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« Suprematismo »

October 3, 2026

El suprematismo funciona como la gramática universal de la justificación represiva.  
Es menos una doctrina que un hábito de explicación:  la forma en que la dominación llega a parecer necesaria, el privilegio llega a parecer ordenado y la exclusión llega a describirse como preservación.  Sus formas varían—raza, religión, nación, civilización, partido, destino histórico—pero su lógica permanece constante:  algunos se presumen aptos para decidir, otros para acatar.

Este hábito no está confinado a una sola sociedad ni a un solo sistema.  Aparece allí donde la jerarquía puede narrarse como natural o merecida, y donde la autoridad queda eximida de la carga de explicarse.  Lo que distingue a las sociedades no es su inmunidad al suprematismo, sino el grado en que este es contenido.  El progreso no consiste en su desaparición, sino en limitar las circunstancias bajo las cuales la supremacía puede excusarse.

Cuando ese límite se debilita, la ventaja adquiere cobertura moral, la queja se endurece en derecho adquirido y la autoridad se reorganiza en torno a la excepción más que a la obligación.  El suprematismo deja entonces de ser una simple tendencia social y se convierte en un principio de coherencia—uno que prepara el terreno para la represión no por la fuerza, sino por la familiaridad.

El suprematismo rara vez se nombra en el momento en que se instala.  Entra en la vida social de manera discreta, a través del hábito más que de la declaración, y mediante el permiso más que mediante la fuerza.  La mayoría de las personas no lo encuentran como una creencia, sino como un patrón:  quién es creído sin cuestionamiento, a quién se le perdonan los errores, qué quejas se toman en serio y qué presencias se tratan como una complicación.  Mucho antes de volverse político, el suprematismo organiza las expectativas cotidianas.

En su núcleo, el suprematismo es la suposición de que el orden depende de la jerarquía—de que algunos están naturalmente habilitados para decidir, mientras otros deben adaptarse.  Esta suposición ha aparecido en toda forma de sociedad organizada.  Se adhiere con facilidad a distinciones ya existentes, pero no depende de ninguna de ellas.  Su contenido cambia.  Su función no.  Allí donde arraiga, libera al poder de la carga de explicarse y sustituye la justificación por la herencia.

Ninguna sociedad supera por completo este impulso.  Lo decisivo es si se lo contiene.  Donde el límite se mantiene, la autoridad sigue siendo condicional, las reglas resisten la incomodidad y la queja no se endurece en derecho adquirido.  Donde se debilita, la dominación reaparece bajo nuevos nombres y la desigualdad comienza a parecer práctica más que peligrosa.

El suprematismo se vuelve más persuasivo en momentos de tensión.  La incertidumbre económica, el cambio cultural y la fragmentación política hacen que la vida procedimental parezca lenta y frágil.  En tales momentos, la jerarquía ofrece claridad.  Promete estabilidad sin negociación y coherencia sin igualdad.  Lo que oculta es el costo de esa promesa:  la sustitución silenciosa de la obligación compartida por el privilegio selectivo.  Estas condiciones no crean el suprematismo; revelan cuán fácilmente se adapta al lenguaje mediante el cual las sociedades interpretan la amenaza.

En la política estadounidense contemporánea, ciertas corrientes del conservadurismo funcionan cada vez menos como custodias de la continuidad institucional y más como vehículos mediante los cuales el razonamiento suprematista encuentra una expresión renovada.  El lenguaje de la preservación — tradición, orden, defensa cultural — suele servir para presentar la jerarquía como necesidad y no como preferencia.  Dentro de sectores del Partido Republicano, la retórica populista reformula el desacuerdo político como una lucha entre un pueblo auténtico y fuerzas presentadas como ajenas o corruptas.  Este encuadre no solo moviliza apoyo; reorganiza la legitimidad misma, reduciendo el campo de la pluralidad aceptable mientras presenta la exclusión como protección.

Históricamente, el populismo no siempre ha culminado en formas autoritarias; sin embargo, su gramática se presta a ellas cuando el agravio se convierte en el principio organizador de la identidad política.  El suprematismo prospera precisamente en tales momentos, porque no requiere una doctrina explícita; opera mediante la normalización de la desigualdad y a través de narrativas que presentan el dominio como restauración.  Lo que aparece como resistencia al cambio se convierte así en un mecanismo mediante el cual la jerarquía se reafirma bajo la apariencia de necesidad, permitiendo la concentración del poder mientras conserva la apariencia de expresión democrática.

Debido a que la premisa se refiere al orden más que a la identidad, viaja fácilmente entre contextos.  En un lugar se expresa abiertamente; en otro se insinúa mediante la costumbre o la historia.  En todas partes funciona por los mismos medios:  presentar la desigualdad como herencia y no como elección, y tratar el dominio como continuidad en lugar de imposición.  Su fuerza no reside en lo que afirma, sino en lo poco que necesita explicar.

Lo que ha sido aceptado socialmente pronto reorganiza la autoridad.  Una vez que el poder desigual se experimenta como estabilizador, su concentración deja de parecer alarmante.  Las decisiones ascienden con escasa resistencia, justificadas menos por el argumento que por el temperamento, la experiencia o la supuesta aptitud.  La excepción entra de manera discreta, no como ruptura sino como ajuste, una desviación temporal que dice proteger lo que permanece intacto.  La ley continúa existiendo, pero su función se desplaza.  Ya no gobierna de antemano.  Sigue, explicando después lo que la autoridad ya ha decidido.

Cuando esta reorganización ocurre, la autoridad comienza a actuar de manera directa en lugar de procedimental.  El poder ejecutivo se justifica como cumplimiento de la expectativa popular y se trata como licencia para eludir la mediación legislativa y judicial.  La aplicación de la ley se expande hacia el interior, organizada en torno a objetivos más que a órdenes judiciales, y la selección se desplaza de la infracción comprobada al riesgo presunto.  Al mismo tiempo, la administración electoral se redefine como un problema de seguridad, y la autoridad se traslada desde los estados sobre la base de que los resguardos existentes no son confiables.  En ambos casos, una amenaza invocada se utiliza para reemplazar los límites previos por el mando, concentrar el poder y presentar el cambio como necesidad en lugar de elección.

A medida que este patrón se asienta, la contención se vuelve desigual.  Las reglas siguen siendo visibles, pero su fuerza depende cada vez más de quién las invoca y contra quién.  La obligación se enfatiza hacia abajo, mientras la discreción se acumula hacia arriba.  Lo que antes se justificaba como excepción comienza a parecer ordinario, incluso prudente.  La expectativa de que la autoridad se someta al procedimiento se debilita, reemplazada por la creencia de que los resultados importan más que los medios por los cuales se alcanzan.  La vida constitucional no desaparece; se adelgaza.  Sobrevive como lenguaje y forma, mientras su disciplina se deja de lado de manera silenciosa.

El suprematismo no se anuncia como crueldad ni ambición.  Se presenta como sentido común.  Aparece cada vez que el poder deja de sentirse obligado a explicarse, y cada vez que la desigualdad se trata como una condición del orden más que como su fracaso.  Las sociedades no colapsan porque carezcan de ideales, sino porque se acostumbran a la excepción.  Cuando se permite que la supremacía se justifique a sí misma—por la historia, la identidad, la urgencia o el temor—la ley se vuelve selectiva, la autoridad se personaliza y el procedimiento se convierte en una formalidad observada solo cuando resulta conveniente.  El desorden que sigue no es caos, sino un desequilibrio disciplinado en el que la contención se exige a unos y el derecho se concede a otros.  Así es como termina la vida constitucional:  no en la ruptura, sino en la aceptación.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, Fl


« El léxico del abuso »

June 24, 2026
Ricardo F. Morín
Decantación X
CGI 2005

Este ensayo examina el abuso como una distorsión de la autoridad confiada dentro de la vida jerárquica.  Describe cómo la autoridad se expande cuando la restricción se debilita,  cómo la protección se forma mediante decisiones identificables,  y cómo la responsabilidad dispersa permite que el uso indebido persista.  El propósito es aclarar la secuencia antes que invocar escándalo o espectáculo moral.

Ricardo F. Morín

4 de marzo, 2026

Oakland Park, Florida


La autoridad surge cuando una persona posee poder de decisión sobre otra.  Un padre dirige a un hijo.  Un maestro evalúa a un estudiante.  Un supervisor asigna tareas.  Un funcionario electo emite órdenes.  En cada caso,  quien ejerce la autoridad recibe discrecionalidad,  es decir,  la capacidad de actuar sin solicitar aprobación de quienes están sujetos a la decisión.  La discrecionalidad permite la coordinación.  Sin discrecionalidad,  la jerarquía no puede funcionar.  En este ensayo,  la autoridad se refiere a la discrecionalidad confiada y asignada para la coordinación,  no a un derecho ilimitado de mandar.  El poder,  por el contrario,  se refiere a la capacidad de imponer cumplimiento sin consideración del propósito confiado.

La discrecionalidad requiere restricción.  La ley establece límites al definir conductas prohibidas.  La revisión independiente limita la autoridad al examinar decisiones.  Las normas compartidas desalientan conductas que violan expectativas.  Cuando estas restricciones operan juntas,  la autoridad permanece alineada con su propósito asignado.  La distorsión comienza cuando una restricción se debilita o desaparece.

La revisión se debilita cuando quienes deben examinar la autoridad dependen de la misma jerarquía para su posición o avance.  La dependencia altera la evaluación.  Un revisor que arriesga perjuicio institucional puede sopesar ese riesgo frente a la acción correctiva.  Si la preservación parece más segura que la exposición,  el revisor retrasa la intervención.  El retraso incrementa el tiempo durante el cual la autoridad opera sin corrección.

Las normas se debilitan cuando cuestionar la autoridad se considera deslealtad.  Cuando la deslealtad conlleva penalidad social,  las personas dudan antes de plantear preocupación.  La duda reduce el número de informes.  Menos informes reducen la información disponible para revisión.  La información reducida limita la respuesta correctiva.  En esta secuencia,  el silencio expande la discrecionalidad.

La discrecionalidad expandida altera las condiciones de modo que la infracción solo se hace visible más tarde.  Quien ejerce autoridad puede aumentar el acceso privado bajo pretexto legítimo.  La interacción repetida sin supervisión reduce la percepción de irregularidad.  La percepción reducida disminuye el escrutinio.  El escrutinio reducido permite mayor acceso.  La secuencia avanza de forma incremental antes que abrupta.

La explotación sexual de menores revela esta estructura en su forma más asimétrica.  Un menor carece de agencia equivalente y depende del control adulto para seguridad y aprobación.  Cuando un adulto inicia conducta sexual bajo estas condiciones,  convierte la dependencia en instrumento de dominio.  Si el menor anticipa incredulidad o castigo,  la revelación disminuye.  La revelación reducida permite repetición.  La repetición consolida el control.  La consecuencia ética se desprende de esta secuencia:  un rol asignado para protección ha sido utilizado para dominación.

Las instituciones pueden reproducir dinámicas similares.  Un administrador recibe una queja contra un empleado respetado.  La terminación puede exponer a la institución a litigio o crítica pública.  Para reducir daño inmediato,  el administrador reasigna al empleado.  La reasignación preserva la posición institucional.  También preserva el acceso a posibles víctimas.  El acceso preservado permite nueva conducta indebida.  Una decisión destinada a proteger reputación se convierte en el mecanismo mediante el cual el daño continúa.

