Posts Tagged ‘coleccionistas’

« La distancia de las imágenes »

August 23, 2026
Ricardo F. Morín
Serie Búfalo, Nº 5

Óleo sobre lienzo
1979

Sobre la práctica pictórica, la atención y las condiciones de la percepción

Mi distanciamiento del circuito comercial del arte no nació del desconocimiento, sino de décadas de participación sostenida.  Durante casi cuatro decenios, a partir de la conclusión de mis estudios superiores de pintura, mantuve una relación directa con galerías, museos, consultores de arte, coleccionistas y compradores particulares.  Aquellos encuentros formaron parte de mi educación y me introdujeron en el lenguaje del emplazamiento, la negociación, el encuadre institucional y la representación.  También me permitieron advertir con cuánta facilidad la vida de una imagen puede quedar subordinada a las expectativas, la construcción de una identidad promocional o el cálculo.

Ninguna de aquellas experiencias fue singular ni dramática.  Se hizo perceptible, más bien, una disonancia gradual.  Las conversaciones suscitadas por la obra se apartaban con frecuencia de las condiciones que habían presidido su gestación.  Aquello que había exigido atención sostenida en el estudio podía traducirse en categorías ajenas a la experiencia misma de la mirada, ya fuera mediante la tasación mercantil, la lectura curatorial o la inscripción institucional.  El desequilibrio rara vez se declaraba de manera expresa, pero persistía.

Al cabo de los años, se impuso una distancia mayor.  No obedecía a un rechazo, sino a una elucidación.  La dificultad no residía en el comercio ni en las instituciones como tales, sino en el imperceptible desplazamiento de la atención que podían inducir.  Cuando la atención se desviaba hacia la recepción o el posicionamiento, la imagen corría el riesgo de perder el ámbito de silencio en el que se había manifestado por primera vez.  Comprenderlo modificó las condiciones bajo las cuales proseguí mi trabajo.

La decisión de permitir que la obra circulara sin pretender gobernar su destino, o sencillamente de regalarla, se produjo de manera natural.  Representaba menos una renuncia a la obra que una salvaguarda de mi relación con ella.  La práctica ya me había concedido cuanto importaba: una forma de júbilo independiente de toda valoración, firmeza durante períodos de vulnerabilidad y convivencia con imágenes cuyo sentido se desplegaba lentamente, sin formular exigencia alguna.

El destino material de una parte sustancial de mi obra habría de conferir a estas convicciones una gravedad imprevista.  En 2009, mi hermano menor depositó 149 pinturas de mi autoría en Almacenadora El Recreo, una empresa de almacenamiento logístico situada en la zona industrial de Valencia, Venezuela.  El conjunto abarcaba veinticinco años de mi práctica artística, desde 1971 hasta 1996, e incluía una cantidad considerable de lienzos cuyas dimensiones excedían los seis pies.  Cuando la empresa cesó sus operaciones, mi hermano perdió su participación accionaria sin recibir compensación y yo perdí toda noticia del paradero de las pinturas.  Durante años ignoré si permanecían depositadas allí, si habían sido trasladadas o incluso si continuaban existiendo.

Solo cuando la quiebra de la empresa quedó judicialmente establecida, el propietario del inmueble se comunicó con mi hermano en julio de 2026.  Las pinturas aún se encontraban allí, pero habían sido afectadas por termitas y moho.  Retirarlas exigía un peritaje técnico que determinara qué piezas, si alguna, podían salvarse, seguido de medidas de conservación, transporte, contratación formal de un nuevo depósito y el pago de un depósito de garantía equivalente a seis meses de almacenamiento.  Yo no podía supervisar el proceso desde el extranjero.  Tampoco mi hermano se encontraba en condiciones de asumir su gestión.  En tales circunstancias, ni siquiera la donación constituía una alternativa viable.

Autoricé, por tanto, al propietario para que dispusiera del conjunto en la forma que estimara necesaria.  Me advirtió que todo cuanto estuviera afectado por las termitas tendría que ser incinerado.  Di mi consentimiento sin volver a ver las pinturas.

Su desaparición física no borró, sin embargo, toda posibilidad de contemplar aquel período.  Se conservan en forma digital registros fotográficos de casi el ochenta por ciento de las pinturas documentadas entre 1977 y 1991, accesibles en el archivo digital de mi sitio web.  El archivo no preserva su escala, su superficie, su densidad material ni la experiencia exigida por su presencia física.  Permite, no obstante, que una parte sustancial de las imágenes permanezca visible.  No constituye una colección sustitutiva ni una respuesta a la pérdida, sino un registro que preserva la visibilidad de las imágenes mientras confirma la distancia entre estas y las obras materiales de las que proceden.

Aquello no equivalía a regalar la obra, ni convertía su destrucción en un gesto estético.  La decisión estuvo determinada por la distancia, el deterioro material, el colapso institucional y la imposibilidad de intervenir responsablemente.  Sin embargo, la necesidad de adoptar aquella decisión hizo patente, con una severidad hasta entonces desconocida, una intuición ya implícita en mi relación con la obra:   la autoría no confiere custodia perpetua ni potestad sobre el destino de lo creado.

La destrucción de las pinturas puso término a su permanencia material.  Su pervivencia como imágenes fotográficas no cancela la pérdida.  Pero la pérdida no deshizo la atención que les había dado origen, el tiempo del que habían formado parte ni la vida a la que ya se habían incorporado.  La distancia no es indiferencia, y renunciar a la posesión no suprime el duelo.  Solo permite reconocer que la existencia de una obra no se agota en su posesión.

Desde esta perspectiva, la autoría se revela provisional.  La obra no se origina en el mercado, ni pertenece por entero a quien la crea.  Adviene mediante la concurrencia de fuerzas que la voluntad no gobierna plenamente y queda después expuesta a contingencias que tampoco puede conjurar.  La imagen habita una distancia que ni la propiedad ni el intercambio consiguen abolir, y que ni siquiera la desaparición de su soporte material extingue por completo.

Ricardo F. Morín

22 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania


 

« El arte bajo mediación institucional »

December 6, 2008

*

0026
Imagen digital creada con los programas Maya y Combustion.

 

“Es como una cabra atada a un poste, que puede vagar tan sólo la longitud de su traílla.”

Jiddu Krishnamurti, 1986

*

*

Quien aspira a una carrera como artista visual comprende que los constreñimientos para la supervivencia son cuestionables y el reconocimiento está predicado por una caprichosa cifra del destino.   La misión no está en la búsqueda del reconocimiento, ni siquiera en la permanencia, pero en madurar y compartir el talento a través de la exploración e indagación.   Congruencia entre la ascendencia, identidad y el trabajo visual no es un asunto de interés comercial a favor de cualquier identidad nacional; éstos son irreduciblemente aspectos de significación que no se pueden definir desde la perspectiva de piedades convencionales.   Es una manifestación imponderable del ser: que no está atada a expectativas externas, ni mucho menos a la expectativa de alguna entidad designada y su modelo económico el cual pueda bien servir en tácticas de mercadeo.

El mundo del arte incluye actores que generan adversidad con el objetivo de ampliar su alcance y autoridad.   Empecemos por preguntarnos el porqué del desaliento ineludible de artistas visuales con doble nacionalidad, el cual aparenta ser resultado de un impuesto acorralamiento de fundamentalismo latinoamericano.   Preguntémonos por qué dicha frustración está a la orden del día impuesta por contemporáneos de Medicis’ quienes procuran comprar una parcela de la historia en una institucionalización parroquial curiosa dentro de sus países de origen, así como también mientras la promueven en los mercados extranjeros de mayor control.

Fundaciones filantrópicas privadas, específicamente la Phelps-Cisneros, empiezan por venderse a museos como influyentes laboratorios darvinianos de especímenes, los cuales claman anunciar “programas innovadores que se centran en asuntos latinoamericanos,” así como claman “fomentar el conocimiento de la herencia cultural de América Latina”.   Dirigida por el liderazgo de una rica señora de alta sociedad, esta fundación se jacta que su fundadora es una mezcla entre señoras de sociedad igualmente ostentosas y los incomparables eruditos de nuestro tiempo.   En su misión como antropóloga, la fundadora es alabada aún como la personificación del preeminente bio-geógrafo, Alexander von Humboldt; a quien su contemporáneo, Simón Bolívar (el revolucionario y aguerrido libertador latinoamericano) “se cree” haber citado como “el verdadero descubridor de Sudamérica”.

Pero tales retratos no rinden necesariamente un producto equilibrado de visión pluralista.   Sólo después de desnudar la confusión entre la arrogancia y pretensiones elegantes, puede uno apreciar que, por ejemplo, su deseo de establecer el diálogo más rico posible entre el arte contemporáneo y un núcleo histórico en Venezuela refleja más bien un deseo para promover un fundamentalismo aberrante:    uno que se propone preservar ciertas tradiciones regionales — o su índole—, lo cual, por supuesto, está de acuerdo con las adquisiciones propias de dicha fundación.   Es innegable que la preponderancia de estas adquisiciones representan movimientos significativos en su momento histórico, como lo fue el arte Cinético, Op y sus derivados neo-geométricos:   movimientos que, de hecho, siempre han sido complacientemente populares, y sin controversia alguna entre la élite política de Venezuela — desde dictaduras absolutas, a democracias débiles, así como hasta llegar a la emergente cleptocracia del Estado Bolivariano de Hugo Chávez–; y como es muy bien definido por los recurridos temas de esta fundación, sus exposiciones y publicaciones internacionales.   No obstante, el arte contemporáneo promovido en dicho contexto ejempla sólo un producto de demagogia de la clase gobernante, cuando la pretensión simplista de “estimular” (castrando más bien) una identidad nacional es impuesta por un historicismo anticuado, uno que es tan espontáneamente atroz cultivarse como los resultados que empobrecen a través de despreciativas tácticas de mercadeo corporativo.

¿Debemos sucumbir a los peligros de cortejar esta cultura divisiva, la cual define artistas aceptables por medio de la enajenación?   ¿Deben gravitar dichos artistas hacia un estancamiento sumiso, dictado por semejantes modas institucionales?   ¿No es la misma concepción institucional de fronteras culturales una clase de segregación regional e ideológica completamente anacrónica al flujo de una comunidad integralmente global?   Reflexionemos en términos prácticos, que la razón de ser de cualquier artista, o de cualquier ser humano, consiste en el anhelo, no de tal negación tan enormemente irreverente del significado personal, tal como es derivado de semejantes dispositivos de medición regresiva; pero del respeto universal de dignidad y libertad que todos poseemos, el cual no puede ser vendido, pero puede y debe ser compartido.   Afirmemos que esa injuriosa ansiedad por parte de la autoridad de estas instituciones filantrópicas de hoy en día —a pesar de la influencia de su púlpito, de toda su riqueza mercantil y de toda su gran arrogancia (bien sea por que alcahueteen a una ideología anticuada o las falsedades del nacionalismo, o a una afiliación política o religiosa)— no está sólo fuera del espíritu transformativo de nuestros tiempos, pero ciertamente, no dificultará ni disminuirá una revolución globalizada de la cultura y la humanidad sin el despotismo de fronteras convencionales e identidades preconcebidas.   Esta realidad no exige necesariamente una revolución política ni económica, pero una revolución interna:   el resultado de una mutación en nuestra percepción de lo que es realmente trascendental, junto con una dispersión del condicionamiento a que nuestras comunidades creativas se han permitido a sí mismas ser subyugadas sumidas en un mercado deletéreo. [1]   Esta es la sensibilidad y la percepción que nosotros, tanto el artista como las fundaciones mismas, necesitamos todos abrazar.    Porque, aunque, no existen respuestas simples en una cultura continuamente emergente, es de todos la responsabilidad social de respetar el código de conocernos a nosotros mismos en una amplia libertad antes que en un proceso de dominación.

http://www.ricardomorin.com

Ricardo F. Morín, 4 de diciembre de 2008, New York, NY

[1] La base de un deletéreo mercado del arte es la mitomanía propagandística del estrellato la cual se limita a examinar los valores de unos pocos artistas escogidos, como un segmento de inversiones (en la ignorante complacencia de la totalidad de índices de mercadotecnia), que se opone en su auge al 90% de artistas activos quienes tambalean en su auto-subsistencia.