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« La imposibilidad del reconocimiento »

May 17, 2026

 


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Ricardo F. Morín
$erie del búfalo, n.º 4
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

Nota del autor:

Este texto continúa las condiciones examinadas en « La proporción del aburrimientoy » y « La imposibilidad de la convicción  ». 

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 Ricardo F. Morín

17 de abril al 14 de mayo de 2026

En tránsito.


Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí.  Las palabras se dicen,  el gesto se reconoce,  y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.

 Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera.  Modifica la conducta.  La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido,  sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.

 A veces,  lo que se recibe pasa casi inadvertido.  Se reconoce en el momento,  pero luego queda absorbido por la expectativa habitual.  Nada cambia.

 En otras ocasiones,  el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada,  como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.

 Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario.  Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita.  Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.

El resentimiento puede surgir del mismo movimiento.  El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido,  sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.

 El cambio no se anuncia de manera directa.  Las respuestas se acortan.  La calidez retrocede hacia la formalidad.  La atención se debilita sin desaparecer.  La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.

 Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido,  evitado o abandonado.

 Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso.  Sin embargo,  cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta,  las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.

 Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.

 Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe,  sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio,  hábito,  irritación o distancia.


« El clínico »

April 29, 2026

Ricardo F. Morín
Orfeo
4,47″ x 10,38″
2003

Escena uno:  el lunes por la mañana

¿Sería seguro ducharse entre las 7 y las 8 de la mañana?

Tomará su medicación matutina justo antes de la ducha.  

Afuera hay 43 grados Fahrenheit, que subirán a 64 cuando llegue a Penn Medicine en University City.

Considera pedir un Uber para las 11:45; su esposo dirá que es demasiado temprano.

Son las 7:05.  Oye a su esposo haciendo las camas en la habitación contigua.  Va a ducharse.

Su esposo le pregunta si estaría en condiciones de dar un paseo mañana, el día antes de partir.

Responde que decidirá según cómo se sienta.

Cada decisión ha requerido evaluación.

Dos evacuaciones.  Un patrón conocido, una sensación de evacuación incompleta.  Podría necesitar un antidiarreico.

No es diarrea.  Es un tránsito intestinal acelerado.

No supera los 2 mg a menos que se vuelva continuo.

Propulsión.  Acidez.  Hernia hiatal.  Microaspiraciones.  No ocurren por separado, sobre todo mientras se recupera de una infección respiratoria.

Son las 8:40.  Faltan tres horas para que llegue el Uber.

¿Ayudaría una compresa tibia?

Su esposo lo oye toser y le pregunta si quiere té.

La mascarilla N95 se utilizó recientemente en urgencias.  Las nuevas están en el equipaje de mano.  ¿Es necesario buscarlas?

Su esposo ayuda.  Llevará una mascarilla para el vuelo a Londres.  Resulta tranquilizador, incluso en clase ejecutiva.

¿Debería llevar un limpiador nasal en el crucero por las islas británicas?

Se cambia de zapatos.  El frío en los pies persiste.  Sin mejora apreciable.

Queda una hora y media antes de salir; mejor no ponerse zapatos.  Zapatillas de lana en su lugar.  El frío en los pies persiste.  Decidirá en el momento de salir:  los zuecos.

La temperatura interior es de 66 grados con el humidificador encendido.

Está abrigado, pero el aire se siente frío.

No sube la calefacción.

Apaga el humidificador, apoya los pies sobre un cojín y los cubre con una manta.

Escena dos:  lunes por la tarde

Cuando habló con la médica, ella le preguntó, en un tono cordial, con qué frecuencia visitaba a su familia en Venezuela.  Dijo que no asumía que ella desconociera Venezuela.  Durante más de tres décadas, no había sido seguro para él regresar.*

Ella afirmó que su resistencia era una muestra de hasta qué punto habían avanzado los tratamientos contra el VIH.  No respondió de inmediato.  Cuando lo hizo, no estaba del todo seguro de si la medicación o una disposición genética habían evitado infecciones oportunistas, aunque había desarrollado SIDA en fase avanzada.

Ella quería saber quién era él.  Al mismo tiempo, percibió en ella un grado de vulnerabilidad:  una viróloga joven y entusiasta, madre de un bebé de siete meses.

Le preguntó el nombre del niño.  Ella lo dijo.  Comentó que al niño le costaba caminar y que la intensidad de todo le resultaba abrumadora.

Cuando mencionó a su médica de enfermedades infecciosas antes de mudarse de Nueva York a Florida, señaló que tanto ella como su esposo eran VIH positivos.  Lo había atendido durante veinticinco años.  Su atención no era únicamente clínica.  También estaba marcada por una experiencia vivida, aunque nunca hizo de ella el centro de su cuidado.  Él tomó esa experiencia como una referencia a la que aspiraba.

La médica abrió los ojos.  Dijo que sabía que era su primer hijo y que aún quedaba mucho por delante; en ese momento resultaba abrumador.  Él dijo que con el tiempo recordaría esta etapa con afecto.  Ella completó su frase.

De lo que hablaba ya no era diagnóstico, ni análisis, ni lógica.  Era otra cosa.

Antes de despedirse, ella dijo que esperaba aprender de él.  Él respondió:  aprender el uno del otro.

La médica dirigió la consulta desde el momento en que expuso sus objetivos.  Dijo que quería mostrarse y esperaba que él hiciera lo mismo.  Era inusual.  Estaba centrada, contenida.  No había experimentado antes un grado de entendimiento así.  ¿Había sido su carta de presentación?  ¿La manera en que había organizado su historial clínico y su equipo de atención?

Después, su esposo le pregunta si es la persona adecuada.  Responde con vacilación.  Su entusiasmo se repetía.  El tiempo dirá.

Se pregunta si su esposo se ve reflejado en sus respuestas, y también por su propia percepción, si hay una intención detrás.

Poco después de regresar a casa, su esposo se acerca.  Quiere abrazarlo y besarlo, satisfecho con cómo salió todo.  Dice:  «lo logramos; ahora podemos viajar con todo en orden».  Vuelve segundos después para decirle que fue gracias a él, a su generosidad.

Escena tres:  lunes por la noche

Después de salir de la consulta con el especialista en enfermedades infecciosas en Penn Medicine, y antes de volver a casa pasada las 4 de la tarde, tuvo hambre.  Se detuvieron en la cafetería del hospital, donde tomó una sopa de pollo con fideos cargada de condimentos, más de lo que normalmente habría permitido.

La sopa estaba más salada de lo que prefería.

Al tomar la primera cucharada, la garganta y el esfínter esofágico se contrajeron, y se detuvo.

Recordó que debía tomar sorbos pequeños, espaciados por unos minutos.  Tras varios sorbos, alcanzó un nivel de confort que le permitió terminar la sopa.

Salieron al exterior y, junto a la entrada principal, pidió un Uber para volver a casa.  Llegó justo a tiempo para pensar en la siguiente comida después de la sopa.

Logró hacer dos comidas consecutivas sin acidez.

Había sido pesado en 126 libras.  Perdió entre seis y ocho libras desde que contrajo una infección viral.

A las 9:34 de la noche, veía una película sobre cuerpos que viven con discapacidades severas.

Sintió como si las costillas le presionaran el hígado.

Había estado lidiando con un hígado graso inducido por la medicación y con enzimas elevadas.

Comprendió que una insuficiencia hepática es posible, aunque había vivido durante años con VIH sin haber desarrollado una infección oportunista grave, incluso cuando sufrió el síndrome de desgaste hace treinta años y tenía apenas treinta y cuatro células T.

No puede explicar su buena fortuna, pero sabe que la tiene.

Ricardo F. Morín

29 de abril de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Retrato en video ambientado con una composición de tango de Piazzolla. Dibujo de técnica mixta realizado en Maya. Estudio figurativo en rojo y negro con campos rotatorios; cabello y llama se introducen de forma secuencial, inspirándose en un motivo clásico de descenso.

« La medida del yo »

March 28, 2026
Ascensión-2
CGI 2005

por Ricardo F. Morín

12 de marzo de 2026

Kissimmee, Florida

*

Los jóvenes crecen escuchando un lenguaje de promesa.  Directores escolares, maestros y oradores de graduación presentan el lenguaje cívico de la libertad, la igualdad de valor y la oportunidad en aulas, en asambleas escolares y en ceremonias de graduación. Los jóvenes entran en la vida esperando que la dignidad les pertenezca no por mérito sino por derecho.

El mundo en el que los adolescentes crecen muestra otra medida de valor.  Las universidades seleccionan solicitantes.  Los empleadores eligen candidatos.  Periódicos, medios televisivos y redes sociales presentan la distinción visible como referencia pública.  En este entorno el valor se vincula menos al hecho de estar vivo que a los resultados obtenidos:    calificaciones, admisión, ingresos, reconocimiento.  El lenguaje público afirma la igual dignidad y la oportunidad, mientras la vida cotidiana premia la distinción alcanzada.

Las consecuencias de esta tensión durante la adolescencia no pueden reducirse a una sola causa.  Sin embargo, las estadísticas sobre el suicidio adolescente ofrecen un punto de observación desde el cual examinar las presiones que afectan a la vida de los jóvenes.  En los Estados Unidos, el suicidio figura entre las principales causas de muerte entre los quince y los diecinueve años.  Cada año miles de adolescentes se quitan la vida.  Cifras semejantes aparecen en otros países cuyas leyes y discurso público afirman la libertad y la dignidad.  Estas cifras no revelan los pensamientos de ningún adolescente en particular, pero muestran que muchos jóvenes llegan a un punto en el que la vida deja de presentarse como una posibilidad abierta.

Cada suicidio tiene su propia historia.  Los padres buscan razones en la presión escolar, la humillación, la soledad o una desesperación que nadie reconoció a tiempo.  Los médicos recetan medicamentos.  Los consejeros ofrecen orientación.  Estos esfuerzos ayudan a algunos adolescentes y no alcanzan a otros.  El aumento continuo de estas muertes dirige la atención hacia el mundo en el que los adolescentes crecen.

Desde la infancia muchos estudiantes aprenden que el reconocimiento sigue al éxito visible.  Maestros y escuelas elogian las calificaciones más altas y celebran a los estudiantes más destacados.  Los jóvenes observan a compañeros recibir premios y cartas de admisión mientras otros no reciben ninguno.  En tales condiciones los adolescentes comienzan a medirse según el éxito de los demás.

El carácter adquisitivo y ostentoso de la vida contemporánea se vuelve visible en pantallas, medios de comunicación y redes sociales.  En ellos predominan el dominio y el estatus social.  Los jóvenes aprenden a presentarse como excepcionales antes de conocerse a sí mismos, y aprenden no solo a observar estas imágenes sino también a reproducirlas.  La cultura circundante celebra el logro mientras deja poco espacio para la vacilación o el fracaso, aunque ambos pertenecen al tránsito hacia la adultez.

El fracaso forma parte del aprendizaje, y el descubrimiento comienza con la incertidumbre.  Esa comprensión proviene de la observación repetida a través de la historia y del propio proceso de descubrimiento.  En ese proceso el error se deja atrás hasta dar con lo que resulta inteligible y comprensible.  Sin embargo, el entorno circundante continúa otorgando un honor visible al éxito.  Los jóvenes encuentran así dos mensajes al mismo tiempo: el estímulo para soportar el fracaso y una exhibición pública que celebra el logro.

En este entorno el trabajo de formar relaciones humanas se vuelve difícil.  Las amistades se rompen.  Las relaciones íntimas comienzan con incertidumbre.  La experiencia sexual rara vez coincide con las imágenes que circulan en público.  Estas dificultades forman parte del aprendizaje de la vida adulta.  Sin embargo, el contraste entre las imágenes públicas de plenitud y la experiencia más lenta de la vida real puede llevar a algunos adolescentes a juzgarse como fracasados.

El juicio sobre el propio valor no permanece externo.  Se convierte en vergüenza.  La vergüenza busca ocultarse.  Un adolescente que carga con esa vergüenza puede seguir apareciendo entre amigos, compañeros y familia mientras interiormente se distancia.  El reconocimiento promete confirmar el valor, pero despierta una necesidad de valía que no puede fundarse en el reconocimiento mismo.  Bajo esa vergüenza se encuentra otra ausencia: la ausencia de amor propio.  Sin alguna medida de estima por la propia existencia, el reconocimiento de los demás se convierte en la única fuente de valor, y el fracaso se transforma en un veredicto sobre el yo.

Las expectativas familiares pueden intensificar esta carga.  Los padres suelen transmitir esperanzas formadas por su propia experiencia.  Pueden creer que el éxito protegerá a sus hijos de las dificultades que ellos mismos encontraron.  Cuando los logros de los jóvenes parecen confirmar los sacrificios o aspiraciones de generaciones anteriores, la presión puede volverse más pesada que un simple deseo de bienestar.

La comunicación rodea a los jóvenes de imágenes y actividad.  Un adolescente puede encontrarse entre muchas señales y aun así enfrentar la angustia en soledad. Los encuentros sociales se convierten en ocasiones de exhibición más que en oportunidades para formar confianza con el tiempo.  El adolescente aparece presente en la vida social mientras lleva consigo una sensación de vacío.  Cuando el lenguaje de la dignidad ya no corresponde con la experiencia de la vida, las palabras públicas mismas comienzan a perder su significado.

La adolescencia no crea esta condición; la adolescencia la revela.  Muchos adultos viven bajo la misma presión de demostrar su valor mediante el éxito y el reconocimiento.  El trabajo, la familia y la rutina permiten que la vida continúe, pero el sentimiento de insuficiencia no siempre desaparece.  Algunos lo llevan durante décadas.  Los adolescentes encuentran la condición antes de que esos apoyos se establezcan.  Algunos la enfrentan antes de poseer la fuerza necesaria para soportarla.

Esta condición no pertenece solo al presente.  Registros de siglos anteriores describen la misma desesperación, la misma vergüenza y el mismo acto de autodestrucción entre los jóvenes.  Las formas que rodean la vida han cambiado a lo largo del tiempo.  La autoridad religiosa imponía antes sus juicios.  El honor familiar y el estatus heredado colocaban otras cargas sobre los jóvenes.  La vulnerabilidad humana ha permanecido constante aun cuando el entorno ha cambiado.

La cuestión no reside por lo tanto en si la desesperación entre los jóvenes es nueva.  La cuestión reside en cómo las condiciones del presente moldean esa vulnerabilidad dentro de una sociedad que habla con frecuencia de dignidad y oportunidad y aun así produce circunstancias en las que algunos jóvenes llegan a creer que la vida no les ofrece lugar.

Una sociedad puede crear condiciones que intensifican la desesperación, la vergüenza y la presión.  Esas condiciones merecen examen y crítica.  Sin embargo, el acto de quitarse la vida no puede atribuirse a otros del mismo modo en que esas condiciones pueden examinarse colectivamente.

Con el tiempo muchas personas llegan a reconocer una distinción difícil:  sentir profundamente el dolor de otra persona no es lo mismo que ser responsable de su elección.  Se puede llevar empatía, duelo e incluso una persistente sensación de vínculo con ese sufrimiento sin haber sido el agente del acto mismo.

Cuando estas muertes se acumulan de este modo, los observadores recurren a un lenguaje especializado en busca de explicación.  Los términos académicos intentan describir el problema mediante categorías y teorías.  Ese lenguaje puede organizar la discusión, pero las palabras mismas no eliminan el hecho de que miles de adolescentes se quitan la vida cada año.  Las cifras permanecen visibles sin la ayuda de vocabulario técnico.


« Admitir y negar la alteridad en la vida religiosa y democrática »

March 1, 2026
Ricardo F. Morín
Infinito 32
33 x 39 cm
Óleo sobre lino
2009

Ricardo F. Morín

16 de febrero de 2026

Oakland Park, Fl

La creencia religiosa y la vida democrática suelen encontrarse dentro de sociedades diversas en las que las tradiciones, los rituales y las identidades visibles difieren, aun cuando las personas comparten preocupaciones éticas más profundas.  Las personas recurren a la religión en busca de sentido y conciencia, mientras que la vida democrática les pide convivir con otros cuyas prácticas y expresiones pueden variar.  La tensión se hace visible cuando las distinciones superficiales influyen más en la percepción que aquello que se comparte en términos éticos, y cuando alguien comienza a reclamar autoridad sobre el espacio común de los demás.

La pluralidad constituye una condición constante de la vida democrática.  Las personas hablan, escuchan y responden en reuniones públicas, espacios cívicos, intercambios digitales y encuentros cotidianos donde se cruzan límites y libertad de expresión.  Las formas de expresión que invitan a responder, permiten el desacuerdo o abren espacio para reconsiderar posiciones pueden sostener la convivencia, mientras que aquellas formuladas como acusación, exclusión o certeza moral definitiva tienden a estrecharla.  La vida política cambia según ventajas momentáneas y circunstancias inmediatas, mientras que la conciencia religiosa suele orientar a las personas hacia criterios que no se modifican con cada nuevo conflicto.  Los individuos se desplazan entre estas dos exigencias y rara vez resuelven plenamente la tensión que las une.  El juicio religioso y el juicio político pueden alinearse y permanecer abiertos al desacuerdo, aun cuando las personas recurran a marcos morales que dan forma a su conducta y a sus tradiciones.

La expresión religiosa aparece con frecuencia en la vida pública mediante apelaciones a la equidad, la responsabilidad y la dignidad de las personas.  Tales expresiones influyen en la manera en que se formulan las reivindicaciones sin exigir coincidencia doctrinal ni lingüística.  Cuando el lenguaje religioso participa en la conversación pública como parte de un vocabulario ético compartido, puede ampliar el reconocimiento sin exigir uniformidad de creencias.  Las personas pueden no coincidir en sus convicciones, pero suelen reconocer similitudes en el uso de un lenguaje moral común.  En ocasiones, las comunidades religiosas reconocen similitudes éticas que atraviesan distintas tradiciones y permiten que la pluralidad siga siendo practicable dentro de ese reconocimiento.  Cuando las presiones partidistas reformulan la diferencia como amenaza, elementos como credo, raza o cultura se convierten en líneas divisorias, y la percepción de cualquier terreno compartido se desvanece.

La dificultad surge cuando la identidad religiosa se vuelve inseparable de la identidad partidista y cuando el lenguaje público adopta la forma de acusación en lugar de examen mutuo de las ideas.  En tales circunstancias, la libertad de expresión se interpreta con mayor frecuencia como rechazo personal más que como diferencia cívica.  Los participantes comienzan a tratar la expresión como una ofensa individual en vez de comprenderla como parte del intercambio ordinario de la vida pública.

Otra condición aparece cuando los ciudadanos continúan reconociéndose como participantes legítimos pese a diferencias que permanecen sin resolver.  La convicción religiosa configura la conciencia, mientras que la vida democrática mantiene un espacio donde pueden coexistir reivindicaciones en competencia sin recurrir a la coerción.  Las personas se mueven entre estas esferas, a veces con comodidad y otras con tensión, ajustando límites, ampliando o restringiendo la participación y renegociando la convivencia con el paso del tiempo.

Las personas continúan transitando entre la convicción religiosa y la participación democrática sin resolver definitivamente la tensión que existe entre ambas.  Algunas trazan límites más firmes, otras amplían el espacio para la coexistencia y muchas alternan entre ambas posiciones con el tiempo.  La tensión permanece visible no como un problema que deba resolverse, sino como parte de la forma en que las personas se comprenden a sí mismas, reclaman autoridad y viven con responsabilidad junto a otros dentro de un mundo cívico compartido.