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« El alcance de la circunstancia »

August 14, 2026
Ricardo F. Morín
Serie Búfalo, Nº 6
36″ x 78″
Óleo sobre lienzo
1979

Prefacio

La gente descubre a menudo que hechos ocurridos mucho más allá de su entorno inmediato le afectan la vida de maneras que nadie anticipó ni controló.    Falta un producto en la tienda del barrio porque la producción se interrumpió en otra parte.    Una enfermedad surge en una región y llega a otra.   Una decisión tomada en una capital lejana altera las condiciones de gente que no tuvo parte en tomarla. Cambian los regímenes del clima, se mueven los precios, se extienden las tecnologías, y las consecuencias llegan de lugares que la mayoría de la gente no verá jamás.

Esas experiencias pertenecen a un mundo en el que muchos de los procesos que moldean la vida diaria se extienden más allá de las comunidades locales.   Familias, barrios, pueblos y naciones siguen afectados por fuerzas que se originan más allá de ellos.

Las circunstancias en que viven las sociedades humanas se han encontrado repetidamente con condiciones que excedían el alcance de las prácticas y expectativas existentes.    El comercio conectó regiones distantes.    Los territorios políticos se expandieron más allá de las comunidades locales.   La industrialización ató los medios de vida a procesos económicos que operaban lejos de donde esos medios de vida se sostenían.   En cada caso, la gente se enfrentó a realidades mayores que aquellas para las cuales muchos órdenes heredados habían sido concebidos.

Las respuestas históricas variaron.   Algunas instituciones comerciales y de gobierno se adaptaron poco a poco.   Otras resistieron el cambio hasta que las circunstancias lo impusieron.   Algunas extendieron su alcance conservando supuestos antiguos.   Otras generaron prácticas nuevas y formas nuevas de organización.   Ninguna pauta única gobernó esas transiciones.    Lo que permaneció constante fue el encuentro entre órdenes heredados y condiciones a las que ya les quedaban pequeños.

Si las condiciones contemporáneas pertenecen a esa pauta histórica, o si representan algo distinto, sigue siendo incierto.    Lo que está en juego no es un desenlace preferido, sino la medida en que el alcance de la circunstancia sigue excediendo los supuestos, las expectativas y los órdenes a través de los cuales las sociedades lo comprenden y le responden.

Esta pregunta desconcertante importa porque las maneras familiares de organizar la vida colectiva suelen persistir después de que las circunstancias que les dieron origen han cambiado.    Prácticas que alguna vez atendían las condiciones que la gente enfrentaba pueden continuar mucho después de que esas condiciones hayan sido alteradas por tecnologías nuevas, formas nuevas de intercambio, pautas nuevas de movimiento y formas nuevas de interdependencia.   Si los órdenes heredados pueden todavía abarcar circunstancias cuyo alcance ha cambiado no es una pregunta meramente abstracta.   Atañe a cómo las sociedades entienden los desafíos que tienen delante y el repertorio de respuestas de que disponen.

Ricardo Morín

10 de junio de 2026

En tránsito


I. Rutas: circunstancias en movimiento

Las circunstancias no se quedan donde nacen.   Las condiciones que moldean la vida de una comunidad rara vez surgen por completo dentro de ella.   Llegan por caminos abiertos para otros fines, a través de distancias que ningún viajero abarca solo, y a lo largo de períodos que ninguna generación presencia entera.   El movimiento extiende el alcance de la circunstancia más allá de los límites de cualquier lugar y lleva consigo más de lo que anticiparon o quisieron quienes primero lo pusieron en marcha.   Viajan las mercancías, pero también viajan las condiciones que las producen, las enfermedades que las acompañan y las creencias que les dan sentido.   Se mueve la gente, pero también se mueven los arreglos que lleva por dentro y las circunstancias que encuentra en el camino.   Las ideas cruzan límites que los ejércitos no siempre pueden cruzar, y las enfermedades atraviesan barreras que ni el comercio ni la diplomacia logran sellar del todo.   La importancia de las rutas no está en el movimiento solo, sino en lo que el movimiento hace posible:   la entrada de una circunstancia en un lugar donde antes no estaba presente.   El alcance de la circunstancia comienza con el movimiento.

Mucho antes de que existieran los grandes Estados, los sistemas industriales o los medios modernos de comunicación, las rutas terrestres conectaban comunidades separadas por distancias enormes.   La red de caminos que cruzaba el Asia Central, conocida en siglos posteriores como la Ruta de la Seda, no consistía en un solo camino sino en múltiples corredores que atravesaban desiertos, pasos de montaña y praderas de estepa a lo ancho de Eurasia.   Las caravanas se movían entre regiones cuyas lenguas, religiones, órdenes políticos y condiciones ecológicas diferían profundamente entre sí.   Ningún mercader ocupaba la red entera, y ninguna autoridad política la administraba en su totalidad.   Y sin embargo, circunstancias originadas en una región entraban en la vida de poblaciones que vivían mucho más allá de ella.   La seda se movía hacia el oeste. Los caballos, hacia el este. Las especias, la cristalería y los metales preciosos seguían rutas cuya longitud sumada excedía el alcance administrativo de cualquier imperio que pretendiera gobernarlas.   Junto a la mercancía viajaban tradiciones religiosas, saberes técnicos, formas artísticas y usos de la lengua.   Las rutas terrestres de Eurasia dejaron ver que el alcance de la circunstancia podía extenderse a través de distancias enormes por el movimiento acumulado de muchos participantes, ninguno de los cuales controlaba el todo.

Las rutas marítimas extendieron ese alcance por otro terreno.   El océano Índico conectaba sociedades que iban del África oriental y la península arábiga a la costa occidental de la India, los puertos del sudeste asiático y la costa sur de la China.   Lo que distinguía a esta red no era solo su extensión geográfica sino la regularidad de su funcionamiento. Los vientos estacionales del monzón establecían pautas recurrentes de movimiento:   llevaban las naves de ida durante una parte del año y las devolvían durante otra.   Mercaderes, marineros, peregrinos, migrantes y viajeros se movieron por la misma red marítima a lo largo de siglos, sosteniendo relaciones entre sociedades distantes cuyos encuentros fueron volviéndose, poco a poco, parte de las condiciones ordinarias de la vida en cada una.   Las mercancías viajaban en grandes cantidades, pero también viajaban las lenguas, las tradiciones religiosas, las técnicas y las prácticas del comercio.   Las circunstancias originadas en una región entraban en otras no por contacto aislado sino por una circulación recurrente que se acumulaba de generación en generación.   Las rutas marítimas del Índico dejaron ver que el alcance de la circunstancia podía sostenerse tanto por la continuidad como por la distancia.

Las rutas oceánicas llevaron el alcance de la circunstancia aún más lejos.   El mundo atlántico que se desarrolló después del siglo XV conectó poblaciones que hasta entonces habían evolucionado separadas, a través de un océano que ninguna había cruzado antes.   Plantas, animales, patógenos, técnicas y personas cruzaron en ambas direcciones, pero las consecuencias se repartieron de manera desigual entre las sociedades implicadas. Los ambientes fueron alterados.   Las dietas cambiaron.   Las pautas demográficas se movieron a una escala que ningún intercambio anterior había producido.   Los sistemas de trabajo fueron reorganizados para servir a sistemas de producción que operaban a distancias oceánicas.   Las rutas oceánicas del Atlántico pusieron al descubierto la capacidad del alcance de la circunstancia para alterar no solo lo que las comunidades poseían sino las condiciones fundamentales en que se sostenían:    sus poblaciones, sus ecologías y sus arreglos para organizar el trabajo y repartir sus frutos.

Ciertas rutas adquieren importancia no solo porque conectan regiones distantes sino porque múltiples circunstancias dependen de ellas a la vez.   El Asia occidental ha funcionado durante muchos siglos como una encrucijada por la que han pasado, una y otra vez, las rutas que enlazan África, Europa, el Asia Central y el Asia del Sur.   El comercio, la migración, la expansión imperial, la transmisión religiosa y los flujos de recursos han convergido sobre los mismos corredores en períodos sucesivos.   El estrecho de Ormuz ilustra la importancia duradera de semejantes pasos.   Una franja angosta de agua que une el golfo Pérsico con el mar Arábigo, ha servido durante siglos como un punto donde el movimiento de mercancías, la proyección de la autoridad política y la conducción del comercio se han cruzado una y otra vez.   Las circunstancias que afectan a un solo paso pueden alterar condiciones que se extienden mucho más allá de él.   La importancia de un corredor estratégico no está solo en su ubicación sino en el abanico de relaciones que dependen de que siga accesible.   El alcance de la circunstancia se concentra en tales puntos de maneras que vuelven legible su dependencia de condiciones geográficas particulares.

La información ha viajado siempre por rutas, tan ciertamente como las mercancías y la gente. Los sistemas de correo llevaron correspondencia a través de imperios y redes comerciales siglos antes de que existieran las comunicaciones modernas.   Las redes de telégrafo alteraron en el siglo XIX la velocidad a la que circunstancias comerciales, políticas y militares podían transmitirse a través de distancias que antes exigían semanas o meses de travesía.   La radiodifusión extendió el alcance de la información aún más lejos, hasta lugares que las comunicaciones anteriores no habían penetrado.   Las redes digitales han extendido el movimiento de la circunstancia por vías de información cuya velocidad y escala difieren de todos los sistemas anteriores.   Las circunstancias viajan por las rutas de la información como viajan por las físicas: entran en lugares donde antes no estaban presentes y llevan consigo más de lo que quisieron o anticiparon quienes primero las transmitieron.   La velocidad de la transmisión cambia. El alcance de la circunstancia por las rutas de la comunicación permanece como una constante de la experiencia histórica.

II. Entramados: circunstancias en relación

Las circunstancias rara vez llegan solas. Una enfermedad sigue al intercambio comercial. La migración sigue al conflicto. Las tradiciones religiosas acompañan a mercaderes, peregrinos, colonos y conquistadores. Los cultivos alteran dietas, poblaciones, sistemas de trabajo y pautas de asentamiento.   Los recursos atraen autoridad política, inversión comercial, protección militar y competencia.   El movimiento, como dejó establecido la indagación anterior, extiende el alcance de la circunstancia más allá de su punto de origen.   Pero el movimiento solo no explica lo que ocurre cuando circunstancias nacidas por separado entran en el mismo campo de experiencia. Una vez que se cruzan, suele volverse difícil separarlas.   Lo que comenzó como condiciones distintas se vuelve parte de un solo campo, no siempre coherente.   El alcance de la circunstancia se extiende no solo por el movimiento sino por la relación. Las circunstancias se vuelven parte unas de otras.

La enfermedad rara vez se queda en circunstancia médica.   La peste negra, que siguió las rutas comerciales de Eurasia durante el siglo XIV, no llegó como un hecho puramente biológico.   Viajó por una red de intercambio ya moldeada por circunstancias comerciales, políticas y demográficas que determinaron dónde se propagó, con qué rapidez se movió y qué poblaciones encontró.   Sus efectos se acumularon a través de esas relaciones.   Los arreglos del trabajo cambiaron porque las poblaciones disminuyeron.   Las interpretaciones teológicas se movieron porque las explicaciones existentes resultaron insuficientes ante la escala de la mortandad.   Los órdenes políticos se desestabilizaron en regiones donde la capacidad administrativa dependía de poblaciones que ya no existían en sus números anteriores.   Epidemias posteriores dejaron ver la misma condición.   El cólera se movió por las redes comerciales e imperiales del siglo XIX.   La influenza siguió el movimiento de poblaciones durante y después de la Primera Guerra Mundial.   El VIH se propagó por pautas de migración y comercio a través de continentes.   El ébola puso al descubierto relaciones entre la perturbación ecológica, la capacidad institucional y la respuesta internacional.   El COVID-19 dejó ver el entramado de cadenas de suministro globales, sistemas de salud pública, autoridad política y circulación de información.   Los patógenos viajan por circunstancias ya moldeadas por otras circunstancias.   Sus efectos emergen de esas relaciones tanto como de la biología de la enfermedad misma.   El alcance de una enfermedad es inseparable del alcance de las circunstancias por las que se mueve.

La migración altera poblaciones, sistemas de trabajo, lenguas, prácticas religiosas, formas culturales y órdenes políticos de maneras que ninguna causa única produce y ninguna autoridad controla del todo.   Las condiciones en los lugares de origen permanecen conectadas con las condiciones en los destinos mucho después de ocurrido el movimiento.   Las remesas fluyen de regreso por los caminos que los migrantes recorrieron de ida.   Las lenguas habladas en las comunidades de llegada llevan huellas de las regiones de donde vinieron sus hablantes.   Las prácticas religiosas trasplantadas a lugares nuevos se encuentran con tradiciones existentes y producen formas que ninguno de los dos lugares habría generado solo.

Las circunstancias que producen la migración rara vez son una sola.   El deterioro ambiental, el desplazamiento económico, la violencia política, la presión demográfica y el conflicto militar suelen operar a la vez, de modo que aislar una sola causa es una comodidad del análisis y no una realidad de la historia.   Las circunstancias que la migración produce en sus destinos son igualmente variadas. Los cambios del mercado de trabajo, las adaptaciones institucionales, los encuentros culturales y las respuestas políticas suelen emerger juntos y se resisten a reducirse a un solo origen.

La migración permite reconocer relaciones que se extienden por múltiples lugares y generaciones que sobreviven al movimiento original.   El alcance de la circunstancia a través de la migración se mide no solo en distancia sino en la duración de sus efectos sobre las comunidades por las que pasa.

Las tradiciones religiosas no viajan solas. La expansión del islam por el mundo del océano Índico, el Asia Central, el África subsahariana y el sudeste asiático no fue un movimiento de la fe aislado de otras circunstancias.   Lo acompañaron lenguas. A su lado se desarrollaron tradiciones jurídicas.   Lo siguieron instituciones de enseñanza. Las redes comerciales llevaron la tradición y fueron extendidas por su expansión.   Formas artísticas, prácticas de arquitectura y sistemas de organización social viajaron por las mismas vías.

La expansión del cristianismo por el mundo atlántico llevó de manera semejante lenguas, formas institucionales, prácticas de enseñanza, conceptos jurídicos y órdenes políticos a lugares donde esas circunstancias no habían estado presentes.   Ni el islam ni el cristianismo llegaron como un sistema puro de creencias, separable de las circunstancias materiales e institucionales con las que cada uno se había entramado en el curso de su transmisión.   Las circunstancias que acompañan a las tradiciones religiosas sobrevivieron muchas veces a la intensidad de la transmisión original y persistieron en formas institucionales, prácticas jurídicas y arreglos sociales mucho después de que el encuentro inicial se hubiera retirado de la experiencia inmediata.

El alcance de la circunstancia a través de la transmisión religiosa permite reconocer que creencia e institución, fe y organización, no siempre pueden separarse del campo más ancho de relaciones por el que viajan.

Los sistemas de alimentación dejan ver el alcance de la circunstancia en las condiciones más inmediatas de la vida diaria.   La agricultura depende a la vez del clima, del agua, del trabajo, del transporte, del comercio, de las finanzas y de la técnica.   Ninguna cosecha es producida por una sola circunstancia.   Los viajes de Cristóbal Colón alteraron dietas, poblaciones, ambientes y arreglos económicos a través de continentes mediante el movimiento de plantas, animales y prácticas agrícolas entre hemisferios que hasta entonces se habían desarrollado por separado.   El maíz, la papa, el tomate y otros cultivos americanos entraron en los sistemas agrícolas de Europa, África y Asia y alteraron no solo lo que la gente comía sino cómo crecían las poblaciones, cómo se organizaba el trabajo y cómo se usaba la tierra.   La producción de azúcar en las Américas reorganizó los sistemas de trabajo en el mundo atlántico, conectando la agricultura de una región con el comercio y el consumo de otras a través de relaciones que ningún participante en parte alguna del sistema abarcaba por completo.

La inseguridad alimentaria y la hambruna ponen al descubierto las relaciones entre condiciones ambientales, arreglos comerciales, decisiones políticas y presiones demográficas que se resisten a atribuirse a una sola causa.   La hambruna irlandesa del siglo XIX, las hambrunas que acompañaron las perturbaciones de la administración colonial en el Asia del Sur y las crisis alimentarias del siglo XX demostraron, cada una, que las condiciones que decidían si las poblaciones podían sostenerse estaban entramadas con circunstancias que se extendían mucho más allá de los campos donde las cosechas crecían o se perdían.

El alcance de la circunstancia a través de los sistemas de alimentación hace patente cuán de cerca dependen las necesidades de la vida diaria de relaciones que se extienden más allá de los lugares donde la comida se produce, se intercambia y se consume.

Los sistemas de energía dejan ver el alcance del entramado hasta las infraestructuras de las que depende la vida moderna.   El carbón alteró las condiciones de la manufactura, el transporte y la vida urbana durante el siglo XIX, concentrando poblaciones, reorganizando el trabajo y produciendo consecuencias para la salud, el ambiente y la organización política que ninguna decisión única había anticipado.   El petróleo extendió esas relaciones más lejos, conectando las condiciones de la vida diaria en las sociedades industriales con regiones cuyas poblaciones no tenían relación necesaria con el consumo que ocurría en otra parte.

La dependencia del transporte, la manufactura, la agricultura, el comercio, la comunicación y la vida del hogar respecto de sistemas de energía cuyas fuentes quedan lejos de sus puntos de uso ha hecho del entramado de la energía con otras circunstancias un rasgo persistente de la experiencia histórica moderna.   Las interrupciones de la producción, los movimientos del precio y los conflictos por el acceso a los recursos de energía han alterado una y otra vez condiciones mucho más allá de los lugares donde esas interrupciones nacieron.   Las interrupciones de la producción, los movimientos del precio y los conflictos por el acceso a los recursos de energía han alterado una y otra vez condiciones mucho más allá de los lugares donde esas perturbaciones nacieron.  La concentración de su transporte en un número limitado de corredores vuelve a economías distantes dependientes de condiciones geográficas y políticas que no controlan.

El alcance de la circunstancia a través de los sistemas de energía hace patente cuán hondamente dependen las condiciones de la vida ordinaria de relaciones extendidas a grandes distancias.

Los sistemas de información alteran la circulación del conocimiento, la creencia, el comercio y la autoridad política de maneras que se entraman con las circunstancias más anchas a través de las cuales las sociedades organizan la vida colectiva.   La introducción de la imprenta en la Europa del siglo XV alteró las condiciones en que operaban la autoridad religiosa, la comunicación comercial, la práctica jurídica y la organización política, no reemplazando esas circunstancias sino entrando en relación con ellas y alterando el campo en que funcionaban.   La telegrafía cambió en el siglo XIX la velocidad a la que las circunstancias comerciales y políticas podían interactuar a través de las distancias, produciendo relaciones entre mercados que antes estaban separados por el tiempo que la información tardaba en viajar entre ellos.   La radiodifusión extendió el alcance de la información hasta el interior de los hogares, entramando la circulación de la creencia, la autoridad política y la persuasión comercial con las condiciones de la vida privada.

Las redes digitales y las plataformas algorítmicas han extendido esas relaciones más lejos, conectando identidad, gobierno, mercados e interacción social a través de sistemas cuyas operaciones exceden con frecuencia la conciencia de quienes participan en ellos.   Las circunstancias interactúan cada vez más a través de los sistemas de comunicación tanto como del movimiento físico, produciendo relaciones cuyos orígenes y efectos no siempre pueden confinarse a un solo dominio.

El alcance de la circunstancia a través de los sistemas de información deja ver que la comunicación hace más que transmitir condiciones.   Se vuelve una de las condiciones a través de las cuales las otras circunstancias interactúan.

El intercambio comercial enlaza producción, transporte, trabajo, finanzas, consumo y gobierno a través de relaciones que se extienden más allá de la conciencia de los participantes individuales.   Una prenda producida en una región, con materiales extraídos en otra, transportada por sistemas organizados en una tercera, vendida en una cuarta y financiada mediante arreglos nacidos en una quinta, concentra en un solo objeto el alcance de circunstancias repartidas por múltiples lugares y múltiples escalas.

Las cadenas de suministro por las que operan los sistemas comerciales contemporáneos vuelven legibles relaciones que se extienden mucho más allá de lo visible para quienes participan en cualquiera de sus partes.   Las circunstancias comerciales se cruzan con la migración, la energía, la enfermedad, el cambio ambiental y la autoridad política de maneras que hacen que los efectos de una interrupción en una parte del sistema se sientan en lugares sin conexión aparente inmediata con ella.   Los arreglos financieros por los que se organiza el intercambio comercial reparten de manera semejante los efectos de la inestabilidad entre poblaciones que no tuvieron parte directa en producir las condiciones de las que esa inestabilidad emergió.

El intercambio se vuelve parte de un campo más ancho de circunstancias interconectadas cuyo alcance se extiende más allá de las intenciones de quienes participan en él y más allá de los órdenes que cualquier autoridad única haya establecido para gobernarlo.   El alcance de la circunstancia a través del intercambio comercial permite reconocer cómo las relaciones formadas para el movimiento de mercancías se vuelven cauces por los que viajan también muchas otras circunstancias.

III. Duración: la circunstancia en mudanza

Algunas circunstancias desaparecen.   Las condiciones que las produjeron se disuelven, las rutas por las que viajaron se cierran, y los lugares donde operaron se transforman hasta volverse irreconocibles.   Lo que queda puede ser poco más que una huella en la lengua, una forma de la arquitectura o una práctica cuyo contexto original se ha vuelto irrecuperable.

Otras perduran.   Persisten a través de siglos, sobreviviendo a los órdenes políticos que primero les dieron forma institucional, a los sistemas comerciales por los que primero se extendieron, a las poblaciones que primero las llevaron y a las técnicas por las que primero operaron. Las que perduran rara vez permanecen iguales.   Una circunstancia que persiste varios siglos no persiste por quedarse idéntica a lo que fue en su origen.   Sobrevive por mudanzas sucesivas, asumiendo formas que sus iniciadores no siempre reconocerían, operando por arreglos que difieren sustancialmente de aquellos por los que primero apareció, y produciendo efectos en lugares que sus primeros portadores nunca conocieron.

La duración no es permanencia.   Es la capacidad de una circunstancia de seguir siendo identificable a través de mudanzas que, tomadas una por una, parecerían haberla alterado más allá de toda continuidad.   El alcance de la circunstancia se extiende no solo por el movimiento y la relación sino por el tiempo:   por la capacidad de una condición de sobrevivir a los arreglos particulares por los que primero se hizo visible.

El cristianismo surgió en el mundo del Mediterráneo oriental del Imperio romano, entre poblaciones cuyas lenguas, circunstancias políticas y formas culturales estaban moldeadas por aquel preciso lugar histórico.   Sus primeras instituciones se desarrollaron en relación con esas condiciones: las estructuras administrativas del imperio, las tradiciones filosóficas del mundo helenístico, las prácticas jurídicas del gobierno romano y el paisaje religioso de una región donde múltiples tradiciones convivían y competían.

Esas condiciones cambiaron.   El imperio por cuyo armazón administrativo la tradición primero se extendió acabó dividiéndose, contrayéndose y, en sus porciones occidentales, disolviéndose en órdenes sucesores que diferían sustancialmente de lo que los había precedido.   El cristianismo sobrevivió a esa disolución y continuó a través de los órdenes políticos que lo reemplazaron, adaptando sus formas institucionales, sus lenguas de culto y de administración, y sus relaciones con la autoridad política a medida que cambiaban las condiciones que lo rodeaban.

Los cismas alteraron su organización interna.   Las reformas desafiaron los arreglos institucionales existentes y produjeron expresiones nuevas que disputaron la autoridad de las antiguas.   La expansión misionera llevó la tradición a lugares cuyas poblaciones, lenguas y formas culturales diferían profundamente de aquellas en las que primero se había desarrollado.   La colonización la entramó con circunstancias políticas y comerciales distintas de las que acompañaron su expansión anterior.   La secularización alteró la posición institucional que ocupaba en sociedades donde llevaba mucho tiempo establecida.

A través de estas mudanzas, la circunstancia siguió siendo reconocible, no porque no cambiara, sino porque la continuidad persistió por mudanza y no por quietud.   El alcance de la circunstancia a través de la duración se deja ver en la capacidad de seguir siendo identificable a través de condiciones que habrían hecho insostenible su forma original.

El islam surgió en la península arábiga durante el siglo VII y se expandió por regiones cuyas circunstancias existentes diferían profundamente de las de su origen.   Las tradiciones administrativas persas, los órdenes políticos africanos, las culturas de la estepa del Asia Central, los sistemas filosóficos y religiosos del Asia del Sur, las redes comerciales del sudeste asiático y las formaciones intelectuales y políticas europeas se encontraron, cada una, con la tradición en expansión bajo condiciones distintas y produjeron desenlaces que variaron en consecuencia.

Las tradiciones jurídicas se diversificaron en escuelas de interpretación cuyas diferencias reflejaban las circunstancias de las sociedades en que se desarrollaron.   Los órdenes políticos por los que la tradición se relacionaba con el gobierno cambiaron según las regiones y los siglos, produciendo formas que diferían sustancialmente entre sí sin dejar de ser reconocibles como expresiones de la misma circunstancia.   Las expresiones culturales en la arquitectura, la literatura, la música y el arte visual asumieron formas propias de los lugares donde aparecieron, llevando la tradición a dominios moldeados por condiciones locales.

El islam persistió no por uniformidad sino por adaptación y diferenciación.   La circunstancia siguió siendo identificable a través de lugares cuyas condiciones diferían entre sí tanto como las sociedades del África occidental, el Asia Central y el sudeste asiático diferían de la península arábiga en que nació.   La duración ocurrió por mudanza y no por la conservación de una forma original fija.

El intercambio comercial es muy anterior a los arreglos institucionales por los que ha sido organizado en cualquier período particular.   La circunstancia del intercambio organizado, el movimiento de mercancías entre productores y consumidores por sistemas que establecen valor, facilitan la transacción y reparten lo producido, ha persistido a lo largo de todos los lugares históricos en que las sociedades humanas han organizado la vida colectiva, mientras que las formas por las que ha operado han cambiado repetida y sustancialmente.

Los mercados, las casas de mercaderes, las compañías de comercio, las sociedades por acciones, las empresas multinacionales y los sistemas financieros que las acompañan difieren en su organización, sus fundamentos jurídicos, su alcance geográfico y sus relaciones con la autoridad política.   Los métodos por los que el intercambio se ha conducido cambiaron igualmente. El trueque cedió el paso a la moneda.   El crédito amplió el alcance de la transacción. Los instrumentos de papel, la transferencia electrónica y las transacciones digitales alteraron la velocidad y la escala a las que el intercambio podía ocurrir.   Las prácticas contables, los arreglos de propiedad, las estructuras de inversión y los armazones jurídicos que gobiernan las reclamaciones comerciales pasaron por mudanzas que, tomadas una por una, representaban desviaciones sustanciales de lo que las precedió.

Y sin embargo la circunstancia del intercambio organizado perduró a través de esas mudanzas.   Siguió siendo identificable a través de lugares que difieren entre sí tanto como las redes de mercaderes medievales difieren de los sistemas comerciales contemporáneos.   La duración ocurrió por mudanza institucional y no por la conservación de forma particular alguna.

La autoridad política ha asumido a lo largo del tiempo histórico formas que difieren sustancialmente en escala, organización, justificación y relación con las poblaciones sobre las que ejercieron gobierno.   Las ciudades-Estado organizaron la vida política en torno a comunidades urbanas concentradas.   Los reinos extendieron la autoridad por territorios definidos por pretensiones dinásticas y capacidad militar. Los imperios incorporaron poblaciones, lenguas, tradiciones jurídicas y arreglos administrativos diversos dentro de estructuras cuya extensión geográfica excedió cuanto las formas anteriores habían logrado.   Las federaciones repartieron la autoridad entre unidades constituyentes mediante arreglos pensados para equilibrar la autonomía local con las exigencias de la acción colectiva.   Las administraciones coloniales extendieron la autoridad política a distancias oceánicas, gobernando poblaciones mediante arreglos diseñados para servir a centros metropolitanos lejanos.   Los Estados nacionales organizaron la autoridad en torno a pretensiones de identidad cultural, lingüística o histórica compartida cuya relación con la diversidad de las poblaciones que gobernaban era, muchas veces, más supuesta que demostrada.

A través de estas formas sucesivas, las prácticas administrativas sobrevivieron muchas veces a los órdenes políticos que primero las desarrollaron.   Los procedimientos burocráticos, los armazones jurídicos, los sistemas de impuestos y los métodos de registro persistieron a través de las transiciones entre formas políticas, llevando arreglos desarrollados bajo un orden a las operaciones de su sucesor.

Los Estados perduran menos por permanencia que por reconfiguración continua.   El alcance de la circunstancia a través de la autoridad política se deja ver en la persistencia de la práctica administrativa a través de las mudanzas de la forma política.

Los sistemas financieros han evolucionado a lo largo de siglos por mudanzas que alteraron una y otra vez los mecanismos por los que se organizan el crédito, la deuda, la inversión y el intercambio, mientras la circunstancia de la interdependencia financiera seguía expandiéndose.   La moneda estableció sistemas de intercambio cuyo funcionamiento dependía de la autoridad política que la emitía y la garantizaba.   Las instituciones bancarias desarrollaron métodos de crédito y transferencia que extendieron la actividad comercial más allá de lo que el movimiento físico de la moneda podía sostener.   Los mercados de valores crearon arreglos por los que la inversión podía organizarse a través de distancias y entre participantes sin relación directa con las empresas que su capital sostenía.

La banca central introdujo mecanismos por los que la autoridad política buscó regular las condiciones del crédito y de la circulación monetaria en las economías nacionales.   Las finanzas electrónicas alteraron la velocidad y la escala a las que las transacciones podían ocurrir, conectando mercados de varios continentes mediante sistemas que operan más rápido de lo que participante alguno puede observar por completo.   Los activos digitales y la contratación algorítmica introdujeron mecanismos cuyo funcionamiento excede la comprensión inmediata de muchos de los participantes institucionales encargados de vigilarlos.

Los mecanismos por los que opera la interdependencia financiera han cambiado repetida y sustancialmente.   La circunstancia misma ha seguido expandiéndose, atrayendo un rango creciente de actividad económica hacia relaciones de dependencia mutua que se extienden por lugares que los sistemas financieros anteriores no conectaban.   La duración ocurrió por mudanza técnica y organizativa mientras la circunstancia de fondo seguía extendiendo su alcance.

Las infraestructuras digitales surgieron de contextos científicos, militares y administrativos precisos a mediados del siglo XX.   Se desarrollaron por programas de investigación cuyos participantes no anticiparon la escala final de lo que estaban creando, y se expandieron desde sistemas especializados que servían a fines institucionales limitados hasta infraestructuras globales de las que la comunicación, el comercio, el gobierno, la investigación y la interacción social han llegado a depender extensamente.

La circunstancia no permaneció estable a través de esa expansión. Los avances en capacidad de procesamiento, arquitectura de redes, diseño de programas, miniaturización de aparatos e integración de sistemas de cómputo en los objetos de todos los días alteraron las condiciones en que operaban las infraestructuras digitales mientras extendían su alcance a dominios que las etapas anteriores no habían penetrado.   La comunicación llegó a depender de las infraestructuras digitales antes que el comercio. El comercio, antes que el gobierno.   El gobierno, antes que la interacción social a la escala de la vida diaria ordinaria.

La circunstancia siguió cambiando aun mientras se ahondaba la dependencia de ella, produciendo una condición en la que mudanza y dependencia avanzaban a la vez, alterando cada una las condiciones de la otra.   La duración ocurrió por mudanzas técnicas sucesivas cuyo efecto acumulado fue volver las infraestructuras digitales cada vez más difíciles de separar de las condiciones de la vida social moderna.

La inteligencia artificial surgió de desarrollos anteriores en computación, matemática, estadística y teoría de la información, llevando dentro de sí huellas de las circunstancias por las que se desarrollaron esos campos antecedentes.  Sus formas han cambiado ya repetidamente en un período comparativamente corto.   Los primeros sistemas simbólicos, diseñados para replicar formas precisas de razonamiento, cedieron el paso a enfoques estadísticos que alteraron cómo podían identificarse pautas en grandes colecciones de datos.   Más recientemente, las arquitecturas de redes neuronales han producido capacidades que sus diseñadores no siempre anticiparon y que los armazones existentes de comprensión no siempre han sabido caracterizar.

Sistemas de investigación desarrollados para fines científicos especializados han sido adaptados en aplicaciones comerciales que sirven a poblaciones que no tuvieron parte en los programas de investigación originales.   Los usos gubernamentales se han desarrollado junto a los comerciales, extendiendo el alcance de la circunstancia a dominios de administración, vigilancia y autoridad política.   La interacción del público con sistemas de inteligencia artificial se ha vuelto parte de la experiencia ordinaria en múltiples sociedades, integrando la circunstancia a la vida diaria de maneras que las etapas anteriores de su desarrollo no previeron.

La circunstancia sigue inestable. Sus métodos, sus capacidades y su alcance social siguen cambiando aun mientras se integra cada vez más a otras circunstancias cuyas propias operaciones quedan así alteradas.   Lo que las secciones anteriores permiten reconocer retrospectivamente mediante la distancia histórica, la inteligencia artificial lo deja ver desde otra posición en el tiempo.  Las mudanzas ya están en marcha.  Los entramados ya se acumulan.  Y sin embargo el arco de esta circunstancia no puede abarcarse todavía como una secuencia terminada.

La duración observada desde dentro y no desde la distancia aparece precisamente como esta condición: una circunstancia que ya altera los lugares por los que pasa sin haber asumido la forma estable que volvería su persistencia plenamente legible en retrospectiva.   El alcance de la circunstancia continúa por mudanza y no por culminación, y una circunstancia no necesita haber asumido una forma estable para haber alterado ya las condiciones de los lugares por los que pasa.

IV. Escala: circunstancias en coexistencia

Las circunstancias no operan a una sola escala.   Las condiciones que moldean un hogar difieren en su carácter inmediato de las que moldean una ciudad, una región, una nación o un sistema de relaciones extendido por varios continentes.   Y sin embargo esas condiciones no están selladas entre sí.   Una circunstancia que opera a la escala de un sistema continental entra en las condiciones de un hogar por el precio de la comida, la disponibilidad del trabajo, la presencia o ausencia de la enfermedad, y la estabilidad o perturbación de los arreglos por los que se sostiene la vida ordinaria.   Una circunstancia nacida dentro de un solo hogar puede extender sus efectos, por conexiones comerciales, familiares, políticas o institucionales, hasta lugares muy lejanos de aquel en que surgió.

Circunstancias de orígenes distintos, duraciones distintas y alcances geográficos distintos coexisten en el mismo momento histórico sin disolverse unas en otras.   Lo local no desaparece en lo global.   Lo global no se agota en ninguna expresión local particular.   Ninguna circunstancia única ocupa el campo entero en que opera, y ningún campo está ocupado por una sola circunstancia.

La coexistencia vuelve legible el alcance de la circunstancia de lo emergente y lo heredado.   Circunstancias nuevas entran en lugares ya moldeados por otras más antiguas, y ambas permanecen presentes aun cuando ninguna gobierna el campo por entero.

Algunas de estas coexistencias se vuelven legibles solo en retrospectiva.   Otras se encuentran mientras todavía se están formando, antes de que pueda conocerse su duración, sus efectos o su relación final con las circunstancias más antiguas.

Las comunidades industriales de los siglos XIX y XX ilustran la coexistencia de las escalas con claridad particular.   Un pueblo textil de Lancashire, una comunidad minera del valle del Ruhr o un distrito fabril de Nueva Inglaterra organizaba su vida de trabajo, sus instituciones y sus pautas de asentamiento en torno a una actividad productiva precisa cuyas condiciones estaban determinadas por circunstancias que se extendían mucho más allá de la comunidad misma.   El precio del algodón, la demanda de carbón, las decisiones de inversionistas y casas comerciales lejanas, las fluctuaciones de los mercados internacionales de materias primas y las políticas de los gobiernos nacionales moldeaban, cada cual, las condiciones de comunidades cuya experiencia diaria era inmediata y local mientras que los determinantes de esa experiencia no lo eran.

Los trabajadores cuyas vidas se organizaban en torno a los ritmos de la fábrica o de la mina se encontraban, a través del jornal, del empleo y de la disponibilidad de los bienes, con las circunstancias de sistemas comerciales y financieros cuyas operaciones no gobernaban y cuya extensión no abarcaban.   La comunidad seguía siendo un lugar particular, con sus propios arreglos sociales, sus instituciones y su cultura de trabajo y de asociación, mientras que las condiciones de su existencia eran moldeadas por escalas de organización que diferían sustancialmente de aquellas en que sus miembros vivían y trabajaban.

Escalas distintas coexistían sin disolverse unas en otras.   Las condiciones de la vida en cualquier comunidad industrial particular eran moldeadas por su presencia simultánea y no por una sola escala operando por su cuenta.

Las comunidades responden a las circunstancias que tienen delante mientras permanecen sujetas a decisiones tomadas en otra parte.   Las condiciones en que una ciudad provincial del Imperio romano organizaba su vida pública eran moldeadas en parte por decisiones administrativas tomadas en Roma, por compromisos militares cuyos teatros de operación quedaban más allá del horizonte de la experiencia local, y por circunstancias comerciales cuyos orígenes estaban en regiones que muchos de sus habitantes no verían jamás.

Las condiciones en que un asentamiento colonial del mundo atlántico organizaba su vida económica eran moldeadas por regulaciones comerciales, sistemas de aranceles y decisiones políticas tomadas en capitales metropolitanas lejanas.   La distancia que separaba a quienes tomaban esas decisiones de quienes vivían dentro de sus consecuencias se medía no solo en leguas sino también en diferencias de circunstancia.

Las comunidades del mundo contemporáneo siguen experimentando los efectos de decisiones tomadas más allá de los lugares donde esos efectos se sienten.   Decisiones financieras tomadas en centros lejanos, arreglos comerciales gobernados a escalas mayores y decisiones políticas que afectan a poblaciones que no tuvieron parte en tomarlas se vuelven, todas, parte de la experiencia local.

Escalas distintas de la circunstancia ocupan el mismo campo sin poder reducirse unas a otras.   Las condiciones de la vida local son moldeadas por su coexistencia y no por una sola escala operando por su cuenta.

Las guerras permanecen situadas geográficamente.   El territorio en que se conduce el conflicto armado tiene límites, por disputados y movedizos que esos límites se vuelvan durante el conflicto mismo.   Y sin embargo los efectos del conflicto armado se extienden por circunstancias que no están acotadas geográficamente de la misma manera.

La migración sigue al conflicto armado, llevando poblaciones a través de distancias que el conflicto mismo no recorre.   El comercio se interrumpe a lo largo de cadenas de suministro cuya extensión excede el ámbito geográfico de los combates. Los sistemas de energía se alteran cuando los conflictos tocan regiones por las que pasan recursos vitales.   Los arreglos diplomáticos se reorganizan a través de la red más ancha de relaciones que mantienen las partes del conflicto.   Los sistemas de comunicación llevan las circunstancias de la guerra hasta lugares muy lejanos de su ubicación, volviendo sus condiciones parte de la experiencia de poblaciones que la encuentran por la información y no por la cercanía directa.

Circunstancias nacidas dentro de una región particular coexisten con circunstancias que operan a escalas muy superiores a esa región, y el alcance del conflicto se extiende por esas circunstancias coexistentes hasta lugares que sus límites geográficos no harían sospechar.   El alcance de una circunstancia no se limita a su ubicación.   Lo que ocurre dentro de una escala rara vez queda confinado en ella.

Las sequías, las inundaciones, las tormentas y otras perturbaciones ecológicas ocurren en lugares particulares.   Las condiciones que las producen operan a escalas que no corresponden a los límites de la organización política o comercial humana.   Una sequía que afecta a una región agrícola altera la producción de alimentos de maneras que se extienden por los sistemas comerciales mucho más allá del área afectada, llegando a consumidores de mercados lejanos por cambios de precio y de disponibilidad.   Una inundación que interrumpe la infraestructura de transporte de una región altera las condiciones de redes comerciales que dependen de esa infraestructura sin estar situadas en el área afectada.   Una tormenta que daña la infraestructura de energía produce efectos que se extienden, por los sistemas que dependen de ella, hasta lugares que la tormenta misma no alcanza.

Las consecuencias de las perturbaciones ecológicas viajan por los sistemas de alimentación, las redes de transporte, los arreglos comerciales y las pautas de migración, alcanzando escalas de impacto que su ámbito geográfico inmediato no haría sospechar.   Las circunstancias ambientales y sociales coexisten a escalas distintas, y los efectos de la perturbación en una escala pasan, por las conexiones, a lugares que operan a niveles geográficos e institucionales distintos.   La diferencia entre dónde ocurre una perturbación y dónde se experimentan sus consecuencias permite reconocer el alcance de la circunstancia.

Los corredores estratégicos vuelven legible la coexistencia de circunstancias a través de las escalas con claridad particular.   El estrecho de Ormuz es un accidente geográfico de extensión física limitada, una franja de agua que mide unos cincuenta kilómetros en su punto más angosto.   Y sin embargo las circunstancias que dependen de su accesibilidad se extienden por escalas de la vida comercial, política y doméstica que difieren entre sí tanto como las operaciones de un mercado internacional de energía difieren de la calefacción de un hogar en un país lejano.

Los pasos marítimos, las redes de transporte y los sistemas de energía concentran de manera semejante, en accidentes geográficos precisos, las dependencias de circunstancias que operan a escalas enormemente distintas.   Una perturbación en un corredor estratégico no se queda a la escala del corredor.   Viaja, por los sistemas que dependen de él, hasta las condiciones de economías domésticas, operaciones industriales, arreglos comerciales y relaciones políticas cuya ubicación geográfica no guarda relación inmediata con el paso cuya perturbación alteró sus condiciones.

Circunstancias separadas por la escala permanecen conectadas por la coexistencia.   La importancia de un corredor estratégico está en su capacidad de dejar ver esas conexiones, haciendo visible lo que el funcionamiento ininterrumpido de los sistemas más anchos ordinariamente esconde.

Las circunstancias nuevas entran en campos ya ocupados por órdenes establecidos, y su coexistencia produce condiciones que ninguna de las dos generaría aislada.   La llegada de una enfermedad nueva a una población sin exposición previa no se encuentra con un campo vacío sino con uno ya moldeado por instituciones, pautas de asentamiento, redes comerciales y de transporte, y órdenes políticos desarrollados bajo condiciones anteriores.   Los efectos de la circunstancia nueva son moldeados por esas condiciones coexistentes tanto como por sus propias características.

Las técnicas nuevas entran en campos estructurados de manera semejante.   La introducción de la imprenta se encontró con un mundo ya organizado por la cultura del manuscrito, la autoridad eclesiástica y las redes comerciales existentes para la distribución de materiales escritos.   Las redes digitales entraron en lugares ya organizados por la infraestructura de comunicaciones, los arreglos comerciales y los armazones políticos que gobiernan la comunicación.   La inteligencia artificial está entrando en campos ya moldeados por sistemas de gobierno, comercio, educación y organización social, y sus efectos serán moldeados en parte por esas condiciones preexistentes.

Circunstancias de duración distinta coexisten en el mismo momento histórico.   Las circunstancias nuevas no llegan a lugares vacíos.   Se encuentran con arreglos formados por circunstancias anteriores cuya presencia sigue moldeando el campo en que la circunstancia nueva entra.

El alcance de la circunstancia se vuelve legible por la coexistencia de lo emergente y lo heredado, sin que ninguno de los dos determine por completo las condiciones que produce su encuentro.

El conflicto armado, la migración, la enfermedad, la inseguridad alimentaria, la inestabilidad financiera, la dependencia energética y la mudanza técnica han coexistido una y otra vez en los mismos momentos históricos sin compartir origen, duración ni alcance geográfico.   El siglo XIV vio juntas en Eurasia la peste, la perturbación comercial, la inestabilidad política y la crisis agrícola, en un campo de circunstancias que diferían en origen, duración y alcance.

El período de la expansión atlántica vio juntas la mudanza ecológica, el colapso demográfico, la reorganización del trabajo, el desarrollo comercial y la transmisión religiosa, en un campo de circunstancias que operaban a escalas distintas y por mecanismos distintos.   El siglo XIX vio juntas la industrialización, la expansión imperial, la migración masiva, la enfermedad epidémica y la integración financiera, en un campo de circunstancias cuyo alcance geográfico y cuya duración temporal variaban sustancialmente entre sí.

Ninguna circunstancia única agotó el campo en que operaba.   Ningún campo estuvo ocupado por una sola circunstancia. La experiencia histórica se desplegó una y otra vez por la coexistencia de circunstancias que diferían en origen, duración, alcance y escala.

El alcance de la circunstancia se vuelve legible en esta presencia simultánea.   Circunstancias distintas ocupan el mismo momento sin volverse la misma circunstancia, y los lugares por los que pasan son moldeados por todas ellas a la vez.

V. Paso: circunstancias en lugares concretos

Las circunstancias no operan en abstracto.   El alcance establecido por el movimiento, extendido por la relación, sostenido por la mudanza y encontrado en la coexistencia no se vuelve real hasta que entra en un lugar particular: un sitio con sus propias condiciones previas, sus propios órdenes heredados y su propia población ya ocupada en el trabajo de sostener la vida diaria dentro de las circunstancias que tiene presentes.   Una circunstancia cuyo alcance se extiende por continentes tiene todavía que pasar por un puerto, un mercado, un hogar, una institución o una frontera antes de que su alcance se vuelva una condición que personas concretas habitan.

El lugar no contiene la circunstancia.   No es lo bastante grande, ni lo bastante permanente, ni dueño suficiente de sus propias condiciones para contener lo que pasa por él.   Y sin embargo la circunstancia no suprime el lugar.   El puerto sigue siendo puerto.   El hogar sigue siendo hogar.   La institución sigue operando por órdenes heredados aun mientras las circunstancias que pasan por ella alteran lo que esos órdenes deben atender.

El alcance de la circunstancia se hace visible no en el campo abstracto por el que se extiende sino en los lugares particulares donde cobra cuerpo.   Allí lo ancho y lo local se encuentran sin disolverse uno en otro.   Los órdenes heredados se encuentran con condiciones llegadas de más allá de ellos, y el trabajo ordinario de la vida continúa dentro de circunstancias que nadie en ese lugar originó por completo y que nadie allí controla por completo.

Los puertos han servido desde hace mucho como lugares por los que las circunstancias nacidas en otra parte entran en las condiciones de sitios particulares con una concentración y una visibilidad poco comunes.   Un puerto es, por definición, un punto de entrada: un lugar organizado en torno al movimiento de lo que llega de más allá de él y de lo que parte hacia destinos que no controla.   Por un puerto llega el comercio, pero también llegan las enfermedades que viajan junto al comercio, los migrantes que siguen rutas establecidas de movimiento, las tradiciones religiosas que acompañan a poblaciones en tránsito y las autoridades políticas que buscan regular, gravar y administrar lo que pasa.

Alejandría concentró, en el mundo mediterráneo antiguo, dentro de un solo lugar urbano, las circunstancias comerciales, intelectuales, religiosas y políticas de una región que se extendía del Mediterráneo occidental al océano Índico.   Calicut, en la costa de Malabar, recibió las circunstancias de las redes comerciales árabes, chinas, africanas y al fin europeas dentro de un sitio que siguió siendo inconfundiblemente suyo mientras participaba en sistemas de intercambio cuyo alcance se extendía mucho más allá de él.   Lisboa se volvió en los siglos XV y XVI un punto por el que las circunstancias de la expansión atlántica pasaron hacia dentro y hacia fuera de un lugar europeo ya moldeado por sus propias condiciones previas.   Mercancías, poblaciones, enfermedades, arreglos comerciales y ambiciones políticas se movieron por la ciudad sin haber nacido en ella.

En cada caso, el puerto siguió siendo un lugar particular, con su propia geografía, su población y sus arreglos institucionales.   Y sin embargo las circunstancias que pasaban por él lo conectaban con campos cuyo alcance excedía con mucho el suyo.   El alcance de la circunstancia se hace visible en tales sitios porque concentran, en un lugar concreto, condiciones que de otro modo permanecerían repartidas por un campo más ancho y menos legible.

Las ciudades juntan en un solo lugar el rango entero de circunstancias que las rutas llevan, los entramados multiplican, la duración conserva y la escala reparte entre niveles distintos de organización.   La densidad de la vida urbana, su concentración de poblaciones, instituciones, mercados, infraestructuras y sistemas de comunicación, hace de las ciudades los lugares por los que las circunstancias más anchas asumen muchas veces su forma más visible y de mayor consecuencia.

Constantinopla ocupó durante siglos una posición geográfica por la que pasaron las circunstancias de Europa, de Asia y del mundo mediterráneo.   Dentro de un solo lugar urbano concentró circunstancias comerciales, religiosas, políticas y militares nacidas en un campo geográfico vastísimo.   La ciudad, sus murallas, sus instituciones, su riqueza acumulada y su posición a caballo sobre las grandes rutas del movimiento, moldeó y fue moldeada por las circunstancias que pasaban por ella.   Órdenes políticos sucesivos transformaron su gobierno dejando huellas de los arreglos anteriores incrustadas en sus instituciones y en su tejido urbano.

Londres concentró en el siglo XIX, en sus calles, sus instituciones financieras, sus instalaciones portuarias, su aparato administrativo y su población, las circunstancias de un sistema imperial extendido por varios continentes.   El intercambio comercial, la migración, la producción industrial, la administración política y la actividad financiera convergieron en un lugar cuya geografía inmediata era limitada pero cuyas conexiones se extendían por buena parte del mundo.

La ciudad se vuelve un lugar por el que las circunstancias más anchas cobran forma concreta no porque las contenga sino porque provee la densidad de arreglo por la que sus efectos se hacen operantes y sus relaciones se hacen visibles.   El alcance de la circunstancia se vuelve legible en las ciudades porque circunstancias que en otra parte permanecen dispersas se encuentran allí dentro del mismo campo de la vida diaria.

Las fronteras sirven de lugares donde el alcance de la circunstancia se encuentra con órdenes establecidos para regular el movimiento.   Buscan determinar qué puede pasar, a qué ritmo, bajo qué condiciones y con qué consecuencias para aquellos cuyo movimiento gobiernan.   Una frontera no es solamente una raya. Es un lugar organizado en torno al encuentro entre el alcance de la circunstancia y las pretensiones de la autoridad política. Allí la migración se encuentra con la regulación.   El comercio, con la inspección y el arancel.   El movimiento de la gente, con las categorías por las que los sistemas políticos lo clasifican y le responden.

Las fronteras del Imperio romano no eran rayas fijas sino zonas por las que poblaciones, mercancías, fuerzas militares y autoridad política se movían bajo condiciones que cambiaban a medida que cambiaban las circunstancias del imperio y de las poblaciones vecinas.   Las fronteras establecidas por la reorganización colonial de los territorios de África, Asia y las Américas crearon lugares donde la autoridad imperial se encontró con poblaciones cuyos propios arreglos para organizar las relaciones territoriales diferían sustancialmente de los que se les estaban imponiendo.

Los efectos de esos encuentros persistieron muchas veces más allá de las circunstancias que primero los produjeron.   Arreglos institucionales, disputas territoriales y relaciones políticas siguieron moldeando a los Estados sucesores mucho después de terminada la administración colonial directa.   Las circunstancias que habían pasado por la frontera permanecieron presentes en los lugares moldeados por ese paso.

Las fronteras dvuelven legible la relación entre las circunstancias más anchas y las jurisdicciones particulares no resolviendo las tensiones entre ellas sino haciéndolas visibles por las condiciones que producen allí donde el encuentro ocurre.   El alcance de la circunstancia se hvuelve legible en las fronteras porque el movimiento y la regulación se encuentran allí sin contenerse del todo el uno a la otra.

Los mercados traducen el alcance de circunstancias lejanas a las condiciones locales que los participantes encuentran por los precios, la disponibilidad de los bienes, las oportunidades de trabajo y las condiciones financieras en que el intercambio ocurre.   El mercado es un lugar por el que circunstancias nacidas en cosechas, conflictos militares, interrupciones del transporte, decisiones financieras y cambios de la técnica se vuelven parte de la experiencia diaria, muchas veces sin que quienes participan tengan conocimiento directo de sus orígenes.

Los mercados de grano de la Roma antigua traducían las circunstancias agrícolas de Egipto, de Sicilia y del norte de África a las condiciones de alimentación de una población urbana cuyo tamaño dependía del funcionamiento continuo de sistemas de abasto que se extendían mucho más allá de la ciudad.   Una cosecha perdida en una provincia lejana se volvía condición de la vida urbana por el intercambio, conectando las circunstancias agrícolas de una región con las condiciones de subsistencia de otra mediante arreglos que ninguna de las dos regiones controlaba del todo.

Los mercados de materias primas del siglo XIX traducían las circunstancias agrícolas, extractivas y fabriles de varios continentes a los precios que encontraban participantes cuya ubicación geográfica no guardaba relación inmediata con los orígenes de lo que intercambiaban.   Los mercados financieros contemporáneos traducen de manera semejante las circunstancias de la producción comercial, la decisión política, la perturbación ambiental y el cambio técnico a condiciones de inversión, crédito e intercambio que afectan a poblaciones en lugares que las circunstancias de origen no tocan directamente.

El mercado se vuelve un lugar por el que las circunstancias más anchas se hacen operantes en vidas particulares porque sus mecanismos de precio y de intercambio hacen presentes las condiciones lejanas dentro de la experiencia inmediata.   El alcance de la circunstancia se hace visible en los mercados por la conversión de condiciones remotas en realidades locales.

Las instituciones por las que las sociedades organizan su capacidad de responder a las circunstancias que tienen delante comprenden escuelas, hospitales, organizaciones religiosas, gobiernos, juzgados, laboratorios y establecimientos comerciales.     Son también lugares por los que el alcance de circunstancias más anchas entra en los arreglos organizados de la vida colectiva.  Una institución encarna en sus procedimientos, su personal, su infraestructura física y sus prácticas acumuladas las respuestas que produjeron circunstancias anteriores.   Los arreglos por los que opera fueron desarrollados para atender condiciones que existían cuando la institución fue formada o reformada, condiciones que pueden diferir sustancialmente de las que después encuentra.

Los hospitales de las ciudades medievales europeas se desarrollaron dentro de circunstancias particulares de comprensión médica, organización religiosa y vida urbana.   Cuando la enfermedad epidémica llegó por las rutas comerciales que conectaban esas ciudades con sistemas de intercambio más anchos, se encontró con instituciones organizadas en torno a supuestos formados bajo otras condiciones.   Las circunstancias de la peste pasaron por instituciones cuyas comprensiones de la enfermedad, del cuidado y de la obligación social no habían sido desarrolladas en respuesta a las condiciones que ahora debían confrontar.   El encuentro fue moldeado tanto por la circunstancia que llegaba como por los órdenes heredados por los que fue recibida.

Las instituciones de gobierno desarrolladas bajo la administración colonial dan otra ilustración.   Muchas fueron creadas para gobernar circunstancias propias del dominio imperial y después se les exigió, muchas veces con modificación limitada, atender las circunstancias de la condición de Estado independiente.   Los órdenes heredados permanecieron presentes aun mientras cambiaban las condiciones que los confrontaban.

Las instituciones no son receptoras pasivas de la circunstancia.   Sus prácticas acumuladas influyen en cómo las condiciones que llegan son interpretadas, organizadas y atendidas.   Pero tampoco determinan del todo los desenlaces de las circunstancias que pasan por ellas.   El alcance de la circunstancia se hace visible en las instituciones por el encuentro entre órdenes heredados y condiciones para las que esos órdenes no fueron desarrollados.   Lo que emerge de ese encuentro no pertenece del todo a ninguno de los dos.

Las familias se encuentran con el alcance de la circunstancia en las condiciones más inmediatas de la existencia diaria:   la comida, el trabajo, la salud, la educación, el transporte, la comunicación y los arreglos económicos por los que los hogares se sostienen a través del tiempo.   Las circunstancias que deciden si una familia puede mantenerse, educar a sus hijos, conservar la salud de sus miembros y participar en la sociedad más ancha no se producen dentro del hogar.   Llegan por los sistemas que conectan el hogar con campos más anchos de la circunstancia:   por los precios establecidos por el intercambio comercial, las condiciones de trabajo moldeadas por los arreglos económicos, las condiciones de salud influidas por la enfermedad y los sistemas de salud pública, las decisiones políticas tomadas en otra parte y la información repartida por las redes de comunicación.

Un hogar dedicado a la producción agrícola se encuentra con las circunstancias lejanas en los precios que recibe por lo que produce y los precios que paga por lo que debe comprar.   Un hogar que depende del jornal se encuentra con las circunstancias de la producción comercial, la organización financiera y la regulación política en las condiciones de empleo de que dispone.   Un hogar que atraviesa la migración se encuentra con las circunstancias de la autoridad política, la organización económica y el arreglo social en las condiciones de recibimiento que establece la sociedad en la que entra.

El hogar no está fuera del alcance más ancho de la circunstancia.   Es uno de los lugares por los que ese alcance se hace visible en su forma más inmediata y de mayor consecuencia.   Condiciones producidas por sistemas extendidos a grandes distancias se vuelven las circunstancias dentro de las cuales personas particulares toman las decisiones de la vida diaria.

Las familias responden a las condiciones que tienen delante mientras permanecen conectadas con circunstancias que se extienden mucho más allá de ellas.   El alcance de la circunstancia se hace visible en los hogares porque es allí donde las condiciones lejanas se vuelven realidades inmediatas, y donde las circunstancias de gran alcance se encuentran a través de vidas particulares.

Epílogo

Las circunstancias no se quedan donde comienzan.

Un río que crece más allá de una cordillera puede decidir la cosecha de asentamientos lejanos.   Una enfermedad que surge en una localidad puede aparecer meses después en otra.   Un descubrimiento hecho en un taller, un laboratorio o un observatorio puede alterar costumbres mucho más allá del lugar donde nació.   El intercambio comercial, la migración, el transporte, la comunicación y el conflicto han llevado una y otra vez los efectos de una circunstancia a las vidas de gente que ni la inició ni la anticipó.

Esta condición no es única del presente ni está confinada a sociedad particular alguna.   La pauta vuelve a través del tiempo histórico aunque sus formas particulares nunca son del todo idénticas y pueden no ser del todo legibles mientras todavía se despliegan.   Las circunstancias se cruzan.   Se acumulan. Se alteran unas a otras.   Lo que al principio parece pertenecer a un solo hogar, una sola comunidad, una sola región o una sola nación se vuelve muchas veces parte de un campo más ancho de relaciones que se extiende más allá.

Y sin embargo la gente sigue encontrando el mundo en lugares particulares y vidas particulares.   Trabaja, viaja, intercambia bienes, conduce comercio, funda instituciones, cría familias, cultiva la tierra y responde a las condiciones que tiene delante.   El alcance más ancho de la circunstancia no suprime estos lugares. Pasa por ellos.

La historia de las sociedades humanas puede leerse, en parte, como una historia de encuentros entre circunstancias nacidas en lugares distintos, operando a escalas distintas y desplegándose en tramos distintos del tiempo.   Algunas fueron acomodadas.   Algunas fueron resistidas.   Algunas transformaron los lugares en que entraron.   Ninguna permaneció enteramente aislada de las condiciones que la rodeaban.

El alcance de la circunstancia no está solo en su origen ni en sus efectos, sino también en las conexiones por las que una circunstancia se vuelve parte de otra.


« Desenmascarar la desilusión: Serie I »

January 7, 2026

*

« Geometric Allegory », pintura digital 2023 de Ricardo Morin (artista visual estadounidense nacido en Venezuela en 1954)

A mis padres

Reconocimiento

Deseo reconocer la meticulosa orientación editorial de Billy Bussell Thompson.  Sus observaciones afinaron la estructura, la precisión y la disciplina interna de este trabajo.

Prefacio

1

« Desenmascarar la desilusión » sigue una línea de indagación presente a lo largo de mi trabajo:   el examen de la identidad, la memoria y las relaciones que emergen cuando la vida se despliega a través de fronteras culturales.   Aunque he vivido fuera de Venezuela por más de cinco décadas y me naturalicé ciudadano de los Estados Unidos hace veinticuatro años, mi vínculo con el país de nacimiento permanece como un punto de referencia persistente.   La distancia entre estas condiciones —pertenencia y separación— constituye el trasfondo sobre el cual este relato toma forma.

Este trabajo forma parte de un proyecto autobiográfico más amplio que reúne experiencias, observaciones y preguntas acumuladas a lo largo del tiempo.   Aunque su origen es personal, no procede como confesión ni como memoria.   Su método es secuencial más que expresivo:   la exposición individual se sitúa dentro de fuerzas históricas y estructuras políticas que han configurado la vida venezolana a lo largo de generaciones.   La intención no es reconciliar estas tensiones, sino hacerlas visibles mediante recurrencia, registro y consecuencia.

“Serie I” introduce los primeros núcleos temáticos de esta indagación.   Los episodios aquí reunidos no desarrollan una tesis única ni buscan conclusiones definitivas.   Señalan puntos de fricción donde la experiencia privada se cruza con el poder público, y donde los relatos políticos ejercen presión sobre la vida ordinaria.   A través de estos encuentros surgen patrones —no como abstracciones, sino como condiciones que modifican la forma en que se ejerce la autoridad, se desplaza la responsabilidad y se restringe la agencia.

Los capítulos que siguen examinan las presiones generadas por la desigualdad sistémica y rastrean las condiciones contemporáneas de Venezuela hasta su formación histórica.   El gobierno autocrático y el consentimiento popular no aparecen como fuerzas opuestas, sino como elementos que se entrelazan y debilitan mutuamente.   En este entramado, la verdad no desaparece; se vuelve menos accesible de manera uniforme y más fácilmente desplazable por el relato.

Cuando el discurso público se ve modelado por la propaganda y la desinformación, las estructuras autoritarias adquieren mayor resistencia.   Recuperar la verdad bajo tales condiciones no resuelve el conflicto político, pero delimita el campo dentro del cual este opera.   La agencia cívica no emerge como ideal, sino como condición que se sostiene —o se pierde— a través de la práctica y la consecuencia.

Este trabajo no propone explicaciones deterministas ni remedios simples.   Avanza por acumulación, señalando patrones que persisten a pesar de los cambios de contexto.   Lo que solicita al lector no es adhesión, sino atención: a la evidencia, a la secuencia y a las condiciones bajo las cuales la libertad política puede ejercerse de manera significativa.

Escribiendo desde Bala Cynwyd, Pensilvania, y Fort Lauderdale, Florida, permanezco consciente de la distancia entre los entornos desde los cuales se compone este trabajo y las condiciones que examina.   Esa distancia no confiere autoridad; impone responsabilidad.

Ricardo Federico Morín
Bala Cynwyd, Pensilvania, 21 de enero de 2025


Tabla de contenidos

  • Capítulo I – Un lenguaje escrito.
  • Capítulo II – Nuestra imprudencia.
  • Capítulo III – Punto de vista.
  • Capítulo IV – Un diálogo.
  • Capítulo V – Resumen.
  • Capítulo VI – Crónicas de Hugo Chávez (§§ I–XVII).
  • Capítulo VII – El modo alegórico.
  • Capítulo VIII – El gobierno ideal y el poder de la virtud.
  • Capítulo IX – Primera señal:  Sobre el resentimiento político y social.
  • Capítulo X – Segunda señal:  El pilar sólido del poder; Las fuerzas armadas.
  • Capítulo XI – Tercera señal:  La asimetría de los partidos políticos.
  • Capítulo XII – Cuarta señal:   Autocracia (§§ 1–9); Venezuela (§§ 10–23); La asimetría de las sanciones (§§ 24–32).
  • Capítulo XIII – Quinta señal:  La república empeñada.
  • Capítulo XIV – Primer asunto:  Partidismo, No-partidismo y Antipartidismo.
  • Capítulo XV – Segundo asunto:  Sobre las verdades parciales y la anarquía represiva.
  • Capítulo XVI – Tercer asunto:   El clarín de la democracia.
  • Capítulo XVII – Cuarto asunto:  Sobre los derechos humanos.
  • Capítulo XVIII – Quinto asunto:  Sobre la naturaleza de la violencia.
  • Capítulo XIX – Sexto asunto:   Sobre la Persistencia de la Injusticia
  • Capítulo XXEl asunto final:   La forma constitucional y su vaciamiento
  • Apéndice:   Nota del autor, Nota preliminar.   A) Constituciones venezolanas [1811–1999], Poderes y departamentos de gobierno.  B) Evolución de los partidos políticos:  1840–2024.   C) Algunas leyes promulgadas por la Asamblea Nacional.   D) Nota aclaratoria sobre la coerción interna, la presencia extranjera y la intervención:
  • Bibliografía.

Un lenguaje escrito

La estabilidad suele buscarse allí donde no puede asegurarse.   La experiencia lo demuestra de forma reiterada.   Incluso las intenciones cuidadosas tienden a conducir a terrenos inciertos, donde la comprensión llega después de la consecuencia.   Frente al escritorio, cuando la luz de la tarde alcanza la página, la escritura adquiere una función práctica:   se convierte en un medio para ordenar aquello que, de otro modo, permanecería inestable.   El acto no resuelve la vulnerabilidad, pero la registra.   Si el tiempo modifica tales condiciones sigue siendo incierto; lo que sí puede hacerse es darles forma.

Lo que sigue se desplaza de las condiciones de la escritura a las condiciones que esta debe enfrentar.


Nuestra imprudencia

Our painful struggle to deal with the politics of climate change is surely also a product of the strange standoff between science and political thinking.

« Nuestra dolorosa dificultad para abordar la política del cambio climático es, sin duda,
también producto del extraño enfrentamiento entre la ciencia y el pensamiento político ».
— Hannah Arendt, La condición humana [1958] (traducción del autor)

1

La pandemia de COVID y los incendios que se extendieron por Canadá en 2023, entre otros acontecimientos recientes, hicieron visibles condiciones que ya se encontraban en funcionamiento.   Estos hechos no introdujeron vulnerabilidades nuevas, sino que revelaron hasta qué punto los sistemas existentes dependen de incentivos económicos y hábitos políticos que privilegian la extracción por encima de la preservación.   Durante el período en que el humo de los incendios alcanzó el noreste de los Estados Unidos, la luz diurna en algunas zonas de Pensilvania se vio alterada de manera perceptible y registró el alcance de acontecimientos que se desarrollaban a considerable distancia.   Tales episodios no se sitúan al margen de los arreglos económicos vigentes; coinciden con un modelo que trata las condiciones naturales como mercancías y absorbe su degradación como un costo externo.

2
Los incendios en California en 2025, al igual que los ocurridos en Canadá en 2023, no se presentan como episodios aislados. [1]   Forman parte de una secuencia configurada por el descuido ambiental, la inercia política y la expansión industrial sostenida.   Condiciones como la desertificación, la escasez de recursos y el desplazamiento de poblaciones ya no aparecen únicamente como proyecciones futuras; se registran cada vez más como circunstancias presentes.   Las evaluaciones científicas indican que estos patrones tienden a intensificarse en ausencia de cambios estructurales. [1][2][3]  Lo que se hace visible, con el paso del tiempo, no es un fallo singular, sino un sistema que continúa operando conforme a prioridades que favorecen el rendimiento inmediato por encima de la continuidad a largo plazo.

3
La cuestión del equilibrio no se plantea únicamente como un problema técnico.   Surge dentro de un campo moral y político configurado por supuestos económicos dominantes.   El tratamiento de la naturaleza —y, más recientemente, de la inteligencia artificial— como mercancía refleja una trayectoria en la que asuntos vinculados a la supervivencia compartida se traducen de manera creciente en términos de mercado.   En tales condiciones, consideraciones que anteriormente pertenecían al ámbito de la responsabilidad colectiva pasan a ser reformuladas como variables dentro de sistemas de cálculo.

4
Estos patrones ejercen una presión creciente sobre las condiciones necesarias para la supervivencia colectiva.   Las respuestas frente a tales circunstancias varían, y oscilan entre la indiferencia y la urgencia, aunque la urgencia no produce necesariamente claridad.   Lo que se vuelve reconocible, a través de instancias reiteradas, es una tendencia a que la crisis reaparezca sin que se produzcan ajustes sostenidos.   Esta recurrencia guarda paralelismo con las historias políticas examinadas en los capítulos que siguen, donde advertencia y consecuencia con frecuencia no llegan a coincidir.


Notas finales del capítulo II


Punto de vista

1

Las conversaciones con mi editor, Billy Bussell Thompson (BBT), han acompañado el desarrollo de este trabajo a lo largo del tiempo.   Su atención al método de investigación y a la estructura del argumento contribuyó a precisar su alcance y orientación.   Estos intercambios, realizados con frecuencia a distancia y sin formalidades, formaron parte del proceso mediante el cual fue tomando forma el presente relato.   Tras un período prolongado de incertidumbre acerca de cómo abordar la figura de Hugo Chávez, los contornos de « Desenmascar la desilusión » comenzaron a definirse de manera gradual.

2
Hugo Chávez se consolidó como un dirigente político cuya autoridad se ejerció en oposición al liberalismo político. [1]  Mientras su discurso público subrayaba la identificación con los sectores pobres, los beneficios materiales del poder se concentraron en un círculo reducido. [2]  A lo largo de su mandato, las instituciones democráticas en Venezuela experimentaron un debilitamiento progresivo, y la práctica de gobierno adoptó formas cada vez más autoritarias.   Estos procesos resultan más legibles cuando se sitúan dentro del registro histórico y se examinan a partir de la práctica documentada, más que desde la afirmación retórica.

3
Los acontecimientos que siguieron al fin del gobierno de Chávez se caracterizan por el desorden y por consecuencias aún no resueltas.   Su persistencia remite a cuestiones de responsabilidad histórica y colectiva que permanecen abiertas.   Examinar el registro del liderazgo autocrático —tanto sus ambiciones como sus fracasos— ofrece un modo de aproximarse al problema de la justicia en Venezuela sin presuponer resolución.   A través de este examen, tensiones duraderas se hacen visibles como condiciones que requieren comprensión, no como conclusiones ya establecidas.


Notas finales del capítulo III

  • [1] El término caudillo tiene su origen en el español y se ha utilizado históricamente para describir a un dirigente que ejerce una autoridad política y militar concentrada.   En el contexto venezolano, el término adquiere una resonancia particular y se asocia con figuras vinculadas al período posterior a la independencia del siglo XIX.  Dichos dirigentes tendieron a consolidar el poder mediante una combinación de autoridad personal, lealtad de facciones armadas y la promesa —ya fuese sustantiva o retórica— de mantener el orden en condiciones de inestabilidad.  Mientras algunos fueron considerados defensores de causas locales o nacionales, otros quedaron asociados a prácticas que facilitaron formas de gobierno autoritario y debilitaron las estructuras institucionales.  El concepto de caudillo continúa operando en la cultura política venezolana como una categoría descriptiva aplicada a formas de liderazgo que combinan apoyo popular con poder concentrado.

Un diálogo

Una serie de conversaciones entre BBT y el autor acompañó el examen de la política y la historia venezolanas desarrollado en esta sección.   Estos intercambios configuraron un espacio transicional en el que la indagación reflexiva dio paso al registro histórico, permitiendo que cuestiones de interpretación, responsabilidad y documentación fueran abordadas mediante el diálogo, más que a través de la exposición directa.

1
—RFM:
« Mi escritura se ha ocupado de la evolución del panorama político venezolano, con atención particular a la aparición de formas de gobierno autoritarias.   El interés se ha centrado menos en la doctrina abstracta que en la manera en que determinadas políticas se tradujeron en condiciones cotidianas para la población. »

2
—BBT:
« Examinar cómo el liderazgo autoritario configura las condiciones políticas resulta necesario, aunque el propio término suele ser objeto de disputa y aplicación desigual.   En el caso de Chávez, el uso de la propaganda no fue excepcional en su forma, pero sí constante como instrumento de gobierno.   ¿De qué modo circularon los relatos oficiales durante su mandato y qué efectos produjeron, con el tiempo, sobre la percepción pública? »

3
—RFM:
« La propaganda no es exclusiva de Chávez; opera como un instrumento recurrente en distintos sistemas políticos.   En Venezuela, los medios oficiales atribuyeron de manera sistemática las dificultades económicas a interferencias externas, más que a decisiones de política interna.   Al mismo tiempo, las condiciones materiales se deterioraron, con la aparición de escasez derivada de una gestión económica deficiente, posteriormente agravada por restricciones externas.   Los grupos de oposición difundieron también contra-relatos, que a su vez generaron respuestas por parte del Estado.   Estos intercambios se desarrollaron en un contexto histórico marcado por conflictos civiles y alineamientos propios de la Guerra Fría, dando lugar a un entorno informativo fragmentado.   En ese marco, la responsabilidad por el deterioro económico fue desplazada con frecuencia, mientras la percepción pública se gestionó mediante la repetición más que mediante la resolución.   Las reformas sociales y económicas invocadas como justificación no produjeron, con el tiempo, las reducciones de pobreza y desigualdad que se habían prometido. »

4
—BBT:
« Para representar con cierto grado de precisión las condiciones políticas de Venezuela, es necesario atender a la manera en que la población común se encontró con estas dinámicas en la vida diaria.   ¿Cómo se desenvolvieron tales condiciones en la práctica, especialmente allí donde el discurso político intersectó con la necesidad económica inmediata? »

5
—RFM:
« El colapso económico posterior al declive del modelo petrolero intensificó la pobreza y ejerció una presión sostenida sobre los servicios públicos.   Examinado en secuencia, este período muestra cómo los legados coloniales y las prácticas autoritarias convergieron en la configuración del chavismo.   Episodios como los disturbios de 1989, conocidos como El Caracazo, registraron una desafección generalizada hacia los partidos establecidos y las instituciones democráticas.   En tales condiciones, la exigencia de asegurar necesidades básicas prevaleció con frecuencia sobre la participación en principios políticos de carácter abstracto. »

6
—BBT:
« La claridad narrativa depende en parte de reconocer los supuestos que orientan la interpretación. Cuando dichos supuestos se hacen explícitos y se someten a examen, el relato se vuelve menos directivo y más accesible, permitiendo que el lector siga el registro sin ser conducido hacia una posición predeterminada. »

7
—RFM:
« Ningún relato prescinde de la interpretación, incluido este.   La escritura ofrece un medio para aproximarse a la historia de Venezuela —su formación colonial, los episodios de gobierno autoritario y los períodos de disrupción política— sin clausurar lecturas alternativas.   Un relato coherente no necesita ser exhaustivo; permanece abierto en la medida en que atiende a las implicaciones y a las consecuencias, más que a la resolución. »

8
—BBT:
« El propio intercambio subraya la importancia de una narración cuidadosa al abordar el registro político y social de Venezuela.   Considerar múltiples puntos de vista no resuelve la complejidad, pero permite que emerja un relato más coherente sin reducir esa historia a un único marco explicativo. »

El intercambio marcó una transición de la indagación reflexiva al registro histórico.


Resumen

1

« Desenmascar la desilusión » examina la secuencia mediante la cual el proyecto político articulado bajo Hugo Chávez asumió forma autocrática.   En lugar de atribuir este resultado a una causa única, la indagación procede rastreando cómo las decisiones de liderazgo se desplegaron dentro de una convergencia de condiciones históricas, disposiciones institucionales, presiones económicas y alineamientos geopolíticos.   El relato no parte de una conclusión, sino del registro.

2
La atención se mantiene en la forma en que se ejerció la autoridad y en cómo sus efectos se manifestaron dentro de la sociedad venezolana.   Las circunstancias históricas, el diseño institucional y las influencias externas se examinan no para simplificar el registro, sino para hacer visibles las interdependencias a través de las cuales el poder se consolidó con el tiempo.   Lo que emerge no es una tesis explicativa, sino una configuración cuya coherencia solo puede evaluarse mediante una atención sostenida a la secuencia y a la consecuencia.


« AGENCIA CÍVICA »

December 10, 2025

*

Ricardo Morín
Topografías Teratológicas Serie Uno: AGENCIA CÍVICA
Óleo sobre Lino
Cuádrico: Cada panel: 35,5 x 46,5 x 1,9 cm
2009

Ricardo F. Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina condiciones que con frecuencia se ven distorsionadas por la ideología, la herencia moral o el relato histórico.   Las cuestiones de soberanía, ocupación, revolución, exilio e identidad nacional suelen debatirse a través de afirmaciones que apelan a absolutos —derecho religioso, agravio histórico o legitimidad revolucionaria.   Estas afirmaciones difieren en su lenguaje, pero comparten una misma estructura: sitúan una idea por encima de las realidades cívicas de las personas cuyas vidas quedan organizadas por tales narrativas.

Para abordar lo que dichas narrativas oscurecen, el ensayo se centra en un factor estructural que atraviesa esas diferencias:   la agencia cívica, entendida como la capacidad de las personas para dar forma a las condiciones de la vida cívica mediante su participación, representación y procesos jurídicos.   Cuando la agencia cívica es anulada —ya sea por control externo, autoritarismo interno o políticas de disuasión dirigidas a poblaciones desplazadas—, la forma de la restricción puede variar, pero su efecto cívico permanece constante.

Este ensayo no compara historias políticas.   Examina cómo el poder del Estado, en sus diversas configuraciones, regula la vida cívica.   Considera cómo la ideología oscurece esa regulación y cómo las poblaciones experimentan las consecuencias de decisiones en las que tienen poca o ninguna participación.   El propósito no es reducir el conflicto político, sino señalar las estructuras que determinan si la libertad puede llegar a existir o permanece fuera de alcance.

Este ensayo sostiene que la forma más fiable de comprender situaciones que parecen políticamente incompatibles —como la apatridia palestina y la soberanía autoritaria cubana— es examinar la ausencia estructural de agencia cívica que define a ambas.  Aunque las formas de restricción difieren, la condición cívica converge: el Estado, ya sea externo o interno, limita la capacidad de la población para modelar su propia vida cívica.   Al analizar cómo la regulación estatal restringe la participación, suprime la representación o fragmenta la jurisdicción, el ensayo muestra cómo la agencia cívica se convierte en la medida central de la libertad.   Asimismo, examina cómo las narrativas ideológicas, las políticas de disuasión y las presiones migratorias ocultan esta realidad estructural.   El objetivo no es dirimir reclamaciones políticas, sino hacer visibles las condiciones bajo las cuales la vida cívica puede formarse, protegerse o negarse.


1

Todo intento de comprender la vida política debe comenzar con el reconocimiento de que las poblaciones no experimentan la libertad como una abstracción; la experimentan a través de las estructuras que regulan su existencia cívica.   Estas estructuras determinan cómo se toman las decisiones, cómo se ejerce la autoridad y si las personas pueden participar en la configuración de las condiciones de su propia vida.   La agencia cívica no es, por tanto, un ideal, sino una condición que existe o no existe.   Cuando está ausente, la libertad aparece como una afirmación formal más que como una condición vivida.

2

La agencia cívica se compone de tres elementos: participación, representación y proceso jurídico.   La participación permite a individuos y comunidades influir en las decisiones públicas.   La representación establece una continuidad entre quienes gobiernan y quienes son gobernados.   El proceso jurídico garantiza que la autoridad se ejerza dentro de límites definidos.   Cuando alguno de estos elementos se elimina, la población pierde su capacidad de dar forma al entorno cívico que habita.   Esta pérdida puede producirse por regulación externa, autoritarismo interno o políticas que reducen la vida cívica a un conjunto de restricciones que debilitan el espacio compartido.

3

La ausencia de agencia cívica puede adoptar distintas formas.   Una población puede estar gobernada por instituciones que no reconocen su soberanía y que, por tanto, someten su vida cívica a regulaciones en cuya elaboración no tiene un papel significativo.   Alternativamente, una población puede habitar un Estado soberano que suprime el pluralismo político, restringe la disidencia legal y concentra la autoridad institucional.   En ambos casos, la condición cívica queda anulada: las personas carecen de la capacidad de influir en las normas que las gobiernan.

4

El caso palestino ilustra la primera forma.   Múltiples autoridades regulan el movimiento, el territorio y la vida pública sin ofrecer una jurisdicción unificada ni protección soberana.   Las decisiones tomadas por Estados externos definen la existencia cotidiana y dejan a la población sin derechos cívicos consistentes ni un marco institucional estable.   La ausencia de soberanía no es solo territorial, sino cívica; priva a la población de los mecanismos mediante los cuales la participación y la representación podrían hacerse posibles.

5

La situación cubana representa la segunda forma.   Aunque el Estado posee soberanía, concentra la autoridad política en un único aparato institucional y restringe las vías legales de disidencia, competencia o reforma estructural.   La ciudadanía vive bajo un sistema que mantiene la continuidad política mediante la limitación de las posibilidades de participación.   La soberanía prevalece, pero la agencia cívica permanece restringida.

6

Palestina y Cuba difieren, desde luego, en historia, estructura y origen; sin embargo, coinciden en un aspecto fundamental:   el Estado, ya sea externo o interno, restringe la participación de tal modo que la agencia cívica resulta inalcanzable.   La ausencia de agencia es el elemento común que revela la condición cívica que subyace a los relatos políticos.   También proporciona un marco desde el cual comprender, sin confusión, a poblaciones que experimentan distintas formas de restricción.

7

Las narrativas ideológicas suelen alinearse con las distribuciones existentes del poder.   El derecho religioso sostiene que la tierra está garantizada por mandato divino y no por protección cívica.   La retórica revolucionaria afirma que la autoridad política se justifica por la lucha histórica y no por la rendición de cuentas presente.   Ambas narrativas elevan un absoluto por encima de las realidades cívicas de la población.   Sustituyen la agencia por la lealtad e interpretan la restricción como necesidad, y no como una falla de representación.

8

La migración ofrece un tercer prisma desde el cual se hacen visibles los límites de la agencia cívica.   Las personas abandonan sus países cuando las estructuras que regulan su vida colapsan o se vuelven inhabitables.   Buscan estabilidad, protección y la posibilidad de reconstruir la participación cívica en nuevos entornos.   Sin embargo, las políticas de disuasión en los Estados de acogida suelen reflejar las presiones que provocaron el desplazamiento.   Estos Estados restringen el movimiento de los migrantes, limitan su acceso a las instituciones sociales y reducen las posibilidades de incorporación a un orden cívico.   Tales políticas no reproducen el dilema original, pero reintroducen la experiencia de vivir bajo normas que no pueden influir.

9

Para muchas personas solicitantes de asilo, estas medidas restrictivas acortan la distancia entre las presiones que motivaron su salida y las que encuentran al llegar, un desplazamiento que dificulta distinguir la estabilidad de la exclusión.   Ejemplos europeos como Dinamarca y el Reino Unido muestran cómo la disuasión se utiliza para desalentar el asilo sin reconocer el vacío cívico que produce.   Estados Unidos aplica políticas similares en sus fronteras y presenta la disuasión como un instrumento de orden, lo que deja a las personas migrantes suspendidas entre la exclusión y un estatus cívico no resuelto.

10

El argumento estructural no sostiene que estas situaciones sean equivalentes, sino que la ausencia de agencia cívica genera una condición cívica que trasciende las diferencias políticas.   Las poblaciones gobernadas sin participación, administradas sin representación o confinadas dentro de sistemas que restringen los procesos jurídicos experimentan la libertad como algo externo a su entorno cívico.   Esta condición no puede explicarse mediante la ideología, porque la ideología aborda identidad, justificación o legitimidad, no agencia.

11

Comprender la agencia cívica permite distinguir entre reclamaciones políticas y realidades cívicas.   La soberanía no garantiza la libertad; la revolución no garantiza la participación; el derecho religioso no garantiza la protección.   La agencia cívica solo existe cuando las personas pueden dar forma a las condiciones que las gobiernan.   Cuando esto se vuelve imposible, la población no habita un orden cívico, sino un espacio regulado.

12

Cuando la agencia cívica se convierte en la medida a través de la cual se entiende la vida política, las narrativas ideológicas pierden su autoridad y la estructura de la restricción se vuelve visible.   Esta visibilidad no resuelve el conflicto, pero revela las condiciones bajo las cuales la libertad puede emerger o permanecer inaccesible.   La agencia cívica es el punto donde comienza la posibilidad de la vida cívica, y donde su ausencia se hace estructuralmente evidente.


« Geografías de supervivencia »

December 2, 2025

*

Ricardo Morin
Escena Treinta y Siete: Geografías de supervivencia
Óleo sobre lienzo y tabla
38 x 30 x 1,27 cm
2012

Ricardo F. Morín

Noviembre de 2025

Oakland Park, Florida

Este ensayo examina cómo responden los grupos humanos a la inestabilidad cuando las condiciones que antes los sostenían comienzan a fallar.   Su enfoque no recae en crisis, acontecimientos o regiones específicas, sino en las presiones estructurales que obligan a las poblaciones a desplazarse o a defender su lugar.   Abordo el tema sin interpretación moral y sin atribuir virtud o culpa a las decisiones que toman las comunidades bajo presión.   El propósito es describir las gramáticas de comportamiento que emergen cuando la supervivencia se vuelve incierta y trazar cómo la identidad, las reclamaciones de legitimidad y los patrones de continuidad se reorganizan bajo esas tensiones.   El ensayo no propone soluciones ni anticipa resultados; observa los patrones que surgen cuando la estabilidad se disuelve y la tierra deja de ofrecer garantías.

« Geografías de la supervivencia » explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.

Geografías de la supervivencia explora dos respuestas fundamentales frente a la inestabilidad:   la migración y el atrincheramiento.   Cuando la alteración climática, la escasez o el deterioro cívico superan la capacidad de una comunidad para sostenerse, las poblaciones buscan estabilidad ya sea moviéndose o defendiendo su posición.   La migración reorganiza la identidad mediante la adaptación a nuevas condiciones; el atrincheramiento la intensifica para preservar la continuidad en un mismo lugar.   Estas respuestas surgen de las mismas presiones y funcionan como estrategias paralelas de supervivencia, no como posiciones morales opuestas.   El ensayo examina cómo las reclamaciones de legitimidad, los patrones de identificación y la búsqueda de continuidad se transforman bajo estas presiones, y cómo la fricción entre movimiento y resistencia refleja fuerzas estructurales más que incompatibilidades culturales.   Su propósito es iluminar las condiciones bajo las cuales emergen estas gramáticas de supervivencia y las formas en que transforman el significado de tierra, estabilidad y vida colectiva.


1

La migración suele describirse como el traslado de personas de un lugar a otro, pero esa descripción oculta fuerzas más profundas.   La migración no es solo geografía en movimiento; es también la expresión de una gramática de supervivencia que se hace visible cuando una comunidad enfrenta condiciones que ya no puede absorber.   Los cambios climáticos, los colapsos económicos, el derrumbe institucional y la inseguridad persistente generan presiones que exceden la capacidad de las estructuras existentes.   Bajo esas presiones, una población se enfrenta a una decisión tan elemental que antecede a la ideología:   bien sea al moverse o atrincherarse.

2

No son opciones paralelas.   Son respuestas opuestas construidas con los mismos materiales:   el miedo, la inestabilidad y la búsqueda de continuidad.   La migración busca estabilidad desplazándose; el atrincheramiento busca estabilidad confrontando directamente a los agentes de la inestabilidad.   Ninguna respuesta es superior.   Ninguna es voluntaria.   Ambas emergen de condiciones que comprimen el juicio, reducen las posibilidades y obligan a las comunidades a defenderse de fuerzas demasiado grandes para ser negociadas.

3

La migración comienza cuando un grupo concluye que la geografía que lo sostenía ya no puede garantizar su supervivencia.   La tierra falla, o las instituciones colapsan, o el futuro se estrecha.   El movimiento se convierte en la única forma de protección aún disponible.   Sin embargo, el movimiento no disuelve la identidad:   la reorganiza.   Una población migrante debe redefinir su cohesión interna en relación con entornos desconocidos.   La identidad se vuelve adaptativa no por preferencia, sino por necesidad.   Adaptación no es reinvención:   es supervivencia.

4

El atrincheramiento avanza en dirección contraria.   Cuando un grupo elige permanecer en su lugar, debe defender aquello que el movimiento dejaría atrás:   territorio, memoria, continuidad y la estabilidad que proviene del arraigo.   El atrincheramiento intensifica la identificación en lugar de aflojarla.   Los límites se endurecen.   Los relatos se vuelven rígidos.   El conflicto se convierte en estrategia más que en interrupción.   Una comunidad que lucha por permanecer donde está debe creer que el desplazamiento la borraría.   La confrontación se vuelve un método de preservación.

5

La confrontación cultural surge con mayor fuerza cuando una población migrante se asienta en una tierra que otro grupo interpreta como una extensión de su propia continuidad.   Para la comunidad migrante, la tierra representa seguridad, posibilidad o alivio frente a presiones que hicieron inevitable la partida.   Para la comunidad atrincherada, esa misma tierra representa memoria, herencia y el límite que protege su coherencia histórica.   Cada grupo ve al otro como agente de una posible desaparición:   los migrantes perciben exclusión y hostilidad; los atrincherados perciben invasión y pérdida.   El conflicto escala no porque uno u otro busquen dominación, sino porque cada uno interpreta la supervivencia mediante una gramática distinta:   adaptación para unos, preservación para otros.

6

Las políticas adoptadas en países como Dinamarca y el Reino Unido ilustran cómo responden las sociedades atrincheradas cuando la migración se percibe como una amenaza.   Para muchos solicitantes de asilo, estas medidas disuasorias reducen la distancia entre las presiones que los obligaron a partir y las presiones que encuentran a su llegada —haciendo que la estabilidad sea difícil de distinguir de la exclusión.   Los gobiernos suelen justificar las políticas de atrincheramiento alegando que los recursos necesarios para atender a los solicitantes de asilo son limitados y que ampliarlos pondría en riesgo los sistemas existentes de bienestar, vivienda y orden público.

7

Las respuestas de movimiento y atrincheramiento parecen incompatibles, pero describen una misma realidad:   las poblaciones bajo presión actúan según las estrategias de supervivencia disponibles, no según relatos idealizados de cultura o voluntad.   Cuando migrantes y atrincherados entran en contacto, cada uno ve al otro a través del lente de sus propias presiones.   Los migrantes ven protección; los atrincherados ven amenaza.   Los migrantes cargan adaptación; los atrincherados cargan defensa.   Cada postura malinterpreta a la otra porque cada una responde a formas distintas de vulnerabilidad.

8

El cambio climático intensifica estas respuestas divergentes, no determinándolas, sino estrechando las condiciones dentro de las cuales las comunidades deben decidir.   El clima no genera conflictos por sí solo; modifica los márgenes dentro de los cuales la estabilidad es posible.   Regiones antes previsibles se vuelven irregulares; recursos antes continuos se vuelven intermitentes.   A medida que estos márgenes se reducen, algunas poblaciones interpretan el desplazamiento como la única salvaguarda viable, mientras que otras interpretan permanecer como la única continuidad defendible.   La misma presión expone vulnerabilidades distintas, y cada comunidad responde según su propia historia, su capacidad y sus umbrales de resistencia —no según el clima únicamente.

9

La fricción entre estas gramáticas —movimiento y atrincheramiento— no debe confundirse con un choque de civilizaciones.   Es una colisión entre dos interpretaciones de la amenaza.   Un grupo entiende la supervivencia como reubicación; el otro, como resistencia.   Ambas posturas surgen de la inestabilidad; ambas utilizan la identidad como herramienta moldeada por la circunstancia más que como herencia fija.     La identidad se vuelve instrumento de continuidad, configurada por condiciones que dejan poco espacio para la reflexión o la negociación.

10

El mundo suele interpretar estas colisiones a través de marcos morales, ideológicos o geopolíticos, pero tales marcos ocultan un movimiento más profundo:   la inestabilidad reorganiza la identidad más rápido de lo que la identidad reorganiza el mundo.   Cuando la geografía cambia, las poblaciones se adaptan.   Cuando las poblaciones se adaptan, los significados cambian.   La vida colectiva se vuelve conflictiva no porque las culturas sean inherentemente antagónicas, sino porque las presiones de supervivencia obligan a los grupos a adoptar patrones que no elegirían en condiciones estables.

11

Si existe un carácter universal en el siglo presente, es este:   las presiones que producen migración son las mismas que producen conflicto entre quienes se niegan a migrar.   Comprender una sin la otra es comprender mal ambas.   Movimiento y atrincheramiento no son opuestos, sino consecuencias—expresiones de la inestabilidad estructural que ahora configura cada región, cada cultura y cada reclamación de continuidad.

12

La pregunta que sigue no es predictiva ni ideológica.   Es simplemente el siguiente paso lógico de este análisis:   ¿Qué formas de estabilidad se vuelven posibles cuando la migración y el atrincheramiento se entienden no como posiciones morales opuestas, sino como respuestas paralelas ante un mundo que cambia?   La respuesta aún no es visible, pero las condiciones que la harán posible ya lo son.


« La retórica de la amenaza »

December 1, 2025

*

Ricardo Morín
Triangulación 9: La retórica de la amenaza
56 x 76 cm
Acuarela y lápiz de cera sobre papel
2007

Ricardo Morin

Noviembre 2025

Oakland Park, Florida

El lenguaje autoritario no aparece como un exceso ni como un accidente; surge como una estrategia deliberada para reorganizar la percepción pública hasta que la diferencia parezca sospechosa y la complejidad se vuelva intolerable.   En ese marco, la frase atribuida al presidente argentino Javier Milei —si el inmigrante no se adapta a tu cultura entonces no es una inmigración, es una invasión” (o https://youtube.com/shorts/EJ9RRC3pyTQ?si=xehJCUD8fIIpaqsw )— opera como un instrumento de reducción extrema.   Sustituye la realidad histórica de la migración por un esquema binario orientado a provocar alarma.   El dirigente no describe un hecho: fabrica un enemigo.

Esa formulación desplaza la experiencia migratoria hacia un imaginario bélico que interpreta toda presencia distinta como una agresión.   La cultura —tratada como un bloque homogéneo y estático— se presenta como un territorio sitiado que exige defensa, y la pluralidad como una amenaza que sólo puede resolverse mediante sometimiento.   Bajo esa lógica, el migrante deja de ser una persona y se convierte en una abstracción funcional al impulso coercitivo.

La paradoja es evidente:   lo que se proclama como defensa de la identidad busca, en realidad, uniformarla; lo que se presenta como advertencia actúa como un dispositivo de miedo.   En lugar de analizar, el lenguaje disciplina.   Y al hacerlo, deja al descubierto su propósito más profundo:   moldear un clima emocional dispuesto a aceptar medidas que, bajo otra luz, resultarían incompatibles con la vida democrática.

Aquí reside la naturaleza más reveladora del dictamen:   no es una reflexión sobre inmigración, sino un mecanismo de ordenamiento afectivo.   Al transformar la convivencia en asimilación obligatoria, introduce una concepción deshumanizada de lo social, donde la diversidad deja de ser un componente constitutivo y pasa a ser un obstáculo a neutralizar.   En última instancia, este discurso no intenta comprender la realidad:   pretende gobernarla.


« La desintegración de un país »

July 29, 2025

*

Ricardo Morin
La desintegración de un país
CGI
2025

A mi hermano Alberto, cuya constancia sostuvo esta reflexión e hizo posibles estas páginas.

*


Ricardo Morin

29 de Julio de 2025

Bala Cynwyd, Pensilvania

Resumen

Este ensayo examina la degradación de la identidad nacional venezolana en el contexto de un prolongado fracaso estatal. Argumenta que el colapso de la soberanía institucional, la afluencia de influencia extranjera autoritaria y el desplazamiento de ciudadanos nativos de la vida económica y cívica no solo han vaciado la república, sino que han fracturado la cohesión simbólica necesaria para la pertenencia nacional. A través de un análisis razonado de la infiltración económica, la marginación cultural y las consecuencias morales de la desposesión, el ensayo explora cómo la identidad en Venezuela se ha convertido en un acto disputado de memoria y resistencia. El ensayo ofrece una interpretación del proceso de disolución nacional no desde el activismo político, sino desde una perspectiva cívica y ética.



Sección I: Perder el país: Identidad en un Estado fallido

La identidad nacional no es una abstracción; es la sensación vivida de coherencia que une a los individuos a una historia compartida, un idioma y un proyecto cívico. En los Estados funcionales, esta identidad se refuerza mediante la estabilidad de sus instituciones gubernamentales, la continuidad de sus leyes y la experiencia de pertenecer a un orden social protegido. Cuando un Estado falla—por control autoritario, decadencia institucional y colapso de la soberanía—su pueblo no solo pierde servicios o derechos. Comienza también a perder su lugar en el mundo.

Como advierte Michel Agier, la pérdida de estructuras de protección y reconocimiento convierte al ciudadano en un “desplazado simbólico” dentro de su propio país, cuyas formas de pertenencia ya no encuentran correlato institucional ni imaginario (Agier The Border of the World, 2016).

Esta desestabilización no es únicamente resultado del colapso económico o la persecución política. Se ha visto también agravada por el enredo estratégico del régimen con poderes autoritarios extranjeros, que ha introducido intereses externos en sectores centrales de la economía y el territorio nacionales. Mediante dependencias negociadas—ya sea en industrias extractivas, infraestructura, vigilancia o cooperación militar—el Estado venezolano ha cedido el control de activos e instituciones estratégicas a actores foráneos. Al hacerlo, no solo ha comprometido la soberanía nacional; ha reordenado también la jerarquía social y cultural de la pertenencia.

Como describe Louisa Loveluck, estos enclaves funcionan como “estructuras paralelas de control y privilegio”, en las que las lealtades al poder externo sustituyen a las instituciones tradicionales del Estado (Loveluck “Foreign Control and Local Collapse in Venezuela’s Border Zones”, The Washington Post, 2019).

Según David Smilde, esta delegación de funciones soberanas a aliados autoritarios ha transformado el aparato del Estado en un instrumento de supervivencia del régimen antes que un medio de representación nacional (“The Military and Authoritarian Resilience in Venezuela”, Latin American Politics and Society, 2020).

Este proceso genera una ruptura psicológica: El fenómeno ha sido identificado por Arjun Appadurai como el efecto de “desanclaje identitario”, donde la desvinculación del entorno cultural impide al ciudadano reconocerse en su presente histórico (Modernity at Large, 1996).

Cuando las instituciones de una nación ya no reflejan a su pueblo, y cuando su futuro es moldeado por imperativos extranjeros, la idea de venezolanidad se vuelve menos una realidad cívica y más una memoria bajo asedio. La pérdida no es solo territorial—es también existencial.

Hannah Arendt lo formuló con gravedad al señalar que la pérdida del derecho a tener derechos comienza cuando se pierde la pertenencia a una comunidad política capaz de garantizarlos (The Origins of Totalitarianism, 1951).



Sección II: Alianzas autoritarias e infiltración económica

La transformación de Venezuela en un Estado fallido no ha ocurrido en aislamiento. Su trayectoria autoritaria ha sido reforzada por una estrategia calculada de alineamiento internacional con otros regímenes que operan fuera de las normas de la rendición democrática de cuentas. Estas alianzas—sobre todo con Cuba, Rusia, China, Irán y Turquía—no solo han proporcionado al régimen de Maduro legitimidad política y apoyo técnico; han permitido también la progresiva tercerización de funciones y recursos nacionales al control extranjero [cf. Ellis 2018, 49–56].

No se trata de alianzas tradicionales basadas en desarrollo mutuo o cooperación entre iguales. Son acuerdos transaccionales en los que el Estado venezolano renuncia a soberanía a cambio de supervivencia. Préstamos chinos garantizados con reservas petroleras, participaciones rusas en infraestructura energética, operaciones de inteligencia cubanas incrustadas en el aparato militar y civil, y empresas iraníes en minería y logística han contribuido todas al desplazamiento de venezolanos nativos de sectores económicos críticos [cf. Trinkunas 2015, 3–6; Levitsky y Ziblatt 2018, 197–198].

Paralelamente, redes empresariales privadas e informales—frecuentemente ligadas a estos intereses extranjeros—han arraigado en los mercados locales, a veces desplazando o superando a productores domésticos históricos. Esta infiltración económica tiene un efecto dual. Distorsiona la asignación de recursos nacionales, desviando riqueza y oportunidad de la población hacia una pequeña clase de beneficiarios del régimen y sus patrones extranjeros [cf. Corrales 2020, 212–215]. Y reconfigura la geografía del poder: regiones enteras, especialmente las ricas en petróleo, minerales o posiciones estratégicas, han pasado al control funcional de actores externos o milicias bajo protección extranjera [cf. Romero 2021, 88–91].

En tales contextos, los venezolanos no solo se sienten excluidos de su economía; la experimentan también como algo ajeno—gestionada, explotada y asegurada por quienes tienen lealtades en otro lugar. El resultado es una alienación corrosiva. Una población que antes se veía beneficiaria de un proyecto nacional ahora confronta la realidad de un sistema extractivo en que su trabajo, tierra y cultura ya no se valoran en sus propios términos. La economía deja de ser plataforma de progreso colectivo para convertirse en zona de extracción extranjera, protegida por la represión y organizada mediante la impunidad [cf. Loveluck y Dehghan 2020; López Maya 2022].

En este entorno, la cuestión de la identidad se vuelve inseparable de la pérdida de agencia. Ser venezolano, bajo tales condiciones, es ser subordinado dentro del propio país.



Sección III: Desplazamiento cultural y social

La desintegración de la identidad en un Estado fallido no se limita a las estructuras políticas o económicas; se extiende al tejido cultural y social de la vida cotidiana. En Venezuela, el desplazamiento de ciudadanos nativos no siempre es físico—aunque la emigración masiva ha marcado la experiencia nacional—sino también cada vez más simbólico y funcional. Las instituciones, costumbres e incluso los espacios que antes encarnaban una identidad cívica compartida están siendo vaciados, reutilizados o reemplazados por estructuras que ya no reflejan los valores o prioridades venezolanas [cf. Salas 2019, 45–47].

La educación pública, por ejemplo, fuente durante mucho tiempo de orgullo nacional y movilidad social, ha sido sistemáticamente desmantelada. En su lugar, la indoctrinación ideológica y la lealtad partidista se han convertido en criterios para el acceso y el ascenso [cf. Human Rights Watch 2021]. El efecto no es solo la degradación del conocimiento y la oportunidad, sino también la politización misma de la infancia. De manera similar, la producción cultural—antes diversa, expresiva y regionalmente vibrante—se ha reducido bajo la censura, la crisis económica y el colapso del apoyo público a las artes [cf. Ávila 2020, 119–124].

Lo que queda es trivializado para propaganda o silenciado por completo. El resultado es un silencio cultural, donde las narrativas compartidas se desfiguran y la vida simbólica de la nación se reduce a eslóganes y espectáculo. Mientras tanto, la afluencia de intereses extranjeros y su infraestructura social—trabajadores contratados, complejos comerciales, seguridad privada, instituciones paralelas—ha introducido nuevas normas culturales y lealtades en ambientes locales, particularmente en regiones fronterizas y ricas en recursos [cf. Rodríguez y Ortega 2023].

Estos cambios son a menudo sutiles: señalizaciones en idiomas desconocidos, productos importados reemplazando a los domésticos, nuevos patrones de exclusión en el acceso a servicios o empleo. Pero con el tiempo alteran el carácter del lugar, desplazando no solo a las personas sino también los significados que los lugares antes tenían. Esta forma de desplazamiento es desorientadora porque opera en la vida cotidiana. Hace que los venezolanos sean extraños en sus propios mercados, en sus propias escuelas, en su propia tierra. Deshilacha el sentido de reconocimiento mutuo que hace posible la coexistencia.

Cuando las comunidades ya no comparten un punto de referencia común—sea legal, lingüístico o moral—pierden la cohesión necesaria para sostener la identidad como algo vivido y afirmado. La ruptura no es dramática; es lenta, acumulativa y profundamente dañina [cf. Arendt 1951, 302–306]. En este contexto, la resiliencia cultural se vuelve más difícil de sostener. La identidad, antes reforzada por la participación en la vida pública y el orgullo por el logro colectivo, comienza a retirarse a la nostalgia o fracturarse en líneas de clase, exilio o supervivencia ideológica. Se vuelve reactiva más que generativa—algo que defender en lugar de construir.



Sección IV: Dignidad y la lucha por pertenecer

Freedom House (“Venezuela: Freedom in the World 2024,” Washington: Freedom House, 2024) nos proporciona datos empíricos actualizados y contexto analítico sobre el declive de los derechos políticos y las libertades civiles en Venezuela, con especial atención a la consolidación autoritaria y el control estatal.

En el corazón de la identidad nacional yace la necesidad humana de dignidad: la certeza de que la propia vida es reconocida, el propio trabajo valorado y la propia voz capaz de contribuir a un futuro común. En la Venezuela actual, esta dignidad ha sido sistemáticamente socavada. El colapso de las instituciones, la degradación de la vida pública y los enredos extranjeros que distorsionan la economía nacional han contribuido a un clima en el que el ciudadano promedio ya no se siente visto ni protegido por su país. No se trata solo de una falla política, sino también de una fractura en el fundamento ético de la nación. Como advirtió Emmanuel Levinas, “la dignidad no es una categoría jurídica sino la respuesta del rostro del otro que nos interpela y nos obliga” (Levinas 1982).

Cuando un gobierno no gobierna en nombre de su pueblo, sino en servicio de su propia permanencia y de sus patrones externos, la pertenencia se vuelve condicional. La lealtad se exige, no se gana. La disidencia se criminaliza, no se escucha. La ciudadanía, lejos de ofrecer protección, se convierte en una carga. En tal sistema, la dignidad no solo se niega—se redefine por el miedo, la dependencia y el silencio. Aquí se cumple la advertencia de Hannah Arendt: “la pérdida de los derechos humanos comienza cuando se pierde el derecho a tener derechos” (Arendt 1951).

Esto deja a los venezolanos, tanto dentro como fuera del país, suspendidos entre la desposesión y la resistencia. Muchos continúan luchando por lo que queda: organizarse localmente, enseñar a pesar del colapso escolar, alimentar a los vecinos ante la ausencia de servicios, proteger la memoria frente a la propaganda. Estos actos son heroicos, pero también son respuesta al abandono. Testifican la fortaleza del pueblo, pero también el vacío donde debería estar el Estado.

Para quienes están en el exilio, la pérdida suele ser doble: la del hogar físico y la del contexto vital. Los referentes culturales ya no coinciden con la experiencia diaria. El acento se vuelve marcador de desplazamiento. El pasaporte, una barrera más que un derecho. Y, sin embargo, el exilio también puede agudizar el sentido de lo perdido—y de lo que debe preservarse. Así, la identidad persiste no por afirmación de una nación funcional, sino por la negativa a olvidar una. En palabras de Edward Said, “el exilio no es simplemente una condición de pérdida, sino una forma crítica de estar en el mundo” (Said 2000).

Aun así, la dignidad exige más que memoria. Requiere restauración: de las instituciones, de la justicia, de un espacio cívico donde los venezolanos puedan nuevamente participar como iguales. Hasta que esa restauración sea posible, la lucha por pertenecer seguirá definiendo la identidad venezolana—no como una herencia estática, sino como una negativa constante a rendirse ante lo que queda del núcleo moral del país.



Sección V: Una palabra para los desposeídos

Hablar de desposesión es nombrar no solo lo que ha sido arrebatado, sino también lo que sigue siendo negado: el derecho a forjar un propio futuro dentro de un marco de justicia, pertenencia y sentido compartido. En Venezuela, la desposesión ha ocurrido mediante un desmantelamiento deliberado de la soberanía—primero por corrupción interna, luego por enredo externo. Lo que queda es un pueblo disperso, un territorio fragmentado y una identidad bajo enorme presión. Como ha señalado Achille Mbembe, “la desposesión no solo opera sobre los cuerpos, sino también sobre los imaginarios colectivos que sostienen la vida en común” (Mbembe 2016).

Y, sin embargo, la desposesión no es el final de la identidad. La ausencia de un Estado funcional no borra la memoria moral de una nación. La lengua, las tradiciones, los valores y las aspiraciones cívicas que una vez definieron la vida venezolana no han desaparecido: han sido llevados al subsuelo, cargados al exilio o resguardados en el corazón de quienes recuerdan. “La lengua es la morada del ser”, decía Heidegger, y donde se mantiene viva, persiste una forma de pertenencia (Heidegger 1959).

La tarea ahora no es solo resistir, sino reconstruir: articular una visión de la venezolanidad que rechace tanto el cinismo como el olvido.

Esto no puede hacerse únicamente desde la nostalgia. Tampoco puede delegarse sin compromiso a futuras generaciones. Comienza por la negativa a normalizar lo que no es normal: la ocupación extranjera de recursos nacionales, la criminalización de la disidencia, la negación de oportunidades, la devaluación de la ciudadanía. Continúa en el trabajo silencioso de preservar la lengua, la historia y la dignidad donde todavía sea posible—ya sea en aulas, en el exilio o por medio de la palabra escrita. Y cobra fuerza en la solidaridad: entre quienes se quedaron, quienes se fueron y quienes cargan con ambos destinos.

La identidad venezolana, bajo estas condiciones, no es una herencia fija, sino un acto de resistencia. Es la afirmación de que la dignidad no se negocia, y de que un pueblo no puede ser reemplazado de forma permanente por alianzas de conveniencia y control. La recuperación de la nación tomará tiempo, y quizá requiera formas aún no imaginadas. Pero dependerá, por encima de todo, de la preservación del espíritu cívico: uno que sepa lo que se ha perdido y se niegue a dejarlo en el olvido.



Epílogo

A medida que la historia de Venezuela se despliega en oleadas, la lucha entre la unidad y la fragmentación, el idealismo y la autoridad, se repite una y otra vez —no solo en los pasillos del poder, sino también en la vida privada de quienes padecen sus consecuencias. El poder, en todas sus formas, pone a prueba el tejido mismo de la nación, y sin embargo la búsqueda del equilibrio sigue siendo esquiva. Venezuela continúa atrapada en una profunda crisis humanitaria, con millones de personas privadas de atención médica y de nutrición básica, según el World Report 2024 de Human Rights Watch. [1] El país presenta hoy la tasa más alta de desnutrición de América del Sur: el 66 % de la población necesita ayuda humanitaria y el 65 % ha perdido de manera irreversible sus medios de subsistencia. A pesar de las reiteradas promesas de reforma y de amnistía, las estructuras de poder enquistadas han impedido un cambio significativo y perpetuado lo que se considera ampliamente un régimen autoritario y corrupto. Las intervenciones externas —principalmente diplomáticas y sanciones económicas— han sido frecuentes, pero no han logrado inducir una transformación sustantiva.

La teoría política sostuvo alguna vez que la expansión de la democracia aseguraría la paz entre las naciones. [2] La experiencia venezolana sugiere lo contrario: la paz se desvanece cuando la democracia se vacía en la temporalidad del caos. Aunque tales teorías no abordan directamente la persistencia de las autocracias, el caso venezolano pone de relieve cómo los regímenes fortalecidos por el control interno y por alianzas autocráticas estratégicas con el exterior pueden resistir tanto la agitación interna como la presión externa.

En Venezuela, los planteamientos teóricos encuentran una expresión concreta en la manera en que las instituciones democráticas —elecciones, legislaturas y tribunales— son reconfiguradas para afianzar el control autoritario. Mediante procesos electorales escenificados, legislaturas restringidas y poderes judiciales politizados, estos regímenes suprimen la disidencia, manipulan la percepción pública y eluden la rendición de cuentas ante el exterior. La legitimidad deja de ser un mandato del pueblo y se convierte en un mecanismo para la permanencia del poder.

Aunque el camino hacia el futuro sigue siendo incierto, la crisis ya no es meramente política: es sistémica, está incrustada en el propio tejido de la historia venezolana. La resolución de esta crisis requiere algo más que un relevo político o una intervención externa; exige el reconocimiento de la herencia histórica que ha modelado la desconfianza y la disfunción del país. Los cimientos del gobierno se han construido durante mucho tiempo sobre fuerzas en conflicto, y cualquier posibilidad de cambio comienza con la conciencia de ese legado. Una estrategia coordinada que integre apoyo económico, compromiso diplomático y movimientos democráticos de base puede ofrecer un alivio temporal, pero no puede resolver lo que está arraigado. La verdadera transformación requiere una revisión cultural: un desplazamiento interno de la conciencia que confronte las mismas fuerzas que han permitido el dominio autocrático. Y sin una profunda unidad interior —un despertar cultural capaz de superar siglos de contradicciones inherentes— la posibilidad de esa transformación podría permanecer distante, aunque no extinguida.

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Endnotes

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Bibliografía anotada

  • Améry, Jean: At the Mind’s Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and Its Realities. Bloomington: Indiana University Press, 1980. (Una reflexión filosófica y existencial sobre el sufrimiento, el exilio y la pérdida de pertenencia. El ensayo retoma su idea de que no hay violencia mayor que ser despojado de un lugar al que poder regresar, lo que se convierte en un eje moral en la Venezuela del éxodo.)
  • Arendt, Hannah: The Origins of Totalitarianism. Nueva York: Harcourt Brace, 1951. (Estudio fundamental sobre el desarraigo, la desnacionalización y el derecho a tener derechos. Su conceptualización de los refugiados apátridas informa directamente el argumento sobre la pérdida de pertenencia como forma de expulsión ontológica.)
  • Ávila, Rafael: La cultura sitiada: Arte, política y silencio en Venezuela. Caracas: Editorial Alfa, 2020. (Ávila examina cómo la censura, la precariedad económica y el control institucional han reducido drásticamente la producción artística independiente en Venezuela. Citado para sustentar la afirmación de que la diversidad cultural ha sido reemplazada por una expresión condicionada por el poder y la subsistencia.)
  • Corrales, Javier: Autocracy Rising: How Venezuela’s Authoritarian Leaders Consolidated Power. Washington, DC: Brookings Institution Press, 2020. (Corrales explica cómo las élites del régimen han concentrado el control económico a través de redes informales, permitiendo que oligarquías respaldadas por potencias extranjeras desplacen a los actores económicos nacionales. Se utiliza para respaldar la afirmación de que hoy son los aliados y patrocinadores extranjeros quienes dominan los flujos de recursos venezolanos.)
  • Ellis, R. Evan: Transnational Organized Crime in Latin America and the Caribbean. Lanham, MD: Lexington Books, 2018. (Ofrece un mapeo exhaustivo sobre cómo actores extranjeros—especialmente de Cuba, Rusia y China—se integran en el aparato estatal venezolano. Citado para explicar la externalización estratégica de la soberanía hacia aliados no democráticos.)
  • Gessen, Masha: Surviving Autocracy. Nueva York: Riverhead Books, 2020. (Aunque centrado en Estados Unidos, este libro articula patrones generales del comportamiento autocrático—como la degradación del lenguaje, el vaciamiento institucional y la desorientación pública—que también se aplican al caso venezolano.)
  • Heidegger, Martin: Unterwegs zur Sprache. Pfullingen: Neske, 1959. (Contiene la conocida frase “Language is the house of being” [El lenguaje es la casa del ser] citada para subrayar la relación entre la continuidad lingüística y el sentido de pertenencia existencial.)
  • Human Rights Watch: “Venezuela’s Humanitarian Emergency: Large-Scale UN Response Needed to Address Health and Food Crisis.” Nueva York: Human Rights Watch, 2019. (Informe detallado que vincula el colapso de los servicios públicos con violaciones de derechos básicos y de la dignidad nacional, destacando cómo la crisis humanitaria contribuye a la degradación de la identidad.)
  • Levinas, Emmanuel: Totalité et infini: Essai sur l’extériorité. La Haya: Martinus Nijhoff, 1961. (La ética de la alteridad de Levinas, centrada en la responsabilidad hacia el otro irreductible, sustenta el argumento del ensayo a favor de una política basada en la dignidad y no en la identidad estatal ni en la reciprocidad calculada.)
  • Levitsky, Steven y Ziblatt, Daniel: How Democracies Die. Nueva York: Crown Publishing Group, 2018. (Levitsky y Ziblatt ofrecen un marco para entender la degradación democrática a través de la captura institucional y las alianzas externas. Se cita para subrayar el carácter transaccional de las alianzas internacionales del régimen venezolano.)
  • López Maya, Margarita: “Economía extractiva y soberanía en disputa: el Arco Minero del Orinoco.” Revista Venezolana de Ciencia Política 45 (2022): 34–49. (López Maya analiza cómo las zonas mineras se han convertido en territorios semiautónomos controlados por milicias e intereses extranjeros, apoyando el argumento del ensayo sobre la alienación geográfica y la fragmentación económica.)
  • Loveluck, Louisa: “The Collapse of a Nation: Venezuela’s Descent into Authoritarianism.” The Washington Post, julio de 2020. (Síntesis periodística del colapso estructural venezolano, con testimonios de primera mano sobre la alienación económica y el coste psicológico del abandono estatal.)
  • Loveluck, Louisa y Dehghan, Saeed Kamali: “Venezuela Hands Over Control of Key Assets to Foreign Backers.” The Washington Post, 2020. (Reportaje de investigación que documenta la privatización y gestión extranjera de sectores estratégicos venezolanos. Se cita para mostrar cómo las industrias nacionales han sido subordinadas al control externo.)
  • Mbembe, Achille: Politiques de l’inimitié. París: La Découverte, 2016. (Mbembe explora la política de la enemistad y los mecanismos de desposesión en la modernidad tardía. Citado para destacar cómo la violencia estructural afecta tanto la vida material como el imaginario colectivo.)
  • Rodríguez, Luis, y Ortega, Daniela: Colonización contemporánea: transformaciones culturales en las zonas extractivas de Venezuela. Mérida: Editorial de la Universidad de los Andes, 2023. (Estudio etnográfico sobre los efectos socioculturales de la inversión extranjera en regiones mineras y fronterizas, incluyendo la introducción de nuevas jerarquías, códigos de convivencia y formas de organización paralelas. Se cita para sustentar el argumento sobre la transformación de normas culturales y lealtades comunitarias.)
  • Romero, Carlos A.: “Geopolítica, militarización y relaciones internacionales del chavismo.” Nueva Sociedad 293 (2021): 82–94. (Romero traza cómo las alianzas exteriores han militarizado las zonas fronterizas y reforzado el autoritarismo interno. Se emplea para sustentar la afirmación de que el poder ha basculado hacia actores cuya lealtad está fuera de Venezuela.)
  • Roth, Kenneth: The Fight for Rights: Human Dignity and the Struggle Against Authoritarianism. Nueva York: W. W. Norton, 2022. (Roth examina los fundamentos morales y cívicos de la dignidad, proporcionando contexto para el argumento de que la identidad venezolana debe hoy preservarse mediante la resistencia, más que a través del reconocimiento estatal.)
  • Said, Edward W.: Reflections on Exile and Other Essays. Cambridge, MA: Harvard University Press, 2000. (Said explora la experiencia del exilio como una condición existencial y crítica, más allá del simple desarraigo. Citado para sostener la idea de que la identidad venezolana en la diáspora se mantiene viva no por medio de una nación funcional, sino por la negativa a olvidar).
  • Salas, Miguel: Arquitectura y desposesión: Espacios públicos y crisis urbana en Venezuela. Caracas: Editorial Punto Cero, 2019. (Salas analiza la transformación de la arquitectura y los espacios públicos en el contexto del colapso político y social de Venezuela. Citado para fundamentar la idea de que las estructuras cívicas compartidas están siendo despojadas de su función simbólica y comunitaria.)
  • Schmitt, Carl: The Concept of the Political. Chicago: University of Chicago Press, 1996. (Referencia teórica sobre la soberanía, útil para comprender cómo el régimen venezolano define enemigos y aliados no en función de la legalidad, sino de la lealtad, reformulando así el propio significado de la ciudadanía.)
  • Shklar, Judith: American Citizenship: The Quest for Inclusion. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1991. (Shklar estudia cómo la exclusión política y social ha configurado el significado de ciudadanía en Estados Unidos. El ensayo retoma su premisa de que ser ciudadano implica no solo derechos legales, sino pertenencia efectiva y dignidad reconocida.)
  • Smilde, David. “Participation, Politics, and Culture in Twenty-First Century Venezuela.” Latin American Research Review 52, n.º 1 (2017): 157–65. (Smilde analiza el impacto cultural de la polarización política y la exclusión en Venezuela, y cómo la identidad se forma en espacios cívicos disputados.)
  • Trinkunas, Harold A.: “Venezuela’s Defense Sector and Civil-Military Relations.” Washington, DC: Brookings Institution Working Paper, 2015. (Trinkunas estudia el arraigo de la influencia cubana y rusa en el sector militar venezolano. Se cita para explicar la redefinición de la soberanía bajo presencia asesora extranjera.)

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