él, la vida bajo esa deuda no era vida.  Murió antes de que llegara lo que temía.

Reconocer la amenaza no basta para sustraerse a ella.  Quien vive bajo tutela, sin la convicción que sostenía a mi padre, puede comprender su condición y desconfiar de su capacidad para modificarla.  El agotamiento precede entonces a la renuncia:  la voluntad se retrae porque su ejercicio parece inútil.  La ira se descarga en la queja, y la queja sirve de justificación a la inacción.  Su resentimiento tiene causa y no conduce a ninguna parte.  Busca la inmediatez porque el porvenir le ha sido administrado por otros; rehúye nuevos sacrificios porque ha visto confiscado el fruto de los anteriores.  La responsabilidad persiste, pero la experiencia reiterada de no poder ejercerla alimenta la convicción de no tenerla.

Hay un punto en que la privación estrecha incluso la idea de lo que puede reclamarse.  El cuerpo pasa hambre, la mente se concentra en la urgencia, y la protesta pide al custodio una dádiva mayor.  La abyección se instala cuando ese custodio es reconocido como dueño legítimo de lo que reparte.  La voluntad subsiste, pero actúa dentro de unos límites que no discute.  El poder ya no necesita imponer cada renuncia:  quien depende de él ha aprendido a anticiparla.

El rechazo de mi padre no se agotaba en el régimen que temía:  alcanzaba la disposición a aceptar que la existencia propia sea una concesión.  Esa disposición no pertenece a un sector ni a una clase.  El gobernante la exige de otros; el favorecido la acepta mientras conserva su ventaja; el opositor la prolonga cuando aspira a administrar el mismo reparto.  Sus posiciones no les confieren el mismo poder ni les imponen la misma responsabilidad.  El reparto perdura mientras el derecho a conceder sólo se discute para decidir quién lo ejercerá.

Ricardo F. Morín

En tránsito, 14 de octubre de 2026

« Apartarse »

October 14, 2026


Ricardo F. Morín
Apartarse
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

Las leyes se redactan en el lenguaje de la paz, pero por sí solas no bastan para asegurarla. Una ley prescribe conductas: prohíbe la violencia, protege a las personas vulnerables e impone deberes a quienes gobiernan. Las sanciones pueden contener conductas sin que medie convicción ética, y la ley puede ofrecer a los perjudicados medios para obtener reparación. Sin embargo, la aplicación de la ley depende de personas que la acatan, la eluden o la manipulan. Cuando la ley se aplica al servicio de los intereses que debía contener, aumenta la distancia entre lo escrito y lo que se hace.

La misma distancia se advierte entre las naciones. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio fue aprobada en 1948, y desde entonces se han cometido genocidios. El derecho internacional prohíbe la esclavitud y el trabajo forzoso, pero ambos persisten en todo el mundo. En el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, los cinco miembros permanentes disponen de derecho de veto, cuyo ejercicio ha bloqueado proyectos de resolución relativos a atrocidades masivas. Los procedimientos de la institución siguen su curso con plena regularidad: se celebran sesiones, se presentan informes, se numeran resoluciones. Entretanto, continúa ocurriendo aquello que dichos procedimientos debían impedir. Allí donde prevalecen los intereses económicos o estratégicos, cede el deber de actuar, y esa claudicación queda consignada con la misma pulcritud formal que todo lo demás.

Las doctrinas políticas pueden encubrir esta distancia, así como justificar las formas de organización que causan daño. Una democracia proclama la igualdad de sus ciudadanos y tolera su exclusión. El capitalismo se justifica mediante la promesa de recompensar el esfuerzo, mientras la propiedad otorga ventajas que el esfuerzo por sí solo no permite obtener. El comunismo promete la desaparición de las clases e instaura una clase que administra al resto de la sociedad. El fascismo promete la unidad y la grandeza nacionales; la sumisión a sus gobernantes se exige como prueba de lealtad a la nación. Las doctrinas difieren entre sí, y lo que proclaman no tiene el mismo valor. Una promesa puede ser traicionada o servir para hacer aceptable la subordinación. La izquierda, el centro y la derecha se acusan mutuamente y rara vez examinan las lealtades que rigen su propio juicio. Cuando la acusación sustituye al examen, el debate político gira en un remolino de acusaciones y contraacusaciones: el intercambio continúa, pero las lealtades que rigen el juicio permanecen intactas.

El silencio ante la injusticia responde a causas distintas. Una persona agotada por las exigencias de la subsistencia puede reconocerla y carecer de fuerzas o de medios para oponerse a ella. Quien dispone de medios para actuar puede quedar tan absorto en el entretenimiento que la inquietud ante la injusticia se amortigüe antes de dar lugar a un juicio. El agotamiento y la indiferencia pueden producir el mismo silencio público, si bien entrañan responsabilidades distintas. Quienes se benefician de ese silencio no necesitan distinguir sus causas.

Entretanto, los bienes comunes pasan a manos privadas, y algunas líneas celulares desarrolladas a partir de tejido humano se patentan y se venden. Una patente no acredita que la persona cuyo tejido hizo posible la investigación comprendiera el uso comercial de ese material ni que lo consintiera. Cuando se prescinde del consentimiento, la apropiación llega hasta la materia del propio cuerpo. El derecho interviene aquí tanto para limitar la conducta como para determinar a quién corresponde el control. El cumplimiento de una norma no demuestra la legitimidad ética de lo que autoriza.

Cada persona se forma entre vínculos que todavía no está en condiciones de juzgar: una nación, una región, una secta, un texto sagrado, un partido, las lealtades que una institución cultiva mediante su propaganda. Esos vínculos le dan arraigo y la unen a otras personas. Cuando la lealtad se impone al juicio, la pertenencia al grupo sirve de criterio para juzgar el valor de los demás. Quien queda fuera aparece entonces como rival, como inferior o como alguien cuya suerte resulta indiferente. El sentimiento de superioridad que de ahí nace no se percibe como un agravio a la humanidad ajena. Se vive como pertenencia. Los reformadores y los dirigentes pueden seguir sujetos a las mismas lealtades que aquellos a quienes dirigen, y la explotación perdura cuando la fidelidad a una institución sirve para disculpar lo que esta hace.

La división interior de la persona y la división entre las naciones se enlazan mediante las instituciones que los individuos sostienen. El temor con que una persona acude a una negociación, la codicia que pone en la balanza un contrato y una vida, la envidia que mide a una nación por la riqueza de otra: todo ello se incorpora a la vida pública por medio de decisiones, contratos y políticas. Una institución puede contener estas disposiciones o conferirles una fuerza duradera. Sus normas pueden conservar una ventaja más allá de la vida de quienes la obtuvieron. El poder para mantener o modificar esas normas se distribuye de manera desigual, y la responsabilidad varía en consecuencia. El estancamiento sostenido por ese vórtice de acusaciones políticas se reproduce en la persona cuyo juicio permanece sometido a sus lealtades.

