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« Un umbral de silencio »

July 10, 2026
Michael Basso
(28 de junio, 1955 – 28 de mayo, 2025)

In memoriam

Durante la última década de su vida, la salud de Michael fue declinando de manera constante, al igual que había ocurrido con la de su padre en los años que le precedieron, marcada por una sucesión de enfermedades que fueron estrechando gradualmente los horizontes ordinarios de la existencia.  Sin embargo, continuó abrazando cada día con una serena determinación, aun cuando la creciente incertidumbre de su propio cuerpo se volvió imposible de ignorar.  Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a él.  Fue compartido por el esposo que permaneció a su lado y por quienes lo amaban.  Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

I. La carga de la conciencia

A veces de manera repentina, otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, llega un momento en que la mortalidad deja de ser una abstracción.  Deja de ser una eventualidad lejana, discretamente oculta bajo las rutinas de la vida ordinaria o atenuada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.  Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia mediante la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las silenciosas traiciones del cuerpo.  Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con una cautela inesperada, cada uno de ellos se convierte en un sutil recordatorio de que la permanencia siempre fue una ilusión.  Para otros, comienza con la pérdida.  La muerte de un amigo, de un hermano, de un padre, de una madre o del cónyuge revela silenciosamente que aquello que ha ocurrido a otro pasa, inevitablemente, a pertenecernos también.

Esa conciencia modifica la medida del tiempo.  El porvenir deja de parecer ilimitado, del mismo modo que el pasado deja de ser únicamente el registro de lo que ha sido.  Ambos adquieren una proporción distinta.  Sin proponérnoslo deliberadamente, comenzamos a medir la vida menos por lo que hemos realizado que por aquello que todavía permanece dentro del ámbito de lo posible.

La mente resiste de manera instintiva este reconocimiento.  Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en las rutinas familiares y en la tranquilizadora continuidad de la existencia cotidiana, como si la atención misma pudiera posponer aquello que la razón ya conoce.  La mortalidad pasa a ser algo reconocido intelectualmente, mientras permanece distante en el plano afectivo.

Este despertar no constituye ni un logro ni un fracaso.  Es, sencillamente, una de las condiciones propias de la existencia humana.  Desde el momento en que la mortalidad deja de ser imaginada para convertirse en una realidad personalmente reconocida, toda experiencia posterior de declive, sufrimiento, resistencia y aceptación adquiere un significado que antes no podía poseer.

II. El declive: mente y cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un único acontecimiento decisivo.  Con mayor frecuencia avanza en silencio, medido por cambios tan graduales que, al principio, se confunden con simples incomodidades pasajeras.  El cuerpo deja de responder con la seguridad de otro tiempo.  Movimientos que antes se realizaban sin reflexión comienzan a exigir intención.  La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos empiezan, casi imperceptiblemente, a renunciar a la claridad que antes les era propia.

La mente sigue un curso semejante.  La memoria vacila allí donde antes respondía sin esfuerzo.  Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se disuelven antes de alcanzar su plenitud.  La atención se vuelve cada vez más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre antes desconocidos.  Y, sin embargo, la conciencia suele conservar la lucidez suficiente para percibir estos cambios con una precisión inquietante.  Existe una particular soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras todavía se conserva la claridad necesaria para comprender aquello que se está perdiendo.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del cuerpo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede continuar con plenitud de propósito.  Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad más allá de cuanto generaciones anteriores habrían podido imaginar.  Sin embargo, ninguna intervención modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.  El cuerpo continúa siendo finito, y todo esfuerzo encaminado a preservarlo acaba por encontrarse con límites más allá de los cuales la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es de naturaleza física ni intelectual.  Reside en el reconocimiento gradual de que el declive no constituye una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones finales.  Aquello que en un principio parecía excepcional revela lentamente su pertenencia al mismo orden natural por el que transita todo ser viviente.

III. Las distracciones que retrasan la aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.  La conciencia puede llegar de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, postergada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo permaneciera todavía sin medida.  No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.  La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.  Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos remedios para las enfermedades que acompañan el avance de los años.  Seguimos construyendo, reparando, organizando y anticipando el mañana, no sólo porque estas actividades poseen un valor intrínseco, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un porvenir cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprendernos de la vida nace de algo más profundo que el miedo.  Quedan responsabilidades pendientes.  Promesas por cumplir, conversaciones inconclusas y personas cuyas vidas continúan entrelazadas con la nuestra.  Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera su cumplimiento.  Lo que nos mantiene ligados a la vida es, con frecuencia, menos el temor a morir que la resistencia a abandonar aquello que seguimos considerando confiado a nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.  Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, precisamente aquellas cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.  Son también los vínculos que prolongan el camino hacia esa quietud interior de la que, con el tiempo, puede comenzar a surgir la aceptación.  Antes de que el final pueda ser acogido con serenidad, la mente debe desprenderse gradualmente no sólo de su temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

IV. El peso del sufrimiento y la resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de sensibilidad.  No es raro ni excepcional, sino que forma parte del tejido mismo de la existencia desde el primer aliento hasta el último.  Y, sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.  Ninguna vida lo experimenta exactamente del mismo modo, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.  Puede surgir de la enfermedad, de una lesión o del gradual debilitamiento del cuerpo.  También puede brotar de pérdidas más silenciosas:  el menoscabo de la memoria, la erosión de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso sin nosotros o el duelo que acompaña todo vínculo verdaderamente significativo.  Algunas cargas son visibles y fácilmente reconocidas.  Otras permanecen ocultas, llevadas en silencio y conocidas únicamente por quien las soporta.

Sin embargo, el sufrimiento no debe confundirse con la resistencia.  El sufrimiento es aquello que la vida impone.  La resistencia es la respuesta humana a lo que ha sido impuesto.  Es la capacidad serena de perseverar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.  Gracias a esa capacidad, vidas que desde fuera parecen ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar a su vínculo con el mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.  Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede resultar insoportable para otra.  Una carga antes considerada intolerable puede incorporarse gradualmente al curso ordinario de la existencia, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que desde hace tiempo venían disminuyendo en silencio.  La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, las relaciones y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por esa razón, el sufrimiento nunca debe confundirse con la debilidad, ni la resistencia con la invulnerabilidad.  Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.  Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer toda su significación.

Toda vida acaba encontrando los límites de su propia resistencia, aunque esos límites no pueden preverse ni ser juzgados por otros.  Sólo se revelan en la experiencia silenciosa de quien los atraviesa.  Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la extraordinaria capacidad humana para resistirlo.

V. El umbral invisible

La vida no se extingue de manera repentina.  Al principio parece retirarse casi imperceptiblemente.  La respiración se hace más pausada, no en jadeos, sino mediante una gradual disminución del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.  El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.  El yo parece aflojar el vínculo que durante tanto tiempo lo mantuvo unido a las exigencias ordinarias de la existencia.  Una mente antes inquieta comienza a divagar con mayor libertad, deteniéndose cada vez menos en el pasado, en el porvenir o incluso en la urgencia del presente.

Estos cambios no deben interpretarse necesariamente como signos de fracaso o de derrota.  Con mayor frecuencia se asemejan a una gradual disminución del esfuerzo.  El cuerpo comienza a abandonar tareas que antes realizaba sin advertirlas.  El descanso ocupa progresivamente el lugar de la actividad.  El silencio llega a ser más acogedor que la conversación.  Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen ni impuestos ni resistidos.  Con frecuencia, el cuerpo reconoce esta transición antes de que la mente llegue a comprenderla plenamente.

Llega también un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.  Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.  Surge, más bien, de la experiencia vivida.  Algunos continúan resistiendo su aproximación y consagran las fuerzas que les restan a prolongar cada nuevo día.  Otros parecen ir acomodándose paulatinamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por entregarse al sueño después de una larga vigilia.

En el curso de este proceso, el propio control comienza a adquirir un significado diferente.  El esfuerzo por gobernar cada instante restante va dando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el mismo cuerpo parece señalar.  Aquello que antes exigía resistencia comienza gradualmente a invitar al desprendimiento.  El término de la vida deja de parecer una interrupción de su orden y empieza a revelarse como una de sus expresiones finales.

La muerte no constituye algo que deba ser conquistado, ni algo cuyo advenimiento pueda posponerse indefinidamente.  Permanece como el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido únicamente por quien finalmente lo atraviesa.

VI. La serena aceptación

Pensar en la muerte sin temor, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.  Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, aspiraciones y obligaciones aún inconclusas.  Sin embargo, suele llegar un momento en que todas ellas pierden gradualmente su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para revelarse, sencillamente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo comienza a adquirir un significado distinto.  El cuerpo ha iniciado ya la silenciosa tarea del desprendimiento.  La mente, con mayor lentitud, empieza también a desprenderse de significados inconclusos, de interrogantes aún sin resolver y de la expectativa de que un día más pudiera alterar aquello que la vida ya ha llevado a su culminación.  La aceptación no nace de la certeza.  Surge, poco a poco, cuando la resistencia misma deja de parecer necesaria.

Ningún itinerario pertenece por igual a todas las vidas.  Algunos afrontan la mortalidad con aceptación; otros, con temor, resistencia o incertidumbre.  La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.  La experiencia de morir no admite una progresión universal.  Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no es sinónimo de resignación.  La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.  La quietud, por el contrario, expresa una armonía cada vez mayor entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.  El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.  Lo que permanece no es ni el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde el interior de esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.  Su valor deja de depender de una prolongación indefinida y pasa a descansar en el simple hecho de haber sido vivida.  La quietud que antes parecía vacía adquiere gradualmente una suficiencia propia.  Cada vez queda menos por defender.  Cada vez queda menos por explicar.  Aquello que nos fue dado comienza, poco a poco, a revelarse como completo.

VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún itinerario hacia la aceptación se completa sin compañía.  A lo largo del camino somos formados, orientados y sostenidos por quienes llegan a ser inseparables de nuestra propia existencia.  Aun después de su partida, su presencia perdura en la memoria, en el afecto y en las innumerables formas en que han transformado las vidas que tocaron.

Los últimos años de Michael constituyeron una presencia de esa naturaleza.  Quienes permanecieron a su lado fueron testigos no sólo de las exigencias graduales de la enfermedad, sino también de la serena perseverancia con la que continuó habitando cada uno de sus días.  Su vida, no menos que su muerte, nos recuerda que la mortalidad nunca es experimentada por una sola persona.  Es compartida por las familias, por los compañeros y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los capítulos finales de su existencia.

La muerte despoja de importancia a muchas cosas que antes parecían esenciales.  Lo que permanece suele ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.  El afecto perdura.  La gratitud permanece.  La memoria continúa ejerciendo su silenciosa labor mucho después de que la presencia física ha desaparecido.

A quienes nos han acompañado a lo largo de la vida les debemos algo más que el recuerdo.  Les debemos el reconocimiento de que gran parte de lo que hemos llegado a ser fue formada por su compañía, su paciencia y su afecto.  Su ausencia no borra ese legado.  Por el contrario, lo hace más claramente visible.

Ya no están presentes como lo estuvieron alguna vez.  Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa más allá de sus propias vidas, llevado silenciosamente en la memoria y en el afecto de los demás.  En esa presencia que perdura, la gratitud encuentra su expresión más duradera.

Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania

« María Corina Machado: La herencia de una República »

October 14, 2025

Hay vidas que parecen recapitular el destino de una nación, como si la historia, en busca de renovación, reuniera sus promesas dispersas en una sola forma mortal.  María Corina Machado pertenece a ese raro orden de seres en quienes la sangre, la memoria y la convicción convergen —no como privilegio, sino como carga.  No nació simplemente dentro del linaje republicano de Venezuela; fue convocada por él.  El llamado que resonó por primera vez en los salones asamblearios de Caracas en 1811 —cuando se proclamó su independencia y se concibió su primera constitución republicana— sigue vibrando bajo su nombre.

Su ascendencia se remonta al primer pulso de la República.  Desde los Rodríguez del Toros, que plasmaron sus firmas bajo el Acta de Independencia, hasta los ingenieros Zuloaga que electrificaron a la nación, su genealogía está tejida en las arterias cívicas de Venezuela.  Es una estirpe que eligió el servicio sobre el título, la innovación sobre la indulgencia y la fidelidad a la ley sobre la comodidad del silencio.  En esa tradición, la libertad no es una abstracción: es herencia, obligación y vocación.  Es el hilo que une a un pueblo con su conciencia.

Cuando las instituciones que antaño definieron a Venezuela empezaron a desmoronarse, cuando la legalidad se convirtió en teatro y las palabras perdieron su peso, Machado dio un paso al vacío con la gravedad de quien sabe que el retroceso es imposible.  Su desafío no fue teatral: fue ancestral.  Cada gesto, cada negativa a someterse, llevaba la silenciosa autoridad de la historia consumada.  Hablaba como quien comprende que preservar la dignidad en tiempos de humillación es la forma más pura de resistencia.  Hay, en su modo de ser, esa rara síntesis de lucidez y firmeza que define la personalidad moral de una nación en su mejor expresión: lúcida, incorruptible y humana.

Hoy, sin embargo, su adversario no es uno solo, sino muchos.  Ante ella se alza no sólo un narcoestado que ha vaciado de soberanía a Venezuela, sino también una oposición fracturada —un archipiélago de partidos y figuras unidos menos por principios que por conveniencia.  Faccionados, transitorios y transaccionales, han convertido la pluralidad en pretexto y el compromiso en comercio.  Muchos han aprendido a vivir del mismo régimen que denuncian.  Negocian libertades para sí mismos, incluso mientras el país se hunde cada vez más en la cautividad.  Frente a esa duplicidad, la presencia de Machado se ha vuelto un juicio moral: su claridad desnuda la corrupción de los otros; su constancia, su oportunismo.

En torno a este desorden interno, el mundo gira con apetito vigilante.  Las vastas riquezas naturales de Venezuela —su petróleo, su gas, su oro y sus minerales raros— se han convertido en el botín de redes criminales y de inversores multinacionales por igual.  Rusia, China, Irán y los Estados Unidos, cada uno envuelto en retórica de salvación, compiten no por liberar al país sino por asegurarse una parte de su agotamiento.  Detrás de las máscaras diplomáticas de la ayuda se oculta el mismo cálculo: que el caos puede ser rentable, que una nación debilitada por el hambre y el miedo puede ser manejada con mayor facilidad que una restaurada a su soberanía.  Ésa, desde hace veinticinco años, ha sido la condición de Venezuela: un campo de extracción material, moral y humana; su pueblo disperso, sus instituciones despojadas, su memoria empeñada al mejor postor.

En tal paisaje, María Corina Machado se erige a la vez como testigo y contrapunto.  Su lucha nunca ha sido por el poder, sino por la coherencia —por la recuperación de un lenguaje cívico capaz de nombrar lo que se ha perdido.  Hablar de ley, verdad y justicia en medio de la corrupción generalizada equivale a resucitar el sentido mismo de las palabras.  Su voz se ha vuelto el hilo que reúne la conciencia dispersa de la nación, recordando a los venezolanos que la dignidad no se negocia, y que ningún salvador extranjero restaurará lo que sólo los ciudadanos pueden redimir.

Verla caminar por las calles, recibida no por el lujo sino por la fe, es contemplar a un país que empieza a recordarse a sí mismo.  Se ha convertido, lo quiera o no, en el espejo a través del cual los venezolanos redescubren su propia arquitectura moral: la decencia, el valor, la compasión y un anhelo inextinguible por la verdad.  En su perseverancia, el diálogo interrumpido entre el pueblo y la República vuelve a escucharse.

El Premio Nobel de la Paz, otorgado a su nombre, no es una coronación, sino un reconocimiento —la constatación de que su lucha trasciende el momento y se convierte en emblema del espíritu humano que se niega a rendirse ante la desesperanza.  Al concedérselo, el mundo afirma que el sueño republicano de Venezuela —nacido en el fuego y preservado en la conciencia— sigue respirando en una de sus hijas.  Es el sueño de una nación que cree que la paz sólo puede edificarse no sobre la sumisión, sino sobre la claridad moral; no sobre el silencio, sino sobre la voz inquebrantable del ciudadano.

Lo que María Corina Machado representa es más que la oposición a la tiranía.  Es la encarnación de la continuidad —la idea de que una República, como un alma, sobrevive mientras exista alguien dispuesto a soportar su peso con dignidad.  Su ascenso no es accidental: es el retorno de una promesa antigua.  En su serenidad, Venezuela vuelve a reconocerse: herida pero intacta, luminosa en su desafío, fiel al destino inscrito en su primer acto de libertad.

Por Ricardo F. Morin

Octubre 2025

Bala Cynwyd, Pa


« Intervalos »

September 2, 2025

*

Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.


« La Séptima Guardia »

August 6, 2025

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Ricardo Morin
La séptima guardia
(Serie de plantillas, 5.º panel)
acuarela sobre papel
56 x 76 cm,
2005

Nota Introductoria

Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.


*

71 años

He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.

La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.

Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.

No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.

He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.

Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.

Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.

Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.

He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.

Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.

Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.

No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.

Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.

~

Ricardo Morin Tortolero

4 de Agosto de 2025

Grimsby, Canadá

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« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

~


In memoriam

Andreina Teresa Morín Tortolero

(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)

Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia.   Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban.   Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella.   Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad.   Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

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I. La Carga de la Conciencia

En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción.   Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.   Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo.   Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión.   Para otros, comienza con la pérdida.   La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.

Esta conciencia modifica la medida del tiempo.   El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido.   Ambos adquieren una proporción distinta.   Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.

La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento.   Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende.   La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.

Este despertar no constituye un logro ni un fracaso.   Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana.   Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo.   Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros.   El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos.   Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada.   La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.

La mente sigue un recorrido semejante.   La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad.   Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo.   La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos.   Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante.   Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud.   Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.   Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.   El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual.   Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones.   Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.   La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida.   No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.   La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.   Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años.   Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor.   Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra.   Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado.   Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.   Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.   Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible.   Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia.   No es raro ni excepcional.   Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último.   Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.   Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.   Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo.   También puede surgir de pérdidas más silenciosas:   la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa.   Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato.   Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.

El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia.   El sufrimiento es aquello que la vida impone.   La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto.   Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.   Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.   Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra.   Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio.   La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad.   Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.   Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.

Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros.   Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa.   Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se extingue de manera repentina.   Al principio parece retirarse de forma imperceptible.   La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.   El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.   El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana.   Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.

Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota.   Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo.   El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas.   El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad.   El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación.   Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos.   El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.

También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.   Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.   Surge, más bien, de la experiencia vivida.   Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día.   Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.

Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto.   El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar.   Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento.   El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.

La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente.   Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.   Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes.   Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto.   El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento.   La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar.   La aceptación no nace de la certeza.   Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.

Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas.   Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia.   La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.   La experiencia de morir no admite un desarrollo universal.   Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no equivale a la resignación.   La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.   La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.   El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.   Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.   Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida.   El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia.   Cada vez queda menos por defender.   Cada vez queda menos por explicar.   Lo recibido comienza a revelarse como completo.

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VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario.   A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia.   Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.

La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza.   Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días.   Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta.   Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.

La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial.   Sin embargo, hay realidades que permanecen.   El afecto no desaparece.   La gratitud no se extingue.   La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.

A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo.   Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor.   Su ausencia no cancela ese legado.   Con frecuencia, lo hace todavía más visible.

Ya no permanecen entre nosotros como antes.   Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan.   En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.

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Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania


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