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En la oscuridad

July 20, 2022

Prólogo

Ante la sugerencia de abreviar In Tenebris, me dispuse a adaptar esta historia para aquellos lectores interesados en captar su sustancia, la cual se deriva de circunstancias cuya fuerza vital no puede subsumirse a una dimensión lineal o lógica. Las explicaciones son inútiles frente a este drama humano, donde el temperamento no pueda manifestarse en lo verbal con absoluta claridad. Dicha esencia, abierta e insondable, se deja por su autor a la intuición del lector, al explorar su complejidad envolvente, cada vez que haya una doble lectura.

Ricardo F. Morin, Bala Cynwyd, Pensilvania; 30 de junio de 2022

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La revista Time nombró a las “Rompedoras del silencio” del movimiento #MeToo como su Persona del año 2017; el presidente reprendió a la prensa de “fake news”, mientras las temperaturas en la ciudad de Nueva York se sentían más altas que nunca.

En medio de todo esto, me convertí en el jurado número 12 en el juicio por asesinato de un niño de catorce años. Ahora, la búsqueda de la verdad ocupaba un lugar destacado en mi mente. Sesgo y sospecha, ¿cómo irían a ser tratados?

El acusado (joven, vestido con una camisa blanca almidonada y corbata) estuvo sentado a apenas 30 pies de distancia de nosotros, el jurado. Su apelación a la quinta enmienda constitucional en contra de la auto incriminación y su torcida mueca de sonrisa nos eran inquietantes.

Dejamos a un lado nuestras aprensiones. Si la duda fuera a jugar un papel en el juicio, tendría que venir de la evidencia.

Como jurados nos sorprendió la falta de cohesión en las denuncias: lo que dijeron los testigos no correspondía con lo que argumentaba el fiscal, ni tampoco con la defensa. Ningúna arma ni la ADN apuntaban a la identidad del perpetrador. “¿Qué justificó la acusación de este joven como asesino?”

El día 18, cada uno de nosotros tendría que llegar a una aproximación a la verdad.

La sala de deliberaciones apenas era lo suficientemente grande para la mesa larga y sus 12 sillas incómodas. El aire acondicionado era viejo e ineficiente. La temperatura era tan sofocante como lo había sido en la sala del tribunal.

Los jurados éramos diversos y teníamos poco en común. El presidente asignado era un gerente de oficina y se sentía cómodo en su papel de moderador. Sus habilidades de comunicación eran excelentes. Algunos de nosotros éramos reticentes y nunca expresamos una opinión en un sentido u otro. Otros eran más volubles. Una maestra permaneció en calma en todo momento; escuchando a los demás antes de expresar sus propios puntos de vista. Otro miembro del jurado, el número siete, se impacientaba por la duración del juicio; ella tenía un niño pequeño que cuidar en casa. Aparte de mí, habían otros dos jubilados, uno de los cuales era un abogado corporativo.

Desde los primeros días de la deliberación, no estábamos seguros de si el acusado había tomado parte alguna. En nuestro cuarto día, dije: “el principal testigo presencial no era creíble”. El jurado número cinco, aquella mujer joven quien había sido más inflexible sobre la culpabilidad del acusado, comenzó a vacilar. Aunque la mayoría de los miembros del jurado todavía lo consideraban inocente, cuatro no estaban convencidos. Cuanto más aceptaban los miembros del jurado sus propias limitaciones, más difícil se volvía formarse una opinión. La frase “justicia ciega” se tornaba más bien hiriente.

La mayoría discutió con los cuatro oponentes. Las tensiones subían con el termómetro. El calor del mediodía, la humedad y el ruido de la calle nos hacían cada vez más refractarios. Con las ventanas cerradas, encendimos el anémico aire acondicionado y temimos más que nunca no estar a la altura.

Nuestras variaciones nos ponían tensos. El jurado número cinco insistía categóricamente: “el testigo presencial principal no mentía”. Sin embargo, el momento crucial para todos fue cuando el miembro del jurado número siete se expresó, urgiéndonos con furia: “las únicas características visibles en las cámaras de seguridad pudieron haber sido las de cualquier otro miembro de las pandillas”. Lentamente, nos movimos hacia un terreno común. La decisión fue entonces unánime, inocente.

Después de que regresáramos a la sala del tribunal, el juez nos encuestó individualmente. Indeleblemente impreso en el rostro de nosotros estaba el de la madre del niño asesinado. Su dolor contrastaba fuertemente con las miradas desgarradoras de la familia del acusado. Me sentí insignificante, incluso inepto. “¿Habíamos hecho bien o mal en nuestro veredicto?”, me preguntaba.

El jurado se disolvió. Recogimos nuestras pertenencias y nos trasladamos a un ascensor en el extremo opuesto del palacio de justicia. Abajo, esperaba la familia del absuelto. Cuando nos acercamos, nos gritaban ensordecedoras gracias.

Nosotros (el jurado, los abogados y los testigos) servimos de actores en lo absurdo.

Fin

Editado por Billy Bussell Thompson

21 de julio de 2022