Reconocer esta correspondencia supone perder la certeza de que el desorden está por entero fuera de uno mismo. Tal reconocimiento no garantiza remedio alguno. Sitúa la división tanto en la institución como en la persona y revela cómo cada una sostiene la de la otra. El bloqueo del Consejo está también en ti, y el tuyo está allí.

Ricardo F. Morín

12 de octubre de 2026


« Eje V: Responsabilidad como atribución retroactiva »

September 25, 2026
Ricardo F. Morín
Persa Uno
48 x 71 cm
Grafito, sanguina y tinta sumi sobre papel de acuarela
2003
Ricardo F. Morín
Persa Uno
48 x 71 cm
Grafito, sanguina y tinta sumi sobre papel de acuarela
2003

 

Las personas actúan antes de saber plenamente lo que sus acciones traerán consigo.  Las decisiones se toman con información limitada, atención dividida y señales cuya importancia no puede evaluarse por completo en el momento de elegir.  Una persona se compromete con un curso de acción sin poder ver todas las condiciones que esa acción pondrá en movimiento.  Solo más tarde los efectos de esa acción aclaran qué era relevante y qué podría haberse modificado.

 

Dado que la acción procede bajo incertidumbre, el error no aparece en el momento de la decisión.  En el instante de elegir, la información disponible sigue siendo parcial, las situaciones permanecen ambiguas y la atención es finita.  La acción vincula así al agente con consecuencias cuyas implicaciones completas no pueden conocerse de antemano.  Lo que después parece evidente no era plenamente visible cuando la acción comenzó.

 

La responsabilidad comienza a tomar forma a medida que las consecuencias revelan relaciones que la propia acción ha puesto al descubierto.  Los efectos exponen dependencias, restricciones y vulnerabilidades que antes pasaban inadvertidas o eran subestimadas.  Lo que emerge a posteriori no es solo información adicional, sino un cambio en la relevancia.  Elementos que parecían secundarios adquieren peso, mientras que supuestos que antes guiaban la acción pierden autoridad.  El reconocimiento sigue al compromiso en lugar de precederlo.

 

A medida que la comprensión se desarrolla después de la acción, la previsión suele sobreestimarse retrospectivamente.  La conciencia posterior proyecta coherencia hacia atrás sobre momentos marcados por la incertidumbre.  Señales que parecen decisivas tras desplegarse las consecuencias se tratan como si hubieran sido inequívocas desde el inicio.  Esta compresión crea la impresión de que el error fue producto de la negligencia, y no de los límites de la percepción bajo la acción.

 

Las prácticas que dependen de la anticipación—como la planificación, la predicción, la precaución y el control—suponen un grado de previsión que la acción misma no puede proporcionar.  Estas prácticas estabilizan expectativas, pero siguen siendo vulnerables al hecho de que la relevancia suele revelarse solo a través del resultado.  Cuando los resultados divergen de la intención, la brecha refleja no un fracaso de la responsabilidad, sino la estructura temporal dentro de la cual esta opera.

 

La responsabilidad madura a través del reconocimiento más que de la certeza.  Se desarrolla cuando las personas reconocen cómo sus acciones han vinculado condiciones que ahora exigen respuesta.  Lo que la responsabilidad sostiene no es la ilusión de un control completo, sino la capacidad de seguir siendo responsable ante consecuencias que exceden la comprensión previa.  La responsabilidad, por tanto, no termina en el momento de la decisión; continúa a medida que el reconocimiento ajusta la agencia a lo que la acción ha revelado.

 

La responsabilidad no surge de una previsión que preceda a la acción, sino de un reconocimiento que sigue al compromiso, a medida que la agencia responde a consecuencias que no podían anticiparse plenamente.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, Fl


 

« La continuidad de la atención »

September 22, 2026

Ricardo F. Morín.  Autorretrato, 1988. Técnica mixta:  collage, carboncillo y tinta a pluma.  30 × 48 pulgadas.

Las tradiciones y los rituales con los que nos identificamos deberían poder cuestionarse, sobre todo cuando se refieren a la culpa, el arrepentimiento y el perdón.  Una indagación sobre el sentido del ayuno en Yom Kipur me llevó a preguntarme qué relación guarda una práctica de expiación con nuestra conducta cotidiana.  La pregunta puede plantearse ante cualquier práctica de este tipo, dentro o fuera de una religión:  ¿cumplir con ella nos lleva a prestar una atención más cuidadosa a los demás, o puede el cumplimiento del ritual sustituir esa atención?  ¿Por qué habría de reservarse a la reflexión un ámbito separado de la vida, si cada una de nuestras relaciones ya exige que seamos conscientes de cómo actuamos?

La dificultad comienza cuando consideramos que vivir y examinar cómo vivimos son actividades separadas.  Podemos actuar, detenernos, evaluar lo sucedido y buscar la manera de liberarnos del peso de nuestros actos.  Mirar atrás es necesario porque nuestra comprensión es incompleta y las consecuencias suelen hacerse evidentes solo más tarde.  Pero los límites de lo que podemos saber en cada momento no nos eximen de prestar atención mientras actuamos.  La manera en que hablamos, decidimos, escuchamos o decidimos no responder ya tiene importancia para los demás.  La reflexión forma parte de esos actos, mientras todavía podemos influir en lo que sucede, y también del examen posterior de sus consecuencias.

La propia observancia que suscitó esta indagación contiene una advertencia expresa contra la sustitución de la responsabilidad hacia otra persona por el cumplimiento de un ritual.  La Misná, Yoma 8:9 (https://www.sefaria.org/Mishnah_Yoma.8.9), establece que Yom Kipur no expía las faltas cometidas contra otra persona mientras no se haya dado satisfacción a la persona agraviada.  Esta enseñanza exige que nos dirijamos a quien hemos causado daño; la sola observancia de ese día no basta para cumplir tal obligación.  Sin embargo, sigue pendiente la pregunta por el lugar de la reflexión en la vida.  Ocuparse del daño causado es una responsabilidad posterior a la falta.  La relación con otra persona ya requiere atención antes de que se produzca daño alguno.

Un día dedicado al arrepentimiento puede renovar una conciencia de nuestra conducta que se mantenga durante todo el año.  La distinción que me interesa es la que existe entre reflexionar de vez en cuando e incorporar la reflexión a todo cuanto hacemos.  Una observancia puede favorecer la atención en la vida cotidiana.  Hablar, trabajar, comer y convivir ya implican decisiones en las que tenemos en cuenta las circunstancias de los demás o las desatendemos.  Cuando se separa la reflexión de la conducta cotidiana, la sinceridad con que se cumple un ritual no resuelve esa separación.

Cuestionar un ritual puede resultar difícil porque su práctica puede expresar compromisos profundamente arraigados.  Una persona puede cumplirlo por convicción religiosa, por lealtad a las costumbres familiares o por el deseo de ser reconocida como integrante de una comunidad religiosa.  Creer en una enseñanza, ser leal a la propia familia y recibir el reconocimiento de los demás son motivos distintos, aunque conduzcan a una misma observancia.  Si poner en duda la práctica se vive como una traición a la familia o como un riesgo de perder la aceptación de una comunidad, defenderla puede llegar a ser más importante que examinarla.  Un examen cuidadoso también puede expresar un compromiso serio con la comprensión de la propia fe.  Conviene, por tanto, distinguir las razones por las que valoramos un ritual de la cuestión de cómo su práctica afecta a nuestra conducta hacia los demás.

El ayuno puede ayudar a concentrarse al interrumpir hábitos cotidianos.  Aun así, ¿por qué habría de atribuirse a la privación un papel privilegiado en el desarrollo de nuestra conciencia?  La atención que pueda propiciar un ayuno ha de mantenerse en la vida diaria.  Cuando la privación se entiende como castigo, la atención puede desplazarse de la conducta cotidiana a la intensidad del propio sufrimiento.  Mi sufrimiento no repara, por sí solo, el sufrimiento que he causado.  Puedo quedar absorto en cuánto soy capaz de soportar y prestar menos atención a la persona afectada por mi conducta.  El empeño por recuperar mi valía moral puede entonces desplazar la tarea de comprender la experiencia ajena y reparar cuanto sea posible.

La preocupación por recuperar la propia valía moral puede limitar especialmente nuestra atención cuando una mala acción se toma como prueba de una naturaleza humana defectuosa.  Reconocer nuestras limitaciones puede hacernos más receptivos a las correcciones.  Pero creer que somos defectuosos puede mantenernos pendientes de si somos culpables, si nos hemos purificado, si hemos sido perdonados o si estamos rehabilitados.  Nuestra relación con los demás no comienza con un daño por el que debamos responder.  Al escuchar a otra persona, puedo descubrir cuánto han dejado fuera mis suposiciones.  Cuando tomamos una decisión conjunta, necesito considerar las circunstancias de la otra persona tanto como las mías.  La realidad de la otra persona precede a mi juicio sobre cómo he respondido a esa realidad.  La responsabilidad se desarrolla en la relación e incluye responder por el daño cuando se produce.  Un juicio satisfactorio sobre mí mismo no pone fin a mi responsabilidad dentro de la relación.

La confesión puede interrumpir la negación al reconocer un daño que hemos ocultado o nos hemos negado a afrontar.  Expresar en qué ha consistido ese daño puede hacer posible una conversación sincera con la persona afectada.  Pedir disculpas puede aliviar a quien las pide sin resolver la pérdida o la desconfianza de quien ha sufrido el daño.  Al admitir lo que hice, muestro mi disposición a responder por mi conducta.  La sola admisión no basta para establecer que he cumplido con mi responsabilidad.

Nadie está obligado a perdonarme para que yo pueda dar por saldadas mis cuentas morales.  El perdón puede transformar profundamente una relación y hacer de nuevo posibles el afecto o la confianza.  Pero el perdón no borra las consecuencias de lo ocurrido.  Puede ser necesario reconstruir la confianza, una pérdida puede seguir siendo irreparable y la persona agraviada puede seguir necesitando mantener límites en la relación.  Mi responsabilidad continúa aunque no se me perdone.  Tampoco puedo exigir que la reconciliación adopte la forma que yo deseo.

Vivir conscientemente no exige juzgarnos sin cesar.  Ese juicio constante reproduciría el ensimismamiento que puede convertir la penitencia en un obstáculo para comprender a los demás.  Prestar atención a los demás requiere disposición para advertir lo que sucede, escuchar y reconsiderar nuestros juicios.  Nuestras intenciones no explican por completo lo que nuestros actos significan para otra persona.  Mantener la atención supone permitir que lo que aprendemos de alguien influya en nuestra manera de proceder, incluso cuando ese conocimiento cuestione la idea que tenemos de nosotros mismos.  En ocasiones no prestaremos la atención debida.  Reconocer esa falta de atención puede ayudarnos a responder de manera más adecuada sin convertir el reconocimiento en una ceremonia de condena de nosotros mismos.

La separación entre reflexión y conducta cotidiana puede darse en las relaciones más cercanas.  Podemos dar por sentado que conocer a alguien nos permite saber lo que necesita, o que las buenas intenciones nos eximen de reconsiderar una decisión.  La confianza en nuestro propio criterio puede entonces sustituir la atención a una persona cuyas necesidades o puntos de vista quizá hayan cambiado.  La confesión, el perdón y la observancia forman parte de nuestras relaciones, pero ninguno cumple por sí solo con todas las responsabilidades que esas relaciones entrañan.  Los actos cotidianos de escuchar, decidir juntos y responder a los cambios tienen un significado ético propio, se produzca o no algún daño.

No concibo la reflexión como una pausa tras la cual se vuelve a vivir libre de sus exigencias.  La reflexión forma parte de nuestra participación en la vida de los demás, mediante la cual desarrollamos y revisamos continuamente nuestra comprensión.  La importancia de un ritual para nuestros compromisos religiosos o nuestras costumbres familiares no resuelve la cuestión de cómo su práctica afecta a nuestra conducta hacia los demás.  La realidad de la otra persona sigue ante nosotros después de que se hayan pronunciado las palabras y haya concluido el día señalado.


« Eje VI: Autoría: Exposición a la interpretación »

September 10, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
35,5 x 51 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron.  Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar.  Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro.  Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó.  Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla. 

Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención.  Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias.  A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta.  El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula. 

A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja.  Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada.  Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor.  Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida. 

Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control.  El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye.  Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos.  La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato. 

Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión.  Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación.  Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado.  Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto. 

La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio.  Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención.  Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue.  La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial. 

La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Arar el mar sin cosecha alguna »

September 9, 2026

Ricardo F. Morín
Arar el mar sin cosecha alguna
14 x 20 pulgadas
Acuarela, tintes, pasteles al óleo, corrector líquido y lápiz de carboncillo
2008

Este ensayo se titula Arar el mar sin cosecha alguna.  En otro contexto lingüístico aparece con una formulación en inglés que no reproduce la imagen, sino que reformula la condición.  La diferencia no obedece a estilo, sino a adecuación: cómo cada lengua sostiene densidad, registro y resonancia sin alterar la función diagnóstica del texto.

En inglés, una traducción literal de la imagen tiende a leerse como proverbio, alegoría o parábola.  Ese desplazamiento introduce un marco interpretativo que el ensayo no busca activar.  Por ello, el título inglés evita la transferencia directa de la imagen y nombra el fenómeno en términos operativos, manteniendo el mismo nivel de sobriedad.

En español, la imagen puede sostener una gravedad histórica —incluso una cadencia bíblica— sin convertirse en instrucción moral ni en emblema retórico.  Arar el mar sin cosecha alguna nombra una condición: esfuerzo real, medio que no retiene, y ausencia estructural de rendimiento.  La frase no explica; delimita.

Esta asimetría no es un problema accesorio.  Reproduce, en el umbral del texto, la cuestión que el ensayo examina: los límites de transmisión entre contextos.  El sentido no pasa intacto entre generaciones del mismo modo que no pasa intacto entre lenguas.  Lo que puede preservarse no es la forma, sino la función, cuando las condiciones permiten recepción.

Ricardo F. Morín

Diciembre 19, 2025

Oakland Park, Florida


I.

El trabajo continúa.  Es visible, organizado y, con frecuencia, diligente.  Las tareas se ejecutan, los sistemas se mantienen, el lenguaje se afina y los procesos se repiten.  La dificultad no reside en la ausencia de esfuerzo, ni siquiera en su mala orientación, sino en la ausencia de acumulación —entendida aquí como la condición que permite que el conocimiento generado externamente sea recibido, retenido y reingresado como orientación, en lugar de ser reescenificado como esfuerzo.  Lo realizado no permanece disponible para su reingreso; el trabajo no se proyecta hacia adelante.

Esta condición suele confundirse con agotamiento o indiferencia.  No lo es.  Los signos de implicación son evidentes.  La actividad aumenta.  La capacidad de respuesta mejora.  La producción se multiplica.  Lo que desaparece es la continuidad: la posibilidad de que el esfuerzo se convierta en un remanente compartido que pueda retomarse sin comenzar desde cero.

En estos entornos, el movimiento sustituye a la herencia.  El valor de la acción reside en su ejecución, no en lo que deja tras de sí.  El trabajo avanza como si cada instancia fuera suficiente en sí misma.  El pasado no es rechazado; simplemente no se conserva en una forma que permita volver a él.

II.

La experiencia no es una sustancia que pueda transmitirse intacta de un sujeto a otro (no puede acumularse antes de que exista la necesidad).  Se forma bajo presión: a través de la duración, la consecuencia y la restricción.  Cuando se separa de esas condiciones, llega aplanada.  Lo que antes aclaraba límites ahora aparece como comentario.  Lo que antes obligaba a ajustar la acción ahora se percibe como preferencia.

Los intentos de transmitir la experiencia como instrucción suelen fracasar porque se adelantan a la necesidad.  El destinatario recibe la lección sin las condiciones que le otorgaron fuerza.  El conocimiento llega antes de la situación que lo haría inteligible.  Lo ofrecido antes de ser necesario aparece como opcional, incluso cuando es exacto.

Este fracaso no es cognitivo.  Es temporal.  La experiencia no puede recibirse a demanda porque no funciona como información.  Funciona como orientación, y la orientación requiere circunstancia.

III.

La autonomía es esencial para el juicio.  Sin ella, la acción se reduce a obediencia.  Sin embargo, la autonomía se vuelve obstructiva cuando rehúsa la herencia.  La agencia se endurece en la suposición de que el valor debe generarse por cuenta propia para ser legítimo.  Lo que proviene de otros se recibe con recelo, no porque carezca de relevancia, sino porque aceptarlo parece comprometer la independencia.

Bajo esta postura, la recepción se confunde con dependencia —la negativa a la acumulación como orientación proveniente de fuera.  Aprender de la experiencia previa se percibe como concesión más que como orientación.  La capacidad de recibir es sustituida por la obligación de originar.  El conocimiento debe parecer nuevo para contar.

El resultado no es libertad, sino aislamiento respecto del sentido acumulado.  La experiencia permanece disponible, pero ilegible.  Circula como lenguaje sin asimilación, como gesto sin consecuencia.

IV.

Cuando la transmisión falla, la novedad se convierte en prueba de validez.  Lo que aparece como nuevo adquiere autoridad por el contraste mismo.  La pregunta por si una condición ya ha sido enfrentada se ve desplazada por la presión de demostrar originalidad.

La reinvención no ocurre porque las soluciones previas hayan fracasado, sino porque su éxito no dejó huella visible (sin precedente acumulado).  Lo que funcionó en silencio no se presenta como precedente.  La rueda se reformula para exhibir iniciativa, no para mejorar su función.

Se trata de un error categorial.  El esfuerzo persiste, pero la herramienta no corresponde al medio.  Métodos diseñados para la acumulación se aplican allí donde las marcas no se conservan.  Arar el mar fracasa no porque no se haga nada, sino porque el medio borra los surcos en cuanto se trazan.

V.

En estas condiciones, el movimiento sustituye al progreso.  Los sistemas premian la velocidad, la producción y la capacidad de respuesta.  La pausa aparece como ineficiencia.  El retorno se percibe como retraso.  La profundidad es desplazada por el flujo.

La iteración se confunde con comprensión.  La repetición se toma como prueba de compromiso.  La ausencia de resultados se atribuye a un esfuerzo insuficiente y no a una desalineación.  La respuesta consiste en intensificar el movimiento, no en reconsiderar la postura.

El progreso se mide por el desplazamiento y no por la retención (no por la acumulación).  Lo importante es que algo ocurra, no que permanezca disponible para su uso.  El futuro se habita de manera constante, pero nunca se acondiciona.

VI.

El mar persiste.  No se opone al esfuerzo ni responde a la insistencia.  Permanece indiferente a la fuerza.  Los surcos desaparecen no por desafío, sino por indiferencia.  El trabajo es real; la ausencia de cosecha es estructural.

El agotamiento se acumula de manera privada mientras los sistemas permanecen inalterados.  Cada intento comienza de nuevo.  Lo aprendido se vuelve a aprender.  El costo lo asume el individuo; el beneficio no se transmite.

Esta condición no es decadencia, deterioro ni pérdida de inteligencia.  No es fracaso moral ni culpa generacional.  Es el resultado previsible de entornos que premian la autonomía sin recepción, la novedad sin continuidad y el movimiento sin acumulación.

Los surcos no fallan.  Simplemente no se sostienen.


« La gravedad y nosotros »

August 9, 2026

*

CGI 2026

Rara vez pensamos en la gravedad hasta que algo cae.   Un vaso se nos escapa de la mano, la lluvia desciende por el aire, nuestras rodillas nos recuerdan que subir una escalera no es lo mismo que bajarla.   La mayor parte del tiempo aceptamos el peso como una de las condiciones de estar aquí.   Permanecemos de pie porque hay suelo bajo nosotros.   Caminamos porque nuestros cuerpos permanecen unidos a la superficie de la Tierra.   Nos cansamos porque cargar con nuestro propio cuerpo exige esfuerzo.   La gravedad nos resulta tan familiar que apenas consideramos lo que significa.

Podemos saber vivir dentro de una condición sin comprender lo que esa condición revela acerca de nosotros.

Durante siglos fue posible imaginar la gravedad como una atracción entre cuerpos.   Una piedra cae hacia la Tierra porque la Tierra la atrae hacia sí.   La imagen basta para los fines ordinarios, y Newton otorgó a esa intuición una potencia matemática de extraordinaria precisión.   Einstein no se limitó a perfeccionar el cálculo.   Modificó la concepción misma del fenómeno.   En la relatividad general, la gravedad se expresa en la geometría del propio espacio-tiempo.   La materia y la energía modifican esa geometría, y un cuerpo en caída libre sigue la trayectoria que ésta determina.

