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« El árbol y nosotros »

August 8, 2026

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Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol.   Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie.   La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta.   El árbol procede de la tierra.

Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo.   Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces.   Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera.   Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.

El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental.   Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.

Un árbol parece sólido, independiente y delimitado.   Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco.   Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire.   Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite.   La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera.   El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol.   Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces.   La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.

El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.

Y nosotros también.

El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada.   Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel.   Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites.   Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.

Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.

La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo.   El oxígeno entra en la sangre.   El dióxido de carbono sale de la sangre.   El agua nos atraviesa.   Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua.   Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.

No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia.   Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.

La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo.   Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos.   La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros.   Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.

No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.

El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia.   Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas.   Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.

Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior.   Nosotros miramos el árbol.   Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia.   Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.

No existimos primero para entrar después en relación con el mundo.   La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.

La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta.   El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible.   Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.

La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.

Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta.   Una voz deja de responder.   Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto.   La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra.   Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.

Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.

Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular.   Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta.   La materia no cae en la nada.   La energía no desaparece sin más.   Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.

La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona.   Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos.   Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.

Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior.   Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.

Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas.   Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido.   La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.

No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte.   La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión.   La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.

Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.

La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos.   Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió.   La organización individual ha cesado.   La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.

Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento.   Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.

Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.

La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.   La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella.   La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.

El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros.   Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas.   El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.

Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.

La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas.   Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida.   Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre.   La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo.   No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.

¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?

Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.

Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo.   Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular.   Ese individuo adquiere una historia y un nombre.   Ama a personas determinadas.   Recuerda habitaciones determinadas.   Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.

Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.

Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.   La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.   El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.   Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.

No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido.   No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla.   Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.

La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas.   Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.

La forma singular de cada persona no puede ser sustituida.   La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo.   Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.

Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.

El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis.   La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad.   El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.

Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.

Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.

Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros.   No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.

No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.

Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.

*

Ricardo F. Morín

8 de Agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pennsylvania

« Un umbral de silencio »

July 10, 2026
Michael Basso
(28 de junio, 1955 – 28 de mayo, 2025)

In memoriam

Durante la última década de su vida, la salud de Michael fue declinando de manera constante, al igual que había ocurrido con la de su padre en los años que le precedieron, marcada por una sucesión de enfermedades que fueron estrechando gradualmente los horizontes ordinarios de la existencia.  Sin embargo, continuó abrazando cada día con una serena determinación, aun cuando la creciente incertidumbre de su propio cuerpo se volvió imposible de ignorar.  Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a él.  Fue compartido por el esposo que permaneció a su lado y por quienes lo amaban.  Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

I. La carga de la conciencia

A veces de manera repentina, otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, llega un momento en que la mortalidad deja de ser una abstracción.  Deja de ser una eventualidad lejana, discretamente oculta bajo las rutinas de la vida ordinaria o atenuada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.  Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia mediante la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las silenciosas traiciones del cuerpo.  Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con una cautela inesperada, cada uno de ellos se convierte en un sutil recordatorio de que la permanencia siempre fue una ilusión.  Para otros, comienza con la pérdida.  La muerte de un amigo, de un hermano, de un padre, de una madre o del cónyuge revela silenciosamente que aquello que ha ocurrido a otro pasa, inevitablemente, a pertenecernos también.

Esa conciencia modifica la medida del tiempo.  El porvenir deja de parecer ilimitado, del mismo modo que el pasado deja de ser únicamente el registro de lo que ha sido.  Ambos adquieren una proporción distinta.  Sin proponérnoslo deliberadamente, comenzamos a medir la vida menos por lo que hemos realizado que por aquello que todavía permanece dentro del ámbito de lo posible.

La mente resiste de manera instintiva este reconocimiento.  Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en las rutinas familiares y en la tranquilizadora continuidad de la existencia cotidiana, como si la atención misma pudiera posponer aquello que la razón ya conoce.  La mortalidad pasa a ser algo reconocido intelectualmente, mientras permanece distante en el plano afectivo.

Este despertar no constituye ni un logro ni un fracaso.  Es, sencillamente, una de las condiciones propias de la existencia humana.  Desde el momento en que la mortalidad deja de ser imaginada para convertirse en una realidad personalmente reconocida, toda experiencia posterior de declive, sufrimiento, resistencia y aceptación adquiere un significado que antes no podía poseer.

II. El declive: mente y cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un único acontecimiento decisivo.  Con mayor frecuencia avanza en silencio, medido por cambios tan graduales que, al principio, se confunden con simples incomodidades pasajeras.  El cuerpo deja de responder con la seguridad de otro tiempo.  Movimientos que antes se realizaban sin reflexión comienzan a exigir intención.  La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos empiezan, casi imperceptiblemente, a renunciar a la claridad que antes les era propia.

La mente sigue un curso semejante.  La memoria vacila allí donde antes respondía sin esfuerzo.  Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se disuelven antes de alcanzar su plenitud.  La atención se vuelve cada vez más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre antes desconocidos.  Y, sin embargo, la conciencia suele conservar la lucidez suficiente para percibir estos cambios con una precisión inquietante.  Existe una particular soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras todavía se conserva la claridad necesaria para comprender aquello que se está perdiendo.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del cuerpo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede continuar con plenitud de propósito.  Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad más allá de cuanto generaciones anteriores habrían podido imaginar.  Sin embargo, ninguna intervención modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.  El cuerpo continúa siendo finito, y todo esfuerzo encaminado a preservarlo acaba por encontrarse con límites más allá de los cuales la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es de naturaleza física ni intelectual.  Reside en el reconocimiento gradual de que el declive no constituye una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones finales.  Aquello que en un principio parecía excepcional revela lentamente su pertenencia al mismo orden natural por el que transita todo ser viviente.

III. Las distracciones que retrasan la aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.  La conciencia puede llegar de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, postergada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo permaneciera todavía sin medida.  No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.  La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.  Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos remedios para las enfermedades que acompañan el avance de los años.  Seguimos construyendo, reparando, organizando y anticipando el mañana, no sólo porque estas actividades poseen un valor intrínseco, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un porvenir cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprendernos de la vida nace de algo más profundo que el miedo.  Quedan responsabilidades pendientes.  Promesas por cumplir, conversaciones inconclusas y personas cuyas vidas continúan entrelazadas con la nuestra.  Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera su cumplimiento.  Lo que nos mantiene ligados a la vida es, con frecuencia, menos el temor a morir que la resistencia a abandonar aquello que seguimos considerando confiado a nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.  Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, precisamente aquellas cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.  Son también los vínculos que prolongan el camino hacia esa quietud interior de la que, con el tiempo, puede comenzar a surgir la aceptación.  Antes de que el final pueda ser acogido con serenidad, la mente debe desprenderse gradualmente no sólo de su temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

IV. El peso del sufrimiento y la resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de sensibilidad.  No es raro ni excepcional, sino que forma parte del tejido mismo de la existencia desde el primer aliento hasta el último.  Y, sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.  Ninguna vida lo experimenta exactamente del mismo modo, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.  Puede surgir de la enfermedad, de una lesión o del gradual debilitamiento del cuerpo.  También puede brotar de pérdidas más silenciosas:  el menoscabo de la memoria, la erosión de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso sin nosotros o el duelo que acompaña todo vínculo verdaderamente significativo.  Algunas cargas son visibles y fácilmente reconocidas.  Otras permanecen ocultas, llevadas en silencio y conocidas únicamente por quien las soporta.

