Ricardo F. Morín Infinity3 30″ x 22″ Sanguina sobre papel 2005
Cabe distinguir dos formas por su construcción: una curva abierta, continua a lo largo de su recorrido y susceptible de prolongarse sin cerrarse, y una cinta de Möbius, formada al unir los extremos de una banda con una torsión de media vuelta. La curva admite prolongación sin retorno; la cinta mantiene una sola cara continua al volver sobre sí misma. Ambas son continuas. Lo que difiere es cómo se sostiene la continuidad.
La curva abierta admite el recorrido sin exigir que concluya. Se sostiene en cada punto sin depender de un retorno. La cinta, acogida como forma que retorna sobre sí misma, presenta su recorrido como ya completo. Su coherencia se aprehende en la relación que la vincula consigo misma.
Se puede seguir la curva sin preguntar dónde termina. Un trayecto por el interior de la cinta puede recorrerse indefinidamente sin alcanzar su único borde. La extensión finita de la cinta no impone una última vuelta. En ambos casos basta la continuidad.
La diferencia se manifiesta cuando la atención pasa de lo dado a cómo se sostiene. En la curva, la continuidad se realiza al seguir su recorrido. El trayecto se sostiene solo mientras no haya interrupción. La cinta, acogida como un todo, parece contener esa continuidad sin exigir que se siga su recorrido.
El retorno de la cinta puede así sustentar la invocación del infinito. Se acoge un recorrido inagotable como algo ya dado en una forma finita. La continuidad que sostiene esa apariencia permanece implícita. La curva abierta no ofrece esa misma garantía de un recorrido ya completo. Su prolongación exige que se la siga, y su coherencia depende de que la relación no se interrumpa a lo largo del recorrido.
Mientras la cinta se acoja como algo dado, la distinción se mantiene. El infinito aparece como ya presente, y la continuidad queda absorbida en esa apariencia. En la curva, en cambio, la continuidad opera sin ser nombrada.
El cambio comienza cuando lo dado ya no puede sostenerse por sí solo. La apariencia de totalidad de la cinta deja de bastar. Lo que aparecía como un campo sin término requiere ahora que se siga la relación que lo sustenta.
La curva siempre dependió de la continuidad, aunque no la nombrara. Seguir el recorrido de la cinta revela la misma dependencia. Lo que aparecía como infinito pierde su primacía. Esa apariencia depende de la continuidad que había permanecido implícita.
La curva permanece abierta, y la cinta conserva su retorno. La continuidad no se circunscribe a la prolongación ni al retorno. Es lo que permite que ambas se sostengan.
La apariencia de infinitud depende de la continuidad, pero la continuidad no requiere esa apariencia. Se mantiene allí donde la relación no se interrumpe, incluso en un recorrido finito.
Al acoger, se admite lo que se presenta sin exigir de antemano que se explique qué lo sustenta. Al seguirlo, se recorren las relaciones que lo sustentan y se examina si su coherencia se mantiene. Cada modalidad exige una disciplina propia. Ninguna excluye a la otra.
Las dos modalidades siguen siendo distintas, aunque no están separadas. La continuidad que sustenta la apariencia en una se examina en la otra. El fundamento que comparten no hace intercambiables sus exigencias.
En la modalidad invocativa, la virtud reside en acoger sin imponer un cierre, en no forzar lo que aparece con una explicación prematura. La tarea no consiste en verificar, sino en acoger sin distorsión.
En la modalidad diagnóstica, la virtud reside en sostener la relación sin dar por supuesta la coherencia. Es preciso seguir lo que aparece, no para reducirlo, sino para impedir que se sostenga sin aquello que lo sustenta. Aquí la tarea no se limita a permanecer receptivo; exige mantener la relación.
Ninguna modalidad prescinde de la relación que sustenta lo que aparece. En la acogida, esa relación puede permanecer implícita. En el seguimiento, ha de mantenerse sin sustituir lo dado por un orden impuesto.
Ninguna modalidad se disuelve en la otra. La receptividad no establece la coherencia, y el seguimiento no impide por sí solo la distorsión. El paso de una a otra exige atender a lo que cada una preserva y a lo que puede alterar.
La virtud no pertenece a una sola modalidad. Se manifiesta allí donde se mantiene sin exceso la condición propia de cada una. En una, al no forzar un cierre. En la otra, al no permitir que lo que aparece se sostenga sin relación.
Lo que difiere no es lo dado, sino cómo se sostiene.
Ricardo F. Morin, 6 de octubre de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania
Ricardo F. Morín Plantillas II 101 cm de alto x 76 cm de ancho Acuarela sobre papel 2003
Ricardo F. Morín
31 de enero de 2026
Oakland Park, FL
Las personas llegan a saber quiénes son con el tiempo, y no de una sola vez. Una persona se reconoce a sí misma a través de acciones anteriores, decisiones recordadas, y compromisos pasados, aun cuando las condiciones bajo las cuales ocurrieron esos momentos ya no sean las mismas. Lo que se siente como continuidad no se encuentra de manera directa, sino que se recompone mediante la memoria y la interpretación a medida que cambian las circunstancias. Por ello, la incertidumbre se introduce en todo esfuerzo por mantener un sentido estable del yo, no por confusión ni engaño, sino por el simple paso del tiempo.
La relación de una persona consigo misma, por lo tanto, nunca queda fijada en su origen. Está mediada por la memoria, la revisión, y la reevaluación a medida que la vida se despliega. Lo que alguna vez tuvo sentido como respuesta a un momento particular debe ser comprendido nuevamente bajo condiciones distintas. La identidad no permanece asegurada solo por la intención, porque la continuidad solo puede reconstruirse a posteriori y no conservarse intacta.
Una vez que la identidad debe reconstruirse en lugar de darse por sentada, comienzan a ejercerse presiones de coherencia. Las acciones, declaraciones, y compromisos pasados se tratan como parámetros con los cuales se mide al yo presente, aun cuando las circunstancias que los produjeron ya no existan. Se exige continuidad donde solo es posible la relación. Aquello que funcionó como respuesta a una situación específica es llamado a servir como prueba de un yo perdurable.
Dado que las personas se encuentran con la identidad a través de la memoria y la interpretación y no por acceso directo, la identidad queda sujeta a exigencias de legibilidad. Otros se apoyan en patrones familiares de lenguaje, conducta, y compromiso para orientar sus expectativas. Cuando esos patrones persisten, se asume continuidad. Cuando se desplazan, surge la incertidumbre. Lo que no puede reconocerse con facilidad suele tratarse como ausencia y no como transformación.
Bajo estas condiciones, el ajuste suele leerse erróneamente como transgresión. Los cambios realizados en respuesta a circunstancias alteradas se interpretan como desviaciones de un núcleo supuesto, y no como recalibraciones necesarias. Las expresiones previas del yo se tratan como compromisos vinculantes incluso cuando las condiciones que las produjeron han cambiado. Lo que internamente se vive como adaptación es recibido externamente como traición, no porque se haya quebrantado la confianza, sino porque la expectativa de fijeza ha permanecido intacta.
Una vez completada la reconstrucción, la identidad no ofrece un origen fijo. Ofrece únicamente una coherencia que debe sostenerse bajo condiciones cambiantes de reconocimiento. Los intentos de aliviar la inquietud en torno a la identidad fracasan cuando ignoran un hecho simple: las personas cambian antes de que otros ajusten sus expectativas. La dificultad no surge del cambio en sí, sino de la exigencia de permanecer legible conforme a criterios que ya no se aplican.
Ricardo F. Morín « El templo de Zeus bajo el agua » CGI 2003
Los hermanos llevaban muchos años intentando concluir asuntos que habían sobrevivido a la muerte de ambos padres. El padre había muerto casi tres décadas antes. La madre murió años después, y aun así las responsabilidades no terminaron. Algunas propiedades seguían sin venderse. Antes de que aquellos asuntos pudieran concluirse, otra pérdida entró en la familia. La hermana del medio murió el año anterior. Sus bienes y asuntos personales tuvieron entonces que incorporarse a responsabilidades que ya se habían prolongado durante muchos años.
Antiguos registros y cadenas titulativas que se remontaban al siglo diecinueve conservaban certificaciones, sellos y anotaciones provenientes de distintas décadas y distintos gobiernos.
El país mismo había cambiado durante las últimas tres décadas. La moneda y las propiedades perdían valor antes de que las transacciones pudieran completarse. Las oficinas cerraban y reabrían bajo reglamentos distintos, en ocasiones incluso bajo otros nombres.
Para poder liberar propiedades, formalizar transferencias y liquidar activos, era necesario reunir registros, certificaciones y cadenas documentales que distintas oficinas y autoridades fiscales requerían presentar. Los trámites quedaban detenidos entre exigencias administrativas, obligaciones fiscales e intermediarios capaces de acelerarlos, que de otro modo podían permanecer paralizados durante meses. Expedientes se acumulaban junto a sellos, firmas y anotaciones provenientes de distintas décadas.
Los trámites se habían prolongado por meses y años. Mientras tanto, los hermanos envejecían separados a ambos lados del Atlántico. El mayor, todavía ejerciendo la abogacía en Venezuela, seguía desplazándose entre tribunales, registros y oficinas en procura de reclamaciones y transferencias aún sin resolver.
Al mismo tiempo, unas tierras que anteriormente habían pertenecido a la familia continuaban ligadas a un litigio después de haber sido expropiadas ilegalmente por el Estado años atrás. Sostener el reclamo exigía certificaciones, registros de archivo, escritos judiciales, autorizaciones, apelaciones y contrademandas. Tasas municipales, impuestos y costos procesales seguían acumulándose mientras las responsabilidades mismas permanecían inconclusas.
Desde fuera del país solo podía percibirse parcialmente cómo los procedimientos allí cambiaban de un mes a otro y, en ocasiones, de un día para otro. Algunos introducían exigencias. Otros dejaban de estar disponibles por completo. Otro día ya se había ido entre oficinas, registros y tribunales.
Los mensajes circulaban constantemente entre ellos mediante llamadas, correos reenviados, recibos, documentos escaneados, explicaciones y recordatorios. Uno de los hermanos preguntó si todavía podía efectuarse un pago antes de que otro aumento de impuestos en el extranjero volviera aún más onerosa la transferencia. La respuesta enumeraba oficinas ya visitadas aquella semana y certificaciones que seguían faltando. Antes de que la pregunta volviera a retomarse, el intercambio ya se había desplazado hacia un desacuerdo anterior que otros creían resuelto.
El segundo de los hermanos, que había salido de Venezuela muchos años antes, le explicó a uno de ellos que los recordatorios relacionados con los poderes buscaban evitar retrasos. A otro le explicó que los mensajes sin respuesta comenzaban a entenderse de otra manera. Uno de los hermanos escribía hasta altas horas de la noche para evitar malentendidos. Otro respondía brevemente a la mañana siguiente antes de regresar a las oficinas.
Una firma que se creía suficiente fue rechazada más tarde por carecer de una autenticación adicional que nadie había mencionado antes. Una oficina solicitó documentos que ya habían sido enviados semanas atrás. Otra confirmó haberlos recibido, aunque no pudo indicar cuándo revisarían el asunto. Una respuesta demorada dejó de ser solamente una demora.
Algunas preguntas recibían respuestas parciales. Otras eran reconocidas y dejadas sin responder. Un mensaje preguntando si todavía podían enviarse los fondos antes de finalizar el mes recibió únicamente esta respuesta: “Estamos haciendo lo que podemos desde aquí.” Otro mensaje preguntando si los documentos de la venta de la propiedad ya habían sido consignados recibió como respuesta comentarios sobre planes de viaje de verano y sobre si la firma necesaria todavía podría obtenerse a tiempo.
Recordó un juego de la infancia en el que una frase pasaba de una persona a otra hasta regresar alterada, a veces accidentalmente y otras no. En aquel entonces, las alteraciones formaban parte de la diversión.
Cuando intentó describir parte de aquello, uno de los hermanos le dijo que estaba filosofando otra vez. El comentario fue lo bastante moderado para evitar una discusión, aunque la explicación no continuó después de eso.
Un requisito completado una semana regresaba a la siguiente acompañado de una nueva condición.
Un mensaje revisado varias veces antes de ser enviado permaneció sin respuesta durante días. Otro recibió apenas un breve acuse que no hacía referencia a lo que realmente se había escrito. Para cuando llegó la siguiente respuesta, aquello que había quedado sin responder en el mensaje anterior ya comenzaba a afectar el intercambio que siguió.
Más tarde llegó un mensaje informando que uno de los asuntos pendientes finalmente había sido completado. Nadie hizo referencia a lo que había precedido la resolución. Los intercambios retomaron un tono más calmado, y la atención se desplazó hacia lo que seguía pendiente.
*
Ricardo F. Morín, 7 de Mayo de 2026, Bala Cynwyd, PA.
Ricardo F. Morín Plantillas 20 x 25 cm Acuarela sobre papel 2003
Ricardo F. Morín
31 de enero de 2026
Oakland Park, FL
Las personas dependen de la memoria porque la experiencia pasada no puede recuperarse de manera directa. Lo que ya ha ocurrido solo puede volver a abordarse mediante la rememoración. Con el paso del tiempo, los recuerdos se revisitan bajo condiciones distintas de aquellas en las que tuvo lugar la experiencia original. Lo que tuvo sentido en un momento debe volver a interpretarse en otro, y los criterios para juzgarlo se desplazan según las circunstancias presentes. En este proceso, la incertidumbre se introduce en el esfuerzo por apoyarse en la memoria, no por descuido, sino porque el tiempo modifica las condiciones en las que tiene lugar la comprensión.
En este sentido, la memoria no funciona de manera distinta de la verdad. Ambas permanecen expuestas al tiempo. Lo que alguna vez pareció establecido debe reconsiderarse a medida que cambian las circunstancias, y ni la memoria ni la verdad quedan plenamente gobernadas por la intención. Lo que se resiste al control no es la honestidad, sino el desplazamiento que el tiempo introduce entre la experiencia y su recuerdo.
La memoria como justificación
Cuando el acceso directo a la experiencia deja de ser posible, la memoria suele ocupar su lugar como fuente de explicación. Las personas dan cuenta de sus decisiones remitiéndose a lo que recuerdan y no a lo que aún puede examinarse. La rememoración se trata como evidencia de continuidad incluso cuando las condiciones que la produjeron ya no existen. De este modo, se le pide a la memoria que estabilice decisiones cuyo contexto original no puede recuperarse.
A medida que las experiencias se alejan en el tiempo, suelen invocarse con mayor seguridad. Esa seguridad no surge porque el recuerdo haya permanecido intacto, sino porque la distancia lo protege del cuestionamiento. En tales casos, la memoria no ofrece acceso a lo ocurrido, sino un relato suficiente para sostener el juicio en el presente.
Memoria y certeza
A medida que la experiencia se vuelve menos accesible, la certeza tiende a aumentar en lugar de disminuir. Los acontecimientos que ya no pueden contrastarse con sus condiciones originales quedan aislados de la corrección. La rememoración se endurece en convicción porque la comparación deja de ser posible. La memoria parece estable no porque sea exacta, sino porque sus fuentes no pueden revisitarse.
Así, la confianza se adhiere no a la fidelidad, sino a la distancia. El pasado se siente cerrado porque no puede reingresarse. La certeza surge no de la cercanía con lo ocurrido, sino de la ausencia de medios restantes para impugnar lo recordado.
Memoria y repetición
A medida que los recuerdos se repiten, adquieren duración sin preservar la experiencia misma. El volver a contar no restituye las condiciones originales; refina aquello que puede comunicarse con facilidad. Los detalles que resisten la articulación se pierden, mientras que los elementos que pueden narrarse de forma coherente se conservan y refuerzan. Mediante la repetición, la memoria se convierte menos en una huella de lo ocurrido y más en un relato estable de lo que puede decirse.
Lo que perdura no es la experiencia en sí, sino una versión moldeada por su capacidad de repetirse sin fricción. Una vez completada la mediación, el pasado no ofrece hechos nuevos, sino nuevas disposiciones de lo ya conocido.
Rara vez pensamos en la gravedad hasta que algo cae. Un vaso se nos escapa de la mano, la lluvia desciende por el aire, nuestras rodillas nos recuerdan que subir una escalera no es lo mismo que bajarla. La mayor parte del tiempo aceptamos el peso como una de las condiciones de estar aquí. Permanecemos de pie porque hay suelo bajo nosotros. Caminamos porque nuestros cuerpos permanecen unidos a la superficie de la Tierra. Nos cansamos porque cargar con nuestro propio cuerpo exige esfuerzo. La gravedad nos resulta tan familiar que apenas consideramos lo que significa.
Podemos saber vivir dentro de una condición sin comprender lo que esa condición revela acerca de nosotros.
Durante siglos fue posible imaginar la gravedad como una atracción entre cuerpos. Una piedra cae hacia la Tierra porque la Tierra la atrae hacia sí. La imagen basta para los fines ordinarios, y Newton otorgó a esa intuición una potencia matemática de extraordinaria precisión. Einstein no se limitó a perfeccionar el cálculo.Modificó la concepción misma del fenómeno.En la relatividad general, la gravedad se expresa en la geometría del propio espacio-tiempo.La materia y la energía modifican esa geometría, y un cuerpo en caída libre sigue la trayectoria que ésta determina.
Cuando permanecemos inmóviles sobre el suelo, decimos que la gravedad nos presiona hacia abajo. Pero la presión que sentimos proviene del suelo que empuja nuestro cuerpo hacia arriba. Si el suelo desapareciera y comenzáramos a caer libremente, también desaparecería la sensación de peso, aunque la gravedad no hubiese desaparecido. Lo que llamamos peso es la sensación producida cuando el suelo impide que nuestro cuerpo siga la trayectoria que tomaría en caída libre.
Preguntamos qué hora es como si la pregunta admitiera una sola respuesta.Una llamada entre Londres y Sídney ofrece respuestas distintas a la misma pregunta en un mismo momento.La mañana en un lugar ya es la tarde o la noche en otro.Aceptamos la discrepancia sin dificultad porque cada reloj nombra la hora desde una posición distinta sobre una Tierra en rotación.Los relojes no anuncian realidades diferentes.Revelan que incluso nuestra manera más familiar de dar cuenta del tiempo depende del lugar en que nos encontramos.
La relatividad lleva esa dependencia más allá de lo que sugiere la experiencia ordinaria. El tiempo registrado por los relojes depende no sólo de las convenciones mediante las cuales nombramos la hora, sino también del movimiento y de la gravedad. Dos relojes perfectamente precisos separados por cierta altura no registran exactamente la misma duración. Un reloj situado a mayor distancia de la superficie terrestre avanza imperceptiblemente más rápido que otro situado más abajo. La diferencia dentro de la altura de un cuerpo humano es extraordinariamente pequeña, pero es real.
No la sentimos. Nada en nuestro sistema nervioso anuncia que el tiempo se acumula a un ritmo ligeramente distinto cerca de nuestra cabeza que cerca de nuestros pies. Nuestros sentidos nos ofrecen un mundo práctico, no uno exhaustivo.
El reloj hace algo más que organizar nuestras citas. El lugar que ocupamos interviene en aquello que medimos, primero mediante las convenciones de la vida cotidiana y, en un nivel más profundo, mediante las condiciones físicas en las que existe el propio reloj.
Lo que basta para vivir no siempre basta para comprender.
Cada mañana despertamos dentro del límite aparente de un cuerpo. Recordamos lo ocurrido ayer. Anticipamos lo que puede ocurrir mañana. Nos reconocemos como una misma persona que ha atravesado cambios de lugar, edad, opinión, salud, deseo y circunstancia. Esa continuidad es indispensable. Sin ella apenas podríamos conducir una vida. Pero continuidad no significa inmovilidad.
El cuerpo cuya persistencia llamamos nosotros mismos intercambia continuamente materia con cuanto lo rodea. Respiramos, comemos, excretamos, desprendemos células, reparamos tejidos, modificamos proteínas, sustituimos moléculas y reorganizamos conexiones. La aparente solidez del organismo depende de esa actividad. Lo que persiste no es una colección intacta de materia conservada desde el nacimiento, sino una organización mantenida a través del cambio.
Distinguimos el árbol del suelo, de la lluvia, de la atmósfera y de la luz solar porque la distinción es útil y porque el árbol posee una organización inequívocamente propia. Pero suprimamos esos intercambios y no hay árbol. Su individualidad no exige aislamiento. El límite es real, pero aquello que delimita sigue dependiendo de cuanto lo atraviesa.
Nosotros no somos la excepción.
Los elementos de nuestros huesos, nuestra sangre y nuestro tejido nervioso no comenzaron con nosotros. El carbono, el calcio, el oxígeno, el fósforo y el hierro reunidos en nuestros cuerpos precedieron todos los recuerdos que poseemos. Pasaron a integrar una organización temporal capaz de metabolismo, sensación y pensamiento. Llegará un momento en que esa organización dejará de sostenerse, y los materiales que la componían continuarán bajo otras configuraciones.
Nada místico necesita añadirse a este hecho. Su dificultad procede de la manera directa en que contradice la escala desde la cual solemos conducir nuestras vidas.
Naturalmente nos experimentamos como centros. La visión se abre desde aquí. El dolor ocurre aquí. La memoria se reúne en torno a esta historia. El deseo se proyecta desde este cuerpo. Toda vida consciente comienza, por tanto, desde una perspectiva que no puede abandonar. No podemos ver sin ver desde algún lugar.
El error comienza sólo cuando la perspectiva se convierte en jerarquía.
Como la experiencia está centrada en nosotros, podemos empezar a imaginar que la realidad también lo está. Lo que comienza como condición inevitable de la percepción se convierte en una presunción acerca de la significación. Nuestros planes adquieren urgencia porque son nuestros. Nuestras pérdidas parecen singularmente intolerables porque somos nosotros quienes las padecemos. Nuestras victorias aumentan de importancia porque recordamos el esfuerzo que exigieron. El mundo adopta gradualmente la forma de un campo en el que medimos ventaja, reconocimiento, posesión y control.
Gran parte de la vida humana tiene que desenvolverse en esta escala. Necesitamos vivienda, trabajo, protección, instituciones, acuerdos y alguna capacidad para modificar las circunstancias en vez de limitarnos a someternos a ellas. Nada hay intrínsecamente equivocado en la capacidad de actuar. La confusión aparece cuando esa capacidad se convierte en prueba de independencia, o cuando el control de una parte de nuestras circunstancias se confunde con el dominio de las condiciones que hacen posible ese control.
Podemos dominar una sala, poseer un edificio, gobernar una empresa, dirigir una institución o ejercer autoridad sobre millones de personas, pero ninguna de esas distinciones altera la geometría en la que existen nuestros cuerpos. La persona más poderosa y el peatón menos visible permanecen igualmente incapaces de suspender el transcurso de su propio tiempo. Ningún título detiene el metabolismo. Ninguna posesión negocia con la gravedad. Ninguna reputación acompaña a la materia como propiedad intrínseca cuando llega a su fin la organización que sostuvo a una persona.
Esto no vuelve irreales las distinciones humanas. Las sitúa.
Un contrato importa dentro de las relaciones humanas. Una injusticia importa para quien la padece. Una obra de arte puede alterar percepciones mucho después de la muerte del artista. Una decisión tomada en una oficina puede cambiar un río, destruir un bosque, preservar un vecindario o determinar que personas desconocidas vivan bajo seguridad o bajo temor. La escala no anula las consecuencias.
Pero consecuencia e importancia cósmica no son lo mismo.
A menudo parecemos atrapados entre dos posibilidades insatisfactorias. O exageramos nuestra propia importancia hasta convertir el deseo humano en medida de la realidad, o contemplamos la inmensidad del universo y concluimos que nada de cuanto hacemos puede importar. Ambas respuestas conservan la misma presunción. Ambas suponen que la significación debe ser proporcional al tamaño o a la duración.
No tiene por qué serlo.
Un acontecimiento breve puede alterar cuanto sigue de él. Una mutación ocurre dentro de una estructura microscópica. Una semilla germina en una grieta. Una frase modifica un juicio. Una decisión tomada en pocos minutos afecta a personas que nunca estuvieron presentes cuando se tomó. La duración no determina la consecuencia, del mismo modo que el tamaño físico no determina la complejidad.
Nuestras vidas pueden ser transitorias sin ser insignificantes.
Buena parte de la cultura humana se ha construido como resistencia a la transitoriedad. Conservamos nombres sobre edificios. Acumulamos objetos más allá de su uso. Construimos genealogías, monumentos, archivos e instituciones. Buscamos el reconocimiento de personas a quienes no conocemos y, a veces, de generaciones que nunca llegarán a conocernos. Incluso el poder suele encerrar, bajo sus ventajas prácticas, la promesa oscura de que la importancia pudiera protegernos de algún modo contra la desaparición.
Pero permanencia no es lo que significa continuidad.
Una onda se prolonga a través del agua sin que sea la misma agua la que persiste. Un bosque continúa mientras los árboles individuales germinan, maduran, caen y se descomponen. Una lengua sobrevive porque hablantes que no la inventaron la modifican mientras la utilizan. La continuidad puede depender de la transformación en vez de resistirse a ella.
Solemos hablar de comienzos y finales como si designaran condiciones opuestas de la realidad. Algo comienza cuando aparece una forma y termina cuando esa forma ya no puede sostenerse. La distinción sigue siendo real en la escala de la forma, pero pierde parte de su carácter absoluto cuando preguntamos qué, exactamente, ha comenzado o ha terminado. La onda se extingue mientras el agua continúa en movimiento. El árbol muere mientras su materia entra en otros intercambios. Un cuerpo deja de sostener la organización por la cual reconocíamos a una persona, mientras sus materiales continúan bajo condiciones que esa persona ya no habita.
La misma incertidumbre se amplía con la escala. Roger Penrose ha propuesto, mediante la cosmología cíclica conforme, que el futuro remoto de una era cósmica podría mantener continuidad conforme con aquello que aparece como el comienzo de otra. Queda por resolver si la observación confirmará esa propuesta. Su pertinencia aquí no reside tanto en pedirnos que aceptemos un universo cíclico cuanto en mostrar con qué facilidad tratamos el comienzo y el final como propiedades absolutas de la realidad, cuando también pueden describir transiciones entre formas cuya continuidad excede la escala desde la cual las observamos.
Todo comienzo que encontramos depende ya de condiciones que lo precedieron, y todo final altera las condiciones que siguen. Un comienzo puede ser, por tanto, genuino sin constituir una irrupción desde la nada, del mismo modo que un final puede ser definitivo para una organización particular sin convertirse en la desaparición de la realidad de la que esa organización surgió.
La continuidad no anula el comienzo ni el final. Los sitúa dentro de la transformación.
Participamos por todas partes de continuidades semejantes, aunque nuestra atención gravite hacia la forma individual.
El nacimiento reúne materia en una organización capaz de sostener una historia particular. La muerte pone fin a esa organización. Entre ambos ocurre algo genuinamente singular. Hay percepción. Hay memoria. Hay la extraordinaria capacidad no sólo de experimentar acontecimientos, sino de reconocer las relaciones entre ellos.
La conciencia tampoco queda fuera de esa continuidad.
Todavía no poseemos una explicación física consensuada de cómo surge la experiencia subjetiva. Penrose ha propuesto además que el problema podría revelar límites en nuestra comprensión actual de la mecánica cuántica y quizá relacionar la conciencia con procesos más profundos que el cómputo ordinario. Esas propuestas siguen siendo objeto de controversia. El punto más elemental no depende de ellas:sea cual sea finalmente la naturaleza de la conciencia, ésta no ocurre fuera de la naturaleza.
Nuestros pensamientos no son espectadores admitidos en el universo desde otro ámbito.
Ocurren aquí.
El cerebro que distingue una estrella en medio de la oscuridad circundante fue constituido por el mismo mundo físico que observa. El ojo que recibe esa luz pertenece a un organismo formado en un planeta que orbita una estrella entre cientos de miles de millones, dentro de una galaxia que a su vez es una entre un número inmenso de galaxias. Los símbolos matemáticos con los que describimos la curvatura, el tiempo y la materia surgen en sistemas nerviosos sujetos a las mismas condiciones que esos símbolos intentan comprender.
Nos encontramos, por tanto, en una posición peculiar. No podemos salir del universo para examinarlo y, sin embargo, dentro del universo ha surgido una forma capaz de preguntarse qué es el universo.
Esto no exige afirmar que el cosmos sea consciente. La afirmación excedería lo que sabemos. Una proposición más modesta ya resulta suficientemente extraordinaria: porciones de materia pueden organizarse de tal manera que el organismo resultante adquiere sensación, memoria, inferencia y la capacidad de examinar sus propias condiciones de existencia.
Durante un tiempo, la materia puede preguntarse qué es la materia.
Durante un tiempo, un organismo temporal puede investigar el tiempo.
Durante un tiempo, seres sujetos a la Tierra por una geometría que no pueden percibir directamente pueden descubrir esa geometría y revisar una intuición que parecía evidente.
La conciencia permite además imaginar consecuencias antes de que ocurran.
Una piedra modifica aquello contra lo que golpea. Un río transforma sus márgenes. Una tormenta destruye sin proponerse destruir. Nosotros también alteramos cuanto nos rodea, pero a veces podemos prever la alteración.
Esa diferencia es mínima a escala cósmica y enorme por sus consecuencias humanas.
La capacidad de anticipar no garantiza la sabiduría. También hace posibles el cálculo, la explotación y formas de dominación inaccesibles a criaturas incapaces de abstraer. Podemos organizar recursos en escalas que ningún individuo podría dominar por sí solo. Podemos convertir bosques en cifras, poblaciones en categorías y consecuencias lejanas en abstracciones tolerables. La misma inteligencia que descubre nuestra dependencia de sistemas complejos puede idear medios cada vez más eficaces para extraer recursos de ellos.
Nuestro problema quizá sea, por tanto, menos una insuficiencia de inteligencia que un desorden en la escala a la que la aplicamos.
Prestamos una atención extraordinaria a cuanto amplía nuestra capacidad inmediata de acción y una atención sorprendentemente escasa a las condiciones que hacen posible esa capacidad. Aprendemos a aumentar la producción antes de preguntarnos qué exige su continuidad. Perfeccionamos los medios de influencia sin examinar para qué sirve la influencia. Celebramos la ampliación del poder personal mientras rara vez preguntamos si hemos comprendido el yo que pretendemos engrandecer.
Somos organizaciones transitorias de materia que intentan asegurar permanencia mediante la acumulación de configuraciones de materia igualmente transitorias. Buscamos independencia mediante sistemas de dependencia. Perseguimos el control mientras habitamos cuerpos cuyos procesos más elementales permanecen fuera del dominio de nuestra voluntad. Nos medimos unos contra otros mientras todos participamos de condiciones que ninguno de nosotros estableció.
Quizá por eso la perspectiva cósmica puede volverse sentimental con tanta facilidad. Contemplamos fotografías de galaxias, declaramos nuestra pequeñez y después regresamos, sin haber cambiado, a las mismas jerarquías de importancia. La pequeñez por sí sola enseña muy poco.
Lo decisivo no es que seamos pequeños. Es que estamos situados.
Existimos aquí, bajo condiciones.
La palabra aquí designa algo más que una ubicación. Incluye un planeta particular, una atmósfera, un campo gravitatorio, una historia evolutiva, una trama de organismos, una lengua heredada y un momento en el tiempo. Ninguna de esas condiciones fue elegida por nosotros. Sin embargo, a través de ellas adquirimos la capacidad de elegir otras cosas.
A menudo hablamos de libertad como si exigiera independencia respecto de las condiciones, aunque nada de cuanto observamos posea esa clase de independencia. Aquello que llamamos libertad ocurre, por tanto, dentro de circunstancias que no elegimos y que no podemos dominar por completo.
El uso no equivale a un derecho sobre aquello que usamos, ni la ambición a la dominación. La individualidad no exige separación de aquello que la sostiene, así como la singularidad no confiere por sí sola supremacía.
Nada de esto disminuye los logros humanos. La capacidad de comprender siquiera un fragmento del cosmos constituye ella misma uno de esos logros. Lo que cambia es el significado del logro cuando deja de servir como prueba de que estamos por encima de la realidad de la que surgió.
La gravedad sigue siendo una condición ordinaria del cuerpo.
Podemos especular acerca de la conciencia, discutir el origen del universo y construir teorías que se extiendan miles de millones de años hacia el pasado y hacia el futuro, pero mientras lo hacemos seguimos sentados en sillas, de pie sobre suelos, soportando el peso de cuerpos cuya organización debe mantenerse continuamente. Lo cósmico no comienza más allá de la vida ordinaria. Ya está presente en las condiciones que hacen posible la vida ordinaria.
Basta la distancia entre nuestros pies y el suelo.
Basta el intervalo entre un latido y el siguiente.
Basta el hecho de que cambiemos mientras seguimos llamándonos los mismos.
El universo deja de aparecer ante todo como un objeto inmenso que nos rodea y se presenta como la continuidad dentro de la cual surgen nuestras distinciones. No desaparecemos en esa continuidad. Nuestra situación dentro de ella se vuelve más precisa.
Y quizá la situación sea un mejor punto de partida para la significación humana que la grandeza.
No necesitamos imaginarnos como el propósito del universo. No necesitamos que el universo certifique nuestra importancia. Basta reconocer que, durante la breve organización que llamamos vida, podemos adquirir conciencia de relaciones que exceden nuestros intereses inmediatos y elegir, a veces, nuestros actos a la luz de esas relaciones.
La gravedad nos da peso sin decirnos qué merece pesar.
La conciencia no puede liberarnos de las condiciones de la existencia, pero nos permite examinar las medidas con las que atribuimos importancia dentro de ellas.
Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol. Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie. La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta. El árbol procede de la tierra.
Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo. Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces. Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera. Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.
El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental. Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.
Un árbol parece sólido, independiente y delimitado. Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco. Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire. Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite. La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera. El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol. Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces. La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.
El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.
Y nosotros también.
El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada. Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel. Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites. Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.
Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.
La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo. El oxígeno entra en la sangre. El dióxido de carbono sale de la sangre. El agua nos atraviesa. Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua. Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.
No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia. Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.
La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo. Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos. La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros. Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.
No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.
El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia. Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas. Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.
Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior. Nosotros miramos el árbol. Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia. Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.
No existimos primero para entrar después en relación con el mundo. La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.
La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta. El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible. Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.
La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.
Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta. Una voz deja de responder. Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto. La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra. Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.
Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.
Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular. Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta. La materia no cae en la nada. La energía no desaparece sin más. Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.
La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona. Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos. Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.
Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior. Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.
Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas. Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido. La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.
No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte. La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión. La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.
Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.
La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos. Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió. La organización individual ha cesado. La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.
Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento. Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.
Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.
La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella. La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.
El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros. Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas. El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.
Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.
La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas. Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida. Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre. La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo. No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.
¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?
Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.
Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo. Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular. Ese individuo adquiere una historia y un nombre. Ama a personas determinadas. Recuerda habitaciones determinadas. Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.
Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.
Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.
No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido. No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla. Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.
La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas. Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.
La forma singular de cada persona no puede ser sustituida. La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo. Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.
Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.
El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis. La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad. El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.
Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.
Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.
Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros. No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.
No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.
Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.
Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores. En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas. El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela. En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas. El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.
Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad. El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país. También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples: el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.
Antes de Buffalo había existido Valencia. La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena. Las primeras horas de dibujo durante la infancia. Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel. Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención. Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.
Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente. Algunas eran destruidas. Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura. El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización. Pintar no seguía todavía una teoría precisa. Había más bien una insistencia física: regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.
En 1976 regresó brevemente a Venezuela. Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson. Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones. En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.
Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal. Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso. Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.
En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo. La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1] Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]
Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad. Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable. Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico. Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar: la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.
En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg. Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg. Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.
En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción. Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena. El trabajo físico era continuo. La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.
Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3] Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway. Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.
A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura. Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana. El estudio estaba lleno de materiales acumulados: bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.
En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas: el teatro y la pintura. Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios. Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.
En 1993 apareció la interrupción. Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia. El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana. Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses: trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.
Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente. Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas. Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos. El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]
Pintaba lentamente. Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención. El cuerpo se fatigaba rápidamente. La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros. En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.
La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo. Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición. Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.
Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia. La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.
Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas. La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.
En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral. La inmunidad era prácticamente inexistente. Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo. Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.
Paradise era un lugar profundamente inestable. Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo. Algunas personas desaparecían de pronto. Otras permanecían encerradas durante días enteros. El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.
Aun así continuó pintando. Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana. La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales. Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.
Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío. No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia. Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad: la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.
En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos. Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas. Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.
En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático. La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual. Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]
Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective. Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]
Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos. Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas. El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.
Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies. Los movimientos físicos eran más lentos. La reducción material modificaba también la percepción. El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.
Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7] Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física. La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.
Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories. Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]
Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez. La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo. Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.
La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad. Permanecían también otras cosas: las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.
Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios. El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían. Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.
Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí. Las palabras se dicen, el gesto se reconoce, y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.
Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera. Modifica la conducta. La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido, sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.
A veces, lo que se recibe pasa casi inadvertido. Se reconoce en el momento, pero luego queda absorbido por la expectativa habitual. Nada cambia.
En otras ocasiones, el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada, como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.
Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario. Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita. Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.
El resentimiento puede surgir del mismo movimiento. El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido, sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.
El cambio no se anuncia de manera directa. Las respuestas se acortan. La calidez retrocede hacia la formalidad. La atención se debilita sin desaparecer. La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.
Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido, evitado o abandonado.
Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso. Sin embargo, cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta, las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.
Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.
Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe, sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio, hábito, irritación o distancia.
Ricardo F. Morín Autorretrato: la bolsa de valores Ciudad de Nueva York 36″ x 74″ Collage con lápiz de carbón 1987
*
No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado. Si reconocía algo en la obra, lo decía.
En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él. Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra. El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte. Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos.
Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.
Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.
Un momento permanece con él.
Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes. No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.
Se colocó a su lado y dijo lo que le vino. Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.
Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él. No se dijo nada más.
Se fue.
Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse. Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.
Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.
No lo había pensado de ese modo. Lo dijo y siguió.
Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.
Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado. Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.
Lo escuchó, y no se apartó de él.
Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía. No lo había previsto. Simplemente ocurrió.
El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.
Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.
Continuó con ello.
Después ingresó en un programa selectivo de posgrado. Siguió con lo que ya estaba en marcha.
Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director. Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.
Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza. La obra permanecía dentro de ese marco. Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera. En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.
Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.
Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.
Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.
De esa situación no salió nada, pero persistió.
Siguió trabajando.
Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta.
A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás. Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.
Lo deja ahí.
Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.
Se detiene.
Porque no es eso lo que está preguntando.
Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.
Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.
Eso también lo suspende.
En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta. A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera. Lo ve y no lo completa. Permanece y vuelve sin resolverse. Su atención no se aparta de él.
Permanece en la situación tal como se presenta.
Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan. En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere. Responde y afronta lo que se deriva de eso.
No va más allá de ese acto.
Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.
Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.
No resuelve ese movimiento.
Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.
Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.
Ricardo F. Morín Abril 17 a mayo 14 de 2026 En tránsito
1. Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral. Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo. Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.
2. Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir. Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación. Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.
3. Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo. Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza. Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro. La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.
4. A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar. Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.
5. Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma. La convicción entra en la conducta. Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma. A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia. También puede aparecer como exposición.
6. Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos. La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea. Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.
7. Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto. También persisten mediante la familiaridad. Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos. Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.
8. Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica. Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas. También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.
9. A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo. Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro. Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.
10. Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio. Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante. Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.
11. Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo. También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación. Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse. Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas. La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse. Comienza a organizar la percepción misma.
12. Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener. No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse. Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.
13. Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones. Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente. La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia. El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.
14. A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida. Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores. Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión. Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.
15. Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado. La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo. Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.
16. Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios. Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación. La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer. Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.
17. Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente. La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta. La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.
18. Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad. Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez. Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.
19. Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma. El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro. Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.
20. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente. Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia. Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.
21. Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo. Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre. Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados. Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.
22. Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre. Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo. Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.