Varios amplificadores intensifican la protección sin alterar la secuencia subyacente.  La riqueza y el estatus refuerzan la protección mediante acciones identificables.  Reducen la divulgación:  asesores legales limitan la divulgación para disminuir responsabilidad jurídica.  Asesores de comunicación modelan la explicación pública para mantener posición.  Interesados financieros desalientan exposición que amenace inversión compartida.  Cada decisión reduce transparencia.  La transparencia reducida eleva el umbral probatorio requerido para iniciar investigación.  Un umbral elevado retrasa la revisión.  La revisión retrasada extiende discrecionalidad no examinada.

El carisma altera la evaluación al inducir a los observadores a tratar el éxito visible como evidencia de confiabilidad.  Cuando un líder demuestra éxito visible,  los observadores asocian éxito con confiabilidad.  Cuando surge una acusación,  los observadores comparan la acusación con la imagen establecida.  Si la imagen contradice la acusación,  la duda se dirige primero al acusador.  La duda ralentiza la indagación.  La indagación ralentizada protege la autoridad.

La autoridad política magnifica estos mecanismos.  Un líder electo exige lealtad de sus seguidores.  Los seguidores interpretan supervisión como amenaza a identidad colectiva.  Legisladores que comparten afiliación dudan en iniciar revisión porque la revisión puede debilitar posición política.  La revisión reducida expande la discrecionalidad ejecutiva.  La discrecionalidad expandida reduce transparencia.  La transparencia reducida limita corrección.  La escala modifica magnitud,  no secuencia.

La responsabilidad se dispersa entre funciones escalonadas.  Una oficina recibe la queja.  Otra evalúa evidencia.  Otra comunica públicamente.  Cada actor cumple tarea definida dentro de límites asignados.  Ningún actor individual asume responsabilidad completa por el resultado.  La responsabilidad fragmentada reduce el costo percibido de la inacción.  Una presión menor favorece cumplimiento procedimental antes que corrección sustantiva.

Las comunidades asignan costo a la disidencia.  En algunos contextos,  cuestionar ancianos produce aislamiento.  En otros,  criticar liderazgo arriesga empleo o estatus.  Cuando la penalidad anticipada excede el beneficio anticipado,  las personas eligen silencio.  El silencio reduce flujo de información.  La información reducida perjudica revisión.  La revisión perjudicada permite que la discrecionalidad persista.

La prevención estructural requiere interrupción en puntos identificables.  Separar autoridad investigativa de la jerarquía examinada.  Limitar acceso sin supervisión donde exista dependencia.  Exigir informes mediante canales definidos con plazos exigibles.  Proteger denunciantes contra represalia mediante sanción formal.  Cada medida restaura restricción.  La restricción restaurada reduce discrecionalidad.  La discrecionalidad reducida disminuye oportunidad de uso indebido.

Después de la exposición,  las instituciones suelen adoptar reforma.  Nuevas políticas incrementan supervisión.  Con el tiempo,  la aplicación puede relajarse porque urgencia disminuye o liderazgo cambia.  La aplicación relajada devuelve discrecionalidad a nivel previo.  Cuando la discrecionalidad retorna sin revisión externa,  los mecanismos anteriores se reactivan.  La recurrencia sigue a restricción debilitada antes que a vicio inevitable.

La jerarquía y la vulnerabilidad permanecen como rasgos de la vida organizada.  La autoridad no puede eliminarse sin disolver coordinación.  La condición decisiva concierne a la revisión.  Cuando la autoridad permanece sujeta a revisión que no controla,  la discrecionalidad opera dentro de límite.  Cuando la autoridad controla su propia revisión o la elude mediante demora,  la discrecionalidad se expande.  En esa expansión,  reaparecen condiciones para el abuso.


« Ecos de un decantador: reflexiones sobre Historia y Trabajo »

March 16, 2025


*

Decantation [2003], CGI by Ricardo Morín

El aire dentro de la vieja fábrica era denso, cargado de polvo y convicción.      Habían fregado los suelos, repintado las paredes, reclamado el espacio de su pasado, pero el olor a óxido y mugre aún persistía.      El aire conservaba el rastro de un esfuerzo olvidado, de una historia impregnada en el polvo, como una huella que se rehúsa a desvanecerse

Emilio se encontraba sobre un escenario improvisado, elevado por dos palés apilados.      Su voz se proyectaba por toda la sala, cada palabra golpeando con certeza.

