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« ¿Qué es el buen sentido? »

October 15, 2026


Ricardo F. Morín
¿Qué es el buen sentido?
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026

El sentido común se compone de conclusiones alcanzadas mucho antes de que surja la ocasión de recurrir a ellas:  se guardan en reserva, se transmiten sin examen y se aplican cada vez que una nueva circunstancia se asemeja a otra ya conocida.  La comodidad que ofrece es real, pues ahorra el esfuerzo de mirar.  Así, hombres y mujeres de toda condición lo llevan consigo con despreocupación, junto con opiniones puramente estereotipadas que aceptan como normas de conducta porque nadie recuerda haberlas examinado.  Bajo su influjo, las personas se presentan unas ante otras ya clasificadas:  a cada una se la recibe como manifestación de un fenómeno colectivo, como reflejo de otras a las que se supone semejantes, y cada una responde desde el lugar que se le ha asignado de antemano.  Lo que ocurre entre ellas tiene menos de encuentro que de intercambio entre categorías:  la categoría se adelanta a la persona y ocupa el lugar donde ésta se habría hecho presente.

La comparación entre civilizaciones ofrece la manifestación más familiar de este proceder.  Entre cualquier cultura latina y cualquier cultura anglosajona, el sentido común traza una frontera y proclama la existencia de dos mundos aislados:  los italianos son así; los ingleses, de otra manera.  La condición humana se redistribuye así en clasificaciones colectivas fundadas en la apariencia física o en los logros históricos.  Palabras como helenizado, latinizado, anglicanizado, africanizado o indigenizado describen el tránsito de lenguas y costumbres a lo largo de los siglos.  Aplicados a un individuo, estos términos pueden decir algo verdadero sobre su habla o su formación, pero no afirman nada acerca de quién es ese individuo:  tal afirmación surge cuando una descripción colectiva se traslada a una sola persona y determina de antemano lo que se habrá de encontrar en ella.  El resultado es un sectarismo banal y cerrado sobre sí mismo, que confunde el límite con lo que éste encierra.

Lo que la categoría borra es lo particular:  este rostro, esta voz, esta circunstancia, que se asemejan a otros sólo en parte, nunca por entero.  El buen sentido comienza ahí como una forma de percepción, antes de constituir una forma de juicio.  Un pintor conoce la diferencia entre dibujar lo que ve y dibujar lo que sabe:  el ojo percibe la geometría concreta de un rostro, sus asimetrías y sus accidentes, mientras la mano recurre al rostro genérico que ha dibujado cien veces.  Sin embargo, el ojo que percibe esos accidentes también se ha formado al contemplar los cien rostros anteriores:  lo que conserva afina su mirada, siempre que el pintor permita que cada nuevo rostro corrija lo conservado.  El rostro genérico pertenece al sentido común, mientras que sólo la atención permite ver el rostro concreto.

Lo que se conserva de un encuentro puede orientar el siguiente o suplantarlo.  La diferencia estriba en si la conclusión anterior permanece abierta a la corrección que pueda aportar la persona ahora presente, o si se aplica como si ya se hubiera visto a esa persona.  El sentido común se conserva como una posesión; el buen sentido, en cambio, se ejerce mediante un acto que se realiza en cada ocasión o no se realiza en absoluto:  nadie lo posee como posee un temperamento o una formación, y su ausencia no deja huella, pues el sentido común responde allí donde habría correspondido mirar.

Por consiguiente, la divisoria entre ambos no discurre entre grupos de personas:  no separa a los doctos de los iletrados ni al crítico de la multitud, sino que atraviesa a cada persona de un momento a otro.  Una mujer que, en un puesto del mercado, responde a un desconocido atendiendo al cansancio de éste antes que a su acento ha mirado.  La misma mujer puede recurrir a la reserva una hora después, cuando describe a sus vecinos el país de ese desconocido.  Tampoco quienes denuncian la clasificación están a salvo de este proceder, pues la multitud que denuncian es también una categoría, tomada de la misma reserva de la que proceden los estereotipos a los que se oponen.

El buen sentido tampoco sustrae al examen sus propias conclusiones.  Una percepción clara que se conserva al margen de todo examen cristaliza en una regla, y la regla pasa a la reserva de la que se extraen los nuevos estereotipos:  lo que se vio ayer se aplica mañana a alguien a quien nunca se ha visto.

Ricardo F. Morín, 12 de octubre de 2026.  En tránsito


« El sentido incierto del vínculo »

September 5, 2026

Ricardo F. Morín
22” x 30”
Acuarela y tinta
2010

¿Qué puede confiarse a un vínculo cuando su sentido no es el mismo para quienes lo comparten?

Ninguna relación responde de antemano a esta pregunta.  El afecto puede causar inquietud; el silencio puede preservar una conexión o dejarla desaparecer.  La comunicación comienza antes de que cualquiera de las dos personas sepa qué revelará el encuentro acerca del vínculo que las une.

Dos personas pueden reconocer un mismo vínculo sin darle el mismo sentido.  Para una, la familiaridad permite el contacto espontáneo; para otra, la conexión no concede por sí sola el acceso.  La diferencia permanece oculta mientras la conversación sigue caminos conocidos.  Se hace visible cuando algo inesperado entra en la relación: una confidencia, un recuerdo, una visita o una reflexión escrita.

