Ricardo F. Morin Serie de Nueva York, Sin título 24″ x 36″ Óleo sobre lienzo 1992
1. Una persona apartada de la interrupción, el juicio, la dependencia y el ruido puede llegar a creer que la soledad esclarece el ser. Alejado de la presencia continua de los demás, el individuo se vuelve más consciente de hábitos, recuerdos, reacciones y movimientos interiores que normalmente se dispersan en la relación cotidiana. El silencio parece reunir la experiencia dentro de una mayor claridad. Sin embargo, el aislamiento prolongado revela algo menos esperado: la vida interior no permanece inmóvil simplemente porque ocurra en soledad.
2. El pensamiento comienza a girar dentro de su propia continuidad sin resistencia. La reflexión pierde proporción cuando nada la interrumpe desde fuera de sí misma. Un recuerdo repetido suficientes veces comienza a sentirse cada vez más completo cuando no lo es. Un temor que no recibe otra perspectiva se profundiza dentro de su propio encierro. Incluso el silencio cambia de carácter. Ninguna respuesta llega. Ninguna interrupción. Nada entra desde fuera de uno mismo.
3. Quizás por ello la soledad termina buscando nuevamente alguna forma de relación, incluso allí donde no hay otra persona presente. El ermitaño habla con Dios, con la memoria, con la naturaleza o con el propio silencio. La mente se extiende más allá de su propio encierro no necesariamente por debilidad, sino porque la vida interior por sí sola no logra restituirse plenamente la proporción.
4. No nos descubrimos únicamente en la abstracción. Gran parte de lo que llamamos individualidad se vuelve perceptible a través de la relación. La paciencia, el resentimiento, la ternura, la vanidad, el valor, el perdón y la responsabilidad no se revelan plenamente en separación de los demás. Emergen mediante el contacto, la decepción, el afecto, el malentendido, la dependencia y el cuidado. El otro no disminuye la individualidad. Algo en nosotros se vuelve más visible en la relación que en el retiro.
5. La comunicación no elimina la distancia entre los seres humanos. La revela. Ninguna persona cruza por completo la distancia interior que separa una conciencia de otra. El sufrimiento, la mortalidad, la memoria y la percepción permanecen como experiencias singulares. Sin embargo, suele ser precisamente a través del esfuerzo por comunicarnos que esa separación llega a volverse reconocible. Descubrimos cuán lejos permanecemos unos de otros precisamente en el intento de alcanzarnos a través de esa distancia.
6. El otro no es una extensión de uno mismo ni una abstracción simbólica. Permanece distinto, vulnerable y finito. El amor, por tanto, no puede consistir únicamente en apego, posesión o dependencia. Su fuerza más profunda reside en la capacidad de reconocer otra existencia sin intentar disolverla dentro de las propias necesidades, temores o proyecciones. La compasión surge silenciosamente de esta condición.
7. El aislamiento se vuelve imposible no porque la soledad carezca de valor, sino porque la vida humana se extiende continuamente más allá de la continuidad privada. Incluso el retiro conserva rastros de relación: lenguaje, memoria, anhelo, reconocimiento, plegaria, imaginación. La mente no sólo se encierra en sí misma. También responde. Busca. Recuerda. Se dirige hacia aquello que permanece más allá de ella.
8. Quizás por ello las formas más profundas del amor no eliminan la soledad. Le permiten sostenerse sin endurecerse en encierro. La compasión no supera la distancia eliminando la diferencia. Cada persona permanece singular y, en última instancia, inalcanzable en su totalidad, y aun así digna de cuidado. En ese reconocimiento, el aislamiento deja de parecer posible como condición final de la vida humana.
¿Qué puede confiarse a un vínculo cuando su sentido no es el mismo para quienes lo comparten?
Ninguna relación responde de antemano a esta pregunta. El afecto puede causar inquietud; el silencio puede preservar una conexión o dejarla desaparecer. La comunicación comienza antes de que cualquiera de las dos personas sepa qué revelará el encuentro acerca del vínculo que las une.
Dos personas pueden reconocer un mismo vínculo sin darle el mismo sentido. Para una, la familiaridad permite el contacto espontáneo; para otra, la conexión no concede por sí sola el acceso. La diferencia permanece oculta mientras la conversación sigue caminos conocidos. Se hace visible cuando algo inesperado entra en la relación: una confidencia, un recuerdo, una visita o una reflexión escrita.
Cuando una persona comparte algo personal, entre ambas pasa algo más que un contenido. Una parte de la vida interior se confía al vínculo, y el vínculo mismo queda al cuidado de las dos personas. Quien recibe encuentra lo compartido junto con la confianza de que la relación puede sostenerlo. Esa confianza puede conmover y también traer consigo atención, recuerdos u obligaciones para los cuales no se había preparado ningún espacio.
Quien comparte renuncia a controlar cómo será entendido el gesto. Quien lo recibe debe responder a algo cuyo sentido y cuyas exigencias aún desconoce. Sus vulnerabilidades se encuentran, pero no coinciden. Ninguna de las dos posiciones revela por sí sola el sentido completo del intercambio.
La diferencia puede presentarse primero como malestar. La irritación, la aprensión, la presión o la fatiga buscan una explicación y la encuentran en las circunstancias visibles: un momento inoportuno, una visita inesperada, un mensaje reiterado, un asunto difícil. Una regla acerca de cómo deberá ocurrir el contacto en adelante da entonces una forma clara a un sentimiento que todavía no se comprende.
Un límite puede conocerse únicamente cuando un encuentro llega hasta él. Antes de ese momento, quien se acercó no podía preverlo, mientras quien sintió la presión quizá todavía no sabía cómo nombrarlo. Si después el límite se hace valer como si siempre hubiera estado claro, el encuentro queda juzgado según condiciones que surgieron del encuentro mismo.
Una regla sobre el contacto futuro puede impedir que regrese el mismo malestar. La visita deberá ser acordada, el mensaje deberá estar precedido por una consulta y el asunto solo podrá plantearse después de recibir permiso. Estas condiciones pueden hacer posible el contacto y también reducir lo que puede entrar en la relación. El afecto permanece, pero cada persona confía al vínculo una parte menor de su vida.
El duelo vuelve especialmente visible esta incertidumbre. Después de una muerte, los familiares se encuentran mientras llevan consigo recuerdos distintos de una misma persona. El afecto, la ira, la lealtad, el resentimiento, la tristeza y el alivio pueden ocupar el mismo espacio emocional antes de que alguno de ellos encuentre expresión. Una visita puede llevar consigo cuidado y también acercar la historia emocional de la familia. Las reglas sobre el momento, la duración, la privacidad o la hospitalidad dan una forma práctica a sentimientos que todavía no han encontrado palabras.
La escritura también confía algo personal a una relación. Un ensayo llega después de que su autor ya ha convivido con los recuerdos y las decisiones que le dieron forma; quien lo recibe encuentra de una sola vez todo lo que contiene el texto. Los medios digitales colocan la reflexión íntima junto a avisos, enlaces y comentarios pasajeros. La frecuencia, la extensión y la ubicación se hacen visibles de inmediato, mientras el trabajo y la confianza depositados en la escritura resultan menos evidentes.
El permiso previo puede proteger el tiempo y la atención de quien recibe. También cambia lo que se entiende que permite la relación. Para una persona, consultar primero ofrece una manera de mantener el contacto; para otra, significa que la confianza espontánea ya no forma parte del vínculo. Una misma regla puede tener, por tanto, un sentido distinto para cada persona sin aclarar en qué se ha convertido la relación que comparten.
Las personas aprenden lo que permite una relación mediante experiencias repetidas, muchas veces antes de que se exprese regla alguna. Los niños observan qué asuntos cambian el ambiente, qué visitas producen tensión y qué expresiones de necesidad provocan el retraimiento. Sin que nadie se lo explique, aprenden qué puede compartirse, quién puede acercarse y cuánta cercanía puede sostener la relación. Mediante la repetición, una respuesta a un solo hecho puede llegar a parecer parte natural del orden familiar.
Las ideas previas pueden entrar en una relación antes de que cualquiera de las dos personas advierta su presencia. Algunas son impuestas desde fuera por los juicios ajenos; otras llegan al encuentro sin haber sido puestas a prueba. El prejuicio puede entonces influir en lo que se percibe antes de que el gesto haya sido comprendido. La cautela puede responder a una circunstancia presente, a una experiencia anterior o a una expectativa que nunca se ha comprobado. La conducta por sí sola no revela cuál de estas posibilidades está actuando.
Cuando las condiciones del vínculo permanecen sin decirse, la anticipación puede ocupar el lugar de la comunicación. Se evitan ciertos asuntos, se retiran las invitaciones y cada persona actúa según lo que espera que la otra rechace. Se confía menos a la relación y, por ello, la relación ofrece menos pruebas de lo que puede sostener. El escaso trato alimenta la cautela; la cautela mantiene el escaso trato.
Dentro de esta reducción, una reacción nacida de la vulnerabilidad puede convertirse en una explicación de la conducta ajena. Una regla dirigida hacia fuera proporciona una explicación clara mientras permanece sin examinar el sentimiento que la exigió. Una persona puede saber qué no puede recibir sin saber todavía por qué. La otra puede saber qué quiso comunicar sin saber cómo llegó. Cada una conoce solo una parte del encuentro.
El vínculo sigue siendo reconocible aun cuando su sentido ya no sea compartido. Cada nuevo gesto llega marcado por lo que antes fue recibido, rechazado o dejado sin respuesta. Ninguna de las dos personas posee el sentido completo de la relación. Sigue siendo incierto qué puede confiarse a ella, así como lo que otro encuentro podría revelar.
Ricardo F. Morín « El templo de Zeus bajo el agua » CGI 2003
Los hermanos llevaban muchos años intentando concluir asuntos que habían sobrevivido a la muerte de ambos padres. El padre había muerto casi tres décadas antes. La madre murió años después, y aun así las responsabilidades no terminaron. Algunas propiedades seguían sin venderse. Antes de que aquellos asuntos pudieran concluirse, otra pérdida entró en la familia. La hermana del medio murió el año anterior. Sus bienes y asuntos personales tuvieron entonces que incorporarse a responsabilidades que ya se habían prolongado durante muchos años.
Antiguos registros y cadenas titulativas que se remontaban al siglo diecinueve conservaban certificaciones, sellos y anotaciones provenientes de distintas décadas y distintos gobiernos.
El país mismo había cambiado durante las últimas tres décadas. La moneda y las propiedades perdían valor antes de que las transacciones pudieran completarse. Las oficinas cerraban y reabrían bajo reglamentos distintos, en ocasiones incluso bajo otros nombres.
Para poder liberar propiedades, formalizar transferencias y liquidar activos, era necesario reunir registros, certificaciones y cadenas documentales que distintas oficinas y autoridades fiscales requerían presentar. Los trámites quedaban detenidos entre exigencias administrativas, obligaciones fiscales e intermediarios capaces de acelerarlos, que de otro modo podían permanecer paralizados durante meses. Expedientes se acumulaban junto a sellos, firmas y anotaciones provenientes de distintas décadas.
Los trámites se habían prolongado por meses y años. Mientras tanto, los hermanos envejecían separados a ambos lados del Atlántico. El mayor, todavía ejerciendo la abogacía en Venezuela, seguía desplazándose entre tribunales, registros y oficinas en procura de reclamaciones y transferencias aún sin resolver.
Al mismo tiempo, unas tierras que anteriormente habían pertenecido a la familia continuaban ligadas a un litigio después de haber sido expropiadas ilegalmente por el Estado años atrás. Sostener el reclamo exigía certificaciones, registros de archivo, escritos judiciales, autorizaciones, apelaciones y contrademandas. Tasas municipales, impuestos y costos procesales seguían acumulándose mientras las responsabilidades mismas permanecían inconclusas.
Desde fuera del país solo podía percibirse parcialmente cómo los procedimientos allí cambiaban de un mes a otro y, en ocasiones, de un día para otro. Algunos introducían exigencias. Otros dejaban de estar disponibles por completo. Otro día ya se había ido entre oficinas, registros y tribunales.
Los mensajes circulaban constantemente entre ellos mediante llamadas, correos reenviados, recibos, documentos escaneados, explicaciones y recordatorios. Uno de los hermanos preguntó si todavía podía efectuarse un pago antes de que otro aumento de impuestos en el extranjero volviera aún más onerosa la transferencia. La respuesta enumeraba oficinas ya visitadas aquella semana y certificaciones que seguían faltando. Antes de que la pregunta volviera a retomarse, el intercambio ya se había desplazado hacia un desacuerdo anterior que otros creían resuelto.
El segundo de los hermanos, que había salido de Venezuela muchos años antes, le explicó a uno de ellos que los recordatorios relacionados con los poderes buscaban evitar retrasos. A otro le explicó que los mensajes sin respuesta comenzaban a entenderse de otra manera. Uno de los hermanos escribía hasta altas horas de la noche para evitar malentendidos. Otro respondía brevemente a la mañana siguiente antes de regresar a las oficinas.
Una firma que se creía suficiente fue rechazada más tarde por carecer de una autenticación adicional que nadie había mencionado antes. Una oficina solicitó documentos que ya habían sido enviados semanas atrás. Otra confirmó haberlos recibido, aunque no pudo indicar cuándo revisarían el asunto. Una respuesta demorada dejó de ser solamente una demora.
Algunas preguntas recibían respuestas parciales. Otras eran reconocidas y dejadas sin responder. Un mensaje preguntando si todavía podían enviarse los fondos antes de finalizar el mes recibió únicamente esta respuesta: “Estamos haciendo lo que podemos desde aquí.” Otro mensaje preguntando si los documentos de la venta de la propiedad ya habían sido consignados recibió como respuesta comentarios sobre planes de viaje de verano y sobre si la firma necesaria todavía podría obtenerse a tiempo.
Recordó un juego de la infancia en el que una frase pasaba de una persona a otra hasta regresar alterada, a veces accidentalmente y otras no. En aquel entonces, las alteraciones formaban parte de la diversión.
Cuando intentó describir parte de aquello, uno de los hermanos le dijo que estaba filosofando otra vez. El comentario fue lo bastante moderado para evitar una discusión, aunque la explicación no continuó después de eso.
Un requisito completado una semana regresaba a la siguiente acompañado de una nueva condición.
Un mensaje revisado varias veces antes de ser enviado permaneció sin respuesta durante días. Otro recibió apenas un breve acuse que no hacía referencia a lo que realmente se había escrito. Para cuando llegó la siguiente respuesta, aquello que había quedado sin responder en el mensaje anterior ya comenzaba a afectar el intercambio que siguió.
Más tarde llegó un mensaje informando que uno de los asuntos pendientes finalmente había sido completado. Nadie hizo referencia a lo que había precedido la resolución. Los intercambios retomaron un tono más calmado, y la atención se desplazó hacia lo que seguía pendiente.
*
Ricardo F. Morín, 7 de Mayo de 2026, Bala Cynwyd, PA.
Ricardo F. Morín Dodecaedro 60″x 37″ Óleo sobre lino 2005
Ricardo F. Morín
12 de junio de 2026
Bala Cynwyd, Pensilvania
Todas las entidades vivas persisten a través de relaciones. Ningún organismo existe en aislamiento completo de las condiciones que lo sostienen. La vida transcurre mediante intercambios continuos con los entornos circundantes y con otros sistemas vivos. Estos intercambios no tienen por qué ser deliberados, conscientes ni simbólicos. Basta con que permitan el registro de las diferencias y el ajuste del comportamiento en respuesta a ellas.
La comunicación emerge dentro de esta condición. No se limita al habla, la escritura ni la expresión simbólica. En un sentido más amplio, la comunicación surge a través de formas de correspondencia dentro de las cuales se registran las diferencias y se establecen, mantienen o modifican las relaciones. Las señales constituyen una manifestación de tal correspondencia, pero las formas mediante las cuales se produce la correspondencia varían ampliamente. Los gradientes químicos, los impulsos eléctricos, los gestos físicos, las vocalizaciones y los sistemas simbólicos participan todos en procesos comunicativos en condiciones diferentes.
El lenguaje ocupa un lugar distinto dentro de este campo más amplio. El lenguaje humano permite la abstracción, la referencia simbólica, la recursividad y la transmisión de información más allá de las circunstancias inmediatas. Estas capacidades amplían el alcance de lo que puede comunicarse. No constituyen, sin embargo, el origen de la comunicación misma. Más bien, el lenguaje representa una manifestación especializada de procesos comunicativos que ya operan en los sistemas vivos.
La distinción es importante porque el lenguaje a menudo llega a identificarse con la comunicación como tal. Los seres humanos experimentan el mundo por naturaleza a través de categorías lingüísticas y, por ello, tienden a privilegiar el lenguaje al considerar las condiciones de la comprensión. Sin embargo, gran parte de lo que sostiene la vida relacional ocurre sin lenguaje. Los organismos se coordinan, se adaptan, compiten, cooperan y responden a condiciones cambiantes a través de formas de correspondencia que preceden a la representación simbólica.
Las diferencias entre los sistemas comunicativos son diferencias de forma, alcance y complejidad. No implican necesariamente divisiones absolutas entre categorías de existencia. Una señal que coordina el movimiento de una colonia, una llamada vocal que alerta a un grupo de un peligro y una oración que describe una posibilidad futura cumplen, todas ellas, funciones comunicativas pese a diferencias sustanciales en su estructura. Los medios difieren. Las correspondencias a través de las cuales se registran esas diferencias siguen siendo anteriores a las formas comunicativas que las expresan.
La observación permite el estudio de estos procesos, pero permanece limitada por las capacidades mediante las cuales se realiza. Los instrumentos pueden ampliar la percepción, y los marcos conceptuales pueden organizar lo percibido, pero la descripción sigue siendo distinta de las realidades que intenta describir. Toda exposición refleja tanto las condiciones observadas como las limitaciones del observador.
Por esta razón, conviene abordar la comunicación de manera descriptiva y no jerárquica. El lenguaje humano posee capacidades distintivas, pero esas capacidades no exigen que la comunicación comience con el lenguaje ni que se agote en él. El lenguaje pertenece a un campo comunicativo más amplio que surge de formas de correspondencia presentes en toda la vida relacional.
La cuestión, por tanto, no es si la comunicación existe allí donde el lenguaje está ausente. La cuestión más instructiva atañe a las múltiples formas mediante las cuales la vida relacional se hace posible antes de que aparezca el lenguaje. La atención a esas formas revela la comunicación no como un logro exclusivamente humano, sino como una condición mediante la cual los sistemas vivos participan en las circunstancias que habitan, responden a ellas y persisten en ellas.
Ricardo Morín (Serie Triangulation) Musica Universalis Acolchado de seda tensado sobre lino 94 × 152 cm 2013–18
~
Una construcción geométrica de un dodecaedro dentro de una composición de Fibonacci, reforzada por un triángulo rectángulo: una meditación sobre la armonía del universo, donde las matemáticas y el lenguaje convergen sin llegar nunca a encerrar del todo la realidad.
Ricardo Morin, 20 de agosto de 2025
*
Resumen
Este ensayo examina la interdependencia del lenguaje y las matemáticas como los dos pilares del conocimiento, indispensables ambos pero incompletos el uno sin el otro. Mientras las matemáticas aseguran la precisión y la abstracción, el lenguaje vuelve inteligible y comunicable el razonamiento; juntos se aproximan, aunque nunca logran captar plenamente, una realidad más rica que cualquier formulación. El análisis sitúa a la inteligencia artificial como un caso paradigmático de esta condición. Comercializada a un costo elevado pero marcada por deficiencias en coherencia, la IA dramatiza lo que sucede cuando el poder matemático se privilegia sobre el rigor lingüístico. Lejos de sustituir el pensamiento humano, estos sistemas ponen a prueba nuestra capacidad de imponer significado, resistir la vaguedad y refinar las ideas. Entretejiendo reflexión filosófica y crítica contemporánea, el ensayo sostiene que tanto las matemáticas como el lenguaje deben cultivarse de manera continua para que el conocimiento progrese. Su alianza no cierra la brecha entre comprensión y realidad; la mantiene abierta, asegurando que la verdad siga siendo una búsqueda interminable.
Lenguaje, matemáticas y el costo de la inteligencia artificial
Toda sociedad progresa refinando sus instrumentos de pensamiento. Dos se elevan sobre los demás: las matemáticas, que destilan patrones con precisión, y el lenguaje, que da forma y sentido al razonamiento. Ninguno basta por sí solo. Privilegiar uno en detrimento del otro es debilitar la arquitectura misma del conocimiento.
La inteligencia artificial dramatiza tanto sus promesas como sus limitaciones. El anuncio de una cuota mensual exorbitante para acceder a los servicos de la inteligencia artificial es revelador. Comercializado como un servicio de lujo “para quienes puedan permitírselo”, subraya la creciente brecha entre privilegio tecnológico y necesidad cultural. Quienes disponen de recursos afinan su productividad; quienes no, quedan excluidos. Pero incluso para los bien equipados, la pregunta persiste: ¿qué se está comprando realmente?
La máquina deslumbra por su velocidad y escala, pero sus carencias resultan igualmente evidentes. Los ingenieros pueden ser virtuosos de los algoritmos, pero la gramática no es su instrumento. Los resultados son con demasiada frecuencia coloquiales, vagos o carentes de rigor. Para extraer coherencia, el usuario no puede ser un consumidor pasivo: debe actuar como editor, capaz de clarificar, reestructurar e imponer sentido. La paradoja es inequívoca: la herramienta promocionada como liberación exige de su operador la disciplina que ella misma no puede aportar.
Esa paradoja refleja una verdad mayor sobre el conocimiento. El lenguaje y las matemáticas son ambos indispensables y ambos incompletos. Las matemáticas alcanzan la abstracción, pero sus resultados quedan inertes si el lenguaje no los vuelve inteligibles y comunicables. El lenguaje transmite el pensamiento, pero se tambalea sin el rigor que las matemáticas proporcionan. Lo que uno asegura, el otro interpreta.
Sin embargo, ambos están sujetos a una condición más profunda: la realidad excede toda formulación. Nuestras teorías—ya sean modelos matemáticos o descripciones lingüísticas—son aproximaciones moldeadas por el observador. El lenguaje no puede agotar el sentido; las matemáticas no pueden capturar la finitud. El conocimiento nunca es absoluto: es una negociación con una realidad más rica que cualquier modelo o enunciado.
La inteligencia artificial expone con crudeza esta condición. Puede automatizar estructuras, pero no aportar sabiduría; puede reproducir lenguaje, pero no garantizar significado. Su verdadero valor no radica en sustituir al pensador, sino en ampliar el campo sobre el cual actúa su juicio: revelar relaciones, someter distinciones a prueba, formular objeciones, establecer comparaciones, resistir la vaguedad, imponer coherencia y refinar el pensamiento. Esa ampliación exige una doble vigilancia, pues el rechazo puede preservar hábitos familiares a costa del alcance intelectual, mientras que la sumisión puede obtener fluidez a costa de la autonomía.
Desestimar el lenguaje y las humanidades como secundarios, o imaginar que las matemáticas y la computación bastan por sí solas, es malinterpretar su interdependencia. Estas disciplinas no son rivales, sino compañeras que se refinan mutuamente. La IA magnifica tanto sus fortalezas como sus deficiencias, recordándonos que el progreso depende de la depuración constante de ambas: las matemáticas para modelar la realidad, el lenguaje para preservar su sentido.
El camino del conocimiento permanece abierto. El lenguaje y las matemáticas no cierran la brecha entre nuestra comprensión finita y la riqueza inagotable de la realidad; la mantienen abierta. Nos permiten aproximarnos a la verdad sin pretender poseerla. La inteligencia artificial, como todo instrumento del pensamiento, nos muestra no el fin del saber, sino su condición inacabable: un diálogo entre lo que puede medirse, lo que puede decirse y lo que siempre nos excede.
Bibliografía anotada
Arendt, Hannah: The Life of the Mind. Vol. 1: Thinking. Nueva York: Harcourt, Brace, Jovanovich, 1971. (Arendt examina el acto de pensar y los límites de la expresión, mostrando cómo el pensamiento requiere del lenguaje para volverse compartible sin agotar la realidad. Su obra refuerza la tesis del ensayo de que razonar sin expresión no puede hacer avanzar el conocimiento.)
Bender, Emily M., y Koller, Alexander: “Climbing towards NLU: On Meaning, Form, and Understanding in the Age of Data.” Proceedings of ACL, 2020. (Vender and Koller sostienen que los grandes modelos de lenguaje procesan la forma sin verdadera comprensión; esto pone de relieve la brecha entre el reconocimiento matemático de patrones y el significado lingüístico, apoyando la advertencia del ensayo de que la IA deslumbra por la forma pero falla en la coherencia.)
Chomsky, Noam: Language and Mind. 3.ª ed. Cambridge: Cambridge University Press, 2006. (Chomsky explora las estructuras innatas del lenguaje y su papel en la configuración de la cognición; ello afirma que el lenguaje condiciona la posibilidad del pensamiento, aunque sigue siendo limitado a la hora de capturar la realidad.)
Devlin, Keith: Introduction to Mathematical Thinking. Stanford: Keith Devlin, 2012. (Devlin explica cómo el razonamiento matemático destila estructura y patrón, al tiempo que reconoce que la abstracción es una aproximación; refuerza así la idea de que las matemáticas, como resguardo de la precisión, no pueden agotar el mundo que modelan.)
Floridi, Luciano: The Fourth Revolution: How the Infosphere Is Reshaping Human Reality. Oxford: Oxford University Press, 2014. (Floridi sitúa las tecnologías digitales y la IA en una historia más amplia del autoconocimiento, lo que enriquece el argumento del ensayo de que las matemáticas y el lenguaje—extendidos ahora a la computación—siguen siendo aproximaciones de una realidad más allá de todo control pleno.)
Lakoff, George, y Núñez, Rafael: Where Mathematics Comes From: How the Embodied Mind Brings Mathematics into Being. Nueva York: Basic Books, 2000. (Lakoff y Núñez sostienen que las matemáticas surgen de la metáfora y de la cognición encarnada, lo que revela su dependencia de la interpretación humana y confirma que las teorías matemáticas, como las lingüísticas, siguen ligadas al observador.)
Mitchell, Melanie: Artificial Intelligence: A Guide for Thinking Humans. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2019. (Mitchell ofrece una visión crítica de las capacidades y límites de la IA, mostrando cómo los avances en el reconocimiento de patrones no cierran las brechas fundamentales de comprensión y paralelizan la crítica del ensayo a la pobreza gramatical de la IA.)
Polanyi, Michael: Personal Knowledge: Towards a Post-Critical Philosophy. Chicago: University of Chicago Press, 1962. (Polanyi enfatiza el conocimiento tácito y la necesidad de articularlo para validarlo; refleja la idea de que las matemáticas y el lenguaje refinan la comprensión pero nunca alcanzan la clausura.)
Snow, C. P.: The Two Cultures. Cambridge: Cambridge University Press, 1993 [1959]. (Snow diagnostica la fractura entre ciencias y humanidades, apoyando el llamado del ensayo a tratar el lenguaje y las matemáticas como pilares complementarios de la comprensión.)
Ricardo Morín Triangulación 4 22″ x 30″ Grafito sobre papel 2006
Escritura, silencio y el arte de comprender en quietud
A mi hermana Bonnie
Ricardo F. Morín Noviembre 2025 Oakland Park, Florida
Nota del autor
Este texto fue redactado con anterioridad a « La ética de la percepción, Primera Parte » y forma parte de la misma indagación sobre la atención, la comprensión y la relación ética.
Hay momentos en los que la forma más genuina de intimidad es el silencio. En otros, es la labor callada de buscar la palabra justa—aunque sea incompleta—lo que nos acerca. La expresión, bajo esta luz, no es solo un vehículo de comunicación, sino un acto de cuidado. Hablar, callar, escribir, escuchar: cada decisión conlleva un peso particular. La intimidad habita en esos gestos: no en las declaraciones grandilocuentes, sino en la ética con que nos revelamos—y con que acogemos lo que otra persona se atreve a ofrecer. Lo que sigue no es una teoría, sino una reflexión sobre cómo se manifiesta la intimidad en la expresión—y en su ausencia.
I. Preludio: en la pausa entre palabras
Resulta difícil señalar el instante en que algo se vuelve íntimo. No siempre es un roce, una mirada o una confesión. A veces es solo una pausa—una pausa compartida—entre una palabra y la siguiente, cuando ambas personas perciben que algo verdadero está a punto de decirse o acaba de decirse, sin llegar a nombrarse del todo.
Una vez, sentados frente a frente, observé a alguien quien contemplaba en silencio el horizonte. Tampoco yo dije nada. No hubo gesto, ni revelación, ni palabras aclaratorias. Y sin embargo, aquel silencio no se sentía vacío—se sentía pleno. En esa quietud, algo pasó entre nosotres: no es un mensaje, ni siquiera una comprensión, sino una suerte de permiso: el de existir sin necesidad de explicarse. El de estar presente sin necesidad de actuar.
Aquel momento permanece no por ser dramático, sino precisamente por no haber sido planificado. No lo esperaba y no habría sabido recrearlo. Solo supe, después, que había estado ante algo especial: una intimidad que no pedía más que ser.
Y sin embargo, no toda intimidad nace del silencio ni de la presencia del otro. Hay una que llega más tarde, en la escritura—en ese largo intervalo entre sentir y decir. Otra solo seria posible gracias a la distancia silenciosa con que se permite la reflexión.
II. Lo que queremos decir cuando decimos “intimidad”
La palabra intimidad suele evocar cercanía física: el ámbito del tacto, la proximidad, los amantes, los secretos susurrados en la oscuridad. Sin embargo, ¿y si la intimidad tuviese menos que ver con la cercanía y más con el permiso? El permiso de estar sin defensas. De moverse con lentitud. De no ser del todo claro—y aun así ser merecedor de confianza.
Ser íntimo con alguien no es solo ser conocido, sino ser visto— visto sin la presión de explicarse con rapidez o justificar lo que se siente. Es una apertura, pero también un riesgo: el riesgo de ser malinterpretado, y el riesgo más hondo de ser comprendido demasiado bien.
Algunas formas de intimidad se dan cara a cara. Otras requieren distancia. Unas surgen en el diálogo. Otras precisan una sola voz, que hable en soledad desde una habitación en silencio.
Ahí comienza la escritura— no como puesta en escena, sino como conversación larga e ininterrumpida.
III. Las variedades de la intimidad
La intimidad cambia según el contexto, el tiempo, y la forma del yo que entregamos al otro. No es una sola cosa— no solo cercanía, ternura o vulnerabilidad— sino un conjunto de maneras en que nos permitimos ser conocidos y, a veces, conocer a alguien más.
Está la intimidad corporal— quizá la más visible y la menos comprendida. Pertenece al tacto, a la proximidad, a la atracción instintiva por la presencia del otro. Pero esta forma puede engañar: la cercanía física sin resonancia emocional es frecuente— y fácil de fingir. No obstante, cuando el cuerpo y la emoción se alinean, surge una sintonía sin palabras: una mano que reposa en un hombro el tiempo justo; una respiración que entra en ritmo sin proponérselo.
Luego está la intimidad emocional: el valor pausado de decir lo que se siente— no solo cuando es hermoso o conveniente, sino cuando es torpe, incompleto o crudo. Esta forma no se da—se gana. Puede tardar años, o nacer en una sola noche. Ahí vive la confianza—o se rompe.
También existe la intimidad intelectual: la que emerge en la conversación cuando las ideas fluyen sin que nadie se atrinchere. Es rara. La mayoría de los espacios sociales premian la velocidad, el brillo superficial o la cortesía segura. Pero a veces, con alguien igualmente curioso, el pensamiento se expande ante la presencia del otro— no por coincidencia, sino por resonancia. Nada hay que demostrar— solo el placer de descubrir. Eso es intimidad intelectual. Genera otro tipo de cercanía— no de sentimiento, sino de percepción.
Más extraña aún es la intimidad narrativa— la que se forma no entre dos personas en una misma habitación, sino entre quien escribe y quien lee, separados por el silencio y el tiempo. No es inmediata— pero no por ello menos real. Una voz surge desde la página y parece hablarte directamente, como si conociera los contornos de tu pensamiento. Te sientes comprendido—sin haber sido visto. Quizá nunca llegues a conocer a quien escribió esas palabras, pero algo en ti se transforma. Ya no estás solo.
Estas no son categorías rígidas. Se superponen, se interrumpen, se evocan. Uno puede profundizar otra. La presencia física puede generar seguridad emocional. La cercanía intelectual puede abrirse a una ternura inesperada. Y aun así, cada una tiene su propio ritmo, su propia gramática— y sus propios riesgos.
En esa complejidad, la intimidad deja de ser una condición. Se convierte en una práctica: algo que se aprende, se pierde, se revisa, y a veces se escribe cuando ninguna otra forma es posible.
IV. La escritura como intimidad con uno mismo (y con otra persona)
La escritura, también, es una forma de intimidad— no solo con los demás, sino con uno mismo. Sobre todo cuando se es honesto— cuando lo escrito no busca solo ser ingenioso o correcto, sino verdadero. Ese tipo de escritura no halaga. No discute. Revela.
Escribimos para hacer emerger algo— no solo para una audiencia, sino para escucharnos pensar, para ver lo que aún no sabíamos que sentíamos. Al escribir, nos volvemos testigos de nuestra propia conciencia— tanto de su lucidez como de sus evasiones.
Seguimos una frase no solo por su lógica, sino por la emoción que transporta. Y cuando esa emoción se quiebra, sabemos que hemos perdido el hilo.
Entonces volvemos a empezar, una y otra vez— no solo para explicar, sino para decir algo que nos parezca justo.
En ese sentido, escribir es un acto ético. Exige atención. Requiere paciencia. Nos invita a habitar nuestra propia experiencia con precisión— incluso cuando esa experiencia es fragmentaria o irresuelta.
Y si tenemos suerte— si somos honestos— algo en ese esfuerzo llegará a alguien más. No para impresionar. No para convencer. Sino para acompañar.
V. Cuando la intimidad fracasa o es rechazada
A veces uno se extiende—con cuidado, con sinceridad—y recibe a cambio silencio, indiferencia o una respuesta tan desentonada que uno se siente ingenuo por haberlo intentado. Otras veces, el fracaso es más sutil: una conversación que se dispersa justo cuando algo verdadero empieza a tomar forma—o un oyente que oye tus palabras pero no tu significado.
Esos momentos quedan. No por dramáticos, sino porque nos recuerdan cuán frágil puede ser la intimidad. No se puede forzar—igual que no se puede forzar la humildad. Ambas requieren una entrega callada—una disposición a ofrecer algo sin saber cómo será recibido. Podemos preparar el terreno, hacer el gesto, arriesgar la verdad—pero lo demás depende del otro: de su momento, su capacidad, su voluntad de encontrarnos allí.
También está la experiencia de ser malinterpretado—no solo en los hechos, sino en la esencia. Intentas decir algo que importa, y la otra persona responde a lo que cree que dijiste—o a una versión de ti que nunca fuiste. Es un golpe— ese desencuentro entre lo que trataste de compartir y lo que realmente llegó. El deseo de intimidad se convierte en exposición sin conexión—una herida en vez de un puente.
A veces evitamos la intimidad no porque no la deseemos, sino porque tememos lo que podría costarnos. Se nos ha hecho sentir torpes—por cuidar demasiado, o por mostrarnos demasiado. O hemos compartido algo íntimo solo para verlo tratado con ligereza—o analizado sin sentir. Después de eso, nos volvemos cautos. Hablamos menos—o en fragmentos—o no hablamos en absoluto.
Es a raíz de esos rechazos—grandes o pequeños—cuando escribir deja de ser una simple expresión. Se convierte en reparación. La escritura nos permite recuperar lo que se perdió en el momento— nombrar lo que nunca llegó a su destino, terminar el pensamiento que nadie esperó, decirlo otra vez—esta vez sin interrupciones, sin suposiciones, sin miedo.
Y aunque la escritura no pueda deshacer el fracaso de un momento compartido, sí puede ofrecer otra cosa: coherencia. Un registro. Una forma de verdad que permanece—aunque no haya sido oída.
Así, la escritura se vuelve un acto silencioso de insistencia— no contra el mundo, sino a favor del autor. Es una forma de decir: Lo que traté de compartir sigue importando—aunque no haya sido recibido.
VI. El gesto que permanece
Al final, la intimidad no es un estado, sino un gesto— repetido una y otra vez— hacia la comprensión, hacia la presencia, hacia un entendimiento compartido que puede llegar… o no.
A veces ese gesto es una palabra dicha en el momento justo. A veces es un silencio sostenido el tiempo suficiente para que el otro hable. Y a veces es el acto de escribir—solitario, paciente, inconcluso— ofrecido no a una multitud, sino a un solo lector imaginado que, algún día, tal vez necesite lo que ahora intentas decir.
La escritura, en su raíz, es una forma de escucha. No solo hacia los demás, sino hacia el yo que no se apura, que no actúa, que no necesita convencer.
Hacia el yo que espera— que desea ser reconocido no por lo que logra decir a toda prisa, sino por lo que sigue intentando decir con delicadeza.
Por eso vuelvo a la página: no porque garantice conexión, sino porque mantiene la puerta abierta. Porque en un mundo que exige rapidez, certeza y encanto, la escritura da lugar a algo más lento y más fiel: el gesto largo, inacabado, de intentar alcanzar a alguien— quizá incluso a uno mismo— con algo resonante.
Y cuando la intimidad sucede—en la página o en la vida— nunca es por haber encontrado las palabras perfectas. Es porque alguien se quedó. Alguien escuchó. Alguien dejó que el momento se abriera—sin apresurarse a cerrarlo.
Eso es lo que hago ahora: escribir no para cerrar algo, sino para dejarlo abierto— para que algo de mayor hondura pueda entrar.
*
Ricardo F. Morín Tortolero Capitol Hill, D.C., 9 de junio de 2025