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« La autoridad de los nombres políticos »

August 14, 2026
Acuarela CGI
2026

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En una reciente entrevista de despedida publicada por The New York Times, Ross Douthat interpretó varias transformaciones de la política y la cultura estadounidenses mediante un vocabulario cuyos términos principales parecían exentos de explicación.   «Conservadurismo», «liberalismo», «derecha» e «izquierda» comparecieron como condiciones reconocibles, constituidas de antemano y susceptibles de comparación.   La familiaridad de Douthat con las instituciones y tendencias examinadas confirió a esos términos la autoridad que sus definiciones no proporcionaban.

La dificultad no reside en el contenido de las convicciones expresadas por Douthat, sino en las categorías que permiten reconocerlas y clasificarlas antes de someterlas a examen.   Las palabras mediante las cuales avanza el argumento no identifican objetos estables.   Esas palabras reúnen historias, instituciones, disposiciones y sectores políticos diferentes bajo nombres cuya aparente familiaridad encubre su inestabilidad.   El expositor puede entonces desplazarse entre el comportamiento electoral, la creencia religiosa, la organización partidista, el juicio ético y el temperamento cultural sin establecer la relación entre esas materias.   La palabra permanece mientras cambia su referente.

Esta inestabilidad no es privativa de un comentarista.   El conservadurismo y el liberalismo se han convertido en nombres políticos cuya autoridad suele rebasar su capacidad descriptiva.   Ambos términos se invocan como si designaran dos condiciones coherentes que permitieran clasificar a las personas y a las sociedades.   Sin embargo, ninguna de esas condiciones existe con independencia de los juicios formulados en su nombre.   Ninguna sociedad conserva todo cuanto recibe, y ninguna sociedad libera a todas las personas de toda restricción.   La cuestión decisiva no consiste, por tanto, en determinar si un orden conserva o libera, sino en precisar qué preserva, qué restricciones mantiene o elimina, quién adopta esas determinaciones y mediante qué instituciones adquieren fuerza.

El conservadurismo se asocia con frecuencia a la preservación, aunque la preservación no basta para definirlo.   Todo orden político preserva leyes, expectativas, jurisdicciones y formas de conducta.   Los gobiernos revolucionarios preservan sus revoluciones; los gobiernos liberales preservan derechos constitucionales; las sociedades comerciales preservan las condiciones jurídicas de las que depende el intercambio.   La preservación adquiere carácter conservador solo después de que un legado ha sido seleccionado e investido de autoridad.

El acto de selección resulta ineludible porque los legados entran en conflicto.   La autoridad de la familia puede oponerse a las exigencias del mercado.   La autonomía local puede contradecir la soberanía nacional.   La continuidad religiosa puede entrar en conflicto con la igualdad constitucional.   La propiedad privada puede proteger una disposición heredada y permitir, simultáneamente, la destrucción de otra.   Un sistema comercial defendido como conservador puede disolver comunidades, oficios y costumbres con mayor rapidez que un programa público emprendido en nombre de la reforma.   Ninguna apelación a la tradición puede resolver estos conflictos mientras alguien no determine qué tradición debe prevalecer.

El conservadurismo puede entenderse, por consiguiente, no como la preservación pasiva de cuanto existe, sino como un juicio acerca del legado recibido:   qué formas heredadas deben conservar su autoridad, quién puede modificarlas y qué pérdidas resultarían irreparables si esas formas desaparecieran.   Este juicio puede contener prudencia.   Las instituciones suelen contener un conocimiento que ningún individuo diseñó y que ninguna generación aislada comprende por entero.   La destrucción de una institución puede revelar su valor únicamente cuando las relaciones que sostenía ya no pueden recuperarse.   Pero la duración no acredita inocencia.   Una institución puede perdurar porque encarna experiencia acumulada, porque protege a quienes dependen de ella o porque sus beneficiarios poseen el poder necesario para impedir su modificación.   El tiempo no permite distinguir por sí solo entre estas posibilidades.

La invocación de la tradición puede ocultar esta incertidumbre cuando presenta un legado escogido como si el propio pasado lo hubiera seleccionado.   La tradición parece entonces hablar, ordenar o resistir.   Las personas y las instituciones que efectúan la selección desaparecen de la oración.   Aquello que ha sido preservado de manera deliberada adquiere la apariencia de una continuidad natural.   El conservadurismo se vuelve engañoso cuando la selección se representa como herencia y la acción política se transfiere al pasado.

El liberalismo afronta una dificultad correlativa, aunque no idéntica.   Suele asociarse con la libertad, el consentimiento y la emancipación frente al poder arbitrario.   Sin embargo, ningún orden político puede eliminar la restricción como tal.   Los derechos requieren leyes; las leyes requieren interpretación; la interpretación requiere instituciones; las instituciones requieren el poder de imponer conductas.   La libertad contractual depende de tribunales capaces de exigir el cumplimiento de los contratos.   La libertad frente a la discriminación depende de restricciones impuestas sobre conductas que, de otro modo, podrían defenderse como decisiones privadas.   La protección de la autonomía individual exige determinaciones colectivas acerca de las condiciones que hacen posible esa autonomía.

El liberalismo no constituye, por tanto, la ausencia de restricción.   Constituye un juicio acerca de la restricción:   qué ejercicios del poder requieren justificación, de quién debe proceder el consentimiento que legitima la autoridad y qué protecciones puede reclamar una persona frente a las instituciones, las mayorías y las disposiciones heredadas.   Al igual que el conservadurismo, el liberalismo no descubre sus respuestas sin dirimir entre bienes concurrentes.   La libertad del empleador puede restringir la seguridad del trabajador.   La libertad del propietario puede limitar el acceso público.   La libertad de quien participa en el mercado puede depender de circunstancias que no dejan a otra persona ninguna alternativa efectiva.   Calificar una relación como voluntaria no demuestra que las condiciones que produjeron el consentimiento hayan sido elegidas libremente.

El liberalismo puede ocultar estas decisiones cuando presenta la liberación como una simple supresión de interferencias.   Una restricción queda abolida, pero de esa abolición procede otra distribución de la autoridad.   La regulación pública puede retroceder mientras se expande el poder privado.   Una prohibición heredada puede desaparecer mientras la necesidad económica adquiere mayor poder sobre la conducta.   El lenguaje de la elección registra el momento de la decisión, pero puede omitir las circunstancias que determinaron cuáles opciones estaban disponibles.   El liberalismo se vuelve engañoso cuando una disposición recién establecida se presenta como ausencia de toda disposición y la acción institucional desaparece tras la autonomía del individuo.

La concepción de la persona presupuesta por cada tradición también requiere examen.   El discurso conservador suele concebir a la persona como una entidad formada por la familia, la costumbre, la religión, el lugar y la continuidad histórica.   El discurso liberal suele concebirla como un sujeto capaz de prestar consentimiento y facultado para protegerse de autoridades que no ha elegido.   Ninguna de las dos concepciones basta por sí sola.   La persona no llega al mundo con independencia de toda relación, pero ninguna relación heredada posee autoridad ilimitada sobre la persona a cuya formación contribuyó.   La formación no extingue el juicio; la autonomía no elimina la dependencia.

La oposición entre conservadurismo y liberalismo induce a error cuando estas concepciones parciales se presentan como descripciones de dos clases diferentes de personas.   Una misma persona puede depender de relaciones heredadas y resistir la autoridad ejercida mediante ellas.   Una misma institución puede preservar una libertad adquirida mediante una reforma.   Una misma ley puede interrumpir una continuidad para proteger otra.   La vida política no se divide limpiamente entre quienes heredan y quienes eligen, porque la elección se ejerce dentro de un legado y el legado persiste mediante sucesivos actos de elección.

La relación histórica entre ambas tradiciones tampoco admite una oposición fija.   El liberalismo se desarrolló mediante impugnaciones del privilegio hereditario, la autoridad confesional y el gobierno arbitrario.   El conservadurismo adquirió buena parte de su configuración reconocible al oponerse a los intentos revolucionarios de reconstruir la sociedad conforme a principios abstractos.   Sus historias se cruzan sin adquirir simetría.   Las instituciones liberales terminan por convertirse en legados defendidos por conservadores.   Las defensas conservadoras de un gobierno limitado pueden recurrir a argumentos liberales sobre los derechos individuales.   Los movimientos calificados como liberales pueden construir amplios poderes administrativos, mientras que los movimientos calificados como conservadores pueden aceptar transformaciones radicales cuando proceden de los mercados, la tecnología o el Poder Ejecutivo.

