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« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en “La proporción del aburrimiento” y “La imposibilidad del reconocimiento”.

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.


 

« Desenmascarar la desilusión: Serie VII »

April 22, 2026

“Alegoría geométrica”, pintura digital de 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela, 1954).

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Nota del autor

Esta entrega examina cómo las etiquetas ideológicas, liberal, socialista, democrática, se despliegan como instrumentos de alineación más que como compromisos exigibles.  Venezuela no se aborda como excepción, sino como un caso en el que la práctica administrativa, el posicionamiento internacional y la abstracción partidista convergen para oscurecer la responsabilidad.  Lo que sigue muestra cómo el poder se ejerce por método más que por doctrina, cómo el lenguaje ideológico desplaza la rendición de cuentas y cómo la claridad, más que el consenso, surge como la primera condición de la recuperación.

Ricardo F. Morín, 12 de enero de 2026, Oakland Park, Florida.

Capítulo XIII

LA REPÚBLICA EMPEÑADA

1

La crisis económica venezolana se desarrolló dentro de un entorno político en el que el control sobre la moneda extranjera, el gasto público y los ingresos del Estado se concentró progresivamente en sistemas de asignación controlados por el Estado y mecanismos fiscales fuera de presupuesto. Después de establecerse los controles cambiarios en 2003, el acceso a divisas se asignó de forma centralizada mediante mecanismos como CADIVI, y para 2013 incluso autoridades gubernamentales reconocían públicamente fraudes en la asignación de divisas preferenciales, incluyendo su otorgamiento a empresas de fachada. A nivel fiscal, fondos paralelos como FONDEN manejaron grandes sumas fuera de un escrutinio parlamentario efectivo, mientras la información pública sobre el gasto estatal y los fondos parafiscales dejó de publicarse de forma sistemática. Bajo estas condiciones, la desviación de recursos públicos no apareció como un hecho aislado, sino como una práctica recurrente de gobierno en la que los procedimientos formales de aprobación presupuestaria y rendición de cuentas se mantenían de manera nominal mientras disminuían la verificación independiente y la transparencia pública. Lo que emergió no fue el fracaso de una doctrina declarada, sino la consolidación de un método administrativo en el que el acceso a los recursos públicos dependía menos de procedimientos transparentes que de la concentración del control discrecional.

Los debates que oponen socialismo y capitalismo identifican erróneamente el campo operativo. Estos términos describen creencias sobre la propiedad y la finalidad social, no describen cómo se administran las economías. La estabilidad económica no depende del propósito declarado, sino de límites exigibles sobre la tributación, el gasto y la ejecución contractual. Depende de que la tributación siga reglas, de que los contratos se cumplan sin excepción, de que los presupuestos queden sujetos a procedimiento y de que la autoridad se ejerza dentro de límites respaldados por la ley presupuestaria, la ejecución contractual y la supervisión institucional. Donde estas condiciones faltan, la designación ideológica no fracasa, se vuelve irrelevante.

A medida que la contratación estatal en sectores como el petróleo, la infraestructura y las importaciones de alimentos quedó sometida a discreción política, las funciones de auditoría se debilitaron y los órganos de supervisión perdieron independencia operativa. Los ingresos y contratos controlados por el Estado se utilizaron cada vez más para redirigir recursos mediante asignación discrecional. La autoridad pública dejó de funcionar como estructura mediadora y pasó a convertirse en objeto de apropiación. El resultado no fue una corrupción episódica, sino una configuración estable en la que la desviación operó como resultado esperado del gobierno.

El mecanismo no explicó la acción, desplazó su examen. El lenguaje ideológico no aclaró las operaciones, las volvió inaccesibles. El discurso oficial que invocaba la lucha de clases y el antiimperialismo desvió la atención pública lejos de la asignación de divisas, el gasto público y las prácticas de contratación, y la condujo hacia un conflicto político simbólico. Estos llamados sustituyeron el examen de los procedimientos por relatos de oposición sin capacidad alguna de control.

Esta sustitución se extendió más allá del ámbito nacional. Gobiernos identificados con tradiciones liberales o democráticas respaldaron sanciones presentadas como instrumentos de presión. En la práctica, estas medidas intensificaron las penurias económicas sin alterar la configuración interna del poder.[1] Al mismo tiempo, Estados que mantenían alineación política y económica con el gobierno venezolano, entre ellos China, Rusia y Cuba, toleraron el debilitamiento de la supervisión electoral, la independencia judicial y la autoridad legislativa, y presentaron la inacción como fidelidad al principio.[2] A través de estas posiciones, la designación ideológica no guió la acción. Encubrió una convergencia, medidas que debilitaron a la sociedad sin alterar la autoridad, y posturas que preservaron la autoridad sin atender a la manera en que era ejercida.

2

Lo que se presenta como una división entre sistemas opuestos se resuelve, en la práctica, en una convergencia de procedimientos. La presión externa que debilita a una población sin alterar la autoridad, y la tolerancia externa que preserva la autoridad sin atender al desmantelamiento institucional, producen una misma condición, el aislamiento de la sociedad respecto de medios judiciales, electorales y legislativos para impugnar la autoridad.

3

Dentro de esa condición, la población no queda situada entre modelos de gobierno en competencia. Queda convertida en instrumento de posiciones que no operan sobre los mecanismos que sostienen o limitan el poder. El lenguaje de la alineación, sea en forma de solidaridad, neutralidad o cautela, no altera esta configuración cuando permanece desligado de los procedimientos a través de los cuales la autoridad se ejerce.[3]

Donde la rendición de cuentas no se hace valer, otras formas de organización ocupan su lugar. Redes criminales y economías informales que operan sin cumplimiento judicial ni regulatorio se expanden dentro del espacio dejado sin regulación. Su crecimiento no requiere justificación ideológica, resulta de la ausencia de límites exigibles.[4] Lo que se describe como crisis no comienza con el colapso. Comienza cuando la restricción se retira del ejercicio del poder y permanece retirada sin consecuencia.


Notas del Capítulo XIII

[1] Francisco Rodríguez y Jeffrey Sachs, “Economic Sanctions as Collective Punishment:  The Case of Venezuela,” The Lancet 393, no.  10178 (2019):  2584–2591; Center for Economic and Policy Research, “Sanctions in Venezuela:  Economic and Humanitarian Impacts,” 2019.

[2] R.  Evan Ellis, “The Maduro Regime’s Foreign Backers:  China, Russia, Iran, and Cuba,” Center for Strategic and International Studies (CSIS), 6 de noviembre de 2020; United Nations Human Rights Council, “Report on the Situation of Human Rights in the Bolivarian Republic of Venezuela,” 2022.

[3] Javier Corrales, “Democratic Backsliding Through Electoral Irregularities:  The Case of Venezuela,” Perspectives on Politics 18, no.  2 (2020):  311–327.

[4] Insight Crime, “Venezuela’s Criminal Landscape:  A Country of Collusion,” 2021; Transparency International, “Venezuela:  Corruption Perceptions Index,” 2022.


LA PRIMERA CUESTIÓN

RESISTIR EL CONTROL PARTIDISTA:   LA POSTURA DE LA SOCIEDAD CIVIL EN VENEZUELA

1

La vida democrática no se asegura por un principio único, sino por la interacción de formas distintas:  pluralismo, partidismo, no partidismo y antipartidismo.  Estas formas no se resuelven en una unidad.  Definen cómo la autoridad se organiza, se disputa y se limita dentro de instituciones como partidos, tribunales y legislaturas.

 

El pluralismo establece la condición bajo la cual la diferencia puede aparecer sin ser suprimida.  Su función consiste en asegurar que múltiples posiciones puedan entrar en el espacio público sin requerir alineación previa.  Cuando las instituciones no protegen la participación mediante acceso electoral y garantías jurídicas, la participación se contrae y la representación se estrecha.

 

El partidismo organiza la competencia mediante alineaciones estructuradas.  Su función depende de un límite, que la lealtad a un partido no sustituya la adhesión a las reglas que gobiernan la contienda misma.  Cuando ese límite se disuelve, la competencia persiste en la forma mientras desaparecen sus restricciones.

 

El no partidismo suspende la alineación para preservar el procedimiento.  Su función no es una neutralidad abstracta, sino el mantenimiento de condiciones en las que las decisiones sigan siendo responsables ante la regla y no ante la afiliación.

 

El antipartidismo surge cuando estos arreglos fracasan.  Rechaza a los partidos como vehículos de representación, pero al hacerlo elimina las estructuras mediante las cuales se ejerce la rendición de cuentas.  Cuando este rechazo se vuelve programático, no elimina el poder.  Elimina las estructuras que lo limitan y deja al poder concentrarse sin oposición.

2

En Venezuela, el antipartidismo se convirtió en una estrategia de gobierno mediante la deslegitimación de los partidos establecidos y la centralización de la autoridad en el ejecutivo.  El desencanto público con los partidos establecidos permitió el ascenso de una alternativa política singular que no operó fuera de las instituciones, sino que las reorganizó.  Los límites institucionales fueron presentados como impedimentos y su eliminación como restauración.  Lo que se eliminó, sin embargo, no fue el obstáculo, sino la restricción.[1]

 

Bajo Chávez, este método se extendió mediante la redirección de los recursos del Estado.  Los ingresos petroleros se desplegaron para asegurar alineación política en distintos sectores.  El acceso a recursos distribuidos por el Estado dependió cada vez más de la alineación política, particularmente a través de programas gubernamentales y del empleo público, lo que estableció dependencia en lugar de confianza institucional.  Bajo Maduro, esta estructura persistió bajo contracción, a medida que los recursos disminuyeron, el requisito de alineación se intensificó mientras se preservaba la misma lógica operativa. 

3

Las prácticas clientelares no fueron introducidas, sino ampliadas y centralizadas.  Lo que antes se hallaba disperso se volvió sistémico.  Programas como las Misiones Bolivarianas, financiados con ingresos petroleros y administrados por estructuras alineadas con el Estado, ilustran esta transformación.  Su función declarada era la provisión social, su operación vinculó el acceso con la identificación política.  En programas como Barrio Adentro, la prestación de servicios de salud fue administrada a través de estructuras coordinadas con el aparato gobernante.[2] Los beneficios no siguieron únicamente la necesidad, sino también la alineación.

 

Las políticas de expropiación y control cambiario restringieron aún más la actividad económica independiente.  Al reasignar activos por decisión administrativa, estas medidas redujeron el espacio dentro del cual podían surgir formas alternativas de organización.  La contracción económica siguió como consecuencia de una actividad restringida por control administrativo.

4

El debilitamiento de las estructuras institucionales desplazó la actividad organizada, pero no la eliminó.  Las organizaciones de la sociedad civil asumieron funciones de defensa jurídica, documentación de derechos humanos y provisión de servicios allí donde las instituciones del Estado dejaron de operar con continuidad institucional.

 

Organizaciones como Provea, Foro Penal y Transparencia Venezuela documentan violaciones, ofrecen defensa jurídica y mantienen registros de la conducta administrativa.  Las organizaciones de observación electoral documentan condiciones de votación e irregularidades pese a restricciones jurídicas y operativas.  Las estructuras comunitarias, como las Mesas Técnicas de Agua, coordinan el acceso a servicios básicos como el suministro de agua en ausencia de una provisión estatal confiable.  Estas actividades mantienen un vínculo verificable entre los actos documentados y sus consecuencias, entre las afirmaciones públicas y los registros, y entre la autoridad y sus límites legales.  Allí donde las instituciones ya no aseguran estas relaciones, ellas se sostienen mediante la práctica.

5

Estas formaciones no constituyen un sistema alternativo de gobierno.  Operan dentro de límites que les son impuestos y su continuidad sigue siendo contingente.  Las medidas legislativas que incrementan la supervisión de las organizaciones no gubernamentales han reducido todavía más su espacio operativo.

 

Lo que persiste no es un programa, sino un conjunto de prácticas que mantiene un vínculo verificable entre acción y consecuencia, autoridad y límite y decisión y verificación.  Donde estas relaciones se sostienen, aunque sea de forma restringida, permanece la posibilidad de reconstrucción.

 

La recuperación democrática no comienza con alineación ni con diseño.  Comienza con el restablecimiento de límites exigibles sobre el poder y con la restauración de procedimientos mediante los cuales los actos puedan ser examinados y limitados.  Donde estas condiciones faltan, las declaraciones de principio no fracasan, no operan.

Notas del Capítulo XIV

[1] Javier Corrales y Michael Penfold, Dragon in the Tropics:  Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela (Washington:  Brookings Institution Press, 2011), 19–24, 30–34.

[2] “Barrio Adentro:  Complementariedad entre Cuba y Venezuela,” video de YouTube, https://youtu.be/y8GXPozsSWQ.


¿Quién alimenta el odio?

April 15, 2026

Ricardo F. Morin
Escena treinta y seis
Óleo sobre lino y tabla
12″ x 15″ x 1/2″
2012

Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio.  Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven.  Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar:  una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.”  La descripción cede al etiquetado.

En « Lenguaje,  juicio  y  libertad  de  conciencia: Sobre  la  arquitectura  de  una  posición  intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga.  Ese vínculo no se sostiene por sí solo.  Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad.  Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla.  Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir.  En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.

Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo.  La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas.  Un vecino pasa a ser “uno de ellos.”  Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”

Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza.  Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar.  El tirano parece suficiente.  Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara.  Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible:  frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.

Les resulta más fácil a los Castro, Putins y Maduros del mundo incitar al odio contra enemigos imaginarios que responder al estado de vergüenza y confusión generado por ellos mismos.

Es necesaria una distinción.  Ver con claridad no es odiar.  Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad.  Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción.  El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado.  Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.

Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada.  Cambian de nombre, pero comparten una regla:  las personas definen quiénes son expulsando a otros.  Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común.  La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no.  El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.

Lo que aparece en Trump no es nuevo.  Es lo que ya no necesita ocultarse.

Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas.  Se extiende.  Algunos la repiten por convicción.  Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse.  El lenguaje cambia.  Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar.  El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar.  Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta:  “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”

Aparece entonces otra confusión.  En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos.  Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.

Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo.  A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión.  Hay algo de verdad en ello.  Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad.  Todos son vulnerables.  No todos participan en el daño organizado.  Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.

Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo.  El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas.  La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan.  No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.

Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos.  No pertenecen a bandos ni a consignas.  Son quienes deben vivir con lo que otros deciden:  la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.

La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano.  El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.

En ese punto, el odio deja de parecer excepcional.  Se vuelve un hábito.  Se repite en el habla cotidiana:  “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.”  Aparece en el lenguaje del orden y la protección:  “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo:  miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.

Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre.  Lo disponen.  Hacen que la exclusión parezca razonable.  Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.

Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa.  Se vuelve esperada, repetida, rutinaria.  La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición:  a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.

Así es como el odio continúa:  no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.

La pregunta permanece.

¿Quién alimenta el odio?

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Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.


« AGENCIA CÍVICA »

December 10, 2025

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Ricardo Morín
Topografías Teratológicas Serie Uno: AGENCIA CÍVICA
Óleo sobre Lino
Cuádrico: Cada panel: 35,5 x 46,5 x 1,9 cm
2009

Ricardo F. Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina condiciones que con frecuencia se ven distorsionadas por la ideología, la herencia moral o el relato histórico.   Las cuestiones de soberanía, ocupación, revolución, exilio e identidad nacional suelen debatirse a través de afirmaciones que apelan a absolutos —derecho religioso, agravio histórico o legitimidad revolucionaria.   Estas afirmaciones difieren en su lenguaje, pero comparten una misma estructura: sitúan una idea por encima de las realidades cívicas de las personas cuyas vidas quedan organizadas por tales narrativas.

Para abordar lo que dichas narrativas oscurecen, el ensayo se centra en un factor estructural que atraviesa esas diferencias:   la agencia cívica, entendida como la capacidad de las personas para dar forma a las condiciones de la vida cívica mediante su participación, representación y procesos jurídicos.   Cuando la agencia cívica es anulada —ya sea por control externo, autoritarismo interno o políticas de disuasión dirigidas a poblaciones desplazadas—, la forma de la restricción puede variar, pero su efecto cívico permanece constante.

Este ensayo no compara historias políticas.   Examina cómo el poder del Estado, en sus diversas configuraciones, regula la vida cívica.   Considera cómo la ideología oscurece esa regulación y cómo las poblaciones experimentan las consecuencias de decisiones en las que tienen poca o ninguna participación.   El propósito no es reducir el conflicto político, sino señalar las estructuras que determinan si la libertad puede llegar a existir o permanece fuera de alcance.

Este ensayo sostiene que la forma más fiable de comprender situaciones que parecen políticamente incompatibles —como la apatridia palestina y la soberanía autoritaria cubana— es examinar la ausencia estructural de agencia cívica que define a ambas.  Aunque las formas de restricción difieren, la condición cívica converge: el Estado, ya sea externo o interno, limita la capacidad de la población para modelar su propia vida cívica.   Al analizar cómo la regulación estatal restringe la participación, suprime la representación o fragmenta la jurisdicción, el ensayo muestra cómo la agencia cívica se convierte en la medida central de la libertad.   Asimismo, examina cómo las narrativas ideológicas, las políticas de disuasión y las presiones migratorias ocultan esta realidad estructural.   El objetivo no es dirimir reclamaciones políticas, sino hacer visibles las condiciones bajo las cuales la vida cívica puede formarse, protegerse o negarse.


1

Todo intento de comprender la vida política debe comenzar con el reconocimiento de que las poblaciones no experimentan la libertad como una abstracción; la experimentan a través de las estructuras que regulan su existencia cívica.   Estas estructuras determinan cómo se toman las decisiones, cómo se ejerce la autoridad y si las personas pueden participar en la configuración de las condiciones de su propia vida.   La agencia cívica no es, por tanto, un ideal, sino una condición que existe o no existe.   Cuando está ausente, la libertad aparece como una afirmación formal más que como una condición vivida.

2

La agencia cívica se compone de tres elementos: participación, representación y proceso jurídico.   La participación permite a individuos y comunidades influir en las decisiones públicas.   La representación establece una continuidad entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.   El proceso jurídico garantiza que la autoridad se ejerza dentro de límites definidos.   Cuando alguno de estos elementos se elimina, la población pierde su capacidad de dar forma al entorno cívico que habita.   Esta pérdida puede producirse por regulación externa, autoritarismo interno o políticas que reducen la vida cívica a un conjunto de restricciones que debilitan el espacio compartido.

3

La ausencia de agencia cívica puede adoptar distintas formas.   Una población puede estar gobernada por instituciones que no reconocen su soberanía y que, por tanto, someten su vida cívica a regulaciones en cuya elaboración no tiene un papel significativo.   Alternativamente, una población puede habitar un Estado soberano que suprime el pluralismo político, restringe la disidencia legal y concentra la autoridad institucional.   En ambos casos, la condición cívica queda anulada: las personas carecen de la capacidad de influir en las normas que las gobiernan.

4

El caso palestino ilustra la primera forma.   Múltiples autoridades regulan el movimiento, el territorio y la vida pública sin ofrecer una jurisdicción unificada ni protección soberana.   Las decisiones tomadas por Estados externos definen la existencia cotidiana y dejan a la población sin derechos cívicos consistentes ni un marco institucional estable.   La ausencia de soberanía no es solo territorial, sino cívica; priva a la población de los mecanismos mediante los cuales la participación y la representación podrían hacerse posibles.

5

La situación cubana representa la segunda forma.   Aunque el Estado posee soberanía, concentra la autoridad política en un único aparato institucional y restringe las vías legales de disidencia, competencia o reforma estructural.   La ciudadanía vive bajo un sistema que mantiene la continuidad política mediante la limitación de las posibilidades de participación.   La soberanía prevalece, pero la agencia cívica permanece restringida.

6

Palestina y Cuba difieren, desde luego, en historia, estructura y origen; sin embargo, coinciden en un aspecto fundamental:   el Estado, ya sea externo o interno, restringe la participación de tal modo que la agencia cívica resulta inalcanzable.   La ausencia de agencia es el elemento común que revela la condición cívica que subyace a los relatos políticos.   También proporciona un marco desde el cual comprender, sin confusión, a poblaciones que experimentan distintas formas de restricción.

7

Las narrativas ideológicas suelen alinearse con las distribuciones existentes del poder.   El derecho religioso sostiene que la tierra está garantizada por mandato divino y no por protección cívica.   La retórica revolucionaria afirma que la autoridad política se justifica por la lucha histórica y no por la rendición de cuentas presente.   Ambas narrativas elevan un absoluto por encima de las realidades cívicas de la población.   Sustituyen la agencia por la lealtad e interpretan la restricción como necesidad, y no como una falla de representación.

8

La migración ofrece un tercer prisma desde el cual se hacen visibles los límites de la agencia cívica.   Las personas abandonan sus países cuando las estructuras que regulan su vida colapsan o se vuelven inhabitables.   Buscan estabilidad, protección y la posibilidad de reconstruir la participación cívica en nuevos entornos.   Sin embargo, las políticas de disuasión en los Estados de acogida suelen reflejar las presiones que provocaron el desplazamiento.   Estos Estados restringen el movimiento de los migrantes, limitan su acceso a las instituciones sociales y reducen las posibilidades de incorporación a un orden cívico.   Tales políticas no reproducen el dilema original, pero reintroducen la experiencia de vivir bajo normas que no pueden influir.

9

Para muchas personas solicitantes de asilo, estas medidas restrictivas acortan la distancia entre las presiones que motivaron su salida y las que encuentran al llegar, un desplazamiento que dificulta distinguir la estabilidad de la exclusión.   Ejemplos europeos como Dinamarca y el Reino Unido muestran cómo la disuasión se utiliza para desalentar el asilo sin reconocer el vacío cívico que produce.   Estados Unidos aplica políticas similares en sus fronteras y presenta la disuasión como un instrumento de orden, lo que deja a las personas migrantes suspendidas entre la exclusión y un estatus cívico no resuelto.

10

El argumento estructural no sostiene que estas situaciones sean equivalentes, sino que la ausencia de agencia cívica genera una condición cívica que trasciende las diferencias políticas.   Las poblaciones gobernadas sin participación, administradas sin representación o confinadas dentro de sistemas que restringen los procesos jurídicos experimentan la libertad como algo externo a su entorno cívico.   Esta condición no puede explicarse mediante la ideología, porque la ideología aborda identidad, justificación o legitimidad, no agencia.

11

Comprender la agencia cívica permite distinguir entre reclamaciones políticas y realidades cívicas.   La soberanía no garantiza la libertad; la revolución no garantiza la participación; el derecho religioso no garantiza la protección.   La agencia cívica solo existe cuando las personas pueden dar forma a las condiciones que las gobiernan.   Cuando esto se vuelve imposible, la población no habita un orden cívico, sino un espacio regulado.

12

Cuando la agencia cívica se convierte en la medida a través de la cual se entiende la vida política, las narrativas ideológicas pierden su autoridad y la estructura de la restricción se vuelve visible.   Esta visibilidad no resuelve el conflicto, pero revela las condiciones bajo las cuales la libertad puede emerger o permanecer inaccesible.   La agencia cívica es el punto donde comienza la posibilidad de la vida cívica, y donde su ausencia se hace estructuralmente evidente.


« La gramática del conflicto »

October 10, 2025

Ricardo F. Morín
La gramática del conflicto
Acuarela, gesso, pluma sharpie negro y creyón de óleo sobre papel
10”x12”
2003


Ricardo F. Morín; 9 de Octubre de 2025

Resumen

El conflicto perdura no solo por los agravios que lo encienden, sino también por la lógica interna que lo sostiene.   El odio, la victimización, la hipocresía, el tribalismo y la violencia no actúan como fuerzas separadas; forman un sistema interdependiente que se justifica a cada paso.   Este ensayo examina el conflicto como una gramática: un conjunto de reglas y patrones mediante los cuales la hostilidad moldea el pensamiento, legitima la acción y se perpetúa a lo largo de generaciones.   El propósito no es juzgar, sino revelar cómo el conflicto se hace autosuficiente, cómo la violencia pasa de instrumento a ritual, y cómo la contradicción se convierte en el fundamento mismo sobre el cual las sociedades actúan de manera que traicionan sus propios valores proclamados.


1

El conflicto, reducido a su estructura, es menos un acontecimiento que un lenguaje.   Se aprende, se repite y se transmite —no solo como instinto, sino también como un marco estructurado a través del cual las personas interpretan los hechos y justifican las acciones.   La violencia es solo una de sus expresiones; bajo el acto subyace una secuencia de ideas y reacciones que no solo preceden la violencia, sino que también tejen la hostilidad deliberadamente dentro de un tejido de continuidad.   Comprender esta gramática del conflicto es esencial, porque muestra cómo los seres humanos pueden permanecer atrapados en ciclos de daño mucho después de que las causas originales hayan desaparecido —no por accidente, sino porque la retórica que sostiene el conflicto extiende la violencia inicial mucho más allá de su causa.   Lo que parece espontáneo suele estar guionado, y lo que parece inevitable es, con frecuencia, el resultado acumulado de decisiones que se han endurecido hasta volverse reflejo.

2

El odio es la primera sintaxis de esta gramática.   El conflicto no estalla de pronto; se acumula con el tiempo, capa sobre capa, a través de la memoria, el mito y la narración selectiva.   Se presenta como defensa frente a una amenaza o subordinación percibida; pero su función más profunda es de preservación.   El odio sostiene la identidad al definirse contra lo que no es.   Una vez arraigado, el conflicto deja de depender de amenazas inmediatas:   se vuelve autosuficiente.   Se convierte en un lente que reinterpreta las pruebas conforme a su propio relato y sus expectativas.   El conflicto prepara el terreno en el que prospera y ofrece explicaciones prefabricadas para disputas futuras.

3

La victimización da al odio un vocabulario duradero.   Convierte el sufrimiento de un hecho pasado en un recurso político y social permanente.   El sufrimiento es una condición que todos habitamos.   Pero hacer del sufrimiento el núcleo de una identidad colectiva es una estrategia.   El sufrimiento permite a las comunidades reclamar autoridad moral y legitimar acciones que de otro modo serían ilegítimas.   La historia del agravio se transforma en fundamento de la represalia.   Sin embargo, en ello yace una trampa:   una identidad anclada en la victimización amenaza con impedir el cierre de su propio relato.   Sin la presencia de un adversario, la legitimidad pierde fuerza.   La herida original permanece abierta —recordada y convertida en arma para todo lo que sigue.   Cada nuevo acto de agresión se presenta como defensa de la dignidad y reafirmación del sufrimiento.

4

La hipocresía es la estructura que mantiene unido este sistema.   Permite denunciar y ejercer la violencia al mismo tiempo.   Es la proclamación de ideales que se violan de manera sistemática.   La hipocresía no solo oculta la contradicción; la encarna.   Es, en realidad, un vano intento de invocar la justicia, de hablar de derechos universales y de condenar la crueldad.   La duplicidad resultante es esencial.   La hipocresía presenta la violencia como principio legítimo, la dominación como protección y la exclusión como necesidad.

5

Una vez que el odio, la victimización y la hipocresía se alinean, la violencia se convierte en un ritual, no en una reacción.   Este ritual puede invocar objetivos instrumentales:   la recuperación de un territorio perdido, la reparación de agravios pasados o la garantía de seguridad.   Pero con el tiempo, el propósito se desvanece y el patrón permanece.   Cada acto intenta confirmar la legitimidad del anterior y preparar la justificación del siguiente.   El ciclo ya no requiere detonantes; el conflicto se sostiene por su propio impulso.   La violencia se convierte en el medio por el cual el colectivo consolida su identidad e institucionaliza la memoria.

6

El tribalismo es un ritual de poder emocional.   El conflicto reduce la complejidad de la experiencia humana a afiliación y exclusión.   Dentro de este marco, estándares radicalmente distintos juzgan las mismas acciones según quién las cometa.   Lo que los de fuera llaman terrorismo se convierte, dentro de la tribu, en una fuerza defensiva.   La tiranía del enemigo se transforma en la fortaleza del grupo.   El tribalismo convierte la contradicción en coherencia; hace aceptable la hipocresía; transforma la violencia en lealtad y la represalia en obligación.   Cuanto más profundamente definen las divisiones a una sociedad, más indispensable se vuelve el conflicto para su sentido de propósito.

7

La violencia deja de ser una respuesta y se convierte en una condición.   Persiste no porque sirva a fines inmediatos, sino porque afirma una sensación de permanencia.   Poner fin a un ciclo implica desmantelar sus narrativas de sostén; reconocer que el enemigo no es inmutable, que la victimización no es exclusiva y que los ideales ya no pueden coexistir con las traiciones.

8

La ilusión de inevitabilidad es insidiosa.   Si el conflicto se convierte en destino, la responsabilidad se disuelve.   Cada reacción explica la acción como defensa.   En ello, el reconocimiento disminuye la agencia:   la violencia deja de parecer una elección y pasa a verse como una condición impuesta desde fuera, una ilusión que permite al ciclo continuar.

9

Romper la continuidad no es ni difícil ni misterioso.   El odio, como explicación, simplifica y legitima el relato; ofrece una seguridad ideológica y preserva una falsa sensación de control.   Juntos, forman un sistema que parece natural, pero la familiaridad no es destino.   La gramática del conflicto se aprende; lo que se aprende puede desaprenderse.   El primer paso es esclarecer y reconocer que lo que parece inevitable no es más que una elección disfrazada de reacción.   Así pueden las sociedades construir nuevas gramáticas, sin enemistad, sin venganza y sin dominación.

10

Diagnosticar el conflicto no significa minimizar el sufrimiento ni excusar la violencia.   Comprender cómo el sufrimiento y la violencia perduran revela que ambos se alimentan mutuamente.   Las heridas más profundas no son las infligidas una sola vez, sino aquellas que se mantienen vivas mediante las historias que se repiten sobre ellas.   El ciclo persiste porque la sinrazón tiene su propia lógica:   preserva los relatos que nos mantienen heridos y nos convence de su necesidad.   No es que las personas actúen sin razón, sino que racionalizan lo irracional hasta que la irracionalidad misma se convierte en el principio organizador de su conducta.   Exponer su gramática no es una solución, pero sí un comienzo:   una manera de hacer visible la arquitectura del antagonismo y, quizá, de imaginar formas de coexistencia que ya no dependan del conflicto perpetuo para justificarse.


« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


*

Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida