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« Legitimidad »

July 16, 2026
Ricardo F. Morin
CGI 2026

La vida no comienza con el poder.  Comienza con la dependencia.  Antes de que un ser humano sea capaz de juzgar, elegir, consentir o resistir, su existencia ya transcurre dentro de vínculos de los cuales depende su supervivencia.  Nadie comparece al mundo investido de autonomía.  Toda vida humana comienza sostenida por la acción de otro.

La dependencia, sin embargo, no basta para explicar la autoridad.  Quien posee mayor fuerza puede preservar la vida ajena, abandonarla o destruirla.  La sola superioridad física no permite comprender la índole de la relación gracias a la cual la vida humana llega ordinariamente a desarrollarse.  Si la fuerza gobernara por sí sola el vínculo entre quien necesita protección y quien puede otorgarla, el cuidado dejaría de distinguirse del dominio.

El cuidado comienza a revelarse como algo distinto del dominio en una experiencia tan cotidiana que rara vez se convierte en objeto de reflexión.  El niño va descubriendo paulatinamente un mundo en el que la orientación recibida no se vive únicamente como una limitación impuesta desde fuera, sino como una guía que corresponde a quien la ejerce.  Antes de convertirse en objeto de comprensión, la autoridad constituye una experiencia vivida.  Su primera aparición no adopta la forma del mandato, sino la del cuidado.

El cuidado hace posible una dependencia que la fuerza jamás podría producir:  una dependencia que no extingue la libertad futura, sino que prepara su aparición.  La orientación recibida resulta inteligible porque se ejerce en beneficio de la vida que todavía se encuentra en formación y no para satisfacer el interés inmediato de quien dispone de mayor poder.

El poder y la autoridad intervienen conjuntamente en el desarrollo de la vida civilizada.  El poder designa la capacidad de actuar.  La autoridad designa el derecho reconocido para orientar, dirigir, juzgar o decidir.  Ambas realidades pueden concurrir en una misma persona, pero ninguna implica necesariamente la existencia de la otra.  Puede existir poder desprovisto de autoridad, del mismo modo que la autoridad puede subsistir aun cuando el poder haya disminuido considerablemente.

La obediencia tampoco resuelve el problema.  Los seres humanos obedecen por motivos muy diversos.  Obedecen porque temen el castigo.  Obedecen porque la costumbre ha vuelto invisibles las alternativas.  Obedecen porque el engaño ha ocultado la verdadera naturaleza de lo que se les exige.  Obedecen porque toda resistencia parece inútil.  Ninguna de estas circunstancias constituye autoridad.  Todas ellas explican únicamente la sumisión.

La autoridad sólo comienza allí donde el reconocimiento llega a ser posible.  La orientación de quien guía debe poseer un título que haga justificable su reconocimiento con independencia de la fuerza.  Quien acepta la orientación de otro no se limita a ceder ante una voluntad más poderosa.  Reconoce que esa orientación posee un título que excede el simple hecho de poder imponerla.

Ese reconocimiento constituye la legitimidad.  La legitimidad no se identifica con la eficacia, la popularidad, el éxito, la antigüedad ni la duración.  Tampoco nace de la mera afirmación de quien reclama obediencia.  Designa la condición bajo la cual la autoridad puede ser reconocida como debida y no simplemente como existente.

Por depender del reconocimiento y no de la posesión del poder, la legitimidad resulta más frágil que el propio poder.  La fuerza puede permanecer intacta cuando la legitimidad ya ha comenzado a desaparecer.  Los ejércitos pueden seguir obedeciendo.  Las instituciones pueden continuar funcionando.  Las leyes pueden seguir aplicándose.  Sin embargo, el fundamento del reconocimiento ya ha cambiado:  lo que antes era reconocido como debido comienza a experimentarse únicamente como impuesto.

Desde ese momento, las relaciones humanas empiezan a transformarse sin estridencia.  La orientación se aproxima a la coacción.  La confianza cede su lugar al cálculo.  La responsabilidad empieza a confundirse con el control.  La enseñanza se aproxima al adoctrinamiento.  El juicio comienza a percibirse como dominación.  La autoridad permanece visible, mientras la inteligibilidad que antes la hacía reconocible se desvanece progresivamente.  Un hijo puede seguir obedeciendo a su padre por hábito mucho después de haber dejado de confiar en su juicio.  Desde fuera, el vínculo entre el padre y el hijo apenas parece haber cambiado.  Las mismas palabras siguen pronunciándose.  Las mismas decisiones continúan siendo acatadas.  Sin embargo, aquello que sostenía interiormente la autoridad ya ha comenzado a desaparecer.

La desaparición de la legitimidad no provoca un derrumbe inmediato de la convivencia.  Las relaciones humanas comienzan a reorganizarse conforme a recursos que ya no descansan en el reconocimiento.  Allí donde el reconocimiento deja de sostener la autoridad, aparecen recursos destinados a sustituirlo.  La fuerza intenta compensar lo que el reconocimiento ya no concede.  El temor procura asegurar la obediencia que la confianza ha retirado.  La costumbre prolonga prácticas que ya casi no descansan en el reconocimiento.  La manipulación fabrica la apariencia del consentimiento cuando el reconocimiento auténtico ha dejado de existir.

Ninguno de esos recursos, sin embargo, constituye autoridad.  La fuerza obtiene conductas, pero no reconocimiento.  El temor silencia la resistencia, pero no produce asentimiento.  La costumbre prolonga formas cuya inteligibilidad se ha debilitado.  La manipulación imita la legitimidad porque ya no puede producirla.  Todos esos recursos dependen de la ausencia del reconocimiento que pretenden reemplazar.

¿Qué hace posible que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin reducir ese reconocimiento a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación?  Toda forma posterior de autoridad recibirá su inteligibilidad de la respuesta ofrecida a esa pregunta.

La primera manifestación de la autoridad permanece inseparable del cuidado porque la vida todavía depende de la presencia constante de otro.  Con el crecimiento del niño, sin embargo, la dependencia comienza a modificarse.  La supervivencia deja de ocupar el centro de la relación.  Poco a poco ese lugar pasa a ser ocupado por la comprensión.

Ninguna experiencia permite advertir con mayor claridad que el lenguaje cómo la supervivencia deja de ocupar el centro de la dependencia y la comprensión comienza a ocupar su lugar.  Ningún niño inventa la lengua mediante la cual el mundo comienza a hacerse inteligible.  Las palabras son recibidas antes de ser utilizadas.  Los significados son reconocidos antes de ser examinados.  La gramática es obedecida mucho antes de poder ser explicada.  Todo acto de habla presupone, por consiguiente, una herencia que ningún individuo ha producido por sí mismo.

La transmisión de esa herencia no puede obtenerse por la fuerza.  Un niño puede ser obligado a repetir una palabra, pero la repetición no equivale todavía a la comprensión.  El lenguaje llega a ser propio porque la corrección acaba siendo reconocida como algo distinto de la imposición.  El niño no reproduce simplemente sonidos.  Aprende que ciertas palabras nombran el mundo con mayor fidelidad que otras.  La corrección, por ello mismo, remite siempre a una realidad que trasciende a quien corrige.

Con la adquisición del lenguaje también cambia la naturaleza de la autoridad.  La dependencia propia de la primera infancia deja de constituir su fundamento principal.  La autoridad comienza ahora a surgir de la participación compartida en un orden que precede tanto al maestro como al discípulo.  La lengua existía antes de ambos.  Ninguno puede atribuírsela como propiedad exclusiva.  Ambos permanecen sometidos a la misma estructura que hace posible la comunicación.

La enseñanza del lenguaje, por esa razón, nunca puede reducirse al ejercicio de un mandato.  Quien corrige una expresión responde, en último término, ante la lengua misma y no únicamente ante su propia voluntad.  La legitimidad de la corrección no nace del deseo del hablante, sino de la fidelidad con que la palabra transmitida corresponde al idioma compartido.  La autoridad deja entonces de apoyarse principalmente en la persona que enseña y comienza a descansar en la realidad a la cual esa persona permanece subordinada.

La autoridad puede ser reconocida aun cuando desaparezca la dependencia personal que caracterizaba los primeros años de la vida.  El niño empieza a descubrir que alguien merece ser escuchado, no porque sea más fuerte ni porque continúe dispensándole cuidado, sino porque le permite acceder con fidelidad a una realidad que existe independientemente de ambos.  El reconocimiento deja así de dirigirse exclusivamente hacia la persona para orientarse hacia aquello que esa persona hace accesible.

La orientación del reconocimiento hacia la realidad transmitida, y no exclusivamente hacia la persona que la transmite, altera profundamente la experiencia humana.  La autoridad ya puede ser examinada sin quedar por ello abolida.  La corrección también puede ser corregida.  El maestro puede equivocarse.  Ni el examen de la autoridad, ni la corrección de lo enseñado, ni el error del maestro destruyen la legitimidad de la enseñanza, porque la legitimidad ya no reside exclusivamente en quien enseña, sino en la fidelidad con que transmite aquello que lo trasciende.

Sobre el desplazamiento de la autoridad desde la persona que transmite hacia la integridad de lo transmitido comienza a edificarse la civilización.  Una vez que la autoridad pasa a ser atribuible a la integridad de lo transmitido y no simplemente a quien lo transmite, se hacen posibles todas las formas superiores de aprendizaje.  La educación, la investigación científica, la vida moral, el juicio y el gobierno constitucional reproducirán, cada uno en su propio ámbito, la subordinación de la autoridad a una realidad anterior que gobierna su ejercicio y hace posible su reconocimiento.

El lenguaje, sin embargo, todavía no constituye educación.  Proporciona únicamente la posibilidad de comunicar la comprensión sobre la cual podrá actuar la educación.  Gracias al lenguaje la comprensión puede comunicarse.  La educación persigue un propósito distinto:  la formación deliberada del entendimiento.

Un maestro corrige un razonamiento equivocado.  El alumno advierte primero el error en su respuesta antes de comprender plenamente la verdad de la explicación recibida.  La corrección no exige únicamente obediencia.  Exige la confianza suficiente para aceptar que otro puede conducir el entendimiento hacia una realidad que todavía no alcanza a ver.  Con la educación aparece una nueva modificación de la autoridad.  El niño ya no depende del adulto únicamente para habitar una lengua compartida, sino para acceder a saberes cuya adquisición resulta imposible mediante la sola experiencia individual.  Cada generación recibe un mundo cuya complejidad rebasa inmensamente la duración de cualquier existencia humana.  La educación existe porque ningún hombre puede comenzar siempre desde el principio.

Por ello, la autoridad del educador no puede derivarse de la edad, del cargo o de la pertenencia a una institución.  Ninguna de esas circunstancias confiere, por sí sola, el derecho de orientar la inteligencia ajena.  El maestro adquiere legitimidad únicamente cuando hace accesible un conocimiento cuya validez no procede de él mismo.  Allí donde la enseñanza convierte al profesor en el verdadero objeto del aprendizaje, la educación ha dejado ya de existir.

La formación intelectual exige, por ello, una disciplina común al maestro y al discípulo.  El maestro responde ante la verdad de aquello que enseña.  El discípulo responde ante el esfuerzo requerido para comprenderlo.  Ninguno gobierna unilateralmente la relación educativa porque ambos comparecen ante un conocimiento que ninguno ha creado.

Por ello la educación difiere radicalmente del adoctrinamiento.  El adoctrinamiento busca la adhesión al maestro o la permanencia de una doctrina con independencia de que ésta conserve su inteligibilidad.  La educación persigue un fin opuesto.  Busca que el discípulo llegue a reconocer la verdad incluso cuando ese reconocimiento termine por superar el entendimiento del propio maestro.  El éxito de la enseñanza consiste en hacer progresivamente menos necesaria la autoridad de quien enseñó.

La educación pone así de manifiesto uno de los rasgos menos advertidos de la autoridad legítima.  Cuanto más fielmente se transmite el conocimiento, menos depende el discípulo de la persona que actuó como mediadora.  La educación no perpetúa la dependencia.  Prepara la autonomía sin destruir la legitimidad de la relación gracias a la cual esa autonomía llegó a ser posible.

La autoridad legítima y la dominación revelan aquí con mayor claridad las direcciones opuestas hacia las cuales se orientan.  La dominación necesita perpetuarse porque depende de la subordinación continua de quien permanece sometido.  La autoridad legítima, por el contrario, trabaja para que el reconocimiento pueda sostenerse finalmente por sí mismo.  No teme la madurez intelectual del discípulo porque jamás buscó poseerlo, sino formarlo.

Cuando la enseñanza intenta impedir el examen, desalienta la corrección o procura prolongar indefinidamente la dependencia del discípulo, comienza a apartarse de la subordinación al conocimiento que justificaba su autoridad.  La corrupción comienza cuando el maestro deja de reconocerse subordinado al conocimiento que transmite y exige ser reconocido por la sola permanencia de su autoridad.

Del desplazamiento de la legitimidad educativa desde la persona del maestro hacia la fidelidad al conocimiento surge una nueva interrogante.  Si la legitimidad de la educación depende de la fidelidad al conocimiento y no exclusivamente del educador, ¿qué hace posible que el conocimiento posea autoridad sin convertirse en otra forma de poder institucional?  Esa pregunta conduce naturalmente desde la educación hacia la investigación científica.

Un investigador dedica años a desarrollar una hipótesis.  Los resultados de nuevos experimentos terminan contradiciéndola.  Puede ignorarlos para preservar su prestigio o reconocer públicamente que la realidad ha desmentido sus conclusiones.  Esa decisión permite advertir si el investigador permanece subordinado a las pruebas obtenidas o si utiliza la autoridad institucional de la ciencia para preservar su propio prestigio.  La investigación científica nace de la obligación de someter las conclusiones del investigador a las pruebas capaces de desmentirlas.  Ninguna proposición adquiere verdad porque haya sido formulada por un investigador prestigioso, aprobada por una institución de renombre o aceptada por la mayoría de los especialistas.  La autoridad de la ciencia no procede de quienes la ejercen.  Procede de la disciplina mediante la cual toda afirmación permanece expuesta al examen, a la reproducción, a la rectificación o al rechazo por parte de otros.  El científico comparece así bajo las mismas exigencias a las que somete cada una de sus conclusiones.

Por esa razón, la autoridad científica posee un carácter singular.  La posibilidad del error no la debilita; constituye una de las condiciones que hacen posible su legitimidad.  Una investigación permanece científicamente legítima porque admite la corrección pública de sus propios resultados.  El error pertenece a la vida ordinaria de la ciencia.  Lo que deslegitima la investigación no es equivocarse, sino sustraer las conclusiones al procedimiento mediante el cual podrían demostrarse equivocadas.

Una conclusión errónea no destruye la autoridad de la ciencia mientras permanezca expuesta a ser demostrada y corregida mediante los mismos procedimientos que justifican la investigación.  El error adquiere otra naturaleza cuando el examen deja de ser posible, cuando el prestigio institucional sustituye la demostración o cuando se exige asentimiento al margen de toda verificación ulterior.  En ese instante el investigador deja de mediar el conocimiento de la realidad para comenzar a mediar el reconocimiento de sí mismo.

La autoridad científica, por consiguiente, nunca reside en el científico.  Reside en la fidelidad permanente de la investigación respecto de la realidad que procura comprender.  El investigador conserva autoridad únicamente mientras permanezca sometido a esa realidad.  Desde el momento en que pretende sustraerse a esa subordinación, la legitimidad comienza a retirarse, aun cuando el poder institucional de la ciencia permanezca aparentemente intacto.

La tentación descubierta en la investigación científica no pertenece exclusivamente a la ciencia.  Toda institución duradera acaba enfrentándose al peligro de confundir la conservación de su propia autoridad con la conservación de la realidad que inicialmente justificó su existencia.  Las instituciones rara vez pierden legitimidad por ejercer autoridad.  Comienzan a perderla cuando su principal preocupación deja de ser aquello que les fue confiado y pasa a ser su propia permanencia.  La fidelidad cede entonces ante la autoconservación.  La mediación termina convirtiéndose en autorreferencia.  La autoridad, que antes permitía ver con transparencia aquello que la justificaba, comienza lentamente a oscurecerlo.

La investigación científica conduce así al problema de la autoridad moral.  Si la ciencia recibe legitimidad de su fidelidad a la verdad, ¿rige una estructura semejante aquellas formas de autoridad que no pueden demostrarse experimentalmente y que, sin embargo, resultan indispensables para la convivencia?  Esa pregunta introduce el problema de la autoridad moral.

Quien exhorta a los demás a decir la verdad termina siendo descubierto en una mentira.  El principio permanece.  La autoridad de quien lo invocaba desaparece.  Esa experiencia cotidiana introduce una pregunta distinta de todas las anteriores.  ¿Qué hace que una persona llegue legítimamente a orientar la conciencia de otra?  La autoridad moral presenta mayores dificultades que la autoridad científica porque los bienes a los cuales se refiere no pueden reproducirse mediante experimentos ni reducirse a mediciones.

La respuesta no puede encontrarse en la intensidad de las convicciones.  Toda sociedad conoce individuos que proclaman la virtud mientras desmienten con su conducta aquello mismo que afirman.  Ni la elocuencia, ni la reputación, ni el prestigio, ni el cargo confieren por sí solos autoridad moral.  Antes de que un juicio sobre el bien merezca reconocimiento debe existir una correspondencia entre la vida de quien habla y los principios que invoca.

La integridad hace visible esa correspondencia.  No garantiza que cada juicio resulte verdadero.  Tampoco convierte a nadie en ejemplo perfecto.  Permite, más bien, que la autoridad moral llegue a ser inteligible porque quien exhorta permanece igualmente sometido a las normas cuya observancia propone a los demás.  Lo que los seres humanos reconocen no es la perfección, sino la coherencia.

Por ello la hipocresía posee una fuerza disolvente incomparable.  No destruye el principio moral invocado.  Destruye la autoridad de quien pretende hablar en su nombre.  Una exigencia moral puede conservar íntegramente su verdad mientras desaparece el derecho de determinada persona a formularla.  La contradicción no reside en el principio, sino en la ruptura entre ese principio y la conducta de quien lo invoca.

También aquí conviene distinguir cuidadosamente entre el error y la corrupción.  Una persona moralmente seria puede equivocarse, rectificar o descubrir retrospectivamente la insuficiencia de sus propios juicios.  Mientras continúe sometida a los principios que reconoce, la legitimidad permanece intacta.  La hipocresía no constituye un error moral susceptible de rectificación, sino la reclamación deliberada de una excepción respecto de las normas impuestas a los demás.  Desde ese instante el principio deja de gobernar la conducta de la persona, y la persona comienza a gobernar el principio.

La experiencia acumulada hasta aquí deja al descubierto una constante.  El padre permanece subordinado al bien del hijo.  El maestro permanece subordinado al conocimiento.  El investigador permanece subordinado a la verdad.  Quien habla en nombre del bien permanece subordinado a los principios que propone.  En ninguno de esos casos la autoridad nace de una superioridad personal.  Nace de la fidelidad sostenida a una realidad anterior y superior a quien la ejerce.

Cuando esa subordinación se invierte, la corrupción comienza a manifestarse sin ruptura visible.  El bien deja de gobernar la conducta.  La verdad deja de gobernar la investigación.  El conocimiento deja de gobernar la enseñanza.  Los principios dejan de gobernar la conciencia.  Aquello que originalmente justificaba la autoridad comienza a ser utilizado para preservar la autoridad misma.  La persona se convierte en la fuente de la autoridad que antes recibía de la realidad a la cual permanecía subordinada.

Dos personas comparecen sosteniendo pretensiones incompatibles.  Ambas creen tener razón.  Ambas apelan a la justicia.  Ninguna puede decidir por sí misma cuál de las dos reclamaciones debe prevalecer.  Allí aparece por primera vez la necesidad del juicio.  La vida moral conduce así hacia otra exigencia todavía más compleja.  Allí donde varias personas sostienen pretensiones incompatibles entre sí, ya no basta orientar una conciencia individual.  Se hace necesario discernir entre derechos contrapuestos.  La necesidad de discernir entre derechos contrapuestos hace aparecer el juicio.

El juicio introduce una modalidad de autoridad distinta de todas las anteriores.  El padre orienta al hijo.  El maestro conduce al discípulo.  El investigador indaga la verdad.  Quien vive conforme a principios procura ordenar su propia conducta y orientar la de otros.  El juez, en cambio, comparece allí donde dos o más pretensiones incompatibles reclaman simultáneamente reconocimiento.  La autoridad deja entonces de situarse frente a una sola persona para colocarse entre personas cuyas reclamaciones deben ser ponderadas conforme a justicia.

La complejidad de esa función no modifica la estructura de la legitimidad.  Ningún juez adquiere autoridad por ocupar un estrado, vestir una toga o disponer del poder necesario para ejecutar sus decisiones.  Tales circunstancias hacen posible el ejercicio institucional del juicio, pero no explican por qué ese juicio merece ser reconocido como debido.  La autoridad judicial sólo llega a ser inteligible cuando quienes comparecen ante ella pueden reconocer que la decisión permanece sometida a la justicia y no a los intereses, preferencias o conveniencias del juzgador.

La imparcialidad, por consiguiente, no constituye una virtud añadida al ejercicio jurisdiccional.  Constituye una exigencia inherente al propio acto de juzgar.  Las partes no buscan únicamente una decisión.  Buscan una decisión cuya autoridad proceda de su conformidad con una justicia que ni el juez ni los litigantes han creado.  La justicia ocupa así el lugar hacia el cual apunta la autoridad judicial sin llegar jamás a convertirse en patrimonio de quien la ejerce.

Por esa razón, incluso la apariencia de parcialidad puede erosionar profundamente la legitimidad del juicio.  Cuando quienes acuden a los tribunales comienzan a percibir que las decisiones responden principalmente a los intereses del juez, de la institución o de cualquier poder exterior, la autoridad empieza a separarse de la justicia.  Las sentencias continúan dictándose.  La obediencia puede mantenerse.  La maquinaria judicial sigue funcionando.  Sin embargo, el reconocimiento deja paulatinamente de dirigirse hacia la justicia del fallo para orientarse hacia la fuerza que asegura su cumplimiento.

También en el juicio resulta indispensable distinguir entre el error y la pérdida de legitimidad.  Los jueces siguen siendo seres humanos cuya comprensión permanece necesariamente limitada.  Una sentencia equivocada no destruye por sí sola la autoridad judicial mientras el orden jurídico conserve procedimientos públicos capaces de corregirla.  La apelación, la revisión y el razonado disentimiento no debilitan la justicia.  Manifiestan que la función jurisdiccional continúa subordinada a ella.

La corrupción del juicio comienza en un lugar muy distinto.  Comienza cuando quien juzga deja de comprenderse como servidor de la justicia y empieza a comprender la justicia como aquello que confirma su propia autoridad.  El ejercicio jurisdiccional deja entonces de transparentar el derecho para comenzar a transparentar el poder del juzgador.  La fidelidad cede nuevamente ante la autorreferencia.  El cargo ocupa el lugar que antes correspondía a la justicia.

La reiteración de esa misma inversión ha reaparecido ya bajo formas sucesivas.  El cuidado degenera cuando convierte la vida ajena en objeto de posesión.  La educación degenera cuando sustituye la formación por el adoctrinamiento.  La investigación científica degenera cuando el prestigio reemplaza la demostración.  La autoridad moral degenera cuando los principios son utilizados para eximir de ellos a quien los invoca.  El juicio degenera cuando la justicia deja de constituir el término al cual permanece subordinada la autoridad judicial.

La reiteración del desplazamiento por el cual la autoridad ocupa el lugar de aquello que debía gobernarla revela que la reflexión ha alcanzado un umbral distinto.  Ya no se trata de examinar casos particulares de autoridad.  Lo que comparece ahora es la subordinación común de toda autoridad legítima a aquello que la precede y gobierna su ejercicio.  La cuestión deja de preguntar qué hace legítima a determinada autoridad para preguntar qué hace posible la legitimidad de toda autoridad.

El cuidado, el lenguaje, la educación, la investigación científica, la conciencia moral y el juicio pertenecen a ámbitos muy diversos de la experiencia humana.  El cuidado pertenece al comienzo de la vida.  El lenguaje hace posible un mundo compartido.  La educación transmite el conocimiento.  La investigación científica disciplina la búsqueda de la verdad.  La conciencia moral ordena la conducta.  El juicio restablece la justicia entre pretensiones enfrentadas.  Pese a esa diversidad, todas esas experiencias permanecen unidas por una misma estructura.

En ninguna de ellas la autoridad encuentra su origen en quien la ejerce.  El padre no constituye el bien del hijo.  El hablante no constituye la lengua.  El maestro no constituye el conocimiento.  El investigador no constituye la verdad.  La conciencia no constituye los principios morales.  El juez no constituye la justicia.  Cada uno recibe legitimidad únicamente mientras permanece fiel a aquello que le precede y que continúa gobernando el ejercicio de su autoridad.

El poder y la legitimidad revelan así que proceden de condiciones enteramente distintas.  El poder existe allí donde alguien posee capacidad suficiente para imponer una conducta.  La legitimidad sólo existe allí donde la autoridad permanece inteligible como mediación fiel de una realidad que no le pertenece.  El poder puede afirmarse mediante la posesión.  La legitimidad únicamente puede sostenerse mediante la fidelidad.

Por ello la legitimidad resulta, al mismo tiempo, más frágil y más perdurable que el poder.  Es más frágil porque el reconocimiento puede desaparecer mientras las instituciones continúan ejerciendo eficazmente sus funciones.  Es más perdurable porque las realidades de las cuales la autoridad recibe legitimidad permanecen más allá de quienes la ejercen transitoriamente.  Los hombres desaparecen.  Las instituciones cambian.  La verdad, la justicia, el conocimiento, el bien y el cuidado continúan juzgando a todos aquellos que pretenden representarlos.

La reflexión emprendida hasta este punto ha mostrado bajo qué condiciones nace la legitimidad.  El examen debe dirigirse ahora hacia el movimiento inverso.  Conviene preguntarse cómo comienza la autoridad a perder aquello mismo que inicialmente la hizo digna de reconocimiento.

La corrupción de la autoridad no comienza con el abuso del poder.  El abuso únicamente hace visible una corrupción que ya se encontraba en marcha.  El verdadero deterioro aparece en el instante en que la autoridad deja de remitir a la realidad que la legitimaba y comienza a reclamar reconocimiento para sí misma.  Lo que antes permanecía transparente a la verdad, al cuidado, a la justicia o al conocimiento empieza lentamente a oscurecerlos.  La institución, el cargo, la persona o la tradición ocupan el lugar que correspondía al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia o al bien común que originalmente justificaban su autoridad.

El abandono de la realidad que legitimaba la autoridad y la consiguiente reclamación de reconocimiento para la autoridad misma rara vez se anuncian mediante rupturas espectaculares.  Casi siempre avanza por sustituciones imperceptibles.  La fidelidad cede ante la conservación.  La mediación se convierte en representación.  La representación termina identificándose con aquello que pretendía representar.  Poco a poco desaparece la distancia entre la autoridad y la realidad de la cual recibía legitimidad.  La autoridad comienza a presentarse como si ella misma fuese el origen de aquello que sólo estaba llamada a custodiar.

Cuando la autoridad comienza a reclamarse como fuente de su propia legitimidad, la legitimidad comienza a disolverse progresivamente, aun cuando la estabilidad exterior permanezca aparentemente intacta.  El reconocimiento deja de dirigirse hacia el bien protegido, la verdad investigada, la justicia administrada o el conocimiento transmitido.  Comienza a dirigirse hacia el prestigio del cargo, la permanencia de la institución, la continuidad de una tradición o la influencia de determinadas personas.  Se exige confianza porque la autoridad existe, y no porque continúe siendo fiel a aquello que justificó su existencia.

Las consecuencias alcanzan todas las formas de la vida civilizada.  Allí donde la autoridad pierde la capacidad de remitir más allá de sí misma, resurgen inevitablemente los sucedáneos que habían aparecido al comienzo de esta reflexión.  La fuerza intenta reemplazar el reconocimiento perdido.  El temor procura conservar la obediencia.  La costumbre prolonga prácticas cuyo fundamento se ha debilitado.  La manipulación fabrica la apariencia de una legitimidad que ya no puede producir.

La civilización no consiste, por ello, en la mera acumulación de instituciones.  Consiste en una compleja red de autoridades cuya legitimidad depende de la fidelidad permanente a las realidades que les dieron origen.  La salud de una civilización no se mide por la magnitud del poder que concentra, sino por el grado de transparencia con que sus autoridades continúan remitiendo al cuidado, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y al bien común.

Sólo en este punto adquiere pleno sentido la autoridad política.  El gobierno constitucional no constituye un problema separado de cuanto antecede.  Reúne en el ámbito de la vida pública todas las formas de legitimidad examinadas hasta ahora.  La cuestión ya no consiste en preguntar si el poder político posee una legitimidad propia.  Consiste en determinar si el orden constitucional permanece sometido a la misma exigencia de fidelidad a una realidad que lo precede y lo trasciende.

La civilización preserva esas formas de autoridad mediante instituciones.  Ninguna generación podría transmitir por sí sola la lengua, el conocimiento, la justicia o el orden político.  Las instituciones prolongan a través del tiempo la transmisión de la lengua, el conocimiento, la justicia y el orden político.

La institución, sin embargo, jamás posee legitimidad por sí misma.  Una escuela existe para educar.  Una universidad existe para cultivar el conocimiento.  Un tribunal existe para hacer justicia.  Un centro de investigación existe para investigar.  El gobierno constitucional existe para ordenar jurídicamente la vida política de una comunidad.  Ninguna de esas instituciones constituye el principio del cual deriva su autoridad.  Todas permanecen subordinadas a la realidad cuya custodia les ha sido encomendada.

Por esa razón las instituciones reúnen simultáneamente una fortaleza y una vulnerabilidad que no aparecen con igual intensidad en las relaciones personales.  Su permanencia permite conservar logros que exceden la duración de cualquier existencia individual.  Pero esa misma permanencia introduce una tentación constante.  Lo que perdura termina desarrollando intereses propios.  La conservación de aquello que debía proteger acaba desplazándose hacia la conservación de la institución misma.

La subordinación de la misión institucional a la conservación de la propia institución rara vez comienza mediante un acto deliberado de corrupción.  Las instituciones procuran inicialmente asegurar las condiciones necesarias para continuar cumpliendo su misión.  Esa preocupación resulta legítima mientras permanezca subordinada a la finalidad que justificó su existencia.  El problema aparece cuando la conservación deja de servir a la misión y la misión comienza a servir a la conservación.  Los medios ocupan el lugar de los fines.  La continuidad de la institución comienza gradualmente a ocupar el lugar de su fidelidad a la finalidad que justificó su existencia.

Cuando la conservación de la institución comienza a prevalecer sobre su misión, la institución deja de preguntarse si continúa haciendo presente la realidad cuya custodia le fue confiada.  La preocupación principal pasa a ser su propia supervivencia.  Una universidad puede seguir inaugurando edificios, ampliando sus programas, incrementando sus matrículas y mejorando su posición en los rankings mientras la pregunta por la formación del entendimiento deja gradualmente de ocupar el centro de su vida académica.  Nada parece indicar una crisis institucional.  Sin embargo, la finalidad que justificaba la existencia de la institución ha comenzado a ceder su lugar a la conservación de la propia institución.  La verdad, la justicia, el conocimiento o el bien común dejan de constituir el criterio supremo del examen institucional.  El centro de gravedad se desplaza hacia la preservación de la organización misma.

La pérdida de legitimidad rara vez se manifiesta de inmediato porque el poder institucional suele sobrevivir durante largo tiempo al debilitamiento de la legitimidad.  Los edificios permanecen abiertos.  Los procedimientos continúan aplicándose.  Los cargos siguen siendo ocupados.  Las decisiones continúan produciéndose.  Las formas exteriores permanecen reconocibles mientras el fundamento que las hacía inteligibles comienza a retirarse de la experiencia pública.

Por ello el deterioro institucional suele atribuirse a causas secundarias.  Se culpa a la hostilidad política, a las dificultades económicas, a los cambios culturales o a la presión exterior.  Todos esos factores pueden acelerar la decadencia.  Ninguno constituye su origen.  La decadencia comienza cuando la institución deja de medirse por la fidelidad a la realidad que debía custodiar y comienza a medirse por la eficacia con que asegura su propia continuidad.

Comprender que la decadencia comienza cuando la institución privilegia su continuidad sobre la realidad que debía custodiar permite aclarar uno de los equívocos más persistentes de la vida pública.  La crítica dirigida contra una institución suele confundirse con hostilidad hacia ella.  Sin embargo, la verdadera fidelidad institucional puede exigir esa misma crítica cuando procura restituir la institución a la finalidad que justificó su nacimiento.

Del mismo modo, la defensa más apasionada de una institución puede contribuir a su deslegitimación si pretende conservarla al margen del bien que estaba llamada a servir.

El reconocimiento, por consiguiente, no sigue necesariamente a la permanencia ni acompaña inevitablemente al cambio.  Sigue a la fidelidad.  Las instituciones permanecen legítimas únicamente mientras continúan haciendo presente aquello que originalmente les confirió autoridad.

Entre todas ellas existe una cuya responsabilidad supera a las demás.  A diferencia de la escuela, del tribunal o del laboratorio, el orden constitucional no administra un ámbito particular de la experiencia humana.  Establece el marco jurídico dentro del cual todas las demás autoridades pueden ejercer legítimamente sus respectivas funciones.  La legitimidad constitucional constituye, por ello, la expresión más amplia de la misma estructura que ha venido desplegándose desde las primeras relaciones de cuidado.

La autoridad constitucional no constituye una excepción respecto de las formas anteriores de legitimidad.  Al contrario, las presupone y las reúne en la organización de la vida pública.  Lo que el cuidado realiza en la familia, la enseñanza en la formación del entendimiento, la investigación en el conocimiento de la verdad, la conciencia moral en la conducta y el juicio en la administración de justicia, el orden constitucional debe realizarlo respecto de la comunidad política en su conjunto.

Por ello el gobierno nunca adquiere legitimidad por el solo hecho de gobernar.  Gobernar demuestra la existencia de poder.  La legitimidad constitucional plantea una cuestión distinta.  La existencia de un gobierno no resuelve esa cuestión.  Tan sólo hace imposible eludirla.

La respuesta no puede apartarse de la estructura que ya ha quedado manifiesta en todas las formas anteriores de autoridad.  Así como el maestro no constituye el conocimiento, el investigador no constituye la verdad y el juez no constituye la justicia, tampoco el gobierno constituye el origen de la autoridad pública que ejerce.  La autoridad política permanece necesariamente subordinada a una realidad que la antecede y la trasciende.

Esa realidad no es el propio gobierno, ni los órganos que lo integran, ni la continuidad administrativa, ni la eficacia de las políticas públicas, ni la permanencia institucional, ni el reconocimiento internacional, ni el respaldo partidista, ni la necesidad práctica de conservar el orden.  Todas esas circunstancias pueden acompañar al ejercicio del poder.  Ninguna de ellas basta para conferirle legitimidad.

La autoridad pública sólo permanece legítima mientras continúe siendo atribuible a la comunidad política de la cual procede.  Un gobierno puede conservar el control de los ministerios, de la administración pública, de la fuerza armada y de las relaciones internacionales.  Ninguna de esas circunstancias responde todavía a la cuestión decisiva.  Todas describen quién ejerce el poder.  Ninguna demuestra todavía a quién resulta constitucionalmente atribuible la autoridad pública.  El gobierno no es propietario del poder público.  Lo ejerce en calidad de autoridad derivada.  La fuente de esa autoridad permanece siempre fuera del gobierno mismo.

Esa misma subordinación preserva el orden constitucional de una de las tentaciones más antiguas de la política.  Todo gobierno tiende espontáneamente a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política que administra.  Sin embargo, ambas realidades jamás llegan a confundirse.  La comunidad política permanece.  Los gobiernos pasan.  El poder público no pertenece a quienes circunstancialmente lo ejercen.

Cuando el gobierno comienza a identificar la continuidad de su propia existencia con la continuidad de la comunidad política, reaparece la corrupción por la cual la autoridad ocupa el lugar de la realidad que debía gobernarla.  El gobierno deja gradualmente de remitir a la comunidad política de la cual recibe legitimidad.  Empieza a reclamar reconocimiento porque gobierna, porque administra, porque conserva el orden, porque ha sobrevivido o porque no parece existir una alternativa inmediata.  La fuente de la legitimidad comienza a ceder su lugar al ejercicio mismo del poder.

En ese momento la atribución constitucional comienza a ser sustituida por la simple efectividad política.  El reconocimiento público deja de dirigirse hacia las condiciones constitucionales de las cuales nace la autoridad y comienza a dirigirse hacia la posesión continuada del poder.  La administración reemplaza la atribución.  La continuidad reemplaza la legitimidad.  La posesión reemplaza el título.  Las elecciones pueden seguir celebrándose.  Los tribunales pueden continuar dictando sentencias.  El presupuesto puede seguir ejecutándose.  Sin embargo, la discusión pública puede haber dejado ya de preguntar por el título constitucional del poder para concentrarse únicamente en la administración de quienes lo ejercen.  Allí comienza a hacerse visible la sustitución.

La sustitución de la atribución constitucional por la efectividad política no exige el derrumbe inmediato del orden constitucional.  Las constituciones pueden seguir invocándose.  Las instituciones pueden continuar funcionando.  Las elecciones pueden seguir celebrándose.  Los gobiernos pueden continuar administrando el Estado.  Las formas visibles del constitucionalismo permanecen en pie mientras la legitimidad que les daba sentido se retira progresivamente de la conciencia pública.

La consecuencia trasciende el ámbito político.  Cuando la autoridad pública comienza a reclamar reconocimiento por su mera permanencia, las instituciones subordinadas terminan reproduciendo la misma inversión.  La subordinación de la autoridad al bien, al conocimiento, a la verdad, a la justicia y a la comunidad política se debilita en toda la vida civilizada.  La sustitución del cuidado por el control, advertida inicialmente en las relaciones de dependencia, alcanza finalmente su expresión política más amplia cuando el ejercicio permanente del poder ocupa el lugar de la atribución constitucional.  La civilización comienza entonces a reorganizar su comprensión de la autoridad alrededor del poder y no de la legitimidad.  El desplazamiento rara vez se manifiesta simultáneamente en todos los ámbitos.  Puede comenzar en la familia, continuar en la escuela, hacerse visible en las instituciones y terminar alcanzando el orden político.  Allí donde la autoridad empieza a justificarse por la permanencia de quien la ejerce y no por la realidad a la cual permanece subordinada, la permanencia ocupa el lugar de la legitimidad.

Ninguna civilización puede sostenerse exclusivamente sobre el poder.  El poder organiza conductas, asegura la obediencia, protege fronteras, administra recursos y reprime el desorden.  Nada de ello explica, sin embargo, por qué la autoridad continúa siendo reconocida como debida cuando desaparece el temor, cambian las circunstancias o surge una fuerza mayor.  El poder gobierna la conducta.  La legitimidad gobierna el reconocimiento.  Allí donde el reconocimiento desaparece, el poder necesita recurrir cada vez más intensamente a los sucedáneos que la legitimidad había vuelto innecesarios.

Por ello el peligro más profundo para una civilización rara vez se presenta inicialmente bajo la forma de la violencia.  Comienza cuando deja de prestarse atención a las realidades que justificaban la autoridad.  El cuidado es sustituido por el control.  El conocimiento por el prestigio.  La verdad por el consenso.  La justicia por la decisión.  La atribución constitucional por la administración del poder.  Poco a poco la mirada deja de dirigirse hacia aquello que confería legitimidad y termina fijándose exclusivamente en quien ejerce autoridad.

Nada de ello necesita revestirse de apariencia revolucionaria.  Los padres continúan criando a sus hijos.  Los maestros siguen enseñando.  Los investigadores prosiguen sus trabajos.  Los jueces continúan dictando sentencias.  Los gobiernos siguen gobernando.  Exteriormente la civilización parece conservar la misma fisonomía.  Sin embargo, bajo esas formas familiares se ha instaurado otra fuente de reconocimiento, fundada en la utilidad, la influencia, la identidad, la necesidad o la mera permanencia, que comienza a ocupar el lugar que antes pertenecía a la legitimidad.

Cuando la sustitución de la realidad legitimadora por la autoridad que pretendía representarla termina por hacerse habitual, la propia naturaleza del desacuerdo cambia.  La discusión deja de preguntar si la autoridad permanece fiel a la realidad que la legitimaba.  Empieza a preguntarse únicamente si resulta eficaz, conveniente, representativa o suficientemente poderosa para imponerse.  La indagación acerca de la legitimidad desaparece lentamente del horizonte público.  El poder comienza a explicarse por sí mismo.

Desde ese momento toda autoridad soporta una carga creciente.  Ninguna institución puede sustituir indefinidamente mediante la fuerza aquello que sólo la legitimidad puede sostener.  El temor termina por agotarse.  La costumbre pierde vigor con el paso de las generaciones.  La manipulación acaba revelando la voluntad que la dirige.  Incluso la fuerza encuentra límites más allá de los cuales la obediencia deja de producir reconocimiento.  La autoridad que ha dejado de remitir a una realidad superior termina dependiendo únicamente de sí misma.

La cuestión decisiva nunca ha consistido en determinar si la civilización necesita autoridad.  Ninguna convivencia humana puede existir sin ella.  La verdadera cuestión consiste en saber si la autoridad continuará reconociendo las realidades de las cuales deriva su legitimidad o si terminará sustituyéndolas por sí misma.  Ninguna generación queda dispensada de responder nuevamente a esa pregunta.

La abolición de la legitimidad no destruye únicamente gobiernos o instituciones.  Destruye la posibilidad misma de que un ser humano reconozca la autoridad de otro sin verse reducido a la fuerza, al temor, a la costumbre o a la manipulación.  La pérdida no pertenece exclusivamente al orden político.  Alcanza todas las relaciones gracias a las cuales un mundo común puede llegar a existir.

La legitimidad no constituye, por ello, un atributo accesorio de la civilización ni una cualidad reservada al constitucionalismo.  Constituye la condición silenciosa que permite a los seres humanos habitar un mismo mundo sin tener que explicar toda autoridad por el dominio.  Mientras esa condición permanezca viva, la autoridad continuará siendo transparente a la realidad que la legitima.  Cuando desaparezca, la civilización no perecerá de inmediato.  Comenzará, sencillamente, a olvidar para qué existía la autoridad.

15 de julio de 2026
En tránsito a través de Pensilvania


« Cuando todo lo que sabemos es prestado:

August 29, 2025

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Ricardo Morin
Escena Treinta y tres: Cuando todo lo que sabemos es prestado.
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012.

Este ensayo constituye la parte final de una trilogía que comenzó con Los colores de la certeza y continuó con La disciplina de la duda.   La secuencia refleja una indagación sostenida sobre cómo la certeza, la duda y la ambivalencia configuran nuestra comprensión de la realidad.

Este ensayo final nació de una inquietud íntima:   el reconocimiento de que la percepción, la ambigüedad y la ambivalencia complican no sólo mi propia práctica de la escritura, sino también las condiciones más amplias en las que se da la comunicación.   Aunque las reflexiones tienen un origen personal, su alcance se extiende más allá de lo individual.   Escritores y lectores se enfrentan por igual a la inestabilidad del sentido; los ciudadanos en la vida pública experimentan la fragilidad de las afirmaciones sobre el significado de la verdad en un clima de desconfianza; y en nuestro presente, tecnologías como la inteligencia artificial agudizan las incertidumbres que acompañan toda expresión humana, en particular en torno a la autoría y la autenticidad.

El propósito de este ensayo no es resolver esas tensiones, sino articularlas.   Su valor reside menos en ofrecer soluciones que en esclarecer las paradojas que sostienen nuestros intentos comunes de comprender la realidad.

Ricardo Morín, Bala Cynwyd, Pa., August 2025

Este ensayo examina la percepción, la ambigüedad y la creencia como condiciones inestables que determinan el acceso humano a la realidad.   Sostiene que la ambivalencia no es vacilación, sino un terreno paradójico:   posibilita la búsqueda de la verdad y, al mismo tiempo, socava la certeza de haberla alcanzado.   La escritura y la lectura muestran con especial claridad esta inestabilidad.   El escritor interpreta las interpretaciones de los otros y descubre que el sentido es intraducible y cuestionable.   Sin embargo, es a través de ese proceso como progresa el pensamiento, ampliando la comprensión incluso cuando lo comprendido no puede compartirse plenamente.   Más allá de la comunicación, el ensayo plantea que la realidad misma sólo se participa en fragmentos —mediante gestos, silencios y percepciones erradas que debilitan sin cesar la línea entre apariencia y realidad.   La inteligencia artificial aparece como espejo contemporáneo de esta condición, intensificando ansiedades sobre autoría y autenticidad.   La ambivalencia, concluye el texto, no desvía de la verdad:   es la paradoja en la que, si se manifiesta, la verdad surge de manera fugaz.

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La palabra percepción encierra una historia que refleja las cambiantes formas en que las culturas han entendido la realidad. Del latín perceptio, significaba en primer lugar “recibir,” “recoger,” o incluso “cosecha.”   Percibir era recoger impresiones, como quien recoge grano en un campo: pasivo en la forma, pero activo en la intención.

En el pensamiento griego, la percepción estaba ligada a aisthēsis: la sensación era el contacto que uno sentía con el mundo.   Aquí se situaba más cerca de las artes, de la inmediatez del sentir, que del razonamiento sistemático de la filosofía..

Durante la Edad Media, en particular en los siglos XII y XIII, los escritos de Aristóteles fueron recuperados e incorporados al pensamiento escolástico cristiano.   Lo que había sido una filosofía pagana de la sensación y el entendimiento fue reinterpretado por pensadores como Tomás de Aquino dentro de un marco teológico del conocimiento.   La percepción se definió como la recepción de los datos sensibles por el entendimiento, una etapa necesaria mediante la cual la sensación se elevaba a comprensión.

Con el surgimiento de la filosofía moderna, el término se fragmentó.   Para Descartes, la percepción podía engañar; para Locke, constituía el fundamento de la experiencia; para Kant, estaba estructurada por categorías que tanto abrían como limitaban nuestro acceso a la realidad.   Para entonces la percepción ya se había vuelto ambivalente: indispensable para conocer, pero nunca segura en su verdad.

Hoy la palabra se extiende aún más, connotando no solo sensación sino también interpretación, prejuicio y opinión.   Decir “esa es tu percepción” ya no significa afirmar un contacto con lo real, sino señalar distancia, distorsión o subjetividad.   La evolución del término revela una inestabilidad semántica que corresponde a la tesis del ensayo:   nuestro acceso a la realidad siempre está modelado por la ambivalencia.   Lo que la percepción otorga, al mismo tiempo lo desestabiliza.


La percepción nunca es un simple acto de recibir lo que ya está ahí.   Siempre está mediada por la memoria, la expectativa y la predisposición.   En cada intercambio —ya sea en palabras escritas o en el silencio entre dos personas— el sentido se desplaza, inestable y provisional.   De ese terreno movedizo surge la ambigüedad, y de la ambigüedad, la inquietud que hace vacilar la creencia.

Para el lector, esta inestabilidad es inevitable.   Cada respuesta, incluso el silencio, está teñida de confianza o desconfianza, simpatía o recelo, apertura o cansancio.   Rara vez un lector se acerca a un texto en inocencia, pues toda lectura está condicionada por supuestos que determinan la recepción de las palabras.

El autor no escapa a esta carga interpretativa.   El acto de escribir no concluye con la publicación, sino que continúa en la incierta tarea de leer a los lectores.   Una pausa en la conversación, un reconocimiento fugaz o la falta de respuesta pueden interpretarse como desinterés, desaprobación o indiferencia.   De este modo, la escritura interpreta interpretaciones y multiplica las capas de ambigüedad hasta que el sentido de la obra aparece no solo como intraducible, sino también como cuestionable.   Sin embargo, es precisamente a través de esa reflexión como la escritura prosigue, pues sin ella el pensamiento no puede desarrollarse.   Al perseverar en este proceso, el escritor participa en una ampliación de la comprensión, aun cuando esa comprensión no pueda compartirse del todo.

Esta incertidumbre no es un defecto de la comunicación, sino parte de su estructura.   Quien busca comprender a través de la escritura debe aceptar que la claridad siempre será provisional y que la expresión siempre quedará corta.   El acto de poner un pensamiento en palabras revela la distancia entre intención y recepción, pero también abre la posibilidad de ver la realidad desde nuevos ángulos.     Incluso cuando lo expresado no pueda comunicarse plenamente, el proceso mismo amplía la comprensión y profundiza la conciencia de lo parcial y cambiante.

La ambivalencia, por tanto, no es vacilación, sino la condición paradójica en la que tiene lugar la búsqueda de sentido.   Une convicción y duda, el deseo de certeza y el reconocimiento de sus límites.   Escribir en la ambivalencia significa seguir buscando incluso cuando el resultado no pueda comunicarse sin pérdida.   Esta condición inquieta —y no la ilusión de una claridad definitiva— es lo que permite avanzar al pensamiento.

La verdad, si alguna vez se alcanza, emerge a pesar del terreno inestable de la percepción y la ambigüedad.   Llegamos a ella a pesar de nosotros mismos, de nuestras tensiones y de nuestras limitaciones.   No son solo los grandes errores los que debilitan la certeza:   un matiz mal percibido, una pausa mal entendida o un gesto ambiguo también pueden erosionar la confianza.   La experiencia cotidiana muestra que la línea entre apariencia y realidad es demasiado delgada para ofrecer seguridad duradera.

Pero esta tensión no se limita a los actos de escribir o leer.   Se adentra más hondo, hasta nuestra relación misma con la realidad.   La ambivalencia no es solo un rasgo de la comunicación, sino también de la existencia.   Percibir implica siempre participar del mundo de manera incompleta; vivir implica hacerlo bajo condiciones de presencia parcial.   A veces vemos con claridad, otras veces de manera turbia y, con frecuencia, no participamos en absoluto.   Ese ritmo de presencia y retirada marca toda relación —entre personas, entre sociedades e incluso entre la humanidad y la naturaleza.

La tecnología ha agudizado nuestra conciencia de esta condición.   La inteligencia artificial, por ejemplo, dramatiza la inestabilidad ya presente en la percepción humana.   Como herramienta, permite refinar la expresión pero también amplifica las dudas sobre la autoría y la autenticidad.   Como espejo, refleja la ambivalencia más profunda que la precede y que configura toda mediación.   Así, la IA no disminuye el pensamiento, sino que magnifica la inquietud que acompaña todo acceso humano a la realidad:   la sensación de que lo ofrecido es incompleto, poco fiable y nunca plenamente participativo.

La tarea, entonces, no consiste en eliminar la ambigüedad, sino en reconocerla como parte de la propia realidad.   La percepción es interpretativa, la creencia es inestable y la desconfianza es una compañera constante.   La ambivalencia no es un desvío de la verdad, sino el camino por el que la verdad —si llega— ha de transitar.   El desafío no es restaurar una certeza que nunca existió, sino aprender a vivir en la participación parcial, aceptar que lo que llamamos realidad siempre se alcanza por fragmentos.

En este sentido, la percepción, la ambigüedad y la creencia permanecerán siempre inestables.   El escritor no puede controlar cómo se leen sus palabras, ni el lector puede dominar por completo lo que se quiso decir.   Nadie puede reclamar la posesión plena de la realidad.   Toda relación con el mundo se sostiene en condiciones frágiles, donde la apariencia y la realidad se rozan sin llegar a coincidir.   Si la verdad aparece, lo hace de manera breve e incompleta, surgiendo únicamente a través de la ambivalencia.   Pero la ambivalencia es en sí misma una condición paradójica:   sostiene nuestra búsqueda de la verdad al mismo tiempo que socava la certeza que anhelamos poseer.


  • Arendt, Hannah:   La condición humana. Barcelona: Paidós, 1993.   (Arendt analiza la acción, el trabajo y la labor como formas distintas de relacionarse con la realidad.   Su distinción entre apariencia y realidad, y su insistencia en que la verdad surge de la actividad compartida, se vinculan directamente con el tema del ensayo sobre percepción y ambivalencia.)
  • Gadamer, Hans-Georg:   Verdad y método. Salamanca:   Sígueme, 1997.   (En este texto fundamental de la hermenéutica, Gadamer muestra cómo la comprensión nace de la interpretación y no de la objetividad.   Su idea de que la verdad se alcanza en diálogo refuerza la afirmación del ensayo de que la verdad aparece “en la ambivalencia y no más allá de ella.”)
  • Girard, René:   Mentira romántica y verdad novelesca.   Madrid: Anagrama, 1985.   (La teoría del deseo mimético de Girard expone cómo la interpretación, el deseo y el malentendido estructuran las relaciones humanas.   Su análisis subraya la fragilidad de la creencia y la inestabilidad de la frontera entre apariencia y realidad.)
  • Nussbaum, Martha:   Emociones políticas: por qué el amor importa para la justicia.   Barcelona: Paidós, 2014.   (Nussbaum sostiene que las emociones públicas—como el amor, la compasión y la solidaridad—son esenciales para sostener la justicia.   Sus aportes muestran cómo la creencia es frágil y depende de la interpretación, en sintonía con la preocupación del ensayo por la confianza, la ambivalencia y la participación humana en lo real.)
  • Turkle, Sherry:   En defensa de la conversación.   Barcelona: Ático de los Libros, 2016.   (Turkle investiga cómo la tecnología mediatiza las relaciones y las percepciones humanas. Su enfoque presenta a la IA como espejo de la duda, demostrando cómo la mediación posibilita el vínculo y a la vez erosiona la autenticidad—una idea central en el ensayo.)

« Meditaciones sobre José Ortega y Gasset »

December 20, 2022

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En Reconocimiento

I

En primer lugar, me gustaría compartir con mis lectores mi mayor agradecimiento a Billy Bussell Thompson (n. 23 de noviembre de 1942), Ph.D., Profesor Emérito de Lingüística de la Universidad de Hofstra, por su generosidad al ser mentor y editor.    Su trayectoria académica va desde 1963 hasta 1993.   Entre sus publicaciones más destacadas en español, tenemos:   La razón de algunos refranes . . .; La vida de Santa María Egipçiaca . . .; Historia del virtuoso caballero don Túngano . . .; La leyenda medieval de Santo Toribio y su arca santa. . .; etcétera…

II

Desde 1989, nuestra amistad se ha extendido por más de tres décadas.   Hemos trabajado en estrecha colaboración en al menos una docena de artículos y cuentos (publicados en WordPress).   He tenido la suerte de contar con su franqueza y apoyo.  Nunca ha andado con rodeos.  Fue contundente, cuando cualquiera de mis borradores parecía sin mérito.  Cuando ése era el caso, los artículos se trituraban y quedé satisfecho con la integridad de su prosa, además de comprender mis propias limitaciones como escritor.   El Prof. Bussell Thompson (B.B.T.) generalmente compara la habilidad de escribir en prosa con la de un cono de visión cada vez más estrecho.   Este cono selectivo es similar a la integridad estética de una obra de arte plástica.   Con el presente esfuerzo, el Prof. B.B.T. creyó, desde el principio, en la posibilidad de sacar adelante esta historia en equipo.  A pesar de que vivimos en distintas regiones – geográficamente muy alejadas – de EE. UU., no hemos tenido problemas para comunicarnos por teléfono y correo electrónico.

III

Esta narrativa busca explicar la confusión que se encuentra en la sociedad y la política, e incluso su aparente falta de propósito.   De hecho, por este impulso dedico mi narración a los lectores.

IV

Inicialmente, no sabía a dónde conduciera esto.    Presenté un borrador de cinco párrafos al profesor B.B.T.  Cuando empezó a leer, hizo una pausa y me preguntó si me estaba refiriendo a la alegoría de la caverna de Platón.  Sorprendido, le pedí que se detuviera.   Respondí que su referencia a Platón me colocaba en una perspectiva diferente.   Agradecido, añadí que su pregunta fue bien recibida; en ese momento, quería proseguir con la investigación antes de continuar.

V

B.B.T. me animó a releer los diálogos de Platón.   A esto añadió que tomara en cuenta cualquier ambigüedad asociada con la concepción de Platón sobre la autoridad ideal del Estado (politeia) o Nación.   B.B.T. se refiría a las ideas platónicas controvertidas en los debates actuales.  También recomendó la lectura de José Ortega y Gasset (1883-1955).   Incluyó La rebelión de las masas [1929] y La deshumanización del arte [1925].  Me sugirió que fuera consciente de la perspectiva liberal meritocrática de Ortega (aunque creíamos que Ortega no se había caracterizado por respaldar abiertamente ninguna ideología política) y que prestara atención a la relevancia que Ortega le da al hombre que es consciente de sus limitaciones, frente al hombre que las ignora:    tanto en el caso de la burguesía como el caso del hombre de masas (que ejemplifican, para él, “la razón sinrazón”) – tal como lo explica en La rebelión de las masas.  Y finalmente, que me centrara en la distinción entre “contenido” y “forma”, para explicar la ruptura de la vanguardia con la burguesía.

VI

El profesor B.B.T. y yo también tuvimos un intercambio de ideas sobre los paralelismos entre el pensamiento platónico y el orteguiano.  Me aconsejó entonces que leyera de nuevo Meditaciones sobre el Quijote [1914] tanto en español como en inglés.  Allí, B.B.T. pensaba que yo podría encontrar un terreno fértil de ideas significativas sobre lo cual reflexionar y, así, poder desarrollar mis propias interpretaciones sobre la naturaleza del conocimiento, sus límites y cómo encontrar el significado del ideal de la verdad.

VII

Al escribir mi último cuento, titulado En la oscuridad el profesor B.B.T. ya me había instado a investigar el significado de “circunstancia”1, tal como define el vocablo Ortega en Meditaciones sobre el Quijote.    Nos quedaba claro que tanto el enfoque fenomenológico de la “circunstancia” de Ortega como la tesis de Platón sobre la transformación del individuo (a través del conocimiento) compartían puntos en común, que nutrirían mi propia narrativa.

VIII

Pero el viaje narrativo resultó ser tan desafiante como el profesor B.B.T. había previsto.  Su crítica, incluso entonces, nunca dejó de ser constructiva y entusiasta.  Su compasión estuvo presente siempre que me percatara de la necesidad de ser claro y preciso.   A menudo citaba la autenticidad y precisión de Ernest Hemingway.

IX

Una y otra vez me invadía un desgarrante dolor al tratar de comprender lo que deseaba expresar.  Liberar mi prosa de la superficialidad era tal cual como respirar profundo para así exhalar la vaguedad de mis angustias   A veces era incapaz de alejarme de lo obvio.  Otras veces, o me escondía detrás de lo complejo o me aferraba al pensamiento abstracto y críptico:  al igual que la jerga reduccionista de las ciencias sociales.  El profesor B.B.T. sugería repetidamente ser breve:  Necesito respetar, ante todo, la sencillez del lenguaje y abrir el camino hacia su acceso.  Llevar a Platón y Ortega al lector era mi responsabilidad.   No debía imitarles ni pensar como ellos, sino representarles auténticamente.   Mi primera obligación es con el lector.   Para ello es esencial evitar eufemismos, aleatoriedad y devaneo.  El asentimiento de una comunicación efectiva es el objetivo de mayor importancia:  sólo me entiendo a mí mismo si comprendo al lector.

X

Las insistencias y críticas de B.B.T., las acogí con entusiasmo.   Su desafío se convirtió en el mío.  Hacía dos décadas que él me exorcizaba las limitaciones:  siempre que trabajáramos juntos, descubriera algo nuevo en mí y me hallara más en sintonía con la lengua inglesa y española.   Habría de ser mi propio traductor.   En dichos casos, tornaría con mayor respeto hacia ambas lenguas.   Habría de captar sus esencias, comparando los dos idiomas, mientras el uno informara al otro.


Prólogo

En el diálogo Teeteto de Platón [alrededor del 369 a.E.C.], Sócrates propone que la extracción extraordinaria de ideas es como producir una vida nueva y purgar lo superfluo e innecesario.  Asimismo, el objetivo aquí es producir y discutir qué es la iluminación y cuáles sean los obstáculos para su logro.  Sócrates me ha ayudado en cómo definir el conocimiento:  ¿Es la moralidad universal?, o incluso, ¿es posible la moralidad objetiva?  Por estas ideas estoy en deuda con Platón y Ortega y Gassett.


Ricardo F. Morín, 20 de diciembre de 2022
Redactor Billy Bussell Thompson


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Platón, busto romano de mármol copiado de un original griego, siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma

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Sócrates, busto romano de mármol copiado de un original griego, segunda mitad del siglo IV, a. E.C., Museos Capitolinos, Roma.

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José Ortega y Gasset (1883-1955), detalle de fotografía de su personificación de Honoré de Balzac, hacia 1900.

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Una forma de objetividad es reconocer la propia subjetividad.   Escasean las metáforas para comprender la realidad.   Uno observa el mundo principalmente a través de su propia experiencia.   Es difícil (aunque no imposible) comprender lo que uno no ha experimentado.   La verdad nunca descansa:   No es singular, sino siempre plural.

Anónimo

1

Índice

  • 1. Conciencia de la Transformación de Uno Mismo:

El principio supremo de la indagación es la conciencia de uno mismo.   En la indagación yacen los comienzos del cambio.

2

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  • 2. La Ausencia de Confianza:

En nuestra era de incredulidad, las historias que nos contamos sobre el pasado y el presente parecen estar en un estado de colapso.   Hay una falta de continuidad en el orden social, cada vez más asfixiado por la desinformación y la desconfianza.   Nos desafiamos unos a otros sobre lo que es real y lo que no lo es.

3

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  • 3. La verdad incuestionable:

Para la mayoría de nosotros, una verdad última sigue siendo inalcanzable y las historias que compartimos del pasado y el presente ya nos parecen inútiles.   Junto con la desaparición de nuestras historias pasadas, la persona que busca la verdad y el acto de dar a una persona lo que le corresponde están en crisis.   Nuestra sociedad se encuentra marcada por una disminución de la confianza en el gobierno y sus instituciones.   Desesperadamente, el desafío de la creación de nuevas historias se ha convertido en un acto de preservación.   Asimismo, la autocracia está en ascenso.   La pérdida de fe ha sembrado la falta de sentido.   ¿Qué puede cambiar este curso de desesperanza?   ¿Cómo nos proporcionaremos una iluminación?

4

Índice

  • 4. La conciencia:

El conocimiento está en constante cambio y el resultado de esta desestabilización nos lleva a un mayor desorden.   Por eso la claridad es más necesaria para que nos entendamos.   Aunque la claridad no siempre sea posible, conocerse a sí mismo es imperativo.   Surge así la contradicción entre continuidad y cambio.   Aquí yace la búsqueda de la supervivencia.

5

Índice

  • 5. El no saber

No saber es la condición esencial de la existencia, a pesar del aparente deseo del saber o de su autoridad.   Saber es indagar.   La realidad, aunque fugaz, inspira a la reflexión.   El cambio comienza con el reconocimiento de que uno no está aislado.   Ni siquiera aquel (quien busca el sacrificio de sí mismo para su avance espiritual), mediante una clausura absoluta, podría librarse de su enredo con el mundo.   Es relacionándose con otras personas y con su entorno que esta persona pueda llegar a saber quién es.   Ni siquiera aquel (quien desprecia supuestos símbolos del miedo) es capaz de liberarse de su angustia.   El miedo a no saber se cierne sobre todos nosotros.   Es posible que esforzarse sin medida alguna (en la aspiración a la racionalidad) sólo nos lleva a terminar siendo irracionales:   Aquí radica el origen de la complejidad dado el abandono de nuestra inocencia.

6

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  • 6. La energía vital:

En su teoría de los atributos culturales (Meditaciones del Quijote, Meditación preliminar; Índice 8, La pantera o del sensualismo, pág. 21), José Ortega y Gasset nos entrega su concepto de razón vital2, es decir, la razón se expresa a través de la vida misma.   Ortega disecciona la mente europea en dos arquetipos:   el “germánico” y el “mediterráneo”.   El primero es meditativo y el segundo sensual.   De lo sensual dice:   El predominio de los sentidos arguye de ordinario falta de potencias interiores.   ¿Qué es meditar comparado al ver?   Apenas herida la retina por la saeta forastera, acude allí nuestra íntima, personal energía, y detiene la irrupción.    La impresión es filiada, sometida a civilidad, pensada – y de este modo, entra a cooperar en el edificio de nuestra personalidad (Meditación preliminar, Índice 8, pág. 41).    La advertencia orteguiana aquí es encontrar un equilibrio entre extremos:   entre los excesos y las deficiencias de estos dos arquetipos.

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  • 7. La agencia humana y su historia:

Una segunda fuente para mi comprensión de la mente y los sentidos se encuentra en la República de Platón (politeia) en el diálogo de Sócrates sobre la alegoría de la caverna al comienzo del Libro Siete.   Han habido una gran cantidad de interpretaciones.   La mía diferirá.   Mi propósito es escindir el significado del sufrimiento de la mente del esclavo liberado.   Una vez liberada de las ataduras, la mente del liberto (que asciende a la boca de la cueva) descubre su propia visión del mundo.   A pesar del resplandor del sol, la mente sin educación es transformada por el nuevo ideal de la verdad.   Pero la conciencia del cautivo (que se ha quedado atrás) es inseparable de la condición del liberado:    El esclavo (que permanece en las sombras del sufrimiento) no es enteramente separable de la memoria del liberado.   Debido al sufrimiento, la mente del hombre libre es consciente de su incapacidad para saber.   Al mismo tiempo, la mente libre aprende cómo su propia transformación puede depender del nuevo curso de su historia.   Las acciones de esta mente permiten la participación en el cambio y el cambio es posible a través del examen de si misma.   La mente se examina mientras medita sobre sí misma.   La meditación no es una obligación, sino una necesidad.   La meditación es el resultado de la libertad de la mente y es el medio para comprender sus propias elecciones al aproximarse a la verdad:   Pero dicho esfuerzo es tan sólo una aproximación a la infinitud de la verdad.   Aquí la mente liberada (deficiente frente al mundo visible), reconoce que ni sus acciones ni el curso de su historia son predecibles.   Ellos (es decir, las acciones de la mente y el curso de su historia) provienen de múltiples posibilidades sobre la creencia.

La mente liberada se da cuenta de que el tiempo es una ilusión:   el tiempo es fugaz, falso y engañoso.   La mente, habitualmente atrapada en su pasado, permanece sumida en el dolor.   La ira (que viene del pasado en busca de la justicia) tiene por único fin la manifestación del resentimiento.   Pero la ira sólo logra poner su existencia en suspenso, a la espera de una compensación.   Así como el tiempo es una ilusión para la mente, la búsqueda de una reparación emocional también es ilusión.   Para la mente, no hay reivindicación al estar atrapada en el laberinto de la ilusión.   Sólo la racionalidad del amor activo puede compensar la ira.   Si la mente del amador de la verdad puede proyectarse amorosamente en la dirección que le molesta, entonces surge hacia sí misma un sentido liberador de valentía.   La ira y el sentimentalismo son lo mismo.   A medida que la fuerza del amor se deshace del sentimentalismo, los deseos se disipan y con ellos también la ira.   Por lo tanto, la violencia deja de existir.   La alegoría de la mente de Sócrates (liberada del sufrimiento) lleva todas estas implicaciones y comparaciones hacia una meta de la Verdad Ideal.

8

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  • 8. Vigilancia e intuición:

En un esfuerzo por entender el concepto de circunstancia de Ortega, su Meditación preliminar, Índice 6, Cultura mediterránea, nos explica que cuando transita por el paisaje de las ideas tiene que meditar con atención sobre la influencia de sus experiencias.   No hace falta decir que esto incluye todas sus relaciones pasadas y presentes, las geografías que ha ocupado y todo aquello que ha hecho en la vida.   Ortega nos advierte de los riesgos de este acto de meditación:   Una viva sospecha nos acompaña de que a la menor vacilación por nuestra parte, todo aquello se vendría abajo y nosotros con ello.   Tiene que sostenerse el ánimo a toda tensión; es un esfuerzo doloroso e integral – Índice 6, Cultura Mediterránea, pág. 13.   En los diálogos de Platón se encuentra el mismo “esfuerzo”:   Mediante el acto de la meditación, el hombre libre de Sócrates extrae transformación y redención de las estrechas hendiduras entre las ideas:   La meditación ayuda al amador de la verdad a acercarse a su condición existencial; le ofrece la posibilidad de reaccionar de distinta manera y le sostiene con la misma energía que le da la vida.

9

Índice

  • 9. La Fe:

Para la persona quien teme a la meditación, tener fe en las propias acciones y cambios no es suficiente para cumplir con su propia indagación.   Para ella, la historia no está viva:   está en un punto sin retorno; está muerta.   Ésta está en un mundo de desesperación, rodeada por la danza proverbial de las sombras.   Ésta está atada por sus propias cadenas, está abrumada por la falta de confianza y, sin confianza, es incapaz de dar el salto de fe.   Ni la noción de individualidad ni el concepto de libre albedrío parecen ya satisfactorios.   Ésta renuncia a su propio poder sin darse cuenta de las fuerzas que le influyen en la mente y los sentidos.   Su negativa a enfrentarse a la realidad se convierte en una decisión consciente de supresión de la verdad.   Este rechazo es antitético a la vida misma.   Para ella, la vida se convierte en esclavitud, oponiéndose al hombre liberado (quien reflexiona sin miedo sobre la realidad del mundo visible) y oponiéndose a quien se adentra apasionadamente en la exploración de lo desconocido.   La mente del liberto representa el concepto de la razón vital orteguiana, deseosa de ser absorbida por ella.

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  • 10. La salvación:

Las distracciones pueden ser múltiples.   En éste análisis lúdico orteguiano, él nos da a entender que si la meditación se ajena por los miedos (de la mente), ésta puede sucumbir a la obsesión, e incluso caer desesperadamente en manías.   Ortega valora la relevancia de cada influencia.   Él entiende que un ser humano y un paisaje no están separados.   La unidad de los dos significa su salvación por “circunstancia”:   Así su apreciación concluye “Yo soy yo y mi circunstancia, si no la salvo a ella no me salvo yo –   Al Lector, Índice, pág. 41. (lo que a mi ver interpreto “soy yo mismo [en un mundo de percepciones] y en relación al mundo material que me rodea; si no los salvo a ambos, no me salvo a mí mismo”).   Por cierto, aquí Ortega se adelanta a su conclusión con lo que habría leído en la Biblia:   Benefac loco illi quo notus es3 (traducido libremente al español “haz el bien en el lugar donde eres conocido”).   Con estas declaraciones, Ortega refuerza la idea de que es incapaz de desvincularse de su entorno.   Para que florezca y encuentre la salvación, será necesario que se comprenda y proteja lo que comparte con el entorno.

Paralelo al análisis de Ortega se encuentra la alegoría socrática de Platón, quien nos enseña el efecto que el mundo visible ejerce sobre nuestra mente.   Desde estas dos perspectivas, la mente tiende a desanimarse por lo que no comprende.   La conciencia del mundo visible (de su influencia) es para ambos pensadores un instinto de sobrevivir.   Ser consciente, por lo tanto, significa estar en silencio, lejos del sonido ensordecedor del miedo.   Mientras haya miedo, promovido por el progreso de la civilización, no habrá movimiento ni separación de las distracciones.   Enfrentar el miedo significa dispersarlo, hacerlo desaparecer.   La dispersión del miedo es fundamental para la comprensión del yo.   Liberarse del miedo es enfrentarse al propio no-saber.   La esclavitud (en el fondo de la cueva) equivale a aceptar las imposiciones del miedo.   Tanto para Ortega como para Platón, la oposición a la indiferencia se encuentra a través de la meditación; así uno es capaz de estar alerto y conocerse a sí mismo.

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  • 11. La percepción y su narrativa:

Vivir en la incertidumbre es la verdadera confianza.   El hecho es que los seres humanos se organizan en torno a las historias.   Cada historia creada es un acto de piedad que consuela la mente.   Sin embargo, las historias nuevas y antiguas son herramientas provisionales que llenan la ausencia de la fe, volcándose sobre el vacío de nuestra ignorancia.   Sea cierta o no, ella, la historia, es decir contar historias, nos rescata de nosotros mismos.   Contar historias es la razón vital.   Ella busca exponernos al mejor significado posible:   Éste se encuentra invirtiéndonos en el afán de superar la adversidad.   Éste se encuentra en algo nuevo dentro de sí mismo.   Éste se encuentra en el dolor constante por superar la adversidad.   Este proceso revela que la verdad no se puede controlar.   La felicidad depende de cómo se acepte la ausencia de control de la verdad y de cómo se deje de sentir aversión sobre las limitaciones.

La narración nos persuade a pensar que las propias acciones se extiendan profundamente en la conciencia misma.   Es posible que no se derrote el elemento preconcebido, porque el sesgo siempre está presente.   El sesgo persistirá siempre que exista el sufrimiento, la incertidumbre y el esfuerzo por superarlos.   El sesgo acecha detrás de nuestros pensamientos (insidioso y en silencio) y permanece allí a pesar de sus efectos nocivos.   La ironía es que si uno desterrara las ideas preconcebidas del sesgo, no habría progreso.   En cualquier historia, si el héroe supera la villanía del sesgo4 es porque él es capaz de cambiar:    Si no se vence el sesgo, uno deja de crecer y no hay transformación.   El éxito es menos importante que la lucha por superar los prejuicios.   Cada vez que la adversidad aparece, es un momento para reconocer esos prejuicios que aún residen en nosotros.   El éxito no proporciona la felicidad.   La felicidad sólo es posible a través del auto-descubrimiento.   Como tal, uno se convierte simbólicamente en la humanidad entera.   Ésta es su máxima expresión:   La creación de algo nuevo ante la adversidad, y cuanto peor es la adversidad, mayor la oportunidad.

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  • 12. El Razonamiento (sensibilidad versus sapiencia):

La conciencia de la ficción es la apreciación de la paradoja entre lo que es y lo que no lo es.   El conocimiento expresa no sólo la conciencia de las propias intuiciones y sentidos, sino también el propio razonamiento sobre dichas intuiciones, sentidos o impresiones.   Es decir, cada vez que examinamos la percepción de nuestra memoria, estamos reinterpretando nuestra comprensión.   Así, la forma en que nos organizamos y nos observamos proviene de nuestros deseos y sentidos del momento, aunque estos (los deseos y sentidos) parten de nuestros recuerdos y preferencias habituales.   Por ejemplo, es difícil para nosotros estar de acuerdo con un origen en común, o con un hilo singular que nos una como especie, incluso si sea cierto.   Lo queramos o no, nos definimos por las historias que creamos ya sea por grupos o por países.   Al hacerlo, en realidad estamos imaginando creencias separadas y fragmentadas de que pertenecemos a lugares, culturas y razas distintos, aunque exista ese hilo insoslayable que nos conecta como especie.   Tal composición se encuentra en nuestra oriundez (común y preponderante) aunque nuestra percepción se resista a formar parte de ella.   Nos dotamos de diferencias dictadas por el condicionamiento de nuestras percepciones.   En La rebelión de las masas, Ortega se refiere a esta condición como la razón de sinrazón, lo que explica nuestra arraigada irracionalidad y fragmentación.   El conocimiento implica mayor contenido del que se adquiere a través de la forma de nuestras percepciones.   Nuestras mentes tienden a abreviar la historia, aun creyendo inclusive que no existe.   Sin embargo, cuanto más expansiva es la “circunstancia” o condición de aprehensión de la verdad, la razón vital de nuestra existencia nos exije mayor madurez.

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  • 13. La inteligencia Emocional:

Si un ser humano es la medida de todas las cosas, entonces también se llega a apreciar que el conocimiento es siempre inconcluso.    De allí que sea productivo que la meditación fortalezca nuestra mente, nuestra memoria, nuestro aprendizaje, nuestra atención y nuestra autoconciencia.   La meditación sobre el pasado, el presente o el futuro depende de la inteligencia emocional.   La inteligencia emocional se basa en captar la importancia de las influencias de todas las áreas de la vida del ser humano, desde su comportamiento hasta la relación con los demás y su entorno.   La realidad última depende del nivel de madurez de una persona, y es a través de la meditación que uno madura.   Por lo tanto, la forma en que una persona elija actuar depende de la meditación y de su nivel de inteligencia emocional.   Para el fanático (obsesionado por el miedo) la meditación parece imposible.   Para el fanático, la duda no es el problema.   El fanático busca reiterar ciclos.   El fanático no logra comprender que el miedo al cambio es irracional porque es inevitable que el mundo esté en constante evolución.   El fanático busca cambiar lo que está fuera de su control.   Desde el punto de vista orteguiano, esta persona, dentro de un sistema de valoración cerrado, no encuentra consuelo alguno porque su mente teme lo que no entiende.

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  • 14. Conexión con nuestro universo:

Desde la perspectiva orteguiana del Quijote de Cervantes [1605-15], aprendemos que la valentía que otorga el Amor – no el odio – nos impulsa a comprender … las materias de todo orden que la vida, en su resaca perenne, arroja a nuestros pies como restos inhábiles de un naufragio (Al lector, Índice, pág. 18)  : Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón -ὥστε τὀ πᾶν αὐτῶ ξυνδέδέσθα- «a fin de que todo en el universo viva en conexión.»   La inconexión es el aniquilamiento.   El odio que fabrica la inconexión , que aísla y desliga, atomiza el orbe y pulveriza la individualidad (Al lector, Índice, pág.18).  

Así, Ortega explica que el imperativo para el individuo es reflexionar sobre su circunstancia
(in medias res) … para despertar el deseo de comprender lo universal en sus particulares:   Desconocer que cada cosa tiene su propia condición y no la que nosotros queremos exigirle es, a mi juicio, el verdadero pecado capital, que yo llamo pecado cordial, por tomar su oriundez de la falta de amor.   Nada hay tan ilícito como empequeñecer el mundo por medio de nuestras manías y cegueras, disminuir la realidad, suprimir imaginariamente pedazos de lo que es.   Esto acontece cuando se pide a lo profundo que se presente de la misma manera que lo superficial.   No; hay cosas que presentan de sí mismas lo estrictamente necesario para que nos percatemos de que ellas están detrás ocultas. [Al lector, Índice 2, Profundidad y superficie, pág. 4].

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  • 15. Una perspectiva heroica:

Antes del fanatismo viene el conocimiento.   El fanatismo es para Ortega el rechazo a las perspectivas ajenas.   Ortega subraya el razonamiento como un acto de caridad, que descubre las diferencias, y sugiere que la comprensión sea como el vuelo de un águila en círculos.   Para Ortega y Cervantes ser uno mismo es igual.   El acto de ser un héroe se lleva a cabo a través de una exploración sensible de la naturaleza de la realidad.   En la opinión de Ortega, así como la de Cervantes, la voluntad del héroe pertenece sólo a la persona de Don Quijote:   Porque ser héroe consiste en ser uno mismo.   Si nos resistimos a que la herencia, a que lo circunstante nos impongan unas acciones determinadas es que buscamos asentar en nosotros, y sólo en nosotros el origen de nuestros actos.   Cuando el héroe quiere, no son los antepasados en él o los usos del presente quienes quieren, sino él mismo.   Y este querer él ser él mismo es la heroicidad – Meditación Primera, Índice 15–pág. 41.  
No creo que exista especie de originalidad mas profunda que esta originalidad “práctica”, activa del héroe.   Su vida es una perpetua resistencia a lo habitual y consueto.   Cada movimiento que hace ha necesitado primero vencer a la costumbre e inventar una nueva manera de gesto.   Una vida así es un perenne dolor, un constante desgarrarse de aquella parte de sí mismo rendida al hábito prisionera de la materia. – Índice 15–pág. 63.

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  • 16. El temor al azar:

Una vida socrática es heroica, que de no examinarse, carece de valor.   En el dolor de vivir, uno tiene que aceptar como un hecho que el examen del miedo es parte integral de la vida.   Junto al miedo el destino nunca es postizo.   El destino no engaña, ni siquiera en nuestros infortunios.   El destino no es ilusorio, aunque nuestra percepción del tiempo pueda serlo.   De hecho, el destino nos desafía a cambiar.   El destino nos protege del estancamiento.   Lo que parece ser aleatorio es de cierto una oportunidad para aprender.   En consecuencia, el destino no existe para atacar, sino para estimular nuestra transformación.   El destino no se mueve en nuestra contra, sino que nos reta al cambio mientras enfrentamos obstáculos.   El destino ataca el miedo, porque el miedo de uno le quita la capacidad de tomar decisiones.   Las narrativas del miedo resultan ser profecías que se cumplen por nuestra propia voluntad.   El miedo engaña y nos define.   Dificulta la supervivencia.   El miedo nos impide evolucionar, nos paraliza:   Nos resistimos a abandonar los hábitos por miedo.   Así pues, uno languidece y no logra vencer la incredulidad.

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  • 17. La infinitud y la humildad:

La sombra de la vergüenza representa los defectos de uno.   La sombra es lo que uno desea no ser, aunque su sombra sea parte de uno mismo.   Sólo cuando la sombra es aceptada con humildad, sus defectos se disuelven en el acto de uno amarse con compasión.   En última instancia, el fanático reconocerá su inconclusión y se dará cuenta de su propia insignificancia:   La incapacidad para la plenitud se cierne sobre todos nosotros.   Sólo a través del riesgo se aprende el alcance de los propios límites y cuánto más allá se pueda llegar.   Avanzamos a través de la humildad y la humildad no aprecia ni la verdad ni la falsedad.   La humildad es el reconocimiento del propio alejamiento inexorable de la verdad infinita.   Sólo la voz humilde reconoce la lucha por el entendimiento y la necesidad del cambio.   Ambos (el entendimiento y el cambio) dependen de huir de la desesperación.   Para Ortega y para Platón, la marca de los más altos valores se encuentra en nuestra vulnerabilidad.   Si nos entregamos absolutamente, entonces encontramos nuestra redención.

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  • 18. Epilogo:

Mi perspectiva trata a Platón y Ortega fuera de cualquier justificación teísta.   Dejo de un lado cualquier aplicación de Platón al pensamiento teológico.   Asimismo, hago caso omiso a cualquier intento de atribuir respetos religiosos a la teoría de los valores de Ortega.   Para mí, sus nociones, cuando se sobreponen a la teología, no son creíbles.   Entiendo a Platón y Ortega en su búsqueda de los límites de la percepción y la racionalidad humana.   Los esfuerzos de sobreponer sus filosofías como fundamentos religiosos no se prestan a mi meta.

La profundidad del pensamiento de Platón y Ortega no se encuentra en un método para la moral objetiva.   Tampoco es relativismo ético, ni siquiera se encuentra en una pretensión de universalidad.   Las ideologías sobre la moralidad se derivan de normas dictadas por teólogos, aparentemente reacios a renunciar a la autoridad.   El papel del amador de la verdad no consiste en dictar la virtud ni definir una deidad.   Sus enseñanzas se centran en el racionalismo.   Su humanismo se asienta sobre un concepto de justicia que es antitético a normas fijas.   El paradigma del verdadero conocimiento – según Platón y Ortega – se deriva del amor basado en la originalidad del heroísmo.   Este amor no reside fuera del individuo.   No se encuentra en la promesa de un mundo trascendental.   El amor encuentra la salvación del ser humano en el presente.   Él requiere del propio examen de uno mismo.   Y sobre todo, este amor es una liberación del entumecimiento de la mente.

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Notas finales:

1 “Circunstancia“, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón por su existencia.

2 “Razón vital” se erige como la filosofía de Ortega y Gasset que considera que la razón es, en sí misma, una expresión de la vida, mientras que “circunstancias”, es una representación de la suma total de influencias en la conciencia del individuo, expresando así la razón de su existencia.

3 He fallado en encontrar esta nota bíblica.

4  La villanía del sesgo se refiere al concepto definido por la filosofía del Dr. John Stutz (autor, psiquiatra y terapista en Bronx, NY) tal cómo lo arguye en el documental de Netflix dirigido por Jonah Hill.    Veáse en https://youtu.be/UKCmefQdplI

Bibliografía

  • Ortega y Gasset, José, Meditaciones del Quijote:    Meditación Preliminar y Meditación Primera, (Madrid:, PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES, SERIE II.—VOL. I, Universidad Central de Madrid, 1914)
  • Ortega y Gasset, José, La rebelión de las masas (Madrid: Editorial Revista de Occidente, 1928).   Fue publicado inicialmente en 1927 como una serie de artículos en el diario El Sol, antes de ser recopilado en formato de libro en 1928 por Editorial Revista de Occidente en Madrid.
  • Cervantes Saavedra, Miguel de. Las aventuras de Don Quijote de la Mancha [1605–1615].   Edición de Francisco Rico (Barcelona: Instituto Cervantes, 1998)