Posts Tagged ‘relaciones’

« El árbol y nosotros »

August 8, 2026

*

Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol.   Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie.   La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta.   El árbol procede de la tierra.

Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo.   Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces.   Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera.   Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.

El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental.   Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.

Un árbol parece sólido, independiente y delimitado.   Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco.   Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire.   Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite.   La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera.   El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol.   Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces.   La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.

El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.

Y nosotros también.

El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada.   Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel.   Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites.   Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.

Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.

La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo.   El oxígeno entra en la sangre.   El dióxido de carbono sale de la sangre.   El agua nos atraviesa.   Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua.   Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.

No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia.   Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.

La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo.   Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos.   La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros.   Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.

No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.

El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia.   Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas.   Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.

Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior.   Nosotros miramos el árbol.   Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia.   Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.

No existimos primero para entrar después en relación con el mundo.   La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.

La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta.   El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible.   Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.

La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.

Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta.   Una voz deja de responder.   Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto.   La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra.   Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.

Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.

Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular.   Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta.   La materia no cae en la nada.   La energía no desaparece sin más.   Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.

La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona.   Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos.   Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.

Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior.   Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.

Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas.   Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido.   La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.

No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte.   La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión.   La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.

Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.

La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos.   Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió.   La organización individual ha cesado.   La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.

Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento.   Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.

Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.

La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.   La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella.   La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.

El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros.   Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas.   El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.

Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.

La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas.   Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida.   Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre.   La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo.   No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.

¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?

Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.

Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo.   Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular.   Ese individuo adquiere una historia y un nombre.   Ama a personas determinadas.   Recuerda habitaciones determinadas.   Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.

Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.

Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.   La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.   El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.   Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.

No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido.   No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla.   Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.

La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas.   Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.

La forma singular de cada persona no puede ser sustituida.   La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo.   Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.

Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.

El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis.   La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad.   El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.

Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.

Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.

Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros.   No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.

No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.

Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.

*

Ricardo F. Morín

8 de Agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pennsylvania

« El vínculo primario »

August 18, 2025

*

Ricardo Morin
Still Forty-three
Oil on linen
14″ x 18″ x 3/4″
2012

Para quienes saben que la palabra más tajante no puede sustituir el simple acto de responder con ternura.


~

Ricardo Morin —13 de agosto de 2025— Bala Cynwyd, Pensilvania

*

La ternura —una apertura deliberada que busca el bienestar del otro mediante un simple gesto de acogida, la delicadeza y el respeto— no se sitúa en simple oposición a la agresión, entendida aquí como la afirmación enérgica de la propia voluntad de un modo capaz de herir, coartar o dominar. Ambas pueden existir sin la otra, y sin embargo a menudo se encuentran en un mismo instante, alterando la naturaleza de un conflicto o suavizando su intransigencia.

En un mundo habitado por el resentimiento y el temor a sufrir —sentimientos que pueden ser tan reales como exagerados— la ternura surge no como una negación, sino como una modulación de esas mismas fuerzas, como cuando una discusión acalorada se interrumpe porque una de las personas, de manera instintiva, ofrece una silla a la otra; como en incontables momentos, tanto ordinarios como profundos, en los que la atención y el daño se cruzan.

Allí donde la causalidad pretende imponerse como medida de las emociones humanas, lo que en realidad se manifiesta son preferencias y condicionamientos: hábitos de respuesta que alternan entre la atracción delicada que calma y el impulso que hiere. Como cuando dos adversarios, tras una discusión encendida, bajan la voz para escucharse mejor —un ajuste que atenúa la hostilidad sin borrarla.

La ternura, entonces, no es la ausencia de agresión, sino un espejo que revela el tejido en el que ambas se hallan unidas desde un mismo origen. Puede verse cuando una enfermera agotada, después de un turno interminable, todavía se toma el tiempo de acomodar la manta de un paciente. El gesto es pequeño, pero surge del mismo terreno humano en el que la impaciencia y el cansancio podrían fácilmente inclinarse hacia la aspereza.

Como señuelo, la ternura encierra una ambigüedad que la hace tan irresistible como desconcertante. Su aparente fragilidad desarma sin violencia, obligando a la agresión a contemplarse en un reflejo inesperado: un gesto suave que interrumpe el impulso de dañar y lo deja sin sustento.

No es una estratagema calculada, sino una atracción natural que apela a recuerdos anteriores a la desconfianza, cuando el contacto era una necesidad y no una amenaza. Como cuando, tras años de silencio y ofensa, un hijo acude a cuidar a su padre enfermo. El resentimiento persiste, pero en ese acto de asistencia late la misma raíz que antaño sostuvo la cercanía.

En ese instante suspendido, la locura se suaviza, el miedo se disuelve, y lo que parecía un terreno de conflicto se convierte en un pasaje incierto pero abierto al alivio. En gestos así, la ternura no borra el conflicto, pero muestra cómo, incluso en medio de él, algo más antiguo y profundo sigue uniéndonos. Lo presencié una vez en el metro de Nueva York. Un hombre, molesto por la petición de ayuda de un desconocido con discapacidad, desvió su mirada airada hacia mí al cruzarse con la mía, firme. Se acercó como si fuera a golpearme, acercando su rostro al mío. Cerré los ojos y relajé el gesto. Privado de la mirada que había alimentado su agresión, dio un paso atrás —aún incómodo, pero sin seguir avanzando. Me alejé, el momento ya pasado, marcado por la forma en que un gesto mínimo puede aquietar el arco de una confrontación.

Allí se encuentra un vínculo primario que nos ata a la fuente de la vida, donde la ternura y la agresión no son polos aislados, sino expresiones del mismo tejido humano, como cuando una hermana, en una conversación tensa, le dice a su hermano mayor que aprendió de él su propia actitud combativa. Él se irrita ante la afirmación, pero ambos saben que han llevado consigo esa misma dureza durante años y que ninguno puede culpar del todo al otro. El reconocimiento no trae una reconciliación fácil, pero acorta la distancia entre ellos.

Desde el primer vínculo, el cuerpo aprende a reconocer las señales más mínimas: el calor que acoge, la presión que amenaza, el pulso que se acelera o se calma. Como cuando, en medio de una batalla, un soldado ofrece agua al prisionero que instantes antes era su enemigo. Allí, antes de que existan las palabras, se forman los hábitos que luego llamamos preferencias o temores. Por eso la ternura puede ceder paso a la agresión sin imponer derrota; la expone a un reconocimiento involuntario, devolviéndole la memoria de su propia raíz. Y en ese reconocimiento, incluso el impulso más hostil encuentra, aunque sea por un momento, su desarme.

La ternura no elimina el conflicto ni borra sus causas, pero cambia su rumbo: abre un momento en el que la certeza de la herida deja paso a la posibilidad del esmero afectivo. No es una cura para todo, pero en su sencilla forma de llamar y ser escuchada, revela que incluso la agresión más firme necesita ser reconocida. Y en ese reconocimiento, ambas —ternura y agresión— muestran que brotan del mismo lugar humano.

La presencia de la ternura en nuestros intercambios no es sólo una virtud privada, sino también una necesidad cívica, pues sostiene la confianza y el reconocimiento sin los cuales las comunidades se fracturan y no pueden perdurar.

*


Bibliografía anotada:

  • Fromm, Erich: El arte de amar. Barcelona: Paidós, 2006. (Erich Fromm examina la naturaleza del amor como acto de voluntad y compromiso, distinguiendo la ternura como expresión madura frente a formas inmaduras de afecto.)
  • Gilligan, Carol: La moral y la teoría: Psicología del desarrollo femenino. Madrid: Fondo de Cultura Económica, 1993. (Carol Gilligan propone una ética del gsto de atención afectiva que coloca la empatía y la ternura en el centro de las relaciones humanas, en contraste con modelos basados en la justicia abstracta.)
  • Keltner, Dacher: Nacidos para ser buenos: La ciencia de una vida significativa. Barcelona: Urano, 2010. (Dacher Keltner explora la base evolutiva y neurobiológica de las emociones prosociales, incluida la ternura, como fuerzas que moldean la cooperación y la cohesión social.)
  • Nussbaum, Martha C.: Las fronteras de la justicia: Consideraciones sobre la exclusión social. Barcelona: Paidós, 2007. (Martha Nussbaum vincula la compasión y la ternura con el reconocimiento de la dignidad humana, subrayando su papel en la superación de la agresión estructural y la marginación.)

*