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Serie Triangulación Nº 5: La búsqueda de una prosa auténtica
37″ x 60″ x 2″
Óleo sobre lino
2006
A Billy Bussell Thompson
Nota Preliminar
El salto humano hacia la abstracción dio origen al lenguaje y, con él, a la posibilidad de la prosa. Cuando el Homo sapiens comenzó a imaginar más allá de lo visible, creó herramientas, símbolos e historias que ninguna otra especie pudo producir. Sin embargo, la abstracción, fuente misma de la imaginación, sigue siendo lo más difícil de comunicar. La escritura carga con esta paradoja: intenta dar forma a lo que se resiste a la forma sin oscurecer la condición que busca volver visible.
La búsqueda de una prosa auténtica está ligada a ese origen. Cada época—escribal, tipográfica, digital—ha puesto a prueba nuestra capacidad de expresar no sólo información, sino también la vida interior que las palabras apenas logran contener. La prosa auténtica no resuelve la abstracción; soporta su dificultad mientras intenta preservar la lucidez mediante la cual una condición se vuelve perceptible, línea por línea, revisión tras revisión.
Y la pregunta retorna, como al principio: ¿hemos agotado nuestra capacidad de hablar con autenticidad, o es precisamente la lucha con la expresión el misterio que mantiene vivo al lenguaje? Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque el propio lenguaje se resiste a concluirse.
Ricardo Morín
18 de septiembre de 2025
Centerville, Massachusetts
1.
La insatisfacción siempre ha marcado la práctica de la prosa, y siempre ha exigido la autoedición. Quintiliano (ca. 35–100 d. C.) instruyó a los estudiantes romanos a imitar a sus maestros, pero advirtió que la imitación debía dar paso a la corrección: « La imitación es útil, pero debe ser una imitación con juicio » (Institutio Oratoria, 1920). Sin revisión, afirmaba, la voz permanecía prestada. Los escribas medievales copiaban textos con cuidado, pero a menudo dejaban glosas en los márgenes que difuminaban la línea entre texto y comentario. Los lectores tenían que desenredar la mano del autor. Con el auge de la imprenta, los escritores exigían pruebas de galera para poder defender su estilo frente a las preferencias de los impresores. Erasmo (1466–1536) se quejaba de que los impresores descuidados « asesinan libros » al imponer sus preferencias a los autores (Correspondence, 1974). Cada época produjo nuevas herramientas, y cada una obligó al escritor a revisar, discernir y asegurar una voz que pudiera reclamar como propia.
2.
Las tecnologías posteriores ampliaron esta carga. El telégrafo comprimía las frases en señales breves. La claridad se sacrificaba a menudo en favor de la rapidez, y los escritores tenían que restaurar la coherencia al ampliar el mensaje. La máquina de escribir regularizó el espaciado y el ritmo, pero impuso una cadencia mecánica. Henry James (1843–1916) observó que la máquina de escribir “interpone un martillo de metal entre el cerebro y la página” (The Notebooks of Henry James, 1947). En las redacciones, las fechas límite obligaban a los periodistas a adoptar la pirámide invertida, una estructura apreciada por su eficiencia, pero conocida por aplanar la voz. Cada medio prometía ventaja, pero cada uno introducía distorsiones. Solo la edición deliberada permitía que la prosa permaneciera auténtica. La insatisfacción no era un defecto de estas herramientas. Era la condición bajo la cual la prosa podía sobrevivir.
3.
La inteligencia artificial pertenece a esta secuencia, no aparte de ella. Una pregunta recibe una respuesta, pero el intercambio nunca se resuelve en una sola voz que pueda reclamarse. Una línea aparece fluida, la siguiente cae en distorsión. La prosa vacila entre claridad e incertidumbre. El escritor se ve obligado a probar, corregir y dudar. La diferencia es de escala. La IA inunda la página con lenguaje desprendido de su origen, y esa escala aumenta la necesidad de discernimiento. Gran parte de su producción toma la forma de compresión: contexto reducido a palabras que gesticulan ampliamente sin anclar la intención. Aceptar esa compresión sin examinarla es arriesgar la distorsión; desenvolverla es recuperar la voz. Las encuestas confirman que la corrección gramatical sigue siendo inconsistente, especialmente en contextos raros o complejos (Bryant et al., Grammatical Error Correction: A Survey of the State of the Art, 2023). Los estudios también muestran que la IA a menudo sobrecorrige, produciendo una prosa aparentemente impecable pero estilísticamente distorsionada (Lin et al., 2024), o no logra mantener el matiz al tratar con lenguas morfológicamente complejas (Nguyen et al., 2025). Estas deficiencias muestran que la antigua carga de la revisión no ha desaparecido. Sólo se ha intensificado.
4.
La incertidumbre que rodea a la inteligencia artificial se extiende también a las instituciones que enseñan a escribir. Las universidades sostienen hoy dos posturas opuestas. Una trata la IA como una fractura de la autoría y se apoya en sistemas de detección que intentan distinguir la irregularidad humana de la fluidez sintética. Pero estos sistemas imponen sus propias distorsiones: confunden la conformidad como evidencia y penalizan a estudiantes cuya prosa no coincide con los patrones que el software considera “humanos.” La vigilancia revela así su propia fragilidad. Otras instituciones adoptan la postura inversa y presentan la IA como un instrumento neutral destinado a pulir la expresión y apoyar la creatividad. Pero esta seguridad sigue siendo incierta, pues ninguna de las dos posiciones puede definir con claridad qué constituye una presencia en la página cuando la asistencia amenaza con preceder a la intención. Estas contradicciones muestran que el entorno cultural no ha alcanzado un acuerdo sobre cómo debe reconocerse o enseñarse una prosa auténtica. La carga del discernimiento vuelve, por tanto, al escritor, intensificada en lugar de aliviada.
5.
Ningún escritor está exento de esta responsabilidad. La facilidad puede embotar el estilo. La resistencia puede afilarlo. La vacilación puede desdibujar ambos. Cada postura exige responsabilidad. La intención no absuelve a nadie. Cada frase debe ser probada. Cada fracaso debe ser corregido. Cada línea debe ser reclamada como propia. La práctica de la autoedición se aplica a poetas y periodistas, a escribas y novelistas, a humanistas y programadores por igual. Trabajos recientes confirman que incluso cuando la IA explica la gramática, falla, exponiendo sus límites en la conciencia lingüística (Song et al., 2024). La prosa auténtica sobrevive sólo cuando cada línea se pone a prueba frente a la medida del discernimiento.
6.
Lo que surge en la página puede parecer terminado y, sin embargo, permanecer inconcluso. La brevedad telegráfica, la uniformidad tipográfica o el flujo superficial generado por la inteligencia artificial pueden producir la apariencia de prosa sin su fundamento. La autenticidad no está garantizada por la refinación, la cadencia o la economía. Una frase puede parecer depurada y, sin embargo, obstruir la perceptibilidad de la condición que busca comunicar. Depende de la disposición del escritor a revisar hasta que la intención se haga visible. Ese es el problema detrás de cada frase prestada: si la línea lleva la huella de una mente que la reclama. Las evaluaciones multilingües confirman que los modelos de lenguaje a gran escala (LLMs) siguen introduciendo errores sistemáticos en contextos lingüísticos complejos (Wisniewski et al., 2025). Ningún sistema—antiguo, mecánico o digital—puede proporcionar la marca de la intención. Pertenece sólo al escritor que acepta la insatisfacción como el costo de la prosa que perdura.
7.
La inteligencia artificial intensifica esta vieja lucha al imitar la fluidez sin poseer pensamiento. Sus oraciones suelen aparecer coherentes, incluso receptivas, pero su origen no es ni la conciencia ni la intención. Surgen de un entramado estadístico constreñido por ingenieros cuyas prioridades son la seguridad, la velocidad y la previsibilidad—no la gramática, la filosofía o las exigencias interiores de la prosa. Lo que parece neutralidad es, por tanto, una neutralidad fabricada, una postura moldeada por restricciones y no por juicio. El resultado es un estilo capaz de imitar el tono pero incapaz de sostener la profundidad: una simulación del razonamiento sin los riesgos que otorgan fuerza al acto de razonar.
8.
Esta distinción acarrea consecuencias para el escritor. Cuando la inteligencia artificial produce lenguaje con mayor rapidez de la que requiere la reflexión para tomar forma, el peligro surge antes incluso de que la oración parezca concluida: la eficiencia del instrumento puede imponerse sobre el propio proceso del escritor. El acto de la compresión colapsa la intención en patrones que apenas se asemejan a la comprensión, estrechando la apertura perceptiva mediante la cual el discernimiento se vuelve comunicable. Esa semejanza introduce un riesgo de sustitución, en el que la producción de la máquina precede al pensamiento del escritor en lugar de seguirlo. Tal desplazamiento estrecha la abertura por la cual opera la conciencia. Lo que comienza como asistencia puede inducir al escritor a aceptar la coherencia en lugar de la lucidez y la fluidez en lugar de la voz.
9.
Ese tirón gravitacional de estos sistemas debe, por tanto, enfrentarse con límites. La atracción reside en la promesa de claridad; la repulsión, en la preservación de la autonomía. La tensión entre ambas no es un defecto, sino la condición bajo la cual todavía puede escribirse una prosa auténtica. El escritor debe pensar antes de consultar, redactar antes de refinar y permitir que la oración pase por la disciplina del discernimiento humano en lugar de conformarse con una coherencia sintética. Ninguna herramienta—mecánica o digital—debe ser autorizada a formar el pensamiento antes de que el pensamiento se forme a sí mismo.
10.
La prosa auténtica exige atención a este límite. Una oración puede parecer depurada y, sin embargo, carecer de interioridad; puede ser correcta y, sin embargo, vacía. Ningún sistema puede aportar la tensión que otorga peso moral a la escritura: las contradicciones vividas, las asimetrías de la experiencia y el trabajo de confrontar un sentido que no puede ser imitado porque no es un patrón. Lo que surge en la página debe llevar la huella de una mente que ha escogido, modelado y reclamado su lenguaje. Sin esa reivindicación, la prosa corre el riesgo de volverse poco eficiente e inauténtica: una superficie casi pulida pero sin profundidad, una neutralidad sin juicio, una voz sin origen.
11.
La cuestión de la prosa auténtica excede en último término la técnica. Se adentra en la estructura misma de la conciencia. Porque la prosa no se limita a transmitir información. Organiza la experiencia, establece jerarquías de relevancia y determina qué puede ser juzgado y qué debe ser tolerado. En este sentido, el lenguaje no es un instrumento que siga al juicio. Es el medio a través del cual el juicio se vuelve posible porque preserva las distinciones mediante las cuales la experiencia permanece perceptible para la conciencia. El lenguage es el medio a través del cual el juicio se vuelve posible.
Cuando el lenguaje se comprime, se estandariza o se sustituye antes de que la reflexión tome forma, el peligro no es solo estético. Es moral. Porque la libertad que más fácilmente se pierde no es política sino cognitiva: la capacidad de sostener un juicio sin deformar la experiencia, sin delegar la responsabilidad y sin permitir que la coherencia sustituya a la comprensión. La inteligencia artificial agudiza este riesgo al ofrecer fluidez antes de que exista intención. Cuando la coherencia precede a la reflexión, la frase puede parecer completa mientras la conciencia permanece inactiva. Lo que se desplaza en este proceso no es solo la autoría, sino la continuidad entre percepción, juicio y acción de la que depende la libertad interior.
La prosa auténtica, por tanto, resguarda algo más que la voz. Resguarda la autonomía. Una frase que lleva la huella de la intención preserva un espacio en el que el juicio permanece soberano. Una frase que llega antes de la intención estrecha ese espacio de forma imperceptible, sustituyendo el discernimiento por el patrón y la responsabilidad por la conformidad. La preservación de la prosa auténtica es, por ello, inseparable de la preservación de la libertad de conciencia. Donde el lenguaje deja de servir al juicio, ya ha comenzado la primera forma de servidumbre.
Epílogo
La búsqueda de una prosa auténtica puede medirse entre dos polos. Uno concibe el lenguaje como ciencia, con la aspiración de hallar la palabra exacta, la expresión más simple capaz de sostener la verdad más grande. El otro recuerda que la prosa nació en la abstracción, y que ninguna frase logra escapar de su sombra. La inteligencia artificial ha añadido una tercera presión en forma de compresión: contexto reducido a palabras que parecen fluidas pero carecen de un anclaje de intención. Tal vez la prosa auténtica no consista en elegir entre estas fuerzas, sino en mantener la tensión que generan: la precisión como aspiración, la abstracción como condición, la compresión como desafío. Lo que se abrió con la primera imaginación humana permanece inconcluso, porque cada frase revisada sigue siendo un esfuerzo por volver perceptible la experiencia sin entregarla a la distorsión.
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Bibliografía anotada
Bryant, Christopher, et al: Grammatical Error Correction: A Survey of the State of the Art.Cambridge, MA: MIT Press, 2023. (Este estudio repasa las fortalezas y límites de la IA en la corrección gramatical. Señala deficiencias persistentes, especialmente en errores raros o complejos, mostrando que incluso los modelos avanzados no pueden sostener con consistencia una prosa auténtica.)
Erasmus, Desiderius: Correspondence. Toronto: University of Toronto Press, 1974. (Erasmo advierte que los impresores descuidados “asesinan los libros” al imponer sus preferencias a los autores, lo que ilustra la lucha en la era de la imprenta por preservar la prosa auténtica.)
James, Henry: The Notebooks of Henry James. Chicago: University of Chicago Press, 1947. (James observa que la máquina de escribir “interpone un martillo metálico entre el cerebro y la página”, mostrando cómo la tecnología puede alterar el ritmo y exigir una nueva revisión.)
Lin, S., et al: Evaluating LLMs’ Grammatical Error Correction Performance in Learner Chinese Errors from a Corpus Linguistic Perspective. San Francisco: Public Library of Science, 2024. (Demuestra que la IA suele sobrecorregir los textos de aprendices, produciendo frases gramaticalmente suaves pero estilísticamente distorsionadas; la corrección puede oscurecer la voz auténtica.)
Nguyen, Phuong Thao; Nuss, Bernd; Dressler, Roswita, y Ovens, Katie: A Small-Scale Evaluation of Large Language Models Used for Grammatical Error Correction in a German Children’s Literature Corpus: A Comparative Study. Basilea: MDPI, 2025. (Revela dificultades persistentes con la complejidad morfológica y la preservación del estilo, reforzando la necesidad del discernimiento humano en la edición asistida por máquina.)
Quintilian: Institutio Oratoria. Cambridge: Harvard University Press, 1920. (Aboga por la imitación “con juicio”, situando la insatisfacción y la corrección en el centro de la formación retórica y de la voz auténtica.)
Song, Y., et al: GEE! Grammar Error Explanation with Large Language Models. Stroudsburg, PA: Association for Computational Linguistics, 2024. (Evalúa si la IA puede explicar los errores además de corregirlos; los fallos frecuentes en la explicación revelan límites en la conciencia y la precisión lingüística.)
Wisniewski, Dawid; Solarski, Antoni, y Nowakowski, Artur: Exploring the Feasibility of Multilingual Grammatical Error Correction with a Single LLM up to 9B Parameters: A Comparative Study of 17 Models. Ithaca, NY: arXiv, 2025. (Demuestra errores sistemáticos en múltiples lenguas, sobre todo en contextos morfológicamente complejos, subrayando la persistencia de las deficiencias de los modelos.)