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« El umbral del silencio »

February 12, 2025

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Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

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In memoriam

Andreina Teresa Morín Tortolero

(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)

Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia.   Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban.   Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella.   Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad.   Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.

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I. La Carga de la Conciencia

En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción.   Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante.   Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.

Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo.   Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión.   Para otros, comienza con la pérdida.   La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.

Esta conciencia modifica la medida del tiempo.   El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido.   Ambos adquieren una proporción distinta.   Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.

La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento.   Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende.   La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.

Este despertar no constituye un logro ni un fracaso.   Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana.   Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.

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II. El Declive: Mente y Cuerpo

El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo.   Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros.   El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos.   Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada.   La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.

La mente sigue un recorrido semejante.   La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad.   Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo.   La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos.   Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante.   Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.

La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud.   Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar.   Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza.   El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.

La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual.   Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones.   Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.

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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla.   La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida.   No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte.   La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.

Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras.   Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años.   Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.

La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor.   Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra.   Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado.   Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.

Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada.   Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado.   Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible.   Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.

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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia.   No es raro ni excepcional.   Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último.   Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual.   Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.

El dolor adopta múltiples formas.   Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo.   También puede surgir de pérdidas más silenciosas:   la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa.   Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato.   Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.

El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia.   El sufrimiento es aquello que la vida impone.   La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto.   Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida.   Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.

La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior.   Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra.   Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio.   La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.

Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad.   Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia.   Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.

Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros.   Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa.   Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.

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V. El Umbral Invisible

La vida no se extingue de manera repentina.   Al principio parece retirarse de forma imperceptible.   La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo.   El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia.   El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana.   Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.

Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota.   Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo.   El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas.   El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad.   El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación.   Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos.   El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.

También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria.   Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada.   Surge, más bien, de la experiencia vivida.   Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día.   Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.

Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto.   El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar.   Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento.   El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.

La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente.   Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.

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VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia.   Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes.   Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.

A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto.   El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento.   La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar.   La aceptación no nace de la certeza.   Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.

Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas.   Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia.   La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión.   La experiencia de morir no admite un desarrollo universal.   Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.

La quietud no equivale a la resignación.   La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza.   La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente.   El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer.   Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.

Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera.   Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida.   El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia.   Cada vez queda menos por defender.   Cada vez queda menos por explicar.   Lo recibido comienza a revelarse como completo.

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VII. La memoria viva

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario.   A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia.   Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.

La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza.   Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días.   Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta.   Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.

La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial.   Sin embargo, hay realidades que permanecen.   El afecto no desaparece.   La gratitud no se extingue.   La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.

A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo.   Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor.   Su ausencia no cancela ese legado.   Con frecuencia, lo hace todavía más visible.

Ya no permanecen entre nosotros como antes.   Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan.   En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.

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Ricardo F. Morín Tortolero

10 de julio de 2026, Bala Cynwyd, Pensilvania


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« Meditaciones sobre José Ortega y Gasset »

December 20, 2022

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En Reconocimiento

I

En primer lugar, me gustaría compartir con mis lectores mi mayor agradecimiento a Billy Bussell Thompson (n. 23 de noviembre de 1942), Ph.D., Profesor Emérito de Lingüística de la Universidad de Hofstra, por su generosidad al ser mentor y editor.    Su trayectoria académica va desde 1963 hasta 1993.   Entre sus publicaciones más destacadas en español, tenemos:   La razón de algunos refranes . . .; La vida de Santa María Egipçiaca . . .; Historia del virtuoso caballero don Túngano . . .; La leyenda medieval de Santo Toribio y su arca santa. . .; etcétera…

II

Desde 1989, nuestra amistad se ha extendido por más de tres décadas.   Hemos trabajado en estrecha colaboración en al menos una docena de artículos y cuentos (publicados en WordPress).   He tenido la suerte de contar con su franqueza y apoyo.  Nunca ha andado con rodeos.  Fue contundente, cuando cualquiera de mis borradores parecía sin mérito.  Cuando ése era el caso, los artículos se trituraban y quedé satisfecho con la integridad de su prosa, además de comprender mis propias limitaciones como escritor.   El Prof. Bussell Thompson (B.B.T.) generalmente compara la habilidad de escribir en prosa con la de un cono de visión cada vez más estrecho.   Este cono selectivo es similar a la integridad estética de una obra de arte plástica.   Con el presente esfuerzo, el Prof. B.B.T. creyó, desde el principio, en la posibilidad de sacar adelante esta historia en equipo.  A pesar de que vivimos en distintas regiones – geográficamente muy alejadas – de EE. UU., no hemos tenido problemas para comunicarnos por teléfono y correo electrónico.

III

Esta narrativa busca explicar la confusión que se encuentra en la sociedad y la política, e incluso su aparente falta de propósito.   De hecho, por este impulso dedico mi narración a los lectores.

IV

Inicialmente, no sabía a dónde conduciera esto.    Presenté un borrador de cinco párrafos al profesor B.B.T.  Cuando empezó a leer, hizo una pausa y me preguntó si me estaba refiriendo a la alegoría de la caverna de Platón.  Sorprendido, le pedí que se detuviera.   Respondí que su referencia a Platón me colocaba en una perspectiva diferente.   Agradecido, añadí que su pregunta fue bien recibida; en ese momento, quería proseguir con la investigación antes de continuar.

V

B.B.T. me animó a releer los diálogos de Platón.   A esto añadió que tomara en cuenta cualquier ambigüedad asociada con la concepción de Platón sobre la autoridad ideal del Estado (politeia) o Nación.   B.B.T. se refiría a las ideas platónicas controvertidas en los debates actuales.  También recomendó la lectura de José Ortega y Gasset (1883-1955).   Incluyó La rebelión de las masas [1929] y La deshumanización del arte [1925].  Me sugirió que fuera consciente de la perspectiva liberal meritocrática de Ortega (aunque creíamos que Ortega no se había caracterizado por respaldar abiertamente ninguna ideología política) y que prestara atención a la relevancia que Ortega le da al hombre que es consciente de sus limitaciones, frente al hombre que las ignora:    tanto en el caso de la burguesía como el caso del hombre de masas (que ejemplifican, para él, “la razón sinrazón”) – tal como lo explica en La rebelión de las masas.  Y finalmente, que me centrara en la distinción entre “contenido” y “forma”, para explicar la ruptura de la vanguardia con la burguesía.

VI

El profesor B.B.T. y yo también tuvimos un intercambio de ideas sobre los paralelismos entre el pensamiento platónico y el orteguiano.  Me aconsejó entonces que leyera de nuevo Meditaciones sobre el Quijote [1914] tanto en español como en inglés.  Allí, B.B.T. pensaba que yo podría encontrar un terreno fértil de ideas significativas sobre lo cual reflexionar y, así, poder desarrollar mis propias interpretaciones sobre la naturaleza del conocimiento, sus límites y cómo encontrar el significado del ideal de la verdad.

VII

Al escribir mi último cuento, titulado En la oscuridad el profesor B.B.T. ya me había instado a investigar el significado de “circunstancia”1, tal como define el vocablo Ortega en Meditaciones sobre el Quijote.    Nos quedaba claro que tanto el enfoque fenomenológico de la “circunstancia” de Ortega como la tesis de Platón sobre la transformación del individuo (a través del conocimiento) compartían puntos en común, que nutrirían mi propia narrativa.

VIII

Pero el viaje narrativo resultó ser tan desafiante como el profesor B.B.T. había previsto.  Su crítica, incluso entonces, nunca dejó de ser constructiva y entusiasta.  Su compasión estuvo presente siempre que me percatara de la necesidad de ser claro y preciso.   A menudo citaba la autenticidad y precisión de Ernest Hemingway.

IX

Una y otra vez me invadía un desgarrante dolor al tratar de comprender lo que deseaba expresar.  Liberar mi prosa de la superficialidad era tal cual como respirar profundo para así exhalar la vaguedad de mis angustias   A veces era incapaz de alejarme de lo obvio.  Otras veces, o me escondía detrás de lo complejo o me aferraba al pensamiento abstracto y críptico:  al igual que la jerga reduccionista de las ciencias sociales.  El profesor B.B.T. sugería repetidamente ser breve:  Necesito respetar, ante todo, la sencillez del lenguaje y abrir el camino hacia su acceso.  Llevar a Platón y Ortega al lector era mi responsabilidad.   No debía imitarles ni pensar como ellos, sino representarles auténticamente.   Mi primera obligación es con el lector.   Para ello es esencial evitar eufemismos, aleatoriedad y devaneo.  El asentimiento de una comunicación efectiva es el objetivo de mayor importancia:  sólo me entiendo a mí mismo si comprendo al lector.

X

Las insistencias y críticas de B.B.T., las acogí con entusiasmo.   Su desafío se convirtió en el mío.  Hacía dos décadas que él me exorcizaba las limitaciones:  siempre que trabajáramos juntos, descubriera algo nuevo en mí y me hallara más en sintonía con la lengua inglesa y española.   Habría de ser mi propio traductor.   En dichos casos, tornaría con mayor respeto hacia ambas lenguas.   Habría de captar sus esencias, comparando los dos idiomas, mientras el uno informara al otro.


Prólogo

En el diálogo Teeteto de Platón [alrededor del 369 a.E.C.], Sócrates propone que la extracción extraordinaria de ideas es como producir una vida nueva y purgar lo superfluo e innecesario.  Asimismo, el objetivo aquí es producir y discutir qué es la iluminación y cuáles sean los obstáculos para su logro.  Sócrates me ha ayudado en cómo definir el conocimiento:  ¿Es la moralidad universal?, o incluso, ¿es posible la moralidad objetiva?  Por estas ideas estoy en deuda con Platón y Ortega y Gassett.


Ricardo F. Morín, 20 de diciembre de 2022
Redactor Billy Bussell Thompson


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Platón, busto romano de mármol copiado de un original griego, siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma

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Sócrates, busto romano de mármol copiado de un original griego, segunda mitad del siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma.

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José Ortega y Gasset (1883-1955), detalle de fotografía de su personificación de Honoré de Balzac, hacia 1900.

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Una forma de objetividad es reconocer la propia subjetividad.   Escasean las metáforas para comprender la realidad.   Uno observa el mundo principalmente a través de su propia experiencia.   Es difícil (aunque no imposible) comprender lo que uno no ha experimentado.   La verdad nunca descansa:   No es singular, sino siempre plural.

Anónimo

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Índice

  • 1. Conciencia de la Transformación de Uno Mismo:

El principio supremo de la indagación es la conciencia de uno mismo.   En la indagación yacen los comienzos del cambio.

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  • 2. La Ausencia de Confianza:

En nuestra era de incredulidad, las historias que nos contamos sobre el pasado y el presente parecen estar en un estado de colapso.   Hay una falta de continuidad en el orden social, cada vez más asfixiado por la desinformación y la desconfianza.   Nos desafiamos unos a otros sobre lo que es real y lo que no lo es.

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Índice

  • 3. La verdad incuestionable:

Para la mayoría de nosotros, una verdad última sigue siendo inalcanzable y las historias que compartimos del pasado y el presente ya nos parecen inútiles.   Junto con la desaparición de nuestras historias pasadas, la persona que busca la verdad y el acto de dar a una persona lo que le corresponde están en crisis.   Nuestra sociedad se encuentra marcada por una disminución de la confianza en el gobierno y sus instituciones.   Desesperadamente, el desafío de la creación de nuevas historias se ha convertido en un acto de preservación.   Asimismo, la autocracia está en ascenso.   La pérdida de fe ha sembrado la falta de sentido.   ¿Qué puede cambiar este curso de desesperanza?   ¿Cómo nos proporcionaremos una iluminación?

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Índice

  • 4. La conciencia:

El conocimiento está en constante cambio y el resultado de esta desestabilización nos lleva a un mayor desorden.   Por eso la claridad es más necesaria para que nos entendamos.   Aunque la claridad no siempre sea posible, conocerse a sí mismo es imperativo.   Surge así la contradicción entre continuidad y cambio.   Aquí yace la búsqueda de la supervivencia.

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Índice

  • 5. El no saber

No saber es la condición esencial de la existencia, a pesar del aparente deseo del saber o de su autoridad.   Saber es indagar.   La realidad, aunque fugaz, inspira a la reflexión.   El cambio comienza con el reconocimiento de que uno no está aislado.   Ni siquiera aquel (quien busca el sacrificio de sí mismo para su avance espiritual), mediante una clausura absoluta, podría librarse de su enredo con el mundo.   Es relacionándose con otras personas y con su entorno que esta persona pueda llegar a saber quién es.   Ni siquiera aquel (quien desprecia supuestos símbolos del miedo) es capaz de liberarse de su angustia.   El miedo a no saber se cierne sobre todos nosotros.   Es posible que esforzarse sin medida alguna (en la aspiración a la racionalidad) sólo nos lleva a terminar siendo irracionales:   Aquí radica el origen de la complejidad dado el abandono de nuestra inocencia.

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  • 6. La energía vital:

En su teoría de los atributos culturales (Meditaciones del Quijote, Meditación preliminar; Índice 8, La pantera o del sensualismo, pág. 21), José Ortega y Gasset nos entrega su concepto de razón vital2, es decir, la razón se expresa a través de la vida misma.   Ortega disecciona la mente europea en dos arquetipos:   el “germánico” y el “mediterráneo”.   El primero es meditativo y el segundo sensual.   De lo sensual dice:   El predominio de los sentidos arguye de ordinario falta de potencias interiores.   ¿Qué es meditar comparado al ver?   Apenas herida la retina por la saeta forastera, acude allí nuestra íntima, personal energía, y detiene la irrupción.    La impresión es filiada, sometida a civilidad, pensada – y de este modo, entra a cooperar en el edificio de nuestra personalidad (Meditación preliminar, Índice 8, pág. 41).    La advertencia orteguiana aquí es encontrar un equilibrio entre extremos:   entre los excesos y las deficiencias de estos dos arquetipos.

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Índice

  • 7. La agencia humana y su historia:

Una segunda fuente para mi comprensión de la mente y los sentidos se encuentra en la República de Platón (politeia) en el diálogo de Sócrates sobre la alegoría de la caverna al comienzo del Libro Siete.   Han habido una gran cantidad de interpretaciones.   La mía diferirá.   Mi propósito es escindir el significado del sufrimiento de la mente del esclavo liberado.   Una vez liberada de las ataduras, la mente del liberto (que asciende a la boca de la cueva) descubre su propia visión del mundo.   A pesar del resplandor del sol, la mente sin educación es transformada por el nuevo ideal de la verdad.   Pero la conciencia del cautivo (que se ha quedado atrás) es inseparable de la condición del liberado:    El esclavo (que permanece en las sombras del sufrimiento) no es enteramente separable de la memoria del liberado.   Debido al sufrimiento, la mente del hombre libre es consciente de su incapacidad para saber.   Al mismo tiempo, la mente libre aprende cómo su propia transformación puede depender del nuevo curso de su historia.   Las acciones de esta mente permiten la participación en el cambio y el cambio es posible a través del examen de si misma.   La mente se examina mientras medita sobre sí misma.   La meditación no es una obligación, sino una necesidad.   La meditación es el resultado de la libertad de la mente y es el medio para comprender sus propias elecciones al aproximarse a la verdad:   Pero dicho esfuerzo es tan sólo una aproximación a la infinitud de la verdad.   Aquí la mente liberada (deficiente frente al mundo visible), reconoce que ni sus acciones ni el curso de su historia son predecibles.   Ellos (es decir, las acciones de la mente y el curso de su historia) provienen de múltiples posibilidades sobre la creencia.

La mente liberada se da cuenta de que el tiempo es una ilusión:   el tiempo es fugaz, falso y engañoso.   La mente, habitualmente atrapada en su pasado, permanece sumida en el dolor.   La ira (que viene del pasado en busca de la justicia) tiene por único fin la manifestación del resentimiento.   Pero la ira sólo logra poner su existencia en suspenso, a la espera de una compensación.   Así como el tiempo es una ilusión para la mente, la búsqueda de una reparación emocional también es ilusión.   Para la mente, no hay reivindicación al estar atrapada en el laberinto de la ilusión.   Sólo la racionalidad del amor activo puede compensar la ira.   Si la mente del amador de la verdad puede proyectarse amorosamente en la dirección que le molesta, entonces surge hacia sí misma un sentido liberador de valentía.   La ira y el sentimentalismo son lo mismo.   A medida que la fuerza del amor se deshace del sentimentalismo, los deseos se disipan y con ellos también la ira.   Por lo tanto, la violencia deja de existir.   La alegoría de la mente de Sócrates (liberada del sufrimiento) lleva todas estas implicaciones y comparaciones hacia una meta de la Verdad Ideal.

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Índice

  • 8. Vigilancia e intuición:

En un esfuerzo por entender el concepto de circunstancia de Ortega, su Meditación preliminar, Índice 6, Cultura mediterránea, nos explica que cuando transita por el paisaje de las ideas tiene que meditar con atención sobre la influencia de sus experiencias.   No hace falta decir que esto incluye todas sus relaciones pasadas y presentes, las geografías que ha ocupado y todo aquello que ha hecho en la vida.   Ortega nos advierte de los riesgos de este acto de meditación:   Una viva sospecha nos acompaña de que a la menor vacilación por nuestra parte, todo aquello se vendría abajo y nosotros con ello.   Tiene que sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo doloroso e integralÍndice 6, Cultura Mediterránea, pág. 13.   En los diálogos de Platón se encuentra el mismo “esfuerzo”:   Mediante el acto de la meditación, el hombre libre de Sócrates extrae transformación y redención de las estrechas hendiduras entre las ideas:   La meditación ayuda al amador de la verdad a acercarse a su condición existencial; le ofrece la posibilidad de reaccionar de distinta manera y le sostiene con la misma energía que le da la vida.

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Índice

  • 9. La Fe:

Para la persona quien teme a la meditación, tener fe en las propias acciones y cambios no es suficiente para cumplir con su propia indagación.   Para ella, la historia no está viva:   está en un punto sin retorno; está muerta.   Ésta está en un mundo de desesperación, rodeada por la danza proverbial de las sombras.   Ésta está atada por sus propias cadenas, está abrumada por la falta de confianza y, sin confianza, es incapaz de dar el salto de fe.   Ni la noción de individualidad ni el concepto de libre albedrío parecen ya satisfactorios.   Ésta renuncia a su propio poder sin darse cuenta de las fuerzas que le influyen en la mente y los sentidos.   Su negativa a enfrentarse a la realidad se convierte en una decisión consciente de supresión de la verdad.   Este rechazo es antitético a la vida misma.   Para ella, la vida se convierte en esclavitud, oponiéndose al hombre liberado (quien reflexiona sin miedo sobre la realidad del mundo visible) y oponiéndose a quien se adentra apasionadamente en la exploración de lo desconocido.   La mente del liberto representa el concepto de la razón vital orteguiana, deseosa de ser absorbida por ella.

10

Índice

  • 10. La salvación:

Las distracciones pueden ser múltiples.   En éste análisis lúdico orteguiano, él nos da a entender que si la meditación se ajena por los miedos (de la mente), ésta puede sucumbir a la obsesión, e incluso caer desesperadamente en manías.   Ortega valora la relevancia de cada influencia.   Él entiende que un ser humano y un paisaje no están separados.   La unidad de los dos significa su salvación por “circunstancia”:   Así su apreciación concluye “Yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo –   Al Lector, Índice, pág. 41. (lo que a mi ver interpreto “soy yo mismo [en un mundo de percepciones] y en relación al mundo material que me rodea; si no los salvo a ambos, no me salvo a mí mismo”).   Por cierto, aquí Ortega se adelanta a su conclusión con lo que habría leído en la Biblia:   Benefac loco illi quo notus es3 (traducido libremente al español “haz el bien en el lugar donde eres conocido”).   Con estas declaraciones, Ortega refuerza la idea de que es incapaz de desvincularse de su entorno.   Para que florezca y encuentre la salvación, será necesario que se comprenda y proteja lo que comparte con el entorno.

Paralelo al análisis de Ortega se encuentra la alegoría socrática de Platón, quien nos enseña el efecto que el mundo visible ejerce sobre nuestra mente.   Desde estas dos perspectivas, la mente tiende a desanimarse por lo que no comprende.   La conciencia del mundo visible (de su influencia) es para ambos pensadores un instinto de sobrevivir.   Ser consciente, por lo tanto, significa estar en silencio, lejos del sonido ensordecedor del miedo.   Mientras haya miedo, promovido por el progreso de la civilización, no habrá movimiento ni separación de las distracciones.   Enfrentar el miedo significa dispersarlo, hacerlo desaparecer.   La dispersión del miedo es fundamental para la comprensión del yo.   Liberarse del miedo es enfrentarse al propio no-saber.   La esclavitud (en el fondo de la cueva) equivale a aceptar las imposiciones del miedo.   Tanto para Ortega como para Platón, la oposición a la indiferencia se encuentra a través de la meditación; así uno es capaz de estar alerto y conocerse a sí mismo.

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  • 11. La percepción y su narrativa:

Vivir en la incertidumbre es la verdadera confianza.   El hecho es que los seres humanos se organizan en torno a las historias.   Cada historia creada es un acto de piedad que consuela la mente.   Sin embargo, las historias nuevas y antiguas son herramientas provisionales que llenan la ausencia de la fe, volcándose sobre el vacío de nuestra ignorancia.   Sea cierta o no, ella, la historia, es decir contar historias, nos rescata de nosotros mismos.   Contar historias es la razón vital.   Ella busca exponernos al mejor significado posible:   Éste se encuentra invirtiéndonos en el afán de superar la adversidad.   Éste se encuentra en algo nuevo dentro de sí mismo.   Éste se encuentra en el dolor constante por superar la adversidad.   Este proceso revela que la verdad no se puede controlar.   La felicidad depende de cómo se acepte la ausencia de control de la verdad y de cómo se deje de sentir aversión sobre las limitaciones.

La narración nos persuade a pensar que las propias acciones se extiendan profundamente en la conciencia misma.   Es posible que no se derrote el elemento preconcebido, porque el sesgo siempre está presente.   El sesgo persistirá siempre que exista el sufrimiento, la incertidumbre y el esfuerzo por superarlos.   El sesgo acecha detrás de nuestros pensamientos (insidioso y en silencio) y permanece allí a pesar de sus efectos nocivos.   La ironía es que si uno desterrara las ideas preconcebidas del sesgo, no habría progreso.   En cualquier historia, si el héroe supera la villanía del sesgo4 es porque él es capaz de cambiar:    Si no se vence el sesgo, uno deja de crecer y no hay transformación.   El éxito es menos importante que la lucha por superar los prejuicios.   Cada vez que la adversidad aparece, es un momento para reconocer esos prejuicios que aún residen en nosotros.   El éxito no proporciona la felicidad.   La felicidad sólo es posible a través del auto-descubrimiento.   Como tal, uno se convierte simbólicamente en la humanidad entera.   Ésta es su máxima expresión:   La creación de algo nuevo ante la adversidad, y cuanto peor es la adversidad, mayor la oportunidad.

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  • 12. El Razonamiento (sensibilidad versus sapiencia):

La conciencia de la ficción es la apreciación de la paradoja entre lo que es y lo que no lo es.   El conocimiento expresa no sólo la conciencia de las propias intuiciones y sentidos, sino también el propio razonamiento sobre dichas intuiciones, sentidos o impresiones.   Es decir, cada vez que examinamos la percepción de nuestra memoria, estamos reinterpretando nuestra comprensión.   Así, la forma en que nos organizamos y nos observamos proviene de nuestros deseos y sentidos del momento, aunque estos (los deseos y sentidos) parten de nuestros recuerdos y preferencias habituales.   Por ejemplo, es difícil para nosotros estar de acuerdo con un origen en común, o con un hilo singular que nos una como especie, incluso si sea cierto.   Lo queramos o no, nos definimos por las historias que creamos ya sea por grupos o por países.   Al hacerlo, en realidad estamos imaginando creencias separadas y fragmentadas de que pertenecemos a lugares, culturas y razas distintos, aunque exista ese hilo insoslayable que nos conecta como especie.   Tal composición se encuentra en nuestra oriundez (común y preponderante) aunque nuestra percepción se resista a formar parte de ella.   Nos dotamos de diferencias dictadas por el condicionamiento de nuestras percepciones.   En La rebelión de las masas, Ortega se refiere a esta condición como la razón de sinrazón, lo que explica nuestra arraigada irracionalidad y fragmentación.   El conocimiento implica mayor contenido del que se adquiere a través de la forma de nuestras percepciones.   Nuestras mentes tienden a abreviar la historia, aun creyendo inclusive que no existe.   Sin embargo, cuanto más expansiva es la “circunstancia” o condición de aprehensión de la verdad, la razón vital de nuestra existencia nos exije mayor madurez.

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  • 13. La inteligencia Emocional:

Si un ser humano es la medida de todas las cosas, entonces también se llega a apreciar que el conocimiento es siempre inconcluso.    De allí que sea productivo que la meditación fortalezca nuestra mente, nuestra memoria, nuestro aprendizaje, nuestra atención y nuestra autoconciencia.   La meditación sobre el pasado, el presente o el futuro depende de la inteligencia emocional.   La inteligencia emocional se basa en captar la importancia de las influencias de todas las áreas de la vida del ser humano, desde su comportamiento hasta la relación con los demás y su entorno.   La realidad última depende del nivel de madurez de una persona, y es a través de la meditación que uno madura.   Por lo tanto, la forma en que una persona elija actuar depende de la meditación y de su nivel de inteligencia emocional.   Para el fanático (obsesionado por el miedo) la meditación parece imposible.   Para el fanático, la duda no es el problema.   El fanático busca reiterar ciclos.   El fanático no logra comprender que el miedo al cambio es irracional porque es inevitable que el mundo esté en constante evolución.   El fanático busca cambiar lo que está fuera de su control.   Desde el punto de vista orteguiano, esta persona, dentro de un sistema de valoración cerrado, no encuentra consuelo alguno porque su mente teme lo que no entiende.

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  • 14. Conexión con nuestro universo:

Desde la perspectiva orteguiana del Quijote de Cervantes [1605-15], aprendemos que la valentía que otorga el Amor – no el odio – nos impulsa a comprender … las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio (Al lector, Índice, pág. 18)  : Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón -ὥστε τὀ πᾶν αὐτῶ ξυνδέδέσθα- «a fin de que todo en el universo viva en conexión.»   La inconexión es el aniquilamiento.   El odio que fabrica la inconexión , que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad (Al lector, Índice, pág.18).  

Así, Ortega explica que el imperativo para el individuo es reflexionar sobre su circunstancia
(in medias res) … para despertar el deseo de comprender lo universal en sus particulares:   Desconocer que cada cosa tiene su propia condición y no la que nosotros queremos exigirle es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo llamo pecado cordial, por tomar su oriundez de la falta de amor.   Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.   Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial.   No; hay cosas que presentan de sí mismas lo estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás ocultas. [Al lector, Índice 2, Profundidad y superficie, pág. 4].

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  • 15. Una perspectiva heroica:

Antes del fanatismo viene el conocimiento.   El fanatismo es para Ortega el rechazo a las perspectivas ajenas.   Ortega subraya el razonamiento como un acto de caridad, que descubre las diferencias, y sugiere que la comprensión sea como el vuelo de un águila en círculos.   Para Ortega y Cervantes ser uno mismo es igual.   El acto de ser un héroe se lleva a cabo a través de una exploración sensible de la naturaleza de la realidad.   En la opinión de Ortega, así como la de Cervantes, la voluntad del héroe pertenece sólo a la persona de Don Quijote:   Porque ser héroe consiste en ser uno mismo.   Si nos resistimos a que la herencia, a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas es que buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros el origen de nuestros actos.   Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes quieren, sino él mismo.   Y este querer él ser él mismo es la heroicidad – Meditación Primera, Índice 15–pág. 41.  
No creo que exista especie de originalidad mas profunda que esta originalidad “práctica”, activa del héroe.   Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto.   Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto.   Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito prisionera de la materia.Índice 15–pág. 63.

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  • 16. El temor al azar:

Una vida socrática es heroica, que de no examinarse, carece de valor.   En el dolor de vivir, uno tiene que aceptar como un hecho que el examen del miedo es parte integral de la vida.   Junto al miedo el destino nunca es postizo.   El destino no engaña, ni siquiera en nuestros infortunios.   El destino no es ilusorio, aunque nuestra percepción del tiempo pueda serlo.   De hecho, el destino nos desafía a cambiar.   El destino nos protege del estancamiento.   Lo que parece ser aleatorio es de cierto una oportunidad para aprender.   En consecuencia, el destino no existe para atacar, sino para estimular nuestra transformación.   El destino no se mueve en nuestra contra, sino que nos reta al cambio mientras enfrentamos obstáculos.   El destino ataca el miedo, porque el miedo de uno le quita la capacidad de tomar decisiones.   Las narrativas del miedo resultan ser profecías que se cumplen por nuestra propia voluntad.   El miedo engaña y nos define.   Dificulta la supervivencia.   El miedo nos impide evolucionar, nos paraliza:   Nos resistimos a abandonar los hábitos por miedo.   Así pues, uno languidece y no logra vencer la incredulidad.

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  • 17. La infinitud y la humildad:

La sombra de la vergüenza representa los defectos de uno.   La sombra es lo que uno desea no ser, aunque su sombra sea parte de uno mismo.   Sólo cuando la sombra es aceptada con humildad, sus defectos se disuelven en el acto de uno amarse con compasión.   En última instancia, el fanático reconocerá su inconclusión y se dará cuenta de su propia insignificancia:   La incapacidad para la plenitud se cierne sobre todos nosotros.   Sólo a través del riesgo se aprende el alcance de los propios límites y cuánto más allá se pueda llegar.   Avanzamos a través de la humildad y la humildad no aprecia ni la verdad ni la falsedad.   La humildad es el reconocimiento del propio alejamiento inexorable de la verdad infinita.   Sólo la voz humilde reconoce la lucha por el entendimiento y la necesidad del cambio.   Ambos (el entendimiento y el cambio) dependen de huir de la desesperación.   Para Ortega y para Platón, la marca de los más altos valores se encuentra en nuestra vulnerabilidad.   Si nos entregamos absolutamente, entonces encontramos nuestra redención.

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  • 18. Epilogo:

Mi perspectiva trata a Platón y Ortega fuera de cualquier justificación teísta.   Dejo de un lado cualquier aplicación de Platón al pensamiento teológico.   Asimismo, hago caso omiso a cualquier intento de atribuir respetos religiosos a la teoría de los valores de Ortega.   Para mí, sus nociones, cuando se sobreponen a la teología, no son creíbles.   Entiendo a Platón y Ortega en su búsqueda de los límites de la percepción y la racionalidad humana.   Los esfuerzos de sobreponer sus filosofías como fundamentos religiosos no se prestan a mi meta.

La profundidad del pensamiento de Platón y Ortega no se encuentra en un método para la moral objetiva.   Tampoco es relativismo ético, ni siquiera se encuentra en una pretensión de universalidad.   Las ideologías sobre la moralidad se derivan de normas dictadas por teólogos, aparentemente reacios a renunciar a la autoridad.   El papel del amador de la verdad no consiste en dictar la virtud ni definir una deidad.   Sus enseñanzas se centran en el racionalismo.   Su humanismo se asienta sobre un concepto de justicia que es antitético a normas fijas.   El paradigma del verdadero conocimiento – según Platón y Ortega – se deriva del amor basado en la originalidad del heroísmo.   Este amor no reside fuera del individuo.   No se encuentra en la promesa de un mundo trascendental.   El amor encuentra la salvación del ser humano en el presente.   Él requiere del propio examen de uno mismo.   Y sobre todo, este amor es una liberación del entumecimiento de la mente.

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Notas finales:

1Circunstancia“, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón por su existencia.

2 “Razón vital” se erige como la filosofía de Ortega y Gasset que considera que la razón es, en sí misma, una expresión de la vida, mientras que “circunstancias”, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón de su existencia.

3 He fallado en encontrar esta nota bíblica.

4  La villanía del sesgo se refiere al concepto definido por la filosofía del Dr. John Stutz (autor, psiquiatra y terapista en Bronx, NY) tal cómo lo arguye en el documental de Netflix dirigido por Jonah Hill.    Veáse en https://youtu.be/UKCmefQdplI

Bibliografía

  • Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote:    Meditación Preliminar y Meditación Primera, (Madrid:, PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES, SERIE II.—VOL. I, Universidad Central de Madrid, 1914)
  • Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas (Madrid: Editorial Revista de Occidente, 1928).   Fue publicado inicialmente en 1927 como una serie de artículos en el diario El Sol, antes de ser recopilado en formato de libro en 1928 por Editorial Revista de Occidente en Madrid.
  • Cervantes Saavedra, Miguel de. Las aventuras de Don Quijote de la Mancha [1605–1615].   Edición de Francisco Rico (Barcelona: Instituto Cervantes, 1998)