Cuando una persona comparte algo personal, entre ambas pasa algo más que un contenido.  Una parte de la vida interior se confía al vínculo, y el vínculo mismo queda al cuidado de las dos personas.  Quien recibe encuentra lo compartido junto con la confianza de que la relación puede sostenerlo.  Esa confianza puede conmover y también traer consigo atención, recuerdos u obligaciones para los cuales no se había preparado ningún espacio.

Quien comparte renuncia a controlar cómo será entendido el gesto.  Quien lo recibe debe responder a algo cuyo sentido y cuyas exigencias aún desconoce.  Sus vulnerabilidades se encuentran, pero no coinciden.  Ninguna de las dos posiciones revela por sí sola el sentido completo del intercambio.

La diferencia puede presentarse primero como malestar.  La irritación, la aprensión, la presión o la fatiga buscan una explicación y la encuentran en las circunstancias visibles: un momento inoportuno, una visita inesperada, un mensaje reiterado, un asunto difícil.  Una regla acerca de cómo deberá ocurrir el contacto en adelante da entonces una forma clara a un sentimiento que todavía no se comprende.

Un límite puede conocerse únicamente cuando un encuentro llega hasta él.  Antes de ese momento, quien se acercó no podía preverlo, mientras quien sintió la presión quizá todavía no sabía cómo nombrarlo.  Si después el límite se hace valer como si siempre hubiera estado claro, el encuentro queda juzgado según condiciones que surgieron del encuentro mismo.

Una regla sobre el contacto futuro puede impedir que regrese el mismo malestar.  La visita deberá ser acordada, el mensaje deberá estar precedido por una consulta y el asunto solo podrá plantearse después de recibir permiso.  Estas condiciones pueden hacer posible el contacto y también reducir lo que puede entrar en la relación.  El afecto permanece, pero cada persona confía al vínculo una parte menor de su vida.

El duelo vuelve especialmente visible esta incertidumbre.  Después de una muerte, los familiares se encuentran mientras llevan consigo recuerdos distintos de una misma persona.  El afecto, la ira, la lealtad, el resentimiento, la tristeza y el alivio pueden ocupar el mismo espacio emocional antes de que alguno de ellos encuentre expresión.  Una visita puede llevar consigo cuidado y también acercar la historia emocional de la familia.  Las reglas sobre el momento, la duración, la privacidad o la hospitalidad dan una forma práctica a sentimientos que todavía no han encontrado palabras.

La escritura también confía algo personal a una relación.  Un ensayo llega después de que su autor ya ha convivido con los recuerdos y las decisiones que le dieron forma; quien lo recibe encuentra de una sola vez todo lo que contiene el texto.  Los medios digitales colocan la reflexión íntima junto a avisos, enlaces y comentarios pasajeros.  La frecuencia, la extensión y la ubicación se hacen visibles de inmediato, mientras el trabajo y la confianza depositados en la escritura resultan menos evidentes.

El permiso previo puede proteger el tiempo y la atención de quien recibe.  También cambia lo que se entiende que permite la relación.  Para una persona, consultar primero ofrece una manera de mantener el contacto; para otra, significa que la confianza espontánea ya no forma parte del vínculo.  Una misma regla puede tener, por tanto, un sentido distinto para cada persona sin aclarar en qué se ha convertido la relación que comparten.

Las personas aprenden lo que permite una relación mediante experiencias repetidas, muchas veces antes de que se exprese regla alguna.  Los niños observan qué asuntos cambian el ambiente, qué visitas producen tensión y qué expresiones de necesidad provocan el retraimiento.  Sin que nadie se lo explique, aprenden qué puede compartirse, quién puede acercarse y cuánta cercanía puede sostener la relación.  Mediante la repetición, una respuesta a un solo hecho puede llegar a parecer parte natural del orden familiar.

Las ideas previas pueden entrar en una relación antes de que cualquiera de las dos personas advierta su presencia. Algunas son impuestas desde fuera por los juicios ajenos; otras llegan al encuentro sin haber sido puestas a prueba. El prejuicio puede entonces influir en lo que se percibe antes de que el gesto haya sido comprendido. La cautela puede responder a una circunstancia presente, a una experiencia anterior o a una expectativa que nunca se ha comprobado. La conducta por sí sola no revela cuál de estas posibilidades está actuando.

Cuando las condiciones del vínculo permanecen sin decirse, la anticipación puede ocupar el lugar de la comunicación.  Se evitan ciertos asuntos, se retiran las invitaciones y cada persona actúa según lo que espera que la otra rechace.  Se confía menos a la relación y, por ello, la relación ofrece menos pruebas de lo que puede sostener.  El escaso trato alimenta la cautela; la cautela mantiene el escaso trato.

Dentro de esta reducción, una reacción nacida de la vulnerabilidad puede convertirse en una explicación de la conducta ajena.  Una regla dirigida hacia fuera proporciona una explicación clara mientras permanece sin examinar el sentimiento que la exigió.  Una persona puede saber qué no puede recibir sin saber todavía por qué.  La otra puede saber qué quiso comunicar sin saber cómo llegó.  Cada una conoce solo una parte del encuentro.

El vínculo sigue siendo reconocible aun cuando su sentido ya no sea compartido. Cada nuevo gesto llega marcado por lo que antes fue recibido, rechazado o dejado sin respuesta. Ninguna de las dos personas posee el sentido completo de la relación. Sigue siendo incierto qué puede confiarse a ella, así como lo que otro encuentro podría revelar.

Ricardo F. Morín

5 de septiembre de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania