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« Perla del Adriático »

October 22, 2026

Saludo al Palacio Ducal por el vedutista símbolo de Venecia Antonio Canaletto 1697-1768,
El Palacio Ducal de Venecia. Giovanni Antonio Canal, conocido como Canaletto (1697–1768).

Antes de visitar Venecia, recordé la conocida, aunque discutida, explicación que vinculaba el nombre de mi país con la semejanza que Américo Vespucio había advertido entre los palafitos indígenas próximos al lago de Maracaibo y la ciudad italiana. Otra interpretación sitúa el origen del nombre de Venezuela en un topónimo indígena, recogido como Veneciuela por Martín Fernández de Enciso en 1519. La historia de la Pequeña Venecia era una de las asociaciones que me acompañaban al emprender el viaje.

Cuando llegué a Venecia, llevaba años familiarizado con sus representaciones. Conocía la ciudad a través de las pinturas de Canaletto y Francesco Guardi, del tratamiento de la atmósfera en las vistas de J. M. W. Turner y de los escritos de Goethe, Nietzsche y Thomas Mann. Los grabados de Piranesi sobre la Antigüedad contribuían a la imagen que me había formado de Italia. Venecia había sido para Poe un «Elíseo marino amado por las estrellas», para Dickens una ciudad soñada y para Herzen una «locura del genio»; Mann la había descrito como «mitad leyenda, mitad trampa para forasteros». Aquellas representaciones habían influido en lo que esperaba encontrar.

Comprendí que parte del atractivo de Venecia residía en su fragilidad. Los monumentos, puentes y canales de la Serenísima atestiguaban la perseverancia y la pericia necesarias para mantener la ciudad a lo largo de los siglos.

Como pintor, quería estudiar de cerca las obras de Antonio Vivarini, Pisanello, Giovanni Bellini, Vittore Carpaccio, Jacopo Bassano, Tiziano, Palma el Viejo, Tintoretto, Lorenzo Lotto, Paolo Veronese y Giambattista Tiepolo. Me atraían el tratamiento de la materia pictórica en la escuela veneciana, el matiz agridulce de su gama cromática y el modo en que el color daba profundidad a la atmósfera e impregnaba la figura humana. Quería examinar esas cualidades ante las propias obras.

La arquitectura ofrecía otro ámbito de observación. Las influencias bizantinas, islámicas y góticas convivían con el lenguaje clásico de Andrea Palladio y el barroco de Baldassare Longhena. Los edificios de Palladio y su tratado Los cuatro libros de arquitectura difundieron su interpretación de la arquitectura clásica más allá de Venecia e influyeron en generaciones de arquitectos. Una visita tan breve solo permitía una aproximación a esas tradiciones.

Por las limitaciones físicas de mi madre, habíamos previsto una estancia de tres días y un recorrido sin prisas. Nos alojamos en el hotel Amadeus, cerca del Gran Canal y de la estación de ferrocarril de Santa Lucia, desde donde continuaríamos el viaje a Roma. En otoño había menos turistas, y los jóvenes seguían reuniéndose al aire libre, en los puentes y en las plazas.

En el Caffè Florian de la plaza de San Marcos, abierto desde el siglo XVIII, nos detuvimos a tomar un refrigerio mientras escuchábamos una orquesta que tocaba al aire libre. Nunca habíamos pagado tanto por un refrigerio, pero la música y el entorno hicieron memorable aquel momento.

Recorrimos las calles y los callejones para observar las fachadas y los espacios más recogidos que se abrían entre ellas. También fuimos en vaporetto a los Giardini di Castello, en el extremo oriental de la ciudad, para visitar la 48.ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia, celebrada en 1999. Entre los pabellones nacionales se encontraba el de Venezuela.

Más tarde, cuando esperábamos para salir de Roma hacia Venezuela, mi madre me pidió que me pusiera a su lado. Nos situamos ante una pared de espejos y ella dijo: «Así nos recordaremos siempre».

Ricardo F. Morín, 12 de octubre de 2026. En tránsito.