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« Fidelidad »

September 26, 2026


Ricardo F. Morín
Fidelity
approx. 30″ x 47″
Sepia-printed collage from a translucent graphite drawing
1990

Entre 1987 y 1990 concebí Fidelidad, un retrato de Victor Wiener, su pareja holandés, y su perro.  Victor aparece a la derecha.  Los dos hombres miran al espectador, mientras el perro, sentado a sus pies, alza la mirada.  El dibujo conserva un momento temprano de su vida en común, hace más de tres décadas, cuando aún tenían por delante buena parte de cuanto habrían de compartir.

La obra terminada era un collage compuesto por tres capas.  Distribuí las figuras y el perro en dos de ellas, y el fondo en una tercera.  Sobre el papel liso de color beige, el sepia presenta distintas densidades y texturas según el tratamiento del material.  La tiza blanca ilumina las cabezas de los hombres y el cuerpo del perro, mientras las suaves gradaciones tonales preservan el esfumado del dibujo.  Las estrechas franjas beige de los bordes superior e inferior, con sus pequeñas lengüetas sepia, forman parte de la propia obra.

Regalé a Victor el collage terminado.  Aquel obsequio tenía una historia.

En 1987 desaparecieron cuatro pinturas mías que se habían alquilado para The Clinic, una producción de Lorimar rodada en los estudios Kaufman, en Astoria, Queens, que posteriormente se estrenó con el título de Hothouse.  Por mediación de Volunteer Lawyers for the Arts, un bufete asumió gratuitamente mi caso y encomendó a uno de sus abogados jóvenes que me representara para interponer una demanda.  Victor, entonces director ejecutivo de la Appraisers Association of America, preparó la tasación y los argumentos que se presentaron a los peritos de la aseguradora de Lorimar respecto de las obras desaparecidas.  Su criterio profesional contribuyó a establecer el valor de unas pinturas que yo ya no podía presentar para su examen.

Recibí quince mil dólares como indemnización parcial.  La suma no alcanzaba el valor íntegro de las pinturas, pero me ayudó a seguir trabajando durante uno de los periodos más difíciles de mi vida.  Vivía con sida y sufragaba medicamentos experimentales.  La indemnización contribuyó a que pudiera seguir pintando y atender aquellos gastos durante los cinco años que precedieron al reconocimiento de mi incapacidad laboral.

Aquel dinero se convirtió en tiempo para pintar, recibir tratamiento y seguir adelante en una etapa cuyo desenlace no podía prever.  Las pinturas continuaron desaparecidas.  Algo de su valor volvió a mí e hizo posible la creación de otras obras.

Mis documentos jurídicos y fiscales de los años 1987 a 1993 me acompañaron a Venezuela cuando creí que me acercaba a la muerte y busqué refugio junto a mi familia.  Ninguno de aquellos papeles se ha conservado.  Con ellos se perdieron los datos que hoy me permitirían identificar al bufete, al joven abogado y a la aseguradora.  Recuerdo la ayuda y cuanto hizo posible, pero todavía intento recuperar los nombres de quienes me la brindaron.

En los años posteriores al reconocimiento de mi incapacidad laboral, la vida de Victor y la mía fueron distanciándose en medio de circunstancias difíciles.  Sufrimos, cada uno dentro de una vida cuyos pormenores permanecen en el ámbito privado.

Hacia 2004, un encuentro inesperado volvió a reunirnos.  Quedamos en cenar en mi casa, donde Victor y su pareja conocieron a David, mi compañero de vida.  Aquella velada nos devolvió por unas horas la familiaridad que los años de separación habían interrumpido.

Durante la cena, Victor relacionó mi obra con la de artistas de reconocida trayectoria a quienes conocía, y encontró en ella una fuerza comparable.  Recuerdo la distinción que hizo entre la semejanza y el mérito artístico.  Sus palabras han permanecido en mi memoria, junto con la ayuda que años antes había contribuido a que siguiera pintando.

Cuando contemplo hoy Fidelidad, veo a Victor al lado de la persona con quien estaba construyendo una vida, y al perro que alza la mirada hacia ambos.  Su convivencia tiene una historia propia; mi gratitud forma parte de las circunstancias en que realicé el retrato y se lo entregué.  La obra conserva un momento que aún podemos contemplar, aunque mucho de cuanto lo rodeaba resulte ya difícil de recuperar.

Hace poco escribí a Victor con la esperanza de que sus recuerdos o alguna correspondencia conservada permitan identificar al abogado y al bufete.  Quisiera reconocer su ayuda como merece.  La pérdida de mis papeles ha vuelto incierta esa búsqueda, pero los efectos de su labor siguen presentes en mi vida.

Hoy, cuando juego pasatiempos para mejorar la memoria en LinkedIn, el nombre de Victor aparece de vez en cuando junto al mío al compararse nuestras puntuaciones.  Es lo único que sé de él en la actualidad.  Su nombre me devuelve a las circunstancias en que nos conocimos y tratamos, a su ayuda y al retrato que le regalé.  Espero que él y su pareja se encuentren bien.


« Ricardo F. Morín »

May 18, 2026

Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores.  En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas.  El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela.  En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas.  El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.

Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad.  El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país.  También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples:  el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.

Antes de Buffalo había existido Valencia.  La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena.  Las primeras horas de dibujo durante la infancia.  Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel.  Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención.  Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.

Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente.  Algunas eran destruidas.  Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura.  El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización.  Pintar no seguía todavía una teoría precisa.  Había más bien una insistencia física:  regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.

En 1976 regresó brevemente a Venezuela.  Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson.  Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones.  En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.

Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal.  Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso.  Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.

En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo.  La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1]  Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]

Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad.  Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable.  Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico.  Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar:  la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.

En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg.  Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg.  Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.

En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción.  Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena.  El trabajo físico era continuo.  La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.

Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3]  Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway.  Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.

A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura.  Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana.  El estudio estaba lleno de materiales acumulados:  bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.

En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas:  el teatro y la pintura.  Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios.  Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.

En 1993 apareció la interrupción.  Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia.  El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana.  Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses:  trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.

Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente.  Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas.  Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos.  El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]

Pintaba lentamente.  Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención.  El cuerpo se fatigaba rápidamente.  La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros.  En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.

La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo.  Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición.  Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.

Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia.  La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.

Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas.  La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.

En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral.  La inmunidad era prácticamente inexistente.  Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo.  Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.

Paradise era un lugar profundamente inestable.  Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo.  Algunas personas desaparecían de pronto.  Otras permanecían encerradas durante días enteros.  El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.

Aun así continuó pintando.  Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana.  La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales.  Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.

Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío.  No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia.  Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad:  la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.

En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos.  Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas.  Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.

En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático.  La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual.  Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]

Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective.  Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]

Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos.  Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas.  El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.

Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies.  Los movimientos físicos eran más lentos.  La reducción material modificaba también la percepción.  El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.

Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7]  Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física.  La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.

Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories.  Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]

Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez.  La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo.  Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.

La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad.  Permanecían también otras cosas:  las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.

Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios.  El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían.  Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.


Notas

[1] Buffalo Series 1979:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/62.html

[2] Buffalo Series Nº 1, 1980:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/53.html

[3] Producciones teatrales y referencias periodísticas:
https://www.nytimes.com/1986/04/17/theater/stage-lovers-at-intar.html
https://www.nytimes.com/1986/02/12/theater/the-stage-la-chunga-by-mario-vargas-llosa.html
https://www.nytimes.com/1983/04/17/theater/theater-dario-fo-s-about-face.html

[4] Aposento Nº 2:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/11.html

[5] Serie de Interacciones Platónicas y trabajos relacionados:
https://www.artmajeur.com/en/rfmorin/artworks?page=5
https://www.ricardomorin.com/06_paintings_html/13.html

[6] Serie Triangulación:
https://www.ricardomorin.com/Triangulation_Series.html

[7] Metaphors of Silence:
https://ricardomorin.wordpress.com/2010/11/24/metaforas-del-silencio/

[8] Andrew Irving, The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice:
https://www.academia.edu/53478128/The_Art_of_Life_and_Death_Radical_Aesthetics_and_Ethnographic_Practice_Andrew_Irving_Chicago_Hau_Books_2017_264_pp