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« Por si mismo »

October 18, 2026


Ricardo F. Morín
Por si mismo
Imagen generada por ordenador (CGI)
2026
Un dibujo ceremonial imaginario trazado en arena, representado mientras se borra.

Algunas imágenes están hechas para terminar.  Una figura se traza en la arena mientras se habla de ella y se borra cuando se acaba de hablar; un diseño se pinta sobre el cuerpo mientras dura una ceremonia y se lava antes de la faena del día siguiente.  La imagen pertenece a su ocasión:  existe para quienes están presentes, en el momento en que les está permitido estarlo, y su desaparición es parte de su forma y no una pérdida.  Nada necesita custodiarla después, porque no hay un después en que pudiera ser vista.

Donde el conocimiento se entrega así, ver es ya una secuencia.  Lo que a alguien le es dado mirar depende de lo que ya se le ha mostrado, y de si la comunidad lo juzga dispuesto para lo que sigue.  El sentido de una imagen no puede separarse de su lugar en ese orden:  el mismo diseño visto demasiado pronto no es el mismo conocimiento recibido antes, sino otra cosa, y el orden que le habría dado sentido queda omitido.  Una comunidad guarda su conocimiento en la oportunidad de sus revelaciones tanto como en lo que ellas contienen.

Una superficie duradera altera los términos en que tal imagen existe.  Trasladado a la tabla, al lienzo o al metal, el diseño ya no termina con su ocasión; queda disponible para cualquiera a cualquier hora, incluso para quienes no guardan relación alguna con la secuencia que antes lo regía.  La permanencia no necesita venderse para surtir este efecto.  Una vez que la imagen sobrevive a la ceremonia, su restricción depende de mantener el objeto fuera de la vista, y un objeto mantenido fuera de la vista es ya una disposición distinta de una imagen que nada dejaba tras de sí.  El intercambio, la exhibición y la reproducción extienden el alcance de lo que la permanencia ha abierto; no lo originan.

La mirada que recibe tal objeto viene de fuera del orden.  Puede mirar con admiración, con atención erudita o con el interés de la posesión, y estas miradas difieren en conciencia mientras comparten una posición:  ninguna fue admitida a la imagen por los grados que le dieron su sentido.  Lo que le llega es la superficie de un conocimiento sin su secuencia, completa en su forma y vacía del permiso que antes era su contenido.  Lo mirado no puede devolverse como una cosa robada.  Una vez que algo se ha visto fuera de orden, ninguna prohibición posterior restituye la condición de no haber sido visto.

Quienes hacen las imágenes lo saben.  Los diseños se cubren de puntos, se simplifican, se retienen en parte, de modo que lo que circula señala dónde está un conocimiento mientras guarda su sustancia.  El ocultamiento ocurre entonces dentro del objeto visible mismo:  la pintura lleva el secreto sólo como prueba de que se retiene.  Esto responde a la exposición sin deshacerla.  La comunidad conserva lo que se niega a mostrar, y sin embargo el orden de ver incluye ahora un objeto que cualquiera puede mirar, y todo iniciado crece en un mundo donde ese objeto existe.

Lo que se erosiona no es el conocimiento como contenido, que puede conservarse, sino la autoridad de la secuencia para ser el único camino por el que llega a alguien.  A una generación todavía se la puede instruir por grados, pero se la instruye junto a imágenes que no responden a grado alguno.  La diferencia entre lo que ha sido dado y lo que sólo se ha vislumbrado debe sostenerla ahora la comunidad frente a una superficie que no la honra.  Esa labor recae enteramente sobre quienes guardan el conocimiento, y no hay punto en que concluya.

Ricardo F. Morín

13 de octubre de 2026

En tránsito.