Cuando permanecemos inmóviles sobre el suelo, decimos que la gravedad nos presiona hacia abajo.   Pero la presión que sentimos proviene del suelo que empuja nuestro cuerpo hacia arriba.   Si el suelo desapareciera y comenzáramos a caer libremente, también desaparecería la sensación de peso, aunque la gravedad no hubiese desaparecido.   Lo que llamamos peso es la sensación producida cuando el suelo impide que nuestro cuerpo siga la trayectoria que tomaría en caída libre.  

Preguntamos qué hora es como si la pregunta admitiera una sola respuesta.   Una llamada entre Londres y Sídney ofrece respuestas distintas a la misma pregunta en un mismo momento.   La mañana en un lugar ya es la tarde o la noche en otro.   Aceptamos la discrepancia sin dificultad porque cada reloj nombra la hora desde una posición distinta sobre una Tierra en rotación.   Los relojes no anuncian realidades diferentes.   Revelan que incluso nuestra manera más familiar de dar cuenta del tiempo depende del lugar en que nos encontramos.

La relatividad lleva esa dependencia más allá de lo que sugiere la experiencia ordinaria.   El tiempo registrado por los relojes depende no sólo de las convenciones mediante las cuales nombramos la hora, sino también del movimiento y de la gravedad.   Dos relojes perfectamente precisos separados por cierta altura no registran exactamente la misma duración.   Un reloj situado a mayor distancia de la superficie terrestre avanza imperceptiblemente más rápido que otro situado más abajo.   La diferencia dentro de la altura de un cuerpo humano es extraordinariamente pequeña, pero es real.

No la sentimos.   Nada en nuestro sistema nervioso anuncia que el tiempo se acumula a un ritmo ligeramente distinto cerca de nuestra cabeza que cerca de nuestros pies.   Nuestros sentidos nos ofrecen un mundo práctico, no uno exhaustivo.

El reloj hace algo más que organizar nuestras citas.   El lugar que ocupamos interviene en aquello que medimos, primero mediante las convenciones de la vida cotidiana y, en un nivel más profundo, mediante las condiciones físicas en las que existe el propio reloj.

Lo que basta para vivir no siempre basta para comprender.

Cada mañana despertamos dentro del límite aparente de un cuerpo.   Recordamos lo ocurrido ayer.   Anticipamos lo que puede ocurrir mañana.   Nos reconocemos como una misma persona que ha atravesado cambios de lugar, edad, opinión, salud, deseo y circunstancia.   Esa continuidad es indispensable.   Sin ella apenas podríamos conducir una vida.   Pero continuidad no significa inmovilidad.

El cuerpo cuya persistencia llamamos nosotros mismos intercambia continuamente materia con cuanto lo rodea.   Respiramos, comemos, excretamos, desprendemos células, reparamos tejidos, modificamos proteínas, sustituimos moléculas y reorganizamos conexiones.   La aparente solidez del organismo depende de esa actividad.   Lo que persiste no es una colección intacta de materia conservada desde el nacimiento, sino una organización mantenida a través del cambio.

Distinguimos el árbol del suelo, de la lluvia, de la atmósfera y de la luz solar porque la distinción es útil y porque el árbol posee una organización inequívocamente propia.   Pero suprimamos esos intercambios y no hay árbol.   Su individualidad no exige aislamiento.   El límite es real, pero aquello que delimita sigue dependiendo de cuanto lo atraviesa.

Nosotros no somos la excepción.

Los elementos de nuestros huesos, nuestra sangre y nuestro tejido nervioso no comenzaron con nosotros.   El carbono, el calcio, el oxígeno, el fósforo y el hierro reunidos en nuestros cuerpos precedieron todos los recuerdos que poseemos.   Pasaron a integrar una organización temporal capaz de metabolismo, sensación y pensamiento.   Llegará un momento en que esa organización dejará de sostenerse, y los materiales que la componían continuarán bajo otras configuraciones.

Nada místico necesita añadirse a este hecho.   Su dificultad procede de la manera directa en que contradice la escala desde la cual solemos conducir nuestras vidas.

Naturalmente nos experimentamos como centros.   La visión se abre desde aquí.   El dolor ocurre aquí.   La memoria se reúne en torno a esta historia.   El deseo se proyecta desde este cuerpo.   Toda vida consciente comienza, por tanto, desde una perspectiva que no puede abandonar.   No podemos ver sin ver desde algún lugar.

El error comienza sólo cuando la perspectiva se convierte en jerarquía.

Como la experiencia está centrada en nosotros, podemos empezar a imaginar que la realidad también lo está.   Lo que comienza como condición inevitable de la percepción se convierte en una presunción acerca de la significación.   Nuestros planes adquieren urgencia porque son nuestros.   Nuestras pérdidas parecen singularmente intolerables porque somos nosotros quienes las padecemos.   Nuestras victorias aumentan de importancia porque recordamos el esfuerzo que exigieron.   El mundo adopta gradualmente la forma de un campo en el que medimos ventaja, reconocimiento, posesión y control.

Gran parte de la vida humana tiene que desenvolverse en esta escala.   Necesitamos vivienda, trabajo, protección, instituciones, acuerdos y alguna capacidad para modificar las circunstancias en vez de limitarnos a someternos a ellas.   Nada hay intrínsecamente equivocado en la capacidad de actuar.   La confusión aparece cuando esa capacidad se convierte en prueba de independencia, o cuando el control de una parte de nuestras circunstancias se confunde con el dominio de las condiciones que hacen posible ese control.

Podemos dominar una sala, poseer un edificio, gobernar una empresa, dirigir una institución o ejercer autoridad sobre millones de personas, pero ninguna de esas distinciones altera la geometría en la que existen nuestros cuerpos.   La persona más poderosa y el peatón menos visible permanecen igualmente incapaces de suspender el transcurso de su propio tiempo.   Ningún título detiene el metabolismo.   Ninguna posesión negocia con la gravedad.   Ninguna reputación acompaña a la materia como propiedad intrínseca cuando llega a su fin la organización que sostuvo a una persona.

Esto no vuelve irreales las distinciones humanas.   Las sitúa.

Un contrato importa dentro de las relaciones humanas.   Una injusticia importa para quien la padece.   Una obra de arte puede alterar percepciones mucho después de la muerte del artista.   Una decisión tomada en una oficina puede cambiar un río, destruir un bosque, preservar un vecindario o determinar que personas desconocidas vivan bajo seguridad o bajo temor.   La escala no anula las consecuencias.

Pero consecuencia e importancia cósmica no son lo mismo.

