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« Percepción fijada »

October 25, 2026


Percepción fijada
Ricardo F. Morín
Imagen generada por ordenador (CGI), 2026

23 de octubre de 2026

Oakland Park, Florida

*

La percepción humana no es una recepción pasiva de la realidad.  Es una actividad interpretativa mediante la cual la experiencia recibe coherencia, continuidad y sentido.  Reconocemos el mundo no sólo al observar lo que acontece, sino al relacionar lo observado con aquello que ya creemos.  Esta continuidad es indispensable para el juicio; sin embargo, puede obstruir la comprensión cuando una convicción establecida excluye de una consideración adecuada la evidencia que la contradice.

Una persona puede hallarse ante una contradicción sin reconocer sus implicaciones.  No es preciso negar los hechos.  El individuo puede admitirlos por separado mientras les asigna una significación que preserva una interpretación existente.  La evidencia que podría justificar una reconsideración se trata, en cambio, como confirmación de lo que el individuo ya cree.  La percepción sirve entonces no sólo para examinar la experiencia, sino también para proteger las conclusiones extraídas previamente de esa experiencia.

La percepción fijada designa la persistencia de una interpretación cuya autoridad depende de su resistencia a la corrección.  Su rasgo definitorio no es la recurrencia de un pensamiento, sino la subordinación de la información nueva a una conclusión que permanece sustancialmente inalterada.  La interpretación determina lo que el individuo reconoce como evidencia, mientras que la evidencia ya no ejerce una autoridad correspondiente sobre la interpretación.

La convicción ordinaria no exige una reconsideración continua, ni el desacuerdo demuestra una incapacidad de reflexión.  Una persona puede defender una posición porque la evidencia disponible sustenta esa posición, o resistirse a una conclusión incómoda sin perder la capacidad de reconocer su validez.  La distinción atañe a la relación entre la convicción y la evidencia.  Un juicio defendible permanece abierto al examen aun cuando quien sostiene ese juicio tenga razones poderosas para rechazar un argumento contrario.  La percepción fijada restringe ese examen al preservar la autoridad del juicio original con independencia de la información que se presente después.

La contradicción entre las convicciones de una persona y sus consecuencias puede permanecer oculta para quien sostiene esas convicciones.  Un individuo puede exigir reconocimiento por sacrificios pasados mientras toma decisiones que comprometen los intereses que esos sacrificios pretendían preservar.  Otro puede insistir en proteger su dignidad personal mientras adopta una conducta que menoscaba la independencia o la seguridad que tal protección debía asegurar.  En ambos casos, el individuo puede reconocer las consecuencias de su conducta presente sin conciliar esas consecuencias con los propósitos invocados originalmente para justificar esa conducta.

La dificultad es particularmente grave cuando la interpretación que un individuo hace de la conducta de otra persona descansa sobre un agravio, sea real, exagerado o atribuido por error.  La experiencia original puede sostener una convicción duradera acerca de las intenciones de la otra persona.  El individuo interpreta entonces los gestos ambiguos como hostilidad, las solicitudes de aclaración como acusaciones y el desacuerdo como deslealtad.  Aun las expresiones de buena voluntad pueden parecer insuficientes porque no atienden al agravio según el significado que el individuo ha asignado a esa experiencia.

Tal interpretación puede persistir sin engaño deliberado.  La distinción entre observación e inferencia pierde su función correctiva cuando un individuo trata la conducta de otra persona y las intenciones que se presumen detrás de esa conducta como hechos equivalentes.  Una pregunta sin respuesta establece, a lo sumo, que no se recibió respuesta alguna.  La ausencia de réplica no establece por sí misma indiferencia, desdén ni intención de ocultar información.  No obstante, un individuo que ya atribuye tales intenciones a otra persona puede interpretar esa ausencia como confirmación de la disposición sospechada.

El individuo concede así a la inferencia una autoridad que la sola observación no puede sustentar.  La información posterior se examina a través de la intención presunta, y la evidencia contradictoria puede desestimarse como una expresión más de la misma conducta.  El individuo puede permanecer atento a los acontecimientos sin distinguir lo que esos acontecimientos establecen de lo que una convicción existente exige que signifiquen.

Los individuos no se encuentran unos con otros con independencia de sus historias personales.  Portan recuerdos de afecto, decepción, obligación, traición y sacrificio.  Esos recuerdos influyen en lo que se espera del comportamiento ajeno y en lo que se entiende que significa una conducta determinada.  Un desacuerdo presente puede convocar experiencias cuya significación emocional excede las circunstancias inmediatas.

La memoria contribuye a este proceso, pero no sólo al preservar un relato de lo ocurrido.  El recuerdo implica reconstrucción, selección e interpretación, no la recuperación de un registro inmutable.  Una persona puede recordar un acontecimiento con exactitud en sus detalles principales mientras le asigna una significación que esos detalles no sustentan.  Una decepción inicial puede interpretarse retrospectivamente como negligencia deliberada, mientras desacuerdos posteriores sirven de confirmación aparente de esa interpretación.  La autoridad atribuida al recuerdo puede entonces exceder lo que las circunstancias originales establecen.

La rememoración reiterada refuerza esta autoridad cuando el acontecimiento recordado ocupa una posición familiar dentro de un relato establecido de la experiencia personal.  La familiaridad sostiene la continuidad, en particular cuando la incertidumbre amenaza la comprensión que un individuo tiene de su identidad personal.  Pero la continuidad de un recuerdo no establece la exactitud de cada inferencia asociada al acontecimiento recordado.

El acontecimiento, el recuerdo del acontecimiento y la interpretación vinculada a ese recuerdo permanecen distinguibles, aun cuando el individuo los experimenta como inseparables.  El acontecimiento concierne a lo ocurrido.  El recuerdo preserva y reconstruye un relato de lo ocurrido.  La interpretación asigna significación a la experiencia recordada.  No distinguir estas relaciones permite que la autoridad de un acontecimiento respalde conclusiones que el acontecimiento mismo quizá no justifique.

Un agravio recordado puede ejercer una influencia desproporcionada respecto de su valor probatorio.  El agravio pudo ser genuino, y el sufrimiento asociado a ese agravio puede seguir siendo considerable.  Sin embargo, la realidad del sufrimiento no establece la exactitud de cada juicio posterior sobre la persona a quien se tiene por responsable.  El individuo puede recordar con exactitud haber sufrido y, a la vez, atribuir erróneamente la misma intención a conductas ulteriores.

La distinción resulta especialmente difícil cuando la experiencia recordada contribuye a la comprensión que un individuo tiene de su carácter o de su condición moral.  Una experiencia de sacrificio puede sustentar la convicción de haber obrado con responsabilidad.  Una experiencia de traición puede sustentar la convicción de que otra persona no es digna de confianza.  Ninguna de las dos conclusiones se aplica necesariamente a cada circunstancia posterior, aun cuando la experiencia original se recuerde con exactitud.

Preservar la identidad personal es distinto de preservar cada juicio mediante el cual esa identidad se ha constituido.  Lo primero sostiene la continuidad de la comprensión de sí; lo segundo puede obstruir el desarrollo intelectual y moral.  Reconocer un error no equivale necesariamente a repudiar la propia historia.  Reconsiderar las intenciones de otra persona no equivale a invalidar el propio sufrimiento.  Admitir una contradicción no equivale a renunciar a la legitimidad de cada convicción sostenida con anterioridad.

Estas distinciones son especialmente importantes cuando un individuo comprende su identidad personal a través del sacrificio, de la responsabilidad o de la experiencia de haber sido agraviado.  Una persona que ha dedicado años al bienestar de otros puede interpretar la crítica de una decisión presente como una negación de esa historia de dedicación.  Sin embargo, el valor de la contribución anterior y la validez de la decisión presente son cuestiones distintas.  La contribución puede seguir mereciendo reconocimiento aun cuando la decisión requiera corrección.

Cuando un individuo no mantiene esa distinción, la reconsideración puede parecer una amenaza para la identidad personal y no sólo para el juicio sometido a examen.  El individuo defiende la interpretación porque esa interpretación sostiene un relato unificado de su historia personal.  Lo que para otra persona es una solicitud de aclaración puede vivirse como un intento de menoscabar toda una historia de afecto, sacrificio o responsabilidad.

La relación entre certeza y comprensión es central para esta dificultad.  La certeza concierne a la firmeza con que se sostiene una conclusión.  La comprensión concierne a la suficiencia de las relaciones establecidas entre los hechos, su interpretación y el juicio que de ellos se deriva.  Un individuo puede poseer una certeza considerable sin haber examinado adecuadamente esas relaciones.  A la inversa, una persona puede comprender la complejidad de una circunstancia y permanecer, no obstante, en la incertidumbre respecto de la conclusión que la evidencia disponible permite.

La dificultad no es la certeza en sí misma.  Los juicios bien fundados pueden justificar una confianza considerable.  La dificultad reside en permitir que la confianza en una conclusión establecida gobierne el examen de la evidencia.  En tales circunstancias, el individuo ya no se pregunta si una interpretación explica adecuadamente la experiencia, sino si la experiencia puede conciliarse con la interpretación ya aceptada.  La firmeza de la convicción puede guardar escasa relación con la suficiencia de su fundamento probatorio.

Esta separación entre certeza y comprensión explica también por qué la congruencia no es necesariamente coherencia.  La congruencia preserva una posición dentro de un relato establecido de los acontecimientos.  La coherencia exige que la posición permanezca compatible con la evidencia disponible, con otros juicios pertinentes y con los propósitos que justificaron originalmente la conducta examinada.  Una persona puede mantener un relato congruente de su dedicación personal mientras actúa de maneras que contradicen los intereses de las mismas personas hacia quienes se dirige esa dedicación.

La contradicción entre ese relato congruente y sus consecuencias no invalida necesariamente la dedicación original.  Tampoco establece esa contradicción que el individuo se proponga conscientemente causar daño.  La contradicción identifica una discrepancia entre el significado asignado a la conducta personal y las consecuencias de esa conducta.  El individuo puede permanecer fiel a un propósito recordado sin advertir que sus decisiones presentes ya no sirven a ese propósito.

Las consecuencias se extienden más allá del pensamiento individual.  Las relaciones humanas dependen de cierto grado de corrección recíproca.  Dos personas nunca viven un acontecimiento desde exactamente la misma posición, y ningún relato de una experiencia compartida abarca todas las circunstancias pertinentes.  La comprensión mutua exige más que un intercambio de explicaciones.  Exige la posibilidad de que el relato de otra persona modifique la propia interpretación.

Cuando esa posibilidad se restringe, la comunicación puede continuar sin producir comprensión.  Cada participante interpreta las explicaciones del otro participante a través de convicciones que permanecen sin examinar.  La conversación conserva la apariencia de deliberación, pero carece del examen recíproco necesario para modificar el juicio.  El lenguaje sigue activo, pero su función como medio de comprensión mutua disminuye.

Considérense dos individuos cuya historia común incluye cooperación, sacrificio personal y desacuerdos no resueltos.  El primer individuo ha dedicado un esfuerzo considerable a una empresa que ambos individuos comparten.  El segundo individuo reconoce ese esfuerzo, pero cuestiona una decisión reciente relativa a esa empresa, una decisión cuyas consecuencias siguen siendo inciertas, y solicita una aclaración.  El primer individuo interpreta la solicitud de aclaración como una negación de sus contribuciones pasadas y, en lugar de atender a la pregunta, enumera los sacrificios realizados y las dificultades superadas.

El segundo individuo no discute esos esfuerzos.  No obstante, las reiteradas referencias a esos esfuerzos sugieren una expectativa de deferencia que el segundo individuo considera injustificada.  La solicitud de aclaración se mantiene con mayor insistencia, y el primer individuo recibe esa insistencia como una prueba más de ingratitud.

Ambos individuos pueden tener fundamentos legítimos para sus respectivas inquietudes.  Las contribuciones pasadas pueden merecer reconocimiento, mientras que las decisiones presentes pueden requerir un examen independiente, y ninguna de las dos consideraciones excluye a la otra.  La incompatibilidad entre ambos individuos surge de las intenciones que cada individuo atribuye a la conducta del otro.  Una solicitud de información no establece por sí misma ingratitud, del mismo modo que el recuerdo de contribuciones pasadas no establece por sí mismo una exigencia de deferencia.

La interacción, sin embargo, refuerza ambas convicciones.  La insistencia del segundo individuo en obtener una aclaración parece confirmar la creencia del primer individuo de que se desacreditan sus esfuerzos anteriores.  La reiterada defensa de esos esfuerzos por parte del primer individuo parece confirmar la sospecha del segundo individuo de que se elude deliberadamente la pregunta inmediata.  La respuesta de cada individuo proporciona al otro individuo nuevos elementos que sostienen la interpretación original.

El desacuerdo no es una pugna entre una memoria exacta y una memoria defectuosa.  Ambos individuos pueden recordar las circunstancias anteriores con razonable exactitud.  Su desacuerdo concierne a la autoridad que esas circunstancias deben ejercer sobre el juicio presente.  El primer individuo considera las contribuciones pasadas como prueba de una responsabilidad continua y de un derecho al reconocimiento.  El segundo individuo considera esas contribuciones merecedoras de aprecio sin aceptar que su valor resuelva cada desacuerdo ulterior.  El reconocimiento de una contribución anterior no establece la validez de una decisión posterior, y cuestionar una decisión posterior no invalida la contribución que la precedió.

Ninguno de los dos individuos puede establecer las intenciones del otro a partir de la historia que comparten.  El primer individuo puede estar justificado al sentirse insuficientemente apreciado sin estar justificado al atribuir una ingratitud deliberada.  El segundo individuo puede estar justificado al solicitar una aclaración sin estar justificado al tratar cada explicación defensiva como una evasión.  La resistencia recíproca no implica una justificación equivalente:  un individuo puede poseer una evidencia más sólida o una pretensión legítima que el otro individuo se niega a reconocer, o ambos individuos pueden albergar inquietudes válidas mientras se apoyan en inferencias infundadas acerca de las intenciones del otro.  La validez de una pretensión no establece la intención atribuida a quien disputa esa pretensión.

La dificultad no se limita al desacuerdo original.  Cada individuo puede seguir defendiendo un interés legítimo mientras lee la conducta posterior a través de un supuesto que no ha sido examinado.  El primer individuo puede recibir cada nueva pregunta como prueba de ingratitud.  El segundo individuo puede recibir cada referencia al sacrificio anterior como prueba de una exigencia de deferencia.  La información nueva tiene entonces escasa oportunidad de modificar el juicio de cualquiera de los dos individuos.

Las consecuencias pueden alcanzar intereses que ninguno de los dos individuos se propone comprometer.  La empresa compartida puede quedar irresuelta, la relación entre ambos individuos puede deteriorarse, y decisiones destinadas a preservar intereses mutuos pueden exponer esos intereses a pérdidas evitables.  Ninguno de los dos individuos necesita desear tales resultados.  El primer individuo puede permanecer fiel a una historia de sacrificio sin preguntarse si la insistencia presente en el reconocimiento sirve todavía a los intereses que ese sacrificio protegió.  El segundo individuo puede permanecer fiel a una exigencia de aclaración sin preguntarse si cada respuesta defensiva justifica la sospecha que se le asigna.  El relato de cada individuo permanece congruente; ninguno de los dos relatos se examina en cuanto a su coherencia.

La dificultad no es necesariamente clínica.  La inversión emocional, el resentimiento prolongado, el razonamiento defensivo, la ansiedad y los hábitos establecidos de juicio pueden restringir la reconsideración.  Ciertas afecciones neurológicas y psiquiátricas pueden comprometer también la flexibilidad cognitiva, las funciones ejecutivas y la conciencia de las propias dificultades.  Una conducta semejante no establece que estas circunstancias distintas compartan una causa común.

La perseveración clínica concierne a la persistencia o recurrencia inapropiada de una respuesta o de un comportamiento.  La obsesión implica comúnmente pensamientos o impulsos recurrentes e intrusivos.  La anosognosia concierne a la falta de conciencia de la propia enfermedad o de las propias limitaciones funcionales.  Estos fenómenos difieren en sus rasgos definitorios y en su significación clínica.  La persistencia de una interpretación frente a una evidencia potencialmente correctiva no establece, por sí misma, ninguna de estas afecciones.

La observación no puede determinar con fiabilidad si un individuo no está dispuesto a revisar un juicio o si su capacidad para revisarlo está disminuida.  Esa distinción requiere evidencia que vaya más allá de la persistencia del desacuerdo, incluidos los cambios a lo largo del tiempo, la constancia a través de diversas circunstancias y, cuando proceda, la evaluación profesional.  La percepción fijada designa un patrón descriptivo de resistencia interpretativa sin establecer una explicación psicológica o neurológica particular.

Tampoco el reconocimiento de la resistencia interpretativa exime a quien reconoce esa resistencia.  Un observador puede identificar con exactitud las contradicciones en el relato de otro individuo mientras pasa por alto los supuestos que gobiernan la interpretación del propio observador.  A la inversa, un observador puede confundir un desacuerdo justificado con una resistencia a la corrección cuando la posición del otro individuo desafía una convicción que el observador considera evidente por sí misma.

La dificultad persiste aun cuando el observador no participa en el desacuerdo original.  Una vez que el observador espera resistencia, una pregunta sin respuesta puede dejar de significar meramente la ausencia de una réplica; el observador puede tomar esa ausencia como prueba de que la otra persona se niega a reconsiderar.  Una respuesta demorada, una objeción o una solicitud de aclaración pueden entonces parecer confirmar la evaluación original del observador, y el observador trata como evidencia independiente lo que esa misma evaluación ha suministrado.

La posibilidad de tal error no implica que todo observador incurra en percepción fijada, ni que las interpretaciones en pugna posean igual validez.  Un observador puede mantener una conclusión porque la evidencia sigue sustentando esa conclusión, o revisar la conclusión porque la evidencia la ha matizado.  La distinción decisiva no reside en si un juicio cambia, sino en si la evidencia contradictoria recibe un examen independiente de la conclusión ya sostenida.

La susceptibilidad del observador a la percepción fijada no invalida la observación.  Esa susceptibilidad señala un límite inherente al juicio mismo:  quien examina la interpretación de otra persona debe valerse de las mismas facultades de discernimiento y de corrección cuya ausencia está considerando.  El reconocimiento, por parte del observador, de la resistencia de otra persona puede ser exacto; sin embargo, ese reconocimiento no establece la fiabilidad de cada inferencia que después se le asocie.

La percepción fijada plantea una dificultad que no puede resolverse identificando su presencia en otro individuo.  El juicio mediante el cual se reconoce el fenómeno permanece sujeto al fenómeno mismo.  Lo que determina la fiabilidad de ese juicio no es la convicción del observador de haber comprendido, sino que la evidencia conserve la capacidad de corregir la interpretación.

« Eje IV: La historia como reconstrucción contingente »

September 15, 2026
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005
Ricardo F. Morín
Estrata Infinita
35,5 x 50,8 cm
Acuarela, carboncillo, tintes, óleo y corrector líquido sobre papel
2005

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL

 

Las personas aprenden sobre el pasado a través de lo que otros les cuentan.  Los padres relatan tiempos anteriores,  los docentes explican los acontecimientos en secuencia,  las autoridades emiten declaraciones,  y las comunidades preservan relatos que explican qué ocurrió y por qué fue importante.  Estos relatos no presentan el pasado en su totalidad.  Seleccionan ciertos hechos,  los conectan entre sí,  y les otorgan peso,  mientras dejan otros de lado.  Con el tiempo,  estas explicaciones se convierten en formas familiares de comprender de dónde provienen las cosas.

 

A medida que las circunstancias cambian,  las personas regresan a estos mismos relatos para dar sentido a nuevas situaciones.  Sin descubrir hechos nuevos,  los narradores pueden enfatizar acontecimientos distintos,  establecer nuevas conexiones,  o describir los mismos resultados bajo una luz diferente.  Un episodio mencionado brevemente puede llegar a considerarse decisivo.  Un resultado antes descrito como accidental puede explicarse luego como necesario.  Lo que cambia no es lo ocurrido,  sino la manera en que las personas lo organizan y lo invocan.

 

Quienes relatan el pasado lo hacen desde sus propias posiciones.  Cada relato refleja lo que su emisor puede ver,  recordar,  y explicar.  Nadie posee el cuadro completo.  La autoridad no surge porque un relato individual sea completo o neutral.  La autoridad surge cuando múltiples relatos comienzan a superponerse.  Cuando distintas personas,  hablando desde posiciones diferentes,  se refieren a los mismos hechos de manera similar,  sus relatos se refuerzan mutuamente.  Lo que adquiere peso no es un punto de vista privilegiado,  sino un patrón de referencias que se vuelve más fácil de repetir,  enseñar,  y utilizar.

 

Por ello,  la continuidad no se descubre en el pasado,  sino que se ensambla a posteriori.  Las personas trazan líneas entre acontecimientos que no fueron vividos como conectados en su momento.  Los períodos reciben nombres,  se identifican puntos de inflexión,  y se asignan comienzos solo después de que desarrollos posteriores hacen que tales disposiciones parezcan sensatas.  La coherencia que presenta la historia refleja cómo los hechos se organizan en retrospectiva,  no cómo fueron vividos mientras se desarrollaban.

 

La autoridad histórica no crece solo por añadir más datos.  Crece al estabilizar una forma de ordenar esos datos.  Una vez que un ordenamiento particular se vuelve familiar,  sirve como punto de referencia.  Otras explicaciones no se descartan por carecer de información,  sino porque no encajan en la forma predominante de conectar los hechos.  La autoridad se adhiere al arreglo que se sostiene,  no al archivo en sí.

 

A medida que los principios utilizados para organizar el pasado se modifican,  la autoridad se desplaza silenciosamente con ellos.  Las mismas fechas,  nombres,  y acontecimientos permanecen visibles,  pero sus relaciones e implicaciones cambian.  Debido a que los detalles superficiales persisten,  la reorganización más profunda suele pasar desapercibida.  Lo que cambia no es el registro,  sino la lógica mediante la cual el registro se vuelve inteligible.

 

La historia,  por lo tanto,  no ofrece un relato fijo de lo ocurrido.  Ofrece una manera de dar sentido a lo ocurrido que perdura el tiempo suficiente para orientar la comprensión y la acción en el presente.  Esa coherencia permanece condicionada por las circunstancias que la sostienen.  Cuando esas condiciones cambian,  los relatos históricos no desaparecen,  sino que se reorganizan.  La autoridad persiste no porque el pasado haya quedado resuelto,  sino porque un determinado ordenamiento continúa funcionando.

 

La historia adquiere autoridad no al fijar el pasado,  sino al estabilizar un arreglo de acontecimientos que puede perdurar el tiempo suficiente para orientar el juicio,  aun cuando los principios que producen ese arreglo continúan cambiando.


 

« Eje VI: Autoría: Exposición a la interpretación »

September 10, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
35,5 x 51 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron.  Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar.  Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro.  Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó.  Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla. 

Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención.  Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias.  A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta.  El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula. 

A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja.  Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada.  Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor.  Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida. 

Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control.  El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye.  Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos.  La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato. 

Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión.  Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación.  Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado.  Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto. 

La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio.  Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención.  Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue.  La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial. 

La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Eje III: El testimonio como percepción pluralizada »

September 8, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
20 x 25 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003
Ricardo F. Morín
Plantillas III
20 x 25 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas rara vez experimentan los acontecimientos en soledad.  Lo que alguien ve, oye o advierte pronto es comentado, comparado o cuestionado por otros.  Una experiencia se convierte en relato cuando se cuenta, y una vez contada, ingresa en un espacio donde ya existen otros relatos.  Desde ese momento, la percepción deja de ser singular.  Solo se vuelve inteligible en relación con lo que otros percibieron, recordaron o esperaron bajo condiciones distintas.

 

Cuando una persona da testimonio de lo que presenció, ese relato no conserva intacta la experiencia.  La sitúa junto a otras percepciones que no coinciden plenamente con ella.  Diferencias de posición, atención, memoria, lenguaje y expectativa moldean lo que cada quien advirtió y cómo lo comprendió.  Incluso cuando varias personas atienden al mismo hecho, el énfasis y la significación no se alinean por completo.  El testimonio se desplaza así dentro de un campo plural donde el significado surge por comparación más que por preservación.

 

Dentro de este campo, el acuerdo es provisional y no garantizado.  Los relatos pueden superponerse en ciertos puntos y divergir en otros.  Ningún relato individual puede absorber a los demás sin resto.  El testimonio no se asienta de manera natural en un significado único porque la percepción misma se distribuye entre puntos de vista distintos que no pueden fusionarse sin pérdida.

 

En tales condiciones, el malentendido no indica mala fe.  Persiste incluso cuando todos los involucrados intentan ser precisos.  La divergencia no surge del engaño ni del descuido, sino del hecho de que cada relato refleja una relación diferente con el mismo acontecimiento.  Los intentos de aclarar un relato mediante referencia a otro suelen aumentar la conciencia de la diferencia en lugar de resolverla, pues la explicación introduce distinciones que antes no eran visibles.

 

A medida que se acumulan relatos plurales, crece la presión por asegurar el acuerdo.  El significado compartido comienza a tratarse como un requisito y no como un resultado.  El consenso se toma como sustituto de la exactitud, y lo que muchos afirman se asume como lo que más se aproxima a lo ocurrido.  Sin embargo, el acuerdo numérico no elimina la diferencia perceptiva.  Solo estabiliza una interpretación el tiempo suficiente para que la coordinación sea posible.

 

Bajo esta presión, el testimonio suele reformularse para privilegiar la legibilidad sobre la fidelidad.  Los relatos se simplifican, se alinean o se atenúan para encajar en un marco aceptado de comprensión.  Aquello que resiste la integración se descarta como confusión o irrelevancia.  El campo del testimonio se estrecha no porque las diferencias se hayan resuelto, sino porque han sido excluidas.

 

Lo que el testimonio ofrece, entonces, no es un acceso directo a los acontecimientos, sino una superficie negociada sobre la cual las percepciones se comparan y se alinean de manera provisional.  La estabilidad que produce este proceso es práctica y no definitiva.  Permite actuar en conjunto aun cuando persisten diferencias no resueltas.  El testimonio permanece abierto a revisión no porque falte sinceridad, sino porque la percepción no puede escapar de la pluralidad a través de la cual se vuelve compartida.

 

Cuando se exige un significado común a partir de una percepción plural, puede alcanzarse el acuerdo, pero la convergencia no está garantizada.  El testimonio coordina perspectivas sin disolver las diferencias que hacen necesaria esa coordinación.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« Sala de silencio »

August 26, 2026

Ricardo Morín
Triangulación III: Sala de silencio
22″ x 30″
Color del cuerpo, sanguina, sepia y tinta Sumi sobre papel.
2008

Proemio

La experiencia que aquí relato ocurrió en una sala designada como “Quiet Room”, un término que en inglés suele entenderse como un espacio neutral:   un lugar de silencio, descanso o reflexión, sin propósito ritual.   Sin embargo, los espacios no siempre significan lo mismo para todos.   En algunas lenguas y tradiciones, el silencio evoca de inmediato la oración; la ausencia de mobiliario sugiere postración; y la presencia de textiles, ritual.

Esa asimetría semántica —lo que para unos es un ámbito de quietud sin propósito definido, para otros es un lugar de culto tácito— contribuye a que surjan malentendidos donde no hay intención de conflicto.   El encuentro que narro no pretende ejemplificar tensiones religiosas, sino mostrar cómo el significado de un espacio puede desplazarse sin aviso, y cómo quienes coinciden en él pueden interpretarlo desde marcos de referencia distintos, a veces inconciliables.

Ricardo F Morín

Noviembre, 2025

Oakland Park, Florida


1

El chofer y yo veníamos conversando sobre cómo el poder ejecutivo suele ocultar sus verdaderos motivos—cómo se presenta como una fuerza de rescate mientras persigue formas de explotación a su propio favor.   Pasamos el trayecto examinando esas contradicciones, con la sensación breve de comprender un poco mejor nuestro mundo.

2

El aire frío de la mañana nos acompañó mientras avanzábamos por el tráfico congestionado hacia el aeropuerto de Filadelfia.   Regresaba a Fort Lauderdale después de dos días de pruebas cardiológicas no disponibles para mí en Florida.   Sin equipaje, pasé directamente por TSA PreCheck con solo un bolso de hombro.   Poco después de llegar a la puerta de embarque, se anunció un retraso de seis horas.   Decidí comprar una mochila y buscar un lugar tranquilo para ordenar mis cosas.

3

Pronto encontré una sala marcada como Quiet Room (‘Sala de Silencio’), claramente identificada como un espacio de silencio, descanso o reflexión.   Entré con esa expectativa.   La sala estaba dividida en varios espacios íntimos, con bancos empotrados en algunos de los muros.   La iluminación era tenue y el aire tenía una quietud que contrastaba con el bullicio del resto de la terminal.   Aunque sobrias en su mobiliario, las habitaciones estaban cubiertas con cortinas plisadas que amortiguaban el sonido, y esta suavización de la acústica creaba un perímetro silencioso que se separaba del ruido exterior.   Solo una de las secciones más pequeñas tenía un lavabo, con un resplandor tenue sobre su superficie.

4

Sobre lo que parecía ser un mueble alto, había varios textiles doblados.   Sus texturas y estampados variaban (unos sedosos, otros de lana o sintéticos).   A primera vista parecían más mantas que otra cosa.   Nada en la habitación sugería un propósito distinto al indicado por el cartel de entrada.   Era, en lo visible, una sala de silencio abierta a cualquiera.

5

Me paré frente a uno de varios bancos y comencé a pasar mis pertenencias del bolso de hombro a la nueva mochila.   El simple acto de reorganizar los objetos creó su propio ritmo dentro del silencio.   Casi había terminado cuando una voz detrás de mí interrumpió el silencio.   Me giré y vi a un hombre repitiendo, con certeza:   « Este es un lugar de oración ».

6

Su certeza anuló el significado indicado de la habitación.   No hubo cortesía, ni explicación, ni reconocimiento del cartel que definía el espacio al que había entrado.   Me di la vuelta para completar lo que casi había terminado.   El hombre pasó a una de las secciones contiguas.   Una mujer permaneció en el espacio más grande en el que yo estaba, en silencio, esperando a que me fuera.   Salí.   Por un momento me sentí como un transgresor, aunque nada lo justificaba.

7

Me sorprendió la rapidez con la que la confianza se transformó en sensación de disminución.

8

Me había convertido en parte de un encuentro inesperado.   Una sola afirmación —ni explicada ni negociada— había alterado la atmósfera sin previo aviso.

9

Pocos minutos después y todavía inquieto, regresé impulsivamente a la Sala de Silencio, tal vez para encontrar algún cierre.   En la sección más pequeña con el tocador, varios hombres se lavaban las manos mientras murmuraban cánticos u oraciones, apenas audibles pero perceptibles.   Sus voces se mezclaban con el sonido del agua corriendo, creando un tono bajo y continuo.   En la sección más grande, la misma mujer estaba de pie en silencio, frente a uno de los textiles que había colocado en el suelo diagonal a través del estrecho espacio que ocupaba.   Las características físicas de la habitación no habían cambiado, pero su significado público había adquirido otro sentido.   Lo que había sido neutral ahora se sentía definido por un significado para el que no estaba preparado ni había sido invitado a compartir.

10

Salí de nuevo y regresé a mi puerta de embarque.   Con el tiempo, la emoción se calmó, aunque el momento permaneció vívido mientras lo escribía.

11

Más tarde, recreé mentalmente la escena y la respuesta que no había logrado pronunciar:   « Este es un espacio para rezar. Yo también estoy rezando ».

12

Pero no encontré certeza en el recuerdo de ello, solo preguntas que persistían:   ¿cómo puede un significado claramente publicado, “Sala de Silencio”, ser desplazado por uno tácito?   ¿Fue el agravio o la exclusividad lo que redefinió los límites de una sala pública sin una sola palabra de justificación?   ¿Con qué rapidez puede un espacio neutral volverse disputado antes de que alguien sepa cómo enfrentar el cambio en sí?   ¿Cómo enfrenta uno la responsabilidad de comunicarse con claridad?   Desde cualquier punto de vista, ninguno de nosotros lo había logrado.


« Lenguaje diagnóstico y la disciplina de ver »

June 17, 2026
Ricardo F. Morín
Icosaedro
60″x 37″
Óleo sobre lino
2005

Ricardo F. Morín

7 de febrero de 2026

Oakland Park, Florida

La distinción entre lenguaje interpretativo y lenguaje diagnóstico revela dos orientaciones distintas frente a la realidad.  El lenguaje interpretativo organiza la percepción hacia un significado.  El lenguaje diagnóstico expone estructuras sin dirigir conclusiones.  Uno dispone el entendimiento a lo largo de un recorrido;  el otro aclara el campo donde el entendimiento puede surgir.

La interpretación parte de la premisa de que la experiencia requiere orientación.  Las relaciones se configuran para que la coherencia aparezca mediante asociaciones guiadas.  Incluso cuando se presenta como abierta, la interpretación tiende al cierre porque la percepción se dispone hacia una resolución.

El lenguaje diagnóstico funciona de otra manera.  La ambigüedad no se elimina ni se prolonga;  se delimita.  Diagnosticar consiste en distinguir condiciones, no en resolverlas.  La explicación cede ante la observación.  La persuasión cede ante la precisión.

La deliberación cognitiva suele confundirse con ensoñación.  Las pausas, los refinamientos y la resistencia al cierre prematuro pueden parecer distancia frente a la realidad.  Esa apariencia malinterpreta la abstracción.  La abstracción no separa al pensamiento de lo real;  modifica la forma de acercarse a él.  La desconexión aparece únicamente cuando la abstracción se convierte en residencia y no en instrumento.

Un soñador habita lo posible desde la imaginación.  Alguien percibido como con la cabeza en las nubes es juzgado como desligado del terreno práctico.  Ambas descripciones nombran percepciones, no estructuras.  La diferencia decisiva reside en el modo de compromiso:  cuando la abstracción se utiliza diagnósticamente, intensifica el contacto con la realidad en lugar de sustituirlo.

Un momento durante la selección del jurado ilumina esta distinción.  La pregunta sobre si un artista es retratista no explora la técnica sino la observación.  La respuesta disuelve la separación supuesta entre abstracción y representación.  La práctica abstracta no reduce la proximidad con lo real.  El retrato y la abstracción comparten la misma tarea:  percibir la esencia.  Lo que cambia es la forma de acceso.  La abstracción funciona como diagnóstico:  una manera de revelar estructura sin depender de la apariencia literal.

La escritura diagnóstica opera como la abstracción en las artes visuales.  Lo real no se abandona.  La percepción se reorganiza para que las relaciones subyacentes se vuelvan visibles.  La dirección narrativa se suspende.  La estructura emerge por yuxtaposición y no por instrucción.

El malentendido surge cuando se espera guía en lugar de exposición.  Las preguntas que afinan la percepción parecen incertidumbre.  La demora en el cierre parece vacilación.  La intención es distinta:  la claridad nace del reconocimiento estructural y no de la resolución interpretativa.

Una ética de la contención sostiene este enfoque.  La visión y la humildad permanecen centrales, pero no pueden declararse sin convertirse en representación.  Una vez afirmadas, la visión se transforma en autopromoción y la humildad en exhibición.  Ambas permanecen implícitas, reveladas por la atención y no proclamadas como identidad.  La precisión sustituye a la autoridad.  La claridad sustituye a la prescripción.

Desde esta perspectiva, la oposición entre realismo y abstracción se disuelve.  El pensamiento no se desconecta por atravesar lo conceptual.  La desconexión comienza cuando la abstracción se vuelve refugio.  Utilizada diagnósticamente, la abstracción se convierte en tránsito:  un movimiento a través de la incertidumbre que regresa con una percepción más afinada.

La pregunta no es si alguien es un soñador o alguien con la cabeza en las nubes.  La diferencia reside en cómo se habita la abstracción.  Algunos permanecen suspendidos en ella.  Otros la atraviesan deliberadamente y revelan estructuras que de otro modo permanecerían invisibles.

El lenguaje diagnóstico pertenece a este segundo movimiento.  No dirige ni reclama autoridad.  Crea condiciones de visibilidad donde la percepción se aclara sin coerción y la comprensión emerge sin mandato.