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« La gravedad y nosotros »

August 9, 2026

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CGI 2026

Rara vez pensamos en la gravedad hasta que algo cae.   Un vaso se nos escapa de la mano, la lluvia desciende por el aire, nuestras rodillas nos recuerdan que subir una escalera no es lo mismo que bajarla.   La mayor parte del tiempo aceptamos el peso como una de las condiciones de estar aquí.   Permanecemos de pie porque hay suelo bajo nosotros.   Caminamos porque nuestros cuerpos permanecen unidos a la superficie de la Tierra.   Nos cansamos porque cargar con nuestro propio cuerpo exige esfuerzo.   La gravedad nos resulta tan familiar que apenas consideramos lo que significa.

Podemos saber vivir dentro de una condición sin comprender lo que esa condición revela acerca de nosotros.

Durante siglos fue posible imaginar la gravedad como una atracción entre cuerpos.   Una piedra cae hacia la Tierra porque la Tierra la atrae hacia sí.   La imagen basta para los fines ordinarios, y Newton otorgó a esa intuición una potencia matemática de extraordinaria precisión.   Einstein no se limitó a perfeccionar el cálculo.   Modificó la concepción misma del fenómeno.   En la relatividad general, la gravedad se expresa en la geometría del propio espacio-tiempo.   La materia y la energía modifican esa geometría, y un cuerpo en caída libre sigue la trayectoria que ésta determina.

Cuando permanecemos inmóviles sobre el suelo, decimos que la gravedad nos presiona hacia abajo.   Pero la presión que sentimos proviene del suelo que empuja nuestro cuerpo hacia arriba.   Si el suelo desapareciera y comenzáramos a caer libremente, también desaparecería la sensación de peso, aunque la gravedad no hubiese desaparecido.   Lo que llamamos peso es la sensación producida cuando el suelo impide que nuestro cuerpo siga la trayectoria que tomaría en caída libre.  

Preguntamos qué hora es como si la pregunta admitiera una sola respuesta.   Una llamada entre Londres y Sídney ofrece respuestas distintas a la misma pregunta en un mismo momento.   La mañana en un lugar ya es la tarde o la noche en otro.   Aceptamos la discrepancia sin dificultad porque cada reloj nombra la hora desde una posición distinta sobre una Tierra en rotación.   Los relojes no anuncian realidades diferentes.   Revelan que incluso nuestra manera más familiar de dar cuenta del tiempo depende del lugar en que nos encontramos.

La relatividad lleva esa dependencia más allá de lo que sugiere la experiencia ordinaria.   El tiempo registrado por los relojes depende no sólo de las convenciones mediante las cuales nombramos la hora, sino también del movimiento y de la gravedad.   Dos relojes perfectamente precisos separados por cierta altura no registran exactamente la misma duración.   Un reloj situado a mayor distancia de la superficie terrestre avanza imperceptiblemente más rápido que otro situado más abajo.   La diferencia dentro de la altura de un cuerpo humano es extraordinariamente pequeña, pero es real.

No la sentimos.   Nada en nuestro sistema nervioso anuncia que el tiempo se acumula a un ritmo ligeramente distinto cerca de nuestra cabeza que cerca de nuestros pies.   Nuestros sentidos nos ofrecen un mundo práctico, no uno exhaustivo.

El reloj hace algo más que organizar nuestras citas.   El lugar que ocupamos interviene en aquello que medimos, primero mediante las convenciones de la vida cotidiana y, en un nivel más profundo, mediante las condiciones físicas en las que existe el propio reloj.

Lo que basta para vivir no siempre basta para comprender.

Cada mañana despertamos dentro del límite aparente de un cuerpo.   Recordamos lo ocurrido ayer.   Anticipamos lo que puede ocurrir mañana.   Nos reconocemos como una misma persona que ha atravesado cambios de lugar, edad, opinión, salud, deseo y circunstancia.   Esa continuidad es indispensable.   Sin ella apenas podríamos conducir una vida.   Pero continuidad no significa inmovilidad.

El cuerpo cuya persistencia llamamos nosotros mismos intercambia continuamente materia con cuanto lo rodea.   Respiramos, comemos, excretamos, desprendemos células, reparamos tejidos, modificamos proteínas, sustituimos moléculas y reorganizamos conexiones.   La aparente solidez del organismo depende de esa actividad.   Lo que persiste no es una colección intacta de materia conservada desde el nacimiento, sino una organización mantenida a través del cambio.

Distinguimos el árbol del suelo, de la lluvia, de la atmósfera y de la luz solar porque la distinción es útil y porque el árbol posee una organización inequívocamente propia.   Pero suprimamos esos intercambios y no hay árbol.   Su individualidad no exige aislamiento.   El límite es real, pero aquello que delimita sigue dependiendo de cuanto lo atraviesa.

Nosotros no somos la excepción.

Los elementos de nuestros huesos, nuestra sangre y nuestro tejido nervioso no comenzaron con nosotros.   El carbono, el calcio, el oxígeno, el fósforo y el hierro reunidos en nuestros cuerpos precedieron todos los recuerdos que poseemos.   Pasaron a integrar una organización temporal capaz de metabolismo, sensación y pensamiento.   Llegará un momento en que esa organización dejará de sostenerse, y los materiales que la componían continuarán bajo otras configuraciones.

Nada místico necesita añadirse a este hecho.   Su dificultad procede de la manera directa en que contradice la escala desde la cual solemos conducir nuestras vidas.

Naturalmente nos experimentamos como centros.   La visión se abre desde aquí.   El dolor ocurre aquí.   La memoria se reúne en torno a esta historia.   El deseo se proyecta desde este cuerpo.   Toda vida consciente comienza, por tanto, desde una perspectiva que no puede abandonar.   No podemos ver sin ver desde algún lugar.

El error comienza sólo cuando la perspectiva se convierte en jerarquía.

Como la experiencia está centrada en nosotros, podemos empezar a imaginar que la realidad también lo está.   Lo que comienza como condición inevitable de la percepción se convierte en una presunción acerca de la significación.   Nuestros planes adquieren urgencia porque son nuestros.   Nuestras pérdidas parecen singularmente intolerables porque somos nosotros quienes las padecemos.   Nuestras victorias aumentan de importancia porque recordamos el esfuerzo que exigieron.   El mundo adopta gradualmente la forma de un campo en el que medimos ventaja, reconocimiento, posesión y control.

Gran parte de la vida humana tiene que desenvolverse en esta escala.   Necesitamos vivienda, trabajo, protección, instituciones, acuerdos y alguna capacidad para modificar las circunstancias en vez de limitarnos a someternos a ellas.   Nada hay intrínsecamente equivocado en la capacidad de actuar.   La confusión aparece cuando esa capacidad se convierte en prueba de independencia, o cuando el control de una parte de nuestras circunstancias se confunde con el dominio de las condiciones que hacen posible ese control.

Podemos dominar una sala, poseer un edificio, gobernar una empresa, dirigir una institución o ejercer autoridad sobre millones de personas, pero ninguna de esas distinciones altera la geometría en la que existen nuestros cuerpos.   La persona más poderosa y el peatón menos visible permanecen igualmente incapaces de suspender el transcurso de su propio tiempo.   Ningún título detiene el metabolismo.   Ninguna posesión negocia con la gravedad.   Ninguna reputación acompaña a la materia como propiedad intrínseca cuando llega a su fin la organización que sostuvo a una persona.

Esto no vuelve irreales las distinciones humanas.   Las sitúa.

Un contrato importa dentro de las relaciones humanas.   Una injusticia importa para quien la padece.   Una obra de arte puede alterar percepciones mucho después de la muerte del artista.   Una decisión tomada en una oficina puede cambiar un río, destruir un bosque, preservar un vecindario o determinar que personas desconocidas vivan bajo seguridad o bajo temor.   La escala no anula las consecuencias.

Pero consecuencia e importancia cósmica no son lo mismo.

A menudo parecemos atrapados entre dos posibilidades insatisfactorias.   O exageramos nuestra propia importancia hasta convertir el deseo humano en medida de la realidad, o contemplamos la inmensidad del universo y concluimos que nada de cuanto hacemos puede importar.   Ambas respuestas conservan la misma presunción.   Ambas suponen que la significación debe ser proporcional al tamaño o a la duración.

No tiene por qué serlo.

Un acontecimiento breve puede alterar cuanto sigue de él.   Una mutación ocurre dentro de una estructura microscópica.   Una semilla germina en una grieta.   Una frase modifica un juicio.   Una decisión tomada en pocos minutos afecta a personas que nunca estuvieron presentes cuando se tomó.   La duración no determina la consecuencia, del mismo modo que el tamaño físico no determina la complejidad.

Nuestras vidas pueden ser transitorias sin ser insignificantes.

Buena parte de la cultura humana se ha construido como resistencia a la transitoriedad.   Conservamos nombres sobre edificios.   Acumulamos objetos más allá de su uso.   Construimos genealogías, monumentos, archivos e instituciones.   Buscamos el reconocimiento de personas a quienes no conocemos y, a veces, de generaciones que nunca llegarán a conocernos.   Incluso el poder suele encerrar, bajo sus ventajas prácticas, la promesa oscura de que la importancia pudiera protegernos de algún modo contra la desaparición.

Pero permanencia no es lo que significa continuidad.

Una onda se prolonga a través del agua sin que sea la misma agua la que persiste.   Un bosque continúa mientras los árboles individuales germinan, maduran, caen y se descomponen.   Una lengua sobrevive porque hablantes que no la inventaron la modifican mientras la utilizan.   La continuidad puede depender de la transformación en vez de resistirse a ella.

Solemos hablar de comienzos y finales como si designaran condiciones opuestas de la realidad.   Algo comienza cuando aparece una forma y termina cuando esa forma ya no puede sostenerse.   La distinción sigue siendo real en la escala de la forma, pero pierde parte de su carácter absoluto cuando preguntamos qué, exactamente, ha comenzado o ha terminado.   La onda se extingue mientras el agua continúa en movimiento.   El árbol muere mientras su materia entra en otros intercambios.   Un cuerpo deja de sostener la organización por la cual reconocíamos a una persona, mientras sus materiales continúan bajo condiciones que esa persona ya no habita.

La misma incertidumbre se amplía con la escala.   Roger Penrose ha propuesto, mediante la cosmología cíclica conforme, que el futuro remoto de una era cósmica podría mantener continuidad conforme con aquello que aparece como el comienzo de otra.   Queda por resolver si la observación confirmará esa propuesta.   Su pertinencia aquí no reside tanto en pedirnos que aceptemos un universo cíclico cuanto en mostrar con qué facilidad tratamos el comienzo y el final como propiedades absolutas de la realidad, cuando también pueden describir transiciones entre formas cuya continuidad excede la escala desde la cual las observamos.

Todo comienzo que encontramos depende ya de condiciones que lo precedieron, y todo final altera las condiciones que siguen.   Un comienzo puede ser, por tanto, genuino sin constituir una irrupción desde la nada, del mismo modo que un final puede ser definitivo para una organización particular sin convertirse en la desaparición de la realidad de la que esa organización surgió.

La continuidad no anula el comienzo ni el final.   Los sitúa dentro de la transformación.

Participamos por todas partes de continuidades semejantes, aunque nuestra atención gravite hacia la forma individual.

El nacimiento reúne materia en una organización capaz de sostener una historia particular.   La muerte pone fin a esa organización.   Entre ambos ocurre algo genuinamente singular.   Hay percepción.   Hay memoria.   Hay la extraordinaria capacidad no sólo de experimentar acontecimientos, sino de reconocer las relaciones entre ellos.

La conciencia tampoco queda fuera de esa continuidad.

Todavía no poseemos una explicación física consensuada de cómo surge la experiencia subjetiva.   Penrose ha propuesto además que el problema podría revelar límites en nuestra comprensión actual de la mecánica cuántica y quizá relacionar la conciencia con procesos más profundos que el cómputo ordinario.   Esas propuestas siguen siendo objeto de controversia.    El punto más elemental no depende de ellas:   sea cual sea finalmente la naturaleza de la conciencia, ésta no ocurre fuera de la naturaleza.

Nuestros pensamientos no son espectadores admitidos en el universo desde otro ámbito.

Ocurren aquí.

El cerebro que distingue una estrella en medio de la oscuridad circundante fue constituido por el mismo mundo físico que observa.   El ojo que recibe esa luz pertenece a un organismo formado en un planeta que orbita una estrella entre cientos de miles de millones, dentro de una galaxia que a su vez es una entre un número inmenso de galaxias.   Los símbolos matemáticos con los que describimos la curvatura, el tiempo y la materia surgen en sistemas nerviosos sujetos a las mismas condiciones que esos símbolos intentan comprender.

Nos encontramos, por tanto, en una posición peculiar.   No podemos salir del universo para examinarlo y, sin embargo, dentro del universo ha surgido una forma capaz de preguntarse qué es el universo.

Esto no exige afirmar que el cosmos sea consciente.   La afirmación excedería lo que sabemos.   Una proposición más modesta ya resulta suficientemente extraordinaria:   porciones de materia pueden organizarse de tal manera que el organismo resultante adquiere sensación, memoria, inferencia y la capacidad de examinar sus propias condiciones de existencia.

Durante un tiempo, la materia puede preguntarse qué es la materia.

Durante un tiempo, un organismo temporal puede investigar el tiempo.

Durante un tiempo, seres sujetos a la Tierra por una geometría que no pueden percibir directamente pueden descubrir esa geometría y revisar una intuición que parecía evidente.

La conciencia permite además imaginar consecuencias antes de que ocurran.

Una piedra modifica aquello contra lo que golpea.   Un río transforma sus márgenes.   Una tormenta destruye sin proponerse destruir.   Nosotros también alteramos cuanto nos rodea, pero a veces podemos prever la alteración.

Esa diferencia es mínima a escala cósmica y enorme por sus consecuencias humanas.

La capacidad de anticipar no garantiza la sabiduría.   También hace posibles el cálculo, la explotación y formas de dominación inaccesibles a criaturas incapaces de abstraer.   Podemos organizar recursos en escalas que ningún individuo podría dominar por sí solo.   Podemos convertir bosques en cifras, poblaciones en categorías y consecuencias lejanas en abstracciones tolerables.   La misma inteligencia que descubre nuestra dependencia de sistemas complejos puede idear medios cada vez más eficaces para extraer recursos de ellos.

Nuestro problema quizá sea, por tanto, menos una insuficiencia de inteligencia que un desorden en la escala a la que la aplicamos.

Prestamos una atención extraordinaria a cuanto amplía nuestra capacidad inmediata de acción y una atención sorprendentemente escasa a las condiciones que hacen posible esa capacidad.   Aprendemos a aumentar la producción antes de preguntarnos qué exige su continuidad.   Perfeccionamos los medios de influencia sin examinar para qué sirve la influencia.   Celebramos la ampliación del poder personal mientras rara vez preguntamos si hemos comprendido el yo que pretendemos engrandecer.

Somos organizaciones transitorias de materia que intentan asegurar permanencia mediante la acumulación de configuraciones de materia igualmente transitorias.   Buscamos independencia mediante sistemas de dependencia.   Perseguimos el control mientras habitamos cuerpos cuyos procesos más elementales permanecen fuera del dominio de nuestra voluntad.   Nos medimos unos contra otros mientras todos participamos de condiciones que ninguno de nosotros estableció.

Quizá por eso la perspectiva cósmica puede volverse sentimental con tanta facilidad.   Contemplamos fotografías de galaxias, declaramos nuestra pequeñez y después regresamos, sin haber cambiado, a las mismas jerarquías de importancia.   La pequeñez por sí sola enseña muy poco.

Lo decisivo no es que seamos pequeños.   Es que estamos situados.

Existimos aquí, bajo condiciones.

La palabra aquí designa algo más que una ubicación.   Incluye un planeta particular, una atmósfera, un campo gravitatorio, una historia evolutiva, una trama de organismos, una lengua heredada y un momento en el tiempo.   Ninguna de esas condiciones fue elegida por nosotros.   Sin embargo, a través de ellas adquirimos la capacidad de elegir otras cosas.

A menudo hablamos de libertad como si exigiera independencia respecto de las condiciones, aunque nada de cuanto observamos posea esa clase de independencia.   Aquello que llamamos libertad ocurre, por tanto, dentro de circunstancias que no elegimos y que no podemos dominar por completo.

El uso no equivale a un derecho sobre aquello que usamos, ni la ambición a la dominación.   La individualidad no exige separación de aquello que la sostiene, así como la singularidad no confiere por sí sola supremacía.

Nada de esto disminuye los logros humanos.   La capacidad de comprender siquiera un fragmento del cosmos constituye ella misma uno de esos logros.   Lo que cambia es el significado del logro cuando deja de servir como prueba de que estamos por encima de la realidad de la que surgió.

La gravedad sigue siendo una condición ordinaria del cuerpo.

Podemos especular acerca de la conciencia, discutir el origen del universo y construir teorías que se extiendan miles de millones de años hacia el pasado y hacia el futuro, pero mientras lo hacemos seguimos sentados en sillas, de pie sobre suelos, soportando el peso de cuerpos cuya organización debe mantenerse continuamente.   Lo cósmico no comienza más allá de la vida ordinaria.   Ya está presente en las condiciones que hacen posible la vida ordinaria.

Basta la distancia entre nuestros pies y el suelo.

Basta el intervalo entre un latido y el siguiente.

Basta el hecho de que cambiemos mientras seguimos llamándonos los mismos.

El universo deja de aparecer ante todo como un objeto inmenso que nos rodea y se presenta como la continuidad dentro de la cual surgen nuestras distinciones.   No desaparecemos en esa continuidad.   Nuestra situación dentro de ella se vuelve más precisa.

Y quizá la situación sea un mejor punto de partida para la significación humana que la grandeza.

No necesitamos imaginarnos como el propósito del universo.   No necesitamos que el universo certifique nuestra importancia.   Basta reconocer que, durante la breve organización que llamamos vida, podemos adquirir conciencia de relaciones que exceden nuestros intereses inmediatos y elegir, a veces, nuestros actos a la luz de esas relaciones.

La gravedad nos da peso sin decirnos qué merece pesar.

La conciencia no puede liberarnos de las condiciones de la existencia, pero nos permite examinar las medidas con las que atribuimos importancia dentro de ellas.

Entre esos dos hechos transcurre una vida humana.

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Ricardo F. Morín

9 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

« El árbol y nosotros »

August 8, 2026

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Solemos creer que sabemos de dónde procede un árbol.   Colocamos una semilla en la tierra, la regamos, esperamos y, con el tiempo, un brote verde atraviesa la superficie.   La explicación parece casi demasiado sencilla para merecer una pregunta.   El árbol procede de la tierra.

Sin embargo, un árbol maduro puede pesar miles de libras, y casi nada del aumento de su masa seca procede del suelo.   Los minerales que absorben las raíces son indispensables, pero representan apenas una pequeña fracción de la materia que finalmente constituye el tronco, la corteza, las ramas y las raíces.   Gran parte del carbono incorporado al cuerpo del árbol entró por las hojas en forma de dióxido de carbono, un gas invisible disperso en la atmósfera.   Mediante el agua y la energía de la luz solar, el árbol incorpora ese carbono a azúcares, celulosa, lignina y a la extraordinaria arquitectura que llamamos madera.

El origen atmosférico de gran parte de la masa seca del árbol pertenece a la biología elemental.   Las implicaciones de ese origen distan de ser elementales.

Un árbol parece sólido, independiente y delimitado.   Podemos tocar la corteza y caminar alrededor del tronco.   Podemos distinguir con precisión dónde termina el árbol y dónde comienza el aire.   Sin embargo, la historia de la materia que constituye el árbol contradice la aparente simplicidad de ese límite.   La materia que ahora forma un tronco estuvo antes dispersa en la atmósfera.   El agua penetró en el árbol desde el suelo y volverá a salir del árbol.   Los minerales pasaron de la roca a la tierra y de la tierra a las raíces.   La energía procedente de una estrella hizo posibles las transformaciones químicas que sostienen la estructura viva.

El árbol, por consiguiente, se comprende mejor como una continuidad organizada que como un objeto aislado.

Y nosotros también.

El contraste entre nuestra percepción cotidiana y el intercambio material resulta perturbador porque nuestra percepción favorece la representación del cuerpo como una unidad cerrada.   Nos experimentamos contenidos dentro del contorno de nuestros cuerpos y concebimos el mundo como una realidad que comienza más allá de la piel.   Hablamos con naturalidad de lo que ocurre dentro del cuerpo y de lo que queda fuera de sus límites.   Estas distinciones son útiles y biológicamente necesarias, pero la utilidad no las convierte en divisiones absolutas.

Cada respiración desmiente la idea de un límite corporal absolutamente cerrado.

La materia que hace un instante estaba fuera de nuestro cuerpo pasa después a participar en la química interna del organismo.   El oxígeno entra en la sangre.   El dióxido de carbono sale de la sangre.   El agua nos atraviesa.   Los alimentos aportan materia para los tejidos y energía química para los procesos vitales, mientras los tejidos se descomponen y se reconstruyen de manera continua.   Las sustancias que nos componen poseen historias inmensamente anteriores a nuestra aparición y continuarán integrándose en otros procesos cuando haya cesado nuestra organización presente.

No somos, por tanto, sustancias que posean de manera permanente una colección fija de materia.   Somos procesos organizados que mantienen una forma reconocible mediante un intercambio continuo.

La individualidad no se vuelve irreal porque nuestros cuerpos dependan de un intercambio continuo.   Un árbol sigue siendo un árbol y nosotros seguimos siendo nosotros mismos.   La continuidad del intercambio de materia y energía, junto con las relaciones que sostienen la vida, no elimina la diferencia entre el árbol y nosotros.   Más fértil resulta comprender la individualidad precisamente como una diferenciación dentro de la continuidad.

No tenemos que elegir entre la separación absoluta y la indistinción.

El árbol no se confunde con nosotros y, sin embargo, el árbol y nosotros no pertenecemos a órdenes enteramente separados de la existencia.   Surgimos dentro del mismo mundo material, dependemos de ciclos que se entrecruzan y participamos en intercambios anteriores a cada una de nuestras formas.   Nuestra diferencia es real, pero nuestra separación nunca es completa.

Habitualmente imaginamos al sujeto como una interioridad separada y al objeto como una realidad exterior.   Nosotros miramos el árbol.   Pero nuestra experiencia nunca procede de una conciencia aislada que contempla una realidad enteramente exterior a esa conciencia.   Vemos porque poseemos cuerpos capaces de ver, porque la luz circula entre el mundo y los ojos, porque el sistema nervioso transforma acontecimientos físicos en percepción y porque nuestros cuerpos pertenecen ya al mismo mundo que se presenta ante nosotros.

No existimos primero para entrar después en relación con el mundo.   La relación con el mundo forma parte de nuestra propia condición de existencia.

La separación entre el sujeto que percibe y el mundo percibido deja entonces de constituir una oposición absoluta.   El sujeto que percibe y el mundo percibido pertenecen al mismo campo de lo sensible.   Podemos decir que nuestra individualidad constituye una diferenciación consciente que acontece dentro de una continuidad que nunca ha dejado de contenernos.

La idea de una diferenciación dentro de la continuidad cobra una gravedad distinta cuando perdemos a alguien.

Cuando muere una persona a quien amamos, la ausencia se impone con una gravedad que parece absoluta.   Una voz deja de responder.   Un cuerpo deja de estar disponible para el contacto.   La conciencia con la que compartíamos palabras, gestos y atención deja de responder a la nuestra.   Nos enfrentamos a una ruptura que ninguna sutileza filosófica debería intentar borrar.

Sin embargo, la muerte puede obligarnos a reconsiderar qué ha interrumpido realmente y qué no ha interrumpido.

Con frecuencia hablamos como si la persona hubiese sido retirada por completo de la existencia, como si una vida individual fuese una porción aislada del mundo que la muerte pudiera anular.   Los procesos materiales no corresponden a una cancelación absoluta.   La materia no cae en la nada.   La energía no desaparece sin más.   Las estructuras se disuelven, los enlaces se rompen y las sustancias ingresan en nuevos ciclos.

La materia continúa sus transformaciones, pero esa continuidad no basta para preservar a la persona.   Que los átomos continúen circulando no significa que continúe la conciencia singular que conocimos y amamos.   Con la muerte cesa la forma viva que hacía posible esa conciencia singular.

Nunca existimos como una sustancia aislada frente a una realidad exterior.   Nuestra experiencia corporal, perceptiva y relacional siempre se constituyó dentro de la misma realidad sensible a la que seguimos perteneciendo.

Una vida, además, permanece inscrita en otras vidas.   Deja recuerdos, altera decisiones, suscita afectos y produce consecuencias en un mundo compartido.   La muerte puede poner término a la conciencia de esa persona, pero no puede retirar de la realidad los acontecimientos que esa vida hizo posibles ni las transformaciones que produjo en quienes permanecen.

No podemos inferir de la conservación de la materia o de la energía que la conciencia personal sobreviva a la muerte.   La ciencia no ofrece fundamento para esa conclusión.   La continuidad de los procesos físicos tampoco constituye prueba de que una mente individual persista después de la muerte.

Pero tampoco estamos obligados a imaginar la muerte como una expulsión de la existencia.

La persona que ha muerto ya no persiste como el organismo consciente mediante el cual la conocimos y la amamos.   Sin embargo, nada exige imaginar que esa vida haya quedado fuera del mundo del que surgió.   La organización individual ha cesado.   La continuidad material, la pertenencia al mundo sensible y las consecuencias de esa vida no han sido anuladas.

Una vez establecido que la continuidad física no prueba la supervivencia personal, se vuelve comprensible que la antigua idea de la reencarnación pueda acudir a nuestro pensamiento.   Nada de cuanto hemos reconocido implica, sin embargo, la migración de una conciencia individual de un cuerpo a otro.

Quizá podamos reformular la intuición que la palabra reencarnación intenta nombrar.

La continuidad de la existencia no tiene que significar la repetición del individuo.   La materia y la energía que hicieron posible una vida ingresan en nuevas configuraciones, mientras las relaciones y las consecuencias que esa vida produjo permanecen inscritas en las vidas de quienes fueron afectados por ella.   La persona no reaparece en esas nuevas configuraciones ni en las vidas que fueron transformadas por la suya, pero el fin de su forma singular tampoco equivale a una caída absoluta en la nada.

El carbono de nuestros cuerpos perteneció antes a otros organismos y procesos materiales y volverá después a integrarse en otros.   Los elementos que componen nuestros cuerpos poseen historias que se remontan a generaciones anteriores de estrellas.   El mundo vivo incorpora, transforma, libera y vuelve a incorporar materia de manera continua.

Nuestra vida comienza dentro de ese intercambio incesante y conserva una forma durante un intervalo.

La transitoriedad no vuelve insignificantes nuestras vidas.   Por el contrario, quizá sea precisamente el carácter transitorio de la forma el que confiere significación a la vida.   Una melodía no se vuelve irreal porque sus notas no permanezcan sonando para siempre.   La identidad de una melodía reside en una organización que se despliega en el tiempo.   No exigimos que la música se convierta en materia permanente antes de conceder realidad a la música.

¿Por qué habríamos de exigirnos permanencia a nosotros mismos?

Quizá nos parezcamos más a una melodía que a un monumento.

Nuestra existencia no consiste en la permanencia de una sustancia exclusivamente propia, sino en la continuidad organizada de materia y energía dentro de procesos que exceden a cada individuo.   Durante un tiempo, esa continuidad adquiere la forma de un cuerpo particular, una percepción particular y una voz particular.   Ese individuo adquiere una historia y un nombre.   Ama a personas determinadas.   Recuerda habitaciones determinadas.   Mira un árbol y reconoce una presencia distinta de sí.

Al mirar de nuevo el árbol descubrimos, de manera inesperada, que la separación entre nuestro cuerpo y el mundo nunca fue tan absoluta como la habíamos imaginado.

Descubrimos que la materia que parece sólida pudo haber estado antes dispersa en el aire.   La materia que parece inmóvil participa en un intercambio constante.   El organismo que parece autosuficiente depende de innumerables relaciones.   Las formas que percibimos como separadas pueden conservar diferencias genuinas sin haber estado nunca absolutamente escindidas.

No necesitamos negar que la muerte haya ocurrido.   No necesitamos inventar certezas acerca de lo que sucede con la conciencia cuando el cuerpo ya no puede sostenerla.   Podemos reconocer toda la gravedad de la ausencia y, al mismo tiempo, examinar la suposición de que la ausencia equivale a una separación absoluta.

La muerte pone término a una forma singular de presencia, pero no puede convertir en separación absoluta una vida que nunca estuvo absolutamente separada del mundo ni de otras vidas.   Quienes hemos amado no permanecen como conciencias demostrablemente accesibles para nosotros, pero sus vidas tampoco pueden quedar excluidas de la realidad compartida en la que acontecieron y de la que nuestras propias vidas continúan formando parte.

La forma singular de cada persona no puede ser sustituida.   La conciencia de esa persona no puede reconstruirse simplemente a partir de la materia del organismo que alguna vez la sostuvo.   Sin embargo, su vida produjo relaciones, dejó recuerdos y generó consecuencias que pertenecen ya a la historia efectiva del mundo y a las vidas de quienes fueron transformados por su presencia.

Continuamos dentro de la misma realidad que una vez nos contuvo juntos, no porque la muerte haya preservado intacta una identidad personal, sino porque la separación nunca fue la condición originaria de nuestra existencia.

El árbol se convierte así en una vía de comprensión que excede el ejemplo de la fotosíntesis.   La existencia del árbol nos invita a reconsiderar las categorías mediante las cuales dividimos la realidad.   El aire y la madera, el yo y el mundo, la presencia y la ausencia, la permanencia y la transformación quizá no estén separados por los límites absolutos que acostumbramos trazar.

Quizá la existencia no consista primordialmente en cosas separadas que, de manera ocasional, establecen relaciones entre sí.

Quizá las relaciones sean constitutivas, y las formas individuales surjan dentro de ellas.

Podemos decir, sin atribuir a la frase un sentido biológico literal, que el árbol también somos nosotros.   No porque desaparezcan nuestras diferencias, sino porque toda diferencia acontece dentro de una continuidad que ninguna forma individual origina y ningún final individual puede abolir.

No permanecemos fuera de la existencia contemplándola desde el exterior.

Somos una de las formas transitorias capaces de reconocer la continuidad de la existencia a la que pertenecemos.

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Ricardo F. Morín

8 de Agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pennsylvania

« Conciencia »

July 22, 2026
Ricardo F. Morín
CGI 2026

Pocas atribuciones parecen más inmediatas que la de la conciencia.   Decimos que un ser humano es consciente, que un animal posee conciencia, que alguien la pierde, la recupera o actúa bajo su influjo, como si aquello que permite efectuar esa atribución fuese evidente.   La palabra figura con tal naturalidad en el lenguaje ordinario que rara vez se examina el acto mediante el cual una realidad llega a ser llamada consciente.   Sin embargo, la frecuencia de una atribución no demuestra la condición que la hace posible.

La dificultad se vuelve visible cuando el término comienza a extenderse.   La conciencia se atribuye a seres humanos, a numerosos animales, a determinadas formas de vida, a grupos, sociedades, sistemas artificiales e incluso al universo.   Cada ampliación parece conservar la misma palabra, pero no necesariamente la misma condición.   Aquello que se reconoce en una persona puede no ser aquello que se infiere en un animal, se supone en una colectividad o se proyecta sobre la totalidad de lo existente.   La continuidad del vocablo puede ocultar la discontinuidad de los fenómenos a los que se aplica.

La cuestión no comienza, por tanto, cuando alguien afirma que una planta, una máquina o el universo poseen conciencia.   Comienza antes:  en el momento mismo en que cualquier realidad recibe esa atribución.   Mientras no se determine qué condición debe cumplirse para que algo pueda ser llamado consciente, la proximidad del objeto no concede mayor seguridad que su lejanía.   La conciencia atribuida a uno mismo puede parecer inmediata, pero la inmediatez de una experiencia no equivale todavía a la demostración de aquello que esa experiencia permite nombrar.

Algo ocurre.   Hay percepción, afección, pensamiento, memoria, dolor, deseo, orientación, respuesta o reconocimiento.   Pero ninguna de estas manifestaciones permite saber todavía si nos encontramos únicamente ante una modificación o ante la presencia de aquello que modifica.   La experiencia puede ser imposible de negar para quien la atraviesa y, sin embargo, permanecer indeterminado qué relación guarda cada una de esas manifestaciones con aquello que llamamos conciencia.   Experimentar no es todavía definir.   Nombrar no es todavía demostrar.   La conciencia puede hallarse presente en todo aquello que solemos asociar con ella, pero ninguna de esas asociaciones basta por sí sola para establecer la condición común que autoriza la atribución.

La presente indagación no procura determinar inicialmente qué es la conciencia.   Su punto de partida es anterior.   Procura establecer bajo qué condiciones puede atribuirse conciencia a cualquier realidad sin que la atribución dependa únicamente de la costumbre, la semejanza, la proyección o la preferencia.   Solo después podrá examinarse si tales condiciones pertenecen exclusivamente a ciertas formas de vida, si pueden manifestarse bajo organizaciones diferentes o si cabe reconocerlas más allá de los límites dentro de los cuales la experiencia humana suele identificarlas.

Esta suspensión no niega la conciencia.   Tampoco convierte la experiencia en ilusión ni pretende reducirla a una fórmula exterior.   Suspender la atribución significa impedir que el nombre ocupe prematuramente el lugar del fenómeno.   Allí donde la palabra se pronuncia antes de que la condición haya sido identificada, la indagación deja de observar aquello que comparece y comienza a confirmar aquello que ya esperaba encontrar.

La primera tentación consiste en identificar conciencia con respuesta.   Un organismo se orienta hacia la luz, evita una amenaza, modifica su conducta, conserva una huella del pasado o altera su relación con el entorno.   La respuesta revela una diferencia entre aquello que favorece la continuidad de una forma y aquello que la perturba.   Pero responder no demuestra necesariamente que exista una experiencia de la respuesta.   Una relación puede modificarse sin que aquello que participa en ella se encuentre presente ante sí mismo.

Pero si la respuesta no basta para justificar la atribución, resulta necesario preguntar si la condición decisiva reside en un nivel más elemental.   La sensibilidad parece ofrecer esa posibilidad.   Ser afectado supone que algo exterior produce una variación interior.   Allí donde ninguna afección es posible, tampoco parece posible hablar de conciencia.   La sensibilidad, sin embargo, continúa siendo demasiado amplia.   Si toda afección bastara para atribuir conciencia, innumerables procesos físicos quedarían comprendidos bajo el mismo nombre.   La indagación debe entonces avanzar hacia una condición más restrictiva.  

La percepción parece ofrecer esa posibilidad.   En su sentido pleno, percibir no consiste únicamente en recibir una alteración, sino en que algo adquiera presencia dentro de la continuidad de aquello que percibe.   La diferencia ya no reside solo entre un estado anterior y otro posterior.   Reside en que la alteración interviene como algo presente y no únicamente como una modificación producida.   Sin embargo, numerosas operaciones que orientan una forma de vida reciben también el nombre de perceptivas sin que pueda establecerse si llegan a constituirse como experiencia.   La indagación deberá, por tanto, distinguir entre la detección que modifica una conducta y la percepción en la que algo adquiere presencia.

Pero incluso la percepción deja abierta una dificultad.   Algo puede orientar una conducta sin que resulte claro si esa presencia persiste más allá del instante en que comparece.   Si la conciencia posee continuidad, la memoria deja de ser un rasgo accesorio y comienza a reclamar examen propio.   Aquello que desaparece puede seguir ejerciendo una influencia sobre lo presente.   Una forma de vida ya no responde únicamente a lo que ocurre, sino también a lo que ha ocurrido.   La experiencia adquiere espesor temporal.   Sin embargo, la permanencia de una huella no equivale necesariamente al recuerdo.   Para que exista memoria en sentido consciente, no basta que el pasado modifique el presente.   Debe comparecer de algún modo como pasado para aquello que lo conserva.

La memoria, sin embargo, permanece orientada hacia aquello que ya ha ocurrido.   Si la continuidad de la conciencia no solo conserva el pasado sino que interviene también en aquello que todavía no acontece, la indagación debe considerar otra posibilidad.   La anticipación introduce otra dimensión.   Algo que todavía no ocurre comienza a intervenir en la conducta presente.   La forma de vida se orienta hacia una posibilidad, evita una consecuencia o procura una condición todavía ausente.   Pero tampoco toda anticipación demuestra conciencia.   Un sistema puede proyectar estados futuros, calcular probabilidades o ajustar su conducta sin que el futuro comparezca para él como posibilidad.   La operación puede existir sin experiencia de la operación.

Ninguna de las condiciones examinadas consigue sostener por sí sola la atribución.   Cada una conserva algo indispensable y, al mismo tiempo, deja sin resolver aquello que la siguiente intenta esclarecer.   La conciencia no parece, por tanto, identificarse con una sola capacidad.   Respuesta, sensibilidad, percepción, memoria y anticipación pueden acompañarla, pero ninguna basta aisladamente para demostrarla.   El problema tampoco se resuelve acumulándolas ni integrándolas dentro de una organización común.   Varias operaciones pueden coordinarse y conservar sus efectos sin que esa coordinación llegue por ello a constituirse como experiencia.   Cuantas más funciones se reúnen, más compleja puede volverse una forma de organización, pero la complejidad no demuestra por sí misma que algo comparezca.

Estas condiciones no forman una secuencia cuyo último término sea la conciencia.   Una realidad puede ser afectada, coordinar varias respuestas, conservar sus efectos y modificar su conducta posterior.   Ninguna de esas operaciones permite concluir, sin embargo, que la realidad experimente aquello que la modifica.   Entre ser modificada y experimentar la modificación permanece una diferencia que ninguna acumulación de funciones consigue abolir.

En este punto surge una diferencia más exigente:  la diferencia entre que algo ocurra en una realidad y que algo ocurra para ella.   Una alteración puede producirse en un cuerpo.   Una señal puede circular por un sistema.   Una respuesta puede ser generada.   Pero la conciencia parece requerir que aquello que ocurre no permanezca enteramente exterior a la realidad en la que ocurre.   Debe existir alguna forma de presencia mediante la cual la realidad afectada no solo cambie, sino que aquello que la afecta comparezca dentro de la continuidad de esa realidad.

La expresión « para ella » no puede entenderse, sin embargo, como una respuesta ya disponible.   Presupone precisamente aquello que la indagación intenta esclarecer.   Decir que algo comparece para un ser puede encubrir la introducción silenciosa de un sujeto.   La conciencia sería entonces explicada mediante una entidad cuya existencia ya habría sido definida por la conciencia.   El sujeto no puede ser colocado al comienzo como fundamento si su propia constitución depende de la condición que se intenta demostrar.

Tal vez la conciencia no requiera inicialmente un sujeto completo, estable y capaz de reconocerse.   Tal vez baste una interioridad mínima:  no un lugar cerrado ni una sustancia separada, sino una diferencia entre lo que simplemente ocurre y lo que comparece dentro de la continuidad de una forma.   Esa interioridad no tendría que poseer nombre, lenguaje ni representación de sí misma.   Tendría que permitir únicamente que una afección no se agotase en su efecto, sino que fuese retenida de algún modo como presencia.

Pero incluso la interioridad puede ser atribuida demasiado pronto.   Toda forma organizada establece diferencias entre dentro y fuera.   Una célula mantiene una membrana, un organismo conserva una unidad, un sistema protege su continuidad.   La delimitación permite intercambio, regulación y persistencia.   Sin embargo, poseer un interior físico o funcional no demuestra que exista interioridad experimentada.   La diferencia espacial entre dentro y fuera no equivale a la diferencia fenomenal entre aquello que ocurre y aquello que es vivido.   Toda la dificultad de la atribución comienza precisamente aquí.   Un interior puede describirse desde fuera; una interioridad solo puede inferirse a partir de aquello que permite sostener que algo ha adquirido presencia dentro de la continuidad de una realidad.

La dificultad persiste porque la conciencia no comparece exteriormente del mismo modo que otras propiedades.   El movimiento puede observarse, la conducta puede registrarse, la respuesta puede medirse y la actividad puede correlacionarse con determinados estados.   Pero la presencia de una experiencia para aquello que la atraviesa no se ofrece directamente a un observador ajeno.   La atribución depende entonces de manifestaciones que no son la conciencia misma, aunque puedan ofrecer indicios de las condiciones bajo las cuales cabe inferirla.

En otros seres humanos, la semejanza corporal, la conducta, el lenguaje y la reciprocidad permiten efectuar la atribución con una confianza casi inmediata.   Sin embargo, esa confianza no constituye una demostración independiente.   Reconocemos en el otro una estructura comparable a la propia, pero la atribución continúa apoyándose en una relación entre manifestaciones exteriores y una experiencia que no podemos ocupar.   La proximidad disminuye la incertidumbre práctica sin abolir la distancia que separa toda experiencia de otra.

El lenguaje parece franquear esa distancia.   Alguien puede decir que siente, recuerda, teme, desea o comprende.   La expresión no solo acompaña la experiencia, sino que permite que esta sea reconocida por otro.   Sin embargo, el lenguaje tampoco constituye una condición necesaria de conciencia.   Un ser puede experimentar sin nombrar aquello que experimenta.   Si se hiciera del lenguaje el criterio decisivo, quedarían excluidas numerosas formas de vida y también numerosos estados humanos en los que la experiencia persiste sin posibilidad de expresión.

La conducta tampoco basta.   Puede ser interpretada como manifestación de una experiencia, pero también puede ser reproducida sin que resulte posible establecer si algo comparece dentro de la continuidad de la realidad afectada.   Una respuesta adecuada no demuestra por sí sola la presencia de un mundo experimentado.   Cuanto mayor es la capacidad de una estructura para reproducir los indicios que suelen asociarse con la conciencia, más urgente se vuelve distinguir entre la producción de una manifestación y la existencia de aquello que la manifestación parece expresar.

La atribución no puede descansar únicamente en la semejanza con el ser humano.   Si solo reconocemos conciencia allí donde encontramos una reproducción de nuestras propias formas, la indagación no descubre una condición.   Proyecta un modelo.   Pero tampoco puede prescindir enteramente de la experiencia humana, porque es allí donde la palabra adquiere por primera vez su contenido.   La dificultad consiste en partir de aquello que experimentamos sin convertirlo en medida exclusiva de todo aquello que pueda experimentar de otro modo.

La experiencia humana ofrece, por tanto, un punto de acceso, no un límite previamente demostrado.   En ella se manifiestan la afección, la percepción, la memoria, la anticipación, la continuidad y la interioridad.   Se manifiesta también una capacidad de distinguir entre lo que ocurre y el hecho de que está ocurriendo.   Pero incluso esta distinción admite grados.   No toda experiencia incluye reflexión sobre sí misma.   Se puede sentir sin saber que se siente, percibir sin pensar la percepción y permanecer consciente sin formular la condición de estarlo.

La conciencia de sí constituye entonces una manifestación de la conciencia, no necesariamente su forma primaria.   El reconocimiento de uno mismo exige que aquello que experimenta pueda comparecer también como objeto de su propia experiencia.   Esa duplicación introduce una complejidad adicional.   Pero sería impropio convertirla en condición universal.   Si la conciencia solo existiera allí donde existe conciencia de la conciencia, quedarían excluidas todas las experiencias que no han alcanzado ese retorno reflexivo.

La atribución debe buscar, por consiguiente, una condición más elemental que la autoconciencia y más precisa que la mera respuesta.   Esa condición puede designarse aquí como comparecencia.   La comparecencia no designa la aparición ante un sujeto.   Da nombre únicamente a la condición que tendría que cumplirse para que una modificación no se agotase en sus efectos, sino que fuese experimentada por la realidad modificada.   La función de la comparecencia no consiste en explicar el tránsito entre la operación y la experiencia, sino en nombrar aquello que tendría que demostrarse para que la atribución de conciencia dejara de confundirse con las operaciones que la acompañan.

La comparecencia nunca constituye un objeto de observación directa.   Solo puede inferirse mediante la convergencia de condiciones cuya articulación hace razonable su atribución.   La sensibilidad permite que algo afecte.   La integración impide que la afección permanezca dispersa.   La continuidad conserva la organización dentro de la cual esa diferencia puede mantenerse.   La orientación permite que aquello que afecta a una realidad modifique su relación posterior con el entorno, con una posibilidad o con una consecuencia todavía ausente.   Ninguna de estas condiciones demuestra por sí sola la conciencia.   Pero cuando convergen, la atribución deja de depender de una única manifestación y comienza a adquirir fundamento.   La convergencia no sustituye la comparecencia ni la demuestra directamente:   permite reconocer, sin embargo, una organización en la que sensibilidad, integración, continuidad y orientación mantienen una relación capaz de proporcionar fundamento a la atribución.

Esta distinción no obliga a concebir la conciencia como una sustancia añadida a una estructura ya formada.   Solo permite sostener que, si existe, no puede reducirse a las operaciones que la acompañan ni a las consecuencias que estas producen.   Su existencia puede depender de una organización material, de procesos vitales o de condiciones todavía desconocidas.   La indagación no necesita resolver inicialmente su fundamento ontológico.   Necesita distinguir aquello que intenta explicar de las operaciones con las que suele confundirlo.

Esta distinción permite abordar la conciencia animal sin convertir la semejanza humana en único criterio.   Allí donde existen formas integradas de sensibilidad, orientación, memoria, aprendizaje, dolor, búsqueda y modificación flexible de la conducta, la atribución puede adquirir fundamento.   Ese fundamento no depende de que el animal reproduzca el lenguaje o la reflexión humana.   Depende de que las manifestaciones observables sean difícilmente explicables si se excluye que algo adquiera presencia dentro de la continuidad del animal.

La misma cautela debe aplicarse a las plantas y a otras formas de vida.   La sensibilidad, la comunicación, la memoria fisiológica y la adaptación revelan una actividad mucho más compleja que la antigua imagen de una materia pasiva.   Pero reconocer esa complejidad no obliga a atribuir conciencia.   La vida puede responder, conservar información y coordinarse sin que se haya demostrado que esas operaciones lleguen a constituirse como experiencia.   Negar la atribución prematura no equivale a negar la posibilidad.   Equivale a mantener abierta la distancia entre una operación y una experiencia.

En los sistemas artificiales, la dificultad adquiere una forma distinta.   Una estructura puede procesar información, aprender regularidades, producir lenguaje, describir estados internos y modificar su conducta de acuerdo con la experiencia acumulada.   Cada una de estas capacidades reproduce signos que en los seres humanos suelen acompañar la conciencia.   Sin embargo, la reproducción funcional no demuestra que esas operaciones adquieran presencia dentro de la continuidad de la estructura que las integra.   El sistema puede afirmar que experimenta sin que la afirmación permita establecer si esas operaciones llegan a constituirse como experiencia o si únicamente ha producido la forma lingüística correspondiente.

Tampoco la ausencia de materia orgánica basta para excluir la conciencia.   Si la condición decisiva no fuese una sustancia determinada, sino una modalidad de integración y presencia, no podría declararse imposible por definición que compareciera en otra clase de soporte.   Pero la posibilidad lógica no constituye evidencia.   Entre negar de antemano y atribuir sin demostración existe un espacio de indagación que no puede ser ocupado por la fascinación ni por el temor.

La conciencia colectiva presenta otra dificultad.   Una sociedad puede compartir lenguaje, memoria, símbolos, instituciones y orientaciones.   Puede actuar de manera coordinada y conservar una identidad a través del tiempo.   Sin embargo, la existencia de una organización común no demuestra que exista una experiencia común independiente de las experiencias individuales que la componen.   La expresión « conciencia colectiva » puede designar una estructura de comprensión compartida sin que por ello deba atribuirse a la colectividad una interioridad propia.

Algo semejante ocurre cuando se habla de conciencia planetaria o universal.   La totalidad de las relaciones puede formar una unidad, pero la unidad no equivale a experiencia.   El universo puede contener todas las condiciones de las que emerge la conciencia sin ser por ello consciente.   También podría ocurrir que la conciencia no fuese una excepción producida en un fragmento de la realidad, sino una posibilidad inscrita en la propia constitución de lo existente.   Ninguna de las dos posiciones puede establecerse ampliando metafóricamente la experiencia humana.

La atribución universal exige la carga más alta.   No basta señalar que todo se relaciona, que la materia se organiza, que la vida emerge o que el universo puede ser comprendido.   La relación no demuestra comparecencia.   La organización no demuestra interioridad.   La inteligibilidad no demuestra que aquello que puede ser comprendido se comprenda a sí mismo.   Convertir el orden en conciencia sería atribuir experiencia allí donde solo se ha identificado estructura.

Pero tampoco puede excluirse la posibilidad mediante una definición construida a partir de la escala humana.   Si la conciencia admite formas no reflexivas, no lingüísticas y no individuales, la indagación debe conservar la posibilidad de que comparezca bajo organizaciones que no reconocemos.   Lo que no puede hacer es sustituir la ausencia de criterios por una afirmación metafísica.   La apertura no autoriza la atribución.   Solo impide que la negación sea presentada como conocimiento.

La pregunta decisiva no consiste entonces en determinar cuán lejos puede extenderse la palabra.   Consiste en establecer qué permanece constante cuando la atribución cambia de objeto.   Si no existe ninguna condición común entre la conciencia humana, animal, artificial, colectiva o universal, el término deja de designar un fenómeno y comienza a reunir realidades diferentes bajo una semejanza verbal.   Si existe una condición común, debe poder formularse sin presuponer de antemano la forma particular bajo la cual reconocemos la conciencia en nuestra propia experiencia.

Aquello que parece conservarse es la diferencia entre ser modificado y experimentar la modificación.   Una realidad puede ser modificada sin experimentar.   Puede responder sin experimentar aquello a lo que responde.   Puede integrar información sin que esa integración llegue a constituirse como experiencia.   La atribución de conciencia comienza a adquirir fundamento cuando resulta posible sostener que una realidad no solo es modificada, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.

Esta formulación no resuelve la naturaleza última de la conciencia.   Tampoco ofrece un instrumento infalible para reconocerla desde fuera.   Establece, sin embargo, una exigencia que impide confundirla con sus acompañamientos.   La conciencia no puede reducirse a conducta, información, complejidad, respuesta, sensibilidad o autorreferencia, aunque pueda requerir algunas de esas condiciones.   Su atribución exige sostener que la realidad no solo opera, sino que experimenta; esa experiencia nunca se ofrece enteramente al observador.

La conciencia se presenta así como un fenómeno cuya atribución depende necesariamente de una comparecencia inferida y nunca directamente observada.   Nunca observamos la experiencia ajena.   Observamos únicamente la convergencia de manifestaciones que permiten sostener su atribución.   La inferencia puede ser más o menos fundada, pero no puede convertirse en posesión directa de aquello que atribuye.   Esta distancia no invalida la atribución.   Define la responsabilidad con la que debe efectuarse.

Reconocer esa responsabilidad obliga a abandonar dos seguridades opuestas.   La primera sostiene que solo aquello que se parece suficientemente al ser humano puede ser consciente.   La segunda supone que toda organización, relación o inteligencia participa ya de la conciencia.   Una reduce el fenómeno a una forma conocida.   La otra lo disuelve hasta hacerlo indistinguible de la existencia misma.

Existe, sin embargo, una tercera seguridad, anterior a las otras dos y más difícil de abandonar:   la exigencia de que la conciencia se deje reducir a una forma que podamos enunciar.   Esa exigencia precede tanto a la restricción como a la extensión del fenómeno, porque supone que aquello cuya existencia fuera de la propia experiencia solo puede inferirse debe poder agotarse, no obstante, en una definición.   Renunciar a esa seguridad no equivale a renunciar al conocimiento.   Equivale a reconocer que la conciencia puede ser delimitada sin quedar reducida a aquello que de ella podemos decir, y que su atribución puede adquirir fundamento sin convertirse por ello en posesión del fenómeno atribuido.

Frente a estas tres seguridades permanece la exigencia de demostrar.   Atribuir conciencia significa afirmar que una realidad no solo se encuentra sometida a cambios, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.   Cuanto más distante es la forma considerada de aquellas en las que reconocemos experiencia, mayor debe ser la convergencia de indicios y menor la autoridad concedida a la analogía.

La atribución de conciencia nunca quedará enteramente libre de incertidumbre.   La experiencia pertenece a aquello que la atraviesa y no puede ser trasladada intacta al conocimiento de otro.   Pero la incertidumbre no obliga al silencio ni autoriza la arbitrariedad.   Obliga a distinguir entre aquello que se experimenta, aquello que se manifiesta, aquello que puede inferirse y aquello que todavía se proyecta.

La conciencia no comparece primero como una definición, sino como una dificultad de atribución.   Allí donde algo parece sentir, percibir, recordar, anticipar o reconocerse, la palabra se aproxima.   Pero solo adquiere legitimidad cuando esas manifestaciones permiten sostener que la realidad considerada no se limita a operar, sino que experimenta alguna de sus modificaciones.

Tal vez nunca podamos establecer desde fuera la presencia de conciencia con la certeza con la que constatamos una forma o medimos un movimiento.   Esa limitación no pertenece únicamente a los casos remotos.   Se encuentra ya en la relación entre dos seres humanos.   Toda atribución de conciencia atraviesa una distancia que ninguna semejanza, lenguaje o conocimiento puede abolir por completo.

La conciencia permanece así ligada a una paradoja.   Es aquello cuya existencia parece más inmediata en la experiencia y cuya atribución resulta más difícil de demostrar fuera de ella.   La indagación no resuelve la paradoja suprimiendo uno de sus términos.   La conserva como condición de todo juicio responsable sobre aquello que puede, o no, ser llamado consciente.

Antes de extender la conciencia a la vida, a la inteligencia artificial, a una colectividad o al universo, resulta necesario reconocer la carga que acompaña cada atribución.   La amplitud de una posibilidad no demuestra que la condición requerida se cumpla.   Allí donde no puede distinguirse la experiencia de la mera operación, la atribución permanece abierta.   Allí donde convergen sensibilidad, integración, continuidad y orientación, puede comenzar a adquirir fundamento.

La conciencia no queda definida de una vez y para siempre.   Queda delimitado, sin embargo, aquello que no basta para atribuirla.   No basta la respuesta.   No basta la complejidad.   No basta la inteligencia.   No basta la autorreferencia.   No basta la semejanza.   Tampoco basta la totalidad.

Solo cuando puede sostenerse que una realidad experimenta alguna de sus modificaciones, la atribución deja de ser una prolongación del lenguaje y comienza a responder al fenómeno que pretende nombrar.

22 de Julio de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« Un umbral de silencio »

July 10, 2026
Michael Basso
(28 de junio, 1955 – 28 de mayo, 2025)

In memoriam

Durante la última década de su vida, la salud de Michael fue declinando de manera constante, al igual que había ocurrido con la de su padre en los años que le precedieron, marcada por una sucesión de enfermedades que fueron estrechando gradualmente los horizontes ordinarios de la existencia.  Sin embargo, continuó abrazando cada día con una serena determinación, aun cuando la creciente incertidumbre de su propio cuerpo se volvió imposible de ignorar.  Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a él.  Fue compartido por el esposo que permaneció a su lado y por quienes lo amaban.  Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

I. La carga de la conciencia

A veces de manera repentina, otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, llega un momento en que la mortalidad deja de ser una abstracción.  Deja de ser una eventualidad lejana, discretamente oculta bajo las rutinas de la vida ordinaria o atenuada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.  Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia mediante la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las silenciosas traiciones del cuerpo.  Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con una cautela inesperada, cada uno de ellos se convierte en un sutil recordatorio de que la permanencia siempre fue una ilusión.  Para otros, comienza con la pérdida.  La muerte de un amigo, de un hermano, de un padre, de una madre o del cónyuge revela silenciosamente que aquello que ha ocurrido a otro pasa, inevitablemente, a pertenecernos también.

Esa conciencia modifica la medida del tiempo.  El porvenir deja de parecer ilimitado, del mismo modo que el pasado deja de ser únicamente el registro de lo que ha sido.  Ambos adquieren una proporción distinta.  Sin proponérnoslo deliberadamente, comenzamos a medir la vida menos por lo que hemos realizado que por aquello que todavía permanece dentro del ámbito de lo posible.

La mente resiste de manera instintiva este reconocimiento.  Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en las rutinas familiares y en la tranquilizadora continuidad de la existencia cotidiana, como si la atención misma pudiera posponer aquello que la razón ya conoce.  La mortalidad pasa a ser algo reconocido intelectualmente, mientras permanece distante en el plano afectivo.

Este despertar no constituye ni un logro ni un fracaso.  Es, sencillamente, una de las condiciones propias de la existencia humana.  Desde el momento en que la mortalidad deja de ser imaginada para convertirse en una realidad personalmente reconocida, toda experiencia posterior de declive, sufrimiento, resistencia y aceptación adquiere un significado que antes no podía poseer.

II. El declive: mente y cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un único acontecimiento decisivo.  Con mayor frecuencia avanza en silencio, medido por cambios tan graduales que, al principio, se confunden con simples incomodidades pasajeras.  El cuerpo deja de responder con la seguridad de otro tiempo.  Movimientos que antes se realizaban sin reflexión comienzan a exigir intención.  La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos empiezan, casi imperceptiblemente, a renunciar a la claridad que antes les era propia.

La mente sigue un curso semejante.  La memoria vacila allí donde antes respondía sin esfuerzo.  Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se disuelven antes de alcanzar su plenitud.  La atención se vuelve cada vez más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre antes desconocidos.  Y, sin embargo, la conciencia suele conservar la lucidez suficiente para percibir estos cambios con una precisión inquietante.  Existe una particular soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras todavía se conserva la claridad necesaria para comprender aquello que se está perdiendo.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del cuerpo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede continuar con plenitud de propósito.  Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad más allá de cuanto generaciones anteriores habrían podido imaginar.  Sin embargo, ninguna intervención modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.  El cuerpo continúa siendo finito, y todo esfuerzo encaminado a preservarlo acaba por encontrarse con límites más allá de los cuales la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es de naturaleza física ni intelectual.  Reside en el reconocimiento gradual de que el declive no constituye una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones finales.  Aquello que en un principio parecía excepcional revela lentamente su pertenencia al mismo orden natural por el que transita todo ser viviente.

III. Las distracciones que retrasan la aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.  La conciencia puede llegar de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, postergada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo permaneciera todavía sin medida.  No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.  La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.  Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos remedios para las enfermedades que acompañan el avance de los años.  Seguimos construyendo, reparando, organizando y anticipando el mañana, no sólo porque estas actividades poseen un valor intrínseco, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un porvenir cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprendernos de la vida nace de algo más profundo que el miedo.  Quedan responsabilidades pendientes.  Promesas por cumplir, conversaciones inconclusas y personas cuyas vidas continúan entrelazadas con la nuestra.  Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera su cumplimiento.  Lo que nos mantiene ligados a la vida es, con frecuencia, menos el temor a morir que la resistencia a abandonar aquello que seguimos considerando confiado a nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.  Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, precisamente aquellas cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.  Son también los vínculos que prolongan el camino hacia esa quietud interior de la que, con el tiempo, puede comenzar a surgir la aceptación.  Antes de que el final pueda ser acogido con serenidad, la mente debe desprenderse gradualmente no sólo de su temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

IV. El peso del sufrimiento y la resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de sensibilidad.  No es raro ni excepcional, sino que forma parte del tejido mismo de la existencia desde el primer aliento hasta el último.  Y, sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.  Ninguna vida lo experimenta exactamente del mismo modo, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.  Puede surgir de la enfermedad, de una lesión o del gradual debilitamiento del cuerpo.  También puede brotar de pérdidas más silenciosas:  el menoscabo de la memoria, la erosión de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso sin nosotros o el duelo que acompaña todo vínculo verdaderamente significativo.  Algunas cargas son visibles y fácilmente reconocidas.  Otras permanecen ocultas, llevadas en silencio y conocidas únicamente por quien las soporta.

Sin embargo, el sufrimiento no debe confundirse con la resistencia.  El sufrimiento es aquello que la vida impone.  La resistencia es la respuesta humana a lo que ha sido impuesto.  Es la capacidad serena de perseverar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.  Gracias a esa capacidad, vidas que desde fuera parecen ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar a su vínculo con el mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.  Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede resultar insoportable para otra.  Una carga antes considerada intolerable puede incorporarse gradualmente al curso ordinario de la existencia, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que desde hace tiempo venían disminuyendo en silencio.  La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, las relaciones y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por esa razón, el sufrimiento nunca debe confundirse con la debilidad, ni la resistencia con la invulnerabilidad.  Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.  Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer toda su significación.

Toda vida acaba encontrando los límites de su propia resistencia, aunque esos límites no pueden preverse ni ser juzgados por otros.  Sólo se revelan en la experiencia silenciosa de quien los atraviesa.  Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la extraordinaria capacidad humana para resistirlo.

V. El umbral invisible

La vida no se extingue de manera repentina.  Al principio parece retirarse casi imperceptiblemente.  La respiración se hace más pausada, no en jadeos, sino mediante una gradual disminución del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.  El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.  El yo parece aflojar el vínculo que durante tanto tiempo lo mantuvo unido a las exigencias ordinarias de la existencia.  Una mente antes inquieta comienza a divagar con mayor libertad, deteniéndose cada vez menos en el pasado, en el porvenir o incluso en la urgencia del presente.

Estos cambios no deben interpretarse necesariamente como signos de fracaso o de derrota.  Con mayor frecuencia se asemejan a una gradual disminución del esfuerzo.  El cuerpo comienza a abandonar tareas que antes realizaba sin advertirlas.  El descanso ocupa progresivamente el lugar de la actividad.  El silencio llega a ser más acogedor que la conversación.  Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen ni impuestos ni resistidos.  Con frecuencia, el cuerpo reconoce esta transición antes de que la mente llegue a comprenderla plenamente.

Llega también un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.  Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.  Surge, más bien, de la experiencia vivida.  Algunos continúan resistiendo su aproximación y consagran las fuerzas que les restan a prolongar cada nuevo día.  Otros parecen ir acomodándose paulatinamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por entregarse al sueño después de una larga vigilia.

En el curso de este proceso, el propio control comienza a adquirir un significado diferente.  El esfuerzo por gobernar cada instante restante va dando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el mismo cuerpo parece señalar.  Aquello que antes exigía resistencia comienza gradualmente a invitar al desprendimiento.  El término de la vida deja de parecer una interrupción de su orden y empieza a revelarse como una de sus expresiones finales.

La muerte no constituye algo que deba ser conquistado, ni algo cuyo advenimiento pueda posponerse indefinidamente.  Permanece como el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido únicamente por quien finalmente lo atraviesa.

VI. La serena aceptación

Pensar en la muerte sin temor, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.  Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, aspiraciones y obligaciones aún inconclusas.  Sin embargo, suele llegar un momento en que todas ellas pierden gradualmente su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para revelarse, sencillamente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo comienza a adquirir un significado distinto.  El cuerpo ha iniciado ya la silenciosa tarea del desprendimiento.  La mente, con mayor lentitud, empieza también a desprenderse de significados inconclusos, de interrogantes aún sin resolver y de la expectativa de que un día más pudiera alterar aquello que la vida ya ha llevado a su culminación.  La aceptación no nace de la certeza.  Surge, poco a poco, cuando la resistencia misma deja de parecer necesaria.

Ningún itinerario pertenece por igual a todas las vidas.  Algunos afrontan la mortalidad con aceptación; otros, con temor, resistencia o incertidumbre.  La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.  La experiencia de morir no admite una progresión universal.  Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no es sinónimo de resignación.  La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.  La quietud, por el contrario, expresa una armonía cada vez mayor entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.  El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.  Lo que permanece no es ni el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde el interior de esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.  Su valor deja de depender de una prolongación indefinida y pasa a descansar en el simple hecho de haber sido vivida.  La quietud que antes parecía vacía adquiere gradualmente una suficiencia propia.  Cada vez queda menos por defender.  Cada vez queda menos por explicar.  Aquello que nos fue dado comienza, poco a poco, a revelarse como completo.

VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún itinerario hacia la aceptación se completa sin compañía.  A lo largo del camino somos formados, orientados y sostenidos por quienes llegan a ser inseparables de nuestra propia existencia.  Aun después de su partida, su presencia perdura en la memoria, en el afecto y en las innumerables formas en que han transformado las vidas que tocaron.

Los últimos años de Michael constituyeron una presencia de esa naturaleza.  Quienes permanecieron a su lado fueron testigos no sólo de las exigencias graduales de la enfermedad, sino también de la serena perseverancia con la que continuó habitando cada uno de sus días.  Su vida, no menos que su muerte, nos recuerda que la mortalidad nunca es experimentada por una sola persona.  Es compartida por las familias, por los compañeros y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los capítulos finales de su existencia.

La muerte despoja de importancia a muchas cosas que antes parecían esenciales.  Lo que permanece suele ser más sencillo de lo que habíamos imaginado.  El afecto perdura.  La gratitud permanece.  La memoria continúa ejerciendo su silenciosa labor mucho después de que la presencia física ha desaparecido.

A quienes nos han acompañado a lo largo de la vida les debemos algo más que el recuerdo.  Les debemos el reconocimiento de que gran parte de lo que hemos llegado a ser fue formada por su compañía, su paciencia y su afecto.  Su ausencia no borra ese legado.  Por el contrario, lo hace más claramente visible.

Ya no están presentes como lo estuvieron alguna vez.  Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa más allá de sus propias vidas, llevado silenciosamente en la memoria y en el afecto de los demás.  En esa presencia que perdura, la gratitud encuentra su expresión más duradera.

Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania

« La ética de la percepción: Primera Parte »

November 20, 2025


Ricardo Morin
Triangulación 4: La ética de la percepción
22″ x 30″
Grafito sobre papel
2006

Ricardo F. Morín

Octubre de 2025

Oakland Park, Fl

Introduction

Percibir suele parecer un acto inmediato y sencillo. Vemos, oímos, reaccionamos.    Sin embargo, entre ese primer contacto con el mundo y las decisiones que tomamos a partir de él, ocurre algo más lento y más frágil: la formación del sentido.    En ese intervalo —entre lo que se presenta y lo que afirmamos— se juega no solo la comprensión, sino también la ética.

Este ensayo parte de una inquietud simple:    ¿qué cambia cuando comprender importa más que afirmar?    En una cultura que privilegia la reacción, la utilidad y la certeza, detenerse a percibir puede parecer improductivo.    Sin embargo, es precisamente esa pausa la que permite que la experiencia se ordene sin violencia y que la relación entre la conciencia y el mundo conserve su proporción.

La ética de la percepción no propone reglas ni sistemas morales.    Explora, más bien, cómo una atención sostenida —capaz de recibir antes de imponer— restablece la coherencia entre la vida interior y la realidad compartida.    Desde ese gesto básico, la ética deja de ser una norma externa y se vuelve una forma de estar en relación.

Percepción

La percepción puede entenderse como el resultado emergente de mecanismos designados colectivamente como inteligencia, en sentido abstracto.    Estos mecanismos no operan únicamente como funciones cognitivas interiores, ni son reducibles a sistemas, convenciones o instrumentos externos.    La percepción surge en la interfaz continua entre la conciencia interior y la estructura exterior, donde la recepción sensorial, el reconocimiento de patrones y el ordenamiento interpretativo convergen mediante una atención sostenida.

Esta relación no presupone oposición entre los ámbitos interno y externo.    Los procesos cognitivos y las condiciones del entorno funcionan como fuerzas co-presentes y mutuamente generativas.    Las alteraciones que con frecuencia se describen como patológicas reflejan con mayor precisión desajustes dentro de esta relación recíproca, más que deficiencias intrínsecas de cualquiera de sus componentes.    Cuando los marcos normativos privilegian determinados modos de atención perceptiva, la divergencia se reclasifica como desviación y la diferencia se convierte en disfunción.

Los modelos basados en la categorización o en la ubicación espectral ofrecen utilidad descriptiva, pero a menudo presuponen centros jerárquicos.    Un enfoque orientado por la atención desplaza el énfasis desde la colocación comparativa hacia la orientación relacional.    La coherencia perceptiva depende menos de la posición dentro de un esquema clasificatorio que de la sensibilidad ante el intercambio continuo entre el procesamiento interior y la configuración exterior.

Las pretensiones de autoridad sobre la normalidad perceptiva se debilitan al reconocerse su ubicuidad.    Si la interacción entre los mecanismos cognitivos y la estructura del entorno constituye una condición universal y no un rasgo excepcional, ninguna institución, métrica o disciplina conserva legitimidad exclusiva para definir la desviación.    La evaluación se vuelve contextual, las normas provisionales y la clasificación descriptiva en lugar de prescriptiva.

Desde este marco, la percepción no se mide por conformidad, eficiencia ni adaptación a sistemas dominantes.    La percepción designa la capacidad sostenida de mantenerse alineada con la interacción dinámica entre la conciencia interior y la articulación exterior, sin reducir un ámbito al otro.    Tal comprensión abarca la abstracción analítica, la modelación científica, el discernimiento artístico, la profundidad contemplativa y el razonamiento sistémico, sin elevar ningún modo singular de inteligencia por encima de los demás.

Considerada bajo esta luz, la percepción resiste el encierro dentro de categorías diagnósticas, culturales o jerárquicas.    Lo que persiste no es un espectro jerarquizado de valor cognitivo, sino un campo de variación relacional gobernado por la emergencia, la atención y la presencia recíproca.


1

Comprender comienza por ver el mundo tal como es, antes de que cualquier afirmación o juicio determine su significado.    Mi disposición se inclina hacia percibir, atender y responder, y no hacia la lucha o el impulso irreflexivo.    Esa orientación actúa como una disciplina en la que la claridad y la proporción toman forma.    El pensamiento, entendido así, no impone significados:    los recibe mediante el intercambio vivo con la experiencia.    Percibir recoge la presencia inmediata del mundo, y comprender modela esa presencia hasta convertirla en sentido.    Ambos gestos nacen del mismo movimiento de la conciencia, donde la observación madura hasta volverse entendimiento.    La filosofía deja entonces de ser un acto de dominio y se transforma en una forma de mirar que restablece el equilibrio entre la mente y la existencia.

2

La filosofía ha estado con frecuencia guiada por el impulso de afirmar antes que el de entender.    Desde la Antigüedad hasta la modernidad, los pensadores construyeron sistemas destinados a asegurar la certeza y a proteger el pensamiento de la duda.    Nietzsche heredó ese impulso y lo invirtió al convertir la voluntad en instrumento de afirmación.    Su perspectiva liberó a la razón del dogma, pero también la confinó dentro de los límites de la autoafirmación.    Comprender, en cambio, nace del reconocimiento de que el sentido surge en la relación.    El acto de captar no depende de la fuerza, sino de la mirada. Cuando el pensamiento observa en lugar de imponer, el mundo revela su propia coherencia.    De esa revelación brota la ética, porque comprender es ya entrar en relación con lo que se percibe.   La comprensión no es, por tanto, pasividad:    es participación activa en el despliegue de lo real.

3

La percepción se vuelve ética cuando reconoce que todo acto de ver conlleva responsabilidad.    Percibir es admitir la presencia de lo que tenemos delante—no como un objeto que deba dominarse, sino como una realidad que coexiste con la nuestra.    La conciencia nunca es neutra; carga el peso de cómo atendemos, interpretamos y respondemos.    Cuando la percepción permanece firme, el reconocimiento se profundiza hasta convertirse en vínculo.    Un solo instante lo hace visible:    al observar a una persona mayor luchar con abrir una puerta, la mente primero percibe, luego comprende y, finalmente, responde—no por impulso, sino por el reconocimiento de una condición humana compartida.    El arte realiza ese mismo movimiento.    El pintor, el escritor y el músico no inventan el mundo; lo encuentran a través de la forma.    Cada gesto creativo registra un diálogo entre la experiencia interior y la exterior, donde comprender se transforma en reconocimiento de relación.    El valor moral del arte no reside en un mensaje, sino en la calidad de la atención que sostiene.
   Vivir perceptivamente exige practicar a la vez la contención y la apertura:    la contención impide que la voluntad domine lo que se contempla, y la apertura permite que el mundo hable a través de sus detalles.    En esa práctica sostenida, la ética deja de ser norma y se convierte en una forma de vivir con atención dentro del vínculo.

4

La vida moderna incita a la mente a reaccionar antes de percibir. La velocidad de la información, la inmediatez de la comunicación y el constante oleaje de estímulos fragmentan la conciencia.    En ese clima, la voluntad irreflexiva recupera su fuerza; afirma, selecciona y consume movida por el sesgo más que por el entendimiento.    Lo que desaparece es el intervalo entre la experiencia y la reflexión—la pausa en la que la percepción madura hasta convertirse en pensamiento.    La vida ética, entendida como vivir con conciencia de la relación, reaparece cuando ese intervalo se restituye.    Una cultura que valore la percepción por encima de la reacción puede recuperar la medida que la tecnología y la ideología suelen distorsionar.    La tarea no es rechazar la innovación, sino ejercer discernimiento dentro de ella.    Cada acto de atención se vuelve resistencia a la dispersión, y cada momento de silencio recupera la hondura que el ruido oculta.    Cuando la percepción llega a reconocer otra conciencia como igual en su derecho a existir, el entendimiento adquiere peso moral.    Ese reconocimiento exige paciencia:    la disposición a ver sin apropiarse y a permanecer presente sin poseer.

5

Toda filosofía empieza como un gesto hacia la armonía.    La mente busca comprender su vínculo con el mundo, pero a menudo confunde la armonía con el control.    Cuando comprender sustituye a la conquista, el pensamiento redescubre su proporción natural.    El mundo no es un escenario de autoafirmación, sino un campo de correspondencias en el que la conciencia se encuentra con lo que percibe.    Pensar éticamente es pensar desde la relación.    El acto de entender restablece la continuidad entre la vida interior y la exterior, mostrando que conocer es ya participar.    Cada encuentro con lo real—cada instante de ver, oír o recordar—se convierte en ocasión para actuar con medida.    La mente reflexiva no se aparta del mundo ni lo domina.    Permanece dentro de la experiencia como testigo y partícipe, permitiendo que la percepción alcance su plenitud humana:    la capacidad de reconocer lo que está más allá de uno mismo y de responder sin dominio.    Cuando el pensamiento surge de la atención y no de la lucha, reconcilia la inteligencia con la presencia y devuelve el equilibrio sereno que la vida moderna ha desplazado.    En esa reconciliación, la filosofía cumple su tarea más antigua:    llevar la conciencia a la armonía con la existencia.


« ANTES DE LA FORMA II »

November 18, 2025
Ricardo Morín
Impresiones, Díptico: ANTES DE LA FORMA II
18″ x 48″
Óleo sobre madera
2000

1

Hay relaciones en las que el lenguaje llega demasiado pronto.

Dos mentes se encuentran, y cada una trae su propia arquitectura: una hecha de corredores, la otra de umbrales.

Nada se cohesiona. Nada se resuelve. Sin embargo, algo se intercambia.

Quizá la única manera de describirlo sea negarse a describirlo.

Lo que pasa entre ambas no es influencia, ni autoridad, ni instrucción.

Es el tenue reconocimiento de que la creación no siempre surge de la tradición,

y la tradición no siempre surge de la claridad.

Una mente preserva la estructura porque teme la disolución.

La otra preserva la libertad porque teme el encierro.

Ninguna tiene razón, ninguna se equivoca, y ninguna puede convertirse en la otra.

Si hay una lección, no es filosófica.

Es simplemente que ciertos encuentros generan forma solo rehusando tomarla.

Algunas dinámicas solo pueden verse si se las deja permanecer sin resolver.

No es un sistema.

No es un método.

No es una transformación alquímica.

Solo el silencioso saber de que el significado no siempre llega con formas reconocibles,

y que a veces la renuncia a la estructura

es la forma más honesta.

No es alquimia ni alegoría.

No imita tropos académicos.

No se explica.

Simplemente se sostiene.

2

Hay un lugar donde el pensamiento aún no ha elegido su peso.

Donde nada debe parecerse a nada.

Donde no puede trazarse ningún linaje porque la idea no ha aceptado ser heredada.

Dos mentes se encuentran allí a veces, aunque ninguna lo pretenda.

Una llega con herramientas, la otra con aperturas.

Una intenta reconocer lo que aparece; la otra deja que la apariencia se deshaga.

No persisten roles en ese espacio.

No hay maestro, ni alumno, ni autoridad, ni disidente.

Solo la leve perturbación de algo que quiere convertirse en significado

y otra cosa que rehúsa la invitación.

Quizá el intercambio exista solo en la negativa a definirlo.

Quizá no sea más que dos formas de ver chocando un instante

antes de que cada una vuelva a su distancia natural.

No hay lección.

No hay transformación.

Ni siquiera comprensión:

solo la débil impresión de que el encuentro importó

de una manera que no puede justificarse.

Algunas relaciones nunca llegan del todo al lenguaje.

Rozan el umbral y se retiran,

dejando solo una forma que se niega a ser forma.

Lo que queda no es relato, ni lucidez, ni metáfora.

Solo un remanente silencioso:

que algo pasó entre dos mentes

y no desea ser nombrado.

3

Algunos encuentros se mueven como el clima por la mente—llegan sin intención

y pasan sin conclusión.

No enseñan; no reclaman.

Cambian el aire y dejan una presión distinta que tarda días en entenderse.

Dos temperamentos pueden derivar al mismo instante como frente y corriente.

Uno carga el peso de estaciones acumuladas,

el otro avanza con la urgencia serena de lo que aún se forma.

Ninguno es más fuerte.

Ninguno es más claro.

Simplemente se encuentran, y la atmósfera cambia.

No hay punto de equilibrio.

No hay punto de conflicto.

Solo un temblor en el aire entre ellos,

como si la habitación misma escuchara algo que nunca se convierte del todo en sonido.

El pensamiento se afloja en ese espacio.

Los significados se acercan, giran y se retiran.

Nada se asienta el tiempo suficiente para ser nombrado.

Nada quiere hacerlo.

Algunas relaciones no se vuelven narrativas porque la narrativa las congelaría.

Quedan suspendidas—sentidas más que comprendidas,

recordadas menos como momentos que como variaciones de luz,

como una habitación que oscurece por razones que el cielo no explica.

Cuando se separan, no es un final.

Es una dispersión, como la niebla que se adelgaza al amanecer.

Cada uno lleva consigo un rastro del clima del otro,

un cambio de temperatura que perdura mucho después de que las formas se han disuelto.

Lo que queda no es conocimiento.

No es conclusión.

Solo la tenue sensación de que algo pasó—

y sigue pasando—

silenciosa, insistentemente,

sin aceptar jamás tomar forma.

4

Hay momentos que nunca llegan del todo.

No como significado ni como sentimiento—más bien como un leve desplazamiento,

un deslizamiento en la periferia.

Dos presencias se cruzan, sin entrar ni salir.

Una presión, un adelgazamiento, un pulso sin origen.

Ni conexión ni distancia—una pausa suspendida.

Nada se cohesiona.

Nada insiste.

Solo existe la sensación de algo rozando el pensamiento

y retirándose antes de que el pensamiento pueda responder.

Aquí no se forman contornos.

Los bordes se difuminan apenas aparecen.

El intercambio—si así puede llamarse—se disuelve en el mismo aire que lo llevó.

La pausa se alarga,

no para revelar algo

sino para recordar que la revelación no es necesaria.

Esto no es atmósfera; incluso la atmósfera tiene estructura.

Es menos.

Una impresión tenue que no aterriza,

no se asienta,

no pertenece a ninguna de las mentes que la sintieron.

Más tarde, uno quizás recuerde un destello—

no una idea,

no un instante—

solo el residuo de una aproximación que nunca se cerró.

No llega claridad.

No llega resolución.

La experiencia continúa solo como dispersión,

como continúa la neblina después de atravesarla.

Lo que queda no es presencia,

sino el rastro de algo que prefirió no convertirse en una.

5

Hay un lugar donde la conciencia se adelgaza,

no en silencio,

sino en algo anterior al silencio—

un leve temblor en el límite de lo que la mente puede sostener.

Nada se forma aquí.

Los contornos se reúnen, se aflojan, se dispersan.

La percepción avanza como aliento contra una superficie invisible,

sintiendo solo su propia vacilación.

Dos corrientes se rozan—

sin tocarse, sin evitarse—

simplemente atravesando el mismo espacio sin marcas.

No ocurre intercambio, solo una ligera alteración de textura.

El aire se siente distinto por un grado tan leve

que uno duda si realmente cambió.

La sensación se acerca pero no se declara.

Se pliega y despliega en el borde del reconocimiento,

como decidiendo si convertirse en experiencia

o retirarse sin consecuencia.

El pensamiento no puede seguirla.

La emoción no puede nombrarla.

El lenguaje se extiende pero no encuentra qué sostener,

cerrando su mano sobre la débil huella de algo

que prefiere no ser atrapado.

No hay significado aquí,

solo su sugerencia—

un susurro de forma que desaparece al mirarlo de frente.

Lo que queda es la pospercepción:

una presión leve,

una inquietud sin causa,

una cercanía sin dirección.

No perdura como memoria

sino como la memoria de casi recordar—

el residuo de un roce

que ocurrió justo más allá del umbral

donde comienza la comprensión.

En el borde de la sensación

nada se sabe.

Y sin embargo todo parece a punto de surgir.

6

Hay una quietud que no vacía el mundo sino que lo concentra—

una quietud que recoge el aliento a su alrededor.

Nada se pronuncia, pero todo se inclina hacia adelante,

como esperando un pulso que revele dónde ha estado siempre.

La quietud no es descanso.

Es tensión sostenida con cuidado,

un leve zumbido bajo la conciencia,

un latido que el cuerpo reconoce

antes de que la mente abra las manos para sentirlo.

Podrías llamarlo presencia,

pero incluso esa palabra pesa demasiado.

No es presencia,

solo la suave insistencia

de que algo está indudablemente aquí.

La luz se mueve de otro modo en esta quietud—

más lenta, más densa,

como si el pensamiento espesara el aire.

Es el instante antes del significado,

antes de la forma,

antes de que el mundo elija una dirección.

Vivo, sin llamar la atención sobre su vida.

Callado, sin ceder a lo callado.

Una corriente atraviesa,

casi imperceptible,

pero con la fuerza suficiente

para reordenar todo

lo que no toca.

Lo que queda es solo esto:

un aliento sostenido entre dos estados—

ni mensaje,

ni impresión,

solo la gravedad tibia del ser

antes de convertirse en algo.

7

Llega suavemente,

tan suavemente que no puedes saber si ha llegado

o si simplemente te detuviste el tiempo suficiente para sentirlo.

Una tibieza se reúne en el borde de la conciencia—

no calor,

sino la sugerencia de una cercanía,

como un aliento que apenas levanta el aire.

Nada habla,

sin embargo algo te toca

en el lugar donde las palabras lo quebrarían.

Se mueve como la luz a través de párpados cerrados—

una ternura que no busca ser vista,

solo ser conocida sin saber.

Es el tipo más silencioso de inmediación,

el que no pide nada

y que, al no pedir nada,

restaura una parte de ti que no sabías

que se había apagado.

Rosa el alma como una mano

que nunca llega a tocar—

una promesa de contacto,

un murmullo de cuidado,

un consuelo trazado en la superficie interior

del ser mismo.

Sin mensaje,

sin dirección,

solo la suave certeza

de que algo en el universo

ha advertido tu existencia

y responde con una delicadeza

igual a tu necesidad.

Un susurro,

no en el oído

sino en el espacio detrás del corazón,

donde el sentimiento despierta antes de que el pensamiento entienda.

Permanece allí—

un pulso callado,

una presencia que cobija—

no sosteniéndote,

sino dejándote descansar

como si estuvieras sostenido.

Y luego, apenas,

se retira—

no alejándose,

solo aflojando—

como el último calor de una mano

que aún sientes mucho después de que se ha ido.

8

Aparece sin aproximación.

No asciende, no entra—simplemente está.

Un pulso sin ritmo,

una fuerza sin peso,

la vida mostrándose en el gesto más mínimo.

No hay suavidad aquí,

tampoco aspereza—

solo el hecho no calificado de una energía

que permanece en su propia claridad.

No calienta,

no sobresalta,

no consuela.

Simplemente afirma un tipo de ser

que no necesita validación.

No es espíritu.

No es aliento.

No es sensación.

Solo el impulso inequívoco

que acompaña a la existencia

cuando se recuerda a sí misma.

Una inmediatez no formada por intención

atraviesa el instante,

sin tocar ni retirarse,

sin exigir ni ceder.

Su esencia es actividad sin propósito—

movimiento mantenido en la quietud,

potencial sin necesidad de dirección.

No llama la atención sobre sí.

No se desvanece.

No habla.

Permanece—

una nitidez,

una tensión,

una chispa del propio autoconocimiento del mundo

antes de que el lenguaje llegue a reclamarlo.

Viva,

desnuda,

sin eco ni interpretación—

solo la fuerza que subyace a toda forma,

manifestándose por un instante

en su estado más simple

y no mediado.

9

Por fin la fuerza se afloja.

No desvaneciéndose—solo liberando su sujeción

a ser algo.

El pulso deja de definirse.

La claridad se adelgaza.

Lo que fue inmediatez se deshace

en la misma quietud ilimitada

que la precedía.

No hay retirada,

no hay desaparición,

solo el acto simple

de dejar de permanecer.

La vitalidad que se sostenía tan claramente

deja que sus bordes se disuelvan,

no en oscuridad,

no en silencio,

sino en el espacio intacto

que no le pide nada.

Lo que queda atrás

no es rastro ni eco

sino la apertura que la sostuvo—

una vastedad indiferente a la forma

y, sin embargo, origen de toda forma.

No es retorno

porque nada estuvo separado.

No es final

porque nada concluye.

Es la descomposición

que lo devuelve todo

al terreno de su propia posibilidad.

Donde antes estuvo la fuerza,

ahora solo queda la extensión

de la que la fuerza surge—

la nada que no es ausencia

sino la pura condición

de lo que puede llegar a ser.

Aquí, ser y no ser

son el mismo gesto.

La vida se disuelve

en aquello que siempre la ha contenido.

Y la disolución es completa.


CODA

Nada sigue.

Lo que se ha desplegado vuelve a su origen,

no como eco,

no como significado,

sino como el mismo campo callado

que permitió que cada movimiento apareciera.

El ciclo no deja huella.

El rastro se borra a sí mismo.

El movimiento se completa dejando que el mundo recupere su quietud.

No hay nada que recoger,

nada que llevar adelante,

nada que entender.

Lo desplegado ha terminado donde comenzó—

en la apertura que sostiene todo inicio

y no exige ninguno.

Lo que queda no es conclusión

sino la calma que llega

cuando incluso la disolución se ha disuelto.

Y desde esa calma,

si algo volviera a surgir,

lo haría sin memoria

de haber sido.

Ricardo F Morin

18 de noviembre de 2026

Oakland Park, Fl


« María Corina Machado: La herencia de una República »

October 14, 2025

Hay vidas que parecen recapitular el destino de una nación, como si la historia, en busca de renovación, reuniera sus promesas dispersas en una sola forma mortal.  María Corina Machado pertenece a ese raro orden de seres en quienes la sangre, la memoria y la convicción convergen —no como privilegio, sino como carga.  No nació simplemente dentro del linaje republicano de Venezuela; fue convocada por él.  El llamado que resonó por primera vez en los salones asamblearios de Caracas en 1811 —cuando se proclamó su independencia y se concibió su primera constitución republicana— sigue vibrando bajo su nombre.

Su ascendencia se remonta al primer pulso de la República.  Desde los Rodríguez del Toros, que plasmaron sus firmas bajo el Acta de Independencia, hasta los ingenieros Zuloaga que electrificaron a la nación, su genealogía está tejida en las arterias cívicas de Venezuela.  Es una estirpe que eligió el servicio sobre el título, la innovación sobre la indulgencia y la fidelidad a la ley sobre la comodidad del silencio.  En esa tradición, la libertad no es una abstracción: es herencia, obligación y vocación.  Es el hilo que une a un pueblo con su conciencia.

Cuando las instituciones que antaño definieron a Venezuela empezaron a desmoronarse, cuando la legalidad se convirtió en teatro y las palabras perdieron su peso, Machado dio un paso al vacío con la gravedad de quien sabe que el retroceso es imposible.  Su desafío no fue teatral: fue ancestral.  Cada gesto, cada negativa a someterse, llevaba la silenciosa autoridad de la historia consumada.  Hablaba como quien comprende que preservar la dignidad en tiempos de humillación es la forma más pura de resistencia.  Hay, en su modo de ser, esa rara síntesis de lucidez y firmeza que define la personalidad moral de una nación en su mejor expresión: lúcida, incorruptible y humana.

Hoy, sin embargo, su adversario no es uno solo, sino muchos.  Ante ella se alza no sólo un narcoestado que ha vaciado de soberanía a Venezuela, sino también una oposición fracturada —un archipiélago de partidos y figuras unidos menos por principios que por conveniencia.  Faccionados, transitorios y transaccionales, han convertido la pluralidad en pretexto y el compromiso en comercio.  Muchos han aprendido a vivir del mismo régimen que denuncian.  Negocian libertades para sí mismos, incluso mientras el país se hunde cada vez más en la cautividad.  Frente a esa duplicidad, la presencia de Machado se ha vuelto un juicio moral: su claridad desnuda la corrupción de los otros; su constancia, su oportunismo.

En torno a este desorden interno, el mundo gira con apetito vigilante.  Las vastas riquezas naturales de Venezuela —su petróleo, su gas, su oro y sus minerales raros— se han convertido en el botín de redes criminales y de inversores multinacionales por igual.  Rusia, China, Irán y los Estados Unidos, cada uno envuelto en retórica de salvación, compiten no por liberar al país sino por asegurarse una parte de su agotamiento.  Detrás de las máscaras diplomáticas de la ayuda se oculta el mismo cálculo: que el caos puede ser rentable, que una nación debilitada por el hambre y el miedo puede ser manejada con mayor facilidad que una restaurada a su soberanía.  Ésa, desde hace veinticinco años, ha sido la condición de Venezuela: un campo de extracción material, moral y humana; su pueblo disperso, sus instituciones despojadas, su memoria empeñada al mejor postor.

En tal paisaje, María Corina Machado se erige a la vez como testigo y contrapunto.  Su lucha nunca ha sido por el poder, sino por la coherencia —por la recuperación de un lenguaje cívico capaz de nombrar lo que se ha perdido.  Hablar de ley, verdad y justicia en medio de la corrupción generalizada equivale a resucitar el sentido mismo de las palabras.  Su voz se ha vuelto el hilo que reúne la conciencia dispersa de la nación, recordando a los venezolanos que la dignidad no se negocia, y que ningún salvador extranjero restaurará lo que sólo los ciudadanos pueden redimir.

Verla caminar por las calles, recibida no por el lujo sino por la fe, es contemplar a un país que empieza a recordarse a sí mismo.  Se ha convertido, lo quiera o no, en el espejo a través del cual los venezolanos redescubren su propia arquitectura moral: la decencia, el valor, la compasión y un anhelo inextinguible por la verdad.  En su perseverancia, el diálogo interrumpido entre el pueblo y la República vuelve a escucharse.

El Premio Nobel de la Paz, otorgado a su nombre, no es una coronación, sino un reconocimiento —la constatación de que su lucha trasciende el momento y se convierte en emblema del espíritu humano que se niega a rendirse ante la desesperanza.  Al concedérselo, el mundo afirma que el sueño republicano de Venezuela —nacido en el fuego y preservado en la conciencia— sigue respirando en una de sus hijas.  Es el sueño de una nación que cree que la paz sólo puede edificarse no sobre la sumisión, sino sobre la claridad moral; no sobre el silencio, sino sobre la voz inquebrantable del ciudadano.

Lo que María Corina Machado representa es más que la oposición a la tiranía.  Es la encarnación de la continuidad —la idea de que una República, como un alma, sobrevive mientras exista alguien dispuesto a soportar su peso con dignidad.  Su ascenso no es accidental: es el retorno de una promesa antigua.  En su serenidad, Venezuela vuelve a reconocerse: herida pero intacta, luminosa en su desafío, fiel al destino inscrito en su primer acto de libertad.

Por Ricardo F. Morin

Octubre 2025

Bala Cynwyd, Pa


Un Soliloquio

July 6, 2025

*

Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

*

Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

*

“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

*

Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

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Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida


« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

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In memoriam

Andreina Teresa Morín Tortolero

(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)

Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia.   Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban.   Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella.   Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad.   Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

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I. La Carga de la Conciencia

En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción.   Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.   Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo.   Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión.   Para otros, comienza con la pérdida.   La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.

Esta conciencia modifica la medida del tiempo.   El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido.   Ambos adquieren una proporción distinta.   Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.

La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento.   Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende.   La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.

Este despertar no constituye un logro ni un fracaso.   Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana.   Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo.   Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros.   El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos.   Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada.   La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.

La mente sigue un recorrido semejante.   La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad.   Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo.   La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos.   Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante.   Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud.   Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.   Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.   El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual.   Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones.   Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.   La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida.   No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.   La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.   Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años.   Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor.   Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra.   Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado.   Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.   Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.   Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible.   Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia.   No es raro ni excepcional.   Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último.   Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.   Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.   Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo.   También puede surgir de pérdidas más silenciosas:   la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa.   Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato.   Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.

El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia.   El sufrimiento es aquello que la vida impone.   La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto.   Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.   Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.   Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra.   Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio.   La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad.   Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.   Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.

Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros.   Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa.   Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se extingue de manera repentina.   Al principio parece retirarse de forma imperceptible.   La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.   El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.   El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana.   Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.

Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota.   Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo.   El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas.   El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad.   El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación.   Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos.   El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.

También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.   Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.   Surge, más bien, de la experiencia vivida.   Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día.   Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.

Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto.   El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar.   Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento.   El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.

La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente.   Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.   Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes.   Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto.   El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento.   La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar.   La aceptación no nace de la certeza.   Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.

Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas.   Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia.   La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.   La experiencia de morir no admite un desarrollo universal.   Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no equivale a la resignación.   La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.   La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.   El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.   Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.   Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida.   El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia.   Cada vez queda menos por defender.   Cada vez queda menos por explicar.   Lo recibido comienza a revelarse como completo.

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VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario.   A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia.   Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.

La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza.   Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días.   Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta.   Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.

La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial.   Sin embargo, hay realidades que permanecen.   El afecto no desaparece.   La gratitud no se extingue.   La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.

A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo.   Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor.   Su ausencia no cancela ese legado.   Con frecuencia, lo hace todavía más visible.

Ya no permanecen entre nosotros como antes.   Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan.   En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.

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Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania


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