Ricardo F. Morín Autorretrato: la bolsa de valores Ciudad de Nueva York 36″ x 74″ Collage con lápiz de carbón 1987
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No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado. Si reconocía algo en la obra, lo decía.
En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él. Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra. El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte. Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos.
Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.
Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.
Un momento permanece con él.
Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes. No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.
Se colocó a su lado y dijo lo que le vino. Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.
Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él. No se dijo nada más.
Se fue.
Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse. Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.
Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.
No lo había pensado de ese modo. Lo dijo y siguió.
Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.
Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado. Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.
Lo escuchó, y no se apartó de él.
Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía. No lo había previsto. Simplemente ocurrió.
El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.
Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.
Continuó con ello.
Después ingresó en un programa selectivo de posgrado. Siguió con lo que ya estaba en marcha.
Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director. Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.
Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza. La obra permanecía dentro de ese marco. Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera. En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.
Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.
Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.
Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.
De esa situación no salió nada, pero persistió.
Siguió trabajando.
Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta.
A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás. Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.
Lo deja ahí.
Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.
Se detiene.
Porque no es eso lo que está preguntando.
Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.
Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.
Eso también lo suspende.
En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta. A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera. Lo ve y no lo completa. Permanece y vuelve sin resolverse. Su atención no se aparta de él.
Permanece en la situación tal como se presenta.
Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan. En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere. Responde y afronta lo que se deriva de eso.
No va más allá de ese acto.
Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.
Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.
No resuelve ese movimiento.
Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.
Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.
Inmanencia Infinita Ricardo Morín: Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel 14” x 20” 2005
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In memoriam
Andreina Teresa Morín Tortolero
(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)
Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia. Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban. Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella. Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad. Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.
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I. La Carga de la Conciencia
En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción. Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante. Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.
Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo. Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión. Para otros, comienza con la pérdida. La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.
Esta conciencia modifica la medida del tiempo. El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido. Ambos adquieren una proporción distinta. Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.
La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento. Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende. La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.
Este despertar no constituye un logro ni un fracaso. Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana. Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.
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II. El Declive: Mente y Cuerpo
El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo. Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros. El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos. Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada. La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.
La mente sigue un recorrido semejante. La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad. Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo. La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos. Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante. Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.
La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud. Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar. Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza. El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.
La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual. Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones. Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.
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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación
Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla. La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida. No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte. La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.
Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras. Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años. Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.
La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor. Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra. Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado. Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.
Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada. Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado. Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible. Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.
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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia
El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia. No es raro ni excepcional. Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último. Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual. Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.
El dolor adopta múltiples formas. Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo. También puede surgir de pérdidas más silenciosas: la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa. Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato. Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.
El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia. El sufrimiento es aquello que la vida impone. La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto. Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida. Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.
La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior. Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra. Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio. La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.
Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad. Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia. Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.
Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros. Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa. Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.
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V. El Umbral Invisible
La vida no se extingue de manera repentina. Al principio parece retirarse de forma imperceptible. La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo. El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia. El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana. Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.
Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota. Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo. El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas. El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad. El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación. Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos. El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.
También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria. Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada. Surge, más bien, de la experiencia vivida. Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día. Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.
Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto. El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar. Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento. El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.
La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente. Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.
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VI. La Serena Aceptación
Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia. Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes. Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.
A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto. El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento. La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar. La aceptación no nace de la certeza. Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.
Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas. Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia. La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión. La experiencia de morir no admite un desarrollo universal. Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.
La quietud no equivale a la resignación. La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza. La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente. El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer. Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.
Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera. Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida. El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia. Cada vez queda menos por defender. Cada vez queda menos por explicar. Lo recibido comienza a revelarse como completo.
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VII. La memoria viva
Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario. A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia. Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.
La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza. Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días. Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta. Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.
La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial. Sin embargo, hay realidades que permanecen. El afecto no desaparece. La gratitud no se extingue. La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.
A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo. Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor. Su ausencia no cancela ese legado. Con frecuencia, lo hace todavía más visible.
Ya no permanecen entre nosotros como antes. Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan. En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.