A menudo parecemos atrapados entre dos posibilidades insatisfactorias.   O exageramos nuestra propia importancia hasta convertir el deseo humano en medida de la realidad, o contemplamos la inmensidad del universo y concluimos que nada de cuanto hacemos puede importar.   Ambas respuestas conservan la misma presunción.   Ambas suponen que la significación debe ser proporcional al tamaño o a la duración.

No tiene por qué serlo.

Un acontecimiento breve puede alterar cuanto sigue de él.   Una mutación ocurre dentro de una estructura microscópica.   Una semilla germina en una grieta.   Una frase modifica un juicio.   Una decisión tomada en pocos minutos afecta a personas que nunca estuvieron presentes cuando se tomó.   La duración no determina la consecuencia, del mismo modo que el tamaño físico no determina la complejidad.

Nuestras vidas pueden ser transitorias sin ser insignificantes.

Buena parte de la cultura humana se ha construido como resistencia a la transitoriedad.   Conservamos nombres sobre edificios.   Acumulamos objetos más allá de su uso.   Construimos genealogías, monumentos, archivos e instituciones.   Buscamos el reconocimiento de personas a quienes no conocemos y, a veces, de generaciones que nunca llegarán a conocernos.   Incluso el poder suele encerrar, bajo sus ventajas prácticas, la promesa oscura de que la importancia pudiera protegernos de algún modo contra la desaparición.

Pero permanencia no es lo que significa continuidad.

Una onda se prolonga a través del agua sin que sea la misma agua la que persiste.   Un bosque continúa mientras los árboles individuales germinan, maduran, caen y se descomponen.   Una lengua sobrevive porque hablantes que no la inventaron la modifican mientras la utilizan.   La continuidad puede depender de la transformación en vez de resistirse a ella.

Solemos hablar de comienzos y finales como si designaran condiciones opuestas de la realidad.   Algo comienza cuando aparece una forma y termina cuando esa forma ya no puede sostenerse.   La distinción sigue siendo real en la escala de la forma, pero pierde parte de su carácter absoluto cuando preguntamos qué, exactamente, ha comenzado o ha terminado.   La onda se extingue mientras el agua continúa en movimiento.   El árbol muere mientras su materia entra en otros intercambios.   Un cuerpo deja de sostener la organización por la cual reconocíamos a una persona, mientras sus materiales continúan bajo condiciones que esa persona ya no habita.

La misma incertidumbre se amplía con la escala.   Roger Penrose ha propuesto, mediante la cosmología cíclica conforme, que el futuro remoto de una era cósmica podría mantener continuidad conforme con aquello que aparece como el comienzo de otra.   Queda por resolver si la observación confirmará esa propuesta.   Su pertinencia aquí no reside tanto en pedirnos que aceptemos un universo cíclico cuanto en mostrar con qué facilidad tratamos el comienzo y el final como propiedades absolutas de la realidad, cuando también pueden describir transiciones entre formas cuya continuidad excede la escala desde la cual las observamos.

Todo comienzo que encontramos depende ya de condiciones que lo precedieron, y todo final altera las condiciones que siguen.   Un comienzo puede ser, por tanto, genuino sin constituir una irrupción desde la nada, del mismo modo que un final puede ser definitivo para una organización particular sin convertirse en la desaparición de la realidad de la que esa organización surgió.

La continuidad no anula el comienzo ni el final.   Los sitúa dentro de la transformación.

Participamos por todas partes de continuidades semejantes, aunque nuestra atención gravite hacia la forma individual.

El nacimiento reúne materia en una organización capaz de sostener una historia particular.   La muerte pone fin a esa organización.   Entre ambos ocurre algo genuinamente singular.   Hay percepción.   Hay memoria.   Hay la extraordinaria capacidad no sólo de experimentar acontecimientos, sino de reconocer las relaciones entre ellos.

La conciencia tampoco queda fuera de esa continuidad.

Todavía no poseemos una explicación física consensuada de cómo surge la experiencia subjetiva.   Penrose ha propuesto además que el problema podría revelar límites en nuestra comprensión actual de la mecánica cuántica y quizá relacionar la conciencia con procesos más profundos que el cómputo ordinario.   Esas propuestas siguen siendo objeto de controversia.    El punto más elemental no depende de ellas:   sea cual sea finalmente la naturaleza de la conciencia, ésta no ocurre fuera de la naturaleza.

Nuestros pensamientos no son espectadores admitidos en el universo desde otro ámbito.

Ocurren aquí.

El cerebro que distingue una estrella en medio de la oscuridad circundante fue constituido por el mismo mundo físico que observa.   El ojo que recibe esa luz pertenece a un organismo formado en un planeta que orbita una estrella entre cientos de miles de millones, dentro de una galaxia que a su vez es una entre un número inmenso de galaxias.   Los símbolos matemáticos con los que describimos la curvatura, el tiempo y la materia surgen en sistemas nerviosos sujetos a las mismas condiciones que esos símbolos intentan comprender.

Nos encontramos, por tanto, en una posición peculiar.   No podemos salir del universo para examinarlo y, sin embargo, dentro del universo ha surgido una forma capaz de preguntarse qué es el universo.

Esto no exige afirmar que el cosmos sea consciente.   La afirmación excedería lo que sabemos.   Una proposición más modesta ya resulta suficientemente extraordinaria:   porciones de materia pueden organizarse de tal manera que el organismo resultante adquiere sensación, memoria, inferencia y la capacidad de examinar sus propias condiciones de existencia.

Durante un tiempo, la materia puede preguntarse qué es la materia.

Durante un tiempo, un organismo temporal puede investigar el tiempo.

Durante un tiempo, seres sujetos a la Tierra por una geometría que no pueden percibir directamente pueden descubrir esa geometría y revisar una intuición que parecía evidente.

La conciencia permite además imaginar consecuencias antes de que ocurran.

Una piedra modifica aquello contra lo que golpea.   Un río transforma sus márgenes.   Una tormenta destruye sin proponerse destruir.   Nosotros también alteramos cuanto nos rodea, pero a veces podemos prever la alteración.

Esa diferencia es mínima a escala cósmica y enorme por sus consecuencias humanas.

La capacidad de anticipar no garantiza la sabiduría.   También hace posibles el cálculo, la explotación y formas de dominación inaccesibles a criaturas incapaces de abstraer.   Podemos organizar recursos en escalas que ningún individuo podría dominar por sí solo.   Podemos convertir bosques en cifras, poblaciones en categorías y consecuencias lejanas en abstracciones tolerables.   La misma inteligencia que descubre nuestra dependencia de sistemas complejos puede idear medios cada vez más eficaces para extraer recursos de ellos.

Nuestro problema quizá sea, por tanto, menos una insuficiencia de inteligencia que un desorden en la escala a la que la aplicamos.

Prestamos una atención extraordinaria a cuanto amplía nuestra capacidad inmediata de acción y una atención sorprendentemente escasa a las condiciones que hacen posible esa capacidad.   Aprendemos a aumentar la producción antes de preguntarnos qué exige su continuidad.   Perfeccionamos los medios de influencia sin examinar para qué sirve la influencia.   Celebramos la ampliación del poder personal mientras rara vez preguntamos si hemos comprendido el yo que pretendemos engrandecer.

Somos organizaciones transitorias de materia que intentan asegurar permanencia mediante la acumulación de configuraciones de materia igualmente transitorias.   Buscamos independencia mediante sistemas de dependencia.   Perseguimos el control mientras habitamos cuerpos cuyos procesos más elementales permanecen fuera del dominio de nuestra voluntad.   Nos medimos unos contra otros mientras todos participamos de condiciones que ninguno de nosotros estableció.

Quizá por eso la perspectiva cósmica puede volverse sentimental con tanta facilidad.   Contemplamos fotografías de galaxias, declaramos nuestra pequeñez y después regresamos, sin haber cambiado, a las mismas jerarquías de importancia.   La pequeñez por sí sola enseña muy poco.

Lo decisivo no es que seamos pequeños.   Es que estamos situados.

Existimos aquí, bajo condiciones.

La palabra aquí designa algo más que una ubicación.   Incluye un planeta particular, una atmósfera, un campo gravitatorio, una historia evolutiva, una trama de organismos, una lengua heredada y un momento en el tiempo.   Ninguna de esas condiciones fue elegida por nosotros.   Sin embargo, a través de ellas adquirimos la capacidad de elegir otras cosas.

A menudo hablamos de libertad como si exigiera independencia respecto de las condiciones, aunque nada de cuanto observamos posea esa clase de independencia.   Aquello que llamamos libertad ocurre, por tanto, dentro de circunstancias que no elegimos y que no podemos dominar por completo.

El uso no equivale a un derecho sobre aquello que usamos, ni la ambición a la dominación.   La individualidad no exige separación de aquello que la sostiene, así como la singularidad no confiere por sí sola supremacía.

Nada de esto disminuye los logros humanos.   La capacidad de comprender siquiera un fragmento del cosmos constituye ella misma uno de esos logros.   Lo que cambia es el significado del logro cuando deja de servir como prueba de que estamos por encima de la realidad de la que surgió.

La gravedad sigue siendo una condición ordinaria del cuerpo.

Podemos especular acerca de la conciencia, discutir el origen del universo y construir teorías que se extiendan miles de millones de años hacia el pasado y hacia el futuro, pero mientras lo hacemos seguimos sentados en sillas, de pie sobre suelos, soportando el peso de cuerpos cuya organización debe mantenerse continuamente.   Lo cósmico no comienza más allá de la vida ordinaria.   Ya está presente en las condiciones que hacen posible la vida ordinaria.

Basta la distancia entre nuestros pies y el suelo.

Basta el intervalo entre un latido y el siguiente.

Basta el hecho de que cambiemos mientras seguimos llamándonos los mismos.

El universo deja de aparecer ante todo como un objeto inmenso que nos rodea y se presenta como la continuidad dentro de la cual surgen nuestras distinciones.   No desaparecemos en esa continuidad.   Nuestra situación dentro de ella se vuelve más precisa.

Y quizá la situación sea un mejor punto de partida para la significación humana que la grandeza.

No necesitamos imaginarnos como el propósito del universo.   No necesitamos que el universo certifique nuestra importancia.   Basta reconocer que, durante la breve organización que llamamos vida, podemos adquirir conciencia de relaciones que exceden nuestros intereses inmediatos y elegir, a veces, nuestros actos a la luz de esas relaciones.

La gravedad nos da peso sin decirnos qué merece pesar.

La conciencia no puede liberarnos de las condiciones de la existencia, pero nos permite examinar las medidas con las que atribuimos importancia dentro de ellas.

Entre esos dos hechos transcurre una vida humana.

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Ricardo F. Morín

9 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

« Pensamientos ingrávidos »

August 5, 2026

Ricardo Morín
Pensamientos ingrávidos
Acuarela y lápiz sobre papel
14 x 20 pulgadas
2005

Ricardo F. Morín, 18 de Diciembre de 2025, Ockland Park, Fl

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I

La vida intelectual no requiere libertad en el sentido cívico para persistir. Requiere espacio, continuidad y recompensa. Allí donde estas condiciones se proporcionan —a través de mercados, instituciones o canales privados— el pensamiento puede circular incluso cuando la agencia pública se ve restringida. Lo que desaparece en tales condiciones no es la inteligencia, ni la curiosidad, ni la sofisticación, sino la fricción. Las ideas se desplazan con libertad porque no se les exige cargar con consecuencias.

En estos entornos, el pensamiento se vuelve ágil en lugar de estar anclado. Se adapta a los incentivos, aprende los contornos de lo permitido y desarrolla fluidez sin exposición. La ausencia de agencia cívica no silencia la indagación; altera su peso. El pensamiento deja de presionar sobre las condiciones compartidas. Flota por encima de ellas, liberado de la obligación de responder por sus efectos.

No se trata de un empobrecimiento del intelecto, sino de una reorientación. La vida intelectual se vuelve eficiente, móvil y pulida, capaz de amplitud sin profundidad de riesgo. Sobrevive precisamente porque no se le exige intervenir.

II

Cuando la participación cívica es limitada, el intercambio no cesa; se vuelve transaccional por defecto. El discurso, el trabajo, la pericia y la cultura continúan circulando, pero siempre bajo términos que priorizan la continuidad sobre la exposición. El espacio público se estrecha, mientras el intercambio privado se expande. Aquello que no puede ser disputado colectivamente se negocia de forma individual.

Bajo estas condiciones, la producción intelectual se alinea con sistemas que recompensan la estabilidad. El análisis se afina, pero evita los puntos de ruptura. La crítica se refina hasta convertirse en comentario. La complejidad es bienvenida siempre que no exija la revisión de las estructuras que la sostienen. El resultado no es la conformidad, sino la contención.

Esta contención no requiere represión. Se apoya, en cambio, en la previsibilidad. Cuando los límites de la acción son conocidos, el pensamiento aprende por dónde puede moverse sin consecuencias. Con el tiempo, este aprendizaje se vuelve instintivo. La pregunta deja de ser qué es verdadero y pasa a ser qué es viable. El pensamiento permanece activo, pero su horizonte se contrae en torno a aquello que puede circular sin resistencia.

III

Lo que emerge de esta disposición no es cinismo, sino distancia. Las relaciones adoptan el carácter del intercambio más que el de la exposición. El compromiso se configura menos a partir del riesgo compartido que del beneficio mutuo. El lenguaje de los valores permanece intacto, pero flota desligado de la obligación. La convicción se vuelve performativa en lugar de vinculante.

En este clima, la profundidad parece excesiva. La urgencia se percibe como fuera de lugar. Los llamados que dependen de una responsabilidad compartida pierden tracción, no porque sean rechazados, sino porque exceden la estructura disponible. Aquello que no puede ser absorbido por el sistema no se debate; se elude.

Esta es la condición que da nombre al ensayo. El pensamiento se vuelve ingrávido —no porque carezca de inteligencia, sino porque ya no está anclado a la consecuencia cívica. Viaja lejos, conecta ampliamente e impresiona con facilidad. Lo que no hace es asentarse. Y aquello en lo que no se asienta no puede generar responsabilidad, sino únicamente circulación.


« Los límites de la responsabilidad »

July 9, 2026

Triangulation Series Nº 49
9“ x 13”
Oil on linen
2009

La decisión de autorizar la destrucción de una colección de ciento cuarenta y cinco cuadros realizados a lo largo de muchos años no fue repentina ni sencilla.  Las obras permanecieron en Venezuela durante más de dos décadas en condiciones propicias para la proliferación del moho y la acción de las termitas.  Su eventual recuperación exigiría una evaluación técnica, análisis de laboratorio, estudios de conservación, almacenamiento especializado, transporte y un destino definitivo.  Ninguna de esas etapas puede emprenderse de manera aislada.  Cada una depende de la culminación satisfactoria de la anterior.

Los cuadros fueron realizados cuando ninguna de esas circunstancias existía.  Nacieron bajo las condiciones ordinarias del trabajo artístico.  Con el paso del tiempo aquellas circunstancias cambiaron hasta el punto de que la conservación terminó convirtiéndose en la cuestión principal.

El estado material de las obras, sin embargo, no basta por sí solo para resolver la decisión.  Aun cuando los estudios técnicos concluyeran que su recuperación sigue siendo posible, cada etapa posterior continuaría sometida a incertidumbre.  Los informes técnicos no pueden anticipar el deterioro futuro.  La restauración no garantiza su permanencia.  El almacenamiento no asegura un destino final.  Cada solución incorpora una nueva condición cuyo cumplimiento depende de circunstancias que ya no pertenecen al ámbito de decisión del creador.

El costo de una empresa semejante tampoco puede reducirse a una cuestión económica.  Ninguna decisión respecto de la colección puede separarse de las responsabilidades que impondría a quienes habrían de llevarla a cabo.  La obra de una persona no puede convertirse indefinidamente en la carga de otra.  En ese momento la naturaleza del problema cambia.  Deja de referirse únicamente al estado de los cuadros y pasa a comprender las responsabilidades inherentes a su conservación.

Esas responsabilidades no permanecen en el plano de la abstracción.  En determinadas circunstancias, adquieren una dimensión humana identificable.  En el presente caso, recaerían sobre miembros de mi propia familia cuyas circunstancias personales ya no permiten asumir cargas de esa magnitud.  Por consiguiente, el estado de las pinturas no puede separarse de la situación de quienes habrían de hacerse cargo de su preservación.

Las circunstancias actuales evocan un período muy distinto.  En 1995 surgió la posibilidad de destruir la obra ante la expectativa de que mi propia vida pudiera aproximarse a su término.  Los cuadros aparecían entonces inseparables de mi propia desaparición.  Su destrucción parecía constituir el último acto que todavía permanecía bajo mi exclusiva responsabilidad.

Han transcurrido más de tres décadas desde entonces.  La posibilidad exterior ha regresado.  Las circunstancias interiores no.  La decisión presente no nace de la expectativa de una muerte próxima.  Se adopta mientras la salud permanece estable y la vida continúa su curso ordinario.  La semejanza entre ambos momentos es únicamente aparente.  La misma decisión responde ahora a circunstancias diferentes.

La diferencia no reside en los cuadros, sino en las circunstancias que los rodean.  En 1995 la cuestión se refería a la relación entre la obra y su creador.  Hoy se refiere a la relación entre la obra y las condiciones necesarias para su conservación.

La situación de los cuadros plantea así la misma cuestión bajo una forma distinta.  Una obra puede permanecer materialmente intacta y, sin embargo, depender cada vez más de circunstancias ajenas al cuidado inmediato de quien la creó.  El deterioro físico, los recursos disponibles, las instituciones, los herederos, el mercado y el tiempo pasan a formar parte del proceso.  La voluntad del creador ya no basta para excluir su influencia.

Durante esos años intervino además otra experiencia.  En 2017 doscientas obras posteriores ingresaron en una subasta pública en los Estados Unidos.  La puja inicial de un dólar no estableció ni su mérito artístico ni su significación.  Únicamente fijó las condiciones bajo las cuales el mercado habría de recibirlas.  Algunas fueron adquiridas por sumas considerablemente superiores y continúan reapareciendo en distintas plataformas de subastas.  Desde ese momento las decisiones relativas a esas obras dejaron de pertenecer exclusivamente a su creador.

La cuestión trasciende así la pintura.  Las mismas responsabilidades alcanzan a manuscritos, archivos digitales, colecciones institucionales, bibliotecas y albaceas, aunque cada uno adopte una forma distinta.  Toda obra llega finalmente a un punto en el que su permanencia depende menos del acto que le dio origen que de circunstancias posteriores.  La responsabilidad se desplaza gradualmente desde la creación hacia las condiciones que hacen posible su conservación.

Esa constatación no disminuye el valor de la obra ni determina de antemano su destino.  Hay obras que sobreviven durante siglos.  Otras desaparecen en el curso de una generación.  Ninguno de esos desenlaces modifica el hecho de haber sido creadas.  Lo que cambia es la responsabilidad por su permanencia.

La decisión relativa a esta colección pertenece a esas circunstancias.  No establece una regla general sobre la conservación ni resta importancia a conservar cuando ello sigue siendo razonable.  Únicamente define los límites impuestos por un conjunto concreto de circunstancias.  Más allá de esos límites, conservar la obra exigiría asumir responsabilidades que las circunstancias ya no justifican.

La misma consideración alcanza a un corpus literario.  Bibliotecas, albaceas, depósitos institucionales y repositorios digitales pueden prolongar la existencia de una obra.  No pueden sustraerla a las condiciones ordinarias que rigen toda empresa humana.  La responsabilidad no consiste en agotar todos los medios imaginables de conservación.  Consiste en reconocer el momento en que conservar deja de ser una responsabilidad razonable.

Toda obra nace bajo la responsabilidad de quien la crea.  No permanece allí indefinidamente.  Las circunstancias van adquiriendo un peso mayor que la intención inicial, hasta que el porvenir de la obra depende de decisiones adoptadas por otros y bajo condiciones que el creador ni estableció ni controla.  Reconocer esa transición equivale a reconocer el momento en que la responsabilidad por la continuidad de la obra deja de corresponder a quien le dio origen.

La cuestión, por tanto, no consiste en apaciguar las emociones que naturalmente acompañan una decisión semejante.  Consiste en aceptar aquello que las circunstancias ya no hacen posible.  Son dos cosas distintas.  Una pertenece a la vida interior de la persona.  La otra pertenece a las condiciones dentro de las cuales la responsabilidad todavía puede ejercerse con honestidad.

Ricardo F. Morín

9 de Julio de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania