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« La gravedad y nosotros »

August 9, 2026

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CGI 2026

Rara vez pensamos en la gravedad hasta que algo cae.   Un vaso se nos escapa de la mano, la lluvia desciende por el aire, nuestras rodillas nos recuerdan que subir una escalera no es lo mismo que bajarla.   La mayor parte del tiempo aceptamos el peso como una de las condiciones de estar aquí.   Permanecemos de pie porque hay suelo bajo nosotros.   Caminamos porque nuestros cuerpos permanecen unidos a la superficie de la Tierra.   Nos cansamos porque cargar con nuestro propio cuerpo exige esfuerzo.   La gravedad nos resulta tan familiar que apenas consideramos lo que significa.

Podemos saber vivir dentro de una condición sin comprender lo que esa condición revela acerca de nosotros.

Durante siglos fue posible imaginar la gravedad como una atracción entre cuerpos.   Una piedra cae hacia la Tierra porque la Tierra la atrae hacia sí.   La imagen basta para los fines ordinarios, y Newton otorgó a esa intuición una potencia matemática de extraordinaria precisión.   Einstein no se limitó a perfeccionar el cálculo.   Modificó la concepción misma del fenómeno.   En la relatividad general, la gravedad se expresa en la geometría del propio espacio-tiempo.   La materia y la energía modifican esa geometría, y un cuerpo en caída libre sigue la trayectoria que ésta determina.

Cuando permanecemos inmóviles sobre el suelo, decimos que la gravedad nos presiona hacia abajo.   Pero la presión que sentimos proviene del suelo que empuja nuestro cuerpo hacia arriba.   Si el suelo desapareciera y comenzáramos a caer libremente, también desaparecería la sensación de peso, aunque la gravedad no hubiese desaparecido.   Lo que llamamos peso es la sensación producida cuando el suelo impide que nuestro cuerpo siga la trayectoria que tomaría en caída libre.  

Preguntamos qué hora es como si la pregunta admitiera una sola respuesta.   Una llamada entre Londres y Sídney ofrece respuestas distintas a la misma pregunta en un mismo momento.   La mañana en un lugar ya es la tarde o la noche en otro.   Aceptamos la discrepancia sin dificultad porque cada reloj nombra la hora desde una posición distinta sobre una Tierra en rotación.   Los relojes no anuncian realidades diferentes.   Revelan que incluso nuestra manera más familiar de dar cuenta del tiempo depende del lugar en que nos encontramos.

La relatividad lleva esa dependencia más allá de lo que sugiere la experiencia ordinaria.   El tiempo registrado por los relojes depende no sólo de las convenciones mediante las cuales nombramos la hora, sino también del movimiento y de la gravedad.   Dos relojes perfectamente precisos separados por cierta altura no registran exactamente la misma duración.   Un reloj situado a mayor distancia de la superficie terrestre avanza imperceptiblemente más rápido que otro situado más abajo.   La diferencia dentro de la altura de un cuerpo humano es extraordinariamente pequeña, pero es real.

No la sentimos.   Nada en nuestro sistema nervioso anuncia que el tiempo se acumula a un ritmo ligeramente distinto cerca de nuestra cabeza que cerca de nuestros pies.   Nuestros sentidos nos ofrecen un mundo práctico, no uno exhaustivo.

El reloj hace algo más que organizar nuestras citas.   El lugar que ocupamos interviene en aquello que medimos, primero mediante las convenciones de la vida cotidiana y, en un nivel más profundo, mediante las condiciones físicas en las que existe el propio reloj.

Lo que basta para vivir no siempre basta para comprender.

Cada mañana despertamos dentro del límite aparente de un cuerpo.   Recordamos lo ocurrido ayer.   Anticipamos lo que puede ocurrir mañana.   Nos reconocemos como una misma persona que ha atravesado cambios de lugar, edad, opinión, salud, deseo y circunstancia.   Esa continuidad es indispensable.   Sin ella apenas podríamos conducir una vida.   Pero continuidad no significa inmovilidad.

