Posts Tagged ‘Mortalidad’

« Ricardo F. Morín »

May 18, 2026

Durante aquellos primeros años hasta 1976, Buffalo acumuló nevadas más intensas de lo habitual, con tormentas de nieve que superaban las de inviernos anteriores.  En algunos vecindarios la nieve sobrepasaba los techos de las casas.  El viento atravesaba las calles con una intensidad desconocida para alguien que había crecido en Valencia, Venezuela.  En los estudios de arte de Bethune Hall, en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, las telas permanecían apoyadas unas contra otras mientras los estudiantes trabajaban durante horas en silencio o bajo conversaciones dispersas.  El olor a aceite, trementina y madera húmeda impregnaba continuamente los interiores.

Había llegado a los Estados Unidos en 1972, a los diecisiete años de edad.  El desplazamiento no consistía únicamente en abandonar un país.  También alteraba la percepción cotidiana de las cosas más simples:  el distintivo aroma de la ciudad, la luz de invierno entrando por las ventanas, la relación entre el cuerpo y el clima, el sonido constante de un idioma todavía parcialmente ajeno.

Antes de Buffalo había existido Valencia.  La Escuela de Bellas Artes Arturo Michelena.  Las primeras horas de dibujo durante la infancia.  Más tarde, durante la adolescencia, los veranos estudiando pintura en el taller privado del pintor húngaro Lazlo Lenyel.  Sin embargo, incluso entonces la pintura parecía menos una profesión futura que una forma de atención.  Preparar la superficie de una tela producía una experiencia difícil de explicar fuera del propio acto de pintar.

Durante aquellos años las telas comenzaron a acumularse rápidamente.  Algunas eran destruidas.  Otras permanecían apoyadas contra las paredes durante meses antes de recibir otra capa de pintura.  El espacio del estudio cambiaba continuamente de organización.  Pintar no seguía todavía una teoría precisa.  Había más bien una insistencia física:  regresar cada día a observar relaciones de color, tensión espacial, superficie y ritmo.

En 1976 regresó brevemente a Venezuela.  Estudió entonces de manera privada con el artista malagueño José Luis Montero antes de retornar nuevamente a Buffalo bajo la tutela de Herta Kane y James Jipson.  Poco a poco comenzaron las primeras exposiciones.  En mayo de ese mismo año realizó “Obras de Ricardo Morin” en la Galería de Villa Maria College.

Las conversaciones sobre el arte durante aquellos años giraban frecuentemente alrededor de movimientos, legitimidad histórica, abstracción, expresionismo o teoría formal.  Sin embargo, muchas de las horas más intensas ocurrían lejos de cualquier discurso.  Permanecer solo en el estudio, observando lentamente cómo ciertas superficies retenían o rechazaban la luz, parecía contener una experiencia más concreta que gran parte de las explicaciones construidas posteriormente alrededor del trabajo.

En 1977 el Ministerio de Educación de Venezuela le otorgó una beca completa para culminar un B.F.A. en SUNY Buffalo.  La exposición de tesis, Buffalo Series 1979, fue posteriormente curada por Seymour Drumlevitch en la Galería Alamo de la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo. [1]  Poco después, Buffalo Series Nº 1, 1980, recibió el premio Birge Wall Covering y el Reed Foundation Award en el 38th Western New York Show de la Albright Knox Art Gallery. [2]

Los reconocimientos institucionales modificaban la percepción de continuidad.  Durante ciertos períodos parecía posible imaginar una trayectoria profesional relativamente estable.  Las exposiciones, las becas y los premios producían una estructura reconocible dentro del mundo artístico.  Sin embargo, esa estabilidad coexistía con otra sensación más difícil de nombrar:  la impresión persistente de que el trabajo real ocurría en otro lugar, lejos de las formas mediante las cuales era interpretado públicamente.

En 1979 asistió en Salzburgo a los seminarios de escenografía impartidos por Gunther Schneider-Siemsen en la Internationale Sommerakademie für Bildende Kunst Salzburg.  Allí recibió el premio Förderungspreis Leistung der Stadt Salzburg.  Poco después Seymour Drumlevitch le recomendó postular al programa de M.F.A. de la Escuela de Drama de Yale.

En Yale los talleres teatrales funcionaban bajo otra escala de producción.  Construcciones, iluminación, arquitectura escénica, maquetas y equipos técnicos ocupaban espacios enormes dentro de edificios industriales adaptados para la escena.  El trabajo físico era continuo.  La escenografía ofrecía también una posibilidad concreta de supervivencia económica dentro de Nueva York.

Durante los primeros años posteriores a Yale trabajó como escenógrafo en el circuito Off-Off-Broadway, colaborando con Irene Fornés y Max Ferrá en INTAR. [3]  Paralelamente trabajaba como asistente principal de diseñadores establecidos en Broadway.  Los talleres, las construcciones y los ensayos ocupaban gran parte de los días y las noches.

A finales de los años ochenta obtuvo un loft en Tribeca dedicado exclusivamente a la pintura.  Las telas de gran formato permanecían apoyadas contra paredes altas mientras la pintura comenzaba nuevamente a ocupar el centro de la vida cotidiana.  El estudio estaba lleno de materiales acumulados:  bastidores, pigmentos, herramientas, fragmentos de telas y dibujos fijados contra las paredes.

En ciertos momentos parecía posible sostener simultáneamente ambas vidas:  el teatro y la pintura.  Nueva York todavía conservaba zonas industriales donde algunos artistas podían trabajar dentro de espacios relativamente amplios.  Sin embargo, incluso durante aquellos años de mayor actividad profesional, persistía una tensión difícil de resolver entre la continuidad pública de una carrera y la experiencia más silenciosa del trabajo mismo.

En 1993 apareció la interrupción.  Debido al SIDA tuvo que abandonar el loft, suspender la actividad profesional y regresar a Venezuela buscando refugio junto a su familia.  El diagnóstico alteró rápidamente la estructura completa de la vida cotidiana.  Muchas de las continuidades anteriores desaparecieron en pocos meses:  trabajo, estabilidad económica, taller, ciudad, ritmo profesional.

Entre 1993 y 1996 la salud se deterioró considerablemente.  Pasaba largos períodos dentro de la casa familiar con poca energía física y frecuentes interrupciones médicas.  Fue entonces cuando comenzó la serie Aposentos.  El segundo cuadro de la serie, Aposento Nº 2, fue seleccionado para el XIV Salón Municipal de Pintura: Homenaje a Carlos Cruz-Diez, celebrado en 1994 en la Galería Municipal de Arte de Maracay. [4]

Pintaba lentamente.  Algunas telas permanecían semanas enteras contra las paredes antes de recibir otra intervención.  El cuerpo se fatigaba rápidamente.  La luz cambiaba dentro de la habitación mientras los cuadros permanecían inmóviles durante horas o días enteros.  En ocasiones el trabajo avanzaba apenas unos centímetros.

La pintura comenzó entonces a adquirir otro ritmo.  Ya no parecía responder únicamente a la continuidad de una carrera o a la posibilidad de exposición.  Algunas obras surgían más como acompañamiento que como afirmación.

Durante esos mismos años trabajó voluntariamente en la Fundación Metaguardia, creada en Valencia como centro de información y apoyo para personas con enfermedades terminales, muchas de ellas viviendo también en condiciones de indigencia.  La fundación integraba apoyo emocional, actividades vinculadas a las artes y servicios médicos pro bono.

Las conversaciones silenciosas, las largas esperas, los cuerpos debilitados y la vulnerabilidad compartida alteraban lentamente la percepción de muchas categorías previas.  La enfermedad parecía volver secundarias muchas diferencias que anteriormente organizaban gran parte de la atención cotidiana.

En 1996 regresó finalmente a Nueva York para acceder al nuevo tratamiento antirretroviral.  La inmunidad era prácticamente inexistente.  Poco después buscó ayuda del Departamento de Recursos Humanos debido a la condición de desamparo.  Pasó primero por el hotel de transición Paradise, en el Bronx, y posteriormente por el programa Common Ground del Hotel Times Square.

Paradise era un lugar profundamente inestable.  Los pasillos estrechos, las habitaciones húmedas y detrioradas y la precariedad constante alteraban la percepción del tiempo.  Algunas personas desaparecían de pronto.  Otras permanecían encerradas durante días enteros.  El ruido de puertas, televisores y discusiones atravesaba continuamente las paredes del edificio.

Aun así continuó pintando.  Algunas telas pequeñas descansaban contra las paredes o sobre muebles improvisados cerca de la ventana.  La continuidad del trabajo ya no dependía de condiciones ideales.  Dependía únicamente de seguir trabajando dentro de cualquier circunstancia disponible.

Durante aquellos años apareció también una sensación inesperada de vacío.  No necesariamente como pérdida absoluta, sino como disminución gradual del ruido interior con el que antes intentaba sostener ambición, identidad o permanencia.  Dentro de ese vacío ciertas formas de atención comenzaron lentamente a adquirir mayor intensidad:  la respiración, la luz sobre las superficies, el ritmo del cuerpo al caminar por la ciudad, el ruido de ciertas habitaciones, la presencia momentánea de caras familiares.

En septiembre de 1998 recibió apoyo de la organización Visual AIDS de Nueva York, que organizó una exposición conjunta basada en retratos en acuarela y óleo junto con Nicolo Cataldi en la Iglesia de San Marcos.  Más tarde participaron otras exposiciones colectivas y plataformas alternativas.  Algunas de las pinturas de principios de los años noventa fueron descritas posteriormente por el artista Jo-ey Tang como “cartas de amor a la ciudad de Nueva York”.

En el año 2000 recibió una beca de rehabilitación VESID que incluía formación especializada en herramientas digitales y equipo informático.  La computadora comenzó entonces a incorporarse lentamente al trabajo visual.  Entre 2000 y 2003 utilizó medios digitales combinados con acuarela y dibujo manual para reinterpretar miniaturas persas del siglo XV mediante procesos geométricos de reconstrucción. [5]

Más tarde, entre 2005 y 2012, impartió en Pratt Institute un curso titulado Pictorial Perspective.  Mientras tanto desarrollaba la Serie Triangulación, trabajando con geometrías suspendidas, espacios reducidos y formatos colgantes. [6]

Después de completar quimioterapia en 2008 para un linfoma Non-Hodgkin asociado al SIDA, comenzaron trastornos musculares sistémicos que impedían incluso estirar grandes lienzos.  Las telas colgantes aparecieron entonces también como consecuencia directa de las limitaciones físicas.  El cuerpo comenzó lentamente a imponer otra relación con el espacio, el tiempo y el trabajo.

Las telas permanecían suspendidas durante semanas mientras la luz variaba sobre las superficies.  Los movimientos físicos eran más lentos.  La reducción material modificaba también la percepción.  El silencio dejaba de sentirse como ausencia y comenzaba a funcionar como otra forma de atención.

Entre 2009 y 2010 inició la serie Metaphors of Silence. [7]  Muchas de las obras surgían lentamente dentro de períodos prolongados de quietud física.  La necesidad de explicar intelectualmente la experiencia estética comenzó gradualmente a perder intensidad frente a la experiencia misma de observar.

Durante esos mismos años colaboró con el Dr. Andrew Irving en un proyecto experimental sobre arte, antropología y experiencia humana relacionado con New York Stories.  Parte de aquellos diálogos fueron incorporados posteriormente en The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice. [8]

Con el paso de los años ciertas tensiones comenzaron lentamente a perder nitidez.  La enfermedad seguía presente, aunque ya no organizaba cada momento del día del mismo modo.  Algunas formas de ambición o de ansiedad relacionadas con continuidad profesional, reconocimiento o permanencia parecían disminuir gradualmente sin desaparecer del todo.

La pintura continuó ocupando un lugar central, aunque ya no necesariamente como afirmación exclusiva de identidad.  Permanecían también otras cosas:  las conversaciones, las caminatas, la lectura, los ejercicios físicos, la respiración encontrando ritmo nuevamente, la disminución momentánea de ciertos dolores, la luz cambiando sobre las superficies de la ciudad, encuentros breves durante el día.

Algunas tardes continuaba caminando lentamente mientras la respiración encontraba ritmo y la luz descendía sobre los edificios.  El envejecimiento, la fragilidad y la proximidad de la muerte no desaparecían.  Tampoco permanecían completamente separados del movimiento mismo de existir.


Notas

[1] Buffalo Series 1979:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/62.html

[2] Buffalo Series Nº 1, 1980:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/53.html

[3] Producciones teatrales y referencias periodísticas:
https://www.nytimes.com/1986/04/17/theater/stage-lovers-at-intar.html
https://www.nytimes.com/1986/02/12/theater/the-stage-la-chunga-by-mario-vargas-llosa.html
https://www.nytimes.com/1983/04/17/theater/theater-dario-fo-s-about-face.html

[4] Aposento Nº 2:
https://www.ricardomorin.com/l-series-html/11.html

[5] Serie de Interacciones Platónicas y trabajos relacionados:
https://www.artmajeur.com/en/rfmorin/artworks?page=5
https://www.ricardomorin.com/06_paintings_html/13.html

[6] Serie Triangulación:
https://www.ricardomorin.com/Triangulation_Series.html

[7] Metaphors of Silence:
https://ricardomorin.wordpress.com/2010/11/24/metaforas-del-silencio/

[8] Andrew Irving, The Art of Life and Death: Radical Aesthetics and Ethnographic Practice:
https://www.academia.edu/53478128/The_Art_of_Life_and_Death_Radical_Aesthetics_and_Ethnographic_Practice_Andrew_Irving_Chicago_Hau_Books_2017_264_pp

« Stirrings —Remociones »

November 30, 2025

Ricardo Morín
Triangulación 6: Stirrings —Remociones
22″ x 30″
Acuarela y tinta
2006

Ricardo Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida

Remociones es una tetralogía de haikus que sigue el tránsito íntimo de la apertura al dolor, de la resistencia a la renovación.   Cada poema entra en el cuerpo—aliento, articulaciones, pensamiento, dulzura—para mostrar cómo la vida persiste en breves instantes de aire, luz y vitalidad.   La secuencia se presenta en inglés y español castellano.


I

corazón abierto

el aliento en la sangre—

el mundo agita el aire

*

heart thrown wide

breath cradled in blood—

the world stirs the air

II

articulaciones tensas

el pensamiento en el dolor—

el día alza su luz

*

joints drawn tight

thought held within pain—

the day lifts its light

III

que yo sea amor

en estos hondos descensos—

para alzarme otra vez

*

may I be love

through the deepening lows—

to rise once again

IV

melocotones tibios

su jugo el sabor de la vida—

como si la muerte olvidara

*

sweet peaches warm

their juice the taste of life—

as if death forgot


« El umbral del silencio »

February 12, 2025

~


*

Inmanencia Infinita
Ricardo Morín:     Acuarelas, carboncillo, tintes, óleo y corrector sobre papel
14” x 20”
2005

~


*

I. La Carga de la Conciencia

Llega un momento, a veces repentino, a veces insinuándose con los años, en que la mortalidad deja de ser una abstracción.     Ya no es una eventualidad lejana, una idea relegada a los pliegues de la vida cotidiana, suavizada por distracciones y rutinas.     En su lugar, se adelanta, innegable y densa, tan cierta como la respiración y tan efímera como ella.

Tal vez se manifiesta en la silenciosa traición del cuerpo: una rigidez matutina que no desaparece, el titubeo de la memoria, la leve vacilación antes de un paso que antes se daba con facilidad.     O quizá llega con la pérdida:     un amigo, un hermano, un padre cuya ausencia se siente como un ensayo de la propia.     La conciencia se agudiza, volviendo el tiempo más precioso y más frágil.     Comenzamos a medir la vida no por lo que ha pasado, sino por lo que aún queda.

Y, sin embargo, incluso con esta conciencia, hay resistencia.     La mente se evade, aferrándose a planes, distracciones, a la cómoda ilusión de continuidad.     Tememos la muerte, pero también nos negamos a mirarla de frente, como si el mero reconocimiento apresurara su llegada.     Creamos rituales en torno a ella, filosofías que la explican, pero rara vez nos sentamos con ella en silencio, sin adornos.     No es la muerte en sí lo que aterra, sino el saber, la certeza de que vendrá, ya sea con advertencia o en un instante desprevenido.

Pero, ¿y si en lugar de rehuirla, dejáramos que esta conciencia se asentara?     No como un peso, sino como una compañía silenciosa.     Si pudiéramos ver la pérdida no como un robo, sino como un tránsito inevitable, siempre entretejido en la trama de la vida, la muerte perdería su urgencia.     Saber que somos mortales no implica desesperación, sino comprender los límites de lo que se nos ha dado.     La pregunta no es si la muerte llegará, sino si podemos llevar ese conocimiento sin miedo, si podemos, finalmente, aprender a vivir con ello.

~


*

II. El Declive: Mente y Cuerpo

El cuerpo no se debilita de golpe.     Su desgaste es lento, medido en las más pequeñas traiciones:     pasos que antes eran automáticos y ahora requieren cuidado, un nombre que se escapa justo en el instante en que se necesita, la paulatina atenuación de los sentidos que antes esculpían el mundo con claridad.     Al principio, estos cambios parecen meras molestias pasajeras, lapsos momentáneos más que el inicio de un destino ineludible.     Pero con el tiempo se asienta la verdad:     esto no es una fase, no es algo de lo que se pueda recuperar, sino el deshilacharse silencioso de lo que una vez parecía permanente.

La mente también muestra signos de desgaste.     El pensamiento se ralentiza; los recuerdos emergen en fragmentos, esquivos y caprichosos.     Hay una ironía en esto:     la lucidez persiste lo suficiente como para ser testigo del propio deterioro de facultades.     No es lo mismo perderse sin darse cuenta que observar el proceso con plena conciencia.     Aquí yace la lucha más profunda:     no sólo el deterioro del cuerpo o la mente, sino la tensión entre resistir lo inevitable y entregarse a ello.

Algunos combaten este declive con desesperación, esforzándose por retener lo que se desvanece.     Entrenan el cuerpo, desafían la mente, se aferran a rutinas como si la disciplina pudiera contener el paso del tiempo.     Otros se rinden con mayor facilidad, viendo en cada pérdida una señal de que la vida no está hecha para ser sostenida con los puños cerrados.     Pero la aceptación no llega sin esfuerzo; no es resignación pasiva ni derrota.     Es un equilibrio incierto entre el esfuerzo y la entrega, entre conservar lo que se puede y soltar lo que inevitablemente debe irse.

El sufrimiento adopta muchas formas.     Para algunos, irrumpe en un sólo instante devastador:     un diagnóstico, un accidente, un colapso inesperado del orden frágil del cuerpo.     Para otros, se desliza lentamente, dejando su rastro en el peso de cada año que pasa.     Puede ser físico, exigiendo su tributo sin descanso, o tal vez el dolor más sutil de perderse a uno mismo, de volverse irreconocible ante un espejo.     Sin embargo, sin importar su forma, el sufrimiento es universal.     No se rige por la lógica ni por la justicia.     Simplemente es.

En este escenario, la medicina interviene, intentando ralentizar, reparar, resistir el curso natural del deterioro.     Y, sin embargo, hay una disonancia en esto.     El cuerpo es finito, su desgaste está escrito en su naturaleza, pero aun así, avanzamos con tratamientos, procedimientos y fármacos que prometen retrasar lo ineludible.     La frontera entre el cuidado y la prolongación artificial se difumina.     Luchar por la vida es instintivo, pero ¿en qué punto la lucha se convierte en sufrimiento?

En los momentos de quietud, lejos de médicos y terapias, la pregunta persiste:     ¿es el declive algo contra lo que debemos luchar, o hay dignidad en permitir que la naturaleza siga su curso?     Y si la respuesta no está en la resistencia absoluta ni en la rendición pasiva, entonces, ¿dónde, exactamente, se encuentra el equilibrio?

~


*

III. Las Distracciones Que Retrasan la Aceptación

Aceptar plenamente la muerte exigiría una quietud que pocos pueden soportar.     La mente, inquieta y astuta, encuentra maneras de eludir esa quietud, de tejer una vida tan llena de movimiento e intención que la mortalidad sigue pareciendo una preocupación lejana y teórica.     Así, llenamos nuestros días con esfuerzos para prolongarlos.

La longevidad se convierte en un objetivo en sí mismo, en una industria erigida sobre la promesa de que el deterioro puede posponerse, quizás incluso evitarse por completo.     Dietas, regímenes, suplementos y tratamientos, todos dirigidos a fortalecer el cuerpo contra su inevitable declive.     La ciencia también interviene, ofreciendo nuevas formas de reparar, reemplazar y sostener.     La medicina no solo busca sanar, sino alargar; la tecnología susurra futuros en los que el envejecimiento es opcional, y el ritual proporciona una estructura reconfortante frente a lo incontrolable.     Cada una de estas opciones ofrece algo real:     tiempo, alivio, una sensación de dominio sobre las fallas del cuerpo.     Pero bajo todas ellas yace la misma esperanza no expresada:     que la muerte, si no puede ser vencida, al menos pueda posponerse el tiempo suficiente para ser olvidada.

Sin embargo, no es sólo el miedo a la muerte lo que nos mantiene aferrados a la vida, sino el peso de lo inacabado.     Las obligaciones aún pendientes, las palabras no dichas, las personas que aún nos necesitan—todo ello genera la sensación de que partir ahora sería prematuro, que marcharse significaría abandonar algo esencial.     Incluso en la vejez, cuando la vida ha sido larga y plena, persiste la impresión de que queda más por hacer, más por resolver, más por comprender.     El pasado nos arrastra con sus preguntas sin respuesta; el futuro, aunque menguante, sigue sosteniendo la ilusión de posibilidad.

Y así, resistimos la quietud.     Rehuimos el silencio, donde la verdad se escucha con mayor claridad.     La mente, desocupada, podría empezar a aceptar lo que el cuerpo ya sabe.     Por eso llenamos las horas, nos rodeamos de rutina, distracción, movimiento. Incluso el sufrimiento, de un modo extraño, puede convertirse en un ancla—algo en lo que concentrarse, algo que soportar, en lugar del vacío al que habría que entregarse.

Pero, ¿y si dejáramos caer las distracciones?     ¿Si dejáramos de aferrarnos a más tiempo, más propósito, más ruido?     ¿Qué quedaría?     El miedo, sí, pero también la posibilidad de paz.     Por más que luchemos, la muerte no se presta a negociaciones.     Llega cuando ha de llegar, indiferente a las medidas tomadas en su contra.     Tal vez el último acto de sabiduría no sea resistirse, sino soltarse—permitir que la quietud se asiente, dejar que la mente y el cuerpo, finalmente, coincidan en su comprensión.

~


*

IV. El Peso del Sufrimiento y la Resistencia

El sufrimiento es la única certeza que comparten todos los seres dotados de conciencia.         No es raro ni excepcional; es el trasfondo de la existencia, tejido en la vida desde el primer aliento hasta el último.     Y, sin embargo, a pesar de su universalidad, el sufrimiento es profundamente personal—se experimenta de formas que nadie más puede comprender del todo, se soporta de maneras que no pueden medirse.

El dolor adopta muchas formas.     Puede ser la lenta opresión del cuerpo contra sí mismo, el desgaste de la enfermedad, el peso de una fatiga que nunca llega a disiparse.     O puede ser un dolor más silencioso: la pérdida de uno mismo cuando la mente flaquea, la soledad de ver al mundo seguir adelante sin uno, la pena de saber que, por mucho que se haya soportado, aún queda más por sobrellevar.     Algunos sufren a la vista de todos, con su dolor reconocido y validado.     Otros lo cargan en silencio, como si admitir su peso fuera ceder ante él.

Pero el sufrimiento por sí solo no marca el final.     Hay algo más allá de él, algo más profundo:     la resistencia.     El umbral de lo que se puede soportar no es fijo; se expande y se contrae.     Un dolor que antes parecía insoportable se vuelve parte de la rutina; una carga que parecía insuperable se lleva, día tras día.     Y, sin embargo, siempre hay un límite, un momento—generalmente callado, generalmente sólo comprendido en la intimidad de la propia conciencia—en el que la resistencia deja de ser suficiente.

Este es el momento de la revelación, cuando seguir vivo deja de ser un acto de vida y se convierte en mera persistencia.     Para algunos, llega de golpe, con la claridad de un amanecer.     Para otros, se insinúa poco a poco, con el cuerpo susurrando mucho antes de que la mente se atreva a escuchar.     No se trata simplemente del dolor, ni de la edad.     Es el instante en que la voluntad de permanecer deja de compensar el coste de hacerlo.

No hay una medida universal para determinar cuándo llega este momento; sólo lo sabe quien lo experimenta.     Resistir es instintivo, un hábito grabado en la esencia misma de la existencia.     Pero reconocer cuándo la resistencia ha alcanzado su límite es algo completamente distinto.     No es debilidad, ni rendición.     Es un saber silencioso, el reconocimiento de que toda vida contiene, en sí misma, el derecho a decidir cuándo ha sido suficiente.

Y así, la pregunta persiste: ¿es el sufrimiento el precio inevitable de la vida, o hay un punto en el que se justifica dejar la carga?     La respuesta no está escrita en doctrinas, ni en la medicina, ni en las opiniones de quienes no llevan ese peso sobre sus propios hombros.     Está escrita en cada individuo, en el instante silencioso en que se comprende: esto es suficiente.

~


*

V. El Umbral Invisible

La vida no se marcha de golpe.     Se retira, al principio en silencio, casi imperceptible en su retirada.     La respiración se vuelve más superficial, no en jadeos, sino en una paulatina suavización, como si el cuerpo decidiera ocupar menos espacio en el mundo.     El peso disminuye, no solo en carne, sino en presencia:     el yo se torna más ligero, menos aferrado a las exigencias de la existencia.     Una mente antes inquieta divaga, los pensamientos se desenredan, como soltando su asidero al pasado, al futuro, incluso a la urgencia del presente.

Estos no son signos de fracaso ni de derrota.     Son la forma en que el cuerpo susurra que ha llegado el momento.     Momento de liberarse del esfuerzo, de la incesante tarea de sostenerse.     Momento de abandonar la lucha por permanecer.     Por mucho temor que rodee a la muerte, el cuerpo en sí mismo no la teme.     Sabe cuándo rendirse, mucho antes de que la mente esté preparada para aceptarlo.

Y así llega el instante del conocimiento—no una gran revelación, no una epifanía, sino una certeza serena.     No se mide en días ni lo dicta un diagnóstico.     Es algo más profundo, algo que se siente.     Algunos luchan contra ello, aferrándose a cada aliento como si la pura voluntad pudiera anclarlos.     Otros lo aceptan como se acepta el sueño—con reticencia al principio, luego confiando, hasta finalmente entregarse a su llamada.

Hay dignidad en este acto de soltar.     No la dignidad impuesta por otros, aquella que se mide en estoicismo o contención, sino la simple dignidad de ceder el control.     De permitir que el cuerpo haga lo que siempre estuvo destinado a hacer:     llegar a su fin no como una tragedia, sino como una culminación.     Resistirse a este momento es oponerse al propio ritmo de la vida.     Pero aceptarlo—acoger la quietud, dejar que la respiración se ralentice sin miedo—es una forma de gracia en sí misma.

Al final, la muerte no es algo que deba conquistarse, ni algo que deba soportarse más allá de lo que uno puede sostener.     Es simplemente el último umbral, invisible hasta que se alcanza, conocido sólo por aquel que lo cruza.     Y cuando llega el momento, no queda nada más que hacer sino avanzar—ligero, libre de cargas y sin arrepentimientos.

~


*

VI. La Serena Aceptación

Pensar en la muerte sin miedo—sentarse con ella, sin defensas, y permitirle ser lo que es—es una paz rara y difícil de alcanzar.     Durante tanto tiempo, la mente ha rehuido su certeza, envolviéndola en distracciones, explicaciones y resistencia.     Pero llega un punto en que todo eso se desvanece, cuando la muerte deja de ser algo con lo que discutir o que posponer, y se convierte simplemente en el desenlace inevitable de una vida que ha sido vivida.

El miedo se disuelve cuando la muerte ya no se percibe como una interrupción, ni como un robo, sino como algo tan natural como la propia respiración.     El cuerpo, en su sabiduría, ya ha comenzado a soltar.     Es la mente la que se aferra, aferrándose al sentido, a lo inacabado, a la ilusión de que un día más, una hora más, podría cambiar algo esencial.     Pero al final, no se necesita justificación alguna.     No hace falta demostrar que ha llegado el momento adecuado.     El momento adecuado llega, sea bienvenido o no, y aceptarlo no es más que el acto de dejar de resistirse.

La quietud no es lo mismo que la resignación.     La resignación implica derrota, la sensación de que algo nos ha sido arrebatado contra nuestra voluntad.     Pero la verdadera quietud—la verdadera aceptación—es algo completamente distinto.     Es una llegada, un asentarse en lo inevitable sin temor ni pesar.     Es el instante en el que la mente y el cuerpo, tras tanto tiempo en conflicto, finalmente se alinean en la misma dirección.     No más esfuerzo.     No más negociaciones.     Sólo la serena comprensión de que lo que se nos ha dado ha sido suficiente.

Abrazar el final no es renunciar al valor de la vida, sino afirmarlo por completo—permitiéndole completarse con gracia.     No queda nada por hacer, ninguna deuda por saldar, ninguna batalla por librar.     Sólo queda el silencio.     Y el silencio es suficiente.

~


*

VII. En conclusión

Ninguna vida se vive en soledad, y ningún camino—especialmente el que lleva a la aceptación—se recorre sin compañía.     En el transcurso de esta travesía, somos moldeados, guiados y sostenidos por aquellos que han tocado nuestro corazón, cuya presencia permanece en nosotros incluso después de su partida.     Al enfrentar mi propia mortalidad, no sólo reconozco la mía, sino también la de aquellos que me precedieron, cuyas vidas siguen resonando en la memoria, en el amor, en esos rincones silenciosos donde la ausencia se convierte en algo perdurable.

Entre mi familia:     Andreina Teresa Morín Tortolero, Eva Lowenberger, Martín Lowenberger, José Galdino Morín Infante, Domitila Infante de Morín, Sofía Morín Infante, Pipina Morín de Carrillo, Chucho Morín Infante, Italia Morín, María Teresa Tortolero Rivero, Lucía Tortolero Rivero, Pedro José Tortolero Rivero, Leopoldo Tortolero Rivero, Federico Tortolero Rivero, Ala Gaidaz de Tortolero, Boris Tortolero Gaidaz, Nick Carapelli, Richard Erman, Ruth Erman, Margot Schloss, Martin Schloss.

Entre mis amigos:     Alice Heller, Herta Lager-Kane, Jurek Pankratz, Phillip Jung, Tom Bunny, Frederick Williams, Steven Altman, Richard Alpert, Chris Kishlansky, Steven Kishlansky, Jack Smith, John Bugliaro, Ruth Pretat.

Su presencia perdura—no como sombras, sino como luz.
Me han enseñado, desafiado, consolado y, de algún modo, nos han preparado para el camino que todos debemos recorrer.

La muerte, en su dureza, nos despoja y nos confronta con lo esencial.
Sin embargo, también nos une, pues el amor que hemos dado y recibido no se extingue con la ausencia física.

Nuestros seres queridos permanecen con nosotros hasta el final, sosteniéndonos en su memoria y en el amor que han dejado en nosotros.

A ellos les ofrezco mi más profunda gratitud.
No se han ido.
Permanecen, en el corazón, en el alma, en la serena aceptación de todo lo que ha sido y de todo lo que será.

~

Ricardo F. Morín Tortolero

12 de febrero de 2025, Oakland Park, Florida


*