Posts Tagged ‘observación’

« Método »

August 19, 2026

*

Ricardo Morin
Serie Triangulación Nº 10: Método
37″ x 60″ x 2″
Óleo sobre lino
2006

Ricardo F. Morin

Oakland Park, Florida

Noviembre, 2025

i

La claridad comienza allí donde aparecen los límites.    Un límite no funciona como una restricción sino como una distancia:    un intervalo en el que la percepción puede separarse de la emoción el tiempo suficiente para que la comprensión tome forma.    Cuando esa distancia desaparece, la experiencia queda reorganizada por el impulso; el mundo deja de ser lo que uno ve para convertirse en la prolongación de lo que uno siente.

ii

Los límites son la única defensa frente a ese desajuste.    Impiden que el significado se disuelva en una reacción inmediata y evitan que la percepción sea desviada por el propósito.    El propósito, cuando se adelanta, estrecha el campo visual y convierte la indagación en una simple confirmación.    Un límite interrumpe esa tendencia:    mantiene la intención en suspenso y permite que la atención regrese a lo que realmente está presente.

iii

Toda indagación depende de esa interrupción.    Sin límites, el movimiento del pensamiento no puede distinguirse del movimiento del deseo, y la doctrina sustituye silenciosamente a la observación.    Los límites no resuelven la incertidumbre, pero la vuelven legible.    Crean las condiciones necesarias para formular preguntas sin que sus respuestas estén predeterminadas.

iv

La humildad es inseparable de este acto.    No es una postura, sino una condición que permite que la percepción avance sin el peso de la intención.    La claridad exige más que sinceridad o contención; exige una mente que no esté impulsada por la necesidad de acumular,sea conocimiento, virtud, certeza o autojustificación.    Acumular reorganiza la percepción en torno a un resultado deseado.    La disciplina, en este sentido, no es la búsqueda de un ideal, sino el sostén de los límites que protegen la percepción de ser redirigida por el propósito.    Es una disciplina de sustracción más que de logro:    un esfuerzo que se vuelve natural cuando deja de buscar recompensa.

v

Este proemio presenta el método que sigue.    El método no es una técnica ni un camino hacia la mejora personal.    Es la práctica sostenida de observar sin coerción, de distinguir estructura de proyección y de permitir que el significado surja sin forzarlo a encajar en formas preexistentes.    Los límites hacen posible esa disciplina. Son el terreno sobre el que se sostiene la claridad.


1

Todo intento de comprender el mundo parte de un hecho sencillo pero que a menudo pasa inadvertido: vemos en fragmentos.    La percepción humana funciona como una lámpara en una estancia amplia:    ilumina lo que está cerca, atenúa lo que se aleja y deja la mayor parte del espacio en penumbra.    Vivimos con la suposición de que lo que percibimos constituye la totalidad, aunque la experiencia demuestre lo contrario.   El conocimiento nos ayuda a organizar lo que vemos, pero también delimita los bordes de lo comprensible; aclara una parte de la habitación mientras oscurece otra.   Nadie escapa a esta condición.   Ningún historiador, filósofo, analista o ciudadano contempla el mundo en su integridad, y reconocerlo no es un acto de modestia, sino el fundamento de toda indagación honesta.

2

Dos tradiciones intelectuales distintas iluminan esta tensión entre ver y comprender.   Una procede de la claridad que se desprende de ciertas observaciones de Krishnamurti:    la disciplina de percibir sin la distorsión del miedo, de la motivación oculta o de los relatos heredados que adoptamos sin advertirlo.   Señalaba que gran parte de lo que llamamos “conocimiento” es, en realidad, memoria, hábito o reacción: elementos que enturbian la percepción en lugar de afinarla.    La otra tradición, arraigada en la filosofía cívica occidental y en el análisis histórico, sostiene que las sociedades sólo pueden comprenderse mediante estructuras:    categorías que describen instituciones, distinciones entre autoridad y poder, entre ley y decisión, entre norma y aplicación.    Esta tradición exige razonamiento, evidencia y articulación.

3

Ninguna de las dos tradiciones basta por sí sola.   La percepción pura corre el riesgo de volverse impresionista y disolverse en sensaciones sin ofrecer explicación alguna de cómo funcionan las cosas.   La estructura pura puede endurecerse hasta convertirse en ideología, reduciendo la experiencia humana a esquemas que no reflejan su complejidad.

4

Un método surge cuando ambas aproximaciones se encuentran.   Su primer movimiento es la sustracción.    Consiste en retirar el ruido que interfiere con la percepción:    las suposiciones que se adelantan a los hechos, los relatos que interpretan el mundo antes de que realmente lo hayamos visto, el reflejo emocional que transforma un dato en un agravio o una posibilidad en una amenaza.    La sustracción no elimina la complejidad; le abre espacio.   Permite observar situaciones familiares, el conflicto, la discusión política, el deterioro cívico, la desigualdad, sin recurrir de inmediato a consignas ni a explicaciones ya preferidas.

5

El segundo movimiento es la estructura:   identificar los patrones que permanecen una vez retirada la distorsión.    La estructura se revela en el funcionamiento de las instituciones, en los incentivos que modelan la conducta pública, en los relatos que las sociedades utilizan para justificarse y en las consecuencias que se repiten a lo largo del tiempo.   Una sociedad castiga de un modo y no de otro por razones que pueden rastrearse.    Una población interpreta el progreso según ciertos supuestos que pueden examinarse.    Un sistema favorece determinados resultados porque su diseño vuelve improbables otros resultados.    La estructura no es enemiga de la percepción; es lo que la percepción revela cuando está despejada.

6

El significado surge de la interacción entre estos dos movimientos.   No es estable; cambia cuando se transforman las condiciones que lo sostenían.   Palabras como “justicia”, “libertad”, “seguridad” o “progreso” adquieren nuevos sentidos no porque alguien las redefina, sino porque las sociedades se reorganizan en torno a distintos temores, expectativas o presiones.    Suponer que estos términos poseen un significado fijo es confundir procesos vivos con definiciones estáticas.    La tarea no consiste en declarar lo que estos conceptos deberían significar, sino en examinar cómo funcionan en la realidad:   cómo orientan decisiones, cómo justifican autoridad y cómo delimitan lo que la gente considera posible.

7

Este enfoque permite que la escritura no sea abstracta ni ideológica.    No es una demostración de erudición ni una confesión personal.   Es un esfuerzo por mirar el mundo tal como se vive:   cómo responden las personas al daño; cómo las instituciones se apartan de su propósito original; cómo el miedo se transforma en política; cómo el progreso se convierte en un relato que oculta tanto como muestra; cómo el juicio público se forma bajo condiciones de incertidumbre.    Estas no son cuestiones teóricas, sino realidades cotidianas, accesibles para cualquiera que observe con atención sostenida.

8

El método no reclama una posición de privilegio.   No coloca al observador por encima de los hechos que describe.   Plantea algo más sencillo y más democrático:    que la claridad está al alcance de cualquiera que examine percepción y estructura sin someterse a ninguna de las dos.    El observador permanece dentro del mundo que estudia, afectado por sus presiones, limitado por sus incertidumbres y modelado por su historia.    El objetivo no es escapar de esta condición, sino verla con la suficiente nitidez para que la comprensión se vuelva posible.

9

En este sentido, el método no es una técnica, sino una disciplina.    La disciplina de percibir sin apoyarse en los relatos heredados; la disciplina de pensar sin dejar que la ideología se adelante a la evidencia; la disciplina de nombrar estructuras sin pretender que sean inevitables; y la disciplina de permitir que el significado conserve la flexibilidad suficiente para reflejar el movimiento del tiempo.    Su propósito no es simplificar el mundo, sino hacerlo legible—sin ilusión, sin teatralidad y sin el deseo de tener razón.

10

Este método no ofrece certeza.    Ofrece algo más elemental: honestidad.    La constatación de que la verdad no pertenece a nadie, de que el mundo supera cualquier intento de capturarlo y de que la claridad no nace de la autoridad, sino de la atención.


« Lenguaje diagnóstico y la disciplina de ver »

June 17, 2026
Ricardo F. Morín
Icosaedro
60″x 37″
Óleo sobre lino
2005

Ricardo F. Morín

7 de febrero de 2026

Oakland Park, Florida

La distinción entre lenguaje interpretativo y lenguaje diagnóstico revela dos orientaciones distintas frente a la realidad.  El lenguaje interpretativo organiza la percepción hacia un significado.  El lenguaje diagnóstico expone estructuras sin dirigir conclusiones.  Uno dispone el entendimiento a lo largo de un recorrido;  el otro aclara el campo donde el entendimiento puede surgir.

La interpretación parte de la premisa de que la experiencia requiere orientación.  Las relaciones se configuran para que la coherencia aparezca mediante asociaciones guiadas.  Incluso cuando se presenta como abierta, la interpretación tiende al cierre porque la percepción se dispone hacia una resolución.

El lenguaje diagnóstico funciona de otra manera.  La ambigüedad no se elimina ni se prolonga;  se delimita.  Diagnosticar consiste en distinguir condiciones, no en resolverlas.  La explicación cede ante la observación.  La persuasión cede ante la precisión.

La deliberación cognitiva suele confundirse con ensoñación.  Las pausas, los refinamientos y la resistencia al cierre prematuro pueden parecer distancia frente a la realidad.  Esa apariencia malinterpreta la abstracción.  La abstracción no separa al pensamiento de lo real;  modifica la forma de acercarse a él.  La desconexión aparece únicamente cuando la abstracción se convierte en residencia y no en instrumento.

Un soñador habita lo posible desde la imaginación.  Alguien percibido como con la cabeza en las nubes es juzgado como desligado del terreno práctico.  Ambas descripciones nombran percepciones, no estructuras.  La diferencia decisiva reside en el modo de compromiso:  cuando la abstracción se utiliza diagnósticamente, intensifica el contacto con la realidad en lugar de sustituirlo.

Un momento durante la selección del jurado ilumina esta distinción.  La pregunta sobre si un artista es retratista no explora la técnica sino la observación.  La respuesta disuelve la separación supuesta entre abstracción y representación.  La práctica abstracta no reduce la proximidad con lo real.  El retrato y la abstracción comparten la misma tarea:  percibir la esencia.  Lo que cambia es la forma de acceso.  La abstracción funciona como diagnóstico:  una manera de revelar estructura sin depender de la apariencia literal.

La escritura diagnóstica opera como la abstracción en las artes visuales.  Lo real no se abandona.  La percepción se reorganiza para que las relaciones subyacentes se vuelvan visibles.  La dirección narrativa se suspende.  La estructura emerge por yuxtaposición y no por instrucción.

El malentendido surge cuando se espera guía en lugar de exposición.  Las preguntas que afinan la percepción parecen incertidumbre.  La demora en el cierre parece vacilación.  La intención es distinta:  la claridad nace del reconocimiento estructural y no de la resolución interpretativa.

Una ética de la contención sostiene este enfoque.  La visión y la humildad permanecen centrales, pero no pueden declararse sin convertirse en representación.  Una vez afirmadas, la visión se transforma en autopromoción y la humildad en exhibición.  Ambas permanecen implícitas, reveladas por la atención y no proclamadas como identidad.  La precisión sustituye a la autoridad.  La claridad sustituye a la prescripción.

Desde esta perspectiva, la oposición entre realismo y abstracción se disuelve.  El pensamiento no se desconecta por atravesar lo conceptual.  La desconexión comienza cuando la abstracción se vuelve refugio.  Utilizada diagnósticamente, la abstracción se convierte en tránsito:  un movimiento a través de la incertidumbre que regresa con una percepción más afinada.

La pregunta no es si alguien es un soñador o alguien con la cabeza en las nubes.  La diferencia reside en cómo se habita la abstracción.  Algunos permanecen suspendidos en ella.  Otros la atraviesan deliberadamente y revelan estructuras que de otro modo permanecerían invisibles.

El lenguaje diagnóstico pertenece a este segundo movimiento.  No dirige ni reclama autoridad.  Crea condiciones de visibilidad donde la percepción se aclara sin coerción y la comprensión emerge sin mandato.

« Antes del lenguaje »

June 12, 2026
Ricardo F. Morín
Dodecaedro
60″x 37″
Óleo sobre lino
2005

Ricardo F. Morín

12 de junio de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania

Todas las entidades vivas persisten a través de relaciones.  Ningún organismo existe en aislamiento completo de las condiciones que lo sostienen.  La vida transcurre mediante intercambios continuos con los entornos circundantes y con otros sistemas vivos.  Estos intercambios no tienen por qué ser deliberados, conscientes ni simbólicos.  Basta con que permitan el registro de las diferencias y el ajuste del comportamiento en respuesta a ellas.

La comunicación emerge dentro de esta condición.  No se limita al habla, la escritura ni la expresión simbólica.  En un sentido más amplio, la comunicación surge a través de formas de correspondencia dentro de las cuales se registran las diferencias y se establecen, mantienen o modifican las relaciones.  Las señales constituyen una manifestación de tal correspondencia, pero las formas mediante las cuales se produce la correspondencia varían ampliamente.  Los gradientes químicos, los impulsos eléctricos, los gestos físicos, las vocalizaciones y los sistemas simbólicos participan todos en procesos comunicativos en condiciones diferentes.

El lenguaje ocupa un lugar distinto dentro de este campo más amplio.  El lenguaje humano permite la abstracción, la referencia simbólica, la recursividad y la transmisión de información más allá de las circunstancias inmediatas.  Estas capacidades amplían el alcance de lo que puede comunicarse.  No constituyen, sin embargo, el origen de la comunicación misma.  Más bien, el lenguaje representa una manifestación especializada de procesos comunicativos que ya operan en los sistemas vivos.

La distinción es importante porque el lenguaje a menudo llega a identificarse con la comunicación como tal.  Los seres humanos experimentan el mundo por naturaleza a través de categorías lingüísticas y, por ello, tienden a privilegiar el lenguaje al considerar las condiciones de la comprensión.  Sin embargo, gran parte de lo que sostiene la vida relacional ocurre sin lenguaje.  Los organismos se coordinan, se adaptan, compiten, cooperan y responden a condiciones cambiantes a través de formas de correspondencia que preceden a la representación simbólica.

Las diferencias entre los sistemas comunicativos son diferencias de forma, alcance y complejidad.  No implican necesariamente divisiones absolutas entre categorías de existencia.  Una señal que coordina el movimiento de una colonia, una llamada vocal que alerta a un grupo de un peligro y una oración que describe una posibilidad futura cumplen, todas ellas, funciones comunicativas pese a diferencias sustanciales en su estructura.  Los medios difieren.  Las correspondencias a través de las cuales se registran esas diferencias siguen siendo anteriores a las formas comunicativas que las expresan.

La observación permite el estudio de estos procesos, pero permanece limitada por las capacidades mediante las cuales se realiza.  Los instrumentos pueden ampliar la percepción, y los marcos conceptuales pueden organizar lo percibido, pero la descripción sigue siendo distinta de las realidades que intenta describir.  Toda exposición refleja tanto las condiciones observadas como las limitaciones del observador.

Por esta razón, conviene abordar la comunicación de manera descriptiva y no jerárquica.  El lenguaje humano posee capacidades distintivas, pero esas capacidades no exigen que la comunicación comience con el lenguaje ni que se agote en él.  El lenguaje pertenece a un campo comunicativo más amplio que surge de formas de correspondencia presentes en toda la vida relacional.

La cuestión, por tanto, no es si la comunicación existe allí donde el lenguaje está ausente.  La cuestión más instructiva atañe a las múltiples formas mediante las cuales la vida relacional se hace posible antes de que aparezca el lenguaje.  La atención a esas formas revela la comunicación no como un logro exclusivamente humano, sino como una condición mediante la cual los sistemas vivos participan en las circunstancias que habitan, responden a ellas y persisten en ellas.


« Ricardo F. Morín »

May 18, 2026

Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores.  En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas.  El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela.  En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas.  El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.

Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad.  El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país.  También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples:  el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.

Antes de Buffalo había existido Valencia.  La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena.  Las primeras horas de dibujo durante la infancia.  Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel.  Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención.  Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.

Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente.  Algunas eran destruidas.  Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura.  El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización.  Pintar no seguía todavía una teoría precisa.  Había más bien una insistencia física:  regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.

En 1976 regresó brevemente a Venezuela.  Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson.  Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones.  En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.

Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal.  Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso.  Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.

En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo.  La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1]  Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]

Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad.  Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable.  Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico.  Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar:  la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.

En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg.  Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg.  Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.

En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción.  Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena.  El trabajo físico era continuo.  La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.

Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3]  Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway.  Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.

A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura.  Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana.  El estudio estaba lleno de materiales acumulados:  bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.

En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas:  el teatro y la pintura.  Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios.  Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.

En 1993 apareció la interrupción.  Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia.  El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana.  Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses:  trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.

Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente.  Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas.  Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos.  El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]

Pintaba lentamente.  Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención.  El cuerpo se fatigaba rápidamente.  La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros.  En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.

La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo.  Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición.  Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.

Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia.  La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.

Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas.  La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.

En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral.  La inmunidad era prácticamente inexistente.  Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo.  Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.

Paradise era un lugar profundamente inestable.  Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo.  Algunas personas desaparecían de pronto.  Otras permanecían encerradas durante días enteros.  El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.

Aun así continuó pintando.  Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana.  La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales.  Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.

Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío.  No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia.  Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad:  la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.

En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos.  Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas.  Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.

En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático.  La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual.  Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]

Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective.  Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]

Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos.  Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas.  El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.

Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies.  Los movimientos físicos eran más lentos.  La reducción material modificaba también la percepción.  El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.

Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7]  Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física.  La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.

Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories.  Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]

Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez.  La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo.  Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.

La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad.  Permanecían también otras cosas:  las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.

Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios.  El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían.  Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.


Notas

[1] Buffalo Series 1979:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/62.html

[2] Buffalo Series Nº 1, 1980:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/53.html

[3] Producciones teatrales y referencias periodísticas:
https://www.nytimes.com/1986/04/17/theater/stage-lovers-at-intar.html
https://www.nytimes.com/1986/02/12/theater/the-stage-la-chunga-by-mario-vargas-llosa.html
https://www.nytimes.com/1983/04/17/theater/theater-dario-fo-s-about-face.html

[4] Aposento Nº 2:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/11.html

[5] Serie de Interacciones Platónicas y trabajos relacionados:
https://www.artmajeur.com/en/rfmorin/artworks?page=5
https://www.ricardomorin.com/06_paintings_html/13.html

[6] Serie Triangulación:
https://www.ricardomorin.com/Triangulation_Series.html

[7] Metaphors of Silence:
https://ricardomorin.wordpress.com/2010/11/24/metaforas-del-silencio/

[8] Andrew Irving, The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice:
https://www.academia.edu/53478128/The_Art_of_Life_and_Death_Radical_Aesthetics_and_Ethnographic_Practice_Andrew_Irving_Chicago_Hau_Books_2017_264_pp

« Río de Hierba »

December 6, 2025

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Ricardo Morin
Paisaje II: Río de Hierba
18 x 24 pulgadas
Sepia sobre papel de periódico
2003

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Ricardo F. Morin

6 de diciembre de 2025

Naples, Florida

~

Este díptico, “Río de hierba” y “Naples por la mañana”, aúna una reflexión sobre la continuidad y una breve observación de la vida cotidiana.   Dos escenas —una sostenida, la otra fugaz— muestran cómo la experiencia, el silencio y la atención dan forma a la presencia.   La primera parte, “Río de hierba”, no presenta un argumento, una confesión ni una teoría.   Ofrece una observación moldeada con el tiempo por la cercanía más que por la distancia.    El enfoque no está en la psicología individual ni en el conflicto relacional, sino en patrones que toman forma a través de las generaciones y persisten silenciosamente en la vida cotidiana.

Lo que sigue evita la explicación moral y la resolución narrativa.    Atiende, en cambio, a la continuidad:  a cómo la contención, la generosidad y la presencia pueden transmitirse no mediante instrucción o memoria, sino a través de la postura, el hábito y la orientación.   La intención es describir sin juzgar, y aclarar sin asignar causas allí donde estas no pueden aislarse con limpieza.   Lo que aquí se traza representa una orientación posible entre muchas, moldeada por la herencia pero no exhaustiva de sus efectos—una invitación a no confundir el cauce con el océano.


Orientación de “Río de Hierba”

Lo que sigue atiende a aquello que persiste cuando las vidas son moldeadas por la continuidad más que por la interrupción.

No toda herencia llega como memoria.   Algunas se transmiten sin relato, sin fecha, sin lenguaje.   Entran por la atmósfera más que por la narración—por el ritmo, la contención, la postura y una preferencia por la continuidad antes que por la exhibición.   En tales casos, la historia no se recuerda; se lleva consigo.

Esta forma de herencia no se anuncia como trauma.   No deja una escena única que revisitar ni un episodio que pueda aislarse y explicarse.   Aparece, en cambio, como una manera de estar en el mundo:   medido, atento, resistente al exceso.  El pasado ejerce su influencia no por instrucción, sino al moldear lo que se siente permitido, sostenible o necesario.

En estas condiciones, la contención no se experimenta como pérdida.  Funciona como orientación.  La acomodación no indica sumisión, sino competencia.   La estabilidad no refleja la ausencia de deseo, sino la colocación silenciosa del deseo entre otras prioridades.   Lo que se transmite no es miedo, sino cautela—una ética de la resistencia afinada con el tiempo.

Como ningún acontecimiento ocupa el primer plano, poco invita a la interpretación.   La ausencia de angustia visible favorece la suposición de facilidad.   La vida parece ordenada, generosa e íntegra.   Sin embargo, la herencia permanece activa, estructurando la conducta sin requerir reconocimiento.  Persiste no como memoria, sino como forma.

Esta herencia suele resistir el reconocimiento precisamente porque ha tenido éxito.  El pasado no se ha repetido.  La continuidad ha sido preservada.  Lo que queda es una postura orientada a sostener esa continuidad—una vigilancia tan normalizada que pasa por temperamento más que por historia.

La contención, en este contexto, no opera como inhibición ni negación.   Funciona como una orientación estabilizadora—una calibración interna moldeada con el tiempo.   La acción se rige menos por la expresión que por la proporción y la durabilidad.   Lo que gobierna la elección no es el juicio moral, sino la coherencia.

Esta contención suele coexistir con claridad y decisión.   Los límites se mantienen sin conflicto; las decisiones se toman sin énfasis excesivo.  Lo que se evita no es la agencia, sino el excedente.  La expresión se modera no por temor a las consecuencias, sino por un sentido interno de suficiencia.

La acomodación aquí suele malinterpretarse.   No surge del cumplimiento pasivo ni de la incertidumbre, sino de una evaluación del impacto.   El espacio cedido a otros refleja confianza en la estructura y no una retirada de la posición.   La presencia permanece intacta incluso cuando no se coloca en primer plano.

Esta orientación produce una estabilidad que puede parecer sin esfuerzo.   La fricción se minimiza.   Las exigencias son escasas.   La ausencia de insistencia se confunde fácilmente con comodidad o satisfacción.   Sin embargo, la contención que opera es activa, no pasiva, y moldea continuamente lo que se articula, se posterga o queda sin decir.

Con el tiempo, la contención se vuelve difícil de distinguir de la identidad.  Deja de experimentarse como una elección entre alternativas y se endurece en postura.  La cuestión de la expresión se desvanece, sustituida por un énfasis en la responsabilidad, la proporción y la no disrupción.

La generosidad moldeada por la contención heredada rara vez se anuncia.   No busca reconocimiento ni reciprocidad, ni depende de la visibilidad para validarse.  Aparece más bien como disponibilidad, como la remoción silenciosa de obstáculos, como la disposición a ceder espacio sin relato ni sacrificio.

En esta forma, el dar no es transaccional.   No se lleva registro de balances ni se anticipa retorno alguno.  Lo que se ofrece es firmeza más que favor.   El apoyo se despliega sin apelación, a menudo sin ser notado, absorbido por la conducta cotidiana.  La ausencia de exigencia es integral, no accidental.

Al no imponer peso alguno, esta generosidad deja poco rastro.  Otros experimentan libertad sin percibir su origen.   La autonomía se habilita sin atribución.  Quien da permanece presente, pero sin marca.

Con el tiempo, el hábito de hacer espacio se vuelve más practicado que el hábito de ocuparlo.   La atención se desplaza hacia afuera, refinando la capacidad de respuesta mientras se estrecha la articulación dirigida hacia uno mismo.  Lo que persiste no es la pérdida, sino la redirección.

Esta configuración resiste lecturas convencionales de desequilibrio.   No surge agravio alguno; ningún conflicto anuncia asimetría.   La generosidad permanece intacta, incluso ejemplar.   Lo que se desplaza sutilmente es el énfasis interno: una presencia ejercida mediante la concesión más que mediante la afirmación.

El deseo, dentro de esta orientación, no es negado ni reprimido.  Es reubicado.   Su legitimidad no se cuestiona, pero su urgencia se atenúa.   Lo que se deja de lado no es el anhelo en sí, sino la expectativa de que el anhelo deba organizar la vida.

El deseo es reconocido, aunque rara vez central.   La expresión se permite más fácilmente hacia afuera que cuando se reclama internamente.   La atención gravita hacia aquello que preserva la estabilidad más que hacia lo que intensifica la experiencia.   La satisfacción surge de la coherencia y no de la culminación.

Esto no produce vacío alguno.   La vida permanece comprometida y disponible.  Lo que disminuye es la insistencia.  La continuidad pasa a importar más que el apetito; la durabilidad más que la inmediatez.

Como este arreglo no se presenta como renuncia, suele pasar inadvertido.   Ningún lenguaje moral lo rodea.   Nada se nombra como sacrificio.   El deseo persiste a cierta distancia—observado, gestionado, postergado sin conflicto.

Con el tiempo, la identidad se modela menos por la búsqueda que por el mantenimiento.   La expresión cede paso a la prudencia.   El sentido se acumula no a través de la llegada, sino evitando la ruptura.

Los patrones organizados en torno a la contención y la continuidad suelen confundirse con logro moral.  La compostura se lee como sabiduría; la acomodación como madurez; el silencio como profundidad.   Al no surgir perturbación alguna, la orientación escapa al examen.  Lo que funciona sin fricción se presume completo.

Esta lectura errónea se refuerza por marcos sociales que recompensan la estabilidad más que la indagación.   La ausencia de conflicto se toma como evidencia de equilibrio.  La generosidad sin exigencia se elogia en lugar de interrogarse.  Sus costos permanecen ocultos precisamente porque no imponen carga alguna a los demás.

La virtud, en este contexto, se vuelve indistinguible del hábito. La orientación adaptativa se solidifica en carácter, y el carácter en expectativa.  La fiabilidad se afirma una y otra vez, profundizando su arraigo.

El resultado no es engaño, sino omisión.  La firmeza es genuina. Lo que no se reconoce es hasta qué punto tal arreglo organiza la vida en torno a la preservación más que a la presencia.   La pregunta por el desplazamiento no se rechaza; simplemente no se formula.

La confusión surge del éxito.  Las relaciones perduran.   Las estructuras se mantienen.  No aparece daño evidente.   Y así, la configuración más profunda—silenciosa, duradera, moldeada por la historia—continúa operando bajo el lenguaje de la virtud.

En cierto umbral, la continuidad deja de ser un medio y se convierte en el fin rector.   La vida se organiza no en torno a la realización, sino a la preservación.  Lo que más importa es que nada esencial quede expuesto a la ruptura, bien sea por una exigencia excesiva o una afirmación no probada.

La realización no se rechaza, pero se subordina.  La satisfacción proviene de la duración más que de la intensidad.   El tiempo se orienta hacia la extensión, no hacia la culminación.   Lo que se valora es la capacidad de seguir adelante sin quebrarse.

Esto resulta eficaz.  El pasado no se repite.  La estabilidad se sostiene.   La pérdida se contiene en lugar de amplificarse.  Los imperativos heredados se honran no mediante el recuerdo, sino a través de la conducta.

Sin embargo, cuando la continuidad ocupa esta posición, el rango de movimiento permitido se estrecha.  El cambio debe justificarse de antemano.  El deseo debe demostrar durabilidad antes de ponerse en acto.  La expresión cede ante el mantenimiento.

El futuro se aborda como responsabilidad más que como terreno abierto.  El sentido se acumula mediante la salvaguarda de lo esencial y no mediante la exploración de posibilidades.  El éxito pasa a ser sinónimo de la preservación de la continuidad.

La presencia, en su forma final aquí, no se organiza en torno a la posición ni a la prioridad.   Funciona de manera lateral y sostiene la estructura sin convertirse en su centro.   La vida se mantiene unida mediante la atención más que mediante reclamaciones de autoridad o legitimidad.  El curso de la vida compartida avanza sin la presión de llegar a una explicación que garantice su coherencia.

Este modo de presencia resiste la visibilidad.  No busca reconocimiento ni afirma precedencia.  Su eficacia reside en aquello que permanece intacto más que en lo que se logra.  Otros se mueven con libertad, a menudo sin advertir el soporte que hace posible esa libertad.

Permanecer fuera del centro no constituye retirada.  La participación continúa—medida, receptiva, íntegra.  Lo que se evita no es la implicación, sino la dominación.  La influencia se ejerce mediante la estabilidad más que mediante la dirección.

La imagen sugerida por el título toma forma aquí.   Un río que avanza sin fuerza, modelando el terreno a través de la persistencia de su cauce.  Movimiento sin espectáculo.   Resistencia sin inscripción.  El curso se mantiene fluyendo alrededor del obstáculo en lugar de enfrentarlo.

Lo que permanece es la continuidad misma—sostenida en silencio, rara vez notada y difícil de nombrar.


*

« Naples por la mañana »

Estaba sentado frente a mi esposo en un lugar de desayunos en Naples, Florida.   En diagonal, detrás de él, se sentaba una pareja joven. La mujer era pequeña—casi infantil en proporción—junto a su esposo, que superaba ampliamente los seis pies de estatura.

Aún ninguno de nosotros había ordenado.   Ella dispuso cuidadosamente los cubiertos y la servilleta, alineándolos con una precisión deliberada, casi ritual. El cabello le caía hacia delante, dividido a ambos lados del rostro como cortinas corridas.   Al levantar el mentón, sus rasgos faciales—de apariencia asiática—quedaron brevemente a la vista.   A pesar de su menudez, su postura sugería control más que fragilidad.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, sostuvo la mía más tiempo del esperado, casi fijamente.   Luego bajó la cabeza, ocultándose de nuevo tras el cabello.   Instantes después la alzó una vez más e hizo la señal de la cruz—frente, pecho, hombro a hombro—antes de volver a orientarse por completo hacia su esposo. No se intercambiaron palabras.

Cuando llegó la comida, retomó la misma actitud cuidadosa.   Cortó su omelette en pequeños cuadrados uniformes, dejó el cuchillo y se detuvo.  Cada pieza fue llevada a su boca por separado, lentamente, con una repetición ininterrumpida, como si el gesto hubiera sido ensayado.   La secuencia tenía un carácter performativo.   Aunque permanecía orientada hacia su esposo, el torso se desplazaba intermitentemente, inclinándose levemente en mi dirección.

Cuando terminaron y se dirigieron a la cajera, ella se levantó primero y avanzó delante de él, con el mentón bajo y el cabello volviendo a cubrir su entorno.  Él la siguió—alto, corpulento, desplazándose por el local con visible naturalidad.   Su andar era amplio, desprotegido.

Se marcharon sin hablar.

Díptico.