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« La gramática del conflicto »

October 10, 2025

Ricardo F. Morín
La gramática del conflicto
Acuarela, gesso, pluma sharpie negro y creyón de óleo sobre papel
10”x12”
2003


Ricardo F. Morín; 9 de Octubre de 2025

Resumen

El conflicto perdura no solo por los agravios que lo encienden, sino también por la lógica interna que lo sostiene.   El odio, la victimización, la hipocresía, el tribalismo y la violencia no actúan como fuerzas separadas; forman un sistema interdependiente que se justifica a cada paso.   Este ensayo examina el conflicto como una gramática: un conjunto de reglas y patrones mediante los cuales la hostilidad moldea el pensamiento, legitima la acción y se perpetúa a lo largo de generaciones.   El propósito no es juzgar, sino revelar cómo el conflicto se hace autosuficiente, cómo la violencia pasa de instrumento a ritual, y cómo la contradicción se convierte en el fundamento mismo sobre el cual las sociedades actúan de manera que traicionan sus propios valores proclamados.


1

El conflicto, reducido a su estructura, es menos un acontecimiento que un lenguaje.   Se aprende, se repite y se transmite —no solo como instinto, sino también como un marco estructurado a través del cual las personas interpretan los hechos y justifican las acciones.   La violencia es solo una de sus expresiones; bajo el acto subyace una secuencia de ideas y reacciones que no solo preceden la violencia, sino que también tejen la hostilidad deliberadamente dentro de un tejido de continuidad.   Comprender esta gramática del conflicto es esencial, porque muestra cómo los seres humanos pueden permanecer atrapados en ciclos de daño mucho después de que las causas originales hayan desaparecido —no por accidente, sino porque la retórica que sostiene el conflicto extiende la violencia inicial mucho más allá de su causa.   Lo que parece espontáneo suele estar guionado, y lo que parece inevitable es, con frecuencia, el resultado acumulado de decisiones que se han endurecido hasta volverse reflejo.

2

El odio es la primera sintaxis de esta gramática.   El conflicto no estalla de pronto; se acumula con el tiempo, capa sobre capa, a través de la memoria, el mito y la narración selectiva.   Se presenta como defensa frente a una amenaza o subordinación percibida; pero su función más profunda es de preservación.   El odio sostiene la identidad al definirse contra lo que no es.   Una vez arraigado, el conflicto deja de depender de amenazas inmediatas:   se vuelve autosuficiente.   Se convierte en un lente que reinterpreta las pruebas conforme a su propio relato y sus expectativas.   El conflicto prepara el terreno en el que prospera y ofrece explicaciones prefabricadas para disputas futuras.

3

La victimización da al odio un vocabulario duradero.   Convierte el sufrimiento de un hecho pasado en un recurso político y social permanente.   El sufrimiento es una condición que todos habitamos.   Pero hacer del sufrimiento el núcleo de una identidad colectiva es una estrategia.   El sufrimiento permite a las comunidades reclamar autoridad moral y legitimar acciones que de otro modo serían ilegítimas.   La historia del agravio se transforma en fundamento de la represalia.   Sin embargo, en ello yace una trampa:   una identidad anclada en la victimización amenaza con impedir el cierre de su propio relato.   Sin la presencia de un adversario, la legitimidad pierde fuerza.   La herida original permanece abierta —recordada y convertida en arma para todo lo que sigue.   Cada nuevo acto de agresión se presenta como defensa de la dignidad y reafirmación del sufrimiento.

4

La hipocresía es la estructura que mantiene unido este sistema.   Permite denunciar y ejercer la violencia al mismo tiempo.   Es la proclamación de ideales que se violan de manera sistemática.   La hipocresía no solo oculta la contradicción; la encarna.   Es, en realidad, un vano intento de invocar la justicia, de hablar de derechos universales y de condenar la crueldad.   La duplicidad resultante es esencial.   La hipocresía presenta la violencia como principio legítimo, la dominación como protección y la exclusión como necesidad.

5

Una vez que el odio, la victimización y la hipocresía se alinean, la violencia se convierte en un ritual, no en una reacción.   Este ritual puede invocar objetivos instrumentales:   la recuperación de un territorio perdido, la reparación de agravios pasados o la garantía de seguridad.   Pero con el tiempo, el propósito se desvanece y el patrón permanece.   Cada acto intenta confirmar la legitimidad del anterior y preparar la justificación del siguiente.   El ciclo ya no requiere detonantes; el conflicto se sostiene por su propio impulso.   La violencia se convierte en el medio por el cual el colectivo consolida su identidad e institucionaliza la memoria.

6

El tribalismo es un ritual de poder emocional.   El conflicto reduce la complejidad de la experiencia humana a afiliación y exclusión.   Dentro de este marco, estándares radicalmente distintos juzgan las mismas acciones según quién las cometa.   Lo que los de fuera llaman terrorismo se convierte, dentro de la tribu, en una fuerza defensiva.   La tiranía del enemigo se transforma en la fortaleza del grupo.   El tribalismo convierte la contradicción en coherencia; hace aceptable la hipocresía; transforma la violencia en lealtad y la represalia en obligación.   Cuanto más profundamente definen las divisiones a una sociedad, más indispensable se vuelve el conflicto para su sentido de propósito.

7

La violencia deja de ser una respuesta y se convierte en una condición.   Persiste no porque sirva a fines inmediatos, sino porque afirma una sensación de permanencia.   Poner fin a un ciclo implica desmantelar sus narrativas de sostén; reconocer que el enemigo no es inmutable, que la victimización no es exclusiva y que los ideales ya no pueden coexistir con las traiciones.

8

La ilusión de inevitabilidad es insidiosa.   Si el conflicto se convierte en destino, la responsabilidad se disuelve.   Cada reacción explica la acción como defensa.   En ello, el reconocimiento disminuye la agencia:   la violencia deja de parecer una elección y pasa a verse como una condición impuesta desde fuera, una ilusión que permite al ciclo continuar.

9

Romper la continuidad no es ni difícil ni misterioso.   El odio, como explicación, simplifica y legitima el relato; ofrece una seguridad ideológica y preserva una falsa sensación de control.   Juntos, forman un sistema que parece natural, pero la familiaridad no es destino.   La gramática del conflicto se aprende; lo que se aprende puede desaprenderse.   El primer paso es esclarecer y reconocer que lo que parece inevitable no es más que una elección disfrazada de reacción.   Así pueden las sociedades construir nuevas gramáticas, sin enemistad, sin venganza y sin dominación.

10

Diagnosticar el conflicto no significa minimizar el sufrimiento ni excusar la violencia.   Comprender cómo el sufrimiento y la violencia perduran revela que ambos se alimentan mutuamente.   Las heridas más profundas no son las infligidas una sola vez, sino aquellas que se mantienen vivas mediante las historias que se repiten sobre ellas.   El ciclo persiste porque la sinrazón tiene su propia lógica:   preserva los relatos que nos mantienen heridos y nos convence de su necesidad.   No es que las personas actúen sin razón, sino que racionalizan lo irracional hasta que la irracionalidad misma se convierte en el principio organizador de su conducta.   Exponer su gramática no es una solución, pero sí un comienzo:   una manera de hacer visible la arquitectura del antagonismo y, quizá, de imaginar formas de coexistencia que ya no dependan del conflicto perpetuo para justificarse.


« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

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In memoriam

Andreina Teresa Morín Tortolero

(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)

Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia.   Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban.   Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella.   Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad.   Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

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I. La Carga de la Conciencia

En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción.   Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.   Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo.   Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión.   Para otros, comienza con la pérdida.   La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.

Esta conciencia modifica la medida del tiempo.   El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido.   Ambos adquieren una proporción distinta.   Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.

La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento.   Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende.   La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.

Este despertar no constituye un logro ni un fracaso.   Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana.   Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo.   Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros.   El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos.   Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada.   La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.

La mente sigue un recorrido semejante.   La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad.   Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo.   La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos.   Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante.   Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud.   Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.   Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.   El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual.   Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones.   Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.   La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida.   No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.   La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.   Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años.   Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor.   Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra.   Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado.   Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.   Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.   Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible.   Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia.   No es raro ni excepcional.   Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último.   Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.   Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.   Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo.   También puede surgir de pérdidas más silenciosas:   la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa.   Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato.   Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.

El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia.   El sufrimiento es aquello que la vida impone.   La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto.   Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.   Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.   Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra.   Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio.   La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad.   Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.   Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.

Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros.   Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa.   Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se extingue de manera repentina.   Al principio parece retirarse de forma imperceptible.   La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.   El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.   El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana.   Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.

Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota.   Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo.   El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas.   El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad.   El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación.   Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos.   El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.

También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.   Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.   Surge, más bien, de la experiencia vivida.   Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día.   Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.

Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto.   El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar.   Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento.   El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.

La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente.   Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.   Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes.   Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto.   El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento.   La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar.   La aceptación no nace de la certeza.   Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.

Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas.   Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia.   La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.   La experiencia de morir no admite un desarrollo universal.   Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no equivale a la resignación.   La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.   La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.   El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.   Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.   Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida.   El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia.   Cada vez queda menos por defender.   Cada vez queda menos por explicar.   Lo recibido comienza a revelarse como completo.

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VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario.   A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia.   Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.

La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza.   Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días.   Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta.   Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.

La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial.   Sin embargo, hay realidades que permanecen.   El afecto no desaparece.   La gratitud no se extingue.   La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.

A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo.   Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor.   Su ausencia no cancela ese legado.   Con frecuencia, lo hace todavía más visible.

Ya no permanecen entre nosotros como antes.   Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan.   En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.

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Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania


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