El uso contemporáneo de estos nombres en Estados Unidos agrava la confusión.   «Conservador» y «liberal» pueden identificar coaliciones partidistas cuyos integrantes coinciden en sus adversarios electorales mientras discrepan acerca de la religión, el comercio, la guerra, la sexualidad, el poder federal y la interpretación constitucional.   Los nombres producen una apariencia de coherencia interna al situar compromisos incompatibles en lados opuestos de una división presupuesta.   Una vez aceptada la división, toda controversia nueva se interpreta a través de ella.   Las categorías no proceden de la indagación; determinan lo que la indagación puede reconocer.

Por esta razón, el comentario político fluido puede parecer más explicativo de lo que realmente es.   Un expositor invoca el conservadurismo, el liberalismo, la derecha o la izquierda, y después aporta ejemplos previamente asignados a esas categorías.   Los ejemplos parecen confirmar la clasificación porque la clasificación determinó desde el principio la relevancia que se les atribuye.   La proximidad histórica puede fortalecer la representación.   Quien ha trabajado dentro de instituciones influyentes puede presentar su experiencia personal como prueba de que las categorías poseen la coherencia que se les atribuye.   La experiencia puede aportar un testimonio valioso, pero no puede reemplazar un criterio.   Haber observado una tendencia política no equivale a establecer qué convierte sus expresiones dispares en una sola tendencia.

El problema se vuelve más visible cuando la metáfora ocupa el lugar donde se requiere una definición.   «Energía pagana» y otras construcciones análogas, como conciencia cristiana, agotamiento liberal o fortaleza conservadora, reúnen impresiones sin determinar sus relaciones.   Pueden remitir a la teología, el temperamento, la estética, la conducta política o la fantasía retrospectiva.   Su imprecisión permite que circulen entre estos ámbitos mientras conservan la resonancia adquirida en cada uno.   El resultado es una proyección oratoria de perspicacia:   el lenguaje anuncia que algo ha sido discernido antes de precisar el objeto del discernimiento.

Una indagación diagnóstica debe interrumpir este desplazamiento.   Cada vez que se invoque el conservadurismo, la indagación debe preguntar qué se conserva, quién lo seleccionó para su preservación y qué legado concurrente queda desplazado.   Cada vez que se invoque el liberalismo, debe preguntar qué restricción se elimina, qué autoridad la reemplaza y qué circunstancias determinan la efectividad del consentimiento.   Cada vez que cualquiera de las dos tradiciones presente su juicio como una necesidad histórica, la indagación debe restituir a los agentes omitidos por el relato.

«La tradición exige» y «el progreso reclama» parecen proceder de vocabularios opuestos, pero ejecutan un desplazamiento comparable.   Ambas expresiones convierten decisiones en imperativos sin responsables.   Una asigna la acción al pasado acumulado; la otra la asigna a un futuro anticipado.   En ambos casos, personas e instituciones identificables actúan mientras la historia recibe la responsabilidad gramatical por sus acciones.

El conservadurismo y el liberalismo pueden conservar significado, pero no como condiciones evidentes por sí mismas.   Ambos términos identifican formas recurrentes de dirimir asuntos relativos al legado, la autoridad, la restricción y el cambio.   Su valor depende de que los juicios formulados mediante ellos permanezcan abiertos al examen.   Su peligro comienza cuando se permite que los nombres resuelvan las preguntas que deberían obligarnos a formular.

El vocabulario político hace algo más que describir un argumento.   Determina quién puede participar en él, qué continuidades adquieren visibilidad, qué restricciones parecen legítimas y qué decisiones pueden encubrirse como inevitabilidades.   La perduración del conservadurismo y del liberalismo puede revelarnos, por tanto, menos acerca de la permanencia de dos doctrinas coherentes que acerca de la autoridad adquirida por sus nombres.   Antes de decidir entre ambas tradiciones, debemos recuperar los actos de selección que cada una oculta.   Solo entonces las palabras dejan de gobernar la indagación y quedan sometidas a ella.

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Ricardo F. Morín

14 de agosto, 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


« La búsqueda de una prosa auténtica »

June 19, 2026

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Ricardo F. Morín
Serie Triangulación Nº 5: La búsqueda de una prosa auténtica
37″ x 60″ x 2″
Óleo sobre lino
2006

Nota Preliminar

El salto humano hacia la abstracción dio origen al lenguaje y, con él, a la posibilidad de la prosa.   Cuando el Homo sapiens comenzó a imaginar más allá de lo visible, creó herramientas, símbolos e historias que ninguna otra especie pudo producir.   Sin embargo, la abstracción, fuente misma de la imaginación, sigue siendo lo más difícil de comunicar.   La escritura carga con esta paradoja:   intenta dar forma a lo que se resiste a la forma sin oscurecer la condición que busca volver visible.

La búsqueda de una prosa auténtica está ligada a ese origen.   Cada época—escribal, tipográfica, digital—ha puesto a prueba nuestra capacidad de expresar no sólo información, sino también la vida interior que las palabras apenas logran contener.   La prosa auténtica no resuelve la abstracción; soporta su dificultad mientras intenta preservar la lucidez mediante la cual una condición se vuelve perceptible, línea por línea, revisión tras revisión.

Y la pregunta retorna, como al principio:   ¿hemos agotado nuestra capacidad de hablar con autenticidad, o es precisamente la lucha con la expresión el misterio que mantiene vivo al lenguaje?   Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque el propio lenguaje se resiste a concluirse.

Ricardo F. Morín

18 de septiembre de 2025

Centerville, Massachusetts


1.

La insatisfacción siempre ha marcado la práctica de la prosa, y siempre ha exigido la autoedición.   Quintiliano (ca. 35–100 d. C.) instruyó a los estudiantes romanos a imitar a sus maestros, pero advirtió que la imitación debía dar paso a la corrección:   « La imitación es útil, pero debe ser una imitación con juicio » (Institutio Oratoria, 1920).   Sin revisión, afirmaba, la voz permanecía prestada.   Los escribas medievales copiaban textos con cuidado, pero a menudo dejaban glosas en los márgenes que difuminaban la línea entre texto y comentario.   Los lectores tenían que desenredar la mano del autor.   Con el auge de la imprenta, los escritores exigían pruebas de galera para poder defender su estilo frente a las preferencias de los impresores.   Erasmo (1466–1536) se quejaba de que los impresores descuidados « asesinan libros » al imponer sus preferencias a los autores (Correspondence, 1974).   Cada época produjo nuevas herramientas, y cada una obligó al escritor a revisar, discernir y asegurar una voz que pudiera reclamar como propia.

2.

Las tecnologías posteriores ampliaron esta carga.   El telégrafo comprimía las frases en señales breves.   La claridad se sacrificaba a menudo en favor de la rapidez, y los escritores tenían que restaurar la coherencia al ampliar el mensaje.   La máquina de escribir regularizó el espaciado y el ritmo, pero impuso una cadencia mecánica.   Henry James (1843–1916) observó que la máquina de escribir “interpone un martillo de metal entre el cerebro y la página” (The Notebooks of Henry James, 1947).   En las redacciones, las fechas límite obligaban a los periodistas a adoptar la pirámide invertida, una estructura apreciada por su eficiencia, pero conocida por aplanar la voz.   Cada medio prometía ventaja, pero cada uno introducía distorsiones.   Solo la edición deliberada permitía que la prosa permaneciera auténtica.   La insatisfacción no era un defecto de estas herramientas.   Era la condición bajo la cual la prosa podía sobrevivir.

3.

La inteligencia artificial pertenece a esta secuencia, no aparte de ella.   Una pregunta recibe una respuesta, pero el intercambio nunca se resuelve en una sola voz que pueda reclamarse.   Una línea aparece fluida, la siguiente cae en distorsión.   La prosa vacila entre claridad e incertidumbre.   El escritor se ve obligado a probar, corregir y dudar.   La diferencia es de escala.   La IA inunda la página con lenguaje desprendido de su origen, y esa escala aumenta la necesidad de discernimiento.   Gran parte de su producción toma la forma de compresión:   contexto reducido a palabras que gesticulan ampliamente sin anclar la intención.   Aceptar esa compresión sin examinarla es arriesgar la distorsión; desenvolverla es recuperar la voz.   Las encuestas confirman que la corrección gramatical sigue siendo inconsistente, especialmente en contextos raros o complejos (Bryant et al., Grammatical Error Correction:   A Survey of the State of the Art, 2023).   Los estudios también muestran que la IA a menudo sobrecorrige, produciendo una prosa aparentemente impecable pero estilísticamente distorsionada (Lin et al., 2024), o no logra mantener el matiz al tratar con lenguas morfológicamente complejas (Nguyen et al., 2025).   Estas deficiencias muestran que la antigua carga de la revisión no ha desaparecido.   Sólo se ha intensificado.

4.

La incertidumbre que rodea a la inteligencia artificial se extiende también a las instituciones que enseñan a escribir.   Las universidades sostienen hoy dos posturas opuestas.   Una trata la IA como una fractura de la autoría y se apoya en sistemas de detección que intentan distinguir la irregularidad humana de la fluidez sintética.   Pero estos sistemas imponen sus propias distorsiones:   confunden la conformidad como evidencia y penalizan a estudiantes cuya prosa no coincide con los patrones que el software considera “humanos.”   La vigilancia revela así su propia fragilidad.   Otras instituciones adoptan la postura inversa y presentan la IA como un instrumento neutral destinado a pulir la expresión y apoyar la creatividad.   Pero esta seguridad sigue siendo incierta, pues ninguna de las dos posiciones puede definir con claridad qué constituye una presencia en la página cuando la asistencia amenaza con preceder a la intención.   Estas contradicciones muestran que el entorno cultural no ha alcanzado un acuerdo sobre cómo debe reconocerse o enseñarse una prosa auténtica.   La carga del discernimiento vuelve, por tanto, al escritor, intensificada en lugar de aliviada.

5.

Ningún escritor está exento de esta responsabilidad.   La facilidad puede embotar el estilo.  La resistencia puede afilarlo.   La vacilación puede desdibujar ambos.   Cada postura exige responsabilidad.  La intención no absuelve a nadie.   Cada frase debe ser probada.   Cada fracaso debe ser corregido.   Cada línea debe ser reclamada como propia.   La práctica de la autoedición se aplica a poetas y periodistas, a escribas y novelistas, a humanistas y programadores por igual.   Trabajos recientes confirman que incluso cuando la IA explica la gramática, falla, exponiendo sus límites en la conciencia lingüística (Song et al., 2024).  La prosa auténtica sobrevive sólo cuando cada línea se pone a prueba frente a la medida del discernimiento.

6.

Lo que surge en la página puede parecer terminado y, sin embargo, permanecer inconcluso.   La brevedad telegráfica, la uniformidad tipográfica o el flujo superficial generado por la inteligencia artificial pueden producir la apariencia de prosa sin su fundamento.   La autenticidad no está garantizada por la refinación, la cadencia o la economía.  Una frase puede parecer depurada y, sin embargo, obstruir la perceptibilidad de la condición que busca comunicar.   Depende de la disposición del escritor a revisar hasta que la intención se haga visible.   Ese es el problema detrás de cada frase prestada:   si la línea lleva la huella de una mente que la reclama.   Las evaluaciones multilingües confirman que los modelos de lenguaje a gran escala (LLMs) siguen introduciendo errores sistemáticos en contextos lingüísticos complejos (Wisniewski et al., 2025).   Ningún sistema—antiguo, mecánico o digital—puede proporcionar la marca de la intención.   Pertenece sólo al escritor que acepta la insatisfacción como el costo de la prosa que perdura.

7.

La inteligencia artificial intensifica esta vieja lucha al imitar la fluidez sin poseer pensamiento.   Sus oraciones suelen aparecer coherentes, incluso receptivas, pero su origen no es ni la conciencia ni la intención.   Surgen de un entramado estadístico constreñido por ingenieros cuyas prioridades son la seguridad, la velocidad y la previsibilidad—no la gramática, la filosofía o las exigencias interiores de la prosa.  Lo que parece neutralidad es, por tanto, una neutralidad fabricada, una postura moldeada por restricciones y no por juicio.   El resultado es un estilo capaz de imitar el tono pero incapaz de sostener la profundidad:  una simulación del razonamiento sin los riesgos que otorgan fuerza al acto de razonar.

8.

Esta distinción acarrea consecuencias para el escritor.   Cuando la inteligencia artificial produce lenguaje con mayor rapidez de la que requiere la reflexión para tomar forma, el peligro surge antes incluso de que la oración parezca concluida:   la eficiencia del instrumento puede imponerse sobre el propio proceso del escritor.   El acto de la compresión colapsa la intención en patrones que apenas se asemejan a la comprensión, estrechando la apertura perceptiva mediante la cual el discernimiento se vuelve comunicable.   Esa semejanza introduce un riesgo de sustitución, en el que la producción de la máquina precede al pensamiento del escritor en lugar de seguirlo.   Tal desplazamiento estrecha la abertura por la cual opera la conciencia.   Lo que comienza como asistencia puede inducir al escritor a aceptar la coherencia en lugar de la lucidez y la fluidez en lugar de la voz.

9.

Ese tirón gravitacional de estos sistemas debe, por tanto, enfrentarse con límites.   La atracción reside en la promesa de claridad; la repulsión, en la preservación de la autonomía.   La tensión entre ambas no es un defecto, sino la condición bajo la cual todavía puede escribirse una prosa auténtica.   El escritor debe pensar antes de consultar, redactar antes de refinar y permitir que la oración pase por la disciplina del discernimiento humano en lugar de conformarse con una coherencia sintética.   Ninguna herramienta—mecánica o digital—debe ser autorizada a formar el pensamiento antes de que el pensamiento se forme a sí mismo.

10.

La prosa auténtica exige atención a este límite.   Una oración puede parecer depurada y, sin embargo, carecer de interioridad; puede ser correcta y, sin embargo, vacía.   Ningún sistema puede aportar la tensión que otorga peso moral a la escritura:   las contradicciones vividas, las asimetrías de la experiencia y el trabajo de confrontar un sentido que no puede ser imitado porque no es un patrón.   Lo que surge en la página debe llevar la huella de una mente que ha escogido, modelado y reclamado su lenguaje.   Sin esa reivindicación, la prosa corre el riesgo de volverse poco eficiente e inauténtica:   una superficie casi pulida pero sin profundidad, una neutralidad sin juicio, una voz sin origen.

11.  

La  cuestión  de  la  prosa  auténtica  excede  en  último  término  la  técnica.  Se  adentra  en  la  estructura  misma  de  la  conciencia.  Porque  la  prosa  no  se  limita  a  transmitir  información.  Organiza  la  experiencia,  establece  jerarquías  de  relevancia  y  determina  qué  puede  ser  juzgado  y  qué  debe  ser  tolerado.  En este sentido, el lenguaje no es un instrumento que siga al juicio.  Es el medio a través del cual el juicio se vuelve posible porque preserva las distinciones mediante las cuales la experiencia permanece perceptible para la conciencia.  El lenguage es el  medio  a  través  del  cual  el  juicio  se  vuelve  posible.  

Cuando  el  lenguaje  se  comprime,  se  estandariza  o  se  sustituye  antes  de  que  la  reflexión  tome  forma,  el  peligro  no  es  solo  estético.  Es  moral.  Porque  la  libertad  que  más  fácilmente  se  pierde  no  es  política  sino  cognitiva:  la  capacidad  de  sostener  un  juicio  sin  deformar  la  experiencia,  sin  delegar  la  responsabilidad  y  sin  permitir  que  la  coherencia  sustituya  a  la  comprensión.  La  inteligencia  artificial  agudiza  este  riesgo  al  ofrecer  fluidez  antes  de  que  exista  intención.  Cuando  la  coherencia  precede  a  la  reflexión,  la  frase  puede  parecer  completa  mientras  la  conciencia  permanece  inactiva.  Lo  que  se  desplaza  en  este  proceso  no  es  solo  la  autoría,  sino  la  continuidad  entre  percepción,  juicio  y  acción  de  la  que  depende  la  libertad  interior.  

La  prosa  auténtica,  por  tanto,  resguarda  algo  más  que  la  voz.  Resguarda  la  autonomía.  Una  frase  que  lleva  la  huella  de  la  intención  preserva  un  espacio  en  el  que  el  juicio  permanece  soberano.  Una  frase  que  llega  antes  de  la  intención  estrecha  ese  espacio  de  forma  imperceptible,  sustituyendo  el  discernimiento  por  el  patrón  y  la  responsabilidad  por  la  conformidad.  La  preservación  de  la  prosa  auténtica  es,  por  ello,  inseparable  de  la  preservación  de  la  libertad  de  conciencia.  Donde  el  lenguaje  deja  de  servir  al  juicio,  ya  ha  comenzado  la  primera  forma  de  servidumbre.  


Epílogo

La búsqueda de una prosa auténtica puede medirse entre dos polos.   Uno concibe el lenguaje como ciencia, con la aspiración de hallar la palabra exacta, la expresión más simple capaz de sostener la verdad más grande.   El otro recuerda que la prosa nació en la abstracción, y que ninguna frase logra escapar de su sombra.   La inteligencia artificial ha añadido una tercera presión en forma de compresión:   contexto reducido a palabras que parecen fluidas pero carecen de un anclaje de intención.   Tal vez la prosa auténtica no consista en elegir entre estas fuerzas, sino en mantener la tensión que generan:   la precisión como aspiración, la abstracción como condición, la compresión como desafío.   Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque cada frase revisada sigue siendo un esfuerzo por volver perceptible la experiencia sin entregarla a la distorsión.

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Bibliografía anotada

Bryant, Christopher, et al: Grammatical Error Correction: A Survey of the State of the Art.Cambridge, MA: MIT Press, 2023. (Este estudio repasa las fortalezas y límites de la IA en la corrección gramatical. Señala deficiencias persistentes, especialmente en errores raros o complejos, mostrando que incluso los modelos avanzados no pueden sostener con consistencia una prosa auténtica.)

Erasmus, Desiderius: Correspondence. Toronto: University of Toronto Press, 1974. (Erasmo advierte que los impresores descuidados “asesinan los libros” al imponer sus preferencias a los autores, lo que ilustra la lucha en la era de la imprenta por preservar la prosa auténtica.)

James, Henry: The Notebooks of Henry James. Chicago: University of Chicago Press, 1947. (James observa que la máquina de escribir “interpone un martillo metálico entre el cerebro y la página”, mostrando cómo la tecnología puede alterar el ritmo y exigir una nueva revisión.)

Lin, S., et al: Evaluating LLMs’ Grammatical Error Correction Performance in Learner Chinese Errors from a Corpus Linguistic Perspective. San Francisco: Public Library of Science, 2024. (Demuestra que la IA suele sobrecorregir los textos de aprendices, produciendo frases gramaticalmente suaves pero estilísticamente distorsionadas; la corrección puede oscurecer la voz auténtica.)

Nguyen, Phuong Thao; Nuss, Bernd; Dressler, Roswita, y Ovens, Katie: A Small-Scale Evaluation of Large Language Models Used for Grammatical Error Correction in a German Children’s Literature Corpus: A Comparative Study. Basilea: MDPI, 2025. (Revela dificultades persistentes con la complejidad morfológica y la preservación del estilo, reforzando la necesidad del discernimiento humano en la edición asistida por máquina.)

Quintilian: Institutio Oratoria. Cambridge: Harvard University Press, 1920. (Aboga por la imitación “con juicio”, situando la insatisfacción y la corrección en el centro de la formación retórica y de la voz auténtica.)

Song, Y., et al: GEE! Grammar Error Explanation with Large Language Models. Stroudsburg, PA: Association for Computational Linguistics, 2024. (Evalúa si la IA puede explicar los errores además de corregirlos; los fallos frecuentes en la explicación revelan límites en la conciencia y la precisión lingüística.)

Wisniewski, Dawid; Solarski, Antoni, y Nowakowski, Artur: Exploring the Feasibility of Multilingual Grammatical Error Correction with a Single LLM up to 9B Parameters: A Comparative Study of 17 Models. Ithaca, NY: arXiv, 2025. (Demuestra errores sistemáticos en múltiples lenguas, sobre todo en contextos morfológicamente complejos, subrayando la persistencia de las deficiencias de los modelos.)


« Antes del lenguaje »

June 12, 2026
Ricardo F. Morín
Dodecaedro
60″x 37″
Óleo sobre lino
2005

Ricardo F. Morín

12 de junio de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Todas las entidades vivas persisten a través de relaciones.  Ningún organismo existe en aislamiento completo de las condiciones que lo sostienen.  La vida transcurre mediante intercambios continuos con los entornos circundantes y con otros sistemas vivos.  Estos intercambios no tienen por qué ser deliberados, conscientes ni simbólicos.  Basta con que permitan el registro de las diferencias y el ajuste del comportamiento en respuesta a ellas.

La comunicación emerge dentro de esta condición.  No se limita al habla, la escritura ni la expresión simbólica.  En un sentido más amplio, la comunicación surge a través de formas de correspondencia dentro de las cuales se registran las diferencias y se establecen, mantienen o modifican las relaciones.  Las señales constituyen una manifestación de tal correspondencia, pero las formas mediante las cuales se produce la correspondencia varían ampliamente.  Los gradientes químicos, los impulsos eléctricos, los gestos físicos, las vocalizaciones y los sistemas simbólicos participan todos en procesos comunicativos en condiciones diferentes.

El lenguaje ocupa un lugar distinto dentro de este campo más amplio.  El lenguaje humano permite la abstracción, la referencia simbólica, la recursividad y la transmisión de información más allá de las circunstancias inmediatas.  Estas capacidades amplían el alcance de lo que puede comunicarse.  No constituyen, sin embargo, el origen de la comunicación misma.  Más bien, el lenguaje representa una manifestación especializada de procesos comunicativos que ya operan en los sistemas vivos.

La distinción es importante porque el lenguaje a menudo llega a identificarse con la comunicación como tal.  Los seres humanos experimentan el mundo por naturaleza a través de categorías lingüísticas y, por ello, tienden a privilegiar el lenguaje al considerar las condiciones de la comprensión.  Sin embargo, gran parte de lo que sostiene la vida relacional ocurre sin lenguaje.  Los organismos se coordinan, se adaptan, compiten, cooperan y responden a condiciones cambiantes a través de formas de correspondencia que preceden a la representación simbólica.

Las diferencias entre los sistemas comunicativos son diferencias de forma, alcance y complejidad.  No implican necesariamente divisiones absolutas entre categorías de existencia.  Una señal que coordina el movimiento de una colonia, una llamada vocal que alerta a un grupo de un peligro y una oración que describe una posibilidad futura cumplen, todas ellas, funciones comunicativas pese a diferencias sustanciales en su estructura.  Los medios difieren.  Las correspondencias a través de las cuales se registran esas diferencias siguen siendo anteriores a las formas comunicativas que las expresan.

La observación permite el estudio de estos procesos, pero permanece limitada por las capacidades mediante las cuales se realiza.  Los instrumentos pueden ampliar la percepción, y los marcos conceptuales pueden organizar lo percibido, pero la descripción sigue siendo distinta de las realidades que intenta describir.  Toda exposición refleja tanto las condiciones observadas como las limitaciones del observador.

Por esta razón, conviene abordar la comunicación de manera descriptiva y no jerárquica.  El lenguaje humano posee capacidades distintivas, pero esas capacidades no exigen que la comunicación comience con el lenguaje ni que se agote en él.  El lenguaje pertenece a un campo comunicativo más amplio que surge de formas de correspondencia presentes en toda la vida relacional.

La cuestión, por tanto, no es si la comunicación existe allí donde el lenguaje está ausente.  La cuestión más instructiva atañe a las múltiples formas mediante las cuales la vida relacional se hace posible antes de que aparezca el lenguaje.  La atención a esas formas revela la comunicación no como un logro exclusivamente humano, sino como una condición mediante la cual los sistemas vivos participan en las circunstancias que habitan, responden a ellas y persisten en ellas.


« La geografía íntima de la escritura »

May 27, 2026
Ricardo F. Morín
Triangulación IV
22″ x 30″
Carboncillo, sanguina y corrector líquido sobre papel
2008

El lugar de la escritura rara vez coincide con un escritorio.  Muchas veces el trabajo ocurre durante un trayecto en automóvil mientras mi esposo conduce, camino a una cita médica o en medio de una salida cotidiana.  También puede suceder en un tren o en un avión.  El movimiento crea entonces un espacio inesperado de concentración.  Las frases aparecen en tránsito:  durante el viaje, mientras se camina, o incluso de pie en una pausa breve del día.  El pensamiento parece acompasarse con el desplazamiento.

Las frases pasan de una lengua a otra con naturalidad.  Un mismo texto puede revisarse o corregirse en inglés, español e italiano casi al unísono, como si el desplazamiento físico liberara también el movimiento del pensamiento.  El viaje crea así una especie de territorio mental donde las palabras encuentran su propio ritmo.

A veces la escritura llega desde un lugar aún más interior.  No es raro despertar en mitad de la noche porque, mientras dormía, una idea o una solución se ha formado con claridad.  Entonces basta levantarse y escribir, como si el pensamiento hubiera seguido trabajando silenciosamente durante el sueño.

La imagen más difundida del escritor sigue siendo la de alguien sentado ante un escritorio, bajo una lámpara, rodeado de papeles cuidadosamente ordenados.  Es una imagen tranquilizadora, casi ceremonial.  Pero la historia de la literatura sugiere algo muy distinto.

Marcel Proust escribió gran parte de En busca del tiempo perdido acostado en su cama, en una habitación revestida de corcho para aislar el ruido.  Algo parecido ocurrió con Truman Capote, quien se describía como un autor completamente horizontal y escribía acostado, con lápiz y papel apoyados sobre las rodillas.  Otros escritores encontraron su ritmo en el movimiento.  Edith Wharton desarrollaba sus textos caminando mientras los dictaba, y Ernest Hemingway prefería escribir de pie frente a un atril improvisado.

Estos ejemplos recuerdan algo simple:  la escritura no depende de un único ritual ni de un mobiliario específico.  Cada autor descubre su propio equilibrio entre silencio, movimiento, atención y memoria.  El escritorio tradicional es apenas una posibilidad entre muchas.

Tal vez por eso la literatura ha nacido tantas veces en lugares inesperados.  En una cama, en un tren en marcha, en una habitación silenciosa o en medio de un viaje.  La imaginación rara vez espera condiciones perfectas.  Aparece donde puede y convierte cualquier rincón en un territorio de trabajo.

Con el tiempo se comprende que el escritorio no es el verdadero lugar de la escritura.  El lugar es la atención.  Allí donde aparece, cualquier sitio puede convertirse en parte de esa geografía íntima donde las palabras finalmente encuentran su forma.

Ricardo F. Morín

13 de marzo de 2026

Oakland Park, Florida


« La imposibilidad del reconocimiento »

May 17, 2026

 


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Ricardo F. Morín
$erie del búfalo, n.º 4
32″ x 36″
Óleo sobre lienzo
1978

Nota del autor:

Este texto continúa las condiciones examinadas en « La proporción del aburrimientoy » y « La imposibilidad de la convicción  ». 

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 Ricardo F. Morín

17 de abril al 14 de mayo de 2026

En tránsito.


Un agradecimiento puede expresarse y aun así dejar muy poco detrás de sí.  Las palabras se dicen,  el gesto se reconoce,  y sin embargo lo que sigue continúa casi sin cambios.

 Aquello que resuelve una necesidad que de otro modo no habría podido resolverse deja algo más que una obligación pasajera.  Modifica la conducta.  La dificultad no siempre consiste en reconocer lo que se ha recibido,  sino en permanecer abiertamente marcado por ello después.

 A veces,  lo que se recibe pasa casi inadvertido.  Se reconoce en el momento,  pero luego queda absorbido por la expectativa habitual.  Nada cambia.

 En otras ocasiones,  el reconocimiento es seguido casi de inmediato por la reanudación de una conducta reservada,  como si nada hubiera ocurrido entre ambas personas que exigiera permanecer transformadas por aquello que se deben mutuamente.

 Algo semejante ocurre cuando el reconocimiento se vuelve rutinario.  Las palabras permanecen intactas mientras su fuerza se debilita.  Lo que alguna vez tuvo peso pasa a formar parte del intercambio habitual.

El resentimiento puede surgir del mismo movimiento.  El retraimiento no siempre aparece porque nada haya sido recibido,  sino porque permanecer abiertamente afectado por ello se vuelve difícil de sostener con el tiempo.

 El cambio no se anuncia de manera directa.  Las respuestas se acortan.  La calidez retrocede hacia la formalidad.  La atención se debilita sin desaparecer.  La continuidad permanece mientras algo dentro de ella se vuelve menos accesible.

 Parte de la dificultad reside en la capacidad humana de estrechar la percepción alrededor de la autopreservación mientras se conserva una conciencia parcial de aquello que está siendo disminuido,  evitado o abandonado.

 Nada de esto demuestra que el reconocimiento haya sido falso.  Sin embargo,  cuando la reserva vuelve a imponerse antes de que el reconocimiento pueda seguir modificando la conducta,  las relaciones terminan sosteniéndose más por la forma que por la apertura que alguna vez les dio fuerza.

 Aquello que permanece activo únicamente a través de la forma puede continuar exteriormente durante largos períodos mientras pierde gradualmente la apertura que permitió en un principio que el reconocimiento modificara la conducta.

 Conservar la capacidad de reconocer no significa magnificar lo que se recibe,  sino permitir que aquello que ha sido recibido continúe modificando la conducta sin reducirlo inmediatamente a equilibrio,  hábito,  irritación o distancia.


« La retórica de la amenaza »

December 1, 2025

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Ricardo Morín
Triangulación 9: La retórica de la amenaza
56 x 76 cm
Acuarela y lápiz de cera sobre papel
2007

Ricardo Morin

Noviembre 2025

Oakland Park, Florida

El lenguaje autoritario no aparece como un exceso ni como un accidente; surge como una estrategia deliberada para reorganizar la percepción pública hasta que la diferencia parezca sospechosa y la complejidad se vuelva intolerable.   En ese marco, la frase atribuida al presidente argentino Javier Milei —si el inmigrante no se adapta a tu cultura entonces no es una inmigración, es una invasión” (o https://youtube.com/shorts/EJ9RRC3pyTQ?si=xehJCUD8fIIpaqsw )— opera como un instrumento de reducción extrema.   Sustituye la realidad histórica de la migración por un esquema binario orientado a provocar alarma.   El dirigente no describe un hecho: fabrica un enemigo.

Esa formulación desplaza la experiencia migratoria hacia un imaginario bélico que interpreta toda presencia distinta como una agresión.   La cultura —tratada como un bloque homogéneo y estático— se presenta como un territorio sitiado que exige defensa, y la pluralidad como una amenaza que sólo puede resolverse mediante sometimiento.   Bajo esa lógica, el migrante deja de ser una persona y se convierte en una abstracción funcional al impulso coercitivo.

La paradoja es evidente:   lo que se proclama como defensa de la identidad busca, en realidad, uniformarla; lo que se presenta como advertencia actúa como un dispositivo de miedo.   En lugar de analizar, el lenguaje disciplina.   Y al hacerlo, deja al descubierto su propósito más profundo:   moldear un clima emocional dispuesto a aceptar medidas que, bajo otra luz, resultarían incompatibles con la vida democrática.

Aquí reside la naturaleza más reveladora del dictamen:   no es una reflexión sobre inmigración, sino un mecanismo de ordenamiento afectivo.   Al transformar la convivencia en asimilación obligatoria, introduce una concepción deshumanizada de lo social, donde la diversidad deja de ser un componente constitutivo y pasa a ser un obstáculo a neutralizar.   En última instancia, este discurso no intenta comprender la realidad:   pretende gobernarla.


« El aire recuerda »

November 18, 2025

*

Ricardo Morín
El aire recuerda
Acuarela, creyón de óleo, pluma sharpie negro y gesso sobre papel
2003

Por Ricardo F. Morín

Octubre 2025

Oakland Park, Fl.

La memoria es aire; la percepción la recupera.

Somos memoria; el aire es su cuna.

Antes de que llegue la mañana, el aroma conserva lo que la noche se ha llevado.

Antes de que el aire nos acaricie, reconocemos que todo respira.

Cada aliento nos devuelve a la presencia:    nada explicado, todo renovado.

El aroma nos alcanza antes que el pensamiento.

El aire recuerda al respirarlo:    el recuerdo se hace presente.

El aliento es la inteligencia del cuerpo:    el mensajero esencial de la mente.

La fragancia provoca indagación —el instinto de comprender antes de que tenga nombre.

Con la humedad el mundo vuelve a nosotros.

El aroma se prolonga, el sonido se suaviza y el cuerpo vuelve a reconocerse.

En exceso la humedad —antes restauradora— empieza a sepultar los sentidos.

Todo respira a través de nosotros y nosotros a través de todo para provocar el cambio antes de que exista la voz.

« Los colores de la certeza »

August 23, 2025

*

Ricardo Morín
Newsprint Series Nº 9: Los colores de la certeza
47” × 74”
Tintas translúcidas, tinta sumi, corrector líquido y óleo absorbido sobre papel de periódico
2006

Ricardo Morín

Agosto 2025

Bala Cynwyd, Pa.

~

Este ensayo es la primera parte de una trilogía que explora cómo los seres humanos se acercan a la realidad a través de la certeza, la duda y la ambivalencia. Comienza con la certeza—cómo el deseo de estabilidad impulsa el pensamiento y la creencia, incluso cuando lo que parece seguro ya está abierto al cambio. Aunque escrito desde una indagación personal, su alcance es más amplio: la cuestión de la certeza concierne no solo a una vida, sino también a las frágiles condiciones de la realidad compartida. La trilogía continúa con « La disciplina de la duda » y concluye con « Cuando todo lo que sabemos es prestado ».

Los colores de la certeza

Vivimos en una época marcada por la división. Las sutilezas del pensamiento que antes nos permitían detenernos, ponderar y distinguir son arrasadas cada vez más por la exigencia de una claridad inmediata. Todo se empuja hacia los opuestos: sí o no, aliado o enemigo, despierto o dormido. El ritmo de la vida pública, acelerado por la tecnología y amplificado por el conflicto, deja escasa paciencia para el matiz. La contradicción, que antes señalaba el trabajo inquieto de una mente honesta, se trata hoy como traición. En esta atmósfera, admitir la complejidad es arriesgarse a la desconfianza, y hasta la más leve vacilación se juzga como debilidad. Se nos pide, una y otra vez, que nos definamos como si la identidad fuera un solo trazo, y no un dibujo delineado por el transcurso del tiempo.

Los símbolos prosperan en este clima, reduciendo la complejidad a imágenes consumibles. Pocos han resultado tan perdurables como las metáforas de las píldoras extraídas de la película The Matrix. Cuando esta apareció en 1999, la escena de elegir entre la píldora roja y la azul era un recurso cinematográfico que dramatizaba la tensión entre realidad e ilusión. Su influencia creció de forma gradual, a medida que el filme se convirtió en un referente generacional. En las décadas siguientes, sus colores se filtraron en comunidades cibernéticas así como en la retórica política, hasta endurecerse en modos de pensamiento que configuran cómo imaginamos la verdad y la identidad. Tomar la píldora roja se convirtió en una declaración de despertar, en acceso a verdades ocultas. Tomar la azul pasó a ser objeto de burla por complacencia. Con el tiempo apareció incluso la más oscura, la píldora negra, que representaba la desesperanza y el fatalismo asumido como destino.

Una vez que esta lógica se impone, el mundo mismo se reduce a un teatro de absolutos. El desacuerdo se convierte en traición, y la pertenencia se mide no por la vida compartida sino por la lealtad categórica. Lo he sentido incluso en conversaciones con personas a quienes conozco desde hace décadas. En un intercambio, comenté que me indignaba el hábito reciente de Noam Chomsky, incluso en sus noventa años, de oponerse a la hegemonía occidental sobre Rusia como si esa postura pudiera excusar la guerra en Ucrania. Sin embargo, en otro contexto expresé mi admiración por su trabajo sobre la relevancia lingüística en la ciencia hace ya cuarenta años, que aún ilumina cómo el lenguaje configura el conocimiento. Para mi interlocutor, ambas afirmaciones parecían incompatibles, como si no pudieran ser ciertas a la vez. La expectativa era que mi juicio debía ser uniforme: o rechazaba a Chomsky por completo o lo respaldaba sin reservas.

¿Por qué hay que justificar tales distinciones, como si cada juicio tuviera que formar una sola línea de lealtad? Los contextos no son los mismos: uno pertenece a los años ochenta, otro al presente; uno al ámbito de la lingüística, otro al de la geopolítica. Sin embargo, en el clima actual, la exigencia de congruencia es implacable. Refleja la lógica de la píldora que se ha infiltrado en nuestro habla y en nuestros hábitos de pensamiento: uno está despierto o dormido, alineado u opuesto, coherente en todos los dominios o indigno de confianza en todos.

Ese mismo anhelo de certeza también nos dio Infowars. Fundado en 1999, el mismo año en que se estrenó The Matrix, se convirtió en un teatro comercial de la metáfora de la píldora roja. Infowars prosperó dramatizando la crisis, diciendo a su público que las élites, los gobiernos o fuerzas ocultas manipulaban los acontecimientos en cada momento. Lo que las instituciones explicaban como complejidad, Infowars lo simplificaba en traición. La claridad que ofrecía resultaba embriagadora: bien contra mal, libertad contra tiranía, despiertos contra engañados. No eran sólo ideas lo que se vendía, sino la certeza misma: empaquetada en kits de supervivencia, suplementos y consignas. Al pretender liberar a su público de la ilusión, Infowars creó otra nueva, ofreciendo no comprensión sino una representación permanente del despertar.

El estrechamiento del discurso no se limita a la política y la ideología; se extiende también a quién tiene permiso para hablar. Lo recordé en un intercambio privado, donde la escritura misma fue descartada como la obra de un “liberal de sillón” o un “socialista de limusina”. Según esta visión, sólo quienes han sido marcados directamente por la batalla pueden hablar de la guerra, sólo quienes han sufrido prejuicio en carne propia pueden dar voz a la injusticia, y escribir como observador es burlarse de la realidad de la lucha. Es una acusación destinada a desacreditar, como si el acto de “luchar con un teclado” fuese menos real que el campo ensangrentado. Sin embargo, tal sospecha niega lo que la escritura siempre ha sido: un medio de dar testimonio, de preservar la memoria, de configurar la conversación a través de la cual las sociedades se reconocen a sí mismas. La pluma nunca ha reemplazado la experiencia, pero siempre la ha transformado en algo compartible y duradero. Exigir el sufrimiento directo como única credencial para hablar es reducir el testimonio a autobiografía y privar al diálogo de la amplitud que surge cuando se unen voces desde diferentes perspectivas.

Otra dificultad reside en el propio lenguaje. Los escritores que buscan la máxima precisión —que estiran el lenguaje hasta su filo más agudo— suelen descubrir que lo que emerge son metáforas. Incluso cuando se apoyan en términos fundamentados, la descripción requiere figuras del pensamiento, imágenes y analogías que nunca pueden ser del todo exactas. La cuestión es hasta qué punto el lenguaje puede ser realmente preciso. Incluso las mentes más brillantes luchan con las definiciones, porque en sus mejores formulaciones siguen siendo teorías presuntivas. Reconocer esto no es disminuir el lenguaje, sino comprender que nuestra dependencia de los tropos no es debilidad, sino necesidad. Los relatos y las metáforas son los puentes de la comprensión, sin los cuales la complejidad se disolvería en ruido. Apoyarse en la metáfora no es abandonar la verdad, sino aproximarse a ella a través de lo que puede compartirse.

Lo que comenzó como un recurso cinematográfico se ha convertido en un método de pensamiento, y en muchos sentidos en una prisión. The Matrix ofreció a su público una visión de despertar mediante la elección, pero nuestra cultura ha tomado esa imagen y la ha transformado en una cuadrícula de lealtades, donde cada postura se mide según la cápsula que uno haya ingerido. Infowars amplificó esta postura, dramatizando el hambre de certeza hasta que la conspiración se convirtió en sustituto del pensamiento. La sospecha sobre la posición del escritor lo estrechó aún más, ridiculizando la reflexión como inauténtica y exigiendo que el discurso llevara las cicatrices de la experiencia directa antes de poder considerarse legítimo. Y por debajo de todo yace la fragilidad del lenguaje mismo: su incapacidad para definir con precisión absoluta, su dependencia de metáforas que configuran las realidades que describen.

Hablar hoy de píldoras rojas, azules o negras no es sólo referirse a una película o a una subcultura; es reconocer el dominio de una sociedad que prefiere los binarios al diálogo, la antagonía a la complejidad, la representación a la reflexión. Resistir ese dominio es recordar que el pensamiento no es una píldora que deba tragarse, sino una conversación que debe sostenerse, una conversación mantenida en el frágil medio del lenguaje mismo. Por incierta que sea, por provisional que parezca, es en ese acto constante de hablar y escuchar donde la cultura permanece viva: donde la amistad puede perdurar, donde el testimonio puede ser honrado y donde las verdades que ningún color puede contener encuentran todavía su voz.

*


**Sobre la imagen de portada:

Pertenece a una serie que transforma fragmentos de material impreso en campos estratificados de color y borradura, esta obra habla de la inestabilidad de la certeza misma. Los pigmentos velan y revelan por turnos, mientras que el papel de periódico recuerda que la verdad es mediada, provisional y nunca libre de interpretación. Como ocurre con el lenguaje en el ensayo, el sentido surge sólo a través del contraste, de aquello que resiste ser contenido.


Bibliografía anotada

  • Cialdini, Robert B. Influence: The Psychology of Persuasion. Nueva York: Harper Business, 2006. (Un estudio clásico de la psicología del comportamiento que muestra cómo la persuasión explota elecciones binarias y señales de autoridad; útil para comprender el atractivo de las metáforas de la píldora y la certeza que prometen los movimientos conspirativos.)
  • Lakoff, George, y Johnson, Mark: Metaphors We Live By. Chicago: University of Chicago Press, 2003. (Texto fundamental sobre la metáfora en la cognición y el lenguaje, relevante para el argumento del ensayo de que incluso el uso más preciso del lenguaje depende de tropos y estructuras figurativas para la comprensión humana.)
  • Marwick, Alice, y Lewis, Rebecca: Media Manipulation and Disinformation Online. Nueva York: Data & Society Research Institute, 2017. (Informe analítico que documenta cómo las narrativas conspirativas se difunden a través de los ecosistemas digitales; destaca el papel de las plataformas en la amplificación de binarios simbólicos como el “despertar” de la píldora roja.)
  • Pew Research Center. “Public Trust in Government: 1958–2023”. Washington: Pew Research Center, 2023. (Presenta datos longitudinales sobre la erosión de la confianza institucional en Estados Unidos y ofrece un contexto empírico para comprender por qué el público recurrió a voces alternativas como Infowars.)
  • Southern Poverty Law Center. Male Supremacy. Montgomery: SPLC, 2019. (Informe que clasifica la subcultura Incel y grupos afines dentro del mayor “ecosistema supremacista masculino,” citado en relación con la ideología de la píldora negra y sus vínculos con la violencia.)
  • Sunstein, Cass R., y Adrian Vermeule: Conspiracy Theories and Other Dangerous Ideas. Nueva York: Simon & Schuster, 2014. (Explora por qué prosperan las teorías de conspiración y las presenta como intentos de generar certeza en momentos de desorientación social. Muy relevante para la discusión de Infowars como teatro comercial de la metáfora de la píldora roja.)
  • Taguieff, Pierre-André: The New Culture Wars. París: CNRS Éditions, 2020. (Tratamiento político-filosófico de la política identitaria y las antagonías binarias en las democracias occidentales; ofrece perspectiva sobre cómo las metáforas de la píldora penetraron en el teatro más amplio de las guerras culturales.)
  • Tversky, Amos, y Kahneman, Daniel: Judgment under Uncertainty: Heuristics and Biases. Cambridge: Cambridge University Press, 1982. (Obra fundacional en la ciencia cognitiva que explica por qué las personas reducen realidades complejas a binarios simplificados; sustenta la meditación del ensayo sobre el atractivo de la certeza.)

« Lenguaje y matemáticas ante la promesa y los límites de la inteligencia artificial »

August 20, 2025

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Ricardo Morín
(Serie Triangulation)
Musica Universalis
Acolchado de seda tensado sobre lino
94 × 152 cm
2013–18

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Una construcción geométrica de un dodecaedro dentro de una composición de Fibonacci, reforzada por un triángulo rectángulo: una meditación sobre la armonía del universo, donde las matemáticas y el lenguaje convergen sin llegar nunca a encerrar del todo la realidad.


Ricardo Morin, 20 de agosto de 2025

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Resumen

Este ensayo examina la interdependencia del lenguaje y las matemáticas como los dos pilares del conocimiento, indispensables ambos pero incompletos el uno sin el otro. Mientras las matemáticas aseguran la precisión y la abstracción, el lenguaje vuelve inteligible y comunicable el razonamiento; juntos se aproximan, aunque nunca logran captar plenamente, una realidad más rica que cualquier formulación. El análisis sitúa a la inteligencia artificial como un caso paradigmático de esta condición. Comercializada a un costo elevado pero marcada por deficiencias en coherencia, la IA dramatiza lo que sucede cuando el poder matemático se privilegia sobre el rigor lingüístico. Lejos de sustituir el pensamiento humano, estos sistemas ponen a prueba nuestra capacidad de imponer significado, resistir la vaguedad y refinar las ideas. Entretejiendo reflexión filosófica y crítica contemporánea, el ensayo sostiene que tanto las matemáticas como el lenguaje deben cultivarse de manera continua para que el conocimiento progrese. Su alianza no cierra la brecha entre comprensión y realidad; la mantiene abierta, asegurando que la verdad siga siendo una búsqueda interminable.


Lenguaje, matemáticas y el costo de la inteligencia artificial

Toda sociedad progresa refinando sus instrumentos de pensamiento. Dos se elevan sobre los demás: las matemáticas, que destilan patrones con precisión, y el lenguaje, que da forma y sentido al razonamiento. Ninguno basta por sí solo. Privilegiar uno en detrimento del otro es debilitar la arquitectura misma del conocimiento.

La inteligencia artificial dramatiza tanto sus promesas como sus limitaciones. El anuncio de una cuota mensual exorbitante para acceder a los servicos de la inteligencia artificial es revelador. Comercializado como un servicio de lujo “para quienes puedan permitírselo”, subraya la creciente brecha entre privilegio tecnológico y necesidad cultural. Quienes disponen de recursos afinan su productividad; quienes no, quedan excluidos. Pero incluso para los bien equipados, la pregunta persiste: ¿qué se está comprando realmente?

La máquina deslumbra por su velocidad y escala, pero sus carencias resultan igualmente evidentes. Los ingenieros pueden ser virtuosos de los algoritmos, pero la gramática no es su instrumento. Los resultados son con demasiada frecuencia coloquiales, vagos o carentes de rigor. Para extraer coherencia, el usuario no puede ser un consumidor pasivo: debe actuar como editor, capaz de clarificar, reestructurar e imponer sentido. La paradoja es inequívoca: la herramienta promocionada como liberación exige de su operador la disciplina que ella misma no puede aportar.

Esa paradoja refleja una verdad mayor sobre el conocimiento. El lenguaje y las matemáticas son ambos indispensables y ambos incompletos. Las matemáticas alcanzan la abstracción, pero sus resultados quedan inertes si el lenguaje no los vuelve inteligibles y comunicables. El lenguaje transmite el pensamiento, pero se tambalea sin el rigor que las matemáticas proporcionan. Lo que uno asegura, el otro interpreta.

Sin embargo, ambos están sujetos a una condición más profunda: la realidad excede toda formulación. Nuestras teorías—ya sean modelos matemáticos o descripciones lingüísticas—son aproximaciones moldeadas por el observador. El lenguaje no puede agotar el sentido; las matemáticas no pueden capturar la finitud. El conocimiento nunca es absoluto: es una negociación con una realidad más rica que cualquier modelo o enunciado.

La inteligencia artificial expone con crudeza esta condición. Puede automatizar estructuras, pero no aportar sabiduría; puede reproducir lenguaje, pero no garantizar significado. Su verdadero valor no radica en sustituir al pensador, sino en poner a prueba nuestra capacidad de resistir la vaguedad, de imponer coherencia y de refinar el pensamiento. Lo que se presenta como libertad puede, en realidad, exigir mayor vigilancia.

Desestimar el lenguaje y las humanidades como secundarios, o imaginar que las matemáticas y la computación bastan por sí solas, es malinterpretar su interdependencia. Estas disciplinas no son rivales, sino compañeras que se refinan mutuamente. La IA magnifica tanto sus fortalezas como sus deficiencias, recordándonos que el progreso depende de la depuración constante de ambas: las matemáticas para modelar la realidad, el lenguaje para preservar su sentido.

El camino del conocimiento permanece abierto. El lenguaje y las matemáticas no cierran la brecha entre nuestra comprensión finita y la riqueza inagotable de la realidad; la mantienen abierta. Nos permiten aproximarnos a la verdad sin pretender poseerla. La inteligencia artificial, como todo instrumento del pensamiento, nos muestra no el fin del saber, sino su condición inacabable: un diálogo entre lo que puede medirse, lo que puede decirse y lo que siempre nos excede.


Bibliografía anotada

  • Arendt, Hannah: The Life of the Mind. Vol. 1: Thinking. Nueva York: Harcourt, Brace, Jovanovich, 1971. (Arendt examina el acto de pensar y los límites de la expresión, mostrando cómo el pensamiento requiere del lenguaje para volverse compartible sin agotar la realidad. Su obra refuerza la tesis del ensayo de que razonar sin expresión no puede hacer avanzar el conocimiento.)
  • Bender, Emily M., y Koller, Alexander: “Climbing towards NLU: On Meaning, Form, and Understanding in the Age of Data.” Proceedings of ACL, 2020. (Vender and Koller sostienen que los grandes modelos de lenguaje procesan la forma sin verdadera comprensión; esto pone de relieve la brecha entre el reconocimiento matemático de patrones y el significado lingüístico, apoyando la advertencia del ensayo de que la IA deslumbra por la forma pero falla en la coherencia.)
  • Chomsky, Noam: Language and Mind. 3.ª ed. Cambridge: Cambridge University Press, 2006. (Chomsky explora las estructuras innatas del lenguaje y su papel en la configuración de la cognición; ello afirma que el lenguaje condiciona la posibilidad del pensamiento, aunque sigue siendo limitado a la hora de capturar la realidad.)
  • Devlin, Keith: Introduction to Mathematical Thinking. Stanford: Keith Devlin, 2012. (Devlin explica cómo el razonamiento matemático destila estructura y patrón, al tiempo que reconoce que la abstracción es una aproximación; refuerza así la idea de que las matemáticas, como resguardo de la precisión, no pueden agotar el mundo que modelan.)
  • Floridi, Luciano: The Fourth Revolution: How the Infosphere Is Reshaping Human Reality. Oxford: Oxford University Press, 2014. (Floridi sitúa las tecnologías digitales y la IA en una historia más amplia del autoconocimiento, lo que enriquece el argumento del ensayo de que las matemáticas y el lenguaje—extendidos ahora a la computación—siguen siendo aproximaciones de una realidad más allá de todo control pleno.)
  • Lakoff, George, y Núñez, Rafael: Where Mathematics Comes From: How the Embodied Mind Brings Mathematics into Being. Nueva York: Basic Books, 2000. (Lakoff y Núñez sostienen que las matemáticas surgen de la metáfora y de la cognición encarnada, lo que revela su dependencia de la interpretación humana y confirma que las teorías matemáticas, como las lingüísticas, siguen ligadas al observador.)
  • Mitchell, Melanie: Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2019. (Mitchell ofrece una visión crítica de las capacidades y límites de la IA, mostrando cómo los avances en el reconocimiento de patrones no cierran las brechas fundamentales de comprensión y paralelizan la crítica del ensayo a la pobreza gramatical de la IA.)
  • Polanyi, Michael: Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy. Chicago: University of Chicago Press, 1962. (Polanyi enfatiza el conocimiento tácito y la necesidad de articularlo para validarlo; refleja la idea de que las matemáticas y el lenguaje refinan la comprensión pero nunca alcanzan la clausura.)
  • Snow, C. P.: The Two Cultures. Cambridge: Cambridge University Press, 1993 [1959]. (Snow diagnostica la fractura entre ciencias y humanidades, apoyando el llamado del ensayo a tratar el lenguaje y las matemáticas como pilares complementarios de la comprensión.)

Un Soliloquio

July 6, 2025

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Ricardo F. Morin, Serie Nueva York, nº 1
142 cm x 213 cm
Óleo sobre tela
1992

Prefacio

Este texto no se deja reducir ni anuncia lo que contiene.  Avanza hacia lo interior—a través de la observación, el pensamiento y la tensión entre la claridad y la desaparición.  El soliloquio mantiene su curso sin desviarse: no actúa ni explica, sino que sostiene una mirada interior.  Leerlo no es dejarse conducir, sino permanecer con él—donde el pensamiento se vuelve presencia y el lenguaje mide aquello que perdura.



Soliloquio

Había en el escritor, desde siempre, una energía creadora—una fuerza y pasión por expresarse—que le sostenía.  No era invocada; simplemente persistía.  Tan imponente era esa presencia que no podía ser sometida a la rutina, ni encauzada en hábitos que favorecieran la resistencia física.  No podía detenerse para caminar ni entregarse a ninguna actividad que no formara ya parte del acto mismo de crear.  Había aprendido a escribir de pie, a leer caminando, a pensar incluso en el sueño.

Su experiencia nunca fue una aflicción que debiera nombrarse o curarse, sino una vida que debía vivirse en sus propios términos — un testimonio creativo de la plenitud del ser, no una nota clínica al pie de la definición de otro..  Negarse a ser definido por ella era honrar tanto su libertad como su obra de toda una vida.  Era una condición que sólo podía comprenderse en soledad, aunque eventualmente compartida por escrito—pero nunca como búsqueda de validación.

Dentro de los límites del conocimiento íntimo, esa experiencia se revelaba como una forma de absorción devocional, capaz de conferir dignidad incluso en momentos de desgaste físico o envejecimiento.

Su rechazo de la validación no era un desafío a la autoridad, sino la negación de que debiera existir presión externa alguna.

Se decía que no había nada único en nadie, que toda expresión reflejaba únicamente lo aprendido.  El escritor no contradecía esa idea, pero sabía que había más en el ser que lo recibido—más incluso que la experiencia.  Tal vez nadie fuese único, pero cada voz era distinta, formada por la suma irreductible de una existencia imposible de equiparar.  De una mezcla aleatoria, de una suma inefable, surgía algo:  algo irrepetible e insustituible, no porque fuese superior, sino porque pertenecía únicamente a quien lo sostenía.

Temía a la locura—no como espectáculo, sino como esa lenta deriva en la que el sentido se aparta hacia la soledad.  La fuerza que lo impulsaba era real, pero insuficiente si no encontraba verdad—una verdad que resonara no sólo en su lógica, sino también en la de los otros.  ¿Cómo reconocerse uno a sí mismo si la inteligencia permanecía sola?  Sin eco, el pensamiento se volvía cámara sellada: intrincada, sí, pero sin aire.  No buscaba certeza; buscaba correspondencia.  No temía la soledad, sino el ser intraducible.

La vida se le aparecía ahora como algo fugaz, precario.  Atemporal en la percepción, pero arraigada en el tiempo.  Se deslizaba con sigilo—entre fracasos, desengaños y repentinos momentos de claridad luminosa.  Nada podía repetirse.  Pero había llegado a aceptar eso:  no porque todo se perdiera, sino porque incluso la memoria alteraba lo que retenía.  Lo que volvía no era el momento mismo, sino el acto de percibir—la profundización de la atención.  Y por eso no vivía para conservar lo que fue, sino para mantenerse presente ante lo que cambia.  No había retorno, solo un avanzar—con más atención, más conciencia.

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Ricardo F. Morin Tortolero

En tránsito, 6 julio de 2025