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« El árbol y nosotros »

August 8, 2026

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Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol.   Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie.   La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta.   El árbol procede de la tierra.

Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo.   Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces.   Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera.   Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.

El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental.   Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.

Un árbol parece sólido, independiente y delimitado.   Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco.   Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire.   Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite.   La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera.   El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol.   Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces.   La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.

El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.

Y nosotros también.

El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada.   Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel.   Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites.   Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.

Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.

La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo.   El oxígeno entra en la sangre.   El dióxido de carbono sale de la sangre.   El agua nos atraviesa.   Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua.   Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.

No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia.   Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.

La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo.   Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos.   La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros.   Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.

No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.

El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia.   Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas.   Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.

Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior.   Nosotros miramos el árbol.   Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia.   Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.

No existimos primero para entrar después en relación con el mundo.   La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.

La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta.   El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible.   Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.

La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.

Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta.   Una voz deja de responder.   Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto.   La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra.   Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.

Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.

Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular.   Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta.   La materia no cae en la nada.   La energía no desaparece sin más.   Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.

La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona.   Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos.   Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.

Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior.   Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.

Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas.   Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido.   La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.

No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte.   La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión.   La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.

Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.

La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos.   Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió.   La organización individual ha cesado.   La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.

Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento.   Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.

Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.

La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.   La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella.   La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.

El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros.   Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas.   El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.

Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.

La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas.   Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida.   Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre.   La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo.   No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.

¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?

Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.

Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo.   Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular.   Ese individuo adquiere una historia y un nombre.   Ama a personas determinadas.   Recuerda habitaciones determinadas.   Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.

Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.

Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.   La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.   El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.   Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.

No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido.   No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla.   Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.

La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas.   Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.

La forma singular de cada persona no puede ser sustituida.   La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo.   Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.

Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.

El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis.   La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad.   El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.

Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.

Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.

Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros.   No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.

No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.

Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.

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Ricardo F. Morín

8 de Agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pennsylvania

« La imposibilidad de la convicción »

May 14, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie del búfalo, n.º 5
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

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Nota del autor

Las condiciones examinadas en este texto continúan aquellas exploradas en « La proporción del aburrimiento » y « La imposibilidad del reconocimiento ».

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Ricardo F. Morín
Abril 17 a mayo 14 de 2026
En tránsito


1.  Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral.  Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo.  Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.

2.  Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir.  Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación.  Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.

3.  Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo.  Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza.  Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro.  La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.

4.  A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar.  Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.

5.  Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma.  La convicción entra en la conducta.  Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma.  A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia.  También puede aparecer como exposición.

6.  Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos.  La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea.  Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.

7.  Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto.  También persisten mediante la familiaridad.  Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos.  Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.

8.  Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica.  Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas.  También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.

9.  A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo.  Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro.  Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.

10.  Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio.  Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante.  Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.

11.  Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo.  También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación.  Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse.  Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas.  La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse.  Comienza a organizar la percepción misma.

12.  Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener.  No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse.  Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.

13.  Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones.  Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente.  La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia.  El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.

14.  A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida.  Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores.  Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión.  Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.

15.  Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado.  La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo.  Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.

16.  Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios.  Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación.  La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer.  Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.

17.  Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente.  La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta.  La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.

18.  Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad.  Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez.  Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.

19.  Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma.  El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro.  Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.

20.  Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente.  Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia.  Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.

21.  Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo.  Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre.  Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados.  Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.

22.  Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre.  Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo.  Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.


 

« Memorias »

September 16, 2025

Nota del autor:

Escritos con años de diferencia, « Intervalos » y « Memorias » reflejan diferentes momentos de ajuste. Cada uno se sostiene por sí solo.

Ricardo Morín, 14 de septiembre del 2016, Nueva York, NY

Somos espejos de las personas en nuestra vida, y a través de ellas nos conocemos a nosotros mismos. Cuando te veo, también me veo a mí mismo. Ser vulnerable es admitir nuestros miedos y limitaciones. Crecer es aceptarlos, y también otras cosas, incluso que nos movemos al ritmo de un universo diverso y caótico. El infinito es vasto y el tiempo cambiante pierde su influencia.

El envejecimiento forma parte del ciclo que nos da nacimiento y muerte. Estas son expresiones de la vida. A cada instante terminamos y comenzamos de nuevo. Renunciamos a nuestras ambiciones para vivir el presente. Nuestra mente se resiste y se aferra a la idea de independencia, de que puede recrearse incluso a sí misma.

Sin embargo, el universo es un todo y nosotros somos parte de él. Somos libres como personas, pero nunca estamos separados de lo que nos rodea. La soledad puede ser inherente a nosotros y la mente puede estar exiliada, pero ninguna barrera nos separa del todo.


« Una mesa entre nosotros »

February 27, 2025

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Díptico Silencioso
por Ricardo Morín
Técnica: Óleo sobre lino
Dimensiones: 45,7 × 71,1 × 1,9 cm
Año: 2010

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Prólogo

Díptico Silencioso no es una ilustración, sino una resonancia—una meditación sobre el silencio, no como vacío, sino como un estado de receptividad.     Es el espacio donde el juicio se disuelve, donde la conexión humana persiste entre las palabras, donde el significado se siente más que se expresa.     En su quietud, sostiene lo que permanece irresuelto.     Hay silencios apacibles.     Otros, en cambio, están cargados de historia.

RFMT


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Nuestra cena temprana siguió a una función matinal de Parade, un musical impregnado de historia, de indignidad, del peso de una vida arrebatada y de un veredicto que aún pendía sin resolución.     En la mesa, hablamos de Leo Frank, el judío linchado en Georgia hace un siglo—indultado décadas después, pero nunca absuelto.     Su verdadero asesino jamás fue perseguido.

Éramos seis en la mesa.     Tres de nosotros éramos judíos.     Comprendían, de un modo que los demás solo podíamos reconocer pero nunca encarnar del todo, el dolor particular de ser convertido en chivo expiatorio.     Los otros simpatizaban, pero no podían sentir la misma alienación—no en la médula, no en esa forma heredada en la que la historia se imprime en unos más que en otros.

Era una conversación densa, pero no triste.     Hablábamos con la claridad que llega cuando los hechos llevan mucho tiempo asentados, pero sus ecos persisten.

Entonces, la interrupción:

La mujer en la mesa de al lado se volvió hacia nosotros con una pregunta, su voz atravesando con facilidad nuestra conversación.

—¿Dónde están las chicas?

Miré a mis compañeros, los seis cómodamente instalados en la familiaridad del grupo.

—¿Qué chicas? —pregunté, sin acritud.

Ella parpadeó, como si esperara que la respuesta fuese evidente.

—Ya estamos casados entre nosotros —dije.

Se giró sin decir nada más.

No era necesario detenerse en ello.     El momento era conocido.     Un encuentro menor, el tipo de episodio que apenas registrábamos después de años de saber exactamente cómo el mundo podía inclinarse ante nuestra presencia.

Para desviar la conversación, dije:

—Freud diría que todas las relaciones son intentos de resolver asuntos pendientes con nuestros padres.

Alguien sonrió con ironía.     Un tenedor se posó en el plato.     Un instante de silencio, no de incomodidad, sino de reflexión.

—Los hombres con sus padres, las mujeres con sus madres —continué.

Las respuestas fueron variadas.     Aprobación.     Desvíos.     Un cambio de tono.     Algunos hablaron de no haber cumplido las expectativas de sus padres.     Otros, de odio.     Otros, de desapego.     Algunos, de nada en absoluto.

Mencioné a mi padre.     Su certeza de que nosotros, sus hijos, no sabríamos sobrevivir sin él.     Se refería, por supuesto, a lo económico.     Su generación tenía su propia concepción de lo que significaba perdurar.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó alguien.

—Cinco —respondí—. Incluyendo a mi hermana menor, que acaba de fallecer.

Una pausa.

—Era angelical.

—Sesenta y nueve.

Hubo simpatía, cálida e inmediata.     Un momento sostenido el tiempo justo.

Y luego, como si fuese natural, la conversación viró—con facilidad, instintivamente.     Hacia el teatro.     Hacia los Premios Tony.     Hacia la vida y el talento de voces que se han ido, pero que quedaron para siempre registradas.

En la mesa contigua, la mujer reía ahora, el momento entre nosotros ya olvidado de su lado.

Y nosotros también reíamos—por algo más liviano, algo que no pedía ser examinado demasiado de cerca.

El momento permaneció, inadvertido, pero no olvidado.

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Epílogo

Como la pintura, el momento persistió—no exigiendo resolución, sino esperando, en silencio, a ser comprendido.     El peso de la historia, las sutilezas del sentido de pertenencia, las pausas en la conversación donde la verdad se siente, pero no se dice.

El silencio, al final, nunca está vacío.     Es el espacio donde todo permanece.

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Ricardo F. Morín Tortolero

27 de febrero de 2025; Oakland Park, Florida