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« El sentido incierto del vínculo »

September 5, 2026

Ricardo F. Morín
22” x 30”
Acuarela y tinta
2010

¿Qué puede confiarse a un vínculo cuando su sentido no es el mismo para quienes lo comparten?

Ninguna relación responde de antemano a esta pregunta.  El afecto puede causar inquietud; el silencio puede preservar una conexión o dejarla desaparecer.  La comunicación comienza antes de que cualquiera de las dos personas sepa qué revelará el encuentro acerca del vínculo que las une.

Dos personas pueden reconocer un mismo vínculo sin darle el mismo sentido.  Para una, la familiaridad permite el contacto espontáneo; para otra, la conexión no concede por sí sola el acceso.  La diferencia permanece oculta mientras la conversación sigue caminos conocidos.  Se hace visible cuando algo inesperado entra en la relación: una confidencia, un recuerdo, una visita o una reflexión escrita.

Cuando una persona comparte algo personal, entre ambas pasa algo más que un contenido.  Una parte de la vida interior se confía al vínculo, y el vínculo mismo queda al cuidado de las dos personas.  Quien recibe encuentra lo compartido junto con la confianza de que la relación puede sostenerlo.  Esa confianza puede conmover y también traer consigo atención, recuerdos u obligaciones para los cuales no se había preparado ningún espacio.

Quien comparte renuncia a controlar cómo será entendido el gesto.  Quien lo recibe debe responder a algo cuyo sentido y cuyas exigencias aún desconoce.  Sus vulnerabilidades se encuentran, pero no coinciden.  Ninguna de las dos posiciones revela por sí sola el sentido completo del intercambio.

La diferencia puede presentarse primero como malestar.  La irritación, la aprensión, la presión o la fatiga buscan una explicación y la encuentran en las circunstancias visibles: un momento inoportuno, una visita inesperada, un mensaje reiterado, un asunto difícil.  Una regla acerca de cómo deberá ocurrir el contacto en adelante da entonces una forma clara a un sentimiento que todavía no se comprende.

Un límite puede conocerse únicamente cuando un encuentro llega hasta él.  Antes de ese momento, quien se acercó no podía preverlo, mientras quien sintió la presión quizá todavía no sabía cómo nombrarlo.  Si después el límite se hace valer como si siempre hubiera estado claro, el encuentro queda juzgado según condiciones que surgieron del encuentro mismo.

Una regla sobre el contacto futuro puede impedir que regrese el mismo malestar.  La visita deberá ser acordada, el mensaje deberá estar precedido por una consulta y el asunto solo podrá plantearse después de recibir permiso.  Estas condiciones pueden hacer posible el contacto y también reducir lo que puede entrar en la relación.  El afecto permanece, pero cada persona confía al vínculo una parte menor de su vida.

El duelo vuelve especialmente visible esta incertidumbre.  Después de una muerte, los familiares se encuentran mientras llevan consigo recuerdos distintos de una misma persona.  El afecto, la ira, la lealtad, el resentimiento, la tristeza y el alivio pueden ocupar el mismo espacio emocional antes de que alguno de ellos encuentre expresión.  Una visita puede llevar consigo cuidado y también acercar la historia emocional de la familia.  Las reglas sobre el momento, la duración, la privacidad o la hospitalidad dan una forma práctica a sentimientos que todavía no han encontrado palabras.

La escritura también confía algo personal a una relación.  Un ensayo llega después de que su autor ya ha convivido con los recuerdos y las decisiones que le dieron forma; quien lo recibe encuentra de una sola vez todo lo que contiene el texto.  Los medios digitales colocan la reflexión íntima junto a avisos, enlaces y comentarios pasajeros.  La frecuencia, la extensión y la ubicación se hacen visibles de inmediato, mientras el trabajo y la confianza depositados en la escritura resultan menos evidentes.

El permiso previo puede proteger el tiempo y la atención de quien recibe.  También cambia lo que se entiende que permite la relación.  Para una persona, consultar primero ofrece una manera de mantener el contacto; para otra, significa que la confianza espontánea ya no forma parte del vínculo.  Una misma regla puede tener, por tanto, un sentido distinto para cada persona sin aclarar en qué se ha convertido la relación que comparten.

Las personas aprenden lo que permite una relación mediante experiencias repetidas, muchas veces antes de que se exprese regla alguna.  Los niños observan qué asuntos cambian el ambiente, qué visitas producen tensión y qué expresiones de necesidad provocan el retraimiento.  Sin que nadie se lo explique, aprenden qué puede compartirse, quién puede acercarse y cuánta cercanía puede sostener la relación.  Mediante la repetición, una respuesta a un solo hecho puede llegar a parecer parte natural del orden familiar.

