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¿Quién alimenta el odio?

April 15, 2026

Ricardo F. Morin
Escena treinta y seis
Óleo sobre lino y tabla
12″ x 15″ x 1/2″
2012

Las sociedades rara vez reconocen cuándo el lenguaje empieza a preparar las condiciones del odio.  Mucho antes de que aparezca la violencia, la forma de hablar ya ha alterado lo que las personas ven.  Un grupo deja de describirse por lo que hace y pasa a fijarse por lo que se le hace representar:  una “amenaza,” una “invasión,” una “corrupción.”  La descripción cede al etiquetado.

En « Lenguaje,  juicio  y  libertad  de  conciencia: Sobre  la  arquitectura  de  una  posición  intelectual » examiné cómo la libertad de conciencia depende de un vínculo constante entre lo que se percibe, lo que se dice y cómo se juzga.  Ese vínculo no se sostiene por sí solo.  Ver no asegura nombrar con precisión, y nombrar no asegura juzgar con claridad.  Cuando ese vínculo se rompe, el lenguaje deja de seguir a la experiencia y pasa a dirigirla.  Las palabras ya no vienen después de lo que ocurre; fijan de antemano lo que se debe ver, pensar o concluir.  En ese desplazamiento, la capacidad de juzgar por cuenta propia comienza a debilitarse, mucho antes de que se eludan los tribunales o se dejen de lado los derechos.

Cuando la percepción queda moldeada de antemano, el juicio deja de operar por sí mismo.  La hostilidad deja de aparecer como una ruptura y se presenta como una conclusión contenida en la forma en que se dicen las cosas.  Un vecino pasa a ser “uno de ellos.”  Un desacuerdo pasa a ser “un ataque.”

Las sociedades hablan con facilidad del odio, pero rara vez se preguntan dónde empieza.  Cuando la violencia se hace visible, el impulso es encontrar a alguien a quien culpar.  El tirano parece suficiente.  Sin embargo, esa explicación tranquiliza más de lo que aclara.  Encierra la responsabilidad en individuos y deja intacto lo que la hizo posible:  frases repetidas, etiquetas aceptadas, palabras que ya no se cuestionan.

Es necesaria una distinción.  Ver con claridad no es odiar.  Nombrar la brutalidad no es resentimiento, sino claridad.  Decir “este acto destruye una vida” sigue siendo una descripción.  El odio comienza cuando la persona queda reducida a algo que debe ser eliminado.  Quien habla de ese modo adopta el mismo lenguaje que afirma rechazar.

Las ideologías que organizan la hostilidad no surgen de forma aislada.  Cambian de nombre, pero comparten una regla:  las personas definen quiénes son expulsando a otros.  Donde esa regla se impone, la dignidad humana deja de funcionar como medida común.  La vida pública se divide entre quienes pertenecen y quienes no.  El nazismo en Europa, el chavismo en Venezuela, el movimiento MAGA en Estados Unidos y diversas formas de teocracia muestran cómo poblaciones enteras pasan a hablar de otros como enemigos y a tratar esa división como necesaria para el orden o la pureza.

Lo que aparece en Trump no es nuevo.  Es lo que ya no necesita ocultarse.

Una vez que esta forma de hablar se afianza, deja de estar contenida en líderes o doctrinas.  Se extiende.  Algunos la repiten por convicción.  Otros la repiten para evitar problemas, para encajar o para protegerse.  El lenguaje cambia.  Las palabras dejan de señalar a personas y pasan a asignarles un lugar.  El adversario se convierte en una amenaza; la amenaza en alguien a quien despreciar.  Una persona deja de ser llamada por su nombre y pasa a ser designada por una etiqueta:  “ilegal,” “traidor,” “infiel,” “enemigo.”

Aparece entonces otra confusión.  En nombre de la comprensión, algunos describen a quienes defienden esas ideas como incomprendidos o heridos.  Esta postura aparenta equilibrio, pero desplaza la atención hacia quienes ejercen poder y la aleja de quienes viven bajo él.

Esta confusión se apoya en un hábito de pensamiento más profundo.  A menudo se explica la violencia señalando heridas personales o situaciones de exclusión.  Hay algo de verdad en ello.  Pero cuando se aplica sin límite, disuelve la responsabilidad.  Todos son vulnerables.  No todos participan en el daño organizado.  Eso exige decisiones, palabras repetidas y personas dispuestas a actuar.

Aquí aparece la diferencia entre ética y moralismo.  El moralismo clasifica a las personas en buenas y malas.  La ética examina qué permite que ciertas acciones ocurran y se extiendan.  No convierte al adversario en un monstruo, pero tampoco excusa lo que se hace.

Quienes sufren las consecuencias rara vez aparecen en estos argumentos.  No pertenecen a bandos ni a consignas.  Son quienes deben vivir con lo que otros deciden:  la familia obligada a desplazarse, el trabajador excluido, la persona que aprende a guardar silencio.

La pregunta, entonces, no puede responderse señalando a un tirano.  El odio se alimenta cuando se acepta el deterioro del lenguaje, se normaliza la humillación y se permite que el juicio sea sustituido por explicaciones ya hechas.

En ese punto, el odio deja de parecer excepcional.  Se vuelve un hábito.  Se repite en el habla cotidiana:  “así funcionan las cosas,” “todo el mundo lo hace,” “no tenemos otra opción,” “nos obligaron,” “es por la nación.”  Aparece en el lenguaje del orden y la protección:  “para restablecer el orden,” “por su seguridad,” y en la activación constante del miedo:  miedo a perder lugar, miedo a la diferencia, miedo a quienes se perciben como ajenos, incluso en sociedades formadas por múltiples orígenes.

Estas expresiones no se limitan a describir lo que ocurre.  Lo disponen.  Hacen que la exclusión parezca razonable.  Lo que antes requería justificación pasa a recibirse como sentido común.

Cuando esta forma de hablar se instala, la hostilidad deja de requerir defensa.  Se vuelve esperada, repetida, rutinaria.  La responsabilidad no desaparece mediante la negación; se diluye por repetición:  a través de explicaciones que excusan y de temores que nadie examina.

Así es como el odio continúa:  no solo por quienes lo proclaman, sino por quienes lo repiten, lo aceptan o lo dejan pasar sin objeción.

La pregunta permanece.

¿Quién alimenta el odio?

*

Ricardo F. Morín, 16 de Marzo de 2026, Oakland Park, Florida.


« La mímesis emocional »

April 15, 2026

*

Ricardo Morín
Infinity One: La mímesis emocional
152 x 94 cm
Óleo sobre lienzo
2005

La vida pública hoy está menos determinada por ideas que por señales emocionales.  Las personas no responden al contenido de los argumentos, sino al registro en el que se presentan.  El tono se vuelve sustancia; el afecto, autoridad.  La sustitución de señales emocionales por argumentación no es accidental.  Responde a una gramática cultural en la que los individuos aprenden a reconocerse no mediante el razonamiento, sino a través de la semejanza emocional.  La voz más resonante no es la más coherente, sino la que reproduce el estado emocional de la multitud.  A este fenómeno lo llamo la gramática de la mímesis emocional.  

La prensa desempeña un papel central en el refuerzo de esta gramática.  Los medios contemporáneos no operan como un espacio para el trabajo lento del pensamiento; operan como un mercado de sentimientos.  Los editores seleccionan, encuadran y difunden relatos según su tracción emocional, más que por su claridad intelectual.  Una confesión de angustia se toma como comprensión.  Una manifestación de sufrimiento, como verdad.  La principal moneda de los medios es la resonancia, medida no por su exactitud, sino por la intensidad de la emoción que suscita.  Esto responde a los incentivos de una economía de la atención.  

Autores reconocidos o figuras públicas reciben con frecuencia plataformas amplias para exponer agravios personales carentes de fundamento conceptual.  Afirmaciones como «no hay cierre para el sufrimiento inocente si el universo no responsabiliza a alguien» se presentan como reflexiones morales valientes.  Sin embargo, la premisa se desmorona al primer contacto:  el sufrimiento no se distribuye según el mérito, y la naturaleza no adjudica inocencia.  Aun así, estas narrativas conservan su fuerza porque el mercado premia la vulnerabilidad, no el razonamiento.  

Este patrón de selección y recompensa guarda paralelo con la lógica emocional del populismo.  Los seguidores de figuras políticas no se identifican con sus líderes porque compartan circunstancias materiales o intereses programáticos, sino porque se reconocen en la postura emocional que el líder encarna.  Esto se hace evidente en el movimiento en torno a Donald Trump.  Sus seguidores no imitan sus ideas; imitan su volatilidad emocional, su sentido de agravio y su desafío teatral.  Él se convierte en una superficie de proyección de la vida emocional de la multitud y, a su vez, reproduce su turbulencia.  Es una mímesis en ambas direcciones.  

La convergencia entre las dinámicas mediáticas y las dinámicas populistas no es accidental.  Ambas se sostienen en la misma gramática:  la resonancia emocional como sustituto de la coherencia.  El atractivo de Trump depende de esta correspondencia entre expresión emocional y respuesta pública.  La prensa amplifica su volatilidad porque genera espectáculo; el público interpreta el espectáculo como autenticidad, y la autenticidad se confunde con la verdad.  Lo que aparece como más auténtico es, con frecuencia, lo menos fiable como guía de la verdad.  Este ciclo se mantiene incluso cuando el contenido carece de coherencia.  De hecho, la incoherencia refuerza el vínculo, porque sugiere una liberación de las exigencias del pensamiento disciplinado—exigencias que muchos perciben como elitistas u opresivas.  

Esta gramática no opera únicamente en la política.  Configura la vida cultural en un sentido más amplio.  La producción cultural privilegia cada vez más la exposición emocional frente a la expresión disciplinada.  Las obras se evalúan por su capacidad de suscitar una reacción inmediata, no por la claridad con la que iluminan la experiencia.  El resultado es una contracción de la imaginación pública:  el matiz se vuelve difícil de sostener y la reflexión es desplazada por formas abreviadas de expresión emotiva.  Este entorno favorece a quienes narran sus emociones con intensidad, independientemente de la solidez de sus interpretaciones.  

Las consecuencias para la vida cívica son considerables.  Cuando la mímesis emocional se convierte en el modo dominante de participación, el desacuerdo deja de ser navegable.  Las personas ya no se enfrentan a diferencias de juicio, sino a diferencias de identidad emocional.  Criticar un argumento pasa a ser un ataque a la legitimidad emocional de quien lo expresa.  La conversación pública se transforma en una competencia de agravios, no en un intercambio de ideas.  El resultado es un espacio social frágil en el que la frecuencia emocional más intensa impone los términos del debate.  

Este desplazamiento también borra la distinción entre testigo y participante.  Al buscar relatos cargados de emoción, la prensa se convierte en parte de las mismas dinámicas que describe.  Refuerza los guiones emocionales que las personas ya habitan.  Privilegia la agitación personal como señal de profundidad moral.  Trata el espectáculo como si fuera sustancia.  Al hacerlo, entrena al público para interiorizar la expresión emocional como forma primaria de comunicación.  Los medios no se limitan a reflejar la mímesis emocional; la convierten en hábito.  

La gramática emocional contemporánea difiere en escala y en funcionamiento.  La selección, la repetición y la amplificación operan ahora de forma continua, reduciendo la complejidad de la experiencia a un conjunto limitado de señales—agravio, resentimiento y confesión.  A medida que estas señales circulan, la atención queda capturada por la intensidad, en lugar de orientarse por la coherencia.  No se trata de un colapso moral, sino de un fallo en la forma en que la atención se dirige y se sostiene en la vida pública.  

El desafío no consiste en suprimir la emoción, sino en restablecer la proporción.  La vida emocional es esencial a la experiencia humana, pero no puede constituir una gramática universal para el razonamiento público.  Una cultura que se comunica principalmente a través de la mímesis emocional pierde la capacidad de distinguir entre percepción y proyección.  Se vuelve reactiva, no reflexiva.  Para recuperar la claridad, es necesario volver a separar la vivacidad de la emoción de la validez del pensamiento.  Solo entonces la vida pública recuperará la profundidad que ha intercambiado por resonancia.

*

Ricardo Morin, Noviembre, 2025, Oakland Park, Florida.


« Autoridad fabricada »

January 21, 2026
Ricardo F. Morín
La irracionalidad, la propaganda y el tribalismo
CGI
2026

1. Una afirmación política entra ordinariamente en la vida pública a través de instituciones.  Una ley se debate, se promulga, se interpreta, se impugna.  Un discurso se pronuncia desde un cargo conocido, ante un público definido, sujeto a réplica y registro.  La autoridad, en estos casos, surge de la responsabilidad y de la restricción.  

 

2. El texto aquí examinado no satisface ninguna de estas condiciones.  

 

3. El texto atribuye a una transmisión anónima el poder de alterar el estatus jurídico.  El texto presenta a un orador no como un ciudadano que habla, sino como una conciencia que dicta.  El texto declara efectos que ningún estatuto, ninguna orden ejecutiva y ningún tribunal poseen autoridad para producir.  El texto anuncia asentimiento nacional en ausencia de cualquier foro capaz de conceder asentimiento.  

 

4. No aparece promulgación alguna.  No ocurre interpretación alguna.  No es posible revisión alguna.  

 

5. Nada en esta secuencia se argumenta.  Nada en esta secuencia se demuestra.  Nada en esta secuencia es susceptible de verificación.  

 

6. La autoridad no se deriva de cargo, de ley ni de responsabilidad.  La autoridad se asigna por disposición narrativa.  

 

7. El orador recibe legitimidad moral por reconocimiento únicamente.  La ley es desplazada por el espectáculo.  El público es situado como testigo de un veredicto que precede a la deliberación.  El silencio es tratado como confirmación.  La inmovilidad es tratada como consentimiento.  

 

8. Lo que aparece como denuncia funciona como sustitución.  

 

9. El lugar de las instituciones es ocupado por una voz.  El lugar del argumento es ocupado por la proclamación.  El lugar del juicio es ocupado por la reacción.  

 

10. El resultado no es persuasión.  El resultado es conversión.  

 

11. Los ciudadanos no son interpelados como agentes capaces de impugnar afirmaciones.  Los ciudadanos son interpelados como espectadores invitados a recibir una escena moral cuyo significado ha sido fijado de antemano.  

 

12. Cuando un testimonio inventado es recibido como registro político, el límite entre acontecimiento y deseo desaparece.  Cuando el espectáculo es tratado como veredicto, la corrección pierde autoridad.  Cuando la conciencia es producida como actuación, ninguna institución permanece capaz de restringir a la conciencia.  

 

13. Esto no es desinformación en el sentido ordinario.  

 

14. Este fenómeno es la sustitución del juicio por autoridad fabricada.  

 

15. La autoridad se adhiere ordinariamente a un cargo antes de adherirse a una voz, porque el cargo proporciona los límites bajo los cuales el discurso puede reclamar consecuencia.  Existe un tribunal, por eso habla un juez.  Existe una cámara, por eso habla un legislador.  Existe una administración, por eso habla un ejecutivo.  En cada caso la legitimidad precede a la enunciación, y el público puede localizar la responsabilidad localizando el foro en el que se formula la afirmación.  

 

16. El texto aquí examinado invierte ese orden.  El texto presenta una voz cuya legitimidad no se funda en ningún cargo que pueda nombrarse, en ninguna jurisdicción que pueda definirse ni en ningún foro que pueda reconocerse.  No se declara delegación alguna.  No es visible mandato alguno.  No se asume responsabilidad alguna.  Sin embargo, la voz habla como si estuviera habilitada para dictar sobre materias cuya fuerza depende, en la vida cívica ordinaria, de promulgación, interpretación y revisión.  

 

17. Esta inversión importa porque el cargo establece el ámbito bajo el cual una afirmación puede operar, la jurisdicción fija el alcance de los efectos, y el procedimiento somete tanto el ámbito como el alcance a impugnación y registro.  Una afirmación que surge bajo estas restricciones puede ser impugnada porque la legitimidad puede ser impugnada.  La afirmación aquí no surge bajo restricción;  la afirmación surge por recepción.  La legitimidad depende del reconocimiento en lugar de la jurisdicción, y el reconocimiento no es una categoría cívica que admita examen.  

 

18. Puede disputarse un mandato.  Puede negarse la jurisdicción de un tribunal.  Puede invocarse el procedimiento y exigir réplica.  El reconocimiento no ofrece instrumento equivalente.  El reconocimiento confiere autoridad sin especificar alcance, y el reconocimiento permite que una voz se presente como conciencia sin aceptar las obligaciones que hacen a la conciencia responsable en la vida pública.  

 

19. El efecto no es meramente que una voz hable fuera de cargo.  El efecto es que el papel del cargo es reemplazado.  En un sistema en el que la legitimidad precede al discurso, el discurso puede limitarse porque el foro puede limitarse.  En un sistema en el que la legitimidad sigue al discurso, el discurso se expande hasta que algo externo impone un límite.  

 

20. El texto no se apoya en límite alguno de esa naturaleza.  El texto presenta la legitimidad moral como completa en el momento de la enunciación, y el texto trata la recepción como confirmación.  El público es situado menos como un público capaz de impugnar que como un testigo de una proclamación cuya autoridad se presume en lugar de ganarse.  

 

21. En tal disposición la pretensión de hablar conlleva consecuencia sin jurisdicción, y la autoridad aparece allí donde ninguna institución puede ser identificada como fuente de autoridad.  

 

22. La autoridad que no surge de cargo no puede apoyarse en procedimiento.  El procedimiento requiere foro.  El foro requiere jurisdicción.  La jurisdicción requiere mandato.  Ninguno está presente aquí.  

 

23. La afirmación por tanto no procede por secuencia.  La afirmación procede sin premisas, sin fundamentos y sin anticipación de réplica.  La enunciación no argumenta.  La enunciación proclama.  

 

24. Lo que ordinariamente requeriría promulgación es declarado completo.  Lo que ordinariamente requeriría interpretación es declarado resuelto.  Lo que ordinariamente requeriría revisión es presentado como definitivo.  El veredicto precede al foro.  

 

25. Esta inversión altera la función misma del discurso.  El discurso ya no busca asentimiento mediante razonamiento.  El discurso produce asentimiento por declaración.  El juicio ya no sigue a la deliberación.  El juicio se instala antes de que la deliberación pueda ocurrir.  

 

26. Una vez que la proclamación es recibida como veredicto, la prueba se vuelve irrelevante.  

 

27. Una vez que el argumento es retirado de la secuencia, el asentimiento ya no surge del juicio.  El asentimiento surge del reconocimiento.  La afirmación no pide ser examinada.  La afirmación pide ser recibida.  La fuerza de la afirmación depende menos de lo que la afirmación establece que de a quién la afirmación se dirige.  

 

28. El público no es invitado a considerar si el veredicto se sigue de la ley ni si la autoridad invocada posee legitimidad para dictar.  El público es invitado a reconocerse en el veredicto.  

 

29. Este desplazamiento altera la función del acuerdo.  En ámbitos deliberativos, el asentimiento sigue a la impugnación.  Uno acepta una conclusión porque ha sopesado una afirmación frente a alternativas.  Aquí, el asentimiento precede a cualquier ponderación.  El veredicto llega ya formado, y la recepción suministra confirmación.  

 

30. El acuerdo ya no señala convicción, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición.  

 

31. El reconocimiento, en esta disposición, realiza el trabajo que antes realizaba el argumento.  Aceptar la afirmación es afirmar pertenencia a una posición moral ya definida.  El veredicto no obliga porque el veredicto sea correcto.  El veredicto obliga porque el veredicto identifica.  

 

32. Quienes reciben el veredicto no lo hacen como jueces de coherencia, sino como participantes en la postura que el veredicto confiere.  La afirmación triunfa no persuadiendo a adversarios, sino consolidando a quienes ya están dispuestos a aceptarla.  

 

33. Esta función explica la ausencia de procedimiento.  La deliberación introduciría fractura.  La impugnación introduciría diferenciación.  La revisión expondría divergencia.  Ninguna sirve al propósito en curso.  

 

34. La afirmación por tanto elude toda etapa en la que pudiera aparecer el desacuerdo.  La afirmación ofrece en su lugar un juicio ya concluido cuyo efecto principal es ordenar reconocimiento y rechazo.  

 

35. El resultado no es creencia en el sentido ordinario, sino afiliación, una postura definida menos por convicción que por posición.  Asentir es adoptar una posición dentro de una alineación moral cuyos límites son trazados por la recepción misma.  Quienes aceptan son confirmados.  Quienes dudan son marcados.  

 

36. La autoridad, en esta forma, no gobierna por medio de la ley.  La autoridad gobierna por identificación.  

 

37. Una vez que la legitimidad es conferida por recepción, los límites restantes no pueden sostenerse.  

 

38. Una vez que la autoridad es producida de esta manera, la sustitución se vuelve inevitable.  En esta disposición el cargo cede ante la presencia, la jurisdicción cede ante el reconocimiento, el procedimiento cede ante la proclamación, y el juicio cede ante la reacción, hasta que ningún límite permanece capaz de detener la expansión que sigue.  

 

39. Cada sustitución elimina un límite.  Cada sustitución amplía el alcance.  Cada sustitución disuelve responsabilidad.  

 

40. Lo que permanece es una forma de autoridad que no puede ser impugnada porque no permanece foro alguno en el que pueda ocurrir impugnación.  

 

41. La consecuencia para la ciudadanía sigue directamente.  Un ciudadano participa ordinariamente en el juicio sopesando afirmaciones, impugnando legitimidad e invocando procedimiento.  Aquí, ese papel desaparece.  El ciudadano ya no es situado como participante en deliberación.  El ciudadano es situado como receptor de veredicto.  

 

42. La agencia cede ante la recepción, el juicio cede ante la alineación y la responsabilidad cede ante la lealtad, hasta que el desacuerdo mismo ya no puede aparecer como acto cívico.  

 

43. En esta postura el desacuerdo deja de ser un acto cívico.  El desacuerdo se vuelve una ruptura de afiliación.  La duda se vuelve deslealtad.  La corrección se vuelve defección.  

 

44. Una vez que el juicio es desplazado de este modo, la reparación se vuelve imposible.  La corrección presupone foro.  La revisión presupone jurisdicción.  La réplica presupone legitimidad.  Ninguna permanece disponible.  

 

45. Un veredicto que llega sin foro no puede ser devuelto a impugnación.  Una autoridad que surge sin cargo no puede ser sometida a revisión.  Una afirmación que gobierna mediante reconocimiento únicamente no puede ser corregida sin amenazar la pertenencia misma.  

 

46. La persistencia de la fabricación no sigue de confusión, sino de función.  La fabricación perdura porque la fabricación estabiliza alineación.  La fabricación circula porque la fabricación confirma posición.  La fabricación resiste corrección porque la corrección disolvería la postura que la fabricación sostiene.  

 

47. La autoridad, una vez separada de cargo y restricción, no desaparece.  La autoridad reaparece en forma alterada.  El veredicto se separa del foro.  La conciencia se separa de la responsabilidad.  El asentimiento se separa de la deliberación.  

 

48. Lo que permanece es una pretensión de gobernar sin jurisdicción.  

 

49. Esto no es la corrupción del juicio.  Esto es desplazamiento.  

 

50. El juicio ya no se ejerce.  El juicio se produce.