Posts Tagged ‘autonomía’

« Las identidades que mantenemos »

August 10, 2026

*

* *

Nadie adquiere una comprensión de sí mismo en aislamiento.   Desde la infancia, la conducta encuentra aprobación, resistencia, afecto, expectativa, decepción y juicio.   A través de esos encuentros, la persona aprende no sólo cómo responden los demás ante ella, sino también cómo reconocerse a sí misma.   Parte de ese reconocimiento resulta indispensable.   Sin la relación con los demás, el lenguaje mismo apenas podría proporcionar las distinciones mediante las cuales la experiencia se vuelve inteligible.   Sin embargo, ese mismo proceso introduce una dificultad:   una forma de reconocimiento que inicialmente ayuda a la persona a comprenderse puede llegar a convertirse en algo que necesita preservar para seguir siendo inteligible ante sí misma.

La dificultad no reside en tener una identidad.   Nadie transita por la vida sin alguna continuidad entre memoria, conducta y expectativa.   La dificultad surge cuando preservar esa continuidad comienza a determinar aquello que la persona puede reconocer.   Una concepción establecida de sí misma puede entonces dejar de registrar la experiencia y comenzar, en cambio, a seleccionar de la experiencia cuanto confirme esa concepción.   La contradicción se vuelve más difícil de admitir porque ya no concierne solamente a un acto o a un juicio.   Amenaza la concepción de la persona desde la cual ese acto o ese juicio han sido comprendidos.

El deseo de ser bueno hace visible esta relación.   La consideración ética exige que una persona atienda a su conducta y a sus consecuencias para los demás.   La preocupación por cómo es percibida puede también revelar una conducta que la intención privada excusaría con demasiada facilidad.   Ni la bondad ni la consideración del juicio ajeno resultan, por tanto, sospechosas en sí mismas.   Una condición distinta aparece cuando ser reconocido como bueno se vuelve necesario para la concepción que una persona mantiene de sí misma.   Puede entonces preservar la apariencia de generosidad mientras resiente lo que la generosidad exige, consentir cuando desea negarse o reprimir la ira porque la ira contradice a la persona que cree ser.

El concepto de persona formulado por Carl Jung identifica parte de esta dificultad.   La persona designa la presentación social mediante la cual alguien entra en relación con los demás.   Tal presentación es inevitable.   Circunstancias diferentes requieren legítimamente distintas manifestaciones de la conducta, y ningún encuentro aislado revela la totalidad de una persona.   El problema comienza cuando la presentación social adquiere autoridad sobre aquello que la persona puede reconocer en sí misma.   La apariencia de bondad hace entonces algo más que comunicar un carácter ante los demás.   Regula cuáles reacciones pueden incorporarse a la propia comprensión de ese carácter.

La sombra de Jung aborda cuanto esa comprensión excluye.   El valor del concepto no depende de imaginar un depósito oculto de cualidades inaceptables.   Su fuerza diagnóstica reside en una observación más sencilla:   aquello que una persona no puede conciliar con la concepción que mantiene de sí misma no deja por ello de actuar.   La ira negada porque contradice la bondad puede manifestarse como resentimiento.   El deseo de negarse puede persistir bajo el consentimiento reiterado.   La rivalidad puede acompañar a la generosidad sin comparecer en la explicación que la persona generosa ofrece de su conducta.   La discrepancia importa porque la intención consciente ya no explica adecuadamente lo que la persona hace.

Esta discrepancia permite establecer una distinción que será necesaria más adelante.   La sombra conserva utilidad diagnóstica mientras nombra una divergencia que puede examinarse entre la conducta, la reacción y la explicación que una persona ofrece de sí misma.   No necesita postular una estructura invisible como causa de esa divergencia.   Una cosa es reconocer que la descripción consciente no alcanza a explicar lo observado; otra, inferir de esa insuficiencia una entidad o una estructura previa encargada de producirla.   La primera operación mantiene abierta la indagación.   La segunda introduce una explicación cuya presencia ya no depende necesariamente de aquello que puede observarse.

El reconocimiento de esa discrepancia complica otra conducta habitualmente considerada virtuosa:   ayudar.   Una persona puede responder a la necesidad ajena porque esa necesidad justifica la asistencia.   Sin embargo, la asistencia reiterada establece también una relación entre quien ayuda y quien recibe la ayuda.   Dentro de esa relación, quien ayuda puede adquirir utilidad, autoridad, gratitud, intimidad o una sensación de ser necesario.   Ninguna de estas consecuencias invalida la asistencia.   Adquieren significación diagnóstica cuando la persistencia de la necesidad ajena comienza a preservar algo que quien ayuda necesita para reconocerse a sí mismo.

La distinción no puede resolverse mediante la sola observación de la generosidad.   Actos idénticos pueden proceder de relaciones diferentes consigo mismo y con otra persona.   Un momento más revelador puede presentarse cuando la ayuda es rechazada, deja de ser necesaria o alcanza su propósito.   Si la independencia ajena produce resentimiento, pérdida de propósito o el impulso de restablecer la dependencia anterior, la reacción revela una función adquirida por la ayuda.   La conducta que parecía concernir al bienestar de otra persona había comenzado también a sostener la concepción que quien ayudaba mantenía de su propia importancia.

Tal posibilidad no autoriza a clasificar a quienes ayudan habitualmente como personas psicológicamente dependientes de quienes reciben su asistencia.   La clasificación ocultaría precisamente la relación que requiere examen.   Una indagación diagnóstica pregunta, en cambio, qué función cumple esa conducta en una vida determinada.   Ayudar puede expresar afecto, obligación, generosidad, control, temor al abandono, deseo de reconocimiento o varias de estas disposiciones simultáneamente.   La distinción pertinente surge de la relación entre conducta, circunstancia y respuesta, no de asignar a la persona un tipo psicológico.

La misma dificultad aparece cuando la respuesta deseada de otra persona es la comprensión y no la necesidad.   Los seres humanos se explican porque la comprensión hace posibles la comunicación, la intimidad y la rectificación.   Desear ser comprendido pertenece, por tanto, a muchas relaciones.   Pero la explicación puede adquirir otra función.   Una persona puede continuar explicándose después de haber comunicado los hechos pertinentes porque el desacuerdo o la incomprensión han comenzado a perturbar la confianza en su propio juicio.   La comprensión ajena deja entonces de ser el objeto de la comunicación y se convierte en una condición necesaria para conservar la certeza sobre sí mismo.

El punto de inflexión puede advertirse cuando la explicación ya no modifica lo comunicado y sólo busca modificar la respuesta del interlocutor.   Si los hechos han sido expuestos, las razones han sido comprendidas y, aun así, la persona siente que debe seguir reformulándolos hasta obtener asentimiento, la insistencia revela algo distinto de un esfuerzo por aclarar.   La conversación ha comenzado a sostener una necesidad de ratificación.   El desacuerdo ya no se recibe únicamente como una diferencia de juicio:   amenaza la estabilidad de la interpretación que la persona mantiene de su propia experiencia.

La diferencia entre comprensión y validación se oculta con facilidad.   Quien rechaza todo juicio externo no posee por ello mayor independencia.   Otra persona puede advertir una inconsistencia que quien actúa no alcanza a percibir.   La evidencia puede exigir una revisión y el desacuerdo puede revelar un error.   La independencia de juicio no puede significar, por tanto, inmunidad ante la rectificación.   Consiste, más bien, en preservar la distinción entre la evidencia que impugna un juicio y la incapacidad de otra persona para ratificarlo.   Sin esa distinción, el acuerdo puede confundirse con la verdad y el desacuerdo con la invalidación.

Si la necesidad de ser comprendido permite que la percepción ajena gobierne la comprensión de uno mismo, la proyección permite el movimiento inverso.   La expectativa de una persona puede gobernar aquello que reconoce en otra.   El tratamiento jungiano de la proyección resulta útil precisamente en este punto porque dirige el examen hacia la participación del perceptor en aquello que parece haber descubierto en alguien más.

La operación resulta particularmente difícil de reconocer cuando la expectativa adopta la forma de esperanza.   Percibir las capacidades de otra persona no implica necesariamente percibirla de manera errónea.   Las personas aprenden, reconsideran, empeoran, se recuperan y cambian.   La conducta presente no puede agotar todas las posibilidades futuras.   Sin embargo, la posibilidad puede también desplazar la evidencia.   Una persona reiteradamente percibida como poco fiable puede seguir siendo tratada conforme a la fiabilidad que acaso desarrolle algún día.   Quien hiere reiteradamente a otra persona puede ser percibido a través de una transformación anticipada y no mediante la conducta que continúa produciéndose.

La esperanza revela su desplazamiento cuando la reiteración deja de modificar la expectativa.   Si una conducta se repite, produce consecuencias reconocibles y, pese a ello, cada nuevo episodio continúa interpretándose como excepción previa a un cambio siempre inminente, la posibilidad futura ha comenzado a proteger al perceptor de la evidencia presente.   La esperanza ya no amplía lo que puede ocurrir.   Reduce la autoridad de lo que está ocurriendo.

La proyección muestra por qué la percepción de otra persona no puede examinarse preguntando solamente si la descripción parece verosímil.   El perceptor participa también en la descripción.   Aquello que teme, desea o necesita puede organizar qué rasgos adquieren prominencia y cuáles permanecen subordinados.   El reconocimiento de esa participación constituye una de las contribuciones perdurables de Jung.   Su valor reside en devolver la interpretación a quien la formula, en lugar de concederle un acceso privilegiado a la verdad psicológica de otra persona.

La misma disciplina se vuelve necesaria cuando la interpretación se dirige hacia el pasado.   La lesión difiere de la proyección porque el acontecimiento puede ser demostrable y sus consecuencias perdurables.   Una persona que ha sufrido abandono, humillación, violencia o pérdida no falsea su experiencia al reconocer que el acontecimiento la modificó.   La memoria conserva hechos que ni el desarrollo psicológico ni el transcurso del tiempo pueden abolir.   La pregunta diagnóstica concierne a otra cosa:   la relación entre lo sucedido y la autoridad concedida posteriormente a lo sucedido.

Una lesión puede explicar una reacción presente sin explicar a la persona entera que reacciona.   Puede restringir posibilidades posteriores sin determinar cada elección posterior.   Puede conservar su carácter doloroso sin exigir que toda nueva relación reproduzca sus términos originales.   La distinción adquiere importancia cuando un acontecimiento pasado proporciona una interpretación estable para circunstancias diferentes de aquel acontecimiento.   Lo que alguna vez explicó una respuesta puede entonces comenzar a organizar las respuestas antes de que las circunstancias presentes hayan sido percibidas adecuadamente.

Esto no significa que una persona deba desprenderse de una identidad formada a través del sufrimiento, como si la identidad pudiera desecharse mediante una decisión.   Tampoco autoriza a un observador a determinar cuándo otra persona ha recordado una lesión durante demasiado tiempo.   Tales juicios reproducirían el error que se examina al permitir que una interpretación preceda a la experiencia que pretende explicar.   La pregunta pertinente sigue siendo diagnóstica:   si la memoria continúa registrando lo sucedido o si lo sucedido ha adquirido autoridad rectora sobre aquello que puede suceder ahora.

Bondad, ayuda, comprensión, esperanza y memoria no forman, por ello, un catálogo de síntomas ni cinco variaciones intercambiables de una misma disposición.   Cada una compromete una relación distinta:   el juicio ajeno interviene en la bondad; la necesidad de otra persona modifica el sentido de la ayuda; la comprensión pone en juego la relación entre comunicación y ratificación; la esperanza introduce la distancia entre conducta presente y posibilidad futura; la memoria confronta la persistencia de lo ocurrido con la apertura de circunstancias nuevas.   Lo común no reside en que todas oculten una misma causa, sino en que cada relación puede adquirir autoridad sobre la identidad de quien participa en ella.

La psicología de Jung adquiere particular valor en este punto.   Persona, sombra y proyección no tienen que concebirse como compartimentos de una anatomía psicológica.   Pueden identificar relaciones que revelan la insuficiencia de la descripción consciente de uno mismo.   La persona dirige la atención hacia la forma social mediante la cual alguien se presenta.   La sombra registra la discrepancia entre esa presentación, la correspondiente concepción de sí mismo y aquello que la conducta deja advertir.   La proyección examina lo que el perceptor introduce en una percepción aparentemente exterior.

La individuación ocupa en Jung un lugar más amplio que estas operaciones particulares.   No designa simplemente el acto de detectar contradicciones en la propia identidad, sino un proceso de diferenciación e integración mediante el cual contenidos antes subordinados, excluidos o proyectados pueden entrar en una relación menos unilateral con la conciencia.   La noción conserva así una especificidad dentro del pensamiento jungiano antes de servir a la indagación que aquí se desarrolla.   Su interés para este ensayo reside en que el proceso no exige considerar completa la explicación que una persona ofrece de sí misma, aunque tampoco convierte cada discrepancia en prueba de una estructura oculta.

La fuerza de este planteamiento reside en negarse a equiparar la conciencia con la explicación que la conciencia ofrece de sí misma.   Una persona puede interpretar sinceramente de manera errónea su propia conducta.   Puede actuar por varios motivos y reconocer sólo uno.   Puede percibir con exactitud e introducir, sin embargo, en esa percepción una expectativa que no reconoce.   Puede conservar un recuerdo verdadero y permitir al mismo tiempo que ese recuerdo determine circunstancias que ya no lo reproducen.   Los conceptos de Jung proporcionan un vocabulario para examinar estas discrepancias sin necesidad de considerar fraudulenta la intención consciente.

Ese mismo vocabulario, sin embargo, introduce otra dificultad cuando Jung pasa de las discrepancias y relaciones que pueden confrontarse con la experiencia a los arquetipos.   Las vidas humanas contienen indudablemente recurrencias.   Nacimiento, dependencia, separación, sexualidad, rivalidad, autoridad, peligro, pérdida, envejecimiento y muerte confrontan a los seres humanos bajo condiciones históricas y culturales muy diversas.   Los relatos y las imágenes producidos a partir de esas condiciones presentan, en consecuencia, correspondencias.   Reconocerlas puede ampliar la percepción al permitir que una representación ilumine rasgos de otra que, de otro modo, podrían permanecer inadvertidos.

Aquí vuelve a adquirir importancia la diferencia entre discrepancia observable y estructura postulada.   Una contradicción entre la conducta y la explicación que una persona ofrece de sí misma puede examinarse en los términos mismos en que aparece.   Un arquetipo, en cambio, propone que recurrencias separadas remiten a una organización psíquica que las antecede.   La semejanza entre fenómenos puede justificar la comparación; no basta por sí sola para demostrar la existencia de la estructura que se invoca para explicar esa semejanza.

Un arquetipo conserva su utilidad mientras permite reconocer recurrencias sin determinar de antemano su significado.   La dificultad comienza cuando la recurrencia se toma como evidencia de una estructura psíquica subyacente y esa estructura se invoca después para explicar la existencia de la recurrencia.   La dirección de la indagación ha cambiado.   Una afinidad descubierta inicialmente entre distintas experiencias se convierte en el antecedente del cual se afirma que esas experiencias proceden.

Este desplazamiento produce una ventaja interpretativa que constituye también una debilidad metodológica.   Si dos representaciones se asemejan, su semejanza puede invocarse como evidencia de una forma arquetípica.   Si difieren, las diferencias pueden entenderse como manifestaciones culturales o individuales de esa misma forma.   El arquetipo puede, por tanto, sobrevivir tanto a la semejanza como a la variación.   A medida que aumenta su capacidad para incorporar manifestaciones diferentes, se vuelve más difícil precisar las condiciones bajo las cuales la interpretación resultaría insuficiente.

De ello se desprende otro problema.   Un arquetipo no se identifica a sí mismo.   Un intérprete decide que imágenes, relatos o experiencias diferentes revelan una misma forma recurrente.   La decisión puede ser esclarecedora, pero el acto comparativo pertenece al intérprete.   Si el arquetipo resultante se trata posteriormente como una estructura inherente a los fenómenos mismos, la operación interpretativa que produjo la semejanza desaparece de la consideración.   Un método concebido en parte para revelar la proyección puede entonces ocultar la participación del propio intérprete en la construcción de la categoría.

Esta tensión no exige aceptar ni rechazar en su conjunto el pensamiento arquetípico.   Exige preservar una distinción entre reconocimiento y explicación.   Las formas recurrentes merecen examen porque la recurrencia puede revelar relaciones que la observación aislada no advierte.   La recurrencia no establece por sí sola que una estructura psíquica universal las haya producido.   El arquetipo puede conservarse como medio de comparación sin convertirse en una ontología de la conciencia humana.

La misma cautela permite regresar a la individuación sin reducirla al método del ensayo.   Dentro de Jung, la individuación conserva su amplitud como proceso de diferenciación e integración de la personalidad.   Fuera de cualquier aceptación doctrinal de ese proceso, una consecuencia más limitada resulta todavía aprovechable:   ninguna descripción establecida de uno mismo debería quedar exenta de aquello que la experiencia muestra en contradicción con ella.   Esta formulación no convierte la individuación en una teoría general de autenticidad ni supone la recuperación de un yo verdadero oculto bajo la adaptación social.

Si se entendiera la individuación como recuperación de ese yo verdadero, el concepto sustituiría una identidad fija por otra.   La persona auténtica se convertiría en un nuevo modelo que adoptar, acompañado de expectativas acerca de autonomía, integración y libertad frente a la dependencia.   En cambio, reconocer que una identidad puede excluir aspectos de la experiencia no exige prescribir una identidad final.   La indagación modifica la autoridad concedida a la descripción de sí mismo sin afirmar que debajo de ella aguarda un yo consumado.

Esta distinción devuelve el examen a las identidades con las que comenzó.   El propósito no consiste en dejar de querer ser bueno, ayudar a los demás, buscar comprensión, reconocer posibilidades o recordar una lesión.   Cada una de estas disposiciones permanece inscrita en las relaciones humanas.   Tampoco consiste en descubrir un yo purificado del cual haya desaparecido la dependencia.   La persona continúa existiendo entre otras personas, siendo afectada por ellas, dependiendo del juicio, la memoria y la expectativa, y participando en relaciones que no pueden reducirse a la autonomía individual.

Lo que el examen modifica no es necesariamente la relación misma, sino la autoridad que ésta adquiere.   Una persona puede preguntarse si el deseo de ser buena le impide reconocer una respuesta poco generosa; si ayudar a otra persona se ha vuelto necesario para sentirse necesaria; si una explicación continúa procurando comprensión o ha comenzado a exigir ratificación; si la esperanza permanece abierta a una posibilidad o convierte la reiteración contraria en excepción; si la memoria informa el juicio presente o lo determina antes de que las circunstancias actuales puedan manifestarse.   Ninguna de estas preguntas obtiene su respuesta de la categoría utilizada para formularla.

Esa limitación constituye también su valor.   El pensamiento diagnóstico no necesita decirle a una persona qué es secretamente.   Puede examinar aquello que su conducta exige que permanezca inadvertido para que una concepción establecida de sí misma conserve su coherencia.   Los conceptos más perdurables de Jung contribuyen a ese examen cuando revelan una discrepancia o una relación sin pretender haber agotado su causa.   Se vuelven menos fiables cuando el nombre asignado a una recurrencia comienza a sustituir la indagación que permitió percibirla.

La pregunta que permanece no consiste, por tanto, en determinar qué identidad debe abandonarse ni qué arquetipo contiene su explicación.   Consiste en saber si la identidad mediante la cual una persona se reconoce continúa respondiendo a la experiencia, o si la experiencia ha comenzado a responder a la identidad.

*

Ricardo F. Morín

10 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« BALUARTE »  

January 25, 2026

 


*

Ricardo Morín
Baluarte
Anteriormente titulada Buffalo Series, Nº 3  Óleo sobre lino, 60 × 88 pulgadas
1980
Exhibida: Hallwalls Contemporary Arts Center, Buffalo, Nueva York, mayo de 1980.
Destruida mientras se encontraba bajo custodia de terceros y existente únicamente como registro archivístico digital.  

 

*

 

 

*  

 

No llegué a conocer las fronteras que más tarde gobernarían mi escritura a través de la instrucción ni de la doctrina, sino por una observación hecha incidentalmente por mi padre cuando yo era todavía un niño.   Él afirmó, sin vacilación ni desarrollo ulterior, que no podía imaginar su existencia bajo un sistema político que amenazara la libertad individual y la autonomía privada, y que la vida bajo tales condiciones dejaría de ser una vida que pudiera habitar.   La formulación era extrema, pero incluso entonces resultaba evidente que no estaba concebida como propuesta, amenaza ni puesta en escena.   Funcionaba, más bien, como un límite:   una indicación de hasta dónde la supervivencia, una vez despojada de dignidad, dejaría de merecer el nombre de vida.

 

La fuerza de aquella afirmación no residía en su contenido literal, sino en la claridad con la que establecía un límite.  Las expresiones extremas suelen atraer atención por exceso, pero esta operaba de otro modo.   No buscaba reacción ni adhesión.   Cerraba una puerta.   Lo que se marcó fue el punto en el que el juicio dejó de ser negociable, no porque el compromiso se volviera difícil, sino porque la continuidad misma perdió coherencia.   Lo que se marcaba no era expresión, sino diagnóstico.   Identificaba un umbral más allá del cual resistir equivaldría a consentir la propia negación.

 

Esa distinción —entre vivir y simplemente persistir— tardaría años en adquirir todo su peso.   Es posible seguir con vida y, sin embargo, dejar de habitar las condiciones bajo las cuales la acción, la responsabilidad y la elección siguen siendo inteligibles.   El cuerpo perdura; los términos de la autoría no.   Lo que se cede en tales casos no es comodidad ni ventaja, sino la autoría de la propia conducta:  la capacidad de seguir siendo el origen responsable de los propios actos.

 

Solo más tarde la ironía histórica otorgó a aquel recuerdo de infancia un marco más amplio.   Mi padre murió un año antes de que Venezuela ingresara en un orden político prolongado que normalizó la humillación cívica y desplazó la responsabilidad individual.   Esta coincidencia no confiere previsión ni vindicación.   Simplemente subraya la naturaleza del límite que él había articulado.   No pretendió anticipar desenlaces ni arrogarse una comprensión superior.   Identificó una condición que no estaba dispuesto a habitar, con independencia de cuán común, administrativamente justificada o socialmente impuesta llegara a volverse.

 

Lo que se transmitió a través de aquella afirmación no fue una ideología, ni siquiera una posición política, sino una negativa.   Fue la negativa a tratar la dignidad como contingente, y la negativa a aceptar la adaptación como intrínsecamente neutral.   Tales negativas no son dramáticas.   No se anuncian como virtudes.   Operan en silencio, delimitando lo que uno no hará, lo que uno no dirá, y lo que no permitirá que atraviese sus actos a cambio de continuidad, seguridad o aprobación.  

 

Escribir, he llegado a entender, no está exento de las restricciones que gobiernan la acción.   La forma simbólica no suspende la responsabilidad.   El lenguaje actúa.   Enmarca posibilidades, distribuye responsabilidades y habilita ciertas respuestas mientras clausura otras.   Escribir sin atender a lo que las propias palabras habilitan es tratar la expresión y la conducta, como si pertenecieran a órdenes distintos.   No lo hacen.   El mismo límite que rige la acción rige el lenguaje:   no se deben habitar formas que exijan el abandono habitual de la autonomía.

 

La responsabilidad autoral no implica exhibición moral ni representación de la virtud.   La responsabilidad en la escritura no consiste en adoptar la postura correcta ni en alinearse con conclusiones aprobadas.   Consiste en rechazar métodos que sustituyen la claridad por la coerción, la humillación o la presión retórica.   Exige atención no solo a lo que se afirma, sino a lo que se permite continuar mediante el tono, la implicación y la omisión.   La precisión aquí no es una preferencia estilística; es una disciplina moral.

 

La contención,  en este sentido, no es pasividad sino un método de autoría.  Es una forma de interrupción en la circulación de aquello que uno no consiente trasmitir.  Negarse a amplificar lo que uno no consiente transmitir es un acto de selección y un ejercicio de agencia.  En un entorno donde el exceso,  la indignación y la urgencia reactiva suelen confundirse con seriedad,  la contención se convierte en un modo de preservar la autoría sobre la propia participación.  La contención limita el alcance,  pero conserva la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.  

 

Tal contención inevitablemente tiene un costo.  La urgencia es más que velocidad; es la condición bajo la cual la reflexión misma comienza a aparecer como una desventaja.  La reflexión sirve como una salvaguarda procedimental de la agencia y de la autoría —y con ellas, de la responsabilidad ética— incluso cuando las circunstancias no pueden gobernarse y uno se ve obligado a elegir dentro de la restricción.  La contención resiste la urgencia,  estrecha el alcance y renuncia a ciertas formas de reconocimiento.  Estas pérdidas no son accidentales;  son constitutivas.  Aceptar todos los registros o plataformas disponibles en nombre de la relevancia equivale a tratar la supervivencia como el bien supremo.  El límite articulado tiempo atrás indica lo contrario:  que existen condiciones bajo las cuales la continuidad exige un precio demasiado alto.  

 

La responsabilidad autoral, entonces, no es una cuestión de expresión sino de alineación entre lenguaje y acción.  Se pregunta si el lenguaje que uno emplea habita el mismo terreno ético que la propia conducta.  Pregunta si las formas que uno adopta exigen concesiones que uno rechazaría en la acción.  La obligación no es persuadir ni prevalecer, sino permanecer responsable ante los límites que uno ha reconocido.

 

Lo que permanece no es una doctrina sino una postura:  una postura que se mantiene sin dramatización,  sin escapatoria y sin concesión a formas que prometen continuidad a costa de la dignidad.  Esta postura no se anuncia como resistencia ni busca exención de las consecuencias.  Se mantiene firme sin apelación.  Al hacerlo,  afirma que la autoría —como la autonomía— comienza allí donde ciertas límites dejan de cruzarse.   


Lo que queda sin abordar es la condición más frágil que subyace a la autoría misma:  la forma en que el pensamiento precede a la agencia y, en ocasiones, recoloca al autor antes de que pueda asumirse una postura.  

 

El recuerdo de mi padre aparece como un blanco móvil —no una idea que se desliza fuera de control, sino un estándar que se desplaza bajo mis pies mientras yo aún avanzaba.  No lo invité en el sentido de una intención o de un plan.  Tampoco lo resistí.  Noté que se movía antes de poder decidir qué exigía.  

 

Esa experiencia resulta inquietante porque viola una suposición reconfortante:  que el pensamiento es algo que desplegamos, y no algo que nos recoloca en relación con lo que enfrentamos.  

 

La incertidumbre acerca de si lo había invitado es en sí misma una señal de que no estaba instrumentalizando mi pensamiento.  Cuando el pensamiento es convocado como herramienta, permanece fijo.  Cuando emerge en respuesta a algo que importa, se mueve, porque se ajusta a la realidad en lugar de organizarla.  Ese movimiento solo se experimenta como una pérdida de control si la autoría se entiende como dominio más que como capacidad de respuesta.  

 

Acepté la incomodidad de no saber si había convocado aquello que ahora reclamaba atención.  Esto era resistencia en movimiento, no parálisis del juicio.  La pregunta surge únicamente cuando el pensamiento sigue lo bastante vivo como para ser desplazado.  

 

El blanco se movía porque estaba ligado al terreno de la percepción, no al yo que percibía.

 

Ricardo F. Morín.

23 de diciembre de 2025.

Kissimmee, Florida.


« El Algoritmo del Gallo »

March 1, 2025

*

“Rooster’s Crow” [2003] de Ricardo F. Morín.
Acuarela sobre papel, 99 cm de alto x 65 cm de ancho.

*

Introducción

Al despuntar el alba, el canto del gallo rasga el silencio—agudo e insistente—arrastrando a todo aquel que lo oye a la conciencia de un nuevo día.

En la pintura Rooster’s Crow, los colores giran en una confluencia de rojos y grises, capturando al ave no como un sereno heraldo del amanecer, sino como un símbolo de agitación.      Su forma retorcida, sus plumas dispersas y sus líneas fracturadas reflejan una corriente de cambio más profunda—un choque de fuerzas, caótico e inevitable.      La imagen sugiere el flujo incesante del tiempo y el peso de las transformaciones que siempre lo acompañan.

En esta narrativa en evolución, la fragmentación del canto del gallo refleja la expansión de la Inteligencia Artificial.      Antes, su grito anunciaba la llegada del día; ahora, resuena en una transformación más compleja—un equilibrio cambiante entre los ritmos de la naturaleza y la creciente influencia de los sistemas tecnológicos.      La silueta del gallo, fracturada en su estela, se convierte en un reflejo de las tensiones entre la agencia humana y el auge de fuerzas que, aunque diseñadas por nosotros, pueden escapar a nuestra plena comprensión.      Aquí, la Inteligencia Artificial actúa tanto como agente de cambio como posible arquitecta de un futuro que ni podemos prever ni controlar.

« El Algoritmo del Gallo »


Un gallo no canta para advertir ni para invitar; su llamado es sólo el sonido de la inevitabilidad, crudo y urgente, ajeno a la respuesta de quienes lo escuchan.      No ordena el amanecer ni espera permiso—simplemente anuncia lo que ya ha comenzado.

En la dinámica cambiante de la ambición y el poder, la tecnología ha asumido un papel similar.      Modelada por la intención humana, avanza bajo la guía de quienes la programan, su influencia determinada por las prioridades de sus arquitectos.      Para algunos, representa el umbral de un progreso sin precedentes, una vía para superar las limitaciones humanas; para otros, encarna una nueva forma de dominio, un instrumento que redefine la administración de sociedades de maneras antes impensables.      Se ensalza su eficiencia como virtud, prometiendo simplificar la gestión, eliminar fricciones y suprimir la imprevisibilidad de la deliberación humana.      Pero una máquina no negocia ni disiente.      Y en manos de quienes ven la democracia como un lastre—un obstáculo al avance—los algoritmos dejan de ser simples herramientas para convertirse en los verdaderos mediadores del poder.

Tomemos un ejemplo cotidiano: los sistemas de recomendación en línea. Presentados como facilitadores de la elección individual, en realidad modelan lo que vemos y oímos, influyendo en nuestras decisiones antes incluso de que las tomemos. Algo similar ocurre con la administración de sociedades mediante modelos computacionales: ofrecen la ilusión de autonomía mientras restringen el margen real de acción a lo que su lógica predice que preferiremos. El resultado es un dilema inquietante: creemos decidir libremente, cuando en realidad son los sistemas quienes trazan el camino.

Hubo un tiempo en que la lucha por el control se libraba de forma visible—conquistas territoriales, leyes reescritas a la vista de todos.      Ahora, el enfrentamiento ocurre en espacios menos tangibles, donde líneas de código determinan el rumbo de naciones, donde ecuaciones complejas deciden qué voces serán amplificadas y cuáles silenciadas.      El poder ya no reside exclusivamente en los uniformes ni en los cargos electos.      Se desplaza hacia tecnócratas, corporaciones y oligarcas cuya influencia trasciende los límites de cualquier gobierno.      Algunos proclaman abiertamente su propósito de transformar el mundo; otros operan en la sombra, dejando que la corriente avance hasta que oponerse sea imposible.      La cuestión ya no es si los algoritmos gobernarán, sino quién dictará su curso.

El sistema de crédito social en China ya no es una teoría, sino una realidad donde el comportamiento se moldea mediante incentivos y restricciones apenas perceptibles.      Modelos predictivos rastrean y condicionan acciones individuales, configurando hábitos sin que sus sujetos lo noten hasta que el cambio es irreversible.      En Occidente, las estrategias son menos explícitas, pero no menos efectivas:      las plataformas diseñadas para conectar a las personas ahora son herramientas de persuasión masiva.      La desinformación ya no es producto de la acción humana; se genera a escala, con una precisión matemática que moldea percepciones sin levantar sospechas.

En este contexto, la paradoja del conocimiento incompleto de Gödel resulta reveladora:      Ningún sistema puede explicarse completamente a sí mismo.      A medida que los modelos de aprendizaje automático se expanden y se refinan, comienzan a reflejar esta misma limitación.      Desde los algoritmos que curan contenidos hasta los que rigen los mercados financieros, su funcionamiento se vuelve progresivamente opaco, incluso para sus propios diseñadores.      La paradoja es clara:      cuanto más poderosos, más incontrolables.

A medida que estos sistemas se fortalecen, la línea entre la administración pública y la autoridad corporativa se difumina.      La regulación, cuando existe, va siempre un paso atrás.      Alguna vez se pensó que la tecnología nivelaría el campo de juego, potenciando al individuo.      Pero la ambición desbocada no se pregunta si debe avanzar, solo si puede hacerlo.      Y así, el desarrollo continúa, impulsado por quienes creen que la complejidad del gobierno puede ser sustituida por la precisión de las máquinas.      La promesa de progreso es seductora, incluso cuando socava las estructuras que históricamente protegieron contra el autoritarismo.      ¿De qué sirve una prensa libre cuando la información puede ser filtrada en tiempo real?      ¿Qué valor tiene un voto cuando las percepciones pueden ser moldeadas sin que lo advirtamos, guiándonos hacia decisiones que creemos propias?      La maquinaria del control ya no reside en ministerios de propaganda, sino en redes neuronales cuyo alcance y falta de supervisión las vuelven inabordables.

Algunos sostienen que estos sistemas corregirán sus propios excesos, que su deriva autoritaria se revertirá con el tiempo.      Pero la historia no siempre justifica tal optimismo.      Cuanto más eficiente es un mecanismo de control, más difícil es desafiarlo.      Cuanto más integrada está la supervisión en la vida cotidiana, menos visible se vuelve.      A diferencia de regímenes pasados, que imponían la obediencia por la fuerza, el nuevo paradigma no necesita ordenar; le basta con diseñar un entorno en el que disentir sea impracticable.      No requiere reprimir cuando puede ofrecer comodidad.      La pérdida de libertad no siempre llega con el sonido de botas marchando; puede infiltrarse en silencio, disfrazada de conveniencia, hasta que no quede alternativa.

Pero la inevitabilidad no garantiza la conciencia.      Aunque el sistema se cierre en torno a sus engranajes y las decisiones se conviertan en ecos de una lógica impersonal, el mundo sigue girando, ajeno a quienes quedan atrapados en su maquinaria.      Los arquitectos de este orden no se ven a sí mismos como señores del control, sino como innovadores, solucionadores de problemas que buscan optimizar la ineficiencia humana.      No se detienen a preguntar si la administración de sociedades estaba destinada a ser eficiente.

En una sala donde las decisiones ya no necesitan ser tomadas, se da un intercambio.      Una voz sintética, pulida e impersonal, responde a una consulta sobre el alcance del sistema.

La gobernanza no se está automatizando —declara—.      Sólo se mantiene la apariencia de su existencia.

La frase flota en el aire, seguida por un instante de silencio.      Un funcionario, un ingeniero o quizá un burócrata—convencido alguna vez de que ejercía control sobre el proceso—titubea antes de formular la última pregunta.

¿Y qué ocurre con la elección?

Una pausa.      Luego, la voz, sin vacilar:

La elección es un vestigio del pasado.

El peso de la respuesta se asienta, no como una proclamación de triunfo, sino como la confirmación de un desenlace largamente anticipado.      La última jugada fue ejecutada mucho antes de que la pregunta se hiciera.

Y afuera, como si subrayara la conclusión de todo, un gallo canta una vez más.

*

Ricardo Federico Morín Tortolero
1 de marzo de 2025; Oakland Park, Florida