Las ideas previas pueden entrar en una relación antes de que cualquiera de las dos personas advierta su presencia. Algunas son impuestas desde fuera por los juicios ajenos; otras llegan al encuentro sin haber sido puestas a prueba. El prejuicio puede entonces influir en lo que se percibe antes de que el gesto haya sido comprendido. La cautela puede responder a una circunstancia presente, a una experiencia anterior o a una expectativa que nunca se ha comprobado. La conducta por sí sola no revela cuál de estas posibilidades está actuando.

Cuando las condiciones del vínculo permanecen sin decirse, la anticipación puede ocupar el lugar de la comunicación.  Se evitan ciertos asuntos, se retiran las invitaciones y cada persona actúa según lo que espera que la otra rechace.  Se confía menos a la relación y, por ello, la relación ofrece menos pruebas de lo que puede sostener.  El escaso trato alimenta la cautela; la cautela mantiene el escaso trato.

Dentro de esta reducción, una reacción nacida de la vulnerabilidad puede convertirse en una explicación de la conducta ajena.  Una regla dirigida hacia fuera proporciona una explicación clara mientras permanece sin examinar el sentimiento que la exigió.  Una persona puede saber qué no puede recibir sin saber todavía por qué.  La otra puede saber qué quiso comunicar sin saber cómo llegó.  Cada una conoce solo una parte del encuentro.

El vínculo sigue siendo reconocible aun cuando su sentido ya no sea compartido. Cada nuevo gesto llega marcado por lo que antes fue recibido, rechazado o dejado sin respuesta. Ninguna de las dos personas posee el sentido completo de la relación. Sigue siendo incierto qué puede confiarse a ella, así como lo que otro encuentro podría revelar.

Ricardo F. Morín

5 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« Intervalos »

September 2, 2025

*

Portada diseño de Ricardo Morín
Aposento Nº 2: Intervalos
29″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1994

Nota del Autor

Intervalos está escrito en una cadencia tensada en el umbral de la vida y la muerte. No se oculta, aunque su lenguaje permanece despojado de explicación. La ambivalencia puede ser ineludible, pero no es la intención. El anonimato de la voz es deliberado, para mantener la atención en lo dicho y no en quién lo dice.

Ricardo Morín, 11 de septiembre de 2025. Bala Cynwyd, Pa.

Intervalos

Para sanarse, solía cubrirse el cuerpo de barro y luego enjuagárselo. Agazapado bajo el sol ardiente, miraba en diagonal desde una esquina hacia el extremo opuesto del patio. De la cuerda de tender colgó un paraguas negro, boca abajo. En él arrojó el último puñado de pócimas. De su derrumbe, pesado, esperaba esquivar su propia muerte.

Cubrió sus libros con una sábana negra; a ciegas sacaba uno por vez y, tras hallar una frase que diera sentido a sus pensamientos, lo devolvía. Esperaba una revelación. Su madre, ya anciana, sacaba otro libro y buscaba una respuesta mejor.

Agotado y sin dormir, se tendió envuelto en una manta roja, de espaldas al espejo. Empapado en lágrimas, yacía deshecho. Escalofríos recorrieron su espalda, como si las entrañas ardieran en fuego.

Despertó con el sonido del agua corriendo. Su madre restregaba las prendas hasta que la tela comenzaba a deshilacharse. Había pintado las paredes de blanco; las puertas dejaron de ser marrones. Un intruso saltó la verja. Luego, con una fuerza que lo sorprendió poseer, arrancó el jardín.

Siguieron noches en vela. No era consciente de sus pómulos hundidos; sólo la mirada de los vecinos lo veía consumirse. Logró volar lejos. Aunque atento a la vida, encontró la decepción.

A su llegada, el hotel llamó a una ambulancia. Tras un vuelo de diez horas, lo asaltó un choque séptico; una enfermera le pidió elegir un destino. Los escalofríos regresaron. Vio morir a muchos, aunque no era su turno. Días después, su carne volvió a la vida.

Con el recuerdo de antiguos lazos, partió de nuevo decepcionado. Cruzó otra distancia y supo cuán frágil era su soledad.

Tú lo rescataste y él a ti. Un puente se levantó desde la nostalgia. Tres años de pasión no remendaron el abismo; él se quitó la vida y tú quedaste.

Un cura romano atendió los clamores de su madre, mientras tergiversaba los de su hijo. Poco sabía el cura que era por su propio designio. El hijo te llamó, a ti, un nuevo amor, para que vinieras. Para amar, para sostener el lazo del momento.


Epílogo

Intervalos descansa sobre nuestra temerosa percepción de la muerte, la soledad, la supervivencia y la fractura (un intervalo es la cadencia del tiempo y su final es el vaciamiento de lo que la conciencia del miedo lleva en sí). Un intervalo no busca consuelo ni resolución; permanece con lo que ocurre, en la intemperie donde la soledad y la fractura revelan la fragilidad de la existencia.