El cuerpo cuya persistencia llamamos nosotros mismos intercambia continuamente materia con cuanto lo rodea.   Respiramos, comemos, excretamos, desprendemos células, reparamos tejidos, modificamos proteínas, sustituimos moléculas y reorganizamos conexiones.   La aparente solidez del organismo depende de esa actividad.   Lo que persiste no es una colección intacta de materia conservada desde el nacimiento, sino una organización mantenida a través del cambio.

Distinguimos el árbol del suelo, de la lluvia, de la atmósfera y de la luz solar porque la distinción es útil y porque el árbol posee una organización inequívocamente propia.   Pero suprimamos esos intercambios y no hay árbol.   Su individualidad no exige aislamiento.   El límite es real, pero aquello que delimita sigue dependiendo de cuanto lo atraviesa.

Nosotros no somos la excepción.

Los elementos de nuestros huesos, nuestra sangre y nuestro tejido nervioso no comenzaron con nosotros.   El carbono, el calcio, el oxígeno, el fósforo y el hierro reunidos en nuestros cuerpos precedieron todos los recuerdos que poseemos.   Pasaron a integrar una organización temporal capaz de metabolismo, sensación y pensamiento.   Llegará un momento en que esa organización dejará de sostenerse, y los materiales que la componían continuarán bajo otras configuraciones.

Nada místico necesita añadirse a este hecho.   Su dificultad procede de la manera directa en que contradice la escala desde la cual solemos conducir nuestras vidas.

Naturalmente nos experimentamos como centros.   La visión se abre desde aquí.   El dolor ocurre aquí.   La memoria se reúne en torno a esta historia.   El deseo se proyecta desde este cuerpo.   Toda vida consciente comienza, por tanto, desde una perspectiva que no puede abandonar.   No podemos ver sin ver desde algún lugar.

El error comienza sólo cuando la perspectiva se convierte en jerarquía.

Como la experiencia está centrada en nosotros, podemos empezar a imaginar que la realidad también lo está.   Lo que comienza como condición inevitable de la percepción se convierte en una presunción acerca de la significación.   Nuestros planes adquieren urgencia porque son nuestros.   Nuestras pérdidas parecen singularmente intolerables porque somos nosotros quienes las padecemos.   Nuestras victorias aumentan de importancia porque recordamos el esfuerzo que exigieron.   El mundo adopta gradualmente la forma de un campo en el que medimos ventaja, reconocimiento, posesión y control.

Gran parte de la vida humana tiene que desenvolverse en esta escala.   Necesitamos vivienda, trabajo, protección, instituciones, acuerdos y alguna capacidad para modificar las circunstancias en vez de limitarnos a someternos a ellas.   Nada hay intrínsecamente equivocado en la capacidad de actuar.   La confusión aparece cuando esa capacidad se convierte en prueba de independencia, o cuando el control de una parte de nuestras circunstancias se confunde con el dominio de las condiciones que hacen posible ese control.

Podemos dominar una sala, poseer un edificio, gobernar una empresa, dirigir una institución o ejercer autoridad sobre millones de personas, pero ninguna de esas distinciones altera la geometría en la que existen nuestros cuerpos.   La persona más poderosa y el peatón menos visible permanecen igualmente incapaces de suspender el transcurso de su propio tiempo.   Ningún título detiene el metabolismo.   Ninguna posesión negocia con la gravedad.   Ninguna reputación acompaña a la materia como propiedad intrínseca cuando llega a su fin la organización que sostuvo a una persona.

Esto no vuelve irreales las distinciones humanas.   Las sitúa.

Un contrato importa dentro de las relaciones humanas.   Una injusticia importa para quien la padece.   Una obra de arte puede alterar percepciones mucho después de la muerte del artista.   Una decisión tomada en una oficina puede cambiar un río, destruir un bosque, preservar un vecindario o determinar que personas desconocidas vivan bajo seguridad o bajo temor.   La escala no anula las consecuencias.

Pero consecuencia e importancia cósmica no son lo mismo.

A menudo parecemos atrapados entre dos posibilidades insatisfactorias.   O exageramos nuestra propia importancia hasta convertir el deseo humano en medida de la realidad, o contemplamos la inmensidad del universo y concluimos que nada de cuanto hacemos puede importar.   Ambas respuestas conservan la misma presunción.   Ambas suponen que la significación debe ser proporcional al tamaño o a la duración.

No tiene por qué serlo.

Un acontecimiento breve puede alterar cuanto sigue de él.   Una mutación ocurre dentro de una estructura microscópica.   Una semilla germina en una grieta.   Una frase modifica un juicio.   Una decisión tomada en pocos minutos afecta a personas que nunca estuvieron presentes cuando se tomó.   La duración no determina la consecuencia, del mismo modo que el tamaño físico no determina la complejidad.

Nuestras vidas pueden ser transitorias sin ser insignificantes.

Buena parte de la cultura humana se ha construido como resistencia a la transitoriedad.   Conservamos nombres sobre edificios.   Acumulamos objetos más allá de su uso.   Construimos genealogías, monumentos, archivos e instituciones.   Buscamos el reconocimiento de personas a quienes no conocemos y, a veces, de generaciones que nunca llegarán a conocernos.   Incluso el poder suele encerrar, bajo sus ventajas prácticas, la promesa oscura de que la importancia pudiera protegernos de algún modo contra la desaparición.

Pero permanencia no es lo que significa continuidad.

Una onda se prolonga a través del agua sin que sea la misma agua la que persiste.   Un bosque continúa mientras los árboles individuales germinan, maduran, caen y se descomponen.   Una lengua sobrevive porque hablantes que no la inventaron la modifican mientras la utilizan.   La continuidad puede depender de la transformación en vez de resistirse a ella.

Solemos hablar de comienzos y finales como si designaran condiciones opuestas de la realidad.   Algo comienza cuando aparece una forma y termina cuando esa forma ya no puede sostenerse.   La distinción sigue siendo real en la escala de la forma, pero pierde parte de su carácter absoluto cuando preguntamos qué, exactamente, ha comenzado o ha terminado.   La onda se extingue mientras el agua continúa en movimiento.   El árbol muere mientras su materia entra en otros intercambios.   Un cuerpo deja de sostener la organización por la cual reconocíamos a una persona, mientras sus materiales continúan bajo condiciones que esa persona ya no habita.

La misma incertidumbre se amplía con la escala.   Roger Penrose ha propuesto, mediante la cosmología cíclica conforme, que el futuro remoto de una era cósmica podría mantener continuidad conforme con aquello que aparece como el comienzo de otra.   Queda por resolver si la observación confirmará esa propuesta.   Su pertinencia aquí no reside tanto en pedirnos que aceptemos un universo cíclico cuanto en mostrar con qué facilidad tratamos el comienzo y el final como propiedades absolutas de la realidad, cuando también pueden describir transiciones entre formas cuya continuidad excede la escala desde la cual las observamos.

Todo comienzo que encontramos depende ya de condiciones que lo precedieron, y todo final altera las condiciones que siguen.   Un comienzo puede ser, por tanto, genuino sin constituir una irrupción desde la nada, del mismo modo que un final puede ser definitivo para una organización particular sin convertirse en la desaparición de la realidad de la que esa organización surgió.

La continuidad no anula el comienzo ni el final.   Los sitúa dentro de la transformación.

Participamos por todas partes de continuidades semejantes, aunque nuestra atención gravite hacia la forma individual.

El nacimiento reúne materia en una organización capaz de sostener una historia particular.   La muerte pone fin a esa organización.   Entre ambos ocurre algo genuinamente singular.   Hay percepción.   Hay memoria.   Hay la extraordinaria capacidad no sólo de experimentar acontecimientos, sino de reconocer las relaciones entre ellos.

La conciencia tampoco queda fuera de esa continuidad.

Todavía no poseemos una explicación física consensuada de cómo surge la experiencia subjetiva.   Penrose ha propuesto además que el problema podría revelar límites en nuestra comprensión actual de la mecánica cuántica y quizá relacionar la conciencia con procesos más profundos que el cómputo ordinario.   Esas propuestas siguen siendo objeto de controversia.    El punto más elemental no depende de ellas:   sea cual sea finalmente la naturaleza de la conciencia, ésta no ocurre fuera de la naturaleza.

Nuestros pensamientos no son espectadores admitidos en el universo desde otro ámbito.

Ocurren aquí.

El cerebro que distingue una estrella en medio de la oscuridad circundante fue constituido por el mismo mundo físico que observa.   El ojo que recibe esa luz pertenece a un organismo formado en un planeta que orbita una estrella entre cientos de miles de millones, dentro de una galaxia que a su vez es una entre un número inmenso de galaxias.   Los símbolos matemáticos con los que describimos la curvatura, el tiempo y la materia surgen en sistemas nerviosos sujetos a las mismas condiciones que esos símbolos intentan comprender.

Nos encontramos, por tanto, en una posición peculiar.   No podemos salir del universo para examinarlo y, sin embargo, dentro del universo ha surgido una forma capaz de preguntarse qué es el universo.

Esto no exige afirmar que el cosmos sea consciente.   La afirmación excedería lo que sabemos.   Una proposición más modesta ya resulta suficientemente extraordinaria:   porciones de materia pueden organizarse de tal manera que el organismo resultante adquiere sensación, memoria, inferencia y la capacidad de examinar sus propias condiciones de existencia.

Durante un tiempo, la materia puede preguntarse qué es la materia.

Durante un tiempo, un organismo temporal puede investigar el tiempo.

Durante un tiempo, seres sujetos a la Tierra por una geometría que no pueden percibir directamente pueden descubrir esa geometría y revisar una intuición que parecía evidente.

La conciencia permite además imaginar consecuencias antes de que ocurran.

Una piedra modifica aquello contra lo que golpea.   Un río transforma sus márgenes.   Una tormenta destruye sin proponerse destruir.   Nosotros también alteramos cuanto nos rodea, pero a veces podemos prever la alteración.

Esa diferencia es mínima a escala cósmica y enorme por sus consecuencias humanas.

La capacidad de anticipar no garantiza la sabiduría.   También hace posibles el cálculo, la explotación y formas de dominación inaccesibles a criaturas incapaces de abstraer.   Podemos organizar recursos en escalas que ningún individuo podría dominar por sí solo.   Podemos convertir bosques en cifras, poblaciones en categorías y consecuencias lejanas en abstracciones tolerables.   La misma inteligencia que descubre nuestra dependencia de sistemas complejos puede idear medios cada vez más eficaces para extraer recursos de ellos.

Nuestro problema quizá sea, por tanto, menos una insuficiencia de inteligencia que un desorden en la escala a la que la aplicamos.

Prestamos una atención extraordinaria a cuanto amplía nuestra capacidad inmediata de acción y una atención sorprendentemente escasa a las condiciones que hacen posible esa capacidad.   Aprendemos a aumentar la producción antes de preguntarnos qué exige su continuidad.   Perfeccionamos los medios de influencia sin examinar para qué sirve la influencia.   Celebramos la ampliación del poder personal mientras rara vez preguntamos si hemos comprendido el yo que pretendemos engrandecer.

Somos organizaciones transitorias de materia que intentan asegurar permanencia mediante la acumulación de configuraciones de materia igualmente transitorias.   Buscamos independencia mediante sistemas de dependencia.   Perseguimos el control mientras habitamos cuerpos cuyos procesos más elementales permanecen fuera del dominio de nuestra voluntad.   Nos medimos unos contra otros mientras todos participamos de condiciones que ninguno de nosotros estableció.

Quizá por eso la perspectiva cósmica puede volverse sentimental con tanta facilidad.   Contemplamos fotografías de galaxias, declaramos nuestra pequeñez y después regresamos, sin haber cambiado, a las mismas jerarquías de importancia.   La pequeñez por sí sola enseña muy poco.

Lo decisivo no es que seamos pequeños.   Es que estamos situados.

Existimos aquí, bajo condiciones.

La palabra aquí designa algo más que una ubicación.   Incluye un planeta particular, una atmósfera, un campo gravitatorio, una historia evolutiva, una trama de organismos, una lengua heredada y un momento en el tiempo.   Ninguna de esas condiciones fue elegida por nosotros.   Sin embargo, a través de ellas adquirimos la capacidad de elegir otras cosas.

A menudo hablamos de libertad como si exigiera independencia respecto de las condiciones, aunque nada de cuanto observamos posea esa clase de independencia.   Aquello que llamamos libertad ocurre, por tanto, dentro de circunstancias que no elegimos y que no podemos dominar por completo.

El uso no equivale a un derecho sobre aquello que usamos, ni la ambición a la dominación.   La individualidad no exige separación de aquello que la sostiene, así como la singularidad no confiere por sí sola supremacía.

Nada de esto disminuye los logros humanos.   La capacidad de comprender siquiera un fragmento del cosmos constituye ella misma uno de esos logros.   Lo que cambia es el significado del logro cuando deja de servir como prueba de que estamos por encima de la realidad de la que surgió.

La gravedad sigue siendo una condición ordinaria del cuerpo.

Podemos especular acerca de la conciencia, discutir el origen del universo y construir teorías que se extiendan miles de millones de años hacia el pasado y hacia el futuro, pero mientras lo hacemos seguimos sentados en sillas, de pie sobre suelos, soportando el peso de cuerpos cuya organización debe mantenerse continuamente.   Lo cósmico no comienza más allá de la vida ordinaria.   Ya está presente en las condiciones que hacen posible la vida ordinaria.

Basta la distancia entre nuestros pies y el suelo.

Basta el intervalo entre un latido y el siguiente.

Basta el hecho de que cambiemos mientras seguimos llamándonos los mismos.

El universo deja de aparecer ante todo como un objeto inmenso que nos rodea y se presenta como la continuidad dentro de la cual surgen nuestras distinciones.   No desaparecemos en esa continuidad.   Nuestra situación dentro de ella se vuelve más precisa.

Y quizá la situación sea un mejor punto de partida para la significación humana que la grandeza.

No necesitamos imaginarnos como el propósito del universo.   No necesitamos que el universo certifique nuestra importancia.   Basta reconocer que, durante la breve organización que llamamos vida, podemos adquirir conciencia de relaciones que exceden nuestros intereses inmediatos y elegir, a veces, nuestros actos a la luz de esas relaciones.

La gravedad nos da peso sin decirnos qué merece pesar.

La conciencia no puede liberarnos de las condiciones de la existencia, pero nos permite examinar las medidas con las que atribuimos importancia dentro de ellas.

Entre esos dos hechos transcurre una vida humana.

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Ricardo F. Morín

9 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

« El árbol y nosotros »

August 8, 2026

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Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol.   Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie.   La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta.   El árbol procede de la tierra.

Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo.   Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces.   Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera.   Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.

El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental.   Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.

Un árbol parece sólido, independiente y delimitado.   Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco.   Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire.   Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite.   La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera.   El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol.   Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces.   La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.

El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.

Y nosotros también.

El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada.   Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel.   Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites.   Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.

Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.

La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo.   El oxígeno entra en la sangre.   El dióxido de carbono sale de la sangre.   El agua nos atraviesa.   Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua.   Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.

No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia.   Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.

La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo.   Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos.   La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros.   Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.

No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.

El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia.   Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas.   Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.

Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior.   Nosotros miramos el árbol.   Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia.   Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.

No existimos primero para entrar después en relación con el mundo.   La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.

La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta.   El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible.   Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.

La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.

Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta.   Una voz deja de responder.   Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto.   La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra.   Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.

Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.

Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular.   Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta.   La materia no cae en la nada.   La energía no desaparece sin más.   Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.

La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona.   Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos.   Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.

Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior.   Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.

Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas.   Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido.   La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.

No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte.   La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión.   La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.

Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.

La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos.   Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió.   La organización individual ha cesado.   La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.

Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento.   Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.

Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.

La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.   La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella.   La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.

El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros.   Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas.   El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.

Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.

La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas.   Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida.   Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre.   La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo.   No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.

¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?

Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.

Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo.   Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular.   Ese individuo adquiere una historia y un nombre.   Ama a personas determinadas.   Recuerda habitaciones determinadas.   Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.

Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.

Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.   La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.   El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.   Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.

No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido.   No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla.   Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.

La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas.   Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.

La forma singular de cada persona no puede ser sustituida.   La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo.   Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.

Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.

El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis.   La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad.   El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.

Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.

Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.

Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros.   No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.

No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.

Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.

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Ricardo F. Morín

8 de Agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pennsylvania