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« Democracia y la gobernanza de la pluralidad »

May 13, 2026

Ricardo F. Morïn
Platónico 4
CGI
2005

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Los sistemas políticos suelen juzgarse por los ideales que proclaman.  Sin embargo, la perdurabilidad no depende únicamente de los principios.  Depende de si los desacuerdos ordinarios pueden tramitarse, día tras día, mediante instituciones que mantengan la vida pública inteligible incluso cuando los ciudadanos no están de acuerdo.

Entre críticos de todo el espectro político, la democracia suele tratarse como una ideología.  Bajo esta interpretación, el lenguaje democrático parece indistinguible de otras doctrinas que reclaman autoridad moral mediante apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular o a la voluntad del pueblo.  Sin embargo, el pensamiento político no ha entendido la democracia de una sola manera.  En distintos momentos se la ha concebido como una doctrina que expresa ideales normativos, como un conjunto de procedimientos institucionales que regulan el ejercicio del poder, y como un marco político capaz de sostener la pluralidad dentro de un orden compartido.  Cada una de estas interpretaciones capta una dimensión de la vida democrática.  La dificultad surge cuando una de esas dimensiones se confunde con el todo.  La democracia no perdura porque promueva una doctrina o perfeccione un mecanismo.  Su dificultad reside en el esfuerzo constante por mantener estas dimensiones en equilibrio sin reducir la gobernanza democrática a una sola de ellas.

La interpretación de la democracia como ideología surge del lenguaje mediante el cual se han expresado históricamente los ideales democráticos.  Las apelaciones a la igualdad, a la soberanía popular y a la autoridad del pueblo poseen una fuerza moral que recuerda las pretensiones de las doctrinas políticas.  En el discurso público estos principios se invocan con frecuencia para justificar programas específicos o para conferir legitimidad a movimientos políticos.  Un discurso de campaña puede recurrir al vocabulario de los derechos mientras exige uniformidad.  Una consigna puede invocar al pueblo mientras trata la disidencia como traición.  Cuando el lenguaje democrático se utiliza de esta manera puede parecer indistinguible de la persuasión ideológica.  Los críticos concluyen entonces que la propia democracia funciona como una doctrina que compite con otros sistemas de creencias.  Sin embargo, esta interpretación descansa en una confusión entre los ideales invocados en la retórica democrática y la estructura institucional mediante la cual opera realmente la gobernanza democrática.

Una segunda interpretación aborda la democracia no como doctrina sino como procedimiento institucional.  En esta perspectiva, las características definitorias de la gobernanza democrática son los mecanismos mediante los cuales se organiza y se limita la autoridad:  representación, elecciones periódicas, límites constitucionales y la posibilidad de alternancia política pacífica.  La democracia se identifica menos por los ideales que proclama que por los procedimientos mediante los cuales se ejerce y se transfiere el poder.  Las escenas más ordinarias ilustran este carácter procedimental:  una papeleta impugnada se revisa, se ordena un recuento, se convoca una audiencia y se emite una resolución que resulta vinculante incluso para quienes la desaprueban.  Estos arreglos establecen un marco dentro del cual el conflicto político puede desarrollarse sin disolver la continuidad del Estado.  Al enfatizar el procedimiento más que la doctrina, esta interpretación aclara una dimensión esencial de la vida democrática.  Sin embargo, las definiciones procedimentales por sí solas no explican plenamente por qué los sistemas democráticos siguen siendo difíciles de sostener.

Los mecanismos institucionales describen cómo funcionan los sistemas democráticos, pero no explican completamente las condiciones que permiten que esos mecanismos operen.  Las elecciones y las constituciones pueden persistir incluso cuando la distribución de la autoridad se estrecha gradualmente.  Las instituciones formales pueden permanecer visibles mientras su capacidad para regular el poder se debilita.  El cambio suele ser incremental y práctico más que dramático:  las reglas permanecen impresas, pero las excepciones se multiplican;  existe supervisión, pero los plazos se dilatan;  se abren investigaciones, pero sus conclusiones se retienen;  el vocabulario de la rendición de cuentas persiste, pero el público aprende a esperar demoras.  En tales circunstancias el procedimiento democrático sobrevive en apariencia mientras la práctica democrática se vuelve cada vez más restringida.  La perdurabilidad de las instituciones democráticas depende por lo tanto de algo más que de la existencia de reglas.  Depende de un entorno político capaz de sostener los desacuerdos que esas instituciones fueron diseñadas para gestionar.

Una tercera interpretación aborda la democracia desde una perspectiva diferente.  En lugar de definirla únicamente mediante doctrina o procedimiento institucional, entiende la gobernanza democrática como un marco capaz de sostener la pluralidad.  En las sociedades democráticas individuos y grupos mantienen convicciones divergentes sobre la justicia, la autoridad y la orientación de la vida pública.  Estas diferencias no son desacuerdos temporales a la espera de resolución.  Representan rasgos duraderos de la vida política.  La pluralidad en este sentido no es simplemente la presencia de diversidad sino una condición en la cual los individuos se presentan unos ante otros como participantes distintos dentro de un mundo político compartido.  La evidencia cotidiana es conocida:  un concejo municipal donde los residentes discuten sobre zonificación e impuestos, una junta escolar donde los padres discrepan sobre el currículo, un tribunal donde las partes presentan argumentos incompatibles y aun así aceptan la misma sentencia como resolución final del caso.  Las instituciones democráticas no eliminan el conflicto;  regulan su expresión.  Establecen condiciones bajo las cuales reclamaciones diversas pueden coexistir dentro de un orden político común.  La dificultad de la democracia reside precisamente en esta tarea de mantener la continuidad institucional mientras se permite que el desacuerdo persista.

La pluralidad introduce una tensión persistente dentro de la gobernanza democrática.  Un sistema político debe preservar la continuidad jurídica mientras acomoda interpretaciones contrapuestas de la vida pública.  Las instituciones deben ser lo suficientemente estables para sostener la autoridad, pero también lo suficientemente flexibles para permitir el desacuerdo y el cambio político.  El equilibrio necesario para mantener esta relación es inherentemente frágil.  Los sistemas democráticos a menudo parecen inestables no porque estén fracasando, sino porque operan dentro de un campo de reclamaciones que no pueden reconciliarse por completo.  Los signos de salud y de tensión pueden parecer similares desde cierta distancia:  debates ruidosos, resultados disputados, mayorías cambiantes y escrutinio constante.  La diferencia se vuelve visible cuando la contienda permanece dentro de procedimientos compartidos y cuando quienes pierden conservan un camino creíble para regresar a la vida pública.  Esta tensión estructural también aclara por qué los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada encuentran mayores dificultades para acomodar la pluralidad.

Los sistemas políticos organizados en torno a una autoridad centralizada abordan la pluralidad de manera distinta.  Las formas autoritarias de gobierno dependen de una fuente final de decisión capaz de resolver conflictos mediante poder directivo.  Aunque tales sistemas puedan tolerar una diversidad limitada de opiniones, su estabilidad depende de la presencia de una autoridad capaz de determinar los límites del desacuerdo aceptable.  En términos prácticos esos límites se aplican no solo mediante decretos sino también mediante señales previsibles:  qué temas pueden discutirse sin consecuencias, qué preguntas se consideran desleales, qué asociaciones pueden reunirse y qué reclamaciones públicas pueden circular.  La persistencia de reclamaciones abiertas y competitivas representa por lo tanto un desafío estructural para el orden autoritario.  Mientras que los sistemas democráticos intentan regular el desacuerdo mediante equilibrio institucional, los sistemas autoritarios buscan contenerlo o resolverlo mediante la concentración de la autoridad.

A pesar de esta diferencia estructural, los sistemas autoritarios adoptan con frecuencia el vocabulario de la democracia.  Referencias al pueblo, a la representación y a la legitimidad popular aparecen incluso dentro de órdenes políticos que no sostienen una pluralidad genuina.  El lenguaje democrático funciona en estos contextos como una fuente de legitimidad simbólica.  El vocabulario sugiere participación y consentimiento, incluso cuando las condiciones institucionales necesarias para sostener esos principios permanecen ausentes.  La ambigüedad en el lenguaje democrático puede convertirse también en una forma de acomodación.  Ciudadanos de todo el espectro ideológico pueden adoptar definiciones expansivas de los ideales democráticos porque ese lenguaje permite que sus propias convicciones aparezcan como universalmente justificadas mientras las interpretaciones contrapuestas permanecen sin resolver.  El patrón resulta reconocible:  elecciones sin competencia creíble;  legislaturas que se reúnen para ratificar decisiones ya tomadas;  tribunales que existen pero rara vez contradicen al poder ejecutivo;  periódicos que se publican mientras ciertos temas desaparecen de la esfera pública.  El vocabulario democrático puede así coexistir con prácticas políticas que limitan o dirigen el alcance del desacuerdo público.

La coexistencia del lenguaje democrático con prácticas políticas restringidas produce una tensión recurrente entre forma institucional y función política.  Los códigos legales pueden seguir afirmando la autoridad representativa y el orden constitucional mientras su aplicación se vuelve selectiva, diferida o pospuesta.  Las instituciones permanecen formalmente intactas, pero su capacidad para regular el poder disminuye gradualmente.  Los ciudadanos suelen experimentar este cambio como una transformación de expectativas:  los procedimientos siguen existiendo, pero los resultados se vuelven previsibles;  las reglas siguen vigentes, pero no para todos;  las audiencias se celebran, pero las decisiones parecen resueltas de antemano.  En tales circunstancias la arquitectura exterior de la democracia persiste mientras las condiciones necesarias para sostener la pluralidad se vuelven cada vez más limitadas.

La pluralidad, por lo tanto, hace algo más que describir la diversidad de las sociedades democráticas.  Explica por qué la autoridad en el gobierno democrático no puede permanecer concentrada en un único centro y debe distribuirse entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

A diferencia de formas políticas anteriores organizadas en torno a una única fuente de autoridad, el gobierno democrático distribuye la legitimidad entre instituciones capaces de mediar reclamaciones contrapuestas.

La tendencia recurrente a tratar la democracia como una ideología surge de la prominencia de su lenguaje y de sus ideales.  Sin embargo, la gobernanza democrática no puede reducirse ni a doctrina ni a procedimiento institucional.  Su rasgo definitorio reside en sostener un orden político en el cual la pluralidad permanezca visible y activa dentro de un mundo compartido.  Las instituciones democráticas perduran no porque eliminen el desacuerdo, sino porque preservan el espacio en el cual los individuos pueden seguir apareciendo unos ante otros como participantes de la vida pública.  La democracia sigue siendo por lo tanto menos una doctrina que deba afirmarse que una disciplina política sostenida mediante instituciones capaces de regular la pluralidad sin extinguirla.

En una era en la cual la supervivencia humana depende cada vez más de la cooperación entre sociedades, culturas y tradiciones políticas, la capacidad de mediar reclamaciones contrapuestas deja de ser únicamente una cuestión institucional doméstica.  Se convierte en una condición para la estabilidad de un mundo compartido.  Los sistemas políticos que suprimen la pluralidad pueden imponer un orden temporal, pero permanecen estructuralmente limitados en su capacidad de adaptarse a la escala y diversidad de los desafíos globales contemporáneos.  Los sistemas capaces de sostener la pluralidad poseen, por el contrario, una mayor capacidad para integrar la diferencia dentro de un marco duradero de cooperación.  En este sentido, la disciplina institucional de la gobernanza democrática corresponde no solo a una preferencia política, sino también a un requisito práctico para sostener un mundo compartido.

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Ricardo F. Morín, March 5, 2026, Oakland Park, Florida


« El arte bajo mediación institucional »

December 6, 2008

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Imagen digital creada con los programas Maya y Combustion.

 

“Es como una cabra atada a un poste, que puede vagar tan sólo la longitud de su traílla.”

Jiddu Krishnamurti, 1986

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Quien aspira a una carrera como artista visual comprende que los constreñimientos para la supervivencia son cuestionables y el reconocimiento está predicado por una caprichosa cifra del destino.   La misión no está en la búsqueda del reconocimiento, ni siquiera en la permanencia, pero en madurar y compartir el talento a través de la exploración e indagación.   Congruencia entre la ascendencia, identidad y el trabajo visual no es un asunto de interés comercial a favor de cualquier identidad nacional; éstos son irreduciblemente aspectos de significación que no se pueden definir desde la perspectiva de piedades convencionales.   Es una manifestación imponderable del ser: que no está atada a expectativas externas, ni mucho menos a la expectativa de alguna entidad designada y su modelo económico el cual pueda bien servir en tácticas de mercadeo.

El mundo del arte incluye actores que generan adversidad con el objetivo de ampliar su alcance y autoridad.   Empecemos por preguntarnos el porqué del desaliento ineludible de artistas visuales con doble nacionalidad, el cual aparenta ser resultado de un impuesto acorralamiento de fundamentalismo latinoamericano.   Preguntémonos por qué dicha frustración está a la orden del día impuesta por contemporáneos de Medicis’ quienes procuran comprar una parcela de la historia en una institucionalización parroquial curiosa dentro de sus países de origen, así como también mientras la promueven en los mercados extranjeros de mayor control.

Fundaciones filantrópicas privadas, específicamente la Phelps-Cisneros, empiezan por venderse a museos como influyentes laboratorios darvinianos de especímenes, los cuales claman anunciar “programas innovadores que se centran en asuntos latinoamericanos,” así como claman “fomentar el conocimiento de la herencia cultural de América Latina”.   Dirigida por el liderazgo de una rica señora de alta sociedad, esta fundación se jacta que su fundadora es una mezcla entre señoras de sociedad igualmente ostentosas y los incomparables eruditos de nuestro tiempo.   En su misión como antropóloga, la fundadora es alabada aún como la personificación del preeminente bio-geógrafo, Alexander von Humboldt; a quien su contemporáneo, Simón Bolívar (el revolucionario y aguerrido libertador latinoamericano) “se cree” haber citado como “el verdadero descubridor de Sudamérica”.

Pero tales retratos no rinden necesariamente un producto equilibrado de visión pluralista.   Sólo después de desnudar la confusión entre la arrogancia y pretensiones elegantes, puede uno apreciar que, por ejemplo, su deseo de establecer el diálogo más rico posible entre el arte contemporáneo y un núcleo histórico en Venezuela refleja más bien un deseo para promover un fundamentalismo aberrante:    uno que se propone preservar ciertas tradiciones regionales — o su índole—, lo cual, por supuesto, está de acuerdo con las adquisiciones propias de dicha fundación.   Es innegable que la preponderancia de estas adquisiciones representan movimientos significativos en su momento histórico, como lo fue el arte Cinético, Op y sus derivados neo-geométricos:   movimientos que, de hecho, siempre han sido complacientemente populares, y sin controversia alguna entre la élite política de Venezuela — desde dictaduras absolutas, a democracias débiles, así como hasta llegar a la emergente cleptocracia del Estado Bolivariano de Hugo Chávez–; y como es muy bien definido por los recurridos temas de esta fundación, sus exposiciones y publicaciones internacionales.   No obstante, el arte contemporáneo promovido en dicho contexto ejempla sólo un producto de demagogia de la clase gobernante, cuando la pretensión simplista de “estimular” (castrando más bien) una identidad nacional es impuesta por un historicismo anticuado, uno que es tan espontáneamente atroz cultivarse como los resultados que empobrecen a través de despreciativas tácticas de mercadeo corporativo.

¿Debemos sucumbir a los peligros de cortejar esta cultura divisiva, la cual define artistas aceptables por medio de la enajenación?   ¿Deben gravitar dichos artistas hacia un estancamiento sumiso, dictado por semejantes modas institucionales?   ¿No es la misma concepción institucional de fronteras culturales una clase de segregación regional e ideológica completamente anacrónica al flujo de una comunidad integralmente global?   Reflexionemos en términos prácticos, que la razón de ser de cualquier artista, o de cualquier ser humano, consiste en el anhelo, no de tal negación tan enormemente irreverente del significado personal, tal como es derivado de semejantes dispositivos de medición regresiva; pero del respeto universal de dignidad y libertad que todos poseemos, el cual no puede ser vendido, pero puede y debe ser compartido.   Afirmemos que esa injuriosa ansiedad por parte de la autoridad de estas instituciones filantrópicas de hoy en día —a pesar de la influencia de su púlpito, de toda su riqueza mercantil y de toda su gran arrogancia (bien sea por que alcahueteen a una ideología anticuada o las falsedades del nacionalismo, o a una afiliación política o religiosa)— no está sólo fuera del espíritu transformativo de nuestros tiempos, pero ciertamente, no dificultará ni disminuirá una revolución globalizada de la cultura y la humanidad sin el despotismo de fronteras convencionales e identidades preconcebidas.   Esta realidad no exige necesariamente una revolución política ni económica, pero una revolución interna:   el resultado de una mutación en nuestra percepción de lo que es realmente trascendental, junto con una dispersión del condicionamiento a que nuestras comunidades creativas se han permitido a sí mismas ser subyugadas sumidas en un mercado deletéreo. [1]   Esta es la sensibilidad y la percepción que nosotros, tanto el artista como las fundaciones mismas, necesitamos todos abrazar.    Porque, aunque, no existen respuestas simples en una cultura continuamente emergente, es de todos la responsabilidad social de respetar el código de conocernos a nosotros mismos en una amplia libertad antes que en un proceso de dominación.

http://www.ricardomorin.com

Ricardo F. Morín, 4 de diciembre de 2008, New York, NY

[1] La base de un deletéreo mercado del arte es la mitomanía propagandística del estrellato la cual se limita a examinar los valores de unos pocos artistas escogidos, como un segmento de inversiones (en la ignorante complacencia de la totalidad de índices de mercadotecnia), que se opone en su auge al 90% de artistas activos quienes tambalean en su auto-subsistencia.