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« Eje VI: Autoría: Exposición a la interpretación »

September 10, 2026
Ricardo F. Morín
Plantillas III
35,5 x 51 cm
Acuarela y tinta sobre papel
2003

 

 

Las personas a menudo descubren que lo que dicen o hacen no permanece donde lo colocaron.  Una observación hecha al pasar se repite en otro lugar.  Una decisión tomada con un propósito es citada más tarde para otro.  Palabras destinadas a aclarar se reutilizan para justificar acciones que el hablante nunca anticipó.  Una vez expresado, lo que ha sido autorado se desplaza más allá de la situación en la que fue producido y entra en contextos que el autor no controla. 

Lo que se escribe, se declara o se ejecuta no conserva su significado por permanecer ligado a la intención.  Lectores, oyentes, colegas e instituciones reciben lo autorado a través de sus propias expectativas, necesidades y circunstancias.  A medida que las situaciones cambian, las mismas palabras o acciones son asumidas de manera distinta.  El significado migra no porque los autores renuncien al cuidado, sino porque la interpretación se despliega allí donde lo autorado circula. 

A medida que la interpretación se acumula, el vínculo entre origen y significado se afloja.  Lo que un autor buscó expresar no desaparece, pero ya no gobierna cómo la expresión será comprendida o utilizada.  Cada acto de recepción introduce nuevas relaciones, apoyándose en convenciones y presiones que exceden el horizonte del autor.  Con el tiempo, se forman capas de significado que no pueden reducirse a un único momento originario sin pérdida. 

Bajo estas condiciones, la autoridad persiste sin control.  El material autorado continúa dando forma a la comprensión y orientando la acción aun cuando la capacidad del autor para dirigir su significado disminuye.  Textos, decisiones y gestos adquieren vigencia no porque su origen permanezca presente, sino porque sus efectos perduran dentro de sistemas que dependen de ellos.  La autoridad se adhiere a la circulación y al uso más que al mandato. 

Cuando la autoría se confunde con soberanía sobre el significado, surge la confusión.  Los intentos de fijar la interpretación apelando al origen no logran dar cuenta de que el significado surge a través del uso más que de la preservación.  Los esfuerzos por recuperar el control suelen generar conflicto en lugar de claridad, ya que distintos contextos afirman reclamaciones incompatibles sobre lo autorado.  Lo que colapsa en esos momentos no es el significado mismo, sino la suposición de que el significado puede ser gobernado desde un solo punto. 

La autoría funciona, por tanto, como una condición ineludible más que como una posición de dominio.  Autorar es introducir palabras o acciones en un campo donde la interpretación procede de manera independiente de la intención.  Lo que permanece con el autor no es la propiedad del significado, sino la exposición a su despliegue.  La autoría vincula al autor con consecuencias que continúan desarrollándose a medida que lo autorado adquiere significación más allá de su articulación inicial. 

La autoría persiste no como soberanía sobre el significado, sino como exposición al movimiento continuo de la significación a medida que lo autorado circula más allá de su origen.

Ricardo F. Morín

31 de enero de 2026

Oakland Park, FL


 

« La distancia de las imágenes »

August 23, 2026
Ricardo F. Morín
Serie Búfalo, Nº 5
125 cm × 140 cm
Óleo sobre lienzo
1979

Sobre la práctica pictórica, la atención y las condiciones de la percepción

Mi distanciamiento del circuito comercial del arte no nació del desconocimiento, sino de décadas de participación sostenida.  Durante casi cuatro decenios, a partir de la conclusión de mis estudios superiores de pintura, mantuve una relación directa con galerías, museos, consultores de arte, coleccionistas y compradores particulares.  Aquellos encuentros formaron parte de mi educación y me introdujeron en el lenguaje del emplazamiento, la negociación, el encuadre institucional y la representación.  También me permitieron advertir con cuánta facilidad la vida de una imagen puede quedar subordinada a las expectativas, la construcción de una identidad promocional o el cálculo.

Ninguna de aquellas experiencias fue singular ni dramática.  Se hizo perceptible, más bien, una disonancia gradual.  Las conversaciones suscitadas por la obra se apartaban con frecuencia de las condiciones que habían presidido su gestación.  Aquello que había exigido atención sostenida en el estudio podía traducirse en categorías ajenas a la experiencia misma de la mirada, ya fuera mediante la tasación mercantil, la lectura curatorial o la inscripción institucional.  El desequilibrio rara vez se declaraba de manera expresa, pero persistía.

Al cabo de los años, se impuso una distancia mayor.  No obedecía a un rechazo, sino a una elucidación.  La dificultad no residía en el comercio ni en las instituciones como tales, sino en el imperceptible desplazamiento de la atención que podían inducir.  Cuando la atención se desviaba hacia la recepción o el posicionamiento, la imagen corría el riesgo de perder el ámbito de silencio en el que se había manifestado por primera vez.  Comprenderlo modificó las condiciones bajo las cuales proseguí mi trabajo.

La decisión de permitir que la obra circulara sin pretender gobernar su destino, o sencillamente de regalarla, se produjo de manera natural.  Representaba menos una renuncia a la obra que una salvaguarda de mi relación con ella.  La práctica ya me había concedido cuanto importaba:  una forma de júbilo independiente de toda valoración, firmeza durante períodos de vulnerabilidad y convivencia con imágenes cuyo sentido se desplegaba lentamente, sin formular exigencia alguna.

El destino material de una parte sustancial de mi obra habría de conferir a estas convicciones una gravedad imprevista.  En 2009, mi hermano menor depositó 149 pinturas de mi autoría en Almacenadora El Recreo, una empresa de almacenamiento logístico situada en la zona industrial de Valencia, Venezuela.  El conjunto abarcaba veinticinco años de mi práctica artística, desde 1971 hasta 1996, e incluía una cantidad considerable de lienzos cuyas dimensiones excedían los seis pies.  Cuando la empresa cesó sus operaciones, mi hermano perdió su participación accionaria sin recibir compensación y yo perdí toda noticia del paradero de las pinturas.  Durante años ignoré si permanecían depositadas allí, si habían sido trasladadas o incluso si continuaban existiendo.

Solo cuando la quiebra de la empresa quedó judicialmente establecida, el propietario del inmueble se comunicó con mi hermano en julio de 2026.  Las pinturas aún se encontraban allí, pero habían sido afectadas por termitas y moho.  Retirarlas exigía un peritaje técnico que determinara qué piezas, si alguna, podían salvarse, seguido de medidas de conservación, transporte, contratación formal de un nuevo depósito y el pago de un depósito de garantía equivalente a seis meses de almacenamiento.  Yo no podía supervisar el proceso desde el extranjero.  Tampoco mi hermano se encontraba en condiciones de asumir su gestión.  En tales circunstancias, ni siquiera la donación constituía una alternativa viable.

Autoricé, por tanto, al propietario para que dispusiera del conjunto en la forma que estimara necesaria.  Me advirtió que todo cuanto estuviera afectado por las termitas tendría que ser incinerado.  Di mi consentimiento sin volver a ver las pinturas.

Su desaparición física no borró, sin embargo, toda posibilidad de contemplar aquel período.  Se conservan en forma digital registros fotográficos de casi el ochenta por ciento de las pinturas documentadas entre 1977 y 1991, accesibles en el archivo digital de mi sitio web.  El archivo no preserva su escala, su superficie, su densidad material ni la experiencia exigida por su presencia física.  Permite, no obstante, que una parte sustancial de las imágenes permanezca visible.  No constituye una colección sustitutiva ni una respuesta a la pérdida, sino un registro que preserva la visibilidad de las imágenes mientras confirma la distancia entre estas y las obras materiales de las que proceden.

Aquello no equivalía a regalar la obra, ni convertía su destrucción en un gesto estético.  La decisión estuvo determinada por la distancia, el deterioro material, el colapso institucional y la imposibilidad de intervenir responsablemente.  Sin embargo, la necesidad de adoptar aquella decisión hizo patente, con una severidad hasta entonces desconocida, una intuición ya implícita en mi relación con la obra:   la autoría no confiere custodia perpetua ni potestad sobre el destino de lo creado.

La destrucción de las pinturas puso término a su permanencia material.  Su pervivencia como imágenes fotográficas no cancela la pérdida.  Pero la pérdida no deshizo la atención que les había dado origen, el tiempo del que habían formado parte ni la vida a la que ya se habían incorporado.  La distancia no es indiferencia, y renunciar a la posesión no suprime el duelo.  Solo permite reconocer que la existencia de una obra no se agota en su posesión.

Desde esta perspectiva, la autoría se revela provisional.  La obra no se origina en el mercado, ni pertenece por entero a quien la crea.  Adviene mediante la concurrencia de fuerzas que la voluntad no gobierna plenamente y queda después expuesta a contingencias que tampoco puede conjurar.  La imagen habita una distancia que ni la propiedad ni el intercambio consiguen abolir, y que ni siquiera la desaparición de su soporte material extingue por completo.

Ricardo F. Morín

22 de agosto de 2026

Bala Cynwyd, Pensilvania