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Ricardo F. Morín
16 de Marzo de 2026
Oakland Park, Florida
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Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio. Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven. Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar: una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.” La descripción cede al etiquetado.
En « Lenguaje, juicio y libertad de conciencia: Sobre la arquitectura de una posición intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga. Ese vínculo no se sostiene por sí solo. Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad. Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla. Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir. En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.
Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo. La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas. Un vecino pasa a ser “uno de ellos.” Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”
Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza. Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar. El tirano parece suficiente. Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara. Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible: frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.
Es necesaria una distinción. Ver con claridad no es odiar. Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad. Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción. El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado. Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.
Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada. Cambian de nombre, pero comparten una regla: las personas definen quiénes son expulsando a otros. Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común. La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no. El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.
Lo que aparece en Trump no es nuevo. Es lo que ya no necesita ocultarse.
Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas. Se extiende. Algunos la repiten por convicción. Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse. El lenguaje cambia. Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar. El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar. Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta: “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”
Aparece entonces otra confusión. En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos. Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.
Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo. A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión. Hay algo de verdad en ello. Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad. Todos son vulnerables. No todos participan en el daño organizado. Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.
Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo. El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas. La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan. No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.
Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos. No pertenecen a bandos ni a consignas. Son quienes deben vivir con lo que otros deciden: la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.
La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano. El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.
En ese punto, el odio deja de parecer excepcional. Se vuelve un hábito. Se repite en el habla cotidiana: “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.” Aparece en el lenguaje del orden y la protección: “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo: miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.
Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre. Lo disponen. Hacen que la exclusión parezca razonable. Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.
Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa. Se vuelve esperada, repetida, rutinaria. La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición: a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.
Así es como el odio continúa: no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.
La pregunta permanece.
¿Quién alimenta el odio?