—No estamos repitiendo errores pasados.      Estamos forjando un nuevo camino, más allá de los fallos del capitalismo y las traiciones del socialismo.      Esta vez, lo haremos bien.

Aplausos.      Asentimientos de aprobación.      Ya habían escuchado esas palabras antes, pero esta vez, las creían.

Griselda permanecía sentada al fondo, con los brazos cruzados y el rostro inescrutable.      Décadas atrás, había estado en el mismo sitio, escuchando una voz diferente, pero la misma promesa.      La fábrica, resucitada otra vez, parecía distinta, pero el sitio seguía siendo el mismo: un decantador astillado, vertiendo la misma historia, lenta e inexorablemente.

Tras el discurso, mientras la gente se agrupaba en pequeños círculos de conversación animada, Emilio se acercó a ella.

—No pareces convencida.

—La pasión es fácil—dijo ella, tras una breve pausa.      Más exigente es la dirección.

Emilio le sonrió como quien concede indulgencia a un anciano.

—Esta vez es diferente, Griselda.      Hemos estudiado la historia.      No repetiremos sus fallas.

Ella exhaló y dirigió la mirada más allá de él, hacia la multitud.      La fábrica vibraba apacible detrás de ellos, como una máquina empezando a recordar sus ritmos de antaño.

—Malinterpretas la historia —murmuró—.      No es algo que se repite.      Es algo que se te vuelve, lo invites o no.

Él ladeó con la cabeza y dijo:      « No creo en fantasmas ».      Pero el aire, plúmbeo con el peso del pasado, parecía vibrar con una inevitabilidad tácita.      Le hacía recordar a Griselda algo contenido en cristal:      preservado, pero condenado a la fragilidad de quien le observa.


Las primeras semanas fueron como una superficie pulida, sin arañazos, resplandeciente.      Pero las fisuras aparecieron, pequeñas al principio, como una fina línea que se extiende sin que nadie la viera venir.

Cada decisión pasaba por la asamblea.      Cada trabajador tenía voz, parte e interés por igual.      El viejo engranaje rugía de nuevo bajo manos rehabilitadas.      Imprimían nuevos carteles proclamando la abolición del patrón, el renacimiento del trabajo.

Por fin, el trabajo tenía un propósito más justo.

Las primeras fisuras aparecieron, discretas al principio.

Las reuniones se alargaban durante horas, debates circulares sin resolución.      Algunas tareas eran más deseables que otras; algunos evitaban las más arduas, invocando objeciones ideológicas.

—¿Por qué uno debe cargar con el trabajo pesado mientras otro coordina?

—Griselda dejó la pregunta suspendida en el aire.

Luego llegó la primera crisis real:    un pedido grande, una fecha límite, la necesidad de eficiencia.      La fábrica se movía demasiado lento.      La asamblea se estancó.      Estallaron discusiones.

—Necesitamos a alguien que supervise la producción —admitió Emilio—.      Sólo temporalmente!

Se sometió a votación.      Se designó a un mediador.      No era un gerente, se decían a sí mismos, sino un guía.      Pero el equilibrio ya había cambiado.      La fábrica, como un navío atrapado en una marea implacable, comenzaba a cargar más de lo que podía sostener, como el plomo en un decantador de cristal.

Griselda observaba en silencio.


El mediador, para mantener el flujo de trabajo, tomó decisiones rápidas.      La asamblea las aprobaba después.      La diferencia era sutil, pero creció.

Algunos trabajadores eran más hábiles en ciertas tareas, por lo que los roles se solidificaron.      Alguien debía negociar con los proveedores.      Alguien debía asegurarse de que se cumplieran los plazos.      El mediador asumió esas funciones porque era lo más práctico.

—Necesitamos estructura.      No jerarquía, sólo orden—Emilio asintió con un gesto de firmeza—sus ojos vacilaban.

Emilio, agotado, asintió sin convicción, como si el peso de las palabras que acababa de pronunciar le resultara cada vez más ajeno.      El engranaje, que al principio giraba sin trabas, empezó a arrastrarse bajo un peso creciente.      Algo obstinado y transitorio a la vez, reacio a ceder a la voluntad de nadie.      Como el decantador que vierte un líquido pesado, pero nunca termina del todo su confinamiento.

Una noche, solo en su oficina—la oficina que no debía existir—, hojeó viejos libros.      Las palabras le eran familiares, pero ahora las leía de otro modo.      Encontró un pasaje de un antiguo texto revolucionario, subrayado por su propia mano años atrás:

« La gran ilusión del poder es fingir que no existe ».

Cerró el libro, apesumbrado por su claridad irrefutable.      Sus dedos se demoraron en el borde del papel, como si buscasen algo que ya se había escapado, como el agua filtrándose por una grieta.

Emilio cerró los ojos por un momento, como si ese simple gesto pudiera anular la brutalidad de la realidad.      Los pasillos vacíos de la fábrica resonaban con ecos lejanos, ecos de promesas rotas.      ¿Cuánto tiempo había creído que el poder era algo que podía manejar?      Pero la verdad, al final, era innegable.      La gran ilusión del poder, pensó, es fingir que no existe.      Fingir que no es una farsa tan cruda como esta.


La siguiente crisis llegó sin aviso.      Una huelga.      Contra ellos mismos.

Algunos exigían un salario más alto.

—¿No debería el trabajo ser compensado según el esfuerzo?

Eran iguales, pero algunos cargaban más trabajo que otros.

Emilio intentó razonar con ellos.

—Así no funciona esto.      Estamos rompiendo un ciclo.

—¿Rompiendo?— La palabra flotó en el aire como un desafío.      Luego, una sonrisa amarga se formó en sus labios, casi imperceptible.    

—Entonces, ¿por qué tú te sientas en la oficina mientras nosotros sudamos en el taller?

No tuvo respuesta.

Otra votación.      Otra reestructuración.      Una nueva propuesta:     un comité de supervisión.      El comité se convirtió en una junta.      Inversores externos ofrecieron estabilidad financiera.      Una pequeña concesión.      Un mal necesario.

Al cerrar el año, la fábrica era un laberinto de regulaciones.      Justo lo que juraron evitar.

Los pasillos, antes llenos de un bullicioso fervor, ahora eran como túneles de murmullos sospechosos.      Los trabajadores, ya no unidos en su causa, susurraban sobre la ‘junta’ como si fuera una entidad distante, ajena a sus vidas.      La huelga había pasado de ser un grito colectivo a una sombra solitaria, con rostros antes iluminados por la esperanza ahora marcados por la desconfianza.      La solidaridad se deshacía como el polvo bajo sus pies.

Emilio encontró a Griselda en la sala de descanso, tomando té.

—Lo intentamos —dijo él.

—Nosotros también —respondió ella.

Silencio.

—¿Por qué siempre termina así?

Griselda puso la taza sobre la mesa.      Sus ojos, presos del agotamiento, como si cada mirada llevara el peso de promesas rotas.

—Porque somos humanos. . . , imperfectos.


Años después, Emilio pasó frente a la fábrica.      Seguía en pie, funcionando.      No revolucionaria.      No un fracaso.

Dentro, un nuevo grupo de jóvenes activistas se había reunido.      Su líder, apenas mayor de lo que él había sido, hablaba con fervor, de pie sobre palés apilados.

—No estamos repitiendo el pasado.      Estamos forjando un nuevo camino.      Esta vez, lo haremos bien.

Emilio no se detuvo a escuchar.

A la distancia, Griselda observaba.

—Y así otra vez—susurró Griselda, como si las palabras fueran una condena, un eco de todo lo que ya había vivido.


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Ricardo Federico Morín Tortolero
15 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida