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« La geografía íntima de la escritura »

May 27, 2026
Ricardo F. Morín
Triangulación IV
22″ x 30″
Carboncillo, sanguina y corrector líquido sobre papel
2008

El lugar de la escritura rara vez coincide con un escritorio.  Muchas veces el trabajo ocurre durante un trayecto en automóvil mientras mi esposo conduce, camino a una cita médica o en medio de una salida cotidiana.  También puede suceder en un tren o en un avión.  El movimiento crea entonces un espacio inesperado de concentración.  Las frases aparecen en tránsito:  durante el viaje, mientras se camina, o incluso de pie en una pausa breve del día.  El pensamiento parece acompasarse con el desplazamiento.

Las frases pasan de una lengua a otra con naturalidad.  Un mismo texto puede revisarse o corregirse en inglés, español e italiano casi al unísono, como si el desplazamiento físico liberara también el movimiento del pensamiento.  El viaje crea así una especie de territorio mental donde las palabras encuentran su propio ritmo.

A veces la escritura llega desde un lugar aún más interior.  No es raro despertar en mitad de la noche porque, mientras dormía, una idea o una solución se ha formado con claridad.  Entonces basta levantarse y escribir, como si el pensamiento hubiera seguido trabajando silenciosamente durante el sueño.

La imagen más difundida del escritor sigue siendo la de alguien sentado ante un escritorio, bajo una lámpara, rodeado de papeles cuidadosamente ordenados.  Es una imagen tranquilizadora, casi ceremonial.  Pero la historia de la literatura sugiere algo muy distinto.

Marcel Proust escribió gran parte de En busca del tiempo perdido acostado en su cama, en una habitación revestida de corcho para aislar el ruido.  Algo parecido ocurrió con Truman Capote, quien se describía como un autor completamente horizontal y escribía acostado, con lápiz y papel apoyados sobre las rodillas.  Otros escritores encontraron su ritmo en el movimiento.  Edith Wharton desarrollaba sus textos caminando mientras los dictaba, y Ernest Hemingway prefería escribir de pie frente a un atril improvisado.

Estos ejemplos recuerdan algo simple:  la escritura no depende de un único ritual ni de un mobiliario específico.  Cada autor descubre su propio equilibrio entre silencio, movimiento, atención y memoria.  El escritorio tradicional es apenas una posibilidad entre muchas.

Tal vez por eso la literatura ha nacido tantas veces en lugares inesperados.  En una cama, en un tren en marcha, en una habitación silenciosa o en medio de un viaje.  La imaginación rara vez espera condiciones perfectas.  Aparece donde puede y convierte cualquier rincón en un territorio de trabajo.

Con el tiempo se comprende que el escritorio no es el verdadero lugar de la escritura.  El lugar es la atención.  Allí donde aparece, cualquier sitio puede convertirse en parte de esa geografía íntima donde las palabras finalmente encuentran su forma.

Ricardo F. Morín

13 de marzo de 2026

Oakland Park, Florida


« El curso de una carrera »

May 16, 2026

Ricardo F. Morín
Autorretrato: la bolsa de valores
Ciudad de Nueva York
36″ x 74″
Collage con lápiz de carbón  
1987  

 

*

 

No entraba en los estudios de otros artistas si no era invitado.  Si reconocía algo en la obra, lo decía.   

En ese momento, la formación consistía en encontrar un medio de expresión que se ajustara a él.  Era una manera de depurar lo que veía y sentía y de llevarlo a la obra.  El tema era propio, pero se movía dentro de las tradiciones de la pintura y de otras formas de arte.  Lo que importaba era encontrar su voz como pintor, en el uso del color y en la profundidad que este podía articular en los estratos de la imagen. En la superficie, los gestos quedaban inscritos. 

Dentro de eso, se colocaba frente a la obra y miraba, buscando qué podía contener o dónde podía resolverse; si reconocía algo, se detenía en ello, no para explicarlo ni corregirlo, sino para fijarlo mentalmente o desplazarlo dentro de su estructura; se producía una pausa, y volvía a mirar, como si algo ya presente acabara de hacerse visible.  

Otros artistas entraban en su espacio con diferencias legítimas; no alteraban lo que ocurría entre ellos.   

Un momento permanece con él.   

Una estudiante de posgrado trabajaba en una pieza, una estructura que se elevaba como una torre ahusada, brillante, cercana al rojo, quizá fucsia, con vidrio roto a lo largo de sus bordes.  No estaba terminada. Era evidente que aún la estaba resolviendo.   

Se colocó a su lado y dijo lo que le vino.  Le recordaba a lo que había visto al crecer, vidrio colocado en la parte superior de los muros, no como decoración, sino para impedir el paso, para cortar a quien intentara entrar.   

Ella se detuvo, miró la pieza y luego lo miró a él.  No se dijo nada más.   

Se fue.   

Más tarde volvió a ver la pieza cuando abrió su exposición en una galería alternativa después de graduarse.  Había una grabación, una voz que repetía que afuera hay un mundo violento, y la pieza y la voz quedaban juntas sin resolverse.

Su asesor en el departamento de arte se le acercó y le dijo que lo que él había dicho permaneció con ella y pasó a la obra.   

No lo había pensado de ese modo.  Lo dijo y siguió.   

Es lo que permanece con él, no el reconocimiento, sino que algo que uno ve puede retomarse y continuar en otra parte.   

Por ese tiempo su mentor le dijo algo en privado.  Le dijo que no tomara al pie de la letra lo que otros profesores dijeran sobre su trabajo, ni siquiera lo que él mismo pudiera decir.   

Lo escuchó, y no se apartó de él.   

Durante ese mismo periodo viajó a Salzburgo, Austria, para un seminario de escenografía.  No lo había previsto.  Simplemente ocurrió.   

El trabajo allí requería interpretación, y se encontró imponiendo su manera de ver para que la obra se mantuviera coherente; no era algo que se mirara sin más; generaba un ambiente al que otros entraban y respondían.   

Lo que veía seguía siendo válido para el oficio, pero no respondía del modo esperado.   

Continuó con ello.   

Después ingresó en un programa selectivo de posgrado.  Siguió con lo que ya estaba en marcha. 

Allí, las cosas tomaban forma dentro de los límites de interpretación del director.  Terminó el programa, pero la manera en que había venido trabajando ya no continuó.   

Fuera del ámbito académico, lo recibían como forastero; no pasaba de la desconfianza.  La obra permanecía dentro de ese marco.  Podía ver hacia dónde se dirigía la atención; no lo incluía, hiciera lo que hiciera.  En la Ciudad de Nueva York, la visibilidad se abría a los mismos nombres, no a él.

Mientras trabajaba en escenografía para mantenerse, continuaba produciendo su pintura; no se presentaban oportunidades para ninguna.   

Trabajaba en lo que otros presentarían, y eso avanzaba sin él.   

Las horas y las exigencias ocupaban el día y se extendían hasta la noche, y cuando terminaban, no quedaba nada para su trabajo; lo que antes avanzaba dejó de hacerlo, y ya no era recibido del mismo modo; había expectativas en juego, maneras de hacer las cosas, y podía verlas con suficiente claridad para saber dónde estaba.   

De esa situación no salió nada, pero persistió.   

Siguió trabajando.   

Cuando escribe, percibe lo que acaba de pensar y lo observa una vez más sin volverlo una respuesta. 

A veces, un pensamiento tiene más peso que los demás.  Donde los hechos no admiten equivalencia y las distinciones se vuelven incómodas, tienden a borrarse; y donde se borran, el juicio se queda sin base.   

Lo deja ahí.   

Se pregunta si falta algo, no que falta, sino si falta; y casi de inmediato, lo que dice empieza a formarse como respuesta.   

Se detiene.   

Porque no es eso lo que está preguntando.   

Preguntó si falta algo, no qué falta; y lo deja ahí.   

Vuelve a ocurrir; lo que ve empieza a formarse como algo que podría pensar.   

Eso también lo suspende. 

En el acto de trabajar, lo que ve y piensa empieza a tomar forma como respuesta.  A veces, lo que aparece no es suyo, pero se presenta como si lo fuera.  Lo ve y no lo completa.  Permanece y vuelve sin resolverse.  Su atención no se aparta de él.

Permanece en la situación tal como se presenta.   

Hay relaciones en su vida, algunas cercanas, otras no, y llegan como llegan.  En esos momentos responde, no porque lo decida, sino porque la situación lo requiere.  Responde y afronta lo que se deriva de eso.   

No va más allá de ese acto.   

Eso permanece ahí, no como algo a lo que volver, sino como algo que no se disuelve.   

Se ve actuando y, al mismo tiempo, ve el movimiento que sigue a esa acción.   

No resuelve ese movimiento.   

Advierte la inclinación a fijar una conclusión y no la sigue.   

Lo que aparece se presenta con peso de certeza por un momento y luego retrocede.   

No lo incorpora.   

Ese movimiento pierde fuerza.   

Él permanece intacto.   

La pregunta no se resuelve.   

¿Falta algo?   

No responde. 

 

Ricardo F. Morín  

5 de mayo de 2026  

Bala Cynwyd, Pensilvania