Sin embargo, el sufrimiento no debe confundirse con la resistencia.  El sufrimiento es aquello que la vida impone.  La resistencia es la respuesta humana a lo que ha sido impuesto.  Es la capacidad serena de perseverar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.  Gracias a esa capacidad, vidas que desde fuera parecen ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar a su vínculo con el mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.  Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede resultar insoportable para otra.  Una carga antes considerada intolerable puede incorporarse gradualmente al curso ordinario de la existencia, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que desde hace tiempo venían disminuyendo en silencio.  La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, las relaciones y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por esa razón, el sufrimiento nunca debe confundirse con la debilidad, ni la resistencia con la invulnerabilidad.  Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.  Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer toda su significación.

Toda vida acaba encontrando los límites de su propia resistencia, aunque esos límites no pueden preverse ni ser juzgados por otros.  Sólo se revelan en la experiencia silenciosa de quien los atraviesa.  Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la extraordinaria capacidad humana para resistirlo.

V. El umbral invisible

La vida no se extingue de manera repentina.  Al principio parece retirarse casi imperceptiblemente.  La respiración se hace más pausada, no en jadeos, sino mediante una gradual disminución del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.  El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.  El yo parece aflojar el vínculo que durante tanto tiempo lo mantuvo unido a las exigencias ordinarias de la existencia.  Una mente antes inquieta comienza a divagar con mayor libertad, deteniéndose cada vez menos en el pasado, en el porvenir o incluso en la urgencia del presente.

Estos cambios no deben interpretarse necesariamente como signos de fracaso o de derrota.  Con mayor frecuencia se asemejan a una gradual disminución del esfuerzo.  El cuerpo comienza a abandonar tareas que antes realizaba sin advertirlas.  El descanso ocupa progresivamente el lugar de la actividad.  El silencio llega a ser más acogedor que la conversación.  Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen ni impuestos ni resistidos.  Con frecuencia, el cuerpo reconoce esta transición antes de que la mente llegue a comprenderla plenamente.

Llega también un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.  Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.  Surge, más bien, de la experiencia vivida.  Algunos continúan resistiendo su aproximación y consagran las fuerzas que les restan a prolongar cada nuevo día.  Otros parecen ir acomodándose paulatinamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por entregarse al sueño después de una larga vigilia.

En el curso de este proceso, el propio control comienza a adquirir un significado diferente.  El esfuerzo por gobernar cada instante restante va dando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el mismo cuerpo parece señalar.  Aquello que antes exigía resistencia comienza gradualmente a invitar al desprendimiento.  El término de la vida deja de parecer una interrupción de su orden y empieza a revelarse como una de sus expresiones finales.

La muerte no constituye algo que deba ser conquistado, ni algo cuyo advenimiento pueda posponerse indefinidamente.  Permanece como el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido únicamente por quien finalmente lo atraviesa.

VI. La serena aceptación

Pensar en la muerte sin temor, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.  Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, aspiraciones y obligaciones aún inconclusas.  Sin embargo, suele llegar un momento en que todas ellas pierden gradualmente su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para revelarse, sencillamente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo comienza a adquirir un significado distinto.  El cuerpo ha iniciado ya la silenciosa tarea del desprendimiento.  La mente, con mayor lentitud, empieza también a desprenderse de significados inconclusos, de interrogantes aún sin resolver y de la expectativa de que un día más pudiera alterar aquello que la vida ya ha llevado a su culminación.  La aceptación no nace de la certeza.  Surge, poco a poco, cuando la resistencia misma deja de parecer necesaria.

Ningún itinerario pertenece por igual a todas las vidas.  Algunos afrontan la mortalidad con aceptación; otros, con temor, resistencia o incertidumbre.  La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.  La experiencia de morir no admite una progresión universal.  Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no es sinónimo de resignación.  La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.  La quietud, por el contrario, expresa una armonía cada vez mayor entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.  El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.  Lo que permanece no es ni el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde el interior de esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.  Su valor deja de depender de una prolongación indefinida y pasa a descansar en el simple hecho de haber sido vivida.  La quietud que antes parecía vacía adquiere gradualmente una suficiencia propia.  Cada vez queda menos por defender.  Cada vez queda menos por explicar.  Aquello que nos fue dado comienza, poco a poco, a revelarse como completo.

VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún itinerario hacia la aceptación se completa sin compañía.  A lo largo del camino somos formados, orientados y sostenidos por quienes llegan a ser inseparables de nuestra propia existencia.  Aun después de su partida, su presencia perdura en la memoria, en el afecto y en las innumerables formas en que han transformado las vidas que tocaron.

Los últimos años de Michael constituyeron una presencia de esa naturaleza.  Quienes permanecieron a su lado fueron testigos no sólo de las exigencias graduales de la enfermedad, sino también de la serena perseverancia con la que continuó habitando cada uno de sus días.  Su vida, no menos que su muerte, nos recuerda que la mortalidad nunca es experimentada por una sola persona.  Es compartida por las familias, por los compañeros y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los capítulos finales de su existencia.

La muerte despoja de importancia a muchas cosas que antes parecían esenciales.  Lo que permanece suele ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.  El afecto perdura.  La gratitud permanece.  La memoria continúa ejerciendo su silenciosa labor mucho después de que la presencia física ha desaparecido.

A quienes nos han acompañado a lo largo de la vida les debemos algo más que el recuerdo.  Les debemos el reconocimiento de que gran parte de lo que hemos llegado a ser fue formada por su compañía, su paciencia y su afecto.  Su ausencia no borra ese legado.  Por el contrario, lo hace más claramente visible.

Ya no están presentes como lo estuvieron alguna vez.  Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa más allá de sus propias vidas, llevado silenciosamente en la memoria y en el afecto de los demás.  En esa presencia que perdura, la gratitud encuentra su expresión más duradera.

Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania

« Jardines Morakami »

April 10, 2026

En memoria de Andreina

Ricardo F. Morín, 10 de abril de 2026, Oakland Park, Florida

Bosque de bambú, ondulando en el viento. Inhalado y exhalado.

Camino por un túnel columnado de enredaderas, las frondas de una palmera agitándose arriba.

Formas curvadas—Karesansui.

Una huéspeda pasa, buscando su nombre.

Caigo por un monumento al desecho.

Como en un tablero de ajedrez

Te veo. Allá.

Una escalera hacia el jardín.

Un aposento donde me senté junto a ti, ya no más.

Estoy contenido por cinta amarilla de precaución.

Tres bancos contra una pantalla de hojas.

Tu entierro está aquí conmigo.

Los bonsáis que adorabas.

Una sonrisa nacarada murmura en el cielo.

Mi guardián dice: cuidado por dónde pisas.

Dice que tenemos mucho por hacer.

Y los dejo pasar.



Bosque de bambú, respirando.

Karesansui, cinta amarilla, tres bancos—ella ya no está.

Y los dejo pasar.

« Gestos de lo Inasible »

June 14, 2025

« Una vida entregada al arte »

*

Ricardo F Morin
Serie Triangulación Nº 38
9” x 13”
Oleo sobre lino
2009

*

In memoriam José Luis Montero


Para él, la inspiración no irrumpía—se asentaba.
Llegaba no con respuestas, sino con permiso para comenzar.

No había ritual.
Ni punto de inflexión dramático.
Solo el lienzo, el olor del óleo, la luz desplazándose por el suelo.
Un día plegándose sobre el siguiente, hasta que el trabajo se convirtió en su propio clima—
a veces despejado, a veces tormentoso, pero siempre presente.

Creía en la atención, no en el dominio.

Lo que le conmovía no era cómo se lograba la pintura en un momento dado,
sino que, al ser deconstruida, tenía que recuperarla—
no por destreza, sino por necesidad—
cuando la mano se adelantaba al pensamiento,
y algo más honesto que la intención comenzaba a conducir.
Y cuando eso ocurría, le exigía todo.

Cualquiera que lo observara—
cualquiera menos él—
habría visto muy poco.
Un rastro.
Una pausa.
Un leve ajuste.
Pero en su interior, algo escuchaba—
no a sí mismo,
sino al mundo, al material, al eco de una forma aún desconocida.

No hacía obras para ser recordado,
aunque cargara cada una como a un hijo.
Las hacía para seguir con vida.
Y cuando se topaba con una pintura acabada años después,
se le agitaba el cuerpo.
No era nostalgia.
Era el olor del pigmento,
el sonido de las cerdas,
el duelo de algo casi logrado—
perdido, y luego vuelto a encontrar.

Algunos días, el trabajo fluía con cierta facilidad.
Otros, se resistía.
Aprendió a no perseguir ninguno de los dos.

Siempre comenzaba sin saber qué buscaba.
Un matiz.
Un destello de transparencia.
Una pincelada que alterara la superficie.
A menudo, el pincel quedaba suspendido en el aire,
esperando que el siguiente gesto se revelara.
A veces, no llegaba nada.
Esas piezas quedaban intactas durante semanas—
una inquietud callada en la esquina del cuarto.

Vivía junto a su silencio.

El estudio nunca estaba limpio, pero siempre ordenado.
Trapos doblados.
Tarros empañados con trementina vieja.
Paredes con siluetas suaves de lienzos pasados.
El desorden no era descuido.
Era habitado—no descuidado, sino vivido.
Notas sobre la armonía piramidal de Goethe colgaban junto a muestras minerales,
bocetos, círculos cromáticos, cartas rasgadas de marchantes.
No por revelación, sino por proximidad.

No todas las piezas se sostenían.
Algunas fracasaban por completo.
Otras, de forma gradual, perdiendo urgencia capa a capa.
También conservaba esas—
no como archivos, sino como recordatorios.
Donde la mano se había vuelto muda.
Donde la obra había dejado de pedir.
Y sin embargo, se convertían en plataformas—
espacios para volver, para entrar más hondo.

Sus días no tenían horario fijo,
aunque con los años surgió un ritmo—
una larga devoción, interrumpida, reanudada, sostenida.

Ahora, llegaba desde la ciudad a media mañana.
El estudio retenía el leve olor a cera y trementina,
entreverado con algo más antiguo—
polvo, tejido, memoria.
Abría una ventana si el clima lo permitía.
No por la luz, sino por el aire.
Por el movimiento.
Por el lento girar de los ventiladores como respiración.

Preparaba té.
A veces ponía a Bach, o a algún pianista,
cuyos dedos presionaban más hondo que los demás.
Otras mañanas:    La estación de radio NPR;
Un poeta, un científico, alguien intentando decir lo imposible a través de lo coloquial.
Le gustaba más el intento que la declaración.

Pintaba de pie—rara vez sentado.
Algunos días se movía sin cesar entre el caballete, el fregadero y la mesa de mezclas.
Otros apenas se movía.
Solo miraba.

El almuerzo era sencillo.
Pan.
Fruta.
Un poco de queso.
A veces huevos, lentejas, sopa durante varios días.
No solía salir a comer—
no por principio, sino porque rompía el hilo.

Si estaba cansado, se tumbaba en el sofá contra la pared del fondo.
Veinte, treinta minutos.
No más.
Y al despertar, la luz había cambiado otra vez—
más oblicua, suavizada, más indulgente.
El lienzo parecía distinto.
Como si hubiese esperado su ausencia.

Las últimas horas de la tarde eran a menudo las mejores.
Recuperaba fuerzas, libre de presión.
El aire tenía una soltura nacida del saber que nadie llamaría ni golpearía la puerta.
Entonces le hablaba a la obra—
no en voz alta, sino hacia dentro.
¿Este tinte? Demasiado cálido.
¿Este trazo? Demasiado seguro.
Déjalo quebrar.
Déjalo respirar.
Déjalo hablar sin decir.

A veces el medio se resistía.
El pincel vacilaba.
Un gesto colapsaba.
No luchaba.
Le daba espacio.
Si se mantenía paciente, el ritmo volvía.

No todo llegaba a completarse.
Algunas obras quedaban abiertas—
no abandonadas, sino suficientemente terminadas.
Otras surgían de golpe, como música que suena sin levantar los dedos.

Al anochecer, limpiaba sus enseres.
Sin apuro.
Limpiaba la paleta.
Enjuagaba los frascos.
Colgaba los trapos para que se secaran.
Era una forma de dar las gracias.
No a la pintura.
Al día.

Luego, las luces apagadas.
La puerta cerrada.
Nada declarado.
Nada concluido.
Y sin embargo, algo siempre avanzaba.

El duelo también permanecía.
Vivía en la sala como el polvo—
acumulado en las esquinas, aferrado a bastidores aún desnudos,
entrelazado en sábanas viejas y blancas.

La enfermedad de su hermana llegó despacio, y luego de golpe—
mientras sonaba el Adagio en sol menor a bajo volumen en el estudio.
Pintó durante todo ese tiempo.
No para evadir, sino porque parar lo habría deshecho.
En el silencio entre pinceladas, sentía cómo se debilitaba su respiración.
A veces imaginaba que ella podía ver su trabajo desde donde estuviera.
Que cada pieza acabada llevaba una palabra que no se atrevía a decir.
Ella lo habría comprendido.
Siempre lo hizo.

Más tarde, cuando su antiguo amante murió—
solo, inesperadamente, en Berlín—
dejó de pintar por completo.
El estudio se volvió quieto de una manera a la que no podía acceder.
Incluso el lienzo se le volvió de espaldas.
Cuando regresó, fue con una paleta apagada.
Seca.
Indiferente.
La primera pincelada se quebró en dos.
La dejó así.
Y continuó.

El deseo también se había aquietado.
No desaparecido.
Solo suavizado.
En su juventud había sido urgente, incontenible.
Ahora flotaba—
un eco que venía y se iba.
No lo avergonzaba ni lo fingía.
Vivía a su lado, como se vive junto a un campo que ardió y ahora reverdece.

El duelo no interrumpió el trabajo.
Lo profundizó.
No en tema, sino en textura.
Algunas de esas pinturas parecían usuales para los demás.
Pero él sabía lo que contenían—
el peso de mantenerse firme mientras se desmoronaba por dentro.

Aún ahora, algunos colores le recordaban un lecho.
Un paseo invernal.
El sonido de alguien que ya no respira.
Un gris plano.
Un azul que antes brillaba, ahora templado entre anhelo y contención.

A veces se preguntaba por esa tensión.

Pero al pintar, volvía la quietud.

Hace diecisiete años, cuando terminó la quimioterapia, los días se volvieron más callados.

No hubo triunfo.
Solo un lento retorno al ritmo—
distinto ahora.
El cuerpo había cambiado.
También la mente.
Ya no podía pintar durante horas sin fatiga.
Los gestos antes fluidos eran más pesados, más vacilantes.

No se resistía.

El estudio seguía, pero el centro de gravedad se desplazó.
Donde antes alcanzaba un pincel, ahora cogía una pluma.
Al principio, solo apuntes.
Fragmentos.
Una forma de sostener el día.
Luego llegaron las frases.
Los párrafos.
No sobre sí mismo, no directamente.
Sobre el tiempo.
La memoria.
La presencia.
Escribir se volvió un consuelo.
Una forma de dar forma a lo que el cuerpo ya no podía cargar.
Un lugar donde aún moverse, con cuidado.

No fue el fin de la pintura.
Solo una pausa.
Una migración.
La escritura exigía su propia atención, su propia paciencia.
Y en eso reconocía una devoción conocida.

A veces, el lienzo aún lo llamaba.
Permanecía intacto durante semanas.
Y un día, sin anuncio, volvía a empezar.

Las dos prácticas vivían una junto a la otra.
Algunos días, el pincel.
Otros, la página.
Sin jerarquías.
Sin arrepentimientos.
Solo la persistencia callada de una vida que aún se despliega.

No hay obra final.
Ni última palabra.

Ahora lo comprende:
una vida no se hace de cosas acabadas,
sino de gestos continuados—
huellas hechas con fe,
incluso cuando nadie mira.
Una frase iniciada.
Un color mezclado.
Un lienzo vuelto hacia la pared—
no por vergüenza, sino porque ya ha dicho lo suficiente.

Ya no se pregunta qué viene después.
Esa pregunta ya no lo inquieta.

Si algo permanece, no será el nombre,
ni el archivo,
ni siquiera los objetos.
Será la integridad callada de la atención—
la forma en que volvió, una y otra vez,
a encontrarse con el momento tal como era.

No para hacer algo duradero.
Sino para vivir, aunque fuese brevemente, en verdad.

*

Ricardo F Morin Tortolero

Bala Cynwyd, Pa., 14 de junio de 2025


Nota del autor

Este retrato está dedicado a David Lowenberger, a José Luis Montero, a mis padres, y a Billy Bussell Thompson.   
A todos los que me han enseñado que vivir con atención es ya una forma de amor perdurable.

*


« La huella del vínculo »

June 3, 2025

Ricardo Morín
Buffalo Series, Nº 12
46″ x 60″
Óleo sobre lienso
1979

Para quienes hemos perdido a alguien,

cuya presencia reposa en la memoria

y cuya ausencia da forma a lo que somos.

Que esta historia preserve algo de su huella perdurable.


Julián intentó consignar por escrito lo que había soñado.

Se preguntó:    ¿podía la escritura ser fiel a aquel que observa, tiembla y anhela comprender?

Soñó que ofrecía a su madre un cuenco de caldo de víbora.    La cabeza de la serpiente y los fragmentos de su cuerpo desgarrado aún se agitaban, como si ignorasen su condición:    viva, aunque deshecha.    Sostenía el cuenco con ambas manos; se lo había entregado una anciana sentada al otro extremo de un estanque circular, extenso y poco profundo.    El estanque parecía contener algo más que agua:   quizá tiempo, o memoria, o destino.    A su alrededor se perfilaban sombras—figuras difusas que repetían el mismo rito, o quizá ninguno.    No podía discernirlo.

El camino hacia su madre era arduo; el suelo, resbaladizo por una sustancia que no sabía nombrar.    El aire era espeso, cargado de un silencio opresivo que volvía cada paso lento, gravoso.    La víbora se revolvía en el caldo, intentando huir.    Aun así, él mantenía el cuenco firme.   Creía—en algún rincón de sí mismo—que si su madre bebía, podría alcanzarse la curación, o la comprensión, o la paz para ambos.

Al llegar junto a ella, se arrodilló.    Le habló con dulzura, instándola a beber mientras el caldo aún conservaba el calor.    “Sujeta bien la cuchara,” susurró.    “Solo pequeños sorbos.”    Pero ella desvió el rostro.    No quiso beber.    Si por miedo, por orgullo o por rechazo a lo ofrecido, no lo sabía.    La víbora se estremeció, y su corazón se tensó de angustia.

Despertó inquieto, sin haber descansado.    El sueño aún velaba su percepción.    Su aliento era forzado, escaso bajo el aire denso de la alcoba.    ¿Por qué no lograba serenarse?    ¿Qué, con exactitud, le mantenía en vela?

Se preguntó si se trataba de una premonición—el temor latente de su propio deterioro.    ¿Era la serpiente que se agitaba una imagen de la mente al perder su serenidad?    ¿Eran la marcha lenta, el suelo lábil, las manos temblorosas, un ensayo de su propio declive?    ¿O era el duelo—ese que se desliza sigiloso por el alma, que exige alimento sin hallar nunca saciedad?

Solo sabía que intentaba ayudar, sostener, ofrecer consuelo que no podía ser acogido.    Y, al hacerlo, se enfrentaba no solo a la ausencia de su madre, sino también a la sombra de su propia angustia—la interrogante de quién caminaría a su lado cuando llegara su hora de despedida.

Pero acaso—pensó—haya algo sagrado en ese intento.    En la ofrenda, incluso cuando es rechazada.   En el andar pausado—por incierto que sea.


Allí puede habitar la humildad:

la que no exige,

y sin embargo, desarma el dolor

con su presencia—

demasiado firme para ser rechazada.

No se le opone resistencia—

basta con aceptar su invitación a ser acogida.

Ricardo F. Morín

Bala Cynwyd, Pa, 2 de junio de 2025


« Lo que la mente olvida, el corazón lo guarda en el silencio »

April 20, 2025

*

Mario Vargas Llosa

*


“Mario Vargas Llosa fue un valiente buscador de la verdad.   También fue mi amigo.”

— Marie Arana, The Washington Post

Lee el artículo completo


*

Le envié a mi hermana el emotivo homenaje de Marie Arana.   Bonnie había dirigido varias obras de Vargas Llosa en teatros madrileños y se había cruzado con él en más de una ocasión.    Sabía que esta noticia tocaría una fibra muy íntima.

“Es evidente cuánto te ha afectado la muerte de Vargas Llosa,” le escribí.

“Lo sentías cercano—no sólo como lectora o dramaturga, sino como alguien cuya voz te acompañó durante muchas etapas de tu vida.    Tu duelo resuena en mí, porque entiendo lo que significa perder a una figura que, sin ser familia, forma parte de nuestro paisaje interior—moldeando nuestras ideas, nuestras convicciones, incluso nuestra manera de ver el mundo.”

Ella respondió:    “la muerte de una mente tan brillante, tan presente durante décadas, deja un vacío difícil de nombrar.”   Esa idea me conmovió.

“Me entristece profundamente,” le contesté,

“pensar en el silencio que ahora lo sigue.    Entiendo por qué esto te duele tanto—quizás porque Vargas Llosa representaba precisamente lo contrario:    un intelecto luminoso, intensamente elocuente.    Imaginar que incluso él ya no está…    duele.”

“Estoy contigo,” añadí.

“Y aunque esté lejos te acompaño en este duelo.”

Estas reflexiones despertaron recuerdos de nuestra propia familia—de nuestro padre, cuya lucidez comenzó a desvanecerse tras un traumatismo cerebral.    Fue perdiendo poco a poco el habla, la claridad, la comprensión del mundo que lo rodeaba.

Y de nuestra madre, que aguantó muchos más, también acabó desvaneciéndose poco a poco—su presencia esfumándose en cámara lenta.

Nuestros tíos, Calixto y Fredy—por parte paterna y materna—vivieron un mismo tipo de despedida silenciosa.    Años de silencio.   Desapariciones graduales.    Pérdidas que no siempre supimos nombrar, pero que nos marcaron a todos.

Es un patrón que no puedo ignorar.

He investigado.    (Tal vez no lo sabías.)   Genéticamente, mi riesgo de atravesar algo similar está en un rango moderado.    No es ni un veredicto ni una certeza—sólo una presencia.    Una sombra que camina a mi lado, sin decir nada, sin revelar nada.

A veces me pregunto si saberlo ayuda o hiere más.

Pero elijo saber.

Elijo mirar de frente.

Porque si algún día me toca recorrer ese camino, quiero hacerlo con la misma dignidad que vi en nuestros padres—aún en la confusión, aún en el silencio—cuando sus ojos aún podían reconocernos con un detello de ternura.

Y quiero que tú lo sepas.

Y que los dos lo recordemos.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero

17 de abril de 2025

En tránsito de Florida a Pensilvania