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« La ilusión de la autodefensa »

July 1, 2026
Ricardo F. Morin
Platónico 3
CGI
2005

La guerra, la división, la desconfianza y la incertidumbre no solo alteran a una sociedad.  Bajo una exposición sostenida a la amenaza, ya sea externa o interna, una sociedad puede orientarse gradualmente hacia la protección como su postura cívica principal.  Lo que comienza como prudencia puede endurecerse en hábito.  Lo que comienza como defensa puede convertirse en derecho asumido.

La amenaza a veces es real.  Las personas son agredidas.  Los hogares son invadidos.  Ningún sistema de vigilancia gubernamental puede cubrir cada momento privado.  En casos extremos, cualquier ciudadano puede actuar de manera proporcionada para preservar la vida.  Tales momentos son trágicos e inmediatos, pero las emergencias no pueden definir la estructura de una sociedad, porque el orden cívico debe construirse sobre condiciones generales y no sobre eventos excepcionales.

Las armas, en este contexto, no son solo instrumentos de defensa.  También se adoptan en respuesta a la inseguridad.  Un arma promete capacidad de defensa cuando las instituciones parecen distantes o demoradas.  Sin embargo, ningún instrumento puede abolir la vulnerabilidad.  El riesgo no puede eliminarse.  Cuando las armas de defensa se utilizan no solo en emergencias sino también como una fuente habitual de tranquilidad, la expectativa supera la realidad porque ningún instrumento puede eliminar el riesgo.  Cuando el riesgo persiste, la demanda de tranquilidad aumenta en lugar de disminuir.

En los Estados Unidos, la Segunda Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, ratificada en 1791, inscribió el derecho a portar armas en el lenguaje constitucional.  Esa inscripción alteró el carácter del debate.  Una medida formulada en un contexto histórico específico se convirtió en una reclamación constitucional permanente.  El derecho ahora se defiende dentro de la identidad cívica y la posición política incluso cuando la justificación histórica original ya no se acepta como determinante.  Cuando el lenguaje constitucional se trata como permiso sin proporción, la protección desplaza la limitación y la mediación se debilita.

Sigue un patrón recursivo.  La amenaza percibida justifica la expansión defensiva.  La expansión defensiva aumenta la vigilancia.  La vigilancia sostenida mantiene la percepción de amenaza.  El instrumento destinado a casos extremos se convierte en parte de la expectativa ordinaria.  Lo que estaba destinado a la emergencia se vuelve rutinario.  La herramienta no crea inseguridad; sostiene la ilusión de que la inseguridad puede dominarse de forma permanente.  La lógica se asemeja a la de naciones rivales involucradas en la acumulación de armas, donde la posesión se defiende como protección mientras la condición subyacente de vulnerabilidad permanece sin cambios.

La distribución de la capacidad letal y la preparación normalizada se desarrollan juntas.  Incluso cuando no se empuña ningún arma, la normalización de la capacidad letal altera el desacuerdo cívico, porque la posibilidad permanente de fuerza pasa a formar parte de la interacción ordinaria.  La sospecha se convierte en hábito.  El hábito altera la manera en que los ciudadanos se encuentran en público y configura las condiciones bajo las cuales se desarrolla el desacuerdo.

A nivel de naciones, la era nuclear produjo una lógica paralela de tranquilidad basada en la capacidad destructiva.  La doctrina estratégica de la Destrucción Mutua Asegurada buscó estabilidad mediante vulnerabilidad recíproca, suponiendo que la certeza de una represalia catastrófica impediría la escalada.  Sin embargo, incluso tales sistemas dependen en última instancia de un juicio ininterrumpido dentro de complejas estructuras de mando.  Durante la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, el lanzamiento de un torpedo nuclear desde el submarino soviético B-59 fue evitado solo cuando el oficial Vasily Arkhipov se negó a autorizarlo.  El episodio muestra que los sistemas construidos sobre capacidad catastrófica pueden parecer estables mientras dependen de momentos de contención individual que ninguna doctrina puede garantizar.  En tales momentos la lógica mecánica de la fuerza puede ser interrumpida por un solo acto de reconocimiento:  una persona que reconoce una condición humana compartida que ningún sistema de poder puede anular.

La proporcionalidad sigue siendo decisiva porque la escala altera la consecuencia.  Un instrumento adecuado para repeler una agresión inmediata difiere categóricamente de un armamento capaz de una letalidad rápida e indiscriminada.  Cuanto mayor es la capacidad destructiva, mayor es la necesidad de regulación.  Los derechos operan dentro de estructuras que establecen límites; no los suspenden.  Cuando la capacidad letal se normaliza ampliamente, el uso indebido a gran escala se vuelve estructuralmente posible en lugar de excepcional.  Si las armas se tratan como una fuente habitual de tranquilidad, los episodios recurrentes de violencia masiva exponen los límites de esa tranquilidad en lugar de resolver la inseguridad.

La cuestión más profunda concierne al poder colectivo y la fuerza instrumental.  El poder colectivo surge cuando los ciudadanos actúan juntos dentro de un marco compartido que presupone que el conflicto se resolverá sin violencia.  La fuerza instrumental opera mediante el uso de mecanismos defensivos que no requieren acuerdo más allá de su utilización.  Cuando aumenta la dependencia de tales mecanismos, la acción política compartida disminuye porque la tranquilidad se desplaza de las instituciones hacia la capacidad individual.

La defensa responde a la amenaza en momentos particulares.  La libertad requiere una confianza duradera en que tales momentos permanecerán excepcionales y no permanentes.  Una comunidad organizada principalmente en torno a la anticipación permanente de la amenaza altera su carácter porque la precaución comienza a reemplazar la confianza en la mediación.  La soberanía se desplaza de las instituciones compartidas hacia la posesión individual.  La tranquilidad se individualiza.  Se debilita la presunción de que los conflictos serán gestionados mediante procesos comunes.

El argumento no niega la realidad de la amenaza ni la tragedia de la autodefensa inmediata.  Establece que armarse con armas de defensa no puede servir como fundamento estable de la tranquilidad cívica, porque el orden cívico depende de la mediación, los límites compartidos y la aceptación de que la vulnerabilidad no puede abolirse.  El pensamiento de emergencia no puede convertirse en pensamiento normal.  La tarea no es abolir la defensa sino impedir que la defensa defina la gramática de la convivencia.

Ricardo F. Morín

March 4, 2026

Oakland Park, Florida


« El velo de la liberación: Venezuela y la maquinaria del poder »

October 10, 2025

Ricardo F. Morín, 10 de Octubre de 2025

Aunque la concesión del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado alegra y honra a quienes aún creen en la posibilidad de una Venezuela democrática, también revela una realidad mucho más compleja, que merece reflexión.

La prensa internacional aún no logra comprender la ilusión que rodea la supuesta liberación de Venezuela del narcoestado.   Los venezolanos continúan esperando indefinidamente, sostenidos por una falsa esperanza.   Bajo esa esperanza se oculta una atadura más profunda: el territorio del país está sometido a intereses multinacionales (chinos, rusos, estadounidenses y otros) impulsados no por ideología, sino por la competencia entre inversionistas y redes criminales.   Para todos ellos, un conflicto prolongado en Venezuela resulta conveniente; se convierte en un puente hacia una metamorfosis regional, justificada por la expropiación de los recursos naturales del país y destinada a consolidar un dominio hemisférico.   La tragedia venezolana no es, por tanto, solo política sino también una dinámica interna:   un experimento en el que la soberanía se trueca por acceso, y la resistencia misma se transforma en una forma de cautiverio.

La prolongada crisis venezolana revela el dilema moral en la política contemporánea: cómo el sufrimiento puede ser al mismo tiempo explotado y perpetuado cuando la comprensión cede ante la ilusión.   El sueño de la liberación se ha convertido en uno de las fantasías más persistentes de la nación.   Detrás del lenguaje de la emancipación se oculta una convergencia silenciosa de intereses globales —cada uno sosteniendo el conflicto que dice combatir—, pues el desorden legitima la intervención y el caos ofrece el pretexto para la extracción.   En este sentido, Venezuela no es solo un país en desgracia, sino también el escenario donde la gramática de la dominación continúa representándose bajo el vocabulario de la redención.

El desafío ya no es imaginar la libertad como un rescate externo, sino comprender cómo la dependencia se disfraza de salvación.   Sólo la comprensión (el acto de ver más allá del agravio y del consuelo) puede perforar el velo de la liberación y devolverle el significado a la idea misma de libertad.


Editor: Billy Bussell Thompson

« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


*

Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida