Ricardo F. Morín Abril 17 a mayo 14 de 2026 En tránsito
1. Hay personas que aspiran a vivir como individuos de convicción porque la convicción parece inseparable de la dignidad, la seriedad o la sustancia moral. Permanecer fiel a ciertos principios a pesar de la incertidumbre, la presión o las consecuencias puede parecer necesario para conservar el respeto por uno mismo. Una persona de convicción puede parecer menos vulnerable a la confusión, al miedo o a las circunstancias que alguien que cambia con demasiada facilidad según los acontecimientos o las opiniones.
2. Bajo ciertas condiciones, la convicción permite resistir. Una persona puede continuar actuando a pesar del peligro, el cansancio o el sacrificio porque algo parece más importante que la comodidad, la aprobación o la propia preservación. Comunidades enteras también pueden permanecer unidas por convicciones capaces de sobrevivir a la pérdida, a la adversidad o a la inestabilidad.
3. Sin embargo, las convicciones rara vez permanecen privadas durante mucho tiempo. Influyen en la manera en que las personas juzgan la conducta, la lealtad, la responsabilidad y la confianza. Lo que para unos parece un principio firme, para otros puede parecer rigidez, intolerancia o peligro. La misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar las condiciones bajo las cuales las personas continúan reconociéndose fuera de la sola pertenencia.
4. A veces, la incertidumbre se vuelve difícil de soportar. Una persona puede buscar convicciones no sólo porque parezcan verdaderas, sino porque ofrecen continuidad cuando las circunstancias dejan de parecer suficientemente estables para soportarse sin alguna certeza.
5. Una convicción deja de ser una simple opinión cuando una persona comienza a depender de ella para conservar el respeto por sí misma. La convicción entra en la conducta. Determina lo que puede admitirse sin humillación y aquello que debe resistirse para que la persona continúe siendo coherente ante sí misma. A partir de ese momento, el desacuerdo deja de aparecer únicamente como diferencia. También puede aparecer como exposición.
6. Bajo esas condiciones, una persona puede comenzar defendiendo no sólo ciertos principios, sino la imagen de sí misma organizada alrededor de ellos. La contradicción se vuelve difícil de tolerar porque la incertidumbre ya no amenaza solamente una idea. Amenaza la sensación de que la propia vida todavía se mantiene unida, la pertenencia, el juicio y la idea de que la propia conducta continúa justificada ante los demás y ante uno mismo.
7. Sin embargo, las convicciones no se sostienen únicamente a través del conflicto. También persisten mediante la familiaridad. Familias, amistades, comunidades religiosas, movimientos políticos y naciones pueden permanecer unidos por convicciones capaces de sobrevivir al sacrificio, a las privaciones o a los cambios históricos. Una persona puede heredar convicciones mucho antes de examinarlas plenamente, así como otra puede sentirse incapaz de abandonarlas a pesar de la duda o la decepción prolongadas.
8. Las convicciones no pueden comprenderse únicamente por medio de la lógica. Las personas pueden continuar defendiendo ideas que ya no corresponden por completo con las circunstancias porque la convicción no depende solamente de las pruebas. También puede depender de la memoria, la lealtad, el miedo, la gratitud, el sufrimiento o de la necesidad de preservar continuidad con aquellos a través de quienes la vida adquirió sentido por primera vez.
9. A veces, la convicción permite resistir condiciones que de otro modo reducirían la conducta a la conveniencia o al miedo. Una persona puede continuar defendiendo a otra frente a la hostilidad pública, mantenerse fiel a una responsabilidad a pesar del cansancio o negarse a participar en aquello que considera degradante incluso cuando conformarse sería más seguro. Bajo esas condiciones, la convicción puede preservar la dignidad precisamente porque resiste adaptarse únicamente a las circunstancias.
10. Sin embargo, la misma convicción capaz de sostener el valor también puede estrechar la percepción sin anunciar plenamente el cambio. Una persona puede comenzar juzgando la conducta a través de la pertenencia antes de atender a la singularidad de quienes tiene delante. Lo que confirma la convicción parece digno de confianza con mayor facilidad; aquello que la perturba comienza a exigir justificación incluso antes de ser considerado con imparcialidad.
11. Este cambio no siempre aparece mediante el fanatismo. También puede surgir a través de hábitos ordinarios de interpretación. Ciertas palabras comienzan a cargar significados fijos antes de que las conversaciones terminen de desarrollarse. Ciertas personas parecen previsibles antes de haber hablado lo suficiente como para ser reconocidas fuera de las suposiciones heredadas. La convicción deja entonces de ser únicamente una forma de juzgar lo que debe confiarse, defenderse o rechazarse. Comienza a organizar la percepción misma.
12. Bajo esas condiciones, la pluralidad se vuelve difícil de sostener. No porque la diferencia desaparezca, sino porque deja de percibirse como algo a través de lo cual el juicio todavía puede ampliarse. Comienza a percibirse, en cambio, como inestabilidad, confusión o debilidad moral.
13. Una persona todavía puede considerarse justa bajo esas condiciones. Puede continuar escuchando, hablando con calma o permitiendo el desacuerdo mientras los límites de lo aceptable ya se han estrechado interiormente. La convicción no siempre anuncia el momento en que el juicio comienza a organizarse alrededor de la pertenencia. El cambio puede avanzar con suficiente lentitud como para parecer compatible con la imagen que una persona conserva de sí misma como razonable, íntegra o humana.
14. A veces, las convicciones sobreviven menos porque permanezcan intactas que porque abandonarlas obligaría a reinterpretar demasiado de la propia vida. Amistades, sacrificios, lealtades, humillaciones y esperanzas pueden permanecer ligadas a convicciones que ayudaron a organizar el sentido de experiencias anteriores. Bajo esas condiciones, la duda deja de amenazar únicamente una conclusión. Amenaza la continuidad con la persona que atravesó esas experiencias.
15. Por esta razón, las personas pueden continuar defendiendo convicciones que ya no corresponden plenamente con lo que perciben en privado. La lealtad pública y la incertidumbre interior pueden coexistir durante largos períodos sin reconciliarse del todo. Una persona puede continuar repitiendo ciertas creencias porque abandonarlas parece más desorientador que conservarlas a pesar de la contradicción.
16. Sin embargo, la incertidumbre también posee peligros propios. Una persona incapaz de convicción puede volverse vulnerable a cada presión inmediata, a cada cambio de opinión o a cada promesa de aceptación. La conducta comienza a adaptarse con demasiada facilidad a las circunstancias porque nada permanece suficientemente estable para resistir la conveniencia, el miedo o la necesidad de pertenecer. Bajo esas condiciones, la propia apertura puede perder coherencia.
17. Los seres humanos permanecen expuestos a peligros opuestos que no llegan a resolverse mutuamente. La convicción puede preservar la dignidad mientras estrecha la pluralidad; la incertidumbre puede preservar la apertura mientras debilita la conducta. La dificultad no desaparece escogiendo enteramente una condición sobre la otra, porque ambas nacen de necesidades inseparables de la vida humana.
18. Esta tensión se vuelve visible durante períodos de inestabilidad. Bajo el miedo, la humillación, los cambios sociales rápidos o la incertidumbre prolongada, las personas suelen buscar convicciones capaces de restaurar continuidad con rapidez. Un movimiento, una nación, una fe, una ideología o un líder pueden entonces parecer no sólo persuasivos, sino necesarios para preservar coherencia frente a condiciones que ya no parecen soportables sin alguna certeza.
19. Bajo tales circunstancias, la pluralidad puede comenzar a percibirse menos como una condición de la vida cívica que como un obstáculo para la estabilidad misma. El desacuerdo comienza a asociarse con fragmentación; la vacilación con debilidad; la ambigüedad con peligro. Lo que antes parecía compatible con la convivencia puede comenzar a parecer incompatible con el orden, la pertenencia o la supervivencia.
20. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones, las convicciones nunca llegan a completarse plenamente. Las contradicciones continúan apareciendo dentro de cada sistema de certeza porque la experiencia humana excede las estructuras mediante las cuales las personas intentan mantener unida la experiencia. Una persona puede defender convicciones públicamente mientras permanece interiormente enfrentada a experiencias que resisten reconciliarse por completo con ellas.
21. Las convicciones pueden preservar y alterar las relaciones humanas al mismo tiempo. Permiten sacrificar, resistir, permanecer fieles y actuar con decisión bajo incertidumbre. Sin embargo, también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse fuera de lealtades, creencias o temores heredados. Las mismas convicciones capaces de sostener la responsabilidad también pueden impedir que las personas se perciban unas a otras fuera de los límites que la propia convicción ya ha establecido.
22. Las convicciones no desaparecen porque las personas no pueden vivir mucho tiempo sin creer que ciertas cosas deben defenderse, preservarse o permanecer fieles a pesar de la incertidumbre. Bajo esas condiciones, la convicción puede permitir el valor, el sacrificio o la resistencia allí donde de otro modo prevalecería solamente el miedo. Sin embargo, esas mismas convicciones también pueden separar a las personas antes de que hayan llegado a encontrarse plenamente fuera de lealtades, creencias o temores heredados.
Los jóvenes crecen escuchando un lenguaje de promesa. Directores escolares, maestros y oradores de graduación presentan el lenguaje cívico de la libertad, la igualdad de valor y la oportunidad en aulas, en asambleas escolares y en ceremonias de graduación. Los jóvenes entran en la vida esperando que la dignidad les pertenezca no por mérito sino por derecho.
El mundo en el que los adolescentes crecen muestra otra medida de valor. Las universidades seleccionan solicitantes. Los empleadores eligen candidatos. Periódicos, medios televisivos y redes sociales presentan la distinción visible como referencia pública. En este entorno el valor se vincula menos al hecho de estar vivo que a los resultados obtenidos: calificaciones, admisión, ingresos, reconocimiento. El lenguaje público afirma la igual dignidad y la oportunidad, mientras la vida cotidiana premia la distinción alcanzada.
Las consecuencias de esta tensión durante la adolescencia no pueden reducirse a una sola causa. Sin embargo, las estadísticas sobre el suicidio adolescente ofrecen un punto de observación desde el cual examinar las presiones que afectan a la vida de los jóvenes. En los Estados Unidos, el suicidio figura entre las principales causas de muerte entre los quince y los diecinueve años. Cada año miles de adolescentes se quitan la vida. Cifras semejantes aparecen en otros países cuyas leyes y discurso público afirman la libertad y la dignidad. Estas cifras no revelan los pensamientos de ningún adolescente en particular, pero muestran que muchos jóvenes llegan a un punto en el que la vida deja de presentarse como una posibilidad abierta.
Cada suicidio tiene su propia historia. Los padres buscan razones en la presión escolar, la humillación, la soledad o una desesperación que nadie reconoció a tiempo. Los médicos recetan medicamentos. Los consejeros ofrecen orientación. Estos esfuerzos ayudan a algunos adolescentes y no alcanzan a otros. El aumento continuo de estas muertes dirige la atención hacia el mundo en el que los adolescentes crecen.
Desde la infancia muchos estudiantes aprenden que el reconocimiento sigue al éxito visible. Maestros y escuelas elogian las calificaciones más altas y celebran a los estudiantes más destacados. Los jóvenes observan a compañeros recibir premios y cartas de admisión mientras otros no reciben ninguno. En tales condiciones los adolescentes comienzan a medirse según el éxito de los demás.
El carácter adquisitivo y ostentoso de la vida contemporánea se vuelve visible en pantallas, medios de comunicación y redes sociales. En ellos predominan el dominio y el estatus social. Los jóvenes aprenden a presentarse como excepcionales antes de conocerse a sí mismos, y aprenden no solo a observar estas imágenes sino también a reproducirlas. La cultura circundante celebra el logro mientras deja poco espacio para la vacilación o el fracaso, aunque ambos pertenecen al tránsito hacia la adultez.
El fracaso forma parte del aprendizaje, y el descubrimiento comienza con la incertidumbre. Esa comprensión proviene de la observación repetida a través de la historia y del propio proceso de descubrimiento. En ese proceso el error se deja atrás hasta dar con lo que resulta inteligible y comprensible. Sin embargo, el entorno circundante continúa otorgando un honor visible al éxito. Los jóvenes encuentran así dos mensajes al mismo tiempo: el estímulo para soportar el fracaso y una exhibición pública que celebra el logro.
En este entorno el trabajo de formar relaciones humanas se vuelve difícil. Las amistades se rompen. Las relaciones íntimas comienzan con incertidumbre. La experiencia sexual rara vez coincide con las imágenes que circulan en público. Estas dificultades forman parte del aprendizaje de la vida adulta. Sin embargo, el contraste entre las imágenes públicas de plenitud y la experiencia más lenta de la vida real puede llevar a algunos adolescentes a juzgarse como fracasados.
El juicio sobre el propio valor no permanece externo. Se convierte en vergüenza. La vergüenza busca ocultarse. Un adolescente que carga con esa vergüenza puede seguir apareciendo entre amigos, compañeros y familia mientras interiormente se distancia. El reconocimiento promete confirmar el valor, pero despierta una necesidad de valía que no puede fundarse en el reconocimiento mismo. Bajo esa vergüenza se encuentra otra ausencia: la ausencia de amor propio. Sin alguna medida de estima por la propia existencia, el reconocimiento de los demás se convierte en la única fuente de valor, y el fracaso se transforma en un veredicto sobre el yo.
Las expectativas familiares pueden intensificar esta carga. Los padres suelen transmitir esperanzas formadas por su propia experiencia. Pueden creer que el éxito protegerá a sus hijos de las dificultades que ellos mismos encontraron. Cuando los logros de los jóvenes parecen confirmar los sacrificios o aspiraciones de generaciones anteriores, la presión puede volverse más pesada que un simple deseo de bienestar.
La comunicación rodea a los jóvenes de imágenes y actividad. Un adolescente puede encontrarse entre muchas señales y aun así enfrentar la angustia en soledad. Los encuentros sociales se convierten en ocasiones de exhibición más que en oportunidades para formar confianza con el tiempo. El adolescente aparece presente en la vida social mientras lleva consigo una sensación de vacío. Cuando el lenguaje de la dignidad ya no corresponde con la experiencia de la vida, las palabras públicas mismas comienzan a perder su significado.
La adolescencia no crea esta condición; la adolescencia la revela. Muchos adultos viven bajo la misma presión de demostrar su valor mediante el éxito y el reconocimiento. El trabajo, la familia y la rutina permiten que la vida continúe, pero el sentimiento de insuficiencia no siempre desaparece. Algunos lo llevan durante décadas. Los adolescentes encuentran la condición antes de que esos apoyos se establezcan. Algunos la enfrentan antes de poseer la fuerza necesaria para soportarla.
Esta condición no pertenece solo al presente. Registros de siglos anteriores describen la misma desesperación, la misma vergüenza y el mismo acto de autodestrucción entre los jóvenes. Las formas que rodean la vida han cambiado a lo largo del tiempo. La autoridad religiosa imponía antes sus juicios. El honor familiar y el estatus heredado colocaban otras cargas sobre los jóvenes. La vulnerabilidad humana ha permanecido constante aun cuando el entorno ha cambiado.
La cuestión no reside por lo tanto en si la desesperación entre los jóvenes es nueva. La cuestión reside en cómo las condiciones del presente moldean esa vulnerabilidad dentro de una sociedad que habla con frecuencia de dignidad y oportunidad y aun así produce circunstancias en las que algunos jóvenes llegan a creer que la vida no les ofrece lugar.
Una sociedad puede crear condiciones que intensifican la desesperación, la vergüenza y la presión. Esas condiciones merecen examen y crítica. Sin embargo, el acto de quitarse la vida no puede atribuirse a otros del mismo modo en que esas condiciones pueden examinarse colectivamente.
Con el tiempo muchas personas llegan a reconocer una distinción difícil: sentir profundamente el dolor de otra persona no es lo mismo que ser responsable de su elección. Se puede llevar empatía, duelo e incluso una persistente sensación de vínculo con ese sufrimiento sin haber sido el agente del acto mismo.
Cuando estas muertes se acumulan de este modo, los observadores recurren a un lenguaje especializado en busca de explicación. Los términos académicos intentan describir el problema mediante categorías y teorías. Ese lenguaje puede organizar la discusión, pero las palabras mismas no eliminan el hecho de que miles de adolescentes se quitan la vida cada año. Las cifras permanecen visibles sin la ayuda de vocabulario técnico.
Ricardo Morín Baluarte Anteriormente titulada Buffalo Series, Nº 3 Óleo sobre lino, 60 × 88 pulgadas 1980 Exhibida: Hallwalls Contemporary Arts Center, Buffalo, Nueva York, mayo de 1980. Destruida mientras se encontraba bajo custodia de terceros y existente únicamente como registro archivístico digital.
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No llegué a conocer las fronteras que más tarde gobernarían mi escritura a través de la instrucción ni de la doctrina, sino por una observación hecha incidentalmente por mi padre cuando yo era todavía un niño. Él afirmó, sin vacilación ni desarrollo ulterior, que no podía imaginar su existencia bajo un sistema político que amenazara la libertad individual y la autonomía privada, y que la vida bajo tales condiciones dejaría de ser una vida que pudiera habitar. La formulación era extrema, pero incluso entonces resultaba evidente que no estaba concebida como propuesta, amenaza ni puesta en escena. Funcionaba, más bien, como un límite: una indicación de hasta dónde la supervivencia, una vez despojada de dignidad, dejaría de merecer el nombre de vida.
La fuerza de aquella afirmación no residía en su contenido literal, sino en la claridad con la que establecía un límite. Las expresiones extremas suelen atraer atención por exceso, pero esta operaba de otro modo. No buscaba reacción ni adhesión. Cerraba una puerta. Lo que se marcó fue el punto en el que el juicio dejó de ser negociable, no porque el compromiso se volviera difícil, sino porque la continuidad misma perdió coherencia. Lo que se marcaba no era expresión, sino diagnóstico. Identificaba un umbral más allá del cual resistir equivaldría a consentir la propia negación.
Esa distinción —entre vivir y simplemente persistir— tardaría años en adquirir todo su peso. Es posible seguir con vida y, sin embargo, dejar de habitar las condiciones bajo las cuales la acción, la responsabilidad y la elección siguen siendo inteligibles. El cuerpo perdura; los términos de la autoría no. Lo que se cede en tales casos no es comodidad ni ventaja, sino la autoría de la propia conducta: la capacidad de seguir siendo el origen responsable de los propios actos.
Solo más tarde la ironía histórica otorgó a aquel recuerdo de infancia un marco más amplio. Mi padre murió un año antes de que Venezuela ingresara en un orden político prolongado que normalizó la humillación cívica y desplazó la responsabilidad individual. Esta coincidencia no confiere previsión ni vindicación. Simplemente subraya la naturaleza del límite que él había articulado. No pretendió anticipar desenlaces ni arrogarse una comprensión superior. Identificó una condición que no estaba dispuesto a habitar, con independencia de cuán común, administrativamente justificada o socialmente impuesta llegara a volverse.
Lo que se transmitió a través de aquella afirmación no fue una ideología, ni siquiera una posición política, sino una negativa. Fue la negativa a tratar la dignidad como contingente, y la negativa a aceptar la adaptación como intrínsecamente neutral. Tales negativas no son dramáticas. No se anuncian como virtudes. Operan en silencio, delimitando lo que uno no hará, lo que uno no dirá, y lo que no permitirá que atraviese sus actos a cambio de continuidad, seguridad o aprobación.
Escribir, he llegado a entender, no está exento de las restricciones que gobiernan la acción. La forma simbólica no suspende la responsabilidad. El lenguaje actúa. Enmarca posibilidades, distribuye responsabilidades y habilita ciertas respuestas mientras clausura otras. Escribir sin atender a lo que las propias palabras habilitan es tratar la expresión y la conducta, como si pertenecieran a órdenes distintos. No lo hacen. El mismo límite que rige la acción rige el lenguaje: no se deben habitar formas que exijan el abandono habitual de la autonomía.
La responsabilidad autoral no implica exhibición moral ni representación de la virtud. La responsabilidad en la escritura no consiste en adoptar la postura correcta ni en alinearse con conclusiones aprobadas. Consiste en rechazar métodos que sustituyen la claridad por la coerción, la humillación o la presión retórica. Exige atención no solo a lo que se afirma, sino a lo que se permite continuar mediante el tono, la implicación y la omisión. La precisión aquí no es una preferencia estilística; es una disciplina moral.
La contención, en este sentido, no es pasividad sino un método de autoría. Es una forma de interrupción en la circulación de aquello que uno no consiente trasmitir. Negarse a amplificar lo que uno no consiente transmitir es un acto de selección y un ejercicio de agencia. En un entorno donde el exceso, la indignación y la urgencia reactiva suelen confundirse con seriedad, la contención se convierte en un modo de preservar la autoría sobre la propia participación. La contención limita el alcance, pero conserva la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.
Tal contención inevitablemente tiene un costo. La urgencia es más que velocidad; es la condición bajo la cual la reflexión misma comienza a aparecer como una desventaja. La reflexión sirve como una salvaguarda procedimental de la agencia y de la autoría —y con ellas, de la responsabilidad ética— incluso cuando las circunstancias no pueden gobernarse y uno se ve obligado a elegir dentro de la restricción.La contención resiste la urgencia, estrecha el alcance y renuncia a ciertas formas de reconocimiento. Estas pérdidas no son accidentales; son constitutivas. Aceptar todos los registros o plataformas disponibles en nombre de la relevancia equivale a tratar la supervivencia como el bien supremo. El límite articulado tiempo atrás indica lo contrario: que existen condiciones bajo las cuales la continuidad exige un precio demasiado alto.
La responsabilidad autoral, entonces, no es una cuestión de expresión sino de alineación entre lenguaje y acción. Se pregunta si el lenguaje que uno emplea habita el mismo terreno ético que la propia conducta. Pregunta si las formas que uno adopta exigen concesiones que uno rechazaría en la acción. La obligación no es persuadir ni prevalecer, sino permanecer responsable ante los límites que uno ha reconocido.
Lo que permanece no es una doctrina sino una postura: una postura que se mantiene sin dramatización, sin escapatoria y sin concesión a formas que prometen continuidad a costa de la dignidad. Esta postura no se anuncia como resistencia ni busca exención de las consecuencias. Se mantiene firme sin apelación. Al hacerlo, afirma que la autoría —como la autonomía— comienza allí donde ciertas límites dejan de cruzarse.
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Lo que queda sin abordar es la condición más frágil que subyace a la autoría misma: la forma en que el pensamiento precede a la agencia y, en ocasiones, recoloca al autor antes de que pueda asumirse una postura.
El recuerdo de mi padre aparece como un blanco móvil —no una idea que se desliza fuera de control, sino un estándar que se desplaza bajo mis pies mientras yo aún avanzaba. No lo invité en el sentido de una intención o de un plan. Tampoco lo resistí. Noté que se movía antes de poder decidir qué exigía.
Esa experiencia resulta inquietante porque viola una suposición reconfortante: que el pensamiento es algo que desplegamos, y no algo que nos recoloca en relación con lo que enfrentamos.
La incertidumbre acerca de si lo había invitado es en sí misma una señal de que no estaba instrumentalizando mi pensamiento. Cuando el pensamiento es convocado como herramienta, permanece fijo. Cuando emerge en respuesta a algo que importa, se mueve, porque se ajusta a la realidad en lugar de organizarla. Ese movimiento solo se experimenta como una pérdida de control si la autoría se entiende como dominio más que como capacidad de respuesta.
Acepté la incomodidad de no saber si había convocado aquello que ahora reclamaba atención. Esto era resistencia en movimiento, no parálisis del juicio. La pregunta surge únicamente cuando el pensamiento sigue lo bastante vivo como para ser desplazado.
El blanco se movía porque estaba ligado al terreno de la percepción, no al yo que percibía.
Hay vidas que parecen recapitular el destino de una nación, como si la historia, en busca de renovación, reuniera sus promesas dispersas en una sola forma mortal. María Corina Machado pertenece a ese raro orden de seres en quienes la sangre, la memoria y la convicción convergen —no como privilegio, sino como carga. No nació simplemente dentro del linaje republicano de Venezuela; fue convocada por él. El llamado que resonó por primera vez en los salones asamblearios de Caracas en 1811 —cuando se proclamó su independencia y se concibió su primera constitución republicana— sigue vibrando bajo su nombre.
Su ascendencia se remonta al primer pulso de la República. Desde los Rodríguez del Toros, que plasmaron sus firmas bajo el Acta de Independencia, hasta los ingenieros Zuloaga que electrificaron a la nación, su genealogía está tejida en las arterias cívicas de Venezuela. Es una estirpe que eligió el servicio sobre el título, la innovación sobre la indulgencia y la fidelidad a la ley sobre la comodidad del silencio. En esa tradición, la libertad no es una abstracción: es herencia, obligación y vocación. Es el hilo que une a un pueblo con su conciencia.
Cuando las instituciones que antaño definieron a Venezuela empezaron a desmoronarse, cuando la legalidad se convirtió en teatro y las palabras perdieron su peso, Machado dio un paso al vacío con la gravedad de quien sabe que el retroceso es imposible. Su desafío no fue teatral: fue ancestral. Cada gesto, cada negativa a someterse, llevaba la silenciosa autoridad de la historia consumada. Hablaba como quien comprende que preservar la dignidad en tiempos de humillación es la forma más pura de resistencia. Hay, en su modo de ser, esa rara síntesis de lucidez y firmeza que define la personalidad moral de una nación en su mejor expresión: lúcida, incorruptible y humana.
Hoy, sin embargo, su adversario no es uno solo, sino muchos. Ante ella se alza no sólo un narcoestado que ha vaciado de soberanía a Venezuela, sino también una oposición fracturada —un archipiélago de partidos y figuras unidos menos por principios que por conveniencia. Faccionados, transitorios y transaccionales, han convertido la pluralidad en pretexto y el compromiso en comercio. Muchos han aprendido a vivir del mismo régimen que denuncian. Negocian libertades para sí mismos, incluso mientras el país se hunde cada vez más en la cautividad. Frente a esa duplicidad, la presencia de Machado se ha vuelto un juicio moral: su claridad desnuda la corrupción de los otros; su constancia, su oportunismo.
En torno a este desorden interno, el mundo gira con apetito vigilante. Las vastas riquezas naturales de Venezuela —su petróleo, su gas, su oro y sus minerales raros— se han convertido en el botín de redes criminales y de inversores multinacionales por igual. Rusia, China, Irán y los Estados Unidos, cada uno envuelto en retórica de salvación, compiten no por liberar al país sino por asegurarse una parte de su agotamiento. Detrás de las máscaras diplomáticas de la ayuda se oculta el mismo cálculo: que el caos puede ser rentable, que una nación debilitada por el hambre y el miedo puede ser manejada con mayor facilidad que una restaurada a su soberanía. Ésa, desde hace veinticinco años, ha sido la condición de Venezuela: un campo de extracción material, moral y humana; su pueblo disperso, sus instituciones despojadas, su memoria empeñada al mejor postor.
En tal paisaje, María Corina Machado se erige a la vez como testigo y contrapunto. Su lucha nunca ha sido por el poder, sino por la coherencia —por la recuperación de un lenguaje cívico capaz de nombrar lo que se ha perdido. Hablar de ley, verdad y justicia en medio de la corrupción generalizada equivale a resucitar el sentido mismo de las palabras. Su voz se ha vuelto el hilo que reúne la conciencia dispersa de la nación, recordando a los venezolanos que la dignidad no se negocia, y que ningún salvador extranjero restaurará lo que sólo los ciudadanos pueden redimir.
Verla caminar por las calles, recibida no por el lujo sino por la fe, es contemplar a un país que empieza a recordarse a sí mismo. Se ha convertido, lo quiera o no, en el espejo a través del cual los venezolanos redescubren su propia arquitectura moral: la decencia, el valor, la compasión y un anhelo inextinguible por la verdad. En su perseverancia, el diálogo interrumpido entre el pueblo y la República vuelve a escucharse.
El Premio Nobel de la Paz, otorgado a su nombre, no es una coronación, sino un reconocimiento —la constatación de que su lucha trasciende el momento y se convierte en emblema del espíritu humano que se niega a rendirse ante la desesperanza. Al concedérselo, el mundo afirma que el sueño republicano de Venezuela —nacido en el fuego y preservado en la conciencia— sigue respirando en una de sus hijas. Es el sueño de una nación que cree que la paz sólo puede edificarse no sobre la sumisión, sino sobre la claridad moral; no sobre el silencio, sino sobre la voz inquebrantable del ciudadano.
Lo que María Corina Machado representa es más que la oposición a la tiranía. Es la encarnación de la continuidad —la idea de que una República, como un alma, sobrevive mientras exista alguien dispuesto a soportar su peso con dignidad. Su ascenso no es accidental: es el retorno de una promesa antigua. En su serenidad, Venezuela vuelve a reconocerse: herida pero intacta, luminosa en su desafío, fiel al destino inscrito en su primer acto de libertad.
Ricardo Morin La séptima guardia (Serie de plantillas, 5.º panel) acuarela sobre papel 56 x 76 cm, 2005
Nota Introductoria
Ricardo Morin es escritor e investigador de la historia del pensamiento como práctica dinámica y en constante evolución —un estudiante de los gestos no dichos, un lenguaje más fuerte que las palabras, especialmente cuando los interlocutores han dejado de escucharse. A partir de reflexiones sobre los ciclos de la vida y una experiencia personal que se acerca a la última etapa, invita al lector a considerar cómo la vigilancia silenciosa y la ternura pueden dar forma a una existencia con sentido. La Séptima Guardia surge de décadas de vivir con atención, y ofrece un testimonio modesto de la dignidad que nace de la perseverancia y la atención afectiva.
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71 años
He vivido setenta y un años. Eso, por sí solo, aún me sorprende —no porque alguna vez esperara un final prematuro, sino porque cada año me ha exigido más que el anterior. No hubo una caída dramática, ni una crisis puntual que señalar. Sólo una lenta y constante formación —del cuerpo, del temperamento, de la voluntad.
La enfermedad no llegó en la infancia. Llegó más tarde, a mis veintitantos, durante un invierno nevado en Buffalo. Apenas comenzaba a vivir por mi cuenta, lleno de ambiciones y sueños inconclusos. El diagnóstico fue mononucleosis —pero no fue el nombre lo que importó. Fue la forma en que interrumpió mi impulso, desaceleró mi paso y reveló algo más profundo: la tarea de toda una vida de aprender a vivir dentro de mis propios límites.
Ese fue el comienzo —no de una historia clínica, sino de otro tipo de vigilancia. No dirigida hacia fuera, sino hacia dentro. Se arraigó una comprensión silenciosa: que la supervivencia, si iba a tener sentido, requeriría no sólo resistencia, sino también contención. Una manera de protegerme de mí mismo. Esa disciplina no fue severa —se convirtió en una forma de devoción. No hacia la negación, sino hacia la claridad de una mente en paz. Hacía vivir con más atención que urgencia.
No veo la enfermedad como algo noble, pero sí reconozco en ella un espejo —no por el dolor, sino por la verdad que refleja. Lo que puede ser atendido, lo que debe ser soltado, lo que merece atención. No reclamo sabiduría por haber estado enfermo, pero reconozco lo que me ha enseñado a dejar atrás: la ilusión, el orgullo y la carrera frenética por cosas que no perduran —como la acumulación de riqueza o poder.
He llegado a pensar en ello simplemente como resistencia —la que se aprende con la enfermedad cuando se deja de luchar y se empieza a escuchar. Hay una curva ética en esa conciencia —no nacida del dogma ni de la fe, sino formada por la experiencia. No se inclina hacia el triunfo, sino hacia la ternura.
Esto no es una historia de patologías. Es una historia de atención—de refinar el yo sin endurecerlo. De descubrir que madurar significa saber cuándo insistir y cuándo detenerse. Que el acto silencioso de sostener la propia vida —día tras día, con atención— es en sí una forma de coraje.
Nunca me propuse escribir un testamento. Pero a los setenta y un años, veo los contornos con mayor claridad. Y en ello, hay dignidad.
Y sin embargo, la dignidad no es una recompensa. Llega sin anuncio, sin ceremonia. Se construye lentamente —a través de los rituales diarios de levantarse, de elegir qué llevar y qué dejar atrás. No protege del dolor ni aligera el sufrimiento. Pero da a los días cierto peso.
He llegado a apreciar ese peso —no como carga, sino como prueba. Prueba de que he vivido cada estación no intacto, pero sí entero. Y que, incluso ahora, la tarea no es escapar de las exigencias de la vida, sino enfrentarlas con firmeza.
Lo que he aprendido no me pertenece sólo a mí. Cualquiera que viva lo suficiente será llamado a rendir cuentas ante el tiempo —no como ladrón, sino como escultor. La enfermedad, sobre todo, nos enseña cuán poco control tenemos realmente —y cuánta presencia aún somos capaces de ofrecer. Nos humilla y nos une. No en la igualdad, sino en el reconocimiento mutuo.
Resistir, he descubierto, no es pasivo. No se trata de esperar a que pase el dolor. Es un acto activo, silencioso, muchas veces invisible. Significa elegir cómo vivir cuando las opciones parecen estrechas. Significa atender la vida no con prisa, sino con atención.
No hay línea de meta para esta labor. Sólo el acto callado de continuar.
Así que continúo —no porque deba, sino porque la vida, incluso en sus dimensiones reducidas, sigue ofreciendo espacio para el sentido. Algunos días ese sentido es tenue. Otros, es simplemente el hecho de levantarse, de escribir una carta, de recordar la nieve. Pero está ahí. Y mientras lo esté, permanezco.
Ricardo Morin La desintegración de un país CGI 2025
A mi hermano Alberto, cuya constancia sostuvo esta reflexión e hizo posibles estas páginas.
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Ricardo Morin
29 de Julio de 2025
Bala Cynwyd, Pensilvania
Resumen
Este ensayo examina la degradación de la identidad nacional venezolana en el contexto de un prolongado fracaso estatal. Argumenta que el colapso de la soberanía institucional, la afluencia de influencia extranjera autoritaria y el desplazamiento de ciudadanos nativos de la vida económica y cívica no solo han vaciado la república, sino que han fracturado la cohesión simbólica necesaria para la pertenencia nacional. A través de un análisis razonado de la infiltración económica, la marginación cultural y las consecuencias morales de la desposesión, el ensayo explora cómo la identidad en Venezuela se ha convertido en un acto disputado de memoria y resistencia. El ensayo ofrece una interpretación del proceso de disolución nacional no desde el activismo político, sino desde una perspectiva cívica y ética.
Sección I: Perder el país: Identidad en un Estado fallido
La identidad nacional no es una abstracción; es la sensación vivida de coherencia que une a los individuos a una historia compartida, un idioma y un proyecto cívico. En los Estados funcionales, esta identidad se refuerza mediante la estabilidad de sus instituciones gubernamentales, la continuidad de sus leyes y la experiencia de pertenecer a un orden social protegido. Cuando un Estado falla—por control autoritario, decadencia institucional y colapso de la soberanía—su pueblo no solo pierde servicios o derechos. Comienza también a perder su lugar en el mundo.
Como advierte Michel Agier, la pérdida de estructuras de protección y reconocimiento convierte al ciudadano en un “desplazado simbólico” dentro de su propio país, cuyas formas de pertenencia ya no encuentran correlato institucional ni imaginario (Agier The Border of the World, 2016).
Esta desestabilización no es únicamente resultado del colapso económico o la persecución política. Se ha visto también agravada por el enredo estratégico del régimen con poderes autoritarios extranjeros, que ha introducido intereses externos en sectores centrales de la economía y el territorio nacionales. Mediante dependencias negociadas—ya sea en industrias extractivas, infraestructura, vigilancia o cooperación militar—el Estado venezolano ha cedido el control de activos e instituciones estratégicas a actores foráneos. Al hacerlo, no solo ha comprometido la soberanía nacional; ha reordenado también la jerarquía social y cultural de la pertenencia.
Como describe Louisa Loveluck, estos enclaves funcionan como “estructuras paralelas de control y privilegio”, en las que las lealtades al poder externo sustituyen a las instituciones tradicionales del Estado (Loveluck “Foreign Control and Local Collapse in Venezuela’s Border Zones”, The Washington Post, 2019).
Según David Smilde, esta delegación de funciones soberanas a aliados autoritarios ha transformado el aparato del Estado en un instrumento de supervivencia del régimen antes que un medio de representación nacional (“The Military and Authoritarian Resilience in Venezuela”, Latin American Politics and Society, 2020).
Este proceso genera una ruptura psicológica: El fenómeno ha sido identificado por Arjun Appadurai como el efecto de “desanclaje identitario”, donde la desvinculación del entorno cultural impide al ciudadano reconocerse en su presente histórico (Modernity at Large, 1996).
Cuando las instituciones de una nación ya no reflejan a su pueblo, y cuando su futuro es moldeado por imperativos extranjeros, la idea de venezolanidad se vuelve menos una realidad cívica y más una memoria bajo asedio. La pérdida no es solo territorial—es también existencial.
Hannah Arendt lo formuló con gravedad al señalar que la pérdida del derecho a tener derechos comienza cuando se pierde la pertenencia a una comunidad política capaz de garantizarlos (The Origins of Totalitarianism, 1951).
Sección II: Alianzas autoritarias e infiltración económica
La transformación de Venezuela en un Estado fallido no ha ocurrido en aislamiento. Su trayectoria autoritaria ha sido reforzada por una estrategia calculada de alineamiento internacional con otros regímenes que operan fuera de las normas de la rendición democrática de cuentas. Estas alianzas—sobre todo con Cuba, Rusia, China, Irán y Turquía—no solo han proporcionado al régimen de Maduro legitimidad política y apoyo técnico; han permitido también la progresiva tercerización de funciones y recursos nacionales al control extranjero [cf. Ellis 2018, 49–56].
No se trata de alianzas tradicionales basadas en desarrollo mutuo o cooperación entre iguales. Son acuerdos transaccionales en los que el Estado venezolano renuncia a soberanía a cambio de supervivencia. Préstamos chinos garantizados con reservas petroleras, participaciones rusas en infraestructura energética, operaciones de inteligencia cubanas incrustadas en el aparato militar y civil, y empresas iraníes en minería y logística han contribuido todas al desplazamiento de venezolanos nativos de sectores económicos críticos [cf. Trinkunas 2015, 3–6; Levitsky y Ziblatt 2018, 197–198].
Paralelamente, redes empresariales privadas e informales—frecuentemente ligadas a estos intereses extranjeros—han arraigado en los mercados locales, a veces desplazando o superando a productores domésticos históricos. Esta infiltración económica tiene un efecto dual. Distorsiona la asignación de recursos nacionales, desviando riqueza y oportunidad de la población hacia una pequeña clase de beneficiarios del régimen y sus patrones extranjeros [cf. Corrales 2020, 212–215]. Y reconfigura la geografía del poder: regiones enteras, especialmente las ricas en petróleo, minerales o posiciones estratégicas, han pasado al control funcional de actores externos o milicias bajo protección extranjera [cf. Romero 2021, 88–91].
En tales contextos, los venezolanos no solo se sienten excluidos de su economía; la experimentan también como algo ajeno—gestionada, explotada y asegurada por quienes tienen lealtades en otro lugar. El resultado es una alienación corrosiva. Una población que antes se veía beneficiaria de un proyecto nacional ahora confronta la realidad de un sistema extractivo en que su trabajo, tierra y cultura ya no se valoran en sus propios términos. La economía deja de ser plataforma de progreso colectivo para convertirse en zona de extracción extranjera, protegida por la represión y organizada mediante la impunidad [cf. Loveluck y Dehghan 2020; López Maya 2022].
En este entorno, la cuestión de la identidad se vuelve inseparable de la pérdida de agencia. Ser venezolano, bajo tales condiciones, es ser subordinado dentro del propio país.
Sección III: Desplazamiento cultural y social
La desintegración de la identidad en un Estado fallido no se limita a las estructuras políticas o económicas; se extiende al tejido cultural y social de la vida cotidiana. En Venezuela, el desplazamiento de ciudadanos nativos no siempre es físico—aunque la emigración masiva ha marcado la experiencia nacional—sino también cada vez más simbólico y funcional. Las instituciones, costumbres e incluso los espacios que antes encarnaban una identidad cívica compartida están siendo vaciados, reutilizados o reemplazados por estructuras que ya no reflejan los valores o prioridades venezolanas [cf. Salas 2019, 45–47].
La educación pública, por ejemplo, fuente durante mucho tiempo de orgullo nacional y movilidad social, ha sido sistemáticamente desmantelada. En su lugar, la indoctrinación ideológica y la lealtad partidista se han convertido en criterios para el acceso y el ascenso [cf. Human Rights Watch 2021]. El efecto no es solo la degradación del conocimiento y la oportunidad, sino también la politización misma de la infancia. De manera similar, la producción cultural—antes diversa, expresiva y regionalmente vibrante—se ha reducido bajo la censura, la crisis económica y el colapso del apoyo público a las artes [cf. Ávila 2020, 119–124].
Lo que queda es trivializado para propaganda o silenciado por completo. El resultado es un silencio cultural, donde las narrativas compartidas se desfiguran y la vida simbólica de la nación se reduce a eslóganes y espectáculo. Mientras tanto, la afluencia de intereses extranjeros y su infraestructura social—trabajadores contratados, complejos comerciales, seguridad privada, instituciones paralelas—ha introducido nuevas normas culturales y lealtades en ambientes locales, particularmente en regiones fronterizas y ricas en recursos [cf. Rodríguez y Ortega 2023].
Estos cambios son a menudo sutiles: señalizaciones en idiomas desconocidos, productos importados reemplazando a los domésticos, nuevos patrones de exclusión en el acceso a servicios o empleo. Pero con el tiempo alteran el carácter del lugar, desplazando no solo a las personas sino también los significados que los lugares antes tenían. Esta forma de desplazamiento es desorientadora porque opera en la vida cotidiana. Hace que los venezolanos sean extraños en sus propios mercados, en sus propias escuelas, en su propia tierra. Deshilacha el sentido de reconocimiento mutuo que hace posible la coexistencia.
Cuando las comunidades ya no comparten un punto de referencia común—sea legal, lingüístico o moral—pierden la cohesión necesaria para sostener la identidad como algo vivido y afirmado. La ruptura no es dramática; es lenta, acumulativa y profundamente dañina [cf. Arendt 1951, 302–306]. En este contexto, la resiliencia cultural se vuelve más difícil de sostener. La identidad, antes reforzada por la participación en la vida pública y el orgullo por el logro colectivo, comienza a retirarse a la nostalgia o fracturarse en líneas de clase, exilio o supervivencia ideológica. Se vuelve reactiva más que generativa—algo que defender en lugar de construir.
Sección IV: Dignidad y la lucha por pertenecer
Freedom House (“Venezuela: Freedom in the World 2024,” Washington: Freedom House, 2024) nos proporciona datos empíricos actualizados y contexto analítico sobre el declive de los derechos políticos y las libertades civiles en Venezuela, con especial atención a la consolidación autoritaria y el control estatal.
En el corazón de la identidad nacional yace la necesidad humana de dignidad: la certeza de que la propia vida es reconocida, el propio trabajo valorado y la propia voz capaz de contribuir a un futuro común. En la Venezuela actual, esta dignidad ha sido sistemáticamente socavada. El colapso de las instituciones, la degradación de la vida pública y los enredos extranjeros que distorsionan la economía nacional han contribuido a un clima en el que el ciudadano promedio ya no se siente visto ni protegido por su país. No se trata solo de una falla política, sino también de una fractura en el fundamento ético de la nación. Como advirtió Emmanuel Levinas, “la dignidad no es una categoría jurídica sino la respuesta del rostro del otro que nos interpela y nos obliga” (Levinas 1982).
Cuando un gobierno no gobierna en nombre de su pueblo, sino en servicio de su propia permanencia y de sus patrones externos, la pertenencia se vuelve condicional. La lealtad se exige, no se gana. La disidencia se criminaliza, no se escucha. La ciudadanía, lejos de ofrecer protección, se convierte en una carga. En tal sistema, la dignidad no solo se niega—se redefine por el miedo, la dependencia y el silencio. Aquí se cumple la advertencia de Hannah Arendt: “la pérdida de los derechos humanos comienza cuando se pierde el derecho a tener derechos” (Arendt 1951).
Esto deja a los venezolanos, tanto dentro como fuera del país, suspendidos entre la desposesión y la resistencia. Muchos continúan luchando por lo que queda: organizarse localmente, enseñar a pesar del colapso escolar, alimentar a los vecinos ante la ausencia de servicios, proteger la memoria frente a la propaganda. Estos actos son heroicos, pero también son respuesta al abandono. Testifican la fortaleza del pueblo, pero también el vacío donde debería estar el Estado.
Para quienes están en el exilio, la pérdida suele ser doble: la del hogar físico y la del contexto vital. Los referentes culturales ya no coinciden con la experiencia diaria. El acento se vuelve marcador de desplazamiento. El pasaporte, una barrera más que un derecho. Y, sin embargo, el exilio también puede agudizar el sentido de lo perdido—y de lo que debe preservarse. Así, la identidad persiste no por afirmación de una nación funcional, sino por la negativa a olvidar una. En palabras de Edward Said, “el exilio no es simplemente una condición de pérdida, sino una forma crítica de estar en el mundo” (Said 2000).
Aun así, la dignidad exige más que memoria. Requiere restauración: de las instituciones, de la justicia, de un espacio cívico donde los venezolanos puedan nuevamente participar como iguales. Hasta que esa restauración sea posible, la lucha por pertenecer seguirá definiendo la identidad venezolana—no como una herencia estática, sino como una negativa constante a rendirse ante lo que queda del núcleo moral del país.
Sección V: Una palabra para los desposeídos
Hablar de desposesión es nombrar no solo lo que ha sido arrebatado, sino también lo que sigue siendo negado: el derecho a forjar un propio futuro dentro de un marco de justicia, pertenencia y sentido compartido. En Venezuela, la desposesión ha ocurrido mediante un desmantelamiento deliberado de la soberanía—primero por corrupción interna, luego por enredo externo. Lo que queda es un pueblo disperso, un territorio fragmentado y una identidad bajo enorme presión. Como ha señalado Achille Mbembe, “la desposesión no solo opera sobre los cuerpos, sino también sobre los imaginarios colectivos que sostienen la vida en común” (Mbembe 2016).
Y, sin embargo, la desposesión no es el final de la identidad. La ausencia de un Estado funcional no borra la memoria moral de una nación. La lengua, las tradiciones, los valores y las aspiraciones cívicas que una vez definieron la vida venezolana no han desaparecido: han sido llevados al subsuelo, cargados al exilio o resguardados en el corazón de quienes recuerdan. “La lengua es la morada del ser”, decía Heidegger, y donde se mantiene viva, persiste una forma de pertenencia (Heidegger 1959).
La tarea ahora no es solo resistir, sino reconstruir: articular una visión de la venezolanidad que rechace tanto el cinismo como el olvido.
Esto no puede hacerse únicamente desde la nostalgia. Tampoco puede delegarse sin compromiso a futuras generaciones. Comienza por la negativa a normalizar lo que no es normal: la ocupación extranjera de recursos nacionales, la criminalización de la disidencia, la negación de oportunidades, la devaluación de la ciudadanía. Continúa en el trabajo silencioso de preservar la lengua, la historia y la dignidad donde todavía sea posible—ya sea en aulas, en el exilio o por medio de la palabra escrita. Y cobra fuerza en la solidaridad: entre quienes se quedaron, quienes se fueron y quienes cargan con ambos destinos.
La identidad venezolana, bajo estas condiciones, no es una herencia fija, sino un acto de resistencia. Es la afirmación de que la dignidad no se negocia, y de que un pueblo no puede ser reemplazado de forma permanente por alianzas de conveniencia y control. La recuperación de la nación tomará tiempo, y quizá requiera formas aún no imaginadas. Pero dependerá, por encima de todo, de la preservación del espíritu cívico: uno que sepa lo que se ha perdido y se niegue a dejarlo en el olvido.
Epílogo
A medida que la historia de Venezuela se despliega en oleadas, la lucha entre la unidad y la fragmentación, el idealismo y la autoridad, se repite una y otra vez —no solo en los pasillos del poder, sino también en la vida privada de quienes padecen sus consecuencias. El poder, en todas sus formas, pone a prueba el tejido mismo de la nación, y sin embargo la búsqueda del equilibrio sigue siendo esquiva. Venezuela continúa atrapada en una profunda crisis humanitaria, con millones de personas privadas de atención médica y de nutrición básica, según el World Report 2024 de Human Rights Watch. [1] El país presenta hoy la tasa más alta de desnutrición de América del Sur: el 66 % de la población necesita ayuda humanitaria y el 65 % ha perdido de manera irreversible sus medios de subsistencia. A pesar de las reiteradas promesas de reforma y de amnistía, las estructuras de poder enquistadas han impedido un cambio significativo y perpetuado lo que se considera ampliamente un régimen autoritario y corrupto. Las intervenciones externas —principalmente diplomáticas y sanciones económicas— han sido frecuentes, pero no han logrado inducir una transformación sustantiva.
La teoría política sostuvo alguna vez que la expansión de la democracia aseguraría la paz entre las naciones. [2] La experiencia venezolana sugiere lo contrario: la paz se desvanece cuando la democracia se vacía en la temporalidad del caos. Aunque tales teorías no abordan directamente la persistencia de las autocracias, el caso venezolano pone de relieve cómo los regímenes fortalecidos por el control interno y por alianzas autocráticas estratégicas con el exterior pueden resistir tanto la agitación interna como la presión externa.
En Venezuela, los planteamientos teóricos encuentran una expresión concreta en la manera en que las instituciones democráticas —elecciones, legislaturas y tribunales— son reconfiguradas para afianzar el control autoritario. Mediante procesos electorales escenificados, legislaturas restringidas y poderes judiciales politizados, estos regímenes suprimen la disidencia, manipulan la percepción pública y eluden la rendición de cuentas ante el exterior. La legitimidad deja de ser un mandato del pueblo y se convierte en un mecanismo para la permanencia del poder.
Aunque el camino hacia el futuro sigue siendo incierto, la crisis ya no es meramente política: es sistémica, está incrustada en el propio tejido de la historia venezolana. La resolución de esta crisis requiere algo más que un relevo político o una intervención externa; exige el reconocimiento de la herencia histórica que ha modelado la desconfianza y la disfunción del país. Los cimientos del gobierno se han construido durante mucho tiempo sobre fuerzas en conflicto, y cualquier posibilidad de cambio comienza con la conciencia de ese legado. Una estrategia coordinada que integre apoyo económico, compromiso diplomático y movimientos democráticos de base puede ofrecer un alivio temporal, pero no puede resolver lo que está arraigado. La verdadera transformación requiere una revisión cultural: un desplazamiento interno de la conciencia que confronte las mismas fuerzas que han permitido el dominio autocrático. Y sin una profunda unidad interior —un despertar cultural capaz de superar siglos de contradicciones inherentes— la posibilidad de esa transformación podría permanecer distante, aunque no extinguida.
[2] Azar Gat, “The Democratic Peace Theory Reframed”, World Politics (Baltimore: The Johns Hopkins University Press, Vol. 58, No. 1, October 2005, 73-100.https://www.jstor.org/stable/40060125
Améry, Jean: At the Mind’s Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and Its Realities. Bloomington: Indiana University Press, 1980. (Una reflexión filosófica y existencial sobre el sufrimiento, el exilio y la pérdida de pertenencia. El ensayo retoma su idea de que no hay violencia mayor que ser despojado de un lugar al que poder regresar, lo que se convierte en un eje moral en la Venezuela del éxodo.)
Arendt, Hannah: The Origins of Totalitarianism. Nueva York: Harcourt Brace, 1951. (Estudio fundamental sobre el desarraigo, la desnacionalización y el derecho a tener derechos. Su conceptualización de los refugiados apátridas informa directamente el argumento sobre la pérdida de pertenencia como forma de expulsión ontológica.)
Ávila, Rafael: La cultura sitiada: Arte, política y silencio en Venezuela. Caracas: Editorial Alfa, 2020. (Ávila examina cómo la censura, la precariedad económica y el control institucional han reducido drásticamente la producción artística independiente en Venezuela. Citado para sustentar la afirmación de que la diversidad cultural ha sido reemplazada por una expresión condicionada por el poder y la subsistencia.)
Corrales, Javier: Autocracy Rising: How Venezuela’s Authoritarian Leaders Consolidated Power. Washington, DC: Brookings Institution Press, 2020. (Corrales explica cómo las élites del régimen han concentrado el control económico a través de redes informales, permitiendo que oligarquías respaldadas por potencias extranjeras desplacen a los actores económicos nacionales. Se utiliza para respaldar la afirmación de que hoy son los aliados y patrocinadores extranjeros quienes dominan los flujos de recursos venezolanos.)
Ellis, R. Evan: Transnational Organized Crime in Latin America and the Caribbean. Lanham, MD: Lexington Books, 2018. (Ofrece un mapeo exhaustivo sobre cómo actores extranjeros—especialmente de Cuba, Rusia y China—se integran en el aparato estatal venezolano. Citado para explicar la externalización estratégica de la soberanía hacia aliados no democráticos.)
Gessen, Masha: Surviving Autocracy. Nueva York: Riverhead Books, 2020. (Aunque centrado en Estados Unidos, este libro articula patrones generales del comportamiento autocrático—como la degradación del lenguaje, el vaciamiento institucional y la desorientación pública—que también se aplican al caso venezolano.)
Heidegger, Martin: Unterwegs zur Sprache. Pfullingen: Neske, 1959. (Contiene la conocida frase “Language is the house of being” [El lenguaje es la casa del ser]citada para subrayar la relación entre la continuidad lingüística y el sentido de pertenencia existencial.)
Human Rights Watch: “Venezuela’s Humanitarian Emergency: Large-Scale UN Response Needed to Address Health and Food Crisis.” Nueva York: Human Rights Watch, 2019. (Informe detallado que vincula el colapso de los servicios públicos con violaciones de derechos básicos y de la dignidad nacional, destacando cómo la crisis humanitaria contribuye a la degradación de la identidad.)
Levinas, Emmanuel: Totalité et infini: Essai sur l’extériorité. La Haya: Martinus Nijhoff, 1961. (La ética de la alteridad de Levinas, centrada en la responsabilidad hacia el otro irreductible, sustenta el argumento del ensayo a favor de una política basada en la dignidad y no en la identidad estatal ni en la reciprocidad calculada.)
Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel: How Democracies Die. Nueva York: Crown Publishing Group, 2018. (Levitsky y Ziblatt ofrecen un marco para entender la degradación democrática a través de la captura institucional y las alianzas externas. Se cita para subrayar el carácter transaccional de las alianzas internacionales del régimen venezolano.)
López Maya, Margarita: “Economía extractiva y soberanía en disputa: el Arco Minero del Orinoco.” Revista Venezolana de Ciencia Política 45 (2022): 34–49. (López Maya analiza cómo las zonas mineras se han convertido en territorios semiautónomos controlados por milicias e intereses extranjeros, apoyando el argumento del ensayo sobre la alienación geográfica y la fragmentación económica.)
Loveluck, Louisa: “The Collapse of a Nation: Venezuela’s Descent into Authoritarianism.” The Washington Post, julio de 2020. (Síntesis periodística del colapso estructural venezolano, con testimonios de primera mano sobre la alienación económica y el coste psicológico del abandono estatal.)
Loveluck, Louisa y Dehghan, Saeed Kamali: “Venezuela Hands Over Control of Key Assets to Foreign Backers.” The Washington Post, 2020. (Reportaje de investigación que documenta la privatización y gestión extranjera de sectores estratégicos venezolanos. Se cita para mostrar cómo las industrias nacionales han sido subordinadas al control externo.)
Mbembe, Achille: Politiques de l’inimitié. París: La Découverte, 2016. (Mbembe explora la política de la enemistad y los mecanismos de desposesión en la modernidad tardía. Citado para destacar cómo la violencia estructural afecta tanto la vida material como el imaginario colectivo.)
Rodríguez, Luis, y Ortega, Daniela: Colonización contemporánea: transformaciones culturales en las zonas extractivas de Venezuela. Mérida: Editorial de la Universidad de los Andes, 2023. (Estudio etnográfico sobre los efectos socioculturales de la inversión extranjera en regiones mineras y fronterizas, incluyendo la introducción de nuevas jerarquías, códigos de convivencia y formas de organización paralelas. Se cita para sustentar el argumento sobre la transformación de normas culturales y lealtades comunitarias.)
Romero, Carlos A.: “Geopolítica, militarización y relaciones internacionales del chavismo.” Nueva Sociedad 293 (2021): 82–94. (Romero traza cómo las alianzas exteriores han militarizado las zonas fronterizas y reforzado el autoritarismo interno. Se emplea para sustentar la afirmación de que el poder ha basculado hacia actores cuya lealtad está fuera de Venezuela.)
Roth, Kenneth: The Fight for Rights: Human Dignity and the Struggle Against Authoritarianism. Nueva York: W. W. Norton, 2022. (Roth examina los fundamentos morales y cívicos de la dignidad, proporcionando contexto para el argumento de que la identidad venezolana debe hoy preservarse mediante la resistencia, más que a través del reconocimiento estatal.)
Said, Edward W.: Reflections on Exile and Other Essays. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2000. (Said explora la experiencia del exilio como una condición existencial y crítica, más allá del simple desarraigo. Citado para sostener la idea de que la identidad venezolana en la diáspora se mantiene viva no por medio de una nación funcional, sino por la negativa a olvidar).
Salas, Miguel: Arquitectura y desposesión: Espacios públicos y crisis urbana en Venezuela. Caracas: Editorial Punto Cero, 2019. (Salas analiza la transformación de la arquitectura y los espacios públicos en el contexto del colapso político y social de Venezuela. Citado para fundamentar la idea de que las estructuras cívicas compartidas están siendo despojadas de su función simbólica y comunitaria.)
Schmitt, Carl: The Concept of the Political. Chicago: University of Chicago Press, 1996. (Referencia teórica sobre la soberanía, útil para comprender cómo el régimen venezolano define enemigos y aliados no en función de la legalidad, sino de la lealtad, reformulando así el propio significado de la ciudadanía.)
Shklar, Judith: American Citizenship: The Quest for Inclusion. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1991. (Shklar estudia cómo la exclusión política y social ha configurado el significado de ciudadanía en Estados Unidos. El ensayo retoma su premisa de que ser ciudadano implica no solo derechos legales, sino pertenencia efectiva y dignidad reconocida.)
Smilde, David. “Participation, Politics, and Culture in Twenty-First Century Venezuela.” Latin American Research Review 52, n.º 1 (2017): 157–65. (Smilde analiza el impacto cultural de la polarización política y la exclusión en Venezuela, y cómo la identidad se forma en espacios cívicos disputados.)
Trinkunas, Harold A.: “Venezuela’s Defense Sector and Civil-Military Relations.” Washington, DC: Brookings Institution Working Paper, 2015. (Trinkunas estudia el arraigo de la influencia cubana y rusa en el sector militar venezolano. Se cita para explicar la redefinición de la soberanía bajo presencia asesora extranjera.)
Inmanencia Infinita Ricardo Morín: Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel 14” x 20” 2005
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In memoriam
Andreina Teresa Morín Tortolero
(10 de Noviembre, 1955-2 de febrero de 2025)
Durante los últimos años de su vida, la salud de nuestra amada hermana Andreina fue deteriorándose de manera constante, imponiéndole limitaciones que redujeron gradualmente el ámbito ordinario de su existencia. Sin embargo, afrontó cada etapa con una serenidad que nunca excluyó la esperanza ni el afecto hacia quienes la rodeaban. Su sufrimiento nunca le perteneció únicamente a ella. Fue compartido por su familia, por sus amigos y por todos aquellos que la acompañaron con amor durante el curso de su enfermedad. Sus últimos años revelaron una condición que, en última instancia, pertenece a toda vida humana.
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I. La Carga de la Conciencia
En algún momento, a veces de manera repentina y otras casi imperceptiblemente con el transcurso de los años, la mortalidad deja de ser una abstracción. Ya no permanece como una posibilidad lejana, resguardada por las rutinas de la vida cotidiana o suavizada por la expectativa de que aún queda tiempo por delante. Se vuelve inmediata, innegable e inseparable de la conciencia desde la cual experimentamos el mundo.
Para algunos, este despertar comienza con las transformaciones del cuerpo. Una rigidez que ya no desaparece con el descanso, una memoria que vacila antes de responder, un paso dado con inesperada cautela se convierten en discretos recordatorios de que la permanencia nunca fue más que una ilusión. Para otros, comienza con la pérdida. La muerte de una madre o de un padre, de un cónyuge o de un amigo o familiar revela que aquello que parecía pertenecer únicamente a otros terminará, inevitablemente, por pertenecernos también a nosotros.
Esta conciencia modifica la medida del tiempo. El futuro deja de parecer ilimitado y el pasado deja de ser únicamente el registro de lo vivido. Ambos adquieren una proporción distinta. Sin proponérnoslo, comenzamos a medir la vida menos por lo realizado que por aquello que aún permanece al alcance de nuestras posibilidades.
La mente se resiste de manera casi instintiva a este reconocimiento. Busca refugio en los proyectos, en las obligaciones, en la continuidad tranquilizadora de la vida ordinaria, como si la atención pudiera aplazar aquello que la razón ya comprende. La mortalidad pasa a ser una realidad aceptada intelectualmente, aunque todavía mantenida a distancia por la emoción.
Este despertar no constituye un logro ni un fracaso. Es, simplemente, una de las condiciones propias de la existencia humana. Desde el instante en que la mortalidad deja de imaginarse para convertirse en una experiencia personalmente reconocida, toda reflexión posterior sobre el deterioro, el sufrimiento, la resistencia y la aceptación adquiere un significado que antes no poseía.
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II. El Declive: Mente y Cuerpo
El declive rara vez se anuncia mediante un acontecimiento decisivo. Con mayor frecuencia avanza, manifestándose en cambios tan graduales que al principio suelen confundirse con simples inconvenientes pasajeros. El cuerpo deja de responder con la seguridad de otros tiempos. Movimientos antes realizados sin esfuerzo requieren ahora atención deliberada. La fuerza disminuye, la resistencia se acorta y los sentidos comienzan, casi imperceptiblemente, a perder la nitidez con la que antes ordenaban el mundo.
La mente sigue un recorrido semejante. La memoria vacila donde antes respondía con naturalidad. Los pensamientos llegan con mayor lentitud o se interrumpen antes de alcanzar su desarrollo. La atención se vuelve más frágil, interrumpida por momentos de incertidumbre que antes resultaban desconocidos. Sin embargo, la conciencia suele conservar suficiente claridad para advertir estos cambios con una lucidez que no deja de ser inquietante. Existe una forma particular de soledad en contemplar la transformación gradual de las propias facultades mientras aún se posee la capacidad de comprender aquello que lentamente se pierde.
La medicina procura, con razón, preservar las funciones del organismo, aliviar el sufrimiento y prolongar los años durante los cuales la vida puede seguir desarrollándose con plenitud. Sus logros han transformado la experiencia del envejecimiento y de la enfermedad de maneras que generaciones anteriores apenas habrían podido imaginar. Ningún avance, sin embargo, modifica la condición fundamental con la que toda vida comienza. El cuerpo permanece siendo finito y todo esfuerzo por conservarlo encuentra, tarde o temprano, un límite más allá del cual la restauración deja de ser posible.
La transformación más profunda, sin embargo, no es exclusivamente física ni intelectual. Consiste en reconocer, de manera gradual, que el declive no representa una interrupción de la vida, sino una de sus expresiones. Aquello que en un principio parecía excepcional acaba revelándose como parte del mismo orden natural por el que transitan todos los seres vivos.
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III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación
Reconocer la mortalidad no es lo mismo que aceptarla. La conciencia puede surgir de manera repentina, mientras que la aceptación suele permanecer distante, aplazada por la persistente inclinación de la mente a continuar viviendo como si el tiempo todavía careciera de medida. No apartamos la mirada porque seamos incapaces de comprender la muerte. La apartamos porque seguimos profundamente vinculados a la vida.
Ese vínculo se manifiesta de innumerables maneras. Hacemos proyectos, perseguimos aspiraciones, fortalecemos el cuerpo, cultivamos la mente y buscamos nuevos recursos para aliviar las enfermedades que acompañan el paso de los años. Continuamos construyendo, reparando, organizando y anticipando el día de mañana, no sólo porque estas actividades posean un valor en sí mismas, sino porque reafirman nuestro lugar dentro de un futuro cuya continuidad damos, casi siempre, por supuesta.
La dificultad para desprenderse de la vida nace de algo más profundo que el temor. Permanecen responsabilidades, conversaciones inconclusas, promesas aún por cumplir y personas cuya existencia continúa entrelazada con la nuestra. Incluso después de una vida larga y fecunda, suele persistir la silenciosa convicción de que algo esencial todavía espera ser realizado. Lo que nos mantiene unidos a la vida es, con frecuencia, menos el miedo a morir que la resistencia a abandonar aquello que aún sentimos como parte de nuestro cuidado.
Nada de ello constituye una debilidad ni una ilusión que deba ser desestimada. Son manifestaciones del afecto, de la responsabilidad, de la curiosidad y de la esperanza, cualidades mediante las cuales la existencia adquiere significado. Pero son también los vínculos que prolongan el camino hacia aquella quietud interior desde la cual la aceptación puede comenzar a hacerse posible. Antes de que el final pueda recibirse con serenidad, la mente ha de desprenderse poco a poco no sólo del temor a la muerte, sino también de la expectativa de que la vida deba continuar indefinidamente.
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IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia
El sufrimiento figura entre las pocas certezas compartidas por todo ser dotado de conciencia. No es raro ni excepcional. Forma parte de la existencia desde el primer aliento hasta el último. Sin embargo, pese a su universalidad, permanece profundamente individual. Ninguna vida lo experimenta de la misma manera, ni su peso puede ser plenamente comprendido por quienes no lo soportan.
El dolor adopta múltiples formas. Puede manifestarse en la enfermedad, en una lesión o en el debilitamiento gradual del cuerpo. También puede surgir de pérdidas más silenciosas: la disminución de la memoria, la pérdida de la autonomía, la soledad de contemplar cómo el mundo continúa su curso o la tristeza que acompaña toda relación verdaderamente significativa. Hay sufrimientos visibles que reciben reconocimiento inmediato. Otros permanecen ocultos, sostenidos en silencio y conocidos únicamente por quien los vive.
El sufrimiento, sin embargo, no debe confundirse con la resistencia. El sufrimiento es aquello que la vida impone. La resistencia es la respuesta humana ante lo impuesto. Es la capacidad de continuar a pesar del dolor, de la incertidumbre o de la pérdida. Gracias a esta capacidad, vidas aparentemente ordinarias sostienen cargas extraordinarias sin renunciar por ello a permanecer vinculadas al mundo.
La medida de la resistencia no puede establecerse desde el exterior. Lo que una persona soporta con aparente serenidad puede sobrepasar por completo a otra. Un peso que en algún momento parecía insoportable puede llegar a incorporarse a la vida cotidiana, mientras que una aflicción aparentemente menor puede agotar fuerzas que llevaban largo tiempo debilitándose en silencio. La resistencia no responde a una escala universal, pues refleja no sólo la magnitud del sufrimiento, sino también la historia, el temperamento, los vínculos y los recursos interiores propios de cada individuo.
Por ello, el sufrimiento no debe confundirse con debilidad, ni la resistencia con invulnerabilidad. Resistir no significa negar el dolor, sino continuar viviendo en su presencia. Constituye una de las expresiones más discretas de la dignidad humana, sin necesitar reconocimiento ni admiración para poseer su significado.
Toda vida acaba encontrando los límites de su resistencia, aunque esos límites no puedan preverse ni ser juzgados por otros. Sólo se revelan en la experiencia de quien los atraviesa. Antes de que la aceptación pueda llegar a ser posible, es preciso comprender no sólo la realidad del sufrimiento, sino también la capacidad del ser humano para resistirlo.
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V. El Umbral Invisible
La vida no se extingue de manera repentina. Al principio parece retirarse de forma imperceptible. La respiración se vuelve más pausada, no en jadeos, sino en un progresivo alivio del esfuerzo, como si el cuerpo comenzara a exigir menos del mundo. El peso disminuye, no sólo en la materia, sino también en la presencia. El yo parece aflojar el vínculo que lo mantenía sujeto a las exigencias de la existencia cotidiana. Una mente antes inquieta divaga con mayor libertad y sus pensamientos permanecen cada vez menos aferrados al pasado, al porvenir o incluso a la urgencia del presente.
Estos cambios no tienen por qué interpretarse como signos de fracaso ni de derrota. Con frecuencia se asemejan a una disminución gradual del esfuerzo. El cuerpo comienza a renunciar a tareas que antes realizaba sin advertirlas. El descanso ocupa un lugar cada vez mayor frente a la actividad. El silencio llega a resultar más acogedor que la conversación. Incluso el empeño por permanecer va cediendo poco a poco a intervalos de quietud que no parecen impuestos ni resistidos. El cuerpo suele reconocer esta transición antes de que la mente alcance a comprenderla plenamente.
También llega un momento de reconocimiento que rara vez se anuncia de manera extraordinaria. Pocas veces queda definido por un diagnóstico o señalado por una fecha determinada. Surge, más bien, de la experiencia vivida. Algunas personas continúan resistiendo su proximidad y consagran sus fuerzas a prolongar cada día. Otras parecen ir acomodándose lentamente a su presencia, del mismo modo en que uno termina por abandonarse al sueño después de una larga vigilia.
Dentro de este proceso, el control comienza a adquirir un significado distinto. El esfuerzo por gobernar cada instante va dejando paso, poco a poco, a la disposición de acompañar el curso que el propio cuerpo parece señalar. Aquello que antes exigía resistencia empieza, gradualmente, a invitar al desprendimiento. El final de la vida deja entonces de parecer una interrupción de su orden para revelarse como una de sus últimas expresiones.
La muerte permanece siendo algo que no puede conquistarse ni aplazarse indefinidamente. Constituye el último umbral de toda existencia, invisible hasta que nos aproximamos a él y plenamente conocido sólo por quien finalmente lo atraviesa.
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VI. La Serena Aceptación
Pensar en la muerte sin miedo, contemplarla sin defensas y permitirle ser aquello que es, puede constituir una de las últimas transformaciones de la conciencia. Durante gran parte de la vida, la mente rehúye su certeza, rodeándola de distracciones, explicaciones, ambiciones y obligaciones aún pendientes. Sin embargo, llega con frecuencia un momento en que todas ellas comienzan a perder su urgencia, y la muerte deja de presentarse como una interrupción para aparecer, simplemente, como la conclusión natural de una vida que ha seguido su propio curso.
A medida que esta transformación se desarrolla, el miedo mismo puede adquirir un significado distinto. El cuerpo ha iniciado ya el lento trabajo del desprendimiento. La mente, con mayor lentitud, comienza también a desprenderse de los significados inconclusos, de las preguntas sin respuesta y de la expectativa de que un día más pudiera modificar aquello que la vida ya ha llegado a completar. La aceptación no nace de la certeza. Surge, poco a poco, cuando la resistencia deja de parecer necesaria.
Ningún recorrido pertenece por igual a todas las vidas. Hay quienes afrontan la mortalidad con serenidad; otros lo hacen con temor, incertidumbre o resistencia. La enfermedad, las circunstancias o incluso los límites de la propia conciencia pueden dejar escaso espacio para la reflexión. La experiencia de morir no admite un desarrollo universal. Allí donde la aceptación llega a manifestarse, no constituye una victoria sobre la muerte, sino una de las formas posibles de habitar su certeza.
La quietud no equivale a la resignación. La resignación supone la derrota ante aquello que se rechaza. La quietud, en cambio, expresa una armonía creciente entre la condición del cuerpo y la comprensión de la mente. El esfuerzo por negociar con aquello que ya no puede modificarse comienza lentamente a desaparecer. Lo que permanece no es el triunfo ni la rendición, sino una reconciliación cada vez más profunda con el curso que la vida ha seguido.
Desde esa reconciliación, la vida puede contemplarse de otra manera. Su valor deja de depender de una prolongación indefinida para descansar en el hecho mismo de haber sido vivida. El silencio que antes parecía vacío adquiere poco a poco suficiencia propia. Cada vez queda menos por defender. Cada vez queda menos por explicar. Lo recibido comienza a revelarse como completo.
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VII. La memoria viva
Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino hacia la aceptación llega a recorrerse completamente en solitario. A lo largo de la existencia somos moldeados, guiados y sostenidos por quienes llegan a formar parte inseparable de nuestra propia historia. Incluso después de su ausencia, continúan presentes en la memoria, en el afecto y en las innumerables huellas que han dejado en quienes compartieron sus vidas.
La vida de Andreina ofreció una presencia de esa naturaleza. Quienes la conocieron fueron testigos no sólo de las limitaciones que la enfermedad fue imponiéndole con el paso de los años, sino también de la serenidad con la que continuó habitando cada uno de sus días. Su vida, no menos que su muerte, recuerda que la mortalidad nunca pertenece exclusivamente a quien la experimenta. Es una realidad compartida por las familias, por los amigos y por todos aquellos que acompañan a otro ser humano durante los últimos capítulos de su existencia.
La muerte despoja lentamente aquello que durante tanto tiempo pareció esencial. Sin embargo, hay realidades que permanecen. El afecto no desaparece. La gratitud no se extingue. La memoria continúa realizando su tarea mucho después de que la presencia física ha dejado de acompañarnos.
A quienes han recorrido la vida junto a nosotros les debemos algo más que el recuerdo. Les debemos el reconocimiento de que una parte de cuanto hemos llegado a ser fue modelada por su compañía, por su paciencia y por su amor. Su ausencia no cancela ese legado. Con frecuencia, lo hace todavía más visible.
Ya no permanecen entre nosotros como antes. Sin embargo, aquello que confiaron a quienes los amaron continúa viviendo más allá de sus propias vidas, sostenido discretamente por la memoria y el afecto de quienes los recuerdan. En esa permanencia silenciosa, la gratitud encuentra una de sus expresiones más perdurables.